Contribución desde Rusia - La clase no identificada : la burocracia soviética según León Trotski

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Contribución desde Rusia

La clase no identificada:
la burocracia soviética según León Trotski

¿Cuál era la naturaleza del sistema que existió en nuestro país durante el período soviético? Esta es una de las principales cuestiones de la historia y en cierto modo de las demás ciencias sociales. Y no tiene nada que ver con una cuestión académica: tiene lazos muy estrechos con el período contemporáneo pues no se pueden entender las realidades del día de hoy sin entender las de ayer.

Así se puede resumir esta cuestión: ¿cuál es la naturaleza del sujeto central del sistema soviético que ha determinado el desarrollo del país, o sea de la burocracia dirigente? ¿Cuáles eran sus relaciones con los demás grupos sociales? ¿Qué motivaciones y necesidades determinaban su actividad?.

Resulta imposible estudiar seriamente estos problemas sin estudiar la obra de León Trotski, uno de los primeros en haber intentado entender y analizar el carácter del sistema soviético y de su capa dirigente. Trotski dedicó varios trabajos a este problema, aunque su visión más general, más concentrada, sobre la burocracia está expuesta en su libro La Revolución traicionada, publicado hace 60 años.

La burocracia: principales características

Recordemos las principales características de la burocracia tales como las define Trotski en su libro.

El nivel superior de la pirámide social en la URSS está compuesto por « la única capa social privilegiada y dominante, en el pleno sentido de la palabra »; esta capa « que, sin proporcionar un trabajo productivo directo, manda, administra, dirige, distribuye castigos y recompensas ». Según Trotski, está compuesta por 5 a 6 millones de personas ([1]).

Esta capa que lo dirige todo está fuera de control de las masas que producen los bienes sociales. La burocracia reina, las masas trabajadoras « obedecen y se callan » ([2]).

Esta capa mantiene relaciones de desigualdad material en la sociedad: «descapotables para los “activistas”, perfumes franceses para “nuestras señoras” y margarina para los obreros, almacenes de lujo para los privilegiados y la imagen de las comidas finas expuesta en el escaparate para el plebe» ([3]). En general, las condiciones de vida de la clase dirigente son parecidas a las de la burguesía: «contiene todos los grados, desde la pequeña burguesía más provinciana a la gran burguesía de las ciudades» ([4]).

Esta capa no es dirigente únicamente en el plano objetivo: también se comporta subjetivamente como el dueño absoluto de la sociedad. Según Trotski, tiene «una conciencia específica de clase dirigente» ([5]).

Su dominación se mantiene mediante la represión y su prosperidad está basada en «la apropiación oculta del trabajo de los demás... (...) La minoría privilegiada vive en detrimento de la mayoría engañada» ([6]).

Existe una lucha social latente entre esta capa dirigente y la mayoría oprimida de los trabajadores ([7]).

Así va describiendo Trotski la sociedad rusa: existe una capa social bastante numerosa que controla la producción y por consiguiente su producto de forma monopolística, que hace suya gran parte de ese producto (es decir que ejerce una función de explotación), cuya unidad se basa en la comprensión de sus intereses materiales comunes y que se opone a la clase de los productores.

¿Cómo llaman los marxistas a una capa social que tiene semejantes características?. No existe más que una respuesta: es la clase social dirigente en el pleno sentido de la palabra.

Trotski lleva al lector hacia esa conclusión. Sin embargo él no llega hasta ahí, aunque note que en la URSS la burocracia «es algo más que una simple burocracia» ([8]). Algo más ¿pero qué?: Trotski no lo dice. Y no sólo se lo calla, sino que dedica un capítulo entero a negar una esencia clasista a la burocracia. Tras haber sabido decir «A», tras haber descrito a una burguesía dirigente explotadora, Trotski se hace el manso y se niega a decir «B».

El estalinismo y el capitalismo

Trotski también se echa atrás cuando trata otra cuestión, la comparación entre el régimen burocrático estalinista y el sistema capitalista. «Mutatis mutandis, el gobierno soviético se sitúa con respecto a la economía en su conjunto como el capitalista con respecto a una empresa privada», nos dice Trotski en el capítulo IIº de la Revolución traicionada ([9]).

En el capítulo IX escribe: «el paso de las empresas a manos del Estado no ha cambiado otra cosa sino la situación jurídica (subrayado por AG) del obrero; de hecho vive en la necesidad trabajando cierto número de horas para un sueldo determinado (...) Los obreros han perdido hasta la menor influencia en cuanto a la dirección de las empresas. Trabajando a destajo, viviendo en condiciones malísimas, sin libertad de desplazarse, sufriendo hasta en el taller el más terrible régimen policiaco, difícilmente el obrero puede sentirse un “trabajador libre”. El funcionario para él es un jefe, el Estado es un amo» ([10]).

