Huelgas en Francia ¬- Luchar tras los sindicatos lleva a la derrota

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Huelgas en Francia

Luchar tras los sindicatos lleva a la derrota

Miles de trabajadores en huelga. Los transportes públicos totalmente paralizados. Una huelga que se extiende por el sector público: primero el ferrocarril, el metro y los autobuses, después Correos, los sectores de producción y distribución de electricidad, de distribución de gas, teléfonos, enseñanza, salud. Algunas empresas del sector privado también en lucha, como los mineros que se enfrentan violentamente a la policía. Manifestaciones que han reunido cada vez una cantidad importante de trabajadores de diferentes sectores: el 7 de diciembre, tras el llamamiento de varios sindicatos ([1]), se alcanza la cifra de un millón de manifestantes contra el plan Juppé ([2]) en las principales ciudades de Francia. Dos millones el 12 de diciembre. El movimiento de huelgas y de manifestaciones obreras se desarrolla con el telón de fondo de la agitación estudiantil y en algunas manifestaciones o asambleas generales obreras participan estudiantes. La referencia a mayo de 1968 se hace cada vez más presente en los media que en seguida se ponen a hacer paralelismos: la exasperación general, los estudiantes en la calle, las huelgas que se extienden.

¿Estamos ante un nuevo movimiento social comparable al de mayo de 1968, movimiento iniciador de la primera oleada internacional de lucha de clases después de 50 años de contrarrevolución?. No, ni mucho menos. En realidad, el proletariado de Francia ha sido el blanco de una maniobra de envergadura destinada a debilitarlo en su conciencia y en su combatividad, una maniobra dirigida también a la clase obrera de otros países para que saque lecciones falsas de los acontecimientos de Francia. Por eso es por lo que, contrariamente a lo que ocurre cuando la clase obrera entra en lucha por iniciativa propia y en su propio terreno, la burguesía en Francia y en los demás países ha dado tanto eco a esos acontecimientos.

La burguesía utiliza y refuerza las dificultades de la clase obrera

Los acontecimientos de mayo del 68 en Francia venían anunciados por toda una serie de huelgas cuya característica principal era la tendencia al desbordamiento de los sindicatos e incluso al enfrentamiento con ellos. No es en modo alguno la situación de hoy, ni en Francia, ni en los demás países.

Cierto es que la amplitud y la generalización de los ataques que la clase obrera ha sufrido desde principios de los años 90 han nutrido su combatividad, como así lo decíamos nosotros en la Resolución sobre la situación internacional adoptada por nuestro XIº Congreso internacional: “Los movimientos masivos del otoño de 1992 en Italia, los de Alemania en 1993 y tantos otros ejemplos, mostraron como crecía el potencial de combatividad en las filas obreras. Después, esta combatividad se ha expresado más lentamente, con largos momentos de adormecimiento, pero no se ha visto desmentida. Las masivas movilizaciones del otoño de 1994 en Italia, la serie de huelgas en el sector público en Francia en la primavera de 1995 son, entre otras, manifestaciones de esa combatividad” ([3]).

Sin embargo, la manera como se ha desarrollado esa combatividad está todavía profundamente marcada por el retroceso que la clase obrera ha sufrido con el hundimiento del bloque del Este y el desencadenamiento de las campañas sobre la “muerte del comunismo”. Ha sido el retroceso más importante que la clase obrera haya sufrido desde la reanudación histórica de sus combates en 1968: “Las luchas que el proletariado ha desarrollado en los últimos años han venido a confirmar (...) las enormes dificultades que ha encontrado en ese camino, dada la extensión y la profundidad de ese retroceso. Estas luchas obreras se desarrollan de forma sinuosa, con avances y retrocesos, en un movimiento con altibajos”.

Por todas partes, la clase obrera encuentra ante sí a una clase burguesa en ofensiva política para debilitar su capacidad de contestar a los ataques y superar el profundo retroceso de su conciencia. En la vanguardia de esta maniobra están los sindicatos: “Las actuales maniobras de los sindicatos tienen además, y por encima de otros, un sentido preventivo tratando de reforzar su control sobre los trabajadores antes de que la combatividad de estos vaya más lejos, como resultado, lógicamente, de su creciente cólera ante los ataques cada vez más brutales de la crisis (...) También las recientes huelgas en Francia, más bien «jornadas de movilización» sindicales, han constituido un éxito para éstos”.

