1918-1919 - La revolución proletaria pone fin a la guerra imperialista

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La burguesía acaba de celebrar el 80 aniversario del final de la Primera Guerra mundial. Ha habido, claro está, emotivas declaraciones sobre la terrible tragedia que esa guerra fue. Pero en ninguna conmemoración, en ninguna declaración de los políticos, en ningún artículo de prensa, en ninguna emisión de televisión se han evocado los acontecimientos que obligaron a los gobiernos a poner fin a la guerra. Sí, se ha mencionado la derrota militar de los imperios centrales, Alemania y su aliado austrohúngaro, pero se ha omitido cuidadosamente el factor determinante que provocó la propuesta de armisticio por parte de esos imperios, o sea, el movimiento revolucionario que se desarrolló en Alemania a finales de 1918. Tampoco se han mencionado (y, la verdad, puede uno comprender a la burguesía) las verdaderas responsabilidades de tamaña matanza. Sí, los «especialistas» se han puesto a compulsar archivos de los diferentes gobiernos para concluir que fueron Alemania y Austria quienes más presionaban hacia la guerra. Los historiadores, también, han puesto de relieve que por parte de la Entente también había objetivos de guerra bien definidos. Sin embargo, en ninguno de sus «análisis» podrá encontrarse al verdadero responsable, o sea, el sistema capitalista mismo. Y sólo el marxismo permite explicar precisamente por qué no es la «voluntad» o la «rapacidad» de este o aquel gobierno lo que origina las guerras, sino las leyes mismas del capitalismo. Para nosotros, el aniversario del fin de la Primera Guerra mundial es una ocasión para recordar los análisis que de ella hicieron los revolucionarios de entonces y la lucha que llevaron a cabo contra ella. Nos apoyaremos especialmente en los escritos, posiciones y actitudes de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que fueron asesinados pronto hará 80 años por la burguesía. Este es el mejor homenaje que podamos nosotros rendir a esos dos extraordinarios combatientes del proletariado mundial ([1]) ahora que la burguesía intenta por todos los medios acabar con su memoria.

La guerra que estalla en Europa en agosto de 1914 vino precedida de otras y numerosas guerras en el continente. Pueden recordarse, por ejemplo (limitándonos al siglo xix), las guerras napoleónicas y la guerra entre Prusia y Francia de 1870. Existen, sin embargo, entre el conflicto de 1914 y todos los anteriores, diferencias fundamentales. La más evidente, la que más traumatizó, fue evidentemente la carnicería y la barbarie en que sumió al continente pretendidamente «civilizado». Hoy, claro, tras la barbarie todavía mayor de la Segunda Guerra mundial, la de la primera puede parecer poca cosa. Pero en la Europa de principios de siglo, cuando ya el último conflicto militar de importancia remontaba a 1870, en los últimos brillos de la Belle époque, la época del apogeo del modo de producción capitalista que había permitido a la clase obrera mejorar significativamente sus condiciones de existencia, la brutal caída en las matanzas masivas, en el horror cotidiano de las trincheras y en una miseria desconocida desde hacia más de medio siglo, todo ello se vivió, sobre todo por parte de los explotados, como el abismo de la barbarie. En ambos lados, entre los principales beligerantes, Alemania y Francia, los soldados y la población en general habían oído hablar a sus mayores de la guerra de 1870 y de su crueldad. Pero lo que estaban viviendo ya no tenía nada que ver con aquélla. El conflicto de 1870 sólo había durado unos meses, había provocado una cantidad muchísimo menor de víctimas (unas cien mil) y en nada había arruinado ni al vencedor ni al vencido. Con la Primera Guerra mundial, los muertos, los heridos, mutilados e inválidos se van a contar por millones ([2]). El infierno cotidiano de quienes viven en el frente y en la retaguardia dura ahora cuatro años. En el frente, ese infierno es una supervivencia bajo tierra, en un inmundo lodazal, respirando el hedor de los cadáveres, con el miedo permanente a las bombas y a la metralla, en un mundo dantesco que amenaza a los supervivientes: cuerpos mutilados, destrozados, heridos que agonizan durante días y días en las pozas de los obuses. En retaguardia, es el trabajo aplastante para suplir a los movilizados y producir más y más armas; son subidas de precios que dividen por dos o por cinco los sueldos, colas interminables delante de comercios vacíos, el hambre; la angustia constante de enterarse de la muerte del marido, del hermano, del padre, del hijo; dolor y desesperación por doquier, vidas rotas cuando ocurre el drama y ocurre millones de veces.

Otra característica determinante e inédita de esta guerra, que explica la barbarie sin límites, es que es una guerra total. Todo el potencial industrial, toda la mano de obra, se ponen al servicio de un único objetivo: la producción de armas. Todos los hombres, desde el final de la adolescencia hasta el principio de la vejez son movilizados. Es total también por los estragos que provoca en la economía. Los países del campo de batalla son destruidos; la economía de los países europeos sale arruinada de la guerra: es el final de su poderío secular y el principio de su declive en beneficio de Estados Unidos. La guerra es, en fin, total, pues no se limita a los primeros beligerantes: prácticamente todos los países de Europa se ven inmersos en ella, alcanzando a otros continentes con frentes de guerra en Oriente Medio, con la movilización de las tropas coloniales y la entrada en guerra de Japón, de Estados Unidos y de varios países de Latinoamérica junto a los Aliados.

De hecho, ya solo en cuanto a la amplitud de la barbarie y de las destrucciones por ella engendradas, la guerra de 1914-18 es la trágica ilustración de los que habían previsto los marxistas: la entrada del modo de producción capitalista en su período de declive, de decadencia. Confirma con creces la previsión que Marx y Engels había hecho en el siglo xix: «O socialismo, o caída en la barbarie».

Pero también es el marxismo y los marxistas quienes van a dar una explicación teórica de esa nueva fase en la vida de la sociedad capitalista.

Las causas fundamentales de la guerra mundial

La identificación de esas causas fundamentales es el objetivo que se propone Lenin en 1916 con su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo. Pero será Rosa Luxemburg, ya en 1912, dos años antes del estallido de conflicto mundial, quien va a dar la explicación más profunda de las contradicciones que iban a golpear al capitalismo en este nuevo período de su existencia, en su obra La acumulación del capital.

