Las conmemoraciones de 1944 (II) - 50 años de mentiras imperialistas

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En la primera parte de este artículo poníamos de relieve la ignominia de las conmemoraciones del desembarco de 1944, el cual no representó, ni mucho menos, la más mínima liberación «social» para el proletariado, sino que supuso, en el último año de guerra, una espantosa sangría y miseria y terror durante los años de reconstrucción. Todos los adversarios capitalistas fueron los responsables de una guerra que terminó con un nuevo reparto del mundo entre las grandes potencias. Como ya lo hemos subrayado, esta Revista, el proletariado, contrariamente a la Iª Guerra mundial, no desempeñó papel alguno durante la segunda. Los obreros de todos los países se quedaron agarrotados por el terror capitalista. Sin embargo, aunque la clase obrera fue incapaz de ponerse a la altura de sus capacidades históricas, incapaz de derrocar a la burguesía, eso no significó que hubiera «desaparecido» o que hubiera abandonado por completo su combatividad como tampoco que sus minorías revolucionarias se hubieran quedado paralizadas por completo.

La clase obrera es la única fuerza capaz de oponerse al desencadenamiento de la barbarie capitalista como así lo demostró claramente durante la Iª Guerra mundial. Por eso fue por lo que la burguesía no se lanzó a la guerra hasta haber reunido las condiciones necesarias para alistar a un proletariado internacional impotente. La burguesía democrática de nuestros días puede echar todas las peroratas que quiera sobre su liberación. Sus antecesores tomaron minuciosamente todas las precauciones, antes, durante y después de la guerra para evitar que el proletariado hiciera temblar su orden cruel como así lo había hecho en Rusia 1917 y en Alemania 1918. Esta experiencia de la oleada revolucionaria surgida durante y contra la guerra había confirmado que la burguesía no es una clase omnipotente. La lucha proletaria de masas que desemboca en una fase insurreccional es una bomba social mil veces más paralizadora que la bomba atómica preparada por los nazis y terminada bajo las órdenes de los jefes «democráticos» y estalinistas. Si uno sabe interpretar los acontecimientos haciendo oídos sordos a los discursos rimbombantes sobre la cronología de las batallas contra el mal hitleriano, se da cuenta enseguida de que el proletariado fue todo el tiempo una preocupación central de la burguesía de los diferentes campos antagonistas. Esto no significa que el proletariado estuviera en condiciones de amenazar el orden existente como así lo había hecho dos décadas antes, pero sí que seguía siendo una preocupación de primer plano de la burguesía especialmente porque ésta no podía aplastar totalmente a la clase que produce lo esencial de la riqueza en de la sociedad. Había que quitar de la mente de los obreros la idea misma de que ellos existieran como cuerpo social antagónico a los intereses de la «nación», hacerles olvidar que unidos masivamente son capaces de cambiar el rumbo de la historia.

Como lo recordaremos aquí brevemente, cada vez que el proletariado hizo un amago de alzarse intentando afirmarse como clase, la Unión sagrada de los imperialismos se res­tableció por encima de los frentes de batalla. La burguesía nazi, democrática o estalinista, reaccionó implícitamente, sin concertación necesariamente, para que el orden social capitalista quedara preservado. Las defensas inmunitarias del orden social reaccionario surgen naturalmente. El proletariado debe sacar, medio siglo más tarde, todas las enseñanzas de tan larga derrota y de esa capacidad de la burguesía decadente para defender su orden de terror.

1. Antes de la guerra

La guerra de 1939-45 sólo fue posible porque el proletariado, en los años 30, había perdido la fuerza suficiente para impedir el conflicto mundial, había perdido conciencia de su identidad de clase. Fue el resultado de tres etapas de aniquilamiento de la amenaza proletaria:

  • el agotamiento de la gran oleada revolucionaria posterior a 1917, rota por el triunfo del estalinismo y de la teoría del «socialismo en un solo país» adoptada por la Internacional comunista;
  • la liquidación de las convulsiones sociales en el centro álgido en donde se dirimía la alternativa capitalismo o socialismo, Alemania, sobre todo por obra de la Socialdemocracia misma, llegando después el nazismo para rematar la labor imponiendo a los proletarios un terror sin precedentes;
  • el desvío completo del movimiento obrero en los países democráticos mediante las mentiras de la «libertad contra el fascismo» adobadas con la ideología de los «frentes populares» que paralizó a los obreros de los países industrializados más sutilmente que la «unión nacional» de 1914.

En Europa, esa fórmula de los «frentes populares» no era sino la anticipación del Frente nacional de los PC y demás partidos de izquierda durante la guerra. Así, los proletarios de los países desarrollados fueron condicionados para doblegarse en aras del antifascismo o en aras del fascismo, dos ideologías simétricas que los sometían al «interés nacional», o sea al imperialismo de sus burguesías respectivas. En los años 30, los obreros alemanes no eran las «víctimas del Tratado de Versalles» como se lo repetían sus gobernantes, sino de la misma crisis que golpeaba a sus hermanos de clase en el mundo entero. Los obreros de Europa occidental o de Estados Unidos eran tan víctimas de Hitler como de sus propias burguesías «democráticas» únicamente preocupadas por sus sórdidos intereses imperialistas. En 1936, las falsedades sobre el antifascismo y la «defensa de la democracia» fueron un auténtico lavado de cerebro para animar a los obreros a tomar partido entre fracciones rivales de la burguesía: fascismo/antifascismo, derechas/izquierdas, Franco/república. En la mayoría de los países europeos, fueron gobiernos de izquierda o partidos de izquierda «en oposición», con el apoyo ideológico de la Rusia estalinista, quienes montaron la ideología de los «Frentes populares», los cuales, como su nombre indica, sirvieron para convencer a los obreros que aceptaran, gracias a una nueva versión de la alianza entre clase enemigas, sacrificios inimaginables.

