Bilan nº 11, 1934 - Crisis y ciclos en la economía del capitalismo agonizante (2)

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Presentación

El artículo aquí publicado es la segunda parte de un estudio aparecido en la revista Bilan en 1934. En el número anterior de esta Revista internacional publicamos la primera parte, en la cual Mitchell retoma las bases del análisis marxista de la ganancia y de la acumulación de capital en continuidad con los análisis de Marx y de Rosa Luxemburg. En esta segunda parte, Mitchell se centra en “el análisis de la crisis general del imperialismo decadente”, explicando con gran claridad las expresiones de la crisis general de la decadencia del capitalismo. Este estudio, que permitió entonces dar bases teóricas a la inevitable tendencia a la guerra generalizada que la crisis histórica del capitalismo engendra, no solo tiene un interés histórico. Sigue siendo de la más candente actualidad al proponer un marco teórico con el que comprender las expresiones de la crisis económica hoy.

CCI

En la primera parte de este trabajo decíamos que el período que va desde más o menos 1852 hasta 1873 es el de un desarrollo considerable del capitalismo, en la “libre competencia” (competencia moderada por la existencia de un proteccionismo de defensa de una industria en pleno crecimiento). Durante esa misma fase histórica, las diferentes burguesías nacionales remataron su dominación económica y política sobre los ruinas del feudalismo, librando de todas sus trabas a las formas capitalistas de producción: en Rusia mediante la abolición de la servidumbre; en Estados Unidos gracias la guerra de Secesión que barrió el anacronismo esclavista; mediante la formación de la nación italiana, y la fundación de la unidad alemana. El tratado de Francfort cerró el ciclo de las grandes guerras nacionales de las que habían surgido los Estados capitalistas modernos.

Proceso orgánico en la era capitalista

En el ritmo rápido de su desarrollo, el sistema capitalista de producción, hacia 1873, ya ha integrado en su esfera, en su propio mercado, el dominio extracapitalista que le es cercano. Europa se ha convertido en una vasta economía mercantil (excepto algunas regiones atrasadas del Centro y del Este) dominada por la producción capitalista. El continente norteamericano está bajo la hegemonía del capitalismo anglosajón, ya fuertemente desarrollado.

Por otro lado, el proceso de acumulación capitalista, interrumpido momentáneamente por crisis cíclicas pero reanudado con vigor suplementario tras cada saneamiento económico, acarrea paralelamente una poderosa e irresistible centralización de los medios de producción, precipitada por la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y la áspera competencia. Se asiste entonces a una multiplicación de empresas gigantescas de elevada composición orgánica, facilitada por el desarrollo de las sociedades por acciones que sustituyen a los capitalistas individuales, incapaces, aisladamente, de hacer frente a las exigencias extensivas de la producción; los industriales se transforman en agentes subordinados a los consejos de administración.

Y además se inicia otro proceso: de la necesidad, por un lado, de contrarrestar la baja de la cuota de ganancia, de mantenerla dentro de los límites compatibles con el carácter de la producción capitalista y, por otro lado, atajar una competencia anárquica y “desastrosa”, surgen organizaciones monopolísticas que van adquiriendo mayor importancia tras la crisis de 1873. Primitivamente nacen los cárteles, después una forma más concentrada, los sindicatos. Después los Trusts y Konzernen, los cuales operan ya sea concentrando horizontalmente industrias similares, ya sea agrupando verticalmente ramas diferentes de la producción.

El capital humano, por su parte, con el flujo de la masa considerable de dinero ahorrado y disponible, resultado de la intensa acumulación, adquiere una influencia preponderante. El sistema de participaciones “en cascada” que se injerta en el organismo monopolista le da la llave para controlar las producciones básicas. El capital industrial, comercial o bancario, al ir perdiendo así su posición autónoma en el mecanismo económico, la fracción más considerable de la plusvalía producida es aspirada hacia una fase capitalista superior, sintetizadora, que dispone de esa plusvalía según sus propios intereses: es el capital financiero. Este es, en suma, el producto hipertrofiado de la acumulación capitalista y de sus manifestaciones contradictorias, definición que no tiene nada que ver con esa representación que se hace del capital financiero como expresión de la “voluntad” de unos cuantos recalentados por la fiebre “especulativa” que oprimen y expolian a otros sectores capitalistas y se oponen a su “libre” desarrollo. Este modo de ver es el de las corrientes pequeño burguesas socialdemócratas y neomarxistas que chapotean en la charca del “antihipercapitalismo” y expresa el desconocimiento de las leyes del desarrollo capitalista, dando la espalda al marxismo a la vez que refuerzan la dominación ideológica de la burguesía.

