La co-responsabilidad de los aliados y los nazis en el holocausto

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La conmemoración del aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwtitz, con su cortejo de imágenes y testimonios que reviven los horrores bien reales del fascismo, es una nueva ocasión para que la burguesía oculte la responsabilidad del “otro campo”, el democrático, en las atrocidades de la segunda guerra mundial.

Aparecen documentos inéditos que ilustran una vez más los horrores sin nombre sufridos por los deportados, y la barbarie sin límite de sus verdugos y torturadores nazis. No es ninguna casualidad que esta ola de verdad y “autenticidad” se pare justo cuando implica al “campo democrático”. En efecto, los aliados que lo sabían todo sobre la realidad del holocausto no hicieron lo más mínimo para obstaculizar la ejecución de los macabros planes nazis. La responsabilidad de los revolucionarios es recordar esa realidad, tal y como hacemos nosotros al republicar extractos de nuestro artículo de la Revista Internacional nº 89 “La corresponsabilidad de los aliados y de los nazis en el Holocausto”.

Además, la barbarie de la que hizo gala el bando democrático en la Segunda Guerra mundial no tiene nada que envidiar a la del bando fascista, ni en cuanto al horror ni en cuanto al cinismo con el que perpetraron sus crímenes contra la humanidad como, por ejemplo en Dresde, Hamburgo o al lanzar el horror nuclear sobre un Japón ya vencido. Por eso afirmamos, junto a los compañeros de la Izquierda Comunista de Francia de la cual reproducimos a continuación un panfleto editado en Junio de 1945 “Buchenwald, Maideneck: macabra demagogia” publicado en L’Etincelle nº 6, que los responsables de la guerra no son los proletarios alemanes, americanos o ingleses –guerra que ellos no han querido- sino el capitalismo y la burguesía

L`Etincelle nº 6, junio de 1945

Buchenwald, Maidaneck: Demagogia macabra

El papel desempeñado por las SS, los nazis y su campo de la muerte industrial, fue el de exterminar en general a todos aquellos que se opusieron al régimen fascista y sobre todo a los militantes revolucionarios que siempre han estado a la vanguardia del combate contra la burguesía capitalista, sea cual sea su forma: autocrática, monárquica o “democrática”, cualquiera que sea su jefe: Hitler, Mussolini, Stalin, Leopoldo III, Jorge V, Víctor Manuel, Churchill, Roosevelt, Daladier o De Gaulle.

La burguesía internacional que, frente a la Revolución rusa de octubre de 1.917, usó todos los medios posibles e imaginables para aplastarla, que quebró la revolución alemana en 1919 mediante una represión de una bestialidad inaudita, que ahogó en sangre la insurrección proletaria de China; que financió en Italia la propaganda fascista y después, en Alemania, puso en el poder a Hitler para ser el gendarme de Europa; esa misma burguesía se gasta hoy millones para “financiar la exposición de los crímenes hitlerianos”, la filmación y la presentación al público de filmes sobre las “atrocidades alemanas”, mientras las víctimas de esas atrocidades siguen muriendo a veces sin cuidados y los supervivientes no tienen ningún medio de vida.

Esa misma burguesía es la que por un lado pagó el rearme de Alemania y, por otro, engañó al proletariado arrastrándolo a la guerra con la ideología antifascista; fue ella la de que esa manera, tras haber favorecido la llegada al poder de Hitler, se sirvió hasta el final de él para aplastar al proletariado alemán y arrastrarlo a la guerra más sangrienta, a la carnicería más abominable que imaginarse pueda.

Es esa misma burguesía la que manda representantes con coronas de flores a inclinarse hipócritamente ante las tumbas de los muertos que ella misma ha provocado, porque es incapaz de dirigir la sociedad, porque la guerra es su única forma de vida.

¡ES A ELLA A QUIEN ACUSAMOS!

Es a ella a quien acusamos, pues los millones de muertos por ella asesinados no son más que el suma y sigue de una lista interminable de mártires de la “civilización”, de la sociedad capitalista en descomposición.

Los responsables de los crímenes hitlerianos no son los alemanes, quienes, los primeros , en 1.934, pagaron con 450.000 vidas humanas la represión burguesa hitleriana y que siguieron soportando esa despiadada represión cuando, al mismo tiempo, empezó a ejercerse en el extranjero. Como tampoco los franceses, ni los ingleses, ni los americanos, ni los rusos, ni los chinos son responsables de los horrores de la guerra que ellos no han querido pero que sus burguesías respectivas les han impuesto.

