La co-responsabilidad de los aliados y los nazis en el holocausto

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La conmemoración del aniversario de la liberación

del campo de concentración de Auschwtitz, con su cortejo de

imágenes y testimonios que reviven los horrores bien reales

del fascismo, es una nueva ocasión para que la burguesía

oculte la responsabilidad del “otro campo”, el

democrático, en las atrocidades de la segunda guerra

mundial.

Aparecen documentos inéditos que

ilustran una vez más los horrores sin nombre sufridos por

los deportados, y la barbarie sin límite de sus verdugos y

torturadores nazis. No es ninguna casualidad que esta ola de

verdad y “autenticidad” se pare justo cuando implica

al “campo democrático”. En efecto, los aliados

que lo sabían todo sobre la realidad del holocausto no

hicieron lo más mínimo para obstaculizar la

ejecución de los macabros planes nazis. La responsabilidad

de los revolucionarios es recordar esa realidad, tal y como

hacemos nosotros al republicar extractos de nuestro artículo

de la Revista Internacional nº 89 “La

corresponsabilidad de los aliados y de los nazis en el

Holocausto”.

Además, la barbarie de la que hizo

gala el bando democrático en la Segunda Guerra mundial no

tiene nada que envidiar a la del bando fascista, ni en cuanto al

horror ni en cuanto al cinismo con el que perpetraron sus crímenes

contra la humanidad como, por ejemplo en Dresde, Hamburgo o al

lanzar el horror nuclear sobre un Japón ya vencido. Por eso

afirmamos, junto a los compañeros de la Izquierda Comunista

de Francia de la cual reproducimos a continuación un

panfleto editado en Junio de 1945 “Buchenwald,

Maideneck: macabra demagogia”

publicado en L’Etincelle nº 6, que los responsables de

la guerra no son los proletarios alemanes, americanos o ingleses

–guerra que ellos no han querido- sino el capitalismo y la

burguesía

L`Etincelle nº

6, junio de 1945

Buchenwald,

Maidaneck: Demagogia macabra

El papel desempeñado por las

SS, los nazis y su campo de la muerte industrial, fue el de

exterminar en general a todos aquellos que se opusieron al régimen

fascista y sobre todo a los militantes revolucionarios que siempre

han estado a la vanguardia del combate contra la burguesía

capitalista, sea cual sea su forma: autocrática, monárquica

o “democrática”, cualquiera que sea su jefe:

Hitler, Mussolini, Stalin, Leopoldo III, Jorge V, Víctor

Manuel, Churchill, Roosevelt, Daladier o De Gaulle.

La burguesía internacional que, frente a la Revolución

rusa de octubre de 1.917, usó todos los medios posibles e

imaginables para aplastarla, que quebró la revolución

alemana en 1919 mediante una represión de una bestialidad

inaudita, que ahogó en sangre la insurrección

proletaria de China; que financió en Italia la propaganda

fascista y después, en Alemania, puso en el poder a Hitler

para ser el gendarme de Europa; esa misma burguesía se

gasta hoy millones para “financiar la exposición de

los crímenes hitlerianos”, la filmación y la

presentación al público de filmes sobre las

“atrocidades alemanas”, mientras las víctimas

de esas atrocidades siguen muriendo a veces sin cuidados y los

supervivientes no tienen ningún medio de vida.

Esa misma burguesía es la que por un lado pagó el

rearme de Alemania y, por otro, engañó al

proletariado arrastrándolo a la guerra con la ideología

antifascista; fue ella la de que esa manera, tras haber favorecido

la llegada al poder de Hitler, se sirvió hasta el final de

él para aplastar al proletariado alemán y

arrastrarlo a la guerra más sangrienta, a la carnicería

más abominable que imaginarse pueda.

Es esa misma burguesía la que manda representantes con

coronas de flores a inclinarse hipócritamente ante las

tumbas de los muertos que ella misma ha provocado, porque es

incapaz de dirigir la sociedad, porque la guerra es su única

forma de vida.

¡ES A ELLA A QUIEN ACUSAMOS!

Es a ella a quien acusamos, pues los millones de muertos por

ella asesinados no son más que el suma y sigue de una lista

interminable de mártires de la “civilización”,

de la sociedad capitalista en descomposición.