Desde hace meses, internacionalmente, la clase obrera de los países industrializados es sometida a un auténtico bombardeo de ataques. En Suecia, Bélgica, Italia, España, por no citar sino los últimos ejemplos. En Francia, nunca desde el plan Delors de 1983, se había atrevido la burguesía a asestar semejante mazazo a los obreros. Todo a la vez: aumentos del IVA (impuesto al valor añadido), o sea de los precios del consumo, aumento de los impuestos y del forfait hospitalario (costo fijo por día de internación no reembolsado por la Seguridad social), congelación de los salarios del funcionariado, baja de las pensiones, aumento de los años de trabajo necesario para la jubilación para algunas categorías de funcionarios, y todo eso cuando las cifras oficiales de la burguesía empiezan a anunciar un aumento del desempleo. De hecho, al igual que sus colegas de todos los demás países, la burguesía francesa está enfrentada a una creciente agravación de la crisis mundial del capitalismo que la obliga a atacar cada día más las condiciones de existencia de los proletarios. Y esto le es tanto más indispensable a causa del importante retraso habido durante los años en que la izquierda, con Mitterrand y el PS, estaba a la cabeza del Estado, una situación que dejaba desguarnecido el flanco social, obligando al Estado a cierta “vacilación” en sus políticas antiobreras.

El actual alud de ataques tenía obligatoriamente que nutrir una combatividad obrera que ya se ha expresado en diferentes momentos y países como Suecia, Bélgica, España y también en Francia...

En efecto, ante tal situación, los proletarios no pueden permanecer pasivos. No les queda otra salida que la de defenderse luchando. Sin embargo, para impedir que la clase obrera entrara en lucha con sus propias armas, la burguesía ha tomado la delantera, empujándola a lanzarse a la lucha prematuramente y bajo el control total de los sindicatos. No ha dejado tiempo a los obreros para movilizarse a su ritmo y con sus medios: las asambleas generales, las discusiones, la participación en asambleas de otros lugares de trabajo diferentes, la entrada en huelga si la relación de fuerzas lo permite, la elección de comités de huelga, las delegaciones a otras asambleas de obreros en lucha.

El movimiento huelguístico que acaba de desarrollarse en Francia, si bien es verdad que ha evidenciado el profundo descontento que reina en la clase obrera, ha sido, ante todo, el resultado de una maniobra de gran envergadura de la burguesía con el objetivo de arrastrar a los obreros a una derrota masiva y, sobre todo, provocar entre ellos la mayor de las desorientaciones.

Una trampa tendida a los obreros

Para armar su trampa, la burguesía ha maniobrado magistralmente, haciendo cooperar muy eficazmente a sus diferentes fracciones en la repartición de la labor: la derecha, la izquierda, los media, los sindicatos, la base radical de éstos formada principalmente por militantes de fracciones de extrema izquierda.

En primer lugar, para iniciar la maniobra, la burguesía tiene que hacer entrar en huelga a un sector de la clase obrera. El aumento de su descontento en Francia, agravado por los recientes ataques sobre la Seguridad social, por muy real que sea no está lo bastante maduro como para provocar la entrada en lucha masiva de sus sectores más decisivos, especialmente los de la industria. Es éste un factor favorable a la burguesía, pues, al empujar a la huelga al sector al que va a provocar, no existe el riesgo de que los demás sectores le sigan espontáneamente y desborden el encuadramiento sindical. El sector “escogido” es el de los conductores de tren. Con el “contrato de plan” anunciado para la Compañía de ferrocarriles (SNCF), la burguesía amenaza a los maquinistas con trabajar ocho años más para obtener la jubilación, so pretexto de que son, en ese aspecto, unos “privilegiados” en comparación con los demás empleados del Estado. Es algo tan enorme que los obreros ni siquiera se toman el tiempo de la reflexión antes de lanzarse a la batalla. Eso es precisamente lo que buscaba la burguesía, que se metan en el encuadramiento que los sindicatos les habían montado. En veinticuatro horas, los conductores del metro y de los autobuses parisinos, amenazados con perder algunas ventajas del mismo tipo, son arrastrados a una trampa similar. Los sindicatos echan toda la carne en el asador para forzar la entrada en huelga, mientras que hay cantidad de obreros que, perplejos, no entienden tal precipitación. La dirección de la RATP (Compañía de transportes parisinos) echa una mano a los sindicatos tomando la iniciativa de cerrar algunas líneas y haciéndolo todo para impedir trabajar a quienes lo desean.

¿Por qué la burguesía escogió a esas dos categorías de trabajadores para iniciar su maniobra?

Algunas de sus características son elementos favorables para el montaje del plan de la burguesía. Esas dos categorías poseen efectivamente estatutos particulares cuya modificación es un buen pretexto para desatar un ataque que las concierne específicamente. Pero es sobre todo la garantía de que, una vez los ferroviarios y los conductores de metro y de autobuses en huelga, quedará paralizado todo el transporte público. Además de que tal movimiento no puede pasar desapercibido para ningún obrero, es un medio suplementario y de gran eficacia en manos de la burguesía para evitar desbordamientos, cuando su objetivo es proseguir la extensión de la huelga a otras partes del sector público. Así, sin transportes, el principal y casi único medio de acudir a las manifestaciones es el de subirse a los autocares sindicales. No queda la menor posibilidad de acudir masivamente al encuentro de otros obreros en huelga, en sus asambleas generales. En fin, la huelga de transportes es, además de lo dicho, un medio de dividir a los obreros, levantándolos unos contra otros cuando quienes están privados de transportes deben encarar las peores dificultades para acudir cada día a su lugar de trabajo.

