Al inicio del siglo XXI - ¿ Por qué el proletariado no ha acabado aún con el capitalismo ? (I)

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El siglo XXI va a comenzar. ¿Qué aportará a la humanidad?. En el número 100 de nuestra Revista internacional, poco después de las celebraciones que realizó la burguesía por la llegada del año 2000, escribíamos: “... Así acaba el siglo, el siglo más bárbaro y trágico de la historia: en la descomposición de la sociedad. Si la burguesía ha podido celebrar con fasto el año 2000, es poco probable que pueda hacer lo mismo en el año 2100. Ya sea porque ha sido derrocada por el proletariado, o porque la sociedad habrá sido destruida o habrá retrocedido a la Edad de Piedra...”. Lo que hay en juego, se puede plantear claramente en estos términos: lo que sea el siglo XXI depende enteramente del proletariado. O bien es capaz de hacer la revolución, o llegará la destrucción de toda civilización y de la humanidad. A pesar de los bellos discursos humanistas y las declaraciones eufóricas que nos cuenta cada día, la burguesía no hará nada para evitar tan sombría salida. En modo alguno se trata de una cuestión de buena o mala voluntad de su parte o de la de sus gobiernos. Son las contradicciones insuperables de su sistema social, el capitalismo, las que conducen de forma ineluctable a la sociedad a su perdición. Desde hace una década, hemos tenido que soportar cotidianamente las campañas sobre el “fin del comunismo”, es decir, de la clase obrera. Por ello, es necesario reafirmar con fuerza, a pesar de las dificultades que tiene y puede encontrar el proletariado, que no existe ninguna otra fuerza en la sociedad capaz de resolver las contradicciones que la desgarran.

Es precisamente porque la clase obrera no ha sido capaz hasta el momento de cumplir su tarea histórica de destruir el capitalismo, por lo que el siglo XX se ha hundido en la barbarie. Por ello, el proletariado solo será capaz de encontrar la fuerza que necesita para cumplir sus responsabilidades históricas si es capaz de comprender las razones por las que ha fallado en las situaciones que la historia le ha planteado sus responsabilidades en el siglo que acaba. A esta tarea se propone contribuir, modestamente, este artículo.

Antes de examinar las causas del fracaso del proletariado para cumplir su tarea histórica a lo largo del siglo XX, es necesario tratar una cuestión sobre la que los revolucionarios no siempre han manifestado una claridad suficiente.

¿Es ineluctable la revolución comunista?

La cuestión es fundamental ya que de su respuesta depende en gran parte la capacidad de la clase obrera para comprender plenamente la dimensión de su tarea histórica. Un gran revolucionario como Amadeo Bordiga ([1]) afirmó, por ejemplo, que “... la revolución socialista es tan cierta como si ya hubiera tenido lugar...”. Y no ha sido el único que ha emitido tal idea. La podemos encontrar igualmente en ciertos escritos de Marx, de Engels o de otros marxistas.

En El Manifiesto comunista podemos leer una afirmación que se puede interpretar en el sentido de que la victoria del proletariado no será ineluctable: “... Opresores y oprimidos se encuentran en constante oposición; desarrollan una lucha sin descanso, ya sea abierta, ya soterrada, que cada vez acaba, bien con la transformación revolucionaria de toda la sociedad, o bien finaliza con la ruina de ambas clases en lucha...”([2]). Sin embargo, esta constatación se aplica únicamente a las clases del pasado. En lo que se refiere al enfrentamiento entre proletariado y burguesía, la salida no plantea dudas: “... El progreso de la industria, del que la burguesía es vehículo pasivo e inconsciente, sustituye poco a poco el aislamiento de los trabajadores, nacido de la competencia, por su unión revolucionaria por medio de la asociación. A medida que la gran industria se desarrolla, la base misma sobre la que la burguesía ha controlado la producción y la apropiación de los productos se derrumba bajo sus pies. Lo que produce, sobre todo, es a sus propios enterradores. Su eliminación y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables...”([3]).

En realidad, en los términos empleados por los revolucionarios, hay a menudo una confusión entre el hecho de que la revolución comunista es absolutamente necesaria, indispensable para salvar a la humanidad y su carácter cierto.

En nuestra opinión, lo más importante, evidentemente, es demostrar, y el marxismo así lo intenta desde sus inicios que:

el capitalismo no es un modo de producción definitivo, la forma “por fin hallada” de organización de la producción que puede asegurar una riqueza creciente a todos los seres humanos;

que en un momento determinado de su historia, ese sistema sólo puede llevar a la sociedad a convulsiones crecientes, destruyendo los progresos que había aportado precedentemente;

que la revolución comunista es indispensable para permitir a la sociedad proseguir su marcha hacia una verdadera comunidad humana en la que el conjunto de las necesidades humanas sean plenamente satisfechas;

que la sociedad capitalista ha creado en su seno las condiciones objetivas y puede crear las condiciones subjetivas que permitan tal revolución: las fuerzas productivas materiales, una clase capaz de transformar el orden burgués y dirigir la sociedad, la conciencia para que esta clase pueda llevar a cabo su tarea histórica.

Sin embargo, todo el siglo XX pone de relieve la inmensa dificultad de esta tarea histórica. El siglo que termina nos permite en particular comprender mejor que, para la revolución comunista, absoluta necesidad no quiere decir certeza, que la partida no se ha ganado antes de jugarla, que la victoria del proletariado no está ya escrita en el gran libro de la Historia. De hecho, además de la barbarie en la que ha caído este siglo, la amenaza de una guerra nuclear que ha pesado como una espada de Damocles sobre el mundo durante más de 40 años ha permitido ver, casi tocar, el hecho de que el capitalismo podría haber destruido la sociedad. Esta amenaza está por el momento descartada por el hecho de la desaparición de los grandes bloques imperialistas, pero las armas que pueden poner fin a la especie humana siguen estando ahí, tanto como los antagonismos entre los Estados que pueden llegar un día a utilizarlas.

Por otra parte, desde finales del siglo pasado, evocando explícitamente la alternativa “Socialismo o Barbarie”, Engels, redactor con Marx del Manifiesto comunista, aborda de nuevo la idea del carácter ineluctable de la revolución y la victoria del proletariado. Hoy en día, es muy importante que los revolucionarios digan claramente a su clase, y para hacerlo deben estar realmente convencidos, que no hay fatalidad, que la partida no se gana de antemano y, que lo que hay en juego en su lucha es ni más ni menos que la supervivencia de la humanidad. Solo si es consciente de la amplitud de su tarea, de lo que verdaderamente está en juego, la clase obrera podrá encontrar la voluntad y la fuerza de acabar con el capitalismo. Marx decía que la voluntad es la manifestación de una necesidad. La voluntad del proletariado para hacer la revolución comunista será tanto más grande cuanto más imperiosa sea a sus ojos la necesidad de tal revolución.

