IV - El debate de la vanguardia sobre el significado de la revolución de 1905

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En los primeros artículos de esta serie se hizo hincapié en por qué la forma y el contenido de la revolución de 1905 fueron algo totalmente nuevo que correspondía a las características del nuevo período de la vida del capitalismo, el de su decadencia. En esos artículos afirmábamos que los sindicatos fueron suplantados por una forma de organización más adaptada a los objetivos y el carácter de la lucha entablada por la clase obrera en aquel entonces, los soviets. Demostramos que era errónea la idea de que el surgimiento de los soviets se debiera al supuesto atraso de Rusia, poniendo, al contrario, de relieve que ese surgimiento correspondía al alto nivel de conciencia alcanzado por la clase obrera. De hecho, ante las nuevas tareas que se le plantean a la clase obrera, los sindicatos dejan de ser una herramienta de defensa de sus intereses para convertirse en obstáculo para el propio desarrollo de la lucha de clases. Aunque el movimiento de 1905 en Rusia, y después otra vez en 1917, hizo surgir sindicatos donde antes no había, eso se debió al ardor revolucionario de la clase obrera que procuraba usar todos los medios para hacer avanzar su lucha, pero también a una falta de experiencia respecto a los sindicatos. En realidad, la lucha la realizaron los soviets y eso fue lo que les dio su naturaleza revolucionaria; lo único que los sindicatos hicieron fue seguir la corriente.

El surgimiento de los soviets es inseparable de la huelga de masas, que apareció como el único medio de lucha contra el capitalismo cuando ya no son posibles las reformas parciales o los paliativos. Al igual que los soviets, la huelga de masas surge de las necesidades de la clase en su conjunto, al ser capaz de arrastrar a las masas obreras y ser un crisol para el desarrollo de su conciencia. En su desarrollo mismo, se topó con los sindicatos y con una parte del movimiento obrero, para el cual la huelga de masas era como desenterrar el espectro del anarquismo. Fue al ala izquierda del movimiento obrero, con Rosa Luxemburg y luego Anton Pannekoek a su cabeza, a la  que le incumbió la tarea de defender la huelga de masas, no como simple táctica propugnada por las direcciones sindicales, sino como fuerza primordial, revolucionaria y constantemente renovada, surgida de las entrañas de la clase obrera, capaz de unificar su combatividad y su conciencia a un nivel superior.

Lo propio de 1905, lo que concentra todo lo demás, es que la lucha por reformas es sustituida desde entonces por la lucha por la revolución.

Hemos mostrado que esos cambios no eran algo específico de Rusia, sino que concernían a toda la clase obrera mundial, puesto que el capitalismo había  entrado en su fase de decadencia. La clase obrera, que se había erigido como clase internacional capaz de combatir por sus propios intereses estaba desde entonces ante la lucha por el derrocamiento del capitalismo y la transformación de las relaciones de producción y ya no por la mejoras en su seno. En todas partes, la Primera Guerra mundial estuvo precedida por una escalada y una intensificación de las huelgas que empezaron a cuestionar las viejas formas de organización y los antiguos objetivos de lucha, y algunas de esas luchas acabaron en conflictos abiertos con el Estado. En resumen, después de 1905, la lucha de clases se convirtió plenamente en lucha por el comunismo.

El significado real de 1905 fue, por lo tanto, el de mostrar el futuro, abrir la vía a todas las luchas que entablará después la clase obrera en el capitalismo decadente. O sea, todas las luchas del siglo pasado, las de hoy y las de mañana.

1905 abre el camino del porvenir

El papel desempeñado en la preparación del futuro se verificó muy claramente en 1917, cuando los soviets se afirmaron como primer instrumento de la revolución. El poder soviético se irguió contra el poder burgués del Gobierno provisional, como Trotski lo escribe en su Historia de la Revolución rusa:

“¿Cuál era la constitución real del país, una vez instaurado el nuevo poder?

“La reacción monárquica se escondió por los rincones. Cuando aparecieron las primeras aguas del diluvio, los propietarios de todas las clases y tendencias se agruparon bajo la bandera del partido kadete, el cual se lanzó inmediatamente a la palestra como el único partido no socialista, y al propio tiempo, de extrema derecha.

“ (…) Las masas se derramaban en los soviets como si entrasen por la puerta triunfal de la revolución. Todo lo que quedaba fuera de las fronteras del Soviet diríase que quedaba al margen de la revolución y que pertenecía a otro mundo.

“Por los soviets sentíanse atraídos los elementos más activos que había en las masas, y sabido es que en los períodos revolucionarios la actividad es lo que triunfa; por eso, al crecer de día en día la actividad de las masas, el fundamento de sustentación de los soviets se ensanchaba constantemente. Era la única base real sobre la que se cimentaba la revolución.” [1]

Los soviets son la única forma de organización de la clase obrera apropiada a los fines y los medios de la lucha por el comunismo. Sin embargo, esto quedó poco claro en aquel entonces, en particular para los revolucionarios en Rusia. La cuestión sólo se esclarecería con la discusión sobre la cuestión de los sindicatos en el Primer congreso de la Tercera internacional, como lo desarrollamos en el artículo “Las tomas de posición políticas de la IIIa Internacional” [2]. Durante la discusión, los delegados de varios países europeos denunciaron firmemente el papel contrarrevolucionario desempeñado por los sindicatos. Y en el sentido contrario, en su presentación del Informe sobre Rusia, Zinoviev argumentaba:

“La segunda forma de organización obrera en Rusia son los sindicatos. Se han desarrollado de forma diferente que en Alemania: desempeñaron un papel revolucionario muy importante durante los años 1904-1905 y hoy están con nosotros en la lucha por el socialismo (…) Una mayoría importante de los miembros de los sindicatos apoyan las posiciones de nuestro partido, y todas las decisiones de los sindicatos se toman basándose en esas posiciones”.

Eso no prueba de ninguna manera que los sindicatos en Rusia tuvieran virtudes que les faltaban en otros países, sino sencillamente que debido a ciertas especificidades del país y a que “siguieron los pasos de los soviets”, como concluye el texto citado, revelaron menos que en otras partes su papel de instrumentos del Estado capitalista contra la clase obrera durante la fase revolucionaria.

