Editorial - Frente a la miseria y la barbarie capitalistas, una única respuesta...

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Editorial

Frente a la miseria y la barbarie capitalistas, una única respuesta:
la lucha internacional del proletariado

 

La dinámica catastrófica en la que se hunde el capitalismo mundial, y a la que arrastra a la humanidad entera, acaba de conocer un brusco acelerón desde el principio del año 1998. El atolladero histórico en que está metido el capitalismo ha aparecido con fuerza en todos los planos: multiplicación de los conflictos imperialistas, crisis económica y, en el plano social, un empobrecimiento y una miseria que se generalizan a millones de seres humanos.

La agravación de los antagonismos imperialistas entre grandes potencias, que quedó patente en el fracaso estadounidense frente a Irak en febrero último ([1]), se afirma ahora en la acelerada carrera del arma atómica entre India y Pakistán. Esta carrera escapa al control de las grandes potencias, especialmente de EEUU, las cuales no han sabido atajar las pruebas indias e impedir la réplica pakistaní. La dinámica de «cada uno para sí», característica principal del período de descomposición del capitalismo en el plano imperialista, estalla cada día un poco más en todos rincones del planeta. La amenaza de una guerra entre India y Pakistán, en la que el arma atómica sería utilizada, es muy real y ya es hoy un factor de inestabilidad suplementaria mundial y regionalmente por el juego mismo de la relaciones y oposiciones imperialistas. Las burguesías de las naciones mayores se inquietan... a la vez que participan en la agravación de las tensiones, tomando posición –más o menos abiertamente– por uno u otro país. En la región, China –presentada como enemigo principal por el gobierno indio– no va a dejar de reaccionar; ya ha reaccionado en realidad ([2]). De igual modo, esa agudización de la perspectiva guerrera en la región, plantea a la burguesía japonesa, con cada vez mayor fuerza, la cuestión de su propio armamento nuclear frente a sus vecinos; lo cual añade todavía más inestabilidad y acentúa las rivalidades imperialistas mundiales. Asia del sudeste es un verdadero polvorín, en gran parte atómico. La situación creada por India y Pakistán no hará sino reforzar más si cabe la carrera de todo tipo de armamentos que se vive en la región desde el hundimiento de la URSS y del bloque del Este.

El período histórico actual de descomposición del capitalismo se plasma pues en el trágico aumento de los antagonismos y de los conflictos imperialistas. Continentes enteros son presa de guerras y matanzas. Mientras escribimos este artículo, esa desquiciada espiral se acaba de plasmar en el estallido de la guerra entre Eritrea y Etiopía y en las filas de refugiados de Kosovo que huyen de los nuevos combates en Yugoslavia. Esos Estados forman parte de la interminable lista de países que han vivido las desgracias y destrucciones de la guerra. Ya nunca volverán a conocer «la paz» bajo el capitalismo. Sólo les espera una barbarie en la que los sátrapas locales y sus bandas armadas van a perpetrar matanzas sin parar, sometiendo a las poblaciones locales a sufrimientos que afganos, chechenos, pueblos de Africa, de la antigua Yugoslavia y de otras partes soportan desde hace años y años y que no podrán evitar. El capitalismo en putrefacción arrastra a la humanidad entera a guerras sin fin, cada vez más bestiales.

La agravación brutal de la crisis económica del capitalismo mundial acaba de golpear de un modo especialmente violento a las poblaciones del Sudeste asiático, las cuales, después de haber soportado una explotación feroz durante los años de «crecimiento» y de «éxitos» económicos, se ven ahora, del día a la mañana, en la calle y sin trabajo, víctimas de las subidas de los precios, de la miseria, el hambre y la represión. Las primeras consecuencias de la crisis en los países asiáticos son ya hoy dramáticas. Las quiebras de bancos y empresas, los cierres de fábricas o los ceses parciales de producción más o menos largos echan al desempleo a millones de obreros. En Corea del Sur, el desempleo se ha duplicado en cinco meses; un millón y medio de obreros expulsados, y muchos otros en paro parcial. El desempleo se dispara en Hongkong, Singapur, Malasia, Tailandia... De un día para otro, hay millones de obreros con sus familias que se quedan con lo puesto y eso cuando, por ser emigrantes, no son expulsados a punta de fusil hacia sus países de origen. El consumo se hunde, ¿ cómo no va a hundirse cuando, además de los despidos, la inflación se dispara a causa también del hundimiento de las monedas locales ?.

