Sobre la “revolución naranja” en Ucrania - La cárcel del autoritarismo y la trampa de la democracia

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La “revolución naranja” de 2004 en Ucrania fue un acontecimiento muy mediatizado en Occidente. Poseía todos los ingredientes de una novela de política-ficción: por un lado una mafia estaliniana corrompidísima, probablemente culpable del asesinato de un periodista al que se le achacaba una encuesta demasiado profunda sobre los “negocios” de esa mafia, y por el otro Víctor Yúshchenko, el heroico defensor de la democracia de rostro devastado por el veneno de un atentado fallido del KGB y apoyado por la hermosa Yulia Timoshenko, figura emblemática de la juventud y de la esperanza en el porvenir.

Una de las mayores cualidades de este articulo, muy documentado, está en que muestra las partes escondidas de la “revolución naranja” y, por ello, desmitifica las ilusiones sobre la democratización en los países de la antigua URSS. Desde 2004, los acontecimientos han confirmado ampliamente el análisis expuesto por este artículo: esencialmente, la democratización en Ucrania fue el disfraz de las luchas por el poder entre los principales clanes de la burguesía nacional. Timoshenko, Primera ministra del nuevo gobierno de Yúshchenko, fue destituida por éste al cabo de apenas nueve meses. Las elecciones de 2006 (en las que se vio al Partido de las Regiones de Yanukóvich, candidato presidencial frustrado y heredero de Kushma, hacerse con el mayor bloque parlamentario) fueron seguidas por una serie de negociaciones entre todos los partidos. Entonces se vio a Y. Timoshenko (que no había logrado recuperar su puesto de Primera ministra a pesar de un intento de acuerdo con el partido Nuestra Ucrania de Yúshchenko) unirse con los “socialistas”, con los “comunistas” y... con el Partido de las Regiones para acabar nombrando para ese cargo a su antiguo enemigo, Yanukóvich. Las alianzas son tan inestables y basadas en luchas de camarillas que la situación puede haber cambiado del todo cuando se publique este artículo.

Hacemos nuestra la denuncia de la democracia hecha por el autor del artículo. En particular, queremos subrayar la justeza de la idea que dice que “cuando los obreros se unen a un movimiento burgués bajo consignas democráticas, ello implica que se niegan a luchar por sus intereses específicos de clase”. Hay sin embargo varios puntos con los que hemos considerado necesario señalar desacuerdos o que consideramos imprecisos. Para no perturbar el hilo de la argumentación, esos puntos están señalados con letras (a, b…) y referenciados en unas “Notas de la redacción” al final del artículo.

CCI, 7 de julio de 2006.

 

Estamos asistiendo en varios países del mundo a una tendencia creciente a la restricción de los derechos y de las libertades de los ciudadanos, a un retroceso de la democracia burguesa. Por otro lado van surgiendo periódicamente en la vida pública movimientos que reclaman el restablecimiento de la democracia. Sus consignas son a veces confusas e inconsecuentes, pero casi siempre son totalmente huecas. Sin embargo, como lo ha demostrado la experiencia de la “revolución naranja” en Ucrania, pueden arrastrar a millones de seres. Es tan grande el poder de atracción de la democracia y tan masivos son los movimientos que fomenta que mucha gente de izquierdas, radicales o moderados, se precipitan para alistarse en el campo de los “revolucionarios demócratas”. Se les llena el alma de la noble aspiración de escapar de la cárcel del autoritarismo para entrar en el reino de la libertad. Pero si en el pasado la victoria del orden capitalista para establecer una democracia burguesa era compatible con la actividad revolucionaria, hoy en día, en la sociedad capitalista desarrollada, la lucha por la democracia ya no tiene nada que ver con la lucha revolucionaria. El marxista que no lo entiende cae en una situación trágica cuando no tragicómica. Puede escapar de la cárcel del autoritarismo, pero apenas lo ha hecho se cierra brutalmente la trampa de la democracia y ya no le es posible escaparse. Ahora voy a intentar desarrollar esta toma de posición.

La función de la democracia burguesa

Un desarrollo desigual, la anarquía de la producción y una multitud de intereses de la clase dominante son característicos de la sociedad capitalista. Esto es un axioma para cualquier observador que no tenga prejuicios. Este es pues nuestro punto de partida. La experiencia muestra que en la sociedad capitalista, la configuración de los diversos grupos de intereses en la clase dominante se modifica en lapsos relativamente cortos. En la práctica, hoy ya no es como ayer y mañana será bastante diferente de hoy. En la medida en que el equilibrio de intereses de la burguesía cambia de forma dinámica, resulta necesario que el sistema político de la sociedad capitalista sea capaz de adaptarse a tiempo a esas transformaciones. O sea que no sólo ha de ser flexible sino que ha de poder tomar también las formas más variadas. De esto resulta que cuanto menos flexibles sean las formas políticas de la sociedad burguesa menos serán capaces de responder a esas modificaciones de las relaciones de fuerza y menos podrán perdurar.

La dictadura es probablemente una de las formas menos flexibles del sistema político burgués, uno de los menos adaptados para reaccionar rápidamente a una modificación de las relaciones de fuerza en la misma burguesía. En realidad, no la crea la burguesía más que para perpetuar un equilibrio adquirido cuando triunfa. Sin embargo, resulta imposible eliminar una característica de la sociedad burguesa como la de los cambios de intereses en la misma clase dominante. Por ello y por regla general las dictaduras son históricamente de poca duración. Concretamente, se pueden contar con los dedos de una mano los regímenes burgueses de dictadura que han durado más de un cuarto de siglo. Y siempre por regla general, semejante longevidad no se ve más que en países atrasados. Un ejemplo de ello es Corea del Norte, en donde la familia Kim ejerce su dictadura desde hace sesenta años. Los regímenes democráticos burgueses pueden en cambio sobrevivir durante siglos. El secreto de su estabilidad está en su flexibilidad. La democracia burguesa permite reflejar fácil y eficazmente las modificaciones de los grupos de intereses de la burguesía en el sistema político. En ese sentido, es la máscara política ideal para la dominación del capital [a].

Pero lo que aquí nos interesa no son las ventajas que saca el capitalismo de la democracia burguesa, sino los procesos que se han desarrollado en condiciones dominadas por regímenes no democráticos, autoritarios o francamente dictatoriales. Claro está que existen razones objetivas para el establecimiento de un modo particular de gobierno, o sea que ciertos equilibrios de intereses en la burguesía conducen a su aparición. Pero ese equilibrio no es el mismo hoy que ayer. Y si las causas que han permitido que se establezca un régimen autoritario desaparecen, significa que el régimen mismo ha de desaparecer.

