Pearl Harbor 1941, 'Torres Gemelas' 2001 : El maquiavelismo de la burguesía

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LA PROPAGANDA burguesa norte-americana comparó desde los primeros instantes el atentado contra el World Trade Center con el ataque japonés sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Esa asimilación tiene en sí misma un impacto considerable, tanto psicológico, histórico como político, pues Pearl Harbor fue la causa de la entrada directa del imperialismo norteamericano en la Segunda Guerra mundial. Según la campaña ideológica actual que desarrolla la burguesía norteamericana, en particular en los media, el paralelo es sencillo directo y evidente:
1) En ambos casos, Estados Unidos fue atacado a traición, por un ataque sorpresa que lo ha pillado desprevenido. En el primer caso se trataba de la perfidia del imperialismo japonés, que pretendía cínicamente negociar con Washington para evitar una guerra cuando en realidad estaba preparando un ataque sorpresa. En el caso actual, Estados Unidos ha sido víctima de integristas musulmanes fanáticos, que se habrían aprovechado de la apertura y de la libertad de la sociedad americana para cometer una atrocidad cuyas dimensiones no tiene precedentes, y cuyo carácter criminal pone a sus autores fuera de la civilización.
2) En ambos casos, las muertes provocadas por los ataques sorpresa han provocado un sentimiento de indignación en unas poblaciones aterrorizadas. Hubo 2043 muertos en Pearl Harbor, cuya mayoría eran militares norteamericanos; el crimen es peor en las Torres Gemelas, en las que perecieron unos 3000 civiles inocentes.
3) En ambos casos, los ataques se han vuelto contra quienes los cometieron. En vez de aterrorizar a la nación norteamericana y hundirla en el derrotismo y la sumisión silenciosa, han logrado provocar la mayor fiebre patriótica en la población, incluida la clase obrera, lo que ha permitido su alistamiento tras el Estado hacia una guerra imperialista duradera.
4) Al fin y al cabo, el "Bien", aquí representado por el "american way of life" democrático y su potencia militar, triunfa sobre "Mal".
Como todos los mitos ideológicos burguesese, sean cuales sean los elementos verdaderos que les dan una credibilidad superficial, le historia de ambas tragedias distantes de sesenta años está cargada de mentiras, semiverdades y deformaciones interesadas. Esto no es, evidentemente, una sorpresa. En política, la burguesía como clase siempre utilizó las mentiras, las falsificaciones, les manipulaciones y las mentiras. Y esto sigue siendo particularmente justo cuando se trata de movilizar a la sociedad para la guerra total de los tiempos modernos. Los fundamentos de esta campaña ideológica de la burguesía están en total contradicción con la realidad histórica de ambos acontecimientos. Varios son los hechos que muestran que la burguesía norteamericana no fue atacada por sorpresa, que en cada uno de esos dos acontecimientos aceptó con cinismo la muerte de miles de seres humanos porque así le convenía, para alcanzar sus proyectos imperialistas y otros objetivos políticos a más largo plazo.


Las diferentes características de la guerra, en la ascendencia y en la decadencia del capitalismo


Al haber sido utilizados Pearl Harbor y el atentado del World Trade Center por la burguesía para alistar el pueblo americano en la guerra, es necesario examinar brevemente las tareas políticas que la burguesía debe encarar para preparar la guerra imperialista en el período decadente del capitalismo. La guerra en este período tiene características fundamentalmente diferentes de las del período en que fue un sistema progresista. Antaño las guerras podían tener un papel progresista, en la medida en que posibilitaban el desarrollo de las fuerzas productivas. Por esto podemos considerar la Guerra de Secesión en Estados Unidos como históricamente progresista, al haber destruido aquel sistema anacrónico esclavista y poner en marcha la industrialización a gran escala del país, como también fueron progresistas aquellas guerras nacionales en Europa que permitieron la creación y unidad de los Estados modernos y por consiguiente la base del desarrollo del capital nacional de cada país. Esas guerras, de forma general, podían quedar limitadas al personal militar implicado en el conflicto y no ocasionaban destrucciones masivas sistemáticas de los medios de producción así como tampoco de las infraestructuras o de las poblaciones de las países en guerra.
Las guerras imperialistas de la decadencia del capitalismo tienen características profundamente diferentes. Mientras que las guerras nacionales de la época ascendente podían tener la función de sentar las bases para el avance cualitativo del desarrollo de las fuerzas productivas, las de la decadencia ya no permiten ese progreso porque el sistema en sí ya ha alcanzado su más alto nivel de desarrollo histórico. El capitalismo ya terminó la extensión del mercado mundial, y todos aquellos mercados extracapitalistas que permitían su expansión global quedaron integrados en el sistema. La única posibilidad de extensión que tiene hoy cualquier capital nacional es a costa de otro: conquistar territorios o mercados controlados por el adversario. El crecimiento de las rivalidades imperialistas favorece el desarrollo de alianzas que preparan el terreno para la guerra imperialista generalizada. En vez de quedar limitada a batallas entre militares profesionales, las guerras en la decadencia exigen la movilización total de la sociedad, lo que tiene como consecuencia la emergencia de una forma nueva del Estado: el capitalismo estatal, cuya función es la de ejercer un control total sobre cualquier aspecto de la sociedad, para poder abarcar las contradicciones de clase que amenazan hacerla estallar y también organizar la movilización exigida por la guerra total moderna.
Sea cual sea el éxito con que haya sido preparada la guerra a nivel ideológico, la burguesía en decadencia siempre disfraza sus guerras imperialistas con el mito de la autodefensa contra la tiranía de la que supuestamente sería víctima. La realidad de la guerra moderna, con sus destrucciones masivas y sus innumerables muertos, con toda su barbarie desplegada sobre la humanidad, es tan espantosa, tan horrible, que el proletariado, pese a estar derrotado e ideológicamente destrozado, no puede ir al degolladero así como así. Cada burguesía nacional cuenta mucho con la falsificación de la realidad para dar la ilusión de que es ella la víctima de una agresión y que no tiene más remedio que defenderse. Para justificar los conflictos, tiene que hablar de la necesidad de defender la madre patria contra las agresiones exteriores y tiránicas, para esconder las verdaderas razones imperialistas que provocan las guerras en el capitalismo. ¿Quién podría movilizar a cualquier población con consignas como: "A oprimir el mundo con nuestro imperialismo cueste lo que cueste"? En el capitalismo decadente, el control de los medios de información por el Estado facilita el lavado de cerebro de la población a través de toda una serie de mentiras y propaganda.
