IV - Los problemas del período de transición, 2

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En el artículo anterior de esta serie (Revista internacional n°127 : “Los años 1930  el debate sobre el período de transición”), emprendíamos el estudio de las lecciones sacadas por la Izquierda comunista de Italia de la primera oleada revolucionaria internacional, y de la revolución rusa en particular, y los esfuerzos que llevó a cabo para comprender cómo esas lecciones habían de aplicarse en el porvenir a las transformación revolucionaria. Poníamos de relieve el método característico de la Fracción italiana para cumplir esa tarea:

  • Intransigencia en la defensa de los principios de clase, y a la vez apertura a la discusión con otras corrientes internacionalistas. Esos dos requisitos cuadran perfectamente con el problema del periodo de transición en aquellos tiempos, pues el movimiento obrero se hallaba enfrentado a la pretensión monstruosa de Stalin de que la URSS estaba alcanzando el “socialismo” y una enorme confusión reinaba en los diferentes grupos internacionalistas sobre la naturaleza del desarrollo económico que estaba ocurriendo en el Estado “soviético”;
  • Modestia y prudencia, insistencia en la necesidad de mantenerse en el marco fundamental del marxismo –pero, a la vez, voluntad de poner en cuestión las ideas del pasado y buscar respuestas nuevas a los nuevos problemas.

Hemos mostrado cómo se concretó ese método en una serie de artículos escritos por Vercesi con el título: “Partido, Estado, Internacional”. En este número de la Revista, iniciamos la publicación de otra serie de artículos fundamentales sobre el mismo tema: los problemas del período de transición, escritos por Mitchell el cual, cuando empezó a escribir esta serie, era miembro del grupo belga, la Liga de Comunistas internacionalistas (LCI), contribuyendo después en la fundación de la fracción belga de la Izquierda comunista. Esta iba a separarse de la LCI sobre la cuestión de la Guerra de España para acabar formando, junto con la fracción italiana, la Izquierda comunista internacional. Por lo que sabemos, es la primera vez desde los años 30 que esta serie de artículos se publica y traduce a otras lenguas.

La serie de artículos de Bilan

En la introducción de este artículo, Mitchell dice claramente que “está de acuerdo con todo el marco y el espíritu de Bilan”, que rechaza toda aproximación especulativa a los problemas del periodo de transición afirmando que “el marxismo es un método experimental y no un juego de adivinanzas y conjeturas”, pues basa sus conclusiones y previsiones en acontecimientos históricos reales y en la experiencia auténtica del movimiento proletario. Prosigue planteando los ejes principales de la serie que se propone escribir:

  • las condiciones históricas en las que surge la revolución proletaria;
  • la necesidad del Estado del período de transición;
  • las categorías económicas y sociales que, inevitablemente, subsisten durante la fase transitoria;
  • ciertas soluciones necesarias para una gestión proletaria del Estado de transición.

Los artículos siguieron, más o menos, esas grandes líneas, aunque, debido a la complejidad de los problemas económicos del período de transición, acabaron siendo cinco los artículos de la serie publicados en Bilan los años siguientes. El debate, en especial, con la corriente internacionalista holandesa se siguió con gran atención, sobre todo el método que adoptó esa corriente sobre la transformación económica, método explicado en la obra: Principios fundamentales de la producción y de la distribución comunista de Jan Appel y Henrik Canne-Meyer. Estos trabajos los resumió A. Hennaut, militante de la LCI, en Bilan.

En el primer artículo que publicamos aquí, Mitchell se interesa por las condiciones históricas de la revolución proletaria. Se centra en las cuestiones y debates cruciales siguientes:

  • El comunismo es una necesidad histórica, pues el capitalismo, última forma de sociedad de clases, ha entrado en una fase de decadencia, convirtiéndose en traba definitiva al desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad. Las relaciones de producción burguesas han creado la posibilidad de una sociedad de abundancia y de libertad en la que el principio comunista: “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus medios” pueda, al fin, hacerse realidad. Sin embargo, una sociedad de abundancia y de libertad no podrá establecerse del día a la mañana, sino, únicamente, tras un período más o menos largo de transformación económica y social iniciado por la victoria política del proletariado;
  • Esa transformación no podrá ser emprendida seriamente si no es a escala mundial. A diferencia de los modos de producción anteriores que podían existir en diferentes regiones del globo, relativamente aislados unos de otros, el capitalismo es necesariamente un sistema mundial; ha creado una compleja red de interdependencia, que hace totalmente imposible que existan relaciones comunistas de producción en lugares separados. Asimismo, fue como sistema mundial cómo el capitalismo alcanzó su época de de declive histórico y no en unas cuantas regiones o países particulares, lo cual impone las mismas tareas revolucionarias a la clase obrera del mundo entero.

