Un nuevo período de confrontación entre clases

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La movilización de las jóvenes generaciones de proletarios en Francia contra el CPE en las facultades, los institutos de enseñanza media, en las manifestaciones y la solidaridad de todas las generaciones hacia esa lucha confirman la apertura de un nuevo período de enfrentamientos entre las clases. Un control auténtico de la lucha por parte de las asambleas generales, la combatividad y además la reflexión y la madurez que se han manifestado en ellas, sobre todo su capacidad para desmontar una buena cantidad de las trampas que le tendido la burguesía al movimiento, todo eso es el síntoma del brote de una dinámica profunda en el desarrollo de la lucha de clases. Esta dinámica tendrá un impacto en las luchas proletarias del futuro [1]. La lucha contra el CPE en Francia no es, sin embargo, ni un fenómeno aislado ni “francés”, y tampoco es la única expresión del auge y de la maduración internacional de la lucha de clases. En ese proceso, tienden a afirmarse varias características nuevas de las luchas obreras. Estas se irán confirmando y ampliando cada día más en el futuro.

Estamos todavía lejos de ver surgir por todas partes luchas masivas, pero ya estamos asistiendo a demostraciones importantes de un cambio en el estado de ánimo de la clase obrera, a una reflexión más profunda, sobre todo en las generaciones jóvenes que no tuvieron que soportar las campañas sobre la muerte del “comunismo” tras el hundimiento del bloque del Este hace 16 años. En nuestra “Resolución sobre la situación internacional”, adoptada en el XVIº Congreso de la CCI y publicada en la Revista internacional nº 122 (3er trimestre de 2005), decíamos que desde 2003 estamos asistiendo a un “giro”, un “viraje” de la lucha de clases que se plasma, entre otras cosas, en la tendencia a la politización en la clase obrera. Poníamos de relieve que esas luchas tenían las características siguientes:

“– implican a sectores muy significativos de la clase obrera de los países del centro del capitalismo (por ejemplo en Francia en 2003); (…)

– la cuestión de la solidaridad de clase se plantea de una forma mucho más amplia y más explícita de lo que se planteó en los años 1980, (…)

– vienen acompañadas del surgimiento de una nueva generación de elementos que tratan de encontrar claridad política. Esta nueva generación se expresa tanto en una nueva afluencia de elementos claramente politizados, como en nuevas capas de trabajadores que, por vez primera, se incorporan a las luchas. Como se ha podido comprobar en algunas de las manifestaciones más importantes, se están forjando las bases de una unidad entre esta nueva generación y la llamada “generación de 1968” en la que se incluyen tanto la minoría política que reconstruyó el movimiento comunista en los años 1960 y 1970, como sectores más amplios de trabajadores que vivieron la rica experiencia de luchas de la clase obrera entre 1968 y 1989.

(…) El significado de este hecho es, en un plano más general, que el proletariado no está derrotado y que sigue estando vigente el curso histórico hacia masivos enfrentamientos de clase que se abrió en 1968. Pero, más concretamente, el “giro” del que antes hablábamos, conjugado con el surgimiento de una nueva generación de elementos que tratan de clarificarse; evidencia que hoy la clase obrera se encuentra en los primeros momentos de un nuevo intento de asalto contra el capitalismo, tras el fracaso de la tentativa de 1968-89.”

Cada uno de esos puntos puede hoy verificarse plenamente, no solo con las luchas contra el CPE en Francia, sino con otros ejemplos de respuestas a ataques de la burguesía.