La guerra de España fue el ensayo general de la guerra mundial con el enfrentamiento de los diferentes imperialismos que se colocaron detrás de una o la otra fracción de la burguesía española. Fue sobre todo el laboratorio de esos «frentes populares» lo que permitió concretar y designar al «enemigo», el fascismo, contra el cual se convocaba a los obreros de Europa occidental a que se movilizaran tras sus respectivas burguesías. Los cientos de miles de obreros españoles asesinados en la guerra fueron una mucho mejor «prueba» de la necesidad de la «guerra democrática» que el asesinato de no se sabe qué archiduque en Sarajevo 20 años antes.

La burguesía sólo engañando a los proletarios pudo hacer la guerra, haciéndoles creer que también esa guerra era la de ellos:

«al detener la lucha de clases o más exactamente al destruir la potencia de la lucha proletaria, su conciencia, desviando sus luchas, la burguesía logra por medio de sus agentes infiltrados dentro del proletariado, vaciar las luchas de su contenido revolucionario metiéndolas por las vias del reformismo y el nacionalismo, y lograr así la condición última y decisiva para el desencadenamiento de la guerra imperialista»[1].

De hecho, instruida por la experiencia de la oleada revolucionaria que se había iniciado en el curso mismo de la Iª Guerra mundial, la burguesía, antes de entablar la IIª Guerra mundial, se aseguró un aplastamiento total del proletariado, una sumisión sin compa­ración con la que había permitido que se iniciara la «Gran guerra».

Hay que hacer notar especialmente que, en lo que se refiere a la vanguardia política del proletariado, el oportunismo había triunfado en el seno de los partidos obreros con mayor evidencia todavía que en 1914 y con varios años de antelación respecto al conflicto, transformándolos en banderines de enganche del Estado burgués. En 1914, en la mayoría de los países existen todavía corrientes revolucionarias en los partidos de la IIª internacional. Los bolcheviques rusos o los espartakistas alemanes, por ejemplo, eran miembros de los partidos socialdemócratas y en su seno entablaron la lucha. Cuando estalla la guerra, los partidos socialdemócratas no están enteramente a las órdenes de la burguesía. En su seno sigue expresándose una vida proletaria que acabará empuñando la antorcha del internacionalismo proletario en las conferencias de Zimmerwald y Kienthal especialmente. En cambio, los partidos que se reivindicaban de la IIIª internacional acabaron entrando en el corral burgués durante los años 30, mucho antes de que se declarara la guerra mundial para la cual van a ser uno de sus más serviles y acérrimos banderines de enganche. Podrán incluso beneficiarse del refuerzo de las organizaciones trotskistas, las cuales se pasan en ese momento y sin remisión al campo de la burguesía, al haberse adherido a la causa de uno de los campos imperialistas frente al otro, en nombre de la defensa de la URSS, del antifascismo y demás patrañas ideológicas. En fin, la dispersión, el extremo aislamiento de las minorías revolucionarias que siguen manteniéndose en las posiciones de principio contra la guerra confirman la amplitud de la derrota sufrida por el proletariado.

Atomizados, políticamente destrozados por la traición de los partidos que hablaban en su nombre y la práctica desaparición de su vanguardia comunista, la reacción de los proletarios en el momento de desatarse la guerra no pudo ser sino la desbandada general.

2. Durante la guerra

Como durante el primer conflicto mundial, tendrían que pasar al menos dos o tres años antes de que la clase obrera, sonada por la guerra, pudiera volver a encontrar el camino de sus combates. A pesar de las condiciones espantosas de la guerra mundial, y especialmente el terror reinante, la clase obrera se mostró a menudo capaz de luchar en su terreno de clase. Sin embargo, a causa de la terrible derrota sufrida previamente a la guerra, la mayoría de los combates no tendrán la suficiente envergadura para trazar a medio plazo la vía hacia la revolución, ni para inquietar seriamente a las burguesías en guerra. La mayoría de los movimientos son dispersos, están separados de las lecciones anteriores y, sobre todo, muy poco armados para llevar a cabo una reflexión real sobre las razones del fracaso de la oleada revolucionaria internacional que había comenzado en 1917, en Rusia.

