Decimotercer congreso de la CCI - Informe sobre los conflictos imperialistas - Extractos

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Después de haber convertido al globo en un gigantesco matadero, infligiéndole dos guerras mundiales, el terror nuclear y los incontables conflictos locales sobre una humanidad agonizante, el capitalismo decadente ha entrado completamente en su fase de descomposición desde el hundimiento del bloque del Este en 1989. Durante la actual fase histórica, el empleo directo de la violencia militar por las grandes potencias, sobre todo por Estados Unidos, se ha convertido en algo permanente. En esta fase, la anterior disciplina rígida de los bloques imperialistas ha dejado el paso a una creciente indisciplina y caos, a una incontrolable extensión de los conflictos militares.

Al concluir el siglo, la alternativa histórica definida por el marxismo durante la Primera Guerra mundial socialismo o barbarie– no sólo ha quedado confirmada, sino que debe ser precisada y cambiada en «socialismo o destrucción de la humanidad».

(...) Aunque una tercera guerra mundial no está, por ahora, al orden del día, la crisis histórica del sistema lo ha metido en tal atolladero que sólo hacia la guerra puede moverse. No solamente porque la aceleración de la crisis ha sumido a regiones enteras en un estado de miseria e inestabilidad (como el sudeste de Asia el cual hasta hace poco aún conservaba cierta prosperidad), sino sobre todo porque las propias potencias están cada día más obligadas a emplear la violencia en defensa de sus intereses.

La naturaleza de los conflictos: una clave del debate actual

(…) Los revolucionarios sólo lograrán convencer al proletariado de la completa validez de la posición marxista, si son capaces de defender una visión histórica y teórica coherente de la evolución del imperialismo moderno. En particular, la capacidad del marxismo para explicar las causas y los efectos reales de las guerras modernas es una de las poderosas armas contra la ideología burguesa.

En este sentido, una comprensión clara del fenómeno de la descomposición del capitalismo y de toda la fase histórica que lleva su marca es un instrumento de primer orden para la defensa de las posiciones y de los análisis de los revolucionarios sobre el imperialismo y la naturaleza de las guerras actuales.

Descomposición y derrumbe del bloque del Este

(...) El acontecimiento clave que determina el carácter de los conflictos imperialistas al concluir el siglo ha sido el desmoronamiento del bloque oriental.

(...) Todo el mundo quedó sorprendido por los acontecimientos de 1989. Incluida la CCI. Sin embargo, cabe precisar que la CCI logró muy rápidamente entender la dimensión de los acontecimientos (las «Tesis sobre la crisis en los países del Este», en las que se preveía el derrumbe del bloque ruso, fueron redactadas en septiembre 1989, dos meses antes de la caída del muro de Berlín). La capacidad de nuestra organización para reaccionar de esta manera no es el fruto de la casualidad. Era el resultado:

– del marco de análisis sobre las características de los regímenes estalinistas que la CCI hizo al principios de los 80 tras los acontecimientos de Polonia ([1]);

– de la comprensión del fenómeno histórico de la descomposición del capitalismo cuya elaboración inició a partir de 1988 ([2]).

Era la primera vez en la historia que un bloque imperialista desaparecía fuera de una guerra mundial. Tal fenómeno creó un desconcierto profundo, incluso en las filas de las organizaciones comunistas donde se intentó, por ejemplo, determinar su racionalidad económica. Para la CCI, el carácter inédito de tal acontecimiento que no tenía ninguna racionalidad, sino que era una catástrofe para el antiguo imperio soviético (y para la propia URSS que no iba a tardar en desmoronarse), fue una confirmación patente del análisis sobre la descomposición del capitalismo ([3]).

(...) Hasta 1989, la descomposición que doblegó a la segunda superpotencia mundial, había afectado poco a los países centrales del bloque del Oeste. Todavía hoy, diez años más tarde, las manifestaciones de descomposición localizadas en estos países aparecen casi insignificantes en comparación con las de los países periféricos. Sin embargo, al haber hecho estallar el orden imperialista existente, la descomposición, de haber sido un fenómeno, se ha convertido en periodo, poniendo a los países dominantes en el centro mismo de las contradicciones del sistema, y particularmente al primero de entre ellos, Estados Unidos.

El imperialismo americano en el centro de las contradicciones de la descomposición

La evolución de la política americana desde 1989 es la expresión misma del dilema actual de la burguesía.