La simultaneidad de las luchas obreras

Al mismo tiempo que las luchas contra el CPE, en dos de los países centrales más importantes, vecinos de Francia, los sindicatos se han visto obligados a tomar la delantera al descontento social creciente, organizando huelgas y manifestaciones sectoriales que han cobrado gran amplitud:

• En Gran Bretaña, la huelga del 8 de marzo convocada por los sindicatos y seguida por 1,5 millón de funcionarios territoriales para protestar contra una reforma de las jubilaciones que prevé que se trabaje hasta los 65 años para cobrar una pensión plena, en lugar de los 60 hoy. Esta huelga ha sido una de las más fuertes y más masivas desde hace muchos años. Para atajar la movilización, la burguesía ha montado una ruidosa propaganda en los medios, presentando a esos trabajadores como unos “privilegiados” en comparación con los del sector privado. Los sindicatos también lo han hecho todo para aislar a esa categoría de trabajadores, funcionarios del Estado que, por algún tiempo, siguen “disfrutando” de un estatuto en el que figura la edad de 60 años para jubilarse. La cólera obrera en Gran Bretaña ha sido tanto más fuerte porque, en estos últimos años, 80 000 trabajadores han ido perdiendo sus pensiones a causa de la quiebra de varios fondos de pensión. En realidad todos los obreros están recibiendo los ataques incesantes del gobierno laborista de Tony Blair.

• En Alemania, se amplía la jornada de trabajo en los servicios públicos a 40 horas, sin subida de sueldos (contra las 38,5 horas anteriormente) como consecuencia de la supresiones masivas de empleos en la función pública en los últimos años. En el marco de los ataques previstos en la “agenda 2010”, iniciada por el canciller socialdemócrata Schröder y su plan Hartz, a esa ampliación se le añade la reducción de más del 50 % de las pagas extras de vacaciones y de Navidad estipuladas para los funcionarios, todo lo cual provocó la primera huelga en el sector público desde hace diez años. La huelga dura ya desde hace 2 meses y medio en Bade-Wurtemberg. El Estado patrón ha tomado esas medidas a la vez que montaba una amplia campaña ideológica en los medios contra sus funcionarios, desde los basureros hasta el sector hospitalario, con requisiciones, amenazas de sustitución, tildándolos de “holgazanes” por negarse a trabajar 18 minutos más por día. A la vez que a los funcionarios públicos se les tilda de privilegiados que disfrutan de la seguridad del empleo, los sindicatos DBB y Ver.di hacen su contribución en la huelga dividiendo a los obreros entre sí, presentando cada ataque como un problema particular y aislando su lucha de la de los trabajadores del sector privado. Por eso, bajo la presión de un descontento social en aumento, el sindicato IG Metall lanzó una huelga el 28 de marzo que siguieron 80 000 metalúrgicos (de 3,4 millones de asalariados de ese ramo) de 333 empresas para exigir aumentos de sueldo en un sector en donde están bloqueados desde hace años, un sector muy golpeado por la supresión de empleos y el cierre de factorías. El ministro de trabajo socialdemócrata (de un gobierno de coalición entre la derecha y la izquierda), prudente, retiró un proyecto similar al CPE tras la movilización en Francia del 28 de marzo, (en el momento en que se estaban realizando las grandes manifestaciones contra el CPE). El proyecto alemán preveía que para todos los nuevos contratos, en todos los sectores de actividad, el período de “ensayo” pasara de 6 meses a dos años.

Las oleadas de efervescencia social también han afectado a Estados Unidos. En varias ciudades se han organizado grandes concentraciones contra el proyecto de ley presentado ante el Senado después de que la aprobación de la Cámara de representantes en diciembre de 2005, un proyecto de ley que criminaliza y endurece la represión no solo contra los trabajadores clandestinos y en situación irregular, originarios de Latinoamérica en especial, sino incluso contra las personas que les ayuden o les den cobijo. Además, se van a multiplicar los controles y bajar de 6 a 3 años, renovable una sola vez, la vigencia de los documentos de residencia que se entregan a los trabajadores inmigrantes. Y la administración US vuelve a hablar del proyecto de ampliación del muro ya existente en varios sitios (entre Tijuana y las afueras de San Diego, en especial) a los 3200 kilómetros de la frontera con México. En Los Ángeles se movilizaron entre medio millón y un millón de personas el 27 de marzo; eran más de 100 000 en Chicago el 10 de marzo; hubo concentraciones similares en muchas otras ciudades, Houston, Phoenix, Denver, Filadelfia.

Aunque no sean tan espectaculares, en el mundo se desarrollan otras luchas con una de las características esenciales del desarrollo actual de las luchas obreras a escala internacional en las que está germinando el porvenir. Se trata de la solidaridad obrera, por encima de los sectores, de las generaciones, de las nacionalidades.