Fue pues en las peores condiciones como los obreros mostraron ser capaces de levantar la frente en la mayoría de los países beligerantes, pero la censura y la matraca de las ondas son omnipresentes. En las fábricas bombardeadas, en los campos de prisioneros, en los barrios, los obreros tienden naturalmente a volver a sus métodos clásicos de protesta. En Francia, por ejemplo, desde la segunda mitad de 1941 surgen huelgas por reivindicaciones de salarios y por reducir el tiempo de trabajo. Por parte de los obreros hay una propensión a evitar toda participación en la guerra, por mucho que el país esté ocupado en su mitad norte: «el sentimiento de clase permanecía como algo más fuerte que todo deber nacional»(2). La huelga de los mineros del Pas-de-Calais es significativa a ese respecto. Hacen recaer toda la responsabilidad de la agravación de las condiciones de trabajo en los patronos franceses, no obedeciendo todavía a las consignas estalinistas en pro de la «lucha patriótica». La descripción de esta huelga es impresionante:

«La huelga del día 7 en Dourges estalló como estallan las huelgas en todos los pozos desde que las huelgas existen. Reina el descontento. Los mineros están hartos. Los mineros no anduvieron consultado leyes ni reglamentos en 1941, como tampoco lo habían hecho en 1936 o en 1902. No se preocuparon por saber si había compañías de infantería preparadas o un Frente popular en potencia o hitlerianos listos para deportarlos. En el fondo de los pozos, se consultaron y se pusieron de acuerdo. Clamaron “viva la huelga” y cantaron con lágrimas en los ojos, lágrimas de alegría, lágrimas de conquista»(3). El movimiento se extenderá durante varios días, dejando impotente a la soldadesca alemana, arrastrando a más de 70 000 mineros. El movimiento será brutalmente reprimido (4).

El año 1942 conocerá otras luchas obreras, algunas de ellas acompañadas de luchas callejeras. La instauración del «relevo» (trabajo obligatorio en Alemania) provocará huelgas con ocupación, antes de que el PCF (Partido “comunista” francés) y los trotskistas desviaran esas luchas hacia el nacionalismo. Hay que señalar, sin embargo, que esas huelgas y manifestaciones quedaron limitadas al plano económico, frente al racionamiento alimenticio y el abastecimiento. El mes de enero, en el Borinage belga, quedó señalado por toda una serie de huelgas y movimientos de protesta en las minas de carbón. En junio, estalla una huelga en la fábrica nacional de Herstal y pueden presenciarse manifestaciones de amas de casa ante el Ayuntamiento de Lieja. Ante el anuncio de la deportación obligatoria de miles de trabajadores en el invierno de 1942, 10 000 obreros se ponen en huelga una vez más en Lieja, y el movimiento arrastrará a otros 20 000. En la misma época se produce una huelga de trabajadores italianos en Alemania en una gran fábrica de aviones. A principios de 1943, En Alemania (Essen), huelga de obreros extranjeros, franceses entre ellos.

El proletariado no tiene entonces la capacidad de alzarse a un nivel de lucha frontal contra la guerra, o sea contra su propia burguesía, como lo habían hecho los obreros rusos de 1917. A ese estadio, la lucha reivindicativa que no se generaliza podrá ser una protesta contra los patronos y los sindicatos rompedores de huelgas pero también permite una continuación más eficaz de la guerra cuando la patronal otorga subidas de salarios (en EEUU e Inglaterra por ejemplo). Ahí está el peligro que viene a injertarse en la ideología nacionalista de la Liberación. Mucho antes de la instauración del «trabajo obligatorio» (que resultó ser pan bendito para la Unión nacional en 1942-43), la burguesía británica dispuso de un fanático partidario del trabajo obligatorio con un PC británico vuelto histérico tras el ataque de Alemania contra Rusia a mediados de 1941. A partir de entonces, al unísono de los trotskistas mediante los sindicatos, el PC británico prohibió la huelga, obligando a desarrollar la producción en favor del esfuerzo de guerra en apoyo del bastión (imperialista) ruso(5).

A pesar de la extrema debilidad del proletariado, la continuación de la guerra es un factor contrario a la burguesía. Puede medirse así el aumento de las jornadas de huelga en Inglaterra. Si el período de la declaración de la guerra significa un freno en esa cantidad, desde 1941 en cambio la cantidad de huelgas va a ir en aumento hasta 1944 para ir decreciendo después de la «Victoria».

Haciendo balance del período de guerra, el grupo de la Izquierda comunista de Francia no negará la importancia de esas huelgas y las apoyará en sus objetivos inmediatos, pero «no hay que engañarse en cuanto a su alcance limitado muy todavía y contingente»(6). Frente a este conjunto de huelgas relativamente dispersas y sin vínculos entre sí en la mayoría de los casos, a causa del control total de la censura militarista, la burguesía mundial puso todos sus esfuerzos para evitar su radicalización, otorgando a menudo concesiones económicas de poca monta, tanto del lado alemán como del aliado, y echando siempre mano del sindicalismo, el cual, bajo todas sus formas y modos, era y será ya siempre un instrumento del Estado burgués. Las relaciones sociales no podían seguir siendo pacíficas durante la guerra tanto más por cuanto la inflación se había agravado.

La espeluznante gravedad de la situación permite comprender por qué las minorías revolucionarias esperaban una revolución que en realidad estaba ausente en la verdadera relación de fuerzas entre las clases. Europa estaba viviendo «al ras del boniato», y únicamente los trabajadores que efectuaban entre quince y veinte horas extras por semana podían comprar unos productos alimenticios cuyo precio se había multiplicado por diez en tres años. En semejante situación de privaciones y de odio duplicado por la impotencia ante detenciones y deportaciones, el estallido de la lucha masiva de cerca de dos millones de obreros italianos en 1943 y que duró varios meses puso en alerta, más que esas otras huelgas ocurridas en un plano internacional, a la burguesía mundial, originándose entonces la mentira de la Liberación como única salida posible a la guerra.