Pero como ya lo hemos dicho, los regímenes dictatoriales o autoritarios no se adaptan a las situaciones de la sociedad, exigen, por contrario, que las situaciones se adapten a ellos. Y ante la perspectiva de desaparecer prefieren agarrarse a mentiras y engaños para intentar prolongar su existencia a pesar del estado de la sociedad civil. Semejante situación no puede satisfacer a las capas de la burguesía cuyos intereses no se expresan en el régimen en el poder. Intentan actuar como oposición, acusan el régimen de ser antidemocrático e intentan acabar con ese poder. Al ser alternativas a la dictadura, proponen la democracia porque ésta les permite cambiar el reparto de poder en los órganos del poder estatal en función del nuevo equilibrio de intereses, lo que no permite la dictadura o un modo de dominación autoritario. Cualquier oposición burguesa en ese tipo de sistema despliega entonces con orgullo la bandera de la democracia. Para nosotros es secundario que siga fiel a los principios de la democracia tras su triunfo, porque si no lo sigue siendo, la bandera democrática será entonces alzada por otra fracción de la burguesía, quizás una fracción del grupo en el poder, y así volverá a empezar la lucha por la democracia.

Mucho más importantes son los métodos que utiliza la oposición burguesa en la lucha por sus ideales políticos propios. Dependen en gran parte de las características del régimen contra el que lucha. Un régimen autoritario cuanto más ignore con obstinación las reivindicaciones de la opinión pública burguesa, cuanto más se agarre al poder y utilice la violencia para evitar el hundimiento ante una nueva relación de fuerzas entre diversos intereses, más fuerte será la resistencia que ha de combatir la oposición burguesa y más radicales los medios empleados por sus políticos. Recordaremos que la oposición al actual dictador de Turkmenistán, Niyázov, ha originado una emigración política secreta o que Mijail Saakashvili (Presidente de Georgia ([1]) y Yúshchenko (Presidente de Ucrania) llamaron “revolución”, sin la menor vergüenza, a los acontecimientos que los auparon al poder.

Así es cómo el radicalismo más o menos grande de los métodos de lucha por la democracia depende de las condiciones del régimen autoritario y de la dictadura. Cuanto mayor es la orgía arbitraria que se permite una dictadura cuando lucha para sobrevivir, tantas más posibilidades existen de que las figuras mas respetables de las oposiciones burguesas declaren que son revolucionarias.

Cuanto más extremista e inflexible se ponga un régimen autoritario ante los cambios necesarios, más la oposición burguesa ha de concentrar sus fuerzas para derribarlo. Para reunir esas fuerzas, debe tener el apoyo de las masas trabajadoras y de la pequeña burguesía. Cuando lo logra, aumenta ampliamente sus capacidades de triunfar sobre su enemigo. Obreros, campesinos y comerciantes se unen así con la oposición con unas bases burguesas desde el principio, puesto que la única finalidad estratégica que propone dicha oposición son unos cambios a favor de las élites burguesas. En consecuencia, cuando los obreros se unen a un movimiento burgués bajo consignas democráticas, ello implica que se niegan a luchar por sus intereses específicos de clase. Y los marxistas que hoy abandonan los fines estratégicos de la lucha de clases a favor de los intereses de un movimiento de oposición no hacen sino salir del terreno independiente de clase poniéndose a la cola de la burguesía. Al desarrollar la propaganda a favor de la democracia, no hacen sino ayudar a una fracción de la burguesía a derribar a otra, sin más.

Por mucho que esa lucha sea de gran amplitud, por mucho que en ella se impliquen las masas trabajadoras, por muy radicales que sean sus métodos, por muy tenaz que sea la resistencia contra el adversario e incluso por muy capaz que sea de organizar una rebelión armada, todo eso no hace de ella una lucha revolucionaria. Lo más que hace es dar la ilusión de una revolución, debido a las similitudes con las formas y métodos de lucha de las experiencias realmente revolucionarias. Pero que se parezca exteriormente no significa que tenga una misma esencia. Así como una ballena puede parecerse a un pez cuando en realidad es un mamífero, así la lucha a favor de la democracia en la sociedad capitalista desarrollada podría parecer una revolución pero no lo es. La revolución es un cambio cualitativo en el desarrollo de la sociedad, una transición de una forma a otra, y su elemento principal es un cambio en las relaciones de propiedad [b]. ¿Qué cambios en las relaciones de propiedad ha realizado la “revolución naranja” por ejemplo? ¿Qué cambio ha habido en Ucrania en 2004?

Dicho eso, se sabe también que el término “revolución” se utiliza igualmente para calificar acontecimientos que no ponen en tela de juicio a las relaciones de propiedad, como por ejemplo en Francia en 1830, 1848 o 1870. Esos acontecimientos se caracterizaban por cambios efectivos progresivos: cada vez tomaba el poder la fracción de la burguesía menos lastrada que las demás por restos feudales. Esos acontecimientos, últimos actos de la Gran Revolución francesa de 1789, desembarazaron a la sociedad de relaciones feudales de propiedad y en ese sentido sí que se puede hablar de ellos como de revoluciones. Cuando la sociedad capitalista llega a su madurez, cualquier cambio en las fracciones dominantes, sean cuales sean sus métodos, no son, ni mucho menos, el cambio de una fracción burguesa, cargada de residuos feudales, a otra más progresista. El cambio se hace entre semejantes, entre una fracción burguesa y otra equivalente. No se puede hablar ya de fracciones más progresistas. En la sociedad capitalista puede haber luchas democráticas contra la dictadura o luchas a favor de la dictadura contra la democracia pero el único cambio revolucionario es el que conduce a su destrucción y a la creación de un nuevo orden, superior, el comunismo.

Los marxistas que intentan aliarse a grupos de oposición burgueses están condenados a liquidarse a sí mismos. Al entrar en lucha al lado de un grupo burgués y al abandonar entonces su posición independiente, también abandonan, voluntariamente, la actividad comunista revolucionaria que es hoy la única posible. Sean cuales sean sus intenciones subjetivas, ya no luchan a favor del comunismo. Esta es la trampa en la que caen al defender la democracia. Piensan que derribando la dictadura se acercarán a una nueva forma social, cuando en realidad destruyen totalmente su fuerza propia y su capacidad de luchar por su causa. Sus reivindicaciones propias se disuelven en el movimiento de oposición democrática: su diferencia de esencia también.