Con esta base resueltamente internacionalista emprende Mitchell la polémica contra los errores teóricos más importantes de aquella época de los años 30. Para empezar y ante todo, rechaza la doctrina estalinista del “socialismo en un solo país” y su pretendida base teórica: “la ley del desarrollo desigual”. Esta ley pretendía explicar por qué las diferentes partes del sistema capitalista mundial evolucionan a ritmos diferentes alcanzando niveles diferentes de desarrollo tecnológico y social. Recordemos que Stalin había hecho un uso selectivo y abusivo de un pasaje de un artículo de Lenin de agosto de 1915, “Sobre la consigna de Estados Unidos de Europa” para justificar su argumentación:

“La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De ello se deduce que la victoria del socialismo es posible al principio en un pequeño número de países capitalistas o incluso en un solo país capitalista aislado. El proletariado victorioso de ese país, tras haber expropiado a los capitalistas y haber organizado en ese país la producción socialista, se alzará contra el resto del mundo capitalista atrayendo hacia él a las clases oprimidas de los demás países, animándolas a levantarse contra los capitalistas, empleando incluso si falta hiciera, la fuerza militar contra las clases de los explotadores y sus Estados.»

Stalin recogió una frase de Lenin (“la victoria del socialismo es posible al principio en un pequeño número de países capitalistas o incluso en un solo país capitalista aislado”) para sacar una conclusión sin la menor base según la cual Lenin, con esa expresión, se referiría esencialmente a la realización de un modo de producción totalmente socialista dentro de unas fronteras nacionales y no, como así era, a la victoria política de la clase obrera como primer paso de la revolución mundial.

En su texto la Tercera Internacional después de Lenin (crítica del proyecto de programa que iba a ser adoptado en el Vº Congreso de la IC en 1928 y que, sobre todo, no era otra cosa sino el aviso del suicidio de la Internacional al hacerla adherirse a la ideología del socialismo en un solo país), Trotski muestra con energía por qué esa nueva teoría no tiene nada que ver, ni con la expresión “victoria del socialismo” utilizada por Lenin, ni con el concepto de éste sobre el desarrollo desigual. Trotski insiste en particular en que el desarrollo del capitalismo es siempre, a la vez “desigual” y “combinado”, de tal modo que todas las partes del sistema capitalista mundial, aunque estén claramente en etapas diferentes en su desarrollo material, funcionan como un conjunto mutuamente determinado. Y concluía que una evolución autárquica hacia el socialismo era totalmente imposible.

Mitchell reconoció que Trotski y sus seguidores fueron entre los primeros en oponerse a la teoría del socialismo en un solo país. Pero al mismo tiempo, les reprocha que acepten el “desarrollo desigual” como una “ley incondicional”, haciendo así concesiones a la posibilidad de avances nacionales hacia el socialismo. En la Tercera Internacional después de Lenin, Trotski va tan lejos que incluso acaba defendiendo la idea de que esta ley ha regido toda la historia de la humanidad. En realidad, es más exacto defender que el desarrollo desigual es una consecuencia particular de las relaciones sociales que rigen los diferentes modos de producción: en el capitalismo, es el resultado de las leyes de la acumulación, las cuales hacen que la producción de riquezas en un lado engendre la pobreza en el otro. Las disparidades entre diferentes regiones geográficas son patentes en la época del imperialismo. Podría así argumentarse que la aceptación de la “ley” del desarrollo desigual por los trotskistas los llevó a hacer concesiones a la noción de Estados obreros aislados, capaces de hacer avances significativos en la vía al socialismo dentro de un marco nacional. Una buena parte de los artículos de Mitchell, en esta serie, va dirigida contra la tendencia de los trotskistas a perder el menor sentido crítico ante el crecimiento frenético de la producción industrial en la URSS durante los años 1930.

Mitchell también critica las tesis mencheviques y kautskystas, recogidas por internacionalistas auténticos como Hennaut y los comunistas de consejos holandeses, los cuales veían el origen de los fracasos de la revolución rusa en el atraso de las condiciones materiales en la propia Rusia. En contra de esa idea de que existirían países particulares que están “maduros” para el socialismo y otros que no lo están, Mitchell insiste una y otra vez en que el problema sólo puede plantearse en un marco internacional:

“Hemos subrayado, al principio de este estudio, que el capitalismo, aunque haya desarrollado poderosamente las capacidades productivas de la sociedad, no ha reunido, por eso mismo, todas las fuerzas materiales que permiten la organización inmediata del socialismo. (…) Como lo dice Marx solo existen las condiciones materiales para resolver el problema “o al menos están a punto de hacerlo”. Esa concepción restrictiva se aplica con más razón todavía a cada uno de los componentes nacionales de la economía mundial. Todos ellos están históricamente maduros para el socialismo, pero ninguno de ellos lo está hasta el punto de reunir todas las condiciones materiales necesarias para la edificación del socialismo íntegro, sea cual sea el desarrollo que hayan alcanzado”

Al ir publicando la serie de artículos de Mitchell, tendremos ocasión de poner de relieve algunas debilidades e incoherencias de su contribución, algunas poco importantes, otras mucho más, pero los pasajes como el citado confirman que cuando se trata de cuestiones fundamentales, nosotros, CCI, como Mitchell, seguimos trabajando “en total acuerdo con el marco y el espíritu de Bilan”.

CDW