No se trata de sobrevalorar el alcance de ese movimiento, sino darse cuenta de que frente a esa acción del proletariado italiano en su terreno de clase, la burguesía italiana tomó de inmediato sus propias medidas y para ello fue ayudada por la burguesía mundial, confirmándose así su extrema vigilancia de antes de la guerra.

A finales de marzo, 50 000 obreros de Turín se ponen en huelga para obtener una prima «de bombardeo», para que aumenten las raciones de víveres, sin preocuparse de lo que piense o deje de pensar Mussolini. La rápida victoria de los obreros anima la acción de la clase en toda la Italia del norte contra el trabajo nocturno en las regiones amenazadas por los bombardeos. Ese movimiento triunfa a su vez. Las concesiones no calman a la clase obrera, surgen nuevas huelgas acompañadas de manifestaciones contra la guerra. A la burguesía italiana le entra el miedo y cambia de chaqueta en 24 horas. Pero la burguesía aliada está alerta y ocupa el sur de Italia en otoño. El resurgir del proletariado debe quedar controlado haciendo un montaje de Unión nacional basada en el monarca y la democracia. Sacan al rey Victor Manuel del desván del poder para que mande detener a Mussolini, con la complicidad de los camisas viejas fascistas Grandi y Ciano repentinamente convertidos al antifascismo. Siguen pese a ello las manifestaciones de masas en Turín, Milán, Bolonia. Los ferroviarios organizan huelgas impresionantes. Frente a la amplitud del movimiento, el gobierno interino de Badoglio acaba huyendo a Sicilia dejando a Mussolini –liberado por Hitler– que vuelva a asumir la represión con los nazis con el consentimiento tácito de Churchill. La soldadesca alemana bombardea salvajemente las ciudades obreras. Churchill, quien ha afirmado que hay que «dejar a los italianos que cuezan en su salsa» afirma no querer tratar sino con un gobierno de orden. Hay que evitar a toda costa que la clase obrera aparezca como liberadora (sobre todo que es muy capaz de ir más lejos por su propia cuenta), los aliados anglosajones quieren cambiar de marionetas y tirar ellos de los hilos. Tras la terrible represión y el consecuente hinchamiento de las filas de la resistencia burguesa de los partisanos, los aliados podrán avanzar desde el Sur para «liberar» el Norte y reinstalar a Badoglio(7). Como en Francia frente al trabajo obligatorio, la burguesía conseguirá encuadrar a los obreros italianos, derrotados en su terreno de clase, en la ideología de la Unión nacional hasta la llamada Liberación, severamente controlada por las milicias estalinistas y la mafia.

Ese impresionante movimiento iniciado en marzo de 1943 no es un accidente o algo raro en medio del horror del holocausto universal. Durante el mismo año de 1943, como lo hemos subrayado, ya existía una tímida reanudación de las luchas a nivel internacional, de la cual, evidentemente, disponemos de pocas informaciones. Algunos ejemplos: huelga en la factoría Coqueril de Lieja; 3 500 obreros en lucha en la factoría aeronáutica del Clyde y huelga de mineros cerca de Doncaster en Inglaterra (mayo de 1943); huelga de los obreros extranjeros en la fábrica Messer­ schmidt en Alemania; huelga en AEG, importante factoría cercana a Berlín, en donde, en protesta contra la mala comida, obreros holandeses arrastran consigo a obreros belgas, franceses, pero también a alemanes en la lucha; huelgas en Atenas y manifestaciones de amas de casa; 2000 obreras entran en huelga en Escocia en diciembre de 1943...

La huelga masiva de los obreros italianos quedó encerrada en Italia y la resistencia desvirtuó después su sentido. Sin embargo, la matanza es también ahí una consecuencia del fracaso obrero en plena guerra: cuando el proletariado se deja encerrar en la trampa nacionalista, acaba siendo diezmado sin piedad. Es una táctica permanente de la burguesía la de hacer que impere el terror tras tales tentativas. Y este terror le era necesario a la burguesía pues la guerra no había terminado y quería tener las manos libres hasta el final, especialmente en el campo de operaciones europeo.

En Europa del Este, allí donde existiera el riesgo de que surgieran levantamientos obreros incluso sin perspectiva revolucionaria, la burguesía practicó la política preventiva de la tierra quemada. En Varsovia, durante el verano de 1944, el PS polaco, desde Londres, mantiene el control de los obreros. Estos participan en la insurrección lanzada por la «Resistencia» cuando se enteran de que el «Ejército rojo» ha penetrado en los arrabales de la capital, del otro lado del Vístula. Y va ser con el acuerdo tácito de los Aliados y la pasividad evidente del Estado estaliniano si el Estado alemán podrá desempeñar a fondo su papel de policía y de carnicero, organizando una matanza de decenas de miles de obreros, arrasando la ciudad. Ocho días más tarde Varsovia era un cementerio. Lo mismo ocurriría luego en Budapest, donde el llamado ejército «rojo» dejó que se realizaran las matanzas para luego entrar cual ejército de enterradores.

