Timor, Chechenia - El capitalismo, sinónimo de caos y barbarie

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Después de Kosovo, Timor oriental; tras Timor oriental, Chechenia. Sin dar tiempo a que la sangre derramada en una matanza se haya secado, ya está chorreando en otros lugares del planeta. El continente africano, mientras tanto, sigue agonizando: a las guerras endémicas que desangran día tras día a Eritrea, Sudán, Somalia, Sierra Leona, Congo y otros países, se han venido a añadir nuevas matanzas en Burundi y enfrentamientos armados entre los dos «amigos» rwandeses y ugandeses, y prosigue la guerra a más y peor en Angola. Estamos realmente muy lejos de las profecías del presidente norteamericano Bush cuando anunciaba, hace exactamente diez años, un «nuevo orden mundial de paz y prosperidad» tras el hundimiento del bloque del Este. La única paz que ha ido progresando esta década es la de los cementerios.

Día tras día se va confirmando la realidad del hundimiento de la sociedad capitalista en el caos y la descomposición.

Timor y Chechenia, dos manifestaciones de la descomposición del capitalismo

Las matanzas (que se cifran por miles de muertos) y destrucciones (en ciertas aglomeraciones, 80 a 90 % de viviendas fueron incendiadas) que acaban de devastar el Timor oriental no son algo nuevo en este país. Una semana apenas después de que Portugal le otorgara su independencia en mayo del 75, las tropas indonesias la invadieron para transformarla un año después en la provincia nº 27 de Indonesia. Ya entonces, las matanzas y la hambruna dejaron entre dos y trescientas mil personas, cuando la población no alcanzaba el millón de habitantes. Sería, sin embargo, un error considerar lo que acaba de ocurrir en la zona como una repetición de lo que ocurrió en el 75. En aquellos años ya había conflictos muy sangrientos (la guerra de Vietnam no se acabaría hasta finales del 75). Sin embargo, la exterminación sistemática de poblaciones civiles por su pertenencia étnica era una excepción, mientras que hoy se ha convertido en la regla. Las masacres de tutsis en el 94 en Rwanda no son una especialidad africana debida al subdesarrollo de aquel continente. Una tragedia similar se produjo hace unos pocos meses en la propia Europa, en Kosovo. Y si hoy se asiste en Timor a la repetición de semejantes actos de barbarie, es porque éstos son una manifestación de la barbarie actual del capitalismo, del caos en el que se está hundiendo este sistema, y de ninguna manera un problema específico del país debido a fallos de la descolonización de hace 25 años.

La diferencia evidente entre el período actual y el que precede al hundimiento del bloque del Este se ilustra perfectamente en la guerra que está devastando a Chechenia. Hace diez años, la URSS perdió en unas pocas semanas el bloque imperialista que había dominado durante cuatro décadas. En la medida en que el hundimiento del bloque resultaba en primer lugar de una crisis económica y política tan catastróficas de su potencia dominante que la paralizó, también conllevaba la explosión de la propia URSS: las repúblicas bálticas, caucásicas, de Asia central y hasta de Europa del Este (Ucrania, Bielorrusia) que quisieron imitar el ejemplo de Polonia, Hungría, Alemania del Este, Checoslovaquia, etc. En 1992 todo estaba terminado y la Federación de Rusia se quedo sola. Pero al contener varias nacionalidades, empezó a su vez a ser víctima de la misma disgregación, la que se concretó en la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Tras haber matado a más de 100 000 personas de ambos campos y destruido las principales ciudades del país, se concluyó en derrota de Rusia e independencia de hecho de Chechenia.

La entrada en el Daghestán, durante el mes de agosto, de las tropas islamistas del checheno Shamil Basaiev y de su compinche el jordano Jatab han sido el punto de partida de una nueva guerra en Chechenia. Este país es un resumen de las manifestaciones de descomposición que están minando al conjunto del capitalismo ([1]). Por un lado, es una consecuencia del desmoronamiento del bloque del Este, lo cual ha sido, hasta ahora, la mayor manifestación de la descomposición en la que se hunde la sociedad burguesa. Y por otro, pone en evidencia el auge del integrismo islámico que también revela, en varios países (Irán, Afganistán, Argelia, etc.), la descomposición de un sistema y cuya contrapartida, en los países industrializados, se puede ver en el aumento de la violencia urbana, de las drogas y de las sectas.

