Atentados de julio en los transportes londinenses, Huelga espontánea el 11 de agosto de los obreros del aeropuerto de Londres

Versión para impresiónEnviar por email

¿Qué futuro para la humanidad? ¿Guerra imperialista o solidaridad de clase?

En 1867, en el prefacio de la primera edición de su famosa obra, El Capital, Carlos Marx observaba que las condiciones económicas de Inglaterra, primer país industrializado, eran un modelo para el desarrollo del capitalismo en los demás países. Fue así Gran Bretaña el “país referencia” de las relaciones de producción capitalistas. A partir de entonces, el sistema capitalista ascendente iba a dominar el mundo. Cien años más tarde, en 1967, la situación en Gran Bretaña volvía a ser simbólicamente significativa y profética con la devaluación de la libra esterlina: esta vez, lo que simbolizaba era el declive del mundo capitalista y su creciente quiebra. Los acontecimientos del verano de 2005 en Londres han mostrado una vez más que Gran Bretaña ha vuelto a ser una especie de jalón indicador para el capitalismo mundial. El verano londinense ha sido precursor en dos planos: el de las tensiones imperialistas, o sea el conflicto mortífero entre los Estados nacionales en el ruedo mundial y el de la lucha de clases internacional, o sea el conflicto entre las dos clases principales de la sociedad: la burguesía y el proletariado.

Los atentados terroristas del 7 de julio en Londres fueron reivindicados por Al Qaeda, como represalias contra la participación de tropas británicas en la ocupación de Irak. Ese martes por la mañana, las explosiones ocurrieron en una hora punta de los transportes públicos, recordando brutalmente a la clase obrera que es ella la que paga por el capitalismo, no solo por el trabajo de forzado y la pobreza que éste le impone, sino también con su sangre. Las 4 bombas del metro londinense y la del autobús mataron en medio del espanto a 52 (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) obreros, jóvenes en su mayoría, dejando además lisiados y traumatizados a cientos. Y los atentados han tenido un impacto mucho mayor. Su siniestro mensaje para millones de obreros es que desde ahora se pregunten, al ir o al volver del trabajo, si su próximo trayecto o el de sus allegados no será el último. En palabras es difícil expresar mayor compasión que la expresada por el gobierno de Tony Blair, o el alcalde de Londres, Ken Livingstone (representante del ala izquierda del Partido laborista), la prensa o la patronal. Sin embargo, tras las consignas de “no cederemos a los terroristas” y “Londres se mantiene unida”, la burguesía hacía saber que las actividades debían seguir como si no hubiera pasado nada. Los obreros debían correr el riesgo de nuevas explosiones en la red de transportes si querían seguir “disfrutando de su tradicional modo de vida”.

 

El imperialismo vuelve a golpear el corazón del capitalismo

Esos atentados han sido el ataque más mortífero contra civiles en Londres desde la Segunda Guerra mundial. La comparación con la carnicería imperialista de 1939-45 se justifica plenamente. Los atentados de Londres, después de los del 11 septiembre en Nueva York y los de marzo de 2004 en Madrid, muestran que el imperialismo “vuelve a casa”, a las principales metrópolis del mundo.

Tampoco hubo que esperar 60 años para que volvieran a Londres ataques militares contra sus habitantes. La ciudad fue también el blanco de las bombas de los “Provisionals” del IRA (Ejército republicano irlandés) (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) durante casi dos décadas desde 1972. La población ya pudo probar lo que es el terror imperialista. Pero las atrocidades del 7 de julio de 2005 no son únicamente una repetición de esas experiencias; son una amenaza creciente, representativa de la fase actual, mucho más mortífera, de la guerra imperialista.

Naturalmente, los atentados terroristas del IRA fueron un anticipación de la barbarie de los ataques de Al Qaeda. Más en general, aquellos ataques eran ya la expresión de la tendencia a que el terrorismo contra la población civil fuera cada vez más un método predilecto de la guerra imperialista en la segunda mitad del siglo xx.