En este mismo capítulo Trotski señala que la nacionalización de la propiedad no acaba con la diferencia social entre las capas dirigentes y la capa sometida: una disfruta de todos los bienes posibles y las demás sufren la miseria como antes y venden su fuerza de trabajo. Dice lo mismo en el capítulo IV: «la propiedad estatal de los medios de producción no transforma en oro el estiercol y no le da una aureola de santidad al “sweating system”, el sistema del sudor» ([11]).

Tales tesis parecen verificar claramente fenómenos elementales desde el punto de vista marxista. Marx siempre puso en evidencia que la característica principal de cualquier sistema social no se la daban sus leyes ni sus «formas de propiedad», cuyo análisis en sí no conduce más que a una metafísica estéril ([12]). El factor decisivo lo dan las relaciones sociales reales, y fundamentalmente el comportamiento de los grupos sociales con respecto al sobreproducto social.

Puede un modo de producción basarse en varias formas de propiedad, como lo demuestra el ejemplo del feudalismo. En la Edad Media, estaba basado en la propiedad feudal privada de las tierras en los países occidentales mientras que en los países orientales se basaba en la propiedad feudal de Estado. Sin embargo, en ambos casos, feudales eran las relaciones de producción, se basaban en la explotación feudal sufrida por la clase de los campesinos productores.

En el libro III de el Capital, Marx define como característica principal de cualquier sociedad «la forma económica específica con la que se extrae directamente el trabajo gratuito al productor». Lo que desempeña un papel decisivo son entonces las relaciones entre los que controlan el proceso y los resultados de la producción y los que la realizan; la actitud de los propietarios de las condiciones de producción con respecto a los mismos productores: «Aquí es en donde descubrimos el misterio más profundo, las bases escondidas de cualquier sociedad» ([13]).

Ya hemos recordado el marco de las relaciones entre la capa dirigente y los productores tal como la describe Trotski. Por un lado «los propietarios de las condiciones de producción» reales encarnados en el Estado (es decir la burocracia organizada) y por el otro los propietarios «de jure», los trabajadores desposeídos de sus derechos, los asalariados a quienes «se les extrae el trabajo gratuito». No se puede sino sacar una sola conclusión lógica: desde el punto de vista de su naturaleza, no hay ni la sombra de una diferencia fundamental entre el sistema burocrático estalinista y el capitalismo «clásico».

También aquí, Trotski tras haber dicho «A» y mostrado la identidad fundamental entre ambos sistemas se niega a decir «B». Al contrario, se niega categóricamente a identificar la sociedad estalinista con un capitalismo de Estado y avanza la idea de que en la URSS existiría una forma específica de «Estado obrero» en el cual el proletariado seguiría siendo la clase dirigente desde el punto de vista económico y no sufriría explotación, aunque esté «políticamente expropiado».

Para defender esa tesis, Trotski invoca la nacionalización de las tierras, de los medios de producción, de transporte y de cambio así como el monopolio del comercio exterior, o sea utiliza los mismos argumentos «jurídicos» que él mismo había refutado de forma muy convincente (véanse citas más arriba).

En La Revolución traicionada empieza negando que la propiedad estatal pueda «transformar el estiércol en oro» para afirmar más lejos que el hecho mismo de la nacionalización basta para que los trabajadores oprimidos se conviertan en clase dirigente.

El esquema que borra la realidad

¿Cómo explicar semejante cosa? ¿Por qué Trotski, el publicista, el despiadado crítico del estalinismo, el que cita los hechos demostrando que la burocracia es una clase dirigente y un explotador colectivo, por qué ese Trotski contradice a Trotski, el teórico que intenta analizar los hechos expuestos?.

Se pueden, evidentemente, avanzar dos causas principales que impidieron a Trotski superar esa contradicción. Son tanto de tipo teórico como de tipo político.

En La Revolución traicionada, Trotski intenta refutar en teoría la tesis de la esencia de clase de la burocracia proponiendo argumentos muy flojos, entre ellos el hecho de que ésta «no posee ni títulos ni acciones» ([14]). ¿Por qué tendría la clase dominante que poseerlas? Es una evidencia que la posesión de «acciones u obligaciones» en sí no tiene la menor importancia: lo importante está en saber si tal o cual grupo social se apropia o no de un sobreproducto del trabajo de los productores directos. Si es así, la función de explotar existe independientemente de la distribución de un producto apropiado, que puede ser apropiado ya sea como ganancia basada en acciones ya sea en pagas y privilegios del cargo. El autor de La Revolución traicionada no es más convincente cuando nos dice que los representantes de la capa dirigente no dejan su estatuto privilegiado en herencia ([15]). Es poco probable que Trotski hubiera pensado seriamente que los propios hijos de la élite pudieran volverse campesinos u obreros.