La solidaridad obrera avanza

Contra esas recientes expresiones de solidaridad obrera los medios de comunicación han corrido un tupido velo.

En el Reino Unido ha habido otras luchas significativas: en Irlanda del Norte, un país de donde solo llegaban noticias de la guerra civil entre católicos y protestantes desde hace décadas, 800 empleados de correos se pusieron en huelga en febrero. La huelga, de dos semanas y media de duración, fue contra las multas y la presión de la dirección para aumentar los ritmos y las cargas de trabajo. El origen de la movilización fue impedir que se impusieran medidas disciplinarias contra compañeros de trabajo en dos oficinas de correos, una “protestante” y “católica” la otra. Y ahí el sindicato de comunicaciones mostró su verdadera cara oponiéndose a la huelga. En Belfast, uno de sus portavoces llegó incluso a declarar: “Nosotros rechazamos la huelga y pedimos a los trabajadores que vuelvan al trabajo, pues la huelga es ilegal. Pero los obreros siguieron luchando, sin preocuparse por saber si su lucha era legal o ilegal. Así han demostrado que no necesitan a los sindicatos para organizarse.

En una manifestación común, los obreros traspasaron la “frontera” entre barrios católicos y protestantes, desfilaron juntos por las calles de la ciudad, yendo primero por una gran avenida del barrio protestante y volviendo por otra del barrio católico. Ya hubo luchas en los años anteriores, sobre todo en el sector de la salud, que mostraron una verdadera solidaridad entre obreros de creencias diferentes, pero era la primera vez que la solidaridad se exteriorizaba abiertamente entre obreros “católicos” y “protestantes” en el centro mismo de una provincia arruinada y desgarrada desde hace tantos años por una guerra civil sanguinaria.

Después, los sindicatos, ayudados por los izquierdistas, cambiaron de chaqueta pretendiendo que aportaban su “solidaridad”, organizando piquetes de huelga ante cada oficina de correos. Eso les permitió encerrar a los trabajadores en sus centros, aislarlos a unos de otros y acabar saboteando la lucha.

A pesar de ese sabotaje, la unidad explícita y práctica entre obreros católicos y protestantes en las calles de Belfast durante esta huelga hizo revivir los recuerdos de las grandes manifestaciones de 1932, cuando los proletarios, divididos entre los dos campos, se unieron para luchar contra la reducción de los subsidios por desempleo. Pero era entonces un período de derrota de la clase obrera que no posibilitaba que esas acciones ejemplares reforzaran la lucha de clases. Hoy, en cambio, existe un mayor potencial para que, en el futuro, la clase obrera haga fracasar las políticas de división de la clase dominante que le permiten reinar mejor y preservar su orden capitalista. La gran aportación de esa lucha ha sido la experiencia de una unidad de clase practicada fuera de los sindicatos. Su alcance ha ido más allá de la situación de quienes han sido sus principales protagonistas, los empleados de Correos. Ha sido un ejemplo valiosísimo que habrá que seguir y que deberá hacerse conocer al máximo.

Ese ejemplo no es hoy algo aislado. En Cottam, cerca de Lincoln, en la parte oriental de Inglaterra, a finales de febrero, unos 50 obreros hicieron huelga para apoyar a unos trabajadores inmigrados húngaros cuyos sueldos eran la mitad de los de sus compañeros ingleses. Los contratos de estos trabajadores eran de lo más precario, podían ser despedidos del día a la mañana o transferidos en todo momento a otras obras en cualquier otro lugar de Europa. También aquí, los sindicatos se opusieron a la huelga a causa de su “ilegalidad” pues, tanto en el caso de los obreros ingleses como en el de los húngaros, “no se había decidido mediante una votación democrática”. También los medios de comunicación se pusieron a denigrar la huelga, destacando un periodicucho local que refería las declaraciones del típico intelectual al servicio de la burguesía que decía que llamar a los obreros ingleses y a los húngaros a juntarse en los piquetes de huelga era dar una imagen “indecorosa”, una “adulteración del sentido del honor de la clase obrera británica”.

