XII° Congreso de la CCI - Resolución sobre la situación internacional

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Resolución sobre la situación internacional

 

1. No son una novedad las mentiras sobre la supuesta «quiebra definitiva del marxismo», abundamente repetidas cuando el hundimiento de los regímenes estalinistas a finales de los 80 y comienzos de los 90. La izquierda de la Segunda internacional, encabezada por Rosa Luxemburgo, ya tuvo que combatir hace exactamente un siglo las tesis revisionistas que afirmaban que Marx se había equivocado al anunciar la perspectiva de quiebra del capitalismo. Con la Primera Guerra mundial y la gran depresión de los años 30 que acabó con el corto período de reconstrucción de la posguerra, la burguesía no tuvo suficiente tiempo para seguir haciendo su propaganda. Sin embargo, las dos décadas de «prosperidad»  que siguieron a la Segunda Guerra mundial permitieron la reaparición hasta en ámbitos «radicales» de «teorías» que sepultaban definitivamente una vez más al marxismo y sus previsiones sobre al hundimiento del capitalismo. Esos conciertos de autosatisfacción quedaron evidentemente malparados por la crisis abierta del capitalismo a finales de los 60, cuyo ritmo lento (con períodos de «reanudación»  como la que hoy conocen las economías norteamericana e inglesa) permite sin embargo a la propaganda burguesa esconder a la gran mayoría de los proletarios tanto la realidad como la amplitud del callejón sin salida en el que está metido el modo de producción capitalista. Por eso es la responsabilidad de los revolucionarios, de los marxistas, denunciar permanentemente las mentiras burguesas sobre las pretendidas posibilidades del capitalismo para «salir de la crisis» y ajustarle las cuentas a los «argumentos» utilizados para «demostrar» tales posibilidades.

2. A mediados de los 70, ante la evidencia de la crisis, empezaron ya los «expertos» a buscar todas las explicaciones posibles que permitieran a la burguesía tranquilizarse en cuanto a las perspectivas de su sistema. Incapaces de plantearse la quiebra definitiva del sistema, haciendo evidentemente caso omiso de las causas reales, la clase dominante necesitaba explicar las dificultades crecientes de la economía mundial basándose en causas circunstanciales, no solo para engañar a la clase obrera sino también por su propia tranquilidad. Una tras otra, varias explicaciones ocuparon las primeras planas en la prensa:

– la «crisis del petróleo», tras la guerra del Kipur de 1973 (era olvidarse que la crisis abierta ya tenía seis años en aquel entonces, y que las alzas de los precios del crudo no habían sino acentuado una degradación que ya se había manifestado con las recesiones de 1967 y 1971);

– los excesos de política neokeynesiana practicada desde el final de la guerra, que acabarían provocando una inflación galopante: se necesitaba «menos Estado»;

– los excesos de «reaganomics» de los 80 que habrían provocado un aumento sin precedentes del desempleo en los principales países.

Fundamentalmente, había que agarrarse a la idea de que existía una salida, de que con una «gestión buena» podía la economía volver a los esplendores de las décadas de posguerra. Era necesario buscar y encontrar el secreto perdido de la «prosperidad».

3. Durante bastante tiempo, mientras los demás países se enfrentaban al marasmo, los resultados económicos de Japón y Alemania se utilizaron para demostrar la supuesta capacidad del capitalismo para «superar su crisis»: el credo de los apologistas a sueldo del capitalismo era afirmar que «cada país debe tener las virtudes de los dos grandes vencidos de la Segunda Guerra mundial, y todo se arreglará». Hoy, tanto Japón como Alemania a su vez se ven afectados por la crisis. Japón tiene las mayores dificultades para relanzar un «crecimiento» que tanta fama le dio, y ahora ha sido clasificado en la categoría D (junto con Brasil y México), que es el índice de los países con riesgos, a causa de la amenaza que representan las deudas acumuladas por el Estado, las empresas y los particulares (éstas equivalen a dos años y medio de la producción nacional). En cuanto a Alemania, alcanza hoy el nivel de desempleo más importante de la Unión europea y ni siquiera logra cumplir los «criterios de Maastricht» indispensables para establecer la «moneda única». En fin de cuentas, se puede ahora entender que las pretendidas «virtudes» de ambos países en el pasado no eran otra cosa sino cortinas de humo que ocultaban la misma huida ciega propia del capitalismo en estas últimas décadas. En realidad, las dificultades actuales de esos dos «buenos alumnos»  de los años 70 y 80 son la mejor ilustración de la imposibilidad del capitalismo para proseguir con la trampa en que se basó fundamentalmente la reconstrucción tras la Segunda Guerra mundial y le ha permitido hasta ahora evitar un hundimiento semejante al de los años 30: el uso y abuso sistemático del crédito.

4. Cuando denunciaba las «teorías» de los revisionistas, Rosa Luxemburg ya tuvo que echar abajo la idea según la cual el crédito podía permitir al capitalismo superar las crisis. Habrá podido ser un estimulante indiscutible del desarrollo del sistema, tanto para la concentración del capital como en lo que toca a su circulación; sin embargo nunca podrá sustituir al propio mercado real como alimento de la expansión capitalista. Los créditos permiten acelerar la producción y comercialización de las mercancías, pero han de pagarse algún día. Y este reembolso sólo es posible si esas mercancías han podido cambiarse en el mercado, el cual, como Marx lo demostró sistemáticamente contra los economistas burgueses, no es un resultado automático de la producción. En fin de cuentas, el crédito no permite ni mucho menos superar las crisis, sino, al contrario, lo que hace es ampliarlas y hacerlas más graves, como lo demostró Rosa Luxemburg apoyándose en el marxismo. Las tesis de la izquierda marxista contra el revisionismo de finales del siglo pasado siguen siendo hoy perfectamente válidas. Hoy como ayer, el crédito no puede ampliar los mercados solventes. Enfrentado a la saturación definitiva de éstos (mientras que en el siglo pasado existía la posibilidad de conquistar nuevos mercados), el crédito se ha convertido en condición indispensable para dar salida a la producción, haciendo así las veces del mercado real.

