Polonia 1980 - Lecciones siempre válidas para la lucha del proletariado mundial

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En Polonia, hace 20 años, en el verano de 1980, empezó la mayor y más masiva expresión de la lucha obrera en todo el mundo desde el final de la oleada revolucionaria mundial que surgió en respuesta a la Primera Guerra mundial y continuó durante la primera parte de los años veinte. En estos tiempos, cuando la ideología dominante desprecia la idea de que la clase obrera incluso exista, y no digamos ya que pueda actuar como una fuerza en defensa de sus intereses, es esencial que las organizaciones revolucionarias recuerden a los trabajadores la llamarada más ardiente de la lucha de la clase obrera desde la oleada revolucionaria de 1917-23.

Para los obreros más jóvenes, los sucesos de Polonia 1980-81 pueden significar una revelación de que, hace bien poco en fin de cuentas, la clase obrera demostraba que era una fuerza con la que contar en la sociedad capitalista. Para los obreros más viejos, que probablemente se hayan vuelto más escépticos, un recuerdo del potencial de la clase obrera puede servir de antídoto contra las actuales mentiras venenosas sobre la “globalización”, las quimeras de la “nueva economía” y el supuesto fin de la lucha de clases.

Las luchas de Polonia 1980 aportaron numerosas lecciones al proletariado mundial, y volveremos sobre algunas de ellas al final de este artículo, pero una de esas lecciones que se impuso en esa época, y que hoy intentan ocultar totalmente las campañas ideológicas de la burguesía, es que las luchas obreras en los llamados “países socialistas” eran fundamentalmente de la misma naturaleza que las de los obreros de los países occidentales, abiertamente capitalistas. En este sentido, las luchas en Polonia ponían en evidencia que en los países del Este, la clase obrera estaba explotada igual que en los países capitalistas, lo que significaba que, desde el punto de vista de los obreros, el “socialismo real” ni era ni más ni menos que capitalismo. De hecho, esta lección no era nueva. Los revolucionarios no habían esperado a 1980 para identificar como capitalistas los regímenes autoproclamados socialistas. Desde hacía décadas, antes incluso de la constitución de las “democracias populares”, habían dicho claramente que la pretendida “patria socialista” rusa, tan querida de los estalinistas, era un país capitalista e imperialista, en el que los obreros sufrían una explotación feroz en beneficio de una clase burguesa reclutada en el aparato del partido “comunista”. Tampoco les sorprendió que en 1953, los obreros de Berlín Este se sublevaran contra el régimen de la Alemania “socialista”, o cuando en 1956 los obreros en Polonia y sobre todo en Hungría, se rebelaron contra el Estado “socialista”, e incluso llegaron, en este último país, a organizarse en consejos obreros antes de ser aplastados por los tanques del Ejército “rojo”. En realidad, los combates de Polonia 1980 habían sido preparados por una serie de luchas que vamos a recordar brevemente.

Luchas en Polonia antes de 1980

En junio de 1956 hubo una serie de huelgas en Polonia cuyo momento culminante fue una huelga insurreccional en Poznam, aplastada por el ejército. Cuando hubo huelgas posteriores, manifestaciones y enfrentamientos con la policía en muchas partes del país en octubre, el Estado polaco no tuvo que recurrir a la represión brutal. Con el nuevo liderazgo “reformista” de Gomulka instalado, la clase gobernante fue capaz de controlar la situación con una estrategia nacionalista, evitando con ella que se forjaran vínculos con la lucha que se desarrollaba en ese momento en Hungría.

En el invierno de 1970-71, los trabajadores respondieron masivamente a unos aumentos de precios de más del 30%. Durante las huelgas hubo enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y ataques a las sedes del partido estalinista. A pesar de la represión del Estado, el gobierno fue sorprendido por la extensión del movimiento obrero y los aumentos de precios se retiraron. Durante las huelgas, Gomulka había sido sustituido por Gierek, pero sin conseguir desviar el curso de las luchas obreras.

En junio de 1976, en respuesta a los primeros aumentos de precios desde 1970, hubo huelgas y choques con las fuerzas de seguridad. Los aumentos de precios se anularon, pero se desencadenó la represión del Estado, con despidos masivos y cientos de arrestados y encarcelados.

Con la experiencia de esas luchas, no es de extrañar que los obreros demostraran una mayor comprensión de las necesidades y los medios de su lucha cuando iniciaron el movimiento de 1980.