Sin embargo, durante la mayor parte del período durante el que se produjeron los atentados del IRA el mundo estaba dividido en dos bloques imperialistas bajo control de Estados Unidos y de la URSS. Esos bloques regulaban más o menos los conflictos imperialistas secundarios, aislados entre Estados en su propio campo, como el de Gran Bretaña en Irlanda en el bloque de Estados Unidos, país que no podía tolerar ni permitir que tal conflicto cobrase una amplitud que pudiera debilitar el frente militar principal contra la URSS y sus satélites. De hecho, la amplitud de las campañas del IRA para desalojar a Gran Bretaña de Irlanda del Norte dependía, y sigue dependiendo todavía en gran parte, del total de la ayuda financiera de Estados Unidos al IRA. Los ataques terroristas del IRA en Londres eran algo relativamente excepcional, en aquel entonces, en las metrópolis de los países avanzados. Los escenarios principales de la guerra imperialista en donde se enfrentaban los bloques por naciones interpuestas, estaban, efectivamente, en la periferia del sistema: Vietnam, Afganistán, Oriente Medio. Aunque entre las víctimas del IRA hubo civiles indefensos, los objetivos de sus bombas (fuera de Irlanda del Norte) correspondían, en general, a una lógica imperialista más clásica. Eran áreas militares como Chelsea Barracks en 1981, o Hyde Park en 1982 (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) las escogidas, o, también, símbolos del poder económico como Bishopsgate en la City de Londres (<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->), o Canary Wharf en 1996 (<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->). En cambio, los atentados de Al Qaeda contra unos transportes públicos abarrotados, son síntoma de una situación imperialista más peligrosa y más típica de las nuevas tendencias internacionales resultantes de una situación en la que ya no hay bloques imperialistas que impongan una especie de pretendido orden al militarismo capitalista. “Cada cual para sí” es ahora el lema principal del imperialismo, afirmada, para empezar, de la manera más violenta y cruel por parte de Estados Unidos en su afán de mantener su hegemonía en el mundo. La estrategia unilateral de Washington, llevada a cabo en diferentes ocasiones, especialmente con la invasión y la ocupación de Irak, no hace más que exacerbar el caos. El incremento de la influencia global de Al Qaeda y demás señores imperialistas de la guerra en Oriente Medio es el producto de esta refriega imperialista general que las principales potencias imperialistas, cada una contra las demás, son incapaces de impedir.

Las grandes potencias, incluida Gran Bretaña, han contribuido activamente en la propagación de la amenaza terrorista, la han utilizado y han intentado utilizarla en provecho propio.

El imperialismo británico estaba decidido a que no se le dejara al margen de la invasión estadounidense de Irak. Estaba así dispuesto a proteger sus propios intereses en la región y conservar su grado de potencia militar de cierto prestigio. Al construir pieza a pieza un pretexto para unirse a la “coalición” estadounidense gracias al famoso dossier sobre unas imaginarias armas de destrucción masiva, el imperialismo británico ha desempeñado plenamente su papel en el naufragio de Irak en un océano caótico de sangre. El Estado británico ha contribuido en fomentar la campaña terrorista de Al Qaeda contra el imperialismo occidental. Verdad es que esta campaña terrorista empezó antes de la invasión de Irak, pero fueron las grandes potencias las que, por así decirlo, participaron en su procreación. En efecto, Gran Bretaña, al igual que Estados Unidos, participó, durante los años 1980, en el entrenamiento y armamento de la guerrilla de Bin Laden en su combate contra la ocupación de Afganistán por la URSS.

Tras el 7 de julio, los principales “aliados” de Gran Bretaña (sus rivales, en realidad) no han perdido la ocasión de hacer notar que a la capital británica se la tildaba de “Londonistán” –o sea, refugio de toda clase de grupos islamistas radicales vinculados a organizaciones terroristas de Oriente Medio. El Estado británico ha permitido la presencia en su suelo de una serie de individuos a los que incluso protegió, con la esperanza de que le sirvieran para sus propios intereses en Oriente Medio, en detrimento de las demás grandes potencias “aliadas”. Por ejemplo, Gran Bretaña se ha negado durante diez años a ceder a las demandas del Estado francés de extradición de Rachid Ramda, acusado de implicación en los atentados del metro parisino. Devolviéndole la pelota, la dirección central de los servicios secretos franceses (según el International Herald Tribune, 09/08/05) nunca comunicó a sus colegas británicos el informe de sus servicios, escrito en junio, en el que se preveía que unos simpatizantes paquistaníes de Al Qaeda estaban preparando un atentado con bombas en Gran Bretaña.

La política imperialista de Gran Bretaña –que observa los mismos “principios” que sus rivales: “hacedlo a los demás antes de que ellos os lo hagan”– ha dado su contribución para que ocurran ataques terroristas en su propio suelo.

En el período actual, el terrorismo ya no es la excepción en la guerra entre Estados o protoEstados, sino que se ha vuelto el método privilegiado. El desarrollo del terrorismo corresponde en parte a la ausencia de alianzas estables entre potencias imperialistas y es típico de un período en el que cada potencia procura socavar y sabotear el poder de sus rivales.