Durante su historia, la burguesía norteamericana ha sido una adicta muy especial a esa estratagema que consiste a hacerse pasar por víctima, y esto incluso antes de la decadencia del capitalismo ya en el siglo XIX. Así, por ejemplo, "Remember the Alamo" (émonos de El Álamo") fue la consigna de la guerra de 1845-48 contra México. Ese grito inmortalizó la "matanza" cometida por las tropas mexicanas del general Santa Ana de 136 rebeldes norteamericanos en San Antonio, Texas, que en aquel entonces era territorio mexicano. Que los mexicanos "sedientos de sangre" propusieran varias veces a los rebeldes la rendición y permitieran que mujeres y niños evacuaran El Álamo antes del asalto final no impidió que la clase dirigente norteamericana pusiera a los defensores de la fortaleza con la corona del martirio, y utilizara el incidente para movilizar todo el esfuerzo necesario para la guerra cuyo punto culminante fue la anexión por Estados Unidos de la mayoría de territorios que hoy son los estados del Suroeste.
Del mismo modo, la explosión más que sospechosa del acorazado "Maine" en el puerto de La Habana en 1898 fue el pretexto a la guerra hispano-norteamericana de 1898 que dio luz a la consigna "Remember the Maine".
Más recientemente, en 1964, un pretendido ataque contra dos cañoneros norteamericanos frente a las costas vietnamitas sirvió de pretexto para la "Resolución sobre el Golfo de Tonkín" adoptada por el Congreso estadounidense en verano del 64, la cual, a pesar de no ser una declaración de guerra formal, sirvió de trama legal para la intervención americana en Vietnam. A pesar de que la Administración Johnson se enteró al cabo de unas horas de que no había habido tal "ataque" contra el "Maddox" y el "Turner Joy", sino que el informe sedebía a un error de jóvenes oficialesde radar algo nerviosos, la ley sobre la autorización de intervenir militarmente fue sin embargo presentada al Congreso, y sirvió de cobertura legal para una guerra que duró hasta la caída de Saigón en 1975 a manos de las tropas estalinistas.
Es de lo más cierto que la burguesía utilizó el ataque contra Pearl Harbor para alistar a la población vacilante ante el esfuerzo de guerra, como utiliza hoy el horror del atentado del 11 de Setiembre para movilizar para otra guerra. Sin embargo, sigue planteándose la cuestión de saber si Estados Unidos en ambos casos fue atacado por sorpresa, y hasta qué punto funcionó y ha vuelto a funcionar el maquiavelismo de la burguesía para provocar o permitir esos ataques y utilizar en ventaja propia la indignación popular que provocaron.


El maquiavelismo de la burguesía


En cuanto la CCI denuncia el maquiavelismo de la burguesía, nuestros críticos nos acusan de no considerar la historia más que como una sucesión de conspiraciones. No solo entienden al revés nuestros análisis, sino que además caen en la trampa ideológica de la burguesía que se esfuerza, en particular a través de los media, en denigrar a quienes ponen en evidencia las maniobras que utiliza en su vida política, económica y social, para se les considere como teóricos irracionales de la conspiración. Sin embargo, no es algo del otro mundo afirmar hoy que "las mentiras, el terror, la coerción, el doble juego, la corrupción, los golpes y los asesinatos políticos" ("Maquiavelismo, conciencia y unidad de la burguesía", Revista internacional no 31, 1982) siempre han sido la base del negocio de la clase explotadora a lo largo de su historia, sea en el feudalismo o en el capitalismo moderno. "La diferencia entre ambos períodos está en que "patricios y aristócratas 'hacían ma quia velismo sin saberlo', mientras que la burguesía es maquiavélica y lo sabe. Ésta hace del maquiavelismo una 'verdad eterna' porque ella misma se considera como eterna, porque supone eterna la explotación" (ibid). En este sentido, las mentiras y manipulaciones, que ya habían utilizado todas las clases ex plotadoras que la habían precedido enla historia, se han transformado en características centrales del modo de funcionamiento de la burguesía mo derna. Ésta, al utilizar la formidable herramienta de control social que da el capitalismo dirigido por el Estado, ha alzado el maquiavelismo a su más alta expresión.
La emergencia del capitalismo de Estado en la época de decadencia capitalista, una forma estatal que concentra el poder en manos de un ejecutivo, en particular de la burocracia permanente, y que permite al Estado un poder cada vez más totalitario sobre todos los aspectos de la vida social y económica, le ha dado a la burguesía medios mucho más eficaces para poner en ejecución sus esquemas maquiavélicos. "En el plano de su propia organización para sobrevivir, para defenderse, la burguesía ha demostrado una inmensa capacidad de desarrollo de las técnicas de control económico y social, mucho más allá de los sueños de la clase dominante en el siglo XIX. En este sentido, la burguesía se ha vuelto 'inteligente' respecto a la crisis de su sistema socioeconómico" (ídem). El desarrollo de un sistema de medios de información totalmente controlados por el Estado, sea con formas jurídicas o por métodos más flexibles, es un elemento central en el esquema maquiavélico de la burguesía. "La propaganda, la mentira, es un arma esencial de la burguesía. Para alimentar su propaganda, la burguesía no vacila, si es necesario, en provocar acontecimientos" (ídem). La historia de Estados Unidos está cargada de ejemplos, tanto de manipulaciones de la opinión pública con respecto a sucesos como de manipulaciones más importantes a nivel histórico. Podemos citar como ejemplo de la utilización de sucesos el incidente ocurrido en 1955 en que el secretario del Presidente para las relaciones con la prensa, James Hagerty, inventó totalmente un suceso para esconder la incapacidad del presidente Eisenhower, hospitalizado en Denver tras una crisis cardiaca. Hagerty organizó para todo el equipo ministerial un viaje de dos mil millas, de Washington a Denver, para dar la ilusión de que Eisenhower estaba en buenas condiciones físicas para presidir un consejo de ministros que nunca se hizo. Un ejemplo más importante en el plano histórico es la forma con la que fue manipulado Sadam Husein en 1990 por la embajadora de Estados Unidos en Irak, cuando ésta le dijo que su país no intervendría en el conflicto fronterizo entre Irak y Kuwait, haciéndole creer que tenía la bendición del imperialismo norteamericano para invadir Kuwait. Estados Unidos aprovechó el pretexto de la invasión para desencadenar la Guerra del Golfo en 1991, cuyo objetivo era reafirmar que ellos solos seguían siendo una superpotencia tras el hundimiento del estalinismo, del bloque del Este y de la consecuente desintegración del bloque occidental.
