Tras el hundimiento del bloque del este, inestabilidad y caos

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El hundimiento del bloque del Este que acabamos de presenciar, es, junto con la reanudación histórica del proletariado a finales de los años 60, el hecho más importante desde la segunda guerra mundial. En efecto, lo ocurrido en la segunda mitad del año 1989 ha significado el final de la configuración del mundo tal como había sido durante décadas. Las Tesis sobre la crisis económica y política en URSS y en los países del Este (véase Revista Internacional nº 60), redactadas en septiembre del 89, proporcionan el marco para comprender lo que

El hundimiento del bloque del Este que acabamos de presenciar, es, junto con la reanudación histórica del proletariado a finales de los años 60, el hecho más importante desde la segunda guerra mundial. En efecto, lo ocurrido en la segunda mitad del año 1989 ha significado el final de la configuración del mundo tal como había sido durante décadas. Las Tesis sobre la crisis económica y política en URSS y en los países del Este (véase Revista Internacional nº 60), redactadas en septiembre del 89, proporcionan el marco para comprender lo que está en juego en esos acontecimientos. Esencialmente, ese análisis ha sido ampliamente confirmado por lo ocurrido en estos últimos meses. Por eso, no es necesario volver aquí ampliamente sobre dicho análisis, si no es para dar cuenta de los principales acontecimientos producidos desde la aparición del número anterior de esta Revista. En cambio, es esencial para los revolucionarios examinar las implicaciones de esta nueva situación histórica, sobre todo por la importancia de las diferencias que tiene con el período anterior. Esto es lo que se propone este artículo.

Durante varios meses, la evolución de la situación en los países del Este parecía cumplir los deseos de la burguesía en favor de una «democratización pacífica». Sin embargo, desde finales de diciembre, la perspectiva de enfrentamientos homicidas que ya preveíamos en las Tesis obtenía su trágica confirmación.

Las convulsiones brutales y el baño de sangre que se han vivido en Rumania y en Azerbaiyán soviético no serán una excepción. La «democratización» de aquel país era el final de una etapa en el hundimiento del estalinismo, el de la desaparición de las «democracias populares»[1]. A la vez, abría un período nuevo: el de las convulsiones sangrientas que van afectar a esa parte del mundo, y muy especialmente a ese país de Europa donde el partido estalinista sigue conservando el poder (haciendo salvedad de la minúscula Albania), o sea, la URSS misma. En efecto, los acontecimientos de las últimas semanas en ese país confirman la total pérdida de control de la situación por las autoridades, incluso si, por el momento, Gorbachov parece ser capaz de mantener su posición al mando del Partido. Los tanques rusos en Bakú no son en absoluto una demostración de fuerza del poder que dirige la URSS; son, al contrario, una terrible demostración de flaqueza. Gorbachov había prometido que desde ahora, las autoridades no recu­rrirían a la fuerza armada contra la población: el baño de sangre del Cáucaso ha rubricado el fracaso total de su política de «reestructuración». Ya que lo que está ocurriendo en esas regiones no es sino el anuncio de convulsiones mucho mayores que van a zarandear y, en fin de cuentas, hundir a la URSS.

La URSS se hunde en el caos

En unos cuantos meses, la URSS ha perdido el bloque imperialista que dominaba hasta el verano pasado. Ya no existe el «bloque del Este»; se ha ido deshaciendo a la vez que se iban derrumbando cual castillo de naipes los regímenes estalinistas que dirigían las «democracias populares». Pero no iba a quedarse ahí semejante ruina. La causa primera de la descomposición del  bloque del Este es la quiebra económica y política total del régimen de su potencia dominante, debida a los golpes de la agravación inexorable de la crisis mundial del capitalismo. Y es obligatoriamente en esa potencia dominante en donde esa quiebra iba a aparecer con mayor brutalidad. La explosión del nacionalismo en el Cáucaso, los enfrentamientos armados entre azeríes y armenios, los pogromos de Bakú, todas las convulsiones que originaron la intervención masiva y sangrienta del Ejército «rojo», son un paso más en el hundimiento, en el estallido de lo que era, hace menos de un año, la segunda potencia mundial. La secesión abierta de Azerbaiyán (en donde incluso el Soviet supremo se ha levantado contra Moscú), pero también la de Armenia, en donde quien domina en la calle son fuerzas armadas que no tienen nada que ver con las autoridades oficiales, no son sino los precedentes de otras secesiones del conjunto de regiones que rodean a Rusia. El recurso a la fuerza armada ha sido para las autoridades de Moscú el intento de acabar con ese proceso, cuyas próximas etapas vienen anunciadas ya por la secesión «tranquila» de Lituania y las manifestaciones nacionalistas en Ukrania a primeros de enero. La represión no podrá, en el mejor de los casos, sino postergar lo ineluctable. En Bakú, ya hoy, por no mencionar otras ciudades y el campo, la situación dista mucho de estar bajo el control de las autoridades centrales. El silencio que ahora mantienen los media no significa ni mucho menos que las «aguas hayan vuelto a sus cauces». En la URSS, al igual que en Occidente, la glasnost es selectiva. No hay que animar a otras nacionalidades a que sigan el ejemplo de armenios y azeríes. Y aunque, por ahora, los tanques han logrado imponer la losa del silencio sobre las manifestaciones nacionalistas, el poder de Moscú no ha arreglado nada. Hasta ahora, sólo una parte de la población se había movilizado activamente contra la tutela de Rusia. La llegada de los tanques y las matanzas han unificado a los azeríes contra el «ocupante». Los armenios no son los únicos en temer por sus vidas. La población rusa de Azerbaiyán corre el riesgo de pagar los platos rotos de la operación militar. Además, las autoridades de Moscú no tienen medios para emplear por todas partes el mismo método de «mantenimiento del orden». Primero, los azeríes no son sino una pequeña parte de la totalidad de pueblos no rusos que viven en la URSS. Cabe preguntarse, por ejemplo, con qué medios podría el gobierno, meter en cintura a 40 millones de ukranianos. Segundo, las autoridades no pueden contar con la obediencia del mismísimo Ejército «rojo». En él, los soldados pertenecientes a las minorías que hoy exigen su independencia están cada vez menos dispuestos a que los maten para garantizar la tutela rusa sobre esas minorías. Los rusos mismos, por lo demás, cada vez tienen menos ganas de asumir tal labor. Eso lo han demostrado manifestaciones como la del 19 de enero en Krasnódar, en el sur de Rusia, cuyas consignas demostraban claramente que la población no está dispuesta a aceptar un nuevo Afganistán y que obligaron a las autoridades a liberar a los reservistas movilizados días antes.

