Editorial - Las grandes potencias propagan el caos

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Editorial

Las grandes potencias propagan el caos

Ocho de septiembre de 1994, una semana después de la retirada definitiva de las tropas rusas de la totalidad del territorio de la ex-RDA, les tocó el turno de evacuar Berlín a los aliados de ayer, norteamericanos, británicos y franceses. ¡Qué símbolo!. Si existe una ciudad capaz de concentrar en sí sola 45 años de enfrentamientos Este-Oeste -medio siglo de guerra supuestamente “fría”, aunque este eufemismo de historiador no enfría lo ardientes y sangrientos que fueron los enfrentamientos en Corea y Vietnam-, esa ciudad es Berlín. Ahí se acaba la siniestra historia de las rivalidades imperialistas que empezaron al final de la IIª Guerra mundial entre Estados Unidos, la difunta URSS y sus respectivos aliados. Y una de las piezas clave de esas rivalidades era Alemania y su núcleo principal, Berlín. Sin embargo, hemos de constatar que el fin de tal época (que arrancó en realidad con la caída del muro de Berlín en noviembre del 89), en nada corresponde al « nuevo orden mundial » tan prometido por los dirigentes de los grandes Estados capitalistas. Los dividendos de la paz no aparecen ni mucho menos.

En realidad, jamás estuvo tan lejos un mundo de armonía entre los Estados y de prosperidad económica. Al contrario, exceptuando quizás los dos grandes conflictos mundiales, nunca antes tuvo la humanidad que soportar tanta barbarie, tanto salvajismo de un sistema decadente de producción, el capitalismo, qui se está distinguiendo universalmente por una siniestra y permanente ronda de matanzas, epidemias, éxodos y destrucciones.

Bombardeos en Bosnia, atentados terroristas en el Magreb, matanzas en Ruanda, emboscadas en Afganistán, éxodo en Cuba, hambres en Somalia... son pocas ya las regiones del mundo olvidadas por el caos. Cada día ve hundirse a más países en el caos más total, en todos los continentes poblados.

Esto ya lo sabemos todos. Es que los media burgueses y sus serviles periodistas no dejan de mostrarnos, hacernos leer y oir hasta en sus mínimos detalles cómo sufren por el ancho mundo millones de seres humanos. Cuentan que esto lo exige la deontología de los informadores. Los ciudadanos de los países democráticos deben estar enterados. Estamos viviendo supuestamente los nuevos tiempos de la información objetiva, cuando en realidad si nos muestran tanto la agonía de centenares de miles de personas, como en Ruanda, no es más que para ocultar mejor sus causes reales. No paran de presentarnos falsas explicaciones.

El desencadenamiento del caos lleva la huella de las grandes potencias

No han faltado falaces interpretaciones de la burguesía para explicar la matanza más reciente, la de la población ruandesa en que fallecieron unas 500 000 personas. Lo han dicho todo de los odios eternos entre tutsis y hutus. ¡Mentiras!. Los auténticos bárbaros son, entre otros, los dirigentes franceses, los altos funcionarios y diplomáticos con sus discursos llenos de unción, defensores acérrimos de los intereses del imperialismo francés en la región. Porque son ellos, representantes de los intereses de la burguesía francesa, quienes han armado durante años las tropas mayoritariamente hutus del fallecido presidente Habyarimana, las FAR (Fuerzas armadas ruandesas) de siniestra memoria, responsables de los primeros degüellos y de los primeros éxodos de poblaciones esencialmente tutsis. Las autoridades locales habían planificado esta orgía asesina; y esto se lo han guardo bien callado, antes y durante las matanzas, toda esa caterva de grandes reporteros y demás expertos. Tampoco hablaron del apoyo masivo por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña a la facción enemiga mayoritariamente tutsi, el FPR (Frente patriótico ruandés), tan asesino como los demás. Y si Francia no ha denunciado con vigor el apoyo norteamericano al FPR, sólo es porque su propio papel se hubiese evidenciado, y no hubiese podido sacar a relucir su «virtuosa» defensa de los derechos humanos, de los que suele presentarse como la patria universalmente garantizadora. La operación «Turquesa» de Francia en Ruanda no es más que la coartada humanitaria del criminal Estado francés, cuando su verdadero motivo ha sido la defensa de sus sórdidos intereses imperialistas. Sin embargo, esta intervención no ha logrado impedir que prosigan las matanzas (no era desde luego su objetivo), como tampoco ha logrado impedir que las tropas proamericanas del FPR tomen Kigali. Y esto sí que es enojoso para la burguesía francesa. Pero eso no va a desanimarla: las tristemente célebres FAR, refugiadas en Zaire y manipuladas por Francia, se sienten apoyadas para hostigar e incluso quitarle el poder al FPR.