Durante la guerra del Golfo, Estados Unidos podía aparecer, ante el desarrollo rápido de la tendencia «cada uno para sí», como un contrapeso capaz todavía, con el garrote en su mano, de arrastrar a las demás potencias tras aquel país. Y de hecho, gracias a su aplastante superioridad militar en Irak, la única superpotencia fue capaz de frenar decisivamente la tendencia hacia la formación de un bloque en torno a Alemania, tendencia abierta con la unificación de este país. Pero solamente seis meses después de la guerra del Golfo, el estallido de la guerra en Yugoslavia ya confirmaba que el «nuevo orden mundial» anunciado por Bush no estaría bajo el dominio estadounidense, sino bajo el dominio de esa tendencia «cada uno para sí» cada vez más fuerte. (...)

En febrero de 1998, la potencia americana, que durante la Guerra del Golfo había usado a las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad para hacer confirmar su liderazgo por la «comunidad internacional» había perdido el control de ese instrumento hasta el punto de ser humillada por Irak y sus aliados franceses y rusos ([4]).

Por supuesto, Estados Unidos fue capaz de superar este obstáculo tirando la ONU a la basura de la historia y llevando a cabo, a finales del año 1998, junto con Gran Bretaña la operación «Lone Ranger» («Zorro del Desierto»), dejando abiertamente de lado a las demás potencias, pequeñas o grandes.

Washington no necesita el permiso de nadie para golpear cuando y donde quiera. Pero al hacer una política así, Estados Unidos se convierte en factor activo de la tendencia «cada uno para sí», en vez de limitarla como lo habían logrado momentáneamente durante la Guerra del Golfo. Peor aún: la advertencia política que Washington quiso dar con el «Zorro del desierto» ha hecho gran daño a su propia causa. Por primera vez desde la guerra de Vietnam, la burguesía americana, en marcado contraste con su socio británico, ha sido incapaz de presentar un frente unido hacia el exterior aún estando en situación de guerra. Todo lo contrario, el proceso de «impeachment» contra Clinton se intensificó durante los acontecimientos: los políticos norteamericanos sumidos en un verdadero conflicto interno de política exterior, en vez de refutar la propaganda de los enemigos de América según la cual Clinton había decidido la intervención militar contra Irak por motivos personales (el famoso «Monicagate»), le dieron crédito. (...)

El conflicto subyacente sobre la política exterior entre ciertas fracciones de los partidos Republicano y Demócrata han demostrado ser muy destructivas precisamente porque ese «debate» pone de relieve una contradicción insoluble que la resolución del XIIº Congreso de la CCI formulaba así:

«– por un lado, si [Estados Unidos] renuncia a aplicar o a hacer alarde de su superioridad militar, eso no puede sino animar a los países que discuten su autoridad a ir todavía más lejos;

  por otro lado, cuando utilizan la fuerza bruta, incluso, y sobre todo, cuando ese medio consigue momentáneamente hacer tragar sus veleidades a los adversarios, ello lo único que hace es empujarlos a aprovechar la menor ocasión para tomarse el desquite e intentar quitarse de encima la tutela americana.» ([5])

Paradójicamente, mientras existía el bloque imperialista de la URSS, Estados Unidos estaba protegido de los peores efectos de la descomposición sobre su política exterior. (...) Hoy no tiene ningún adversario lo bastante poderoso como para pretender formar su propio bloque imperialista contra EEUU. Por eso, no hay enemigo común y, por lo tanto, no hay razón para que las demás potencias acepten la «protección» y la disciplina estadounidense. (...)

El carácter ofensivo de la estrategia militar estadounidense
ilustra la creciente irracionalidad de las relaciones imperialistas

Frente al crecimiento irresistible de la tendencia «cada uno para sí», Estados Unidos no tiene más solución que una política de ofensiva militar permanente. No es el enemigo débil, sino la potencia estadounidense misma la que está obligada a intervenir cada día más regularmente con la fuerza armada en defensa de sus posiciones (lo que, normalmente, caracteriza una potencia más débil y en una situación más desesperada).

La CCI ya puntualizaba esta tendencia en su IXº Congreso:

«... En algunos aspectos, la situación actual de EEUU se aparenta a la de la Alemania de antes de ambas guerras mundiales. Este país, en efecto, intentó compensar sus desventajas económicas (...) trastornando el reparto imperialista por la fuerza de las armas. Por eso, en las dos guerras, apareció como “agresor”, pues las potencias mejor dotadas no tenían el menor interés en poner en cuestión los equilibrios. (...) Mientras existía el bloque del Este, (...) EEUU no necesitaba, a priori, hacer uso importante de su armamento pues lo esencial de la protección dada a sus aliados era de carácter defensivo (aunque a principios de los 80, Estados Unidos había iniciado una ofensiva general contre el bloque ruso). Con la desaparición de la amenaza rusa, la “obediencia” de los demás grandes países adelantados no está ya garantizada, por eso el bloque occidental se ha disgregado. Para obtener esa obediencia, EEUU necesita adoptar un modo sistemáticamente ofensivo en lo militar (como hemos visto en la guerra del Golfo), que se parece al de la Alemania del pasado. La diferencia con el pasado, y es grande, es que hoy no es una potencia que quiere modificar el reparto del mundo la que toma la ofensiva militar, sino al contrario la primera potencia mundial, la que por ahora dispone de la mejor parte del pastel» ([6]).