Esa es la teoría. De ella se desprenden conclusiones prácticas muy importantes. Los marxistas que viven en países bajo régimen autoritario han de prepararse para derribarlo. El primer signo anunciador de ese futuro derribo será la aparición de oposiciones burguesas con consignas generalmente democráticas. Luego, cuanto más estúpidos sean quienes ocupan el aparato estatal más se parecerá su derrocamiento a una revolución. Pero es necesario entender claramente que una oposición burguesa, sea cual sea su lucha por la victoria, no puede ser revolucionaria y no traerá con ella cambios fundamentales. Sean cuales sean las circunstancias, los marxistas no han de seguir a la oposición burguesa, incluso si a nivel táctico su lucha y la nuestra contra el gobierno burgués puedan coincidir temporalmente. Al contrario, es necesario denunciar tanto el régimen autoritario como las ilusiones democráticas que provoca. Solo así se puede utilizar la ruina de un régimen autoritario para reforzar nuestras propias posiciones en la lucha por el comunismo. ¿Por qué? Porque en el sistema político por el que luchamos no habrá sitio para la burguesía, sea democrática o autoritaria.

Las causas de la oleada “Naranja”

Ucrania no ha conocido desde 1993 una crisis política tan aguda como la de la “revolución naranja”. Aquel año estuvo marcado por la huelga general en el Donbass y la región industrial de Pridneprovie. Basado en una coincidencia entre sus intereses propios y los de los “patrones rojos”, la clase obrera luchó contra las políticas de depredador del Estado ucraniano. La huelga provocó la dimisión de Leonid Kuchma (entonces ministro) y una crisis en la cabeza del Estado burgués. Como consecuencia de esto hubo elecciones parlamentarias y presidenciales anticipadas. Pero la clase obrera no había alcanzado su objetivo principal, o sea acabar con la crisis económica y el robo.

La crisis de noviembre-diciembre del 2004 es muy diferente de la de agosto-septiembre del 1993. Mientras que en ésta el proletariado había luchado como fuerza política independiente, en 2003 no apareció como tal [c]. Por ello un análisis social de clase de los acontecimientos ha de basarse en el conocimiento del equilibrio existente entre las fuerzas del poder burgués. Es precisamente una ruptura en sus filas la que ha provocado la “revolución naranja”.

Hasta el verano del 2004, el régimen Kuchma logró mantener oculto lo que ocurría en Ucrania; por eso las primeras etapas de la separación entre el ala “blanquiazul” y el ala “naranja” pasaron desapercibidas para la mayoría de la gente. El propio autor de estas líneas, que vive en la región “blanquiazul”, lo más que notó fue una atmósfera de estabilidad asfixiante. Mientras tanto, en Ucrania occidental, en Kiev y ciertas regiones del centro, el movimiento “naranja” había empezado a surgir. Pero la ruptura en la clase dominante había precedido ese proceso.

La famosa crisis del invierno 2000-2001 (el “asunto Gongadze” ([2])) favoreció el surgimiento de una oposición anti-Kuchma. Tras muchas dudas y fluctuaciones, Víktor Yúshchenko se unió a la oposición. En abril 2001, Kuchma lo había dimitido de sus funciones de Primer ministro. La oposición había amenazado a Kuchma de acusarlo y éste temió que Yúshchenko se transformara en adversario, puesto que según la Constitución, es el Primer ministro quien cumple con las funciones de Presidente si éste es acusado. Lo que temía Kuchma se verificó. El ex primer ministro Yúshchenko encabezó una oposición de derechas y afirmó sus ambiciones presidenciales. Gracias a las elecciones parlamentarias de 2002 en las que se dieron fraudes masivos en particular en la región de Donetsk (cuyo gobernador era Yanukóvich), Kuchma logró obtener una mayoría estable para apoyar su presidencia. Los opositores de todo tipo desaparecieron gradualmente del escenario político; el control de los medios fue reforzado, etc. Lenta pero firmemente, Ucrania se “putinizaba”. Sin embargo, entre bastidores, las cosas no eran tan sencillas. Y Kushma tenía que pensar en su sucesor a la Presidencia.

Los antiguos pensaban que el mundo se apoyaba en tres ballenas. A pesar de no ser “el mundo”, Leonid Kuchma también tenia tres pilares, tres clanes oligárquicos o, para ser mas precisos, tres grupos industrial-financieros. Eran los clanes de Kiev, del Donetsk y del Dniepropetrosk. Éste mantuvo durante mucho tiempo una posición dominante, lo que no es de extrañar puesto que era el clan originario del antiguo presidente. Gracias a Leonid Kuchma restableció la posición dominante que tenía en tiempos de Bréznev. El jefe indiscutible del clan del Donetsk es Rinat Ahmetov, y el clan de Kiev está dirigido por los hermanos Surkis y Medvedchuk.

 En los años 1990 el clan de Dniepropetrovsk tenía el papel dirigente en la política ucraniana, pero la situación cambió con la segunda presidencia de Kuchma. El desarrollo industrial iniciado en Ucrania reforzó las posiciones del clan de Donetsk. Se tienen pocos detalles sobre las luchas internas entre clanes en aquellas condiciones de cambio de equilibrio, pero se conoce el resultado final. En el otoño del 2002, el clan de Donetsk hizo ascender como heredero de Kuchma a un jefe de la administración estatal del oblast (región) de Donetsk, de nombre Víctor Yanukóvich. Durante el verano del 2003, se confirmó que esa elección era definitiva.

Para el clan de Donetsk empezó un proceso de reforzamiento, lo que se llama en ciencias económicas un efecto de multiplicación. El reforzamiento relativo con respecto a los demás clanes le permitió ganarse el puesto de Primer ministro, lo que a su vez favoreció un reforzamiento económico de Donetsk y también entonces la perspectiva de las presidenciales, con la posibilidad de dominar definitivamente a sus rivales. Utilizando la posibilidad que Yanukó­vich significaba, los hombres de Donetsk fueron los actores de una gran expansión económica. A principios de los 90, expertos independientes ya notaron que ello disgustaba al clan del Dniepropetrovsk y también potencialmente a los hombres de negocio de Járkov. Sin embargo, a principios de 2004, la burguesía de Járkov seguía en buenos términos con el jerarca de Donetsk y el yerno del Presidente, Pinchuk (o sea el clan del Dniepropetrovsk), junto con Ahmétov privatizaron el gran complejo industrial de Krivorozhsteel. Las fricciones internas en la alianza dominante de los clanes y sus apéndices regionales no desaparecieron más que en el otoño de 2004.