En ese contexto, no debemos subestimar el papel creciente de las operaciones secretas y de guerra psicológica llevadas a cabo por las principales potencias imperialistas sobre su propia población para así desprestigiar a sus rivales y encontrar un pretexto a sus iniciativas bélicas. Salvo imprevistos nunca habrá confirmación oficial, claro está, pero hay fuertes sospechas de que el atentado de las Torres Gemelas, o el del edificio de pisos de Moscú, que abrieron el camino a aventuras bélicas fundamentales a Estados Unidos y a Rusia respectivamente, hayan sido obra de los servicios secretos de esos Estados. En ese aspecto, tampoco es inocente el imperialismo británico ni mucho menos. Su incorporación abierta o camuflada en ambos bandos del conflicto terrorista en Irlanda del Norte es bien conocida, de igual modo que la presencia de varios de sus agentes en las filas del “Real IRA”, la organización terrorista responsable del atentado de Omagh (<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->). Más recientemente, en septiembre de 2005, dos miembros de SAS (Fuerzas especiales británicas) eran detenidos en Basora por la policía iraquí cuando, según algunos periodistas, estaban de misión para realizar un atentado terrorista (<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->). Esos ejecutantes subterráneos fueron después liberados mediante un asalto del ejército británico contra la cárcel en que estaban detenidos. En base a acontecimientos así, es legítimo pensar que el imperialismo británico está también él implicado en la carnicería terrorista cotidiana en Irak: probablemente para permitirle justificar su presencia “estabilizadora” como fuerza de ocupación. Fue el propio imperialismo británico, antigua potencia colonial, el primero que puso a punto el principio subyacente de “divide y reinarás” que hoy, en Irak, está detrás de las tácticas de terror.

La tendencia creciente a usar el terrorismo en los conflictos imperialistas lleva la marca del período final del declive del capitalismo, el período de descomposición social en el que la ausencia de perspectivas a largo plazo domina la sociedad en todos los planos.

Significativo de esa situación es que los atentados del 7 de julio hayan sido obra de unos kamikazes nacidos y educados Gran Bretaña. Así, los países del corazón del capitalismo son tan capaces como los de la periferia del sistema de engendrar entre los jóvenes esta especie de irracionalismo que lleva a la autodestrucción más violenta y más infame. Es demasiado pronto para saber si el Estado británico está, él también, implicado en los atentados.

El horror de la sinrazón de la guerra imperialista ha vuelto pues al corazón del capitalismo donde viven los sectores más concentrados de la clase obrera. Ya no está reservado a los países del Tercer Mundo, sino que golpea cada vez más frecuentemente las metrópolis industriales: Nueva York, Washington, Madrid, Londres. Los blancos ya no son expresamente económicos o militares: son escogidos para matar a la mayor cantidad de civiles.

La antigua Yugoslavia ya fue, en los años 90, una expresión de esa tendencia al retorno de la guerra imperialista a los países centrales del capitalismo. Hoy, después de España, le ha tocado a Gran Bretaña.

El terror del Estado burgués

Sin embargo, los londinenses no sólo tuvieron que enfrentarse a la amenaza mortal de los atentados terroristas en julio de 2005. El 22 de julio, un joven electricista brasileño, Jean Charles de Menezes, fue ejecutado cuando acudía a su trabajo de 8 balazos disparados por la policía en la estación del metro Stockwell. La policía pretende que lo había tomado por un kamikaze. Gran Bretaña, conocida por la imagen de integridad de Scotland Yard y de su simpático “bobby” local que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, siempre ha querido hacer creer que su policía está al servicio de la comunidad democrática, que sus policías son los protectores de los derechos de los ciudadanos y los garantizadores de la paz. Lo que ha aparecido claramente en esta ocasión, es que la policía británica no es fundamentalmente diferente de la de cualquier dictadura tercermundista que utiliza sin tapujos sus “escuadrones de la muerte” para las necesidades del Estado. Según el discurso oficial de la policía británica, la ejecución de Jean Charles fue un trágico error. Sin embargo, a partir del 7 de julio, los destacamentos armados de la policía metropolitana recibieron la orden de “tirar a matar” a cualquier persona sospechosa de ser un kamikaze. Incluso después del asesinato de Jean Charles, se ha defendido y mantenido esa política con energía. Habida cuenta de que es casi imposible identificar o arrestar a un kamikaze antes de que dispare el detonador, esa orden daba efectivamente a la policía toda latitud para disparar contra cualquiera, sin prácticamente previo aviso. Como mínimo, la política instaurada al más alto grado, permitía semejantes “errores trágicos”, considerados inevitables efectos secundarios del reforzamiento del Estado.

