Ruanda, Yemen, Bosnia, Corea - Tras las mentiras de «paz», la barbarie capitalista

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Ruanda, Yemen, Bosnia, Corea

Tras las mentiras de «paz», la barbarie capitalista

Bajo los auspicios de «la paz», de «la civilización», las grandes potencias militares del mundo acaban de celebrar a bombo y platillo el aniversario del desembarco aliado en las costas normandas de Francia. Los festejos organizados para esta ocasión, el repugnante «reality show» puesto en escena en los lugares mismos en que se produjo la carnicería de hace 50 años, las frases huecas de autobombo que se entrecruzaron los jefes de Estado más poderosos del planeta que no paraban de congratularse, todo ha contribuido a crear un impresionante montaje mediático a escala mundial. El mensaje ha sido repetido en todos los estilos: «nuestros grandes Estados industrializados y nuestras grandes instituciones democráticas, somos los herederos de los liberadores que expulsaron de Europa a la encarnación del mal que era el régimen nazi. Hoy como ayer somos los garantes de la “civilización”, de “la paz”, de lo “humanitario”, contra la opresión, el terror, la barbarie y el caos.»

Esa gente quiere hacernos creer que,  hoy como ayer, la barbarie son... los demás. La vieja patraña de que el único responsable de la espantosa carnicería de 1939-45, con sus 50 millones de muertos, su ristra de sufrimientos y atrocidades, habría sido la locura bestial de un Hitler y no el capitalismo como un todo, y no los sórdidos intereses imperialistas de todos los campos en presencia. Hace ya medio siglo que nos machacan con lo mismo con la esperanza de que una mentira mil veces repetida acabe por ser verdad. Y si hoy nos lo vuelven a servir en mundovisión es también para disculpar al capitalismo y en especial a las grandes potencias «democráticas», de la responsabilidad de las matanzas, de las guerras, de los genocidios y del creciente caos que hoy está destrozando el planeta.

Medio millón de hombres implicados en la operación, la mayor expedición militar de todos los tiempos, una carnicería sin nombre que lo dejó todo lleno de cadáveres en unas cuantas horas. Eso es lo que «en nombre de la paz» celebran a coro los dirigentes con corona, con galones o con sufragios, de la llamada «comunidad internacional» el 6 de junio de 1994. En su hipócrita recogimiento ante los camposantos llenos de cruces blancas hasta donde la vista alcanza, en las que está inscrita la edad de aquellos muchachos a quienes declararon «héroes», 20 años, 18 años, 16 años, la única emoción que embarga a esa ristra de canallas es la de echar de menos «aquel tiempo» de hace 50 años con una clase obrera sometida y con una carne de cañón abundante y sumisa[1].

«Paz», a todos ellos, a Clinton, Major, Mitterrand y compañía, es palabra que les llena la boca. Igual que cuando la caída del muro de Berlín, hace cinco años. La misma palabra, «paz», en cuyo nombre, la misma «comunidad internacional» desencadenó, unos meses más tarde, la «tempestad del desierto» en Irak con sus cientos de miles de víctimas. De esta nueva y científica matanza, nos prometieron que iba a surgir un «nuevo orden mundial». Desde entonces, y también como embajadores de la «paz» y de la «civilización» siguen presentándose en Yugoslavia, en Africa, en los Estados de la extinta URSS, en Oriente próximo y lejano. Cuanto más arrasadas están esas regiones por la guerra tanto más aparecen las grandes potencias cual defensoras de «la paz», tanto más, en realidad, están presentes y son activas en todos los conflictos guerreros para defender la única «causa justa» que conozcan todos los países capitalistas: sus intereses imperialistas.        

No hay paz posible bajo el capitalismo. El final de la segunda carnicería imperialista, si bien alejó la guerra de Europa y de los países más desarrollados, lo único que hizo fue trasladarla a la periferia del capitalismo. Desde hace 50 años, las potencias imperialistas, grandes o pequeñas, no han cesado un instante de enfrentarse militarmente en conflictos locales. Durande décadas las guerras locales incesantes no han sido otra cosa sino otros tantos momentos del enfrentamiento entre los dos grandes bloques imperialistas que se peleaban por el reparto del mundo. El desmoronamiento del bloque del Este y, por consiguiente, la explosión del bloque opuesto, el occidental, no puso ni mucho menos fin a la naturaleza guerrera e imperialista del capitalismo, sino todo lo contrario, fue la señal de su extrema agudización sin frenos y en todas las direcciones.