La revolución de 1917 se hizo posible gracias a la de 1905, pero no desembocó en una revolución comunista mundial. Habría sido necesario para ello que la revolución lograra extenderse y ser vencedora fuera de Rusia. La inmadurez de la conciencia del proletariado en aquel entonces no lo permitió. Sin embargo, desde entonces, muchas de las lecciones de la oleada revolucionaria fueron sacadas por los grupos aislados de revolucionarios que sobrevivieron a la represión de la oleada revolucionaria de 1917-23 y a la contrarrevolución, y que intentaron reconstruir el movimiento revolucionario. Ese es el papel que ha desempeñado la Izquierda comunista. Esas lecciones también han sido confirmadas por la experiencia de la clase obrera tanto en su lucha cotidiana como en sus tentativas más importantes, como en Polonia a principios de los años 1980. La elaboración de esas enseñanzas empezó inmediatamente tras 1905, y ésa es la labor que hoy intentamos proseguir.

Sacar las lecciones de 1905: la cuestión del método

En esta última parte dedicada a 1905, vamos a examinar cómo comprendió el movimiento revolucionario los acontecimientos, el análisis que hizo y el método empleado. Este aspecto es importante pues todo cambio de situación histórica exige una adaptación de los medios que permita entenderla.

Lo notable del debate y de la lucha teórica emprendidos tras 1905 está en su carácter colectivo e internacional, a pesar de que todos los protagonistas no fueran conscientes de ello. Mientras que Marx fue capaz, tras la Comuna de París en 1871, de resumir en nombre del Consejo general de la Asociación internacional de los trabajadores (AIT, Primera internacional) su significado histórico en un folleto, no fue posible, debido a la complejidad de las cuestiones que se planteaban, hacer lo mismo para los acontecimientos de 1905.

Los revolucionarios de aquel entonces se enfrentaban en particular a un cambio sin precedentes de período histórico, cambio que ponía en tela de juicio muchas hipótesis y logros del movimiento obrero, así como el papel de los sindicatos y la forma de la lucha de clases. La principal contribución de la izquierda del movimiento obrero no solo fue haber aceptado el reto, sino haber manifestado además mucha lucidez sobre varias cuestiones gracias a la utilización notable del método marxista, dejando a la posteridad una brillante herencia teórica. Ese resultado compensa ampliamente las inevitables debilidades y fallos del esfuerzo teórico. Esperar más, esperar la perfección, no solo sería ingenuo sino que además demostraría una incapacidad para entender el carácter real del marxismo y de la propia lucha de la clase obrera. Sería como esperar que la clase obrera fuera victoriosa en cada huelga, que fuera capaz de comprender, siempre, cada maniobra del enemigo y, finalmente, que fuera capaz de hacer la revolución en cuanto están presentes las condiciones objetivas para ello.

El aspecto a veces fragmentado de las contribuciones y del debate no es en sí mismo una debilidad sino la consecuencia inevitable del desarrollo en caliente de una lucha teórica que era, a su vez, la otra cara de la lucha “práctica”. Se podría formular diciendo que la otra cara de la huelga de masas es la “lucha teórica de masas”. Es evidente que ésta no implica a tanta gente como aquella, pero expresa el mismo espíritu colectivo y exige las mismas cualidades de solidaridad, de modestia y de dedicación. Por encima de todo, exige un compromiso activo, como lo dejaron claro hace casi sesenta años nuestros compañeros de Internationalisme:

“Contra la idea de que los militantes no pueden actuar más que basándose en certezas (…) insistimos en el que no hay ninguna certeza sino un proceso continuo de superación de verdades anteriores. Solo la actividad basada en los desarrollos más recientes, en fundamentos continuamente enriquecidos, es realmente revolucionaria. Por el contrario, una actividad basada en las verdades de ayer, que ya han perdido su actualidad, resulta estéril, nociva y reaccionaria. Se podría intentar nutrir a los militantes de verdades y certezas absolutas, pero solo las verdades relativas, que contienen una antítesis de duda, pueden llevar a una síntesis revolucionaria” [3].

Eso es lo que separó la izquierda del movimiento obrero (Lenin, Luxemburg, Pannekoek, etc.) del centro representado por Kautsky y de la derecha abiertamente revisionista conducida por Bernstein. El abismo entre el centro y la izquierda ya era evidente en el debate en torno a la huelga de masas, en el que Kautsky demostró su incapacidad para ver los cambios subyacentes en la lucha de clases que analizaba Rosa Luxemburg. Al ser incapaz de superar la visión del pasado, Kautsky no entendió en absoluto la argumentación de Luxemburg y, en una segunda fase de la discusión, hasta intentó impedir su publicación [4].

Los debates tras 1905

Se pueden identificar ciertas características centrales de los documentos y debates provocados por 1905:

  • así como la actividad práctica en 1905, los escritos sobre ella eran más bien esbozos que una elaboración acabada;
  • ninguna contribución realizó sola un análisis de conjunto;
  • ningún individuo fue capaz de tratar todos los aspectos del tema;
  • la mayoría de las discusiones surgió en base a discusiones ya existentes sobre la huelga de masas, el papel de la organización revolucionaria y el de la clase obrera en la revolución democrática.

Todo ello expresa la realidad de un período de transformaciones, con sus rupturas y sus intentos para comprenderlas y dominarlas así como de desorientación para muchos elementos. Algunos rechazaban el pasado por completo, otros se agarraban a lo que conocían e intentaban ignorar los cambios, y otros también reconocían los cambios e intentaban adaptarse a ellos con la voluntad de conservar lo que seguía siendo válido del pasado. Todas esas respuestas determinaban, en el movimiento obrero, las divisiones que se estaban desarrollando entre la derecha, el centro y la izquierda. Además, los debates enfrentaban esencialmente esas tendencias más bien que a individuos. La izquierda fue la que intentó realmente entender la nueva situación, mientras que la derecha rechazaba las conclusiones y el método del marxismo y el centro iba abandonando el método a favor de una ortodoxia estéril y conservadora, ilustrada perfectamente por Kautsky.

