Agravación de la crisis, matanzas imperialistas en África - Las convulsiones del capitalismo moribundo

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Agravación de la crisis, matanzas imperialistas en África

 

Las convulsiones del capitalismo moribundo

 

 

En los países industrializados, el verano es la época en la que, en general, la burguesía tiene a bien otorgar vacaciones a sus explotados para que así puedan recuperar mejor su fuerza de trabajo y ser más productivos el resto del año. También saben perfectamente éstos que desde hace ya mucho tiempo y a costa de ellos, la clase dominante se aprovecha de la dispersión, el alejamiento del lugar de trabajo y su menor vigilancia para acelerar sus ataques contra el nivel de vida. Así mientras los proletarios descansan, la burguesía y sus gobiernos no quedan inactivos. Sin embargo, desde hace ya varios años, el período estival se ha convertido en uno de los más fértiles en lo que a agravación de tensiones imperialistas se refiere.

Fue, por ejemplo, en agosto de 1990 cuando se inició, con la invasión de Kuwait por Irak lo que iba a ser la crisis y la guerra del Golfo. Fue en verano de 1991 cuando estalló en la antigua Yugoslavia una guerra en plena Europa por primera vez desde hacía casi medio siglo. Más recientemente, fue en el verano de 1995 cuando ocurrió el bombardeo de la OTAN y la ofensiva croata (apoyada por Estados Unidos) contra Serbia. Podríamos poner más ejemplos.

El verano de 1997 fue, en cambio, muy tranquilo en lo que enfrentamientos imperialistas se refiere. Pero la actualidad mundial fue, sin embargo, ruidosa; fue el verano del año pasado cuando se inició la crisis financiera de los países del Sudeste asiático, anunciadora de las convulsiones en las que está inmersa la economía mundial.

Por su parte, este verano de 1998 ha reanudado con la «tradición» de la agudización de los enfrentamientos imperialistas: guerra en el Congo, atentados contra las embajadas de EEUU en Africa, seguidos por los bombardeos estadounidenses en Afganistán y Sudán. Al mismo tiempo, ha estado marcado por la agravación considerable de las convulsiones de la economía mundial, especialmente el caos de Rusia, seguidas por un nuevo hundimiento de «países emergentes» como los de Latinoamérica y por una caída histórica de las Bolsas de los países más desarrollados.

El desencadenamiento reciente de esas convulsiones de todo tipo que conoce el mundo capitalista no son una casualidad. Expresan un nuevo avance de las contradicciones insuperables de la sociedad burguesa. No hay relación directa, mecánica, entre las convulsiones del ámbito económico y la agudización de los enfrentamientos guerreros. Pero todos tienen un mismo origen: el hundimiento de la economía mundial en una crisis sin salida. Y no hay salida porque no la tiene el modo de producción capitalista, el cual se halla en su fase de decadencia desde la Primera Guerra mundial.

Por eso es este siglo XX el que ha conocido las mayores tragedias de la historia. Sólo la clase obrera mundial mediante la realización de la revolución comunista, podrá impedir que el XXI sea peor todavía. Esa es la enseñanza principal que los proletarios deben sacar ante el hundimiento del mundo capitalista en una crisis y en una barbarie cada día más intensas.

 

Asia primero, ahora Rusia y Latinoamérica

La catástrofe económica
llega al corazón del capitalismo

 

La crisis financiera que se desató ahora hace más de un año en el Sudeste asiático está hoy desplegándose en toda su envergadura. Durante el verano ha conocido un nuevo sobresalto con el hundimiento de la economía rusa y las convulsiones sin precedentes en los «países emergentes» de Latinoamérica. Pero ahora ya son las principales metrópolis del capitalismo, los países más desarrollados de Europa
y Norteamérica los que están en primera línea: baja continua de los índices bursátiles, continuas correcciones a la baja de las previsiones de crecimiento. Lejos estamos de la euforia que embargaba a los burgueses hace escasos meses, una euforia que se plasmaba en las subidas vertiginosas de las Bolsas occidentales durante toda la primera parte del año 1998. Hoy, los mismos «especialistas» que se congratulaban de la «tan buena salud» de los países anglosajones y que preveían una recuperación en todos los países de Europa, ahora tienen que reconocer la recesión, cuando no la «depresión». Y tienen mucha razón en ser pesimistas. Los nubarrones que ahora se están acumulando en los cielos de las economías más poderosas no anuncian tormenta de verano. Lo que anuncian es un huracán resultante de la situación sin salida en el que se encuentra metida la economía capitalista.

