El terrorismo: arma y justificación de la guerra

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El 28 de junio de 1914 era asesinado en Sarajevo por Gavrilo Princip, joven nacionalista serbio, el archiduque Francisco Fernando de Austria, sobrino del emperador Francisco José y general inspector de los ejércitos de Austria-Hungría. Este imperio había echado mano ya de Bosnia-Herzegovina en 1908 expresando así sus apetitos imperialistas excitados por el desmoronamiento del imperio otomano. Ese asesinato le sirvió de pretexto para atacar a una Serbia acusada de animar las ideas de independencia de las nacionalidades dominadas por Austria. La declaración de guerra se hizo sin esperar negociación alguna. En fin, se conoce bien lo que siguió: Rusia, temerosa de la prepotencia austríaca en los Balcanes corre en auxilio de Serbia; Alemania aporta su apoyo sin fisuras al Imperio austro-húngaro, aliado suyo; Francia otorga el suyo a Rusia e Inglaterra le sigue los pasos; resultado: cerca de diez millones de muertos, seis millones de mutilados y una Europa en ruinas y ello sin contar todas las consecuencias de la guerra como la gripe española de 1918 que mató a más gente que el propio conflicto.

El 11 de septiembre de 2001, los 3000 muertos de las Torres Gemelas fueron el pretexto del gobierno de Estados Unidos para entablar la invasión de Afganistán, instalar bases militares en tres países limítrofes, antiguas repúblicas de la URSS. También han permitido la preparación de la guerra para eliminar a Sadam Husein con una probable ocupación militar de larga duración de Irak por parte de las tropas US. Si bien debido al contexto histórico actual, los efectos del 11 de septiembre son por ahora menos carniceros que la guerra de 1914-18, esa ampliación de la presencia militar directa de EE.UU contiene, sin embargo, sombrías amenazas para el futuro.

A pesar de la similitud entre esos dos acontecimientos (en ambos casos, una gran potencia imperialista utiliza un atentado terrorista para justificar sus propias operaciones bélicas) el fenómeno terrorista de 2001 no tiene ya nada que ver con el lejano de 1914.

El acto de Gavrilo Princip hunde sus raíces en las tradiciones de las organizaciones populistas y terroristas que durante el siglo XIX lucharon contra el absolutismo zarista, expresión de la impaciencia de una pequeña burguesía incapaz de entender que son las clases sociales y no los individuos quienes hacen la historia. Al mismo tiempo, aquel atentado ya prefigura lo que será una característica del terrorismo durante el siglo XX: el uso de este medio por los movimientos nacionalistas y la manipulación de éstos por la burguesía de las grandes potencias. En algunos casos, esos movimientos nacionalistas eran demasiado débiles o habían llegado demasiado tarde al ruedo de la historia para hacerse un sitio en un mundo capitalista ya repartido entre las grandes naciones históricas: la ETA, en España, es un ejemplo típico, puesto que un Estado vasco independiente no tendría la menor viabilidad. En otros casos, esos grupos terroristas formaban parte de un movimiento más amplio que desembocó en la creación de un nuevo Estado nacional: puede citarse el ejemplo del Irgun, movimiento terrorista judío que luchó contra los ingleses en Palestina durante el período de antes y después de la IIª Guerra mundial y entre cuyas acciones no sólo hubo ataques contra objetivos “militares”, como el del cuartel general del ejército británico, sino también matanzas de civiles como la perpetrada contra la población árabe de Deir Yasín. Recordemos que Menahem Beguin, antiguo primer ministro israelí, a quien se le otorgó el premio Nobel de la paz tras la firma de los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel, fue uno de los dirigentes del Irgún.

