Conflictos imperialistas - Un nuevo paso en el caos

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Conflictos imperialistas

Un nuevo paso en el caos

 

Durante este verano pasado no ha habido pausa en las convulsiones del mundo capitalista. Antes al contrario, como ha ocurrido a menudo en los últimos años, el período veraniego ha estado marcado por una agravación brutal de los conflictos imperialistas y de la barbarie guerrera. Atentados contra dos embajadas de Estados Unidos en África, bombardeos americanos sobre Afganistán y Sudán tras esos atentados, rebelión en Congo (RDC), con amplia participación de los países vecinos, contra el recién instalado régimen de Kabila, etc. Todos esos nuevos acontecimientos han venido a añadirse a la multitud de conflictos armados que asolan el mundo, poniendo de relieve una vez más el caos sangriento en que se hunde cada día más la sociedad humana bajo la dominación del capitalismo.

En varias ocasiones, hemos insistido en nuestra prensa en que el desmoronamiento del bloque del Este a finales de los años 80, no había desembocado, ni mucho menos, en un «nuevo orden mundial» según las palabras del presidente estadounidense de entonces, Bush, sino, al contrario, en el mayor caos de la historia humana. Desde el final de la segunda carnicería imperialista (o sea la IIª Guerra mundial), el mundo vivió bajo la batuta de dos bloques militares que no cesaron de enfrentarse en guerras que durante cuatro décadas acarrearon más muertos que la guerra mundial misma. Sin embargo, el reparto del mundo en dos bloques imperialistas enemigos, aunque propiciara numerosos conflictos locales, también obligaba a las dos superpotencias, EEUU y la URSS, a ejercer cierta labor de «policía» para mantener esos conflictos dentro de un marco «aceptable», evitando así que degeneraran en un caos general.

El hundimiento del bloque del Este  y la consecuente desaparición del bloque adversario, no han hecho desaparecer los antagonismos imperialistas entre Estados capitalistas, sino todo lo contrario. La amenaza de una nueva guerra mundial se ha alejado por ahora, puesto que los bloques que se habrían enfrentado en ella ya no existen. Pero las rivalidades entre Estados, avivadas por el derrumbe de la economía capitalista en una crisis insuperable, se han incrementado y se han desarrollado de un modo cada vez incontrolable. A partir de 1990, provocando deliberadamente la crisis y la guerra del Golfo en la que pudieron hacer alarde de su enorme superioridad militar, los Estados Unidos han seguido intentando afirmar su autoridad sobre el planeta entero, especialmente sobre sus antiguos aliados de la guerra fría. Sin embargo, el conflicto en la antigua Yugoslavia vio a esos aliados enfrentarse y poner en entredicho la tutela estadounidense, unos apoyando a Croacia (Alemania), otros a Serbia (Francia y Gran Bretaña especialmente), mientras que EEUU, tras su apoyo a Serbia, acabó apoyando a Bosnia. Era el inicio de la tendencia «cada uno para sí»: las alianzas han perdido su perennidad y la potencia norteamericana, especialmente, tiene cada vez más dificultades para ejercer su liderazgo.

La ilustración más patente de esa situación pudimos verla el invierno pasado cuando EEUU tuvo que renunciar a sus amenazas guerreras contra Irak aceptando una solución negociada por el secretario general de la ONU con el apoyo total de países como Francia, la cual no ha cesado, desde principio de los años 90, de cuestionar abiertamente la hegemonía americana. (Ver en Revista internacional nº 93 «Un revés de Estados Unidos que vuelve a incrementar las tensiones guerreras»). Lo ocurrido en este verano ha sido una nueva ilustración, e incluso una especial agudización, de esa tendencia a «cada uno para sí».

