¿Para qué sirve el Grupo comunista internacionalista (GCI)?

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Desde 1989, el proletariado mundial ha pasado por una larga etapa de retroceso de su conciencia y de su combatividad. La caída de los regímenes pretendidamente “comunistas” y la campaña de la burguesía sobre la “imposibilidad” de una alternativa al capitalismo, le afectaron profundamente en su capacidad para concebirse como clase capaz de desempeñar un papel histórico, el de destruir el capitalismo y edificar una nueva sociedad. Esto hizo que las viejas cantinelas de los Marcuse, la Escuela de Frankfurt, etc., proclamando la desaparición del proletariado y su sustitución por nuevos “sujetos revolucionarios”, recobraran un nuevo predicamento en compañeros que se plantean cómo luchar contra este mundo de barbarie y miseria. Sin embargo, bajo los efectos de la agravación acelerada de las contradicciones del capitalismo, y particularmente en el ámbito de su crisis económica, ese estado de cosas empieza a ser superado. El proletariado internacional recupera su combatividad ([1]) y va desarrollando su conciencia, como lo atestigua la emergencia de minorías que no se plantean simplemente “¿quién es el sujeto revolucionario?” sino “¿Cuáles son los objetivos y los medios que debe darse el proletariado para asumir su naturaleza revolucionaria?” ([2])

Frente a esas cuestiones, la intervención del Grupo Comunista Internacionalista (GCI) siembra una gran confusión. Por un lado, se reivindica del “revolucionarismo más extremo” (condena del parlamentarismo y del nacionalismo, denuncia de la izquierda y extrema izquierda del capital, ataque a la propiedad privada etc.), pero, por la otra parte, apoya “críticamente”, como lo hace la extrema izquierda del Capital, algunas de las posiciones más reaccionarias de la burguesía y ataca furiosamente las posiciones de clase del proletariado y a sus verdaderas organizaciones comunistas. Así, la trayectoria del GCI durante los últimos 25 años se reduce a un apoyo, apenas disimulado, a causas abiertamente burguesas so pretexto de que tras ellas se ocultarían “movimientos proletarios de masas”. Este artículo se da por objetivo denunciar semejante impostura.

La trayectoria del GCI

Nacido de una escisión de la CCI en 1979, el GCI no cesado desde entonces de aportar su apoyo a toda clase de causas burguesas:

- A principios de los años 80 toma partido de forma solapada por el Bloque popular revolucionario de El Salvador en la guerra que sacudió el país en aquella década (que enfrentaba el imperialismo USA al ruso con peones interpuestos). El GCI denunciaba la “dirección” del BPR como “burguesa” pero consideraba que “detrás de ella” se ocultaba un “movimiento de masas revolucionario” que debía ser apoyado ([3]).

- A partir de mediados de los años 80, en la guerra entre fracciones de la burguesía que opuso a Sendero Luminoso (4) contra las fracciones dominantes de la burguesía peruana, el GCI también tomó partido de manera indirecta por el bando senderista. Ahora la excusa era el “apoyo a los presos proletarios víctimas del terrorismo del Estado burgués” ([4]).

• a finales de los 80 y principios de los 90, frente a la lucha del movimiento nacionalista de la Cabilia argelina (1988) o la que se desarrolló en el Kurdistán iraquí (1991), el GCI empleó para apoyarlos pretextos más sofisticados: habló de la creación “por las masas” de “consejos obreros” cuando, como se ve obligado a reconocer en el caso de Cabilia, esos “consejos obreros” eran en realidad organismos interclasistas de aldeas o barrios constituidos por jefes tribales o líderes de partidos nacionalistas u opositores, ¡llamados en muchos casos “Comités de tribu”! ([5]).

En conflictos imperialistas recientes, el GCI ha seguido la misma tónica. Aparte de su decidida toma de partido por la “insurgencia iraquí” (sobre la que volveremos al final del artículo), merece destacarse cómo, en el conflicto entre Israel y Palestina, se ha arrojado sobre expresiones de ideología pacifista dentro de sectores de izquierda de la burguesía israelí, para presentarlos, desde luego de forma “crítica”, ¡nada menos que como “un primer paso” hacia el “derrotismo revolucionario”! Así, cita el pasaje siguiente de la carta de un objetor, quien, aunque se haya arriesgado al expresar su rebeldía contra la guerra, no se sale sin embargo de un terreno nacionalista:

«El ejército de ustedes, que se llama a sí mismo Israeli Defende Force (Fuerza de Defensa de Israel), no es más que el brazo armado del movimiento de las colonias. Este ejército no existe para defender la seguridad de los ciudadanos de Israel, sólo existe para garantizar la prosecución del robo de la tierra palestina. Como judío, los crímenes que comete esta milicia contra el pueblo palestino me repugnan. Mi deber, como judío y como ser humano es el de rechazar categóricamente todo tipo de participación en ese ejército. Como hijo de un pueblo víctima de pogromos y de destrucciones me niego a jugar cualquier papel en vuestra política insensata. Como ser humano, es mi deber negarme a participar en toda institución que comete crímenes contra la humanidad» (Carta citada en “¡No somos israelíes, ni palestinos, ni judíos, ni musulmanes... somos el proletariado!” en Communisme nº 54, abril 2003).

En efecto –más allá de las intenciones de su autor–, esta carta podría haber sido firmada por fracciones del Capital israelí quienes, percibiendo el descontento creciente en los obreros y en la población ante una guerra inacabable, emiten una crítica pública contra la manera de conducirla. La carta invoca “la defensa de la seguridad de los ciudadanos de Israel” que es una forma sofisticada de hablar de la seguridad del Capital israelí. No plantea el interés de los trabajadores o de las masas explotadas sino el interés de la nación israelí. Es decir, pone todos los ingredientes –defensa de la nación y del interés nacional– que sirven de base a la guerra imperialista.