¿Por qué la revolución comunista no es una fatalidad?

Los revolucionarios del siglo pasado, incluso no disponiendo de la experiencia del siglo XX para dar una respuesta a esa pregunta, o al menos para formularla claramente, nos han dado sin embargo los elementos para abordar la respuesta.

“Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, van de éxito en éxito, sus efectos dramáticos van acentuándose, los hombres y las cosas parecen ser arrastrados por fuegos diamantinos, el entusiasmo es el estado permanente de la sociedad, pero son de corta duración. Rápidamente, alcanzan su punto culminante y un largo malestar se apodera de la sociedad antes de que ésta haya aprendido a apropiarse con calma de los resultados de su período tormentoso. Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo XIX, se critican a sí mismas constantemente, interrumpen a cada rato su propio discurrir, retornan a lo que parecía ya cumplido para volver a empezarlo otra vez, se mofan sin piedad de las vacilaciones, las debilidades y las miserias de sus primeras tentativas, parece que no echan abajo a su adversario sino para permitirle que recupere nuevas fuerzas y así, frente a éstas, volver a erguirse cual gigante, retroceden constantemente una y otra vez ante lo descomunal, lo infinito de sus propios objetivos hasta que se haya creado la situación en la que sea imposible toda vuelta atrás, en la que las circunstancias mismas griten: Hic Rhodus, hic salta!([4]).

Esta muy conocida cita de El 18 Brumario de Luis Bonaparte escrito por Marx a comienzos de 1852 (es decir, algunas semanas después del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851) da cuenta de curso difícil y tortuoso de la revolución proletaria. Tal idea fue recogida, cerca de 70 años después, por Rosa Luxemburgo en el artículo que escribió en vísperas de su asesinato, poco después del aplastamiento de la insurrección de Berlín en enero de 1919: “... De esta contradicción entre la tarea que se impone y la ausencia, en la etapa actual de la revolución, de las condiciones previas que permiten resolverla, resulta que las luchas terminan con una derrota formal. Pero la revolución [proletaria] es la única forma de ‘guerra’ – es de hecho una de las leyes de su desarrollo – en la que la victoria final no puede ser obtenida más que por una serie de ‘derrotas’. (...) Las revoluciones... no nos han aportado hasta ahora más que derrotas, pero estos fracasos inevitables son precisamente la garantía reiterada de la victoria final. ¡Con una condición, bien es cierto! Pues hay que estudiar en qué condiciones se ha producido la derrota cada vez..”([5]).

Estas citas evocan esencialmente el curso doloroso de la revolución comunista, la serie de derrotas que jalonan su camino hacia la victoria. Pero, al mismo tiempo permiten poner en evidencia dos ideas esenciales:

la diferencia que existe entre la revolución proletaria y las revoluciones burguesas;

la condición esencial de la victoria del proletariado, una condición que no esta ganada de antemano: la capacidad de esta clase de tomar conciencia extrayendo las lecciones de sus derrotas.

Es justamente la diferencia entre las revoluciones burguesas y la revolución proletaria lo que permite comprender por qué esta última no ha de ser considerada como una certeza.

En efecto, lo propio de las revoluciones burguesas, es decir la toma del poder político exclusivo por la clase capitalista, es que ello no constituye el punto de partida, sino el de llegada, de todo un proceso de transformación económica en el seno de la sociedad. Una transformación económica en la que las antiguas relaciones de producción, es decir las relaciones de producción feudales, son progresivamente sustituidas por las relaciones de producción capitalistas que sirven de apoyo a la burguesía para la conquista del poder político: “... De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los ‘villanos’ de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

“El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

“El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios viéronse desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

“Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos (...).

“Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en sus tiempos las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y producción.

“A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la ‘comuna’ una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo...”([6]).

Totalmente diferente es el proceso de la revolución proletaria. Mientras que las relaciones de producción capitalista pudieron desarrollarse progresivamente en el seno de la sociedad feudal, las relaciones de producción comunistas no pueden desarrollarse en el seno de la sociedad capitalista dominadas por las relaciones mercantiles y dirigidas por la burguesía. La idea de un desarrollo progresivo de “islotes de comunismo” en el seno del capitalismo pertenece al ideario del socialismo utópico y fue combatida por el marxismo y el movimiento obrero desde mediados del siglo pasado. Esto es igualmente cierto para otra variante de esta misma idea, la de las cooperativas de producción o de consumo que ni pudieron y ni podrán nunca sustraerse a las leyes del capitalismo y que, en el “mejor de los casos”, transforman a los obreros en pequeños capitalistas, o bien directamente en sus propios explotadores. En realidad, al ser la clase explotada del modo de producción capitalista, privada por definición de cualquier medio de producción, la clase obrera no dispone en el seno del capitalismo, y no puede disponer, de puntos de apoyo económicos para la conquista del poder político. Al contrario, el primer acto de transformación comunista de la sociedad consiste en la toma del poder político a escala mundial por el conjunto del proletariado organizado en Consejos obreros, es decir un acto consciente y deliberado.

A partir de esta posición tras la toma del poder político, la dictadura del proletariado, éste podrá transformar progresivamente las relaciones económicas, socializar el conjunto de la producción, abolir los intercambios mercantiles, sobre todo el primero de entre todos ellos, el salariado, y crear una sociedad sin clases.

La revolución burguesa, la toma del poder político exclusivo por la clase capitalista, era ineluctable en la medida en que ello era el resultado de un proceso económico, ineluctable en un momento dado de la vida de la sociedad feudal, un proceso en el que la voluntad política consciente de los hombres poco tenía que hacer. En función de las condiciones existentes en cada país, ella pudo intervenir más o menos pronto en el desarrollo del capitalismo por lo que este tomó diferentes formas: cambio violento del Estado monárquico, como en Francia, o conquista progresiva de posiciones políticas por la burguesía en el seno de ese Estado, como fue más en el caso de Alemania. En otras ocasiones pudo obtener una república, como en los Estados Unidos o una monarquía constitucional, de la que el ejemplo más típico es el representado por el régimen monárquico de Inglaterra, es decir, la primera nación burguesa. Sin embargo, en todos los casos, la victoria política final de la burguesía estaba asegurada. Incluso cuando las fuerzas políticas revolucionarias de la burguesía sufrieron reveses (como así ocurrió en Francia con la Restauración o en Alemania con el fracaso de la revolución de 1848), eso apenas si influyó en el avance en el plano económico e igualmente en el plano político.