« Cada uno para sí »: tendencia dominante hoy

(...) Sacando un balance de los dos años pasados, el detallado análisis de los acontecimientos concretos confirma el marco establecido por el informe y la resolución del XIIo Congreso de la CCI:

1) El desafío abierto que representa la posesión del arma nuclear por India y Pakistán, es un ejemplo que, con toda seguridad, será seguido por otras potencias y que incrementa considerablemente el riesgo de uso de bombas atómicas.

2) La creciente agresividad militar de Alemania, liberada del férreo cinturón de los bloques imperialistas, es un ejemplo que será seguido por Japón, la otra gran potencia frenada por el bloque americano después de 1945.

3) La terrorífica aceleración del caos e inestabilidad en Rusia es, hoy, la más caricaturesca expresión de la descomposición y el centro más peligroso de todas las tendencias hacia la disolución del orden burgués mundial.

4) La continua resistencia de Netanyahu a la «Pax Americana» en Oriente Medio y la transformación de Africa en un auténtico matadero son otros ejemplos que confirman:

– que la tendencia dominante en las tensiones imperialistas después de 1989, es el caos y «cada uno para sí»;

– que, en el centro de esta tendencia dominante, subyace la puesta en entredicho de la hegemonía de la única superpotencia americana y de sus acciones militares violentas cada vez más numerosas;

– que esta dinámica puede solamente ser comprendida en el contexto de la descomposición;

– que esta tendencia no anula en modo alguno la tendencia hacia la formación de nuevos bloques que hoy, como tendencia secundaria pero bien real, es uno de los principales factores que alimentan las hogueras de la guerra y el desarrollo del caos;

– que la agudización de la crisis económica del capitalismo decadente es en sí un poderoso factor en la agudización de las tensiones, sin, por ello, establecer una relación mecánica entre ambas, u otorgar a estos conflictos una racionalidad económica o histórica cualquiera (…)

La descomposición de la burguesía
acentúa las tensiones y la tendencia « cada uno para sí »

Con la pérdida de todo proyecto concretamente realizable, excepto el de «salvar el equipaje» ante la crisis económica, la falta de perspectiva de la burguesía tiende a llevarla a perder de vista los intereses del Estado o del capital nacional en su conjunto.

La vida política de la burguesía (de diferentes fracciones o pandillas) en los países más débiles, tiende a ser reducida a la lucha por el poder o meramente para sobrevivir. Esto se convierte en un enorme obstáculo para el establecimiento de alianzas estables e incluso de una política exterior coherente, abriendo el paso al caos, a la imprevisión y aún a la locura en las relaciones entre los Estados.

El callejón sin salida del sistema capitalista lleva al estallido de algunos de esos Estados, los últimamente creados, ya en plena decadencia del capitalismo, y con bases poco sólidas (tales como la URSS o Yugoslavia) o con fronteras artificiales como en Africa, todo lo cual ha acarreado una explosión de guerras con vistas a delimitar nuevas fronteras.

A esto se debe agregar la agravación de tensiones raciales, étnicas, religiosas, tribales y otras, un aspecto muy importante de la actual situación mundial.

Una de las más progresivas tareas del capitalismo ascendente fue la sustitución de la fragmentación religiosa o étnica de toda la humanidad por grandes unidades centralizadas a escala nacional (el crisol americano –«the american melting pot»–, el logro de la unidad nacional entre católicos y protestantes en Alemania, o de las poblaciones de idioma francés, alemán e italiano en Suiza). Pero aún en la ascendencia, la burguesía fue incapaz de superar estas divisiones que venían de antes del capitalismo. Mientras que el genocidio, las divisiones y las leyes étnicas en las regiones no capitalistas donde el sistema se estaba extendiendo, tales conflictos han sobrevivido incluso en el corazón del capitalismo (Irlanda del Norte por ejemplo). A pesar de que la burguesía pretende que el holocausto contra los judíos fue único en la historia moderna, y mentirosamente acusa a la Izquierda comunista de «excusar» ese crimen, el capitalismo decadente en general y la descomposición en particular, son el periodo del genocidio y de las «limpiezas étnicas». Es solamente con la descomposición cuando todos esos antiguos y recientes conflictos, que aparentemente no tienen nada que ver con la «racionalidad» de la economía capitalista, llegan a estallar por todas partes, resultado de la ausencia total de perspectivas burguesas.

