La crisis del capitalismo de Estado

Versión para impresiónEnviar por email

La economía mundial se hunde en el caos

«¡Victoria!, ¡El capitalismo ha vencido al comunismo! Mirad el Este: sólo ruinas y pobreza, nada funciona, la población está asqueada del socialismo. Mirad a Occidente riqueza y abundancia, inflación vencida, un crecimiento económico desde hace más de siete años. El mejor sistema es la democracia liberal y pluralista. Es el triunfo de la economía de mercado!»

En las capitales del mundo occidental retumban los aleluyas eufóricos de los aduladores de la economía capitalista. Con el pretexto del derrumbe del bloque del Este, se ha desatado una intensa campaña ideológica de glorificación del capitalismo liberal.

Dos verdades hay sin embargo en medio de esa maraña: la economía del bloque del Este está en ruinas y la ley del mercado se ha impuesto. Lo demás son mentiras, engaños que la clase dominante cultiva para su guerra ideológica contra el proletariado y que expresan sus propias ilusiones sobre su sistema.

El mayor engaño consiste en afirmar que los países del bloque del Este, y en particular la URSS, serían una encarnación del comunismo. El pretendido «socialismo real», según la terminología de moda, sería el infierno al que conduce la teoría marxista. En realidad, el proletariado sigue pagando el trágico fracaso de la revolución proletaria que había empezado en Rusia en 1917: la identificación de la contrarrevolución estalinista con una victoria del comunismo es la peor mentira que le haya tocado soportar en toda su historia.

Una clase obrera reducida al hambre, explotada de la manera más feroz, asesinada al menor signo de rebeldía; una clase dominante -la nomenklatura- aga­rrada férreamente a sus privilegios; un Estado tentacular, totalmente burocratizado y militarizado; una economía fundamentalmente orientada hacia la producción y el mantenimiento de armas; un imperialismo ruso de lo más brutal, que ha impuesto el saqueo y el racionamiento a su bloque. Todos esos rasgos, que caracterizan a los países del Este, no tienen nada que ver con lo que preconizaba Marx: abolición de las clases, debilita miento y desaparición del Estado, internacionalismo proletario.

Sin embargo, aunque tomen una forma caricaturesca bajo la dictadura estalinista, esas características no son una exclusiva del estalinismo. De manera más o menos marcada, el mundo entero las posee. A pesar de lo que le es específico -producto de su historia - la economía de los países del Este es capitalista.

 

El estallido de los bloques
y la crisis del capitalismo de Estado

Al acabar la segunda guerra mundial, la Nomenklatura estalinista, parasitaria (15 por ciento de la población), se encontró a la cabeza de un bloque cuya economía había quedado destruida o seguía siendo subdesarrollada. Su poder lo estableció haciendo trampas con la ley del valor, imponiendo medidas extremas de capitalismo de Estado, debido a la ausencia de la antigua burguesía de propietarios privados de los medios de producción, expropiada por la revolución proletaria de Octubre 1917: estatificación total de los medios de producción, mercado interior controlado y racionado, desarrollo masivo de la economía de guerra y sacrificio de toda la economía a las necesidades del ejército, única garantía, en última instancia, del poder sobre su bloque y de credibilidad imperialista internacional. Incapaz de ir a la guerra, única carta que le quedaba, con un ejército entorpecido por el mal funcionamiento de la economía y con un descontento en la población que el terror policíaco ya no consigue hacer callar, a la nueva burguesía rusa no le queda sino constatar el deterioro de su economía y su impotencia frente a la catástrofe.

El derrumbe económico del modelo estalinista no significa el derrumbe del socialismo sino un nuevo paso del capitalismo hacia su hundimiento en la crisis mundial que dura desde hace años. La tan vanagloriada ley del mercado se impone hoy como se impuso hace diez años a los países del llamado «tercer mundo», a los que hundió de manera definitiva en una miseria y una barbarie que poco tienen que envidiar a las que predominan en los países del Este.

No se juega impunemente con la ley del valor, base del sistema económico capitalista. Los ideólogos occidentales recuerdan sin cesar esta verdad, repitiendo «¡Viva el mercado!». Pero esa ley se impone también al conjunto de la economía llamada «liberal», fuera del bloque del Este. Mientras que la propaganda occidental, frente a la quiebra económica del bloque del Este, repite el mismo estribillo: «Todo anda bien en Occidente», la crisis sigue su labor de zapa y la famosa ley del mercado sigue actuando. A pesar de todas las manipulaciones estadísticas de que son objeto, las tasas de crecimiento siguen bajando en todas partes anunciando un mayor hundimiento de la economía mundial en la recesión.