La escala masiva de las luchas de 1980

Para tener una idea de por qué las huelgas en Polonia fueron un ejemplo en su tiempo, por qué la CCI elaboró rápidamente un panfleto internacional sobre las lecciones del movimiento, y por qué se trata de una experiencia de la clase obrera que sigue mereciendo la atención dos décadas después, es necesario hacer un resumen de lo que ocurrió.

Lo que sigue está basado en parte en un artículo que apareció en la Revista internacional nº 23 (además de este número, los ejemplares entre el número 23 y 29 son muy ricos en lecciones del movimiento).

“El 1º de Julio de 1980, a resultas de fuertes aumentos del precio de la carne, estallan huelgas en Ursus, en las cercanías de Varsovia, en la fábrica de tractores que había sido el centro del enfrentamiento con el poder en Junio de 1976; y también en Tczew, en la región de Gdansk. En Ursus, los obreros se organizan en asambleas generales, redactan una lista de reivindicaciones y eligen un comité de huelga. Aguantan ante la amenaza de despidos y de represión y paran varias veces para mantener el movimiento.

“Entre el 3 y el 10 de julio, la agitación prosigue en Varsovia (fábricas de material eléctrico, imprenta), en las factorías de aviones de Swidnick, en las automovilísticas de Zeran, en Lodz, en Gdansk... Por todas partes los obreros forman comités de huelga. Las reivindicaciones son de aumentos de sueldo y para que se anulen las alzas de precios. El gobierno promete aumentos: el 10% de media, en algunos casos el 20%, aumentos que son acordados a los huelguistas y no tanto a los no huelguistas, para así frenar al movimiento...

“A mediados de mes, la huelga llega a la ciudad de Lublin. Los ferroviarios y los de transportes primero, y luego todas las industrias de la localidad paran el trabajo. Las reivindicaciones son: elecciones libres en los sindicatos, seguridad con garantías para los huelguistas, fuera policía de las fábricas, aumentos salariales.

“El trabajo se reanuda en algunas regiones, pero también estallan nuevas huelgas. Krasnik, la fundición de Skolawa Wola, la ciudad de Chelm cercana a la frontera con Rusia, Wroclaw, son afectadas por huelgas durante el mes de julio. La sección K-1 de los astilleros de Gdansk se para, y también el complejo siderúrgico de Huta en Varsovia. Por todas partes, las autoridades ceden aceptando aumentos salariales. Según el Finantial Times, el gobierno agenció, durante el mes de julio, un fondo de cuatro mil millones de zlotys para pagar los aumentos. Las oficinas estatales son obligadas a proporcionar inmediatamente carne “de primera” a las fábricas que están paradas. Hacia finales de mes, el movimiento parece estar en reflujo y el gobierno se cree que lo ha frenado negociando fábrica por fábrica. Y se engaña.

“La explosión está, en realidad, madurando, como así lo demuestra la huelga de basureros de Varsovia que dura una semana a principios de agosto. El 14 de agosto, el despido de una militante de los sindicatos libres provoca la explosión de una huelga en los astilleros “Lenin” de Gdansk. La asamblea general hace una lista de 11 reivindicaciones; las propuestas se discuten y se votan. La asamblea decide la elección de un comité de huelga que se compromete con las reivindicaciones: reintegro de militantes, aumento de subsidios familiares, aumento de sueldos en 2000 zlotys (el salario medio es de 3000 a 4500 zlotys), disolución de los sindicatos oficiales, supresión de los privilegios de la policía y los burócratas, construcción de un monumento a los obreros muertos por la milicia en 1970, la publicación inmediata de informes verídicos sobre la huelga.

“La dirección cede sobre la vuelta de Anna Walentinowisz y de Lech Walesa, así como en lo de construir un monumento. El Comité de huelga da cuenta de su mandato ante los obreros por la tarde y los informa sobre las propuestas de la dirección. La asamblea decide que se forme una milicia obrera; las bebidas alcohólicas son recogidas. Hay una nueva negociación con la dirección. Los obreros instalan un sistema de altavoces para que todos puedan seguir las discusiones. Y pronto se instala un sistema para que los obreros reunidos en asamblea puedan hacerse oír en el salón de negociaciones. Hay obreros que se apoderan del micro para dar precisiones sobre lo que exigen. Durante la mayor parte de la huelga, hasta el día antes de la firma del compromiso, miles de obreros intervienen desde fuera para exhortar, aprobar o desaprobar las discusiones del Comité de huelga. Todos los obreros despedidos del astillero desde 1970 pueden volver a sus puestos. La dirección cede sobre los aumentos y da garantías para la seguridad de los huelguistas.