La amenaza de la unidad de la fracción dominante de la burguesía vino de fuera. La burguesía ucraniana demostraba su incapacidad para superar la ruptura provocada por el asunto Gongadze, a pesar de los esfuerzos del partido autoritario. Las causas siguen siendo oscuras. En cualquier caso, el autor de este texto lo único que puede decir es que no posee suficientes informaciones sobre el tema. Sin embargo, a pesar del aislamiento gradual de la oposición, habían representantes del “partido autoritario” que seguían uniéndose a sus filas. En 2001-2002, el “partido” perdió gente de negocios y políticos tan importantes como Petr Poro­shenko (que dimitió del Partido socialdemócrata de Ucrania (unificado)), Yury Yejanurov (que salió del Partido democrático del pueblo), Roman Bezsmertny (que abandonó directamente a Kuchma, pues era diputado presidencial en el Parlamento). El partido de Yúshchenko se benefició del apoyo del alcalde de Kiev, Alexander Omelshenko. A principios de 2004, Alexander Zinshenko, miembro importante del SPSDU(u) también se pasó a la oposición. Se peleó con sus colegas de partido y con el clan de Kiev, tomando partido por Yúshchenko. En septiembre de 2004 fue gastándose la mayoría presidencial en el parlamento, debido al éxito evidente de la campaña electoral de Yúshchenko. Varios diputados abandonaron la fracción del “centro” y el presidente ya solo poseía una mayoría relativa. La propaganda activa de Yúshchenko se iba desarrollando y en la futura región “naranja”, una organización, “Pora” (“¡Ahora ya!”) empezó a desarrollar sus actividades. Tuvo poco eco en el Sur. Mientras que en Ucrania occidental y en Kiev, las autoridades locales apoyaban claramente la campaña electoral de Yúshchenko, el aparato estatal seguía apoyando a Yanukóvich en el Centro, el Sur y el Este. Y a pesar de que ya durante el verano de 2004 era evidente que en las regiones centrales, la población estaba resueltamente opuesta a los dirigentes, no por eso se preocuparon los diputados que habrían podido temer por sus escaños.

Hemos de decir que el silencio de los “media” tuvo su importancia durante el verano de 2004. La región “blanquiazul” no conocía gran cosa del estado de ánimo dominante en la región “naranja”. Es una razón más para que los marxistas consideren que un partido bien organizado es necesario. En unas condiciones en que la clase dominante impide que circulen las informaciones que la molestan, sólo un partido fuertemente estructurado puede crear un canal para organizar la recogida y la difusión alternativas de las informaciones sobre lo que está ocurriendo en el país.

Sin embargo, también era particular la ruptura en la clase dominante. Antes de la “revolución naranja”, Pinchuk, Kushma y Putin –en momentos diferentes e independientemente unos de otros– habían tomado posición tanto a favor de Yúshchenko como de Yanukóvich, pues eran representantes de la misma orientación. Kushma hasta expresó arrepentimiento con respecto a la escisión. Pero a pesar de la escisión, entre sus representantes había como un especie de gentlemen’s agreement. A pesar de que cada uno de los partidos cubría con toneladas de basura y de material comprometedor a los demás, un tema permanecía tabú. La verdadera historia de la mentira sin precedentes con la que se engañó a la población ucraniana durante el primer decenio de la independencia es realmente un pozo sin fondo de informaciones que hubieran podido perjudicar a los adversarios, pero ni Yúshchenko ni Yanukóvich las utilizaron. El que tanto uno como otro hayan participado en esos sucios negocios probablemente fue más importante que su hostilidad mutua. Pero una cosa queda clara: les elecciones no debían cambiar el régimen sino modificar su composición.

La única diferencia significativa entre ambos partidos se refiere a la política exterior. Yanukóvich tenía la intención de proseguir la orientación de Kuchma en 2001-2004, que consistía en oscilar entre Unión Europea y Rusia con una tendencia fuerte hacia ésta. Yúshchenko tenía fama de ser pro-norteamericano cuando en realidad se inclinaba más hacia la Unión Europea y a alejarse de Rusia. La política del gobierno desde su triunfo lo confirma totalmente. Pero ¿quién tenía razón?

En enero del 2005, el periódico Uriadovy Courier publicó las primeras estadísticas sobre el desarrollo del comercio exterior de Ucrania en 2004. Nos llevan a concluir que la victoria de Yúshchenko no fue accidental. Entre enero y noviembre de 2004, las exportaciones aumentaron el 42,7 % para alcanzar unos 29 482,7 millones de dólares cuando las importaciones aumentaban en un 28,2 % con 26 070,3 millones de dólares. La balanza positiva del comercio paso de 324,3 millones de dólares a 3412,4 millones de dólares. Es una suma fantástica. Semejante ingreso del comercio exterior permitiría rembolsar la deuda exterior en apenas cuatro años. Pero el aspecto más interesante es que la parte rusa no alcanza más que 18 % de las exportaciones ucranianas y la parte norteamericana un 4,9 %. La Unión Europea se ha impuesto como el principal socio comercial de Ucrania (29,4) cuando la parte de la CEI es 26,2 %. El desarrollo industrial de Ucrania, al depender de la orientación de la economía hacia la exportación, el aumento de las ganancias de la burguesía ucraniana y hasta la del clan del Donetsk depende del éxito del desarrollo del comercio con la Unión Europea. Pero ya sabemos que la Unión Europea impide el acceso a sus mercados a los hombres de negocios de Estados hostiles. Por eso la burguesía ucraniana tenía sus razones para apoyar a Yúshchenko.

La coyuntura económica extranjera podía reforzar la posición del grupo de Yúshchenko en su lucha contra Kuchma-Yanukóvich, pero no podía hacer surgir los acontecimientos conocidos bajo el nombre de “revolución naranja”. Un factor interno era necesario para sublevar a las masas. Ese factor fue el descontento acumulado durante años en la sociedad. Pero tampoco eso era suficiente. No cabe duda de que el mismo descontento existe en Rusia, sin que por ello dé lugar a una “revolución naranja”. Por eso hemos de concluir que el factor decisivo que sirvió de derivativo al descontento fue la propia escisión en la clase dominante. La oposición decidió explotar el descontento de los explotados, orientarla en su beneficio y transformarla en ariete para destruir las posiciones del grupo dominante. Esa fue la esencia de la “revolución naranja”.