Los responsables de los crímenes hitlerianos no son los

alemanes, quienes, los primeros , en 1.934, pagaron con 450.000

vidas humanas la represión burguesa hitleriana y que

siguieron soportando esa despiadada represión cuando, al

mismo tiempo, empezó a ejercerse en el extranjero. Como

tampoco los franceses, ni los ingleses, ni los americanos, ni los

rusos, ni los chinos son responsables de los horrores de la guerra

que ellos no han querido pero que sus burguesías

respectivas les han impuesto.

En cambio, los millones de hombres, de mujeres asesinados en

los campos de concentración nazis, salvajemente torturados

y cuyos cuerpos se pudren por doquier, aquellos que han sido

aplastados durante esta guerra en el combate, aquellos que han

sido sorprendidos en medio de un bombardeo “liberador”,

los millones de cadáveres mutilados, amputados,

destrozados, desfigurados, pudriéndose bajo tierra o al

sol, los millones de cuerpos de soldados, mujeres, ancianos,

niños... todos esos millones de muertos claman venganza. No

claman venganza contra el pueblo alemán, el cual sigue

sufriendo, sino contra esa infame burguesía, hipócrita

y sin escrúpulos, la cual no ha pagado sino que se ha

aprovechado y sigue burlándose, como un cerdo cebado, de

los esclavos hambrientos.

La única postura para el proletariado

no es la de seguir los llamamientos demagógicos que tienden

a continuar y acentuar el chovinismo a través de los

comités antifascistas, sino la lucha directa de clase por

la defensa de sus intereses, de su derecho a la vida, lucha de

cada día, de cada instante hasta la destrucción del

monstruoso régimen, del capitalismo.

Extractos

de nuestro artículo publicado en REVISTA INTERNACIONAL nº

89:

La corresponsabilidad

de los aliados y de los nazis en el holocausto

LLa campaña ideológica

actual que intenta asimilar las posiciones políticas de la

Izquierda comunista frente a la IIª Guerra Mundial con el

llamado negacionismo (negación del exterminio de los judíos

por los nazis) tiene dos objetivos. Uno de éstos es manchar

y desprestigiar ante la clase obrera a la única corriente

política, la Izquierda comunista, que se negó a

ceder a la unión sagrada ante la IIª Guerra Mundial.

En efecto, la Izquierda comunista fue la única que denunció

la guerra –como lo hicieron anteriormente Lenin, Trotsky y

Rosa Luxemburgo con la Iª Guerra mundial- como una guerra

interimperialista de la misma naturaleza que la de 1914-18 y que

demostró que la pretendida especificidad de la IIª,

según la cual ésta habría sido consecuencia

de la lucha entre dos sistemas, la democracia y el fascismo, no

fue más que una vulgar mentira con la que alistar a los

proletarios en una carnicería sin límites. El otro

objetivo se inscribe en la ofensiva ideológica que pretende

hacer creer a los proletarios que la democracia burguesa sería,

a pesar de sus imperfecciones, el único sistema posible, y

que, por lo tanto, deberán movilizarse para defenderlo. Ese

es el mensaje que se les propone mediante todas esas campañas

ideológicas político-mediáticas que van desde

la operación “manos limpias” en Italia hasta el

“caso Dutroux” en Bélgica, pasando por la

matraca anti-Le Pen en Francia. En esta ofensiva, la función

adjudicada a la denuncia del negacionismo es la de presentar al

fascismo como el “mal absoluto”, disculpando así

al capitalismo como un todo de su responsabilidad en el

holocausto.

Una vez más, queremos aquí dejar bien claro que

la Izquierda Comunista no tiene nada que ver, ni de cerca ni de

lejos, con esa caterva “negacionista” que reúne

a la extrema derecha tradicional y a la “ultra-izquierda”-concepto

totalmente ajeno a la Izquierda comunista-. Para nosotros no se

trata ni mucho menos de negar la espantosa realidad de los campos

nazis de exterminio. Ya lo decíamos en el número

anterior de esta Revista: “pretender relativizar

la barbarie del régimen nazi incluso para denunciar la

mistificación anti-fascista significa, a fin de cuentas,

relativizar la barbarie del sistema capitalista decadente, de la

que ese régimen es una de las expresiones”. Por

eso, la denuncia del antifascismo como instrumento del

alistamiento del proletariado en la peor de las carnicerías

ínter-imperialistas de la historia y como medio de

disimular a quién es el verdadero responsable de todos esos

horrores, o sea, al capitalismo como un todo, no ha significado

nunca la menor complacencia en la denuncia del campo fascista,

cuyas primeras víctimas fueron los militantes proletarios.