Vemos pues de qué modo todas y cada una de las potencias esta dispuesta inmediatamente a desencadenar el caos en los territorios dominados por sus rivales. Estados Unidos y Gran Bretaña, al apoyar el FPR, han utilizado a sabiendas el arma del desorden y del caos para desestabilizar las posiciones francesas. Si tiene los medios para ello, la burguesía francesa un día u otro les devolverá la pelota. La pesadilla que está viviendo la población ruandesa no está ni mucho menos acabada. Guerra, cólera, disentería y hambre van a seguir cobrándose nuevas víctimas, y al fin y al cabo jamás podrá ya reponerse Ruanda.

Este ejemplo también nos sirve para entender mejor los acontecimientos en Argelia. Actores, armas utilizadas y objetivos son idénticos. Aquí también se trata para el imperialismo estadounidense de expulsar a Francia de una de sus tradicionales zonas de influencia, el Magreb. Es deliberadamente si Estados Unidos -utilizando a Arabia Saudí para financiar el FIS (Frente islámico de salvación)- intenta expulsar a Francia de la región. Y así se encuentra Argelia atormentada por convulsiones terribles, entre atentados terroristas y asesinatos fomentados por un FIS patrocinado por Washington, entre la represión y las detenciones practicadas por militares apadrinados por París. Podemos imaginar el tormento vivido por una población, atenazada entre los militares y el FIS. Y podemos estar seguros que ése es el destino de toda el Africa del norte, al ser idéntico lo que está en juego. Como lo reconoce el geopolítico francés Y. Lacoste en una entrevista a la revista francesa L’Histoire (nº 160): «Tras Argelia, la desestabilización le tocará a Túnez. Y lo mismo a Marruecos... Así que estamos entrando en épocas muy difíciles para Francia».

Aún más cerca de las metrópolis industrializadas de Europa está la ex Yugoslavia en donde la guerra y la anarquía reinan soberanamente desde hace ya más de tres años. Sin embargo se nos anuncia regularmente y sin vacilar la inminencia de la paz. Y sistemáticamente, la realidad se encarga de destrozar todas las patochadas pacifistas que nos sirve la burguesía.

Acordémonos. El pasado invierno, Sarajevo debía supuestamente calmarse. Misas, conciertos en mundovisión, colectas destinadas a ayudar a los niños de la ciudad mártir, no faltó nada para festejar solemnemente el fin de los combates, gracias a los servicios de las cancillerías de las «grandes democracias». ¿Y qué queda de todo eso? Los bombardeos y los disparos de los snipers han vuelto sobre la ciudad; incluso el propio jefe de la iglesia, Juan Pablo II, ha preferido no comprobar in situ si su papamóvil podía también resistir a las granadas de mortero. Prefirió dejarse ver en Zagreb, Croacia, donde por ahora hay menos peligro. En realidad, los manejos de las grandes potencias lo único que hacen es agravar el conflicto. Por ejemplo, la última iniciativa norteamericana de constitución de una federación bosnio-croata cuyo objetivo no es otro que el de separar a Croacia de su alianza con Alemania, podría llevar el enfrentamiento a un nivel más elevado todavía. En efecto, la política de la Casa Blanca, decidida a apoyar a los croatas en su objetivo de anexión de la Krajina, enclave serbio en territorio de Croacia, acarreará el enfrentamiento, a gran escala esta vez, entre los bosnio-croatas y los serbios. Aquí, sin duda más que en cualquier otro lugar a causa de la importancia estratégica de los Balcanes, como en Somalia, en Afganistán o en Yemen, la agudización de las tensiones entre grandes potencias desembocará en la más siniestra desolación. Y aún en esos ejemplos se trata de países subdesarrollados en donde el proletariado, demasiado débil, no puede impedir que se desencadene la barbarie. Lo que hay que constatar, sin embargo, es que si bien antes el capitalismo tenía los medios para que el caos ­ quedara en la periferia., ahora ya no puede impedir que se vayan acercando sus manifestaciones a las grandes metrópolis industrializadas. Las convulsiones que hacen temblar Argelia y la ex Yugoslavia así lo demuestran.

