1936: frentes populares en Francia y en España - Cómo movilizó la izquierda a la clase obrera para la guerra

En la serie España 1936

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

Hace 70 años, en mayo de 1936, estallaba en Francia una inmensa oleada de huelgas obreras espontáneas contra la agravación de la explotación provocada por la crisis económica y el desarrollo de la economía de guerra. En julio de ese mismo año, en España, frente al alzamiento militar de Franco, la clase obrera se puso inmediatamente en huelga general, tomando las armas para replicar al ataque. Muchos revolucionarios, incluidos los más conocidos como Trotski, creyeron percibir en aquellos acontecimientos el inicio de una nueva oleada revolucionaria internacional. En realidad, debido a un análisis superficial de las fuerzas en presencia, acabaron equivocándose a causa de la adhesión entusiasta y la “radicalidad” de algunos discursos. Basándose en un análisis lúcido de la relación de fuerzas internacional, la Izquierda comunista de Italia (en su revista Bilan) comprendió que los frentes populares no eran, ni mucho menos, la expresión de un desarrollo revolucionario, sino todo lo contrario: expresaban el encierro cada vez mayor del la clase obrera en la ideología nacionalista, democrática y el abandono de la lucha de clases contra las consecuencias de la crisis histórica del capitalismo: «El Frente popular es al fin y al cabo el proceso real de disolución de la conciencia de clase de los proletarios, el arma destinada a mantener, en todas las circunstancias de su vida social y política, a los obreros en el terreno de la sociedad burguesa” (Bilan n° 31, mayo-junio de 1936). Rápidamente, tanto en Francia como en España, el aparato político de la izquierda “socialista” y “comunista” sabrá ponerse en cabeza de los movimientos y, tras encerrar a los obreros en la falsa alternativa fascismo/antifascismo, logrará sabotearlos desde dentro, orientarlos hacia la defensa del Estado democrático y, finalmente, alistar a la clase obrera para la segunda carnicería interimperialista mundial.

Hoy, en un contexto de lenta reanudación de la lucha de clases y de brote de nuevas generaciones en búsqueda de alternativas radicales frente a la quiebra cada día más patente del capitalismo, los círculos altermundistas, como ATTAC, denuncian el liberalismo salvaje y la “dictadura del mercado”, que quita el poder político de manos del Estado y, por lo tanto, de los ciudadanos y llama a “la defensa de la democracia contra las imposiciones financieras”. Ese “otro mundo” propuesto por los altermundistas recuerda políticas que se aplicaron durante los años 1930 o 1950 a 70, cuando el Estado ocupaba un lugar mucho más importante como actor económico directo que, según ellos, hoy habría perdido. Es evidente que, según ese enfoque, la política de los gobiernos de Frente Popular, con sus programas de control por el Estado de la economía, de “unidad contra los capitalistas y la amenaza fascista”, mediante la puesta en marcha de una “revolución social”, debe ser utilizada para demostrar la afirmación de que “otro mundo”, otra política es posible en el seno del capitalismo.

Por eso es más que nunca indispensable evocar, con ocasión de este 70 aniversario, el contexto de 1936:

  para recordar las lecciones trágicas de aquellas experiencias, en especial la trampa fatal que para la clase obrera constituye el abandonar el terreno de la defensa intransigente sus intereses específicos para someterse a las necesidades de la lucha de un campo burgués contra otro;

  para denunciar esa patraña propalada por la “izquierda” de que habría sido durante esos acontecimientos la encarnación de los intereses de la clase obrera, y demostrar que, al contrario, fue su enterrador.

Los años 1930 –marcados por la derrota de la oleada revolucionaria de los años 1917-23 y el triunfo de la contrarrevolución– se diferencian radicalmente del período histórico actual que se distingue por al progreso de las luchas y el lento desarrollo de la conciencia. Sin embargo, las nuevas generaciones de proletarios que intentan deshacerse de las ideologías contrarrevolucionarias, siguen teniendo que enfrentarse a esa misma “izquierda”, a sus trampas y sus manipulaciones ideológicas, por mucho que se haya puesto los vestidos nuevos del altermundismo. Y no podrán quitársela de encima si no se adueñan de las lecciones, tan duramente pagadas, de la experiencia pasada del proletariado.

 

El Frente popular, ¿reforzamiento de la lucha contra la explotación capitalista?

Los frentes populares pretendían “unificar las fuerzas populares frente a la arrogancia de los capitalistas y el ascenso del fascismo”, pero ¿lograron de verdad instaurar una dinámica de reforzamiento de la lucha contra la explotación capitalista? ¿Fueron una etapa en el camino de la revolución? Para contestar, el planteamiento marxista no puede basarse únicamente en el radicalismo de los discursos y la violencia de los choques sociales que sacudieron a varios países de Europa occidental en aquel entonces, sino en un análisis de la relación de fuerzas entre las clases a escala internacional y de toda una época histórica. ¿En qué contexto general de fuerza y debilidad del proletariado y de su enemiga mortal, la burguesía, surgen los acontecimientos de 1936?

Producto de la derrota histórica del proletariado

Tras la pujante oleada revolucionaria que obligó a la burguesía a poner fin a la guerra, que llevó a la clase obrera a tomar el poder en Rusia, a hacer temblar el poder burgués en Alemania y al conjunto de la Europa central, el proletariado iba a sufrir toda una serie de derrotas sangrientas durante los años 1920. El aplastamiento del proletariado en Alemania en 1919 y luego en 1923 por lo socialdemócratas del SPD y sus “perros sangrientos”, dejó el camino despejado a la llegada de Hitler al poder. El trágico aislamiento de la revolución en Rusia fue la sentencia de muerte de la Internacional comunista, dejando cancha libre al triunfo de la contrarrevolución estalinista que aniquiló toda la vieja guardia de los bolcheviques y las fuerzas vivas del proletariado. Y, al fin, en 1927 fueron despiadadamente ahogados en China los últimos sobresaltos proletarios. El curso de la historia se había invertido. La burguesía había obtenido victorias decisivas sobre el proletariado internacional y el curso hacia la revolución mundial dejó el sitio a una marcha inexorable hacia la guerra mundial, lo cual acarreó el peor de los retornos de la barbarie capitalista.

Aquellas derrotas aplastantes de los batallones de vanguardia del proletariado mundial no excluyeron, sin embargo, sobresaltos de combatividad de la clase, a menudo importantes, especialmente en los países donde no había sufrido un aplastamiento físico o ideológico directo en los enfrentamientos revolucionarios del período 1917-1927. Por ejemplo, en lo más álgido de la crisis económica de los años 1930, en julio de 1932, estalla en Bélgica una huelga salvaje en las minas que alcanzó inmediatamente una dimensión insurreccional. A partir de un movimiento contra las reducciones de salario en las minas de la comarca del Borinage, el despido de los huelguistas provocó una extensión de la lucha por toda la comarca y enfrentamientos violentos con la gendarmería. En España, ya entre 1931 y 1934, la clase obrera española se lanza a cantidad de movimientos de lucha que serán reprimidos sin piedad. En octubre de 1934, todas las comarcas mineras de Asturias y el cinturón industrial de Oviedo y de Gijón inician una insurrección suicida que será aplastada por el gobierno republicano y su ejército al mando del general Franco y que terminará en una represión brutal. En fin, en Francia, aunque la clase obrera está profundamente agotada por la política “izquierdista” del PC (cuya propaganda pretende, hasta 1934, que la revolución seguía siendo algo inminente y que había que instalar “soviets por todas partes”), sigue dando prueba de cierta combatividad. Durante el verano de 1935, ante unos decretos-ley que imponen importantes reducciones salariales a los trabajadores del Estado, se producen grandes manifestaciones y enfrentamientos violentos con la policía en los arsenales de Tolón, Tarbes, Lorient y Brest. En esta ciudad, después de que un obrero fuera mortalmente golpeado a culatazos por los militares, los trabajadores exasperados desencadenan violentas manifestaciones y revueltas entre el 5 y el 10 de agosto de 1935, con 3 muertos y cientos de heridos y muchos obreros encarcelados ([1]).