Esto no implica en nada que todos los acontecimientos de la sociedad contemporánea estén necesariamente predeterminados por esquemas secretos preparados en círculos restringidos de líderes capitalistas. Está claro que existen enfrentamientos en los círculos dirigentes de los Estados capitalistas y que sus resultados no se conocen de antemano. Del mismo modo, el desenlace de los enfrentamientos con la clase obrera en la lucha de clases no es conocido de antemano por la burguesía. Por bien planificadas que estén las manipulaciones, siempre pueden ocurrir accidentes en la historia. De forma general, se ha de tener bien claro que si la burguesía como clase explotadora es incapaz tanto de tener una conciencia global y unificada como de entender claramente el funcionamiento de su sistema y el callejón sin salida que ofrece a la sociedad, es, sin embargo, consciente de que su sistema se está hundiendo en una crisis social y económica. "En los más altos niveles del aparato estatal, es posible, para los que mandan, tener una especie de tablero global de la situación y de las opciones que se han de tomar de forma realista para enfrentarla" (idem). Y aunque no lo haga con conciencia total, la burguesía es más que capaz de establecer estrategias y tácticas y de aprovecharse de los mecanismos de control totalitario del capitalismo de Estado para ponerlas en práctica. Les incumbe a los marxistas revolucionarios la responsabilidad de denunciar semejantes maniobras y mentiras maquiavélicas. Hacerse los desentendidos sobre este aspecto de la ofensiva de la clase dominante por controlar la sociedad es una actitud irresponsable y hace el juego del enemigo de clase.


El maquiavelismo de la clase dominante norteamericana en el ataque de Pearl Harbor


El ataque de Pearl Harbor es un ejemplo excelente para entender el funcionamiento del maquiavelismo de la burguesía. Podemos aprovecharnos de más de medio siglo de trabajos históricos, de cantidad de investigaciones hechas por militares y partidos de oposición. Según la versión oficial de los acontecimientos, el 7 de diciembre de 1941 quedará en la historia como día de infamia, tal como lo definió el Presidente Roosevelt. El acontecimiento fue utilizado para movilizar a la opinión pública a favor de la guerra en 1941, y así lo presentan los medios de comunicación capitalistas, los libros escolares y la cultura popular. Numerosas pruebas históricas demuestran sin embargo que el ataque japonés fue conscientemente provocado por la política norteamericana; el ataque no vino por sorpresa, y la administración del presidente Roosevelt tomó con plena conciencia la decisión de permitir que se realizara con todas sus consecuencias en pérdidas de vidas humanas y de material naval, para así tener el pretexto para que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra mundial. Ya se han sido escrito varios libros sobre el tema y numerosos documentos se pueden consultar por Internet. Nos limitaremos aquí en ver los más importantes para ilustrar cómo funciona el maquiavelismo de la burguesía.
Los acontecimientos de Pearl Harbor ocurrieron en un momento en el que EE.UU estaba listo para decidirse a entrar en la IIª Guerra mundial junto a los aliados. La administración del presidente Roosevelt estaba impaciente para entrar en guerra contra Alemania. Aunque la clase obrera americana fuese totalmente prisionera de un aparato sindical (en cuyo seno el partido estalinista desempeñaba una papel significativo) impuesto por la autoridad del Estado para controlar la lucha de clases en las industrias clave, aunque estaba empapada de la ideología del antifascismo, la burguesía estadounidense tenía que enfrentarse a una fuerte oposición a la guerra, no solo por parte de la clase obrera, sino en el seno de la propia burguesía. Antes de Pearl Harbor, los sondeos mostraban que el 60 % de la opinión pública era desfavorable a la entrada en guerra, y las campañas de los grupos aislacionistas como "American first" tenían un apoyo considerable en la burguesía. Por mucho que la Administración de EE.UU hiciera alarde de su voluntad política y demagógica de permanecer fuera de la contienda europea, en secreto no cejaba en su voluntad de encontrar un pretexto para entrar en combate. Los Estados Unidos violaban cada día más su pretendido neutralismo, ofreciendo ayuda a los Aliados, transportando importantes cantidades de material bélico siguiendo el programa "Lend Lease". El gobierno esperaba forzar a los alemanes a lanzarse a un ataque contra las fuerzas norteamericanas en el Atlántico Norte, lo cual serviría de pretexto para entrar en guerra. Al no caer en la trampa el imperialismo alemán, EE.UU se fijó entonces en Japón. La decisión de imponer un embargo petrolero a Japón y transferir la flota del Pacífico de la costa oeste de EE.UU hacia una posición más expuesta de Hawai fue el motivo y la oportunidad para Japón de "disparar primero" contra Estados Unidos, y, de este modo, proporcionar el pretexto para la intervención estadounidense en la guerra imperialista. En marzo de 1941, el informe secreto del Departamento de la Marina preveía que si Japón atacaba a EE.UU sería de madrugada, y con un ataque aéreo sobre Pearl Harbor lanzado desde un portaaviones. Como lo anotó el consejero presidencial Harold Ickes en un memorándum de junio de 1941, justo cuando Alemania acababa de atacar a Rusia, "desde el embargo petrolero a Japón podría crearse una situación que no solo permitiría sino que facilitaría nuestra entrada en guerra". En octubre Ickes escribía: "Siempre he pensado que nuestra entrada en guerra se haría a través de Japón". A finales de noviembre, Stimson, secretario de Estado de la Guerra reseñó en su diario sus pláticas con el presidente Roosevelt: "Se trataba de saber cómo maniobrar para llevarlos (a Japón) a disparar los primeros sin demasiado peligro para nosotros. A pesar de los riesgos que implicaba dejarlos disparar primero, nos dábamos nosotros cuenta de que para recabar el apoyo total del pueblo norteamericano, mejor era que así hicieran los japoneses para que no cupiera la menor duda en la mente de nadie de que eran ellos los agresores".