El movimiento naranja utilizó los valores oficiales del régimen de Kushma: el nacionalismo, la democracia, el mercado y la pretendida “opción europea”. Aquí no hay nada nuevo. Esos elementos son la base del mesianismo plasmado en la consigna “Yúshchenko, salvador de la nación” que ya ha abierto el camino a un culto de la personalidad. Esa es la única diferencia del movimiento naranja con la ideología que había lavado los cerebros de la población ucraniana desde hacía catorce años. En esas circunstancias, para ser un opositor naranja y tomar partido por Yúshchenko bastaba con creer que Kushma era un hipócrita que no cumplía con sus promesas.

Las ilusiones tan entusiastas en la propaganda de Yúshchenko no eran ni mucho menos compartidas por todos los grupos sociales. Los obreros del Sur y del Este estaban bastante satisfechos de los éxitos económicos de los últimos años y escépticos con respecto a las promesas de Yúshchenko de salvar Ucrania. Una cuestión seria es: ¿por que no tuvo la misma actitud el proletariado de Kiev? A pesar de que también considera que se beneficia del desarrollo industrial, ha apoyado a la fracción naranja. Otro elemento es que si ha tenido poco eco el nacionalismo ucraniano de Yúshchenko entre las poblaciones del Sur y del Este, es por que están compuestas esencialmente de rusos y ucranianos rusificados. Si se exceptúan los jóvenes cuya conciencia se ha formado en las condiciones de la propaganda nacionalista, Yúshchenko no tuvo apoyos en esas regiones, y ese apoyo entre la juventud era mas débil que en el Centro o en el Oeste.

En fin de cuentas, gran parte del “movimiento naranja” proviene de las capas pequeño-burguesas de la Ucrania central y occidental. Son campesinos, semiproletarios, comerciantes y estudiantes. Muchos proletarios de esas regiones apoyaron sin embargo a la fracción naranja. Ello merece que examinemos su carácter social. Excepto Liv, Lvov y otras ciudades más pequeñas, el proletariado de Ucrania del Centro y del Este está concentrado en pequeñas ciudades dispersas entre las aldeas. Según el censo de 1989, cuando el nivel de urbanización en Ucrania alcanzó su cota más alta, el 33,1 % de la población vivía en el campo. De las 16 regiones que apoyaron a la fracción naranja (excepto Kiev), solo en tres de ellas esa proporción era inferior al 41 %. En otras cinco oscilaba entre 43 y 47 % y en ocho sobrepasaban el 50 %, algunas de forma notable (oblast de Tarnopol: 52 %; oblast de Zakarpate, 58,9 %). La situación empeoró en los años 90: la industria estaba destruida, el nivel cultural de la población había retrocedido, los obreros debían recurrir a su huerta para sobrevivir y muchos empezaron a volver a trabajar la tierra, a restaurar sus vínculos sociales con las aldeas en las que tenían familia. La influencia del ambiente pequeño burgués rural aumentó muchísimo. Finalmente, los últimos años de auge industrial en las regiones agrarias se reflejan claramente en el plano electoral: la burguesía y la población de los grandes centros industriales se benefició de ese auge, pero no la zona naranja. El resultado es que el potencial de descontento se ha mantenido en esas regiones y que el grupo de Yúshchenko supo explotarlo para la lucha por sus intereses de facción, utilizando para sus fines a un proletariado muy infectado por una conciencia pequeño burguesa.

Yúshchenko y su hermana de armas Timoshenko (que hizo un poco el papel de Pasionaria ([3]) en la “revolución naranja”) probablemente nunca habrán oído hablar de los razonamientos de ciertos marxistas caídos en el menchevismo en busca de un nuevo tipo revolucionario. Los dirigentes naranja han sacado directamente lecciones de la experiencia de los bolcheviques [d]. En la noche del 22 de noviembre (recuento de votos de la segunda vuelta de las elecciones), no solo llamaron a sus simpatizantes a bajar a la calle en Kiev. Antes los habían unido y preparado, habían edificado la base organizativa apropiada y tenían preparada una estructura política. Las manifestaciones “espontáneas” en los parques de la ciudad habían sido preparadas de antemano por una propaganda y una minuciosa organización de las masas. Como muchos lo han dicho en Kiev, las tiendas de campaña aparecieron en la plaza de la Independencia antes de la segunda vuelta de las elecciones y los simpatizantes ya habían ido explicando desde la primavera quién era culpable y qué había que hacer. Es evidente además que aunque no sea ese el factor principal, las autoridades de la ciudad les facilitaron la tarea. Al llegar la hora decisiva, los descontentos del resultado ya sabían adónde había que ir y con quién reunirse. Estuvieron entonces esperando con “Pora” delante de la sede de Yúsh­chenko, y de las de los partidos Nuestra Ucrania y Batkivshchina (la Patria). La protesta social (poco importa lo que se esconde detrás) fue canalizada en luchas para “salvar la nación”. ¿Podrían decirnos los partidarios de los nuevos tipos de revolución cómo es posible neutralizar tales trampas de la burguesía y liberar aunque sea parte de la población de su dominio sin oponerle la misma arma, un partido organizado y preparado?

El desenlace de la “revolución naranja”

Es necesario también volver sobre unos puntos que han ocasionado ciertas dudas. Primero, ¿hubo fraude cuando las elecciones presidenciales? ¡Claro que sí! ¡De ambos lados! Se ha hablado menos de las maniobras de los simpatizantes de Yúshchenko porque éste no controlaba el aparato estatal como Yanukóvich y por eso sus posibilidades eran más limitadas. Es posible que sin fraude, ambos Víctor habrían obtenido los mismos votos en la segunda que la primera vuelta.

Otros afirman que el movimiento naranja era artificial, que la gente que lo apoyaba lo hacia por dinero, etc. En realidad no fue así, ni mucho menos. Empecemos por los aspectos negativos. Es sabido que a los que trabajaban para Yúshchenko se les pagaba, antes y durante las elecciones. Los partidos burgueses siempre lo hacen abiertamente. También se sabe que los activistas de Pora son pagados. Los individuos que fueron perseguidos por haber bloqueado el gabinete ministerial durante los acontecimientos “naranja” contestaron a los investigadores con respuestas aprendidas de memoria, lo que demuestra que no actuaban por convicciones. También se sabe que a muchas personas se les pagó el viaje a Kiev (aunque esta información se limite a la región “blanquiazul”). También es un hecho sabido que hubo “huelgas” de empresarios de un lado como del otro.