A nuestro parecer, no se ha de buscar en estas explicaciones superficiales la causa fundamental por la que Trotski se negó a considerar la burocracia como la clase social dirigente. Se ha de buscar en la convicción que tenía de que la burocracia no podía convertirse en elemento central de un sistema estable, únicamente capaz de «traducir» los intereses de otras clases, pero falsificándolos.

Durante los años 20, esta convicción ya era la base del esquema de los antagonismos sociales de la sociedad «soviética» adoptado por Trotski, para quien el marco de todos esos antagonismos se reducía a una dicotomía estricta: proletariado-capital privado. No queda en ese esquema ningún sitio para una «tercera fuerza». El auge de la burocracia fue considerado como el resultado de la presión de la pequeña burguesía rural y urbana sobre el Partido y el Estado. La burocracia fue considerada como un grupo vacilante entre los intereses de los obreros y los de los «nuevos propietarios», incapaces de servir correctamente ni a unos ni a otros. Tras el primer golpe serio contra su estabilidad, el régimen de dominación de tal grupo inestable «entre las clases», no podía sino hundirse y escindirse ese grupo. Esto es lo que Trotski predecía a finales de los años 20 ([16]).

Sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron de otra forma en la realidad. Tras un conflicto de lo más violento entre el campesinado y la pequeña burguesía, la burocracia ni se hundió ni se escindió. Tras haber hecho capitular fácilmente a las «derechas» minoritarias en su seno, empezó a liquidar la NEP, «a los kulaks como clase», desarrollando una colectivización e industrialización forzadas. Esto sorprendió a Trotski y a sus partidarios, pues estaban seguros de que los «apparátchiki» centristas no serían capaces de hacerlo ¡por naturaleza!. No es de extrañar si el fracaso de las previsiones políticas de la oposición trotskista la arrastraron a un declive catastrófico ([17]).

En su vano intento de encontrar una puerta de salida, Trotski mandó de su exilio cartas y artículos en los cuales demostraba que se trataba de un desvío del aparato que «inevitablemente iba a fracasar sin alcanzar el menor resultado serio» ([18]). Incluso cuando pudo comprobar la inconsistencia práctica de sus ideas sobre el papel «dependiente» de la burocracia «centrista», el líder de la oposición continuó obstinadamente con su fracasado esquema. Sus reflexiones teóricas de la época de «el gran viraje decisivo» llaman la atención por su alejamiento de la realidad. Escribe por ejemplo a finales de 1928: «El centrismo es la línea oficial del aparato. El portador de ese centrismo es el funcionario del Partido... Los funcionarios no constituyen una clase. ¿Qué línea de clase representa el centrismo?». Trotski negaba, por lo tanto, a la burocracia incluso la posibilidad de tener una línea propia; llegó incluso a las conclusiones siguientes: «Los propietarios en alza tienen su expresión, aunque ligera, en la fracción derechista. La línea proletaria está formada por la oposición. ¿Qué le queda al centrismo?. Si se restan las cantidades mencionadas, le queda... el campesino medio...» ([19]). Y esto lo escribe Trotski mientras el aparato estalinista ¡está llevando a cabo una campaña de violencia en contra precisamente de esos campesinos medios y preparando la liquidación de su formación económica!.

Y Trotski siguió esperando la cercana desintegración de la burocracia en elementos proletarios, burgueses y «los que se quedarán apartados». Predijo el fracaso del poder de los «centristas» primero tras la imposible « colectivización total », luego como resultado de la crisis económica al final del primer plan quinquenal. En su Proyecto de plataforma de la oposición de izquierdas internacional sobre la cuestión rusa, redactado en 1931, llega incluso a considerar la posibilidad de una guerra civil cuando queden separados los elementos del aparato estatal y del Partido «por ambos lados de la barricada» ([20]).

A pesar de estas previsiones, no solo se mantuvo el poder estalinista y unificó la burocracia, sino que además fortaleció su poder totalitario. Sin embargo Trotski siguió considerando el sistema burocrático de la URSS como muy precario, y hasta pensó durante los años 30 que ese poder de la burocracia podía hundirse en cualquier momento. Por eso no pensaba que pudiera considerársela como una clase. Trotski expresó esta idea claramente en su artículo «La URSS en guerra» (septiembre del 39): «¿No nos equivocaremos si le damos el nombre de nueva clase dirigente a la oligarquía bonapartista unos pocos años o meses antes de que desaparezca vergonzosamente?» ([21]).