Para la clase obrera, reconocer que todos los obreros defienden los mismos intereses, sea cual sea su nacionalidad o las condiciones de trabajo y de retribución, es un paso importante para entablar la lucha como clase unida.

En el Jura suizo, en Reconvilier, después de una primera huelga en noviembre de 2004, 300 metalúrgicos de Swissmetal se pusieron en huelga durante un mes, a finales de enero y febrero, en solidaridad con 27 de sus compañeros despedidos. Esta lucha arrancó fuera de los sindicatos. Pero éstos acabaron organizando la negociación con la patronal imponiendo el siguiente chantaje: o aceptar los despidos o no cobrar las jornadas de huelga, “sacrificar” o los empleos o los salarios. Seguir la lógica del capitalismo era, según la expresión de una obrera de Reconvilier, como “escoger entre la peste y el cólera”. Y ya está programada otra tanda de despidos que afecta a 120 obreros. Pero lo que sí ha logrado plantear claramente la huelga es la cuestión de la capacidad de los huelguistas para oponerse al chantaje y a la lógica del capital. Otro obrero sacaba la lección siguiente del fracaso de la huelga: “Ha sido un error haber dejado el control de las negociaciones en otras manos que las nuestras”.

En India, hace menos de un año, en julio de 2005, se desarrolló la lucha de miles de obreros de Honda en Gurgaon, un suburbio de la capital, Delhi. Tras habérseles unido una masa de obreros llegados de factorías vecinas de otra ciudad industrial y apoyados por la población, los obreros tuvieron que afrontar una represión policial de lo más brutal y detenciones múltiples entre los huelguistas. El 1 de febrero último se pusieron en huelga 23 000 obreros en un movimiento que afectó a 123 aeropuertos de India. Esta huelga ha sido una respuesta a un ataque masivo de la dirección que proyectaba eliminar progresivamente el 40 % de las plantillas, sobre todo a los trabajadores mayores que se verían así en situación difícil para volver a encontrar trabajo. En Delhi y Bombay, el tráfico aéreo estuvo paralizado durante 4 días, y hubo también paros en Calcuta. La huelga fue declarada ilegal por las autoridades, las cuales enviaron policía suplementaria y fuerzas paramilitares a varias ciudades, a Bombay en particular, para aporrear a los obreros y hacerles volver al trabajo en aplicación de una ley que permite reprimir “acciones ilegales contra la seguridad de la aviación civil”. Al mismo tiempo, sindicatos e izquierdistas, como buenos socios de la coalición gubernamental, negociaban con ésta desde el 3 de febrero. Después unos y otros llamaron a los obreros a dialogar con el Primer ministro, empujándolos así a volver al trabajo a cambio de una vana promesa de reexaminar el plan de despidos en los aeropuertos. De este modo acabaron dividiéndolos entre partidarios de la rendición y partidarios de proseguir la huelga.

La combatividad obrera se expresó también en las factorías de Toyota cerca de Bangalore. Los obreros estuvieron en huelga durante 15 días a partir del 4 de enero contra el aumento de los ritmos de trabajo y la multiplicación de accidentes y multas a mansalva, unas multas por “rendimiento insuficiente” sistemáticamente deducidas de los salarios. Aquí también, los obreros pasaron inmediatamente por encima de de los sindicatos que habían declarado la huelga ilegal. La represión fue feroz: 1500 huelguistas de 2300 fueron detenidos por “alterar la paz social”. Esa huelga se granjeó el apoyo activo de otros obreros de Bangalore. Esto obligó a los sindicatos y a las organizaciones izquierdistas a montar un “comité de coordinación” en otras empresas de la ciudad para apoyar la huelga y contra la represión de los obreros de Toyota. Ese comité sirvió sobre todo para contener y sabotear el impulso espontáneo de solidaridad obrera. También a mediados de febrero, acudieron a Bombay obreros de otras empresas para manifestar su apoyo a 910 obreros de Hindusthan Lever en lucha contra los despidos.