El Informe del Mando de Pearl Harbor, fechado el 20 de octubre de 1944, describe esta acción maquiavélica tomada con la certeza de que iban a ser sacrificadas vidas humanas y destruir equipos concluyendo así: "durante este período decisivo, entre el 27 de noviembre y el 6 de diciembre de 1941, nos llegaron múltiples informaciones del más alto nivel al departamento de Estado, al Departamento de la Marina y de la Guerra, con indicaciones precisas sobre las intenciones de los japoneses, incluida la hora y la fecha exactas en que el ataque iba a verificarse" (Army Board Report, Pearl Harbor Attack, cap. 29, pp. 221-230). Esas informaciones eran las siguientes:
- los servicios secretos USA se habían enterado el 24 de noviembre de que "estaban listas las operaciones militares ofensivas de Japón";
- esos mismos servicios secretos había recibido el 26 de noviembre "pruebas evidentes de las intenciones japonesas de lanzar una guerra ofensiva contra Gran Bretaña y Estados Unidos";
- En un informe también fechado el 26 de noviembre, se señalaba "una concentración de unidades de la flota japonesa en un puerto desconocido, listas para entrar en acción ofensiva";
- el 1º de diciembre, "llegaron informaciones precisas procedentes de tres fuentes independientes, según las cuales Japón iba a atacar a Gran Bretaña y Estados Unidos, pero que permanecería en paz con Rusia";
- el 3 de diciembre, "informaciones de que los japoneses destruían sus códigos secretos y sus máquinas de cifrado fueron la culminación de esa revelación completa de las intenciones bélicas de Japón y del ataque inminente. Esto fue analizado…con el pleno sentido de guerra inmediata".
Esas informaciones de los servicios secretos se entregaban a los funcionarios de más alto rango del Departamento de Estado y de la Guerra y, al mismo tiempo, a la Casa Blanca, en donde Roosevelt en persona recibía dos veces por día información sobre los mensajes japoneses interceptados. Mientras que los oficiales de los servicios de información apremiaban para que se enviase con la mayor urgencia una "alerta de guerra" al Mando Militar de Hawai para así prepararse a un ataque inminente, los peces gordos civiles y militares decidieron lo contrario, enviando, en lugar de la alarma, un mensaje que el Mando calificó de "anodino".
La prueba de que el ataque japonés se conocía de antemano quedó confirmada por diferentes fuentes entre las cuales artículos periodísticos y memorias escritas por participantes. Se podía leer, por ejemplo, en un despacho de la agencia United Press publicado en el New York Times del 8 de diciembre con el título "El ataque se esperaba": "Es ahora posible revelar que las fuerzas armadas estadounidenses estaban enteradas desde hace una semana de que el ataque iba a ocurrir, de modo que no las sorprendió" (New York Times, 8/12/1941, p. 13). En una entrevista de 1944, Eleanor Roosevelt, esposa del Presidente, reconoció que "el 7 de diciembre no fue ni mucho menos el choque brutal para el país en el que tanto se ha insistido. Hacía ya tiempo que se esperaba un acontecimiento así" (New York Times Magazine, 8/10/1944, p. 44) El 20 de junio de 1944, el ministro británico sir Oliver Littleton declaró ante la Cámara de comercio americana: "Japón fue impelido a atacar a los americanos en Pearl Harbor. Es falsificar la historia decir que Norteamérica se vio forzada a entrar en guerra. Todos saben hacia quiénes iba la simpatía norteamericana. Es incorrecto hablar de verdadera neutralidad de EE.UU, incluso antes de su participación en los combates" (Prang, Pearl Harbor: Verdict of History, p. 39-40).
Winston Churchill confirmó la duplicidad de los dirigentes norteamericanos en lo que al ataque de Pearl Harbor se refiere, en este fragmento de su libro The Grand Alliance: "En 1946 se publicaron los resultados de una investigación del Congreso estadounidense en la que se exponía cada detalle de los hechos que llevaron a la guerra entre EE.UU y Japón, y, también, el hecho de que los departamentos militares no enviaron nunca mensaje alguno de "alerta" a los navíos o las guarniciones más expuestas. Cada detalle, incluido el texto cifrado de los telegramas japoneses, se ha expuesto al mundo en cuarenta volúmenes. La fuerza de EE.UU ha sido suficiente para permitirle soportar esta dura prueba que exige el espíritu de la Constitución norteamericana. No es mi intención emitir en estas páginas un juicio sobre ese espantoso acontecimiento de su historia. Sabemos bien que todas las eminencias americanas que rodeaban al Presidente, en quien tenían confianza, se percataban, con tanta perspicacia como yo, de ese terrible peligro de que Japón acabara atacando las posesiones inglesas y holandesas en Extremo Oriente evitando tocar a Estados Unidos, de tal modo que el Congreso americano no habría autorizado la declaración de guerra. (…) El Presidente y sus hombres de confianza se daban perfecta cuenta desde hacía tiempo de los graves riesgos que a Estados Unidos hacía correr su neutralidad en la guerra contra Hitler y todo lo que éste representaba. Habían sentido duramente las obligaciones que les imponía el Congreso cuando varios meses antes, la Cámara de Representantes había reconducido la ley sobre el servicio militar obligatorio con un solo voto de mayoría, una ley necesaria sin la cual sus ejércitos habrían sido desmantelados en medio de las convulsiones que agitaban el mundo. Roosevelt, Hull, Stimson, Knox, el general Marshall, el almirante Stark y Harry Hopkins eran todos ellos de la misma opinión. (…) Un ataque japonés contra Estados Unidos iba a facilitarles considerablemente sus problemas y sus tareas. ¿Puede uno entonces extrañarse de que hubieran considerado la forma que iba a tener este ataque, incluso su intensidad, como algo mucho menos importante que el hecho de que la nación americana entera se volviera a encontrar unificada en una causa justa para defender su seguridad como nunca antes lo había estado?" (Winston Churchill, The Grand Alliance, p. 603).