Por su parte, la burguesía «liberadora» de occidente quería evitar riesgos de explosiones sociales contra la guerra en los países vencidos. Para ello programó unos bombardeos sistemáticamente brutales sobre las ciudades alemanas, bombardeos sin interés militar alguno en la mayoría de los casos, bombardeos que apuntaban prioritariamente a los barrios obreros (en Dresde, en febrero de 1945 hubo cerca de 150 000 muertos más del doble que en Hiroshima). Para los aliados se trata de exterminar la mayor cantidad posible de proletarios y aterrorizar a los supervivientes para que no se les ocurra reanudar con los combates revolucionarios de 1918 a 1923. Asimismo, la burguesía «democrática» se da los medios de ocupar sistemáticamente los territorios de los que han tenido que replegarse los nazis. No hay que dejar que la Alemania vencida se dote de un gobierno propio que suceda a los hitlerianos. Fueron rechazados todos los ofrecimientos de negociación o de armisticio propuestos por los oponentes a Hitler. Dejar que se formara un gobierno alemán autóctono en un país «vencido» habría producido pesadillas a Churchill, Roosevelt o Stalin pues acarrearía grandes riesgos. Como en 1918, un Estado alemán vencido habría aparecido débil ante una clase obrera en rebelión contra los asesinatos masivos de todo tipo y la siniestra miseria, y los soldados en desbandada. Los propios ejércitos aliados se encargarán de hacer reinar el orden en toda Alemania y por un tiempo indeterminado (quedándose en fin de cuentas hasta 1994, pero por otras razones), justificando su estancia mediante la sistemática fabricación de una de las patrañas más groseras de este siglo: la de la «culpabilidad colectiva del pueblo alemán».

3. Hacia la «liberación»

En los últimos meses de la guerra, Alemania está atravesada por una serie de motines, deserciones, huelgas. Pero ninguna falta hace de una marioneta democrática de la calaña de Badoglio en medio del infierno de los bombardeos. Aterrorizada, la clase obrera alemana está entre la espada y la pared y entre los ejércitos aliados y la soldadesca rusa que se va expandiendo. A lo largo del camino de la derrota del ejército alemán, los mandos van ahorcando a los desertores para dar ejemplo a los demás.

La situación hubiera llegado a inquietar si la burguesía no hubiera continuado a marcar bien el terreno de miseria en la inmediata posguerra. La represión será suficiente y la paz social quedará garantizada por el reparto de Alemania. Aunque sí podían alegrarse con razón de las reacciones del proletariado en Alemania, nuestros camaradas de aquella época las sobrevaloraban:

«Cuando los soldados se niegan a luchar, se anuncia la guerra civil, cuando los marineros manifiestan empuñando las armas contra la guerra, cuando las amas de casa, la Volksturm, los refugiados vienen a incrementar el nerviosismo en la situación alemana, la máquina militar y policiaca mejor del mundo se rompe y la revuelta es la perspectiva inmediata. Von Rundstedt repite la política de Ebert en 1918, espera que con la paz se evite la guerra civil. Los aliados sí que han comprendido la amenaza revolucionaria de lo ocurrido en Italia en 1943. La paz será ahora la de encontrarse frente a la crisis que se cierne sobre Europa con mayor intensidad, sin armas, para encubrir las contradicciones que solo se solucionarán mediante la guerra de clases. El esfuerzo de guerra, la peste parda, los cuarteles ya no van a servir de pretextos ya sea para alimentar las industrias hipertrofiadas ya sea para seguir manteniendo a la clase obrera en el actual estado de esclavitud y de hambre. Pero, lo que es más grave, es la perspectiva del retorno de los soldados alemanes a sus hogares destruidos y la repetición de 1918 que será inevitable (...) Ante los grandes males, medios “heroicos”: destruir, asesinar, matar de hambre a la clase obrera alemana. Lejos estamos de la peste parda y de su castigo, lejos estamos de las promesas de paz de los capitalistas. La democracia está demostrando que era más apta para defender los intereses burgueses que la dictadura fascista.»(8)

En realidad, en los países vencidos, Alemania especialmente, se asiste a una marea de los ejércitos norteamericanos y rusos que no van a dejar ni un resquicio ni tierra de nadie en las ciudades conquistadas ahogando la más mínima resistencia proletaria. En los países vencedores se despliega un patrioterismo inaudito, mucho peor que durante la Iª Guerra mundial. Como lo sospechaba la minoría revolucionaria, la burguesía democrática, por miedo al contagio de los soldados alemanes desmovilizados que expresaban abiertamente su alegría, tiraban sus gorras y sus cascos, decide internarlos en Francia e Inglaterra. Una parte del ejército alemán desintegrado es mantenido en el extranjero; 400 000 soldados, mantenidos prisioneros, son enviados a Inglaterra durante años después de terminada la guerra para así evitar que como sus padres no se dediquen a fomentar una revolución una vez de vuelta al país en medio de la miseria europea de la inmediata posguerra(9).