El periódico ruso Mirovaia Revolutsi (Revolución mundial) ya ha dado elementos sobre el carácter de ese fenómeno de las “huelgas patronales” en la CEI, aunque en su artículo se sugiere que esa facilidad no la necesite la burguesía ucraniana en un futuro cercano. Sin embargo, la realidad ha llevado a ese periódico a volver a tratar el tema. Los directores de empresas en el Donbass y en la región de Pridneprovie fueron los primeros en tomar la iniciativa de apoyar a Yanukóvich. Tras la segunda vuelta, hicieron una serie de huelgas cortas contra Yúshchenko: al sonar la sirena de la empresa, los obreros dejaban el trabajo y debían asistir a un mitin y rápidamente cada cual volvía a su puesto de trabajo a producir plusvalía. No son muy conocidas ni están analizadas las maniobras de los directores de fábrica “naranja”, pero es posible confirmar que la mayoría de oleadas de huelga en Ucrania occidental tras la segunda vuelta de las elecciones eran artificiales, viniendo la iniciativa desde arriba y no de abajo. En la región de Vinytsya, por ejemplo, Petr Poroshenko cerró todas sus fábricas y propuso llevar a la gente a los mítines de Kiev. Sin embargo, no se ha oído hablar de representantes de grupos de trabajadores o de comités de huelga relacionados con la “revolución naranja” ([4]).

Por otro lado, multitud de testimonios muestran que la mayoría de simpatizantes naranja ocuparon por convicción las plazas de la ciudad. Los mítines en Kiev reunieron a varios centenares de miles de personas. Se puede imaginar su importancia si se sabe que la plaza de la Independencia y las calles adyacentes no podían contener a todos los que querían estar presentes. La marea naranja iba hasta la plaza Sofía en donde está el monumento dedicado a Bogdan Jmelnitski. Los que conocen Kiev no necesitan más explicación para imaginarse lo que ello representa. Los simpatizantes naranja no temían el frío glacial que castigaba la capital a finales de noviembre. Ni la nieve, ni una temperatura de –10° C los dispersaron. La población de Kiev ayudó activamente a los visitantes, dándoles comida y habitación. Durante los primeros días de la “revolución”, el estado mayor de Yúshchenko no había logrado todavía reunir provisiones para los participantes a los mítines, pero fue el apoyo de los habitantes de la capital lo que contribuyó ampliamente en el éxito de las manifestaciones. En ciertos casos, alumnos y estudiantes hicieron novillos para participar en las acciones reivindicativas a pesar de los esfuerzos de los profesores por impedirlo. En las universidades de Lvov y Kiev, y en otras grandes escuelas se suspendieron las clases, no porque así lo hubieran decidido las administraciones de las universidades favorables a Yúshchenko, sino porque los estudiantes abandonaban las aulas para ir a manifestarse. El dinero no es suficiente para organizar todo eso.

También ha de mencionarse el fuerte nivel de disciplina de los simpatizantes naranja. Un servicio de orden para proteger los mítines se organizó casi inmediatamente en Kiev. Según testimonios dignos de confianza, éste se hizo en un primer tiempo espontáneamente. Después, claro está, se encargaron de ese trabajo los patrones naranja. A pesar del frío, los participantes a los mítines no bebían alcohol. Alcohólicos y drogados se localizaban rápidamente y se les echaba de las manifestaciones. El movimiento logró de esta forma evitar las provocaciones, las peleas y los desórdenes espontáneos. Todos esos hechos desmienten las tesis filisteas tan repetidas, del estilo de: ¿cómo es posible hacer una revolución con semejante pueblo? Si esas gentes fueron capaces de demostrar tales cualidades en la lucha por objetivos burgueses, ¡qué disciplina y organización sabrán demostrar cuando luchen por sus intereses de clase! Desgraciadamente hemos de reconocer que en las circunstancias actuales, centenares de miles de personas en Ucrania dedicaron sin reservas su tiempo, su energía, su salud en una lucha de una parte de la burguesía contra otra, para que el Primer ministro apartado por Kuchma triunfara sobre el que ocupaba el puesto.

Desde ese punto de vista, hemos de reconocer que desde el período de la Perestroika, jamás la burguesía había dominando tanto como hoy al proletariado [f]. No vimos ni el menor intento de nadie por defender una posición de clase independiente, salvo algunos grupos marxistas microscópicos. Todo eso se parece al año 1987, cuando la gente estaba unida al partido y hasta dispuesta a morir por él. La burguesía ha logrado restaurar su hegemonía sobre el proletariado con la victoria de Yúshchenko, pero lo ha hecho de tal forma que esa hegemonía no puede durar. Pronto empezará a deshacerse, aunque tengamos que analizar más precisamente el cómo y el porqué. También quisiera añadir que en las circunstancias actuales, es tal el liderazgo de Yúshchenko que puede ignorar totalmente los intereses del proletariado. El “poder honrado” de Yúshchenko no tardará en demostrar una arbitrariedad sin igual con respecto a los explotados. Basta con decir que los planes para que el Primero de mayo deje de ser fiesta ya están en marcha ([5]). Es un primer paso simbólico. ¡Todo un programa en un solo gesto!

Terminaremos con un análisis de los conflictos internos de la clase burguesa. La oleada naranja ha destrozado inmediatamente todas las estructuras en las que se apoyaba Yanukóvich. Los consejos regionales y municipales de varias regiones de Ucrania occidental y central declararon que reconocían a Yúshchenko de presidente, así como un municipio de Kiev. Litvin, presidente del Soviet supremo, empezó cautelosamente a apoyar a Yúshchenko y los representantes del alto mando del ejército declararon que no se opondrían al pueblo. En cuanto al presidente Kuchma, sorprendió a todos los observadores al retirarse por sí mismo. Se temió durante los primeros días de la “revolución naranja” que se utilizara la fuerza para dispersar los mítines. Leonid Kuchma no lo intentó. Es uno de los enigmas de la “revolución naranja”. Las contradicciones entre los hombres del Donetsk y los de Dniepropetrovsk debilitaron probablemente la posición de Kuchma. Como hemos dicho, éste sintió probablemente el incremento de la influencia de aquéllos. En todo caso, el clan Kuchma se negó a apoyar a Yanukóvich. Tres hechos importantes lo demuestran: la inacción de Kuchma, que el poderoso hombre de negocios Sergei Tigibko, que dirigía en aquel entonces tanto el Banco nacional de Ucrania como la campaña electoral de Yanukóvich, presentara su dimisión y abandonara a su suerte el estado mayor de su patrón, y que se produjera un levantamiento en Dniepropetrovsk cuando quedó claro que la “revolución naranja” no podía ya derrumbarse. En gobernador V. Yatsuba, protegido de Yanukóvich, dimitió porque los diputados del consejo regional eligieron a Shvest, predecesor de Yatsuba, como nuevo presidente. El gobernador se negó naturalmente a trabajar con su enemigo. Sin embargo, prudentemente, Kushma no confirmó esa dimisión.

