Decadencia del capitalismo - La imposible unidad de Europa

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¿Será capaz la burguesía de dar aunque sólo sea un principio de respuesta al problema de la división del mundo en naciones, origen de los millones de muertos en las guerras mundiales y locales que han ensangrentado el planeta desde principios de siglo?. Eso es lo que nos quieren hacer creer, con diferentes matices y niveles, las variadas tendencias políticas proeuropeas. La realidad demuestra hoy, sin embargo, que una Europa unida, agrupadora en su seno de los países de la Comunidad Económica Europea (CEE) o incluso más allá, no era sino una utopía como lo demuestran las disensiones en todas las direcciones que enfrentan a esos países y su incapacidad para tener una influencia en acontecimientos internacionales tan trágicos como los de Yugoslavia, que tienen lugar tan cerca de los países industrializados de Europa. Lo cual no impedirá que la burguesía vuelva en el futuro, en otras circunstancias y en especial para las necesarias alianzas imperialistas, a poner de moda la idea de la unidad europea con otros contornos. La burguesía intentará entonces de nuevo como lo ha hecho en el pasado, utilizar las campañas sobre Europa para polarizar las preocupaciones de la clase obrera sobre un problema totalmente ajeno a sus intereses de clase, y sobre todo para dividirla haciéndole tomar partido en ese falso debate. Por eso es necesario demostrar por qué cualquier proyecto de construcción de la unidad europea no es sino participar en la instauración de alianzas en la despiadada guerra económica que tienen entablada todos los países del mundo, o en la formación de alianzas imperialistas para la guerra de las armas, única salida a la que les empuja la crisis económica.

Los diferentes intentos de construcción europea han sido a menudo presentados como etapas hacia la creación de una «nueva nación, Europa» con un peso político y económico considerable en el mundo. Cada una de esas etapas, especialmente la última, iba a ser, según sus propagandistas, factores de paz y de justicia en el mundo.

Semejante idea ha tenido gran impacto al haber ilusionado a amplios sectores de la burguesía que se transformaron a lo largo de los años en sus más porfiados portavoces. Algunos hasta han llegado a dar de su proyecto la forma de unos «Estados Unidos de Europa» como queriendo imitar a los otros Estados Unidos.

La imposibilidad de una nueva nación viable en la decadencia del capitalismo

De hecho, ese proyecto es una utopía pues no hace sino escamotear dos factores indispensables para su realización.

El primero de esos factores es que para que pueda constituirse una nueva nación digna de ese nombre debe existir un proceso que sólo es posible en ciertas circunstancias históricas. Y el período actual, contrariamente a ciertos períodos anteriores, es, en ese plano, totalmente desfavorable.

El segundo factor es el de la violencia. Esta violencia nunca podrá ser sustituida ni por la «voluntad política de los gobiernos» ni por la «aspiración de los pueblos», que es lo que pretende la propaganda de la burguesía. Al estar la existencia de la burguesía indisolublemente vinculada a la de la propiedad privada, individual o estatal, un proyecto semejante exige obligatoriamente la expropiación o la sumisión violenta de unas fracciones nacionales de la burguesía por otras.

La historia de la formación de las naciones desde la Edad media hasta nuestros días ilustra esa realidad.

En la Edad media, la situación social, económica y política puede resumirse en la definición de Rosa Luxemburgo: «En la Edad media, con un feudalismo dominante, los lazos entre las partes y regiones de un mismo Estado eran muy distendidas. Cada ciudad importante y sus alrededores producía, para satisfacer sus necesidades, la mayoría de los objetos de uso cotidiano; también cada ciudad tenía su propia legislación, su propio gobierno, su ejército; las ciudades mayores y prósperas, en el Oeste, a veces hacían guerras o establecían tratados con potencias exteriores. Del mismo modo, las comunidades más importantes tenían su propia vida aislada, y cada parcela del dominio de un señor feudal o incluso cada una de las propiedades de los caballeros eran por sí solas un pequeño Estado casi independiente»([1]).