El proceso de centralización orgánica, en lugar de eliminar la competencia, la amplía con otras formas, no haciendo así sino expresar el nivel profundo de la contradicción capitalista básica. La competencia entre capitalistas individuales –‑órganos primarios – que se ejerce en toda la extensión del mercado capitalista (nacional e internacional), contemporánea del capitalismo “progresivo”, es sustituida por vastas competiciones internacionales entre organismos más evolucionados: los monopolios, dueños de los mercados nacionales y de las producciones fundamentales; este período corresponde a una capacidad productiva que desborda ampliamente los límites del mercado nacional, y a una extensión geográfica de éste mediante las conquistas coloniales al iniciarse la era imperialista. La forma más álgida de la competencia capitalista se plasmará finalmente en las guerras interimperialistas, surgiendo cuando todos los territorios del planeta quedaron repartidos entre las naciones imperialistas. Bajo la batuta del capital financiero aparece un proceso de transformación de las entidades nacionales – surgidas de los trastornos históricos que con su desarrollo contribuyeron a que cristalizara la división mundial del trabajo – en entidades económicas completas. Los “monopolios, dice Rosa Luxemburg, agravan la contradicción existente entre el carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del Estado capitalista”.

El desarrollo del nacionalismo económico es doble: intensivo y extensivo.

El armazón principal del desarrollo intensivo es el proteccionismo, ya no el protector de “las industrias nacientes”, sino el que instaura el monopolio del mercado nacional y que abre dos posibilidades: en el interior, la realización de un sobrebeneficio, en el exterior la práctica del precio por encima del valor de los productos, la lucha mediante el “dumping”([1]).

El desarrollo “extensivo”, determinado por la necesidad permanente de expansión del capital, en su búsqueda de nuevas zonas de realización y de capitalización de la plusvalía, se orienta hacia la conquista de territorios precapitalistas y coloniales.

Proseguir la extensión continua de su mercado para así evitar la amenaza constante de la sobreproducción de mercancías que se plasma en las crisis cíclicas: ésa es la necesidad fundamental del modo de producción capitalista que se expresa, por un lado, en una evolución orgánica que desemboca en los monopolios del capital financiero y en el nacionalismo económico, y, por otro lado, en una evolución histórica que desemboca en el imperialismo. Definir el imperialismo como “producto del capital financiero”, como lo hace Bujarin, es establecer una falsa filiación y sobre todo es perder de vista que los dos aspectos del proceso capitalista, la producción y la plusvalía, tienen un origen común.

Las guerras coloniales en la primera fase del capitalismo

Mientras que el ciclo de guerras nacionales se caracteriza fundamentalmente por las luchas entre naciones que están formándose, que están edificando una estructura política y social idónea para las necesidades de la producción capitalista, las guerras coloniales, en cambio, enfrentan a países capitalistas plenamente desarrollados, que se resquebrajan en su estrecho marco y, por otro lado, a países no evolucionados de economía natural o atrasada.

Las regiones conquistables son de dos tipos:

a) las colonias de poblamiento, que sirven básicamente de esferas de inversiones de capitales, convirtiéndose en ciento modo, en prolongación de las economías metropolitanas, con una evolución capitalista similar, apareciendo incluso como competidoras de las metrópolis, en ciertas ramas el menos. Así ocurre con los dominions británicos, de estructura capitalista total;

b) las colonias de explotación, de densa población, en las que el capital persigue dos objetivos esenciales: realizar su plusvalía y adueñarse de materias primas baratas, lo cual permite frenar el crecimiento del capital constante invertido en la producción y mejorar la relación entre la masa de plusvalía y en capital global. Para dar salida a sus mercancías, el proceso es el ya descrito: el capitalismo obliga a los campesinos y a los pequeños productores de una economía doméstica, a trabajar no para sus necesidades directas, sino para el mercado en el que se efectúa el intercambio entre productos capitalistas de gran consumo y productos agrícolas. Los pueblos agricultores de las colonias se integran en la economía mercantil sometidos a la presión del capital comercial y usurero, los cuales estimulan los grandes cultivos de materias de exportación: algodón, caucho, arroz, etc. Los préstamos coloniales son el adelanto que hace el Capital financiero al poder adquisitivo que servirá para equipar redes de circulación de las mercancías: construcción de ferrocarriles, puertos, que faciliten el transporte de las materias primas, u obras de carácter estratégico que consoliden la dominación imperialista. Además, el capital financiero vela para que los capitales no sirvan de instrumento de emancipación económica de las colonias, que las fuerzas productivas sólo se desarrollen y se industrialicen mientras no sean una amenaza para las industrias metropolitanas, y así orientan, por ejemplo, su actividad hacia una transformación elemental de las materias primas que se realiza con una fuerza de trabajo indígena casi gratuita.

Además, el campesinado, abrumado por el peso de las deudas usureras y los impuestos absorbidos por los préstamos, se ve obligado a ceder los productos de su trabajo muy por debajo de su valor, cuando no por debajo de su precio de coste.

A esos dos métodos de colonización que acabamos de indicar se añade un tercero, el cual se asegura zonas de influencia, haciendo “vasallos” a Estados atrasados a base de préstamos e inversiones de capital. La intensa corriente de exportación de capitales combinada con la extensión del proteccionismo monopolista, favorece una ampliación de la producción capitalista, al menos en la Europa central y oriental, en Norteamérica e incluso en Asia, donde Japón se convierte en potencia imperialista.

