«Reactivación» económica, acuerdos del GATT - Las mentiras de una solución capitalista a la crisis

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«Reactivación» económica, acuerdos del GATT

Las mentiras de una solución capitalista a la crisis

Desde principios de los 90, la economía mundial se ha ido hundiendo en la recesión. La multiplicación de despidos, el incremento vertiginoso del desempleo que está alcanzando cotas desconocidas desde los años 30, el incremento del empleo precario para quienes tienen la suerte de tenerlo, el descenso general de un nivel de vida amputado por planes de austeridad a repetición, un empobrecimiento creciente que se concreta en la marginalización brutal de una parte cada día más importante de una población que se encuentra de repente sin ingresos ni domicilio siquiera. Esos son los latigazos que está recibiendo la clase trabajadora en las grandes metrópolis desarrolladas. Los explotados están hoy ante el ataque más duro que se haya organizado contra sus condiciones de vida. Más allá de las oscuras estadísticas, de las cifras abstractas, la realidad está demostrando de una manera patéticamente concreta la verdad de la crisis económica del sistema capitalista como un todo. Es algo hoy tan evidente que a ningún economista se le pasa por la cabeza negarlo. Y, sin embargo, los turiferarios del capitalismo no cesan de anunciarnos que la reactivación de la economía está ahí al cabo de la calle... para el año que viene... bueno... quizás un poco más tarde..., pero ya viene llegando. Hasta ahora todas sus esperanzas han quedado en decepción. Pero eso no ha impedido que en este fin de año de 1993, una vez más, más fuerte que nunca quizás, los medios de comunicación hayan vuelto a entonar en todas las lenguas y en todos los tonos, a bombo, platillo y zambomba, el villancico de la «reactivación» anunciada.

EN qué se basa ese nuevo optimismo?. Esencialmente en que estamos asistiendo, en EEUU, tras varios años de recesión, a un retorno de las tasas de crecimiento positivas del Producto Nacional Bruto (PNB). ¿Serán significativas esas cifras, anunciarán el retorno de mañanas primaverales para el capitalismo?. Ni mucho menos. Creérselo sería la peor de las ilusiones para la clase obrera.

El nivel ensordecedor que ha alcanzado hoy la tabarra mediática sobre el final de la recesión lo que sí expresa, al contrario, es la necesidad de la clase dominante de contrarrestar el sentimiento que cada día se arraiga más en el proletariado, enfrentado a la realidad de unas dificultades cotidianas que se han ido agravando sin cesar desde hace cantidad de años, el sentimiento de que frente a la crisis de su sistema, los gestores del capital no tienen respuestas adecuadas, que no tienen solución.

Desde hace años y años han variado los temas y los discursos ideológicos de la clase dominante, desde el «menos Estado» de Reagan o Thatcher hasta la revalorización del papel social y regulador del Estado al modo de Clinton, la izquierda ha sustituido a la derecha o a la inversa, la realidad, en cambio, ha seguido avanzando en el mismo sentido, o sea, la profundización constante de la crisis mundial y la degradación generalizada de las condiciones de vida de los explotados. Se han probado constantemente nuevas recetas de sabor amargo. Se han abierto constantemente nuevas esperanzas para «mañana». Todo en vano.

En estos últimos meses, la propaganda capitalista ha encontrado un nuevo tema embaucador: las negociaciones del GATT. Sería el proteccionismo el que estaría ahogando la reactivación económica. De modo que la apertura de los mercados, el respeto de las reglas de libre competencia serían la panacea que va a permitir que la economía mundial salga del pantano en que está enfangada. Estados Unidos es el portador de esa pancarta. Eso, sin embargo, no es más que baratija ideológica, cortina de humo con la que difícilmente se logra ocultar la pelea feroz entre las principales potencias económicas del mundo por guardarse su parte de un mercado mundial que se encoge. Con el pretexto de las negociaciones del GATT, cada fracción de la burguesía intenta movilizar a los obreros tras las banderas de la defensa de la economía nacional. Los acuerdos del GATT no son más que un momento de la guerra comercial que se está agudizando en el mercado mundial y la clase obrera nada tiene que esperar de esas guerras. El resultado de las negociaciones no cambiará nada en la dinámica de competencia desenfrenada, en aumento desde hace años, que se plasma en despidos masivos y drásticos planes sociales para restablecer la competitividad de las empresas y equilibrar las cuentas. Quien seguirá pagando los platos rotos será la clase obrera. En el futuro, los responsables capitalistas tendrán, a todo lo más, un nuevo argumento para justificar los despidos, los recortes salariales, para imponer más miseria: «el GATT tiene la culpa», del mismo modo que ya se dice en algunos sitios «la culpa es de Bruselas» o del TLC[1]. Todos esos falsos argumentos sólo tienen una razón de ser: ocultar la realidad de que toda esta miseria que se está desplegando es resultado y producto de un sistema económico, el capitalismo, enmarañado en sus contradicciones insolubles.