Esas manifestaciones de una persistente combatividad, a menudo marcadas por la cólera, la desesperanza y el desconcierto político, fueron, en realidad, “sobresaltos desesperados” que en absoluto desmentían una situación internacional de derrota y disgregación de las fuerzas obreras, como lo recuerda la revista Bilan respecto a España:

“Si el criterio internacionalista quiere decir algo, hay que afirmar que, bajo el signo de una contrarrevolución en auge a escala mundial, la orientación de España, entre 1931 y 1936, lo único que podía seguir era una dirección paralela [al curso contrarrevolucionario de los acontecimientos, ndlt] y no una inversión hacia un desarrollo revolucionario. La revolución no puede alcanzar su pleno desarrollo si no es como resultado de una situación revolucionaria a escala internacional” (Bilan n° 35, enero de 1937).

Sin embargo, para encuadrar a los obreros de los países en que no habían sufrido el aplastamiento de los movimientos revolucionarios, las burguesías nacionales tuvieron que usar una mistificación particular. Allí donde el proletariado había sido aplastado tras un enfrentamiento directo entre las clases, el alistamiento belicista tras el fascismo o el nazismo, o, en el caso del estalinismo, tras la ideología específica de la “defensa de la patria socialista”, un alistamiento obtenido sobre todo mediante el terror, aparecía con formas particulares del desarrollo de la contrarrevolución. A esos regímenes políticos particulares, va a corresponder, en los países que siguieron siendo “democráticos”, el mismo alistamiento guerrero llevado a cabo tras los estandartes del antifascismo. Para lograrlo, las burguesías francesa y española (y también otras como la belga, por ejemplo) usaron la llegada de la izquierda al gobierno para movilizar a la clase obrera tras el antifascismo en defensa del Estado “democrático” e instaurar la economía de guerra.

El posicionamiento de la izquierda respecto a los combates proletarios mencionados muestra ya de manera muy explícita que las posiciones propias del Frente Popular no se desarrollan para reforzar la dinámica de las luchas obreras. Esto es patente también en Bélgica. Cuando las huelgas insurreccionales de 1932 en ese país, el Partido Obrero Belga y su comisión sindical se negaron a apoyar el movimiento, lo cual va a orientar la cólera de los trabajadores también contra la socialdemocracia: la Casa del Pueblo de Charleroi será tomada por asalto por los insurrectos a la vez que los obreros rompen y queman sus carnés de miembros del POB y de sus sindicatos. Para canalizar la rabia y la desesperanza obreras, el POB propondrá desde finales de 1933 el famoso “Plan del Trabajo”, alternativa “popular” a la crisis del capitalismo.

España es también un testimonio muy ilustrador de lo que el proletariado puede esperar de un gobierno “republicano” y de “izquierdas”. Desde los primeros meses de su existencia, la República española demostrará que en lo que a aplastamiento de obreros se refiere, poco tiene que envidiar a los regímenes fascistas: muchas luchas de los años 1930 serán aplastadas por gobiernos republicanos en los que también está, hasta 1933, el PSOE. La insurrección suicida de Asturias de octubre de 1934, estimulada por un discurso “revolucionario” de un PSOE en la oposición en ese momento, quedará totalmente aislada gracias a ese mismo PSOE y su sindicato, la UGT, que impidieron toda extensión del movimiento. Desde ese momento, Bilan plantea en términos muy claros qué significan los regímenes democráticos de “izquierda”:

“En efecto, desde su fundación en abril de 1931 y hasta diciembre de ese año, el “paso a la izquierda” de la República Española, la formación del gobierno Azaña-Largo Caballero-Lerroux, su amputación del ala derecha representada por Lerroux, no significa ni mucho menos que hayan sido condiciones favorables para el avance de las posiciones de clase del proletariado o para la formación de organismos capaces de dirigir su lucha revolucionaria. No se trata aquí, claro está, de ver qué ha hecho o ha dejado de hacer el gobierno republicano y radical-socialista por la… revolución comunista, sino que se trata de saber si sí o no, esa conversión a la izquierda o a la extrema izquierda del capitalismo, ese unánime concierto que iba de los socialistas hasta los sindicalistas en defensa de la República, ¿ha creado las condiciones para el desarrollo de las conquistas obreras y de la marcha revolucionaria del proletariado? ¿O no será que esa conversión a la izquierda ha sido dictada por la necesidad, para el capitalismo, de emborrachar a unos obreros empapados de una profunda voluntad revolucionaria para que no se orienten hacia la lucha revolucionaria?” (Bilan n° 12, noviembre de 1934).

Y es muy significativo que, en Francia, los enfrentamientos violentos de Brest y Tolón del verano de 1935 estallaran precisamente cuando se forma el Frente Popular. Se desarrollaron espontáneamente, en contra de las consignas de los líderes políticos y sindicales de la “izquierda”, y éstos no vacilarán en tratar a los rebeldes de “provocadores”, recriminándoles que alteraban “el orden republicano”:

“ni el Frente popular, ni los comunistas, que están en primera fila, rompen escaparates, saquean cafés, ni desgarran banderas tricolores” (editorial de l’Humanité, diario del PC francés, 07/08/35).

Desde el principio, pues, como ponía de relieve Bilan respecto a España desde 1933, las políticas de los Frentes populares no se sitúan en absoluto en una dinámica de reforzamiento de los combates proletarios, sino que se desarrollan en contra de ellos, y eso cuando no se enfrentan a los movimientos obreros en un terreno de clase para ahogar aquellos últimos sobresaltos de resistencia contra la “disolución total del proletariado en el capitalismo” (Bilan nº 22, agosto-septiembre de 1935) :

“En Francia, el Frente popular, fiel a la tradición de los traidores, sin la menor duda ha de llamar a asesinar a quienes no se dobleguen ante el “desarme de los franceses” y quienes, como en Brest y Tolón, desencadenen huelgas reivindicativas, batallas de clase contra el capitalismo y fuera del control de los pilares del Frente popular” (Bilan n° 26, diciembre-enero de 1936).

El antifascismo ata a los trabajadores al carro de la defensa del Estado burgués

¿No unieron, sin embargo, los Frentes populares “a las fuerzas populares frente al auge del fascismo”? Ante la llegada al poder de Hitler en Alemania, a principios de 1933, la izquierda va a explotar el empuje de las fracciones de extrema derecha o fascistoides en los diferentes países “democráticos” para plantear la necesidad de la defensa de la democracia mediante un amplio frente antifascista.

Esa estrategia será puesta a punto desde principios de 1934 por primera vez en Francia y su punto de partida es una enorme manipulación. El pretexto lo dio la violenta manifestación de protesta y descontento del 6 de febrero de 1934 contra los efectos de la crisis y de la corrupción de los gobiernos de la IIIª República, manifestación en la que se mezclaban grupos de extrema derecha (Croix de Feu, Camelots du Roi) pero también militantes del PC. Pero unos días más tarde se asiste a un brusco cambio de rumbo por parte del PC, debido al cambio de estrategia de Stalin y de la Komintern. Estos preconizaban ahora sustituir la táctica de “clase contra clase” por una política de acercamiento a los partidos socialistas. El 6 de febrero fue desde entonces presentado como una “ofensiva fascista” y una “intentona de golpe de Estado” en Francia.

La revuelta del 6 de febrero de 1934 va a permitir a la izquierda sacar a relucir un posible peligro fascista en Francia y así lanzar una amplia campaña de movilización de los trabajadores en nombre del antifascismo por la defensa de la “democracia”. La huelga general lanzada conjuntamente por el PCF y la SFIO ([2]) el 12 de febrero sirvió para encumbrar al antifascismo mediante la consigna: “¡Unidad! ¡Unidad contra el fascismo!” El PCF asimila rápidamente la nueva orientación; el único punto al orden del día de la conferencia nacional de Ivry de junio de 1934 es “La organización del Frente único de lucha antifascista” ([3]), lo que conduce rápidamente a la firma de un pacto de unidad de acción entre el PC y la SFIO el 27 de julio de 1934.