La contribución fundamental de la izquierda fue reconocer que algo había cambiado; vio que la sociedad entraba en un periodo nuevo e intentó entenderlo. En eso la izquierda defendió el método marxista y por lo tanto la verdadera herencia de Marx. Las obras de Lenin, Luxemburg y Trotski evidencian claramente que sus autores estaban impulsados por las condiciones objetivas, desarrollando cada uno de ellos análisis esenciales:

  • Lenin, sobre el papel central de la organización y sobre la relación entre estrategia y táctica;
  • Trotski, sobre la dinámica histórica en marcha, lo que le llevó a forjarse una visión clara del papel de los soviets y a empezar a percibir la apertura del periodo de la revolución proletaria;
  • Luxemburg, sobre la dinámica en marcha en la clase obrera,  que se expresaba en la huelga de masas.

El esfuerzo teórico en la clase obrera no se limita ni mucho menos a esas tres figuras del movimiento obrero: hubo tendencias de izquierda que surgieron allí donde existían expresiones políticas organizadas del movimiento obrero. Lenin, con el Imperialismo, fase suprema del capitalismo y Luxemburg con la Acumulación del capital intentaron expresar lo que había cambiado en la estructura del capitalismo como un todo, pero eso ya va más lejos que el tema de este articulo.

La herencia de 1905 es patrimonio común de toda la izquierda del movimiento obrero y vamos a examinar los esfuerzos realizados por ésta para entender sucesivamente las cuestiones vitales de las metas, de la forma y de los medios de las luchas obreras en el nuevo periodo abierto.

La meta: la revolución proletaria

Aunque no hubiera sido objeto de ninguna declaración explícita, el reconocimiento de que la revolución proletaria ya no se viera como algo lejano, que dejara de ser una aspiración general, sino que se hiciera realidad tangible era algo compartido por toda la izquierda. Desde un punto de vista formal, Lenin, Trotski y Luxemburg defendían que el objetivo de la próxima revolución era la revolución burguesa. Pero su análisis del carácter de esa revolución burguesa y del papel que la clase obrera tendría que desempeñar en ella contradice implícitamente esa perspectiva. Todos ellos subrayan, de diversas formas y niveles, que el proletariado será la principal fuerza en acción en esa revolución. Y por eso es por lo que los tres están unidos de hecho contra todos aquellos que no hacen sino repetir los antiguos esquemas ya caducos.

En 1906, Trotski publica Resultados y perspectivas, en el que expone la idea de la revolución permanente, o “revolución ininterrumpida”, como entonces se decía. Explica también las condiciones requeridas para la revolución y sugiere que ya están prácticamente cumplidas. La primera condición concierne el nivel de desarrollo de los medios de producción. Explica que ya se ha alcanzado:

“La primera condición previa objetiva del socialismo está dada desde hace mucho. Desde que la división del trabajo social condujo a la división del trabajo en la manufactura y, especialmente, desde que ésta ha sido reemplazada por la producción mecánica de las fábricas” [5].

También sugiere que:

“ya desde hace 100 o 200 años, las suficientes condiciones previas técnicas para la producción colectivista”

Añade sin embargo que:

“Pero las ventajas técnicas del socialismo, por sí solas, no son suficientes para realizarlo. (...) Porque en aquella época no había ninguna fuerza social dispuesta ni capaz de realizar ninguno de los dos proyectos [de Bwellers y Fourier]”.

Esto nos conduce a la segunda premisa, « socioeconómica », o sea el desarrollo del proletariado. Aquí Trotski se pregunta:

“Hasta dónde necesita llegar la fuerza numérica absoluta y relativa del proletariado? ¿Debernos contar con la mitad, con los dos tercios o con los nueve décimos de la población?”

Pero rechaza inmediatamente semejante visión “automática” para afirmar que:

“La importancia del proletariado se deriva principalmente de su papel en la gran producción”.

Para Trotski, el papel que desempeña el proletariado es más cualitativo que cuantitativo. Eso trae consigo dos implicaciones importantes. Primero, no es necesario que el proletariado sea mayoritario en la población para instaurar el socialismo. Segundo, el nivel de la industria y la concentración del proletariado en Rusia daba a éste un peso relativo más importante que en Gran Bretaña o Alemania, países en que representaba, sin embargo, una proporción idéntica de la población. Tras haber examinado el papel del proletariado en otros países importantes, Trotski concluye:

De todo ello podemos sacar la conclusión de que la evolución económica –el crecimiento de la industria, el crecimiento de las grandes empresas, el crecimiento de las ciudades, el crecimiento del proletariado en general y del proletariado industrial en particular– ha preparado ya la escena no sólo para la lucha del proletariado por el poder político sino también para su conquista.”.

La tercera premisa es la “dictadura del proletariado”, que suele en Trotski corresponder esencialmente al desarrollo de la conciencia de clase:

“Por encima de todo esto, es necesario que esta clase sea consciente de su interés objetivo. Es menester que comprenda que para ella no hay otra salida que el socialismo; es necesario que se una en un ejército suficientemente fuerte como para conquistar en lucha abierta el poder político.”

No se pronuncia explícitamente sobre el tema de saber si la condición está cumplida, pero rechaza la idea de “muchos ideólogos socialistas” según la cual:

“El proletariado y «la humanidad» en general necesitarían ante todo perder su vieja naturaleza egoísta; en la vida social deberían predominar los impulsos del altruismo, etc.”.

Y concluye:

“El socialismo no se propone la tarea de desarrollar una psicología socialista como condición previa del socialismo, sino la de crear condiciones de vida socialistas como condición previa de una psicología socialista.”.

Ese reconocimiento de la relación dinámica entre revolución y conciencia es una de las manifestaciones más importantes de su clarividencia sobre el desarrollo de la revolución. Al examinar la situación particular de Rusia, Trotski sugiere que 1905 plantea directamente la cuestión de la revolución:

“...el proletariado ruso mostró una fuerza que tampoco los socialdemócratas rusos, ni siquiera en su tendencia más optimista, se habían esperado en una medida tan extraordinaria. El transcurso de la revolución rusa estaba decidido en sus rasgos esenciales. Lo que fue o pareció hace dos o tres años una posibilidad ha llegado a ser probabilidad y todo denota que esta probabilidad está dispuesta a convertirse en necesidad” [6].