“El 15 de agosto, la huelga general paraliza la región de Gdansk. Los astilleros “Comuna de París” de Gdynia paran. Los obreros ocupan los locales y obtienen 2100 zlotys de aumento inmediato. Pero se niegan a volver al trabajo, pues “también Gdansk tiene que ganar”. El movimiento en Gdansk está en un momento fluctuante; hay delegados de taller que dudan en ir más lejos y proponen que se acepten las propuestas de la dirección. Pero vienen obreros de otras fábricas de Gdansk y Gdynia y los convencen de que se mantengan solidarios. Se pide la elección de nuevos delegados más capaces de expresar el sentir general. Los obreros venidos de todas partes forman en Gdansk un comité interempresas en la noche del 15 de agosto y elaboran una lista de 21 reivindicaciones.

“El comité de huelga tiene 400 miembros, 2 representantes por fábrica; días después serán 800 y luego 1000. Las delegaciones van y vienen entre sus empresas y el Comité de huelga central, grabando cassettes para dar cuenta de la discusión. Los comités de huelga de cada fábrica se encargan de las reivindicaciones particulares y se coordinan entre sí. El comité de los astilleros “Lenin” está formado por 12 obreros, uno por taller, elegidos a mano alzada tras debate. Dos de ellos son mandados al comité de huelga central interempresas y rinden cuentas de todo lo ocurrido dos veces por día.

“El 16 de agosto, el gobierno cortó todas las comunicaciones telefónicas con Gdansk. El comité de huelga central eligió una “Mesa” donde predominaban los partidarios de los “sindicatos libres” y los disidentes. Las veintiuna reivindicaciones del 16 de agosto  empezaban con un llamamiento a sindicatos libres y al derecho de huelga. Lo que había sido el segundo punto de las once reivindicaciones, pasó al séptimo lugar: el aumento de 2000 zlotys para todos.

“El 17 de agosto, la radio local de Gdansk informaba de que “el clima de discusión en ciertas fábricas se ha hecho alarmante”. El 18 de agosto, 75 fábricas estaban paralizadas en la región de Gdansk-Gdynia-Sopot. Había cerca de 100.000 huelguistas. Hubo movimientos en Szczecin, y en Tarnow, ocho kilómetros al sur de Cracovia. El comité de huelga organizaba el aprovisionamiento; las plantas de energía y las fábricas de alimentación funcionaban a petición del comité de huelga. Las negociaciones se habían atascado y el gobierno se negó a hablar con el comité interempresas. En los días siguientes estallaron nuevas huelgas en Elblag, Tczew, en Kolobrzeg y otras ciudades. El‑20 de agosto se estimaba que 300 000 obreros estaban en huelga (incluyendo 120 000 en el área de Gdansk, en más de 250 fábricas). El 22 de agosto, más de 150 000 obreros en la región de Gdansk y 30 000 en Szczecin estaban en huelga. El periódico de los astilleros “Lenin”, Solidarnosc, salía diariamente; los obreros impresores ayudaban a sacar panfletos y publicaciones. Las publicaciones estalinistas hablaban de “un peligro de desestabilización social y política permanente”.

“El 26 de agosto, los obreros reaccionaron con cautela a las promesas del gobierno y permanecieron indiferentes a los discursos de Gierek (líder estalinista del partido). Se negaron a negociar hasta que se restablecieran las comunicaciones telefónicas.

“El 27 de agosto se concedieron salvoconductos elaborados por el gobierno de Varsovia para que los disidentes pudieran viajar a Gdansk y presentarse ante los huelguistas como “expertos” y poner calma en un mundo patas arriba. El gobierno estuvo de acuerdo en negociar con la Mesa del comité central de huelga, y reconoció el derecho de huelga; se restablecieron las líneas telefónicas. Comenzaron negociaciones paralelas en Szczecin, cerca de la frontera con Alemania del Este. El cardenal Wyszynski llamó a terminar la huelga; partes de su discurso se retransmitieron en televisión. Los huelguistas enviaron delegaciones al resto del país pidiendo solidaridad.