Una vez identificado el fascismo como “enemigo principal”, el antifascismo va a ser desde entonces el tema que permitirá agrupar a todas las fuerzas de la burguesía “amantes de libertad” tras las banderas del Frente popular y, por lo tanto, atar los intereses del proletariado a los del capital nacional formando esa alianza de la clase obrera con los trabajadores de las clases medias” para evitar a Francia “la vergüenza y las desgracias de la dictadura fascista, como declara Thorez. En continuidad con eso, el PCF desarrolla el tema de las “200 familias y sus mercenarios que saquean a Francia y hacen rebajas con el interés nacional”. Todo el mundo, excepto esos “capitalistas” sufre la crisis y es solidario de modo que se disuelve a la clase obrera y sus intereses de clase en el pueblo y la nación contra “un manojo de parásitos”: “Unión de la Francia que sufre, que trabaja y acabará deshaciéndose de los parásitos que la carcomen” (Comité central del PCF, 02/11/1934)

Por otro lado, el fascismo es denunciado, de manera histérica y cotidiana, como el único promotor de guerras. El Frente popular moviliza así a la clase obrera en la defensa de la patria contra el invasor fascista, identificando al pueblo alemán con el nazismo. Las consignas del PCF exhortan a “comprar francés” y glorifican la reconciliación nacional (“Nosotros, comunistas, que hemos reconciliado la bandera tricolor de nuestros padres con la bandera roja de nuestras esperanzas” (M. Thorez, Radio París, 17/04/1936). La izquierda ata así a los proletarios al carro del Estado mediante el nacionalismo más ultra, el patrioterismo más cerril y la xenofobia.

Aquellas campañas intensivas alcan­zan su apoteosis en la celebración unitaria del 14 de julio de 1935 bajo la consigna de la defensa “de las libertades democráticas conquistadas por el pueblo de Francia”. El llamamiento del comité de organización hace el juramento siguiente:

“Juramos permanecer unidos para defender la democracia (…), para poner nuestras libertades lejos del alcance del fascismo”.

Las manifestaciones se concluyen con la constitución pública del Frente popular el 14 de julio de 1935, haciendo cantar “la Marsellesa” a los obreros bajo los retratos paralelos de Marx y de Robespierre, haciéndoles gritar “¡Viva la República Francesa de los Soviets!” Así, gracias al desarrollo de la campaña electoral por el “Frente popular de la paz y del trabajo”, los partidos de “izquierda” desvían los combates del terreno de clase al electoral de la democracia burguesa, anegan al proletariado en la masa informe del “pueblo de Francia” y lo alistan para la defensa de los intereses nacionales.

“Fue ésa una consecuencia de las nuevas posiciones del 14 de julio, lógico término de la política llamada antifascista. La República ya no era el capitalismo, sino el régimen de la libertad, de la democracia, que son, como ya se sabe, la plataforma misma del antisfascismo. Los obreros juraban solemnemente defender esa República contra los facciosos del interior y del exterior, a la vez que Stalin les recomendaba dar su acuerdo al armamento del imperialismo francés en nombre de la defensa de la U.R.S.S.” (Bilan n° 22, agosto-septiembre de 1935).

Y se aplica en otros países esa misma estrategia de movilización de la clase obrera en el terreno electoral de defensa de la democracia, integrándola en las capas “populares”, movilizándola por los intereses nacionales. En Bélgica, la movilización de los trabajadores tras la campaña sobre el “Plan de Trabajo” es orquestada con medios de propaganda psicológica que nada tienen que envidiar a la propaganda nazi o estalinista y que dará lugar a la entrada del POB en el gobierno, en 1935. La matraca antifascista, llevada sobre todo a cabo por la izquierda del POB, tiene su punto álgido en 1937 en el duelo singular en Bruselas entre Degrelle, jefe del partido fascista Rex, y el primer ministro Van Zeeland, que tiene el apoyo de todas las fuerzas “democráticas”, incluido el Partido comunista belga (PCB). El mismo año, Spaak, uno de los dirigentes del ala izquierda del POB, subraya el “carácter nacional” del programa socialista belga, proponiendo que el partido se transforme en partido popular, puesto que defiende el interés común y no el de una sola clase.

Va a ser, sin embargo, en España donde el ejemplo francés servirá más claramente de inspiración a la política de la izquierda. Después de las matanzas de Asturias, el PSOE va también a hacer del antifascismo el eje de su propaganda, “el frente unido de todos los demócratas”, llamando a un programa de Frente Popular frente al peligro fascista. En enero de 1935, firmará con el sindicato UGT, los partidos republicanos, el PCE, una alianza de “Frente popular”, con el apoyo crítico de la CNT ([4]) y del POUM ([5]). Ese “Frente popular” pretende abiertamente sustituir la lucha obrera por la papeleta de voto, por una lucha en el terreno de la burguesía contra la fracción “fascista” de ésta en beneficio de su ala “antifascista” y “democrática”. Se entierra el combate contra el capitalismo en aras de un ilusorio “programa de reformas” del sistema que iba a realizar la “revolución democrática”. Engañando al proletariado gracias a ese frente antifascista y democrático, la izquierda moviliza en el terreno electoral y obtiene un triunfo en febrero de 1936:

“En 1936, después de aquella experiencia concluyente [la coalición republicano-socialista de 1931-33, ndlr] sobre la función de la democracia como instrumento de maniobra para mantener el régimen capitalista, han logrado una vez más, como en 1931-1933, arrastrar al proletariado español a alinearse no con un programa de clase sino de defensa de la “república”, del “socialismo” y del “progreso” contra las fuerzas de la monarquía, el clerical-fascismo y la reacción. Esto demuestra el gran desconcierto de los obreros de ese país, en donde, sin embargo, tantas pruebas de combatividad y de espíritu de sacrificio han dado los proletarios” (Bilan n° 28, febrero-marzo de 1936).

En la realidad de los hechos, la política antifascista de la izquierda y la formación de “frentes populares”, va a lograr atomizar a los trabajadores, diluirlos en la población, movilizarlos por una adaptación democrática del capitalismo, a la vez que se les inculca el veneno chovinista y nacionalista. Bilan no se equivoca cuando comenta la constitución oficial en Francia del Frente popular el 14 de julio de 1935 :

“Bajo el signo de imponentes manifestaciones de masas se está disolviendo el proletariado francés en el régimen capitalista. A pesar de los miles y miles de obreros desfilando por las calles de París, se puede afirmar que en Francia, ni más ni menos que en Alemania, no subsiste ya una clase proletaria que luche por sus propios objetivos. Y en esto, el 14 julio ha sido un momento decisivo en el proceso de disgregación del proletariado y en la reconstrucción de la sacrosanta unidad de la nación capitalista. (…) Así pues, los obreros han tolerado la bandera tricolor, han cantado La Marsellesa e incluso han aplaudido a los Daladier, Cot y demás ministros capitalistas, los cuales, junto con Blum, Cachin ([6]), han jurado solemnemente que “darán pan a los trabajadores, trabajo a los jóvenes y paz al mundo” o sea, dicho con otras palabras: plomo, cuarteles y guerra imperialista para todos” (Bilan n° 21, julio-agosto de 1935).

Las medidas económicas de los frentes populares: ¿el Estado al servicio de los trabajadores?

¿Pero al menos no habrá limitado la izquierda, mediante sus programas de mayor control del Estado de la economía, las angustias de la libre competencia del capital “monopolístico”, protegiendo así las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera? Es importante volver a situar las medidas propuestas por la izquierda en el marco general de la situación del capitalismo.

A principios de los años 1930, la anarquía de la producción capitalista es total. La crisis mundial ha tirado a la calle millones de proletarios. Para la burguesía triunfante, la crisis económica ligada a la decadencia del sistema capitalista, que se manifiesta por todas partes a través de una gran depresión en los años 30 (crac bursátil de 1929, tasas de inflación récord, caída de la producción industrial y del crecimiento, aceleración vertiginosa del desempleo), la llevaba imperiosamente a la guerra por un nuevo reparto de un mercado mundial sobresaturado. “Exportar o morir” era la consigna de cada burguesía nacional, claramente expresada por los dirigentes nazis.