En un mundo en el que cada quien tira por su lado, son los aliados de ayer quienes se pelean hoy por mantener sus zonas de influencia por todas las esquinas del planeta. Los festejos del «día D» en que los mayores Estados se congratulan mutuamente de haber expulsado la guerra fuera de Europa hace 50 años, han ocurrido en un momento en que la guerra se ha vuelto a instalar en el continente, alimentada desde hace tres años por las rivalidades que oponen a esos mismos Estados «civilizados».

La raíz del caos guerrero que está destrozando el planeta no es ni mucho menos el repentino retorno de los «odios ancestrales» entre poblaciones atrasadas. Eso es lo afirman quienes pretenden hacer creer que la barbarie son los demás. Ese caos es mantenido y alimentado, y eso cuando no es directamente provocado, por las rivalidades y las ambiciones imperialistas de los mismos que nos apabullan con discursos sobre sus buenas intenciones «civilizadoras», «humanitarias» y «pacificadoras».

Ruanda. Las rivalidades entre Francia y Estados Unidos, responsables del horror

Un baño de sangre espantoso. Muchedumbres asesinadas a lo bestia, a machetazos y palos con puntas, niños degollados en sus cunas, familias perseguidas hasta donde creían encontrar refugio y asesinadas con una crueldad sin límites. Un país transformado en inmensa fosa. Sólo pensar en el lago Victoria arrastrando miles cadáveres da una idea del horror. ¿Cuántas víctimas? Medio millón, quizás más. La amplitud del genocidio será una incógnita. Nunca en la historia un éxodo de población semejante huyendo de las matanzas se había producido en tan poco tiempo.

Con la evocación de tal horror, la prensa y la televisión de la burguesía «democrática», que se ha regodeado en esas imágenes de fin del mundo, nos quieren meter en la cabeza el mensaje siguiente: mirad dónde desembocan los ancestrales odios raciales que están destrozando a los habitantes del África «salvaje» y frente a las cuales los Estados civilizados son impotentes. Estad satisfechos de vivir en nuestras regiones tan democráticas protegidos de un caos así. El desempleo y la miseria cotidiana que aquí tenéis que soportar es un paraíso comparados con las masacres que destruyen a esos pueblos.

La mentira es tanto más grosera por cuanto el pretendido conflicto étnico ancestral entre hutus y tutsis fue montado pieza a pieza por las potencias imperialistas en los tiempos de la colonización. La diferencia entre tutsis y hutus era más bien un problema de castas sociales que de diferencias «étnicas». Los tutsis eran la casta feudal en el poder en la que al principio se apoyaron las potencias coloniales. Heredera de la colonia ruandesa tras el reparto del imperio alemán entre los vencedores de la Primera Guerra mundial, fue Bélgica la que introdujo la mención étnica en los documentos de identidad de los ruandeses, a la vez que fomentaba el odio entre las dos castas apoyándose en la monarquía tutsi.

En 1959, Bruselas cambia de chaqueta apoyando a la mayoría hutu que acaba apoderándose del poder. Se mantiene el documento «étnico» de identidad y se refuerzan las discriminaciones entre tutsis y hutus en los diferentes ámbitos de la vida social.

Varios cientos de miles de tutsis huyen del país instalándose en Burundi o en Uganda. En este país, servirán de base al reclutamiento en favor de la camarilla del actual presidente ugandés Museveni, quien, gracias a su apoyo tomó el poder en Kampala en 1986. En pago de ello, el nuevo régimen ugandés favorece y arma a la guerrilla tutsi, lo cual va a concretarse en la creación del Frente patriótico ruandés (FPR), el cual penetra en Ruanda en octubre de 1990.

Mientras tanto, el control del imperialismo belga sobre Kigali ha dejado el sitio a Francia, país que aporta un apoyo militar y económico sin reservas al régimen hutu de Habyarimana, régimen que desencadena todavía más terror atizando los resentimientos étnicos contra los tutsis. Gracias al imperialismo francés, que le da armas sin contar y le manda constantes refuerzos militares, el régimen frenará el avance del FPR, apoyado éste discretamente por EEUU mediante una Uganda que lo arma y lo entrena.