Una recesión sin fin

Al menor temblor de los índices de crecimiento, los dirigentes del capitalismo se ponen a brincar de entusiasmo por el nuevo signo de la recuperación, justificando así la política de austeridad que ellos han impuesto. Eso es lo que ha ocurrido recientemente en Francia y Alemania, por ejemplo. Y sin embargo, las cifras del crecimiento de estos últimos meses para las principales potencias económicas muestran que nada justifica semejantes aspavientos.

Por ejemplo, para la Unión Europea (ex CEE) en su conjunto, el «crecimiento» era todavía de un raquítico + 1 % en 1992 antes de que cayera a – 0,6 % en 1993. En esos dos años pasó de + 1,6 % a – 2,2 % en Alemania (sin Alemania oriental), de + 1,4 % a – 0,9 % en Francia, de + 0,9 % a – 0,3 % para Italia. Todos los países de la U.E. han visto hundirse su PIB, salvo una excepción, Gran Bretaña, cuyo PIB subió durante el mismo período de – 0,5 % a 1,9 %. Hemos de volver sobre este caso[2].

Por detrás del necesario optimismo de fachada que lucen los políticos cuando anuncian la reactivación para 1994, hay diferentes institutos especializados en coyuntura, de audiencia más discreta pues trabajan para los «ejecutivos» económicos públicos o privados, que son mucho más cautos. El Nomura Research Institute, por ejemplo, tras haber estimado el retroceso del PIB de Japón para el año fiscal de abril 93 a abril 94 en – 1,1 %, prevé un nuevo retroceso de – 0,4 % para el período siguiente, o sea hasta abril de 1995. En su informe ese Instituto de Investigación Nomura precisa incluso que: «La recesión actual podría ser la peor desde los años 30», añadiendo «Hay que hacer constar que Japón está pasando de una verdadera recesión a una deflación (...) como es debido». Tras un descenso del PIB estimado en – 0,5 % en 1993[3], la segunda potencia económica del planeta no ve ninguna reactivación perfilarse a lo lejos.

El clima parece ser muy diferente en Estados Unidos. Con un crecimiento del PIB estimado en 2,8 % en 1993[4], EEUU junto con Gran Bretaña y Canadá, parecen ser hoy una excepción entre las grandes potencias. Esos países, que han alardeado siempre de ser el símbolo mismo del capitalismo liberal, del que se han hecho los adalides en el campo ideológico, encuentran ahora también una ocasión para izar bien alta la orgullosa bandera del capitalismo triunfante. En el ambiente de pesimismo que impera, EEUU pretende ser la vanguardia de la fe en las virtudes del capitalismo y de su capacidad para superar todas las crisis que atraviese, encarnación del modelo sin igual de la «democracia», ideal insuperable, punto culminante e inigualable que la humanidad pueda alcanzar. Por desgracia para los cantores del capitalismo eterno, esa melopeya ideológica repetida y repetida hasta la náusea nada tiene que ver con la realidad que se vive en el mundo entero, incluido Estados Unidos. Esos discursos están destinados a entorpecer la toma de conciencia de la clase obrera, alimentando vanas esperanzas, sirviendo de espinazo ideológico a los intereses imperialistas estadounidenses frente a sus rivales europeos y japonés. La tan traída y llevada comedia en torno al GATT es buen testimonio de ello.

El mito del descenso del desempleo en Estados Unidos

Para asentar su propaganda sobre la «reanudación», los Estados Unidos se apoyan en un indicador que tiene un eco mucho más importante para la clase obrera que el tan abstracto del crecimiento del PIB: la tasa de desempleo. En esto también, EEUU y Canadá parecen ser una excepción. Entre los países desarrollados, son los únicos que podrían pretender haber obtenido una disminución del número de desempleados, mientras que por todas partes se incrementa a gran velocidad.