Unas luchas internacionales en plena maduración, portadoras de futuro

Esas luchas confirman plenamente la maduración, la politización en la lucha de clases que empezó a perfilarse con el “giro” de las luchas de 2003 contra la “reforma” de la jubilación en Francia y Austria. La clase obrera ha manifestado desde entonces la solidaridad proletaria que nosotros hemos puesto de relieve con regularidad en nuestra prensa, en contra del silencio total de los medios sobre esas luchas. Las reacciones de solidaridad se produjeron, entre otros lugares, en la huelga en Mercedes-Daimler-Chrysler (Alemania) de julio de 2004, durante la cual los obreros de Bremen fueron a la huelga y se manifestaron junto a sus compañeros de Sindelfingen-Stuttgart, víctimas del chantaje al desempleo a cambio del sacrificio de sus “ventajas”, y eso aún cuando la dirección de la empresa se proponía transferir 6000 empleos desde Stuttgart a la factoría de Bremen.

Lo mismo ocurrió con los mozos de equipaje y otros empleados de British Airways en el aeropuerto de Heathrow que, en agosto de 2005, en los días siguientes a los atentados de Londres, en plena campaña antiterrorista de la burguesía, hicieron una huelga espontánea para apoyar a los 670 obreros, de origen pakistaní en su mayoría, de la empresa de catering Gate Gourmet, amenazados de despidos.

Otros ejemplos: la huelga de 18 000 mecánicos de Boeing durante tres semanas en septiembre de 2005 que rechazaron el nuevo convenio propuesto por al dirección de rebajar las pensiones y reducir los reembolsos en gastos médicos. En ese conflicto, los obreros se opusieron a las diferencias entre “jóvenes y viejos” y entre las diferentes factorías. Más explícitamente solidaria fue la huelga en el metro de Nueva York en diciembre de 2005, en vísperas de Navidad, contra un ataque sobre las jubilaciones dirigido abiertamente contra quienes serán contratados en el futuro. Los obreros mostraron su capacidad para rebelarse contra ese tipo de maniobras de división. A pesar de la presión enorme contra los huelguistas, la huelga fue ampliamente seguida, pues la mayoría de los proletarios tenía plena conciencia de que luchar por el porvenir de sus hijos, para las generaciones venideras, forma parte íntegra de su combate. Esa huelga ha sido además un mentís radical a la propaganda de la burguesía (basada en la realidad de que esa fracción del proletariado mundial tiene más dificultades que otras para llevar cabo luchas significativas) de que el proletariado norteamericano no existiría o estaría “integrado”.

En diciembre pasado, en la SEAT de Barcelona, en España, los obreros se pusieron en huelga espontáneamente, en contra de los sindicatos que habían firmado a sus espaldas el “pacto de la vergüenza” que permitía el despido de más de 600.

En Argentina, durante el verano de 2005, la mayor oleada de huelgas desde hace 15 años afectó a hospitales, otros servicios de salud, empresas de productos alimenticios, empleados del metro de Buenos Aires, trabajadores municipales de varias provincias, maestros. En varias ocasiones hubo obreros de otras empresas que se unieron a las manifestaciones en apoyo a los huelguistas. Así ocurrió en Caleta Olivia, donde trabajadores petroleros, judiciales, docentes, desempleados, se unieron a una manifestación de sus compañeros municipales. En Neuquén, los trabajadores sanitarios se unieron a la manifestación de los maestros en huelga. En un hospital pediátrico, los obreros en lucha exigieron el mismo aumento para todas las categorías profesionales. Los obreros se enfrentaron a una represión feroz y a unas campañas de denigración de sus luchas en los medios de comunicación.