La veneración de “todo lo que se mueve” utilizada contra los principios revolucionarios

Así pues, lo que “aporta” el GCI se resume en un cóctel de posiciones “radicales” y planteamientos típicos del tercermundismo y el izquierdismo burgués ¿Cómo concilia el GCI el agua con el fuego? Pues planteando el siguiente chantaje: ¿cómo vamos a despreciar un movimiento proletario porque su dirección sea burguesa? ¿Es que acaso, la revolución rusa de 1905 no se inició con una manifestación encabezada por el cura Gapón?

Este “argumento” se basa en un sofisma que, como veremos, es la arena movediza en la que se levanta todo el edificio “teórico” del GCI. Un sofisma es una afirmación falsa que se deduce de premisas correctas. Una ilustración sería el siguiente ejemplo célebre: “Sócrates es mortal, todos los hombres son mortales, luego todos los hombres son Sócrates”. Se trata de una deducción absurda que se ha sacado de afirmaciones correctas, jugando con silogismos.

1905 fue un genuino movimiento proletario con grandes masas en la calle que, al principio, la policía zarista intentó manipular. ¡Pero eso no quiere decir que todo movimiento con “grandes debilidades” y “con dirección burguesa” sea proletario! ¡Y ahí está el burdo sofisma de los señores del GCI! Son innumerables los “movimientos de masas” que han sido organizados por fracciones burguesas en su propio beneficio. Estos movimientos han llevado a violentos enfrentamientos, han conducido a espectaculares cambios de gobierno, tildados con frecuencia de “revoluciones”. Pero nada de eso hace de ellos movimientos proletarios comparables a la revolución de 1905 ([6]).

Un ejemplo del método de la amalgama que practica el GCI lo tenemos con su análisis de los acontecimientos de Bolivia 2003. Allí había masas en la calle, asaltos a bancos o instituciones burguesas, cortes de carretera, saqueos de supermercados, linchamientos, caídas de presidentes…, tenemos pues todos los ingredientes para que el GCI hable de “modelo de afirmación proletaria”, llevándole a exclamar:

“Hace mucho tiempo que no se proclamaba abiertamente que hay que destruir el poder burgués, el parlamento burgués con toda su democracia representativa (incluida la famosa Constituyente) y construir el poder proletario para realizar la revolución social” (“Algunas líneas de fuerza en la lucha del proletariado en Bolivia” en Communisme nº 56, octubre 2004).

Cualquiera que analice con un mínimo de seriedad los acontecimientos bolivianos no encontrará nada que se le parezca a una “destrucción del poder burgués” ni a una “construcción del poder proletario”. El movimiento fue dominado de cabo a rabo por reivindicaciones burguesas (nacionalización de los hidrocarburos, asamblea constituyente, reconocimiento de la nacionalidad aimara etc.) y sus objetivos generales gravitaron en torno a temas tan “revolucionarios” como “acabar con el modelo neo-liberal”, “poner otra forma de gobierno”, “luchar contra el imperialismo yanqui” ([7]).

El GCI tiene que reconocerlo pero inmediatamente saca de la chistera el “argumento irrebatible”: ¡eso formaría parte de las “debilidades” del movimiento! Siguiendo esa lógica “irrefutable”, una lucha por reivindicaciones burguesas de principio a fin sufre la maravillosa mutación de convertirse en “poder proletario para realizar la revolución social”. Esta versión “ultrarradical” de los viejos cuentos de hadas, sirve al GCI para operar una deformación grotesca de la lucha proletaria.

Toda sociedad en crisis y descomposición, como es el caso del capitalismo actual, sufre convulsiones crecientes que van desde rebeliones, enfrentamientos callejeros, asaltos, desórdenes, violaciones repetidas de las más elementales normas de convivencia… Pero ese caos manifiesto no es equivalente a una revolución social. Una revolución social –y más aún en el caso del proletariado, clase explotada y revolucionaria a la vez- altera efectivamente el orden establecido, lo pone patas arriba, pero lo hace de manera consciente, organizada, con una perspectiva de transformación social.

“Cuando los campeones del oportunismo en Alemania, oyen hablar de revolución piensan inmediatamente en la sangre vertida, en batallas callejeras, en la pólvora y en el plomo (…) Pero la revolución es otra cosa, es algo más que un simple baño de sangre. A diferencia de la policía que entiende por revolución simplemente la batalla callejera y la pelea, es decir, el desorden, el socialismo científico ve en la revolución antes que nada como una transformación interna profunda de las relaciones de clase” (Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partido y sindicatos).

Es cierto que la revolución proletaria es violenta y pasa por combates encarnizados, pero se trata de medios conscientemente controlados por las masas proletarias y coherentes con el fin revolucionario al que aspiran. El GCI, en uno de sus habituales ejercicios de sofística, aísla y abstrae del fenómeno vivo que es una revolución, el elemento “desorden”, “alteración del orden público” y de ahí deduce con lógica imparable que toda convulsión que altere la sociedad burguesa es “revolucionaria”.

El activismo ciego de las “masas en revuelta” sirve al GCI para colar de contrabando la tesis según la cual estarían rechazando el electoralismo y estarían a punto de superar las ilusiones democráticas. Así, nos enseña que el eslogan “¡Que se vayan todos!”, tan agitado en Argentina por la pequeña burguesía en las convulsiones del 2001, ¡va más lejos que Rusia 1917!:

“la consigna ‘que se vayan todos’ es una consigna que va más allá de la democracia; es mucho más claro que las consignas que podemos encontrar en movimientos insurrecciónales netamente más potentes, incluido Octubre 1917 en Rusia donde el pan y la paz representaban las consignas centrales» (“A propósito de las luchas obreras en Argentina”, Communisme nº 56, octubre 2004).