“El 28 de agosto las huelgas se extendieron aún más, afectando a las minas de cobre y carbón de Silesia, donde los obreros tenían las mejores condiciones de vida de toda Polonia. Los mineros, aún antes de discutir sobre la huelga y manifestarse de acuerdo con las reivindicaciones concretas, declararon que pararían inmediatamente “si las autoridades tocaban a Gdansk”. Se pusieron en huelga “por las reivindicaciones de Gdansk”. Treinta fábricas estaban en huelga en Wroclaw, en Poznan (las fábricas donde empezó el movimiento en 1956), en las plantas de acero de Nova-Huta y en Rzeszois. Se formaron comités interfábricas en varias regiones. Ursus envió delegados a Gdansk. En el punto más álgido de la generalización, Walesa declaró: «No queremos que las huelgas se extiendan, porque llevarán al país al borde del colapso. Necesitamos calma para negociar». Las negociaciones entre la Mesa y el gobierno se hicieron privadas; el sistema de altavoces cada vez se estropeaba más en los astilleros. El 29 de agosto las discusiones técnicas entre la Mesa y el Gobierno acabaron en compromiso: a los obreros se les darían “sindicatos libres” si aceptaban:

“1º el papel dirigente del partido;

“2º la necesidad de apoyar al Estado polaco y al Pacto de Varsovia;

“3º que el sindicato libre no desempeñara ningún papel político.

“El acuerdo se firmó el 31 de agosto en Szczecin y en Gdansk. El gobierno reconoció los sindicatos “autogestionados”; como dijo su portavoz, “la nación y el Estado necesitan una clase obrera bien organizada y consciente”. Dos días después, quince miembros de la Mesa se despidieron de sus puestos de trabajo para convertirse en oficiales de los nuevos sindicatos. Poco después se vieron obligados a matizar su posición, puesto que se divulgó que cobrarían salarios de 8000 zlotys. Esta información fue negada después a causa del descontento obrero.

Llevó varios días que se firmaran los acuerdos. Por sus declaraciones, los obreros de Gdansk aparecen amargados, desconfiados y decepcionados. Muchos obreros, al enterarse de que los acuerdos les daban sólo la mitad del aumento que ya habían obtenido el 16 de agosto, gritaban: “Walesa, nos has vendido”. Muchos tampoco estaban de acuerdo con el punto que reconocía el papel del Partido estalinista y del Estado.

La huelga en las minas de carbón de Alta Silesia y en las minas de cobre, cuyo propósito era asegurar que los acuerdos de Gdansk se aplicaran a todo el país, continuaron hasta el 3 de septiembre. A lo largo de septiembre las huelgas continuaron: en Kielce, en Bialystok – obreros del algodón –, textiles, en las minas de sal de Silesia, en los transportes de Katowice”. Hacia mediados de octubre de 1980 se estimaba que había habido huelgas en más de 4800 fábricas por toda Polonia.

Aunque la huelga de masas tuvo sus expresiones más dramáticas en agosto de 1980, la clase obrera conservó la iniciativa contra las primeras respuestas incoherentes del gobierno durante algunos meses, hasta comienzos de 1981. A pesar de los acuerdos de Gdansk, las luchas obreras continuaron, con ocupaciones, huelgas y manifestaciones. Las reivindicaciones obreras se ampliaron, con reivindicaciones económicas que crecían en cuantía y profundidad, y reivindicaciones políticas que se hacían cada vez más radicales. En noviembre de 1980, por ejemplo, hubo en acciones centradas en la región de Varsovia, reivindicaciones por el control de la policía, el ejército, la policía de seguridad y de las fiscalías. Semejantes reivindicaciones, al significar poner límites al aparato represivo de un gobierno capitalista, no se habrían tolerado en ninguna parte del mundo, puesto que ponen en entredicho la fuerza misma que garantiza la dictadura de la burguesía.

En el aspecto económico, hubo ocupaciones de oficinas gubernamentales en protesta por los racionamientos de carne. En otras partes hubo huelgas y protestas contra el racionamiento de carne en Navidades. Solidarnosc se situó explícitamente en contra de estas acciones, y durante algún tiempo hizo campaña por los racionamientos de carne.