«El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas (…) Necesita como mercados capas sociales no capitalistas para colocar su plusvalía. Ellas constituyen a su vez fuentes de adquisición de sus medios de producción, y son reservas de obreros para su sistema asalariado. (…) El capitalismo no puede pasarse sin sus medios de producción y sus trabajadores, ni sin la demanda de su plusproducto. Y para privarles de sus medios de producción y sus trabajadores; para transformarlos en compradores de sus mercancías, se propone, conscientemente, aniquilarlos como formaciones sociales independientes. Este método es, desde el punto de vista del capital, el más adecuado, por ser, al mismo tiempo, el más rápido y provechoso. Su otro aspecto es el militarismo creciente (…)» ([3]).

«El imperialismo es la expresión política del proceso de acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados (…) Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia. Con eso no se ha dicho que este término haya de ser alegremente alcanzado. Ya la tendencia de la evolución capitalista hacia él se manifiesta con vientos de catástrofe» ([4]).

«Cuanto más violentamente lleve a cabo el militarismo, tanto en el exterior como en el interior, el exterminio de las capas no capitalistas, y cuanto más empeore las condiciones de vida de las capas trabajadoras, la historia diaria de la acumulación del capital en el escenario del mundo se irá transformando más y más en una cadena continuada de catástrofes y convulsiones políticas y sociales que, junto con las catástrofes económicas periódicas en forma de crisis, harán necesaria la rebelión de la clase obrera internacional contra la dominación capitalista, aún antes de que haya tropezado económicamente con la barrera natural que se ha puesto ella misma.

El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las demás formas económicas; que no tolera la existencia de ninguna otra. Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo. Es una contradicción histórica viva en sí misma. Su movimiento de acumulación es la expresión, la solución constante y, al propio tiempo, la graduación de la contradicción. A una cierta altura de la evolución, esta contradicción sólo podrá resolverse por la aplicación de los principios del socialismo; de aquella forma económica que es, al propio tiempo, por naturaleza, una forma mundial y un sistema armónico, porque no se encaminará a la acumulación, sino a la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad trabajadora misma y a la expansión de todas las fuerzas productivas del planeta» ([5]).

Tras el estallido de la guerra, en 1915 en una «Anticrítica» a las que su libro había provocado, Rosa Luxemburg actualizaba su análisis:

«La característica del imperialismo, última lucha por el dominio capitalista del mundo, no es sólo la particular energía y omnilateralidad de la expansión, sino – y éste es un síntoma específico de que el círculo de la evolución comienza a cerrarse – el rebote de la lucha decisiva por la expansión de los territorios que constituyen su objeto, a los países de origen. De esta manera, el imperialismo hace que la catástrofe, como forma de vida, se retrotraiga de la periferia de la evolución capitalista a su punto de partida. Después que la expansión del capital había entregado, durante cuatro siglos, la existencia y la civilización de todos los pueblos no capitalistas de Asia, Africa, América y Australia a incesantes convulsiones y a aniquilamientos en masa, ahora precipita a los pueblos civilizados de Europa en una serie de catástrofes, cuyo resultado final sólo puede ser el hundimiento de la civilización, o el tránsito a la forma de producción socialista» ([6]).

Por su parte, el libro de Lenin insiste, para definir el imperialismo, en un aspecto particular, la exportación de capitales de los países desarrollados hacia los países atrasados para contrarrestar así la tendencia decreciente de la cuota de ganancia resultante del incremento de la proporción del capital constante (máquinas, materias primas) en relación con el capital variable (los salarios), único creador de ganancia. Para Lenin, son las rivalidades entre los países industriales para apoderarse de las zonas menos desarrolladas y exportar allí sus capitales, lo que conduce necesariamente al enfrentamiento.

Aunque existen diferencias en los análisis elaborados por Lenin y Rosa Luxemburg y otros revolucionarios de entonces, convergen, sin embargo, todas en un punto esencial: esta guerra no es la consecuencia de malas políticas o de la «maldad» específica de tal o cual camarilla gobernante; es la consecuencia inevitable del desarrollo del modo de producción capitalista. En esto, ambos revolucionarios denunciaban con la misma energía todo «análisis» tendente a hacer creer a los obreros que existiría en el seno del capitalismo una «alternativa» al imperialismo, al militarismo y a la guerra. Y así fue como Lenin echó por los suelos la tesis de Kautsky sobre la posibilidad de un «superimperialismo» capaz de establecer un equilibrio entre las grandes potencias y eliminar sus enfrentamientos guerreros. De igual modo, destruye todas las ilusiones sobre el «arbitraje internacional» que pretendidamente, bajo la batuta de gentes de buena voluntad y de sectores «pacifistas» de la burguesía, reconciliaría los antagonismos y pondría fin a la guerra. De igual modo se expresa Rosa Luxemburg en su libro:

«A la luz de esta concepción, la posición del proletariado frente al imperialismo adquiere el carácter de una lucha general con el régimen capitalista. La dirección táctica de su comportamiento se halla dada por aquella alternativa histórica [el hundimiento de la civilización, o el tránsito a la forma de producción socialista].

Muy otra es la dirección del marxismo oficial de los “expertos”. La creencia en la posibilidad de la acumulación en una “sociedad capitalista aislada”, la creencia de que el capitalismo es imaginable también sin expansión, es la forma teórica de una tendencia táctica perfectamente determinada. Esta concepción se encamina a no considerar la fase del imperialismo como necesidad histórica, como lucha decisiva por el socialismo, sino como invención perversa de un puñado de interesados. Esta concepción trata de persuadir a la burguesía de que el imperialismo y el militarismo son peligrosos para ella desde el punto de vista de sus propios intereses capitalistas, aislando así al supuesto puñado de los que se aprovechan de este imperialismo, y formando un bloque del proletariado con amplias capas de la burguesía para “atenuar” el imperialismo, para hacerlo posible por un “desarme parcial”, para “quitarle el aguijón”. (…) La contienda general para resolver la oposición histórica entre el proletariado y el capital truécase en la utopía de un compromiso histórico entre proletariado y burguesía para “atenuar” las oposiciones imperialistas entre Estados capitalistas» ([7]).