Es así como el mismo fenómeno que llevó hace algunos meses a la explosión del ex-bloque ruso, continúa hoy con la de su ex-líder. Al igual que sus regímenes estalinistas mismos, el bloque del Este no aguantaba sino con el terror, con la amenaza, varias veces llevada a cabo, de una represión armada bestial. En cuanto la URSS, a causa de su bancarrota económica y la parálisis resultante en su aparato político y militar, dejó de tener los medios de ejercer tal represión, su imperio se dislocó inmediatamente. Y esta dislocación ha arrastrado con ella la de la URSS misma, puesto que este país está también formado por un mosaico de nacionalidades bajo la tutela de Rusia. El nacionalismo de esas minorías, cuyas manifestaciones abiertas habían sido impedidas por la despiadada represión estalinista, pero que se ha acrecentado a causa de esa misma represión y del silencio a que estaba condenado, se ha desencadenado en cuanto pareció, con la perestroika gorbachoviana, que se alejaba la amenaza de la represión. Hoy, la represión está de nuevo al orden del día, pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás a la rueda de la historia. Al igual que la situación económica, la situación política escapa totalmente al control de Gorbachov y su partido. Lo único que su perestroika ha permitido es que haya todavía menos cosas en los estantes de los almacenes, que haya más miseria y que, además, se haya dado rienda suelta a los más sórdidos sentimientos patrioteros y xenófobos, a los pogromos, matanzas y persecuciones de todo tipo.

Y eso sólo es el principio. El caos que impera ya hoy en la URSS se irá agravando, pues el régimen que gobierna todavía el país, al igual que el estado de su economía, no ofrecen la menor perspectiva. La perestroika, o sea la tentativa de adaptar pasito a paso un aparato económico y político paralizado frente a la agravación de la crisis mundial, está demostrando cada día más su quiebra total. El retorno a la situación anterior, restableciendo la centralización total del aparato económico y el terror de la época estalinista o brezhneviana, incluso si es intentado por los sectores «conservadores» del aparato, no resolvería nada. Estos métodos ya demostraron su ineficacia, puesto que la perestroika surgió precisamente de la comprobación de su inutilidad. Desde entonces, la situación no ha ido sino empeorándose en todos los planos y a una escala considerable. La resistencia todavía muy fuerte de un aparato burocrático que comprueba cómo se van disolviendo a sus pies las bases mismas de su poder y de sus privilegios, acabará en baño de sangre sin que ello permita superar el caos. Y, en fin, el establecimiento de formas más clásicas de dominación capitalista (autonomía de gestión de las empresas, introducción de criterios de competencia en el mercado), aunque sea la única «perspectiva», no podrá, en lo inmediato, sino agravar todavía más el caos de la economía. Ya pueden verse hoy en Polonia las consecuencias de tal política: 900 % de inflación, aumento imparable del desempleo, parálisis creciente de las empresas (en el 4º trimestre del 89, la producción de bienes alimenticios tratados por la industria bajó en un 41 %, la del vestido en un 28 %). En un contexto así, de caos económico, no hay cabida para una «democratización suave», ni para la estabilidad política.

Así, sea cual sea la política que surgirá de las esferas dirigentes del PC de la URSS, sea cual sea el posible sucesor de Gorbachov, el resultado no sería muy diferente, la perspectiva en ese país es la de convulsiones en aumento. De éstas, las últimas semanas no nos han dado sino una pequeña muestra: hambres, matanzas, ajustes de cuentas entre camarillas de la «Nomenklatura» y entre poblaciones embrutecidas por el nacionalismo. Mediante la mayor de las barbaries logró el estalinismo establecer su poder sobre el cadáver de la Revolución comunista de octubre de 1917, víctima de su trágico aislamiento internacional. Y en la barbarie, el caos, la sangre y el fango está hoy agonizando ese inmundo sistema estalinista.

Cada día más, la situación de la URSS y de la mayoría de los países de Europa del Este, va a parecerse a la de los países del «Tercer Mundo». La barbarie total que desde hace años ha convertido a estos países en auténtico infierno, la descomposición de toda vida social, la ley impuesta por cuadrillas armadas, todo lo que nos propone como ejemplo el Líbano, serán cada día menos una especialidad de las áreas alejadas del corazón del capitalismo. Ya hoy, toda una parte del mundo dominada hasta ahora por la segunda potencia mundial está amenazada de «libanización». Y ello, en Europa misma, a unos cuantos cientos de kilómetros de las concentraciones industriales más antiguas e importantes del mundo.

Por todo ello, el hundimiento del bloque imperialista del Este no sólo acarrea trastornos para los países del área y para las constelaciones imperialistas tal como habían surgido de la segunda guerra mundial. Ese hundimiento lleva consigo una inestabilidad general que acabará afectando a todos los países del mundo, incluidos los más sólidos. Es, por eso, de suma importancia que los revolucionarios sean capaces de comprender la amplitud de estos cambios y, en especial, de actualizar el marco de análisis que era válido hasta el verano pasado, cuando se celebró nuestro último congreso internacional (véase Revista Internacional nº 59), pero que los acontecimientos de la segunda mitad de 1989 han vuelto en parte caducos. Esa actualización es lo que aquí nos proponemos hacer, en torno a los tres «clásicos» ejes del análisis de la situación internacional:

  • la crisis del capitalismo,
  • los conflictos imperialistas,
  • la lucha de clases.

La crisis del capitalismo

Es el punto de los análisis del último Congreso que sigue estando de actualidad. En efecto, la evolución de la situación de la economía mundial durante los 6 últimos meses ha confirmado plenamente los análisis del Congreso en cuanto a la agravación de la crisis de la economía mundial. Las ilusiones que los «especialistas» burgueses habían intentado mantener en cuanto al «desarrollo» y la «salida de la crisis» -ilusiones basadas en las cifras de 1988 y principios del 89, particularmente en la evolución del PNB- ya están siendo puestas en entredicho (véanse los artículos sobre el tema en este número de la Revista Internacional y en el precedente).