Vemos así cómo todos los pronósticos hechos por Trotski sobre el destino de la burocracia «soviética» fueron rebatidos uno tras otro por los hechos mismos. Nunca quiso sin embargo cambiar de opinión. Consideraba que la fidelidad a un esquema teórico lo valía todo. Pero esa no es la única causa, pues Trotski era más político que teórico y generalmente prefería abordar los problemas de forma «política concreta» más que de forma «sociológica abstracta». Y aquí vamos a ver otra de las causas importantes de su obstinada negativa a llamar las cosas por su nombre.

Terminología y política

Al examinar la historia de la oposición trotskista durante los años 20 y a principios de los 30, se puede apreciar que la base de su estrategia política estaba en apostar por la desintegración del aparato gobernante en la URSS. La condición necesaria para una reforma del Partido y del Estado era según Trotski la alianza de una hipotética «tendencia de izquierdas» con la Oposición. «El bloque con los centristas [la fracción estalinista del aparato –A.G.] es, en principio, admisible y posible, escribe a finales de 1928. Y será ese agrupamiento en el partido lo que podrá salvar la revolución» ([22]). Al desear ese bloque, los líderes de la Oposición intentaban atraer a los burócratas «progresistas». Esta táctica explica, en particular, la actitud como mínimo equívoca de los líderes de la Oposición con respecto a la lucha de clases de los trabajadores contra el Estado, su negativa a crear su propio partido, etc.

Trotski siguió alimentando sus esperanzas en una alianza con los «centristas» hasta después de su exilio. Su aspiración a aliarse con parte de la burocracia dirigente era tan grande que hasta estuvo dispuesto a transigir (en ciertas condiciones) con el secretario general del comité central del PC ruso. Un ejemplo clarísimo de esto lo da el episodio sobre la consigna «¡Dimitir a Stalin!». En marzo del 32, Trotski publicó una carta abierta al Comité ejecutivo central de la URSS en la que hacía este llamamiento: «Hemos de realizar por fin el último consejo insistente de Lenin: dimitir a Stalin» ([23]). Sin embargo, unos pocos meses después, en el otoño de ese mismo año, ya había dado marcha atrás justificándolo así: «No se trata de la persona de Stalin, sino de su fracción... La consigna “¡dimitir a Stalin!» puede y será entendida inevitablemente como un llamamiento a derribar la fracción actualmente en el poder y, en su sentido más amplio, del aparato. No queremos derribar el sistema, sino transformarlo...» ([24]). En su artículo-interviú inédito escrito en diciembre del 32, Trotski dejó las cosas claras sobre la actitud respecto a los estalinistas: «Hoy como ayer, estamos dispuestos a una cooperación multiforme con la actual fracción dirigente. Pregunta: por consiguiente, ¿están ustedes dispuestos a cooperar con Stalin?; respuesta: ¡sin la menor duda!» ([25]).

En aquel entonces, ya lo hemos visto más arriba, Trotski condicionaba la posibilidad de evolución de una parte de la burocracia estalinista hacia la «cooperación multiforme» con la Oposición a una próxima «catástrofe» del régimen, considerada como inevitable por lo «precario» de la posición social de la burocracia ([26]). Basándose en esa «catástrofe», los líderes de la Oposición no veían más solución que la alianza con Stalin para salvar de la contrarrevolución burguesa al Partido, a la propiedad nacionalizada y a «la economía planificada».

Y la «catástrofe» no se produjo: la burocracia era más fuerte y sólida de la que Trotski creía. El Buró político no contestó a los llamamientos para una «cooperación honrada de las fracciones históricas» en el PC ([27]). Por fin, durante el otoño del 33, tras un montón de vacilaciones, Trotski rechazó la esperanza utópica de reformas del sistema burocrático con participación de los estalinistas y llamó a la «revolución política» en Unión Soviética.

Sin embargo este cambio de consigna de los trotskistas no significó en nada una revisión radical de su punto de vista en cuanto al carácter de la burocracia, del Partido ni del Estado, ni tampoco como un rechazo definitivo de las esperanzas en una alianza con sus tendencias «progresistas». Al escribir La Revolución traicionada, consideraba, en teoría, la burocracia como a una formación precaria sometida a antagonismos crecientes. En el Programa de transición de la IVª Internacional (1938), declara que todas las tendencias políticas están presentes en el aparato gubernamental de la URSS, incluida la «bolchevique de verdad». A ésta la ve Trotski como una minoría en la burocracia, sin embargo bastante importante: no habla de unos cuantos «apparátchiki», sino de «la fracción» de esta capa que cuenta 5 ó 6 millones de personas. Según él, esta fracción «bolchevique de verdad» es una reserva potencial para la Oposición de izquierdas. Y además, el líder de la IVª Internacional pensó admisible la formación de un «frente unido» con la parte estaliniana del aparato en caso de intentos de la contrarrevolución capitalista que él pensaba que se estaban preparando «ya», en 1938 ([28]).