5. Esa realidad ya se confirmó en la posguerra con el plan Marshall, el cual, además de su función estratégica en la formación del bloque occidental, permitió a EE.UU. dar salida a la producción de sus industrias. Permitió que las economías europeas y japonesa se reconstruyeran, pero también las transformó en rivales de la economía norteamericana, lo que provocó la crisis abierta del capitalismo mundial. Desde entonces, ha sido sobre todo mediante el crédito, el endeudamiento creciente, si la economía mundial ha logrado evitar une depresión brutal como la de los años 30. Fue así como la recesión de 1974 pudo ser superada hasta principios de los 80, gracias al impresionante endeudamiento de los países del Tercer mundo que acabó desembocando en la crisis de la deuda a principios de los años 80, la cual coincidió con una nueva recesión todavía más importante que la de 1974. Esta nueva recesión mundial sólo pudo ser superada gracias a los colosales déficits comerciales de EE.UU. cuya cifra de la deuda externa ha acabado por competir con la del Tercer mundo. Paralelamente, estallaron los déficits de los presupuestos de los países avanzados, lo cual permitió mantener la demanda, pero desembocó en una situación de quiebra para los Estados (cuya deuda representa entre el 50% y el 130% de la producción anual según los países). Por eso es por lo que la recesión abierta, la que se expresa en números negativos en las tasas de crecimiento de la producción de un país, no son el único dato de la gravedad de la crisis. En casi todos los países, el déficit anual del presupuesto de los Estados (sin contar el de las administraciones territoriales) es superior al crecimiento de la producción; eso significa que si esos presupuestos estuvieran en equilibrio (único medio de estabilizar la deuda acumulada de los Estados) todos esos países estarían en recesión abierta.

La mayor parte de la deuda no es, evidentemente, reembolsable, y viene acompañada de quiebras financieras periódicas, cada vez más graves, verdaderos terremotos para la economía mundial (1980, 1989) y que siguen siendo más que nunca una amenaza.

6. Recordar esos hechos permite poner en su sitio los discursos sobre la «salud» actual de las economías británica y estadounidense que contrasta con la apatía de sus competidores. En primer lugar, hay que relativizar la importancia de los «éxitos» de esos dos países. La baja muy sensible de la tasa de desempleo en Gran Bretaña, por ejemplo, se debe en gran parte, como así lo ha reconocido el propio Banco de Inglaterra, a la supresión en las estadísticas (cuyo sistema de cálculo ¡ha sido cambiado 33 veces desde 1979!) de los desempleados que han renunciado a buscar trabajo. En gran parte esos «éxitos» se deben a la mejora de la competitividad de esas economías en el ruedo internacional (basada en especial en la debilidad de su moneda; el mantenimiento de la libra fuera del sistema monetario aparece hasta ahora como una medida acertada), o sea, en una degradación de las economías competidoras. Es algo que había ocultado la sincronización mundial de los períodos de recesión y los de «recuperación» que hasta ahora se han conocido: la relativa mejora de la economía de un país ya no exige la mejora de la de sus «socios», sino, básicamente lo contrario, su degradación, pues los tales «socios» son ante todo competidores. Con la desaparición del bloque USA tras la del bloque URSS a finales de los años 80, la coordinación (a través del G7, por ejemplo) del pasado entre las políticas económicas de los principales países occidentales (lo cual era un factor nada desdeñable para frenar el ritmo de la crisis) ha dejado paso a tendencias centrífugas cada vez más violentas. En tal situación, es privilegio de la primera potencia mundial imponer sus dictados en el ruedo comercial en provecho de su propia economía nacional. Eso es lo que en parte explica los «éxitos» actuales del capital americano.

Si ya los resultados actuales de las economías anglosajonas no significan ni mucho menos una posible mejora del conjunto de la economía mundial, tampoco van a durar. Tributarias del mercado mundial, el cual no podrá superar su saturación total, acabarán por chocar contra ésta. Ningún país ha resuelto el problema del endeudamiento generalizado aunque se hayan reducido un poco los déficits presupuestarios de EE.UU. en los últimos años. La mejor prueba de ese problema es el pánico que se apodera de los principales responsables económicos (como el presidente del Banco federal estadounidense) por si el «crecimiento» actual no desemboca en «recalentamiento» y en retorno de la inflación. En realidad, detrás de ese miedo al recalentamiento lo que hay es el hecho de que el «crecimiento» actual se basa en una deuda desenfrenada que, obligatoriamente, va a provocar una vuelta de manivela catastrófica. La extrema fragilidad en la que se basan los «éxitos» actuales de la economía americana nos ha sido confirmada por el brote de pánico de Wall Steet y de otras bolsas de valores, cuando el Banco federal anunció a finales de marzo de 1997 la subida mínima de tipos de interés.