Pero lo que también impresiona hoy es la cantidad de áreas geográficas en donde la guerra y todo tipo de plagas están causando estragos. En cierto modo, hasta los años 70, un conflicto sustituía a otro. Desde los 80 prosiguieron bajo otras formas, como en Afganistán. Este fenómeno no es casual. Al igual que un cáncer que llega a la fase terminal con una proliferación de metástasis imparable, el capitalismo de este final de siglo está devorado por las frenéticas células de la guerra cuyo desarrollo es incapaz de parar.

El capitalismo se descompone: únicamente el proletariado ofrece una perspectiva

Habrá quien haga la objeción de que en algunas partes de globo parece ser posible la paz entre irreductibles. Ese sería el caos en Irlanda del Norte en donde el IRA parece aceptar el armisticio. Nada menos cierto. Al forzar a los extremistas católicos a negociar, Estados Unidos intenta presionar a los ingleses para que a éstos no les quede ningún pretexto para mantenerse en Ulster. ¿Por qué?. Pues por la sencilla razón que Gran Bretaña ya no es el aliado dócil de ayer.

Desde el hundimiento de la URSS, las divergencias de intereses imperialistas se acumulan entre ambas orillas del Atlántico y muy especialmente en torno a la ex Yugoslavia. La «pax capitalista» no ha sido sino un momento particular en el enfrentamiento entre países. En realidad, la descomposición social tiende a afectar cada día más a ciertos países industrializados. Es evidente que tal descomposición es mucho menor comparada con muchos países del llamado Tercer mundo. Pero ya está ocurriendo así en Italia, por ejemplo, y es precisamente a causa de las rivalidades imperialistas que atraviesan el Estado italiano. Aunque el Estado democrático italiano no se ha hecho notar precisamente por su estabilidad[1], hoy su fragilidad se ha agravado a causa de la rivalidad que opone en su seno a diferentes facciones que no tienen la misma opción en lo que a alineamiento imperialista se refiere. La camarilla de Berlusconi ha optado más bien por la alianza con EEUU, mientras que la otra, la que controla la magistratura, se inclina más bien hacia Francia y Alemania. Este enfrentamiento, alimentado por los incesantes «descubrimientos» de escándalos está llevando al país a una situación de parálisis. Cierto es, evidentemente, que no estamos todavía en un contexto al estilo ruandés en el que los burgueses italianos ajustarían cuentas a machetazos. No, por ahora bastan los disparos y alguna que otra bombita bien colocada. El nivel de desarrollo del país no es el mismo, la historia tampoco, pero, sobre todo, la clase obrera italiana no está dispuesta a alistarse detrás de tal o cual clan burgués.

Y eso ocurre en realidad en todos los países centrales. Sin embargo, el que la única clase capaz de dar una salida a la humanidad no esté alistada detrás de la burguesía no impide la putrefacción del capitalismo desde sus raíces. Al contrario, el origen de la descomposición es precisamente esa situación de bloqueo histórico en la que ni el proletariado puede imponer ya su perspectiva histórica, o sea echar abajo el sistema, ni la burguesía puede desencadenar la guerra mundial. Es cierto, sin embargo, que si la clase obrera no lograra llevar a cabo su misión histórica, todos los guiones más espantosos son posibles. Entre guerras y abominaciones de todo tipo, la humanidad acabaría por desaparecer.

La clase burguesa no tiene absolutamente nada que proponer ante la quiebra de su organización social. Lo único que nos propone es resignación, aceptación de esta inmensa barbarie como algo fatal e inevitable, o sea que nos propone el suicidio.

Pues ni siquiera se cree la reactivación económica de su sistema. Y eso porque sabe que, por mucha reactivación de la producción que consiga mediante la huida ciega en el endeudamiento, especialmente el público, no podrá nunca más absorber el crónico desempleo ni impedir las más violentas y destructoras explosiones financieras. La saturación del mercado mundial y sus consecuencias, o sea la búsqueda de salidas mercantiles, esa otra guerra comercial que exige cada día más y más despidos, conduce a los capitalistas a matar el caballo en el que van montados. Si el proletariado no logra derribar el sistema capitalista, lo que nos espera es un mundo en comparación del cual la novela más siniestra de anticipación sería un cuento de hadas.

Arkady
17 de septiembre de 1994


[1] Sobre Italia y su Estado puede leerse los artículos de la serie titulada «Cómo está organizada la burguesía» en la Revista internacional, nº 76 y 77.