Marcha hacia la guerra y desarrollo de la economía de guerra

Después de la Primera Guerra mundial, Alemania, tras el Tratado de Versalles, se vio privada de sus ya escasas colonias y lastrada con enormes deudas de guerra. Se encuentra encerrada en el centro de Europa y ya desde entonces se va a plantear el problema que va a determinar la política entera de todos los países de Europa durante las décadas siguientes. Con la reconstrucción de su economía, Alemania se verá ante la necesidad imperiosa de dar salidas a sus mercancías y su expansión solo podrá realizarse dentro del marco europeo. Los acontecimientos se aceleran con la llegada de Hitler al poder en 1933. Las necesidades económicas que empujan a Alemania hacia la guerra van a tener en la ideología nazi su plasmación política: puesta en entredicho del Tratado de Versalles, exigencia de un “espacio vital” que solo puede ser Europa.

Todo eso va a precipitar a algunas fracciones de la burguesía francesa en la convicción de que la guerra no podrá evitarse y que la Rusia soviética será, en ese caso, un buen aliado para hacer fracasar las intenciones del pangermanismo. Tanto más porque a un nivel internacional las cosas se clarifican: en el mismo período en que Alemania abandona la Sociedad de Naciones, la URSS ingresa en ella. La URSS, en un primer tiempo, había jugado la baza alemana para luchar contra el bloqueo continental que le imponían las democracias occidentales. Pero cuando se reforzaron los lazos entre Alemania y Estados Unidos, cuando este país invierte en aquél y, mediante el plan Dawes ([7]), reflotan la economía alemana apoyando la reconstrucción económica del “bastión” de occidente contra el comunismo, la Rusia estalinista va a reorientar toda su política exterior para intentar romper esa alianza. En efecto, hasta muy tarde, fracciones importantes de la burguesía de los países occidentales creen que es posible evitar la guerra con Alemania haciendo algunas concesiones y sobre todo orientando la necesaria expansión de Alemania hacia el Este. Munich, en 1938, será la expresión de esa incomprensión de la situación y de la guerra que se avecina.

El viaje que el ministro de Asuntos exteriores, Laval, hace a Moscú en mayo de 1935 va a subrayar espectacularmente esa instalación de los peones del imperialismo en el tablero europeo con el acercamiento franco-ruso: la firma por Stalin de un tratado de cooperación implica su reconocimiento implícito de la política de defensa francesa y un aliento al PCF para que vote los créditos militares. Unos meses más tarde, en agosto de 1935, el VIIº Congreso del PC de la Unión Soviética (PCUS) va a sacar en el plano político las consecuencias de la posibilidad para Rusia de una alianza con los países occidentales para hacer frente al imperialismo alemán. Dimitrov designa al nuevo enemigo que hay que combatir: el fascismo. Los socialistas, a quienes se insultaba violentamente la víspera, se convierten en una (entre otras) fuerza democrática con la que hay que aliarse para vencer al enemigo fascista. Los partidos estalinistas en los demás países, van a seguir los pasos de su hermano mayor, el PCUS, mediante un golpe de timón de 180°, haciendo de ellos los mejores defensores de los intereses imperialistas de la pretendida “patria de socialismo”.

En resumen, en todos los países industriales, la necesidad se impone de desarrollar poderosamente la economía de guerra, no solo la producción masiva de armamento, sino toda la infraestructura necesaria para esa producción. Todas las grandes potencias, “democráticas” como “fascistas”, desarrollan de manera similar, bajo el control del Estado, una política de “grandes obras” y una industria bélica enteramente orientadas hacia la preparación de una nueva carnicería mundial. La industria se organiza en torno a esa necesidad; se imponen nuevos sistemas de trabajo, de los que el “taylorismo” será uno de los vástagos que más futuro tendría.

La izquierda y las medidas de control estatal

Una de las características centrales de las políticas económicas de la “izquierda” es precisamente el reforzamiento de las medidas de intervención del Estado para sostener la economía en crisis y de control estatal sobre diversos sectores de la economía. Justificaba ese tipo de medidas propias...

 “de “la economía dirigida”, del socialismo de Estado, [porque] hacen madurar las condiciones que permitirán a los “socialistas” conquistar “pacífica” y progresivamente los engranajes esenciales del Estado” (Bilan n° 3, enero de 1934).

Esas medidas son propugnadas de manera general por toda la socialdemocracia en Europa. Y son retomadas en los programas económicos del Frente popular en Francia, conocidos con el nombre de “plan Jouhaux”. En España, el programa del Frente popular se apoyaba en una amplia política de créditos agrarios y en un gran plan de obras públicas para absorber el desempleo, y también en leyes “obreras” como la de fijar un salario mínimo. ¿Qué significaron de verdad esos programas? Analicemos el ejemplo de uno de sus grandes modelos, el “New Deal”, instaurado en Estados Unidos tras la crisis de 1929 por los demócratas bajo la presidencia de Roosevelt, y también una de las concreciones teóricas más acabadas de ese “socialismo de Estado”, el “Plan de Trabajo” del socialista belga Henri De Man.

El “New Deal”, instaurado en Estados Unidos a partir de 1932 era un plan de de reconstrucción económica y de “paz social”. La intervención del gobierno pretendía restablecer el equilibrio del sistema bancario y relanzar el sistema financiero, realizar grandes obras (embalses, programas públicos) e iniciar algunos programas sociales (instauración de un sistema de pensiones, de seguro de desempleo, etc.). Se creó una nueva agencia federal, la National Recovery Administration (NRA), cuya misión era estabilizar los precios y los salarios mediante la cooperación de empresas y sindicatos. Ésta creó la Public Works Administration (PWA), que debía realizar la política de grandes obras públicas.

¿Estaría abriendo el gobierno de Roo­sevelt –aunque fuera sin saberlo– la vía a la conquista de los engranajes esenciales del Estado por el partido de los trabajadores? Para Bilan, la verdad es lo contrario:

“La intensidad de la crisis económica que allí se sufre combinada con el desempleo y la miseria de millones de personas, acumulan las amenazas de temibles conflictos sociales que el capitalismo americano debe disipar o ahogar por todos los medios a su disposición” (Bilan n° 3, enero de 1934).

Las medidas de “Paz social” no lo son, ni mucho menos, a favor de los trabajadores, sino, al contrario, son ataques directos contra la autonomía de clase del proletariado.

“Roosevelt se ha dado como objetivo, no el de dirigir a la clase obrera hacia una oposición de clase, sino hacia su disolución en el seno mismo del régimen capitalista bajo control del Estado capitalista. Así los conflictos sociales ya no podrían surgir de la lucha real –y de clase– entre los obreros y la patronal, se limitarían a una oposición de la clase obrera y de la N.R.A., organismo del Estado capitalista. Los obreros deberían así renunciar a toda iniciativa de lucha y confiar su destino a su propio enemigo” (Id.).

¿Se encuentran objetivos similares en el “Plan de Trabajo” de Henri De Man? Este arquitecto principal de esos programas de control estatal y gran inspirador de la mayoría de las medidas tomadas tanto por los Frentes populares como por los regímenes fascistas (Mussolini era uno de sus grandes admiradores) era director del Instituto de dirigentes del POB, vicepresidente desde 1933 y gran estrella del partido. Para De Man, que había estudiado profundamente el desarrollo industrial y social de Estados Unidos y Alemania, hay que apartar los “viejos dogmas”. Para él, la base de la lucha de clases es el sentimiento de inferioridad social de los trabajadores. Así que, mejor que orientar el socialismo para saciar las necesidades materiales de una clase (los trabajadores), hay que orientarla hacia valores universales como la justicia, el respeto de la personalidad humana y la preocupación por el “interés general”. Quedarían así resueltas las contradicciones inevitables e irreconciliables entre clase obrera y capitalistas. Por otra parte, al igual que la revolución, hay que rechazar también el “viejo reformismo” que, en tiempos de crisis, es inoperante: de nada sirve reivindicar una parte más grande de un pastel que se va reduciendo cada día más, sino que hay que fabricar un pastel más grande. Es el objetivo de lo que De Man llama la “revolución constructiva”. Con este enfoque, desarrolla para el llamado congreso de “Navidad” de 1933 del POB su “Plan del Trabajo” que prevé “reformas de estructura” del capitalismo:

  la nacionalización de los bancos, que siguen existiendo pero que venden parte de sus acciones a una institución de crédito del Estado y se someterán a las orientaciones del Plan económico;

  esa misma institución de crédito del Estado comprará parte de sus acciones a los grandes monopolios en algunos sectores industriales de base (la energía, por ejemplo) de modo que éstos se convertirán en empresas mixtas, propiedades conjuntas de capitalistas y Estado;

  junto a esas empresas “asociadas”, sigue existiendo un sector capitalista libre, estimulado y sostenido por el Estado;

  los sindicatos estarán directamente im­plicados en esa economía mixta de concertación mediante el “control obrero”, orientación que De Man propaga a partir de las experiencias en las grandes empresas norteamericanas.