Aunque a un ritmo y a una escala muy inferiores a lo que serían después, una vez que el modo de producción capitalista era dominante, ya está en marcha entonces el proceso de transformación de la sociedad: «La revolución en la producción y en las relaciones comerciales a finales de la Edad Media, el aumento de los medios de producción y el desarrollo de la economía basada en el dinero, junto con el desarrollo del comercio internacional y la revolución simultánea en el sistema militar, el declive de la realeza y el desarrollo de los ejércitos permanentes, ésos fueron los factores que, en las relaciones políticas, favorecieron el desarrollo del poder del monarca y el auge del absolutismo. La tendencia principal del absolutismo fue la de crear un aparato de Estado centralizado. Los siglos xvi y xvii fueron un período de luchas incesantes entre la tendencia centralizadora del absolutismo contra los restos de los particularismos feudales»([2]).

Le incumbió evidentemente a la burguesía el haber dado el impulso decisivo al proceso de formación de los Estados modernos y llevarlo a su remate: «La abolición de las aduanas y de las autonomías en materia de impuestos en los municipios y propiedades de la pequeña nobleza y en la administración de la justicia, fueron las primeras realizaciones de la nobleza moderna. Con ello vino la creación de un fuerte aparato estatal que combinaba todas las funciones: la administración en manos de un gobierno central; la legislación en manos de un órgano legislativo, el parlamento; las fuerzas armadas agrupadas en un ejército centralizado bajo las órdenes de un gobierno central; los derechos de aduana uniformizados frente al exterior; una moneda única en todo el estado, etc. En ese mismo sentido, el estado moderno introdujo, en el ámbito de la cultura, una homogeneización en la educación y en las escuelas, en el ámbito eclesiástico, etc., organizados según los mismos principios del estado en su conjunto. En resumen, la centralización más extensa posible es la tendencia dominante del capitalismo»([3]).

En ese proceso de formación de las naciones modernas, la guerra desempeñó un papel de primera importancia, para eliminar las resistencias interiores de los sectores reaccionarios de la sociedad, y frente a otros países para delimitar sus propias fronteras haciendo prevalecer por las armas el derecho a la existencia. Por esta razón, entre los Estados legados por la Edad media, no fueron viables sino los que poseían condiciones para un desarrollo económico suficiente que les permitiera asumir su independencia.

Alemania, por ejemplo, es una ilustración, entre otras, del papel de la violencia en la formación de un Estado fuerte: tras haber derrotado a Austria y haber sometido a los príncipes alemanes, fue la victoria contra Francia en 1871 lo que permitió a Prusia imponer de modo duradero la unidad alemana.

También la constitución de los Estados Unidos de América en 1776, aunque sus bases no se hubieran desarrollado en una sociedad feudal (pues la colonia había conquistado su independencia por las armas frente a Gran Bretaña) fue una buena ilustración de lo dicho: «El primer núcleo de la Unión de las colonias inglesas en América del Norte fue creado por la revolución, colonias que, sin embargo, habían sido hasta entonces independientes unas de otras, se diferenciaban en gran medida unas de otras social y políticamente y en muchos aspectos tenían intereses divergentes»([4]). Pero habrá que esperar a la victoria del Norte sobre el Sur con la guerra de Secesión en 1861, para que quede terminado, gracias a una constitución que permitiría la cohesión que hoy posee, el estado moderno que los Estados Unidos son: «Como abogados del centralismo actuaron los Estados del Norte, representando así el desarrollo del gran capital moderno, el maquinismo industrial, la libertad individual y la libertad ante la ley, o sea los verdaderos corolarios del trabajo asalariado, de la democracia y del progreso burgueses»([5]).

El siglo xix se caracteriza por la formación de nuevas naciones (Alemania, Italia) o por la lucha encarnizada por dicha formación (Polonia, Hungría). Eso «no es ni mucho menos algo fortuito, sino que corresponde al empuje ejercido por la economía capitalista en pleno auge y que encuentra en la nación el marco más apropiado para su desarrollo»([6]).