Progresión del desempleo
Tasa de desempleo (en %)[5]

                         1992      1993

EEUU                    7,4                6,8

Canadá                11,3                11,2

Japón                    2,2                2,5

Alemania                7,7                8,9

Francia                10,4                11,7

Italia                   10,4                10,3

GB                      10                   10,3

Unión Europea       10,3                11,3

Total OCDE              7,8                   8,2

¿Será en EEUU la situación de los trabajadores tan diferente a la de los demás países desarrollados? No pasa un día sin que una de las grandes empresas punteras de la economía mundial anuncie nuevos paquetes de despidos. No vamos aquí a repetir la siniestra letanía de despidos de los últimos meses. Por todas las partes del mundo la situación es la misma y Estados Unidos no es una excepción. En este país se suprimieron 550 000 empleos en 1991, 400 000 en 1992 y 600 000 en 1993. Entre 1987 y 1992, las empresas de más de 500 empleados han «aligerado» sus plantillas en 2,3 millones de trabajadores. No son las grandes empresas las que han creado empleo en EEUU, sino las pequeñas. Así, durante el período citado, las empresas de menos de 20 asalariados han incrementado sus plantillas un 12 %, las de 20 a 100 asalariados, 4,6 %[6]. ¿Qué significa eso para la clase obrera? Pues sencillamente que se han destruido millones de empleos estables y bien remunerados y que los nuevos empleos son precarios, inestables y muy mal remunerados la mayoría de las veces. Detrás de las cifras triunfalistas sobre el empleo de la administración norteamericana lo que se oculta es la brutalidad del ataque contra las condiciones de vida de la clase obrera. Una situación así es posible por la sencilla razón de que en EEUU, en nombre del «liberalismo» y de la sacrosanta ley del mercado, no existe prácticamente ningún reglamento en el mercado del trabajo, contrariamente a la situación europea.

A ese «modelo» miran con envidia los dirigentes europeos y japonés, con ganas de acelerar el desmantelamiento de lo que ellos llaman las «rigideces» del mercado de trabajo, o sea, de todo el sistema de «protección social» instaurado desde hace décadas, que, según los países, se concreta en un sueldo mínimo, en la seguridad de no ser despedido en ciertos sectores (función pública en Europa y grandes empresas en Japón), en reglamentos precisos sobre los despidos, en sistemas de subsidios de desempleo, etc. De hecho, por detrás de la consigna, que se está generalizando hoy en todos los países industrializados, de buscar una mayor «movilidad» de los trabajadores, de una «flexibilización» del mercado de empleo, lo que se está perfilando es uno de los mayores ataques nunca antes entablado contra las condiciones de vida de la clase obrera. Ése es el modelo propuesto por los Estados Unidos. Detrás de las apariencias de las cifras, la disminución del paro en EEUU no es por sí misma una buena noticia. Corresponde en realidad a una profunda degradación de las condiciones de vida de los proletarios.

Y lo que es cierto en las cifras del desempleo también lo es en las del crecimiento. Tienen una relación muy lejana con la realidad. El retorno a la prosperidad es un sueño definitivamente acabado para una economía capitalista en crisis abierta desde hace 25 años. Un solo ejemplo permite relativizar las proclamas eufóricas del capitalismo norteamericano: durante los años 80, bajo la presidencia de Reagan, cuántas veces se nos dijo y repitió que la «reactivación» había hecho pasar a la historia definitivamente la amenaza de la crisis del capitalismo. Al fin y al cabo, la historia se ha vengado y la recesión con la que se inició esta década ha hecho olvidar aquellas fanfarronadas. De hecho, los años 80 fueron plenamente años de crisis y la «reactivación» no fue sino una recesión larvada durante la cual, lejos de los discursos ideológicos, las condiciones de vida de la clase obrera se degradaron continuamente. La situación actual es todavía peor. Lo menos que pueda decirse es que la «reactivación» en EEUU es renqueante y apenas significativa. Es más producto de una propaganda con la que intentar tranquilizar a la gente que la realidad.