Pero los ferroviarios no han sido únicamente un medio para la maniobra, también han sido su diana específica. La burguesía era muy consciente de las ventajas que podía sacar de ese sector de la clase obrera que se había ilustrado en diciembre de 1986 por su capacidad para enfrentarse al encuadramiento sindical a la hora de entrar en lucha.

Una vez esos dos sectores en huelga bajo el control total de los sindicatos, puede ejecutarse la fase siguiente de la maniobra: la huelga en un sector tradicionalmente combativo y avanzado de la clase obrera, el de Correos, y dentro de éste, muy especialmente, los centros de distribución. En los años 80, estos últimos resistieron muy a menudo a las trampas de los sindicatos, no vacilando en enfrentarse a ellos. Con la incorporación de ese sector en el “movimiento”, la burguesía intenta atraparlo en las redes de la maniobra, para así neutralizarlo y asestarle la misma derrota que a los demás sectores. Además, la maniobra sería así todavía más eficaz ante sectores que todavía no están en huelga, al obtener el movimiento cierta legitimidad capaz de hacer disminuir la desconfianza o el escepticismo hacia él. La burguesía tenía, sin embargo, que actuar con más sutileza todavía que con los ferroviarios y empleados del metro. Para ello, suscitó y organizó “delegaciones de obreros”, sin ningún signo aparente de pertenencia sindical (y posiblemente compuestas de obreros sinceros engañados por los sindicalistas de base), que acudieron a los centros de distribución reunidos en asambleas generales. Engañados sobre el verdadero significado de esas delegaciones, los obreros de los principales centros de distribución postal se dejan arrastrar a la lucha. Para dar el mayor impacto mediático al acto, el poder envía a sus periodistas al lugar: el vespertino le Monde de ese día pondrá el acontecimiento en primera plana.

En esa fase de despliegue de la maniobra, la amplitud ya alcanzada por el movimiento da peso a los argumentos de los sindicatos para añadir nuevos sectores: los obreros de la electricidad y del gas (EDF-GDF), de teléfonos, los profesores. Frente a las dudas de bastantes obreros sobre la oportunidad de “luchar ya”, frente a su insistencia para discutir las modalidades y las reivindicaciones, los sindicatos oponen la consigna perentoria de “ahora es el momento”, culpabilizando a quienes no están todavía en lucha con lo de “somos los últimos en no estar todavía en huelga”.

Para incrementar más todavía la cantidad de huelguistas, hay que hacer creer que se está desarrollando un amplio y profundo movimiento social. Si se les escucha a todos, sindicatos, izquierda e izquierdistas, habría que creer que el movimiento estaría suscitando una inmensa esperanza en la clase obrera. En apoyo de tal sentir, se publica diariamente en los medios de comunicación el “índice de popularidad” de la huelga, siempre favorable en toda la “población”. Es cierto que la huelga es “popular” y que es considerada por muchos obreros como un medio de impedir que el gobierno lleve a cabo sus ataques. Pero la atención con la que la huelga es tratada en los media, en la televisión especialmente, es la mejor prueba del interés de la burguesía porque así sea, hinchando al máximo el globo de la popularidad.

Los estudiantes, sin que se enteren, también forman parte de la puesta en escena. Les han hecho salir a la calle para dar la impresión de un incremento general del descontento, para hacer creer que existen esperanzadores parecidos con mayo del 68, y, al mismo tiempo, anegar las reivindicaciones obreras en las interclasistas típicas de los estudiantes. Incluso algunos acuden a las asambleas en los lugares de trabajo, “al encuentro de las luchas obreras” y eso con el beneplácito de los sindicatos ([4]).

La clase obrera se ve desposeída de la menor iniciativa, no quedándole más opción que la de seguir a los sindicatos. En las asambleas generales que convocan, la insistencia de los sindicatos para que los obreros se expresen no tiene otra intención que la de dar una apariencia de vida a la asamblea cuando en realidad todo se ha decidido fuera de ella. Dentro de ellas, la presión sindical para ponerse en huelga es tan fuerte que muchos obreros, dubitativos, como mínimo, sobre el carácter de esta huelga, no se atreven a expresarse. Algunos otros, al contrario, totalmente embaucados, viven la euforia de una unidad ficticia. De hecho, una de las claves del éxito de la maniobra de la burguesía es que los sindicatos se han apropiado de las aspiraciones y de los medios de lucha de la clase obrera para desnaturalizarlos y volverlos contra ella. Esos medios son:
- la necesidad de reaccionar masivamente y no en orden disperso frente a los ataques de la burguesía;
- la extensión de la lucha a varios sectores, la superación de las barreras corporativistas;
- la sesión diaria de asambleas generales en cada lugar de trabajo, encargadas, en particular, de pronunciarse sobre la entrada en lucha o la continuación del movimiento;
- la organización de manifestaciones en la calle en donde grandes masas obreras, de diferentes sectores y lugares, arraigan la solidaridad y la fuerza ([5]).