7. Entre las mentiras abundantemente propaladas por la clase dominante para hacer creer en la viabilidad, a pesar de todo, de su sistema, ocupa también un lugar especial el ejemplo de los países del Sureste asiático, los «dragones» (Corea del Sur, Taiwán, Hongkong y Singapur) y los «tigres» (Tailandia, Indonesia y Malasia) cuyas tasas de crecimiento actuales (algunas de dos cifras) hacen morir de envidia a los burgueses occidentales. Esos ejemplos servirían para demostrar que el capitalismo actual puede tanto desarrollarse en los países atrasados como evitar la fatalidad de la caída o el estancamiento del crecimiento. En realidad, el «milagro económico» de la mayoría de esos países (especialmente Corea y Taiwán) no es ni mucho menos casual: es la consecuencia del plan equivalente al plan Marshall que instauró Estados Unidos durante la guerra fría para frenar el avance del bloque ruso en la región (inyección masiva de capitales hasta el 15 % del PNB, control directo de la economía nacional, apoyándose en el aparato militar para así compensar la casi ausencia de burguesía nacional y superar las resistencias de los sectores feudales, etc.). Como tales, esos ejemplos no son, ni mucho menos, generalizables al conjunto del Tercer mundo, el cual sigue, en su gran mayoría, hundiéndose en una sima sin fondo. Por otra parte, la deuda de la mayoría de esos países, tanto la externa como la interna de los Estados, está alcanzando grados que los está poniendo en la misma situación amenazante que los demás países. Y, aunque los bajos precios de la fuerza de trabajo han sido un atractivo para muchas empresas occidentales, el que acaben siendo rivales comerciales para los países avanzados les hace correr el riesgo de que se incrementen las barreras comerciales a sus exportaciones. En realidad, si bien hasta ahora aparecen como excepciones, no podrán indefinidamente evitar, como tampoco lo pudo su gran vecino Japón, las contradicciones de la economía mundial que han cambiado en pesadilla otros «cuentos de hadas» anteriores, como el de México. Por todas esas razones, junto a los discursos ditirámbicos, los expertos internacionales y las instituciones financieras ya están tomando medidas para limitar los riesgos financieros en esos países. Y las medidas destinadas a hacer más «flexible» la fuerza de trabajo que han sido la causa de las recientes huelgas en Corea, muestran a las claras que la propia burguesía local es consciente de que se están acabando las vacas gordas. Como escribía el diario londinense The Guardian el 16 de octubre de 1996: «De lo que se trata es de saber qué tigre asiático caerá primero».

8. El caso de China, a la que algunos presentan como la futura gran potencia del siglo próximo, tampoco se sale de la regla. La burguesía de ese país ha conseguido hasta ahora efectuar con éxito la transición hacia las formas clásicas de capitalismo, contrariamente a los países de Europa del Este, cuyo marasmo total (con alguna que otra excepción) es un áspero mentís a todos los discursos sobre las pretendidas «enormes perspectivas» que aparecían ante ellos tras el abandono de sus regímenes estalinistas. Sin embargo, el atraso de China es considerable y gran parte de su economía, como la de todos los regímenes de corte estalinista, se ahoga bajo el peso de la burocracia y de los gastos militares. Según reconocen las propias autoridades, el sector público es globalmente deficitario y a cientos de miles de obreros se les paga con meses de retraso. Y aunque el sector privado es más dinámico, le cuesta, por un lado, superar el lastre del sector estatal y, por otro, depende mucho de las fluctuaciones del mercado mundial. Y el «formidable dinamismo» de la economía china será incapaz de hacer desparecer los 250 millones de desempleados, incluso en la hipótesis del crecimiento actual, que contará a finales de siglo.

9. Se mire adonde se mire, por un lado y otro, con solo ser un poco resistente a las canciones de cuna de los apologistas del modo de producción capitalista y basándose en las enseñanzas del marxismo, la perspectiva de la economía no puede ser otra que la de una catástrofe cada vez mayor. Los pretendidos éxitos actuales de algunas economías (países anglosajones o Sureste asiático) no son el porvenir del conjunto del capitalismo. Son un espejismo que no podrá ocultar durante más tiempo el desierto económico. De igual modo, los discursos sobre la «globalización», pretendida era de libertad y de expansión del comercio, lo único que intentan encubrir es la agudización sin precedentes de la guerra comercial en la que los conjuntos de países como la Unión europea no son sino fortalezas contra la competencia de otros países. Así, una economía mundial en equilibrio inestable sobre un montón de deudas, que nunca serán reembolsadas, se verá cada día más enfrentada a las convulsiones propias de la tendencia de «cada cual para sí», fenómeno típico del capitalismo pero que hoy, en este período de descomposición, ha alcanzado una nueva dimensión. Los revolucionarios, los marxistas, no pueden prever las formas precisas ni el ritmo del hundimiento del modo de producción capitalista. Les incumbe, eso sí, afirmar claramente y demostrar que el capitalismo está en un atolladero, denunciar todas las mentiras sobre el tan manido mito de la «salida del túnel» de ese sistema.

10. Más aún que en el ámbito económico es en las relaciones entre los Estados en las que el caos típico del período de descomposición ejerce sus efectos. En el momento del desmoronamiento del bloque del Este que desembocó en la desaparición del sistema de alianzas surgido tras la IIªGuerra mundial, la CCI puso de relieve:

– que esa situación ponía al orden del día, sin que fuera inmediatamente realizable, la reconstitución de nuevos bloques, dirigido uno por Estados Unidos y por Alemania el otro;

– que, en lo inmediato, esa nueva situación iba a desembocar en enfrentamientos en serie que «el orden de Yalta» había logrado mantener dentro de un marco «aceptable» para los dos gendarmes del mundo.

En un primer tiempo, la tendencia a la formación de un nuevo bloque en torno a Alemania, en la dinámica de reunificación del país dio pasos significativos. Pero rápidamente, las tendencias centrífugas han ido ganando la partida a la tendencia a la constitución de alianzas estables anunciadoras de futuros bloques imperialistas, lo cual ha contribuido a multiplicar y agravar los enfrentamientos militares. El ejemplo más significativo ha sido el de Yugoslavia cuyo estallido fue favorecido por los intereses imperialistas antagónicos de los grandes Estados europeos, Alemania, Gran Bretaña y Francia. Los enfrentamientos en la ex Yugoslavia abrieron un foso entre los dos grandes aliados de la Comunidad europea, Alemania y Francia, provocando un acercamiento espectacular entre Francia y Gran Bretaña y el final de la alianza entre ésta y EE.UU., la más sólida y duradera del siglo XX. Desde entonces, esas tendencias centrífugas, «cada uno para sí», de caos en las relaciones entre Estados, con sus alianzas en serie circunstanciales y efímeras, no solo no han amainado sino todo lo contrario.

11. Así, en el último período ha habido una serie de modificaciones sensibles en las alianzas que se habían formado en el período anterior:

– distensión de lazos entre Francia y Gran Bretaña. Esto se ha ilustrado en la falta total de apoyo por parte de ésta a las reivindicaciones de aquélla (reelección de Butros-Ghali para la ONU o la exigencia de un jefe europeo para el mando Sur de la OTAN en Europa);

– nuevo acercamiento entre Francia y Alemania, concretado, entre otras cosas, en el apoyo de ésta a esas mismas reivindicaciones de Francia;

– disminución de los conflictos entre Estados Unidos y Gran Bretaña, plasmada, en particular, en el apoyo de ésta a EE.UU. en esos mismos temas.