En cambio, los millones de hombres, de mujeres asesinados en los campos de concentración nazis, salvajemente torturados y cuyos cuerpos se pudren por doquier, aquellos que han sido aplastados durante esta guerra en el combate, aquellos que han sido sorprendidos en medio de un bombardeo “liberador”, los millones de cadáveres mutilados, amputados, destrozados, desfigurados, pudriéndose bajo tierra o al sol, los millones de cuerpos de soldados, mujeres, ancianos, niños... todos esos millones de muertos claman venganza. No claman venganza contra el pueblo alemán, el cual sigue sufriendo, sino contra esa infame burguesía, hipócrita y sin escrúpulos, la cual no ha pagado sino que se ha aprovechado y sigue burlándose, como un cerdo cebado, de los esclavos hambrientos.

La única postura para el proletariado no es la de seguir los llamamientos demagógicos que tienden a continuar y acentuar el chovinismo a través de los comités antifascistas, sino la lucha directa de clase por la defensa de sus intereses, de su derecho a la vida, lucha de cada día, de cada instante hasta la destrucción del monstruoso régimen, del capitalismo.

Extractos de nuestro artículo publicado en REVISTA INTERNACIONAL nº 89:

La corresponsabilidad de los aliados y de los nazis en el holocausto

LLa campaña ideológica actual que intenta asimilar las posiciones políticas de la Izquierda comunista frente a la IIª Guerra Mundial con el llamado negacionismo (negación del exterminio de los judíos por los nazis) tiene dos objetivos. Uno de éstos es manchar y desprestigiar ante la clase obrera a la única corriente política, la Izquierda comunista, que se negó a ceder a la unión sagrada ante la IIª Guerra Mundial. En efecto, la Izquierda comunista fue la única que denunció la guerra –como lo hicieron anteriormente Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo con la Iª Guerra mundial- como una guerra interimperialista de la misma naturaleza que la de 1914-18 y que demostró que la pretendida especificidad de la IIª, según la cual ésta habría sido consecuencia de la lucha entre dos sistemas, la democracia y el fascismo, no fue más que una vulgar mentira con la que alistar a los proletarios en una carnicería sin límites. El otro objetivo se inscribe en la ofensiva ideológica que pretende hacer creer a los proletarios que la democracia burguesa sería, a pesar de sus imperfecciones, el único sistema posible, y que, por lo tanto, deberán movilizarse para defenderlo. Ese es el mensaje que se les propone mediante todas esas campañas ideológicas político-mediáticas que van desde la operación “manos limpias” en Italia hasta el “caso Dutroux” en Bélgica, pasando por la matraca anti-Le Pen en Francia. En esta ofensiva, la función adjudicada a la denuncia del negacionismo es la de presentar al fascismo como el “mal absoluto”, disculpando así al capitalismo como un todo de su responsabilidad en el holocausto.

Una vez más, queremos aquí dejar bien claro que la Izquierda Comunista no tiene nada que ver, ni de cerca ni de lejos, con esa caterva “negacionista” que reúne a la extrema derecha tradicional y a la “ultra-izquierda”-concepto totalmente ajeno a la Izquierda comunista-. Para nosotros no se trata ni mucho menos de negar la espantosa realidad de los campos nazis de exterminio. Ya lo decíamos en el número anterior de esta Revista: “pretender relativizar la barbarie del régimen nazi incluso para denunciar la mistificación anti-fascista significa, a fin de cuentas, relativizar la barbarie del sistema capitalista decadente, de la que ese régimen es una de las expresiones”. Por eso, la denuncia del antifascismo como instrumento del alistamiento del proletariado en la peor de las carnicerías ínter-imperialistas de la historia y como medio de disimular a quién es el verdadero responsable de todos esos horrores, o sea, al capitalismo como un todo, no ha significado nunca la menor complacencia en la denuncia del campo fascista, cuyas primeras víctimas fueron los militantes proletarios. En la esencia del internacionalismo proletario, del que la Izquierda comunista ha sido siempre una defensora intransigente –en recta continuidad con la verdadera tradición marxista y por lo tanto enfrentada a todos aquellos que la traicionaron, entre ellos los trotskistas-, ha estado siempre denunciar a todos los campos enfrentados, denunciar que todos son igualmente responsables de los horrores y del indecible sufrimiento que todas las guerras interimperialistas causan a la humanidad.

Ya hemos mostrado en números anteriores de esta Revista cómo la barbarie del “campo democrático” durante la II Guerra Mundial no tuvo nada que envidiar a la del “campo fascista”, en el horror y en el cinismo con el que fueron perpetrados horrendos crímenes contra la humanidad, como fueron por ejemplo los bombardeos de Dresde y de Hamburgo o el fuego nuclear abatido sobre el ya vencido Japón. En este artículo nos ocuparemos de demostrar la complicidad de los Aliados, que guardaron cuidadoso silencio, hasta el final de la guerra, con los genocidios que estaba perpetrando el régimen nazi, estando como estaban perfectamente al corriente de la existencia de los campos de concentración y para qué se utilizaban.