La entrada del capitalismo en su fase de decadencia, a principios de siglo, impide desde entonces la emergencia de nuevas naciones capaces de integrarse en el el pelotón de cabeza de las naciones más industrializadas y competir con ellas([7]). Y es así como las seis mayores potencias industriales de los años 1980 (EEUU, Japón, Rusia, Alemania, Francia e Inglaterra) ya lo eran, aunque en orden diferente, en vísperas de la Primera Guerra mundial. La saturación de los mercados solventes, causa primera de la decadencia del capitalismo, engendra la guerra comercial entre naciones, engendra el desarrollo del imperialismo que no es sino la huida ciega en el militarismo frente al callejón sin salida de la crisis económica. En este contexto, las naciones llegadas con retraso al ruedo mundial no podrán nunca superarlo, sino que, al contrario, la diferencia no hace sino aumentar. Ya Marx, en el siglo pasado, ponía de relieve el antagonismo permanente que existe entre las fracciones nacionales de la burguesía: «La burguesía vive en estado perpetuo de guerra: primero contra la aristocracia, después contra las fracciones de la burguesía misma con intereses contradictorios con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de todos los países extranjeros»([8]). Si bien la contradicción que la oponía a los restos del feudalismo ha sido superada por el capitalismo, en cambio los antagonismos entre las naciones no ha cesado de agudizarse con la decadencia. Esto ya nos da idea de lo utópica, o hipócrita y embustera que es esa idea de la unión pacífica entre diferentes países, sean o no europeos.

Todas las naciones que surgirán en este período de decadencia serán el resultado de la modificación de fronteras, del descuartizamiento de los países vencidos o de sus imperios en las guerras mundiales. Así fue, por ejemplo, con Yugoslavia el 28 de octubre de 1918. En esas condiciones, esas naciones se verán privadas de entrada de todos los atributos de una gran nación.

La fase actual y postrera de la decadencia, la de la descomposición de la sociedad, no sólo sigue siendo tan desfavorable al surgimiento de nuevas naciones, sino lo que es peor, ejerce una presión hacia el estallido de las que tenían menor cohesión. El estallido de la URSS es resultado en parte de ese fenómeno y desde entonces sigue actuando como factor de desestabilización especialmente en las repúblicas surgidas de ese estallido, pero también a escala del continente europeo. Yugoslavia, entre otras, no ha resistido.

Europa no pudo constituirse como entidad nacional antes de este siglo, en una época favorable al resurgir de nuevas naciones, porque no reunía las condiciones de cohesión necesarias para ello. Después sería imposible. Sin embargo, teniendo en cuenta la importancia de esta región, la de mayor densidad industrial del mundo, y por lo tanto con un interés imperialista de primer orden, resultó inevitable que fuera el escenario en el que se ataron y desataron las alianzas imperialistas que han determinado la relación de fuerzas entre las naciones. Así, desde el final de la segunda guerra mundial hasta el hundimiento del bloque oriental, Europa fue, frente a este bloque, la avanzadilla del bloque occidental, dotado de una cohesión política y militar en relación con la amenaza de su enemigo. Y, desde el desmoronamiento del bloque del Este y la disolución del Occidental, Europa es el escenario de la lucha de influencia entre Alemania y Estados Unidos fundamentalmente, países que serían cabeza de los dos bloques imperialistas adversos en caso de que algún día pudieran éstos surgir.

Por encima de esas alianzas imperialistas, y no siempre en correlación con ellas, a veces incluso antagónicas, se han superpuesto coaliciones económicas de los países europeos para encarar la competencia internacional.

Europa: un instrumento del imperialismo americano

Tras la Segunda Guerra mundial, Europa, desestabilizada por la crisis económica y la desorganización social, fue una presa fácil para el imperialismo ruso. Por eso, el jefe del bloque adverso hizo todo lo que estuvo a su alcance para volver a poner en pie, en esta parte del mundo, una organización económica y social haciéndola así menos vulnerable a las pretensiones rusas: «La Europa occidental, sin haber soportado los inmensos estragos que habían afectado a la parte oriental del continente, sufría a los casi dos años de terminado el conflicto, de un marasmo del que parecía incapaz de salir (...) tomada en su conjunto (Europa occidental), se encuentra, en aquel principio de 1947, al borde del abismo... existe el riesgo de que todos esos factores provoquen, en breve plazo, un desmoronamiento general de las economías, a la vez que se acentúan las tensiones sociales que amenazan con hacer caer a Europa occidental en el campo de la URSS, bloque en vías de rápida formación»([9]).