De hecho, una de las características de la evolución de las alianzas es que únicamente Estados Unidos y Alemania tienen, y pueden tener, una política coherente a largo plazo: en el caso de EE.UU. la preservación de su liderazgo, en el de Alemania el desarrollo de su propio liderazgo sobre una parte del mundo, pues lo único que les queda a las demás potencias son políticas circunstanciales cuyo objetivo es, en buena parte, frenar a aquellas dos. La primera potencia mundial está enfrentada, desde que desapareció la división del mundo en dos bloques, a una puesta en entredicho permanente de su autoridad por parte de sus antiguos aliados.

12. La expresión más espectacular de esa crisis de autoridad del gendarme del mundo fue la ruptura de su alianza histórica con Gran Bretaña, a iniciativa de ésta, en 1994. Se concretó también en la larga impotencia de EE.UU., hasta el verano de 1995, en uno de los terrenos de máximo enfrentamiento imperialista, la antigua Yugoslavia. Más recientemente, en septiembre de 1996, se ha plasmado en las reacciones casi unánimes de hostilidad contra los bombardeos sobre Irak con 44 misiles de crucero, mientras que en 1990-91, Estados Unidos había conseguido recabar el apoyo de esos mismo países para el operativo «Tempestad del desierto». Es de señalar, por lo que se refiere a los Estados de la región, la firme condena de Egipto y Arabia Saudí en total contraste con el apoyo indefectible que proporcionaron al tío Sam cuando la guerra del Golfo. Entre otros ejemplos del cuestionamiento del liderazgo americano hay que señalar:

– la protesta general contra la ley Helms-Burton que refuerza el embargo contra Cuba, cuyo «líder máximo» fue después recibido con todos los honores, y por primera vez, en el Vaticano;

– la llegada al poder en Israel, contra la voluntad manifiesta de EE.UU., de las derechas, las cuales, desde entonces, lo han hecho todo por sabotear el proceso de paz con los palestinos, proceso que era uno de los grandes éxitos de la diplomacia USA;

– más en general, la pérdida del monopolio en el control de la situación en Oriente Medio, zona crucial si las hay, ilustrada por el retorno de Francia, la cual se ha impuesto a finales del 95 como copadrino para la solución del conflicto entre Israel y Líbano. El éxito de Francia en la región quedó confirmado por la cálida acogida que Arabia Saudí dio a Chirac en octubre de 1996;

– la invitación reciente a varios dirigentes europeos (y entre ellos también Chirac, quien ha dirigido llamamientos a la independencia para con Estados Unidos) por Estados de América del Sur sancionan el final del control exclusivo de esta zona por parte de EE.UU.

13. Sin embargo, el período más reciente ha estado marcado, como ya lo constatamos hace un año en el XIIºCongreso de la sección en Francia, por una contraofensiva masiva por parte de EE.UU. Esa contraofensiva se ha plasmado muy especialmente en la ex Yugoslavia a partir de 1995 bajo las banderas de la IFOR que sucedió a la UNPROFOR, la cual había sido durante varios años el instrumento de la presencia dominante del tándem franco-británico. La mejor prueba del éxito estadounidense fue la firma en Dayton, Estados Unidos, de los acuerdos de paz sobre Bosnia. Desde entonces, el nuevo avance de la potencia americana no se ha desmentido. Sobre todo ha logrado dar una severo golpe al país que la había retado más abiertamente, Francia, en su «coto de caza» de África. Después de haber eliminado por completo la influencia francesa en Ruanda, le toca ahora a la posición principal de Francia en el continente, Zaire, país que se le va de las manos por completo, con el desmoronamiento del régimen de Mobutu frente a los golpes que le dan los «rebeldes» de Kabila, apoyado masivamente por Ruanda y Uganda, o sea, por Estados Unidos. Es un castigo muy severo el que le está infligiendo Estados Unidos a Francia, un castigo que quisiera ser ejemplar para otros países que quisieran imitarla en su política de reto permanente. Es un castigo que remata otros golpes que EEUU ha dado a Francia como lo de la sucesión de Butros-Ghali o en el problema del mando Sur de la OTAN.

14. La burguesía británica ha tomado últimamente sus distancias con la francesa, precisamente porque ha comprendido los riesgos que corría embarcándose en la política aventurista de Francia, la cual, de manera regular, se propone objetivos que van más allá de sus capacidades reales. Ese distanciamiento ha sido favorecido en gran medida por la acción tanto de EE.UU. como de Alemania, quienes no podían ver con buenos ojos la alianza trabada entre Francia y Gran Bretaña a partir de la cuestión
yugoslava. Los bombardeos estadounidenses sobre Irak, en septiembre de 1996, tuvieron la gran ventaja para EE.UU. de meter una cuña entre las diplomacias francesa y británica, apoyando aquélla lo mejor que podía a Sadam Husein y ésta apostando, junto con EE.UU., por la destrucción del régimen irakí. Del mismo modo, Alemania no ha dejado de hacer labor de zapa contra la solidaridad franco-británica en los temas que más duelen como en de la Unión europea y la moneda única (3 cumbres franco-alemanas en dos semanas sobre la cuestión en diciembre de 1996). Es pues en este marco en el que puede comprenderse la nueva evolución de las alianzas durante los últimos tiempos de que hablábamos arriba. De hecho, la actitud de Alemania y sobre todo la de EEUU confirma lo que decíamos ya en el Congreso anterior de la CCI: «En tal situación de inestabilidad, es más fácil para cada potencia crear desórdenes en sus adversarios, sabotear las alianzas que no le aventajan, que desarrollar por su parte alianzas sólidas y asegurarse una estabilidad en sus dominios» («Resolución sobre la situación internacional», punto 11). Sin embargo, debemos poner de relieve las diferencias importantes tanto en los métodos como en los resultados de la política seguida por esas dos potencias.