El ejemplo del IRA y del Sinn Fein en Irlanda(1) resume en cierto modo las características de lo que iba a ser el terrorismo en el siglo XX. Tras el aplastamiento de la revuelta de la Pascua de 1916, uno de los dirigentes irlandeses ejecutados fue James Connolly, figura emblemática del movimiento obrero irlandés. Su muerte fue el símbolo del final de una época, trasnochada ya en realidad por el estallido de la Iª Guerra mundial, una época en la que el movimiento obrero podía todavía apoyar, en ciertos casos, algunas luchas de liberación nacional. En cambio, en la época de decadencia que se había iniciado, tal apoyo se ha vuelto inevitablemente en contra del proletariado(2). De hecho es el destino de Roger Casement el que simbolizará lo que habrán de ser los movimientos nacionalistas y terroristas del período de decadencia: fue detenido por los ingleses (y fusilado después) en cuanto arribó a Irlanda en un submarino alemán con un cargamento de fusiles alemanes para la revuelta independentista de 1916.

El final de las carreras profesionales de Menahem Begin –primer ministro de Israel– y de Gerry Adams, el ex terrorista y dirigente del Sinn Fein, que no ha llegado todavía a primer ministro, pero que ya es un respetable político recibido en Downing Street y en la Casa Blanca, es también significativo de que para la burguesía no hay una frontera impermeable entre terrorismo y respetabilidad. La diferencia entre el jefe terrorista y el hombre de Estado es que el primero todavía está en una situación precaria, pues las únicas armas de las que dispone son los atentados y los golpes a mano armada, mientras que el segundo tiene a su disposición todos los medios militares del moderno Estado burgués. A todo lo largo del siglo XX, sobre todo durante el periodo de la “descolonización” tras la IIª Guerra mundial, numerosos han sido los ejemplos de grupos terroristas (o nacionalistas usuarios de métodos terroristas) que acaban transformándose en las fuerzas armadas del nuevo Estado: los miembros del Irgún integrados en el nuevo ejército israelí, el FLN de Argelia, el Viet-minh en Vietnam, la OLP de Yasir Arafat en Palestina, etc.

Ese tipo de lucha armada es además un terreno predilecto para los manejos del Estado burgués en el marco de los conflictos interimperialistas, El fenómeno empezó a cobrar gran amplitud durante la IIª Guerra mundial, con el uso por parte de las burguesías “democráticas” de movimientos de resistencia contra el invasor alemán, especialmente en Francia, en Grecia y en Yugoslavia o por la burguesía alemana nazi, aunque con menos éxito, en algunos movimientos de independencia nacional en el imperio británico (en India, en particular). Después, allí donde se agudiza duramente el enfrentamiento entre los dos grandes bloques de la posguerra, el americano y el ruso, las formaciones nacionalistas dejan de ser simples grupos terroristas para acabar siendo auténticos ejércitos: así ocurre en Vietnam, en donde hay cientos de miles de combatientes enfrentados, y al cabo millones de muertos, o en Afganistán donde –recuérdese– los talibanes y sus predecesores, que se distinguieron en la lucha contra la ocupación soviética, habían sido formados y armados por Estados Unidos.

El terrorismo, lucha armada minoritaria, se ha convertido pues en campo para la intervención y las maniobras de las grandes potencias. Si eso aparece claramente en los enfrentamientos armados en los países del llamado “Tercer mundo”, también lo es en los manejos más tenebrosos dentro de los grandes Estados mismos. Al ser acciones que se preparan en la sombra, ofrecen “un terreno de predilección para los manejos de los agentes de la policía y del estado y, en general, para toda clase de manipulaciones e intrigas de lo más insólito”(3). Un ejemplo pertinente de ese tipo de manipulaciones, en las que se mezclan individuos en pleno delirio (los hay que hasta incluso se creen que actúan en interés de la clase obrera), gángsters, grandes Estados y servicios secretos, fue el rapto, realizado con una eficacia perfectamente militar, de Aldo Moro por un comando de las Brigadas rojas italianas y su asesinato el 9 de mayo de 1978, después de que el gobierno italiano se negara a negociar su liberación. Esta operación no fue obra de unos cuantos terroristas excitados, menos todavía de militantes obreros. Tras la acción de las Brigadas rojas había en juego cuestiones políticas no solo relacionadas con el Estado italiano, sino también con las grandes potencias. En efecto, Aldo Moro representaba una fracción de la burguesía italiana favorable a la entrada del Partido comunista italiano en la mayoría gubernamental, opción a la que Estados Unidos era firmemente contrario. Las Brigadas rojas compartían esa oposición a la política del “compromiso histórico” entre la Democracia cristiana y el PC que Aldo Moro defendía, de modo que las B.R. hicieron abiertamente el juego del Estado norteamericano. El hecho mismo de que las BR estuvieran directamente infiltradas a la vez por los servicios secretos italianos y por la red Gladio (creación de la OTAN cuya misión era formar redes de resistencia en caso de que la URSS hubiera invadido Europa occidental) pone de manifiesto que ya desde finales de los años 70 el terrorismo es un instrumento de maniobra en los conflictos imperialistas(4).