La burguesía quiso y propició la subida al poder del fascismo

Antes de demostrar la complicidad aliada con los crímenes perpetrados por los nazis en los campos de exterminio, debe recordarse que la subida al poder del fascismo –presentado siempre, desde la derecha clásica hasta la izquierda y extrema izquierda del capital, o como un monstruoso accidente de la historia o como una aberración surgida del cerebro enfermo de un Hitler o un Mussolini- es, al contrario, la consecuencia orgánica del capitalismo en su fase de decadencia, de la derrota sufrida por el proletariado tras la ola revolucionaria que acabó con la Iª Guerra Mundial.

La posición que defiende que la clase dominante no sabía cuáles eran los verdaderos proyectos del partido nazi, o la que de cierta manera ésta se habría dejado engañar, no se aguantan de pie. El partido nazi hunde sus raíces en dos factores determinantes para la historia de los años treinta: por un lado, el aplastamiento de la revolución alemana, que abre la puerta al triunfo de la contrarrevolución a escala mundial; por otro, la derrota del imperialismo alemán tras la Iª carnicería mundial. Desde el principio el objetivo del naciente partido nazi fue, apoyándose en la sangría infligida a la clase obrera de Alemania por el Partido Social Demócrata (SPD) de Noske y Scheidemann, rematar el aplastamiento del proletariado para así reconstituir las fuerzas bélicas del imperialismo alemán. Estos objetivos eran compartidos por el conjunto de la burguesía alemana, por encima de ciertas divergencias reales tanto en lo que se refiere a los medios a emplear como en lo concerniente al momento más oportuno para usarlos. Las SA, milicias de asalto en las que se apoyó Hitler en su marcha hacia el poder, fueron las herederas directas de los cuerpos francos que habían asesinado a Rosa Luxemburg, a Karl Liebnecht y a miles de comunistas y militantes obreros. La mayoría de los dirigentes de las SA habían iniciado su carrera de carniceros en esos mismos cuerpos francos que constituían la “guardia blanca” utilizada por el SPD para ahogar en sangre la Revolución, con el apoyo de las tan democráticas potencias victoriosas; las cuales, a la vez que desarmaban al ejército alemán, ponían sumo cuidado en dejar que las milicias contrarrevolucionarias dispusiesen del suficiente armamento para llevar a cabo sus sucias labores.

El fascismo no pudo arraigarse y prosperar sino gracias a la derrota física infligida al proletariado por la izquierda de capital, única capaz de frenar primero y vencer después la ola revolucionaria que se extendió por Alemania desde 1918 hasta1919. Así de perfectamente claro lo tuvo el Estado Mayor de los ejércitos alemanes al dar carta blanca al SPD para que éste pudiera dar en enero de 1919 el golpe decisivo al movimiento revolucionario que se estaba desarrollando. Y si Hitler no fue apoyado en su intentona de golpe en München en 1925, fue porque el ascenso del fascismo era considerado prematuro todavía por los sectores más lúcidos de la clase dominante. Había que rematar primero la derrota del proletariado, utilizando hasta el final la mistificación democrática mediante la República de Weimar; la cual, aunque presidida por el Junker Hindemburg, se beneficiaba de un disfraz radical gracias a la participación regular en sus sucesivos gobiernos de ministros procedentes del llamado partido “socialista”.

Pero en cuanto la amenaza proletaria quedó definitivamente conjurada, la clase dominante, en su forma –insistamos en ello- más clásica, por medio de las joyas del capitalismo alemán, o sea los Krupps, los Thyssen, AG Farben etc., no cejará en su apoyo total al partido nazi y a su victoriosa marcha hacia el poder. Y es entonces cuando la voluntad de Hitler de reunir todas las fuerzas necesarias para la restauración de la potencia militar del imperialismo alemán se corresponden exactamente con las necesidades del capitalismo alemán. Éste, vencido y expoliado por sus rivales imperialistas tras la Iª Guerra Mundial, no puede, so pena de muerte, sino intentar reconquistar el terreno perdido metiéndose en una nueva guerra.