La irracionalidad es una de las características de la descomposición. Hoy, no solamente existen intereses estratégicos concretamente divergentes, sino también la insolubilidad de esos incontables conflictos. (...) El fin del siglo XX viene a confirmar lo afirmado por el movimiento marxista, el cual, a principios de siglo, contra el Bund en Rusia, demostró que la única solución progresiva a la cuestión judía en Europa era la revolución mundial, o los que más tarde mostraron que era imposible la formación progresista de Estados nación en los Balcanes. (...)

La ausencia de una división del mundo estable y realista del mundo
después 1989 intensifica la tendencia « cada uno para sí »

Además de la superioridad americana sobre sus rivales, hay otro factor estratégico, directamente ligado a la descomposición, que explica el actual imperio de «cada uno para sí»: el hundimiento del bloque ruso sin derrota militar. Hasta entonces, históricamente, la división del mundo mediante la guerra imperialista había sido la condición más favorable para la formación de nuevos bloques como quedó demostrado después de 1945. (...) Lo resultante de ese hundimiento sin guerra es que:

– una tercera parte del planeta, la del ex bloque del Este, se ha convertido en una zona sin dueño, una manzana de la discordia entre las potencias restantes;

– las principales posiciones estratégicas de las potencias del ex bloque occidental en el resto del mundo después del 89 en ninguna forma representan la verdadera relación de las fuerzas imperialistas entre ellas, sino que proceden de su anterior división de trabajo contra el bloque ruso.

Esta situación que deja completamente abiertas las zonas de influencia de las grandes y pequeñas potencias, y generalmente de manera no satisfactoria para ellas, incrementa la tendencia a «cada uno para sí», a una carrera desordenada por posiciones y zonas de influencia.

El principal alineamiento imperialista entre las potencias europeas mejor «dotadas» y las menos «dotadas» que dominó el mundo político entre 1900 y 1939, fue el producto de décadas, aún de siglos de desarrollo capitalista. El alineamiento de la guerra fría fue a su vez el resultado de una década de rápidas y más profundas confrontaciones bélicas entre las grandes potencias desde 1930 hasta 1945.

En oposición a esto, el hundimiento del orden de Yalta se produce de la noche à la mañana, y sin resolver ninguna de las grandes cuestiones de las rivalidades imperialistas planteadas por el capitalismo, excepto una: el declive irreversible de Rusia.

Los enfrentamientos imperialistas fuera del férreo cinturón de los bloques:
una excepción, pero no una completa novedad

El único «orden mundial» imperialista posible en la decadencia es el de los bloques imperialistas con miras a la guerra mundial.

En el capitalismo decadente, hay une tendencia natural hacia la bipolarización imperialista del mundo, la cual puede solo ser relegada a un segundo plano en circunstancias excepcionales, normalmente ligadas a la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado. Este fue el caso después de la Primera Guerra mundial hasta la llegada al poder de Hitler en Alemania. Esta situación era el resultado de la oleada revolucionaria mundial que obligó a la burguesía a parar la Primera guerra antes de que llegara a su conclusión (es decir la derrota total de Alemania, lo cual hubiera abierto el camino a nuevos bloques formados en el campo victorioso – presumiblemente encabezados por Gran Bretaña y Estados Unidos) y que entonces la obligó a colaborar para salvar su sistema después de la guerra ante la amenaza proletaria. Así, una vez que el proletariado fue derrotado y Alemania se recuperó de su derrota, la Segunda Guerra mundial fue básicamente una lucha entre los mismos campos que los de la Primera.

Obviamente, hoy, los factores que actúan en contra de la tendencia hacia la bipolaridad son más fuertes que en los años 20 cuando estos fueron tapados por la formación de los bloques en menos de una década. Hoy, no solo la gran supremacía americana, sino también la descomposición pueden muy bien prevenir para siempre la formación de nuevos bloques.

La tendencia hacia los bloques y el imparable ascenso de Alemania

La descomposición es así un enorme factor que favorece a la tendencia «cada uno para sí». Pero eso no elimina la tendencia hacia la formación de bloques. Ni podemos teorizar que la descomposición como tal hace imposible la formación de bloques por principio. (...)