Con lo mismos términos explican Lenin y Rosa Luxemburg el que a Alemania le incumbiera el papel de provocadora en el estallido de la guerra mundial. Esto no tiene nada que ver, claro está, con esa «gran idea» de quienes andan buscando el país responsable de ese estallido, pues tanto Lenin como Luxemburg responsabilizan tanto a un campo como al otro:

«Contra el grupo anglo-francés se ha levantado otro grupo capitalista, el alemán, más codicioso todavía, todavía más capaz para la rapiña, que ha venido a sentarse a la mesa del banquete capitalista cuando ya todas los sitios estaban ocupados, aportando nuevos procedimientos de desarrollo de la producción capitalista, una mejor técnica y una organización incomparable en los negocios (…) Esa es la historia económica; ésa es la historia diplomática de estas últimas décadas que nadie puede desconocer. Sólo ella os indica la solución del problema de la guerra y os lleva a concluir que la guerra actual es, también ella, el producto (…) de la política de dos colosos que, mucho antes de las hostilidades, habían extendido por el ancho mundo los tentáculos de su explotación financiera y se habían repartido económicamente el mundo. Y tenían que acabar chocando, pues desde el punto de vista capitalista, un nuevo reparto de la dominación se había hecho inevitable» ([8]).

«Pero, además, cuando se quiere emitir un juicio general sobre la guerra mundial y apreciar su importancia para la política de clase del proletariado, el problema de saber quien es el agresor y quien el agredido, la cuestión de la “culpabilidad”, carece por completo de sentido. Si la guerra de Alemania es menos defensiva que la de Francia e Inglaterra, esto es solo aparente, pues los que estas naciones “defienden” no es su posición nacional, sino la que ocupan en la política mundial: sus antiguas dominaciones imperialistas amenazadas por los asaltos de la advenediza Alemania. Si las incursiones del imperialismo alemán y del imperialismo austríaco en Oriente han significado, sin duda alguna, la chispa, por su parte el imperialismo francés, con su explotación de Marruecos, y el imperialismo inglés con sus preparativos de pillaje en Mesopotamia y Arabia y con sus medidas para asegurar su despotismo en la India, y el imperialismo ruso con su política balcánica dirigida contra Constantinopla, poco a poco, han ido llenando el polvorín que la chispa alemana haría estallar. Los preparativos militares han jugado un papel esencial: el del detonador que desencadenaría la catástrofe, pero en realidad se trataba de una competición en la que participaban todos los Estados» ([9]).

Esta unidad de las causas de la guerra que se aprecia en los revolucionarios procedentes de países de campos opuestos, también se comprueba en la política que propugnan para el proletariado y la denuncia de los partidos socialdemócratas que lo han traicionado.

El papel de los revolucionarios durante la guerra

Cuando estalla la guerra, el papel de los revolucionarios, o sea de quienes se han mantenido fieles al campo proletario, es, evidentemente, el de denunciarla. En primer lugar, deben poner al descubierto las mentiras que la burguesía y quienes se han convertido en sus lacayos, los partidos socialdemócratas, dicen para justificarla, para alistar a los proletarios y mandarlos a la masacre. En Alemania, es en casa de Rosa Luxemburg donde se reúnen algunos dirigentes, entre los cuales Karl Liebknecht, que se han mantenido fieles al internacionalismo, y se organiza la resistencia contra la guerra. Mientras que la prensa socialdemócrata se ha pasado al servicio de la propaganda gubernamental, ese pequeño grupo va a publicar una revista, La Internacional, así como una serie de panfletos que acabará firmando con el nombre de Spartacus. En el Parlamento, en la reunión de la fracción socialdemócrata del 4 de agosto, Karl Liebknecht se opone firmemente al voto de los créditos de guerra, pero se somete a la mayoría por disciplina de partido. Es éste un error que no volverá a hacer cuando el gobierno pedirá créditos suplementarios. En la votación del 2 de diciembre de 1914, será el único en votar en contra y sólo en agosto y diciembre de 1915 adoptarán la misma actitud otros diputados socialdemócratas, los cuales, sin embargo, en diciembre, hacen una declaración basada en el hecho de que Alemania no hace una guerra defensiva puesto que está ocupando Bélgica y parte de Francia, explicación que Karl Liebknecht denuncia por su centrismo y cobardía.

A pesar de las enormes dificultades para la propaganda de los revolucionarios en un momento en que la burguesía ha instaurado el estado de sitio, impidiendo todas las expresiones proletarias, la acción de Rosa y de sus camaradas es esencial para preparar el porvenir. En 1915, escribe, en la cárcel, La crisis de la socialdemocracia, que «es la dinamita del espíritu que hace saltar el orden burgués» como escribirá Clara Zatkin, camarada de combate de Rosa, en su prefacio de mayo de 1919. El libro es una acusación sin concesiones contra la guerra misma y contra todos los aspectos de la propaganda burguesa. El mejor homenaje que podamos rendir a Rosa Luxemburg es publicar algunos, y demasiado cortos, extractos.

Mientras que en todos los países beligerantes, los portavoces de todos los matices de la burguesía pujan en histeria nacionalista, ella, en las primeras líneas del texto, empieza estigmatizando la histeria patriotera que se ha apoderado de la población:

«Se terminó con toda la población de una ciudad convertida en populacho, dispuesta a denunciar a no importa quien, a ultrajar a las mujeres, gritando ¡hurra!, y a llegar hasta el paroxismo del delirio propagando absurdos rumores. Se acabó el clima de crimen ritual, la atmósfera de pogromo en donde el único representante de la dignidad humana era el agente de policía en una vuelta de la calle» ([10]).

Después, Rosa Luxemburg desvela la realidad de esta guerra: «Enlodada, deshonrada, embarrada en sangre, ávida de riquezas: así se presenta la sociedad burguesa, así es ella. No es cuando, limpita y tan honesta, se viste con los oropeles de la cultura y de la filosofía, de la moral y del orden, de la paz y del derecho, sino cuando es como una alimaña feroz, cuando baila el aquelarre de la anarquía, cuando expande la peste sobre la civilización y la humanidad, es entonces cuando aparece como es de verdad, en toda su desnudez» ([11]).