Para el proletariado, la primera condición de éxito de su revolución es evidentemente que existan las condiciones materiales de transformación comunista de la sociedad, condiciones que vienen dadas por el propio desarrollo del capitalismo.

La segunda condición de la revolución proletaria reside en el desarrollo de una crisis abierta de la sociedad burguesa, prueba evidente de que las relaciones de producción capitalista deben ser sustituidas por otras relaciones de producción ([7]).

Pero una vez que estas condiciones materiales están presentes, de ello no se desprende forzosamente que el proletariado sea capaz de hacer su revolución. Privado de todo punto de apoyo económico en el seno de la sociedad capitalista, se única verdadera fuerza, además de su número y organización, es su capacidad para tomar conciencia plena de la naturaleza, los objetivos y los medios de su combate. Tal es el sentido profundo de la cita de Rosa Luxemburg que hemos reproducido más arriba. Y esta capacidad del proletariado para tomar conciencia no se desprende automáticamente de las condiciones materiales en las que vive, ya que no está escrito en ninguna parte que podrá adquirir esa conciencia antes de que el capitalismo pueda conseguir hundir a la sociedad en la barbarie total o en la destrucción.

Y uno de los medios de los que dispone el proletariado para evitar, y evitar al conjunto de la sociedad, esta última salida, es precisamente sacar todas las lecciones de sus derrotas precedentes, como recordaba Rosa Luxemburg. En particular es necesario comprender por qué no ha sido capaz de hacer su revolución a lo largo del siglo XX.

Revolución y contrarrevolución

Es frecuente que los revolucionarios tiendan a sobrestimar las potencialidades del proletariado en un momento dado. Marx y Engels no pudieron evitar esta tendencia ya que, cuando redactaron el Manifiesto Comunista, a principios de 1848, presentaron la revolución comunista como algo inminente y que la revolución burguesa en Alemania, que sucedió pocos meses después, serviría para que aquél tomara el poder en este país. Esta tendencia se explica perfectamente por el hecho de que los revolucionarios, y por eso precisamente lo son, aspiran con todas sus fuerzas a la destrucción del capitalismo y a la emancipación de su clase y, de ahí la impaciencia que les acecha a menudo. Sin embargo, contrariamente a los elementos pequeño burgueses o a los que están influenciados por la ideología de la pequeña burguesía, son capaces de reconocer rápidamente la inmadurez de las condiciones para la revolución. En efecto, la pequeña burguesía es por excelencia una clase que, políticamente hablando, vive al día, y que no tiene ningún papel histórico que jugar. El inmediatismo y la impaciencia (“La revolución ya” como clamaban los estudiantes de 1968) son propios de esta categoría social de la que, quizás durante una revolución proletaria, parte de sus elementos puedan unirse al combate de la clase obrera, pero en su mayor parte tiende a aliarse con el más fuerte, es decir con la burguesía. Al contrario, los revolucionarios proletarios, expresión de una clase histórica, son capaces de superar la impaciencia e implicarse decididamente en la paciente y difícil tarea de preparar y prepararse para los futuros combates de clase.

Por ello en 1852, Marx y Engels, reconocieron que las condiciones de la revolución proletaria no estaban maduras en 1848 y que el capitalismo debía vivir todavía un amplio desarrollo para que esas condiciones llegaran. Entonces, estimaron que se debía disolver su organización, la Liga de los Comunistas, que había sido fundada en vísperas de la revolución de 1848, antes que ésta cayera bajo la influencia de elementos impacientes y aventureros (la tendencia Willicht-Schapper).

En 1864, cuando participaron en la fundación de la Asociación internacional de los trabajadores (AIT), Marx y Engels pensaron, de nuevo, que la hora de la revolución había sonado, pero justo antes de la Comuna de París de 1871, se dieron cuenta de que el proletariado aún no estaba preparado, ya que el capitalismo todavía disponía ante sí de todo un potencial de desarrollo de su economía. Tras la derrota de la Comuna de París que significó una grave derrota para el proletariado europeo, comprendieron que el papel histórico de la AIT había terminado y que era necesario preservarla, también a ella, de la acción de elementos impacientes y aventureros (como Bakunin) representados principalmente por los anarquistas. Por eso, en el Congreso de la Haya de 1872, intervinieron con determinación para conseguir la exclusión de Bakunin y su Alianza para la democracia socialista y, del mismo modo, propusieron y defendieron la decisión de transferir el Consejo general de la AIT de Londres a Nueva York, lejos de las intrigas que se estaban desarrollando por parte de toda una serie de elementos que ambicionaban apoderarse de la Internacional. Esta decisión
correspondía de hecho a una decisión de poner bajo mínimos a la AIT para que después la Conferencia de Filadelfia pudiera pronunciar su disolución en 1876.

Así, las dos revoluciones que se habían producido hasta aquel momento, la de 1848 y la Comuna, habían fracasado porque las condiciones materiales de la victoria del proletariado aún no existían. Será en el período siguiente, en el que se conocerá el desarrollo más pujante de la historia del capitalismo, cuando estas condiciones se dieron.

Ese es un período de gran desarrollo del movimiento obrero. Es entonces cuando se crean los sindicatos en la mayor parte de países, y es cuando se fundan los Partidos socialistas de masas que, en 1889, se reagruparon en el seno de la Internacional socialista (IIª Internacional).

En la mayor parte de los países de Europa Occidental, el movimiento obrero organizado ganaba más y más posiciones. Si bien es cierto que durante cierto tiempo los gobiernos persiguieron a los partidos socialistas (así fue en Alemania entre 1878 y 1890, aplicándose las llamadas “leyes antisocialistas”), esta política al poco tiempo tendió a ser modificada a favor de una actitud más benévola hacia ellos. Entonces, esos partidos se convirtieron en verdaderas poderes en la sociedad, hasta el punto de que, en ciertos países, disponían del grupo parlamentario más fuerte y daban la impresión de que podían conseguir el poder en el seno del Parlamento. El movimiento obrero parecía haberse convertido en invencible. Para muchos, se acercaba la hora en la que se podría derrocar al capitalismo apoyándose en esa institución específicamente burguesa: la democracia parlamentaria.