¿Son esas “reformas de estructura”, propuestas por De Man, favorables al combate de la clase obrera? Para Bilan, De Man quiere...

“... demostrar que la lucha obrera debe limitarse naturalmente a objetivos nacionales en su forma y en su contenido, que socialización significa nacionalización progresiva de la economía capitalista, o economía mixta. Con el pretexto de la “acción inmediata”, De Man llega a predicar la integración nacional de los obreros en la “nación una e indivisible” que (…) se ofrece como refugio supremo de los obreros aplastados por la reacción capitalista”.

En conclusión,

“El objetivo de las reformas de estructura de H. De Man es, por lo tanto, trasladar la verdadera lucha de los trabajadores a un espacio irreal (y ésa es su única función), un espacio en el que está excluida toda lucha por la defensa de los intereses inmediatos y, por lo tanto, de los históricos del proletariado , y eso en nombre de una reforma de estructura que, tanto en su concepto como en sus medios, solo puede servir a la burguesía para reforzar su Estado de clase, reduciendo la clase obrera a la impotencia” (Bilan n° 4, febrero de 1934).

Pero Bilan va más lejos, poniendo la instauración del “Plan del Trabajo” en relación con el papel que la izquierda desempeña en el periodo histórico.

“La subida al poder del fascismo en Alemania clausura un período decisivo de la lucha obrera (…). La socialdemocracia, que fue un elemento decisivo en esas derrotas, es también un elemento de la reconstitución orgánica del capitalismo (…), la socialdemocracia emplea un nuevo lenguaje para seguir haciendo su función, rechaza un internacionalismo verbal que ya no es necesario, para pasar sin rodeos a la preparación ideológica de los proletarios por la defensa de “su nación”. (…) Ahí es donde encontramos la fuente verdadera del plan De Man. Ese es el intento concreto de sancionar, mediante una movilización adecuada, la derrota sufrida por el internacionalismo revolucionario y la preparación ideológica para incorporar al proletariado a la lucha del capitalismo por la guerra. Por eso es por lo que el nacional-socialismo de De Man tiene la misma función que el nacional-socialismo de los fascistas” (Bilan n° 4, febrero de 1934)

El análisis del New Deal como el del Plan De Man pone de relieve que esas medidas no van ni mucho menos, hacia el reforzamiento del combate proletario contra el capitalismo, sino, al contrario, lo que procuran es reducir la clase obrera a la impotencia, sometiéndola a las necesidades de la defensa de la nación. En este aspecto, como lo hace notar Bilan, el plan De Man no se diferencia en nada del programa de control por el Estado de los regímenes fascista y nazi; como tampoco de los planes quinquenales del estalinismo que se aplicaron en Rusia desde 1928 y que, por otra parte, habían inspirado en su origen a los demócratas de EE.UU.

Si se generalizó ese tipo de medidas fue porque correspondían a las necesidades del capitalismo decadente. En aquel período, en efecto, la tendencia general hacia el capitalismo de Estado es una de las características dominantes de la vida social.

“En este periodo, cada capital nacional se encuentra privado de toda base para un desarrollo potente, y condenado a una concurrencia imperialista aguda. Obligado a enfrentar económica y militarmente a sus rivales en el exterior, en el interior debe hacer frente a la exacerbación creciente de las contradicciones sociales. La única fuerza de la sociedad que es capaz de cumplir esas tareas es el Estado. Efectivamente, sólo el Estado puede:

  encargarse de la economía nacional de forma global y centralizada, para atenuar la competencia interna que la debilita; a fin de reforzar su capacidad para hacer frente, como un todo, a la competencia en el mercado mundial.

  construir el aparato militar necesario para defender sus intereses ante el endurecimiento de los antagonismos internacionales.

  en fin, gracias entre otras cosas a las fuerzas de represión y a una burocracia cada vez más monstruosa, puede afirmar la cohesión interna de la sociedad amenazada de dislocación por la creciente descomposición de sus fundamentos económicos” (Plataforma de la CCI).

En realidad todos esos programas cuya pretensión era alcanzar una nueva organización de la producción nacional bajo control del Estado, estaban totalmente orientados hacia la guerra económica y la preparación de una nueva carnicería mundial (economía de guerra), y correspondían perfectamente a las necesidades de supervivencia de los Estados burgueses en el capitalismo en el período de decadencia.

Victorias de los frentes populares: ¿la “revolución social” en marcha? 

Las huelgas masivas de mayo-junio de 1936 en Francia y las medidas sociales tomadas por el gobierno del Frente popular en ese país, al igual que la «revolución española» iniciada en julio de 1936 ¿no son acaso un desmentido de esos análisis pesimistas?, ¿no confirmarán en la práctica la justeza del modo de hacer de los frentes “antifascistas” o “populares”?, ¿no serán, al fin y al cabo, la expresión concreta de esa “revolución social” en marcha? Examinemos cada uno de los movimientos aquí evocados.

Mayo-junio de 1936 en Francia: los trabajadores se movilizan tras el Estado democrático

La gran oleada que seguirá, a partir de mediados de mayo, la subida al poder del gobierno del Frente Popular tras la victoria electoral del 5 de mayo de 1936, va a confirmar todos los límites del movimiento obrero, marcado por el fracaso de la oleada revolucionaria y aplastado por la pesada losa de la contrarrevolución.

 Lo “adquirido” en 1936

El 7 de mayo se desencadena una oleada de huelgas, en el sector aeronáutico primero, y, luego, en la metalurgia y el automóvil, con ocupaciones espontáneas de fábricas. Esas luchas son testimonio sobre todo, a pesar de toda su combatividad, de lo débil que era la capacidad de los obreros para llevar a cabo un combate en su terreno de clase. En efecto, desde los primeros días, la izquierda conseguirá disfrazar de “victoria obrera” el desvío al terreno del nacionalismo y del interés nacional, de la combatividad obrera subsistente. Si bien es cierto que por primera vez se asistió en Francia a ocupaciones de fábricas, es también la primera vez que se ve a los obreros cantar a a vez la Internacional y la Marsellesa, desfilar tras los pliegues de la bandera roja mezclados con la tricolor. El aparato de encuadramiento, el PC y los sindicatos, es dueño de la situación, consigue encerrar a los obreros, que se dejan adormecer al son de la acordeón mientras les ajustan las cuentas en las alturas de unas negociaciones que van a desembocar en los Acuerdos de Matignon. Si unidad hay, no es desde luego la de la clase obrera, sino la del encuadramiento de la clase obrera por parte de la burguesía. Cuando algunos recalcitrantes no parecen entender que tras los acuerdos hay que volver al trabajo, l’Humanité ([8]) se encarga de explicarles que “hay que saber terminar una huelga... hay que saber incluso aceptar un compromiso” (M. Thorez, discurso del 11 de junio de 1936), “no hay que asustar a nuestros amigos radicales”.

Durante el juicio de Riom, que organizó el régimen de Vichy en 1942 ([9]) contra los responsables de la “decadencia moral de Francia”, Blum mismo recuerda por qué las ocupaciones de fábrica iban precisamente en el sentido de la movilización nacional buscada:

“los obreros estaban allí como guardianes, vigilantes, y también, en cierto modo, como copropietarios. Y desde el punto de vista especial que nos interesa, el de constatar una comunidad de derechos y deberes hacia el patrimonio nacional, ¿no es acaso eso lo que lleva a asegurar y preparar la defensa común de ese patrimonio, la defensa unánime? (…). Es de esta manera cómo, poco a poco, se va creando para los obreros una copropiedad de la patria, cómo se les enseña a defender la patria”.