A partir de entonces la guerra civil se dispara, se multiplican los pogromos contra los tutsis como también se multiplican las acciones llevadas a cabo por el FPR contra todos los sospechosos de «colaboración» con el régimen. Con la excusa de «proteger a sus nacionales», París refuerza más todavía su cuerpo expedicionario. En realidad, lo único que hace el Estado francés es defender su coto privado frente a la ofensiva de unos Estados Unidos que no han cesado, desde que se desmoronó el bloque del Este, de disputarle a Francia sus zonas de influencia en Africa. La guerrilla del FPR toma la forma de una verdadera ofensiva estadounidense para acabar con el régimen profrancés de Kigali.

Intentando salvar el régimen, Francia acaba por instaurar en agosto de 1993 un acuerdo de «paz» que prevé una nueva constitución más «democrática», en la que se otorgaría parte del poder a la minoría tutsi y a las diferentes camarillas de oposición.

Ese acuerdo va a resultar irrealizable. Y no porque los «odios ancestrales» serían insuperables, sino sencillamente porque no se adapta a lo que está en juego entre los imperialismos y a los cálculos estratégicos de las grandes potencias.

El asesinato el 6 de abril de 1994, en vísperas de la instauración de la nueva constitución, de los presidentes ruandés y burundés echa por los suelos el acuerdo encendiendo la mecha del polvorín, desencadenando el océano de sangre actual.

Las revelaciones publicadas por la prensa de Bélgica (cuyo resentimiento hacia su rival francés es comprensible) con la acusación directa a militares franceses en el atentado del 6 de abril, dan a entender que París ha organizado el atentado con la idea de que se acusara a los rebeldes del FPR y recabar así para el ejército gubernamental las justificaciones y la movilización necesarias para acabar con la rebelión tutsi. Si ése es el caso, la realidad ha superado con creces todas sus esperanzas. Poco importa, sin embargo, saber cuál de las dos pandillas, la gubernamental o la del FPR, y, por detrás de ellas quién, si Francia o Estados Unidos, tenía el mayor interés en transformar el conflicto ruandés de guerrilla larvada en guerra total. Así es la lógica misma del capitalismo: la «paz» no es más que un mito en el capitalismo, en el mejor de los casos es una pausa para preparar nuevos enfrentamientos, y, en última instancia la guerra es su única forma de vida, el único modo con el que intentar arreglar sus contradicciones.

Hoy los aprendices de brujo parecen conmoverse ante el gigantesco incendio que ellos mismos prendieron y atizaron. Sin embargo, toda esa gente ha dejado que la masacre prosiguiera, lamentándose de la «impotencia de la ONU». El principio adoptado a mediados de mayo por el Consejo de seguridad de la ONU –más de un mes después de iniciarse la guerra y con más de 500 000 muertos– de enviar a 5000 soldados en el marco de la MINUAR no tendría que iniciarse sino en el mes de julio. Aunque algunos Estados africanos de la región dicen estar dispuestos a proporcionar tropas, por parte de las grandes potencias, encargadas de asegurar el equipo y los medios financieros, lo que predomina es la lentitud y la apatía, lo cual ha llevado hasta la indignación al responsable de la MINUAR: «es como si nos hubiéramos vuelto totalmente insensibles, como si esto nos fuera indiferente». A lo cual respondían los diplomáticos del Consejo de seguridad: «de todas maneras, ahora ya ha pasado lo peor de las matanzas, así que esperemos». Las demás resoluciones de la ONU, que deberían poner fin a la guerra y a la entrega de armas a partir de Uganda y de Zaire no han tenido el más mínimo efecto. Y cómo van a tener efecto todas esas resoluciones, pues lo único que refleja esa pretendida «impotencia», la misma que en Bosnia, son las divergencias de intereses imperialistas que dividen a quienes pretenden ser las fuerzas de «mantenimiento de la paz».