Los señores del GCI falsean escandalosamente los hechos históricos: las “consignas centrales” de Octubre eran “Todo el poder a los Soviets”, es decir, planteaban la cuestión que permite la crítica de la democracia con los actos al derribar el Estado burgués e imponer sobre sus ruinas la dictadura del proletariado. En cambio, el “¡Que se vayan todos!” encierra el sueño utópico de la “regeneración democrática” mediante la “participación popular directa” sin “políticos profesionales”. Que en Argentina no se produjo ninguna “ruptura” con la democracia sino una mayor atadura a sus cadenas lo prueba un hecho que recoge el propio GCI: “En las elecciones, el voto mayoritario es el llamado «voto bronca», es decir, nulo, impugnado. Grupos de proletarios imprimen un boleto electoral, a modo de panfleto, con la leyenda «Ningún partido. No voto a nadie. Voto impugnado” (“A propósito de las luchas obreras en Argentina”, Communisme nº 54, abril 2003) Esto lo presenta ¡como una ruptura con el electoralismo!, cuando significa su apuntalamiento, pues estas acciones refuerzan la participación en el circo electoral al animar a votar aunque no se confíe en los “políticos actuales”. Expresa desconfianza en ellos pero confianza en la participación electoral.

Otra manifestación de cómo el GCI cuela por la puerta trasera del activismo lo que solemnemente rechaza por la puerta grande, nos la da su apoyo a los “escraches” en Argentina, que son acciones de protesta frente a domicilios de militares implicados en los bárbaros crímenes de la guerra sucia (1976-83). Estas acciones, impulsadas por el “ultrademócrata” Kirschner, constituyen actualmente una maniobra del Estado argentino para encubrir un ataque cada vez más desalmado a las condiciones de vida del proletariado y de la inmensa mayoría de la población. Algunos milicos argentinos son utilizados como chivo expiatorio donde descargar las iras de las masas descontentas. Lejos de debilitar al proletariado en su conciencia, para el GCI “A través de esta condena social, el proletariado desarrolla su fuerza, movilizando un gran número de personas (barrios, vecinos, amigos)”. Tras estas pomposas palabras, hay en realidad la típica movilización antirrepresiva de colectivos ciudadanos (vecinos, amigos, barrios) destinada a dar una fachada democrática al Estado ([8]).

Los medios de “lucha proletaria” del GCI

Lo que el GCI postula como métodos de combate del proletariado consiste en un planteamiento sindicalista y –por qué no decirlo?– socialdemócrata que sólo se diferencia del izquierdismo clásico en su radicalismo verbal, en su exaltación de la violencia y en que a todo se le pone la etiqueta de “proletario”.

En unas tesis sobre la autonomía proletaria y sus límites (Communisme nº 54, abril 2003), en referencia a los acontecimientos de Argentina 2001, el GCI nos expone lo que podría ser la quintaesencia de la organización combatiente de los trabajadores y de sus métodos de lucha:

“En el curso de este proceso de afirmación como clase, el proletariado se dota de estructuras masivas de asociación como las asambleas barriales. Éstas son a su vez precedidas, posibilitadas y potenciadas por estructuras con una mayor permanencia y organización como los piqueteros que vimos aquí u otras estructuras que desde hace años luchan contra la impunidad de los torturadores y asesinos del Estado argentino (madres, hijos...), así como por asociaciones de trabajadores en lucha (fábricas ocupadas) o el movimiento de jubilados. Esa correlación entre los diferentes tipos de estructuras, la relativa permanencia en el tiempo de algunas de ellas y las formas de acción directa que adoptaron hicieron posible esa afirmación de la autonomía del proletariado en Argentina y están constituyendo un ejemplo que tiende a extenderse por América y el mundo: el piquete, el escrache, el saqueo organizado, la olla «popular»...

Así pues ¡las Asambleas barriales que en las revueltas de 2001 en Argentina eran en su inmensa mayoría expresiones de la pequeña burguesía desesperada se transforman en “estructuras masivas de asociación obrera”! ([9])

Sin embargo, lo que mejor expresa la visión del GCI sobre el “asociacionismo obrero” es su tesis de que esta “autoorganización del proletariado” sería “precedida, posibilitada y potenciada” por “estructuras permanentes” como piqueteros, asociaciones de fábricas ocupadas ¡y hasta las Madres de la Plaza de Mayo!

Una vez más, tal planteamiento se alinea con el que proponen la izquierda y la extrema izquierda del Capital: si queréis luchar tenéis que tener una organización masiva previa que os encuadre por sectores (organismos sindicales, cooperativos, antirrepresivos, de jubilados, de barrio etc.). ¿Y qué lecciones sacan los elementos sinceramente proletarios de su paso por estas estructuras? Pues sencillamente que no sirven de palancas de organización, concienciación y fuerza de la clase obrera sino que actúan como herramientas del Estado burgués para desorganizar, atomizar, desmovilizar y encerrar en un terreno burgués a los obreros que caen en sus redes. No son medios de fuerza del proletariado contra el Estado burgués sino armas que tiene éste contra el proletariado.

Esto es así porque en el capitalismo decadente no puede existir una organización de masas permanente que se proponga únicamente limitar tal o cual aspecto de la explotación y la opresión capitalistas. Semejante tipo de organización es irremediablemente absorbido por el Estado burgués y por ello mismo se integra necesariamente en sus mecanismos democráticos de control totalitario de la sociedad y especialmente de la clase obrera. En el capitalismo decadente, la existencia de organizaciones unitarias de defensa económica y política de la clase obrera está condicionada por la movilización masiva de los obreros.

En Argentina asistimos a una proliferación de organizaciones “de base”: movimiento piquetero, organización de empresas autogestionadas, redes de trueque llamadas de “economía solidaria”, sindicatos autoconvocados, comedores populares… Estos organismos han nacido generalmente al calor de respuestas obreras o de la población contra una explotación y una miseria cada vez más exasperantes y, estas respuestas se han hecho al margen y muchas veces en contra de los sindicatos e instituciones oficiales. Sin embargo, la tentativa de hacerlas permanentes ha llevado inevitablemente a su absorción por el Estado burgués gracias a la intervención rápida de organismos asistenciales (tales como ONG’s de la iglesia católica o procedentes del propio peronismo) y sobre todo de un enjambre de organizaciones izquierdistas (principalmente trotskistas).