La izquierda obtuvo lo que buscaba: llevó la combatividad al terreno estéril del nacionalismo, del interés nacional.

“La burguesía está obligada a recurrir al Frente popular para canalizar en provecho propio la explosión inevitable de la lucha de clases y solo puede hacerlo si el Frente popular aparece como una emanación de la clase obrera y no como la fuerza capitalista que ha disuelto al proletariado para movilizarlo para la guerra” (Bilan n° 32, junio-julio 1936).

Para acabar con toda resistencia obrera, los estalinistas van a liarse a porrazos con “quienes no saben terminar una huelga” y “se dejan arrastrar a acciones inconsideradas” (Thorez, 8 de junio de 1936) y el gobierno del Frente popular, en 1937, va a mandar a Clichy a sus guardias antidisturbios a ametrallar a los obreros. Con el aporreo o el ametrallamiento de las últimas minorías de obreros recalcitrantes, la burguesía acababa de ganar su partida de arrastrar al conjunto del proletariado francés hacia la defensa de la nación.

El programa del Frente popular no contenía nada de fundamental que pudiera inquietar a la burguesía. El presidente del Partido radical, E. Daladier, ya desde el 16 de mayo le daba toda clase de seguridad:

“El programa del Frente popular no contiene ningún artículo que pudiera perjudicar los intereses legítimos de cualquier ciudadano, inquietar el ahorro, menoscabar a ninguna fuerza sana del trabajo francés. Muchos de quienes lo han combatido con la mayor pasión, sin duda no lo han leído nunca” (l’Oeuvre, 16/05/1936).

Sin embargo, para poder difundir la ideología antifascista y ser creíble en su papel de defensor de de la patria y del Estado capitalista, la izquierda tenía que dar algunas migajas. Los acuerdos de Matignon y lo pseudo adquirido en 1936 fueron elementos determinantes para poder presentar la llegada de la izquierda al poder como “una gran victoria obrera”, para arrastrar a los proletarios a dar confianza al Frente popular haciéndoles adherir a la defensa del Estado burgués incluso en sus iniciativas bélicas.

Aquel famoso acuerdo de Matignon, concluido el 7 de junio de 1936, celebrado por la CGT como una “victoria sobre la miseria”, que todavía en nuestros días quieren presentar como modelo de “reforma social”, fue en realidad la zanahoria presentada a los obreros. Y en realidad, ¿qué era es Acuerdo?

Con apariencia de “concesiones” a la clase obrera, como aumentos de sueldo, las “40 horas”, las “vacaciones pagadas”, la burguesía aseguraba ante todo la organización de la producción bajo la dirección del Estado “imparcial” como así lo hace notar el líder de la CGT, Leon Jou­haux:

“el principio de una nueva era… la era de las relaciones directas entre las dos grandes fuerzas económicas organizadas del país (…) Las decisiones se han tomado en la mayor independencia, bajo la égida del gobierno, cumpliendo éste, si era necesario, la función de árbitro correspondiente a su papel de representante del interés general” (discurso radiado, 8 de junio de 1936).

Además, hacía pasar medidas esenciales para condicionar a los trabajadores y que aceptaran una intensificación sin precedentes de los ritmos de producción, con la introducción de nuevos métodos de organización del trabajo para multiplicar los rendimientos horarios y hacer funcionar al máximo la industria armamentística en su caso. Es la generalización del taylorismo, del trabajo en cadena y de la dictadura del cronómetro en las fábricas.

Fue el propio Leon Blum quien quitará la careta “social” a las leyes de 1936 durante el juicio antes mencionado, organizado para hacer aparecer al Frente popular y las 40 horas como responsables de la abrumadora derrota de 1940 tras la invasión de los ejércitos nazis:

“El rendimiento horario, ¿de qué depende? (…) depende de la buena coordinación y de la buena adaptación de los movimientos del obrero con su máquina; depende también de la condición moral y física del obrero.

“Hay toda una escuela en Estados Unidos, la escuela Taylor, la escuela de los ingenieros Bedeau, a quienes se les ve pasearse durante las inspecciones, que han llevado muy lejos el estudio de los métodos de organización material que llevan al máximo rendimiento horario de la máquina, lo cual es precisamente su objetivo. Pero también existe la escuela Gilbreth que ha estudiado e investigado los datos más favorables en las condiciones físicas del obrero para poder sacar ese rendimiento. El dato fundamental es que debe limitarse el cansancio del obrero…

“¿No creen ustedes que nuestra legislación social era capaz de mejorar esa condición moral y física del obrero?: jornada más corta, ocio, vacaciones pagadas, sentimiento de dignidad, de igualdad conquistada, todo eso era y debía ser uno de los elementos que pueden llevar al máximo el rendimiento horario que el obrero puede sacar a la máquina”.

Eso son el cómo y el porqué de las medidas “sociales” del gobierno de Frente popular, paso obligado para adaptar y reajustar a los proletarios a los nuevos métodos infernales de producción cuyo objetivo era el rearme rápido de la nación antes de que llegaran las primeras declaraciones de guerra oficiales. Hay que apuntar, además, que las famosas vacaciones pagadas, bajo una u otra forma, fueron acordadas en la misma época en la mayoría de los países desarrollados que se dirigían hacia la guerra, imponiendo así a sus obreros los mismos ritmos productivos.

Así, en junio de 1936, inspirándose en los movimientos de Francia, estalla en Bélgica una huelga de estibadores. Tras haber intentado atajarla, los sindicatos reconocen el movimiento orientándolo hacia reivindicaciones similares a las del Frente popular en Francia: subida de salarios, semana de “40 horas” y una semana de vacaciones pagadas. El 15 de junio, el movimiento se generaliza hacia el Borinage y las regiones de Lieja y Limburgo: 350000 obreros están en huelga en todo el país. El resultado final será la rectificación del sistema de concertación social con la constitución de una Conferencia nacional del trabajo en la que patronal y sindicatos se ponen de acuerdo sobre un plan nacional para optimizar el nivel competitivo de la industria belga.

Una vez obtenido el final de las huelgas y la instauración de un rendimiento horario máximo de explotación de la fuerza de trabajo, al gobierno de Frente popular ya solo le quedaba… recuperar el terreno concedido. Unos meses más tarde, la inflación va a recortar los aumentos de sueldo (incremento del 54 % de los precios de los productos alimenticios entre 1936 y 1938), el propio Blum se olvidará de la promesa de las 40 horas un año después y serán definitivamente enterradas cuando el gobierno radical de Daladier en 1938 lance la máquina económica a pleno gas para la guerra, suprimiendo los incentivos por las 250 primeras horas de trabajo extras, anulando los dispositivos de los convenios colectivos que prohibían el trabajo a destajo y aplicando sanciones por toda negativa a hacer horas extras por la defensa nacional:

(…) Cuando se trataba de fábricas que trabajaban para la defensa nacional, las derogaciones a la ley de las 40 h siempre fueron acordadas. Además, en 1938, obtuve de las organizaciones obreras una especie de concordato mediante el cual se aumentaba hasta las 45 h la jornada de trabajo en las empresas que trabajaban, directa o indirectamente, para la defensa nacional” (Blum en el juicio de Riom).

Y, en fin, las vacaciones pagadas serán devoradas de un mordisco, pues, a propuesta de la patronal y con el apoyo del gobierno de Blum y el acuerdo sindical, las fiestas de Navidad y de Primero de Año serán recuperables. Una medida que se aplicará después a todas las fiestas legales, o sea 80 horas de trabajo suplementarias, lo equivalente a las dos semanas de vacaciones pagadas.

En cuanto al reconocimiento de los delegados sindicales y de los convenios colectivos, eso no es ni más ni menos que reforzar el control de los sindicatos sobre los obreros gracias a una mayor implantación en las fábricas. ¿Para qué? Léon Jouhaux, socialista y dirigente sindical, nos los explica muy bien de esta manera:

“… las organizaciones obreras [o sea los sindicatos, ndlr] quieren la paz social. Primero para no poner trabas al gobierno del Frente popular y, además, para no frenar el rearme”.