Además, los sindicatos han tenido sumo cuidado, en la mayor parte del movimiento, de hacer alarde de su unidad. Se pudo incluso ver, con mediatización a ultranza, los apretones de manos entre los jefes de los dos sindicatos tradicionalmente “enemigos”: la CGT y Force ouvrière (FO, sindicato formado de una escisión de la CGT, con el apoyo de los sindicatos americanos, al principio de la guerra fría). Esta “unidad” de lo sindicatos, que se afirmaba a menudo en las manifestaciones tras banderolas comunes CGT-FO-CFDT-FSU, era la apropiada para arrastrar la mayor cantidad de obreros a la huelga, pues, durante años, una de las causas del desprestigio de los sindicatos y del rechazo de los obreros a seguir sus consignas, era, precisamente, sus constantes pendencias. En este aspecto, los trotskistas han aportado su pequeña contribución pues no han cesado de reclamar la unidad entre los sindicatos, haciendo de ella una especie de condición previa al desarrollo de las luchas.

La derecha en el poder, por su parte, después de un alarde de determinación al principio del movimiento, se pone a dar la impresión de debilidad, a la que los media dan la mayor publicidad, dando a entender que los huelguistas podrían ganar, conseguir la retirada del plan Juppé y hasta la caída del gobierno. En realidad, el gobierno hace durar las cosas sabiendo perfectamente que los obreros que han llevado a cabo una huelga larga no van a estar dispuestos a reanudar la lucha. Será únicamente al cabo de tres semanas cuando anunciará la retirada de algunas de las medidas que habían encendido la mecha: retirada del “contrato de plan” en los ferrocarriles y, más generalmente, algunas disposiciones referentes a las jubilaciones de los empleados del Estado. Mantiene, sin embargo, lo esencial de su política: aumentos de impuestos, congelación de los salarios de los funcionarios y, sobre todo, los ataques sobre la Seguridad social.

Los sindicatos, junto con los partidos de izquierda, cantan victoria y se ponen manos a la obra, desde entonces, para que se vuelva al trabajo. Se las arreglan con habilidad para no desenmascararse: su táctica consiste en dejar que se expresen, sin que esta vez haya presión por su parte, las asambleas generales favorables mayoritariamente a la vuelta al trabajo. Serán los ferroviarios, cuyos sindicatos insisten en la “victoria”, quienes, el viernes 15 de diciembre, darán la señal del retorno, del mismo modo que habían dado la de la entrada en huelga. La televisión ahora muestra hasta la saciedad unos cuantos trenes que vuelven a circular. Al día siguiente, sábado, los sindicatos organizan ingentes manifestaciones a las que se invita a los obreros del sector privado (o sea, sobre todo la industria). Es un entierro de primera del movimiento, un último punto de honor con el que hacer tragar mejor a los obreros la píldora amarga de su derrota sobre las reivindicaciones esenciales. Un depósito tras otro, las asambleas de ferroviarios votan el fin de la huelga. En los demás sectores, el cansancio general y el efecto de arrastre hacen el resto. El lunes 18, la tendencia al retorno es casi general. El martes 19, la CGT sola, organiza una jornada de acción con manifestaciones. La movilización, comparada a la de las semanas anteriores, es tan ridícula que no puede sino convencer a los “recalcitrantes” a que vuelvan al trabajo. El jueves 21, gobierno, sindicatos y patronal se reúnen en una “cumbre”, ocasión para los sindicatos, que denuncian las propuestas del gobierno, de seguir alardeando de “defensores de los obreros”.

Un ataque político contra la clase obrera

La burguesía acaba de conseguir hacer pasar un ataque considerable, el plan Juppé, y agotar a los obreros para así disminuir su capacidad de respuesta ante ataques venideros.

Pero los objetivos de la burguesía van más allá. La manera como ha organizado su maniobra tenía el objetivo, no sólo que los obreros no puedan, con vistas a sus luchas futuras, sacar las enseñanzas de esta derrota, sino, y sobre todo, hacerlos vulnerables ante los mensajes envenenados que quiere hacerles tragar.