El exponente más claro de la función antiobrera de estos organismos es el movimiento piquetero. En 1996-97 se produjeron en diferentes regiones argentinas cortes de carretera protagonizados por desocupados que luchaban por obtener un medio de vida. Estas primeras acciones expresaban una lucha proletaria genuina. Sin embargo, no pudieron extenderse, dada la situación de retroceso de la clase obrera a nivel mundial, tanto en el plano de su conciencia como de su combatividad. Poco a poco fueron concebidas como actos de presión, resultando cada vez más incapaces de establecer una relación de fuerzas favorable contra el Estado capitalista. Los desocupados fueron progresivamente “organizados” por sindicalistas radicales, por grupos de extrema izquierda (principalmente trotskistas) dando lugar al “movimiento piquetero” que degeneró en un auténtico movimiento asistencial (el Estado repartía bolsas de comida a las múltiples organizaciones piqueteras a cambio de su control sobre los obreros)

Pero contra esta conclusión sacada por gente de la propia Argentina ([10]), el GCI contribuye con todas sus fuerzas al mito antiproletario del movimiento piquetero presentándolo –¡nada ­menos!– que como expresión del renacimiento del proletariado en Argentina:

“La afirmación proletaria en Argentina no habría sido posible sin el desarrollo del movimiento piquetero, puntal del asociacionismo proletario durante el último lustro (…) Los piquetes en Argentina, la paralización de caminos, carreteras y autopistas y su extensión a otros países, mostraban al mundo que el proletariado como sujeto histórico volvía a afirmarse y que el transporte es el talón de Aquiles del capital en la fase actual” ([11]) (“A propósito de las luchas actuales en Argentina”, Communisme nº 54, abril 2003).

Y cuando la realidad le pone difícil continuar sosteniendo sus análisis, el GCI se escabulle de nuevo invocando una “debilidad” del movimiento piquetero, su “institucionalización”, para evitar hablar de su integración pura y simple en el Estado burgués. Así, refiriéndose a un congreso de organizaciones piqueteras celebrado el año 2000 concede que:

“... sin embargo este congreso, donde se estructura un plan de lucha que implica una escalada en los cortes de carretera durante un mes, se afirma como una tentativa de control por tendencias que buscan la institucionalización política del movimiento piquetero: CTA (Central de trabajadores argentinos) –a la cual está adherida la importante Federación de tierra y vivienda–, la CCC (Corriente clasista y combativa) y el Polo obrero-Partido obrero. Mezcla de diferentes ideologías politicistas e izquierdistas (populismo radical, trotskismo, maoísmo), esta tendencia busca en su práctica la oficialización del movimiento piquetero como interlocutor válido, con representantes permanentes y formulación de reivindicaciones claras y atendibles estatalmente («libertad a los luchadores sociales presos, planes “Trabajar” y fin de las políticas de ajuste neoliberales»), lo que los lleva a aceptar un conjunto de condiciones que desnaturalizan la fuerza del movimiento piquetero y tienden a su liquidación” (“A propósito de las luchas actuales en Argentina”, Communisme nº 54, abril 2003).

Sin embargo, para el GCI, esto no significa la pérdida del carácter “proletario” del movimiento como lo testimoniaría el hecho de que:

“... fuertes masas de piqueteros desconocen totalmente tales directivas, continúan con sus métodos de lucha y rompen con la legalidad que aquellos quieren imponer: el uso de capuchas (elemento que el movimiento fue afirmando como elemental en la seguridad y defensa), los cortes totales de carreteras y hasta la toma de agencias bancarias, de sedes administrativas del gobierno, se seguirán desarrollando” (“A propósito de las luchas actuales en Argentina”, Communisme nº 54, abril 2003).

En definitiva, el GCI sigue los mismos esquemas del izquierdismo burgués: éste también habla de “institucionalización” de las organizaciones de masas para añadir a continuación la existencia de una “base” que se contrapondría a la dirección y tomaría iniciativas de “lucha”. ¿Qué tipo de lucha? Pues “llevar capucha” o el radicalismo estéril de “cortes totales”, cosas que los propios sindicalistas saben emplear cuando necesitan evitar cualquier desbordamiento.

El ataque a la propiedad y la sociedad “futura” según el GCI

El objetivo del proletariado consistiría en «la reapropiación generalizada de medios de vida y el ataque a la burguesía y su Estado». Esta “reapropiación generalizada” se concreta en que:

«... a partir del día 18 de diciembre del 2001, por todos los rincones de Argentina, el proletariado realiza cientos de asaltos y recuperaciones en supermercados, camiones de reparto, comercios, bancos, fábricas... Reparto de mercancías expropiadas entre los proletarios y comidas «populares» surtidas con el producto de las recuperaciones».

El programa “comunista” del GCI se resume en que:

«... los proletarios expropian directamente la propiedad burguesa para satisfacer inmediatamente sus necesidades» (“A propósito de las luchas actuales en Argentina”, Communisme nº 54, abril 2003).

La frasecita, como en general el radicalismo verbal y chillón del GCI, puede impresionar a algún burgués idiota. Puede impresionar también a elementos rebeldes pero ignorantes. Sin embargo, si la analizamos seriamente resulta de lo más reaccionaria. El proletariado no se plantea el reparto “directo” de los bienes y riquezas existentes por la sencilla razón de que –como demostró Marx frente a las teorías de Proudhon– la raíz de la explotación capitalista no está en el modo en que se reparte lo producido, sino en las relaciones sociales a través de las cuales se organiza la producción ([12]).