Pero antes, en Resultados y perspectivas, Trotski afirma que el desarrollo histórico implica que ya no es la burguesía sino el proletariado quien tiene que desempeñar desde entonces el papel revolucionario: la revolución de 1905 y la creación del Soviet de Petrogrado fueron la confirmación de ese cambio. Eso implicaba que las revoluciones burguesas tal como se las había conocido hasta entonces ya no eran posibles. En particular, Trotski rechaza la idea de que el proletariado conduciría la revolución para luego dejarla en manos de la burguesía:

“Imaginarse que la socialdemocracia puede entrar en un gobierno provisional, dirigirlo durante un periodo de reformas democrático-revolucionarias que también incluya sus reivindicaciones más radicales –apoyándose en el proletariado organizado– y que luego, después de haber cumplido con su programa democrático se mude del edificio que ella ha construido, dejando libre el camino a los partidos burgueses, entrando en la oposición e iniciando una época de política parlamentaria; imaginarse esto significaría comprometer la idea de un gobierno obrero. No porque fuera inadmisible “por principio” –tal actitud carece de sentido– sino porque sería completamente irreal, porque sería un utopismo de la peor especie, una clase de utopismo filisteo-revolucionario…” [7].

Si el proletariado tiene la mayoría en un gobierno, su tarea ya no es realizar un programa mínimo de reformas sino el programa máximo de revolución social. No se trata de una cuestión de opción, sino de dinámica de la situación. Trotski lo ilustra con el ejemplo de la jornada de ocho horas:

“Tomemos la reivindicación de la jornada laboral de ocho horas. Como es sabido, no se contradice en lo más mínimo con las condiciones capitalistas de producción y entra, por tanto, en el programa mínimo de la socialdemocracia. Pero imaginémonos el cuadro de su realización real durante un periodo revolucionario en el que todas las pasiones sociales están en tensión. La nueva ley chocaría, sin duda, con la resistencia organizada y obstinada de los capitalistas, por ejemplo en forma de lock-out y cierre de fábricas y empresas.”

Un gobierno burgués enfrentado a semejante situación daría marcha atrás y reprimiría a los obreros, pero…

“para el gobierno obrero sólo hay una respuesta a un lock-out en masa: la expropiación de las fábricas, y –por lo menos en el caso de las más grandes– la organización de la producción sobre una base estatal o comunal”.

En resumen, para Trotski,

“...la revolución rusa creará las condiciones bajo las cuales el poder puede pasar a manos del proletariado (y, en el caso de una victoria de la revolución, así tiene que ser) antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la oportunidad de desplegar completamente su genio político” [8].

Lenin, como Trotski, sitúa la revolución en el contexto del desarrollo internacional de las condiciones objetivas:

“... no debemos temer (…) la victoria completa de la socialdemocracia en la revolución democrática, esto es, la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y de los campesinos, pues una victoria tal nos dará la posibilidad de levantar a Europa; y el proletariado socialista europeo, sacudiéndose el yugo de la burguesía, nos ayudará, a su vez, a realizar la revolución socialista. (…). Vperoyd [9] indicaba al proletariado revolucionario de Rusia una misión activa: triunfar en la lucha por la democracia y aprovecharse de esta victoria para trasladar la revolución a Europa.” [10].

Esa es una cita de la larga polémica que opuso a bolcheviques y mencheviques sobre la Revolución de 1905 que ambos consideraban sin embargo de carácter democrático-burgués. Unos (los autores de la resolución del congreso al que se hace referencia en la cita de arriba) llaman al proletariado a que tome la dirección del movimiento, cuando los otros (los que causaron la resolución de la Conferencia [11]) tienden a dejar la iniciativa a la burguesía:

“La resolución de la Conferencia habla de la liquidación del antiguo régimen en el proceso de una lucha recíproca de los elementos de la sociedad. La resolución del Congreso dice que nosotros, Partido del proletariado, debemos efectuar esta liquidación, que sólo la instauración de la república democrática constituye la liquidación verdadera, que esta república debemos conquistarla, que lucharemos por ella y por la libertad completa no sólo contra la autocracia, sino también contra la burguesía cuando ésta intente (y lo hará sin falta) arrebatarnos nuestras conquistas. La resolución del Congreso llama a la lucha a una clase determinada, por un objetivo inmediato, definido de un modo preciso. La resolución de la Conferencia razona sobre la lucha recíproca de las distintas fuerzas. Una resolución expresa la psicología de la lucha activa, otra la de la contemplación pasiva” [12].

Lenin insistió infatigablemente en la necesidad para el proletariado de asumir el papel dirigente, en contra de la visión menchevique a la que calificaba de derecha en el partido:

“El ala derecha de nuestro partido no cree en la victoria completa de la revolución actual, democrático-burguesa en Rusia; teme esa victoria; no propone con insistencia y seguridad la consigna de esa victoria ante el pueblo. Está constantemente engañada por la idea, básicamente errónea, una idea que es marxismo vulgar, de que únicamente la burguesía puede, independientemente del resto, “hacer” la revolución burguesa, o que sólo la burguesía debería encabezar la revolución burguesa. El papel del proletariado como vanguardia en la lucha por la victoria completa y decisiva de la revolución burguesa no está claro para los socialdemócratas de derecha” [13].

“Las condiciones actuales en Rusia a los socialdemócratas les imponen unas tareas cuya amplitud que ningún otro partido socialdemócrata conoce en Europa occidental. Estamos mucho más lejos que nuestros camaradas occidentales de la socialista; nosotros estamos ante una revolución campesina democrático-burguesa en la que el proletariado desempeñará el papel dirigente [14].

Esas citas ponen en evidencia el carácter dinámico de la posición bolchevique: aun no reconociendo la existencia de condiciones para una revolución proletaria, fue sin embargo capaz de entender el papel central desempeñado por el proletariado y expresarlo claramente en términos de lucha por el poder. Aunque Lenin afirme claramente que 1905 no era sino una revolución burguesa [15], el análisis que desarrolla del papel particular que debe asumir el proletariado es una base que permitirá la evolución de su posición en abril del 17 y su llamamiento a la revolución proletaria:

“La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado” [16].

La cuestión de la táctica inmediata, que tanto lugar ocupa en los escritos de Lenin y que pueden tener la apariencia de cambios de posición (como, por ejemplo, sobre las elecciones en la Duma) resulta de la preocupación constante de relacionar la comprensión general de la situación con la actividad real de la clase obrera y de su organización revolucionaria en lugar de encerrarse en esquemas intemporales.