Por lo que se refiere a los países del ex-bloque del Este, la glasnost, que hoy permite hacerse una idea más realista de su verdadera situación, también permite darse una idea de la amplitud del desastre. Las cifras oficiales anteriores, que ya daban cuenta de un desastre de primera importancia, estaban muy por debajo de la realidad. La economía de los países del Este aparece como un auténtico mundo en ruinas. La agricultura (que emplea sin embargo una proporción mucho más alta de la población que en los países occidentales), está totalmente incapacitada para alimentar a la población. El sector industrial no sólo es totalmente anacrónico y caduco, sino que además está totalmente bloqueado, incapaz de funcionar, por falta de transportes y de abastecimiento en piezas de recambio, a causa del desgaste de las máquinas etc., y, sobre todo, a causa del desinterés general de todos sus protagonistas, desde los aprendices hasta los directores de fábrica. Casi medio siglo después de la segunda guerra mundial, una economía que, según lo que decía Jruschev a principios de los años 60, iba a alcanzar y adelantar a la de los países occidentales y «dar la prueba de la superioridad del "socialismo" sobre el capitalismo», parece como si acabara de salir de la guerra. Como ya hemos dicho, es la quiebra total de la economía estalinista, comprobada ya desde hace años frente a la agravación de la crisis mundial, lo que ha originado el hundimiento del bloque del Este, pero tal quiebra no ha alcanzado su punto extremo ni mucho menos. Y eso tanto más por cuanto a nivel mundial, la crisis económica va a agravarse todavía más, acentuándose encima sus efectos a causa precisamente de la catástrofe que afecta a los países del Este.  

A este respecto, hay que denunciar la imbecilidad, propagada por sectores de la burguesía, pero también por ciertos grupos revolucionarios, de creer que la apertura de la economía de los países del Este al mercado mundial sería un «balón de oxí­geno» para la economía capitalista en su conjunto. La realidad es muy diferente.

Primero, para que los países del Este pudieran contribuir a mejorar la situación de la economía mundial, antes deberían ser un mercado real. Necesidades no deja de haber, desde luego, como también las hay en los países subdesarrollados. De lo que se trata es de saber con qué van a comprar todo lo que les falta. Y ahí es donde se comprueba inmediatamente la absurdez de aquel análisis. Esos países NO TIENEN NADA con qué pagar lo que compren. No disponen del más mínimo recurso finan­ciero; de hecho, hace ya tiempo que se han apuntado a la peña de los países endeudados: la deuda externa del conjunto de las ex-democracias populares ascendía en 1989 a 100 mil millones de dólares[2], o sea, un monto cercano al de Brasil para una población y un PNB igualmente comparables. Para poder comprar, primero tendrían que vender. Y ¿qué van a vender en el mercado mundial cuando precisamente la causa primera del hundimiento de los regímenes estalinistas, en el contexto de crisis general del capitalismo, es la falta total de capacidad competitiva en el mercado mundial de las economías que dirigían?

Ante esa objeción, algunos sectores de la burguesía responden que estaría bien un nuevo «Plan Marshall» que permitiera reconstituir el potencial económico de esos países. Cierto es que la economía de los países del Este tiene algunas analogías con la de toda Europa tras la segunda guerra mundial, pero, hoy, un nuevo «Plan Marshall» es totalmente imposible. Ese Plan, cuya finalidad esencial no era tanto la de reconstruir Europa sino sustraerla a la amenaza de control por parte de la URSS, tuvo éxito en la medida en que el mundo entero (salvo Estados Unidos) necesitaba reconstruirse. En aquella época no existía el problema de sobreproducción general de mercancías; fue precisamente el final de la reconstrucción de Europa Occidental y de Japón lo que originó la crisis abierta que hoy conocemos desde finales de los años 60. Por eso, una inyección masiva de capitales en los países del Este hoy, para desarrollar su potencial económico y especialmente el industrial, está fuera de lugar. Aún suponiendo que se pudiera poner en pie ese potencial productivo, las mercancías producidas no harían sino atascar todavía más un mercado mundial supersaturado. Con los países que hoy están saliendo del estalinismo ocurre lo mismo que los subdesarrollados: toda la política de créditos masivos inyectados en éstos durante los años 70 y 80 ha desembocado obligatoriamente en la situación catastrófica bien conocida: una deuda de 1 billón 400 millones de $ y unas economías todavía más destrozadas que antes. A los países del Este, cuya economía se parece en muchos aspectos a la de los subdesarrollados, no les espera otro destino. Los financieros de las grandes potencias occidentales no se engañan y no andan corriendo a codazo limpio para aportar capitales a países que, como la recién «desestalinizada» Polonia que necesitaría como mínimo 10 mil millones de dólares en tres años, los piden a gritos, mandando de pedigüeño incluso al «obrero» premio Nóbel, Walesa en persona. Y como esos responsables financieros lo son todo menos filántropos, no habrá ni créditos ni ventas masivas de los países más desarrollados hacia los países que acaban de «descubrir» las «virtudes» del liberalismo y de la «democracia». Lo único que podrán esperar es que les manden algún que otro crédito y ayuda urgente para que esos países eviten la bancarrota financiera abierta y hambres que no harían sino agravar las convulsiones que los están sacudiendo. Y no será eso lo que podría significar un «balón de oxígeno» para la economía mundial.

Entre los países del ex-bloque del Este, la RDA es, evidentemente, un caso aparte. Este país no está destinado a mantenerse como tal. La perspectiva de su absorción por la RFA es algo ya admitido, no sólo, de mala gana, por las grandes potencias sino también por su actual gobierno. Sin embargo, la integración económica, primera etapa de la «reunificación», único medio para atajar el éxodo masivo de la población de la RDA hacia la RFA, está ya planteando problemas considerables, tanto a este país como a sus socios occidentales. El «salvamento» de la economía de Alemania Oriental es un fardo enorme financieramente hablando. Si bien, por un lado, las inversiones que se realizarán en esa parte de Alemania, podrán ser una «salida» momentánea para ciertos sectores industriales de la Occidental y de otros países de Europa, por otro lado, esas inversiones acabarán agravando el endeudamiento general de la economía capitalista, a la vez que servirán para atascar más todavía el mercado mundial. Por eso, el reciente anuncio de la creación de una unión monetaria entre las dos Alemanias, decisión motivada más por razones políticas que económicas (como lo demuestran las reticencias del presidente del Banco federal), no ha levantado, ni mucho menos, mareas de entusiasmo en los países occidentales. En realidad, la RDA es, en lo económico, un regalo envenenado para la RFA. Alemania del Este es: una industria arruinada, una economía agotada, un montón de deudas y vagones enteros de marcos-Este que apenas si valen el papel con que están hechos, pero que la RFA deberá comprar a precio fuerte cuando el marco alemán se convierta en moneda común para las dos partes de Alemania. En RFA, la fábrica de billetes va a ponerse a tope, y la inflación también.