Llamar a un saqueo “expropiación directa de la propiedad burguesa” no deja de ser un eufemismo envuelto en palabrería “marxista”. En un saqueo, la propiedad no es atacada sino que simplemente cambia de manos. El GCI no hace con esto sino situarse en continuidad directa con la doctrina de Bakunin que consideraba a los bandoleros como los “revolucionarios más consecuentes”. Que unos expropien a otros no forma parte de ninguna dinámica “revolucionaria” sino que es una reproducción de la propia lógica de la sociedad burguesa: la burguesía expropió a los campesinos y a los artesanos para transformarlos en proletarios, los burgueses se expropian entre ellos en la competencia feroz que les caracteriza. El robo de bienes de consumo forma parte, bajo diversas maneras, del juego de las relaciones capitalistas de producción (los ladrones que se apropian de lo ajeno, el comerciante que estafa a mayor o menor escala; el pequeño o gran capitalista que defrauda a los consumidores o a sus propios rivales etc.). Si tratamos de imaginar una sociedad donde la consigna sea «expropiaos los unos a los otros» sólo tenemos que mirar al capitalismo:

«Los matices entre especulación comercial, de la bolsa, pseudo-negocios de ocasión, adulteración de alimentos, chantaje, peculado, robo, escalamientos y rapiñas se confunden tanto entre sí que desaparecen los límites que separaban a la honorable burguesía de la delincuencia. Con el abandono de las barreras y de los soportes convencionales de la moral y del derecho, la sociedad burguesa, cuya ley íntima de existencia es la más profunda inmoralidad, la explotación del hombre por el hombre, recae directa y desenfrenadamente en la pura y simple delincuencia» (Rosa Luxemburg, La Revolución rusa).

“Atacar la propiedad” resulta ser una fórmula tan ruidosa como vacía. En el mejor de los casos va a los efectos sin rozar siquiera las causas. En su polémica con Proudhon, Marx rebate esos radicalismos grandilocuentes

«La propiedad constituye la última categoría en el sistema del señor Proudhon. En el mundo real, por el contrario, la división del trabajo y todas las demás categorías del señor Proudhon son las relaciones sociales que su conjunto forman lo que actualmente se llama propiedad; fuera de esas relaciones, la propiedad burguesa no es sino una ilusión metafísica y jurídica» ([13]).

¿Cómo debe ser la futura sociedad según la doctrina del GCI? Muy doctamente nos dice que

“... el objetivo invariante de la revolución proletaria es trabajar lo menos posible y vivir lo mejor posible, objetivo que, a fin de cuentas, es exactamente el mismo que aquel por el que luchaba el esclavo cuando se oponía al esclavismo hace 500 o 3000 años. La revolución proletaria no es otra cosa que la generalización histórica de la lucha por los intereses materiales de todas las clases explotadas de la antigüedad” (“Poder y Revolución”, Communisme nº 56, octubre 2004).

Típica del ideal de rebelión de la pequeña burguesía estudiantil, la audaz parrafada del GCI a favor de la “reducción del tiempo de trabajo” no es capaz de ir más allá de una visión que reduce el trabajo a la actividad alienante tal como es en las sociedades de clase y particularmente bajo el capitalismo. Semejante visión está a cien leguas de comprender que, en una sociedad liberada de la explotación, el trabajo dejará de ser un factor de embrutecimiento para convertirse en un factor de desarrollo del ser humano.

Proclamar que el “objetivo invariante” (sic) de la “revolución proletaria” es “trabajar lo menos posible y vivir lo mejor posible” es reducir el programa del proletariado a una perogrullada ridícula. Salvo algún que otro ejecutivo “drogado por el trabajo” todo el mundo tiene ese “objetivo invariante” empezando por Mister Bush, quien, pese a ser presidente de EEUU, echa todos los días la siesta, se va de descanso el fin de semana, haraganea todo lo que puede, cumpliendo rigurosamente el principio “revolucionario” del GCI.

El objetivo es tan “invariante” que, efectivamente, puede ser elevado a aspiración universal de todo el género humano, habido y por haber, y desde luego con tan democrático principio se puede igualar en un mismo plano a esclavos, siervos, proletarios… Semejante igualación significa negar todo lo que caracteriza a la sociedad comunista, la cual es el producto específico del ser y el porvenir histórico que encierra el proletariado. El proletariado es el heredero de todas las clases explotadas que le han precedido a lo largo de la historia, sin embargo, eso no quiere decir que tenga la misma naturaleza, ni los mismos objetivos, ni la misma perspectiva histórica, que aquellas. Esta verdad elemental del materialismo histórico es echada al cubo de la basura por el GCI reemplazada con sus sofismas baratos.

En los Principios del comunismo, Engels recuerda que

“... las clases trabajadoras han vivido en distintas condiciones, según las diferentes fases de desarrollo de la sociedad y han ocupado posiciones distintas respecto a las clases poseedoras y dominantes”,

mostrando en primer lugar las diferencias entre el esclavo y el proletariado moderno y particularmente que:

“El esclavo es considerado como una cosa y no como miembro de la sociedad civil. El proletario es reconocido como persona, como miembro de la sociedad civil. Por consiguiente, el esclavo puede tener la existencia mejor que el proletario, pero este último pertenece a una etapa superior de desarrollo de la sociedad y se encuentra a un nivel más alto que el esclavo”.

¿Cuál es el objetivo del esclavo?

“Este –responde Engels– se libera cuando de todas las relaciones de la propiedad privada se suprime una de ellas –la esclavitud–, gracias a lo cual se convierte en proletario. En cambio, el proletario solo puede liberarse suprimiendo toda la propiedad privada en general”.

La liberación del esclavo no consiste en abolir la explotación sino en pasar a otra forma superior de explotación: el trabajador “libre” sometido al trabajo asalariado capitalista, como sucedió por ejemplo en Estados Unidos tras la guerra de secesión.

Igualmente, examina las diferencias entre el siervo y el proletario:

“El siervo se libera ya refugiándose en la ciudad y haciéndose artesano, ya dando a su amo dinero en lugar de trabajo o productos, transformándose en libre arrendatario, ya expulsando al señor feudal y haciéndose él mismo propietario. Dicho en breves palabras, se libera entrando de una manera o de otra en la clase poseedora y en la esfera de la competencia. El proletario se libera suprimiendo la competencia, la propiedad privada y todas las diferencias de clase”.

Esas diferencias son las que hacen del proletariado la clase revolucionaria de la presente sociedad y las que constituyen los fundamentos materiales de su lucha histórica. El GCI quiere borrarlo todo eso de un plumazo para ofrecer a quienes quieran escucharle una “revolución” de pacotilla que no es ni más ni menos que una imagen más del desorden y la anarquía que cada vez más provoca la evolución del capitalismo.