La mayoría de los grupos revolucionarios se entusiasmaron con esos acontecimientos calcando el esquema de la revolución victoriosa en Rusia con el surgimiento del proletariado contra la guerra. Sin embargo, del mismo modo que no se baña uno dos veces en las mismas aguas de un río, tampoco las condiciones de 1917 iban a reproducirse pues la burguesía había sacado lecciones de entonces.

Tras el impresionante movimiento de los obreros de Italia en 1943, habrán de pasar dos años antes de que la minoría revolucionaria más clarividente saque lecciones de aquel fracaso obrero. A nivel internacional, la burguesía supo guardar la iniciativa y se benefició de la ausencia de de partidos revolucionarios, sin que la clase obrera pudiese aprovecharse otra vez de las condiciones impuestas por la guerra mundial para orientarse hacia la revolución.

«Enriquecido por la experiencia de la primera guerra, incomparablemente mejor preparado ante la eventualidad de la amenaza revolucionaria, el capitalismo internacional reaccionó solidariamente con una extrema habilidad y prudencia contra un proletariado decapitado además de su vanguardia. A partir de 1943, la guerra se transforma en guerra civil. Al afirmar esto, nosotros no queríamos decir, en absoluto, que los antagonismos interimperialistas hubieran desaparecido, o que hubieran dejado de desarro­llarse en la continuación de la guerra. Estos antagonismos subsistían y no hacían más que aumentar, pero en menor medida y con carácter secundario, en comparación con la gravedad que presentaba para el mundo capitalista la amenaza de una explosión revolucionaria.

La amenaza revolucionaria iba a ser el centro de los planteamientos y las preocupaciones del capitalismo en los dos bloques: es la que iba a determinar en primer lugar el curso de las operaciones militares, su estrategia y el sentido de su desarrollo. (...) Contrariamente a la primera guerra imperialista en la cual el proletariado, una vez iniciado el curso revolucionario, guardó la iniciativa, imponiendo al capitalismo mundial el final de la guerra, en esta guerra, en cambio, es el capitalismo quien se adueñará de la iniciativa ante los primeros signos de revolución en Italia, en julio de 1943, y proseguirá implacable la guerra civil contra el proletariado, impidiendo por la fuerza cualquier concentración de fuerzas proletarias, no detendrá la guerra ni siquiera cuando, tras el hundimiento y la desaparición del gobierno de Hitler, Alemania pide con insistencia el armisticio, para asegurarse mediante una mostruosa carnicería y una masacre preventiva increíble que al proletariado alemán no le quedaba ninguna veleidad de amenaza revolucionaria. (...) La revuelta de los obreros y soldados, quienes en algunas ciudades habían conseguido neutralizar y detener a los fascistas, ha obligado a los aliados a precipitar el fin de esta guerra de exterminio antes de lo previsto.»(10)

La acción de las minorías revolucionarias

Si la guerra se produjo fue, como ya hemos visto, porque se había rematado el proceso de degeneración de la IIIª Internacional y del paso al campo de la burguesía de los partidos comunistas. Habían sido derrotadas las minorías revolucionarias que lucharon con un enfoque de clase contra el estalinismo y el fascismo, habían sido perseguidas y expulsadas de los países democráticos, eliminadas y deportadas en Rusia y en Alemania. De la unidad mundial que habían sido las Internacionales cada una de su época, no quedaban más que retazos, fracciones, minorías dispersas a menudo sin vínculos entre sí. El movimiento de la Oposición de izquierda con Trotski, que había sido una corriente de combate contra la degeneración de la revolución en Rusia, acabó enfangándose en posiciones oportunistas sobre el Frente único (posibilidad de alianza con los partidos de izquierda de la burguesía) y el heredero de ese Frente, el «antifascismo». Trotski muere asesinado como Jaurès, porque para la burguesía mundial simbolizaba, al iniciarse el segundo holocausto mundial, el peligro proletario con mucha mayor intensidad que el tribuno francés de la IIª Internacional. En cambio, sus partidarios no valen más que los socialpatrioteros de principios de siglo pues también ellos toman partido por un campo imperialista: el de Rusia y el de la Resistencia.

Casi todas las minorías revolucionarias, frágiles embarcaciones en medio de la mayor desesperanza del proletariado, se habían ido rompiendo antes de iniciarse la guerra. La única que se mantuvo es la Fracción italiana, en torno a la revista Bilan, que desde los primeros años 30 venía afirmando que el movimiento obrero había entrado en un período de derrotas que desembocaría en la guerra(11).

El paso a la clandestinidad acarreó primero la dispersión, la pérdida de valiosísimos vínculos contraídos durante años. En Italia no quedó ningún grupo organizado. En Francia sólo será en 1942, en plena guerra imperialista, cuando se agruparán militantes que habían luchado en las filas de la Fracción italiana refugiada en aquel país y que habían dejado bien definidas las posiciones políticas de clase contra el oportunismo de las organizaciones trotskistas. Se llamará el Núcleo (Noyau) francés de la Izquierda comunista. Aquellos valerosos militantes redactaron una declaración de principios con el rechazo sin concesiones de la «defensa de la URSS»:

«El Estado soviético, instrumento de la burguesía internacional, ejerce una función contrarrevolucionaria. La defensa de la URSS en nombre de lo que queda de las conquistas de Octubre debe ser por lo tanto rechazada y, al contrario, lo que debe hacerse es luchar sin concesiones contra los agentes estalinistas de la burguesía (...) La democracia y el fascismo son dos caras de la dictadura de la burguesía que corresponden a sus necesidades económicas y políticas en momentos determinados. Por consiguiente, la clase obrera, que debe instaurar su propia dictadura una vez que haya destruido el Estado capitalista, no tiene que tomar partido por una u otra de sus formas.»