Es así como lo que fundamentalmente puede esperar la economía capitalista del bloque del Este, no es ni mucho menos, una atenuación de la crisis sino dificultades en aumento. Por un lado, como ya hemos visto, la crisis financiera (la montaña de deudas impagables) se agravará; además, el debilitamiento en la cohesión del bloque occidental y, a la larga, su desaparición (véase más lejos) traen la perspectiva de mayores dificultades para la economía mundial. Como ya hemos puesto en evidencia desde hace tiempo, una de las razones por las que el capitalismo ha podido hasta ahora aminorar el ritmo de su hundimiento, ha sido la instauración de una política de capitalismo de Estado a escala de todo el bloque occidental, o sea, de la esfera dominante del mundo capitalista. Esta política exigía una disciplina muy seria por parte de los diferentes países que componen el bloque, disciplina obtenida sobre todo con la autoridad ejercida por Estados Unidos sobre sus aliados, gracias a su potencia económica y también militar.

El «paraguas militar» de EEUU frente a la «amenaza soviética», de igual modo, claro está, que tenía su lugar preponderante y el de su moneda en el sistema financiero internacional, exigía, como contrapartida, la sumisión ante las decisiones norteamericanas en lo económico. Hoy, tras la desaparición de la amenaza militar de la URSS sobre los Estados del bloque occidental (en especial sobre los de Europa occidental y Japón), los medios de presión de Estados Unidos sobre sus «aliados» han disminuido considerablemente, y esto tanto más por cuanto la economía norteamericana, con sus déficits enormes y el continuo retroceso de su competitividad en el mercado mundial, ha ido perdiendo mucho terreno respecto a sus principales competidores. La tendencia que se irá reforzando cada vez más será que las economías más capacitadas, y en primer término las de Alemania y Japón, van a procurar quitarse de encima la tutela americana para jugar sus propias bazas en el tapete económico mundial, lo cual hará que se agudice la guerra comercial y se agrave la inestabilidad general de la economía capitalista.

Hay que afirmar claramente, en fin de cuentas, que el hundimiento del bloque del Este, las convulsiones económicas y políticas de los países que lo formaban, no son ni mucho menos signos de no se sabe qué mejora de la situación económica de la sociedad capitalista. La quiebra económica de los regímenes estalinistas, consecuencia de la crisis general de la economía mundial, no hace sino anticipar, anunciándolo, el hundimiento de sectores más desarrollados de esta economía.

Los antagonismos imperialistas

Los acontecimientos que se desarrollaron durante la segunda mitad del año 89 han puesto en entredicho la configuración geopolítica en la cual vivía el mundo desde la segunda guerra mundial. Ya han dejado de existir los dos bloques imperialistas que se repartían el planeta.

El bloque del Este ya no existe, es una evidencia incluso para los sectores de la burguesía que durante años tanto nos querían asustar con el peligro del «imperio del mal» y su «formidable» potencia militar. Esta realidad la confirma toda una serie de acontecimientos recientes tales como:

  • el apoyo que los principales dirigentes occidentales (Bush, Thatcher, Mitterrand especialmente) dan a Gorbachov (apoyo acompañado de elogios ditirámbicos);
  •  los resultados de diferentes encuentros en recientes Conferencias en la cumbre (Bush-Gorbachov, Mitterrand-Gorbachov, etc.) que ponen de relieve la desaparición efectiva de los antagonismos que han opuesto durante décadas al Este y el Oeste;
  • anuncio por la URSS de la retirada de sus tropas en el extranjero;
  • reducción de los gastos militares de Estados Unidos, planificados ya;
  • la decisión conjunta de reducir rápidamente a 195 000 las tropas de los ejércitos soviético y norteamericano basados en Europa Central (en especial en las dos Alemanias), lo cual corresponde de hecho, a una retirada de 405 000 hombres para la URSS contra 90 000 para EEUU;
  • la actitud de los principales dirigentes occidentales cuando los acontecimientos de Rumania, pidiendo a la URSS una intervención militar para apoyar a las fuerzas «democráticas» ante la resistencia encontrada por parte de los últimos fieles de Ceaucescu;
  • el apoyo aportado por esos mismos a la intervención de los tanques rusos en Bakú, en Enero.

Diez años después de la ruidosa protesta provocada en los países occidentales por la entrada de esos mismos tanques en Kabul, el contraste con la actitud de hoy no puede ser más significativo del cambio total en la geografía imperialista del planeta. Ese cambio ha estado confirmado por la conferencia, co-presidida por Canadá y Checoslovaquia, celebrada en Ottawa, entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, durante la cual la URSS aceptó prácticamente todas las exigencias occidentales.

¿Significa esa desaparición del bloque del Este que el mundo, desde ahora en adelante, estará dominado por un solo bloque imperialista o que el capitalismo ya no conocerá más enfrentamientos imperialistas? Estas hipótesis son totalmente ajenas al marxismo.

La tesis del «superimperialismo», desarrollada por Kautsky antes de la primera guerra mundial fue combatida tanto por los revolucionarios (en particular, Lenin) como por los hechos mismos. Y seguía siendo tan falsa y mentirosa cuando fue recogida y aumentada por estalinistas y trotskistas para afirmar que el bloque dominado por la URSS no era imperialista. Y no será, hoy, el hundimiento del bloque del Este lo que podría volver a dar vida a semejantes análisis; ese hundimiento lleva en sí el del bloque occidental. Además, no sólo las grandes potencias que dirigen los bloques son imperialistas, contrariamente a la tesis que defienden grupos como la CWO. En el período de decadencia del capitalismo[3], TODOS los Estados son imperialistas y toman sus disposiciones para asumir esa realidad: economía de guerra, armamento, etc. Por eso, la agravación de las convulsiones de la economía mundial va a agudizar las peleas entre los diferentes Estados, incluso, y cada vez más, militarmente hablando. La diferencia con el período que acaba de terminar, es que esas peleas; esos antagonismos, contenidos antes y utilizados por los dos grandes bloques imperialistas, van ahora a pasar a primer plano. La desaparición del gendarme imperialista ruso, y lo que de ésa va a resultar para el gendarme norteamericano respecto a sus principales «socios» de ayer, abren de par en par las puertas a rivalidades más localizadas. Esas rivalidades y enfrentamientos no podrán, por ahora, degenerar en conflicto mundial, incluso suponiendo que el proletariado no fuera capaz de oponerse a él. En cambio, con la desaparición de la disciplina impuesta por la presencia de los bloques, esos conflictos podrían ser más violentos y numerosos y, en especial, claro está, en las áreas en las que el proletariado es más débil.