La bancarrota del bloque del Este no anuncia días radiantes para el capitalismo Después de la del «Tercer mundo», lo que anuncia son las quiebras de los centros más avanzados del capitalismo. La primera potencia mundial, los Estados Unidos, están en primera fila.

La primera potencia mundial, que se presenta como campeón del liberalismo económico en el plano ideológico, no ha concretado sus discursos en la práctica. Al contrario, la intervención del Estado en la economía se ha intensificado durante las últimas décadas.

La caricatura estalinista, las nacionalizaciones y la abolición de la competencia en el mercado interno no bastan para comprender lo que es la tendencia al capitalismo de Estado. El capitalismo de Estado en su forma estadounidense, que integra al capital privado dentro de una estructura estatal y lo somete al control de ésta, el famoso modelo adecuadamente llamado «liberal», es mucho más eficaz, flexible, adaptable, implica un mayor sentido de responsabilidad en la gestión de la economía nacional y posee un mayor poder embaucador por estar mejor disfrazado. Sobre todo, posee una economía y un mercado mucho más poderosos: el PNB global de los países de la OCDE, 12 billones de dólares, equivale a más de seis veces la renta nacional de los países del COMECON (Mercado Común de los Países del ex-bloque ruso) en 1987.

Aunque frente a los medios de comunicación, Reagan y su equipo, aparecían como los principales defensores del liberalismo a todo trapo, en los oscuros pasillos del poder estatal, la política económica que se ha puesto en práctica está en total contradicción con sus credos públicos. Esas políticas estatales son distorsiones de la ley del valor, trampas con la sacrosanta ley del mercado.

Con la muy estatal política de tasas de interés, gestionada por el no menos estatal Banco Federal, los Estados Unidos han impuesto al mercado mundial la ley del Dólar -moneda con la cual se realizan las tres cuartas partes del comercio mundial-. En nombre de la defensa del rey Dólar se ha impuesto una disciplina a los grandes países industrializados, que son competidores pero también vasallos del bloque occidental, a través del G7 que agrupa a los más importantes. Despreciando todas las leyes de la libre competencia, en las discusiones del GATT, se reparten, intercambian y regatean partes de mercado. La famosa «desregulación» de los mercados ha sido tan sólo una expresión de la muy estatal voluntad estadounidense de imponer las normas de su mercado interno al mundo entero. Para proteger su agricultura o para ayudar a los bancos y cajas de ahorro en bancarrota, el Estado Federal otorga directamente subvenciones de centenares de miles de millones de dólares. Los encargos de armas del Pentágono son un subsidio disfrazado para toda la industria estadounidense, que depende cada vez más de esos pedidos. La reactivación económica de los USA, después de la brutal recesión mundial de principios de los años 80 (de la cual no han vuelto a levantarse los países subdesarrollados), fue realizada gracias a un masivo déficit presupuestario que sirvió para financiar un esfuerzo de guerra sin precedentes en tiempos de paz y gracias a un déficit comercial que batió todos los récords históricos. Sólo un endeudamiento astronómico hizo que esa política fuese posible.

Todas esas políticas de capitalismo de Estado han terminado por imponer distorsiones crecientes a los mecanismos de mercado, haciendo de éste algo cada vez más artificial, inestable, volátil. La economía estadounidense navega por un mar da deudas que, como cualquier país subdesarrollado, será incapaz de reembolsar. La deuda global de los USA, interna y externa, corresponde a casi dos años del PNB, la deuda externa de México o de Brasil (la deuda interna tiene poco sentido en países donde la moneda se ha desmoronado), de la que tanto hablan los banqueros del mundo entero, corresponde, respectivamente, a nueve y seis meses de actividad económica. La superpotencia USA tiene pies de arcilla y la deuda pesa cada vez más sobre sus hombros.

El pretendido mercado libre del mundo occidental -en realidad lo esencial del mercado mundial- es tan artificial como el del mundo del Este, pues sobrevive artificialmente mantenido por la emisión de dinero sin garantía real y por un endeudamiento creciente que nunca será reembolsado.

La producción de armas ha permitido un fortalecimiento de la supremacía imperialista de los Estados Unidos, pero no de su industria. Al contrario. En tres sectores claves de la industria: máquinas herramienta, automóviles, computadoras, las partes de mercado de los USA han disminuido, entre 1980 y 1987, de 12,7 a 9 %; de 11,5 a 9,4 %; de 31 a 22 %.