La demagogia delirante del GCI para justificar su apoyo a las bandas imperialistas en Irak

Ya hemos puesto en evidencia que toda la doctrina del GCI se basa en la burda manipulación de sofismas. Su apoyo descarado al bando de la insurgencia en la criminal y caótica guerra imperialista que sacude Irak se basa en dos de ellos.

1) La guerra imperialista formaría parte de la lucha del capital contra el proletariado

La lucha de clases es el motor de la historia. El antagonismo fundamental del capitalismo es la lucha de clase entre proletariado y burguesía. Pero ¿debemos deducir de ahí el dogma estúpido según el cual todo conflicto pertenece al antagonismo burguesía-proletariado? El GCI no tiene reparos en afirmarlo, para él,

“... la guerra se ha hecho cada vez más abiertamente una guerra civil, una guerra social directamente contra el enemigo de clase: el proletario (Communisme nº 56: “Haití: el proletariado enfrenta a la burguesía mundial”, octubre 2004).

Así

“... Este terror se concreta en la lucha contra la agitación social, en ocupaciones militares permanentes (Irak, Afganistán, la antigua Yugoslavia, Chechenia, la mayoría de países africanos…), en la guerra contra la subversión, en las prisiones y centros de detención, las torturas (…) Cada vez se hace más difícil hacer pasar esas operaciones internacionales de policía contra el proletariado por guerras entre gobiernos” (Communisme nº 56: “Y el Águila III no pasó”).

¡Mayor radicalismo es imposible de imaginar! ¿Pero adónde lleva ese inflado radicalismo? Pues a meter en el mismo saco de la “lucha de clases” las guerras imperialistas, las agitaciones sociales de cualquier tipo … Eso es concretamente un llamamiento a apoyar tanto a los combatientes islámicos, (que actualmente son los principales destinatarios de centros de tortura como Guantánamo) pues serían las víctimas visibles de la guerra social “contra el proletario”, como a los bandos no uniformados que operan en Irak so pretexto de que se opondrían a “las operaciones internacionales de policía contra el proletariado”.

2) Para asumir su guerra contra el proletariado mundial, la burguesía se habría dotado de un Estado mundial

Según el GCI, todas las fracciones de la burguesía mundial han cerrado filas tras Estados Unidos para efectuar una operación de policía contra el proletariado en Irak. El GCI nos informa que en Oriente Medio existiría una lucha de clases tan peligrosa que obligaría al gendarme mundial a intervenir. Los pobres ciegos que no ven esa “luminosa realidad” son fulminados por el GCI pues ello significaría obviar la cuestión:

“¿Pero dónde está el proletariado en medio de todo ese revoltijo? ¿Qué es lo que hace? ¿Cuáles son las alternativas que enfrenta en su intento por hacerse autónomo y destruir a todas las fuerzas burguesas? Sobre esto deberían discutir hoy los escasos núcleos proletarios que, en el ambiente nauseabundo de paz social que nos oprime, intentan mantener en alto la bandera de la revolución social. Pero la mayoría de ellos quedan atrapados en la problemática si tal o cual la contradicción ínter burguesa es o no fundamental” (“Algunas consideraciones sobre los acontecimientos que sacuden actualmente Irak” en Communisme nº 55, febrero 2004).

A partir de ahí, el GCI llega a la conclusión de que el capital posee un gobierno mundial único, negando lo que siempre ha defendido el marxismo, la división del capital en Estados nacionales que se pelean a muerte en la arena internacional:

“a través del mundo, un número creciente de territorios se encuentra así directamente administrados por las instancias mundiales de los capitalistas reunidos en esas cuevas de ladrones y asesinos que son la ONU, el FMI y el Banco Mundial (…) Regularmente, el Estado mundial del capital toma contornos cada vez más perceptibles en la imposición terrorista de su orden” (Communisme nº 56: “Haití: el proletariado enfrenta a la burguesía mundial”, octubre 2004).

El ultrarradical GCI nos sirve con esto una vieja teoría de Kautsky, que Lenin combatió enérgicamente, según la cual el capital se unificaría en un superimperialismo. Esta teoría es la que defiende regularmente la izquierda y extrema izquierda del capital que para mejor atar a los obreros a “su” Estado nacional hablan de un capital “unificado mundialmente” en instancias “apátridas” como la ONU, el FMI, el Banco mundial, las multinacionales etc. El GCI va en el mismo sentido que ellos sugiriendo (aunque sin decirlo abiertamente, lo cual es mucho peor) que el enemigo principal es el imperialismo americano, el súperimperialismo que federaría tras él lo esencial del capitalismo mundial. Todo esto es coherente con su papel de sargento reclutador para la guerra imperialista en Irak (¡aunque, eso sí, desde la distancia, instalado en su butaca!) que el GCI asume con el apoyo que da al movimiento burgués de la insurgencia iraquí con la excusa de hacerla pasar por proletaria:

“todo el aparato, los servicios, los órganos, los representantes del Estado mundial, que se encuentran en el lugar, son sistemáticamente elegidos como objetivo. Lejos de ser actos ciegos, esta resistencia armada tiene una lógica si hacemos el esfuerzo de salir de estereotipos y de la falsa propaganda ideológica que los burgueses nos proponen como única explicación de lo que pasa en Irak. Detrás de los objetivos, así como en la guerrilla cotidiana dirigida contra las fuerzas de ocupación, se pueden percibir designados los contornos de un proletariado que intenta luchar, organizarse, contra todas las fracciones burguesas que han decidido imponer el orden y la seguridad capitalista en la región, aún si todavía es extremamente difícil juzgar el grado de autonomía de nuestra clase en relación con las fuerzas burguesas que intentan encuadrar la rabia de nuestra clase contra todo aquello que representa al Estado mundial. Los actos de sabotajes, atentados, manifestaciones, ocupaciones, huelgas... no son hechos de islamistas o de nacionalistas panárabes. Dicha interpretación es demasiado simplista y va en el sentido del discurso dominante que quiere encerrar nuestra comprensión en una lucha entre «el bien y el mal», entre «los buenos y los malos», un poco como en una película de cowboys, eliminando una vez más la contradicción mortal del capitalismo: el proletariado” (Communisme nº 55 “Algunas consideraciones sobre los acontecimientos que sacuden actualmente Irak, febrero 2004).