El terrorismo: arma y justificación de la guerra imperialista

Durante los años 80, la multiplicación de atentados terroristas (como los de 1986 en París), ejecutados por gropúsculos fanáticos pero teledirigidos por Irán, hicieron aparecer un fenómeno nuevo en la historia. Ya no son, como al iniciarse el siglo XX; acciones armadas perpetradas por grupos minoritarios con el fin de constituir y llevar a la independencia nacional de un Estado, sino que son los Estados mismos los que toman a su cargo y usan el terrorismo como arma de la guerra entre Estados.

El que el terrorismo se haya convertido directamente en instrumento del Estado para hacer la guerra fue un cambio cualitativo en la evolución del imperialismo. El que fuera Irán el Estado que encargó esos ataques (en otros casos como en el del atentado contra el vuelo de la Panam por encima de Lockerbie, serían Siria o Libia las acusadas) es también significativo de un fenómeno que va a acentuarse tras el desmoronamiento de los bloques después de 1989 y la desaparición de la disciplina impuesta por sus jefes respectivos: hay potencias regionales de tercer orden tales como Irán que van a intentar librarse de la tutela de los bloques, ruso o americano. El terrorismo se convierte entonces en la bomba atómica de los pobres.

En el último período ha podido comprobarse que son las dos potencias militares principales, Estados Unidos y Rusia las que han usado el terrorismo como medio de manipulación para justificar sus intervenciones militares. Incluso los propios medios han revelado que los atentados en Moscú del verano de 1999 habían sido perpetrados con explosivos utilizados exclusivamente por los militares y cuyo comanditario fue probablemente Putin, jefe del FSB (ex KGB) en aquel entonces. Aquellos atentados fueron un pretexto para justificar la invasión de Chechenia por las tropas rusas. Para el último atentado en Moscú, la toma de rehenes de los 700 espectadores de un teatro, el tinglado ha sido tan grosero que la propia prensa, tanto la rusa como la internacional, ha empezado a interrogarse abiertamente si no ha habido manipulación, cómo cincuenta personas pudieron acudir juntas a un lugar público en plena capital acarreando un arsenal impresionante, en una ciudad en la que cualquier checheno puede ser controlado y detenido varias veces por día en la calle.

Entre las hipótesis propuestas por el diario francés Le Monde del 16 de noviembre, se plantea ya sea la infiltración del comando por los servicios secretos rusos, ya que éstos estaban al tanto de la operación y dejaron hacer para así poder recalentar la guerra en Chechenia. Por lo visto, según algunas filtraciones, hubo agentes secretos que informaron a sus mandos unos meses antes de la ­preparación de acciones en Moscú por el grupo de Movsar Baraev, pero la ­información “se habría perdido como siempre en los meandros superiores del escalafón”. Difícilmente puede uno imaginarse que una información de tal importancia pasara desapercibida. El 29 de octubre, el diario Moskovski Konsomolets citaba a un informador anónimo del FSB (ex KGB) según el cual el comando de marras estaba “infiltrado” desde hacía tiempo por los servicios rusos, los cuales controlaban directamente a cuatro de los secuestradores.