Hasta ahora, en el período de decadencia del capitalismo, una situación así, de dispersión de los antagonismos imperialistas, de ausencia de reparto del mundo (o de sus zonas decisivas) entre dos bloques, no se había prolongado nunca. La desaparición de las dos constelaciones imperialistas surgidas de la segunda guerra mundial lleva inscrita la tendencia a la recomposición de dos nuevos bloques. Sin embargo, una situación así no está todavía al orden del día a causa de:

  • la permanencia de ciertas estructuras del antiguo reparto, como la existencia formal de las dos grandes alianzas militares, la OTAN y el Pacto de Varsovia, con el despliegue de los dispositivos militares correspondientes;
  • la ausencia de una gran potencia capaz de tomar ya la función, perdida definitivamente por la URSS, de cabeza de bloque que se enfrentaría al teóricamente dominado por Estados Unidos.

Para esa función, un país como Alemania, sobre todo tras su reunificación, sería el mejor situado gracias a su poderío económico y a su situación geográfica. Por esta razón, se ha producido ahora una unidad de intereses entre países occidentales y la URSS para frenar un poco, o al menos procurar controlar, el proceso de reunificación. Sin embargo, aunque de un lado hay que constatar el considerable debilitamiento de la cohesión del bloque USA, debilitamiento que irá acentuándose, hay que tener cuidado, como acabamos de poner de relieve, con anunciar precipitadamente la formación de un nuevo bloque dirigido por Alemania. En lo militar, este país dista mucho de poder asumir ese papel. Por su situación de «vencido» de la segunda guerra mundial, sus ejércitos están muy por debajo de su poderío económico. La RFA no ha sido autorizada hasta hoy para poseer armas atómicas, y el enorme arsenal de material nuclear desplegado en su suelo está totalmente controlado por la OTAN. Además, y eso es todavía más importante a largo plazo, la tendencia a un nuevo reparto del mundo entre dos bloques militares está frenada, quizás incluso definitivamente, por el fenómeno cada día más profundo y general de la descomposición de la sociedad capitalista, tal como ya lo hemos recalcado nosotros (véase Revista Internacional nº 57).

Ese fenómeno de descomposición, que se ha venido desarrollando a lo largo de los años 80, es resultado de la incapacidad de las dos clases fundamentales de la sociedad para dar su propia respuesta a la crisis sin salida en la que se está hundiendo el modo de producción capitalista. Aunque la clase obrera, al no dejarse alistar tras las banderas de la burguesía, lo que sí ocurrió en los años 30, ha podido hasta ahora impedir que el capitalismo pudiera desencadenar una tercera guerra mundial, no ha encontrado, sin embargo, la fuerza de afirmar claramente su perspectiva: la revolución comunista. En una situación así, con una sociedad momentáneamente «bloqueada», sin perspectiva alguna mientras que la crisis del capitalismo no deja de agravarse, no por eso se va a parar la historia. Su «curso» se concreta en una putrefacción creciente de toda vida social, cuyas múltiples manifestaciones ya hemos analizado en esta Revista: desde la plaga de la droga hasta la corrupción general de los políticos, pasando por las amenazas constantes al medio ambiente, la multiplicación de catástrofes «naturales» o «accidentales», el aumento de la criminalidad, del nihilismo y la desesperación entre los jóvenes. Una de las expresiones de la descomposición es la incapacidad creciente de la clase burguesa para controlar no sólo la situación económica, sino también la política. Evidentemente, ese fenómeno es ya muy profundo en los países de la periferia del capitalismo, en aquéllos que por haber llegado demasiado tarde al desarrollo industrial, han sido los primeros y los más duramente golpeados por la crisis del sistema. Hoy, el caos económico y político que se está desplegando en los países del Este, la total pérdida de control de la situación por parte de las burguesías locales, es una nueva expresión del fenómeno general. Y la burguesía más fuerte, la de los países avanzados de Europa y América del Norte, es también consciente de que no está al abrigo de todas esas convulsiones. Por eso le ha dado todo su apoyo a Gorbachov en sus intentos por «poner orden» en su imperio, incluso cuando lo ha hecho aplastando en la sangre como ocurrió en Bakú. Aquélla tiene mucho miedo de que el caos que se está instaurando en el Este traspase las fronteras y acabe afectando al Oeste, al igual que la nube radioactiva de Chernóbil.

Respecto a eso, la evolución de la situación en Alemania es significativa. La increíble rapidez con la que se han ido encadenando los acontecimientos desde el último otoño no significa en absoluto que a la burguesía le haya entrado el frenesí de la «democratización». En realidad, si ya la situación en Alemania Oriental dejó hace tiempo de ser la concreción de una política deliberada de la burguesía local, para la burguesía de la RFA, y para el conjunto de la burguesía mundial, ocurre otro tanto. La reunificación de ambas Alemanias, que ninguno de los «vencedores» de 1945 quería hace tan sólo unas semanas (hace 3 meses, Gorbachov la veía para «dentro de un siglo»), por miedo a que a una «Gran Alemania» hegemónica en Europa se le afilaran los colmillos imperialistas, ahora se impone cada día más como único medio para atajar el caos en RDA y el contagio a los países vecinos. Y eso a pesar de que incluso para la burguesía germano-occidental las cosas van «demasiado deprisa». En las condiciones en que se está produciendo, la reunificación, tan deseada desde hace décadas, no acarreará más que dificultades. Y cuanto más se retrase, mayores serán esas dificultades. El que la burguesía de RFA, una de las más sólidas del mundo, esté hoy obligada a correr detrás de los acontecimientos da una idea de lo que le espera al conjunto de la clase dominante.

En un contexto así, de pérdida de control de la situación para la burguesía mundial, no es evidente que haya sectores dominantes de ella que hoy sean capaces de imponer la organización y la disciplina necesarias para la reconstitución de bloques militares. Una burguesía que ya no controla la política de su propio país, mal armada está para imponerse a otras, lo cual es en fin de cuentas lo que acabamos de ver con el desmoronamiento del bloque del Este, cuya causa primera ha sido el derrumbe económico y político de su potencia dominante.

Por todo eso, es fundamental poner de relieve que: la solución proletaria, la revolución comunista, es la única capaz de oponerse a la destrucción de la humanidad, tal destrucción es la única «respuesta» que la burguesía puede dar a su crisis; pero esta destrucción no vendría necesariamente de una tercera guerra mundial. Podría ser el resultado de la continuación hasta sus más extremas consecuencias de la descomposición ambiente: catástrofes ecológicas, epidemias, hambres, guerras locales sin fin, y un largo etcétera.

La alternativa histórica «Socialismo o Barbarie», tal como la puso de relieve el marxismo, tras haberse concretado en «Socialismo o Guerra imperialista mundial» durante la mayor parte del siglo XX, se fue precisando bajo la forma aterradora de «Socialismo o Destrucción de la humanidad» durante las últimas décadas con el desarrollo de las armas atómicas. Hoy, tras el derrumbe del bloque del Este, esa perspectiva sigue siendo totalmente válida. Pero hay que decir que semejante destrucción puede venir de la guerra imperialista generalizada O de la descomposición de la sociedad.