¿En qué campo se sitúa el GCI?

La escisión de la CCI de la que procede el GCI tiene por origen una serie de divergencias dentro de la sección de la CCI en Bélgica que surgieron en 1978-79 sobre la explicación de la crisis económica, el papel del partido y sus relaciones con la clase, la naturaleza del terrorismo, el peso de las luchas del proletariado en los países de la periferia del capitalismo… Rápidamente los elementos en desacuerdo, aunque cada uno tenía una posición diferente, se reagruparon en una Tendencia y enseguida abandonaron la organización dando nacimiento al GCI sin establecer claramente los desacuerdos que fundaban la escisión. Así, el GCI no se constituyó sobre un conjunto de posiciones políticas coherentes alternativas a las de la CCI, sino sobre una amalgama de divergencias insuficientemente elaboradas y, sobre todo, en base a sentimientos negativos de ambiciones personales frustradas y de rencor ([14]). La consecuencia fue que los líderes del grupo pronto se enfrentaron entre ellos produciéndose dos nuevas escisiones ([15]), quedándose al frente del GCI el elemento con más inclinaciones izquierdistas que, desde entonces, no ha cesado de apoyar todo tipo de causas burguesas.

Un grupo como el GCI no es típicamente izquierdista, como pueden serlo los maoístas o los trotskistas, pues, al contrario de ellos, no tiene un programa que defienda abiertamente el Estado burgués. De hecho, los denuncia de forma muy radical. Sin embargo, como hemos puesto en evidencia a lo largo de este artículo, detrás de su radicalismo frente a las instituciones y fuerzas de la burguesía, sus análisis y consignas tienen como consecuencia esencial, no tanto la de armar política y teóricamente a los elementos que intentan plantear en términos y perspectivas políticas el rechazo legítimo que les inspira el mundo actual, sino más bien canalizarlos hacia los callejones sin salida del izquierdismo y el anarquismo ([16]).

Sin embargo, la contribución del GCI no se limita a este aspecto que es ya de por sí importante. La virulencia de sus ataques no soslaya a los auténticos revolucionarios y particularmente a nuestra organización. Empleando siempre el mismo método del sofisma que hemos puesto en evidencia, y sin ninguna argumentación seria, nos obsequia con epítetos como “socialdemócratas”, “pacifistas”, “kautkystas”, “auxiliares de la policía” etc. ([17]). En este sentido no hace más que aportar su pequeña contribución al esfuerzo general de la burguesía por desprestigiar todo combate que se inscriba auténticamente en una perspectiva revolucionaria. Y recordemos además aquí, sin volver a desarrollar el asunto, que el GCI ha llevado su radicalismo al servicio de una causa que no tiene, ni mucho menos, nada que ver con la emancipación del proletariado: ha llegado a incitar al asesinato de militantes de la sección de la CCI en México ([18]). Este llamamiento del GCI ha sido retomado con otra forma y dirigido esta vez contra los militantes de la CCI en España, por un grupo próximo al GCI (ARDE) ([19]).

Así pues, aunque el programa del GCI no forme parte del aparato político de la burguesía, eso no significa que pertenezca al campo proletario, dado que su vocación es la de atacarlo y destruirlo. En ese sentido, es un representante de lo que la CCI caracteriza como parasitismo político. Para terminar este artículo reproducimos unos extractos de un texto sobre dicho asunto que hemos publicado y que juzgamos perfectamente adaptados a la situación que hemos examinado:

“la noción de parasitismo político no es en manera alguna una invención de la CCI. Fue la AIT la primera que lo identificó y combatió, al verse enfrentada a esta amenaza contra el movimiento proletario. Fue ella, empezando por Marx y Engels, quien caracterizó ya a los parásitos como esos elementos politizados que, pretendiendo adherirse al programa y a las organizaciones del proletariado, concentran sus esfuerzos no sobre el combate, no tanto contra la clase dominante sino contra las organizaciones de la clase revolucionaria. La esencia de su actividad consiste en denigrar y maniobrar contra el campo comunista aunque pretendan pertenecer a él y servirlo” (Punto 9 de las “Tesis sobre el parasitismo” publicadas en la Revista internacional nº 94).

C.Mir 6-11-05


[1]) Ver Revista internacional nº 119 “Resolución sobre la lucha de clases”.

 

[2]) Un análisis de esta maduración de minorías en el proletariado internacional y de nuestra actividad ante ellas se puede ver en el balance del 16º Congreso de la CCI aparecido en la Revista internacional nº 122.

 

[3]) Ver Communisme nº 12, febrero 1981, el artículo “Lucha de clases en El Salvador”. El esquema argumental apenas se diferencia del que utiliza el trotskismo. Este también justifica su apoyo a luchas burguesas hablando de “movimientos revolucionarios de masas” ocultos tras la “fachada” de las “direcciones burguesas”.

 

[4]) Guerrilla peruana de inspiración maoísta que intentó hacer caer las ciudades mediante su cerco desde el campo donde eran reclutados los efectivos de la guerrilla. En realidad, era la población, y particularmente la de las zonas campesinas, la que pagaba los platos rotos de un régimen de terror impuesto por los dos campos burgueses, el que estaba instalado en el poder y Sendero Luminoso.

 

[5]) Cita de una fuente periodística tomada por el propio GCI: “La referencia a los lazos de sangre constitutivos del Arch permite agrupar las aldeas pertenecientes al mismo linaje, pero dispersas en diferentes municipios y distritos”. El programa acordado por una Coordinadora de los Arch de Cabilia (2000 delegados) es nacionalista y democrático aunque adobado con alguna reivindicación con gancho entre los trabajadores: “Reclaman, en desorden, la retirada inmediata de la gendarmería, la toma a cargo por el Estado de las víctimas generadas por la represión, la anulación de los juicios contra los manifestantes, la consagración del tamazight como lengua nacional y oficial, ventajas de libertad y justicia, la adopción de un plan de urgencia para Cabilia y el pago de una indemnización por desocupación a todos los parados» (Esta cita procede de Communisme nº 52, “Proletarios de todos los países la lucha de clases en Argelia es de todos”).