Cuando se analizan las ideas de Trotski sobre el carácter de la oligarquía burocrática y en general de las relaciones sociales en la URSS expresadas en La Revolución traicionada hemos de tener en cuenta esas orientaciones políticas : la primera (a finales de los años 20 y principios de los 30), la cooperación con los «centristas» o sea con la mayoría de la burocracia «soviética» dirigente ; la segunda (a partir de 1933), la alianza con su minoría «bolchevique de verdad» y del «frente unido» con la fracción dirigente estalinista.

Y en el caso de que Trotski hubiera visto en la burocracia «soviética» totalitaria una clase dirigente explotadora, enemiga encarnizada del proletariado, ¿cuáles hubiesen sido las consecuencias políticas? En primer lugar hubiera debido rechazar la menor idea de unión con parte de esta clase –la tesis misma de la existencia de semejante fracción «bolchevique de verdad» en la clase burocrática explotadora hubiese parecido tan absurda como la de su supuesta existencia en la misma burguesía, por ejemplo. En segundo lugar, en tal caso, una alianza supuesta con estalinistas para luchar contra la «contrarrevolución capitalista» hubiese sido entonces algo parecido a un «frente popular», política denunciada firmemente por los trotskistas pues hubiese sido un bloque formado entre clases enemigas, en vez de ser un «frente unido» en una misma clase, idea aceptable en la tradición bolchevique-leninista. En pocas palabras, constatar la esencia de clase de la burocracia hubiese sido fatal para la estrategia política de Trotski. Y naturalmente no quiso.

Así vemos cómo la cuestión de determinar el carácter clasista de la burocracia no es algo terminológico o abstracto, sino mucho más importante.

El destino de la burocracia

Se ha de hacer justicia a Trotski: al final de su vida empezó a revisar su visión de la burocracia estalinista. Se puede apreciar en su libro Stalin, su obra más madura aunque inacabada. Al examinar los acontecimientos decisivos de finales de los años 20 y principios de los 30, cuando la burocracia monopolizó totalmente el poder y la propiedad, Trotski ya considera entonces el aparato estatal y el Partido como fuerzas sociales principales en la lucha por disponer del «excedente de producción del trabajo nacional». Ese aparato estaba movido por la aspiración a controlar de forma absoluta ese sobreproducto y no por la presión del proletariado o de la Oposición (lo que Trotski había creído en otra época) que hubiesen obligado a los burócratas a entrar en guerra a muerte contra los «elementos pequeño burgueses» ([29]). Por consiguiente, los burócratas no «expresaban» intereses ajenos y no «vacilaban» entre dos polos, sino que se manifestaban en tanto que grupo social consciente de sus intereses propios. Ellos ganaron la lucha por el poder y por la ganancia tras haber derrotado a sus competidores. Ellos dispusieron del monopolio del sobreproducto (o sea la función de propietario real de los medios de producción). Tras haberlo confesado, Trotski ya no pudo seguir ignorando el problema del carácter clasista de la burocracia. Cuando habla de los años 20, nos dice: «La sustancia del Termidor (soviético) (...) era la cristalización de una nueva capa privilegiada, la creación de un nuevo substrato por la clase económicamente dirigente (subrayado por A.G.). Había dos pretendientes a esa función: la pequeña burguesía y la burocracia misma» ([30]). Así es como el substrato había nutrido a dos pretendientes para desempeñar la función de clase dirigente, sólo faltaba saber quién vencería: fue la burocracia. La conclusión aquí queda clara: la burocracia fue la que se convirtió en clase social dirigente. En realidad, tras haber preparado esa conclusión, Trotski prefiere no llevar hasta el final su reflexión. Sin embargo da un gran paso hacia adelante.

En su artículo «La URSS en guerra», publicado en 1939, Trotski dio un paso más hacia esta conclusión: admite como posible que teóricamente «el régimen estalinista (sea) la primer etapa de una nueva sociedad de explotación». Desde luego, sigue afirmando que tiene otra visión, que considera que tanto el sistema soviético como la burocracia gobernante no son sino un «episodio» en el proceso de transformación de una sociedad burguesa en sociedad socialista. Afirmó sin embargo su voluntad de revisar sus opiniones en caso de que sobreviviera a la guerra mundial el gobierno burocrático en la URSS, guerra que ya había empezado y se extendía a otros países ([31]).