En la esencia del internacionalismo proletario, del que la

Izquierda comunista ha sido siempre una defensora intransigente

–en recta continuidad con la verdadera tradición

marxista y por lo tanto enfrentada a todos aquellos que la

traicionaron, entre ellos los trotskistas-, ha estado siempre

denunciar a todos los campos enfrentados, denunciar que todos son

igualmente responsables de los horrores y del indecible

sufrimiento que todas las guerras interimperialistas causan a la

humanidad.

Ya hemos mostrado en números anteriores de esta Revista

cómo la barbarie del “campo democrático”

durante la II Guerra Mundial no tuvo nada que envidiar a la del

“campo fascista”, en el horror y en el cinismo con el

que fueron perpetrados horrendos crímenes contra la

humanidad, como fueron por ejemplo los bombardeos de Dresde y de

Hamburgo o el fuego nuclear abatido sobre el ya vencido Japón.

En este artículo nos ocuparemos de demostrar la complicidad

de los Aliados, que guardaron cuidadoso silencio, hasta el final

de la guerra, con los genocidios que estaba perpetrando el régimen

nazi, estando como estaban perfectamente al corriente de la

existencia de los campos de concentración y para qué

se utilizaban.

La burguesía quiso y propició la

subida al poder del fascismo

Antes de demostrar la complicidad aliada con los crímenes

perpetrados por los nazis en los campos de exterminio, debe

recordarse que la subida al poder del fascismo –presentado

siempre, desde la derecha clásica hasta la izquierda y

extrema izquierda del capital, o como un monstruoso accidente de

la historia o como una aberración surgida del cerebro

enfermo de un Hitler o un Mussolini- es, al contrario, la

consecuencia orgánica del capitalismo en su fase de

decadencia, de la derrota sufrida por el proletariado tras la ola

revolucionaria que acabó con la Iª Guerra Mundial.

La posición que defiende que la clase dominante no sabía

cuáles eran los verdaderos proyectos del partido nazi, o la

que de cierta manera ésta se habría dejado engañar,

no se aguantan de pie. El partido nazi hunde sus raíces en

dos factores determinantes para la historia de los años

treinta: por un lado, el aplastamiento de la revolución

alemana, que abre la puerta al triunfo de la contrarrevolución

a escala mundial; por otro, la derrota del imperialismo alemán

tras la Iª carnicería mundial. Desde el principio el

objetivo del naciente partido nazi fue, apoyándose en la

sangría infligida a la clase obrera de Alemania por el

Partido Social Demócrata (SPD) de Noske y Scheidemann,

rematar el aplastamiento del proletariado para así

reconstituir las fuerzas bélicas del imperialismo alemán.

Estos objetivos eran compartidos por el conjunto de la burguesía

alemana, por encima de ciertas divergencias reales tanto en lo que

se refiere a los medios a emplear como en lo concerniente al

momento más oportuno para usarlos. Las SA, milicias de

asalto en las que se apoyó Hitler en su marcha hacia el

poder, fueron las herederas directas de los cuerpos francos que

habían asesinado a Rosa Luxemburg, a Karl Liebnecht y a

miles de comunistas y militantes obreros. La mayoría de los

dirigentes de las SA habían iniciado su carrera de

carniceros en esos mismos cuerpos francos que constituían

la “guardia blanca” utilizada por el SPD para ahogar

en sangre la Revolución, con el apoyo de las tan

democráticas potencias victoriosas; las cuales, a la vez

que desarmaban al ejército alemán, ponían

sumo cuidado en dejar que las milicias contrarrevolucionarias

dispusiesen del suficiente armamento para llevar a cabo sus sucias

labores.