Esas dos consideraciones burguesas, el perseguir sus ambiciones imperialistas y el limitar la descomposición, no están siempre y necesariamente opuestas. En particular, los esfuerzos de la burguesía alemana por establecer una primera fundación para un eventual bloque imperialista en Europa del Este y para estabilizar varios de los países de la zona contra el caos, son más frecuentemente complementarios que contradictorios.

También sabemos que la tendencia «cada uno para sí» y la formación de bloques no son contradictorias en el absoluto, que los bloques no son sino la forma organizada de esa tendencia para canalizar la explosión de todas las rivalidades imperialistas reprimidas.

Sabemos que el objetivo a largo plazo de Estados Unidos, mantenerse como primera potencia mundial, es un proyecto eminentemente realista. Sin embargo, en su proyecto, está enredado en contradicciones insolubles. Con Alemania es lo contrario: mientras su proyecto a largo plazo de una Alemania dirigiendo un bloque tal vez nunca se realice, su política concreta en este sentido, se ve muy realista. Hemos hecho notar con frecuencia que Estados Unidos y Alemania son las únicas potencias que hoy pueden tener una política exterior coherente. A la luz de los recientes acontecimientos, esto parece ser más verdad para Alemania que para Estados Unidos. (...)

La alianza con Polonia, los avances en la península Balcánica, la reordenación de sus fuerzas armadas hacia intervenciones militares en el extranjero, son pasos hacia la formación de un futuro bloque alemán. Pasos pequeños, es verdad, pero suficientes para preocupar considerablemente a la superpotencia mundial.

La credibilidad del marxismo

Todas las organizaciones comunistas han tenido la experiencia común de cuán difícil se ha vuelto desde 1989 convencer a la mayor parte de los obreros de la validez del análisis marxista sobre los conflictos imperialistas. Hay dos razones principales para tal dificultad. Una es la situación objetiva de la tendencia «cada uno para sí» y el hecho de que el conflicto de intereses de las grandes potencias es hoy opuesto al del periodo de la guerra fría, todavía ampliamente ocultado. La otra razón es que la burguesía, como parte de su sistemática identificación del estalinismo con el comunismo, ha sido capaz de presentar como «marxista», una visión completamente caricaturesca de la guerra desencadenada únicamente para llenar los bolsillos de unos cuantos avaros capitalistas. Desde 1989, la burguesía se ha beneficiado enormemente de tal falsificación en el sentido de sembrar la más increíble confusión. Durante la guerra del Golfo, la propia burguesía propaló la mistificación seudo materialista de una guerra «por el precio del petróleo» para así ocultar el conflicto subyacente entre las grandes potencias.

En oposición a esto, las organizaciones de la Izquierda comunista (el BIPR y los grupos «bordiguistas») han afirmado claramente que lo que predomina son los intereses imperialistas de las potencias imperialistas, en la tradición de Lenin y Rosa Luxemburg. Pero esos grupos han desarrollado esta crítica sin armas suficientes, en particular con una exagerada visión reduccionista de los motivos económicos, inmediatos, de la guerra imperialista moderna. Esto debilita la autoridad de la argumentación marxista. (...)

Pero, además, esa explicación «economicista» lleva a caer en la propaganda de la burguesía, como es el caso de la CWO que, en base a ese planteamiento, cree en una cierta realidad tras el «proceso de paz» en Irlanda.

El carácter global de la guerra imperialista

Todo el medio proletario comparte la comprensión de que la guerra imperialista es el producto de las contradicciones del capitalismo, con, en última instancia, una causa económica. Pero cada guerra que tiene lugar en una sociedad de clases tiene también, y es un aspecto importante, una dimensión estratégica con una dinámica interna propia. Aníbal marchó hacia el norte de Italia con sus elefantes, no para abrir una ruta comercial a través de los Alpes, sino como una maniobra estratégica en las guerras Púnicas «mundiales» entre Cartago y Roma por el dominio del Mediterráneo.