De hecho, cuando la burguesía prepara la guerra, el Estado se ve obligado a controlar a toda la sociedad para orientar todas las energías hacia la macabra perspectiva. Y en las fábricas es evidente que son los sindicatos los mejor situados para que el Estado pueda desarrollar su presencia policíaca.

Si hubo victoria fue, en verdad, la victoria siniestra del capital que estaba preparando la única solución para resolver la crisis: la guerra imperialista.

La preparación para la guerra

Desde el origen del Frente popular en Francia, tras el eslogan de “Paz, pan, libertad” y más allá del antifascismo y el pacifismo, la defensa de los intereses imperialistas de la burguesía francesa se mezclará con las ilusiones democráticas. En ese marco, el Frente popular utiliza con habilidad la preparación a la guerra que se está llevando a cabo a nivel internacional, como “peligro fascista a la puerta de casa”, armando, por ejemplo, mucho ruido en torno a la agresión italiana en Etiopía. Más claro todavía, la SFIO y el PC hacen un reparto de tareas respecto a la guerra civil española: mientras que la SFIO rechaza la intervención en España en nombre del “pacifismo”, el PC defiende la intervención en nombre de la “lucha antifascista”.

Si hay pues una tarea por la que el capital francés debe estar agradecido al gobierno del Frente popular, es la de haber preparado la guerra. De tres maneras:

  primero, la izquierda pudo utilizar a la masa obrera en huelgas como medio de presión sobre las fuerzas más retrógradas de la burguesía, imponiendo las medidas necesarias para la salvaguarda del capital nacional frente a la crisis haciendo además que todo eso pasara como una victoria de la clase obrera;

  luego, el Frente popular lanzó un programa de rearme basado en la nacionalización de las industrias de guerra. Blum, en el juicio de Riom declarará lo siguiente sobre ese programa:

“Presenté un gran proyecto fiscal… con el objetivo de que todas las fuerzas de la nación se concentraran en el rearme, un rearme intensivo que será la condición misma, el factor mismo de un despegue industrial y económico definitivo. Se desmarca resueltamente de la economía liberal, y se sitúa plenamente en la economía de guerra”.

La izquierda es, en efecto, consciente de la guerra que se avecina; es ella la que empuja hacia un entendimiento franco-ruso, la que denuncia violentamente las tendencias “muniquesas” en la burguesía francesa. Las “soluciones” que propone a la crisis no son diferentes de las de la Alemania fascista, de los Estados Unidos del New Deal o de la Rusia estalinista: desarrollo del sector improductivo de las industrias de armamento. Sea cual sea la máscara tras la que se oculta el capital, las medidas económicas son las mismas. Así lo pone de relieve Bilan :

“No es casualidad si esas grandes huelgas se desencadenan en la industria metalúrgica empezando por las factorías aeronáuticas […] pues se trata de sectores que están hoy trabajando a pleno rendimiento, debido a la política de rearme seguida en todos los países. Los obreros que lo viven en sus carnes han tenido que entablar su movimiento para reducir los ritmos embrutecedores de la cadena (…)

  en fin, y sobre todo, el Frente popular ha llevado a la clase obrera al peor terreno para ella, el de su derrota y su aplastamiento: el terreno del nacionalismo. Mediante la histeria patriotera que la izquierda jalea con el antifascismo, arrastra al proletariado a defender una fracción de la burguesía contra otra: la demócrata contra la fascista, un Estado contra otro: Francia contra Alemania. El P.C.F, declara:

“Ha llegado la hora de realizar efectivamente el armamento general del pueblo, realizar las reformas profundas que aseguren una potencia multiplicada por diez de los medios militares y técnicos del país. El ejército del pueblo, el ejército de los obreros y de campesinos bien encuadrados, bien instruidos y mandados por oficiales fieles a la República”.

En nombre de ese “ideal” los “comunistas” van a honrar a Juana de Arco “gran liberadora de Francia”, en nombre de ese “ideal” el PC llama a hacer un Frente Francés y recupera la consigna que fue la de la extrema derecha unos años antes: “¡Francia para los franceses!” Fue con el pretexto de defender las libertades democráticas amenazadas por el fascismo con el que se llevó a los proletarios a aceptar los sacrificios necesarios por la salud del capital francés para, finalmente, aceptar el sacrifico de sus vidas en la carnicería de la Segunda Guerra mundial.

En esa tarea de verdugo, el Frente popular va a encontrar aliados eficaces entre sus críticos de izquierda: el Partido socialista obrero y campesino (PSOP) de Marceau Pivert, trotskistas o anarquistas. Estos van a desempeñar el papel de ojeadores para acorralar a los elementos más combativos de la clase y llevarlos al redil de modo que siempre se presentan como “más radicales”, de hecho más “radicales” en la manipulación de las patrañas contra la clase obrera. Las Juventudes Socialistas del departamento del Sena, donde hay trotskistas como Craipeau y Roux dedicados al “entrismo”, son los primeros en preconizar y organizar milicias antifascistas, los amigos de Pivert, agrupados en el PSOP, serán los más virulentos en la crítica de la “cobardía” de Munich. Todos son unánimes en la defensa de la República Española junto a los antifascistas y todos participarán más tarde en la matanza interimperialista en el seno de la resistencia. Todos dieron su óbolo por la defensa del capital nacional, ¡todos son merecedores de la patria!

Julio de 1936 en España: el proletariado enviado al matadero de la guerra “civil”

Con la formación del Frente popular y su victoria en las elecciones de febrero de 1936, la burguesía había inoculado en la clase el veneno de la “revolución democrática” consiguiendo así atar a la clase obrera a la defensa del Estado “democrático” burgués. De hecho, cuando una nueva oleada de huelgas estalla tras las elecciones, es frenada y saboteada por la izquierda y los anarquistas porque “hacen el juego de la patronal y de la derecha”. Todo se va a concretar trágicamente con el golpe militar del 18 de julio de 1936. Contra el golpe de Estado, los obreros replican inmediatamente con huelgas, ocupaciones de cuarteles y desarme de los soldados y eso contra las directivas del gobierno que no hizo más que llamar a la calma. Allí donde se respetan los llamamientos del gobierno (“El gobierno manda, el Frente popular obedece”), los militares toman el control en medio de un baño de sangre.

“La lucha armada en el frente imperialista es la tumba del proletariado” (Bilan n° 34)

Sin embargo, la ilusión de la “revolución española” se reforzará gracias a una falsa “desaparición” del Estado capitalista republicano y la no existencia de la burguesía, ocultándose todos tras la careta de un pseudo “gobierno obrero” y de organismos “más a la izquierda” como el “comité central de milicias antifascistas” o el “consejo central de la economía”, que mantienen la ilusión de un doble poder. En nombre de ese “cambio revolucionario”, tan fácilmente conquistado, la burguesía obtiene la Unión sagrada de los obreros en torno a un solo y único objetivo: derrotar a la otra fracción de la burguesía, a Franco. Ahora bien,

“la alternativa no es Azaña o Franco, sino entre burguesía y proletariado; por muy derrotado que salga uno de los dos adversarios, eso no impedirá que el que saldrá realmente derrotado será el proletariado, el cual pagará los gastos de la victoria de Azaña o la de Franco” (Bilan n° 33, julio-agosto de 1936).

Muy rápidamente, el gobierno republicano del Frente popular, con la ayuda de la CNT y del POUM, desvía la reacción obrera contra el golpe de estado hacia la lucha antifascista, desplegando toda una serie de maniobras para desplazar el combate social, económico y político contra el conjunto de las fuerzas de la burguesía hacia el enfrentamiento militar en las trincheras únicamente contra Franco, y solo se entregan armas a los obreros para mandarlos a la carnicería de los frentes militares de la “guerra civil”, totalmente fuera de su terreno de clase.

“Podría suponerse que el armamento de los obreros poseería virtudes políticas congénitas y que una vez materialmente armados, los obreros podrían quitarse de encima a los jefes militares para pasar a formas superiores de su lucha. Nada de eso. Los obreros que el Frente popular ha logrado incorporar para la burguesía, pues bajo la dirección y por la victoria de una fracción de la burguesía combaten, se prohíben precisamente por eso la posibilidad de evolucionar hacia posiciones de clase” (Bilan n° 33, julio-agosto de 1936).