El fascismo no pudo arraigarse y prosperar sino gracias a la

derrota física infligida al proletariado por la izquierda

de capital, única capaz de frenar primero y vencer después

la ola revolucionaria que se extendió por Alemania desde

1918 hasta1919. Así de perfectamente claro lo tuvo el

Estado Mayor de los ejércitos alemanes al dar carta blanca

al SPD para que éste pudiera dar en enero de 1919 el golpe

decisivo al movimiento revolucionario que se estaba desarrollando.

Y si Hitler no fue apoyado en su intentona de golpe en München

en 1925, fue porque el ascenso del fascismo era considerado

prematuro todavía por los sectores más lúcidos

de la clase dominante. Había que rematar primero la derrota

del proletariado, utilizando hasta el final la mistificación

democrática mediante la República de Weimar; la

cual, aunque presidida por el Junker Hindemburg, se beneficiaba de

un disfraz radical gracias a la participación regular en

sus sucesivos gobiernos de ministros procedentes del llamado

partido “socialista”.

Pero en cuanto la amenaza proletaria quedó

definitivamente conjurada, la clase dominante, en su forma

–insistamos en ello- más clásica, por medio de

las joyas del capitalismo alemán, o sea los Krupps, los

Thyssen, AG Farben etc., no cejará en su apoyo total al

partido nazi y a su victoriosa marcha hacia el poder. Y es

entonces cuando la voluntad de Hitler de reunir todas las fuerzas

necesarias para la restauración de la potencia militar del

imperialismo alemán se corresponden exactamente con las

necesidades del capitalismo alemán. Éste, vencido y

expoliado por sus rivales imperialistas tras la Iª Guerra

Mundial, no puede, so pena de muerte, sino intentar reconquistar

el terreno perdido metiéndose en una nueva guerra.

Lejos de ser la consecuencia de una pretendida agresividad

germánica, agresividad congénita que por fin habría

encontrado en el fascismo el medio de darse rienda suelta, esa

voluntad no es otra que la estricta expresión de las duras

leyes del imperialismo en la decadencia del sistema capitalista

como un todo; leyes que, frente a un mercado mundial totalmente

repartido, no dejan otra solución a las potencias

imperialistas, perjudicadas en el reparto del “pastel

imperialista”, que la de intentar, mediante una nueva

guerra, llevarse una porción mayor. La derrota física

del proletariado alemán, por un lado, y el estatuto de

potencia imperialista expoliada que le tocó a Alemania tras

su derrota en 1918, por otro; hicieron del fascismo,

contrariamente a los países vencedores en donde la clase

obrera no había sido físicamente aplastada, el medio

más adecuado del capitalismo alemán para prepararse

para una segunda carnicería imperialista. El fascismo, como

forma brutal de un capitalismo de Estado que se estaba

fortaleciendo por todas partes, incluso en los países

llamados democráticos, era el instrumento de concentración

y centralización de todo el capital nacional en manos del

Estado frente a la crisis económica, para orientar la

economía hacia la preparación de la guerra. Hitler

llegó pues al poder de la manera más “democrática”,

o sea con el apoyo total de la burguesía alemana. En

efecto, una vez que la amenaza proletaria quedó

definitivamente descartada, la clase dominante ya no tenía

que preocuparse por mantener el arsenal democrático

siguiendo así el mismo proceso ya instaurado en Italia.

El capitalismo decadente exacerba el racismo

Si, quizás…”, nos dirán

algunos, “pero ¿Acaso no hacéis abstracción

de uno de los rasgos que distinguen al fascismo de las demás

fracciones de la burguesía; o sea, de su antisemitismo

visceral, siendo ésta la característica principal

que provocó el holocausto?”. Esa es la idea que

defienden en particular los trotskistas. Estos, de hecho, sólo

reconocen formalmente la responsabilidad del capitalismo y de la

burguesía en general en la génesis del fascismo, por

lo que añaden a renglón seguido que el fascismo es,

pese a todo, mucho peor que la democracia burguesa, como lo

demostraría el holocausto, y que, por lo tanto, ante la

ideología del genocidio no cabe la menor vacilación:

hay que escoger campo, o el de la democracia o el de los aliados.