La producción de armas no sirve ni para reproducir la fuerza de trabajo ni para crear nuevas máquinas. Es riqueza, capital destruidos. Es una función improductiva que pesa sobre la competitividad de la economía nacional. Por ello, los dos líderes de los bloques surgidos de la repartición de Yalta, han visto su economía debilitarse y perder en competitividad frente a sus propios aliados. A eso conducen los gastos de fortalecimiento de la potencia militar, pero es la única manera de garantizarse una posición de líder imperialista, condición, en última instancia, de poder económico.

Al perder credibilidad el espantajo del imperialismo ruso, con el derrumbe económico de los países del COMECON, el bloque occidental pierde al mismo tiempo la razón esencial de su unidad.

Después de décadas de políticas de capitalismo de Estado dirigidas por los bloques imperialistas, el actual proceso de disolución de las alianzas, constituye efectivamente, desde cierto punto de vista, una brutal adecuación de las rivalidades imperialistas con las realidades económicas. Lo que se confirma es la incapacidad de las medidas de capitalismo de Estado de seguir trampeando eternamente con las leyes del mercado capitalista. Más allá de la realidad específica del bloque ruso, este fracaso traduce la impotencia en que se encuentra la burguesía mundial para enfrentar su crisis crónica de sobreproducción, la crisis catastrófica del capital. Es la demostración de la ineficacia creciente de las políticas estatales, utilizadas de manera cada vez más masiva, a escala de bloques, durante décadas, y presentadas, desde los años treinta, como la panacea contra las contradicciones insuperables del mercado capitalista.

La caída de los Estados Unidos en la recesión...

Los ideólogos a sueldo del capital se siguen extasiando con lo que llaman «la victoria del capitalismo de mercado», y creen ver, en el Este, signos de una nueva aurora para un capitalismo revivificado y triunfante. El huracán que se acerca a las costas de la economía USA les va a meter por la garganta todas las frases huecas que han pronunciado sobre el mercado.

El símbolo del capitalismo triunfante, la tierra santa de los cruzados del liberalismo, la economía norteamericana, anda alicaída y está iniciando las últimas maniobras improvisadas para un aterrizaje que no será suave.

Los Estados Unidos están perdiendo su credibilidad en el mercado financiero. Los prestamistas se hacen cada vez más reticentes. Tan sólo el pago de los intereses de la deuda federal previstos para 1991, o sea 180 mil millones de dólares, corresponde a más de seis meses de exportaciones. Los capitalistas japoneses y europeos, que han financiado hasta ahora lo esencial de la deuda, se hacen los remolones ante las emisiones del Tesoro USA, y el valor de esas emisiones se está cayendo: los bonos del Tesoro federal se venden hoy en día a 5 % por debajo de su valor nominal.

A la economía estadounidense le falta liquidez, le falta carburante, y su industria, artificialmente protegida, ha perdido su competitividad en el mercado mundial.

Durante el último trimestre de 1989 el crecimiento de la economía ha caído a un nivel de recesión: 0,5 % en comparación con el último trimestre de 1988. Los sectores más avanzados de la industria USA anuncian bajas en los beneficios y pérdidas. En el ramo de las computadoras, IBM anuncia una caída de 74 % de sus beneficios durante el cuarto trimestre de 1989, 40 % en el año; Digital Equipment 40 % en el año; Control Data ha perdido, en 1989, 680 millones de dólares, 196 millones en el último trimestre. Misma situación en el sector del automóvil: General Motors, Ford, Chrysler anuncian despidos por decenas de miles. La producción de petróleo ha caído a su más bajo nivel desde hace 26 años. La siderurgia está arruinada. Las empresas más débiles acumulan pérdidas.

Wall Street está cada día más inestable y, desde octubre, ha perdido 300 puntos pasando por varias situaciones de pánico. Los héroes de la bolsa siguen los pasos de sus colegas industriales y despiden de manera masiva: Merryl Lynch, Drexel-Burnham, Shearson-Lehman, etc. La perspectiva de una reducción del déficit estatal angustia a los industriales que temen una disminución de los encargos del Estado: una reducción de 1000 millones de dólares del presupuesto militar acarrea 30 000 despidos. Y con el desarrollo del desempleo el mercado solvente se reduce cada vez más.