Es posible que Roosevelt no previera la amplitud de las destrucciones y de las pérdidas que los japoneses iban a infligir en Pearl Harbor, pero lo que sí está claro es que estaba dispuesto a sacrificar vidas y navíos americanos para hacer surgir un sentimiento de odio en la población y llevarla así hacia la guerra.


El atentado de las Torres Gemelas y el maquiavelismo de la burguesía


Es desde luego más difícil evaluar el maquiavelismo de la burguesía americana en el caso del atentado del World Trade Center ocurrido hace poco más de tres meses en el momento en que escribimos este artículo. No conocemos las investigaciones habidas desde entonces y que podrían sacar a la luz secretos sobre gente perteneciente a la clase dominante que habría sido más o menos cómplice en esos atentados o que, aún estando al corriente de su preparación, dejaron hacer. Pero como la historia de la clase dominante lo muestra, y muy especialmente lo de Pearl Harbor, tal posibilidad es algo perfectamente posible. Si examinamos lo ocurrido recientemente, basándonos únicamente en lo que ha sido reproducido por los medios - los cuales, no es casualidad, están totalmente alistados en la ofensiva política e imperialista actual del gobierno y a la que le dan todo su apoyo - podemos perfectamente justificar tal hipótesis.
Hagámonos primero la pregunta de ¿a quién beneficia el crimen políticamente hablando? Sin la menor duda a la clase dominante norteamericana. Solo ya esta constatación basta para hacer brotar sospechas sobre el atentado del World Trade Center. Con la mayor prontitud y sin la menor vacilación, la burguesía americana ha sacado la mayor ventaja de lo ocurrido el 11 de septiembre para hacer avanzar sus proyectos tanto en el plano nacional como el internacional: movilización de la población tras el estado de guerra, fortalecimiento del aparato represivo del Estado, reafirmación de la superpotencia americana frente a la tendencia general a que cada país juegue sus propias bazas en el ruedo internacional.
Inmediatamente tras el atentado, el aparato político americano y los media fueron requisados para movilizar a la población para la guerra, en un esfuerzo concertado para superar el llamado "síndrome de Vietnam" que ha impedido al imperialismo americano durante tres décadas hacer la guerra. El pretendido "desorden psicológico de masas" era en realidad la expresión de la resistencia, especialmente por parte de la clase obrera, a dejarse movilizar tras el Estado en una guerra imperialista de larga duración y fue en gran parte responsable de que EE.UU recurriera a guerras locales, mediante otros países, en su conflicto con el imperialismo ruso durante los años 70 y 80 o también a intervenciones a corto plazo y de limitada duración, con el apoyo de bombardeos aéreos y de misiles más que mediante ataques en tierra, como así fue en la Guerra del Golfo y en Kosovo. Evidentemente, esa resistencia no es ni mucho menos el resultado de no se sabe qué desorden psicológico. Lo que refleja es la incapacidad de la clase dirigente a infligir una derrota ideológica y política al proletariado, a alistar a la generación actual de obreros detrás del Estado para la guerra imperialista, como sí lo consiguió en la preparación de la IIª Guerra mundial. El editorial de una edición de la revista Time, publicada justo después del atentado, muestra bien cómo se ha fomentado la campaña actual de psicosis bélica. El título desarrollado en ese número "Día de infamia" evoca de entrada la comparación con Pearl Harbor. El editorial de Lance Morrow, titulado y castigo" subraya los detalles de la campaña ideológica que siguió. Escrito en una publicación que participa en el esfuerzo de propaganda, el artículo de Morrow ilustra además lo bien que habían entendido los propagandistas de la clase dominante todos los beneficios que podían sacar de los atentados del World Trade Center, en comparación con los atentados precedentes, para manipular a la población para la guerra gracias a la gran cantidad de víctimas y al enorme dramatismo de las imágenes: "No podemos vivir un día de infamia sin que nos embargue un sentimiento de furor. ¡Liberemos nuestro furor!
Necesitamos un sentimiento de rabia comparable al provocado por Pearl Harbor! Una indignación despiadada que no se agotará al cabo de una o dos semanas. (…)
Ha sido un terrorismo cercano a la perfección dramática. Nunca el espectáculo del Mal había alcanzado una producción de tal valor. Hasta ahora el público solo había visto los resultados todavía humeantes: la embajada destruida por una explosión, los cuarteles en ruinas, el boquete negruzco en el casco del navío. Esta vez, el primer avión al percutir la primera torre atrajo nuestra atención. Alertó a los medios, convocó a las cámaras para poder filmar así la segunda explosión, un estallido fuera de la realidad…
El Mal posee un instinto teatral y es por eso por lo que en una época en la que los medios son tan propensos al mal gusto, puede exagerar sus destrozos gracias al poder de las horrorosas imágenes"
(Time Magazine, número especial, septiembre 2001).
Al mismo tiempo, el aparato político burgués desplegó y puso en marcha sus planes para reforzar el aparato represivo del Estado. Una nueva legislación "de seguridad", que legaliza prácticas que quedaron desautorizadas tras la guerra de Vietnam y el caso Watergate, así como todo un nuevo arsenal de medidas represivas preparadas, discutidas, adoptadas y firmadas por el Presidente en un tiempo récord. Tenemos buenas razones para sospechar que tal legislación ya estaba preparada desde hacía tiempo para ser puesta en práctica en el mejormomento. Han detenido a más de 1000 sospechosos, simplemente por sus apellidos árabes o por llevar ropa oriental, encarcelados sin acusación precisa y por tiempo indeterminado. Se han congelado los fondos de organizaciones de las que se sospecha tener simpatías por Bin Laden y eso sin ningún tipo de proceso judicial. Han restringido la inmigración, especialmente la procedente de países islámicos, lo cual es más una respuesta a las preocupaciones permanentes de la burguesía sobre los flujos de inmigrantes ilegales que intentan huir de las horribles condiciones de descomposición y de barbarie que golpean a sus países subdesarrollados, que algo directamente relacionado con los atentados terroristas.