Lejos de ser la consecuencia de una pretendida agresividad germánica, agresividad congénita que por fin habría encontrado en el fascismo el medio de darse rienda suelta, esa voluntad no es otra que la estricta expresión de las duras leyes del imperialismo en la decadencia del sistema capitalista como un todo; leyes que, frente a un mercado mundial totalmente repartido, no dejan otra solución a las potencias imperialistas, perjudicadas en el reparto del “pastel imperialista”, que la de intentar, mediante una nueva guerra, llevarse una porción mayor. La derrota física del proletariado alemán, por un lado, y el estatuto de potencia imperialista expoliada que le tocó a Alemania tras su derrota en 1918, por otro; hicieron del fascismo, contrariamente a los países vencedores en donde la clase obrera no había sido físicamente aplastada, el medio más adecuado del capitalismo alemán para prepararse para una segunda carnicería imperialista. El fascismo, como forma brutal de un capitalismo de Estado que se estaba fortaleciendo por todas partes, incluso en los países llamados democráticos, era el instrumento de concentración y centralización de todo el capital nacional en manos del Estado frente a la crisis económica, para orientar la economía hacia la preparación de la guerra. Hitler llegó pues al poder de la manera más “democrática”, o sea con el apoyo total de la burguesía alemana. En efecto, una vez que la amenaza proletaria quedó definitivamente descartada, la clase dominante ya no tenía que preocuparse por mantener el arsenal democrático siguiendo así el mismo proceso ya instaurado en Italia.

El capitalismo decadente exacerba el racismo

Si, quizás…”, nos dirán algunos, “pero ¿Acaso no hacéis abstracción de uno de los rasgos que distinguen al fascismo de las demás fracciones de la burguesía; o sea, de su antisemitismo visceral, siendo ésta la característica principal que provocó el holocausto?”. Esa es la idea que defienden en particular los trotskistas. Estos, de hecho, sólo reconocen formalmente la responsabilidad del capitalismo y de la burguesía en general en la génesis del fascismo, por lo que añaden a renglón seguido que el fascismo es, pese a todo, mucho peor que la democracia burguesa, como lo demostraría el holocausto, y que, por lo tanto, ante la ideología del genocidio no cabe la menor vacilación: hay que escoger campo, o el de la democracia o el de los aliados. Fue ese argumento, unido al de la defensa de la URSS, el que le sirvió para justificar su traición al internacionalismo proletario y su paso al campo de la burguesía durante la IIª Guerra Mundial. Es pues de lo más lógico encontrar hoy en Francia a la Liga Comunista Revolucionaria y a su líder A. Krivine, con el apoyo discreto pero real de Lutte Ouvrière, a la cabeza de la cruzada antifascista y “antinegacionista” defendiendo la visión del fascismo como ese “mal absoluto” que lo hace cualitativamente diferente a todas las demás expresiones de la barbarie capitalista, y contra el que la clase obrera debería ponerse en la vanguardia del combate y por la defensa, se podría decir, de la revitalización de la democracia.

Que la extrema derecha y el nazismo sean en esencia profundamente racistas nunca ha sido cuestionado por la Izquierda comunista. Tampoco lo ha sido la espantosa realidad de los campos de la muerte. Pero la verdadera cuestión es otra. Se trata de saber si ese racismo y la abominable designación de los judíos como chivo expiatorio de todos los males es expresión de la naturaleza particular del fascismo, producto maléfico de cerebros enfermos; o por el contrario, consecuencia siniestra del modo de producción capitalista enfrentado a la crisis histórica de su sistema, transformación monstruosa pero natural de la ideología nacionalista defendida y propagada por todas las fracciones de la burguesía. El racismo es una característica de la sociedad dividida en clases y no un atributo eterno de la naturaleza humana. Si la entrada en decadencia del capitalismo ha agudizado el racismo hasta grados nunca antes alcanzados, si el siglo XX es el siglo en el que los genocidios ya no son la excepción sino la regla, no es debido a no se sabe qué perversión de la naturaleza humana. Es el resultado del hecho de que frente a la guerra, ahora permanente, que cada Estado debe llevar a cabo en el marco de un mercado mundial sobresaturado y repartido hasta el más recóndito islote, la burguesía, para poder justificar y soportar esa guerra permanente está obligada en todos los países a reforzar el nacionalismo por todos los medios. ¡Qué ambiente más propicio, en efecto, para el incremento del racismo que aquel que tan certeramente describió Rosa Luxemburgo en el folleto en el que denuncia la Iª carnicería mundial: “(…) toda la población de una ciudad convertida en populacho, dispuesta a denunciar a cualquiera, a ultrajar a las mujeres, gritando ¡hurra!, y a llegar hasta el paroxismo del delirio propagando absurdos rumores; un clima de crimen ritual, la atmósfera de pogromo en donde el único representante de la dignidad humana era el agente de policía en una revuelta de la calle.” Y prosigue así: “Enlodada, deshonrada, embarrada en sangre, ávida de riquezas: así se presenta la sociedad burguesa, así es ella” (R. L.: “La crisis de la socialdemocracia”).