Luxemburg también reconoce que 1905 plantea la cuestión de la revolución proletaria, afirmando también que la tarea histórica es la de la revolución burguesa. Eso es evidente en su análisis de la huelga de masas como expresión de la revolución:

“La huelga de masas es sencillamente la forma que toma la lucha revolucionaria (...) la huelga de masas, cuyo modelo nos lo ofrece la revolución rusa, no es un medio ingenioso  para potenciar los efectos de la lucha proletaria, sino que es el movimiento mismo de la masa proletaria, la expresión misma de la fuerza de la lucha proletaria durante la revolución” [17].

También subraya el papel central desempeñado por el proletariado:

“... el 22 de enero, por primera vez, el proletariado ruso aparece como clase en la escena política; por primera vez, la única fuerza con capacidad histórica para echar al zarismo al basurero e izar el estandarte de la civilización, en Rusia y por todas partes, ha aparecido activa en escena (...) el poder y el futuro del movimiento revolucionario se basa entera y exclusivamente en el proletariado ruso consciente” [18].

Luxemburg es la más explícita en cuanto al cambio de periodo histórico cuando compara las revoluciones francesa, alemana y rusa:

“la revolución rusa actual estalla en un momento de la evolución histórica que se sitúa ya en la otra vertiente de la montaña, del otro lado del cumbre de la sociedad capitalista; la revolución burguesa ya no puede quedar ahogada por la oposición entre la burguesía y el proletariado; al contrario, se extiende durante un largo período de conflictos sociales violentos que hacen aparecer los viejos ajustes de cuentas con el absolutismo como algo insignificante comparados con los nuevos que la revolución exige. La revolución de hoy está plasmando, en el caso especial de la Rusia absolutista, los resultados del desarrollo capitalista internacional; aparece menos como heredera de las viejas revoluciones burguesas que como la precursora de una nueva serie de revoluciones proletarias. El país más atrasado, precisamente por su imperdonable retraso en realizar su revolución burguesa, muestra al proletariado de Alemania y de los demás países capitalistas más avanzados, cuáles son las vía y los métodos de la lucha de clases del futuro” [19].

Más lejos parece incluso afirmar que la tarea que le espera al proletariado alemán es la revolución proletaria:

“Por eso, un período de luchas políticas abiertas no tendría, en Alemania, otro objetivo histórico que la dictadura del proletariado” [20].

La forma: la huelga de masas

La contribución más importante de Luxemburg a la discusión en torno a 1905 fue su obra Huelga de masas, partido y sindicatos, escrita en agosto de 1906 [21], en donde analiza la naturaleza y las características de la huelga. Tras haber examinado la posición marxista tradicional sobre la huelga de masas, tras una crítica de la posición anarquista y de la revisionista, examinando el desarrollo real de la huelga en Rusia, Luxemburg esboza los aspectos principales de la huelga de masas.

Primero, y contrariamente a la idea de los anarquistas y de muchos miembros del Partido socialdemócrata alemán, Rosa mostró que la huelga de masas no es “un acto único”, sino “un término que designa la totalidad de un período de la lucha de clases que se extiende durante varios años, a veces, décadas” [22]. Establece así una diferencia entre huelgas políticas de masas “de demostración” y huelgas de huelga de lucha”. Aquéllas son una táctica utilizada por el partido y exigen “un nivel muy elevado de disciplina de partido, una dirección política y una ideología política conscientes, y, según los esquemas, sería la forma más elevada y madura de la huelga de masas” [23], pero, en realidad, forman parte de los inicios del movimiento y acaban siendo cada vez menos importantes “a medida que se desarrollan las luchas revolucionarias” [24]. Abren el camino a la fuerza más elemental de la huelga de masas de lucha.

Segundo, esa forma de huelga de masas supera la separación artificial entre las luchas económicas y las políticas

“Cada nuevo ímpetu y cada victoria nueva de la lucha política dan un poderoso impulso a la lucha económica ampliando sus posibilidades de acción exterior y dando a los obreros un nuevo ánimo para mejorar su situación incrementándose así su combatividad. Cada oleada de acción política deja tras sí un limo fértil del que surgen inmediatamente mil nuevos brotes, las reivindicaciones económicas. Y, a la inversa, la guerra económica incesante que los obreros libran al capital mantiene despierta la energía combativa incluso en tiempos de calma política; es, en cierto modo, una reserva permanente de energía de la que la lucha política extrae siempre renovadas fuerzas...” [25].

La unidad de las luchas económicas y las políticas “es precisamente la huelga de masas” [26].

Tercero, “la huelga de masas es inseparable de la revolución”. Luxemburg, sin embargo, rechaza un esquema muy extendido en el movimiento obrero, según el cual, la huelga de masas sólo puede desembocar en un enfrentamiento sangriento con el Estado que acabaría inevitablemente en un inmenso baño de sangre, al poseer ése el monopolio de las armas. Era el argumento utilizado por los detractores de la huelga de masas que la presentaban como gesticulaciones inútiles. Al contrario, mientras que la revolución rusa implicaba, sin lugar a dudas, enfrentamientos con el Estado, la huelga de masas surge de las condiciones objetivas de la lucha de clases; surge del movimiento de unas masas en acción cada vez más numerosas. En resumen, “no es la huelga de masas la que engendra la revolución, sino la revolución la que engendra la huelga de masas[27].

Cuarto, lo que el punto anterior implica es que las verdaderas huelgas de masas no pueden ser decretadas o planificadas de antemano. Esto lleva a Rosa Luxemburg a subrayar el factor espontaneidad, a la vez que impugna la idea de que ese factor se debiera a un pretendido atraso de Rusia:

“Aunque el proletariado, con la socialdemocracia a su cabeza, desempeña allí un papel dirigente, la revolución no es una maniobra del proletariado, sino una batalla que se está desarrollando mientras a su alrededor se resquebrajan todos los fundamentos sociales, se desmoronan y se desplazan sin cesar. Si el factor espontáneo desempeña un papel tan importante en las huelgas de masas en Rusia, no es porque el proletariado ruso esté “por educar”, sino porque las revoluciones no se aprenden en la escuela” [28].