Se establecen contactos con elementos de la corriente revolucionaria en Bélgica, Holanda y con revolucionarios austriacos refugiados en Francia. En las peligrosas condiciones de la clandestinidad, a partir de Marsella, se organizan debates importantes sobre las razones del nuevo fracaso del movimiento obrero, sobre la nueva delimitación de las «fronteras de clase». Esta minoría revolucionaria seguirá a pesar de todo interviniendo contra la guerra capitalista, por la emancipación del proletariado, en perfecta continuidad con el combate de la IIIª Internacional en sus principios. Otros grupos habrán de surgir, con mayor o menor claridad, del ámbito trotskista, negándose también a apoyar a la URSS imperialista y contra todos los chovinismos: el grupo español de Munis, los Revolutionäre kommunisten Deutschlands y grupos consejistas holandeses. Los panfletos de esos grupos contra la guerra, difundidos clandestinamente, en los asientos de los trenes y otros lugares, son agriamente insultados por la burguesía «resistente», desde los estalinistas a los demócratas, tratados de «hitlero-trotskistas». Y encima quienes difunden esos panfletos corren el riesgo de ser fusilados in situ. (véase documentos publicados abajo y su presentación).

En Italia, tras el poderoso movimiento de lucha de 1943, los elementos de la Izquierda dispersos se agrupan en torno a Damen y después en torno a la figura mítica de Bordiga, personalidad de la izquierda de la IIª y la IIIª Internacionales. Forman, en julio de 1943, el Partito comunista internazionalista, pero, creyendo como la mayoría de los revolucionarios que iba a generarse un nuevo ímpetu insurreccional en la clase obrera, acabarán teniendo que tragar la llamada Liberación capitalista y, a pesar de su valor tendrán las mayores dificultades para defender posiciones claras ante unos obreros arrastrados por los cantos de sirena burgueses(12). Serán incapaces de favorecer el agrupamiento de los revolucionarios a nivel internacional y se encontrarán en el estado de ínfima minoría después de la guerra. Y se negarán a todo trabajo serio con el núcleo francés que empezó entonces a llamarse Izquierda comunista de Francia(13).

De hecho, a pesar de todo el valor que pusieron, los grupos revolucionarios que defendieron posiciones de clase, internacionalistas, durante la Segunda Guerra mundial, no podían influir en el curso de los acontecimientos, debido a la terrible derrota que había sufrido el proletariado y a la capacidad de la burguesía en adelantarse sistemáticamente para impedir que se desarrollara cualquier movimiento de clase verdaderamente amenazador. Pero su contribución al combate histórico del proletariado no podía quedar ahí. Era urgente una reflexión que permitiera sacar las enseñanzas de los considerables acontecimientos que acababan de desarrollarse, una reflexión que había que proseguir hasta nuestros tiempos.

¿Qué enseñanzas para los revolucionarios?

Respetar la tradición marxista que esos grupos del pasado mantuvieron es ser capaces de seguir con su método crítico, pasar por el tamiz nosotros también sus errores. En eso consiste ser fiel al combate que llevaron a cabo. Si la Izquierda comunista de Francia supo corregir su error de análisis sobre la posibilidad de una inversión del curso a la guerra mundial, sin haber sacado necesariamente todas las implicaciones de que la guerra ya no favorece la revolución, los demás grupos, especialmente en Italia, mantuvieron la visión esquemática del «derrotismo revolucionario».

Al formar de modo voluntarista y aventurista un partido en Italia en torno a personalidades de la IC como Bordiga y Damen, los revolucionarios italianos no se dieron realmente los medios de «restaurar los principios», y menos todavía de sacar las verdaderas enseñanzas de la experiencia pasada. Ese Partido comunista internacionalista no sólo iba a fracasar, transformándose rápidamente en secta, sino que acabaría favoreciendo el rechazo al método de análisis marxista con un dogmatismo estéril, repitiendo los esquemas del pasado, sobre la cuestión de la guerra en particular. El PCInt persiste, en la Liberación, en creer en la apertura de un ciclo revolucionario, parodiando a Lenin: «La transformación de la guerra imperialista en guerra civil comienza después de terminada aquélla»(14). Retomar el análisis de Lenin según el cual cada proletariado debía «desear la derrota de su propia burguesía» como palanca de la revolución, que ya era una posición errónea en aquella época, pues podía dar a entender que los obreros de los países vencedores no tendrían a su disposición una palanca así, basar el éxito de la revolución en el fracaso de su propia burguesía era hacer análisis con abstracciones automáticas. En realidad, ya en la primera ola revolucionaria misma, la guerra, tras haber sido un fermento importantísimo en la movilización del proletariado, había desembocado en una división de éste, entre obreros de países vencidos, más combativos y más lúcidos, y los de los países vencedores sobre los que la burguesía logró hacer pasar la euforia de la «victoria» para así paralizar su combate y anegar su toma de conciencia. Además, la experiencia de los años 17 y 18 había demostrado que, frente a un movimiento revolucionario que se desarrolla a partir de la guerra mundial, la burguesía dispone siempre de una baza que desde luego jugó en noviembre de 1918 cuando se estaba desarrollando la revolución en Alemania, la baza de poner fin a la guerra, o sea, suprimir la base principal de la acción y de la toma de conciencia del proletariado.