Podrían retomarse exactamente los mismos términos para describir las múltiples escenas de horror en la Alemania de los años 30: saqueos de almacenes de judíos, linchamientos, niños separados de sus padres,…O evocar también la misma atmósfera de pogromo que reinaba en Francia en 1945, cuando el diario l’Humanité de los estalinistas vomitaba en la primera página aquella ignominia de “¡Cada uno a por su boche (a los alemanes se les llamaba despectivamente así, boches!). No, el racismo no es especialidad exclusiva del fascismo, como tampoco lo es su forma antisemita. Patton, el célebre general de los “democráticos” Estados Unidos, no dudaba en declarar que “los judíos son peor que los animales” mientras el otro “gran liberador”, Stalin, organizaba sus propios pogromos contra los judíos, los gitanos, los chechenios, etc. El racismo es producto de la naturaleza básicamente nacionalista de la burguesía, sea cual sea la forma de su dominación, totalitaria o “democrática”, nacionalismo puesto al rojo vivo por la decadencia de su sistema.

Si el nazismo, con el asentimiento de la clase dominante, pudo utilizar el racismo siempre latente en la pequeña burguesía, para hacer de él y del antisemitismo la ideología del régimen, fue debido a que la única fuerza capaz de oponerse al nacionalismo, el proletariado, había sido derrotada tanto física como ideológicamente. Una vez más, por muy irracional y monstruoso que sea el antisemitismo oficial, profesado y después puesto en práctica por el régimen nazi, no se puede explicar únicamente por la locura o la perversión de los dirigentes nazis. Como lo subraya con toda justicia el folleto publicado por el Partido Comunista Internacionalista titulado “Auschwitz o la gran excusa”, el exterminio de judíos “se produjo no en un momento cualquiera sino en plena crisis y guerra imperialistas. Y dentro de esa gigantesca empresa de destrucción hay que explicarlo. El problema se encuentra, por eso mismo esclarecido; ya no hay que explicar el “nihilismo destructor” de los nazis, sino por qué la destrucción se concentró en parte contra los judíos”. Y para explicar por qué la población judía, aunque no fuera la única, fue señalada primero para la vindicta pública y después exterminada en masa por el nazismo, hay que tener en cuenta dos factores: las necesidades del esfuerzo de guerra alemán y el papel desempeñado en ese periodo siniestro por la pequeña burguesía. Esta última se vio reducida a la ruina por la violencia de la crisis económica en Alemania, cayendo progresivamente en una situación de lumpenización. Así, desesperada, en ausencia de un proletariado que pudiera desempeñar un papel de antídoto, dio rienda suelta a todos los prejuicios reaccionarios típicos de una clase sin porvenir alguno, enfangándose en el racismo y el antisemitismo propagados por las formaciones fascistas. Éstas señalaron con el dedo al judío, imagen por excelencia del apátrida “chupasangres”, como chivo expiatorio de la miseria a la que se veía reducida esa clase insegura y sin futuro y así ganársela para sus intereses.

Lo esencial de las primeras fuerzas de choque del fascismo procedía efectivamente de una pequeña burguesía en proceso de descomposición. Esa designación de los judíos como enemigos por excelencia, tendrá también la función de permitir al capitalismo alemán reunir fondos a partir de la confiscación de los bienes de éstos para el rearme de su imperialismo. Al principio tuvo que hacerlo sin llamar la atención de quienes la vencieron en la Iª Guerra Mundial. Los campos de concentración nacieron también con el mismo objetivo: abastecer con mano de obra gratuita a toda la burguesía, plenamente dedicada a la preparación de la guerra.

El silencio cómplice de los Aliados sobre la existencia de los campos de la muerte

Mientras que desde 1945 hasta hoy la burguesía no ha cesado de exhibir, casi obscenamente, los montones de esqueletos encontrados en los campos de exterminio nazis y lo cuerpos esqueléticos de los supervivientes de aquel infierno, fue en cambio muy discreta sobre esos mismos campos durante la guerra misma; hasta el punto de que ese tema estuvo ausente de la propaganda guerrera del “campo democrático”. Eso de que los aliados sólo se habrían enterado de lo que ocurría en Dachau, Auschwitz, Treblinka, cuando la liberación de los campos en 1945, es una patraña que nos cuenta con regularidad la burguesía pero que no resiste al menor estudio histórico.