El comando estaba dirigido por el clan Baraev, cuyos hombres de mano ya desempeñaron un papel notorio en la guerra de Chechenia. Aún cuando se presentaba como defensor de un islamismo radical, su antiguo jefe (asesinado hace dos años) y tío del comandante de los secuestradores, mantenía vínculos directos con el Kremlin. Sus tropas han sido de hecho las únicas que se salvaron de los bombardeos y de las matanzas ejecutados por el ejército ruso. Fue él quien, además, favoreció la matanza de los principales jefes nacionalistas chechenos asediados en Grozny, metiéndolos en una ratonera tras haberles dado la posibilidad de huir por un paso donde los estaban esperando las tropas rusas.

En cuanto a lo del 11 de septiembre de 2001, por mucho que el Estado norteamericano no hubiera comanditado directamente los atentados, es inconcebible imaginar que los servicios secretos de la primera potencia mundial habrían sido cogidos por sorpresa como en una república bananera cualquiera del Tercer Mundo. Es evidente que el Estado US dejó hacer, aún a riesgo de lo que pasó: el sacrificio de cerca de 3000 vidas y la destrucción de las Torres Gemelas. Ese fue el precio que el imperialismo US estaba dispuesto a pagar para poder reafirmar su liderazgo mundial desencadenando la operación “Justicia ilimitada” en Afganistán. Esta política deliberada de la burguesía estadounidense que consiste en dejar hacer para justificar su intervención no es nueva, ni mucho menos.

Ya fue utilizada en diciembre de 1941 cuando el ataque japonés de Pearl Harbor(5) para justificar la entrada de Estados Unidos en la IIª Guerra mundial y más recientemente cuando la invasión de Kuwait por las tropas de Sadam Husein en agosto de 1990, que sirvió para que se desencadenara la guerra del Golfo bajo la batuta del Tío Sam(6).

El método que consiste en utilizar los atentados terroristas ya previstos para así justificar la ampliación de la influencia imperialista mediante la intervención militar (o policiaca) parece que empieza a crear emulación. Las informaciones disponibles parecen demostrar que el gobierno australiano estaba al corriente de las amenazas de atentado en Indonesia y que dejó correr, animando incluso a sus ciudadanos a seguir yendo a Bali. Lo que en todo caso es cierto, es que Australia ha aprovechado la ocasión proporcionada por el atentado del 12 de octubre para reforzar su influencia en Indonesia, tanto por cuenta propia como por cuenta de su aliado norteamericano(7).

Esa política de “dejar hacer” ya no consiste, como en 1941 ó en 1990, en dejar que el enemigo ataque primero según las leyes clásicas de la guerra entre Estados.

Ya no es la guerra entre Estados rivales, con sus propias reglas, sus banderas, sus preparativos, sus tropas uniformadas y sus armamentos, lo que sirve de pretexto a la intervención masiva de las grandes potencias. Son los ataques terroristas a ciegas, con sus comandos kamikazes fanatizados, que golpean directamente a la población civil, los que ahora son utilizados por las grandes potencias para justificar el desencadenamiento de la barbarie imperialista.

El uso y la manipulación del terrorismo ya no sólo es cosa de los pequeños Estados como Libia, Irán u otros de Oriente Medio. Se han convertido en una especialidad de las grandes potencias del planeta.

La ideología de la muerte y del miedo

Es significativo de la descomposición cada vez más avanzada del entramado ideológico de la sociedad capitalista que los ejecutantes de los atentados de Nueva York, de Moscú o de Bali (sea cual sea la motivación de sus comanditarios) ya no están motivados por ideologías que tengan una apariencia racional o con pretensiones progresivas, tales como la lucha por la creación de nuevos Estados nacionales. Al contrario, evocan ideologías ya caducas e irremediablemente reaccionarias en el siglo XIX: las del oscurantismo religioso y místico. La descomposición del capitalismo parece estar bien resumida en ese hecho de que, para muchos sectores de la juventud de hoy, la mejor perspectiva que la vida pueda ofrecerles hoy ya no es la vida misma, ni siquiera la lucha por una gran causa, sino la muerte en las tinieblas del oscurantismo feudal y al servicio de cínicos comanditarios de quienes ni sospechan la existencia.