Pero esto no llevó a Rosa a negar la importancia de la organización:

“La resolución y la decisión de la clase obrera desempeñan también un papel y hay que precisar que la iniciativa y la dirección de las operaciones incumben naturalmente a la parte más clarividente y mejor organizada del proletariado” [29].

El análisis de Luxemburg es muy diferente al de los anarquistas y de los marxistas ortodoxos porque se sitúa en un contexto diferente, el de la revolución. Ya en las primeras páginas de Huelga de masas, partido y sindicatos, afirma claramente que sus conclusiones, aparentemente tan contradictorias con las de los propios Marx y Engels, son la consecuencia de la aplicación del método de éstos a la nueva situación:

“... son los mismos razonamientos, los mismos métodos que inspiraron la táctica de Marx y de Engels y que son la base todavía hoy de la práctica de la socialdemocracia alemana, y que, en la revolución rusa, han engendrado nuevos factores y nuevas condiciones de la lucha de clases.

En resumen, Luxemburg presenta un análisis de la dinámica revolucionaria, con la clase obrera a su cabeza, que surge de unas condiciones objetivas en pleno cambio. Esto la lleva a subrayar, con razón, la espontaneidad de la huelga de masas, pero también a reconocer que esa espontaneidad es, en realidad, el fruto de la experiencia de la clase obrera. Esto la alejaba de Kautsky y sus afines, quienes, aunque se les consideraba entonces como favorables a la huelga de masas, seguían estando prisioneros de la visión ortodoxa, incapaces de comprender los cambios habidos en la situación que se concretaron en la revolución rusa de 1905.

El debate sobre la huelga de masas tuvo una segunda fase en 1910 [30] y acabó en separación final entre Luxemburg y Kautsky. En ese debate, Pannekoek tuvo un papel importante, no solo defendiendo posturas cercanas a las de Luxemburg sino desarrollándolas. Empieza por vincular explícitamente la huelga de masas a las lecciones de 1905 : “El proletariado ruso... ha enseñado al pueblo alemán el uso de un arma nueva, la huelga general”; “La revolución rusa ha creado las condiciones de un movimiento revolucionario en Alemania” [31]. Comparte con Luxemburg la noción de la naturaleza de la huelga de masas; la considera como un proceso y critica la concepción de Kautsky de un “acontecimiento que ocurre una vez por todas”. Pannekoek afirma que la huelga de masas está en continuidad con la lucha cotidiana, establece un vínculo entre la forma de la acción del momento, a pequeña escala, y las luchas que llevarán a la conquista del poder.

Pone en relación la acción de masas y el desarrollo del capitalismo:

“... bajo la influencia de las formas modernas del capitalismo, se han desarrollado nuevas formas de acción en el movimiento obrero, o sea, la acción de masas. (…) en la medida que el potencial práctico de la acción de masas se desarrollaba, empezó a plantear nuevos problemas; la cuestión de la revolución social, hasta ahora una meta última, distante e inalcanzable, se convertía ahora en un problema vivo para el proletariado militante” [32].

Prosigue defendiendo los aspectos dinámicos de la huelga de masas :

“... que lo que cuenta en el desarrollo de estas acciones, en las que los intereses y pasiones más profundos de las masas salen a la superficie, no es el número de miembros de la organización ni la ideología tradicional, sino en una magnitud siempre creciente el carácter de clase real de las masas” [33].

Y concluye diciendo que la diferencia fundamental entre esa posición y la de Kautsky concierne la cuestión de la revolución, demostrando así adónde acabará llevando a Kautsky su centrismo:

“Es acerca de la naturaleza de esta revolución en lo que nuestras visiones divergen. Por lo que respecta a Kautsky, ésta es un acontecimiento del futuro, un apocalipsis político, y todo lo que tenemos que hacer entretanto es prepararnos para la confrontación final juntando nuestras fuerzas y agrupando e instruyendo a nuestras tropas. En nuestra visión, la revolución es un proceso cuyas primeras fases estamos experimentando ahora, pues es sólo mediante la lucha por el poder mismo cómo las masas pueden agruparse, instruirse y constituirse en una organización capaz de tomar el poder. Estas concepciones diferentes conducen a evaluaciones completamente diferentes de la práctica actual; y está claro que el rechazo de los revisionistas a cualquier acción revolucionaria y el aplazamiento de Kautsky de la misma a un futuro indedeterminado se enlazan para unirles en muchos de los problemas actuales sobre los cuales ambos se nos oponen» [34].

Los medios: los soviets

Trotski describe perfectamente los soviets en su libro 1905, como ya vimos en las partes precedentes de esta serie. Al final de su libro, en un pasaje que ya hemos citado en esta serie, resume la importancia del soviet durante la revolución:

“Antes de la aparición del soviet encontramos entre los obreros de la industria numerosas organizaciones revolucionarias, dirigidas sobre todo por la socialdemocracia. Pero eran formaciones «dentro del proletariado», y su fin inmediato era luchar «por adquirir influencia sobre las masas». El soviet, por el contrario, se transformó inmediatamente en “la organización misma del proletariado”; su fin era luchar por «la conquista del poder revolucionario»”.

“Al ser el punto de concentración de todas las fuerzas revolucionarias del país, el soviet no se disolvía en la democracia revolucionaria; era y continuaba siendo la expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado. En su lucha por el poder, aplicaba métodos que procedían, naturalmente, del carácter del proletariado considerado como clase: estos métodos se refieren al papel del proletariado en la producción, a la importancia de sus efectivos y a su homogeneidad social. Más aún, al combatir por el poder, a la cabeza de todas las fuerzas revolucionarias, el soviet no dejaba ni un instante de guiar la acción espontánea de la clase obrera; no solamente contribuía a la organización de los sindicatos sino que intervenía incluso en los conflictos particulares entre obreros y patronos. Y, precisamente porque el soviet, en tanto que representación democrática del proletariado en la época revolucionaria, se mantenía en la encrucijada de todos sus intereses de clase, sufrió desde el principio la influencia todopoderosa de la socialdemocracia. Este partido tuvo entonces la posibilidad de utilizar las inmensas ventajas que le daba su iniciación al marxismo; este partido, por ser capaz de orientar su pensamiento político en el «caos» existente, no tuvo que esforzarse en absoluto para transformar al soviet, que no pertenecía formalmente a ningún partido, en aparato organizador de su influencia.