Los servicios de información ya existían entonces y eran muy activos y eficaces, como lo demuestran ciertos episodios de la guerra en los que desempeñaron un papel determinante. La existencia de los campos de la muerte no se libraba de su investigación. Esto está confirmado por una serie de trabajos de historiadores sobre la IIª Guerra Mundial. Así, el diario francés Le Monde, muy activo por otra parte en la campaña antinegacionista, escribía en su edición del 27 de septiembre de 1996: “Una matanza (la perpetrada en los campos) de la que un informe del partido socialdemócrata judío, el Bund polaco, había revelado, ya en la primavera de 1942, la amplitud y el carácter sistemático, fue oficialmente confirmada a los dirigentes norteamericanos por el famoso telegrama del 8 de agosto de 1942 emitido por G. Riegner, representante del Congreso Judío Mundial en Ginebra, basándose en informaciones dadas por un industrial alemán de Leipzig llamado Eduard Scholte. En esta época, como se sabe, una gran parte de los judíos europeos que serían más tarde aniquilados estaba todavía viva”.

Los gobiernos aliados por canales múltiples, estaban completamente al corriente de los genocidios desde 1942, y sin embargo los dirigentes del “campo democrático”, los Roosevelt, Churchill y demás, hicieron todo para que esas revelaciones, indiscutibles, no tuvieran la menor publicidad, dando consignas estrictas a la prensa de entonces para que mantuviesen la mayor reserva y discreción al respecto. De hecho no hicieron el menor esfuerzo por intentar salvar la vida de esos millones de seres condenados a muerte. Esto lo confirma ese mismo artículo citado: “(…) el americano D. Wyman demostró a mediados de los años 80 en su libro “Abandono de los judíos” (Editorial Calmann-Levy), que varios cientos de miles de vidas podrían haberse salvado sin la apatía, cuando no la obstrucción de ciertos organismos de la administración estadounidense (como el Departamento de Estado) y de los aliados en general”.

Esos extractos del burgués y tan democrático diario Le Monde no hacen sino confirmar lo que siempre ha afirmado la Izquierda comunista, especialmente el folleto de Amadeo Bordita y el PCInt “Auschwitz o la gran excusa”, el cual se ve hoy designado mediante mentiras infames, a la vindicta pública porque, según pretenden, habría sido el origen de las tesis negacionistas sobre la inexistencia de los campos de la muerte. Ese silencio de la coalición adversaria de la Alemania hitleriana demuestra lo que valen las virtuosas y ruidosas proclamaciones de indignación ante el horror del holocausto que vociferan todos esos campeones de la “defensa de los derechos humanos”.

¿Se explicaría ese silencio por el antisemitismo latente de ciertos dirigentes del campo Aliado, como así lo han afirmado historiadores israelíes después de la guerra? Es cierto que el antisemitismo no es una especialidad de los regímenes fascistas: recuérdese la declaración, citada anteriormente, del general Patton. También podría denunciarse el bien conocido antisemitismo de Stalin. Pero no es esa la verdadera explicación del silencio de los Aliados, entre cuyos dirigentes también había judíos o próximos a organizaciones judías como Roosevelt. También aquí el origen de esa notable discreción está en las leyes que rigen el sistema capitalista, sean cuales sean los ropajes, democráticos o totalitarios, con los que se viste su dominación. Como en el campo adversario, todos los recursos del campo Aliado se movilizaron al servicio de la guerra. Ninguna boca inútil, todo el mundo debe estar ocupado ya sea en el frente, ya sea en la producción de armamento. La llegada en masa de poblaciones procedentes de los campos, de niños y de ancianos que no podían ser llevados al frente o a la fábrica, de hombres y mujeres enfermos que no podían ser integrados inmediatamente en el esfuerzo de guerra habría desorganizado dicho esfuerzo. Por lo tanto se cierran las fronteras y se impide por todos los medios tal emigración. A. Eden decidió en 1943, es decir en un periodo en el que la burguesía anglosajona estaba perfectamente al corriente de la existencia de los campos, a petición de Churchill que “ningún navío de las Naciones Unidas fuera habilitado para efectuar transferencias de refugiados en Europa”. Mientras Roosevelt añadía que “transportar a tanta gente desorganizaría el esfuerzo de guerra” (W. Churchill: “Memorias”; t. X). Estas son las sórdidas razones que llevaron a esos “antifascistas” y “demócratas” a mantener el más absoluto silencio sobre lo que ocurría en Dachau, Buchenwald y otros lugares de siniestra memoria. Las consideraciones humanitarias que pretendidamente serían las inspiradoras del campo antifascista no contaban para nada ante las exigencias del esfuerzo de guerra.

La complicidad directa del “campo democrático” en el holocausto

Los Aliados no se limitaron a mantener riguroso silencio durante toda la Guerra acerca de los genocidios cometidos en los campos. Fueron todavía más lejos en la abyección y en el increíble cinismo que caracterizan a la clase dominante en su conjunto. No sólo no vacilaron un instante en arrojar un diluvio de bombas sobre las ciudades alemanas, se negaron además a intentar la menor operación militar de intervención en los campos. Así, cuando a principios de 1944 podían haber bombardeado las vías férreas que conducían a Auschwitz sin mayores problemas, pues el objetivo estaba al alcance de la aviación aliada y dos personas evadidas del campo habían descrito con detalle el funcionamiento y la topografía del terreno, no hicieron lo más mínimo.