De entrada, Rosa va directa al meollo del problema: contra las ilusiones del pacifismo de una sociedad burguesa «sin sus excesos», designa al culpable de la guerra: el capitalismo como un todo. E inmediatamente, denuncia el papel y el contenido de la propaganda capitalista, venga ésta de los partidos burgueses tradicionales o de la socialdemocracia: «La guerra es un asesino metódico, organizado, gigantesco. Para que unos hombres normalmente constituidos asesinen sistemáticamente, es necesario, en primer lugar, producir una embriaguez apropiada. Desde siempre, producir esta embriaguez ha sido el método habitual de los beligerantes. La bestialidad de los pensamientos debe corresponder a la bestialidad de la practica, debe prepararla y acompañarla» ([12]).

Buena parte del libro está dedicado a desmontar sistemáticamente todas esas mentiras, a quitarle la careta a la propaganda gubernamental destinada a alistar a las masas para la matanza ([13]). Rosa analiza pues los objetivos de la guerra de todos los países beligerantes, y en primer término Alemania, para así poner en evidencia el carácter imperialista de esta guerra. Analiza el engranaje que desde el asesinato el 28 de junio en Sarajevo del archiduque de Austria, Francisco Fernando, ha llevado a la entrada en guerra de los principales países de Europa, Alemania, Rusia, Francia, Inglaterra y Austria-Hungría. Deja bien en evidencia cómo ese engranaje no se debe ni mucho menos a la fatalidad o a la responsabilidad específica de no se sabe qué «malvado» como pretende la propaganda oficial y socialdemócrata de los países en guerra, sino que ya estaba en marcha desde hacía tiempo en el capitalismo: «La guerra mundial declarada oficialmente el 4 de agosto era la misma por la que la política imperialista alemana e internacional trabajaba incansablemente desde docenas de años, era la misma, pues, que desde hacía diez años la socialdemocracia alemana, también de manera incansable, profetizaba su proximidad cada año; era la misma que los parlamentarios, los periódicos y las publicaciones socialdemócratas estigmatizaron tantas veces como un crimen frívolo del imperialismo, y que nada tenía que ver con la civilización ni con los intereses nacionales, sino que, por el contrario, se trataba del enfrentamiento de ambos principios» ([14]).

Evidentemente, Rosa Luxemburg denuncia con fuerza a la Socialdemocracia alemana, partido faro de la Internacional socialista, cuya traición facilitó enormemente la maniobra del gobierno para enrolar al proletariado en Alemania, pero también en otros países. Y hace especial hincapié en el argumento de la socialdemocracia según el cual el objetivo de la guerra del lado alemán era defender «la civilización» y la «libertad de los pueblos» contra la barbarie zarista.

Denuncia especialmente las justificaciones del Neue Zeit, órgano teórico del partido, el cual nada menos que se saca una cita de un análisis de Marx sobre Rusia como «cárcel de los pueblos» y principal fuerza de la reacción en Europa: «El grupo [parlamentario] socialdemócrata había conferido a la guerra el carácter de una defensa de la nación y de la civilización alemanas; la prensa alemana proclamó su carácter liberador de los pueblos extranjeros. Hindenburg era el ejecutor testamentario de Marx y Engels» ([15]).

Al denunciar las mentiras de la Socialdemocracia, Rosa pone de relieve el verdadero papel que aquélla desempeña: «Al aceptar el principio de la Unión sagrada, la socialdemocracia renegó de la lucha de clase por toda la duración de la guerra. Pero con ello renegaba de los fundamentos de su propia existencia, de su propia política. (...) Ha abandonado la “defensa nacional” a las clases dominantes, limitándose a colocar a la clase obrera bajo el mando de éstas y a asegurar el orden durante el estado de sitio; es decir, que la socialdemocracia juega el papel de gendarme de la clase obrera» ([16]).

En fin, uno de los aspectos importantes del libro de Rosa es la propuesta de una perspectiva para el proletariado: la de poner fin a la guerra mediante su acción revolucionaria. Del mismo modo que afirma (y para ello cita a políticos burgueses que lo tenían muy claro) que la única fuerza que habría impedido el estallido de la guerra era la lucha del proletariado, también recuerda la Resolución del congreso de 1907 de la Internacional, resolución confirmada por el de 1912 (el extraordinario de Basilea): «en el caso en que, no obstante, estallase la guerra, el deber de la socialdemocracia es actuar para hacerla terminar lo antes posible, y aprovechar la crisis económica y política provocada por la guerra para movilizar al pueblo y apresurar la abolición de la dominación capitalista» ([17]).

Rosa se apoya en esa resolución para denunciar la traición de la Socialdemocracia, la cual hace exactamente lo contrario de lo que se había comprometido a hacer. Y llama al proletariado mundial a acabar con la guerra, insistiendo en el enorme peligro que tal guerra representa para el porvenir del socialismo: «Aquí se confirma que la guerra actual no es solamente un asesinato, sino también un suicidio de la clase obrera europea. Pues son los soldados del socialismo, los proletarios de Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Bélgica, que desde hace meses se asesinan los unos a los otros por orden del capital; son ellos los que hunden en sus corazones el fuego asesino, enlazados en un abrazo mortal se arrastran mutuamente a la tumba.

Esta locura cesará el día en que los obreros de Alemania, de Francia, de Inglaterra y de Rusia despierten, al fin, de su embriaguez y se tiendan la mano fraternal, ahogando a la vez el coro bestial de los fautores de guerra y el ronco bramido de las hienas capitalistas, lanzando el viejo y poderoso grito de guerra del trabajo: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”» ([18]).

Hay que decir que en su libro, Rosa Luxemburg, como tampoco el resto de la izquierda del partido que se opone con firmeza a la guerra (contrariamente al “centro marxista» animado por Kautsky, el cual haciendo contorsiones justifica la política de la dirección), no lleva hasta sus últimas consecuencias la Resolución de Basilea proponiendo la consigna que Lenin sí expresó claramente: “Transformación de la guerra imperialista en guerra civil». Fue precisamente por eso por lo que, en la conferencia de Zimmerwald de septiembre de 1915, los representantes de la corriente agrupada en torno a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht se quedaron en la posición “centrista» representada por Trotsky y no en la de la izquierda defendida por Lenin. Será en la conferencia de Kienthal, en abril de 1916, cuando aquella corriente se unirá a la izquierda zimmerwaldiana.

Sin embargo, aún con sus insuficiencias, hay que subrayar la enorme labor llevada a cabo por Rosa Luxemburg y sus camaradas durante aquel período, una labor que daría sus frutos en 1918.