Con la aparición de la competencia capitalista es verdad que la causa económica de la guerra es más pronunciada: está claro con las guerras coloniales de conquista y las guerras nacionales de unificación del siglo pasado. Pero la creación del mercado mundial y la división del planeta entre naciones capitalistas también da a la guerra, en la época del imperialismo, un carácter global cada vez más político y estratégico que nunca antes en la historia. Esto es ya claramente el caso para la Primera Guerra mundial. La causa fundamental de esta guerra es estrictamente económica: los límites de la expansión del mercado mundial habían sido alcanzados en relación con las necesidades del capital existente acumulado, lo cual anunciaba la entrada del sistema en su fase de decadencia. Sin embargo, no es la «crisis cíclica de la acumulación» económica como tal (según la idea del BIPR) lo que provocó la guerra imperialista de 1914, sino el hecho de que todas las zonas de influencia estaban ya repartidas, de modo que los que «llegaron tarde» no podían extenderse sino a costa de las potencias ya establecidas. La crisis económica como tal era mucho menos brutal que la que hubo por ejemplo en los años 1870. En realidad, fue más bien la guerra imperialista la que anunció la llegada de la crisis económica mundial del capitalismo en decadencia en 1929 y no lo contrario.

De igual modo, la situación económica inmediata de Alemania, la principal potencia que presionaba por una nueva división del mundo, distaba mucho de la situación crítica en 1914 – entre otras razones porque tenía acceso aún a los mercados del Imperio británico y de otras potencias coloniales. Pero esta situación colocaba a Alemania, políticamente, a merced de sus principales rivales. La principal meta de Alemania no era la conquista de este o aquel mercado, sino acabar con la dominación británica en los océanos: por un lado, merced a una flota alemana de guerra y a la extensión de colonias y bases navales a través del mundo; y por otro lado, gracias a una ruta terrestre hacia Asia y Oriente Medio especialmente por los Balcanes. Ya en esa época, tropas alemanas fueron enviadas a los Balcanes para perseguir estos objetivos estratégicos globales mucho más importantes que el mero mercado yugoslavo. Ya en esa época, el combate por el control de ciertas materias primas fundamentales fue únicamente un momento en el combate general para dominar el mundo.

Muchos oportunistas en la IIª y IIIª Internacionales – los partidarios del «socialismo en un solo país» – utilizaron ese punto de vista parcial, y en última instancia nacional, para negar las «ambiciones económicas y, por lo tanto, imperialistas» de... su propio país. La Izquierda marxista, por el contrario, fue capaz de defender esta comprensión global porque entendió que la industria capitalista moderna no puede sobrevivir sin los mercados, materias primas, productos agrícolas, facilidad de transporte y fuerza de trabajo a su disposición. (...) En la época imperialista, donde la economía mundial en su conjunto forma un todo complicado, no solamente las guerras locales tienen causas globales sino que además forman parte de un sistema internacional de lucha por la dominación del mundo. Es por ello que Rosa Luxemburg estaba en lo correcto cuando escribió en el Folleto de Junius que todos los Estados, grandes o pequeños, se habían vuelto imperialistas. (...)

El carácter irracional de la guerra imperialista

«La decadencia del capitalismo queda bien plasmada en el hecho de que mientras la guerra fue en su tiempo un factor para el desarrollo económico (periodo ascendente), hoy, en el periodo decadente, la actividad económica está encaminada esencialmente hacia la guerra. Esto no significa que la guerra sea el objetivo de la producción capitalista; esto significa que la guerra, al tomar un carácter permanente, se ha convertido en la vida normal de la decadencia del capitalismo» («Informe sobre la situación internacional de la Izquierda comunista de Francia», julio 1945).

Este análisis desarrollado en la Izquierda Comunista fue une profundización suplementaria fundamental de nuestra comprensión de los conflictos imperialistas: no solamente los objetivos económicos de la guerra imperialista son globales y políticos, sino que además ellos mismos acaban estando dominados por cuestiones de estrategia y de «seguridad» militares. Mientras que al principio de la decadencia, la guerra estaba más o menos aún al servicio de la economía, con el paso del tiempo, la situación es la contraria, la economía está cada vez más al servicio de la guerra. Una corriente como el BIPR, enmarcada en la tradición marxista, es muy consciente de ello: «... Debemos claramente reiterar un elemento básico del pensamiento dialéctico marxista: cuando las fuerzas materiales incrementan una dinámica hacia la guerra es porque esto se ha convertido en el punto de referencia central para los políticos y gobernantes. La guerra es emprendida para vencer: amigos y enemigos son escogidos sobre esas bases».

Y en otra parte del mismo artículo: «Queda entonces para el liderazgo político y las fuerzas armadas establecer la dirección política de cada Estado de acuerdo con un simple imperativo: una estimación de cómo alcanzar la victoria militar» («Fin de la guerra fría: una nueva etapa hacia un nuevo alineamiento imperialista», Communist Review n° 10).

Aquí estamos lejos del petróleo del Golfo y de los mercados yugoslavos. Pero desgraciadamente, esta comprensión no se ha arraigado en una teoría coherente de la irracionalidad económica del militarismo actual.