Si es verdad, como lo que afirman numerosas fuentes de información (y sería perfectamente posible), que Basaiev y su pandilla son financiados por el multimillonario mafioso Berezovski, eminencia gris de Yeltsin, o que las explosiones en Moscú estos meses pasados se deben a los servicios secretos rusos, estaríamos ante otras manifestaciones de la descomposición del capitalismo que, por desgracia, no se limitan a Rusia : la utilización cada vez más frecuente del terrorismo por los propios Estados burgueses (¡y no solo por grupos incontrolados!) y la corrupción cada vez más generalizada en su seno lo prueban. En cualquier caso, y aunque los «servicios» rusos no estuviesen implicados en los atentados, éstos han sido utilizados por las autoridades para crear un fuerte sentimiento xenófobo en Rusia, justificando esta nueva guerra en Chechenia. Esta guerra la desea el conjunto de sectores políticos rusos (excepto Liebed, que firmó los acuerdos de Kasaviurt en agosto del 96 con Chechenia), desde los estalinistas de Ziuganov hasta los «demócratas» del alcalde de Moscú, Luzhkov. Y que el conjunto del aparato político ruso, a pesar de que denuncie la corrupción y la impericia de la camarilla de Yeltsin, siga apoyando su huida ciega en una aventura que no podrá sino agravar la catástrofe económica y política en que se va hundiendo el país, es muy revelador del caos creciente que en él está imperando.

El cinismo y la hipocresía de las potencias «democráticas»

Unos meses atrás, vimos la ofensiva militar de los ejércitos de la OTAN en Yugoslavia justificada con la excusa de la «injerencia humanitaria». Fue necesarias andanadas intensivas de imágenes y reportajes sobre el desamparo de los refugiados kosovares y los montones de cadáveres descubiertos tras la retirada de las tropas serbias de Kosovo para hacer olvidar a las poblaciones de los países de la OTAN que había sido precisamente esa intervención militar la que había originado la «limpieza étnica» de las milicias de Milosevic contra los albaneses de esa provincia.

Con lo de Timor oriental se ha alcanzado el no va más de la hipocresía. Cuando esta región fue anexionada por la Indonesia de Suharto, en 1975-76, anexión que provocó la muerte de más de la tercera parte de la población, entonces ni los «media» ni menos aún los gobiernos occidentales se preocuparon por la tragedia. Aunque la Asamblea general de la ONU no hubiera reconocido la anexión, los grandes países occidentales apoyaron plenamente a Suharto a quien consideraban como garantizador del orden occidental en esa parte del mundo ([2]). Estados Unidos, entregándole armas y adiestrando las tropas de choque indonesias (las mismas que han organizado las milicias antiindependentistas reclutadas entre el hampa timorense) apoyó claramente al verdugo de Timor. Pero EEUU no era el único, puesto que tanto Francia como Gran Bretaña también siguieron entregando armas a Suharto (el «Secret Action Service» británico también adiestró a las tropas de élite indonesias). En cuanto al país presentado hoy como el «salvador» de las poblaciones timorenses, Australia, fue el único en reconocer la anexión de Timor oriental (de lo que fue recompensado en 1981 por una participación a la explotación de yacimientos de petróleo frente a las costas timorenses). Recientemente todavía, en 1995, Australia había firmado con Indonesia un tratado de cooperación militar contra el «terrorismo» en particular, o sea, también contra la guerrilla independentista de Timor oriental.

Hoy en día, todos los «media» se han movilizado para mostrar la barbarie de que son víctima las poblaciones de aquel país tras haber votado a favor de la independencia. No es ninguna casualidad si esta movilización mediática ha venido a apoyar la intervención de unas fuerzas armadas con mandato de la ONU bajo el mando de Australia. Como en Kosovo, las campañas sobre los «derechos humanos» han precedido la intervención armada. Una vez más, las organizaciones humanitarias (las multitudes de ONG) han llegado en las maletas de los militares, acreditando con su presencia la mentira de que el único objetivo de la injerencia armada es defender vidas humanas y, ni mucho menos, defender intereses imperialistas.

Sin embargo, si las matanzas de albaneses en Kosovo eran perfectamente previsibles (y deseada de hecho por los dirigentes de la OTAN para tener un pretexto de intervenir a posteriori), las del pueblo de Timor oriental no sólo eran también previsibles, sino que además estaban anunciadas de antemano por sus protagonistas, las milicias antiindependentistas. A pesar de todas las advertencias, la ONU patrocinó sin vacilar la preparación del referéndum del 30 de agosto, librando a los habitantes a la matanza anunciada.