Cuando “dirigentes judíos húngaros y eslovacos suplican a los Aliados que pasen a la acción, en un momento en que ya han empezado las deportaciones de judíos de Hungría, designando incluso un objetivo: el cruce ferroviario de Kosice-Presov. Es cierto que los alemanes podían reparar las vías rápidamente. Sin embargo este argumento no sirve para la destrucción de los crematorios de Birkenau, lo cual habría desorganizado sin lugar a dudas la máquina exterminadora. No se hará nada. En definitiva, es difícil no reconocer que ni lo mínimo se intentó, pues todo quedó enterrado en la mala voluntad de los Estados Mayores y de los diplomáticos” (Le Monde, 27/09/96).

Pero, contrariamente a lo que lamenta ese diario, no fue simplemente por la “mala voluntad burocrática” por lo que “el campo demócrata” fue cómplice del holocausto. Esta complicidad fue perfectamente consciente. Los campos de deportación fueron al principio esencialmente campos de trabajo en los que la burguesía alemana podía explotar a menor coste una mano de obra esclavizada, sometida hasta el agotamiento y enteramente dedicada a las exigencias del esfuerzo de guerra. Aunque ya habían existido campos de exterminio, hasta 1942 fueron más la excepción que la regla. Pero a partir de los primeros reveses militares serios sufridos por el imperialismo alemán sobre todo frente a la apabullante apisonadora estadounidense, al no poder alimentar a la población y a las tropas alemanas, el régimen nazi decidió liquidar a la población excedentaria encerrada en los campos. Desde entonces, los hornos crematorios se extendieron por todas partes y cumplieron su siniestra labor. El innombrable horror de los dientes, las uñas y el pelo de las personas gaseadas, cuidadosamente recuperados por sus verdugos para alimentar la máquina de guerra alemana, eran los actos de un imperialismo acorralado, retrocediendo en todos los frentes, llevando hasta el final la profunda irracionalidad de la guerra imperialista, devorando su cupo de carne humana cada vez más gigantesco para defender sus intereses mortalmente amenazados por sus rivales en el saqueo imperialista. El holocausto fue perpetrado por el régimen nazi y sus esbirros sin la menor vacilación, pero poco beneficio podía sacar de él un capitalismo alemán que estaba metido, como hemos visto, en una carrera desesperada por reunir los medios necesarios para una resistencia eficaz ante el avance imparable de los Aliados. Y en ese contexto fueron intentadas varias acciones, en general directamente organizadas por las SS, para quitarse de en medio, con beneficios, a cientos de miles cuando no millones de prisioneros, vendiéndolos o intercambiándolos con los Aliados.

El episodio más conocido de esa abominable y siniestra venta fue la intentada ante Joel Brand dirigente de una organización semiclandestina de judíos húngaros. Brand, como lo ha contado A. Weissberg en su libro “La historia de J. Brand” y recogido también en el folleto “Auschwitz o la gran excusa”, fue convocado en Budapest para entrevistarse con el jefe de las SS encargado de la cuestión judía, A. Eichmann. Éste le encargó que negociara con los gobiernos angloamericanos la liberación de un millón de judíos a cambio de diez mil camiones, precisando que podían ser menos y estar dispuesto a aceptar otro tipo de mercancías. Las SS, para dar prueba de la seriedad de su oferta, declararon que estaban dispuestos a liberar a cien mil judíos en cuanto Brand obtuviera un acuerdo de principio, sin haber obtenido nada a cambio. Durante su viaje J. Brand conoció las cárceles inglesas de Oriente Medio y, tras múltiples dificultades que no tuvieron nada de casuales sino que fueron debidas a la acción de los gobiernos Aliados para evitar una entrevista oficial con semejante “aguafiestas”, pudo al fin discutir la propuesta con Lord Moyne, responsable del gobierno británico en Oriente Medio. La negativa tajante de éste a la propuesta de Eichmann no fue ni personal, pues no hacía sino aplicar las consignas del gobierno inglés, ni menos todavía un rechazo moral a un odioso chantaje.