Escenario de una nueva y brusca aceleración, el verano de este año ha sido mortal para la credibilidad del sistema capitalista: agudización de la crisis en Asia, en donde la recesión se ha instalado por largo tiempo y está ahora afectando a los dos «grandes», Japón y China; amenazas en Latinoamérica, hundimiento espectacular de la economía rusa y bajas que se acercan a los récords históricos en las principales plazas bursátiles. En tres semanas, el rublo ha perdido el 70 % de su valor (desde junio de 1991, el Producto interior bruto – PIB – ruso ha caído entre 50 y 80 %). El 31 de agosto, el famoso «lunes azul» según la expresión de un periodista que no se atrevió a llamarlo «negro», fue cuando Wall Street cayó 6,4 % y el Nasdaq, índice de valores en tecnología punta, 8,5 %. Al día siguiente, primero de septiembre, las Bolsas europeas estaban a su vez afectadas. Francfort empezaba la mañana con una pérdida de 2 % y París de 3,5 %. En el día, Madrid perdía 4,23 %, Amsterdam 3,56 y Zurich 2,15. En Asia, el 30 de agosto, la Bolsa de Hongkong bajaba más del 7 %, mientras la de Tokio se derrumbaba llegando a los niveles de hace 12 años. Desde entonces, las bajas de los mercados bursátiles no ha cesado hasta el punto que el 21 de septiembre (y es muy probable que cuando salga esta Revista internacional la situación sea peor todavía) la mayoría de los índices habían vuelto a los niveles de principios de 1998: + 0,32 en Nueva York, + 5,09 en Francfort y saldo negativo en Londres, Zurich, Amsterdam, Estocolmo.

Toda esa acumulación de desastres no se debe a la casualidad. Tampoco es, como pretenden hacérnoslo creer, la manifestación de una «crisis de confianza pasajera» hacia los países llamados «emergentes» o una «saludable corrección mecánica de un mercado sobrevalorado», sino que se trata de un nuevo episodio de la caída en picado del capitalismo como un todo, una caída de la que es una especie de caricatura el hundimiento de la economía rusa.

La crisis en Rusia

Durante meses, la burguesía mundial y sus «especialistas», que habían sufrido un buen susto con las crisis financieras de los países del Sudeste asiático hace un año, se habían consolado al ver que esa crisis no había arrastrado tras ella a los demás países «emergentes». Y la prensa insistía en el carácter «específico» de las dificultades que asaltaban a Tailandia, a Corea, a Indonesia, etc. Pero después sonó la alarma otra vez cuando un auténtico caos se apoderó de la economía rusa a principios del verano pasado (1). Después de muchas insistencias, la llamada «comunidad internacional», que ya había tenido que contribuir en Asia, acabó soltando una ayuda de 22 mil 600 millones de dólares en 18 meses acompañada, como de costumbre, por una serie de condiciones draconianas: reducción drástica de los gastos del Estado, aumento de los impuestos (especialmente para los asalariados para así compensar la impotencia patente del Estado ruso para cobrar los que deben las empresas), alzas de precios, aumento de las cuotas de jubilación. Todo eso cuando ya las condiciones de existencia de los proletarios rusos eran de lo más miserables y cuando la mayoría de los empleados del Estado y buena parte de los de empresas privadas no cobraban sueldo desde hace meses. Una miseria que se ha plasmado, por ejemplo, en la dramática estadística de que desde 1991 la esperanza de vida masculina ha retrocedido de 69 a 58 años y la tasa de natalidad de 14,7% a 9,5%.