Cuando se les preguntó a los responsables de la ONU cómo habían podido ser tan poco previsores, uno de los diplomáticos contestó tranquilamente que «la ONU no es más que la suma de sus miembros» ([3]). Y es porque efectivamente, para el principal país de la ONU, Estados Unidos, el descrédito en que ha caído la ONU no le viene mal. Es una manera de volver a poner las cosas en su sitio tras la conclusión de la guerra en Kosovo, en la que una operación militar empezada bajo el mando de EE.UU. con los bombardeos de la OTAN, acabó en retorno de la ONU, cuyo control se les va de las manos a los norteamericanos, a causa del peso que tienen en ella varios países que se oponen a la tutela estadounidense, en particular Francia.

La posición de EE.UU. ya se había afirmado a menudo claramente por la voz de sus principales responsables: «No se trata a corto plazo de mandar tropas de la ONU, los indonesios han de retomar ellos mismos el control de las diferentes facciones que existen en la población» (Peter Burleigh, embajador auxiliar norteamericano en Naciones Unidas) ([4]). Esto lo dijo cuando era evidentísimo que la «facción» antiindependentista estaba a las órdenes del ejército indonesio. «El haber bombardeado Belgrado no significa que vayamos a bombardear Dili» (Samuel Berger, jefe des Consejo nacional de seguridad de la Casa Blanca). «Timor oriental no es Kosovo» (James Rubin, portavoz del Departamento de Estado) ([5]). Son palabras que por lo menos tienen el mérito de poner en evidencia la hipocresía y el doble lenguaje de Clinton, cuando cacareaba, unos meses antes, al terminarse la guerra en Kosovo: «Si alguien quiere cometer crímenes contra la población civil inocente, en Africa, Europa central o donde sea, ha de saber que se lo impediremos en la medida de nuestras posibilidades» ([6]).

En realidad, la posición no-intervencionista de EE.UU. no se explica únicamente por la voluntad de bajarle los humos a la ONU. Más fundamentalmente, además de no querer «disgustar» a su fiel aliado de Yakarta (con la que había organizado maniobras conjuntas el 25 de agosto sobre le tema de ¡«actividades de socorro y humanitarias en situación de desastre»!), se trataba para la primera potencia mundial de manifestar su apoyo total a las operaciones policiacas indonesias, o sea las masacres fomentadas por las milicias. Para el ejército indonesio (que tiene lo esencial del poder), aun a sabiendas de que no podría guardar indefinidamente el control de Timor oriental (y por esto aceptó la intervención de las tropas nombradas por la ONU), las masacres organizadas tras el referéndum tenían el objetivo de dar una advertencia a todos aquellos que, en el inmenso archipiélago indonesio, tuviesen veleidades de independencia. Las poblaciones de Sumatra del Norte, de las Célebes, o de las Molucas que se están dejando encandilar por las sirenas de los movimientos nacionalistas, habían de ser advertidas de lo que les esperaba. Este objetivo de la burguesía indonesia es totalmente compartido además por las burguesías de los demás Estados de la zona (Tailandia, Birmania, Malasia) enfrentadas también a problemas de minorías étnicas. Y también es compartido totalmente por la burguesía norteamericana inquieta por la inestabilidad de esta zona del mundo que no haría sino añadirse a la de muchas otras.

En la operación de «restablecimiento del orden» en Timor oriental, operación que no podía dejar de hacerse, so pena de desprestigiar la ideología «humanitaria» derramada a chorros estos años pasados, EE.UU. delegó la tarea a Australia, lo que le permite no comprometerse directamente ante Yakarta, a la vez que deja el primer plano a su más fiel y sólido aliado en la zona. También es recíprocamente una excelente ocasión para Australia de concretar sus proyectos de consolidación de sus posiciones imperialistas en la región (aunque sea a precio de una enemistad momentánea con Indonesia). Para la primera potencia mundial, resulta de todos modos fundamental mantener una fuerte presencia en esa parte del mundo, aunque sea mediante sus aliados, puesto que sabe que el desarrollo de las tensiones imperialistas de la situación histórica actual contiene la amenaza de un aumento de la influencia de las dos mayores potencias que pretenden tener un papel en la región, Japón y China.