Además esa guerra de “civil” no tiene nada. Se convierte rápidamente, tras el compromiso de Francia y Rusia con los republicanos y de Italia y Alemania con los franquistas, en puro conflicto imperialista, preludio de al segunda carnicería imperialista mundial.

“En lugar de fronteras de clase, las únicas que habrían podido amedrentar a los regimientos de Franco, volver a dar confianza a los campesinos aterrorizados por las derechas, han surgido otras fronteras, específicamente capitalistas éstas, y se ha realizado la Unión Sagrada para la matanza imperialista, región por región, ciudad contra ciudad en España y, por extensión, Estados contra Estados en los dos bloques democrático y fascista. Que no haya guerra mundial no significa que la movilización del proletariado español e internacional no esté hoy realizada para el mutuo degüello bajo las banderas imperialistas de los adversarios fascista y antifascista” (Bilan n° 34, agosto-septiembre de 1936).

Las ilusiones de una “revolución social”

La guerra de España engendró otro mito, desarrolló otra mentira. A la vez que a la guerra de clases del proletariado contra el capitalismo le sustituía la guerra entre “Democracia” y “Fascismo”, el Frente popular desfiguraba el contenido mismo de la revolución: el objetivo primordial ya no era la destrucción del Estado burgués y la toma del poder político por el proletariado, sino las pretendidas medidas de socialización y la gestión obrera de las fábricas. Son sobre todo los anarquistas y algunas tendencias que se reivindican del consejismo las que más exaltan ese mito, proclamando incluso que, en aquella España republicana, antifascista y estalinista, la conquista de posiciones socialistas había llegado más lejos que lo alcanzado en la Revolución de Octubre en Rusia.

Sin desarrollar más esta cuestión aquí, hay que subrayar, sin embargo, que esas medidas, aunque hubiesen sido más radicales que lo que en realidad fueron, no habrían cambiado para nada el carácter fundamentalmente contrarrevolucionario de lo ocurrido en España. Para la burguesía como para el proletariado, el problema central de la revolución no puede ser otra cosa que la destrucción, para éste, o la conservación, para aquélla, del Estado capitalista. El capitalismo no solo puede acomodarse momentáneamente de medidas de autogestión o de pretendidas socializaciones (cooperativas…) de las tierras en espera de poner orden a la primera ocasión, sino que incluso puede suscitarlas para engañar y desviar las energías proletarias hacia conquistas ilusorias, desviando así al proletariado del objetivo central la Revolución: la destrucción del poder del capitalismo, de su Estado.

La exaltación de las pretendidas medidas sociales como el no va mas de la revolución no son más que palabras radicales que desorientan al proletariado de su lucha revolucionaria contra el Estado, disfrazando así su movilización de carne de cañón al servicio de la burguesía. Tras haber dejado su terreno de clase, el proletariado no solo va a ser alistado en las milicias antifascistas de anarquistas y poumistas y enviado al matadero del frente, sino, además, soportará una ruda explotación y siempre más sacrificios en nombre de la producción por la guerra “de liberación”, de la economía de guerra antifascista: reducción de salarios, inflación, racionamiento, militarización del trabajo, jornadas de trabajo más largas. Y cuando el proletariado desesperado, se subleve en Barcelona en mayo de 1937, el gobierno central del Frente popular, con el apoyo de los anarquistas, y la Generalitat catalana reprimirán abiertamente a la clase obrera de esa ciudad, mientras que los franquistas interrumpen las hostilidades para permitir a los verdugos de izquierda aplastar el levantamiento obrero.

La izquierda celebra este año el 70º aniversario del Frente popular. Desde los socialdemócratas a los izquierdistas, todos están de acuerdo, incluidas algunas fracciones de la derecha de la burguesía, para ver en la subida al poder gubernamental de la izquierda en 1936 en Francia y en España (y también, de manera menos trascendental, sin duda, en otros países como Bélgica y Suecia) una gran victoria de la clase obrera y un signo de su combatividad y de su fuerza en los años 30. Frente a esas manipulaciones ideológicas, lo revolucionarios de hoy, como sus predecesores de la revista Bilan, deben afirmar el carácter mistificador de los Frentes populares y de las “revoluciones sociales” que éstos, pretendidamente, habrían iniciado. La llegada al poder de la izquierda en aquella época era la expresión, al contrario, de la profundidad de la derrota del proletariado mundial y permitió un encuadramiento directo de la clase obrera en Francia y en España para la guerra imperialista que estaba preparando toda la burguesía, reclutando masivamente tras las patrañas de la ideología antifascista.

(…) Y yo pensaba sobre todo que era un inmenso resultado y un inmenso servicio el haber devuelto las masas y la élite obrera al amor y al sentimiento del deber hacia la patria” (declaraciones de Blum en el juicio de Riom).

“1936” marca para la clase obrera el período más negro de la contrarrevolución, cuando las peores derrotas de la clase obrera le eran presentadas como victorias; cuando, frente a un proletariado que seguía sufriendo las consecuencias del aplastamiento de la oleada revolucionaria que había empezado en 1917, la burguesía pudo imponer casi sin resistencia su “solución” a la crisis: la guerra.

Jos


[1]) Leer B. Kermoal, “Colère ouvrière à la veille du Front populaire”, le Monde diplomatique, junio de 2006.

[2]) O sea “Sección francesa de la Internacional obrera”, nombre histórico del Partido socialista francés (referencia a la IIª Internacional que traicionó en 1914 al proletariado).

[3]) Las citas que se refieren al Frente popular francés están casi todas sacadas del libro de L.Bodin y J. Touchard, Front populaire, 1936, París, Armand Colin, 1985.

[4]) Confederación nacional del trabajo, central anarcosindicalista.

[5]) Partido obrero de unificación marxista, pequeño partido concentrado en Cataluña, representante de la extrema izquierda “radical” de la Socialdemocracia. Formaba parte del “Buró de Londres” que agrupaba internacionalmente a las corrientes socialistas de izquierda (SAPD alemán, PSOP francés, Independent Labour Party británico, etc.).

[6]) Edouard Daladier, dirigente del Partido radical, ministro en muchas ocasiones desee 1924 (en especial de las Colonias y de la Guerra), jefe del gobierno en 1933, 1934 y 1938 y como tal firmó el 30 de septiembre de 1938 los acuerdos de Munich. Pierre Cot empezó su carrera política como radical y la terminó como compañero de viaje del PCF. Fue nombrado ministro del Aire en 1933 por Daladier. Leon Blum, jefe histórico de la SFIO tras la escisión del Congreso de Tours de 1920 que vio nacer el Partido comunista. Marcel Cachin: figura mítica del PCF, director de l’Humanité de 1918 a 1958. Su hoja de servicios es elocuente: es un intransigente belicista durante la 1ª Guerra mundial y por eso el gobierno francés lo envía a Italia para entregar a Mussolini (socialista por aquel entonces) dinero para fundar Il Popolo d’Italia, destinado a la propaganda para que Italia entrara en la guerra. En 1917, tras la revolución de Febrero, es enviado a Rusia para convencer al Gobierno provisional que prosiga la guerra. En 1918 se enorgullece por haber llorado cuando la bandera francesa volvió a ondear en Estrasburgo tras la victoria de Francia sobre Alemania. En 1920 ingresa en el PCF en el que forma parte de la derecha del partido junto a Frossard. Toda su vida estuvo marcada por el arribismo y el servilismo lo cual le permitió adaptarse con talento a los innumerables virajes de PCF.

[7]) Plan adoptado siguiendo la propuesta del banquero americano Charles Dawes, por la Conferencia de Londres de agosto de 1924 que agrupa a los vencedores de la guerra y a Alemania. Ese plan alivia a este país de las “reparaciones de guerra” que debía pagar a sus vencedores (sobre todo a Francia) lo que le permitió relanzar su economía y favorecer las inversiones estadounidenses.

[8]) L’Humanité era y es el diario del llamado Partido comunista francés (PCF).

[9]) Tras la derrota de Francia en 1940, el régimen nazi ocupó la Francia del norte, mientras que el Sur, aunque bajo control alemán, con la capital en la ciudad de Vichy, estaba gobernado por el régimen del mariscal Pétain.