«Lo que parece vislumbrarse es una recesión profunda. En Malasia, el producto interior bruto (PIB) se ha contraído 1,8% en el primer trimestre. En Hongkong, el PIB ha bajado por primera vez desde hace trece años en 2% en los tres primeros meses del año» ([3]), mientras que Corea del Sur «está enfrentada a un “credit crunch” dramático que “amenaza con minar la industria y las exportaciones, último recurso de la recuperación económica”, ha declarado, el lunes, el ministro de Hacienda [coreano]. Se hace esta advertencia ahora que Corea del Sur ha registrado un crecimiento negativo de 2,6 % en mayo» ([4]).

Así, la prensa burguesa está hoy obligada a reconocer que no se trata solo de una «crisis financiera» que afecta a los antiguos «dragones» y a algún que otro «tigre», sino de un descalabro económico global para esos países. Este «reconocimiento» le permite en realidad ocultar una realidad mucho más grave: la situación dramática en la que se está hundiendo esa región del mundo no es ni más ni menos que una expresión espectacular de la crisis mortal del capitalismo como un todo ([5]). Esa situación se está volviendo a su vez factor de aceleración de la crisis general. Los recientes y violentos sobresaltos de las Bolsas de Hongkong, Bangkok, Yakarta, Taiwán, Singapur y Kuala-Lumpur a finales de mayo han desbordado ampliamente el marco del Sudeste asiático. En el mismo momento, efectivamente, las Bolsas de Moscú, de Varsovia y de países de Latinoamérica bajaban de manera muy considerable. De igual modo, las dificultades actuales de Japón (caída de su moneda, descenso importante del consumo interno, recesión abierta oficialmente prevista a pesar del aumento de los déficits presupuestarios) vienen a su vez a amenazar lo que queda de equilibrio financiero en la región, y anuncian una agudización de la guerra comercial. Una devaluación del yen acabará imponiendo una devaluación de la moneda china (cuya economía se está agotando), lo cual tendría consecuencias todavía más dramáticas para la región. Aunque a un nivel muy diferente, claro está, las dificultades japonesas van a tener consecuencias graves para toda la economía mundial.

La agravación de la crisis económica es mundial y afecta a todos los países

Todos los elementos que se han dado cita en el estallido asiático de finales de 1997, están reunidos ahora también en el caso de Rusia. Esta pide una ayuda de urgencia a los países del G7, los siete países más ricos del mundo, una ayuda de más de 10 mil millones de $, a la vez que los capitales huyen del país y el rublo, la moneda rusa, baja a pesar de unos tipos de interés de ¡150 %! Rusia se encuentra en la misma situación que los países asiáticos el invierno pasado, la de Corea en particular, con una deuda a corto plazo de 33 mil millones de $ a pagar en 1998, cuando sus reservas no llegan ni a 15 mil millones, y no permiten pagar los salarios obreros como lo acaban de recordar los mineros de Liberia ([6]). A diferencia de los países asiáticos, Rusia lleva ya en recesión desde hace 10años, con una economía sumida en el marasmo, en medio de un caos y una descomposición social que afecta a todos los sectores de la sociedad en una espiral sin fin.

Ésa es la única perspectiva que pueda hoy ofrecer el capitalismo a la inmensa mayoría de la población mundial. Miseria y hambre, desempleo o sobreexplotación en aumento, condiciones de trabajo que se degradan sin cesar, corrupción general, enfrentamientos entre bandas mafiosas, droga y alcoholismo, criaturas abandonadas cuando no son vendidas como esclavos, ancianos reducidos a la mendicidad y a morir en la calle, guerras sangrientas, caos y barbarie sin fin. No es esto un mal guión de ciencia ficción, sino la realidad cotidiana que conoce la inmensa mayoría de la población mundial y que ya se vive en Africa, en la ex URSS, en cantidad de países de Asia, en Latinoamérica, y que no hace sino acelerarse, afectando ahora a ciertas regiones europeas como lo muestra la ex Yugoslavia, Albania, y buena parte de los países del antiguo bloque del Este.

¿Qué alternativa a semejante barbarie?

Ante ese cuadro catastrófico, muy incompleto, ¿quedan soluciones o una alternativa? Solución en el marco del capitalismo, no hay. Las proclamas de políticos, economistas y periodistas y demás sobre la esperanza en un futuro mejor si se aceptan sacrificios hoy no sólo han sido desmentidas por la quiebra de los países asiáticos, incluido Japón, que nos presentaban como los ejemplos a seguir, sino, más ampliamente, por los treinta años de crisis económica abierta a finales de los años 60 y que han desembocado en el siniestro cuadro descrito.

¿Existe acaso una alternativa fuera del capitalismo? Y si sí, ¿cuál? Y sobre todo ¿quién es su portador? ¿Las grandes masas que se han rebelado en Indonesia?