Pero antes de evocar este último período, debíamos señalar el papel fundamental desempeñado por el camarada de Rosa, asesinado por la burguesía el mismo día, Karl Liebknecht. Este, que compartía las mismas posiciones políticas, no poseía la misma profundidad teórica que Rosa ni el mismo talento en los artículos que escribía. Por eso, a falta de espacio, no hemos citado aquí sus escritos. Pero su comportamiento, lleno de valentía y determinación, sus denuncias sin rodeos de la guerra imperialista, de todos aquellos que, abiertamente o haciendo contorsiones, la justificaban, al igual que sus denuncias a las ilusiones pacifistas hicieron de Karl Liebknecht, durante aquel período, el símbolo de la lucha proletaria contra la guerra imperialista. Sin entrar en los detalles de su acción ([19]) debemos recordar aquí un episodio significativo de su acción: su participación, el 1º de mayo de 1916 en Berlín, en una manifestación de 10 000 obreros contra la guerra, durante la cual tomó la palabra y exclamó: «¡Abajo la guerra!, ¡Abajo el gobierno!», lo que provocó su inmediata detención. Esta va a originar la primera huelga política de masas en Alemania que se inició a finales de mayo. Frente al tribunal militar que le juzga el 28 de junio, Karl Liebknecht reivindica plenamente su acción, a sabiendas de que su actitud agravará su condena, y aprovecha la ocasión para denunciar una vez más la guerra imperialista, el capitalismo responsable de ella y hacer un llamamiento a los obreros para el combate. Desde entonces, en todos los países de Europa, el nombre y el ejemplo de Liebknecht se convierten en estandarte de quienes, empezando por Lenin, luchan contra la guerra imperialista y por la revolución proletaria.

La revolución proletaria y el fin de la guerra

La perspectiva inscrita en la resolución del congreso de Basilea tiene su primera concreción en febrero de 1917 en Rusia con la revolución que echa abajo al régimen zarista. Tras tres años de matanzas y de una miseria indecible, el proletariado empieza a levantar con fuerza la cabeza hasta el punto de derribar al zarismo e iniciar el camino hacia la revolución socialista. No vamos a tratar aquí los acontecimientos de Rusia que ya hemos tratado en revistas recientes ([20]). Es sin embargo importante señalar que no sólo fue en ese país donde, en el año 1917, los proletarios en uniforme se rebelan contra la barbarie guerrera. Es poco después de la revolución de Febrero cuando se desencadenan en varios ejércitos de los diferentes frentes amotinamientos masivos. En los tres principales países de la Entente, Francia, Gran Bretaña e Italia, ocurren importantes motines que los gobiernos reprimen con brutalidad. En Francia, unos 40000 soldados desobedecen colectivamente a las órdenes, intentando incluso algunos de ellos ir hacia París, donde, al mismo tiempo, se están produciendo huelgas obreras en las factorías de armamento. Esta convergencia entre lucha de clases en retaguardia y sublevación de soldados en el frente es, sin duda, una de las razones de la relativa moderación con la que la burguesía francesa reprime: de los 554 condenados a muerte por los tribunales militares, «sólo» fusilarán a cincuenta. Esa «moderación» no será tal por parte de ingleses e italianos en donde habrá, respectivamente, 306 y 750 ejecuciones.

En este noviembre de 1998, cuando las celebraciones del final de la Primera Guerra mundial, la burguesía, especialmente los partidos socialdemócratas que hoy gobiernan en la mayoría de los países europeos, nos han dado muestras, con lo de los motines de 1917, de su hipocresía y de su voluntad de descerebrar por completo al proletariado. En Italia, el ministro de Defensa ha hecho saber que había que «devolverles el honor» a los fusilados por amotinamiento y en Gran Bretaña se les ha rendido un «homenaje público». En cuanto al jefe del gobierno «socialista» francés, ha decidido «reintegrar plenamente en la memoria colectiva nacional» a los «fusilados para el ejemplo». En el campeonato de hipócritas, el «camarada» Jospin hubiera subido al podio, pues ¿quiénes eran los ministros de Armamento y de Guerra en aquel entonces? Los «socialistas» Albert Thomas y Paul Painlevé. Lo que se olvidan de decir esos «socialistas», que hoy se emocionan tanto con sus discursos pacifistas sobre las atrocidades de la Primera Guerra, es que en 1914, en los principales países europeos, fueron los primeros en encuartelar a los proletarios y mandarlos a la escabechina. Al querer «reintegrar en la memoria nacional» a los amotinados de la Primera Guerra mundial, la burguesía de izquierdas lo que intenta es que se olvide que pertenecen a la memoria del proletariado mundial ([21]).

En cuanto a la tesis oficial de los políticos, así como la de los historiadores a sus órdenes, que afirman que las revueltas de 1917 estaban dirigidas contra un mando incompetente, difícilmente se tiene de pie cuando se considera que las hubo en los dos campos y en la mayoría de los frentes; ¿habrá que pensar que la Primera Guerra mundial sólo estaba dirigida por inútiles? Es más, esas revueltas se produjeron cuando en los demás países empezaron a llegar noticias de la revolución de Febrero en Rusia ([22]). Es evidente: lo que la burguesía quiere ocultar es el contenido proletario indiscutible de los amotinamientos y el hecho de que sólo de la clase obrera podrá venir la verdadera oposición a la guerra.

Durante el mismo período, las sublevaciones afectan al país en donde vive el proletariado más fuerte y cuyos soldados están en contacto directo con los soldados rusos en el frente del Este, o sea, a Alemania. Los acontecimientos de Rusia levantan gran entusiasmo entre las tropas alemanas y en el Frente, los casos de confraternización son frecuentes ([23]). Es en la Marina en donde se inician los motines en el verano de 1917. El que sean los marineros quienes llevan a cabo esos movimientos, es significativo: casi todos son proletarios en filas, mientras que en Infantería el porcentaje de campesinos es mucho más alto. Entre los marineros, la influencia de los grupos revolucionarios, especialmente de los espartaquistas, es significativa y en pleno crecimiento. Estos plantean claramente la perspectiva para la clase obrera en su conjunto: «La revolución rusa victoriosa unida a la revolución alemana victoriosa son invencibles. A partir del día en que se desmorone el gobierno alemán – incluido el militarismo alemán – bajo los golpes del proletariado se abrirá una nueva era: una era en la que las guerras, la explotación y la opresión capitalistas deberán desaparecer para siempre» (octavilla espartaquista, abril de 1917)

«… sólo con la revolución y la conquista de la república popular se podrá acabar con el genocidio y podrá instalarse la paz general. Y sólo así podrá ser salvada la Revolución rusa.