Paralelamente al auge de las organizaciones obreras, el capitalismo conoció una prosperidad sin igual, dando la impresión de que sería capaz de superar las crisis cíclicas que le habían afectado en el período precedente. En el seno de los partidos socialistas se desarrollaron tendencias reformistas que consideraban que el capitalismo había conseguido superar sus contradicciones económicas y que, por ello, no era necesario acabar con él por medio de la revolución. Aparecieron teorías, como la de Bersntein, que consideraba que había que “revisar” el marxismo, en particular para abandonar su visión “catastrofista”. La victoria del proletariado sería pues el resultado de toda una serie de conquistas obtenidas en lo económico y sindical.

En realidad, ambas fuerzas antagónicas que parecían desarrollar su potencia en paralelo, el capitalismo y el movimiento obrero, estaban minadas desde el interior.

El capitalismo, de un lado, vivía sus últimos días de gloria (que han quedado en la memoria colectiva como la “Belle époque”). Mientras que, en lo económico, su prosperidad parecía no tener fin, particularmente en las potencias emergentes que eran Alemania y Estados Unidos, la llegada de su crisis histórica se hacía notar fuertemente con el aumento del imperialismo y el militarismo. Los mercados coloniales, como había puesto en evidencia Marx medio siglo antes, habían sido un factor fundamental para el desarrollo del capitalismo. Cada país capitalista avanzado, incluyendo a los pequeños como Holanda y Bélgica, se había construido su imperio colonial como fuente de materias primas y mercados para dar salida a sus mercancías. Ahora bien, a finales del siglo XIX, el mundo capitalista entero estaba repartido entre las viejas naciones burguesas. Desde entonces, el acceso de cada una de ellas a nuevos mercados y a nuevos territorios la conducía a un enfrentamiento directo en la zona “privada” de sus rivales. El primer choque ocurrió en septiembre de 1898 en Fachoda, Sudán, conflicto en el que Francia e Inglaterra, las dos principales potencias coloniales, estuvieron a punto de enfrentarse. Los objetivos de la aquélla (controlar el Alto Nilo y colonizar un eje Oeste-Este, Dakar- Yibuti) chocaron con la ambición de Inglaterra (fusionar un eje Norte-Sur con un eje El Cairo-El Cabo). Finalmente, Francia retrocedió y los dos rivales decidieron llegar a una “Entente cordiale” ante el empuje y las unas ambiciones de un tercero en discordia con ambiciones tan grandes como reducido era su imperio colonial, o sea, Alemania. Las codiciosas ambiciones imperialistas alemanas respecto de las demás potencias europeas se concretaron, algunos años más tarde, entre otros sucesos, en el incidente de Agadir en 1911, en el que una fragata alemana se presentó con la voluntad de ofender a Francia y sus ambiciones en Marruecos. El otro aspecto de los apetitos imperialistas de Alemania en el terreno colonial se plasmó en el impresionante desarrollo de su marina de guerra, flota que ambicionaba competir con la flota inglesa por el control de las vías marítimas.

También en ese aspecto cambió de forma radical la vida del capitalismo a principios del siglo XX: al mismo tiempo que se multiplicaban las tensiones y los conflictos armados que involucraban más o menos ocultamente a las potencias burguesas europeas, hubo un importante incremento del armamento de esas potencias al tiempo que se tomaban medidas sistemáticas para el aumento de los efectivos militares (como el de la duración del servicio militar en Francia, la ley de “los tres años”). 

 Este aumento de las tensiones imperialistas y del militarismo, del mismo modo que las grandes maniobras diplomáticas entre las principales naciones europeas que reforzaban sus alianzas respectivas para la guerra, fue evidentemente objeto de gran atención por parte de los grandes partidos de la Segunda internacional. Estos, en su congreso de 1907 en Stuttgart, dedicaron una importante resolución a esta cuestión, resolución que integraba una enmienda presentada en especial por Lenin y Rosa Luxemburg en la que se planteaba explícitamente que: “... Si, a pesar de todo, estalla una guerra, los socialistas tienen el deber de actuar para que esta finalice lo antes posible y, deben utilizar por todos los medios la crisis económica y política provocada por la guerra para despertar al pueblo y así acelerar la caída de la dominación capitalista”([8]).

En noviembre de 1912, la Internacional socialista convocó un Congreso extraordinario (Congreso de Basilea) para denunciar la amenaza de guerra y llamar al proletariado a la movilización contra ella. El Manifiesto de este Congreso ponía en guardia a la burguesía: “... Que los Gobiernos burgueses no olviden que la guerra franco-alemana dio lugar a la insurrección de la Comuna y que la guerra ruso-japonesa puso en marcha el movimiento de las fuerzas revolucionarias de Rusia. Para los proletarios, es criminal disparar unos contra los otros en beneficio de los capitalistas, el orgullo de las dinastías, o las componendas de los tratados secretos...”.

Así, en apariencia, el movimiento obrero se había preparado para enfrentarse al capitalismo en caso de que este último desencadenara la barbarie guerrera. Por otra parte, en aquella época, entre la población de los diferentes países europeos, y no únicamente entre la clase obrera, existía un fuerte sentimiento de que la única fuerza de la sociedad que podría impedir la guerra era la Internacional socialista. En realidad, de la misma forma que el sistema capitalista estaba minado desde el interior y se aproximaba inexorablemente a la época de su quiebra histórica, el movimiento obrero, a pesar de su fuerza aparente, sus poderosos sindicatos, los “éxitos electorales crecientes” de sus partidos, se había debilitado notablemente y se encontraba en vísperas de una quiebra catastrófica. Más todavía, lo que constituía esa fuerza aparente del movimiento obrero era en realidad su mayor debilidad. Los éxitos electorales de los partidos socialistas magnificaron excepcionalmente las ilusiones democráticas y reformistas entre las masas obreras. Del mismo modo, el enorme poder de las organizaciones sindicales, especialmente en Alemania y el Reino Unido, se transformó, en realidad, en un instrumento de defensa del orden burgués y de alistamiento de los obreros para la guerra y la producción de armamentos([9]).