Se puede suponer, pues, que ese asesinato no tiene nada de accidental, sobre todo si se considera que la función del Estado y de sus órganos de represión no es la que ellos pretenden, o sea, la de protectores al servicio de la población que a veces están obligados a escoger ante difíciles alternativas entre la defensa del ciudadano y la protección de sus derechos. En realidad, la tarea fundamental del Estado es otra: defender el orden existente en interés de la clase dominante. Eso quiere decir, ante todo, que el Estado debe preservar y hacer alarde de su monopolio de la fuerza armada. Eso es especialmente cierto en tiempos de guerra, cuando le es necesario y vital mostrar su fuerza y ejercer represalias. En respuesta a ataques terroristas como los del 7 de julio, la primera prioridad del Estado no es proteger a la población –tarea que, de todas maneras, no puede ser realizada si no es en favor de un puñado de altos funcionarios– sino hacer alarde de su poder. Reafirmar la superioridad de la fuerza del Estado es, pues, una necesidad para mantener la sumisión de su propia población e inspirar el respeto de las potencias extranjeras. En esas condiciones, la detención de los verdaderos criminales es algo secundario o no tiene nada que ver con el objetivo principal.

Es útil, aquí, otra comparación con la campaña de atentados del IRA. En reacción a los atentados contra los pubs de Birmingham y Guildford (<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->), la policía británica detuvo a 10 irlandeses sospechosos, les arrancó falsas confesiones, amañó testimonios contra ellos, condenándolos la justicia a largas penas de cárcel. Sólo sería 15 años más tarde cuando el gobierno reconoció que había habido un “trágico error judicial”. ¿No se trataba, en realidad, de represalias contra una población “extranjera” y “enemiga”?

El 22 de julio de 2005 reveló la realidad de lo que se oculta detrás de la fachada democrática y humanitaria del Estado, tan sofisticadamente construida en Gran Bretaña. El papel esencial del Estado, como aparato de coerción que es, no es el de actuar para o por la mayoría de la población, sino contra ella.

Eso se ha confirmado con toda una serie de medidas “antiterroristas” propuestas tras los atentados por el gobierno de Blair para reforzar el control del Estado sobre la población en general, medidas que no podrán, en ningún caso, hacer cesar el terrorismo islamista. Medidas como la introducción del documento de identidad, la instauración, por un tiempo indeterminado, de la política de “tirar a matar”, las órdenes de control de los desplazamientos de los ciudadanos, la política de escuchas telefónicas y de vigilancia de Internet que va ser oficialmente reconocida, la detención de sospechosos sin acusación durante tres meses, la instauración de tribunales especiales con testigos y declaraciones a puerta cerrada y sin jurado.

Y es así como, durante el verano, el Estado, como ya lo hizo en otras ocasiones, utiliza el pretexto de los ataques terroristas para reforzar su aparato represivo y prepararse así a usarlo contra un enemigo mucho más peligroso: el proletariado que está resurgiendo.

La réplica obrera

El 21 de julio, tras los atentados fallidos de Londres que marcaron esa jornada, solo las líneas “Victoria” y “Metropolitan” del metro fueron cerradas oficialmente (el 7 de julio, se había cerrado toda la red). Pero también se cerraron ese día las líneas “Bakerloo” y “Northern” a causa de unas acciones obreras. Los maquinistas del metro se negaron a conducir los trenes por falta de garantías de seguridad. Lo que expresa esta acción, incluso puntualmente, es la perspectiva de solución a largo plazo de una situación intolerable, o sea, que los obreros se ocupen ellos mismos de su propia situación. Los sindicatos reaccionaron ante esa chispa de independencia de clase con tanta rapidez como los servicios de urgencia ante los atentados. Bajo su dirección, los conductores tuvieron que volver al trabajo esperando a que concluyeran las negociaciones entre sindicatos y dirección. Los sindicatos aseguraron que apoyarían a todo conductor que se negara a conducir, lo cual significa, en su lenguaje, que lo dejarían abandonado a su suerte.