En su tiempo, nuestros compañeros de la Izquierda comunista se equivocaron cuando, basándose en el único ejemplo de la revolución rusa, habían subestimado las consecuencias paralizadoras de la guerra imperialista mundial para el proletariado. La IIª Guerra mundial proporcionaría los elementos para analizar mejor esta cuestión crucial. Por eso, repetir hoy los errores del pasado, es entorpecer el verdadero camino hacia los enfrentamientos de clase, siendo incapaces de enriquecer el método marxista, no sabiendo ser la dirección que el proletariado necesita. Eso es lo que demuestran desgraciadamente quienes pretenden ser los únicos herederos de la Izquierda comunista italiana(15). La cuestión de la guerra siempre ha sido una cuestión de primer plano en el movimiento obrero. Al igual que la explotación y las agresiones resultantes de la crisis económica, la guerra imperialista moderna sigue siendo un factor de la mayor importancia en la toma de conciencia de la necesidad de la revolución. Es evidente que la permanencia de las guerras en la fase de decadencia del capitalismo debe ser un valioso factor de reflexión. Hoy, cuando el desmoronamiento del diabolizado bloque del Este ha dejado momentáneamente de lado la posibilidad de una nueva guerra mundial, esa reflexión no debe agotarse. Las guerras que hoy estamos viviendo en los confines de Europa deben servir de acicate para recordar al proletariado que «quien olvida la guerra la sufrirá algún día»(16). Es de la más alta responsabilidad del proletariado el alzarse contra esta sociedad en descomposición. La perspectiva de otra sociedad dirigida por el proletariado pasa necesariamente por su toma de conciencia de que debe luchar en su terreno de social y encontrar su fuerza. La lucha del proletariado consciente es una lucha en el extremo opuesto al Estado y por lo tanto radicalmente opuesta a los objetivos militares de la burguesía.

Pese a los cánticos ensalzadores del «nuevo orden mundial» instaurado en 1989, la clase obrera de los países industrializados no debe hacerse la menor ilusión sobre el respiro que le prometen en espera de una próxima destrucción de la humanidad. Es éste un destino que el capital nos depararía de manera ineluctable, ya sea como resultado de una tercera guerra mundial, en caso de que se formara un nuevo sistema de bloques imperialistas, ya sea de la putrefacción de la sociedad acompañada de hambres, epidemias y de una multiplicación de conflictos guerreros en los cuales las armas nucleares, que hoy se diseminan por todas partes, volverían a ser usadas.

La alternativa sigue siendo: o revolución comunista o destrucción de la humanidad. Unidos y determinados, los proletarios pueden desarmar a la minoría que maneja el mundo e incluso desactivar las bombas atómicas. Debemos pues combatir con firmeza el argumento pacifista burgués, que no ha cambiado, de que esas técnicas modernas de armamento impediría desde ahora en adelante toda revolución proletaria. La técnica es producto de los hombres, obedece a una política determinada. La política imperialista viene estrechamente determinada, como nos lo demuestra el desarrollo de la IIª Guerra mundial, por la sumisión de la clase obrera. Y, desde la reanudación histórica del proletariado, a finales de los años 60, todo lo que está en juego se plantea simultáneamente, aunque el proletariado no saque todas les lecciones de la situación. Allí donde la guerra no causa estragos, la crisis económica se ahonda, duplicando la miseria, poniendo al desnudo la quiebra del capitalismo.

Las minorías revolucionarias deben pasar por el tamiz la experiencia anterior. Era «medianoche en el siglo» en medio del crimen más monstruoso que la humanidad haya conocido, pero todavía sería más criminal creer que habrían desaparecido los riesgos de destrucción total de la humanidad. Denunciar las guerras actuales no basta, las minorías revolucionarias deben ser capaces de analizar los entresijos de la política imperialista de la burguesía mundial, no con la pretensión de acabar con un militarismo que está asolando todas las partes del mundo, sino para indicar al proletariado que la lucha, mucho más que «en el frente» debe llevarse a cabo «en la retaguardia».

Combatir la guerra imperialista omnipresente, luchar contra los ataques de la crisis económica burguesa, significa desarrollar toda una serie de luchas y de experiencias que desembocarán en la etapa de guerra civil revolucionaria allí donde la burguesía cree tener la paz. Un largo período de combates de clase es todavía necesario, nada será fácil.

El proletariado no tiene opción. El capitalismo sólo a la destrucción de la humanidad conduce, si el proletariado fuera incapaz una vez más de destruirlo.

Damien

[1] Sobre Italia y su Estado puede leerse los artículos de la serie titulada «Cómo está organizada la burguesía» en la Revista internacional, nº 76 y 77.