Se está desarrollando un sentimiento de solidaridad frente a unos ataques masivos y frontales causado por la aceleración de la crisis económica y el atolladero en el que está inmerso el capitalismo. Un sentimiento que salta las barreras que por todas partes impone cada burguesía nacional: el gremio, la fábrica, la empresa, el sector, la nacionalidad. Y al mismo tiempo, la clase obrera se ve espoleada a tomar en sus propias manos las riendas de sus luchas, a afirmarse, a confiar en sus propias fuerzas. Y acaba así topándose con las maniobras de la burguesía y el sabotaje de los sindicatos para aislar y encerrar a los obreros. Es un largo y difícil proceso de maduración en cuyo seno la presencia de las jóvenes generaciones obreras que no han sufrido el impacto ideológico del retroceso de las luchas de clase que hubo después de 1989, es un importante fermento dinamizador. Es por eso por lo que las luchas actuales, aún con sus límites y sus debilidades, están ya preparando el terreno a otras luchas futuras, llevan en sí el desarrollo de la lucha de clases.

La quiebra del capitalismo y la agravación de la crisis son las aliadas del proletariado

Oficialmente, dicen que la economía mundial anda bien. En Estados Unidos, la tasa de desempleo sería la más baja desde hace 10 años, y, desde hace un año, estaría disminuyendo en Europa; España, dicen, hace alarde de un dinamismo económico sin precedentes. Y, sin embargo, no ha habido el menor respiro en los ataques contra la clase obrera. Muy al contrario. 60 000 metalúrgicos de la región de Detroit son despedidos (entre General Motors, amenazada de quiebra, y Ford). Los planes de despidos se suceden en las fábricas de Seat en Barcelona y de Fiat en Italia.

Por todas partes el Estado patrón, supremo representante de la defensa de los intereses del capital nacional, está en primera línea en los ataques, intensificando la precariedad de los empleos (CNE, CPE en Francia) y la flexibilidad del trabajo, atacando las pensiones, limitando el acceso a los cuidados médicos (Gran Bretaña, Alemania). El sector educativo y el de la salud están por casi todas partes en crisis. La burguesía estadounidense declara que no es bastante competitiva a causa del peso de las pensiones de jubilación sobre las empresas, pensiones, además, que se pagan con fondos sometidos a las fluctuaciones y las quiebras bursátiles.

El desmantelamiento sistemático del Estado “del bienestar” (jubilaciones, Seguridad Social, ataques contra los desempleados en sus condiciones y sus subsidios, multiplicación de los despidos en todos los países y sectores, generalización de la precariedad y la flexibilidad) no solo quiere decir más miseria y más precariedad para todos los proletarios en todos los países, sino, además, incapacidad cada mayor del sistema para integrar a las futuras generaciones obreras en la producción.

Por todas partes se presentan esos ataques en nombre de no se sabe qué “reforma”, de una adaptación estructural de la globalización de la economía. Una de las características más importantes de esos ataques es que la precariedad se generaliza a todas las generaciones, a los proletarios mayores como a los jóvenes, a quienes “quieren ingresar en la vida activa” como a los prejubilados o ya jubilados. La burguesía no está todavía por todas partes en una situación de crisis patente, pero el conjunto de ataques y de medidas que toma el capital contra la clase obrera es la prueba del atolladero histórico en que se encuentra, una ausencia total de perspectivas para las nuevas generaciones. Los países que se nos airea como modelos económicos en Europa, España, Dinamarca o Gran Bretaña son a menudo los que, detrás de la “buena salud” aparente de su economía, se han ilustrado por ataques antiobreros importantes y han conocido una agravación importante de la miseria. La fachada ideológica de esos países no resiste a la prueba de la realidad: baste un solo ejemplo, el de Gran Bretaña. Esta es la descripción que se hace en un artículo del semanario francés Marianne (edición del 1 de abril):

“el milagro blairiano, es esto también: un niño de cada tres vive bajo el umbral de pobreza. Un niño de cinco come menos de tres veces por día (Tony Blair prometió en un discurso pronunciado en Toynbee Hall en 1999 que la “pobreza de los niños sería erradicada en una generación”. ¿Cuántos años son una generación para el Primer ministro?) Unos 100 000 de esos niños duermen en una cocina o en un cuarto de baño por falta de sitio y por razones evidentes: ¡hay que remontar hasta el año 1925 para ver a un gobierno británico construir menos viviendas sociales que el New Labour-2bis! Diez millones de adultos no tienen medios ni para ahorrar, ni asegurar sus escasos bienes. Seis millones no tienen con qué vestirse convenientemente en invierno. Dos millones de hogares no tienen una calefacción adecuada, la mayoría jubilados: se calcula que más de 25 000 de estos murieron a causa del frío en 2004.”