Por otra parte, la identificación entre las tensiones económicas y los antagonismos militares conduce a una miopía en cuanto al significado de la Unión Europea y de la moneda única considerada como el núcleo de un futuro bloque continental. (...)

El «Euroland» no es un bloque imperialista

Hasta los años 90, la burguesía no encontró otros medios para coordinar sus políticas económicas entre los Estados nación – en un intento por mantener la cohesión del mercado mundial frente a la crisis económica permanente – sino el marco de los bloques imperialistas. En este contexto, el carácter del bloque Occidental durante la Guerra fría, compuesto como estaba de todas las principales potencias económicas, era particularmente favorable a la gestión internacional de la crisis abierta del capitalismo lo que le permitió durante mucho tiempo impedir la dislocación del comercio mundial como el que se había producido en los años 30.

Las circunstancias del orden mundial imperialista posterior a 1945 que duraron medio siglo, podían dar la impresión de que la coordinación de la política económica y la contención de las rivalidades comerciales entre Estados gracias a ciertas reglas y límites, era la función específica de los bloques imperialistas.

Sin embargo, después de 1989, cuando los bloques imperialistas desaparecieron, la burguesía de los países principales fue capaz de encontrar nuevos medios de cooperación económica internacional hacia la gestión de la crisis, mientras a nivel imperialista, la lucha de todos contra todos pasó rápidamente al primer plano.

La situación está perfectamente ilustrada por la actitud de Estados Unidos. En el plano imperialista, resiste masivamente a todo movimiento hacia una alianza militar de los Estados europeos. Pero, en lo económico, (después de las vacilaciones iniciales) apoyan e incluso se benefician de la Unión Europea y del proyecto Euro.

Durante la Guerra fría, «el proceso de integración europea» era ante todo un medio para fortalecer la cohesión del bloque estadounidense en Europa occidental contra el Pacto de Varsovia. Si la Unión Europea ha sobrevivido a la quiebra del bloque Occidental fue sobre todo porque asumió un nuevo papel con una estabilidad arraigada en el corazón de la economía mundial.

En este sentido, la burguesía ha aprendido de los años pasados a operar una cierta separación entre la cuestión de la cooperación económica (gestión de la crisis) y la cuestión de las alianzas imperialistas. Y la realidad actual demuestra que la lucha de «cada uno para sí» domina en lo imperialista pero no en lo económico. Pero si la burguesía es capaz de hacer tal distinción, es únicamente porque los dos fenómenos son distintos, aunque no completamente separados: en realidad el «Euroland» ilustra perfectamente que esa estrategia imperialista y los intereses de comercio mundial de las naciones no son idénticos. La economía de Holanda, por ejemplo, es fuertemente dependiente del mercado mundial en general y de la economía alemana en particular. Por eso Holanda ha sido uno de los más fervientes apoyos en Europa a la política alemana hacia una moneda común. En el ámbito imperialista, por el contrario, la burguesía holandesa, precisamente por su proximidad geográfica a Alemania, se opone a los intereses de sus poderosos vecinos siempre que puede, y es uno de los más fieles aliados de Estados Unidos en el viejo continente. Si el «Euro» fuera ante todo la piedra clave de un futuro bloque alemán, La Haya sería la primera en oponerse. Pero en realidad, Holanda, Francia y otros países que temen el resurgimiento imperialista alemán, apoyan la moneda común precisamente porque ésta no amenaza su seguridad nacional, o sea, su soberanía militar.

Al contrario de una coordinación económica basada en un contrato entre Estados burgueses soberanos (bajo la presión de restricciones económicas y de las relaciones de fuerza actuales, por supuesto), un bloque imperialista es un férreo cinturón impuesto a un grupo de Estados por la supremacía militar del país líder y unidos por una voluntad común de destrucción de la alianza militar enemiga. Los bloques de la Guerra fría no surgieron de acuerdos negociados, sino que fueron el resultado de la IIª Guerra mundial. El bloque occidental nació porque Europa Occidental y Japón habían sido ocupados por Estados Unidos mientras que la Europa del Este había sido invadida por la URSS.

El bloque del Este no cayó en pedazos a causa de una modificación de sus intereses económicos y de sus alianzas comerciales, sino porque el líder que mantuvo el bloque a sangre y fuego, ya no era capaz de asumir la tarea. Y el bloque occidental – que era el más fuerte y no se desmoronó – simplemente murió porque el enemigo común había desaparecido. Como Winston Churchill lo escribió: «las alianzas militares no son el producto del amor, sino del temor: temor al enemigo común».