“El principal método de lucha aplicado por el soviet fue la huelga general política. La eficacia revolucionaria de este tipo de huelga reside en que, aparte de su influencia sobre el capital, desorganiza el poder del gobierno. Cuanto mayor es la «anarquía» que lleva consigo, más cercana está la victoria. Tiene que darse, sin embargo, una condición indispensable: que la anarquía que se produzca no sea conseguida por métodos anárquicos. La clase que, al suspender momentáneamente todo trabajo, paraliza el aparato de la producción y, al mismo tiempo, el aparato centralizado del poder, aislando una a una las diversas regiones del país y creando un ambiente de incertidumbre general, tiene que estar suficientemente organizada para no ser la primera víctima de la anarquía que ella misma ha suscitado. En la medida en que la huelga destruye la actividad del gobierno, la organización misma de la huelga se ve empujada a asumir las funciones del gobierno. Las condiciones de la huelga general, en tanto que método proletario de lucha, eran las mismas condiciones que dieron al Soviet de diputados obreros su importancia ilimitada”.

Tras la derrota de la revolución, siguió estudiando el papel que debería desempeñar el soviet en el futuro:

“La Rusia urbana era una base demasiado estrecha para la lucha. El sóviet ha intentado extender la lucha a escala nacional, pero ha sido sobre todo una institución de San Petersburgo... No cabe ninguna duda de que en el próximo surgimiento revolucionario, los consejos obreros se formarán por todo el país. Un soviet panrruso de obreros, organizado por un Congreso nacional… asegurará la dirección... Le historia no se repite. El nuevo soviet no deberá volver a hacer la experiencia de estos cincuenta días. Pero de estos cincuenta días, sí será capaz de sacar todo su programa de acción..: cooperación revolucionaria con el ejército, el campesinado, y las capas plebeyas de las clases medias; abolición del absolutismo; destrucción de la máquina militar del absolutismo; desmantelamiento parcial y transformación parcial del ejército; abolición de la policía y del aparato burocrático; jornada de ocho horas; armamento del pueblo, de los obreros en especial; transformación de los soviets en órganos de gobierno revolucionario y urbano; formación de soviets campesinos para que se encarguen de la revolución agraria inmediata; elecciones a la asamblea constituyente... Es más fácil formular un plan así que de realizarlo. Pero si el destino de la revolución es salir victoriosa, sólo el proletariado podrá llevarlo a cabo. Y alcanzará unas metas revolucionarias como nunca antes ha conocido el mundo” [35].

En Resultados y perspectivas, Trotski pone en evidencia que los soviets fueron una creación de la clase obrera que correspondía al periodo revolucionario:

“no se trata aquí de organizaciones de conspiradores minuciosamente preparadas, que en un momento de exaltación se hacen con el poder sobre la masa del proletariado. No, aquí se trata de órganos creados metódicamente por esta misma masa para la coordinación de su lucha revolucionaria. Y estos soviets, elegidos por las masas y responsables ante ellas, estas organizaciones incondicionalmente democráticas, practican una política de clase enormemente decisiva en el sentido del socialismo revolucionario” [36].

Ya evocamos en la Revista internacional no 123 la actitud de Lenin con respecto a los soviets en 1905, citando una carta inédita en la que refutaba la oposición de ciertos bolcheviques a los soviets, en la que defendía “a la vez al soviet de diputados obreros tanto como al Partido” [37], mientras rechazaba el argumento de que el soviet debía alinearse con un partido. Tras la revolución, Lenin siempre defendió el papel de los soviets en la organización y la unificación de la clase.

Antes del congreso unificador de 1906 [38], escribió un proyecto de resolución sobre los soviets de diputados obreros a los que reconocía como una característica de la lucha revolucionaria más que como algo específico de 1905:

“Los soviets de diputados obreros surgen espontáneamente durante las huelgas políticas de masas (...) esos soviets son un embrión de la autoridad revolucionaria ” [39].

La resolución sigue sobre la actitud de los bolcheviques con respecto a los soviets y concluye que los revolucionarios deben tener un papel activo en ellos e incitar a la clase obrera y a los campesinos, soldados y marineros a participar en ellos, insistiendo sin embargo en el que la extensión de las actividades y de la influencia del soviet se hundiría si no la apoyaba un ejército…

“… y que, en consecuencia, una de las tareas principales de esas instituciones en cada situación revolucionaria ha de ser el armamento del pueblo y reforzar las instituciones militares del proletariado” [40].

En otros textos, Lenin defiende el papel de los soviets como órganos de la lucha revolucionaria general, mientras subraya que no bastan para organizar la insurrección armada. En 1917, Lenin ve que los acontecimientos han ido mucho más allá de la revolución burguesa, van hacia la revolución proletaria, y que los soviets ocupan el lugar central de ese movimiento:

“No una república parlamentaria –volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás– sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba” [41].

Analiza entonces el carácter de doble poder existente en Rusia en aquel entonces con términos muy similares, por cierto, a los de Trotski:

“Ese doble poder se hace evidente en la existencia de dos gobiernos: uno, el principal, el real, el gobierno de hecho de la burguesía, el «gobierno provisional» de Lvov y compañía, que tiene en sus manos todos los órganos de poder; el otro es un gobierno suplementario y paralelo, un gobierno «de control» con la forma del soviet de diputados de obreros y soldados de Petrogrado, que no posee ningún órgano de poder de Estado, pero que se basa directamente en el apoyo de una clara e indiscutible mayoría del pueblo, en los obreros en armas y los soldados” [42].

De 1905 a la revolución comunista

Las cuestiones planteadas por la revolución de 1905 marcaron toda la práctica revolucionaria y las discusiones que la siguieron. En ese sentido, podemos concluir que 1905 no fue una mera repetición general de 1917, como se dice a menudo, sino el primer acto de un drama cuyo desenlace sigue todavía hoy abierto. Las cuestiones de práctica y de teoría discutidas a principios del siglo xx, que hemos evocado a lo largo de esta serie, no han cesado de profundizarse desde entonces. Lo que sí es constante en esa labor es que ha sido y sigue siendo la izquierda del movimiento obrero la encargada de realizarla. Durante la oleada revolucionaria, muchos otros se unieron a Lenin, Luxemburg y Pannekoek. Tras la derrota, sus filas fueron dramáticamente diezmadas a medida que triunfaba la contrarrevolución en general y más particularmente el estalinismo. El estalinismo fue la negación de todo lo que 1905 contenía de vital y de proletario: en nombre del Estado “obrero” se disolvieron los soviets en beneficio de una burocracia centralizada y fue pervertida la noción de revolución proletaria para ser trasformada en arma ideológica de la política exterior del Estado estalinista.