La cooperación imperialista al final del movimiento

Enfrentada a estas luchas, la clase dirigente en Polonia se había mostrado inepta en su respuesta. Debido a la extensión del movimiento obrero, inicialmente no era posible arriesgarse a emplear la represión directa. Esto no quiere decir, sin embargo, que la amenaza de la represión no fuera usada constantemente por Solidarnosc para intentar frenar las luchas. La amenaza no venía sólo del Estado polaco, sino también de las fuerzas del imperialismo ruso. Éstas estaban preocupadas, con razón, de que el movimiento inspirara luchas en los países vecinos. La amenaza de intervención se concretó cuando, en noviembre de 1980, hubo informes sobre la concentración de fuerzas del Pacto de Varsovia en las fronteras de Polonia. Aunque los dirigentes de Estados Unidos y de Europa occidental lanzaron las típicas advertencias contra la intervención de Rusia en Polonia, como cuando Hungría 1956, o Checoslovaquia 1968, sólo eran palabras huecas. El entonces Secretario general de la OTAN, Joseph Luns, ya había dicho, en octubre de 1980, que era improbable que Occidente llevara a cabo cualquier represalia contra una invasión por parte de Rusia. Cuando la lucha de clases alcanza una escala como la que protagonizaron los obreros en Polonia, los rivales imperialistas están absolutamente de acuerdo en sus deseos de restaurar el orden social y aplastar la lucha obrera. En realidad las advertencias occidentales tenían un objetivo bien preciso: intentaban crear un sentimiento de miedo entre los obreros polacos frente a la eventualidad de una intervención de los tanques rusos. Se acordaban de lo que había ocurrido en Hungría en 1956, cuando esos tanques causaron miles de muertos. Pero el movimiento continuaba.

El 10 de enero de 1981, cuando Solidarnosc discutía con el gobierno sobre el trabajo los sábados, 3 millones de personas no volvieron al trabajo, poniéndose en estado de alerta la industria pesada. Walesa llamó a que no hubiera enfrentamientos con el gobierno.

En enero y febrero de 1981 hubo huelgas que pedían la dimisión de administradores corruptos. La región del Sur alrededor de Bielsko-Biala se paralizó por una larga huelga general que implicó a 200 000 obreros de 120 fábricas. Hubo huelgas en Bydgoszcz, Gdansk, Czestochowa, Kutno, Poznan, Legnica, Kielce. Un dirigente de Solidarnosc dijo: “Queremos detener estas huelgas anticorrupción, de lo contrario todo el país se pondrá en huelga”. El 9 de febrero, en Jelenia Gora (en el Oeste de Polonia), hubo una huelga general de 300 000 obreros en 450 fábricas, que pedían que un sanatorio para el gobierno reservado para los burócratas se transformara en hospital local. Hubo más acciones en Kalisz, Suwalki, Katowice, Radom, Nowy Sacz, Szczecin y Lublin, después del nombramiento de Jarulzesky como Primer ministro y de que Solidarnosc hubiera aprobado entusiasta su propuesta de cesar las huelgas durante 90 días.

La sustitución de Kania por Jarulzesky en febrero 1981, y la previa de Gierek por Kania en septiembre 1980, aunque significaban importantes reorientaciones de la burguesía polaca, no habían conseguido calmar la lucha obrera. Los trabajadores habían visto a Gomulka llegar y marcharse y sabían que los cambios en la cumbre no modificarían la política del Estado.

En marzo hubo una amenaza de huelga general nacional en respuesta a la violencia de la policía en Bydgoszcz. Al final, fue desconvocada por Solidarnosc tras conversaciones con el gobierno. El sindicato aceptaba que “había alguna justificación en la intervención de la policía en Bydgoszcz por el clima de tensión en la ciudad”. En el periodo que siguió a Bydgoszcz, se pusieron en marcha siete comisiones conjuntas para institucionalizar la colaboración entre Solidarnosc y el gobierno.

Sin embargo, las luchas no habían acabado. A mediados de julio de 1981 se anunciaron aumentos de la gasolina y los precios en general de 400 %, así como recortes de las raciones de carne para agosto y septiembre. Las huelgas y las marchas contra el hambre reaparecieron. Solidarnosc llamó a que se terminaran las protestas. Se plantean también otras cuestiones: la corrupción y la represión, el racionamiento. A finales de septiembre estaban afectados dos tercios de las provincias de Polonia. La oleada de huelgas siguió desarrollándose hasta mediados de octubre de 1981.