El mercado inmobiliario, por falta de compradores, se hunde después de años de especulación desenfrenada. La brutal desvalorización del sector inmobiliario trae consigo la de los haberes de todo el capital estadounidense. Al ver el valor de sus inversiones inmobiliarias derretirse como nieve al sol, las cajas de ahorro quiebran y los especuladores internacionales, que construyeron imperios industriales a golpe de Ofertas Públicas de Adquisición (OPA) pagadas a crédito, se hallan en la incapacidad de pagar los plazos de sus deudas.

Los grandes bancos empiezan a saber lo que quiere decir pánico. No sólo son incapaces de resolver la cuestión de la deuda impagada de los países pobres, sino que además se enfrentan a la insolvencia creciente de la economía USA. En proporción con los fondos propios de los bancos, los créditos inmobiliarios que plantean problemas, han pasado de 8 a 15 % en un año, en el Noreste industrial. Con las peripecias de Wall Street, los préstamos que sirvieron para financiar las operaciones de concentración de capital y las especulaciones bursátiles, se hacen cada vez más inconsistentes. Así, por ejemplo, la bancarrota de tan sólo uno de los grandes especuladores, Robert Campeau, deja una cuenta que se estima entre 2 y 7 mil millones de dólares. El banco de negocios Drexel-Burnham anuncia perdidas de 40 millones de dólares y se declara en quiebra. Frente al marasmo del mercado, los industriales pueden cada vez menos reembolsar sus deudas y los 200 mil millones de dólares de «junk-bonds» (literalmente «obligaciones podridas», en realidad obligaciones de mucho riesgo pero muy bien remuneradas... mientras marche el negocio) pierden rápidamente su valor.

Los grandes bancos, paladines del capitalismo americano, acumulan pérdidas: J.P. Morgan 1 200 millones de dólares, la Chase Manhattan 665 millones, Manufacturers Hanover 5 18 millones. Y lo peor está por venir. Los efectos de la aceleración de la degradación, que se produjo durante el último trimestre de 1989, van a ser más violentos. Con este nuevo hundimiento en la recesión, el mercado USA está perdiendo su solvencia, no sólo en el plano nacional sino también, y sobre todo, en el plano internacional. La garantía del dólar es la base de la potencia económica de Estados Unidos y el derrumbe del mercado norteamericano conlleva el derrumbe del Dólar.

El sistema financiero internacional se ha transformado en un enorme castillo de naipes que tiembla cada vez más con el soplo asmático de la economía estadounidense. La famosa política de las tasas de interés aparece cada día más incapaz de frenar el aumento de la inflación y el hundimiento en la recesión.

...anuncia un nuevo hundimiento
de la economía mundial

Con la baja de actividad de la economía americana se anuncia un hundimiento en la recesión de la economía mundial todavía más profundo. Si el hundimiento económico de los países del Este ha tenido poco impacto en el mercado mundial -hace décadas que esos mercados estaban cerrados y los intercambios con el resto del mundo eran escasos- no puede ser igual cuando se trata de la economía americana. Aunque después del final de la segunda guerra mundial su parte de mercado cayó del 30 % al 16 %, y aunque su competitividad se ha ido deteriorado constantemente, la economía norteamericana sigue siendo la primera del mundo y su mercado es de lejos el más importante.

Las exportaciones de Japón y de los países industrializados de Europa dependen de aquel mercado. El «Imperio del Sol naciente» vende 34 % de sus exportaciones a EEUU. Es el que más depende del mercado americano. En 1989 su excedente comercial, por repercusión de las dificultades americanas, perdió 17 %. Por consiguiente, la recesión en EEUU, la insolvabilidad creciente de la economía americana, significan que se cierran las puertas a las importaciones procedentes de otros países y, por ende, una caída paralela de la producción mundial. En esa espiral de la catástrofe capitalista, la totalidad de la economía planetaria se está hundiendo en el caos. El desorden increíble que está sumergiendo al mundo y que dificulta todo pronóstico detallado sobre la forma exacta con la que se va a manifestarla aceleración de la crisis, demuestra por lo menos una cosa: la ilusión de estabilidad relativa que el capital había logrado mantener en lo económico en sus metrópolis más desarrolladas durante los años 1980, ha dejado de existir.

El conjunto de los mecanismos llamados «de regulación del mercado» se empieza a atascar. Los Estados tratan de engrasar los engranajes pero los remedios son cada vez más ineficaces.