 

[6]) Ver la serie de artículos sobre este movimiento de nuestra clase iniciada en la Revista internacional nº 120.

 

[7]) Como acaba de ilustrarlo la victoria electoral del nuevo presidente Evo Morales que viene a engrosar las filas de la “Izquierda latina” (Castro, Lula, Chávez). Estos presidentes de izquierdas en América Latina quienes, además de proseguir los ataques contra la clase obrera, como lo haría cualquier gobierno de derecha, son capaces de venderle ilusiones.

 

[8]) Esto se ve corroborado por la afirmación del GCI en su artículo sobre la “autonomía proletaria en Argentina” según la cual las organizaciones de las Madres de Mayo ¡habrían contribuido a la autoorganización del proletariado!

 

[9]) Ver nuestro artículo en Revista internacional nº 109 sobre la revuelta social de 2001 en Argentina.

 

[10]) Ver el artículo de denuncia del movimiento piquetero realizado por un grupo argentino, el NCI, y que hemos publicado en Revista internacional 119.

 

[11]) Por otra parte, afirmar que el “transporte es el talón de Aquiles del capital actual” no deja de ser una ingeniosa constatación sociológica que oculta el deseo del GCI de encerrar al proletariado en una visión sindicalista de su lucha. En el periodo ascendente del capitalismo (siglo xix), la fuerza del proletariado, organizado en sindicatos, estaba en la capacidad para paralizar una parte de la producción capitalista. Sin embargo, no son esas las condiciones que prevalecen en el capitalismo decadente, caracterizado por la fuerte solidaridad, detrás del Estado, de todos los capitalistas contra el proletariado. La presión económica sobre un capitalista particular o, incluso, sobre un conjunto de ellos, no puede tener más que un impacto muy limitado. Por eso, ese tipo de lucha tomado de los métodos sindicales del siglo xix, hoy forma parte del juego de la clase capitalista. Pero eso no significa que los obreros hayan perdido la capacidad de constituir una fuerza contra el capital. Con métodos de lucha diferentes, ellos lo siguen consiguiendo como lo demuestra toda la historia del siglo xx: uniéndose mediante el desarrollo de una firme solidaridad entre todas las capas del proletariado, rompiendo las divisiones de sector, empresa, región, raza o nación, organizándose como clase autónoma en la sociedad, defendiendo sus propias reivindicaciones contra la explotación capitalista y asumiendo conscientemente el enfrentamiento con el Estado capitalista. Solamente de esa forma el proletariado desarrolla verdaderamente su fuerza y puede oponer una relación de fuerzas favorable contra el Estado.

 

[12]) La consigna de los proletarios de Roma, que popularizó el cristianismo, era el reparto de las riquezas. Pero ellos podían plantearse así la cuestión porque no desempeñaban ningún papel en la producción, que recaía enteramente en el trabajo de los esclavos: «Los proletarios romanos no vivían del trabajo, sino de las limosnas que les daba el gobierno. Por eso la demanda de los cristianos de propiedad colectiva no se refería a los medios de producción, sino a los medios de consumo. No pedían que la tierra, los talleres y las herramientas e instrumentos de trabajo fueran propiedad colectiva, sino que se dividiera todo entre ellos, casas, ropas, alimentos y otros productos necesarios para la vida. Las comunidades cristianas se cuidaban bien de no investigar el origen de esas riquezas. El trabajo de producción recaía siempre en los esclavos» (Rosa Luxemburgo, Socialism and the churches, tomado de Archivo de autores marxistas de Internet y traducido por nosotros).

 

[13]) Marx, Miseria de la filosofía.

 

[14]) Así, la razón primordial de esta escisión no se sitúa en las divergencias evocadas, que por otra parte eran reales, sino en la manera totalmente irresponsable con las que fueron asumidas. En efecto, las divergencias son normales en el seno de la organización revolucionaria y su debate riguroso y paciente es una fuente de clarificación y reforzamiento. Sin embargo, los principales protagonistas adoptaron una serie de actitudes y comportamientos antiorganizativos (ambiciones personales, contestación a los órganos centrales, difamación de camaradas, resentimientos…) que eran en parte el resultado de concepciones izquierdistas insuficientemente superadas, trabando de esta forma la discusión. Para más información sobre este episodio ver en la Revista internacional nº 109 el “Texto sobre el funcionamiento de la organización en la CCI”.

 

[15]) Que dieron lugar a dos grupos: Mouvement communiste y Fraction communiste internationaliste, este último ha tenido una existencia efímera.

 

[16]) La CCI ha criticado la interpretación anarquista que hace el GCI del materialismo histórico en los números 48, 49 y 50 de la Revista internacional dentro de la serie “Comprender la decadencia del capitalismo”.

 

[17]) Ver especialmente el artículo del GCI “Una vez más, la CCI al lado de los policías contra los revolucionarios” en Communisme nº 26 febrero 1988 así como nuestra respuesta “los delirios paranoicos del anarco-bordiguismo punk” en Révolution internationale nº 168 mayo 1988.

 

[18]) Ver a este propósito, nuestra toma de posición “los parásitos del GCI llaman al asesinato de nuestros militantes en México”, publicada en toda la prensa territorial de la CCI, concretamente en Acción proletaria de noviembre 1996, y en Revolución mundial. El llamamiento en cuestión se encuentra en el artículo del GCI “El eterno pacifismo euroracista de la socialdemocracia (la CCI en su versión mexicana)” en Communisme nº 43, mayo 1996.

 

[19]) Ver sobre ello nuestro artículo publicado en toda la prensa territorial de la CCI “¡Solidaridad con nuestros militantes amenazados!” concretamente en Acción proletaria nº 181.