Europa es el centro, no de un bloque,
sino de la tendencia a «cada uno para sí»

Europa y Norteamérica son los dos centros principales del capitalismo mundial. Estados Unidos, poder dominante en Norteamérica, fue destinado a ser la potencia líder en el mundo por su dimensión continental, por su situación a una distancia de seguridad de sus enemigos potenciales en Europa y Asia, y por su fuerza económica.

Por el contrario, la posición económica y estratégica de Europa la condenó a ser el foco principal de las tensiones imperialistas en la decadencia del capitalismo. Principal campo de batalla de las dos guerras mundiales y continente dividido por «el telón de acero» durante la Guerra fría, Europa nunca ha constituido una unidad y jamás podrá hacerlo bajo el capitalismo.

Por su papel histórico como lugar de nacimiento del capitalismo moderno y su situación geográfica como una casi península de Asia que se extiende hacia el norte de Africa, Europa ha sido en el siglo XX la clave de la lucha imperialista por el dominio mundial. Al mismo tiempo, entre otras causas por su situación geográfica, Europa es particularmente difícil de dominar militarmente. Gran Bretaña, aún en los días en que «reinaba en los mares», sólo logró vigilar Europa gracias un complicado sistema de «relación de fuerzas». En cuanto a la Alemania de Hitler, aún en 1941 su dominación del continente era más aparente que real, en la medida en que Inglaterra, Rusia y el Norte de Africa estaban en manos enemigas. Ni siquiera Estados Unidos, en el momento más tenso de la Guerra fría, jamás logró dominar más de la mitad del continente. Irónicamente, desde su «victoria» sobre la URSS, la posición de Estados Unidos en Europa se ha visto considerablemente debilitada con la desaparición del «imperio del mal». Aunque la superpotencia mundial mantiene una considerable presencia militar en el viejo continente, Europa no es un área subdesarrollada que pueda mantenerse en observación con unos cuantos cuarteles de «marines»: entre los países industrializados del G7, cuatro son europeos.

De hecho, mientras que Estados Unidos puede maniobrar militarmente casi a su gusto en el golfo Pérsico, el tiempo y los esfuerzos que Washington requiere para imponer su política en la antigua Yugoslavia, revela la dificultad actual para la única superpotencia que queda, para mantener una presencia decisiva a 5000 kilómetros de su territorio.

No solamente los conflictos en los Balcanes o en el Cáucaso están directamente relacionados con la lucha por el control de Europa, sino también los de Africa y del Oriente Medio. El norte de Africa es la orilla meridional de la cuenca del Mediterráneo, su costa noreste (particularmente el llamado «Cuerno») domina las cercanías al canal de Suez, el sur de Africa las rutas de navegación meridionales entre Europa y Asia. Si Hitler, a pesar de la dispersión de sus recursos militares en Europa, envió a Rommel a Africa, fue sobre todo porque sabía que de otra manera Europa no podía ser controlada.

Lo que es válido para Africa, es aún más válido para el Oriente Medio, el punto neurálgico donde Europa, Asia y Africa se encuentran. La dominación del Oriente Medio es uno de los principales recursos mediante el cual Estados Unidos puede mantenerse como potencia «europea» decisiva y global (de ahí la importancia vital de la «Pax Americana» entre Israel y los palestinos para Washington).

Europa es también la principal razón de por qué Washington, en estos ocho años, ha hecho de Irak el punto permanente de crisis internacional: es un medio para dividir a las potencias europeas. Mientras que Francia y Rusia son aliados de Irak, Gran Bretaña es el enemigo natural del actual régimen de Bagdad, mientras que Alemania. por su parte, está más próxima a los rivales regionales de Irak, tales como Turquía e Irán.

Pero si Europa es el centro de las tensiones imperialistas actualmente, es sobre todo porque las principales potencias europeas tienen intereses militares divergentes. No podemos olvidar que ambas guerras mundiales se iniciaron sobre todo como guerras entre potencias europeas, exactamente igual que las guerras en los Balcanes en estos años 90. (...)


[1] Ver «Europa del Este, las armas de la burguesía contra le proletariado», Revista internacional n° 34, 1983.

[2] Ver «La descomposición del capitalismo», Revista internacional n° 57, 1989.

[3] Ver «La descomposición, fase ultima de la decadencia del capitalismo», Revista internacional n° 62, 1990.

[4] Ver «Irak, un revés de Estados Unidos que refuerza las tensiones guerreras», Revista internacional n° 93, 1998.

[5] Revista internacional n° 90.

[6] Revista internacional n° 67, 1991.