15. El resultado de la política internacional de Alemania no se limita, ni mucho menos, a separar a Francia de Gran Bretaña y obtener que Francia reanude su alianza pasada, lo cual se ha concretado, entre otras cosas, en tiempos recientes, en acuerdos militares de gran importancia, tanto en el terreno, en Bosnia (creación de una brigada conjunta) como en acuerdos de cooperación militar (firma en 9 de diciembre de un acuerdo por «un concepto común en materia de seguridad y de defensa»). Estamos asistiendo, en realidad, a un despliegue muy significativo del imperialismo alemán que se plasma en:

– el hecho de que en la nueva alianza entre Francia y Alemania, ésta se encuentra en una relación de fuerzas mucho más favorable que en el período 1990-94, al haberse visto obligada Francia a volver con su antigua pareja a causa de la defección de Gran Bretaña.

– una ampliación de su zona tradicional de influencia hacia los países del Este, y muy especialmente con el desarrollo de una alianza con Polonia;

– un fortalecimiento de su influencia en Turquía (cuyo gobierno dirigido por el islamista Erbakan es más favorable a la alianza alemana que el precedente), que le sirve de paso hacia el Cáucaso (en donde apoya a los movimientos nacionalistas que se oponen a Rusia) y hacia Irán con quien Turquía ha firmado importantes acuerdos;

– el envío, por vez primera desde la Segunda Guerra mundial, de unidades fuera de sus fronteras, y precisamente a la zona de los Balcanes, con el cuerpo expedicionario presente en Bosnia en el marco de la IFOR (lo que permite al ministro de defensa declarar que «Alemania desempeñará un papel importante en la nueva sociedad»).

Por otra parte, Alemania, en compañía de Francia, ha iniciado un acoso diplomático en dirección de Rusia, país del que Alemania es primer acreedor y que no ha sacado grandes ventajas de su alianza con Estados Unidos.

16. Así, ya hoy, Alemania está colocándose en su papel de principal rival imperialista de EE.UU. Cabe señalar que Alemania ha conseguido hasta hoy avanzar sus peones sin exponerse a las represalias del mastodonte americano, evitando desafiarlo abiertamente como lo hace Francia. La política del águila alemana (que por el momento está logrando ocultar sus garras) aparece en fin de cuentas más eficaz que la del gallo galo. Esto es a la vez consecuencia de los límites que sigue imponiéndole su estatuto de vencido de la IIª Guerra mundial (aunque su política actual está intentando saltarse ese estatuto precisamente) y de su seguridad de ser la única potencia que podría tener una posibilidad, a largo plazo, de ponerse a la cabeza de un nuevo bloque imperialista. Es también el resultado de que, hasta ahora, Alemania ha podido hacer avanzar sus posiciones sin hacer alarde directo de su fuerza militar, aunque sí es cierto que dio un apoyo importante a su aliado croata en su guerra contra Serbia. Pero la novedad histórica de su presencia militar en Bosnia no sólo rompe un tabú, sino que indica el camino por el que va a orientarse Alemania cada vez más para mantener su rango. Y será, a medio plazo, no sólo indirectamente (como en Croacia y, en menor medida, en el Cáucaso) como el imperialismo alemán aportará su contribución a los conflictos sangrientos y a las matanzas que asolan el mundo actual, sino de manera más directa.

17. En lo que a la política internacional de Estados Unidos se refiere, el alarde y el empleo de la fuerza armada no sólo forman parte de sus métodos desde hace tiempo, sino que es ya el principal instrumento de defensa de sus intereses imperialistas, como así lo ha puesto de relieve la CCI desde 1990, antes incluso de la guerra del Golfo. Frente a un mundo dominado por la tendencia a «cada uno para sí», en el que los antiguos vasallos del gendarme estadounidense aspiran a quitarse de encima la pesada tutela que hubieron de soportar ante la amenaza del bloque enemigo, el único medio decisivo de EE.UU. para imponer su autoridad es el de usar el instrumento que les otorga una superioridad aplastante sobre todos los demás Estados: la fuerza militar. Pero en esto, EE.UU. está metido en una contradicción:

– por un lado, si renuncia a aplicar o a hacer alarde de su superioridad militar, eso no puede sino animar a los países que discuten su autoridad a ir todavía más lejos;

– por otro lado, cuando utilizan la fuerza bruta, incluso, y sobre todo, cuando ese medio consigue momentáneamente hacer tragar sus veleidades a los adversarios, ello lo único que hace es empujarlos a aprovechar la menor ocasión para tomarse el desquite e intentar quitarse de encima la tutela americana.

De hecho, la afirmación de la superioridad militar actúa en sentido contrario según si el mundo está dividido en bloques, como antes de 1989, o si los bloques ya no existen. En aquel caso, la afirmación de la superioridad tiende a fortalecer la confianza de los vasallos hacia su líder en su capacidad para defenderlos con eficacia y es, pues, un factor de cohesión en torno a él. En el segundo caso, las demostraciones de fuerza de la única superpotencia que se ha mantenido dan, en fin de cuentas, el resultado de agravar todavía más las tendencias centrífugas, mientras no exista una potencia que pueda hacerle frente a ese nivel. Por eso, los éxitos de la contraofensiva actual de Estados Unidos no deben ser considerados, ni mucho menos, como definitivos, como una superación de su liderazgo. La fuerza bruta, las maniobras para desestabilizar a sus competidores (como hoy en Zaire) con todo su cortejo de consecuencias trágicas, van a seguir siendo utilizadas por esa potencia, contribuyendo así a agudizar el caos sangriento en el que se hunde el capitalismo.

18. Ese caos parece haber evitado relativamente y por ahora a Extremo oriente y Asia del Sureste. Pero es importante subrayar el incremento de cargas explosivas que está ocurriendo ahora:

– intensificación de los esfuerzos de armamento de las principales potencias, China y Japón;

– voluntad de Japón por sacudirse lo más posible el control americano heredado de la IIª Guerra mundial;

– política más abiertamente «contestataria» de China (este país parece ocupar un lugar parecido al de Francia en occidente, mientras que Japón actúa con una diplomacia más parecida a la alemana).