La degradación repentina de las condiciones de vida en Indonesia, impuestas por las grandes democracias occidentales y el FMI del día a la mañana, iban a provocar, obligatoriamente, reacciones populares. En algunos meses, el PIB bajó 8,5 % en el primer trimestre de 1998, la rupia indonesia ha perdido 80 % de su valor desde el verano de 1997, la renta media ha bajado 40 %, la tasa de desempleo subió súbitamente al 17 % de la población activa, la inflación se dispara y alcanzará el 50 % en 1998. «La vida se ha vuelto imposible. Los precios no paran de aumentar. El arroz ha pasado de 300rupias antes de la crisis a 3000 hoy. Y pronto será peor» ([7]).

En esas condiciones era de lo más previsible la revuelta de una población ya miserable. Las grandes potencias imperialistas y los grandes organismos internacionales, como el FMI o el Banco Mundial, que han impuesto las medidas de austeridad a Indonesia, sabían que esas reacciones populares eran inevitables y se han preparado para ellas. Los días del presidente Suharto estaban contados desde el instante en que su autoridad estaba puesta en entredicho. La dictadura brutal instaurada por Estados Unidos en tiempos de la guerra fría con el bloque imperialista de la URSS, ha permitido desviar la revuelta y las manifestaciones hacia el nepotismo y la corrupción del dictador Suharto y su camarilla, evitándose así la más mínima puesta en entredicho del capitalismo. Ese desvío ha sido tanto más fácil porque el proletariado indonesio, débil y sin experiencia, no ha podido desplegar el menor movimiento en su terreno de clase. Las pocas huelgas o manifestaciones obreras –tal como han sido relatadas en la prensa burguesa– han sido rápidamente abandonadas. Los obreros se vieron pronto anegados en el interclasismo, o en los disturbios y el pillaje de almacenes junto a las grandes masas misérrimas y lumpenizadas con las que conviven en los barrios de latas, ya detrás de los estudiantes en el terreno de las «reformas», o sea en el terreno democrático contra la dictadura de Suharto. La sangrienta represión que ha hecho más de 1000 muertos en Yakarta y muchos más en provincias, ha permitido reforzar todavía más la mistificación democrática, dando todavía más peso a la «victoria» obtenida con la dimisión de Suharto. Dimisión fácilmente organizada y obtenida... por Estados Unidos.

En una situación de quiebra declarada del capitalismo, las burguesías de las grandes potencias imperialistas, y la estadounidense en primera fila, han logrado darle la vuelta a la situación en Indonesia, de la que son ellas las primeras responsables, en beneficio del capital y de la democracia burguesa. Y esto ha sido tanto más fácil al no haber sido capaz el proletariado de luchar como tal, en su terreno de clase, es decir contra la austeridad, el desempleo y la miseria, mediante huelgas o manifestaciones masivas.

La alternativa sólo puede ser la revolucionaria, anticapitalista. Y las portadoras de ella nunca podrán ser las grandes masas miserables sin trabajo, que se hacinan en inmensos suburbios de chabolas de las metrópolis de los países del «Tercer mundo». Sólo el proletariado internacional es portador de esa alternativa que implica la destrucción de los Estados burgueses, la desaparición del modo de producción capitalista y la marcha hacia el comunismo. Sin embargo, la réplica internacional del proletariado no se presenta de la misma manera por todas las partes del mundo.

Es verdad que, en Asia, todas las fracciones del proletariado no son tan débiles, no están tan faltas de experiencia como el de Indonesia. La clase obrera en Corea, por ejemplo, mucho más concentrada, tiene una experiencia de lucha más importante, y ha llevado a cabo, especialmente en los años 1980, luchas significativas ([8]). Pero también allí la burguesía se ha preparado. La «democratización» reciente de los sindicatos coreanos y del Estado –con la elección presidencial en diciembre último, en lo más álgido de la crisis–, al igual que las últimas elecciones locales, han reforzado las mentiras democráticas, dando a la burguesía una mayor capacidad para enfrentarse al proletariado y meterlo en falsas alternativas. En el momento en que escribimos, el Estado coreano, el nuevo presidente, Kim Dae Jung, antiguo oponente encarcelado durante largo tiempo, los dirigentes de las grandes empresas y los dos sindicatos, incluido el más reciente y «radical», están consiguiendo hacer tragar los millones de despidos, el paro parcial y los sacrificios gracias al juego democrático.

La responsabilidad histórica internacional
de la clase obrera de los países industrializados

El uso de las mistificación democrática, con la que se intenta atar a los obreros al Estado nacional, no podrá ser totalmente superado y aniquilado más que por el proletariado de las grandes potencias imperialistas «democráticas». Por su concentración y su experiencia histórica en la lucha contra la democracia burguesa, la clase obrera de Europa occidental y de Norteamérica es la única que pueda dar al proletariado mundial a la vez el ejemplo y el impulso de la lucha revolucionaria, y de darle la capacidad de afirmarse por todas partes como la única fuerza determinante y portadora de una perspectiva para todas las masas pauperizadas de la sociedad.