En junio la reacción militar-humanitaria ha vuelto a surgir por boca esta vez del gobierno francés, después de haberse adoptado un alto el fuego inmediatamente violado. «No podemos seguir soportándolo» se ha puesto a gritar el ministro francés de Exteriores y, de inmediato, propone una intervención «en el marco de la ONU», pero a condición de que tal operación se lleve a cabo bajo mando del Estado francés. La iniciativa ha provocado evidentemente la reacción inmediata de los representantes del FPR, que se indignan de que «Francia pretenda atajar un genocidio que ha ayudado a organizar». Los demás «grandes» por su parte ponen toda clase de frenos y en primer lugar, Estados Unidos. Primero, porque es evidente que si Francia quiere organizar las operaciones es para mantener su papel de potencia dominante en la región y para poner freno con todas sus fuerzas a la progresión del FPR. Por otro lado, porque EEUU no sólo se apoya precisamente en el FPR en el terreno, sino que más en general, quieren dar claramente a entender que no aceptará que otra potencia pretenda arrogarse el papel de gendarme. Esos son los verdaderos resortes de esta nueva siniestra farsa que nos quieren montar los «humanitarios». El porvenir de una población mártir les importa un comino.

Yemen. Los cálculos estratégicos de las grandes potencias

Poco ha durado la nueva República de Yemen, nacida de la reunificación de los dos Yemen hace cuatro años, en medio de la euforia del hundimiento del bloque del Este que dejó repentinamente sin padrino a Adén y a su partido único dirigente el PSY. La secesión del Sur y el conflicto militar que opone de nuevo a ambas partes del país es una expresión más de lo que vale «el nuevo orden mundial» que nos habían prometido: un mundo de inestabilidad y caos, de Estados que se desgarran y estallan bajo la presión de la descomposición social. Pero al igual que en Ruanda, como en Yugoslavia, ese caos es alimentado por las potencias imperialistas de la región y por las más lejanas, que también allí están detrás del conflicto para intentar sacar tajada de él.

Regionalmente, el conflicto yemení está alimentado por un lado por Arabia Saudí, la cual reprocha las exageradas simpatías de las facciones islamistas del Norte por su amenazante vecino Irak y con el régimen sudanés. Es aquélla –y tras ella su poderoso aliado norteamericano– la que ha fomentado y apoyado la camarilla secesionista de Adén para así debilitar las facciones yemeníes favorables a Irak. Por otro lado, es también la zona que defiende Sudán para sí, especialmente contra su rival local Egipto, otra plataforma americana, apoyando la ofensiva nordista. Ofensiva cuyo objetivo es el control de la posición tan estratégica que es el puerto de Adén, frente a la plaza fuerte francesa de Yibuti. ¿Y quién está detrás del régimen militar-islamista de Sudán? Como por casualidad, el apoyo discreto de Francia, la cual quiere con ello atajar la ofensiva de Estados Unidos en Somalia, cuyo principal objetivo era amenazar a Francia en su coto privado de Yibuti.

El pulso que se está dirimiendo en el continente africano y en Oriente próximo entre las grandes potencias, especialmente entre Francia y Estados Unidos, se concreta en el siniestro cinismo de un Estado, el francés, que denuncia el oscurantismo islamista cuando éste amenaza Argelia y desestabiliza sus zonas de influencia con la bendición de los Estados Unidos, que desde ahora apoyan sin rodeos al FIS argelino. Y por otro lado, Washington, que se pone a denunciar el mismo islamismo cuando pone trabas a sus privilegios en la península arábiga, mientras que Francia, olvidándose de sus pruritos laicos, lo encuentra positivo cuando se trata de defender sus intereses imperialistas en la entrada del mar Rojo. Otras tantas justificaciones ideológicas que se esfuman ante la sórdida realidad del imperialismo.

Bosnia. Las misiones «pacificadoras» fomentan la guerra

El mismo cinismo, la misma hipocresía de las potencias «civilizadoras» se manifiesta en la situación de atasco de la guerra de Bosnia[2]. La reciente evolución del embrollo diplomático-militar de las principales potencias, mientras sigue abierta la veda de las masacres, viene a confirmar por si falta hiciera la inmunda patraña del carácter «humanitario» de sus acciones y el sordo enfrentamiento entre los «grandes» que hoy se está dirimiendo a través de las poblaciones serbias, croatas y musulmanas.