Por otro lado, la desigualdad del desarrollo capitalista se prolonga en el proceso de expansión colonial. En el umbral del ciclo de las guerras coloniales, las naciones capitalistas más antiguas, tienen ya una sólida base imperialista en que apoyarse; las dos grandes potencias de aquel tiempo, Inglaterra y Francia se habían repartido las “mejores tierras” de América, Asia y Africa, circunstancias que favorecieron todavía más su extensión posterior en detrimento de competidores más jóvenes, Alemania y Japón, obligados a contentarse con migajas en Africa y Asia, pero que, en cambio, incrementan sus posiciones metropolitanas a un ritmo mucho más rápido que las viejas naciones: Alemania, potencia industrial, dominante en el continente europeo, pronto va a izarse, frente al imperialismo inglés, planteando el problema de la hegemonía mundial cuya solución será buscada a través de la Primera guerra imperialista.

Durante los ciclos de guerras coloniales, las pugnas económicas y los antagonismos imperialistas se agudizaron, pero la burguesía de los países más avanzados todavía pudo atajar “pacíficamente” los conflictos de clase resultantes de esas pugnas, al haber acumulado durante las operaciones de saqueo colonial, reservas de plusvalía, de la que echó mano a mansalva para corromper a las capas privilegiadas de la clase obrera([2]). Las dos últimas décadas del siglo XIX conocieron en el seno de la socialdemocracia internacional el triunfo del oportunismo y el reformismo, monstruosas excrecencias parásitas nutridas por los pueblos coloniales.

Pero el colonialismo extensivo se limitó en su desarrollo y el capitalismo, conquistador insaciable, ha acabado agotando prontamente todas las salidas mercantiles extracapitalistas aún disponibles. Así la competencia interimperialista, privada de alternativas, se orientó hacia la guerra.

Como dijo Rosa Luxemburg, “quienes hoy se enfrentan con las armas en la mano no son, de un lado, los países capitalistas y del otro los países de economía natural. Quienes se enfrentan son Estados arrastrados al conflicto precisamente por su alto desarrollo capitalista”.

Ciclos de guerras interimperialistas y de revolución en la crisis general del capitalismo

Mientras que las antiguas comunidades naturales pudieron resistir miles de años y las sociedades antigua y feudal duraron largos períodos históricos, la producción capitalista moderna, al contrario, como lo dice Engels, “con apenas 300 años de antigüedad y que solo se ha vuelto dominante desde la instauración de la gran industria, o sea desde hace cien años, ha realizado unos repartos tan dispares (concentración de capitales en muy pocas manos, por un lado, y concentración de masas sin la menor propiedad en las grandes urbes, por otro) que acabarán arrastrándolo fatalmente a su pérdida”.

La sociedad capitalista, por la acuidad que alcanzan las disparidades de su modo de producción, ya no puede proseguir lo que ha sido su misión histórica: la de desarrollar continuada y progresivamente las fuerza productivas y la productividad del trabajo humano. El choque de las fuerzas productivas contra su apropiación privada, tras haber sido puntual se ha vuelto permanente. El capitalismo ha entrado en su crisis general de descomposición, y la Historia consignará con líneas de sangre sus sobresaltos agónicos.

Resumamos los rasgos esenciales de esta crisis general: una sobreproducción industrial general y constante, un desempleo técnico crónico que grava la producción de capitales no viables; el desempleo permanente de masas considerables de fuerza de trabajo que agrava las disparidades de clase; una sobreproducción agrícola crónica que se superpone a la crisis industrial y que analizaremos más adelante; un importante frenazo al proceso de acumulación capitalista debido a la reducción de las posibilidades de explotación de las fuerzas de trabajo (composición orgánica) y de la baja continua de la cuota de ganancia. Esta baja ya había sido prevista por Marx cuando decía que “en cuanto la formación del capital se encuentre exclusivamente en manos de unos cuantos grandes capitalistas para quienes la masa de la ganancia compensaría la cuota de la ganancia, la producción perdería todo estímulo vivificante, cayendo así en letargo. La cuota de ganancia es la forma motriz de la producción capitalista. Sin ganancia, no hay producción”; la necesidad para el capital financiero de buscar la ganancia extraordinaria, la cual proviene no de la producción de plusvalía, sino de una expoliación, por un lado, del conjunto de los consumidores poniendo el precio de las mercancías por encima de su valor y, por otro lado, de los pequeños productores apropiándose de una parte o de la totalidad de su trabajo. La ganancia extraordinaria significa así un impuesto indirecto sacado de la circulación de las mercancías. El capitalismo lleva en sí la tendencia a volverse parásito en el pleno sentido del término.