Un mes más tarde, la evidencia está ahí: los fondos entregados no han servido para nada. Tras una semana negra en la que la Bolsa de Moscú cayó sin freno poniendo a cientos de bancos al borde de la quiebra, Yelsin y su gobierno se vieron obligados, el 17 de agosto, a abandonar lo poco que les quedaba de crédito: el rublo y su paridad con el dólar. De la primera serie de 4,8 mil millones de $ entregada en julio como ayuda del FMI, 3,8 ya habían sido tragados, en vano, en la defensa del rublo. En cuanto a los mil millones restantes, tampoco sirvieron, ni mucho menos, para poner en marcha las medidas de saneamiento de las finanzas estatales, menos todavía para pagar los atrasos de los sueldos obreros, por la sencilla razón de que se habían fundido para pagar los intereses de la deuda, que se traga más del 35 % de la renta del país, o sea en el simple pago de los intereses en su debido plazo. Y eso por no hablar de los fondos desviados que van a parar directamente a los bolsillos de una u otra facción de una burguesía gansterizada. El fracaso de esta política significa para Rusia, además de la quiebra en serie de bancos (más de 1500), el hundimiento en la recesión, la explosión de su deuda externa en dólares, el retorno de una inflación galopante. Ya hoy se estima que ésta podría alcanzar 200 o 300 % este año. Y lo peor está por llegar.

Ese marasmo ha provocado la desbandada en la cumbre del Estado ruso, acarreando una crisis política que, a finales de septiembre, parece no haber sido resuelta. La ruina de la esfera dirigente rusa, que la hace parecerse cada día más a la de una república de opereta, ha alarmado a las burguesías occidentales. Pero la burguesía podrá preocuparse por Yelsin y compañía, será ante todo la población rusa y la clase obrera las que están y seguirán pagando muy caro las consecuencias de la situación. Así, la caída del rublo ha encarecido en más del 50 % el precio de los alimentos importados, más de la mitad de los consumidos en Rusia. La producción no llega ni al 40 % de lo que era antes del derribo del muro de Berlín…

Hoy, la realidad está confirmando plenamente lo que nosotros decíamos hace nueve años en las «Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y los países del Este», redactadas en septiembre de 1989: «Ante su quiebra total, la única alternativa que puede permitir a la economía de esos países, no ya alcanzar una competitividad real, sino al menos irse manteniendo a flote, consiste en la introducción de mecanismos que permitan une responsabilización real de sus dirigentes. Esos mecanismos suponen una “liberalización” de la economía, la creación de un mercado interior que exista realmente, una mayor “autonomía” de las empresas y el desarrollo de un sector “privado” fuerte. (…) Sin embargo, aunque dicho programa se haga cada vez más indispensable, su puesta en aplicación tropieza con obstáculos prácticamente insuperables» (Revista internacional nº 60).

Unos meses después, añadíamos: (…) algunos sectores de la burguesía responden que estaría bien un nuevo “Plan Marshall” que permitiera reconstruir el potencial económico de esos países (…) una inyección masiva de capitales en los países del Este hoy, para desarrollar su potencial económico y especialmente industrial, está fuera de lugar. Aún suponiendo que se pudiera poner en pie ese potencial productivo, las mercancías producidas no harían sino atascar todavía más un mercado mundial supersaturado. Con los países que están saliendo hoy del estalinismo ocurre lo mismo que con los subdesarrollados: toda la política de créditos masivos inyectados en éstos durante los años 70 y 80 ha desembocado obligatoriamente en la situación catastrófica bien conocida: una deuda de 1 billón 400 millones de $ y unas economías todavía más destrozadas que antes. A los países del Este, cuya economía se parece en muchos aspectos a la de los subdesarrollados, no les espera otro destino. (...) Lo único que podrán esperar es que les manden algún que otro crédito y ayuda urgente para que esos países eviten la bancarrota financiera abierta y hambres que no harían sino agravar las convulsiones que los están sacudiendo» («Tras el hundimiento del bloque del Este, inestabilidad y caos», Revista internacional nº 61).

Dos años más tarde escribíamos: «También, para aliviar un poquito el estrangulamiento financiero de la ex URSS, los países del G-7 han decidido otorgar un plazo de un año para el reembolso de los intereses de la deuda soviética, la cual asciende hoy a 80 mil millones de dólares. Pero eso es como un esparadrapo en una pata de palo, pues los préstamos otorgados parecen caer en un pozo sin fondo. Hace dos años, nos habían cantado la coplilla de los “nuevos mercados” que quedaban abiertos gracias al desplome de los regímenes estalinianos. Ahora, cuando la crisis económica mundial se está plasmando, entre otras cosas, en una crisis aguda de liquidez, los bancos se hacen cada día más remolones para invertir sus capitales en esa parte del mundo» (Revista internacional nº 68).