El escenario del conflicto bosnio, durante largo tiempo terreno privilegiado de la afirmación imperialista de las diferentes potencias europeas, se ha vuelto hoy la clave de la contraofensiva de Estados Unidos. Con el ultimátum de la OTAN y la amenaza de bombardeos aéreos sobre las fuerzas serbias, Washington ha logrado volver a tomar la iniciativa, acallando las nuevas pretensiones de Rusia de entrar en el conflicto, poniendo de relieve la impotencia total de Gran Bretaña y Francia, que han tenido que aceptar la injerencia norteamericana que hasta ahora habían rechazado y saboteado por todos los medios. Estados Unidos ha marcado unos cuantos tantos patrocinando la creación de una federación croato-musulmana. De este modo, ha tenido que echarse atrás Alemania en sus pretensiones de apoyarse en Croacia para abrirse a las costas mediterráneas. También en Bosnia, todas esas grandes maniobras militar diplomáticas poco tienen que ver con no se sabe qué «retorno de la paz».

Como decíamos en el anterior número de nuestra Revista Internacional «Aunque se realizara la alianza croata-musulmana que patrocina EEUU, aún va llevar más lejos todavía el enfrentamiento con Serbia. Las potencias europeas, que acaban de ser humilladas, van a echar leña al fuego». La votación por el Senado estadounidense en favor de la suspensión del embargo de las armas en Bosnia –que por cierto ha tenido el inesperado apoyo de unos cuantos intelectuales franceses militaristas de salón–, no hará sino animar al ejército bosnio, rearmado ya por Estados Unidos a retomar la ofensiva militar. Lo que desde luego no va a parar las masacres es el plan europeo de reparto de Bosnia, totalmente inaceptable para los musulmanes y que la Casa blanca –en aparente desacuerdo con su Congreso– quiere dar la impresión de aceptar. Su previsible fracaso, ahora que el apoyo de Washington al nuevo frente antiserbio de la colación de croatas y musulmanes, hace inevitable el incremento de la guerra, anunciando más masacres.

La carnicería que está llenado de muertos la antigua Yugoslavia desde hace ya tres años, no va a terminar pronto ni mucho menos. Demuestra hasta qué punto los conflictos guerreros y el caos nacidos de la descomposición del capitalismo se ven atizados por la actuación de los grandes imperialismos. En fin de cuentas, en nombre del «deber de injerencia humanitaria», la única alternativa que unos y otros son capaces de proponer es: o bombardear a las fuerzas serbias o enviar más armas a los bosnios. En otras palabras, frente al caos guerrero que provoca la descomposición del sistema capitalista, la única respuesta que éste pueda dar, por parte de los países más poderosos e industrializados, es más guerra todavía.

Corea. Hacia nuevos enfrentamientos militares

Mientras se van multiplicando los focos de conflicto, otras cenizas vuelven a prender en Corea, cuya república del Norte pretende dotarse con un embrión de arsenal nuclear. La reacción de EEUU, que han iniciado un pulso con el régimen de Pyongyang amenazándolo con una escalada de sanciones, nos es presentada una vez más como la actitud responsable de potencias «civilizadas» preocupadas por la lucha contra la carrera de armamentos y la defensa de la paz. Esta crisis recuerda en realidad el pulso mantenido por EEUU también hace cuatro años frente a Irak y que desembocó en la guerra del Golfo. Como entonces, las pretensiones de Corea del Norte, que ya es uno de los países más militarizados del planeta, con un ejército de un millón de hombres, de aumentar su enorme arsenal con el suplemento nuclear, no son más que un pretexto.

La «crisis coreana» y la intoxicación mediática sobre los riesgos de agresión de Corea del Norte a su vecino del Sur, es sobre todo la reacción norteamericana a la amenaza sobre su hegemonía y su estatuto de gendarme del mundo que representa la alianza que se está estableciendo entre los dos grandes de la zona, China y Japón. La determinación «de ir hasta el final si hace falta» de que alardea EEUU en este asunto, va dirigida sobre todo contra esos dos países y no tanto contra el régimen de Pyongyang. Forma parte de la presión constante de la Casa blanca sobre China, dándole la mano por un lado con el mantenimiento de la «cláusula de la nación más favorecida» y por otro amenazándola con el ataque a su protectorado norcoreano.

El objetivo, haciendo subir voluntariamente la tensión con Corea, es obligar a China y a Japón a ponerse detrás de EEUU, obligando a Pekín a desolidarizarse de Corea del norte, entorpeciendo el eje chino-japonés y la menor veleidad de política independiente por parte de esos dos países. Exactamente como cuando la guerra del Golfo, en la que fueron los propios Estados Unidos quienes provocaron la crisis animando a Sadam Hussein a atacar a Kuwait con el único objetivo de obligar a las potencias europeas a cerrar filas tras EEUU y, en contra de sus propios intereses en Oriente próximo, hacer acto de obediencia ante la impresionante potencia militar norteamericana. La operación funcionó con el mayor éxito entonces. Las veleidades de afirmación imperialista de sus rivales europeos fueron ahogadas a costa de casi 500 000 muertos.