Durante las dos últimas décadas anteriores al conflicto mundial (1914-18), todos esos factores de una crisis general se desarrollaban y, en cierta medida, se iban agudizando, aunque la coyuntura seguía evolucionado en una curva ascendente. Pero esto era en cierto modo el canto de cisne del capitalismo. En 1912 se alcanzó el punto culminante. El mundo capitalista está inundado de mercancías. La crisis estalla en 1913 en Estados Unidos y empieza a extenderse hacia Europa. La chispa de Sarajevo acabó por hacerla estallar en la guerra mundial, la cual ponía al orden del día la puesta en entredicho del reparto de las colonias. La matanza de la guerra va a ser para la producción capitalista una inmensa salida que abría “magníficas” perspectivas.

La industria pesada, que fabrica no ya medios de producción sino de destrucción, y la industria productora de medios de consumo, van a poder trabajar a pleno rendimiento, no para asegurar la existencia de las personas, sino para acelerar su destrucción. La guerra, por una lado, provoca un “saludable” saneamiento de los valores-capital hipertrofiados, al destruirlos sin sustituirlos, y, por otro lado, favorece la salida de las mercancías muy por encima de su valor, mediante la impresionante subida de precios bajo el régimen de costes obligados; la masa de superganancias que el capital saca de la expoliación de los consumidores compensa con creces la disminución de la masa de plusvalía resultante de un debilitamiento de las posibilidades de explotación a causa de la movilización.

La guerra destruye sobre todo enormes fuerzas de trabajo que, en la paz, expulsadas del proceso de producción, eran una amenaza creciente para la dominación burguesa([3]). Se calcula la destrucción de valores reales en una tercera parte de la riqueza mundial acumulada por el trabajo de generaciones de asalariados y de campesinos. Tal desastre social, desde el punto de vista del interés mundial del capitalismo aparece como un balance de prosperidad análogo al de una sociedad anónima que se ocupa de participaciones financieras y cuyo saldo de ganancias y pérdidas pletórico de beneficios oculta en realidad la ruina de pequeñas empresas y la miseria de los trabajadores. Pues las destrucciones, aunque alcancen proporciones de cataclismo, no acaban siendo una carga para el capitalismo. El Estado capitalista hacia el que convergen, durante el conflicto, todos los poderes, bajo la imperiosa necesidad de establecer una economía de guerra, es el gran consumidor insaciable que crea su poder adquisitivo gracias a empréstitos gigantescos que succionan todo el ahorro nacional bajo el control y con la asistencia “retribuida” del capital financiero; el Estado paga a unos plazos que hipotecan la renta futura de los proletarios y de los pequeños campesinos. La afirmación de Marx, enunciada hace 75‑años, adquiere su pleno significado: “la única parte de la pretendida riqueza nacional que acaba siendo propiedad colectiva de los pueblos modernos es la deuda pública”.

La guerra tenía que acelerar evidentemente los antagonismos sociales. El último período de matanzas se abre con el relámpago de Octubre de 1917. Acaba de estallar el sector más débil del capitalismo mundial. En Europa central y occidental rugen las convulsiones revolucionarias. El poder burgués se tambalea: hay que poner fin al conflicto. Si el proletariado, en Rusia, guiado por un partido forjado por quince años de luchas obreras y de trabajo ideológico, acaba dominando a una burguesía todavía débil, e instaurar su dictadura, en los países centrales, donde el capitalismo está sólidamente arraigado, la clase burguesa, aún tambaleándose bajo el ímpetu de la marea revolucionaria, acaba logrando, gracias al apoyo de una Socialdemocracia poderosa todavía y a causa de la todavía inmadurez de los partidos comunistas, orientar al proletariado hacia una dirección que lo aleja de sus objetivos específicos. La tarea del capitalismo se vio favorecida por la posibilidad, tras el armisticio, de prolongar su “prosperidad” de guerra en un período de auge económico justificado por la necesidad de adaptar la producción bélica a la renovación del aparato productivo y al consumo de la paz por las enormes necesidades que surgían. Esta situación hizo reintegrar en la producción a la práctica totalidad de los obreros desmovilizados y las concesiones de orden económico que les acuerda la burguesía, además de que no rebajan su ganancia (los aumentos salariales van muy por detrás de la devaluación de las monedas), le permiten proporcionar a la clase obrera la ilusión de que dentro del sistema capitalista podría mejorar sus suerte y, aislándola de su vanguardia revolucionaria, poder aplastar a esta con facilidad.

La perturbación en el sistema monetario agravó el desorden provocado por la guerra en la jerarquía de los valores y en la red de los intercambios, de tal suerte que el desarrollo económico (al menos en Europa) evolucionó hacia actividades especulativas, creciendo así los valores ficticios y no siguiendo una fase cíclica; alcanzó pronto su punto álgido: el volumen de producción desbordó rápidamente la débil capacidad adquisitiva de las masas y eso a pesar de que el volumen de producción correspondía a una capacidad muy reducida en fuerzas productivas, bastante más bajas que antes de la guerra. De ahí la crisis de 1920, la cual, tal como la definió la Internacional comunista aparece como la “reacción de la miseria contra los esfuerzos por producir, traficar y vivir como en la época anterior del capitalismo”, o sea, la de la prosperidad ficticia de la guerra y de la posguerra.