El plan Marshall, votado en 1948, que prevé para el período de 1948-1952 una ayuda de 17 mil millones de dólares, sirvió plenamente para los objetivos imperialistas de EEUU([10]). Se inscribe así en la dinámica de reforzamiento de ambos bloques y del aumento de las tensiones entre ellos, tensiones que vienen a acentuarse con otros acontecimientos importantes. En favor del bloque del Oeste, se producen en el mismo año: la ruptura de Yugoslavia con Moscú (impidiendo así la creación, junto con Bulgaria y Albania, de una federación balcánica bajo influencia soviética); la creación del Pacto de Asistencia de Bruselas (para estrechar lazos militares entre los Estados del Benelux, Francia y Gran Bretaña), seguido al año siguiente por el Pacto Atlántico, el cual desemboca en la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1950. El bloque del Este tampoco se queda inactivo, iniciando la «guerra fría» con el bloqueo de Berlín y el golpe de Estado prosoviético en Checoslovaquia en 1948; se forma el COMECON (Consejo de ayuda mutua económica) entre los países de ese bloque. Además el antagonismo entre los dos bloques no se limita a Europa sino que polariza todas las tensiones imperialistas del mundo. Y es así como entre 1946 y 1954 se desarrolla la primera fase de la guerra de Indochina que terminará con la capitulación de las tropas francesas en Dien Bien Phu.

La aplicación del plan Marshall va a ser un poderoso factor de estrechamiento de los lazos entre los países beneficiarios, y la estructura que se encarga de esa aplicación, la Organización Europea de Cooperación Económica, es la precursora de las coaliciones que más tarde surgirán. Y serán también las necesidades imperialistas los motores que pondrán en marcha esas coaliciones, especialmente de la siguiente, la Comunidad Europea del carbón y del acero (CECA). «El partido europeo que él (Robert Schumann) anima, cobra firmeza hacia 1949, 1950, en el momento en que más se teme una ofensiva de la URSS y en que más se desea consolidar la resistencia económica de Europa, mientras que en el ámbito político, se edifican el Consejo de Europa y la OTAN. Se va precisando así el deseo de renunciar a los particularismos y proceder a la puesta en común de los grandes recursos europeos, o sea de las bases de la potencia, que eran, en aquel entonces, el carbón y el acero»([11]). Y es así como en 1952 nace la CECA, mercado común para el carbón y el acero entre Francia, Alemania, Italia y Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). Aunque formalmente más autónomo respecto a Estados Unidos que lo era la OECE, esta nueva comunidad sigue yendo en el sentido de los intereses de este país gracias al reforzamiento económico, y por lo tanto político, de esta parte del bloque occidental que se enfrenta directamente con el bloque ruso. Gran Bretaña no entra en la CECA, por razones que le son propias, debidas a una preocupación por su «independencia» respecto a los demás países europeos y de la integridad de la «zona de la libra esterlina», al ser entonces esta moneda la segunda moneda mundial. Esta excepción es perfectamente aceptable por el bloque occidental pues no debilita su cohesión, teniendo en cuenta la situación geográfica de Gran Bretaña y sus estrechos vínculos con EEUU.

La creación de la Comunidad económica europea (CEE) en 1957 que pretende «la supresión gradual de los aranceles, la armonización de las políticas económicas, monetarias, financieras y sociales, la libre circulación de la mano de obra y la libre competencia»([12]) va a ser una etapa suplementaria en el fortalecimiento de la cohesión europea y por lo tanto, de la del bloque occidental. Aunque en lo económico, la CEE es un competidor potencial de EEUU, durante cierto tiempo será, al contrario, un factor del propio desarrollo de este país: « El conjunto geográfico más favorecido por las inversiones directas norteamericanas desde 1950 es Europa, pues se multiplicaron por quince. El movimiento se mantuvo relativamente bajo hasta 1957 para luego acelerarse.

La unificación del mercado continental europeo indujo a los norteamericanos a replantear su estrategia en función de varios imperativos: la creación de tarifas económicas comunes podría acabar excluyéndolos si no estaban presentes en el terreno mismo. Las antiguas implantaciones se veían cuestionadas, pues, dentro del mercado unificado, las ventajas en mano de obra, impuestos o subvenciones podían salir ganando en Bélgica o en Italia, por ejemplo. Además, las duplicaciones entre dos países se volvían innecesarias. Y, en fin y sobre todo, el nuevo mercado europeo representaba un conjunto comparable, en población, en potencia industrial y, a medio plazo, de nivel de vida, al de Estados Unidos, todo lo cual conllevaba posibilidades nada desdeñables»([13]).