La amplitud que la burguesía ha dado a la movilización, la más importante desde hace años en cuanto a la cantidad de huelguistas y de manifestantes, y de la que los sindicatos han sido los artífices reconocidos, ha servido para afianzar la idea de que sólo con los sindicatos se puede hacer algo. Y eso es tanto más creíble porque, durante esta lucha, perfectamente controlada por ellos, no han estado en la situación de ser desenmascarados, ni siquiera parcialmente, como sí ocurre cuando tienen que quebrar un movimiento espontáneo de la clase. Además, han sabido tener en cuenta en su estrategia el que, mayoritariamente, la clase obrera, por mucho que los haya seguido, no les otorga gran confianza. Por eso cuidaron mucho que “participaran”, de manera ostensible, los “sin sindicato” (obreros sinceros y crédulos o submarinos de los sindicatos) en las diferentes “instancias de la lucha” como los “comités de huelga” autoproclamados. Así, a la vez que el control de los sindicatos sobre la clase obrera podrá, gracias a la maniobra, reforzarse, la confianza de los obreros en su propia fuerza, o sea su capacidad para ponerse a luchar por sí mismos, va a quedar menguada durante bastante tiempo. Esta nueva credibilidad de los sindicatos ha sido para la burguesía un objetivo fundamental, una condición previa indispensable antes de asestar los golpes venideros que van a ser todavía más brutales que los de hoy. Sólo en un contexto así podrá la burguesía tener la oportunidad de sabotear las luchas que sin lugar a dudas surgirán cuando arrecien esos golpes. Ese es sin duda uno de los aspectos esenciales de la derrota política que la burguesía ha infligido a la clase obrera.

Otro beneficiario de la maniobra en el seno de la burguesía ha sido la izquierda del capital. Las elecciones presidenciales en Francia de mayo de 1995, pusieron a todas las fuerzas de izquierda en la oposición. Como ninguna de éstas ha estado directamente implicada en la decisión de los ataques actuales, han tenido cancha libre para denunciarlos e intentar hacer olvidar que también ellas, PC y PS entre 1981 y 1984 y el PS después, han llevado a cabo la misma política antiobrera. Ha sido pues el fortalecimiento de la política de cada cual a su labor, derecha en el poder e izquierda en la oposición, lo que ha propiciado la maniobra. La derecha, encargada de asumir la responsabilidad de los ataques antiobreros. La izquierda en la oposición encargada de embaucar al proletariado, encuadrarlo y sabotear sus luchas, sobre todo gracias a sus correas de transmisión sindicales.

Otro de los objetivos de primera importancia de la burguesía era que los obreros, a base del fracaso de una lucha que se ha extendido a diferentes sectores, acaben creyendo que la extensión no sirve para nada. En efecto, hay partes importantes de la clase obrera que creen haber realizado una ampliación a otros sectores ([6]), o sea algo hacia lo que tendían las luchas obreras desde 1968 hasta el hundimiento del bloque del Este. Precisamente ha sido basándose en lo adquirido desde 1968 en lo que se ha apoyado la burguesía para meter en la maniobra a los obreros de los centros de distribución postal, como lo demuestran los argumentos usados para que cesaran el trabajo: “Los obreros de Correos (PTT) fueron vencidos en 1974 porque se quedaron aislados. Y lo mismo ocurrió con los ferroviarios en el 86, pues no lograron extender su movimiento. Hay que aprovechar hoy la ocasión que se presenta”. Esas lecciones eran blanco de la maniobra para que quedaran adulteradas.

Es todavía muy pronto para valorar el impacto de ese aspecto en la maniobra, mientras que la nueva credibilidad de los sindicatos, en cambio, es algo ya incontestable. Pero está claro que la confusión entre los obreros puede reforzarse más todavía por el hecho de que el sector ferroviario sí que ha obtenido satisfacción sobre la reivindicación que le había hecho entrar en el combate, la retirada del “plan de empresa” y los ataques sobre la jubilación. Así, la ilusión de que se podría obtener algo luchando solo en su sector va a desarrollarse y ser un poderoso estímulo para el corporativismo. Y no hablemos de la división que se ha creado así en las filas obreras, pues quienes se metieron en el combate detrás de los ferroviarios y que no han obtenido lo más mínimo, van a quedar con el resentimiento de haber quedado colgados.

En eso, son grandes las analogías con otra maniobra, la que fue montada para la lucha en los hospitales del otoño de 1988. Aquella maniobra estaba destinada a descebar una combatividad en ascenso en la clase obrera, haciendo estallar prematuramente la lucha en un sector particular, el de las enfermeras. Éstas, organizadas en la coordinación del mismo nombre, ultracorporativista, órgano prefabricado de arriba abajo por la burguesía para sustituir a unos sindicatos muy desprestigiados, obtuvieron al cabo algunas ventajas (aumento de sueldos gracias a los mil millones de francos previstos incluso antes de que estallara el conflicto). En cambio, los demás trabajadores de los hospitales, que habían entrado de lleno y masivamente en la batalla al mismo tiempo que las enfermeras, se quedaron sin nada. El desconcierto de los obreros frente al elitismo y el corporativismo de las enfermeras acabó con la combatividad en los demás sectores.