Ya sabemos que así ocurrió todo. La burocracia (que, según Trotski, no tenía ninguna misión histórica, se situaba «entre las clases», era autónoma y precaria, no era sino una «episodio») cambió finalmente de forma radical la estructura social de la URSS a través de la proletarización de millones de campesinos y pequeño burgueses, realizó una industrialización basada en la sobre-explotación de los trabajadores, transformó el país en superpotencia militar, sobrevivió a la guerra más terrible, exportó sus formas de dominación a Europa Central y del Este, y a Asia del Sureste. ¿Hubiese Trotski revisado sus ideas sobre la burocracia tras esos acontecimientos? Es difícil afirmarlo: falleció durante la Segunda Guerra mundial y no pudo ver la formación de un «campo socialista». Sin embargo, durante las décadas posteriores a la guerra, la mayor parte de sus adeptos políticos han seguido repitiendo literalmente los dogmas teóricos de La Revolución traicionada.

La historia ha ido rebatiendo evidentemente los puntos principales del análisis trotskista sobre el sistema social en la URSS. Un hecho basta para probarlo: ninguna de las «realizaciones» de la burocracia citadas arriba está en conformidad con el esquema teórico de Trotski. Sin embargo incluso hoy, algunos investigadores (por no hablar de los representantes del movimiento trotskista) siguen pretendiendo que las ideas del autor de la Revolución traicionada y sus pronósticos sobre el destino de una «casta» dirigente han quedado confirmados por el fracaso del régimen del PCUS y los acontecimientos siguientes en la URSS y en los países del «bloque soviético». Se trata de la predicción de Trotski según la cual el poder de la burocracia está destinado a hundirse inevitablemente, ya sea bajo la presión de una «revolución política» de la masa de los trabajadores, ya sea tras un golpe social burgués contrarrevolucionario ([32]). Por ejemplo, el autor de la serie de libros apologéticos sobre Trotski y la oposición trotskista, V.Z. Rogovin ([33]), escribe: « la “variante contrarrevolucionaria” de las predicciones de Trotski se realizó con cincuenta años de retraso, pero de forma muy precisa » ([34]).

¿En donde está tan extrema precisión?

Lo esencial de la «variante contrarrevolucionaria» de los pronósticos de Trotski se basaba en sus predicciones sobre el hundimiento de la burocracia como capa dirigente. «La burocracia está vinculada inseparablemente a la clase dirigente en el sentido económico [se trata en este caso del proletariado –A.G.], se alimenta de sus raices sociales, se mantiene y cae con ella» (subrayado por A.G.) ([35]). Suponiendo que en los paises de la ex Unión Soviética haya habido una contrarrevolución social qua haya hecho perder su poder económico y social a la clase obrera, según Trotski, la burocracia se hubiese hundido con él.

¿Se ha hundido de verdad? ¿Ha dejado sitio a una burguesía venida de no se sabe dónde?. Según el Instituto de sociología de la Academia de ciencias de Rusia, más del 75% de la «élite política» rusa y más del 61% de su «élite de los negocios» tiene sus orígenes en la Nomenklatura del período «soviético» ([36]). Siguen siendo las mismas manos las que están agarradas a las mismas posiciones dirigentes de la sociedad, en lo social, lo económico y lo político. El origen de la otra parte de la élite tiene una explicación sencilla. La socióloga O. Krishtanovskaia dice: «Además de la privatización directa... cuyo principal actor fue la parte tecnocrática de la Nomenklatura (economistas, banqueros profesionales...) se han creado casi espontáneamente estructuras comerciales que parecían no tener ningún tipo de relaciones con la Nomenklatura. A su cabeza estaban hombres jóvenes cuya biografía no mostraba ningún lazo con la Nomenklatura. Sin embargo, su éxito comercial nos muestra que al no formar parte de la Nomenklatura eran sin embargo sus hombres de confianza, sus “agentes de trusts”, o sea plenipotenciarios» (subrayado por el autor –A.G.) ([37]). Esto demuestra claramente que no es un «partido burgués» cualquiera (¿de dónde iba a salir si se considera la supuesta ausencia de burguesía bajo el régimen totalitario?) el que ha tomado el poder y ha logrado utilizar como lacayos a unos cuantos elementos originarios de la antigua «casta» gobernante, sino que es la misma burocracia la que ha organizado la transformación económica y política de su dominación, siguiendo como dueña del sistema.