Del día a la mañana, la crisis terrorista se ha convertido en explicación de la agravación de la recesión económica y justificación en los recortes en los presupuestos de programas sociales, al haber dirigido los fondos disponibles hacia la guerra y la seguridad nacional. La rapidez con la que se han presentado esas medidas demuestra que no fueron redactadas en la urgencia, sino preparadas, discutidas y planificadas para cualquier contingencia.
En el plano internacional, el objetivo real de la guerra contra el terrorismo no es tanto destruirlo, sino reafirmar con fuerza la dominación imperialista de Estados Unidos, única superpotencia que queda en un ruedo internacional cada vez más marcado por los constantes retos que esa superpotencia debe enfrentar. El desmoronamiento del bloque del Este en 1989 provocó la rápida disgregación del bloque occidental, al haber desaparecido lo que le daba cohesión, es decir la existencia del bloque imperialista ruso. A pesar de su aparente victoria en la guerra fría, el imperialismo americano se vio ante una situación mundial en la que las grandes potencias, antiguas aliadas suyas, y muchos otros países de menor envergadura, se pusieron a retar su liderazgo, intentando dar salida a sus propias ambiciones imperialistas. Para forzar a volver a filas a sus antiguos aliados y que éstos reconocieran quién manda y ordena, Estados Unidos emprendió en la última década tres operaciones militares de gran envergadura: la primera contra Irak, luego contra Serbia y ahora contra Afganistán y la red de Al Qaeda. En los tres casos, el despliegue militar estadounidense ha forzado a sus "aliados", Francia, Gran Bretaña y Alemania, a unirse en las "alianzas" dirigidas por EE.UU a riesgo de quedarse al margen del juego imperialista mundial.
En segundo lugar, basándose únicamente en los medios burgueses de comunicación, se pueden reunir suficientes elementos probatorios del más que probable maquiavelismo de la burguesía norteamericana, por mucho que la única versión oficial autorizada sea que Estados Unidos no se lo esperaba. Un maquiavelismo consistente en dejar hacer esos atentados:
Las fuerzas que parecen haber cometido la atrocidad del World Trade Center no estarían sin duda bajo control del imperialismo americano, pero sí que eran perfectamente conocidas por sus servicios secretos, pues, en realidad, habían sido agentes de la CIA durante la guerra que, gracias a diferentes pandillas afganas, el imperialismo americano entabló contra el imperialismo ruso en 1979-89. Para contener la invasión de Afganistán por parte del imperialismo ruso en 1979, la CIA reclutó, entrenó, armó y utilizó a miles de integristas islámicos para llevar a cabo una guerra santa, una yihad, contra los rusos. El concepto de yihad estaba más o menos soterrado en la teología musulmana hasta que el imperialismo americano lo volvió a resucitar, hace dos décadas, para sus propios objetivos. Miles de islamistas fueron reclutados por el mundo musulmán, en Pakistán, en Arabia Saudí en particular. Fue entonces cuando se oyó hablar por vez primera de Osama Bin Laden como agente de EE.UU. Tras la retirada de Afganistán del imperialismo ruso en 1989 y el desplome del gobierno de Kabul en 1992, el imperialismo americano se retiró de Afganistán, concentrándose en Oriente Medio y los Balcanes. Cuando luchaban contra los rusos, los integristas islámicos eran aplaudidos por Ronald Reagan como combatientes de la "Libertad". Cuando hoy usan la misma brutalidad contra el imperialismo americano, el presidente Bush dice que son bárbaros fanáticos que hay que exterminar. Al igual que Timothy Mac Veigh, el norteamericano fanático de extrema derecha autor del atentado de Oklahoma City en 1995, educado en la ideología de la guerra fría, en el odio a los rusos, reclutado por el ejército USA, los jóvenes reclutados por la CIA para la yihad lo único que conocieron, en su vida de adultos, es el odio y la guerra. Tanto aquél como éstos se sintieron traicionados por el imperialismo americano una vez terminada la guerra fría, volviendo la violencia contra sus antiguos dueños.
Desde 1996, el FBI investigaba sobre la posibilidad de que hubiese terroristas que utilizaran escuelas de pilotos norteamericanas para aprender a volar en jumbo jets: las autoridades anticiparon elmodo operativo de los terroristas (TheGuardian: "FBI failed to find suspects named before hijackings", 25/09/01).
El piso en Alemania en el que se planificó y coordinó el atentado estaba vigilado por la policía alemana desde hacía más de tres años.
El FBI, al igual que otras agencias de contraespionaje estadounidenses, había recibido avisos e interceptado mensajes según los cuales se preveía un atentado terrorista coincidiendo con la ceremonia en la Casa Blanca entre Clinton, Rabin y Arafat. Los servicios secretos israelíes y franceses avisaron a los norteamericanos. Y por eso las autoridades de EEUU supieron cuándo se iba a producir el atentado. ¿Y no era esta vez evidente que el objetivo iba a ser el World Trade Center cuando ya este centro había sido el objetivo de terroristas islamistas en un atentado de 1993, al ser considerado como símbolo del capitalismo americano?
En agosto, el FBI detuvo a Zacarías Moussaoui, quien había despertado las sospechas al empeñarse en entrenarse en una escuela de pilotos de Minnesota y afirmar que, en la enseñanza, no le interesaban ni el despegue ni el aterrizaje. A principios de septiembre, las autoridades francesas mandaron un aviso sobre los vínculos sospechosos entre Moussaoui y los terroristas. En noviembre, el FBI cambió repentinamente de opinión desmintiendo que Moussaoui estuviera implicado en el atentado. En todo caso, el que a unos pilotos no les interesara aprender a despegar ni atterrizar, dando con ello a sospechar de un posible secuestro suicida, volvió a hacer surgir las sospechas.