Con la permanente e insistente evocación de una pretendida semejanza entre este movimiento y el de mayo del 68, la burguesía procuraba, como ya se ha dicho, arrastrar en su maniobra a la mayor cantidad de obreros. Pero también era para ella un medio de atacar la conciencia obrera. En efecto, para millones de obreros, mayo del 68 sigue siendo una referencia, incluso para aquellos que no participaron por ser demasiado jóvenes o no ser todavía de este mundo, u obreros de otros países entusiasmados por lo que fue la primera expresión del resurgir proletario en su terreno de clase después de cuarenta años de contrarrevolución. Esas generaciones de obreros o fracciones de la clase obrera que no vivieron directamente aquellos acontecimientos, más vulnerables a la intoxicación ideológica sobre ellos, han sido un blanco muy especial para la burguesía, la cual apuntaba a hacerles creer que, en fin de cuentas, mayo del 68 no debió ser muy diferente de la huelga sindical de hoy. Es éste un nuevo ataque contra la identidad misma de la clase obrera, no tan fuerte como el tema de la “muerte del comunismo”, pero sí un obstáculo más en el camino de la superación del retroceso sufrido tras el hundimiento del bloque del Este.

Las verdaderas lecciones que deben sacarse de estos acontecimientos

La primera lección que sacaba la CCI de la maniobra de la lucha de las enfermeras en 1988 ([7]) sigue estando, por desgracia, de actualidad: “... es de suma importancia poner de relieve la capacidad de la burguesía para actuar de modo preventivo y, más en particular, para provocar el desencadenamiento de movimientos sociales de manera prematura cuando no hay todavía en la mayoría del proletariado una madurez suficiente que permita desembocar en una auténtica movilización. Esta táctica ya la ha empleado en el pasado la clase dominante, en especial en situaciones en las que los retos eran mucho más cruciales que los de estos momentos. El ejemplo más revelador nos lo ofrece lo ocurrido en Berlín en enero de 1919 cuando, tras una provocación deliberada del gobierno socialdemócrata, los obreros de dicha capital se sublevaron mientras que los de provincias no estaban todavía listos para lanzarse a la insurrección. La matanza de proletarios así como los asesinatos de los dos principales dirigentes del Partido comunista de Alemania, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, consecuencia de aquello, fueron un golpe fatal para la Revolución en Alemania, en donde, más tarde, la clase obrera fue derrotada paquete a paquete.”

Frente a un peligro así es importante que la clase obrera pueda sacar las más amplias lecciones de sus experiencias tanto de toda su historia como de las luchas de la última década.

Otra enseñanza importante es que la lucha de clases es una preocupación primordial para la burguesía de todas las naciones, y, en ese plano, como ya lo demostramos nosotros con su reacción frente a las luchas de 1980 en Polonia, es capaz de olvidarse momentáneamente de las divisiones que le son inherentes. Mantiene el silencio en las ondas frente a movimientos que se desarrollan en el terreno de clase y que podrían animar a obreros de otro país o, cuando menos, tener una influencia positiva. En cambio, deja el campo libre a la mayor publicidad de un país a otro cuando se trata de maniobras contra la clase obrera. No hay que hacerse ilusiones, la agudización irreversible de la guerra comercial y de las rivalidades imperialistas no va a entorpecer la unidad internacional que sí sabe establecer la burguesía cuando se trata de enfrentar la lucha de clases.

Lo que han demostrado igualmente las recientes huelgas en Francia es que la extensión de las luchas en manos sindicales es un arma de la burguesía. Y cuanto mayor sea esa “extensión” mayor y más profunda será la derrota infligida a los obreros gracias a ella. Es pues vital que los trabajadores aprendan a desvelar las trampas de la burguesía. Cada vez que los sindicatos llaman a la extensión, una de dos: o están obligados a “pegarse” a un movimiento que está desarrollándose, para que éste no los desborde, o lo hacen para arrastrar a la mayor cantidad de obreros a la derrota cuando la dinámica de la lucha empieza a invertirse. Esto fue lo que hicieron durante la huelga de ferroviarios en Francia, a principios de 1987, cuando llamaron a la “extensión” y al “endurecimiento” del movimiento, no, claro está, cuando la lucha estaba en su auge, sino en su pleno declinar, con el objetivo de arrastrar a la mayor cantidad de sectores de la clase obrera detrás de la derrota de los ferroviarios. Esas dos situaciones ponen de relieve la necesidad imperativa para los obreros de controlar su lucha, desde el principio hasta el final. Son sus asambleas generales soberanas las que deben decidir la extensión, para que ésta no caiga en manos de los sindicatos. Es evidente que éstos no se van a dejar, pero hay que imponer una confrontación pública y transparente con ellos, en asambleas generales soberanas, que elijan a delegados revocables en lugar de esas ramplonas reuniones manipuladas a gusto de los sindicatos como así ha ocurrido en la oleada de huelgas que acaba de ocurrir.