Aunque los avisos del gobierno en el verano eran muy provocativos, no fue hasta el 13 de diciembre de 1981 cuando se jugó la baza de la intervención y el‑gobierno militar. El Estado disponía de‑300 000 soldados, además de los 100 000 policías, pero sólo sería tras 17‑meses de iniciarse el movimiento cuando la clase dominante en Polonia se sintió lo suficientemente confiada para reprimir y atacar físicamente las huelgas obreras, las ocupaciones y las manifestaciones. Esa confianza venía de la seguridad de que Solidarnosc había hecho un trabajo eficaz para minar gradualmente la capacidad de respuesta de la clase obrera.

Solidarnosc contra las luchas obreras

La fuerza del movimiento estaba en que los obreros tomaron la lucha en sus manos y rápidamente la extendieron más allá de los confines de cada fábrica. Extender las luchas superando la barrera de la fábrica, hacer asambleas comunes y elegir delegados revocables en cualquier momento, todo esto contribuyó a la fuerza del movimiento. En parte esto se puede atribuir al hecho de que los obreros no tenían confianza en los sindicatos oficiales, que se identificaban como órganos corruptos y a sueldo del Estado estalinista. Esto contribuyó a dar fuerza al movimiento, pero también dejó a los obreros a merced de la propaganda sobre los sindicatos “libres” o “independientes”.

Varios grupos disidentes llevaban años defendiendo la propuesta de sindicatos “libres” como alternativa a los sindicatos oficiales que se veían como parte del Estado. Esas ideas pasaron a primer plano cada vez que hubo luchas obreras intensas. Agosto de 1980 no fue una excepción. Desde el comienzo, cuando los trabajadores luchaban contra los ataques a sus condiciones de vida y de trabajo, hubo voces que insistían en la necesidad de sindicatos “independientes”.

La labor de Solidarnosc en 1980 y 1981 demostró que, por muy separados formalmente que estuvieran del Estado capitalista, los nuevos sindicatos, surgidos de la nada, con millones de afiliados y que disfrutaban de la confianza de la clase obrera, actuaron de la misma forma que los sindicatos burocráticos oficiales estatales. Lo mismo que los sindicatos en cualquier otra parte del mundo, Solidarnosc (y las reivindicaciones por sindicatos “libres” que precedieron su fundación), actuó saboteando las luchas, desmovilizando y desmoralizando a los obreros y desviando su descontento hacia los callejones sin salida de la “autogestión”, la defensa de la economía nacional, y la defensa de los sindicatos en lugar de la de los intereses obreros. Esto sucede así, no debido a “malos dirigentes” como Walesa, o a la influencia de la Iglesia, o a la falta de estructuras democráticas, sino por la naturaleza misma del sindicalismo. No se pueden mantener organizaciones de masas permanentes en una época en que las reformas ya no son posibles, en que el Estado tiende a integrar al conjunto de la sociedad, en el que los sindicatos solo pueden ser instrumentos de defensa de la economía nacional.

En Polonia, incluso en lo más álgido de las luchas, cuando los obreros se organizaban por sí mismos, hacían asambleas, elegían delegados y organizaban comités interempresas para coordinar y hacer más eficaces sus acciones, ya había un movimiento que insistía en la necesidad de nuevos sindicatos. Como muestra el repaso de los hechos, uno de los primeros golpes contra el movimiento fue la transformación del comité interfábricas (MKS) en la estructura inicial de Solidarnosc (MKZ).

Cierto que hubo muchas sospechas respecto a lo que hacían Walesa y los dirigentes “moderados”, pero el trabajo de Solidarnosc no lo hacían un puñado de “personalidades” que colaboraban con el Estado, sino la estructura sindical como un todo. Walesa fue un “personaje importante” reconocido por la burguesía internacionalmente. La obtención del premio Nobel de la Paz, y su ascensión al puesto de Presidente de Polonia, sin duda están en continuidad con sus actividades en 1980-81, una justa recompensa por ellas. Pero hay que recordar también que antes había sido un militante respetado, que por ejemplo había sido una figura de primer plano en las luchas de 1970. Ese respeto significaba que su voz tenía un peso particular ante los obreros como acreditado “oponente” al Estado polaco. En el verano de 1980 esa “oposición” ya era algo del pasado. Desde el comienzo del movimiento se le podía encontrar desanimando activamente a los obreros para que no hicieran huelga. Esto comenzó en Gdansk, cuando inició “negociaciones” con las autoridades sobre la mejor forma de sabotear las luchas obreras, y después siguió con sus recorridos por todo el país, a menudo en un helicóptero del ejército, llamando a los obreros, cada vez que era posible, a que abandonaran las huelgas.