Mohammed Atta, el supuesto organizador del 11 de septiembre, el que, por lo visto, habría pilotado del primer avión que golpeó las Torres Gemelas, era alguien muy conocido por las autoridades, pero llevaba, sin embargo, una vida muy normal, con autorización para circular libremente por Estados Unidos. Aunque constaba desde hacía años en las listas de terroristas de especial vigilancia por parte del Departamento de Estado, sospechoso de haber atentado con bomba contra un autobús en Israel en 1986, se le había autorizado a salir de EE.UU y regresar a este país durante estos dos últimos años. Entre enero y mayo de 2000, estuvo bajo vigilancia de agentes estadounidenses por sus sospechosas compras en grandes cantidades de productos químicos idóneos para fabricar bombas. En enero de 2001, estuvo detenido durante 57 minutos por los servicios de Inmigración y Naturalización en el aeropuerto internacional de Miami porque su visado estaba caducado y ya no valía para entrar en EE.UU. Atta constaba en las listas de vigilancia del Departamento de Estado, el FBI tenía sospechas sobre alguna gente de que podría recibir clases de pilotaje en Estados Unidos; a pesar de todo ello, Atta pudo entrar en el país y matricularse en una escuela de pilotaje. En abril de 2001, lo detuvo la policía por conducir sin permiso. En mayo, no se presentó ante el tribunal, se publicó un acta de busca y captura contra él, pero nunca se le daría cumplimiento. Se le detuvo dos veces por conducir borracho. A Atta ni se le ocurrió cambiar de nombre durante su estancia en EE.UU, sino que viajaba, vivía y estudiaba pilotaje con el suyo verdadero. ¿Es el FBI tan abismalmente incompetente? ¿Estaba, como lo pretende, tan entorpecido por la falta de agentes e intérpretes árabes?, ¿no habráuna explicación más maquiavélica para que las autoridades le dejaran en libertad una y otra vez? ¿Estaba "protegido" o sirvió de cabeza de turco? ("Terrorists among us", Atlanta Journal Constitution, 16/09/01. The Guardian, 25/09/01)
El 23 de agosto de 2001, la CIA hizo llegar una lista de presuntos miembros de la red de Bin Laden, identificados ya en Estados Unidos o de viaje a este país, entre los cuales Jalid Al Midhar y Nawak Alhazmi, que estaban en el avión que chocó contra el Pentágono.
Mucho tiempo antes de los atentados pretendidamente inesperados del 11 de septiembre, Estados Unidos llevaba preparando, desde hacía casi tres años, en secreto, el terreno para una guerra en Afganistán. Tras los atentados terroristas contra las embajadas americanas de Dar es Salam en Tanzania y de Nairobi en Kenia en 1998, el presidente Clinton autorizó a la CIA a prepararse para posibles acciones contra Bin Laden, el cual estaba fuera de todo control. Fue por eso por lo que se establecieron contactos secretos y se abrieron negociaciones con antiguas repúblicas de la URSS, Uzbekistán y Tayikistán, para instalar en ellas bases militares con las que dar apoyo logístico a posibles operaciones y acopiar información. Todo esto no solo habría de servir para preparar una intervención militar en Afganistán, sino que ha favorecido una implantación norteamericana importante en la zona de influencia rusa de Asia central. Por todo ello se puede decir que aunque EE.UU pretenda que lo alcanzaron por sorpresa, sí que ya estaba preparado para aprovecharse inmediatamente de la oportunidad que se le presentó con el atentado contra las Torres Gemelas y tomar una serie de medidas estratégicas y tácticas que estaban preparándose desde hacía tiempo.
Es también verosímil que la administración de Estados Unidos haya impulsado deliberadamente a Bin Laden a lanzar un ataque contra el país. El diario The Guardian del 22 de septiembre nos lleva hacia esa hipótesis: "Una investigación del periódico ha establecido que Osama Bin Laden y los talibanes recibieron amenazas de un posible ataque militar de EE.UU dos meses antes de los atentados terroristas contra Nueva York y Washington. Pakistán había advertido al régimen de Afganistán de la amenaza de una guerra si los talibanes no entregaban a Osama Bin Laden…Los talibanes se negaron a someterse, pero la gravedad de la advertencia recibida, plantea la posibilidad de que el atentado de hace diez días contra el World Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono por Bin Laden, lejos de proceder de ningún sitio, fue de hecho un ataque preventivo, como respuesta a lo que Bin Laden consideraba una amenaza de parte de Estados Unidos…Esa advertencia destinada a los talibanes se lanzó durante una reunión de cuatro días entre americanos, rusos, iraníes y pakistaníes en un hotel de Berlín, a mediados de julio. Esa conferencia, la tercera de una serie llamada 'Brainstorming sobre Afganistán' pertenece a un método diplomático clásico conocido bajo el nombre de 'vía nº 2'." En otras palabras, es muy posible que Estados Unidos no solo no intentara impedir de verdad el atentado cometido por Bin Laden, sino que, incluso, por "vía diplomática" semioficial, hubiera provocado deliberadamente tanto a ése como a los talibanes a que emprendieran una acción que justificara una réplica militar norteamericana.
Las destrucciones devastadoras y la cantidad de muertos han sido la piedra angular de la campaña ideológica lanzada tras el desastre de las Torres Gemelas. Durante semanas, los miembros del gobierno y los media nos han repetido hasta la saciedad las 6000 vidas perdidas en el World Trade Center, o sea dos veces más que en Pearl Harbor. El jefe de Estado Mayor repitió esas cifras en una entrevista a una cadena nacional de televisión a principios de noviembre (entrevista al general Richard Myers, presidente de Jefes de E.M. en el canal NBC, el 4/11/01). Sin embargo, hay indicios de que esos cómputos, cuya única finalidad es apoyar la propaganda con todo su peso emotivo, son muy exagerados. Las estadísticas realizadas por agencias de prensa independientes han estimado el total en menos de 3000muertos, o sea lo equivalente a las pérdidas sufridas en Pearl Harbor. Por ejemplo, el New York Times establece el total en 2943, la agencia Associated Press en 2626 y el diario USA Today en 2680. La Cruz Roja norteamericana, que distribuye ayudas financieras a las familias de las víctimas, sólo ha tratado 2563 demandas. El gobierno se ha negado a entregar a la Cruz Roja la copia de la lista oficial, por ahora secreta, de las víctimas del World Trade Center ("Numbers vary in tallies of the victims", New York Times, 25/10/01). Mientras tanto, los políticos y los media siguen utilizando, por necesidades de propaganda, la cifra muy sobrevalorada de 5000-6000 muertos o desaparecidos, cifra ahora ya incrustada en las conciencias populares.