Los bancos ven con terror sus balances descender hacia abismos sin fondo, mientras que los «golden boys» de Wall-Street, héroes del liberalismo reaganiano, se encuentran hoy en la cárcel o sin empleo. Las grandes plazas bursátiles están inquietas, tuvieron múltiples alertas -el 13 de Octubre de 1989, luego el 2 de Enero para comenzar el año 1990 y el 24 de Enero, para confirmar los augurios-. Cada vez, los Estados han inundado el mercado con liquideces para frenar el pánico, pero ¿hasta cuándo puede durar esa política de improvisación acrobática?

Como dato significativo de la inquietud que gana terreno en el mundo de los especuladores, el 2 de Enero no fue Wall Street sino la bolsa de Tokyo la que cayó primero, la cual se ha convertido en la primera plaza bursátil del mundo, y que hasta entonces se había hecho notar por su solidez y estabilidad. La cuenta atrás ha comenzado y anuncia quiebras y hundimientos futuros.

Nuevos mercados ilusorios

Sin embargo, a pesar de esas perspectivas sombrías, los ideólogos del capital siguen celebrando el famoso mercado. Y, mientras el mercado mundial se encoge de nuevo de manera drástica con el decaimiento de la economía americana, buscan desesperadamente nuevos oasis capaces de aplacar la sed de mercados de una industria cuyos medios de producción se han desarrollado enormemente, con las inversiones de estos últimos años. No encuentran más que nuevos espejismos para perpetuar la ilusión:

 

-        el mercado japonés que desde hace años debe abrirse pero que sigue desesperadamente cerrado porque su propia industria lo copa y no deja sitio para los exportadores extranjeros;

 

-        el mercado de los países de Este que acaba de abrirse más ampliamente a Occidente, pero que está arruinado por décadas de saqueos y de aberración burocrática estalinistas y que, para importar, deberá pedir créditos masivos a los países occidentales;

 

-        la futura «unificación» europea que en 1992 debería ser el mercado más grande del mundo, perspectiva hipotética que la inestabilidad mundial aleja todavía más y que, de todas maneras, es ya un mercado copado por muy dividido que esté.

Para todos esos mercados el problema es el mismo: con respecto a su capacidad solvente, están ya supersaturados. Una reactivación económica en esas regiones sólo podría hacerse a crédito, haciendo funcionar la fábrica de billetes. Esa es exac­tamente la política económica de EEUU desde hace años. ¡Y ya se ve adónde ha llevado!

La situación financiera mundial no incita a los inversores a conceder nuevos créditos que, como los anteriores tampoco serán reembolsados en su mayor parte. Es significativo que las buenas intenciones de los discursos sobre las ayudas al Este no se hayan transformado sino en créditos occidentales otorgados con cuentagotas. La economía mundial ha llegado a un umbral. La política que consistía, para forzar las exportaciones, en prestar al mismo tiempo el dinero para financiarlas, se está haciendo imposible y cada vez más peligrosa. Las brutales pócimas de la economía liberal administradas a los países del Este, con la apertura de su mercado, se están plasmando en:

-        una inflación galopante, 900 % en Polonia; precios de bienes de primera necesidad duplicados en Hungría;

-        cierre de las fábricas poco competitivas -la mayoría- y por consiguiente, un desempleo masivo, desconocido hasta ahora en esos países.

El Dorado mítico del capitalismo occidental que ha hecho soñar a generaciones de proletarios en el Este, se ha convertido en la pesadilla cotidiana de un deterioro insoportable de las condiciones de vida. Al igual que los países subdesarrollados, los cuales o nunca pudieron salir de la miseria o se hundieron en ella a finales de los años 1970, los países del ex bloque del Este no saldrán mañana de la catástrofe económica en la que se siguen hundiendo. Las recetas del capitalismo de Estado liberal no serán más eficaces que las del capitalismo de Estado estalinista.

¿Quién podría financiar una reactivación destinada a atenuar las consecuencias del hundimiento de la economía americana? Siempre optimista, la burguesía mundial responde «¡Pues Alemania y Japón!». Esos países han demostrado efectivamente en estos últimos años una salud insolente, batiendo récords de exportación, supercompetitivos en unos mercados machacados por la competencia, aplicando una política monetaria más estricta que su jefe norteamericano.