Es así cómo la realidad de los hechos ha venido a confirmar, contra todas las ilusiones interesadas de la burguesía y de sus misioneros, lo que la teoría marxista permitía a los revolucionarios prever. Lo que hoy se está desplegando en las puertas mismas de lo aparece todavía como la «fortaleza Europa» es el desmoronamiento total, y el único desarrollo es el de una miseria espantosa.

Tampoco han tenido mucho éxito esos intentos por hacernos creer que, una vez amainado el vendaval de pánico bursátil, las consecuencias para la economía mundial en el plano internacional iban a ser mínimas. Es normal que los capitalistas intenten darse seguridades a sí mismos y sobre todo procuren ocultar a la clase obrera la gravedad de una crisis mundial que se enfrenta a la dura realidad. Para empezar son los acreedores de Rusia los que se encuentran en grandes dificultades. Los bancos occidentales han prestado a ese país más de 75 mil millones de dólares, los bonos del tesoro que aquéllos poseen ya han perdido 80 % de su valor y Rusia ha interrumpido todo reembolso de los extendidos en dólares. La burguesía occidental teme, además, que otros países de Europa del Este vivan la misma pesadilla. Y es muy posible: Polonia, Hungría y la República Checa han recibido 18 veces más inversiones occidentales que Rusia. Y a finales de agosto, se oyeron los primeros crujidos en las Bolsas de Varsovia (– 9,5 %) y de Budapest (–5,5%) lo cual significaba que los capitales empezaban a desertar esas nuevas plazas financieras. Además, y de una manera todavía más acelerada, Rusia arrastra en su hundimiento a los países de la CEI cuyas economías están muy vinculadas a la suya. De modo que, aunque Rusia no es, en fin de cuentas, sino un «pequeño deudor» del mundo en comparación con otras regiones, su situación geopolítica, el que sea, en plena Europa, un campo minado de armas nucleares y la amenaza de hundimiento en el caos provocado por la crisis económica y política, todo eso otorga una gravedad muy especial a la situación de ese país.

Por otra parte, el que la deuda de Rusia sea relativamente limitada en comparación con los créditos otorgados a otras regiones del mundo es un pobre consuelo. En realidad, esa constatación debe, al contrario, llevar la atención hacia otras amenazas que ya se están cerniendo, como la de que la crisis financiera se extienda a Latinoamérica, región que ha sido, en estos últimos años, el destino principal de las inversiones directas extranjeras entre los llamados países «en desarrollo» (45% del total en 1997, contra 20% en 1980 y 38% en 1990). Los riesgos de devaluación en Venezuela, el brutal descenso de los precios de materias primas desde la crisis asiática que afecta a todos los países americanos con mayor amplitud todavía que a Rusia, una deuda externa gigantesca, una deuda pública astronómica (el déficit público de Brasil, 7º PIB mundial, es superior al de Rusia) están haciendo de Latinoamérica una bomba de relojería que añadirá sus efectos destructivos a los del marasmo asiático y ruso. Una bomba colocada en las puertas mismas de la primera potencia económica mundial, Estados Unidos.

Sin embargo, la amenaza principal no viene de esos países sub o poco desarrollados. La amenaza principal está en un país hiperdesarrollado, segunda potencia económica del planeta, Japón.