Y el control de su lucha por lo obreros exige necesariamente la centralización de todas sus asambleas, las cuales envían sus delegados a una asamblea central. Y que, a su vez, elige un comité central de lucha. Es esta asamblea la que garantiza en permanencia la unidad de la clase y que permite la coordinación de las formas de lucha: si tal día es oportuno o no hacer huelga, qué sectores deben hacer huelga, etc. Es también ella la que debe decidir sobre la reanudación general del trabajo, sobre un posible repliegue ordenado cuando la relación inmediata de fuerzas así lo exige. Esto no es ni una ilusión, ni pura abstracción, ni soñar despierto. Un órgano así, el soviet, los obreros rusos le dieron vida en las huelgas de masas de 1905 y después en 1917 en la revolución. La centralización de la lucha por el Soviet, ésa es una de las lecciones fundamentales del primer movimiento revolucionario de este siglo que los obreros en sus luchas futuras deberán volver a hacer suya. Así decía Trotski en su libro 1905: “¿Qué es el Soviet? El consejo de diputados obreros se formó para responder a una necesidad práctica suscitada por la coyuntura de entonces: se necesitaba una organización con una autoridad indiscutible, libre de toda tradición, que debía agrupar de entrada a las multitudes diseminadas y sin vínculo entre ellas; esta organización (...) tenía que poseer capacidad de iniciativa y debía controlarse a sí misma de manera automática: lo esencial era hacerla surgir en veinticuatro horas (...) para tener autoridad sobre las masas, al día siguiente mismo de su formación, debía constituirse sobre la base de la representación más amplia. ¿Qué principio debía adoptarse? La respuesta apareció evidente. Teniendo en cuenta que el único vínculo que había entre las masas proletarias desprovistas de organización era el proceso de producción, había que atribuir el derecho de representación a las empresas y a las fábricas” ([8]).

Aunque ese ejemplo de una centralización tan viva de un movimiento de la clase sea de un período revolucionario, ello no quiere decir que la clase obrera no pueda centralizar su lucha en otros períodos. La huelga de masas de los obreros de Polonia en 1980, si bien es cierto que no hizo surgir soviets, que son órganos de toma del poder, nos proporcionó, sin embargo, un buena ilustración de esa centralización. Desde el principio mismo de la huelga, las asambleas generales enviaron delegados (en general, dos por empresa) a una asamblea central, el MKS, para toda una región. Esa asamblea se reunía diariamente en los locales de la empresa que era el faro de la lucha, los astilleros Lenin de Gdansk y después los delegados iban a rendir cuentas de sus deliberaciones a las asambleas de base por las que habían sido elegidos, asambleas que tomaban posición sobre aquellas deliberaciones. En un país en donde las luchas anteriores de la clase obrera habían sido brutalmente ahogadas en sangre, la fuerza del movimiento paralizó el brazo asesino del gobierno, obligándolo a ir a negociar con el MKS en los locales de éste. Evidentemente, si los obreros de Polonia lograron darse, de entrada, una forma de organización así, fue porque los sindicatos oficiales estaban totalmente desprestigiados puesto que eran clara y abiertamente los policías del Estado estalinista. En realidad será la formación del sindicato “independiente” Solidarnosc lo que de verdad permitirá al gobierno llevar a cabo el aplastamiento sangriento de los obreros en diciembre de 1981. Es la mejor prueba de que los sindicatos no son, ni siquiera imperfectamente, una organización de la lucha obrera. Al contrario, mientras puedan sembrar ilusiones, son, sobre todo, el mayor obstáculo ante una organización verdadera de esa lucha. Son ellos quienes, por su presencia y su acción, entorpecen el movimiento espontáneo de la clase, surgido de las necesidades de la propia lucha, hacia la autoorganización.

A causa precisamente del peso de sindicalismo en los países centrales del capitalismo, resulta evidente que no será la forma de los MKS, y menos todavía de los soviets, la que tomarán las futuras luchas de la clase. Sin embargo, esa forma deberá servirles de referencia y de guía, debiendo los obreros pelearse para que sus asambleas generales sean verdaderamente soberanas y se determinen hacia la extensión, el control y de la centralización por sí mismas.

En realidad, las próximas luchas de la clase obrera, y durante bastante tiempo todavía, estarán marcadas por el retroceso, que la burguesía utilizará en todo tipo de maniobras. En esta difícil situación de la clase obrera, que sin embargo no pone en entredicho la perspectiva hacia enfrentamientos de clase decisivos entre burguesía y proletariado, la intervención de los revolucionarios es insustituible. Para que esa intervención sea lo más eficaz y no favorezca, sin quererlo, los planes de la burguesía, los revolucionarios, en sus análisis y sus consignas, no deben ofrecer la menor posibilidad a la presión de la ideología ambiente. Deben ser los primeros en desvelar y denunciar las maniobras del enemigo de clase.