– amenaza de desestabilización política en China (sobre todo desde la muerte de Deng);

– existencia de múltiples «contenciosos» entre Estados (Taiwán y China, ambas Coreas, Vietnam y China, India y Pakistán, etc.).

Del mismo modo que no podrá evitar la crisis económica, esta región tampoco podrá librarse de las convulsiones imperialistas que están asaltando al mundo de hoy, contribuyendo a acentuar el caos general en el que se hunde la sociedad capitalista.

19. Este caos general, con su cortejo de conflictos sangrientos, masacres, hambre y más generalmente la descomposición que va corroyendo todos los aspectos de la sociedad y que contiene la amenaza de aniquilarla, tiene su principal alimento en el callejón sin salida en el que está metida la economía capitalista. Sin embargo, al provocar necesariamente ataques permanentes y siempre más brutales contra la clase productora de lo esencial de la riqueza social, el proletariado, semejante situación también provoca la reacción de ésta y contiene entonces la perspectiva de su surgimiento revolucionario. Desde finales de los 60, el proletariado mundial ha hecho la prueba de que no estaba dispuesto a sufrir pasivamente los ataques del capital y las luchas que ha desarrollado desde los primeros ataques debidos a la crisis muestran que ha salido de la terrible contrarrevolución que lo hundió tras la oleada revolucionaria de los años 1917-23. Sin embargo, estas luchas no se han desarrollado de forma continua, sino con tropiezos, avances y retrocesos. Así es cómo la lucha de clases ha conocido entre 1968 y 1989 tres oleadas sucesivas de combates (1968-74, 1978-81, 1983-89) durante las cuales, a pesar de las derrotas, vacilaciones y retrocesos, las masas obreras han adquirido una experiencia creciente que les ha permitido en particular ir rechazando el encuadramiento sindical. Esta progresión de la clase obrera hacia una toma de conciencia de los fines y los medios de su combate se vio interrumpida, sin embargo de forma brutal a finales de los 80: «Esta lucha, que surgió fuertemente a finales de los años 80, acabando con la contrarrevolución más terrible que haya conocido la clase obrera, sufrió un retroceso considerable con el hundimiento de los regímenes estalinistas, las campañas ideológicas que lo han acompañado y la serie de acontecimientos (guerra del Golfo, guerra en Yugoslavia, etc.) que siguieron. Es en esos dos planos, el de la combatividad y el de la conciencia, en los que la clase obrera ha sufrido, masivamente, ese retroceso, sin que esto ponga en entredicho, como la CCI lo afirmó en aquel entonces, el curso histórico hacia enfrentamientos de clase» («Resolución sobre la situación internacional», XIo Congreso de la CCI).

20. A partir del otoño del 92, el proletariado ha retomado el camino de la lucha con las grandes movilizaciones obreras en Italia. Pero es un camino lleno de trampas y dificultades. En el otoño del 89, cuando el hundimiento de los regímenes estalinistas, la CCI anunció este retroceso de la conciencia provocado por este acontecimiento y precisó: «la ideología reformista va a pesar muy poderosamente sobre las luchas en el período venidero, favoreciendo así fuertemente la acción de los sindicatos» («Tesis sobre la crisis económica y política de al URSS y en los países del Este», Revista internacional no 60). Y hemos asistido efectivamente durante este período a un reforzamiento de los sindicatos, resultante de una estrategia elaboradísima por parte de todas las fuerzas de la burguesía. Esta estrategia tenía como primer objetivo aprovecharse del desconcierto provocado en la clase obrera por los acontecimientos de 1989-91 para volver a dar el máximo crédito a los aparatos sindicales cuyo desprestigio de los años 80 seguía manifestándose. La mayor ilustración de esta ofensiva política de la burguesía está en la maniobra desarrollada en Francia por la clase dominante durante el otoño del 95. A favor de un hábil reparto de tareas entre por un lado la derecha en el poder que desencadenó de forma particularmente provocadora toda una serie de ataques en contra de la clase obrera, y por el otro los sindicatos que se presentaron como los más fieles defensores de ésta, proponiendo métodos proletarios de lucha –la extensión más allá del sector y la dirección del movimiento por las asambleas generales–, el conjunto de la burguesía ha logrado darle de nuevo una popularidad a los aparatos sindicales que habían perdido durante los diez años precedentes. La premeditación, sistemática e internacional de la maniobra se revela con la inmensa publicidad que le hicieron los media a las huelgas de finales del 95 en todos los países, cuando la mayoría de los movimientos de lucha de los años 80 habían sido víctimas de un black out total. Se volvió a confirmar con la maniobra desarrollada en Bélgica durante el mismo período, que no fue sino una copia de la de Francia. También fue utilizada la referencia a las huelgas del otoño del 95 en Francia en la maniobra utilizada en la primavera del 96 en Alemania, que culminó con la inmensa marcha sobre Bonn del 10 de julio. Esta maniobra tenía como objetivo darles a los sindicatos en Alemania, que tenían fama de ser sobre todo especialistas de la negociación y de la concertación con la patronal, una imagen mucho más combativa que les dé la capacidad de controlar en el futuro las luchas sociales que no dejaran de desencadenarse frente a la intensificación sin precedentes de los ataques económicos contra la clase obrera. Así se confirmaba claramente el análisis que hizo la CCI en su XIo Congreso: «las maniobras actuales de los sindicatos también tienen, y es lo principal, un objetivo preventivo: se trata de desarrollar su dominio de la clase obrera antes de que ésta manifieste más su combatividad, combatividad que resultará necesariamente de la rabia creciente frente a los ataques siempre más brutales de la crisis» («Resolución sobre la situación internacional», punto 17). Y el resultado de estas maniobras, que se añadió a la desorientación provocada por los acontecimientos de 1989-91, nos permitió analizar en el XIIo Congreso de nuestra sección en Francia: «... la clase obrera en los principales países del capitalismo, se ve retrotraída a una situación comparable a la de los años 70 en lo que concierne a sus relaciones con los sindicatos y el sindicalismo: una situación en la que globalmente la clase luchaba tras los sindicatos, seguía sus consignas y sus llamamientos, y, en fin de cuentas, confiaba en ellos. En ese sentido, la burguesía ha conseguido borrar momentáneamente de las conciencias obreras las lecciones adquiridas durante los años 80, fruto de las experiencias repetidas de enfrentamiento con los sindicatos» («Resolución sobre la situación internacional», punto 12).