Fue ese argumento, unido al de la defensa de la URSS, el que le

sirvió para justificar su traición al

internacionalismo proletario y su paso al campo de la burguesía

durante la IIª Guerra Mundial. Es pues de lo más

lógico encontrar hoy en Francia a la Liga Comunista

Revolucionaria y a su líder A. Krivine, con el apoyo

discreto pero real de Lutte Ouvrière, a la cabeza de la

cruzada antifascista y “antinegacionista” defendiendo

la visión del fascismo como ese “mal absoluto”

que lo hace cualitativamente diferente a todas las demás

expresiones de la barbarie capitalista, y contra el que la clase

obrera debería ponerse en la vanguardia del combate y por

la defensa, se podría decir, de la revitalización de

la democracia.

Que la extrema derecha y el nazismo sean en esencia

profundamente racistas nunca ha sido cuestionado por la Izquierda

comunista. Tampoco lo ha sido la espantosa realidad de los campos

de la muerte. Pero la verdadera cuestión es otra. Se trata

de saber si ese racismo y la abominable designación de los

judíos como chivo expiatorio de todos los males es

expresión de la naturaleza particular del fascismo,

producto maléfico de cerebros enfermos; o por el contrario,

consecuencia siniestra del modo de producción capitalista

enfrentado a la crisis histórica de su sistema,

transformación monstruosa pero natural de la ideología

nacionalista defendida y propagada por todas las fracciones de la

burguesía. El racismo es una característica de la

sociedad dividida en clases y no un atributo eterno de la

naturaleza humana. Si la entrada en decadencia del capitalismo ha

agudizado el racismo hasta grados nunca antes alcanzados, si el

siglo XX es el siglo en el que los genocidios ya no son la

excepción sino la regla, no es debido a no se sabe qué

perversión de la naturaleza humana. Es el resultado del

hecho de que frente a la guerra, ahora permanente, que cada Estado

debe llevar a cabo en el marco de un mercado mundial sobresaturado

y repartido hasta el más recóndito islote, la

burguesía, para poder justificar y soportar esa guerra

permanente está obligada en todos los países a

reforzar el nacionalismo por todos los medios. ¡Qué

ambiente más propicio, en efecto, para el incremento del

racismo que aquel que tan certeramente describió Rosa

Luxemburgo en el folleto en el que denuncia la Iª carnicería

mundial: “(…) toda la población de una

ciudad convertida en populacho, dispuesta a denunciar a

cualquiera, a ultrajar a las mujeres, gritando ¡hurra!, y a

llegar hasta el paroxismo del delirio propagando absurdos rumores;

un clima de crimen ritual, la atmósfera de pogromo en donde

el único representante de la dignidad humana era el agente

de policía en una revuelta de la calle.” Y

prosigue así: “Enlodada, deshonrada, embarrada en

sangre, ávida de riquezas: así se presenta la

sociedad burguesa, así es ella” (R. L.: “La

crisis de la socialdemocracia”).

Podrían retomarse exactamente los mismos términos

para describir las múltiples escenas de horror en la

Alemania de los años 30: saqueos de almacenes de judíos,

linchamientos, niños separados de sus padres,…O

evocar también la misma atmósfera de pogromo que

reinaba en Francia en 1945, cuando el diario l’Humanité

de los estalinistas vomitaba en la primera página aquella

ignominia de “¡Cada uno a por su boche (a los

alemanes se les llamaba despectivamente así, boches!).

No, el racismo no es especialidad exclusiva del fascismo, como

tampoco lo es su forma antisemita. Patton, el célebre

general de los “democráticos” Estados Unidos,

no dudaba en declarar que “los judíos son peor que

los animales” mientras el otro “gran liberador”,

Stalin, organizaba sus propios pogromos contra los judíos,

los gitanos, los chechenios, etc. El racismo es producto de la

naturaleza básicamente nacionalista de la burguesía,

sea cual sea la forma de su dominación, totalitaria o

“democrática”, nacionalismo puesto al rojo vivo

por la decadencia de su sistema.

Si el nazismo, con el asentimiento de la clase dominante, pudo

utilizar el racismo siempre latente en la pequeña

burguesía, para hacer de él y del antisemitismo la

ideología del régimen, fue debido a que la única

fuerza capaz de oponerse al nacionalismo, el proletariado, había

sido derrotada tanto física como ideológicamente.