De hecho, el desarrollo de la Europa de la CEE fue tal (durante los años 60 se convirtió en la primera potencia comercial del globo) que sus productos acabaron por ir a competir directamente con los americanos en EEUU. Si embargo, y a pesar de sus éxitos económicos, la CEE no podía trascender las divisiones en su seno, surgiendo intereses económicos opuestos y opciones políticas diferentes que, sin llegar nunca a poner en entredicho la pertenenecia al bloque occidental, expresaban divergencias en cuanto a las modalidades de esa pertenencia. La oposición de intereses económicos se expresa, entre otros ejemplos, entre Alemania, la cual desearía, para dar salida a sus exportaciones, que la CEE se ampliara y un estrechamiento de los vínculos con EEUU, y, por otro lado, Francia, la cual, al contrario, estaba por una CEE más cerrada en sí misma para así proteger su industria de la competencia internacional. La oposición política se cristaliza entre Francia y los 6 otros países miembros a propósito de las repetidas demandas de adhesión de Gran Bretaña, país que antes se había negado a entrar en la CEE. El gobierno de De Gaulle, queriendo hacer menos pesada la tutela de Estados Unidos, alegaba en aquel entonces (años 60) la incompatibilidad entre formar parte de la Comunidad y las relaciones «privilegiadas» de Gran Bretaña con EEUU.

«La CEE no tuvo sino parcialmente el éxito esperado y no logró imponer una estrategia común. De ello son testimonio el fracaso del EURATOM, en 1969-1970, el limitado éxito del avión Concorde»([14]). Esto no fue por casualidad, pues una estrategia común y autónoma de Europa en el plano político y por lo tanto y en gran medida en el plano económico, chocaba de entrada con los límites impuestos por la disciplina del bloque dirigido por Estados Unidos.

Esa disciplina de bloque ha desaparecido con el desmoronamiento del bloque del Este y la disolución en los hechos del bloque del Oeste, despareciendo también lo que cimentaba principalmente la unidad europea, unidad que se debía sobre todo, como hemos visto, a la situación imperialista.

El único factor de cohesión de Europa, tal como ahora se presenta tras la desaparición de hecho del bloque del Oeste, es el económico, una coalición destinada a enfrentar en las mejores condiciones la competencia norteamericana y japonesa. Ahora bien, teniendo en cuenta el incremento de las tensiones imperialistas que atraviesan Europa desgarrándola, este factor de cohesión es, por sí solo, muy débil.

El terreno de la lucha de influencia de los grandes imperialismos

Los acuerdos que en el plano económico definen a la actual Comunidad europea conciernen esencialmente el libre cambio entre los países miembros de una gran cantidad de mercancías aunque con cláusulas especiales que permiten a ciertos países proteger una producción nacional durante cierto tiempo y en ciertas condiciones. A estos acuerdos se les unen medidas proteccionistas abiertas u ocultas hacia países que no pertenecen a la Comunidad. Incluso si esos acuerdos no eliminan evidentemente la competencia entre los países miembros, y tampoco es ésa su finalidad, son sin embargo bastante eficaces, por ejemplo, frente a la competencia estadounidense y japonesa. De esto son testimonio las trabas hipócritas impuestas a la importación de vehículos japoneses en algunos países de la CEE para así proteger la industria automovilística europea. Y, en el sentido contrario, es también testimonio el encarnizado empeño de Estados Unidos en las negociaciones del GATT, por hacer grietas en la unidad europea y, en particular, en el tema de la producción agrícola. Las medidas de libre cambio son completadas en el plano económico por la adopción de ciertas normas comunes sobre impuestos diversos cuya finalidad es facilitar los intercambios y la cooperación económica entre los países miembros.

Más allá de las medidas estrictamente económicas hay otras proyectadas o ya en vigor cuya finalidad evidente es la de estrechar vínculos entre los países de la Comunidad.

Así, para «protegerse de la inmigración masiva» y, aprovechando la ocasión, contra los «factores internos de desestabilización», fueron adoptados los acuerdos de Schengen firmados por Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Holanda, a los cuales se unirán más tarde España y Portugal.

Del mismo modo, los acuerdos de Maastricht, a pesar de sus imprecisiones, han sido una tentativa para ir hacia adelante en el estrechamiento de lazos.