En Europa la crisis no fue el remate de un ciclo industrial, en los Estados Unidos, en cambio, todavía aparece como tal. La guerra les permitió librarse de la tenaza de la depresión económica de 1913, ofreciéndoles  inmensas posibilidades de acumulación, quitándose de encima al competidor europeo y abriendo un mercado militar poco menos que inagotable. Norteamerica se convirtió en el gran abastecedor de Europa en materias primas, productos agrícolas e industriales. Apoyados en una capacidad productiva colosal, una agricultura poderosamente industrializada, inmensos recursos en capital y en su situación de prestamista mundial, Estados Unidos, tras haberse convertido en centro económico del capitalismo mundial, ha desplazado también el eje de las contradicciones imperialistas. El antagonismo anglo-americano sustituyó a la rivalidad anglo-alemana, origen del primer conflicto mundial([4]). El final de éste hizo surgir en EEUU la enorme distorsión entre un aparato productivo hipertrofiado y un mercado muy menguado. La contradicción estalló en la crisis de abril de1920 y, a su vez, el joven imperialismo norteamericano se ha metido desde entonces en la vía de la descomposición general de su economía.

En la fase decadente del imperialismo, al capitalismo ya solo le queda una salida para superar las contradicciones de su sistema: la guerra. La humanidad no podrá evitar semejante alternativa si no es mediante la revolución proletaria. La Revolución de Octubre 1917, sin embargo, no pudo hacer madurar, en los países avanzados de Occidente, la conciencia del proletariado. Éste fue incapaz de orientar las fuerzas productivas hacia el socialismo, única posibilidad de superar las contradicciones capitalistas. Y cuando las últimas energías revolucionarias se consumieron en la derrota del proletariado alemán en 1923, la burguesía logró volver a dar a su sistema una estabilidad relativa. Esta estabilidad, por mucho que refuerce su dominación, va a acabar metiéndola en el camino que lleva a una nueva y terrible conflagración general.

Mientras tanto, se abrió un nuevo período de reanudación económica con unas apariencias de prosperidad que recordaban la del capitalismo ascendente, al menos en uno de sus aspectos esenciales: el incremento de la producción. Pero como ya hemos visto, en épocas anteriores, el auge correspondía a una ampliación del mercado capitalista, que se anexionaba nuevas zonas precapitalistas, mientras que el auge de 1924 a 1929 carecía de esas posibilidades.

Asistimos, al contrario, a una agravación de la crisis general bajo la acción de ciertos factores que vamos a examinar rápidamente:

a) el mercado capitalista se vio amputado de la amplia salida que había sido la Rusia imperial, importadora de productos industriales y de capitales, exportadora de materias primas y de productos agrícolas vendidos a bajo costo gracias a una explotación implacable del campesinado; por otro lado, esta última gran zona precapitalista con recursos inmensos y enormes reservas humanas, se ha hundido en convulsiones sociales sin límite que impiden al capital efectuar en ella inversiones “seguras”;

b) los trastornos del mecanismo mundial han suprimido el oro como equivalente general de las mercancías y moneda universal. La ausencia de una medida común, la coexistencia de sistemas monetarios basados, unos en el oro, otros en cotizaciones forzadas o sin convertibilidad, provocan tal diferencia de precios que la noción de valor se esfuma en un comercio internacional totalmente desarticulado y el desorden se agrava al recurrirse cada día más al dumping;

c) la crisis crónica y general de la agricultura está madurando en los países agrarios y en los sectores agrícolas de los países industriales (y acabará estallando en la crisis económica mundial). El desarrollo de la producción agraria que había recibido su principal impulso de la industrialización y de la capitalización agrícolas, desde antes de la guerra, de las grandes áreas de Estados Unidos, Canadá y Australia, prosiguió extendiéndose a regiones más atrasadas de Europa central y América del Sur, cuya economía esencialmente agrícola perdió su carácter semiautónomo, convirtiéndose en plenamente tributaria del mercado mundial.

Además, los países industriales, importadores de productos agrícolas, pero metidos en una vía de nacionalismo económico intentan compensar las deficiencias de su agricultura aumentando las tierras sembradas e incrementando su rendimiento, protegiéndose tras los aranceles e instaurando una política de subvenciones, práctica que se ha extendido a los países de grandes cultivos (Estados Unidos, Canadá, Argentina). De ello resulta, bajo la presión monopolística, un régimen ficticio de precios agrícolas que se elevan a nivel de los costes de producción más elevado, pesando grandemente en la capacidad adquisitiva de las masas (esto se verifica sobre todo para el trigo, artículo de gran consumo).

El que las economías campesinas hayan acabado su integración en el mercado tiene, para el capitalismo, una consecuencia importante: los mercados nacionales ya no pueden ampliarse, habiendo alcanzado su punto de saturación absoluto. El campesino, por muchas apariencias de productor independiente que tenga, se ha incorporado a la esfera capitalista de producción como los asalariados: de igual modo que éstos son expoliados de su trabajo excedente por la obligación en que se encuentra de vender su fuerza de trabajo, de igual modo el campesino tampoco puede apropiarse del trabajo excedente contenido en sus productos pues debe cederlos al capital por encima de su valor.