La crisis en Japón

Antes del cataclismo de la economía rusa de junio 1998, jarro de agua fría para la burguesía de todos los países, un terremoto cuyo epicentro era Tokio había extendido sus ondas amenazantes a todo el sistema económico mundial. Desde 1992, a pesar de siete planes de «relanzamiento», que han inyectado lo equivalente entre 2-3 % del PNB anual y una devaluación del 50 % del yen en tres años, medidas que deberían haber sostenido la competitividad de los productos japoneses en el mercado mundial, la economía japonesa sigue hundiéndose en el marasmo. Por miedo a enfrentarse a las consecuencias económicas y sociales en un contexto ya muy frágil, el Estado japonés no hace más que ir retrasando las medidas de «saneamiento» de su sector bancario. El monto de las deudas incobrables equivale ¡al 15 % del PIB!, suficiente para hundir a la economía japonesa, e internacional de rechazo, en una recesión de una amplitud sin precedentes desde la gran crisis de 1929. Frente al progresivo atasco de Japón en la recesión y las dilaciones del poder para tomar las medidas que se imponen, el yen ha sido objeto de una importante especulación que amenaza a todas las monedas de Extremo oriente con una devaluación en cadena que sería la señal del peor guión deflacionista. El 17 de junio de 1998 fue el zafarrancho de combate en los mercados financieros: la Reserva federal de EEUU acabó por socorrer masivamente a un yen que se despeñaba. Sin embargo, eso solo fue diferir los problemas; ayudado por la «comunidad internacional», Japón pudo aplazar las cosas, pero a costa de un endeudamiento que está aumentando a la velocidad del rayo. Sólo ya la deuda pública alcanza lo equivalente a un año de producción (100 % del PNB).

Cabe señalar, a ese respecto, que son los mismos economistas «liberales», esos que ponen en la picota la intervención del Estado en la economía y que hoy mandan en las grandes instituciones financieras internacionales y en los gobiernos occidentales, los que exigen a voz en grito una nueva inyección masiva de fondos públicos en el sector bancario para salvarlo de la quiebra. Esta es la prueba de que, por detrás de todas palabrerías ideológicas sobre «menos Estado», los «peritos» burgueses saben perfectamente que el Estado es la última defensa contra la desbandada económica. Cuando hablan de «menos Estado» se trata sobre todo del llamado «Estado del bienestar», o sea de los dispositivos de protección social de los trabajadores (subsidios de desempleo y enfermedad, mínimos sociales). Lo único que sus discursos significan es que hay que atacar las condiciones de vida de la clase obrera más y más todavía.

Finalmente, el 18 de septiembre, el gobierno y la oposición firmaron un compromiso para salvar el sistema financiero nipón, pero, en lugar de relanzar los mercados bursátiles, esas medidas fueron acogidas por una nueva caída de ellos, prueba de la profunda desconfianza que ahora tienen los financieros hacia la economía de la segunda potencia económica del mundo, a la que durante décadas nos presentaron como «modelo» a seguir. El economista en jefe de la Deutsche Bank de Tokio, Kenneth Courtis, tipo serio si los hay, no se anda por las ramas: «Hay que invertir la dinámica en su base, más grave que después de las crisis petroleras de principios de los años 79 (consumo e inversiones en picado), pues hemos entrado ahora en una fase en la que estamos volviendo a crear nuevas deudas dudosas. Se habla de las de los bancos, pero apenas de las de las familias. Con la pérdida de valor de los alojamientos y el desempleo que se incrementa, el riesgo son los fallos en los reembolsos de los préstamos avalados por bienes inmobiliarios hipotecados por particulares. Esas hipotecas alcanzan la cifra impresionante de 7 500 000 000 000 (7,5 billones) de dólares, cuyo valor ha descendido un 60 %. El problema político y social es latente (…) No hay que engañarse: una purga de gran amplitud de la economía está en curso… y las empresas que sobrevivan serán de una fuerza increíble. Es en Japón donde puede concretarse el mayor riesgo para la economía mundial desde los años 30…» (diario francés le Monde, 23 de septiembre).

Las cosas son claras, para la economía de Japón, y para la clase obrera de este país, lo más duro está por llegar. Los trabajadores japoneses, ya duramente golpeados por estos diez últimos años de estancamiento, y ahora de recesión, van a tener que soportar más planes de austeridad, despidos masivos y una agravación de su explotación, pues ahora la situación es la de una crisis financiera acompañada del cierre de fábricas, entre las más importantes. Pero no es eso, en lo inmediato, lo que más preocupa a los capitalistas, pues la clase obrera mundial no ha acabado de digerir la derrota ideológica sufrida tras el hundimiento del bloque del Este. Lo que empieza a preocuparles cada día más es el fin de sus ilusiones y el descubrimiento día tras día de las perspectivas catastróficas de su economía.