No es evidente que Estados Unidos vayan esta vez hasta las últimas consecuencias y que, volviendo a ejecutar su «hazaña» sangrienta, vuelvan a poner en marcha su enorme máquina guerrera con el único fin de doblegar las potencias asiáticas. Sea cual sea el final de esta nueva crisis, ya está mostrando lo que nos prepara el capitalismo.

El capitalismo es la guerra

Las ceremonias de conmemoración del día D tenía también la finalidad de recordar a todos aquellos que tuvieran ganas de desmandarse que quienes hacen la ley en el mundo tanto en 1944 como en 1994 son los Estados Unidos. Por ejemplo, el guantazo a Alemania, ostensiblemente excluida de las celebraciones, debía servir para recordarle que es el país vencido de la IIª Guerra mundial y que sería mal recibida su pretensión de obtener otro estatuto en la relación de fuerzas imperialista actual. La ausencia más notoria todavía de Rusia, la cual ha protestado contra ese olvido de su participación en la victoria de 1945 (gracias a los millones de proletarios que la burguesía estalinista sacrificó en la carnicería mundial) con la que EEUU ha querido cerrarle el pico a las pretensiones de Moscú de volver a ocupar un rango de primer plano entre las potencias mundiales. En cuanto a las sonrisitas hipócritas que se hicieron mutuamente los invitados al festejo, caracareando su voluntad común de actuar «por la paz», lo que intentaban ocultar con dificultad es la siniestra realidad de los conflictos que las enfrentan por todas las partes del planeta.

No habrá pausas en el ritmo de los focos guerreros del mundo. La guerra está inscrita desde su nacimiento en la historia del capitalismo. Se ha convertido en modo de vida permanente de ese sistema en plena descomposición. Quieren que nos creamos que todo eso es una fatalidad, que somos impotentes y que lo mejor que puede hacerse es confiar en la buena voluntad de las grandes potencias y de sus pretendidos esfuerzos por limitar los efectos más devastadores de la propia descomposición de su sistema. Nada más falso. Son las grandes potencias las primeras que fomentan la guerra por el mundo entero. Por una razón muy sencilla: el caos guerrero, el desencadenamiento del militarismo se arraigan en la propia bancarrota de la economía capitalista.

La respuesta está en manos del proletariado

La barbarie guerrera, que se extiende por las áreas más subdesarrolladas del planeta es la otra vertiente de la miseria y el desempleo masivo que tanto se han incrementado en el otro polo del mundo, los grandes países industrializados. Guerra permanente y hundimiento catastrófico en la crisis económica son manifestaciones de la misma quiebra total del sistema capitalista. Este no sólo es incapaz de resolver esas plagas, sino que, muy al contrario, al seguir pudriéndose de pie, el capitalismo no tiene otra cosa que ofrecer a la humanidad sino cada día más miseria, desempleo y guerras.

La alternativa al futuro siniestro que nos «ofrece» el capitalismo existe. Está entre las manos de la clase obrera internacional y de ella sola. Les incumbe a los proletarios de los países industrializados, que soportan de lleno las consecuencias dramáticas de la crisis del sistema, el dar una respuesta con y por la lucha, en su terreno de clase, de la manera más determinada, la más unida, la más consciente.

Contra el sentimiento de impotencia frente a la barbarie que quiere inyectarle la clase dominante, contra los intentos de arrastrarla tras las aventuras militares de la clase dominante, la clase obrera debe contestar con el desarrollo de su alternativa de clase contra los ataques capitalistas. Sólo la respuesta de la clase obrera puede ser una alternativa contra la barbarie del sistema. Sólo la clase obrera es portadora de la posibilidad de destruir el capitalismo antes de que la lógica asesina de éste desemboque en la destrucción de la humanidad. El porvenir de la especie humana está en manos del proletariado.

PE
19/6/1994


[1] Ver el artículo «50 años de mentiras imperialistas» en este mismo número.

[2] Ver el artículo «Las grandes potencias son las promotoras de las guerras en Yugoslavia como en el resto del mundo », Revista internacional nº 76.