También conviene recordar, que cuando al inicio del verano de 1914, tras el atentado en Sarajevo contra el heredero del trono austro-húngaro, las tensiones militares empezaron a acelerarse a pasos agigantados hacia la guerra, los partidos obreros, no solo dieron muestras de impotencia, aportaron, además, en la mayor parte de los casos, su apoyo a la propia burguesía nacional. En Francia y Alemania, se establecieron incluso contactos directos entre los dirigentes de los partidos socialistas y el gobierno para discutir sobre qué políticas adoptar para conseguir el alistamiento para la guerra. Y en cuanto estalló, como un solo hombre, esos partidos aportaron su pleno apoyo al esfuerzo de guerra de la burguesía y consiguieron implicar a las masas obreras en tan terrible carnicería. Mientras los gobiernos de turno apelaban a la “grandeza” de sus naciones respectivas, los partidos socialistas empleaban argumentos más adaptados a su papel de reclutadores de los obreros. No se trataba, según ellos, de guerras al servicio de intereses burgueses para, por ejemplo, recuperar Alsacia y Lorena, sino de una guerra para proteger la “civilización” contra el “militarismo alemán”, como decían en Francia. Al otro lado del Rin, no era una guerra en defensa del imperialismo alemán sino una guerra por “la democracia y la civilización” contra la “tiranía y la barbarie zaristas”. Pero, con discursos diferentes, los dirigentes socialistas tenían en mismo objetivo que la burguesía: realizar la “Unión nacional”, enviar a los obreros a la matanza y justificar el estado de excepción, es decir, la censura militar, la prohibición de las huelgas y de las manifestaciones obreras, y de todas las publicaciones y reuniones que denunciaban la guerra.

El proletariado no pudo impedir el estallido de la guerra mundial. Fue una terrible derrota para él, pero una derrota sufrida sin combates abiertos contra la burguesía. Sin embargo, la lucha contra la degeneración de los partidos socialistas, degeneración que condujo a su traición en el verano de 1914 y al estallido de la carnicería imperialista, había comenzado mucho antes, más precisamente a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Así, en el partido alemán, Rosa Luxemburg había librado la batalla contra las teorías revisionistas de Bernstein justificadoras del reformismo. Oficialmente el partido había rechazado tales teorías pero, algunos años más tarde, ella tuvo que reanudar el combate no solo contra la derecha del partido sino también contra el centro representado principalmente por Kaustky, cuyo lenguaje más radical servía, en realidad, de tapadera para el abandono de la perspectiva de la revolución.

En Rusia, en 1903, los bolcheviques entablaron una lucha contra el oportunismo en el seno del partido socialdemócrata, al principio sobre problemas de organización, después a propósito de la naturaleza de la revolución de 1905 y de la política que debía desarrollarse en su seno. Pero estas corrientes revolucionarias en el seno de la Internacional socialista eran, en su conjunto, muy débiles, por mucho que los Congresos de los partidos socialistas y de la Internacional recogieran a menudo sus posiciones.

A la hora de la verdad, los militantes socialistas que defendían posiciones internacionalistas y revolucionarias se encontraron trágicamente aislados. En la Conferencia internacional contra la guerra de septiembre de 1915 en Zimmerwald (Suiza), los delegados (entre los que se encontraban también elementos del centro, vacilantes entre las posiciones de la izquierda y la derecha) cabían en cuatro taxis, como recordaba Trotski. Este terrible aislamiento no les impidió proseguir su combate, a pesar de la represión que se abatió sobre ellos (en Alemania, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, los dos principales dirigentes del grupo Spartakus que defendían el internacionalismo, conocieron la prisión y el encierro en fortalezas militares).

De hecho, las terribles pruebas de la guerra, las matanzas, el hambre, la explotación feroz que reinaba en las fábricas de la retaguardia empezaron a desembozar las mentes de los obreros que en 1914 se habían dejado arrastrar a la carnicería con los discursos de “la flor en el fusil”. Los discursos sobre la “civilización” y la democracia chocaban con la realidad de la inaudita barbarie en la que se hundía Europa y con la represión de cualquier tentativa de lucha obrera. Así, a partir de febrero de 1917, el proletariado en Rusia, que había hecho ya la experiencia de una revolución en 1905, se alzó contra la guerra y contra el hambre. Con sus actos, y en los hechos, concretaron las resoluciones adoptadas por los Congresos de Stuttgart y Basilea de la Internacional socialista. Lenin y los bolcheviques comprenden que ha sonado la hora de la revolución y alientan a los obreros a no conformarse con la caída del zarismo y su sustitución por un gobierno “democrático”. Hay que prepararse para el derrocamiento de la burguesía y la toma del poder por los soviets (los consejos obreros). Esta perspectiva se cumplió efectivamente en Rusia en octubre de 1917. Inmediatamente, el nuevo poder anima a seguir su ejemplo a fin de acabar con la guerra y derribar el capitalismo. En cierto modo, los bolcheviques y con ellos todos los revolucionarios de los demás países, llaman al proletariado mundial para que esté presente en esta nueva cita histórica tras haber faltado a la de 1914.

El ejemplo ruso es seguido por la clase obrera de otros países particularmente en Alemania donde, un año más tarde, el alzamiento de obreros y campesinos derroca el régimen imperial del Guillermo II y obliga a la burguesía alemana a retirarse de la guerra poniendo así fin a cuatro años de una barbarie nunca antes vivida por la humanidad. Sin embargo, la burguesía había sacado las lecciones de su derrota en Rusia. En este país el Gobierno provisional instaurado tras la revolución de Febrero 1917 fue incapaz de satisfacer una de las reivindicaciones esenciales de los obreros, la paz. Apremiado por sus aliados de la Entente, Francia e Inglaterra, se mantuvo en la guerra lo que provocó una rápida caída de las ilusiones que las masas obreras y de soldados habían depositado en él, contribuyendo a su radicalización. El derrocamiento de la burguesía, y no solo del régimen zarista, aparece como el único modo de poner fin a la carnicería. En Alemania, en cambio, la burguesía se dio la mayor prisa para detener la guerra en los primeros días de la revolución. La burguesía presenta como una victoria decisiva el derrocamiento del régimen imperial y la instauración de una república. Inmediatamente llama a que el partido socialista tome las riendas del gobierno, el cual obtiene el apoyo del Congreso de consejos obreros, dominado, precisamente, por los socialistas. Pero, sobre todo, el nuevo gobierno exige inmediatamente el armisticio a los aliados de la Entente, a lo que éstos acceden sin más demora. Además, los de la Entente lo hacen todo para permitir al nuevo gobierno alemán hacer frente a la clase obrera. Por ejemplo, Francia restituye inmediatamente al ejército alemán 16 000 ametralladoras que le había confiscado como botín de guerra. Ametralladoras que serán utilizadas más tarde para aplastar a la clase obrera.