Hacia una nueva recesión mundial

A cada alerta pasada, los «especialistas» nos sacaban las habituales declaraciones consoladoras: «los intercambios comerciales con el Sudeste asiático son poco importantes», «Rusia no pesa mucho en la economía mundial», «la economía europea está protegida por la perspectiva del Euro», «los bases económicas de Estados Unidos son buenas» y así. Pero, hoy, el tono ha cambiado. El mini krach de finales de agosto en todas las grandes plazas financieras del planeta ha venido a recordar que las ramas más frágiles del árbol son las que se quiebran en la tempestad, pero es ante todo porque el tronco encuentra cada vez menos energía en las raíces para alimentar sus partes más lejanas. El meollo del problema está en los países centrales, en eso los profesionales de la Bolsa no se han equivocado. A la velocidad con la que las declaraciones tranquilizadoras son desmentidas por los hechos llega un momento en que ya no pueden seguir ocultado la realidad. Se trata ahora para la burguesía de ir preparando las mentes para las consecuencias sociales y económicas dolorosas de una recesión internacional cada vez más segura: «una recesión a escala mundial no ha sido conjurada. Las autoridades americanas han tenido a bien hacer saber que seguían de cerca los acontecimientos (…) debe considerarse la probabilidad de un freno económico a escala mundial. Una gran parte de Asia está en recesión. En Estados Unidos, la caída de las cotizaciones podría incitar a las familias a incrementar el ahorro en detrimento de los gastos de consumo, provocando una desaceleración económica» (diario belga le Soir, 2 de septiembre).

La crisis en Asia oriental ya ha engendrado una desvalorización masiva de capital por el cierre de cientos de centros productivos, por la devaluación de los activos, la quiebra de miles de empresas y el hundimiento en una profunda miseria de millones de personas: «el desplome más dramático de un país desde hace cincuenta años», así es como el Banco mundial califica la situación en Indonesia. Además, lo que desató el retroceso de las Bolsas asiáticas fue el anuncio oficial de la entrada en recesión en el segundo trimestre de 1998 de Corea del Sur y Malasia. Tras Japón, Hongkong, Indonesia y Tailandia, casi toda el Asia del Sudeste, tan alabada antes, se está desplomando pues se prevé que incluso Singapur entre en recesión a finales de este año. Ya sólo quedan las excepciones de la China continental y Taiwán, pero ¿por cuánto tiempo?. En realidad lo que está pasando en Asia ya no se le nombra recesión, sino depresión: «Hay depresión cuando la caída de la producción y la de los intercambios se acumulan hasta el punto de que las bases sociales de la actividad económica resultadas afectadas. En esa fase, se hace imposible prever una inversión de la tendencia y difícil, y hasta inútil, emprender acciones clásicas de relanzamiento. Esa es la situación que conocen actualmente muchos países de Asia, de modo que la región entera está amenazada» (mensual francés le Monde diplomatique, septiembre de 1998). Si se combinan las dificultades económicas en los países centrales con la recesión de la segunda economía del mundo –Japón– y la de toda la región del Sudeste asiático, si se le añaden los efectos recesivos acarreados por el krach de Rusia en otros países del Este europeo y de Latinoamérica (especialmente con la disminución del precio de las materias primas, y, entre ellas, el petróleo), se desemboca inevitablemente en una contracción del mercado mundial que será la base de una nueva recesión internacional. El FMI lo tiene claro por lo demás, pues ya ha integrado los efectos recesivos en sus previsiones y la disminución es impresionante: la crisis financiera significará 2 % menos de crecimiento mundial en 1998 con relación a 1997 (4,3 %), y eso que se decía que sería 1999 el año que iba a soportar lo esencial del choque, ¡casi nada para lo que no iba a ser más que un detalle sin importancia!.

El tercer milenio, que iba a ser testigo de la victoria definitiva del capitalismo y del nuevo orden mundial, se iniciará sin duda ¡con un crecimiento cero!

Continuidad y límites de los paliativos

Desde hace unos treinta años, la huida ciega en un endeudamiento cada vez mayor así como la relegación de los efectos más destructores de la crisis hacia la periferia ha permitido a la burguesía internacional ir postergando los plazos. Esta política, que sigue hoy practicándose, empieza a dar claros signos de agotamiento. El nuevo orden financiero que fue sustituyendo progresivamente los acuerdos de Bretton Woods de la posguerra «aparece hoy costosísimo. Los países ricos (EEUU, Unión Europea, Japón) se han beneficiado de él, mientras que los pequeños son fácilmente sumergidos por una llegada incluso modesta de capitales» (John Llewellyn, economista jefe internacional en Lehman Brothers London). Igual que una vuelta de manivela, cada día es más difícil contener los efectos más destructores de la crisis en las márgenes del sistema económico internacional. La degradación y las sacudidas económicas son de tal amplitud que las repercusiones tienen que notarse inevitable y directamente en el corazón mismo de las metrópolis más poderosas.