El retroceso de la conciencia en la clase obrera

Las «Tesis sobre la crisis: económica y política en los países del Este», que hemos publicado en la Revista Internacional 60, ponen en evidencia que el derrumbamiento del bloque del Este y la agonía del estalinismo van a repercutir en la conciencia del proletariado, con un retroceso de dicha conciencia. Las causas y manifestaciones de este retroceso se analizaban en el artículo «Dificultades en aumento para el proletariado» en la mencionada publicación. Pueden resumirse así:

  • al igual que la aparición, en 1980, de un sindicato «independiente» en Polonia, pero a una escala mucho más amplia, debido a la importancia de los acontecimientos actuales, el desmoronamiento del bloque del Este y la agonía del estalinismo van a permitir que se desarrollen las ilusiones democráticas, no sólo en el proletariado de los países del Este, sino también en el de los países occidentales;
  • « el que tal acontecer histórico haya tenido lugar sin la presencia activa de la clase obrera engendrará en ella un sentimiento de impotencia» (ibídem);
  • «Además, al producirse el hundimiento del bloque del Este tras un período de "guerra fría" con el bloque del Oeste, "guerra" de la que este último aparece como "vencedor" sin haber librado batalla, va a crear y alimentar entre las poblaciones de Occidente y entre ellas los obreros, un sentimiento de euforia y de confianza hacia sus gobernantes, algo similar, aunque salvando las distancias, al que desorientó a la clase obrera de los países "vencedores" tras las dos guerras mundiales»;
  • la dislocación del bloque del Este va a aumentar el peso del nacionalismo en las repúblicas periféricas de la URSS y en las antiguas «democracias populares», pero también en algunos países de Occidente y, en especial, en uno tan importante como Alemania, a causa de la reunificación de sus dos partes;
  • «los mitos nacionalistas (...) también van a ser un lastre para los obreros de Occidente (...) por el desprestigio y la alteración que en sus conciencias va a cobrar la idea misma de internacionalismo proletario (...), noción totalmente pervertida por el estalinismo y, siguiéndole los pasos, por la totalidad de las fuerzas burguesas, identificándola con la dominación imperialista de la URSS sobre su bloque»;
  • « de hecho (...) es la perspectiva misma de la revolución comunista mundial la que se ve afectada por el hundimiento del estalinismo. (...) La identificación entre comunismo y estalinismo (...) había permitido a la burguesía en los años 30, el alistar a la clase obrera tras el estalinismo para así rematar la derrota de ésta. Ahora que el estalinismo está totalmente desprestigiado entre los obreros, la misma mentira le sirve para desviarlos de la perspectiva del comunismo».

Puede completarse lo dicho considerando la evolución de lo que queda de los partidos estalinistas en los países occidentales.

El derrumbamiento del bloque del Este implica, a la larga, la desaparición de los partidos estalinistas, no solamente en los países en donde dirigían el Estado, sino también en los países en donde su función consistía en controlar a la clase obrera. Esos partidos o bien se transformarán radicalmente, como está ocurriendo con el PC de Italia, abandonando por completo lo que les era específico (incluso su propia apelación), o bien se hallarán convertidos en pequeñas sectas (como ya ocurre en Estados Unidos y en la mayoría de los países de Europa del Norte). Aún podrán representar algún interés para los etnólogos o los arqueólogos, pero dejarán de ejercer un papel serio como órganos de control y de sabotaje de las luchas obreras. El lugar que hasta ahora ocupaban para eso en ciertos países, se verá ocupado por la socialdemocracia o por sectores de la izquierda de ésta. Por esto, el proletariado tendrá cada vez menos ocasiones, en el desarrollo de su lucha, de enfrentarse con el estalinismo, lo cual no podrá sino favorecer aún más el impacto del embuste que identifica estalinismo y comunismo.

Las perspectivas para la lucha de clases

El hundimiento del bloque del Este y la muerte del estalinismo han creado nuevas dificultades para la toma de conciencia en el proletariado. ¿Quiere eso decir que lo sucedido va también a provocar una baja sensible en los combates de clase?

Sobre esto, cabe recordar que las tesis hablan de un «retroceso de la conciencia» y no de un retroceso de la combatividad del proletariado. Hasta precisan que «el capitalismo no dejará de llevar a cabo sus incesantes ataques cada vez más duros contra los obreros, lo cual les obligará a entrar en lucha», pues sería falso considerar que el retroceso de la conciencia vendrá acompañado de un retroceso de la combatividad. Ya se ha evidenciado en varias ocasiones la no identidad entre conciencia y combatividad. No vamos, pues, a volver sobre el tema aquí. En el preciso marco de la situación actual, hay que subrayar que el actual retroceso de la conciencia no es el resultado de una derrota directa de la clase obrera consecutiva a un combate que habría entablado. Los acontecimientos que hoy día siembran la confusión en su seno, han sido completamente ajenos a ella y a sus luchas. Por esta razón, lo que hoy pesa sobre ella no es la desmoralización. Aunque su conciencia haya quedado afectada, su potencial de combatividad, en cambio, sigue estando entero. Y este potencial, con los ataques cada vez más brutales que se van a desencadenar, puede manifestarse a la menor ocasión. Es, pues, importante no dejarse sorprender por las previsibles explosiones de combatividad. No hemos de interpretarlas como una puesta en entredicho de nuestro análisis sobre el retroceso de la conciencia, ni «olvidar» que la responsabilidad de los revolucionarios es intervenir en su seno.

En segundo lugar, sería falso establecer una continuidad entre la evolución de las luchas y de la conciencia del proletariado en el período anterior al derrumbamiento del bloque del Este y el período actual. En el periodo anterior, la CCI criticó la tendencia dominante, en el medio político proletario, a subestimar la importancia de las luchas de la clase y los avances realizados por ésta en su toma de conciencia. Poner de relieve el retroceso actual en la conciencia del proletariado no significa en absoluto poner en entredicho nuestros análisis del período anterior y, en particular, los que se hicieron en el VIIIº Congreso (Revista Internacional nº 59).