Este mismo tipo de preocupaciones geoestratégicas permite explicar la actitud de Estados Unidos y demás potencias con respecto a la guerra en Chechenia. Ahí también, los civiles están siendo machacados día tras día por los bombardeos de la aviación rusa. Los refugiados se cuentan por centenas de miles y en vísperas del invierno, son ya decenas de miles de familias las que se han quedado sin casa. Ante este nuevo «desastre humanitario» que ya dura varias semanas, los dirigentes occidentales se empiezan a dejar oír. Clinton confesa su «inquietud» por la situación en Chechenia y Laurent Fabius, presidente de la Asamblea nacional francesa, afirma rotundamente que hay que oponerse a cualquier veleidad de secesión en la Federación de Rusia: «Francia apoya la integridad territorial de la Federación de Rusia y condena el terrorismo, las operaciones de desestabilización, el integrismo, que son otras tantas amenazas para la democracia» ([7]).

Aunque los «media» sigan haciendo oír la cantinela humanitaria, existe un consenso, hasta entre países que se enfrentan en otras partes (como Francia y Estados Unidos), para no crear la menor dificultad en Rusia y dejar que prosiga las matanzas. De hecho, todos los sectores de la burguesía occidental están interesados en evitar una nueva agravación del caos en el que se hunde el país más extenso del mundo, situado en dos continentes, y que por otra parte sigue poseyendo miles de armas atómicas.

En ambas extremidades del inmenso continente asiático, el más poblado del planeta, la burguesía mundial está enfrentada a un caos cada día mayor. Durante el verano de 1997, este continente ya había sufrido los ataques brutales de la crisis que desestabilizaron todavía más la situación política de ciertos países, como lo podemos ver con Indonesia (que no forma parte de Asia propiamente dicha, pero que sin embargo está muy cerca de ella). Al mismo tiempo, los factores del caos se han ido acumulando, en particular con la radicalización de conflictos tradicionales como el que opone a India y Pakistán, a principios del verano de 1999. El riesgo que a la larga está corriendo el continente asiático entero, es el de una explosión de antagonismos como los que hoy sufre el Caucaso, el desarrollo de una situación similar a la del continente africano, con más consecuencias y mucho más catastróficas todavía para el conjunto del planeta.

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Un caos extendiéndose por el mundo es evidentemente una preocupación real para todos los sectores de la burguesía mundial, en particular para los dirigentes de las grandes potencias. Pero esta preocupación es estéril. La voluntad de garantizar un mínimo de estabilidad queda permanentemente anulada por los intereses contradictorios de los diferentes sectores nacionales de la clase dominante. De ahí resulta que los países avanzados, las «grandes democracias», se comportan casi siempre como «bomberos pirómanos» interviniendo para «poner orden» en una situación que ellos mismos han desestabilizado en gran parte (como lo hemos podido ver en la ex Yugoslavia, y hoy mismo lo vemos en Timor).

Este caos que se está generalizando en el terreno imperialista no es sino una expresión de la descomposición general de la sociedad burguesa. Una descomposición que resulta de la incapacidad por parte de la clase dominante para dar la más mínima respuesta (ni siquiera la que dio en 1914 o en 1939) a la crisis insoluble de su economía. Una descomposición que se expresa en la putrefacción desde sus raíces de la sociedad entera. Una descomposición que no está reservada a países atrasados, sino que también afecta a las grandes metrópolis burguesas. El accidente ferroviario del 5 de octubre en Londres, capital de la más antigua potencia capitalista del mundo (¡y no un país cualquiera del tercer mundo!), así como el accidente nuclear del 30 de septiembre en Tokaimura en Japón, país de la «calidad» y del «cero defectos», son manifestaciones cotidianas de esa descomposición. Una descomposición que no acabará sino con el capitalismo mismo, cuando el proletariado destruya ese sistema que hoy se ha vuelto sinónimo de caos y de barbarie.

Fabienne (10/10/99)


[1] Para un análisis de la descomposición del capitalismo, léase en particular «La descomposición del capitalismo», en la Revista internacional nº 57, y «La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo», en la Revista internacional nº 62.

[2] El golpe de Suharto, en 1965, contra Sukarno considerado como demasiado próximo a los países «socialistas», se realizó con el apoyo norte-americano. Las autoridades estadounidenses, por otro lado, habían apreciado que su ayuda al ejército indonesio lo hubieran «animado a actuar contra el Partido comunista en cuanto se presentó la ocasión» (según dijo Mac Namara, jefe del Pentágono en aquel entonces).

[3] Le Monde, 16 de septiembre.

[4] Libération, 5 de septiembre.

[5] Le Monde, 14 de septiembre.

[6] Le Monde, 16 de septiembre.

[7] Le Monde, 7 de octubre.