Tras la quiebra del llamado Tercer mundo, la del bloque del Este y la del Sudeste asiático, le ha tocado ahora a la segunda potencia mundial, Japón, entrar en la danza. Y ya no se trata en ese caso de hablar de periferia del sistema, sino de uno de los tres polos que forman su corazón mismo. Otro signo inequívoco de ese agotamiento de los paliativos, es la incapacidad creciente de las instituciones internacionales, como el FMI o el Banco mundial, creadas para evitar que volvieran a producirse situaciones como la de 1929, para apagar los incendios que se multiplican a intervalos cada vez más cortos en todos los rincones del planeta. Eso se concreta en los medios financieros en «la incertidumbre del FMI prestador en última instancia».

Los mercados murmuran que al FMI ya no le quedan recursos suficientes para hacer de bombero: «Además, los últimos sobresaltos de la crisis rusa han mostrado que el Fondo monetario internacional (FMI) ya no está dispuesto –ya no es capaz dicen algunos– a desempeñar sistemáticamente la función de bombero. La decisión, la semana pasada, del FMI y del grupo de los siete países más industrializados de no dar a Rusia un apoyo financiero suplementario puede ser considerada como fundamental para el porvenir de la política de inversiones en los países emergentes (…) Traducción: nada dice que el FMI intervenga financieramente para apagar una crisis posible en Latinoamérica o en otra parte. Algo que es poco tranquilizador para los inversores» (le Soir, 25 de agosto). Cada vez más, a imagen del continente africano a la deriva, a la burguesía no le quedará más opción que la de abandonar trozos enteros de la economía mundial para así aislar los focos más gangrenados y preservar un mínimo de estabilidad en bases más restringidas.

Esa ha sido una de las razones principales en la creación acelerada de conjuntos económicos regionales (Comunidad europea, TLC de América del Norte, etc.). Así, de igual modo que desde 1995, la burguesía de los países desarrollados lo hace todo porque los sindicatos ganen mayor prestigio para así intentar encuadrar mejor las luchas venideras, con el Euro lleva preparándose para intentar resistir a las sacudidas financieras y monetarias procurando estabilizar lo que, en la economía mundial, sigue funcionando. Un cálculo cínico empieza a elaborarse; el balance para el capitalismo internacional se estima entre los costes de los medios que habría que usar para salvar a un país o a una región y las consecuencias de la propia bancarrota si no se intentara nada. Es decir que en el porvenir, habrá terminado la seguridad de que el FMI estará siempre ahí de «prestador en última instancia». Y esa incertidumbre va a desecar de capitales a los llamados países «emergentes», capitales en los que su «prosperidad» se había construido, haciendo muy difícil una posible recuperación económica.

La quiebra del capitalismo

Hace poco tiempo todavía, los términos «países emergentes» ponía excitadísimos a los capitalistas del mundo entero, que, en un mercado mundial saturado, andaban buscando desesperadamente nuevos espacios de acumulación para sus capitales. Era el tópico más manido de todos los ideólogos de servicio que nos los presentaban como la demostración de la eterna juventud del capitalismo, el cual habría encontrado en esos territorios un «segundo ímpetu». Hoy esas palabras evocan inmediatamente pánico bursátil, miedo de que una nueva «crisis» caiga sobre los países centrales procedente de no se sabe qué lejana región.

Pero la crisis no procede de esa parte del mundo en particular. No es una crisis de «países jóvenes», sino una crisis de senilidad de un sistema que entró en decadencia hace más de 80 años y que desde entonces se enfrenta sin cesar a las mismas contradicciones: la imposibilidad de encontrar siempre más mercados solventes para las mercancías producidas, para así poder asegurar la continuidad en la acumulación de capital. Dos guerras mundiales, destructoras fases de crisis abiertas, y entre ellas la que estamos viviendo desde hace treinta años, ése ha sido el precio. Para «aguantar», el sistema no ha cesado de hacer trampas con sus propias leyes. Y la principal de esas trampas es la huida ciega en un endeudamiento cada día más impresionante.