La burguesía alemana, con el partido socialista a su cabeza, va a infligir un golpe terrible al proletariado en enero de 1919. Monta una provocación, a sabiendas, para incitar a una insurrección prematura de los obreros de Berlín. La insurrección acaba en un baño de sangre y sus principales dirigentes revolucionarios, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht (y más tarde Leo Jogiches), son asesinados. A pesar de esto, la clase obrera alemana no está aún definitivamente derrotada. Hasta 1923 llevará a cabo tentativas revolucionarias([10]). Sin embargo, todas esas tentativas serán derrotadas, al igual que las tentativas revolucionarias o los vigorosos movimientos de la clase obrera que se dieron en otros países durante ese periodo (en Hungría, 1919, e Italia en la misma fecha, por ejemplo)([11]).

En efecto, el fracaso del proletariado en Alemania sella la derrota de la revolución mundial, la cual tendrá un último sobresalto en China en 1927, ahogado también en sangre.

Al mismo tiempo que se desarrolla la oleada revolucionaria en Europa se funda en Moscú, en marzo de 1919, la Internacional comunista (IC) o Tercera internacional, que reagrupa las fuerzas revolucionarias de todos los países. En el momento de su fundación solo existen dos grandes partidos comunistas, el de Rusia y el de Alemania, éste último constituido unos días antes de la derrota de enero de 1919. Esta Internacional suscita, en todos los países, la creación de partidos comunistas que rechazan el chauvinismo, el reformismo y el oportunismo que habían engullido a los partidos socialistas. Los partidos comunistas forman la dirección de la revolución mundial, pero se han fundado demasiado tarde a causa de las condiciones históricas presentes en su nacimiento. Cuando la Internacional comunista realmente se constituye, es decir, en su Segundo congreso en 1920, lo más fuerte de la oleada revolucionaria ya ha pasado y el capitalismo muestra que ha sido capaz de recuperar la situación, tanto en el plano económico como en el político. La clase dominante ha logrado, sobre todo, quebrar el impulso revolucionario al poner fin a su principal alimento, la guerra imperialista. Con el fracaso de la oleada revolucionaria mundial los partidos comunistas, que se han formado contra la degeneración y la traición de los partidos socialistas, acabarán degenerando uno tras otro.

Varios son los factores de esa degeneración de los partidos comunistas. El primero es que aceptan en sus filas a toda una serie de elementos que ya eran “centristas” dentro de los partidos socialistas, y que salieron de ellos mediante una rápida conversión a la fraseología revolucionaria, beneficiándose así del inmenso entusiasmo revolucionario del proletariado mundial por la Revolución rusa. Otro factor, aún más decisivo, es la degeneración del principal partido de esta Internacional, el que tenía mayor autoridad, el Partido bolchevique que había conducido la Revolución de octubre y fue el principal protagonista de la fundación de la Internacional. En efecto, ese partido propulsado a la cabeza del Estado es absorbido progresivamente por él; y debido al aislamiento de la revolución se va convirtiendo cada vez más en defensor de los intereses de Rusia en detrimento de su función de baluarte de la revolución mundial. Además, como no puede haber “socialismo en un solo país” y la abolición del capitalismo solo puede hacerse a escala mundial, el Estado ruso se transforma progresivamente en defensor del capital nacional ruso, un capital en el cual la burguesía está formada principalmente por la burocracia del Estado y, por tanto, del partido. El Partido bolchevique se va transformado progresivamente de partido revolucionario en partido burgués y contrarrevolucionario, a pesar de la resistencia de un gran número de verdaderos comunistas, como Trotski, que mantienen en pie la bandera de la revolución mundial. Y así fue como, en 1925 el partido bolchevique, a pesar de la oposición de Trotski, adopta como programa “la construcción del socialismo en un solo país”, un programa promovido por Stalin, y que es una verdadera traición al internacionalismo proletario. Un programa que en 1928 se va a imponer a la Internacional comunista, lo que supondrá su muerte definitiva.

Tras ello, los partidos comunistas en los diferentes países irán pasando al servicio de su capital nacional, a pesar de la reacción y el combate de toda una serie de fracciones de izquierda que serán excluidas una tras otra. Los partidos comunistas que habían sido punta de lanza de la revolución mundial se convierten en punta de lanza de la contrarrevolución; la contrarrevolución más terrible de la historia.

No solo la clase obrera ha faltado a la segunda cita con la historia, sino que se va a hundir en el peor periodo que jamás haya vivido, lo cual queda muy bien reflejado en el titulo del libro del escritor Víctor Serge, Es medianoche en el siglo.

Mientras que en Rusia el aparato del partido comunista se convierte en la clase explotadora y también en instrumento de una represión y opresión de las masas obreras y campesinas sin parangón con los del pasado, el papel contrarrevolucionario de los partidos comunistas fuera de Rusia se concreta, en los años 30, en la preparación del alistamiento del proletariado en la IIª Guerra mundial, es decir, la respuesta burguesa a la crisis abierta que vive el capitalismo a partir de 1929.

Justamente esta crisis abierta, la terrible miseria que se abate sobre las masas obreras durante los años 30, habría podido constituir un potente factor de radicalización del proletariado mundial y de toma de conciencia de la necesidad de acabar con el capitalismo. Pero el proletariado va a faltar a esta tercera cita de la historia.

En Alemania, país clave para la revolución proletaria, donde se encuentra la clase obrera más concentrada y experimentada del mundo, vive una situación similar a la de la clase obrera en Rusia. Como ella, la clase obrera alemana había emprendido el camino de la revolución y su consiguiente derrota fue tanto más terrible. El aplastamiento de la revolución alemana no fue obra de los nazis sino de los partidos “democráticos”, y en primer lugar del partido socialista. Pero justamente porque el proletariado había sufrido esa derrota, el partido nazi que en aquel momento correspondía mejor a las necesidades políticas y económicas de la burguesía alemana, pudo rematar la faena de la izquierda empleando el terror para aniquilar toda lucha proletaria y alistando, por ese mismo medio principalmente, a los obreros en la guerra.

En cambio, en los países de Europa occidental donde el proletariado no había hecho la revolución, y, por lo tanto, no había sido aplastado físicamente, el terror no era el mejor medio para alistar a los obreros en la guerra. Para alcanzar tal resultado la burguesía tenía que emplear mistificaciones como las que había utilizado con éxito en 1914 y que le habían servido para llevar al proletariado a la Primera Guerra mundial. En esta tarea los partidos estalinistas cumplieron de manera ejemplar su papel burgués. En nombre de la “defensa de la patria socialista” y de la democracia contra el fascismo, estos partidos desviaron sistemáticamente las luchas obreras hacia callejones sin salida, desgastando así la combatividad y la moral del proletariado.