El alcance de esos acuerdos va más allá de la simple defensa común de ciertos intereses además de los económicos, puesto que el incremento de la dependencia mutua que esos acuerdos implican entre los países firmantes, abren las puertas a una mayor autonomía política respecto a Estados Unidos. Esta posibilidad cobra toda su importancia cuando entre los países europeos concernidos, se encuentra Alemania, el más poderoso de todos ellos, el único país que podría ser capaz de encabezar un futuro bloque imperialista opuesto a los EEUU. Esta es la única razón que explica por qué hoy estamos asistiendo, por parte de Holanda y sobre todo de Gran Bretaña, países que siguen siendo en Europa los más fieles aliados de Estados Unidos, a tentativas evidentes de sabotaje de la construcción de una Europa más «política».

La cuestión imperialista se afirma más claramente todavía cuando se establecen acuerdos de cooperación militar que implican a una cantidad restringida de países europeos, que son el núcleo central del proyecto de afirmarse cada día más claramente frente a la hegemonía norteamericana. Alemania y Francia han creado un cuerpo de ejército común. A un nivel menor, pero también significativo, Francia, Italia y España han firmado un acuerdo para un proyecto de fuerza aeronaval común([15]).

Las críticas de Gran Bretaña a la creación de un cuerpo de ejército franco-alemán, la reacción holandesa sobre ese tema, («Europa no debe someterse al consenso franco-alemán»), son también muy significativas de los antagonismos.

Del mismo modo, a pesar de alguna que otra declaración favorable y más bien discreta y puramente «diplomática», los Estados Unidos han sido de lo más reticente sobre la firma de los acuerdos de Maastricht, incluso si, gracias a su derecho de veto, sus aliados ingleses u holandeses podrán siempre paralizar las instituciones europeas([16]).

La tendencia es evidentemente que Francia y Alemania sigan intentando usar cada día más las estructuras comunitarias para hacer más autónoma a Europa respecto a EEUU. Y, en sentido contrario, Gran Bretaña y Holanda se verán obligadas a responder a esos intentos mediante la paralización de cualquier iniciativa.

Pero esas acciones por parte de Holanda y Gran Bretaña tienen sus límites que acabarían marginalizando a esos dos países en la estructura comunitaria.

Esa perspectiva, que iniciaría un proceso de ruptura de la Comunidad europea, tiene sus inconvenientes en el ámbito de las relaciones económicas de los países miembros. Pero, por otro lado, sería un acicate que reforzaría las bases de la formación de un bloque opuesto a Estados Unidos.

Un terreno propicio a las campañas ideológicas contra la clase obrera

En el «proyecto europeo», pura mitología que para lo único que podría servir es para dar cohesión a un bloque imperialista, la clase obrera no tiene por qué tomar partido en las peleas de la burguesía sobre las diferentes opciones imperialistas que se presentan. Debe rechazar tanto los llamamientos nacional-chovinistas, que se presentan como «garantizadores de la integridad nacional» y hasta como «defensores de los intereses de los obreros amenazados por la Europa del capital» como los llamamientos tan nacionalistas como los otros de los partidarios de la «construcción europea». La clase obrera tiene todas las de perder si se deja arrastrar a semejantes peleas que acabarían produciendo su propia división, minada por las peores ilusiones. Entre las mentiras que usa la burguesía para embaucar a los obreros hay cierta cantidad de mentiras «clásicas» que los obreros deberán aprender a desvelar.

Esas ideas que son otras tantas mentiras se formulan más o menos así: «La unión de una mayoría de países de Europa sería un factor de paz en el mundo o, al menos, en Europa». Esta burda trola se basa a menudo en la idea de que si Francia y Alemania son aliadas en la misma estructura, se evitaría así otra guerra mundial. Sin duda es ése un medio para evitar un conflicto entre esos dos países, y eso en caso de que Francia no acabe de decidirse por el campo alemán y se pase en el último momento al de EEUU. Pero eso no soluciona en nada el problema crucial de la guerra. En efecto, si los vínculos políticos entre algunos países europeos se hicieran más fuertes de lo que hasta ahora han ido, ello seria obligatoriamente el resultado de la tendencia a la formación de un nuevo bloque imperialista en torno a Alemania, opuesto a los Estados Unidos. Y si la clase obrera dejara a la burguesía las manos libres, el remate de esa dinámica no sería otro que el de una nueva guerra mundial.