La huida ciega en el crédito

En medio de las fiebres de los debates sobre el GATT, se publicó esta cifra en la prensa: EEUU, la Unión Europea, Japón y Canadá representan el 80 % de las exportaciones mundiales. Esto da una idea del peso de esos países en el mercado mundial. Pero sobre todo muestra que la economía del planeta se basa en tres pilares: América del Norte, Europa occidental y Japón. Y dos de esos pilares, que representan el 60 % de la producción total de esos países, siguen hundidos en la recesión. Por mucho que alardee el gobierno de Clinton, el cual es, en ese plano, la perfecta continuidad de los de Reagan y Bush, la reactivación económica mundial no está al cabo de la calle ni mucho menos. ¿Qué significa pues la «reactivación» norteamericana? EEUU, Canadá y el Reino Unido, los primeros que oficialmente se hundieron en la recesión, ¿serán los primeros en salir de ella?, y las estadísticas que anuncian ¿serán el signo precursor de una reactivación general de la economía mundial?

Miremos más de cerca esa «reactivación» norteamericana. ¿Habrá hecho desaparecer Clinton a golpes de varita mágica todos los males que están minando la economía estadounidense? Falta de competitividad en la exportación y, por consiguiente, abismal déficit comercial; altísimos déficits presupuestarios que se plasman en un endeudamiento aplastante del Estado; deuda generalizada que ha alcanzado tales cotas que el problema de su reembolso y de la solvencia de la economía estadounidense son una amenaza para el edificio financiero internacional: ¿habrán acabado Clinton y su gobierno con esos problemas? Ni mucho menos. Ninguno de esos problemas ha desaparecido. Es más bien lo contrario lo que ha ocurrido. Las cosas se han agravado en todos esos aspectos de la situación.

El déficit anual de la balanza comercial de EEUU, que en 1987 alcanzó su nivel récord de 159 000 millones de dólares, se redujeron un poco llegando a «sólo» 73 800 millones de $ en 1991. Pero desde entonces no ha cesado de aumentar. Para 1993 se estima en 131 000 000 de $[7]. El déficit presupuestario se estima para 1993 entre 260 y 280 mil millones de $. O sea que Clinton, de novedades nada, sigue la misma línea que sus antecesores, o sea la de la huida ciega en el endeudamiento. Los problemas se van dejando para mañana y su agravación real queda oculta. La baja de tipos de interés ha llegado hasta el punto de que hoy el Banco federal está prestando a un 3 %, o sea lo equivalente de la inflación oficial (y por tanto inferior a la real). El objetivo de esa baja no es otro que el de permitir a las empresas, a los particulares y al Estado, aliviarse un poco del peso de la deuda y proporcionar a una economía renqueante un mercado interior mantenido artificialmente mediante un crédito en fin de cuentas gratuito. Un ejemplo: tras dos años de casi estancamiento, el consumo de las familias ha vuelto a incrementarse desde hace algunos meses, dando un salto de 4,4 % en el tercer trimestre de 1993. La razón esencial es que los particulares han podido renegociar todos sus préstamos hipotecarios a una tasa de 6,5 % en lugar de 9,5 %, 10 % e incluso más, lo cual ha hecho aumentar la renta disponible y volver al placer de vivir a crédito. Y ha sido así cómo los créditos al consumo han dado un salto en ritmo anual de 9,7 % en septiembre, de 12,7 % en octubre ([8]). La confianza nuevamente encontrada de la economía de EEUU es ante todo una nueva huida ciega en el crédito.

Estados Unidos no es desde luego el único país en donde se recurre masivamente al crédito y a la huida por la vía del endeudamiento. Es una situación general.

Evolución de la deuda pública neta
en % del PIB nominal[9]

                               1991      1992               1993

EEUU                   34,7                38               39,9

Alemania              23,2                24,4             27,8

Francia                27,1                30,1             35,2

Italia                 101,2                105,3           111,6

Reino Unido           30,2                35,8             42,6

Canadá                49,2                54,7             57,8

Exceptuando a Japón, país que ha echado mano de sus ahorros para mantener a flote su economía y está ya en su quinto plan de reactivación sin grandes resultados, todos los países recurren a la droga del crédito para evitar una recesión más dramática. Y aunque el endeudamiento del Estado norteamericano no sea de los más exagerados según la OCDE, Estados Unidos ha sido el país que ha recurrido más masivamente al crédito, y en todos los planos de su actividad económica, Estado, empresas y particulares. Así, según otras fuentes, el endeudamiento bruto del Estado es de 130 % del PNB, el de las empresas y los particulares de 170 %. La importancia de la deuda global de EEUU, más de 12 billones (12 millones de millones) de dólares pero podría ser mayor según ciertas fuentes, es un pesado lastre en la situación económica mundial. Esta situación significa que, al cabo, la dinámica de la reanudación anunciada podrá engañar durante algún tiempo y encontrar provisionalmente una confirmación en otros lugares, pero su destino es la de acabar en agua de borrajas.