Durante las primeras semanas de agosto, la resistencia de la clase obrera iba a tener un impacto mucho mayor con la huelga salvaje ocurrida en el aeropuerto de Londres Heathrow. Esta huelga fue iniciada por los empleados de la compañía Gate Gourmet que abastece en comidas los vuelos de la British Airways. Y suscitó la inmediata solidaridad de los mozos de equipaje de British Airways, unos 1000 trabajadores en total. Los vuelos de British Airways se quedaron en tierra durante varios días y las imágenes de pasajeros dejados a su suerte y de los piquetes masivos de huelga se difundieron por el mundo.

Los medios de comunicación británicos, furibundos, denunciaron la insolencia de unos obreros que habían tenido la osadía de reanudar con la táctica “anacrónica” de las huelgas de solidaridad. Se ve que los obreros todavía no se han enterado de que hubo expertos, juristas y demás especialistas en relaciones industriales al servicio del poder que decidieron que las acciones de solidaridad pertenecían a la prehistoria y, por si no había quedado claro, las habían declarado ilegales (<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->). La prensa intentó denigrar el valor ejemplar de los obreros, hablando hasta la saciedad de las consecuencias nefastas para los pasajeros de su acción.

La prensa adoptó después un tono más conciliador, pero sin dejar de ser hostil a la causa obrera. Declararon que la huelga se debía a la táctica brutal de los propietarios norteamericanos de Gate Gourmet que habían anunciado a los obreros, por megafonía, los despidos masivos. La huelga sería pues “un error”, una consecuencia inútil de una gestión empresarial incompetente, una excepción en el manejo normal y civilizado de las relaciones industriales, entre sindicatos y dirección, método que hace inútiles las acciones de solidaridad. En realidad, la causa primera de la huelga no es la arrogancia de un pequeño patrón. La táctica brutal de Gate Gourmet no es nada excepcional. Tesco, por ejemplo, la cadena de supermercados mayor y más rentable de Gran Bretaña, anunció recientemente, sin más, que entraba en vigor la supresión del pago de los días de baja por enfermedad de sus empleados. Los despidos masivos no son tampoco el resultado de la falta de implicación de los sindicatos. Al contrario, según el International Herald Tribune (19/08/2005), la portavoz de British Airways, Sophie Greenyer, “ha dicho que la compañía logró en el pasado reducir empleos y costes gracias a la cooperación de los sindicatos. BA ha suprimido 13 000 empleos en los últimos tres años y reducido sus costes en 850 millones de libras esterlinas. “Hemos sido capaces de trabajar de manera razonable con los sindicatos “y lograr así hacer esos ahorros”, como ha dicho ella.”

Es la determinación de BA en reducir constantemente los costes operacionales lo que lleva a la empresa a reducir cada día más los salarios y empeorar las condiciones de vida de los obreros de Gate Gourmet. A su vez, Gate Gourmet se ha dedicado a lanzar provocaciones para poder sustituir la mano de obra actual por empleados de Europa del Este, en unas condiciones y con unos salarios peores todavía.

La reducción de costes que realiza BA sin cesar es de lo más corriente en los transportes aéreos y en muchos otros sectores. Muy al contrario, la intensificación de la competencia en unos mercados cada vez más saturados es la respuesta normal del capitalismo ante la agravación de la crisis económica.

La huelga de Heathrow no ha sido algo efímero, sino un ejemplo de lucha obrera, de unos trabajadores obligados a defenderse contra unos ataques feroces e incesantes de la burguesía como un todo. La voluntad de lucha de los obreros no ha sido el único aspecto significativo de la huelga. Las acciones ilegales de solidaridad de los demás trabajadores del aeropuerto son de una importancia mayor todavía. En efecto, esos empleados corrían el riesgo de perder sus propios medios de vida al ampliar así la lucha. Esa expresión de solidaridad de clase –por breve y embrionaria que haya sido– ha sido aire fresco en la atmósfera sofocante de sumisión nacional que la burguesía ha creado tras los ataques terroristas. Recuerda que lo que predomina hoy en la población londinense no es el “espíritu del Blitz” de 1940, cuando soportaba pasivamente los bombardeos nocturnos de la Luftwaffe en interés del esfuerzo de guerra imperialista.

Al contrario, la huelga de Heathrow ha sido la continuidad de toda una serie de luchas por el mundo entero desde 2003, como lo han sido también la acción de los trabajadores de Opel en Alemania y la acción solidaria de los obreros de Honda en India (<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->).

La clase obrera internacional está volviendo a surgir, lentamente, casi imperceptiblemente a veces, después de un largo período de desorientación tras el derrumbamiento del bloque del Este en 1989. Está ahora avanzando con dificultades hacia una perspectiva de clase cada vez más evidente.