La guerra en Congo

El caos que hoy define las relaciones entre Estados salta a la vista cuando se intenta desenmarañar las madejas de los diferentes conflictos que recientemente han sacudido el planeta. Por ejemplo en la guerra actual en el Congo (la RDC, ex Zaire), hemos visto a países, Ruanda y Uganda, que hace menos de dos años habían dado su apoyo total a la ofensiva de Kabila contra el régimen de Mobutu, y que ahora apoyan plenamente a la rebelión contre ese mismo Kabila. Aún más extraña, esos países que habían encontrado en Estados Unidos un aliado de primer orden contra los intereses de la burguesía francesa, se encuentran hoy del mismo lado que ésta, la cual aporta un apoyo discreto a la rebelión contre quien considera como enemigo desde que derrocó el régimen «amigo» de Mobutu. Más sorprendente todavía es el apoyo, decisivo, dado por Angola al régimen de Kabila, cuando éste estaba a punto de
derrumbarse. Hasta ahora, Kabila, que sin embargo había beneficiado al principio del apoyo angoleño (sobre todo en forma de entrenamiento y equipo a los «ex gendarmes katangueños»), permitía a las tropas de la UNITA, en guerra contra el régimen angoleño, replegarse y entrenarse en territorio congoleño. Parece que Angola no le ha reprochado esa infidelidad. Además para complicar las cosas, Angola, que permitió hace justo un año la victoria de la camarilla de Denis Sassou Ngesso, con el apoyo de Francia, contra la de Pascal Lissouba, para controlar el Congo Brazzaville, se encuentra ahora en el campo enemigo de Francia. Y, en fin, se puede observar que se ha quedado frenada la tentativa de Estados Unidos de desplegar su dominio en Africa, especialmente contra los intereses de Francia, a pesar de los éxitos de haber instalado un régimen «amigo» en Ruanda y, sobre todo haber eliminado a un Mobutu apoyado hasta el final por la burguesía francesa. El régimen que la primera potencia mundial había instalado en Kinshasa en mayo de 1997 ha logrado que se alcen contra él no sólo una parte importante de la población, que lo había recibido con laureles después de treinta años de «mobutismo», sino a buena parte de los países vecinos, especialmente los «padrinos» Uganda y Ruanda. En la crisis actual, la diplomacia americana parece muy silenciosa (se ha limitado a «pedir firmemente» a Ruanda que no se interfiera, suspendiendo la ayuda militar que aporta a ese país), mientras que su adversario francés, con la discreción apropiada, aporta un apoyo claro a la rebelión.

Lo que de verdad salta a la vista, en medio del caos en se está ahogando el África central, es el hecho de que los diferentes Estados africanos se zafan cada vez más del control de las grandes potencias. Durante la guerra fría, África era uno de los terrenos de la rivalidad entre los dos bloques imperialistas que se repartían el mundo. Las antiguas potencias coloniales, especialmente Francia, habían recibido el mandato del bloque occidental de ejercer labores de policía por cuenta de dicho bloque. Progresivamente, los diferentes Estados que, con la independencia, había intentado apoyarse en el bloque ruso (Egipto, Argelia, Angola, Mozambique, etc.) cambiaron de campo, convirtiéndose en fieles aliados del bloque americano, antes incluso del desmoronamiento de su rival soviético. Sin embargo, mientras este bloque, aún debilitado, se iba manteniendo, había una solidaridad fundamental entre potencias occidentales para impedir a la URSS volver a poner los pies en África. Y esa solidaridad se hizo pedazos en cuanto desapareció el bloque ruso.

Para la potencia norteamericana, el que Francia mantuviera un dominio sobre buena parte del continente africano, dominio sin proporción alguna con el peso económico y sobre todo militar de ese país en el ruedo mundial, era una anomalía y encima, Francia no desaprovechaba la menor ocasión de cuestionar el liderazgo americano. En este sentido, lo fundamental que hay detrás de los diferentes conflictos que han asolado África en los últimos años es la rivalidad creciente entre los dos antiguos aliados, Francia y Estados Unidos, con el intento de este país de expulsar por todos los medios a aquél de sus «cotos privados». La concreción más espectacular de la ofensiva americana ha sido, en mayo del 97, el derrocamiento del régimen de Mobutu que había sido durante décadas una pieza clave del dispositivo imperialista francés en África (y también norteamericano durante la guerra fría). Cuando Kabila subió al poder no anduvo con rodeos para declarar su hostilidad hacia Francia y su «amistad» por Estados Unidos, que acababa de ponerle el pie en el estribo. El año pasado todavía, por detrás de las diferentes camarillas, las étnicas en particular, que se enfrentaban en el terreno, eran visibles las líneas del conflicto entre esas dos potencias, de igual modo que lo habían sido antes con los cambios de régimen en Ruanda y Burundi en beneficio de los tutsis apoyados por EEUU.

Sería en cambio hoy difícil distinguir las mismas líneas de enfrentamiento en la nueva tragedia que ha vuelto a poner a Congo a sangre y fuego. De hecho, parece que los diferentes Estados implicados en el conflicto juegan cada uno su propia baza, independientemente del enfrentamiento fundamental entre Francia y EEUU que ha determinado la historia africana en los últimos tiempos. Y así es como Uganda, uno de los artífices principales de la victoria de Kabila, sueña, mediante la acción que está llevando a cabo contra el mismo Kabila, con ponerse a la cabeza de una especia de «Tutsilandia» que agruparía en torno a ella a Ruanda, Kenya, Tanzania, Burundi y las provincias orientales de Congo. Por su parte, Ruanda, con su participación en la ofensiva contra Kabila, intenta llevar a cabo una «limpieza étnica» de los santuarios congoleños de los milicianos hutus que siguen con sus incursiones contra el régimen de Kigali y, al cabo, apoderarse de la provincia de Kivu (uno de los jefes de la rebelión, Pascal Tshipata, la justificaba diciendo que Kabila había incumplido su promesa de ceder Kivu a los banyamulengues que lo habían apoyado contra Mobutu).