La moral del proletariado quedó muy afectada por la derrota de la revolución mundial durante los años 20. Tras un periodo de entusiasmo por la idea de la revolución comunista, muchos obreros perdieron la esperanza en la perspectiva comunista. Uno de los factores de su desmoralización es constatar que la sociedad instaurada en Rusia no es ningún paraíso, como les presentan los partidos estalinistas, lo que facilita su recuperación por los partidos socialistas. Pero la mayoría de los que aún siguen creyendo en la perspectiva revolucionaria caen en las redes de los partidos estalinistas que les dicen que esa perspectiva pasa por la “defensa de la patria socialista” y por la victoria sobre el fascismo que se ha instaurado en Italia y, sobre todo, en Alemania.

Uno de los episodios clave en esa desorientación del proletariado mundial fue la guerra de España que no fue, ni mucho menos, una revolución, sino que, al contrario, fue uno de los preparativos militares, diplomáticos y políticos de la Segunda Guerra mundial.

La solidaridad que los obreros del mundo entero quieren expresar hacia sus hermanos de clase en España, los cuales se han alzado espontáneamente ante el golpe fascista del 18 de Julio, es canalizada y enrolada en las Brigadas internacionales (dirigidas principalmente por estalinistas), con la reivindicación de “armas para España” (en realidad para el gobierno burgués del “Frente popular”) y también por las movilizaciones antifascistas que, de hecho, permiten el alistamiento de los obreros de los países “democráticos” en la guerra contra Alemania.

En vísperas de la Primera Guerra mundial, lo que estaba considerado como la gran fuerza del proletariado (los poderosos sindicatos y partidos obreros) era en realidad su debilidad más considerable. El mismo guión se repite ante la segunda guerra mundial, aunque los actores son algo diferentes. La gran fuerza de los partidos “obreros” (los partidos estalinistas y también los partidos socialistas, unidos en una alianza antifascista), las grandes “victorias” contra el fascismo en Europa occidental, la supuesta “patria socialista”, son todas ellas marcas de la contrarrevolución, de una debilidad del proletariado sin precedentes. Una debilidad que le llevará atado de pies y manos a la segunda carnicería imperialista.

El proletariado frente a la Segunda Guerra mundial

La Segunda Guerra mundial supera con creces el horror de la Primera. El nuevo grado de barbarie muestra que prosigue el hundimiento del capitalismo en su decadencia. Sin embargo, contrariamente a lo que pasó en 1917 y 1918, no es el proletariado quien la hace terminar. La guerra continúa hasta el aplastamiento completo de uno de los dos campos imperialistas. En realidad el proletariado no quedó totalmente sin respuesta durante la carnicería. En la Italia mussoliniana, por ejemplo, se desarrolló un vasto movimiento de huelgas, en 1943, en el Norte industrial que llevó a las fuerzas dirigentes de la burguesía a quitar de en medio a Mussolini y poner en su lugar a un almirante pro-aliado, Bodoglio. Igualmente, a finales de 1944 y comienzos de 1945, se producen movimientos de revuelta contra el hambre y la guerra en varias ciudades alemanas. Pero lo que ocurrió durante la IIª Guerra mundial no es en nada comparable a lo acontecido durante la Primera. Y eso por varias razones. En primer lugar porque antes de declarar la IIª Guerra mundial, la burguesía contaba con la experiencia de la Primera y por eso se dedicó a aplastar previa y sistemáticamente al proletariado no sólo física, sino también y sobre todo, ideológicamente. Una de las expresiones de esta diferencia es que si los partidos socialistas traicionaron a la clase obrera en el momento de la guerra, los partidos comunistas cometieron su traición bastante antes de que se desencadenase la IIª Guerra mundial. Una de las consecuencias de este hecho es que en su seno no quedó la menor corriente revolucionaria, contrariamente a lo que había pasado durante la Iª Guerra mundial en que la mayoría de los militantes que luego formaron los partidos comunistas habían sido antes miembros de los partidos socialistas. En la terrible contrarrevolución que se abatió durante los años 30, solo un pequeño puñado de militantes siguió defendiendo las posiciones comunistas, aislados además de todo contacto directo con una clase obrera, completamente sometida a la ideología burguesa. Les fue imposible desarrollar un trabajo en el seno de partidos con influencia en la clase obrera, a diferencia de los revolucionarios durante la Iª Guerra mundial, no solo porque habían sido expulsados de esos partidos, sino porque en ellos ya no existía el menor soplo de vida proletaria. Aquellos que habían mantenido posiciones revolucionarias cuando el estallido de la Primera Guerra mundial, como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, pudieron encontrar un eco creciente a su propaganda entre los militantes de la socialdemocracia a medida que la guerra hacía añicos sus ilusiones. Nada de eso en los partidos comunistas: a partir del comienzo de los años‑30 se convierten en un terreno totalmente estéril en el que no puede surgir ningún pensamiento proletario e internacionalista. Durante la guerra algunos pequeños grupos revolucionarios que han mantenido los principios internacionalistas no tienen ningún impacto significativo en la clase, la cual que está totalmente entrampada en la ideología antifascista.

La otra razón por la que no hay un resurgimiento proletario durante la IIª Guerra mundial es que la burguesía mundial instruida por la experiencia del final de la Primera, toma sus medidas para prevenir cualquier resurgir en los países vencidos, donde la burguesía era más vulnerable. En Italia, por ejemplo, el medio por el cual la clase dominante hace frente a la sublevación de 1943 consiste en un reparto de tareas entre el ejército alemán, que ocupa directamente el norte de Italia restableciendo el poder de Mussolini, y los aliados que desembarcan en el Sur. En el Norte son las tropas alemanas las que restablecen el orden con tal brutalidad que obliga a los obreros que más se han destacado en los movimientos de comienzos de 1943, a refugiarse en las guerrillas, en donde, amputados de sus bases de clase, se convierten en presa fácil de la ideología antifascista y de “liberación nacional”. Al mismo tiempo, los Aliados interrumpen su marcha hacia el Norte, diciendo que hay que dejar que Italia “se cueza en su propia salsa” (en palabras de Churchill) con el fin de dejar que el “malo”, Alemania, haga el trabajo sucio de la represión antiobrera dejando que las fuerzas democráticas, en particular el partido estalinista, tomen el control ideológico sobre la clase obrera.

Esa misma táctica se emplea en Polonia, mientras que el “Ejército rojo” está a pocos kilómetros de Varsovia, Stalin deja que se desarrolle, sin darle ningún apoyo, la insurrección en esta ciudad. El ejército alemán tiene las manos libres para perpetrar un autentico baño de sangre y arrasar completamente la ciudad. Cuando varios meses después el Ejército rojo entra en Varsovia, los obreros de esta ciudad que podían haberle causado problemas han sido totalmente aniquilados y desarmados.