La absurdez de la situación en Rusia en donde los bancos y el Estado no «aguantaban» sino a costa de una insoportable deuda exponencial que los obligaba a endeudarse cada día más, aunque ya solo fuera para pagar los intereses de las deudas acumuladas, no es «típica» de Rusia. Es el conjunto de la economía mundial la que se mantiene en vida desde hace décadas a costa de la misma huida ciega delirante, mediante lo único de que dispone ante sus contradicciones, el único medio de crear artificialmente nuevos mercados para los capitales y las mercancías. Es el sistema entero el que está mundialmente construido encima de un castillo de naipes cada vez más frágil. Los préstamos y las inversiones masivas hacia los países «emergentes», también ellos financiados por otros préstamos, no han sido más que un medio de repeler la crisis del sistema y sus contradicciones explosivas del centro a la periferia. Los desplomes bursátiles sucesivos –1987, 1989, 1997, 1998– que son su resultante, expresan la amplitud creciente del hundimiento del capitalismo. Frente a este desplome brutal que tenemos ante nosotros no cabe preguntarse por qué se produce semejante recesión ahora, sino por qué no se produjo antes. La única respuesta es: porque la burguesía, a nivel mundial, lo ha hecho todo por postergar los plazos haciendo trampas con las leyes de su sistema. La crisis de sobreproducción, inscrita en las previsiones del marxismo desde el siglo pasado, no ha podido encontrar soluciones reales en esas trampas. Hoy, también es el marxismo el que puede poner en solfa tanto a esos especialistas del «liberalismo» como a los partidarios del «más estricto control» del ámbito financiero. Ni aquéllos ni éstos serán capaces de salvar un sistema económico cuyas contradicciones estallan por muchas trampas que se le apliquen. La quiebra del capitalismo, sólo el marxismo la ha analizado de verdad como algo inevitable, haciendo de esta compresión un arma para los explotados.

Y cuando hay que pagar la cuenta, cuando el frágil sistema financiero cruje, las contradicciones de fondo vuelven por sus fueros: hundimiento en la recesión, estallido del desempleo, quiebras en serie de empresas y de sectores industriales. En unos meses, en Indonesia y Tailandia, por ejemplo, la crisis ha hundido a decenas de millones de personas en una profunda miseria. La burguesía misma lo reconoce y cuando está obligada a reconocer tales hechos es que la situación es muy grave. Eso no es, ni mucho menos, típico de los países «emergentes».

La hora de la recesión ha sonado en los países centrales del capitalismo. Los países más endeudados del mundo no son ni Rusia ni Brasil, sino que pertenecen al centro más desarrollado del capitalismo, empezando por el primero de entre ellos, Estados Unidos. Japón ya ha entrado oficialmente en recesión tras dos trimestres de «creci-miento» negativo; está previsto que su PNB descienda 1,5% en 1998. Gran Bretaña, presentada como modelo no hace mucho, junto a Estados Unidos, de «dinamismo» económico, está obligada, ante las amenazas inflacionistas, a prever un «enfriamiento de la economía» y a un «incremento rápido del desempleo» (diario francés Libération, 13 de agosto). Los anuncios de despidos se están multiplicando ya en la industria (100000 supresiones de empleo de 1,8millones están previstas en las industrias mecánicas en los 18 próximos meses).

La perspectiva de la economía capitalista mundial es Asia la que nos la da. Los planes para salvar y sanear la economía iban a dar un nuevo vigor a esos países. Y lo que ocurre es lo contrario: la recesión se instala y la miseria y el hambre ganan terreno.

El capitalismo no tiene solución a su crisis y ésta no tiene límites dentro del sistema. Por eso, la única solución a la barbarie y la miseria que el capitalismo impone a la humanidad es su derrocamiento por la clase obrera. En esta perspectiva, el proletariado del corazón del capitalismo, el de Europa en particular, por su concentración y su experiencia histórica, tiene una responsabilidad decisiva para con sus hermanos de clase del resto del mundo.

MFP