El gobierno de EE.UU no ha desvelado públicamente las pruebas de la responsabilidad de Bin Laden en los atentados. Recientemente, mientras proseguían las operaciones militares, Bush anunció que si capturaban vivo a Bin Laden, éste sería juzgado a puerta cerrada por un tribunal militar, para así no hacer público de dónde proceden laspruebas contra él. Rumsfeld, secre tario de Defensa, ha dicho claramente que prefiere que se mate a Bin Laden aque se le capture vivo, para evitar asíun juicio. Es perfectamente lógico pues preguntarse por qué a Estados Unidos le interesa tanto guardar secretasesas pretendidas pruebas tan evidentes.
¿No es todo eso, en cambio, la prueba por la contraria de que la Administración estadounidense, o quizás por lo menos la CIA, estaban al corriente de los atentados contra las Torres, dejando que ocurrieran? No hace falta ser un maniático que "ve conspiraciones por doquier" para albergar ese tipo de sospechas. Dejemos a los historiadores el cuidado de investigar más detalladamente durante los años venideros, pero a nosotros ni nos sorprendería ni desde luego nos "escandalizaría" enterarnos de que la burguesía estadounidense aceptó que hubiera víctimas en esos atentados del World Trade Center para satisfacer sus intereses políticos.


¿Es el atentado de las Torres Gemelas un nuevo Pearl Harbor?

Contrariamente a la insistencia de los medios de comunicación, la situación actual no puede ser comparada a la de Pearl Harbor en el plano histórico. Pearl Harbor ocurrió casi veinte años después de derrotas que aplastaron al proletariado mundial política, ideológica e incluso físicamente, abriéndose así el curso histórico hacia la guerra imperialista. Esas derrotas fueron un grave peso histórico encima del proletariado: el fracaso de la Revolución alemana y de la oleada revolucionaria; la degeneración del régimen revolucionario en Rusia y el triunfo del capitalismo de Estado bajo Stalin; la degeneración de la Internacional comunista convirtiéndose en brazo armado de la política extranjera del Estado ruso, acompañado todo ello de un retroceso considerable en las posiciones revolucionarias en comparación con las que habían prevalecido en el momento más álgido de la oleada revolucionaria; la integración de los partidos comunistas en sus aparatos de Estado respectivos; la derrota política y física de la clase obrera por el fascismo en Italia, Alemania y España; el triunfo de la ideología antifascista en los países "democráticos".
El impacto acumulado de esas derrotas limitó profundamente las posibilidades históricas del movimiento obrero. La revolución, que estaba al orden del día en el período que siguió a 1917, se encontró entonces atascada. El equilibrio de fuerzas se había desplazado en favor de la clase capitalista, la cual tuvo entonces en sus manos la posibilidad de imponer su "solución" a la crisis histórica del capitalismo mundial: la guerra mundial. Sin embargo, el hecho de que la relación de fuerzas se hubiera desplazado en su favor no significaba necesariamente que la burguesía tuviera las manos libres para imponer su voluntad política. Aunque el curso político era hacia la guerra, eso no significaba que la burguesía pudiera desencadenar una guerra imperialista en cualquier mo mento. La burguesía tuvo que hacer frente todavía a una resistencia por parte del proletariado americano en 1939-41, que reflejaba en parte la posición vacilante del partido estalinista, el cual tenía una influencia considerable sobre todo en los sindicatos afiliados a la CIO, vacilación causada por la línea indecisa de Moscú durante el período del pacto de no agresión con la Alemania nazi. La fracción dominante de la burguesía americana tuvo que tener en cuenta también a elementos recalcitrantes en el seno mismo de su propia clase, con simpatías de algunos de ellos hacia las potencias del Eje y defendiendo otros una política aislacionista. Como ya dijimos el ataque "sorpresa" de Japón dio el pretexto para reunir a los vacilantes tras el Estado y los esfuerzos de guerra. Por eso puede decirse que Pearl Harbor fue el último clavo para cerrar el ataúd político e ideológico.
La situación es hoy muy diferente. Es cierto que el desastre de las Torres Gemelas ocurre después de una década de desorientación y de confusión políticas sembradas tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas de Europa del Este y las campañas ideológicas de la burguesía sobre la muerte del comunismo. Pero esas confusiones no tienen el mismo peso político que las derrotas de los años 1920 y 30 sobre la con ciencia política del proletariado a nivel histórico. Tampoco han significado un cambio del curso histórico hacia enfrentamientos de clase. A pesar de esa desorientación, la clase obrera ha luchado por reconquistar su terreno, y no faltan signos de cómo va madurando subterráneamente su conciencia así como de la aparición de gente nueva inquieta que viene a unirse al medio político proletario en torno a los grupos revolucionarios existentes. No intentamos aquí minimizar la desorientación política que predomina en la clase obrera desde 1989, situación agravada por la descomposición, una barbarie cada día mayor que no requiere obligatoriamente una guerra mundial para realizarse plenamente. Incluso si la burguesía americana alcanza un éxito considerable con su ofensiva ideológica, por mucho que, por ahora, los obreros estén entrampados en una psicosis de guerra de un nivel alarmante, el equilibrio global de fuerzas no está determinado por la situación en un único país aunque éste sea de la importancia de Estados Unidos. En el plano internacional, el proletariado no ha sido derrotado y la perspectiva sigue yendo hacia un enfrentamiento de clases. Incluso en Estados Unidos, la huelga de dos semanas de los 23 000 trabajadores del sector público de Minnesota, en octubre, fue un eco de esa capacidad de la clase obrera internacional para proseguir su combate. Aunque fueron tildados de antipatriotas, atacados por hacer huelga en un momento de crisis nacional, esos obreros no abandonaron su terreno de clase y siguieron luchando por mejoras salariales. Mientras que Pearl Harbor fue el remate de un proceso que llevó a la guerra imperialista en 1941, el atentado del World Trade Center ha provocado un paso atrás del proletariado, especialmente para el norteamericano, pero en una situación histórica que sigue siéndole favorable.

JG