Sólo la revolución proletaria mundial podrá acabar con la guerra imperialista mundial» (Carta de Spartakus nº 6, agosto de 1917).

Es ese programa el que va a animar cada día más los combates incesantes que ha entablado la clase obrera de Alemania. No podemos, en este artículo detallar todos esos combates ([24]), pero lo que sí cabe recordar es que una de las razones que animaron a los bolcheviques en octubre de 1917 a considerar que las condiciones estaban maduras para la toma del poder del proletariado fue precisamente el desarrollo de la combatividad de los obreros y los soldados en Alemania.

Y lo que hay que subrayar sobre todo es que la intensificación de las luchas obreras y los motines de los soldados con bases proletarias fueron el factor determinante en la petición de armisticio por parte de Alemania y, por lo tanto, del final de la guerra mundial.

«Aguijoneada por el desarrollo revolucionario en Rusia y después de varios movimientos anunciadores, una huelga de masas estalla en abril de 1917. En enero de 1918, un millón de obreros se echan a la calle en un nuevo movimiento huelguístico y fundan un consejo obrero en Berlín. Influenciados por los acontecimientos de Rusia, la combatividad en los frentes militares se va desmoronando durante el verano de 1918. Las fábricas están en efervescencia; cada día se reúnen más obreros en las calles para intensificar la respuesta a la guerra» ([25]).

El 3 de octubre de 1918, la burguesía cambia de canciller. El príncipe Max von Baden sustituye al conde Georg Hertling y hace entrar al Partido socialdemócrata alemán (SPD) en el gobierno. Los revolucionarios comprenden inmediatamente el nuevo papel que le toca desempeñar a la Socialdemocracia. Rosa Luxemburg escribe: «El socialismo de gobierno, por su entrada en el gabinete, se ha vuelto el defensor del capitalismo y está cerrando el paso a la revolución proletaria ascendente».

En este mismo período, los espartaquistas organizan una conferencia con otros grupos revolucionarios, conferencia de la que surge un llamamiento a los obreros:

«Se trata para nosotros de apoyar los motines de los soldados, de pasar a la insurrección armada, ampliar la insurrección armada hasta la lucha por todo el poder en beneficio de los obreros y los soldados, asegurando la victoria mediante huelgas de masas obreras. Ésa es la tarea de los días y las semanas venideras.»

«El 23 de octubre, Liebknecht es liberado de la cárcel. Más de 20 000 obreros vienen a saludarlo a su llegada a Berlín. (…)

El 28 de octubre empieza en Austria, pero también en las provincias checa y eslovaca y en Budapest, una oleada de huelgas que se termina con el derrocamiento de la monarquía. Por todas partes aparecen consejos obreros y de soldados, a imagen de los soviets rusos.

(…) El 3 de noviembre, la flota de Kiel debe zarpar para seguir la guerra, pero la marinería se rebela y se amotina. Se crean inmediatamente consejos de soldados, inmediatamente seguidos por la formación de consejos obreros. (…) Los consejos forman delegaciones masivas de obreros y de soldados que acuden a otras ciudades. Son enviadas grandes delegaciones a Hamburgo, Bremen, Flensburg, al Ruhr y hasta Colonia. Las delegaciones se dirigen a los obreros reunidos en asambleas, haciendo llamamientos a la creación de consejos obreros y de soldados. Miles de obreros se desplazan así de las ciudades del norte de Alemania hasta Berlín y a otras ciudades de provincias. (…) En una semana surgen consejos obreros y de soldados por todas las principales ciudades de Alemania y los obreros toman en sus propias manos la extensión del movimiento» ([26]).

Dirigido a los obreros de Berlín, los espartaquistas publican el 8 de noviembre un llamamiento en el que se puede leer: «¡Obreros y soldados!, Lo que vuestros camaradas han logrado llevar a cabo en Kiel, Hamburgo, Bremen, Lübeck, Rostock, Flensburg, Hannover, Magdeburgo, Brunswick, Munich y Stuttgart, también vosotros debéis conseguir realizarlo. Pues de lo que conquistéis en la lucha, de la tenacidad y del éxito de vuestra lucha, depende la victoria de vuestros hermanos aquí y allá y de ello depende la victoria del proletariado del mundo entero. (…) Los objetivos próximos de vuestra lucha deben ser:

(…)

  La elección de consejos obreros y de soldados, la elección de delegados en todas las fábricas y unidades de la tropa.

  El establecimiento inmediato de relaciones con los demás consejos obreros y de soldados alemanes.

  La toma a cargo del gobierno por los comisarios de los consejos obreros y de soldados.

  El vínculo inmediato con el proletariado internacional y, muy especialmente, con la República obrera rusa.

¡Viva la república socialista!

¡Viva la Internacional!»

El mismo día, un panfleto espartaquista llama a los obreros a ocupar la calle: «¡Salid de las fábricas! ¡Salid de los cuarteles! ¡Daos la mano! ¡Viva la república socialista!».

«A las primeras horas de la madrugada del 9 de noviembre empieza el alzamiento revolucionario en Berlín. (…) Cientos de miles de obreros responden al llamamiento del grupo Spartakus y del Comité ejecutivo [de los Consejos obreros], dejan el trabajo y afluyen en gigantescos cortejos de manifestaciones hacia el centro de la ciudad. A su cabeza van grupos de obreros armados. La gran mayoría de las tropas se une a los obreros manifestantes y fraterniza con ellos. Al mediodía, Berlín está en manos de los obreros y los soldados revolucionarios» ([27]).

Ante el palacio de los Hohenzollern, Liebknecht toma la palabra: «Debemos tensar todas nuestras fuerzas para construir el gobierno de los obreros y de los soldados (...) Nosotros damos la mano a los obreros del mundo entero y les invitamos a terminar la revolución mundial (...) Proclamo la libre república socialista de Alemania.»