Por su parte, el apoyo angoleño al régimen de Kabila tampoco es gratuito. De hecho, ese apoyo se parece al del banquillo del ahorcado. Al hacer depender la supervivencia del régimen de Kabila de su ayuda militar, Angola está en posición de fuerza para dictarle sus condiciones: prohibir a los rebeldes de la UNITA refugiarse en territorio congoleño y derecho de paso por Congo al enclave de Cabinda cortado geográficamente de su propietario angoleño.

La tendencia general de «cada uno para sí» que expresaban cada vez más los antiguos aliados del bloque regentado por Estados Unidos y que apareció claramente en la antigua Yugoslavia, ha dado, con el conflicto actual en Congo, un paso suplementario: ahora son países de tercera o cuarta fila, como Angola o Uganda, los que afirman sus pretensiones imperialistas independientemente de los intereses de sus «protectores». Esa misma tendencia es la que puede observarse en los atentados del 7 de agosto contra las embajadas estadounidenses en África y la «réplica» de EEUU dos semanas después.

Los atentados contra las embajadas americanas y la réplica de EEUU

La preparación minuciosa, la coordinación y la violencia asesina de los atentados del 7 de agosto hacen pensar que no se deben a un grupo terrorista aislado, sino que han sido apoyados, cuando no organizados por un Estado. Por otro lado, al día siguiente mismo de los atentados, las autoridades norteamericanas afirmaban bien alto que la guerra contra el terrorismo era ahora un objetivo prioritario de su política, objetivo que el presidente Clinton volvió a reiterar con fuerza en la tribuna de Naciones Unidas.

En realidad, y el gobierno americano lo tiene muy claro, a quienes se dirigen las advertencias es a los Estados que practican o apoyan el terrorismo. Esta política no es nueva: hace ya años que Estados Unidos condena «los Estados terroristas» (han formado o forman parte de esta categoría Libia, Siria e Irán, entre otros). Es evidente que hay «Estados terroristas» que no son objeto de las iras estadounidenses: aquéllos que apoyan los movimientos que están al servicio de Estados Unidos, como es el caso de Arabia Saudí que financia a los integristas argelinos en guerra contra un régimen amigo de Francia. Sin embargo, el que la primera potencia mundial, la que pretende hacer el papel de «gendarme del mundo» dé tanta importancia al tema, no es sólo mera propaganda al servicio de intereses circunstanciales.

En realidad, el que el terrorismo se haya convertido hoy en un medio cada vez más utilizado en los conflictos imperialistas es una ilustración del caos que se está desarrollando en las relaciones entre Estados ([1]), un caos que permite a países de menor importancia cuestionar la ley de las grandes potencias, especialmente de la primera de ellas, lo cual contribuye, evidentemente, a minar un poco más su liderazgo.

Las dos réplicas de Estados Unidos a los atentados contra sus embajadas, el bombardeo con misiles de crucero de una fábrica de Jartum y de la base de Usama Bin Laden en Afganistán ilustra perfectamente la situación de las relaciones internacionales hoy. En ambos casos, el primer país del mundo, para reafirmar su liderazgo, ha vuelto a hacer alarde de lo que es su fuerza esencial: su enorme superioridad militar sobre todos los demás. El ejército estadounidense es el único que pueda provocar muertes tan masivamente y con una precisión diabólica a miles y miles de kilómetros de su territorio y eso sin correr el menor riesgo. Es una advertencia a los países que tuvieran la intención de apoyar a grupos terroristas, pero también a los países occidentales que mantienen buenas relaciones con ellos. La destrucción de una factoría en Sudan, aunque el pretexto –la fabricación de armas químicas en ella– resulta poco creíble, permite a EEUU golpear a un régimen islamista que tiene buenas relaciones con Francia.

Como en otras ocasiones, sin embargo, este alarde de la potencia militar se ha revelado poco eficaz para reunir a otros países en torno a Estados Unidos. Por un lado, la práctica totalidad de países árabes y musulmanes ha condenado los bombardeos. Por otro, los grandes países occidentales, incluso cuando hicieron como si dieran su aprobación, expresaron múltiples reservas en cuanto a los medios empleados por Estados Unidos. Ha sido un nuevo testimonio de las dificultades con que se encuentra hoy la primera potencia mundial para afirmar su liderazgo: en ausencia de una amenaza procedente de otra superpotencia (como así era en tiempos de la URSS y de su bloque), el alarde y el uso de la fuerza militar no logran afianzar las alianzas en torno a aquélla ni superar el caos que se propone combatir. Semejante política las más de las veces, lo único que hace es avivar los antagonismos contra Estados Unidos y agravar el caos y las tendencias centrífugas de «cada uno para sí».