Es verdad pues, que el año 88 y la primera mitad del 89 estuvieron marcados por las dificultades en el desarrollo de la lucha y de la conciencia de la clase, y particularmente por el retorno de los sindicatos al primer plano. Esto ya se había señalado antes del VIIIº Congreso, particularmente en el editorial de la Revista Internacional nº 58, en la que se decía que «esta estrategia (de la burguesía) ha conseguido por ahora desorientar a la clase obrera y entorpecer su camino hacia la unificación de sus luchas». Sin embargo, nuestro análisis basado en los elementos de la situación internacional de entonces, ponía de relieve los límites de aquel momento de dificultad. En realidad, las dificultades que encaraba la clase obrera en el 88 y a principios del 89 eran parecidas (aunque más agudas) a las del año 85, puestas de relieve éstas en el VIº Congreso de la CCI (cf. «Resolución sobre la situación internacional», Revista Internacional, nº 44). No se excluía de manera alguna la posibilidad «de nuevos surgimientos masivos cada vez más determinados y conscientes de la lucha proletaria» (Revista Internacional, nº 58), de la misma manera que la baja de 1985 había desembocado en el 86 en movimientos tan importantes y significativos como las huelgas masivas de la primavera en Bélgica y la huelga del ferrocarril en Francia. En cambio, las dificultades con que se enfrenta el proletariado hoy están a un nivel completamente diferente. El derrumbamiento del bloque del Este y del estalinismo es un acontecimiento histórico considerable cuyas repercusiones en todos los aspectos de la situación mundial son de la mayor importancia. Ese acontecimiento, desde el punto de vista de su impacto en la clase obrera, no se puede considerar al mismo nivel que tal o cual serie de maniobras de la burguesía como las que hemos presenciado durante estos 20 últimos años, incluida la baza de la izquierda en la oposición, a finales de los años 70.

En realidad, es otro período el que se está abriendo hoy, distinto del que hemos estado viviendo desde hace 20 años. Desde 1968, el movimiento general de la clase, a pesar de algunos momentos de disminución o de breves retrocesos, se ha ido desarrollando en el sentido de luchas cada vez más conscientes que, en especial, iban liberándose cada vez más del imperio de los sindicatos. Al contrario, las condiciones mismas en las que se ha derrumbado el bloque del Este, el que el estalinismo no haya sido derribado por la lucha de clases sino por implosión interna, económica y política, determinan el desarrollo de una cortina de humo ideológica (independientemente de las campañas mediáticas que se están desencadenando hoy), de un desconcierto en el seno de la clase obrera sin comparación con todo lo que ésta ha tenido que encarar hasta ahora, ni siquiera con la derrota de 1981 en Polonia. En realidad, hemos de considerar que incluso si el derrumbamiento del bloque del Este se hubiera producido cuando las luchas del proletariado estaban en pleno desarrollo (por ejemplo a finales del 83 y principios del 84, o en el 86), la profundidad del retroceso que ese acontecimiento hubiera provocado en la clase no habría sido diferente (incluso si este retroceso hubiera podido tardar un poco más en producir sus efectos).

Por esto es por lo que resulta necesario reactualizar el análisis de la CCI sobre la «izquierda en la oposición». Esta baza le era necesaria a la burguesía desde finales de los años 70 y todo a lo largo de los años 80, frente a la dinámica general de la clase obrera hacia enfrentamientos cada vez más determinados y conscientes, frente a su creciente rechazo de las mistificaciones democráticas, electorales y sindicales. A pesar de las dificultades encontradas en algunos países (como por ejemplo en Francia) para realizar esa política en las mejores condiciones, ésta era el eje central de la estrategia de la burguesía contra la clase obrera, plasmada en los gobiernos de derechas en EEUU, en la RFA y en Gran Bretaña. Al contrario, el actual retroceso de la clase ha dejado de imponer a la burguesía por algún tiempo el uso prioritario de esta estrategia. Esto no significa que la izquierda vaya necesariamente a volver al gobierno en esos países: ya hemos evidenciado en varias ocasiones (Revista Internacional, nº 18) que esta fórmula sólo le es indispensable a la burguesía en los períodos revolucionarios o de guerra imperialista. No nos hemos de sorprender, sin embargo, si ocurre semejante acontecimiento, o considerar que se trata de un «accidente» o de la expresión de una «debilidad particular» de la burguesía en tal o cual país. La descomposición general de la sociedad se plasma para la clase dominante en crecientes dificultades para dominar su juego político, pero estamos lejos del momento en que las burguesías más fuertes del mundo dejen el terreno social desguarnecido frente a una amenaza del proletariado.

Así, la situación mundial, en el plano de la lucha de clases, aparece con características muy diferentes a las que prevalecían antes de que se desmoronara el bloque del Este. La evidencia de lo importante que es el actual retroceso de la conciencia en la clase, no debe llevar, sin embargo, a poner en entredicho el curso histórico tal como la CCI lo ha analizado desde hace más de 20 años, incluso si se ha de precisar esta noción como ya se ha dicho.

En primer lugar, hoy un curso hacia la guerra mundial resulta imposible: han dejado de existir los dos bloques imperialistas.

En segundo lugar, hay que subrayar los límites del actual retroceso de la clase. Incluso si la naturaleza de las mistificaciones democráticas que hoy se están reforzando en el seno del proletariado puede ser comparada con las que se desencadenaron cuando la «Liberación», también hay que señalar las diferencias entre las dos situaciones. Por una parte, fueron los principales países industrializados, y por consiguiente el corazón del proletariado mundial, los que resultaron directamente implicados en la IIª guerra mundial. Por lo tanto, la euforia democrática sobre ese proletariado fue un peso directo. Al contrario, los sectores de la clase que están hoy en primera fila de esas mistificaciones, los de los países del Este, son relativamente periféricos. Es principalmente a causa del «viento del Este» que está soplando hoy si el proletariado del Oeste ha de enfrentarse a esas dificultades, y no porque estuviera en el centro del ciclón. Por otra parte, las mistificaciones democráticas de después de la guerra tuvieron un poderoso relevo en la «prosperidad» que acompañó la reconstrucción. El considerar la «Democracia» como «el mejor de los mundos», pudo basarse durante dos décadas en una real mejora de las condiciones de vida de la clase obrera en los países avanzados y en la impresión que daba el capitalismo de haber conseguido superar sus contradicciones (impresión que hasta se introdujo en ciertos revolucionarios). Hoy la situación es totalmente diferente: los parloteos burgueses sobre la «superioridad» del capitalismo «democrático» se van a enfrentar con la dura realidad de una crisis económica insuperable y cada día más profunda.