El mercado nacional plasma así de manera patente la agudización de las contradicciones capitalistas: por un lado, la disminución relativa y luego absoluta de la parte del proletariado en el producto total, la extensión del desempleo permanente y de la masa de reserva industrial reducen el mercado para los productos agrícolas. La caída resultante del poder adquisitivo de los pequeños campesinos, reduce el mercado para los productos capitalistas. La baja constante de la capacidad adquisitiva de las masas obreras y campesinas se opone así cada vez más violentamente a una producción agrícola cada vez más abundante, compuesta sobre todo de productos de gran consumo.

La existencia de una sobreproducción agrícola endémica (claramente establecida  por las cifras de las existencias mundiales de trigo que se han triplicado entre 1926 y 1933) refuerza los factores de descomposición que actúan en la crisis general del capitalismo por el hecho de que es imposible reducir tal sobreproducción, al diferenciarse de la sobreproducción capitalista propiamente dicha (si no es gracias a la intervención “providencial” de agentes naturales), debido al carácter específico de la producción agraria todavía insuficientemente centralizada y capitalizada y que ocupa a millones de familias.

Tras haber determinado las condiciones que delimitan el campo en el que deben evolucionar las contradicciones interimperialistas, es más fácil resaltar el carácter verdadero de esa “insólita” prosperidad del período de “estabilización” del capitalismo. El desarrollo considerable de las fuerzas productivas y de la producción, del volumen de intercambios mundiales, del movimiento internacional de capitales, rasgos esenciales de la fase ascendente de 1924 a 1928, se explican por la necesidad de borrar las huellas de la guerra, de recuperar la capacidad productiva primitiva, para utilizarla en la realización de un objetivo fundamental, el de culminar la estructura económica y política de los Estados imperialistas, condicionando sus capacidades de competencia y edificar economías adaptadas a la guerra. De ahí que sea evidente que todas las fluctuaciones coyunturales muy desiguales (aunque en línea ascendente) no hacen más que reflejar los cambios habidos en la relación de fuerzas imperialistas que se estableció en Versalles([5]) confirmando así un nuevo reparto del mundo.

El auge de la técnica y de la capacidad de producción ha ido adquiriendo proporciones gigantescas, especialmente en Alemania. Tras la tormenta inflacionista de 1922-23, las inversiones de capitales ingleses, franceses y sobre todo americanos, fueron tantas en Alemania que muchos de esos capitales ni siquiera podían invertirse en este país y eran reexportados, a través de los bancos, en particular hacia la URSS para financiar el plan quinquenal.

Durante el proceso mismo de expansión de las fuerzas productivas se refuerza la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. La composición orgánica [del capital] aumenta con mayor rapidez que el desarrollo del aparato de producción. Esto se comprueba sobre todo en las ramas productivas esenciales. De ahí que acabe produciéndose una modificación interna del capital constante: la parte fija (las máquinas) aumenta grandemente en relación con la parte de capital en circulación (materias primas y abastecimientos consumidos), convirtiéndose en elemento rígido que hace aumentar los precios de coste al reducirse el volumen de la producción y al representar el capital fijo el contravalor de capitales prestados. Las empresas más poderosas se vuelven así más sensibles al menor bajón de la coyuntura. En 1929, en Estados Unidos, en plena prosperidad, la producción de acero era sólo el 85% de su capacidad productiva para llegar a cubrir el máximo de necesidades y en marzo de 1933, la capacidad caerá al 15%. En 1932, la producción de medios de producción para los grandes países industrializados no representará ni siquiera el equivalente en valor del desgaste normal del capital fijo.

Todo eso no expresa sino otro aspecto contradictorio de la fase degenerativa del imperialismo: mantener el indispensable potencial de guerra mediante una aparato productivo parcialmente inutilizado.