Una vez más, por muy irracional y monstruoso que sea el

antisemitismo oficial, profesado y después puesto en

práctica por el régimen nazi, no se puede explicar

únicamente por la locura o la perversión de los

dirigentes nazis. Como lo subraya con toda justicia el folleto

publicado por el Partido Comunista Internacionalista titulado

Auschwitz o la gran excusa”, el exterminio de

judíos “se produjo no en un momento cualquiera

sino en plena crisis y guerra imperialistas. Y dentro de esa

gigantesca empresa de destrucción hay que explicarlo. El

problema se encuentra, por eso mismo esclarecido; ya no hay que

explicar el “nihilismo destructor” de los nazis, sino

por qué la destrucción se concentró en parte

contra los judíos”. Y para explicar por qué

la población judía, aunque no fuera la única,

fue señalada primero para la vindicta pública y

después exterminada en masa por el nazismo, hay que tener

en cuenta dos factores: las necesidades del esfuerzo de guerra

alemán y el papel desempeñado en ese periodo

siniestro por la pequeña burguesía. Esta última

se vio reducida a la ruina por la violencia de la crisis económica

en Alemania, cayendo progresivamente en una situación de

lumpenización. Así, desesperada, en ausencia de un

proletariado que pudiera desempeñar un papel de antídoto,

dio rienda suelta a todos los prejuicios reaccionarios típicos

de una clase sin porvenir alguno, enfangándose en el

racismo y el antisemitismo propagados por las formaciones

fascistas. Éstas señalaron con el dedo al judío,

imagen por excelencia del apátrida “chupasangres”,

como chivo expiatorio de la miseria a la que se veía

reducida esa clase insegura y sin futuro y así ganársela

para sus intereses.

Lo esencial de las primeras fuerzas de choque del fascismo

procedía efectivamente de una pequeña burguesía

en proceso de descomposición. Esa designación de los

judíos como enemigos por excelencia, tendrá también

la función de permitir al capitalismo alemán reunir

fondos a partir de la confiscación de los bienes de éstos

para el rearme de su imperialismo. Al principio tuvo que hacerlo

sin llamar la atención de quienes la vencieron en la Iª

Guerra Mundial. Los campos de concentración nacieron

también con el mismo objetivo: abastecer con mano de obra

gratuita a toda la burguesía, plenamente dedicada a la

preparación de la guerra.

El silencio cómplice de los Aliados

sobre la existencia de los campos de la muerte

Mientras que desde 1945 hasta hoy la burguesía no ha

cesado de exhibir, casi obscenamente, los montones de esqueletos

encontrados en los campos de exterminio nazis y lo cuerpos

esqueléticos de los supervivientes de aquel infierno, fue

en cambio muy discreta sobre esos mismos campos durante la guerra

misma; hasta el punto de que ese tema estuvo ausente de la

propaganda guerrera del “campo democrático”.

Eso de que los aliados sólo se habrían enterado de

lo que ocurría en Dachau, Auschwitz, Treblinka, cuando la

liberación de los campos en 1945, es una patraña que

nos cuenta con regularidad la burguesía pero que no resiste

al menor estudio histórico.

Los servicios de información ya existían entonces

y eran muy activos y eficaces, como lo demuestran ciertos

episodios de la guerra en los que desempeñaron un papel

determinante. La existencia de los campos de la muerte no se

libraba de su investigación. Esto está confirmado

por una serie de trabajos de historiadores sobre la IIª

Guerra Mundial. Así, el diario francés Le Monde,

muy activo por otra parte en la campaña antinegacionista,

escribía en su edición del 27 de septiembre de 1996:

Una matanza (la perpetrada en los campos) de la que un

informe del partido socialdemócrata judío, el Bund

polaco, había revelado, ya en la primavera de 1942, la

amplitud y el carácter sistemático, fue

oficialmente confirmada a los dirigentes norteamericanos por el

famoso telegrama del 8 de agosto de 1942 emitido por G. Riegner,

representante del Congreso Judío Mundial en Ginebra,

basándose en informaciones dadas por un industrial alemán

de Leipzig llamado Eduard Scholte. En esta época, como se

sabe, una gran parte de los judíos europeos que serían

más tarde aniquilados estaba todavía viva”.