«La Unión europea permitiría evitar a sus habitantes calamidades como la miseria, las guerras étnicas, las hambres, (...) que hacen estragos en una gran parte del resto del mundo». Esta idea es complementaria de la anterior. Además de la patraña con la que se pretende hacer creer que una parte del planeta podría evitar la crisis mundial del sistema, esa idea forma parte de una propaganda cuyo objetivo es llevar a la clase obrera de Europa a dejar en manos de sus burguesías el problema fundamental de su supervivencia, independientemente, y eso no se dice de manera abierta, y en detrimento de la clase obrera del resto del mundo. Tiene el objetivo de encadenar la clase obrera a la burguesía en la defensa de los intereses nacionales de ésta. No es otra cosa sino lo equivalente, a escala de un bloque imperialista en formación, de todas las campañas nacionalistas y chovinistas que despliega la burguesía en todos los países. Puede en esto compararse a las campañas desplegadas por el bloque occidental contra el bloque estalinista adverso cuando lo llamaba «el imperio del mal».

«La clase obrera sería de hecho, en gran parte, asimilable a las fracciones más nacionalistas de la burguesía, ya que, como ellas, se sitúa mayoritariamente contra la unión europea». Es cierto que ante la matraca mediática de la burguesía ha habido obreros que se han visto arrastrados, en ciertas circunstancias especialmente en el referéndum de 1992 en Francia sobre la ratificación de los acuerdos de Maastricht, y han tomado parte masivamente en el «debate sobre Europa». Eso es expresión evidente de una debilidad de la clase obrera. También es cierto que, en ese contexto, algunos obreros han sido sensibles a los argumentos que mezclaban, a diferentes niveles, la pretendida defensa de sus intereses con el nacionalismo, el chovinismo y la xenofobia. En realidad esta situación se debe sencillamente al hecho de que la clase obrera sufre globalmente el peso de la ideología dominante bajo todas sus formas y entre ellas el nacionalismo. Pero, además, esta situación la explota la burguesía para echar la culpa a la clase obrera de generar en su seno semejantes «monstruosidades», para dividirla entre fracciones pretendidamente «reaccionarias» contra otras que se denominan «progresistas».

Los obreros no tienen por qué escoger entre la mentira de la superación de las fronteras mediante la construcción europea o la de la Europa social y los llamamientos al repliegue nacionalista con la patraña de protegerse de los estragos sociales de la Unión europea, El único camino es el de la lucha intransigente contra todas las fracciones de la burguesía, por la defensa de sus condiciones de existencia y el desarrollo de la perspectiva revolucionaria, por el desarrollo de su solidaridad y unidad internacionales de clase. Su única salvación es la de poner en práctica el ya antiguo y tan actual lema del movimiento obrero: los obreros no tienen patria. Proletarios de todos los países, ¡uníos!

    M., 20 de febrero de 1993

[1] Rosa Luxemburg en La cuestión nacional.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] «La lucha del proletariado en la decadencia del capitalismo. El desarrollo de nuevas unidades capitalistas», Revista internacional, nº 23.

[7] Leer el artículo « Las nuevas naciones nacen moribundas » en Revista internacional nº 69.

[8] El Manifiesto comunista.

[9] «Le second XXe siècle» (El segundo siglo XX), Tomo 6, pág. 241; Pierre Léon, Histoire économique et sociale du monde.

[10] No es por casualidad si ese plan fue iniciado por Marshall, jefe de Estado mayor del ejército USA durante la Segunda Guerra mundial.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] Ídem.

[15] Esa iniciativa también es reveladora de la necesidad de Francia, pero también de España e Italia, de no encontrarse debilitadas frente al poderoso vecino y aliado alemán.

[16] Los Estados Unidos, por su parte, lo hacen todo no sólo por hacer fracasar todos los intentos de Alemania y Francia de irse por su cuenta, sino que también organizan su propio mercado común para prepararse a una situación mundial más difícil. La ALENA, Asociación norteamericana de libre cambio, mercado común con México y Canadá, no es sólo una alianza económica, sino un intento por reforzar la estabilidad y la cohesión en su zona de inmediata influencia, tanto frente a la descomposición como frente a las «incursiones» posibles de las potencias europeas o de Japón.