21. La ofensiva política de la burguesía no se limita ni mucho menos a prestigiar a los aparatos sindicales. La clase dominante utiliza todas las diferentes manifestaciones de la descomposición de la sociedad (auge de la xenofobia, conflictos entre pandillas burguesas, etc.) contra la clase obrera. Así es como hemos podido asistir en varios países de Europa a campañas destinadas a hacer diversión, o a canalizar la rabia de los obreros y su combatividad en un terreno que le es totalmente ajeno:

– aprovechándose de los sentimientos xenófobos explotados por la extrema derecha (Le Pen en Francia, Heider en Austria) para montar campañas sobre el pretendido «peligro fascista»;

– campañas contra el terrorismo de ETA en España, en las que se convida a los obreros a que se solidaricen con sus patrones;

– utilización de los ajustes de cuentas entre sectores del aparato policiaco y judicial para montar campañas a favor de un Estado y una justicia «limpios», en países como Italia (operación «manos limpias») y más particularmente en Bélgica (caso Dutroux).

Este país ha sido últimamente un verdadero «laboratorio» de las mistificaciones utilizadas por la burguesía contra la clase obrera. Así es como sucesivamente:

ha realizado una copia calcada de la maniobra de la burguesía francesa del otoño del 95;

– ha desarrollado una maniobra similar a la que desarrolló la burguesía alemana en la primavera del 96;

– ha puesto de manifiesto, a partir del verano del 96, el caso «Dutroux» que fue de forma muy oportuna «descubierto» en el buen momento (cuando todos los elementos ya eran conocidos de la policía desde hacía mucho tiempo) para crear, gracias a una campaña mediática impresionante, una verdadera psicosis en las familias obreras cuando al mismo tiempo pegaban fuerte los ataques, y poder así desviar el descontento y la rabia hacia el terreno de una «justicia al servicio del pueblo», que se manifestó particularmente cuando la Marcha blanca del 20 de octubre;

– ha relanzado, con la Marcha multicolor del 2de febrero organizada con ocasión del cierre de las Forjas de Clabecq, la mistificación interclasista de una «justicia popular» y de la «economía al servicio del ciudadano», reforzadas por la promoción del sindicalismo «de combate», «de base», en torno al supermediático D’Orazio;

– ha añadido otra capa de mentiras democráticas tras el anuncio en marzo del cierre de la factoría Renault en Vilvorde (cierre que ha sido condenado por la justicia) y ha desarrollado la campaña sobre la «Europa social» opuesta a la «Europa de los capitalistas».

La mediatización inmensa a nivel internacional de estas maniobras manifiesta una vez más que forman parte de un plan elaborado de forma concertada por la burguesía de todos los países. Para la clase dominante, totalmente consciente de que los ataques crecientes contra la clase obrera van a provocar necesariamente respuestas de gran amplitud, se trata de tomar la delantera mientras la combatividad todavía sigue embrionaria, mientras todavía siguen pesando fuertemente sobre las conciencias las secuelas del hundimiento de los regímenes pretendidamente socialistas, para así mojar la pólvora y reforzar al máximo su arsenal de mistificaciones sindicalistas y democráticas.

22. La incontestable confusión en la que está actualmente la clase obrera le permite a la burguesía cierto margen de maniobra para sus juegos políticos internos. Como dijo la CCI en 1990: «Por esto es por lo que resulta necesario reactualizar el análisis de la CCI sobre la “izquierda en la oposición”. Esta baza le era necesaria a la burguesía desde finales de los 70 y todo a lo largo de los 80, frente a la dinámica general de la clase obrera hacia enfrentamientos cada vez más determinados y conscientes, frente a su creciente rechazo de las mistificaciones democráticas, electorales y sindicales. A pesar de las dificultades encontradas en algunos países (como por ejemplo en Francia) para realizar esa política en las mejores condiciones, ésta era el eje central de la estrategia de la burguesía contra la clase obrera, plasmada en los gobiernos de derechas en EE.UU., en RFA y en Gran Bretaña. Al contrario, el actual retroceso de la clase ha dejado de imponer a la burguesía por algún tiempo el uso prioritario de esa estrategia. Esto no significa que la izquierda vaya necesariamente a volver al gobierno en esos países: ya hemos evidenciado en varias ocasiones (...) que esta fórmula sólo le es indispensable a la burguesía en los períodos revolucionarios o de guerra imperialista. No nos hemos de sorprender, sin embargo, si ocurre semejante acontecimiento, o considerar que se trata de un “accidente” o de la expresión de una “debilidad particular” de la burguesía en tal o cual país» («Tras el hundimiento del bloque del Este: inestabilidad y caos», Revista internacional no 61). Por esto la burguesía italiana ha podido, en gran parte por razones de política internacional, llamar al poder en la primavera del 96 a un equipo de centro izquierdas en el que domina el ex Partido comunista (PSD) apoyado durante cierto tiempo por la extrema izquierda de Rifondazione comunista. Por eso también la probable victoria de los laboristas en Gran Bretaña, en mayo del 97, no tendrá que analizarse como una fuente de dificultades para la burguesía de ese país (que ha sido bastante lista para romper de antemano el lazo orgánico entre el partido y el aparato sindical, para permitirle a éste oponerse al gobierno si es necesario). Dicho esto, es importante poner en evidencia que la clase dominante no va a volver a repetir los temas de los años 70 en que «la alternativa de izquierdas», con su programa «de medidas sociales» y de nacionalizaciones, tenía como objetivo el romper la oleada de luchas iniciada en el 68, desviando el descontento obrero y la combatividad hacia el callejón sin salida electoral. Si hoy en día partidos de izquierdas (cuyos programas económicos se confunden cada día más con los de las derechas, dicho sea de paso) alcanzan el gobierno, no será más que debido a las dificultades de las derechas, y no para movilizar a los obreros, a quienes el profundizamiento de la crisis ha quitado hoy las ilusiones que podían tener durante los años 70).