Mientras tanto, para intentar aligerar el precio de costo, el capital financiero recurre a medios que ya conocemos: reducir los precios de las materias primas, bajando el valor de la parte en circulación del capital constante; fijar el precio de venta por encima del valor, buscando una ganancia añadida; reducir el capital variable, ya sea mediante la baja directa o indirecta de los salarios, ya sea intensificando el trabajo, lo cual equivale a la prolongación de la jornada de trabajo y se realiza mediante la racionalización y la organización del trabajo en cadena. Se entiende así por qué esos métodos (la cadena) se han aplicado con el mayor rigor en los países técnicamente más desarrollados, en Estados Unidos y en Alemania, en situación de inferioridad en períodos de baja coyuntura, frente a los países menos evolucionados en los que los precios de coste son mucho más sensibles a la baja de salarios. La racionalización choca, sin embargo, con las fronteras de la capacidad humana. Además, la baja de salarios sólo permite aumentar la masa de plusvalía en la medida en que no disminuye la base de explotación, o sea la cantidad de asalariados trabajando. Por consiguiente, para solucionar el problema fundamental, o sea: conservar a la vez el valor de los capitales invertidos y su rentabilidad, produciendo y realizando el máximo de plusvalía y de ganancia extraordinaria (su ampliación parásita) hay que buscar otras posibilidades. Para dejar vivir a los capitales “no viables” y asegurarles una ganancia, hay que nutrirlos con un dinero “fresco” que el capital financiero se niega, evidentemente, a sacar de sus propios recursos. Así pues acaba sacándolo ya sea del ahorro puesto a su disposición, ya sea, por medio del Estado, del bolsillo de los consumidores. De ahí viene el desarrollo de los monopolios, de las empresas mixtas (con participación estatal), la creación de costosas empresas de “utilidad pública”, los préstamos, las subvenciones a negocios no rentables o la garantía estatal de sus rentas. De ahí viene el control de los presupuestos, la “democratización” de los impuestos mediante la ampliación de la base imponible, los reducciones fiscales en favor del capital para así reanimar las “fuerzas vivas” de la nación, la reducción de cargas sociales “no productivas”, las conversiones de rentas, etc.

Todo eso no es, sin embargo, suficiente. La masa de plusvalía producida sigue siendo insuficiente y el campo de la producción, demasiado estrecho, debe ampliarse. Si la guerra es la gran salida de la producción capitalista, en la “paz”, el militarismo (comprendido como el conjunto de actividades para preparar la guerra) realizará la plusvalía de las producciones básicas controladas por el capital financiero. Éste podrá delimitar la capacidad de absorción mediante los impuestos, quitando a las masas obreras y campesinas una parte de su poder adquisitivo transfiriéndolo al Estado, comprador de los medios de destrucción y “promotor de obras” de carácter estratégico. El respiro obtenido de ese modo, no podrá evidentemente resolver las contradicciones. Como Marx ya lo predijo: “Cada vez aumenta más la contradicción entre el poder social global constituido en última instancia por el capital como un todo y el poder de cada capitalista para disponer de las condiciones sociales de la producción capitalista”. Todos los antagonismos internos de la burguesía deben ser absorbidos por su aparato de dominación, el Estado capitalista, el cual, ante el peligro, está obligado a salvaguardar los intereses fundamentales de la clase dominante como un todo y a rematar la fusión, en parte ya realizada por el capital financiero, de los intereses particulares de las diferentes fracciones capitalistas. Cuanta menos plusvalía hay para repartirse, más agudos son los conflictos internos y más urgente es esa concentración. La burguesía italiana fue la primera en recurrir al fascismo porque su frágil estructura amenazaba con romperse, no solo bajo la presión de la crisis de 1921, sino también bajo el choque de las violentas contradicciones sociales.

Alemania, potencia sin colonias, asentada en una débil base imperialista, ha estado obligada, en el cuarto año de crisis mundial a concentrar todos los recursos de su economía en el seno del Estado totalitario aplastando así al proletariado, única fuerza que hubiera sido capaz de oponerse a la dictadura capitalista mediante su propia dictadura. Además, es en Alemania donde está más avanzado el proceso de transformación del aparato económico en instrumento para la guerra. En cambio, los grupos imperialistas más poderosos, como Francia o Inglaterra, que disponen todavía de considerables reservas de plusvalía, no han entrado todavía de manera decidida en la vía de la centralización estatal.

Acabamos de decir que el auge del período 1924-28 evolucionó en función de la restauración y del fortalecimiento estructural de cada una de las potencias alrededor de cuyas órbitas venían a instalarse los Estados de segundo orden, según la conexión de sus intereses. Pero precisamente porque ese auge provocó dos movimientos, que aunque estrechamente dependientes, son contradictorios (por un lado el incremento de la producción y de la circulación de mercancías, por otro el fraccionamiento del mercado mundial en economías independientes) el punto de saturación no iba a tardar en llegar.

Los ilusos soñadores del liberalismo económico querrían asimilar la crisis mundial a una crisis cíclica que acabaría resolviéndose bajo la acción de factores “espontáneos”, pudiendo el capitalismo librarse de ella si aceptara aplicar un plan de trabajo del estilo De Man u otro proyecto de salvamento capitalista salido de los “Estados generales del trabajo”. En realidad, la crisis mundial ha abierto un período en el que las pugnas interimperialistas, salidas ya de su fase de preparación, van a tomar formas abiertas primero económicas y políticas, y después violentas y sanguinarias cuando la crisis haya agotado todas las “posibilidades pacíficas” del capitalismo.