¡Buen revelador de la quiebra de un sistema económico que ya no solo es incapaz de dar un empleo a sus jóvenes, sino que además condena a los niños a morir de hambre, de frío o de miseria!

Las revueltas en las barriadas francesas en noviembre último son un revelador ejemplar de ese atolladero. Si se observa la situación de conjunto como si fuera una fotografía, como una panorámica instantánea, el mundo actual sería desesperante. No hay más que desempleo, miseria, guerra, barbarie, caos, terrorismo, polución, inseguridad, desidia administrativa ante las catástrofes, ante la peste aviar y demás plagas. Tras los golpes asestados a los “viejos” y a los futuros jubilados, ahora les toca a los “jóvenes” y futuros desempleados. El capitalismo muestra abiertamente su verdadero rostro, el de un sistema decadente sin futuro que ofrecer a las nuevas generaciones. Un sistema corroído por una crisis económica insoluble. Un sistema que, desde el final de la Segunda Guerra mundial, ha despilfarrado cantidades descomunales en la producción de armas cada vez más sofisticadas y mortíferas. Un sistema que desde la guerra del Golfo de 1991 ha seguido matando y mutilando por el planeta entero, a pesar de todas las promesas sobre la “era de paz y de prosperidad” que iba a llegar tras el desmoronamiento del bloque del Este. Es el mismo sistema en quiebra, es la misma clase capitalista sin futuro la que, en los países del “Norte”, echa en la miseria y el desempleo a millones de seres humanos, y en Irak, Oriente Medio y África siembra la muerte. Pero la esperanza existe. Las jóvenes generaciones de proletarios en Francia lo acaban de demostrar. Al rechazar el nuevo ataque, el CPE, al pedir el apoyo y la participación no solo de sus padres sino de los demás asalariados, han hecho patente la toma de conciencia de que todas las generaciones están afectadas y que CPE no era sino una etapa más en los ataques de la burguesía que concernía ya a toda la clase obrera.

La burguesía ya no solo se dedicó a imponer durante semanas un silencio mediático sobre lo que pasaba en Francia, sino que los medios del mundo entero a las órdenes de la clase dominante se dedicaron a deformar los acontecimientos, presentando la situación como si el país estuviera a sangre y fuego, y como si el movimiento anti-CPE fuera una repetición de las revueltas de octubre-noviembre de 2005, focalizando las imágenes en enfrentamientos con la policía en la calle o en las “hazañas” de los reventadores en las manifestaciones. Detrás de esas amalgamas, empezando por la de asociar las violencias ciegas y desesperadas que inflamaron las barriadas en otoño, con la lucha de clases de los hijos de la clase obrera y de los trabajadores que se les unieron cuyos métodos y dinámica son diametralmente opuestos, está la voluntad deliberada de la clase dominante de desprestigiar la lucha impidiendo así que la clase obrera de otros países tome conciencia de la necesidad y la posibilidad de luchar por otras perspectivas.

Ese propósito de la burguesía se entiende perfectamente. Aunque por sus prejuicios de clase es incapaz de poseer una conciencia clara de las perspectivas del movimiento proletario, sí puede adivinar confusamente la importancia y la profundidad del combate que acaba de ocurrir en Francia. Importancia no solo para la clase obrera de ese país, sino, sobre todo, como etapa de la reanudación mundial de la lucha de clases. Profundidad, porque expresa, más allá de las reivindicaciones concretas con las que se organizó la movilización de la juventud estudiantil, el rechazo cada vez mayor por parte de las generaciones más jóvenes al futuro que les “ofrece” un sistema capitalista en las últimas y cuyos ataques contra los explotados provocarán cada vez más enfrentamientos masivos, y sobre todo más conscientes y solidarios.

Wim (15-04-06


[) Ver las “Tesis sobre el movimiento de los estudiantes de la primavera de 2006 en Francia” en esta misma Revista.