También hubo una lucha encarnizada en la región de Járkov. Los círculos de negocios de la ciudad vieron la posibilidad de emanciparse de la tutela de los hombres de Donetsk y apoyaron el movimiento naranja. El consejo municipal de Járkov era favorable a Yúshchenko. El “salvador de la Nación” vino en persona para tratar con los hombres de negocios locales. Pero, por su lado, las autoridades locales luchaban a favor de Yanukóvich. Járkov, a pesar de la actividad naranja, siguió siendo blanquiazul.

Así es como la oleada naranja provocó una división en la clase dominante, socavando la posición de Yanukóvich. Muchos entre sus simpatizantes cambiaron de campo y se pasaron al de Yúsh­chenko. El control del aparato estatal empezaba a írsele a aquél de las manos. Podemos en esto observar la ventaja de Yúshchenko sobre su rival. Beneficiaba del apoyo de un movimiento popular masivo que Yanukóvich no tenía. La inacción de Kuchma permitió que la “revolución naranja” empezara a triunfar. Su éxito se debe en gran parte a la parálisis de la autoridad del Estado central. Sin embargo, a finales de la primera semana, los blanquiazules lanzaron una contraofensiva encabezada por una convención de representantes de los gobiernos locales en la ciudad de Severodonetsk. Esa convención exigía la transformación de Ucrania en federación y amenazaba con una secesión de las regiones blanquiazules. Al mismo tiempo empezaba la sesión del tribunal constitucional de Ucrania que decidió que los resultados del voto no eran válidos, decidiendo que se celebraran otras elecciones. La decisión del tribunal fue otro éxito de los naranja. La lucha luego se limitó a batallas por ganar posiciones, pero quedó claro que los blanquiazules estaban perdiendo. Sin embargo tuvieron algún éxito organizando un movimiento masivo de apoyo a Yanukóvich, pero mucho más débil que el movimiento naranja.

Globalmente, la “revolución naranja” se acabó con una victoria parcial del grupo Yúshchenko. Se concluyeron acuerdos entre él y Kuchma. Hubo que esperar a febrero de 2005, para que el consejo de ministros propusiera la reducción de los privilegios de Kuchma, y el edicto con las garantías a Kuchma contra toda diligencia contra él (como el que había promulgado V. Putin a favor de B. Yeltsin) y empezaran las maniobras gubernamentales para nacionalizar la fábrica de Krivorozhsteel, en Pinchuk ([6]). Es muy posible que Kushma no ganara gran cosa y que fuera Yúshchenko quien más se benefició del compromiso. Los detalles de las negociaciones se desconocen. Las fuerzas de la camarilla Kuch­ma-Yanukóvich decidieron garantizar su seguridad y llevar a cabo reformas constitucionales para ello. Estas reformas fueron la base para el arreglo entre la burguesía naranja y la blanqui­azul. A nivel general, es muy interesante el destino de la reforma institucional. Al principio fue concebida para reforzar el poder presidencial y adaptar el sistema político ucraniano a las normas europeas. Luego, a finales del 2003, la mayoría presidencial decidió que era necesario cambiar de dirección disminuyendo el poder del Presidente. Probablemente había inquietudes de que el poder cayera en manos del popular Yúshchenko, y temor de dar demasiado poder a un protegido de los hombres del Donetsk, que iba a suceder sin la menor duda a Kushma. La oposición, encabezada por Yúsh­chenko y Timoshenko, apoyó el nuevo proyecto al principio para pronunciarse contra él a continuación. El voto sobre las enmiendas fracasó lamentablemente en enero del 2004. Solo faltaron cinco votos para que fuera aprobado. Pero había la posibilidad para que pudiera ser votado durante la sesión de otoño del Soviet supremo. Durante la “revolución naranja”, los que seguían en la mayoría presidencial utilizaron esa oportunidad. Declararon ser favorables a la reforma constitucional como condición esencial a la satisfacción de una serie de exigencias políticas de la “revolución naranja” ([7]). También estuvo de acuerdo la fracción Yúshchenko ([8]). Solo votó en contra la fracción de Timoshenko. Timoshenko puede lamentarse de ello hoy. Tras haber llegado a ser Primera ministra podía haberse beneficiado de todas las ventajas de la reforma. Desde enero del 2006, se ha limitado el poder del Presidente y el personaje central es el Primer ministro, designado por la mayoría parlamentaria ante la que es responsable. No importa que no haya actualmente mayoría en el Soviet supremo. Cuando éste votó a favor de Timoshenko para Primera ministra, 357 diputados de los 425 presentes votaron a su favor. Nunca desde 1989 había habido tanta “aprobación”. La burguesía ucraniana celebró así su total hegemonía sobre el proletariado.

En definitiva, una lección importante de la “revolución naranja” puede sacarse sobre el funcionamiento del Tribunal constitucional de Ucrania. Ya se sabe que las víctimas apelaron dos veces, exactamente por las mismas razones. En noviembre del 2004, Yúshchenko lo hizo contra la falsificación de los resultados de la segunda vuelta, y Yanukóvich hizo lo mismo para los resultados de la tercera vuelta en enero de 2005. No solo fueron diferentes los resultados, sino también la sentencia. En el primer caso, el Tribunal obró de buena fe y, en cuanto al fondo, contestó positivamente a las reclamaciones del demandante. En el segundo, la reunión acabó siendo una farsa y ni siquiera se planteó responder positivamente a la denuncia. Los adeptos de Yanukóvich dicen que el Tribunal estaba vendido a los naranja, pero es absurdo. En realidad, todo lo determina la relación de fuerzas. Centenares de miles de individuos apoyaban a Yúsh­chenko, dispuestos a recurrir a medidas extremas para apoderarse del poder por la violencia y no estaban concentrados en la periferia, sino en la misma capital. Yanukóvich no tenía la capacidad de movilizar a fuerzas tan importantes. El movimiento blanquiazul tenía entonces muchas menos fuerzas que el naranja y además no tenía apoyos en la capital. No ha de sorprender, pues, que perdieran. De ello se deriva:

1. que la concentración del poder de un movimiento social (independientemente de su carácter) en la capital es un factor importante de victoria;

2. que son las masas las que deciden cómo se concluye una lucha en los momentos de conflictos sociales importantes;

3. que el derecho del poder siempre es más fuerte que el poder de la ley, y que las reivindicaciones públicas masivas son capaces de triunfar sobre cualquier ley.