No podemos analizar aquí el proceso de ese hundimiento económico sin precedentes. Todos los métodos, todas las tentativas a las que ha recurrido el capitalismo para contrarrestar sus contradicciones, todo lo que hemos descrito, lo estamos viendo ahora todavía más acelerado con la energía de la desesperación: extensión del monopolio del mercado nacional a los dominios coloniales e intentos para formar imperios homogéneos y protegidos por una barrera única (Ottawa), dictadura del capital financiero y reforzamiento de sus actividades parasitarias; retroceso de los monopolios internacionales obligados a ceder ante el empuje nacionalista (krach Kreuger); exacerbación de los antagonismos mediante la guerra de aranceles en la que se injertan las pugnas monetarias en las que intervienen los depósitos de oro de los bancos emisores; en los intercambios, la sustitución del sistema de contingentes, de los “clearing” o compensaciones, incluso el trueque, por la función reguladora del oro, equivalente general de las mercancías; anulación de las “reparaciones” incobrables, rechazo de los créditos americanos por parte de los Estados “vencedores”, suspensión del servicio de los préstamos y las deudas privadas de los países “vencidos”, desembocando todo en el hundimiento del crédito internacional y de los valores “morales” del capitalismo.

Al referirnos a los factores que determinan la crisis general del capitalismo, podemos comprender por qué la crisis mundial no puede ser reabsorbida por la acción “natural” de las leyes económicas capitalistas y por qué, al contrario, el poder combinado del capital financiero y del Estado capitalista las vacían de sentido, aplastando todas las expresiones de intereses capitalistas particulares. Con este enfoque deben observarse las múltiples “experiencias” e intentos de recuperaciones, de “relanzamientos” que están apareciendo durante la crisis. Todas esas actividades actúan, no a escala internacional en función de una mejora de la coyuntura mundial, sino en el plano nacional de las economías imperialistas con formas adaptadas a sus particularidades estructurales. No podemos analizar aquí ciertas manifestaciones como las monetarias. En realidad sólo tienen un interés secundario porque son efímeras y contingentes. Todas esas experiencias de reanimación artificial de la economía en descomposición dan, en realidad, los mismos frutos. Las medidas con las que demagógicamente, se proponen luchar contra el desempleo y aumentar el poder adquisitivo de las masas, desembocan en el mismo resultado, no al retroceso del desempleo anunciado a bombo y platillo por las estadísticas oficiales, sino a un reparto del trabajo disponible entre un mayor número de obreros que llevan a una agravación de sus condiciones de existencia.

El aumento de la producción de las industrias fundamentales (y no de las industrias de consumo) que se está realizando en el seno de cada imperialismo está únicamente alimentada por la política de obras públicas (estratégicas) y por el militarismo cuya importancia ya conocemos.

El capitalismo, haga lo que haga, utilice el medio que sea para librarse de la tenaza de la crisis, a lo único a lo que se ve arrastrado irresistiblemente es hacia su destino, la guerra. Hoy por hoy es muy difícil saber cómo y dónde se desencadenará. Lo que importa es saber y afirmar que estallará para repartirse Asia y que será una guerra mundial.

Todos los imperialismos se dirigen hacia la guerra, ya sea los que se visten con los disfraces democráticos ya sea los que se visten con las corazas fascistas; y el proletariado no puede dejarse arrastrar hacia ninguna de esas separaciones abstractas entre “democracia” y fascismo, lo cual acabaría desviándolo de su lucha cotidiana contra su propia burguesía. Vincular sus tareas y su táctica a las perspectivas ilusorias del recuperación económica o a no se sabe qué fuerzas capitalistas opuestas a la guerra que sólo existen en la imaginación, es llevarlo todo recto hacia ella o quitarle toda posibilidad de encontrar el camino de la revolución.

Mitchell

[1] El dumping es vender por debajo del precio de coste para hacerse con un mercado [NdR].

[2] Nosotros rechazamos esa noción falsa de “capas privilegiadas de la clase obrera”, más conocida bajo los términos de “aristocracia obrera”, noción desarrollada por Lenin entre otros (el cual la había recogido de Engels) y que hoy sigue siendo defendida por los grupos bordiguistas. Nosotros hemos desarrollado nuestra postura sobre este tema en el artículo “La aristocracia obrera: una teoría sociológica para dividir a la clase obrera” (Revista internacional nº 25, 2º‑trimestre de 1981).

[3] Es indiscutible que “la guerra destruye sobre todo enormes fuerzas de trabajo”, al provocar la muerte de grandes masas de proletarios. Pero esta frase da a entender que la guerra  sería la solución adoptada por la burguesía para enfrentarse al peligro proletario, idea que nosotros no compartimos. Esta idea no marxista de que la guerra en el capitalismo sería, en realidad, “una guerra civil de la burguesía contra el proletariado” fue sobre todo defendida, en la Izquierda Italiana, por Vercesi.

[4] Esta afirmación, que la realidad iba a desmentir rápidamente, se apoyaba en la postura política de que los principales competidores comerciales tenían que ser, obligatoriamente, los principales enemigos imperialistas. Esta posición fue defendida en un debate que se desarrolló en la Internacional comunista y fue Trotski quien, con toda la razón, se opuso a ella, afirmando que los antagonismos militares no se superponen obligatoriamente a los económicos.

[5] O sea en el Tratado de Versalles firmado tras el Armisticio de 1918 entre los países vencedores y Alemania.