Pero hubo minorías que resistieron a la contrarrevolución en el mundo entero. Las más determinadas y rigurosas fueron aquellas organizaciones a las que definimos como pertenecientes a la Izquierda comunista, a la que la CCI ha dedicado numerosos estudios [43]. Las cuestiones del fin, del método y de las formas de la revolución fueron el meollo del trabajo de esas minorías y gracias a sus esfuerzos y a su dedicación muchas de las lecciones de 1905 han sido profundizadas y clarificadas.

Sobre el tema central de la revolución proletaria, el mayor paso hacia adelante fue el de reconocer que las condiciones materiales para la revolución comunista mundial estaban ya presentes desde principios del siglo xx. Eso es lo que defendió el Primer congreso de la Tercera internacional y que más tarde desarrolló la Izquierda comunista italiana, con la elaboración de la teoría de la decadencia del capitalismo. Quedó desde entonces claro que se había acabado la era de las revoluciones burguesas. De hecho, la discusión sobre el papel del proletariado en Rusia no era la expresión del retraso de la revolución burguesa en ese país, sino un indicador de la entrada del mundo en un nuevo período cuya perspectiva era y sigue siendo la revolución comunista mundial. Esa clarificación es el único marco de análisis capaz de hacer comprender las demás cuestiones.

Reconocer el papel irreemplazable de la huelga de masas, es reafirmar la posición marxista fundamental según la cual es el proletariado quien hace la revolución comunista en su lucha de clases contra la burguesía. La vía parlamentaria jamás ha sido un medio para cambiar la sociedad, como tampoco el comunismo puede ser el resultado de una acumulación de reformas arrancadas mediante luchas parciales. La acción de masas enfrenta a una clase contra la otra, y es además el medio por el cual el proletariado desarrolla su conciencia y su experiencia práctica. Como lo constataron Luxemburg y Pannekoek, fue la acción de masas lo que aceleró la educación de los obreros y su entrenamiento para la lucha. Es un movimiento heterogéneo que surge de la clase obrera y en el que desempeñan un papel dinámico las minorías revolucionarias. Su realidad confirma la posición marxista fundamental sobre la interacción mutua entre conciencia y acción.

La discusión sobre al papel de los soviets o consejos obreros permitió una clarificación de las relaciones entre la organización revolucionaria y los consejos, y sobre toda la cuestión del periodo de transición del capitalismo al comunismo.

North, 2/2/06

[1]) Volumen I, capítulo X, “El nuevo poder “.

[2]) Revista internacional no 123.

[3]) “El concepto de jefe genial”, reproducido en Revista internacional no 33.

[4]) Véase Teoría y práctica, de Rosa Luxemburg.

[5]) Trotski, Resultados y perspectivas, 1906.

[6]) Ídem.

[7]) Ídem.

[8]) Ídem.

[9]) Vperoyd fue creada después de que los mencheviques tomaran el control de Iskra tras el Segundo congreso del Partido obrero socialdemócrata de Rusia en 1903.

[10]) Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia.

[11]) En abril de 1905, los bolcheviques llamaron al Tercer Congreso del POSDR. Los mencheviques se negaron a participar y organizaron su propia Conferencia.

[12]) Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia.

[13]) Lenin, Informe sobre el Congreso de unificación del POSDR, abril 1906.

[14]) Lenin, La victoria electoral socialdemócrata en Tiflis.

[15]) “El grado de desarrollo económico de Rusia (condición objetiva) y el grado de conciencia y de organización de las grandes masas del proletariado (condición subjetiva, indisolublemente ligada a la objetiva) hacen imposible la liberación completa inmediata de la clase obrera. Sólo la gente más ignorante puede desconocer el carácter burgués de la revolución democrática que se está desarrollando…”, Lenin, Dos tácticas de la socialdemocracia.

[16]) Lenin, Tesis de Abril.

[17]) Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partidos y sindicatos.

[18]) Ídem.

[19]) Ídem.

[20]) Ídem.

[21]) Rosa Luxemburg escribió este libro en Finlandia tras su salida de la cárcel en Polonia, en donde había participado en el movimiento revolucionario. Es importante decir que pasó entonces mucho tiempo en compañía de la vanguardia bolchevique, Lenin incluido.

[22]) Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partido y sindicatos.

[23]) Ídem.

[24]) Ídem.

[25]) Ídem.

[26]) Ídem.

[27]) Ídem.

[28]) Ídem.

[29]) Ídem.

[30]) Para más información, ver nuestro libro la Izquierda comunista germano-holandesa (en francés e inglés).

[31]) “Prussia in Revolt”, International Socialist Review, Vol X, No.11, May 1910.

[32]) “Teoría marxista y táctica revolucionaria”, Die Neue Zeit, XXXI, nº 1, 1912.

[33]) Ídem.

[34]) Ídem.

[35]) Extracto de una contribución a “la Historia del soviet”, citado por I. Deutscher en el Profeta armado, “La revolución permanente”.

[36]) Trotski, Resultados y perspectivas, escrito en la cárcel, 1906.

[37]) Lenin, Nuestras tareas y el Sóviet de diputados obreros.

[38]) El Congreso de unificación del POSDR que reunió a bolcheviques y mencheviques en abril de 1906 fue una de las consecuencias de la dinámica de la revolución.

[39]) Lenin, “Una plataforma táctica para la unidad del Congreso”.

[40]) Ídem. No hubo discusiones sobre los soviets en aquel congreso que fue dominado por los mencheviques.

[41]) Lenin, Tesis de Abril, “Las tareas del proletariado en la revolución presente”.

[42]) Ídem.

[43]) Véanse los libros la Izquierda comunista de Italia 1926-45, la Izquierda comunista germano-holandesa, The Russian Communist Left y The British Communist Left.