Sin embargo, todas las economías de esos países no bastan para mantener a flote a la economía mundial. Los dos juntos no representaban, en 1987, más que las tres cuartas partes del PNB norteamericano. Lo esencial de sus haberes está inmovilizado en bonos del Tesoro USA, en acciones y en reservas en dólares, que no pueden vender sin sembrar pánico en los mercados. La «reactivación» en Japón, en un mercado nacional superprotegido no puede servir más que a la industria japonesa y tendrá una incidencia ínfima en el mercado mundial. Con respecto a la «reactivación» alemana, el proyecto de unificación monetaria, preludio a la reunificación de las dos Alemanias, da una idea de lo que significa. Primero, nadie puede calcular su costo: las diferentes hipótesis varían entre unos cuantos billones de marcos alemanes y varios centenares de billones. La incertidumbre reina, pero el atractivo de una «Gran Alemania» ha animado a la RFA a soltar los cuartos, a usar una política de reactivación para financiar su reunificación. Como en el caso de Japón, «caridad bien entendida empieza por uno mismo».

Por consiguiente, el impacto de esa reactivación no puede tener más que efectos limitados a nivel internacional. El abandono de la política de rigor monetario de Alemania, tan alabada hasta ahora, despierta inquietud en el mundo de las finanzas atemorizado por ese salto hacia lo desconocido. Como consecuencia, los mercados europeos se desestabilizan, las tasas de interés, ante el temor de que dicha política tenga como efecto principal que vuelva la inflación, se ponen por las nubes en Frankfurt y en París, poniendo en dificultad los mercados especulativos: bolsas, MATIF y demás. Los inversores japoneses vacilan, la «serpiente monetaria» europea sufre. La opción alemana que ha tomado Alemania del Oeste descontenta a los demás países occidentales, especialmente los europeos que ven cómo se les va el dinero con el que contaban para salvar su propia economía.

La RFA no puede financiar a la vez la absorción de la RDA y una mini reactivación en Europa occidental. La Comunidad europea está en dificultad y el mercado único de 1992 cada vez más lejano e improbable, en un momento en que los efectos conjugados de la aceleración de la crisis y de la disgregación de la disciplina de los bloques incita a cada potencia capitalista a una competencia encarnizada en las que predomina el «sálvese quien pueda» y las tentaciones proteccionistas que se refuerzan día tras día.

Lejos de ser, como lo afirmaban los propagandistas del capital, una victoria del capitalismo y el amanecer de un nuevo desarrollo, el hundimiento económico del bloque del Este ha sido el signo precursor de un nuevo hundimiento de la economía mundial en la crisis. Atadas por un paradójico destino, las dos grandes potencias dominantes, que se repartieron el mundo en Yalta, se ahogan hoy en la crisis capitalista. Del Este al Oeste, del Norte al Sur, la crisis económica es mundial y aunque el hundimiento del bloque del Este ha sido un factor de desorientación y no de clarificación para el proletariado mundial, el hundimiento significativo de la economía mundial, tras la recesión norteamericana, en una crisis cada vez más aguda y dramática, va a ser una ocasión de dejar las cosas claras. El fatídico grado cero de crecimiento para EEUU debilitará inevitablemente los temas propagandísticos occidentales.

Las previsiones marxistas sobre la crisis catastrófica del capitalismo se van a concretar cada vez más amplia y claramente. Catástrofe de la economía planetaria que hunde a fracciones crecientes de la población mundial en una miseria insondable. Anarquía creciente de los mercados capitalistas que traduce la impotencia de todas las medidas capitalistas de Estado. Las metrópolis desarrolladas se están hundiendo a su vez: inflación, recesión, desempleo masivo, parálisis del funcionamiento del Estado burocrático, descomposición de las relaciones sociales.

Las leyes ciegas del mercado, las de las contradicciones del capitalismo, están haciendo su labor de zapa. Conducen a la humanidad a la barbarie y la descomposición, espejo de una máquina capitalista que se ha vuelto loca. Comienza otra oleada de ataques contra la clase obrera, más severa que nunca: nivel de vida roído por la inflación galopante, despidos masivos, medidas de austeridad de todo tipo. Por todas partes se está aplicando la misma política de miseria para la clase obrera. Los modelos se derrumban ante la realidad de los hechos, tanto el modelo de quienes pretendían ser los defensores de los intereses de la clase obrera como los demás modelos. No sólo el modelo estalinista, sino también ahora el «socialismo al modo sueco» con un gobierno socialdemócrata que anuncia el bloqueo de los salarios y propone que se prohíba el derecho de huelga. El deterioro se acelera y, más que nunca, el capitalismo, bajo todas sus formas, muestra el atolladero y la destrucción a que está llevando a la humanidad. Más que nunca se plantea la necesidad de la revolución comunista, único medio de poner fin a la ley del mercado, es decir, la ley del capital.

JJ - 15 de Febrero de 1990