Walesa no sólo contaba con su reputación pasada. También daba nuevos argumentos para acabar con las luchas: “La sociedad quiere orden ahora. Tenemos que aprender a negociar en vez de luchar”. Los obreros tenían que parar sus huelgas para que Solidarnosc pudiera negociar. El marco de su discurso estaba también muy claro, era el del respeto a la economía nacional: “Primero somos Polacos, y después sindicalistas”.

El papel de Solidarnosc se hizo cada vez más abiertamente de compadreo con el gobierno, particularmente tras impedir una huelga general en marzo  1981. En agosto de 1981 hubo un buen ejemplo de esto, cuando Solidarnosc intentó convencer a los obreros de que trabajaran 8 sábados gratis en apoyo de la economía en crisis. Como le gritó un obrero cabreado a la Comisión nacional de Solidarnosc. “¿Os atrevéis a llamar a la gente a trabajar los sábados gratis porque hay que apoyar al gobierno? ¿Pero quien dice que tenemos que apoyarlo nosotros?”.

Pero Solidarnosc no sólo lanzaba llamamientos directos a mantener el orden. Un típico panfleto de Solidarnosc de Szczecin empezaba diciendo que: “Solidarnosc significa:

el camino para volver a levantar la patria

calma y estabilidad social

mantenimiento de las condiciones de vida y buena organización”,

pero al mismo tiempo seguía hablando de “la batalla por condiciones de vida decentes”. Esto muestra las dos caras de Solidarnosc, como una fuerza del orden social y a la vez como defensor de los intereses de los obreros. Los dos aspectos de la actividad del sindicato eran mutuamente dependientes. Presentando como primera preocupación los intereses de los trabajadores, esperaban que sus llamamientos al orden tuvieran credibilidad. Muchos activistas sindicales que denunciaban las “traiciones” de Walesa, defendieron, sin embargo, hasta el final el papel de Solidarnosc. En febrero de 1981, tras un periodo en que muchas huelgas estuvieron fuera del control de Solidarnosc, la dirección sacó una declaración insistiendo en la necesidad de un sindicato unido, puesto que su dispersión “desembocaría en un periodo de conflicto social incontrolado”. Semejante llamamiento era un recuerdo de que Solidarnosc únicamente sería eficaz para el Estado polaco en la medida en que pudiera presentarse como defensor de los intereses obreros.

Esta función de Solidarnosc se reconoció internacionalmente, y los sindicatos occidentales le dieron lecciones de cómo funcionan los sindicatos en el marco de la economía nacional. Para construir Solidarnosc, no se limitaron únicamente a dar consejos, un buen número de federaciones sindicales también dieron apoyo financiero, particularmente esos pilares de la “responsabilidad social” en Estados Unidos y Gran Bretaña que son la AFL-CIO y las TUC. A nivel internacional el capitalismo no dejó nada al azar.

La significación internacional de las luchas

Las luchas de 1980-81 se vieron enriquecidas por la experiencia anterior de la clase obrera en Polonia. Sin embargo, no fueron una expresión “polaca” aislada de la lucha de clases, sino la culminación de una oleada internacional de luchas de 1978 a 1981. Los mineros en Estados Unidos en 1978, el sector público en Gran Bretaña en 1978-79, los obreros del acero en Francia, a comienzos de 1979, los estibadores de Rotterdam en otoño de 1979, los obreros del acero inglés en 1980, los obreros brasileños del metal, los petroleros en Irán, las luchas masivas en Perú, las huelgas en Europa del Este que siguieron a la huelga de masas en Polonia: todas estas luchas mostraban la combatividad de la clase obrera y una creciente conciencia de clase. Uno de los significados de la huelga de masas en Polonia fue que proporcionó un principio de respuesta a las cuestiones fundamentales que se planteaban en todas esas luchas: ¿Cómo lucha la clase obrera y cuáles son los obstáculos básicos que enfrenta en su lucha?