Los gobiernos aliados por canales múltiples, estaban

completamente al corriente de los genocidios desde 1942, y sin

embargo los dirigentes del “campo democrático”,

los Roosevelt, Churchill y demás, hicieron todo para que

esas revelaciones, indiscutibles, no tuvieran la menor publicidad,

dando consignas estrictas a la prensa de entonces para que

mantuviesen la mayor reserva y discreción al respecto. De

hecho no hicieron el menor esfuerzo por intentar salvar la vida de

esos millones de seres condenados a muerte. Esto lo confirma ese

mismo artículo citado: “(…) el americano D.

Wyman demostró a mediados de los años 80 en su libro

“Abandono de los judíos” (Editorial

Calmann-Levy), que varios cientos de miles de vidas podrían

haberse salvado sin la apatía, cuando no la obstrucción

de ciertos organismos de la administración estadounidense

(como el Departamento de Estado) y de los aliados en general”.

Esos extractos del burgués y tan democrático

diario Le Monde no hacen sino confirmar lo que siempre ha

afirmado la Izquierda comunista, especialmente el folleto de

Amadeo Bordita y el PCInt “Auschwitz o la gran excusa”,

el cual se ve hoy designado mediante mentiras infames, a la

vindicta pública porque, según pretenden, habría

sido el origen de las tesis negacionistas sobre la inexistencia de

los campos de la muerte. Ese silencio de la coalición

adversaria de la Alemania hitleriana demuestra lo que valen las

virtuosas y ruidosas proclamaciones de indignación ante el

horror del holocausto que vociferan todos esos campeones de la

“defensa de los derechos humanos”.

¿Se explicaría ese silencio por el antisemitismo

latente de ciertos dirigentes del campo Aliado, como así lo

han afirmado historiadores israelíes después de la

guerra? Es cierto que el antisemitismo no es una especialidad de

los regímenes fascistas: recuérdese la declaración,

citada anteriormente, del general Patton. También podría

denunciarse el bien conocido antisemitismo de Stalin. Pero no es

esa la verdadera explicación del silencio de los Aliados,

entre cuyos dirigentes también había judíos o

próximos a organizaciones judías como Roosevelt.

También aquí el origen de esa notable discreción

está en las leyes que rigen el sistema capitalista, sean

cuales sean los ropajes, democráticos o totalitarios, con

los que se viste su dominación. Como en el campo

adversario, todos los recursos del campo Aliado se movilizaron al

servicio de la guerra. Ninguna boca inútil, todo el mundo

debe estar ocupado ya sea en el frente, ya sea en la producción

de armamento. La llegada en masa de poblaciones procedentes de los

campos, de niños y de ancianos que no podían ser

llevados al frente o a la fábrica, de hombres y mujeres

enfermos que no podían ser integrados inmediatamente en el

esfuerzo de guerra habría desorganizado dicho esfuerzo. Por

lo tanto se cierran las fronteras y se impide por todos los medios

tal emigración. A. Eden decidió en 1943, es decir en

un periodo en el que la burguesía anglosajona estaba

perfectamente al corriente de la existencia de los campos, a

petición de Churchill que “ningún navío

de las Naciones Unidas fuera habilitado para efectuar

transferencias de refugiados en Europa”. Mientras

Roosevelt añadía que “transportar a tanta

gente desorganizaría el esfuerzo de guerra” (W.

Churchill: “Memorias”; t. X). Estas son las

sórdidas razones que llevaron a esos “antifascistas”

y “demócratas” a mantener el más

absoluto silencio sobre lo que ocurría en Dachau,

Buchenwald y otros lugares de siniestra memoria. Las

consideraciones humanitarias que pretendidamente serían las

inspiradoras del campo antifascista no contaban para nada ante las

exigencias del esfuerzo de guerra.