La contraofensiva americana

Lo que en cualquier otro país sería considerado situación catastrófica, provocando las iras del Fondo monetario internacional (FMI) es, en el caso de EEUU, permanentemente minimizado por los dirigentes del mundo entero. La «reactivación» de hoy, al igual que la de la segunda mitad de los 80, bajo Reagan, drogada por el crédito es presentada como la prueba fehaciente del dinamismo del capitalismo americano y, por extensión, del capitalismo en general. La razón de esa paradójica situación es no sólo que todas las economías del mundo dependen estrechamente del mercado norteamericano en sus exportaciones y están pues de lo más interesado en que tal mercado funcione, sino, y sobre todo que la credibilidad de EEUU no se reduce a la potencia de su economía. Estados Unidos tiene otras bazas a su disposición. Su estatuto de primera potencia imperialista mundial durante décadas, su mantenimiento a la cabeza del bloque occidental desde finales de la IIª Guerra mundial hasta la caída del bloque del Este le han permitido organizar el mercado mundial en función de sus necesidades. Un ejemplo entre otros de esa situación: el dólar es la moneda reina del mercado mundial, con ella se efectúan las tres cuartas partes de los intercambios internacionales.

Cierto es que hoy el bloque occidental se ha descompuesto al haber desaparecido la argamasa que lo mantenía, o sea, la amenaza del «oso» ruso. También es cierto que como consecuencia de eso los principales competidores económicos de Estados Unidos, Europa y Japón, que antes se sometían a la disciplina del bloque incluido el aspecto económico, intentan ahora ir por cuenta propia. Pero eso no quita que la organización actual del mercado mundial es herencia del período reciente. Y por eso, Estados Unidos va a intentar con todas sus fuerzas sacar provecho de esa realidad en una situación, como la actual, de competencia y guerra comercial al rojo vivo. El agrio forcejeo sobre las negociaciones del GATT ha sido una ilustración significativa de lo que afirmamos.

Estados Unidos lo ha dejado claro. El presidente anuncia en su programa la perspectiva de que las exportaciones anuales de EEUU pasen de 638 000 millones a un billón de dólares. O sea que EEUU cuenta con enderezar su situación económica gracias a una balanza comercial excedentaria. Ambicioso objetivo que está hoy movilizando a Estados Unidos entero y que sólo podría lograr a expensas de otras potencias económicas. Primer aspecto de esa política: reactivación de las inversiones mediante un incremento del papel del Estado que Clinton propugna. Es significativo constatar que en EEUU la formación bruta del capital fijo (la inversión) ha progresado 6,2 % en 1992 y 9,8 % en 1993, mientras que en 1993 ha bajado 2,3 % en Japón, 3,3 en Alemania, 5,5 en Francia, 7,7 en Italia y sólo ha aumentado 1,8 en Reino Unido. Estados Unidos está musculizando su economía para restaurar su competitividad y volverse a lanzar al asalto del mercado mundial. Pero en las condiciones de competencia agudizada que hoy predominan, esa política económica no sería suficiente. Un segundo aspecto se ha unido a ella: utilizar todos los recursos de la potencia estadounidense para abrir a las exportaciones made in USA todos los mercados protegidos por barreras proteccionistas. Es en ese marco en el que deben comprenderse el TLC entre los tres países norteamericanos y la conferencia que acaba de reunir en Seattle a los países del Pacífico, y también las disputas que han predominado en las negociaciones del GATT. Las segundas intenciones imperialistas no están ausentes, evidentemente, de esas negociaciones económicas. Tras la desaparición de los bloques, los Estados Unidos están obligados a reconstituir y estructurar su zona de influencia. Y del mismo modo que hacen que su economía saque provecho de su potencia imperialista, también utilizan su poder económico en provecho de sus objetivos imperialistas. Antes, los principales competidores económicos de EEUU, sujetos por la necesaria disciplina de bloque, ponían a mal tiempo buena cara y tragaban lo que hiciera falta. Así pagaban la cuenta en nombre de la solidaridad occidental. Pero hoy ya no es lo mismo.