Esa misma noche, los obreros y soldados revolucionarios ocupan la imprenta de un diario burgués, permitiendo así la salida del primer número de Die Röte Fahne (Bandera roja), diario de los espartaquistas, el cual, inmediatamente, advierte contra el SPD: «No existe la más mínima comunidad de intereses con quienes os han traicionado durante 4 años. ¡ Abajo el capitalismo y sus agentes! ¡Viva la revolución! ¡Viva la Internacional!».

El mismo día, frente a la revolución en auge, la burguesía toma sus disposiciones. Obtiene la abdicación del Káiser Guillermo II, proclama la República y nombra canciller a un dirigente del SPD, Ebert. Este recibe igualmente la investidura del comité ejecutivo de los consejos en el que han logrado hacerse nombrar muchos funcionarios socialdemócratas. Se nombra un «Consejo de comisarios del pueblo» compuesto por miembros del SPD y del USPD (o sea los “centristas» excluidos del SPD en febrero de 1917 al mismo tiempo que los espartaquistas). En realidad, tras esa denominación «revolucionaria» se oculta un gobierno perfectamente burgués que va a hacerlo todo por impedir la revolución proletaria y preparar el aplastamiento de los obreros.

La primera medida que toma el gobierno es la de firmar el armisticio al día siguiente de su nombramiento (aún cuando hay tropas alemanas que ocupan todavía territorios de países enemigos). Con la experiencia de Rusia, en donde la continuación de la guerra había sido un factor decisivo para la movilización y la toma de conciencia del proletariado hasta el derrocamiento del poder burgués en octubre de 1917, la burguesía alemana sabe perfectamente que debe parar inmediatamente la guerra si no quiere conocer el mismo destino que la rusa.

Aunque hoy, los portavoces de la burguesía ponen mucho cuidado en ocultar el papel de la revolución proletaria en el final de la guerra, es ésa una realidad que no evitan historiadores serios y con escrúpulos, aunque sus escritos sólo llegan a una minoría de lectores): «Decidido a proseguir la negociación, a pesar de Ludendorff, el gobierno alemán pronto va a verse obligado a ello. Primero, la capitulación austríaca crea una nueva y terrible amenaza sobre el sur del país. Además, y sobre todo, porque la revolución estalla en Alemania (…) [La delegación alemana] firma el armisticio el 11 de noviembre, a las 5 h 20 en el famoso vagón de Foch. Lo firma en nombre del nuevo gobierno que presiona para que se acelere la firma (…) La delegación alemana ha obtenido pocas ventajas, ventajas que, como dice Pierre Renouvin, “tenían el mismo objetivo: dejar al gobierno alemán los medios con los que luchar contra el bolchevismo”. El ejército, por ejemplo, entregará veinticinco mil ametralladoras en lugar de treinta mil. Podrá seguir ocupando el Rhur, foco de la revolución, en lugar de ser “neutralizado”» ([28]).

Efectivamente, una vez firmado el armisticio, el gobierno socialdemócrata va a desarrollar toda una estrategia para atajar el movimiento proletario y aplastarlo. Va a fomentar, en particular, la división entre soldados y obreros de vanguardia, al estimar aquéllos, en su gran mayoría, que no tenía sentido proseguir el combate puesto que la guerra había terminado. La Socialdemocracia va también a apoyarse en las ilusiones que aún suscita en buena parte de la clase obrera para aislar a los espartaquistas de las grandes masas obreras.

No podemos aquí repasar todos los detalles del período entre el armisticio y los acontecimientos que llevaron al asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht ([29]). Pero sí vale la pena citar los escritos publicados unos años después de esos hechos por el general Groener, comandante en jefe del ejército entre finales de 1918 y principios del 19, pues son edificantes sobre la política llevada a cabo por Ebert, quien estaba en constante enlace con él:

«Nos aliamos para combatir al bolchevismo. (…) Yo había aconsejado al Feldmarschall no combatir la revolución con las armas, pues era de temer que, a causa del estado de la tropa, ese medio sería un fracaso. Propuse que el alto mando militar se aliara con el SPD, en vista de que no había ningún otro partido que dispusiera de suficiente influencia en el pueblo y entre las masas para reconstruir una fuerza gubernamental junto con el mando militar (…) Se trataba en primer lugar de arrancar el poder de las manos de los consejos obreros y de soldados de Berlín. Ebert estaba de acuerdo. (…) Elaboramos entonces un programa que preveía, tras la entrada de la tropas, la limpieza de Berlín y el desarme de los espartaquistas. Esto también quedó convenido con Ebert, a quien estoy reconocido por su amor absoluto por la patria (…) Esta alianza quedó sellada contra el peligro bolchevique y el sistema de consejos» (octubre-noviembre de 1925, Zeugenaussage).

Fue en enero de 1919 cuando la burguesía dio el golpe decisivo a la revolución. Tras haber concentrado a más de 80 000 soldados en torno a Berlín, el 4 de enero monta una provocación al dimitir al prefecto de policía de Berlín, Eichhorn, miembro del USPD. A esta provocación le responden manifestaciones gigantescas. Aún cuando el congreso constitutivo del Partido comunista de Alemania, y a su cabeza Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, había estimado cuatro días antes que la situación no estaba madura para la insurrección, Karl Liebknecht cae en la trampa participando en un Comité de acción que precisamente llama a la insurrección. Fue un desastre total para la clase obrera. Son asesinados miles de obreros, especialmente los espartaquistas. Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que se habían negado a abandonar Berlín, son detenidos el 15 de enero y ejecutados fríamente, sin juicio, par la soldadesca, con el pretexto de «intento de fuga». Dos meses más tarde, Leo Jogisches, antiguo compañero de Rosa y también dirigente del Partido comunista es asesinado en la cárcel.

Así se puede comprender hoy por qué la burguesía, y en especial sus partidos «socialistas» tienen el mayor interés en correr un tupido velo ante los acontecimientos que acabaron con la Primera Guerra mundial.

En primer lugar, los partidos «democráticos», y especialmente los «socialistas» no tienen ninguna gana de que aparezca a las claras su función de matarifes de la clase obrera, papel que en las fábulas contemporáneas, queda reservado para las dictaduras «fascistas» o «comunistas».

En segundo lugar, les es de la mayor importancia ocultar al proletariado que su lucha es el único verdadero obstáculo contra la guerra imperialista.