Contrariamente a las previsiones de Trotski, la burocracia no se hundió. ¿Hemos podido constatar sin embargo la realización del otro aspecto de sus pronósticos, el que se refiere a la escisión inminente de la «capa» social dirigente entre elementos proletarios y burgueses y la formación en su seno de una fracción «bolchevique de verdad»? Está claro que los líderes de los partidos «comunistas» formados por los escombros del PCUS pretenden todos actualmente desempeñar el papel de verdaderos bolcheviques, defensores auténticos de la clase obrera. Sin embargo ni el propio Trotski reconocería como «elementos proletarios» a Zuganov y Ampilov ([38]), pues la meta de su lucha «anticapitalista» no es sino la restauración del antiguo régimen burocrático bajo su fórmula estaliniana clásica o « estatal patriotera ».

En fin Trotski predijo la variante «contrarrevolucionaria» de la caída de la burocracia del poder en términos casi apocalípticos: «El capitalismo no podría (lo que es dudoso) ser reinstaurado en Rusia más que a través un golpe contrarrevolucionario cruel que haría diez veces más víctimas que la revolución de Octubre y la guerra civil. Si caen los Soviets, el poder será tomado por el fascismo ruso, en cuya comparación los regímenes de Musolini e Hitler parecerían instituciones filantrópicas» ([39]). No se ha de considerar semejante predicción como una exageración accidental, pues es resultado inevitable de todas las visiones teóricas de Trotski sobre la naturaleza de la URSS, y en particular de su convicción profunda de que el sistema burocrático soviético servía, a su manera, los intereses de las masas trabajadoras, garantizando sus «conquistas sociales». Admitía pues naturalmente que la transición contrarrevolucionaria del estalinismo al capitalismo se acompañaría del alzamiento de las masas proletarias para defender el Estado «obrero» y «su» propiedad nacionalizada. Y solo un régimen feroz de corte fascista sería capaz de vencer y derrotar la fuerte resistencia de los obreros contra la «restauración del capitalismo».

Claro está que Trotski no podía suponerse que en 1989-91 la clase obrera no defendería en nada la nacionalización de la propiedad ni tampoco al aparato estatal «comunista», ni que, al contrario, contribuiría activamente en su abolición. Porque los obreros no veían nada en el antiguo sistema que justificara su defensa ; la transición a la economía de mercado y la desnacionalización de la propiedad no han producido ningún tipo de luchas sangrientas entre clases, y ningún régimen de tipo fascista o fascistoide ha sido necesario. Así que, en ese plano, no se puede hablar de realización de las predicciones de Trotski.

Si la burocracia «soviética» no era una clase dirigente y, siguiendo a Trotski, no era sino el «gendarme» del proceso de distribución, la restauración del capitalismo en la URSS exigiría una acumulación primitiva del capital. En efecto, los publicistas rusos contemporáneos utilizan mucho esta expresión: «acumulación primitiva del capital». Sin embargo no la entienden en general más que como enriquecimiento de tal o cual persona, acumulación de dinero, de bienes de producción u otros bienes en manos de «nuevos rusos». Pero esto no tiene nada que ver con la comprensión científica de la acumulación primitiva del capital descubierta por Marx en el Capital. Al analizar la génesis del Capital, Marx subrayaba que «su acumulación llamada “primitiva” no es otra cosa sino un proceso histórico de separación del productor de los medios de producción» ([40]). La formación del ejército de asalariados mediante la confiscación de la propiedad de los productores es una de las condiciones principales para la formación de una clase dirigente. ¿Se habrá necesitado formar una clase de asalariados mediante la expropiación de los productores durante los años 90, en los países de la ex URSS? Evidentemente, no. Esa clase de asalariados ya existía, los productores no controlaban los medios de producción ni mucho menos y no había nadie a quien expropiar. Por consiguiente, el tiempo de acumulación de capital ya había pasado.

Cuando Trotski vincula la acumulación primitiva a la dictadura cruel y a la efusión de sangre, sin duda tenía razón. Marx también escribió que «el capital [viene al mundo] chorreando sangre y lodo por todos sus poros» y en su primera etapa necesita «una disciplina sanguinaria» ([41]). El error de Trotski no estriba en haber vinculado la acumulación primitiva a una próxima e hipotética contrarrevolución, sino en que no quiso ver cómo esa contrarrevolución (con todos sus atributos necesarios de tiranía política y matanzas en masa) se estaba verificando ante sus ojos. Los millones de campesinos esquilmados, muriéndose de hambre y de miseria, los obreros privados de todos los derechos y condenados a trabajar hasta el agotamiento y cuyas tumbas fueron los cimientos que sirvieron para construir los edificios previstos por los quinquenios estalinistas, los incontables prisioneros del gulag: ésas sí que son las verdaderas víctimas de la acumulación primitiva en la URSS. Los poseedores actuales de la propiedad no necesitan acumular el capital, les basta con redistribuirlo entre ellos mismos transformando el capital de Estado en capital privado corporativo ([42]). Pero esta operación no necesita un cambio de sociedad ni de las clases dirigentes, no necesita grandes cataclismos sociales. Si no se entiende esto, no se puede entender ni la historia «soviética» ni la actualidad rusa.