Esas conclusiones no contienen nada nuevo y confirman la validez de las tácticas revolucionarias elaboradas en tiempos de las grandes revoluciones europeas. También es necesario recordar que la similitud de los métodos no significa obligatoriamente que sean de igual naturaleza. La “revolución naranja” no era revolucionaria en nada. Todas sus vueltas y revueltas no pueden explicarse por motivos de “lucha de clases” sino por motivos de “luchas de clanes”. El pueblo, que tuvo un papel determinante en la victoria de Yúshchenko, nunca se vio reconocido como el actor social principal y se sometió voluntariamente al “salvador de la nación”. Confío en que este artículo lo haya mostrado debidamente y también en que los jefes naranja destruirán, de forma más o menos persuasiva, las ilusiones de los lectores que sigan siendo escépticos sobre esta toma de posición ([9]).

Yuri Shakin

Notas de la redacción

[a] Estamos totalmente de acuerdo con esa caracterización. Queremos insistir en que es la capacidad de mistificar a la clase obrera de esa forma particularmente eficaz de la dictadura del capital, lo que determina por qué la burguesía en general no tiene otra posibilidad que la de recurrir a la democracia frente a las fracciones más importantes del proletariado mundial, cuando éstas no han sufrido una derrota física o política profundas, como las que sufrió el proletariado, en los años 30, en países como Alemania o Italia.

[b] Estamos totalmente de acuerdo con la profunda deferencia de carácter entre la revolución proletaria y las “ilusiones de revolución” que corresponden a formas que suelen adoptar las luchas entre fracciones de la burguesía. Queremos insistir, no obstante, sobre la superficialidad de esa semejanza de la que trata el texto entre revolución proletaria y movilización del pueblo en la calle por parte de la burguesía para sus propios fines. A nuestro parecer, en este plano, no existe similitud en las forma de la lucha y menos aún en sus métodos. Basta leer las páginas escritas por Trotski sobre las revoluciones de 1905 y 1917 en Rusia para convencerse de ello. Esas páginas ponen de relieve la espontaneidad de las masas obreras, su actividad creadora y su capacidad para autoorganizarse.

[c] Aquí hay sin duda una dificultad en la elección de los términos. Decir que el proletariado ha surgido como “fuerza política independiente” implica una capacidad de éste para actuar por sus propios intereses en el terreno político frente al poder estatal. Esto supone, por su parte, un nivel muy alto de conciencia, una de cuyas expresiones es la formación de su propio partido de clase. Está claro que esa situación no existe en Ucrania (como en ningún otro sitio) en 1993 y que resultaría más correcto decir que el proletariado luchaba en aquel entonces en su propio terreno de clase, o sea por intereses económicos propios, contrariamente a 2004.

[d] Es innegable que fue la capacidad del Partido bolchevique para hacer fracasar las trampas de la burguesía, y en particular la provocación de julio de 1917 para hacer estallar una insurrección prematura, lo que permitió la Revolución de octubre, como también lo fue su contribución esencial a la constitución del Comité militar revolucionario que permitió la victoria de la insurrección. Pero afirmar, como hace sin más el texto, que, gracias a sus cualidades políticas, el Partido bolchevique habría podido ser una fuente de inspiración para los dirigentes naranja tiende a limitarlo a un papel de estado mayor de la clase obrera. Esa visión del Partido bolchevique (ignoramos si la comparte el autor) es la del estalinismo y del trotskismo en degeneración. Para nosotros, no corresponde a la realidad de los lazos entre la clase obrera y su partido de clase. En particular porque pone en segundo plano el elemento fundamental, o sea la lucha política de ese partido por el desarrollo de la conciencia del proletariado.

[e] Aunque puede ser verdad puntualmente en la situación ucraniana, hay que precisar que la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado no está determinada fundamentalmente por lo nacional, en cada país, sino internacionalmente. La relación de fuerzas actualmente desfavorable a los obreros de Ucrania podrá verse cambiada en el porvenir por el desarrollo de luchas obreras en otros países.

[f]  Nos parece que la generalización es abusiva y que por ello puede crear confusiones. Como lo ha demostrado la historia, la burguesía es capaz de poner a las masas en movimiento de forma prematura con respecto a su nivel general de preparación, para infligirle una derrota militar decisiva como así fue con la insurrección en Berlín en enero de 1919.


[1]) En 2004, le pretendida revolución llamada “de las rosas” echó abajo al presidente Shevardnadze en Georgia.

[2]) En noviembre del 2000, el cadáver del periodista de la oposición Georgui Gonzadze, desaparecido en septiembre, apareció mutilado y decapitado. Se sospecha al presidente Kuchma de estar implicado en el asesinato.

[3]) Para los lectores occidentales es necesario precisar que contrariamente a Dolores Ibárruri, Yulia Timoshenko es multimillonaria y se la sospecha de haber construido su fortuna en gran parte gracias a gas robado procedente de Rusia y de su venta ilegal.

[4]) Hoy solo se sabe de tres huelgas a favor de Yúshchenko durante la “revolución naranja”. Se produjeron en Kiev y en las regiones de Lvov y Volin.

[5]) A pesar de que esos planes se han abandonado, la tendencia general demuestra que el poder es cada día más arbitrario.

[6]) Se nacionalizó para ser inmediatamente vendida con beneficios.

[7]) Dimisión del fiscal general y del presidente de la Comisión central electoral, revisión de los resultados oficiales de las elecciones, etc. Los Naranja lo obtuvieron al dar su acuerdo a la reforma constitucional.

[8]) Sus votos eran suficientes para que se aceptaran las enmiendas.

[9]) Las pasadas elecciones parlamentarias muestran que mi conclusión era muy optimista. Las ilusiones en el campo naranja están desapareciendo pero mueren tan lentamente como nacieron.