Como hemos visto, el proletariado de Polonia pudo darse espontáneamente las formas más vigorosas y eficaces del combate de clase durante el verano de 1980, precisamente porque faltaban los “amortiguadores” sociales que existen en los países “democráticos”. Esto ya es de por sí un mentís categórico a quienes (trotskistas, anarcosindicalistas y otros) pretenden que la clase obrera no puede desarrollar realmente sus combates si previamente no construye sindicatos o cualquier otra forma de “asociacionismo obrero” (según los términos de los bordiguistas del Partido comunista internacional que publica Il Comunista en Italia y Le Prolétaire en Francia). El momento de mayor fuerza del proletariado en Polonia, cuando consiguió paralizar la represión del Estado capitalista y lo hizo retroceder con toda evidencia, fue el momento en que no existían sindicatos (excepto los sindicatos oficiales, completamente fuera de juego). Cuando se constituyó Solidarnosc, y se estructuró y reforzó progresivamente, el proletariado comenzó a debilitarse hasta el punto de no poder reaccionar a la represión que se desencadenó a partir del 13 de diciembre de 1981.

Cuando la clase obrera desarrolla sus combates, su fuerza no está en proporción directa con la de los sindicatos, sino en proporción inversa. Toda tentativa de “rectificar” los sindicatos existentes, o de construir nuevos sindicatos, significa apoyar a la burguesía en su trabajo de sabotaje de las luchas obreras.

Esta es una lección fundamental que aportan al proletariado mundial las luchas de 1980 en Polonia. Sin embargo, los obreros de Polonia no podían comprender inmediatamente esta lección puesto que no habían pasado por la experiencia histórica del papel de sabotaje de los sindicatos. Unos cuantos meses de sabotaje de las luchas por parte de Solidarnosc pudieron convencerles de que Walesa y su banda eran unos canallas, pero no bastaron para hacerles comprender que lo que se cuestiona es el sindicalismo, y no tal o cual “mal dirigente”.

Esas lecciones sólo podían sacarlas realmente aquellos sectores del proletariado mundial que están enfrentados desde hace mucho tiempo a la democracia burguesa, no inmediatamente como consecuencia de la experiencia de Polonia sino a partir de su propia experiencia cotidiana. Y eso es lo que, en parte, ocurrió a lo largo de los años 80.

En efecto, durante la oleada internacional de luchas de 1983-89, particularmente en Europa occidental, donde la clase obrera cuenta con la experiencia más larga de sindicatos “independientes”, y de la dictadura de la burguesía democrática, las luchas obreras se vieron abocadas a poner en tela de juicio con cada vez más fuerza el encuadramiento sindical, hasta el punto de que, en una serie de países (particularmente en Francia e Italia), se crearon organismos, las “coordinadoras”, supuestamente emanadas de las “asambleas de base”, para intentar paliar el descrédito de los sindicatos oficiales(1).

Evidentemente, esta tendencia a poner en entredicho el marco sindical se ha visto fuertemente contrarrestada por el retroceso general de la clase obrera tras el hundimiento del bloque del Este y de los regímenes estalinistas en 1989. Pero en las luchas que, frente al impacto de la crisis capitalista, se desarrollarán necesariamente en el futuro, los obreros de todos los países tendrán que retomar las lecciones de sus luchas precedentes. No sólo las de las luchas que han llevado directamente, sino también las de sus hermanos de clase de otros países, y particularmente las luchas del proletariado de Polonia en 1980.

Porque seguro que la relativa pasividad en la que parece estar actualmente inmersa la clase obrera mundial, no significa, ni mucho menos, que haya cambiado el curso histórico general de las luchas proletarias. Mayo 68 en Francia, el “Otoño caliente” italiano de 1969 y muchos otros movimientos a escala mundial después, han mostrado que el proletariado salió de la contrarrevolución que había sufrido durante cuatro décadas(2). Este curso no quedó en entredicho desde entonces: un periodo histórico que es testigo de combates tan importantes como los de Polonia en 1980, sólo podría cambiar por una profunda derrota de la clase obrera, una derrota que por el momento la burguesía no ha conseguido infligir al proletariado.

Barrow

 

1) Ver en especial nuestro artículo: “Las coordinadoras sabotean las luchas”, en la Revista internacional nº 56.

2) Ver nuestro artículo: “¿Porqué el proletariado no ha destruido aún el capitalismo?” en este mismo número.