El incremento de esas tendencias y las dificultades del liderazgo americano aparecen claramente en los bombardeos de las bases de Usama Bin Laden. No está dilucidado si fue él quien encargó los atentados de Dar es Salam y de Nairobi. Sin embargo, el que EEUU haya decidido enviar misiles de crucero contra sus bases de entrenamiento en Afganistán es la mejor prueba de que la primera potencia lo tiene por enemigo. Y precisamente ese mismo Bin Laden fue, en tiempos de la ocupación rusa, uno de los mejores aliados de Estados Unidos, generosamente financiado y armado por este país. Aún más sorprendente es que Bin Laden goce de la protección de los talibanes a quienes Estados Unidos no escatimó un apoyo (con la complicidad de Pakistán y de Arabia Saudí) que fue decisivo en su conquista de la mayor parte del territorio afgano. Así pues, hoy, talibanes y estadounidenses se hallan en campos opuestos. Existen varias razones para comprender el golpe que Estados Unidos ha dado a los talibanes.

Por un lado, el apoyo incondicional proporcionado por Washington a los talibanes es un obstáculo en el proceso de «normalización» de sus relaciones con el régimen iraní. Este proceso había conocido un avance mediático espectacular con las amabilidades intercambiadas entre los equipos de fútbol norteamericano e iraní en el último Mundial. Sin embargo, en su diplomacia hacia Irán, Estados Unidos van retrasados respecto a otros países como Francia, país que, en el mismo momento, enviaba su ministro de Exteriores a Teherán. La potencia americana no puede dejar de aprovecharse de la tendencia actual de apertura que se está manifestando en la diplomacia iraní y evitar que otras potencias se le adelanten.

Sin embargo, el golpe a los talibanes también es un aviso contra veleidades de distanciarse de Estados Unidos, ahora que su victoria casi total sobre sus enemigos los hace menos dependientes de la ayuda americana. O, en otras palabras, lo que la primera potencia mundial quiere evitar es que se vuelva a repetir, en mayor amplitud, lo que le pasó con Bin Laden, o sea que sus «amigos» se vuelvan sus enemigos. Pero en este caso como en muchos otros, no es seguro que el golpe americano sirva de algo. La tendencia a «cada uno para sí» y el caos que engendra no podrá ser nunca contrarrestado por el alarde de fuerza del «gendarme del mundo». Esos fenómenos son parte íntegra del período histórico actual de descomposición del capitalismo y son insuperables.

Por otra parte, la incapacidad fundamental en la que se encuentra la primera potencia mundial para resolver esa situación, repercute hoy en la vida interna de su burguesía. En la crisis que está hoy viviendo el ejecutivo estadounidense en torno al caso Lewinsky, hay, sin duda, causas de politiquería interna. También es cierto que ese escándalo, tratado sistemáticamente por la prensa, es aprovechado oportunamente para desviar la atención de la clase obrera de una situación económica que se está degradando, con ataques patronales en aumento, como muestra el incremento de la combatividad obrera (huelgas de General Motors y de Northwest). En fin, lo grotesco del proceso que se le hace a Clinton es también un testimonio más de la putrefacción de la sociedad burguesa, típica del período de descomposición. Sin embargo, una ofensiva así contra el presidente norteamericano, que podría desembocar en su destitución, pone de relieve el desasosiego de la burguesía de la primera potencia mundial, incapaz de afirmar su liderazgo sobre el planeta.

Pero poco tienen que ver esos problemas de Clinton, o los de toda la burguesía americana, que son, sin embargo, algo muy insignificante, frente al drama que se está representando hoy a escala mundial. Para una cantidad cada vez mayor de seres humanos, y es hoy especialmente lo que ocurre en Congo, el caos, que no hará sino incrementarse por el mundo entero, es sinónimo de matanzas, de hambres, epidemias, barbarie. Una barbarie que ha conocido durante el verano un nuevo avance y que seguirá agravándose más y más mientras el capitalismo no haya sido echado abajo.

Fabienne


[1] En el artículo «Cara al hundimiento en la barbarie, la necesidad y posibilidad de la revolución», Revista internacional, no 48, ya pusimos en evidencia que los atentados terroristas como los que se produjeron en París en 1986 no eran sino una de las manifestaciones de la entrada del capitalismo en una nueva fase de su decadencia, la de la descomposición. Desde entonces, las convulsiones que han ido sacudiendo al planeta, y en particular el hundimiento del bloque imperialista ruso a finales de los 80, han ilustrado de sobra el hundimiento de la sociedad capitalista en la descomposición y putrefacción.