Ninguna duda es posible cuando se lee la reseña que de esta discusión hizo Brand: “Le suplica (Brand) que al menos dé un acuerdo escrito, aunque no lo cumpla al menos se salvarán cien mil vidas. Moyne le pregunta entonces cual sería la cantidad total. Eichmann habló de un millón. ¿Cómo puede usted imaginarse semejante cosa Mr. Brand? ¿Qué haría yo con un millón de judíos? ¿Dónde los metería? ¿Quién los acogería? Si en la tierra ya no hay sitio para nosotros, lo único que nos queda es dejarnos exterminar, dijo Brand desesperado”. Como lo subraya muy justamente “Auschwitz o la gran excusa” a propósito de ese “glorioso” episodio de la IIª carnicería mundial, “desgraciadamente, si bien existía la oferta, no había en cambio demanda. ¡No sólo los judíos, incluso los mismos SS se habían dejado engañar por la propaganda humanitaria de los Aliados! ¡Los aliados no querían para nada ese millón de judíos! Ni por diez mil camiones, ni por cinco mil, ni por nada”.

Cierta biografía reciente intenta demostrar que esa negativa se debió ante todo al veto de Stalin a ese intercambio. Esa no es sino una tentativa más por ocultar y atenuar la responsabilidad de las “grandes democracias” y su complicidad directa en el holocausto, lo que pone de relieve lo ocurrido al crédulo Brand, y eso aun cuando nadie puede poner en entredicho su veracidad. Baste con decir que durante toda la guerra ni Roosevelt ni Churchill se dejaron dictar su conducta por Stalin, y que en este punto preciso, como lo demuestran las declaraciones citadas arriba, aquellos dos estaban en la misma longitud de onda que el “padrecito de los pueblos”, pues en la dirección de la guerra aquellos no tenían nada que envidiarle en cinismo y en brutalidad a tal padrecito. El superdemócrata Roosevelt opondrá, por su parte, la misma negativa a otros intentos por parte de los nazis, especialmente cuando a finales de 1944 intentaron venderle judíos a la Organización de Judíos Americanos, transfiriendo, en prueba de su buena voluntad, unos dos mil judíos a Suiza, como lo cuenta en detalle Y. Bauer en un libro titulado “Juifs a vendre” (“Judíos en venta”; Ediciones Liana Levi).

Todo eso no se debió ni a errores ni a unos dirigentes que se habrían vuelto “insensibles” a causa de los terribles sacrificios que exigía la guerra contra la feroz dictadura fascista, explicación más corrientemente difundida por la burguesía para justificar la dureza de Churchill, por ejemplo, y otros episodios poco gloriosos de 1939-45. El antifascismo no ha expresado nunca un antagonismo real entre, de un lado, un campo que habría defendido la democracia y sus valores y de otro, un campo totalitario. No fue, desde el principio, sino una trampa tendida a los proletarios para justificar la guerra que se anunciaba ocultando su carácter clásicamente interimperialista y el objetivo de un nuevo reparto del mundo entre los grandes tiburones. Una guerra que anunció la Internacional Comunista desde la misma firma del tratado de Versalles, anuncio que el antifascismo insistió en querer borrar de la memoria obrera, con lo que acabó alistándolo finalmente en la carnicería más gigantesca de la historia. Si había que guardar silencio y cerrar cuidadosamente las fronteras a todos los que intentaban escapar del infierno nazi para “no desorganizar el esfuerzo de guerra”, después de la guerra todo iba a cambiar. La inmensa publicidad hecha repentinamente a partir de 1945 sobre los campos de la muerte iba a ser una buena oportunidad para la burguesía. Enfocar todos los proyectores sobre la realidad monstruosa de los campos de la muerte iba a permitir a los aliados ocultar los innumerables crímenes que ellos también habían cometido. La propaganda ensordecedora permitía también encadenar sólidamente al carro de la democracia a una clase obrera que podría oponer resistencia ante los sacrificios y la miseria que iba a seguir sufriendo después de la “Liberación”. Todos los partidos burgueses, desde la derecha hasta los estalinista, presentaban la “democracia” como un valor común a burgueses y obreros, valor que había que defender sin rechistar para evitar en el futuro nuevos holocaustos. Atacando a la Izquierda comunista hoy, la burguesía, fiel defensora de Goebbels, pone en práctica el célebre consejo de este dirigente hitleriano de que una mentira cuanto más gruesa mejor podría ser tragada. E intenta presentar a la Izquierda comunista como antepasada del “negacionismo”.

La clase obrera debe rechazar semejante calumnia y recordar quiénes fueron los que despreciaron el terrible sino de los deportados en los campos de la muerte, quiénes utilizaron cínicamente a aquellos pobres deportados en sus campañas sobre la superioridad intangible de la democracia burguesa, justificando así el sistema de explotación y de muerte que es el capitalismo. Hoy, frente a los esfuerzos de la clase dominante para reavivar el engaño democrático, utilizando el antifascismo, la clase obrera debe acordarse de lo que ocurrió durante los años 1930-1940, cuando se dejó engañar por ese mismo antifascismo, acabando por servir de carne de cañón en nombre de “la defensa de la democracia”.