Mientras, por todas partes hoy en el mundo, prosiguen y se intensifican las matanzas, hay que mantener y fomentar los sentimientos de impotencia en la clase obrera. A toda costa hay que impedirles que tomen conciencia de que sus luchas contra los ataques crecientes provocados por una crisis sin salida son el único medio de impedir que esos conflictos se generalicen y acaben por someterlos a una nueva barbarie guerrera como la que ya han tenido que soportar dos veces en este siglo. Hay que seguir quitándoles la idea de revolución, a la que presentan como madre de todos los males de este siglo, cuando fue en realidad su aplastamiento lo que ha permitido que este siglo que se acaba haya sido el más sangriento y bestial de la historia, cuando en realidad es ella, la revolución, la única esperanza para la humanidad.

Fabiana

[1] Unas semanas después de su asesinato, la primera sesión del Primer congreso de la Internacional comunista se iniciaba con un homenaje a ambos militantes, cuya memoria, desde entonces, ha sido reivindicada por las organizaciones del movimiento obrero.

[2] Para un país como Francia, casi 17 % de los movilizados son matados. Poco menos para Alemania (15,4 %), peor en Bulgaria son 22 %, 25 % en Rumania, 27 % en Turquía, 37 % en Serbia. Algunas armas de combatientes sufren hecatombes aún más terroríficas: en Francia son el 25 % de la infantería y un tercio de los mozos de 20 años en 1914 desaparecen. En este país, habrá que esperar a 1950 para que la población alcance el nivel del 1º de agosto de 1914. Además, hay que recordar la tragedia humana de todos los inválidos y mutilados. Algunas mutilaciones son verdaderamente atroces: así, solo del lado francés, hay unos 20 000 «gueules cassées» (caras rotas), soldados totalmente desfigurados, que no pudieron reintegrarse en la sociedad, hasta el punto de que se crearon para ellos instituciones especiales, en las que vivieron como en un gheto hasta su muerte. Y eso por no hablar de los cientos de miles de jóvenes que volvieron dementes de la guerra y a quienes las autoridades prefirieron considerar como «farsantes».

[3] Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, «La lucha contra la economía natural».

[4] Idem, «Aranceles protectores y acumulación».

[5] Idem, «El militarismo como campo de la acumulación del capital».

[6] Idem, Apéndice «La acumulación del capital o en qué han convertido los epígonos la teoría de Marx. Una anticrítica».

[7] Idem.

[8] Lenin, «La guerra y la revolución», Obras.

[9] Rosa Luxemburg, La crisis de la socialdemocracia.

[10] Idem.

[11] Idem, y en parte traducido por nosotros de la versión francesa.

[12] Rosa Luxemburg, idem.

[13] En todos los bandos, las mentiras burguesas rivalizan en grosería e infamia. «Ya desde agosto del 1914, los Aliados denunciaban las “atrocidades” cometidas por los invasores contra la población de Bélgica y del Norte de Francia: las “manos cortadas” de los niños, las violaciones, los rehenes fusilados y los pueblos quemados “para el ejemplo”... Por su parte, los periódicos alemanes barraban cada día las “atrocidades” que los civiles belgas habrían cometido contra soldados alemanes: ojos arrancados, dedos cortados, cautivos quemados vivos» («Réalité et propagande: la barbarie allemande», en l’Histoire, nov. de 1998).

[14] Rosa Luxemburg, op. cit.

[15] Idem.

[16] Idem.

[17] Idem.

[18] Idem.

[19] Ver, al respecto, nuestro artículo «Los revolucionarios en Alemania durante la Primera Guerra mundial» en la Revista internacional nº 81.

[20] Ver los números 88 a 91 de la Revista internacional.

[21] El primer ministro francés citó en su discurso un verso de la «Chanson de Craonne» compuesta sobre los amotinamientos. Pero se cuidó muy bien de citar los versos que dicen: «Quienes tienen dinero, esos volverán / pues es por ellos por quienes nosotros estamos reventando. / Pero se acabó, pues los soldaditos / se van todos a hacer huelga».

[22] Tras los amotinamientos en los ejércitos franceses, unos diez mil soldados rusos que combatían en los frentes occidentales al lado de los soldados franceses fueron retirados del frente y aislados hasta el final de la guerra en el campo de La Courtine (centro de Francia). Había que impedir que el entusiasmo que expresaban por la revolución que se estaba desarrollando en su país contaminara a los soldados franceses.

[23] Hay que señalar que las confraternizaciones habían empezado en el frente occidental justo unos meses después del comienzo de la guerra y de aquellas llamadas a filas con la flor en el fusil y alegres gritos de «¡A Berlín!» o «¡Nach Paris!» de un lado y del otro. «25 de diciembre de 1914: ninguna actividad por parte del enemigo. Durante la noche y el día 25, se establecen comunicaciones entre franceses y bávaros, de trinchera a trinchera (conversaciones, envío de mensajes de simpatía, de cigarrillos…, incluso visitas de algunos soldados a las trincheras alemanas)» (Diario de marcha y de operaciones de la brigada, nº 139). En una carta del 1º de enero de 1915 de un general a otro puede leerse: «Es de notar que los hombres que permanecen demasiado tiempo en el mismo sitio, acaban por conocer a sus vecinos de enfrente, cuyo resultado son conversaciones y a menudo visitas, lo cual puede tener al cabo consecuencias desagradables». Esos hechos ocurrirán durante toda la guerra, sobre todo en 1917. En una carta de noviembre de 1917 interceptada por el control postal, un soldado francés escribía a su cuñado: «Estamos a veinte metros de los “boches” [desp.: alemanes], pero son buena gente pues nos mandan puros y cigarrillos y nosotros les mandamos pan» (citas sacadas de l’Histoire de enero de 1988).

[24] Véase al respecto nuestra serie de artículos sobre la Revolución alemana en la Revista internacional 81 y siguientes.

[25] «La revolución alemana, II», Revista internacional nº 82.

[26] Idem.

[27] Idem.

[28] Jean-Baptite Duroselle, en le Monde del 12/11/1968. J-B Duroselle y P. Renouvin son dos conocidos historiadores franceses especialistas de la época.

[29] De la serie citada, ver los dos artículos de la Revista internacional nº 82 y 83.