Francia en su actitud frente a EEUU no ha estado tan aislada como la propaganda lo ha pretendido. Ha contado con el apoyo de la mayoría de los países europeos, especialmente Alemania, mientras que Japón vigilaba otorgando con su silencio. Si las negociaciones han sido tan acerbas y han tomado tal cariz de psicodrama ha sido porque, frente a las exigencias estadounidenses, Europa y Japón han defendido evidentemente sus propios intereses económicos, pero esta vez con una determinación que nunca antes habían mostrado. Pero ésa no es la única razón. Todas las grandes potencias, que son también los principales países exportadores, tienen el mayor interés en llegar a un acuerdo que limite el proteccionismo. Aunque Francia sea el 2º exportador agrícola mundial, los argumentos franceses respecto al preacuerdo de Blair House, que sólo afectaba a una parte muy pequeña de sus exportaciones, eran pretextos para la galería mediática, mientras se negociaban, discretamente y con dificultades, otros aspectos mucho más importantes en el plano económico. La dramatización de esas negociaciones tenía también de telón de fondo la rivalidad imperialista que se está fraguando con mayor intensidad cada día entre EEUU, por un lado, y, por otro lado, la alianza franco-alemana en el centro de Europa, y Japón. Francia y la mayoría de los países de Europa debían dejar patentes su diferencia, pues más allá de las negociaciones económicas se están forjando los temas ideológicos que servirán para justificar las alianzas imperialistas futuras. Es muy significativo que no se haya llegado a ningún acuerdo sobre los productos audiovisuales. La tan manida «excepción cultural» propugnada especialmente por Francia, lo que de verdad expresa es la necesidad para quienes cuestionan la dominación estadounidense de no dejar en manos de EEUU el control de un sector, el de los media, indispensable para cualquier política imperialista independiente.

El argumento según el cual el GATT va a favorecer la reactivación de la economía mundial se ha utilizado con creces. Esa afirmación se ha basado fundamentalmente en un análisis realizado por un equipo de investigadores de la OCDE, análisis que predecía que el GATT iba a permitir un crecimiento de 213 000 millones de $ de la renta anual mundial, pero que decía en letra pequeña que esas expectativas serían para... ¡el próximo siglo!. De aquí a entonces ya habrá habido un montón de esos especialistas en coyuntura que se habrán equivocado un montón de veces olvidándose así esas oportunas previsiones. Pues el verdadero significado de esos acuerdos es, primero, la agudización de la guerra comercial, una competencia que va a ir agravándose y por lo tanto, a corto plazo, una degradación de la economía mundial. No cambian en nada la dinámica de la crisis. Han sido, al contrario, un duro momento en el que se han expresado las tensiones entre las potencias principales del planeta.

Por detrás del mundo de ilusiones que intenta hoy presentarnos la clase dominante, se siguen acumulando las nubes anunciadoras de tormenta sobre la economía mundial. Crisis financiera, hundimiento continuo en la recesión, retorno de la inflación son otras tantas amenazas que se perfilan en el horizonte. Amenazas que significan para la clase obrera degradación cada día más insoportable de sus condiciones de existencia. Pero también anuncian una dificultad cada vez mayor para la clase dominante para credibilizar su sistema. La crisis determina al proletariado a luchar por la defensa de sus condiciones de vida, al mismo tiempo que le abre los ojos sobre la realidad de la mentira capitalista. A pesar de los sufrimientos que le está causando, la crisis sigue siendo el aliado principal de la clase revolucionaria.

JJ, 16/12/1993


[1] TLC : Tratado de Libre Cambio firmado por los países de América del Norte, Canadá, Estados Unidos y México (NAFTA, North american free trade ageement, en inglés).

[2] Fuente: Comisión Europea.

[3] Deflación: referencia a la crisis de 1929 durante la cual la caída de la producción se combinó con una baja de precios. Fuente: OCDE.

[4] Fuente: OCDE.

[5] Fuente: OCDE (excepto para Italia, la cual ha cambiado su modo de cálculo. Su referencia es la Comisión europea).

[6] Fuente: OCDE.

[7] Fuente: OCDE.

[8] Fuente: OCDE.

[9] Fuente: OCDE.