La amplitud de la maniobra elaborada por la burguesía francesa, el hecho de que incluso se haya permitido provocar huelgas masivas que acabarán agravando más todavía sus dificultades económicas, es ya de por sí une demostración, por la contraria, de que la clase obrera y su lucha no han desaparecido, eso que tanto les gusta repetir a los “expertos” a sueldo de las universidades y demás fabricantes de ideologías. Esa ingente maniobra demuestra que la clase dominante sabe perfectamente que los ataques cada día más duros que va llevar a cabo, provocarán luchas de gran amplitud. Aunque hoy haya marcado un tanto, aunque haya ganado una victoria política, la batalla no ha terminado ni mucho menos. Para empezar, la burguesía es incapaz de impedir que se siga hundiendo irremediablemente su sistema económico. Tampoco podrá evitar que se siga deteriorando el crédito de sus sindicatos, como ocurrió durante los años 80, conforme iban saboteando las luchas obreras una tras otra. Y la clase obrera sólo podrá vencer si es capaz de comprender toda la capacidad de su enemigo, incluso basado en un sistema moribundo, para tender las trampas más sutiles y sofisticadas en el camino de su combate.

BN, 23 de diciembre de 1995.


[1] La CGT, correa de transmisión del PC; FO “socialdemócrata”; la FEN, próxima al Partido socialista, sindicato mayoritario en la educación nacional; la FSU, escisión de la FEN, más próxima al PC y a los izquierdistas.

[2] Es el nombre del Primer ministro encargado de aplicarla. Ese plan consiste, entre otras cosas, en una buena colección de ataques sobre todo en la Seguridad social en general y el seguro de enfermedad en particular.

[3] Revista internacional nº 82.

[4] Cabe recordar que en 1968, los sindicatos formaron un cordón cerrado en torno a las empresas para impedir todo contacto entre obreros y estudiantes. Es cierto que en aquella época era entre los estudiantes donde más se hablaba de “revolución” y, sobre todo, donde más se denunciaba a los partidos de izquierda, PC y PS. No había riesgo alguno de que el conjunto de la clase obrera retomara por cuenta propia la idea de la revolución, pues estaba dando los primeros pasos en la reanudación de sus combates tras cuatro décadas de contrarrevolución. Además, esa idea era bastante confusa en las mentes y los discursos de la mayoría de los estudiantes que la mencionaban, por el propio carácter pequeñoburgués de su “movimiento”. Lo que de verdad temían los sindicatos era que les fuera todavía más difícil controlar un combate obrero que se había iniciado sin ellos y que había sorprendido a toda la burguesía.

[5] El Primer ministro, a su manera, contribuyó a las manifestaciones masivas, al afirmar, cuando anunció su plan, que el gobierno no sobreviviría si bajaban a la calle dos millones de personas. A la noche de cada jornada de manifestación, los sindicatos y los media se dedicaban a echar cuentas afirmando que se acabaría por alcanzar esa cantidad. Algunos sectores de la burguesía, y algunos del extranjero, se creen o hacen creer que Juppé “metió la pata” con semejante declaración. También le echan en cara la enorme “torpeza” de haber concentrado todos sus ataques a la vez. Así dice el Wall Street Journal: “Los movimientos de huelga se deben sobre todo a que el gobierno se lo ha montado muy torpemente al intentar hacer pasar varias reformas en una vez”. También se le echa en cara su arrogancia: “La cólera pública se dirige en gran parte contra la manera autocrática con la que gobierna Alain Juppé... Es tanto una revuelta contra la altanería del golismo como contra el rigor presupuestario” (The Guardian). En realidad, esas “torpezas” y esas “arrogancias” han sido un elemento importante de la provocación: la derecha en el gobierno se daba los medios para atizar las iras obreras y facilitar el juego sindical.

[6] Eso es lo que expresa claramente un maquinista: “Me eché a la pelea como conductor. Al día siguiente me sentía ante todo ferroviario. Después me puse el traje de funcionario. Ahora me siento, sencillamente, asalariado, como la gente del sector privado que me gustaría que se unieran a la causa... Si lo dejara mañana, ya no podría mirar de frente a uno de Correos” (Le Monde, 12-13 de diciembre).

[7] Ver el artículo “Francia: Las “coordinadoras” en la vanguardia del sabotaje de las luchas”, en la Revista internacional nº 56.

[8] Véase nuestro artículo “Revolución de 1905: enseñanzas fundamentales para el proletariado”, en la Revista internacional nº 43.