Las dificultades para desarrollar esa perspectiva pudieron comprobarse con el rápido sabotaje realizado por los sindicatos contra la acción de solidaridad en Heathrow. El Transport and General Workers Union acabó rápidamente con la huelga de los mozos de equipaje; los obreros despedidos de Gate Gourmet se quedaron entonces esperando el destino que les reservaban las negociaciones prolongadas entre sindicatos y patronal.

Sin embargo, la manifestación en Gran Bretaña de ese resurgir difícil de la lucha de clases es muy significativa. La clase obrera británica, después de haber alcanzado altas cotas en sus luchas con la huelga masiva del sector público en 1979 y la huelga de la minería de 1984/85, sufrió enormemente de la derrota de esta última, derrota el gobierno de Thatcher explotó al máximo, ilegalizando, en particular, las huelgas de solidaridad. Por eso, la reaparición de esas huelgas en Gran Bretaña es del mejor augurio.

Gran Bretaña no solo fue el primer país capitalista; también el testigo del nacimiento de las primeras expresiones de la clase obrera mundial y de sus primera organizaciones políticas, los Chartistas; allí tuvo su sede el Consejo general de la Asociación internacional de trabajadores (AIT). Gran Bretaña ya no es el eje de la economía mundial, pero sigue desempeñando un papel clave en el mundo industrializado. El aeropuerto de Heathrow es el mayor del mundo. La clase obrera británica sigue teniendo un peso significativo en la lucha de la clase mundial.

Durante este último verano, fue en Gran Bretaña donde lo que está en juego en la situación mundial apareció a las claras: por un lado, la tendencia del capitalismo a hundirse en la barbarie y el caos, en un desconcierto general en el que se van destruyendo todos los valores sociales; por otro lado, la huelga del aeropuerto de Londres ha vuelto a poner a las claras, durante un breve momento, que existen principios sociales totalmente diferentes basados en la solidaridad ilimitada de los productores, los principios del comunismo.

Como

 

<!--[if !supportFootnotes]-->

<!--[endif]-->

<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->

) No están incluidos los 4 kamikazes que se hicieron reventar.

<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->

) Los “Provisionals” del IRA se llamaban así para distinguirse de la llamada “Official IRA” de tintes “socializantes”, de la que fueron una escisión; el “Official IRA” no desempeñó un papel significativo en la guerra civil que convulsionó Irlanda del Norte a partir de los años 1970.

<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->

) Chelsea Barracks es un cuartel en pleno centro de Londres, donde se alojaba entonces el regimiento de los Irish Guards. El atentado de Hyde Park iba dirigido contra una exhibición de la guardia real.

<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->

) La City de Londres es, en realidad, el distrito financiero, un área de un km2 en pleno Central London, el cual es a su vez una zona del Gran Londres. Canary Wharf es un rascacielos emblemático del nuevo barrio de negocios construido en el área de los antiguos muelles (docks) londinenses.

<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]-->

) Cabe señalar que uno de los atentados más asesinos del IRA (el del centro comercial de Arndale, en pleno centro de Manchester, en 1996) correspondía más bien a una época en la que el IRA servía de instrumento a la burguesía estadounidense en su campaña de intimidación contra las veleidades británicas de acción imperialista independiente, y forma más bien parte de la nueva época de caos que hizo surgir Al Qaeda.

<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->

) El “Real IRA” era una escisión del IRA que reivindicaba la prosecución del combate contra los británicos. Fue el responsable del atentado en la ciudad de Omagh (Irlanda del Norte) que mató a 29 civiles el 15 de agosto de1998.

<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->

) Ver la página web prisonplanet.com:

http://www.prisonplanet.com/articles/september2005/270905plantingbombs.htm.

<!--[if !supportFootnotes]-->[8]<!--[endif]-->

) El IRA justificó esos atentados, en 1974, porque esos pubs estaban sobre todo frecuentados por militares.

<!--[if !supportFootnotes]-->[9]<!--[endif]-->

) Las huelgas de solidaridad son efectivamente ilegales en Gran Bretaña tras una ley adoptada por el gobierno de Thatcher en los años 1980 que el gobierno laborista de Blair ha mantenido.

<!--[if !supportFootnotes]-->[10]<!--[endif]-->

) Leer al respecto, en nuestra página web, el artículo publicado por la sección de la CCI en India: http://en.internationalism.org/
icconline/2005_hondaindia.