Dicho esto, también es importante no forjarse ilusiones y dejarse adormecer. Incluso si la guerra mundial no podrá ser hoy, y quizás definitivamente, una amenaza para la vida de la humanidad, esta amenaza podría muy bien venir de la descomposición de la sociedad. Y eso más todavía si se considera que si bien el desencadenamiento de la guerra mundial requiere la adhesión del proletariado a los ideales de la burguesía, fenómeno que no está ni mucho menos al orden del día en la situación actual para los batallones decisivos de aquél, la descomposición no requiere adhesión alguna para acabar destruyendo a la humanidad. En efecto, la descomposición de la sociedad no es, en sentido estricto, una «respuesta» de la burguesía a la crisis abierta de la economía mundial. En realidad, ese fenómeno puede agudizarse precisamente porque la clase dominante es incapaz, a causa de la ausencia de alistamiento proletario, de dar SU respuesta específica a la crisis, o sea, la guerra mundial y la movilización que ésta entraña. La clase obrera, al ir desarrollando sus luchas (como así lo ha hecho desde finales de los años 60), al no dejarse alistar tras las banderas de la burguesía, ha podido impedir que la burguesía desencadene la guerra mundial. En cambio, únicamente el derrocamiento del capitalismo podrá acabar con la descomposición de la sociedad. Las luchas del proletariado en el sistema no son un freno a su descomposición, del mismo modo que tampoco pueden ser un freno al hundimiento económico del capitalismo.

Por todo eso, si hasta ahora considerábamos que «el tiempo iba obrando a favor del proletariado», que la lentitud del desarrollo de las luchas de la clase le iba permitiendo a ésta, y también a las organizaciones revolucionarias, volver a hacer suyas las experiencias que la contrarrevolución había sumido en el abismo, no podemos ahora seguir pensando igual. No se trata para los revolucionarios de impacientarse o de querer «forzar la historia», sino de tomar conciencia de la creciente gravedad de la situación si quieren estar a la altura de sus responsabilidades.

Por esto, en su intervención, aunque deben evidenciar que la situación histórica sigue en manos del proletariado, que éste sigue siendo perfectamente capaz, en sus luchas y mediante ellas, de superar los obstáculos que ha sembrado la burguesía en su camino, también deben insistir en la importancia de lo que está en juego en la situación actual, y por consiguiente sobre su propia responsabilidad.

Así pues, para la clase obrera, la perspectiva actual consiste en la continuación de sus luchas contra los crecientes ataques económicos. Estas luchas se van a desarrollar durante todo un período en un contexto político e ideológico difícil. Esto es muy evidente, claro está, para el proletariado de los países en donde se está instaurando hoy la «Democracia». En estos países, la clase obrera se halla en una situación de extrema debilidad, como lo viene confirmando, día a día, lo que allí está ocurriendo (incapacidad de expresar la menor reivindicación independiente de clase en los diferentes «movimientos populares», alistamiento en los conflictos nacionalistas -particularmente en la URSS-, participación incluso en huelgas típicamente xenófobas contra tal o cual minoría étnica, como recientemente en Bulgaria). Estos acontecimientos nos dan una imagen de lo que sería una «clase obrera» dispuesta a dejarse alistar en la guerra imperialista.

Para el proletariado de los países occidentales, la situación es, claro está, muy diferente. Este proletariado no está sufriendo ni mucho menos las mismas dificultades que el del Este. El retroceso de su conciencia se plasmará particularmente en el retomo de los sindicatos, cuya labor estará facilitada por el desarrollo de las mentiras democráticas y de las ilusiones reformistas: «la patronal puede pagar», «reparto de beneficios», «interesémonos por el crecimiento», patrañas que facilitan la identificación por parte de los obreros de sus intereses con los del capital nacional. Además, la continuación y la agravación del fenómeno de putrefacción de la sociedad capitalista ejercerán, aún más que durante los años 80, sus efectos nocivos sobre la conciencia de la clase. En el ambiente general de desesperanza que impera en la sociedad, en la descomposición misma de la ideología burguesa cuyas pútridas emanaciones emponzoñan la atmósfera que respira el proletariado, ese fenómeno va a significar para él, hasta el período prerrevolucionario, una dificultad suplementaria en el camino de su conciencia.

Para el proletariado no hay otro camino que el de negarse en redondo a dejarse alistar en luchas interclasistas contra algunos aspectos particulares de la sociedad capitalista moribunda (la ecología por ejemplo). El único terreno en donde puede hoy movilizarse como clase independiente (y es ésta una cuestión todavía más crucial en un momento en que en medio de la marea de mentiras democráticas sólo existen «ciudadanos», o «pueblos») es el terreno en el que sus intereses específicos no se pueden confundir con las demás capas de la sociedad y que, más globalmente, determina todos los demás aspectos de la sociedad: el terreno económico. Y es precisamente por eso; como lo venimos afirmando desde hace ya tiempo, por lo que la crisis es «el mejor aliado del proletariado». La agudización de la crisis es lo que va a obligar al proletariado a unirse en su propio terreno, a desarrollar sus luchas que son la condición para superar las actuales trabas en su toma de conciencia, lo que le va a abrir los ojos sobre las mentiras sobre la «superioridad» del capitalismo, lo que le va a obligar a perder sus ilusiones sobre la posibilidad para el capitalismo de superar su crisis y por consiguiente también las ilusiones sobre quienes quieren atarlo al «interés nacional» mediante «el reparto de los beneficios» y demás cuentos.

Ahora que la clase obrera tiene que batallar contra todas las cortinas de humo que la burguesía ha conseguido momentáneamente ponerle delante, siguen siendo válidas las palabras de Marx:

«No se trata de lo que tal o cual proletario o incluso el proletariado entero se representa en tal momento como meta final. Se trata de lo que es el proletariado y de lo que, conforme a su ser, estará obligado históricamente a hacer».

Les incumbe a los revolucionarios el contribuir plenamente en la toma de conciencia en la clase de esa meta final para la que la historia la ha designado, para que así pueda ella hacer por fin realidad la necesidad histórica de la revolución que nunca fue tan acuciante.

CCI, 10 de Febrero de 1990


[1]  La poquísima resistencia de la casi totalidad de los antiguos dirigentes de las «democracias populares» que ha facilitado una transición «suave» en esos países no es en absoluto expresión de que esos dirigentes, al igual que los partidos estalinistas, hayan renunciado de buena gana y voluntariamente a su poder y privilegios. En realidad, eso da una idea, además de la quiebra económica total de esos regímenes, de su profunda fragilidad política, fragilidad que ya habíamos evidenciado nosotros desde hace tiempo pero que se ha revelado todavía mayor de lo que podía uno imaginarse.

[2] Entre esos países, Polonia y Hungría son «campeones» con 40 mil 600 millones de $ de deudas aquélla y 20 mil 100 millones ésta, o sea el 63,4 % y el 64,6 % del PNB anual respectivamente. A su lado, Brasil, con una deuda equivalente a «sólo» el 39,2 % de su PNB, parece un «buen alumno».

[3] Véase nuestro folleto La Decadencia del Capitalismo.