23. En este mismo orden de ideas, conviene diferenciar claramente entre las campañas ideológicas que se están desarrollando y las que se usaron contra la clase obrera durante los años 30. Existe un punto común a ambos tipos de campañas: se basan sobre el tema de «defensa de la democracia». Sin embargo, mientras que en los años 30:

– se desarrollaban en un marco de derrota histórica del proletariado, de victoria total de la contrarrevolución,

– tenían como objetivo claro alistar a los obreros en la guerra mundial que estaba preparándose,

– se apoyaban en una realidad brutal, duradera y palpable, la de los regímenes fascistas en Italia, Alemania y la amenaza en España,

las campañas actuales:

– se desarrollan en un marco en que el proletariado ha superado la contrarrevolución, en el que no ha conocido derrota decisiva que cuestione el curso hacia los enfrentamientos decisivos de clase;

– tienen como objetivo sabotear el curso ascendente de combatividad y de conciencia en la clase obrera;

– no se pueden apoyar en una justificación única y bien definida, así que están en la obligación de recurrir a temas disparatados e incluso circunstanciales (terrorismo, «peligro fascista», redes de pedofilia, corrupción de la justicia...), lo que limita su alcance internacional e histórico.

Por estas razones, si bien las campañas de finales de los años 30 lograron movilizar a las masas obreras de forma permanente, las actuales en cambio:

o logran atraer masivamente a los obreros (como fue el caso con la Marcha blanca en Bruselas el 20 de octubre del 96), y no lo pueden conseguir más que a corto plazo (por esto la burguesía belga tuvo que desatar otros tipos de campañas inmediatamente después);

– o se despliegan permanentemente (como las campañas contra el Front national –partido de extrema derecha– en Francia) sin lograr alistar a los obreros, no jugando entonces más que un papel de diversión.

Dicho esto, importa no subestimar el peligro de ese tipo de campañas en la medida en que los efectos de la descomposición general y creciente de la sociedad burguesa siempre podrán facilitar nuevos temas en permanencia. Sólo un avance significativo de la conciencia en la clase obrera le permitirá rechazar ese tipo de mistificaciones. Y semejante esfuerzo no podrá resultar sino del desarrollo masivo de las luchas obreras que cuestione, como ya lo hizo durante los años 80, a los instrumentos más importantes de la burguesía en la clase obrera, los sindicatos y el sindicalismo.

24. Este cuestionamiento, que va acompañado por la toma en manos propias de la lucha y de su extensión por las asambleas generales y los comités de huelga elegidos y revocables, pasa necesariamente por un proceso largo de enfrentamientos contra el sabotaje de los sindicatos. Es un proceso que no puede sino desarrollarse, debido al auge de la combatividad obrera en respuesta a los ataques siempre más brutales del capitalismo. Ante la amenaza de un posible desbordamiento, la tendencia a un desarrollo de la combatividad ya no permite hoy a la burguesía renovar el tipo de maniobras «a la francesa» que desarrolló en el 95-96, que destinaba en aquél entonces a dar prestigio a los sindicatos. Éstos sin embargo todavía no han dado la ocasión de ser desenmascarados realmente aunque últimamente hayan vuelto a utilizar métodos clásicos de su acción, como la división entre sector público y privado (por ejemplo en España con la manifestación del 11 de diciembre del 96) o la puesta en evidencia del corporativismo. El ejemplo más espectacular de esta táctica está en la huelga de la empresa Renault de Vilvorde, en la que hemos podido asistir a un esfuerzo por parte de los sindicatos de varios países en donde hay factorías de esta empresa para promover una movilización «europea» de los «Renault». El que esa indecente maniobra de los sindicatos haya pasado desapercibida, que les haya permitido incluso incrementar un poco su prestigio, a la vez que difundían la patraña de una «Europa social», demuestra que estamos hoy en un punto de unión entre la etapa de revalorización de los sindicatos y la etapa durante la cual deberán ponerse al descubierto y desprestigiarse cada vez más. Una de las características de este período estriba en que ya empiezan a proponerse temas del sindicalismo «de combate» según los cuales «la base» sería capaz de «empujar» a las direcciones sindicales a que se radicalicen (ejemplos de las Forjas de Clabecq en Bélgica, o de los mineros, en marzo último, en Alemania) o que podría existir una «base sindical» capaz de defender verdaderamente los intereses obreros a pesar de las traiciones de los aparatos (ejemplo de la huelga de los estibadores de Gran Bretaña).

25. Sigue siendo un largo camino el que le queda por hacer a la clase obrera para su emancipación, un camino que la burguesía va a barrenar sistemáticamente, como ya lo hemos podido constatar estos últimos tiempos. La misma amplitud de las maniobras de la burguesía basta para demostrar que ésta es consciente de los peligros contenidos en la situación para el capitalismo mundial. Si Engels pudo escribir que la clase obrera lleva a cabo su combate en tres planos, el político, el económico y el ideológico, la estrategia actual de la burguesía que se está desarrollando también contra las organizaciones revolucionarias (campaña contra el pretendido «negacionismo» de la Izquierda comunista) demuestra que también lo ha entendido perfectamente. Es de la responsabilidad de los revolucionarios no solo denunciar sistemáticamente las trampas sembradas por la clase dominante, y el conjunto de sus órganos, en particular los sindicatos, sino plantear, contra todas las falsificaciones que se han desarrollado en el último período, la verdadera perspectiva de la revolución comunista como meta última de los combates actuales del proletariado. La clase obrera no podrá desarrollar sus fuerzas y su conciencia para alcanzar esa meta si la minoría comunista no es capaz de desempeñar plenamente su papel.

CCI, abril de 1977