La burguesía lo sabe. Esta es la razón por la que acaba uniéndose momentáneamente para desplegar las maniobras y los ataques –económicos y políticos– más sofisticados contra la clase obrera. Esto lo pudimos comprobar en Francia en diciembre de 1995 y, después, en Bélgica y Alemania ([9]). Acabamos de volverlo a ver en Dinamarca.

Los 500 000 huelguistas del sector privado –para una población de 2 millones, lo que equivaldría a 5 millones de huelguistas en un país como Francia o Gran Bretaña– que han paralizado el país durante quince días del mes de mayo, son una ilustración de las potencialidades del descontento y de la combatividad obrera en Europa. No es por nada si la prensa ha presentado ese movimiento como un anacronismo, como una «huelga de ricos», para así limitar al máximo todo sentimiento de solidaridad, toda conciencia de la existencia de una misma lucha obrera.

Al mismo tiempo, el esmero que ha puesto la burguesía danesa en «resolver» el conflicto es una buena indicación del peligro proletario. El uso del juego democrático entre gobierno socialdemócrata, patronal, dirección del sindicato LO y sindicalismo de base, los «tillidsmand», así como el uso del referéndum sobre Europa para decretar el fin de la huelga, todo ha sido la expresión del armamento político sofisticado de la burguesía y de su pericia. Armamento político en el uso de la oposición entre dirección de LO y sindicalismo de base, para así asegurarse del control de los obreros. Habilidad en el «horario», en la planificación temporal de la huelga provocada entre las negociaciones sindicales y la fecha del referéndum sobre Europa que iba a «autorizar» –desde el punto de vista legal– al gobierno socialdemócrata a intervenir y «pitar» la vuelta al trabajo.

Pese al fracaso de la huelga y las maniobras de la burguesía, ese movimiento no tiene el mismo sentido que el de diciembre del 95 en Francia. Mientras que la vuelta al trabajo se hizo en Francia en medio de cierta euforia, con una especie de sentimiento de victoria que impidió que el sindicalismo fuera puesto en entredicho, el final de la huelga danesa se ha realizado en un ambiente de fracaso y de poca ilusión hacia los sindicatos. Esta vez, el objetivo de la burguesía no era lanzar una vasta operación de prestigio para los sindicatos a nivel internacional como en 1995, sino «mojar la pólvora», anticipándose al descontento y a la combatividad creciente que se están afirmando poco a poco tanto en Dinamarca como en los demás países de Europa y de otras partes.

Los esfuerzos y el esmero que ponen algunas burguesías, sobre todo las europeas, en su combate contra el proletariado contrastan vivamente con los métodos «primarios» represivos y brutales de sus colegas de los países de la periferia del capitalismo. El nivel de sofisticación, de maquiavelismo, utilizado es una clara señal del peligro histórico que hoy representa el proletariado de los países más industrializados para la burguesía. De este punto de vista, la huelga danesa es anunciadora de la réplica de clase y la perspectiva de luchas masivas que el proletariado experimentado de las grandes concentraciones de Europa occidental va a ofrecer a sus hermanos de clase de otros continentes. Anuncia también la perspectiva revolucionaria que el proletariado internacional debe ofrecer a las masas pobres y hambrientas que son hoy la inmensa mayoría de la población del planeta.

La alternativa al sombrío porvenir, a la siniestra perspectiva que el capitalismo nos «ofrece» en su descomposición, es ésta: una misma lucha revolucionaria del proletariado internacional cuya señal y dinámica serán dadas por las luchas de los obreros de las grandes concentraciones industriales de Europa y de América del Norte.

RL, 7 de junio de 1998


[1] Revista internacional nº 93.

[2] «El presidente chino Jiang Zenin ha acusado a India de “pretender desde hace tiempo la hegemonía en Asia del Sur” y que “India apunta a China” cuando reanuda sus pruebas nucleares» (Le Monde, diario francés, 4/6/98).

[3] Le Monde, 4/6/98.

[4] Le Monde, 3/6/98. «Credit crunch» es la súbita penuria de créditos.

[5] Ver la «Resolución sobre la situación internacional» del XXIº congreso de la CCI así como el artículo editorial de la Revista internacional nº 92.

[6] La huelga de mineros que exigían sus salarios no pagados desde hace meses. Ver Le Monde, 7/6/98.

[7] Le Monde, 4/6/98.

[8] «Las huelgas del verano de 1987», Revista internacional nº 51, otoño de 1987.

[9] Ver Revista internacional nos 84 y 85, 1996.