Concluyamos. La concepción trotskista de la burocracia, que sintetizó la serie de enfoques teóricos fundamentales y de las perspectivas políticas de Trotski, no fue capaz de explicar ni lo que era el estalinismo ni su evolución. Puede decirse otro tanto de otros postulados del análisis trotskista sobre el sistema social de la URSS (el Estado «obrero», el carácter «poscapitalista» de las relaciones sociales, la «doble» función del estalinismo...).

Sin embargo, Trotski logró al menos resolver el problema en otro sentido: hizo una señalada y fulminante crítica de las tesis sobre la construcción del «socialismo» en la Unión «Soviética». Lo cual no era poco en aquella época.

A.G.


[1] León D. Trotski, la Revolución traicionada.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] Marx, Miseria de la filosofía, cap. 2.

[13] Marx, el Capital, Libro III.

[14] León D. Trotski, la Revolución traicionada.

[15] Ídem.

[16] Artículo «Hacia la nueva etapa», Centro ruso de colecciones de documentos de la nueva historia (CRCDNH), fondo 325, lista 1, legajo 369, p.1-11.

[17] Hacia 1930, la Oposición perdió dos tercios de su efectivo, incluida casi toda su «dirección histórica» (10 personas de las 13 que firmaron la «Plataforma de los bolcheviques-leninistas» en 1927).

[18] CRCDNH, f. 325, l. 1, le. 175, p. 4, 32-34.

[19] Ídem, d. 371, p. 8.

[20] Boletín de la Oposición (BO), 1931, nº 20, p. 10.

[21] Ídem, 1939, nº 79-80, p. 6.

[22] CRCDNH, f.325, l.1, d.499, p.2.

[23] BO, 1932, nº 27, p.6.

[24] BO, 1933, nº 33, p. 9-10.

[25] Cf. P. Broué, « Trotski et le bloc des oppositions de 1932 », en Cahiers Léon Trotski, 1980, nº 5, p. 22. París.

[26] Trotski, Cartas y correspondencia, Moscú, 1994.

[27] Ídem.

[28] BO, 1938, nº 66-67, p. 15.

[29] Trotski, Staline, editions Grasset, Paris, 1948, p. 546 y 562.

[30] Idem, p.562.

[31] Trotski, la URSS en la guerra.

[32] Trotski, la Revolución traicionada.

[33] Vadim Rogovin era, en la época «soviética», uno de los principales propagandistas oficiales y comentadores de la política social del PCUS, profesor del Instituto ruso de sociología. Durante la Perestroika se convirtió en antiestalinista y admirador incondicional de Trotski. Es autor de una serie de libros en los que hace la apología de Trotski y de sus ideas.

[34] V.Z. Rogovin, La Neo-NEP estalinista, Moscú, 1994, p. 344.

[35] BO, 1933, nº 36-37, p. 7.

[36] Krishtanovskaia O. «La oligarquía financiera en Rusia», en Izvestia del 10/01/1996.

[37] Ídem.

[38] Zuganov es el jefe del Partido comunista «renovado» y rival principal del Yeltsin en la última elección presidencial. Viktor Ampilov es el dirigente principal del movimiento estalinista «duro» en Rusia, fundador del «Partido comunista obrero ruso». Aboga por la restauración del totalitarismo «clásico» de los años 30.

[39] BO, 1935, nº 41, p. 3.

[40] Marx, el Capital, Libro I.

[41] Ídem.

[42] Haciendo una conclusión analógica tras unos estudios sociológicos concretos, O. Krishtanovskaia escribe: «Si se analiza atentamente la situación en Rusia durante los años 90 (...) se comprueba que únicamente los físicos torpes que decidieron hacerse “brockers”, o los ingenieros en tecnología convertidos en propietarios de quioscos o de cooperativas comerciales, hicieron una “acumulación primitiva”. Su paso por esa acumulación ha acabado casi siempre en compra de acciones de “MMM” [una pirámide financiera], cuyos resultados son bien conocidos y han alcanzado escasas veces la etapa de “acumulación secundaria”» (Izvestia, 10/01/96).