En la propia Alemania los Aliados se encargan de aplastar cualquier tentativa de alzamiento obrero para lo cual proceden primero a una abominable campaña de bombardeos en los barrios obreros (en Dresde el 13 y 14 de febrero de 1945, los bombardeos que causan más de 250 000 muertos, tres veces más que en Hiroshima). Además, los Aliados rechazan todas las tentativas de armisticio propuestas por varios sectores de la burguesía alemana incluidos militares de renombre como el mariscal Rommel o el jefe de los servicios secretos el almirante Canaris. Para los Aliados dejar a Alemania únicamente en manos de la burguesía alemana, incluso de los sectores antinazis, es impensable. La experiencia de 1918 cuando el gobierno que había tomado el relevo al régimen imperial había tenido grandes dificultades para restablecer el orden, permanecía aún en la memoria de los políticos burgueses. Por eso deciden que los vencedores deben tomar directamente a su cargo la administración de la Alemania vencida y ocupar militarmente cada porción de su territorio. El proletariado alemán, aquel gigante que durante decenios había sido el faro del proletariado mundial y que, entre 1918 y 1923 había hecho temblar el mundo capitalista, estaba ahora postrado, abrumado, disperso en una multitud de pobres sombras que recorrían los escombros para encontrar a sus muertos y sus objetos familiares, sometido a la beneficencia de los “vencedores” para poder comer y sobrevivir. En los países vencedores muchos obreros habían entrado en la Resistencia con la ilusión, propagada por los partidos estalinistas, de que la lucha contra el nazismo era el preludio del derrocamiento de la burguesía. En realidad, en los países bajo el dominio de la URSS, los obreros se ven obligados a apoyar la implantación de los regímenes estalinistas (como durante el Golpe en Praga de 1948), regímenes que una vez consolidados desarman a los obreros y ejercen sobre ellos el terror más brutal. En los países dominados por Estados Unidos, como Francia o Italia, los partidos estalinistas en el gobierno piden que los obreros devuelvan las armas porque la tarea del momento no es la revolución sino la “reconstrucción nacional”.

Así, por todas partes en una Europa que no es más que un inmenso campo de ruinas en el que centenares de millones de proletarios subsisten en condiciones de vida y de explotación mucho peores que cuando la Primera Guerra mundial, donde la hambruna ronda permanentemente, donde el capitalismo extiende más que nunca su barbarie, la clase obrera no tiene la fuerza de emprender el más mínimo combate de importancia contra el poder capitalista. La Primera Guerra mundial había ganado para el internacionalismo a millones de obreros, la Segunda los arrojó a la vileza del chauvinismo más abyecto, al de la caza al “boche” y “colaboracionistas”.

El proletariado había tocado fondo. Lo que se le presenta, y que él interpreta, como su gran “victoria”, el triunfo de la democracia frente al fascismo, es en realidad su mayor derrota histórica. El sentimiento de victoria que experimenta, la creencia de que esa victoria viene de las “virtudes sagradas” de la democracia burguesa, esa misma democracia que le ha llevado a las dos carnicerías imperialistas y que aplastó la revolución a comienzos de los años 20, la euforia que lo embarga es la mejor garantía del orden capitalista. Y el periodo de reconstrucción, del “boom” económico de la posguerra, de la mejora momentánea de las condiciones de vida, no le permite medir la dimensión de la derrota sufrida.

De nuevo el proletariado falta a la cita con la historia. Pero en esta ocasión no es porque haya llegado demasiado tarde o mal preparado: simplemente ha estado ausente de la escena histórica.

En la segunda parte de este artículo veremos como ha vuelto a la escena histórica, pero también cuán largo es todavía su camino.

Fabienne


[1] A modo de presentación de Bordiga, véase en este mismo número el artículo “Debate con el BIPR”.

[2] Carlos Marx, Obras, “Economía I”. Bibliothèque de la Pleiade, pp. 161-162.

[3] Idem, p. 173. Esta fase del Manifiesto comunista está también recogida en el “Libro I” de El Capital (el único “Libro” publicado en vida de Marx) al que sirve de conclusión.

[4] Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte.

[5] Rosa Luxemburg, “El orden reina en Berlin”, Œuvres II, Maspero, París (trad. del francés por nosotros).

[6] El Manifiesto comunista, edición en castellano, pp. 26-27.

[7] Lenín describe así las condiciones de la revolución: “¿Cuáles son generalmente los indicios de una situación revolucionaria?. Estamos convencidos de no equivocarnos si decimos que son los siguientes: 1) la imposibilidad por parte de las clases dominantes de mantener su dominación de una forma inmutable; crisis de su “cumbre”, crisis de la política de la clase dominante, y que crea una fisura por la que el descontento y la indignación de las clases oprimidas pueden abrirse camino. Para que estalle la revolución no basta, habitualmente, con que la base no quiera ‘seguir viviendo como antes’, además es necesario que la ‘cumbre no pueda seguir siéndolo’. 2) Agravación, más allá de lo ordinario, de la miseria y del desamparo de las clases oprimidas. 3) Marcada acentuación, por las razones arriba indicadas, de la actividad de las masas que se dejan saquear tranquilamente en los periodos ‘pacíficos’ pero que en los periodos tormentosos se ven empujadas tanto por la crisis como por la ‘cumbre’ misma hacia una acción histórica independiente” (“La quiebra de la 2ª‑Internacional”, Obras, tomo 21.

[8] Pasaje citado en la “Resolución sobre la posición hacia las corrientes socialistas y la conferencia de Berna” en el Primer Congreso de la Internacional comunista.

[9] Rosa Luxemburg expresa claramente esta idea cuando escribe: “En Alemania, durante cuatro decenios hemos conocido en el plano parlamentario solo ‘victorias’, literalmente volamos de victoria en victoria. En cuanto a los resultados de la gran prueba histórica del 4 de agosto de 1914: una aplastante derrota moral y política, un hundimiento inaudito, una bancarrota sin precedente”, Obras II, “Escritos políticos 1917-18”, Maspero, París).

[10] Ver nuestra serie de artículos sobre la revolución alemana en la Revista internacional números 81 a 99.

[11] Ver nuestro artículo “Lecciones de 1917-23: la primera oleada revolucionaria del proletariado mundial”, Revista internacional número 80, primer trimestre de 1995.