En los países desarrollados, el terrorismo del que son los primeros responsables sirve a los Estados burgueses de medio de propaganda ante su propia población civil para convencerla de que en un mundo que se desmorona, en el que se cometen atrocidades como el atentado del 11 de septiembre, la única solución sería someterse a la protección del Estado mismo. La situación en Venezuela nos muestra la perspectiva que nos espera si la clase obrera, con el apoyo a una u otra facción de la burguesía, se deja arrastrar a un terreno de clase que no es el suyo. El gobierno de Chávez llegó al poder con un amplio apoyo en la población pobre y los obreros, llegando a conseguir hacer creer que su programa nacional-populista y anti-EE.UU. podría protegerlos contra los efectos de una crisis cada vez más insoportable. Hoy las masas pobres y obreras se encuentran divididas y encuadradas por las fuerzas de la burguesía, ya sea detrás de Chávez y su camarilla, ya sea alistadas en los sindicatos que participan en una “huelga general” en la que incluso están los jueces y que tiene el apoyo de… ¡la patronal! Y ese peligro no se limita a los países periféricos del capitalismo, como lo demostró la gigantesca manifestación del 1º de mayo de 2002 en París a la que los “ciudadanos” fueron invitados a tomar partido por una camarilla burguesa contra otra (“la otra” era la de ese espantajo de opereta llamado Le Pen).

Si la clase obrera mundial no lograra afirmar su propia independencia de clase en la lucha por la defensa de sus propios intereses primero y por el derrocamiento revolucionario de esta sociedad putrefacta después, lo único que ante nosotros habría sería la multiplicación de enfrentamientos entre pandillas burguesas y entre los Estados burgueses en los que se emplearían todos los medios, incluidos los más bestiales, y entre ellos el uso cotidiano del arma terrorista.

Arthur, 23/12/02

 

1) IRA: Irish Republican Army. El Sinn Fein (“Nosotros mismos” en gaélico) fue fundado en 1907 por Arthur Griffith, principal dirigente irlandés de la época de la independencia de la república irlandesa (Eire) a principios de los años 20. Sigue hoy siendo el ala política del IRA con la que mantiene unos vínculos parecidos a los de Batasuna con ETA. Podría, en cierto modo, decirse que la “revolución” nacionalista irlandesa tuvo las características del período de decadencia del capitalismo, al no haber logrado ir más allá de la creación de un Estado amputado (sin los seis condados de Ulster) y esencialmente sometido a Gran Bretaña.

2) Toda la ambigüedad de la actitud de Connolly puede verse en el artículo publicado en su periódico Irish Worker a principios de la guerra de 1914, en el que declara por un lado que todo obrero irlandés estaría en pleno derecho de alistarse en el ejército alemán si ello pudiera acelerar la liberación irlandesa del yugo del imperialismo británico, a la vez que esperaba que “Irlanda puede mientras tanto llevar su fuego a un incendio europeo que no se apagará mientras que el último trono o las últimas acciones u obligaciones capitalistas no se hayan consumido en la hoguera funeraria del último señor de la guerra” (citado en FLS Lyons, Ireland since famine).

3) Ver Revista internacional nº 15 “Resolución sobre terrorismo, terror y violencia de clase”, punto 5.

4) Otros Estados han usado el terrorismo incluso directamente: recordemos, por ejemplo, que los servicios secretos del Estado francés demostraron estar dispuestos a usar esos métodos con el atentado en Nueva Zelanda contra el Rainbow Warrior, navío de la organización Greenpeace.

5) Ver al respecto nuestros artículos “La guerra ‘antiterrorista’ siembra el terror y la barbarie” y “Pearl Harbor 1941, Torres Gemelas 2001, el maquiavelismo de la burguesía”, en la Revista internacional nº 108.

6) Ver nuestros artículos “Golfo Pérsico: el capitalismo es la guerra”, “Frente a la espiral de la barbarie guerrera, una única solución: desarrollo de la lucha de clases”, “Guerra del Golfo: matanzas y caos capitalistas”, “El caos”, publicados respectivamente en Revista internacional números 63 a 66.

7) Para un análisis más detallado, léase: “Cómo se aprovecha el imperialismo australiano de la matanza de Bali”, publicado en Révolution internationale (publicación territorial de la CCI en Francia) nº 330.