La complicidad directa del “campo

democrático” en el holocausto

Los Aliados no se limitaron a mantener riguroso silencio

durante toda la Guerra acerca de los genocidios cometidos en los

campos. Fueron todavía más lejos en la abyección

y en el increíble cinismo que caracterizan a la clase

dominante en su conjunto. No sólo no vacilaron un instante

en arrojar un diluvio de bombas sobre las ciudades alemanas, se

negaron además a intentar la menor operación militar

de intervención en los campos. Así, cuando a

principios de 1944 podían haber bombardeado las vías

férreas que conducían a Auschwitz sin mayores

problemas, pues el objetivo estaba al alcance de la aviación

aliada y dos personas evadidas del campo habían descrito

con detalle el funcionamiento y la topografía del terreno,

no hicieron lo más mínimo.

Cuando “dirigentes judíos húngaros y

eslovacos suplican a los Aliados que pasen a la acción, en

un momento en que ya han empezado las deportaciones de judíos

de Hungría, designando incluso un objetivo: el cruce

ferroviario de Kosice-Presov. Es cierto que los alemanes podían

reparar las vías rápidamente. Sin embargo este

argumento no sirve para la destrucción de los crematorios

de Birkenau, lo cual habría desorganizado sin lugar a dudas

la máquina exterminadora. No se hará nada. En

definitiva, es difícil no reconocer que ni lo mínimo

se intentó, pues todo quedó enterrado en la mala

voluntad de los Estados Mayores y de los diplomáticos”

(Le Monde, 27/09/96).

Pero, contrariamente a lo que lamenta ese diario, no fue

simplemente por la “mala voluntad burocrática”

por lo que “el campo demócrata” fue cómplice

del holocausto. Esta complicidad fue perfectamente consciente. Los

campos de deportación fueron al principio esencialmente

campos de trabajo en los que la burguesía alemana podía

explotar a menor coste una mano de obra esclavizada, sometida

hasta el agotamiento y enteramente dedicada a las exigencias del

esfuerzo de guerra. Aunque ya habían existido campos de

exterminio, hasta 1942 fueron más la excepción que

la regla. Pero a partir de los primeros reveses militares serios

sufridos por el imperialismo alemán sobre todo frente a la

apabullante apisonadora estadounidense, al no poder alimentar a la

población y a las tropas alemanas, el régimen nazi

decidió liquidar a la población excedentaria

encerrada en los campos. Desde entonces, los hornos crematorios se

extendieron por todas partes y cumplieron su siniestra labor. El

innombrable horror de los dientes, las uñas y el pelo de

las personas gaseadas, cuidadosamente recuperados por sus verdugos

para alimentar la máquina de guerra alemana, eran los actos

de un imperialismo acorralado, retrocediendo en todos los frentes,

llevando hasta el final la profunda irracionalidad de la guerra

imperialista, devorando su cupo de carne humana cada vez más

gigantesco para defender sus intereses mortalmente amenazados por

sus rivales en el saqueo imperialista. El holocausto fue

perpetrado por el régimen nazi y sus esbirros sin la menor

vacilación, pero poco beneficio podía sacar de él

un capitalismo alemán que estaba metido, como hemos visto,

en una carrera desesperada por reunir los medios necesarios para

una resistencia eficaz ante el avance imparable de los Aliados. Y

en ese contexto fueron intentadas varias acciones, en general

directamente organizadas por las SS, para quitarse de en medio,

con beneficios, a cientos de miles cuando no millones de

prisioneros, vendiéndolos o intercambiándolos con

los Aliados.

El episodio más conocido de esa abominable y siniestra

venta fue la intentada ante Joel Brand dirigente de una

organización semiclandestina de judíos húngaros.

Brand, como lo ha contado A. Weissberg en su libro “La

historia de J. Brand” y recogido también en el

folleto “Auschwitz o la gran excusa”, fue

convocado en Budapest para entrevistarse con el jefe de las SS

encargado de la cuestión judía, A. Eichmann. Éste

le encargó que negociara con los gobiernos angloamericanos

la liberación de un millón de judíos a cambio

de diez mil camiones, precisando que podían ser menos y

estar dispuesto a aceptar otro tipo de mercancías. Las SS,

para dar prueba de la seriedad de su oferta, declararon que

estaban dispuestos a liberar a cien mil judíos en cuanto

Brand obtuviera un acuerdo de principio, sin haber obtenido nada a

cambio. Durante su viaje J. Brand conoció las cárceles

inglesas de Oriente Medio y, tras múltiples dificultades

que no tuvieron nada de casuales sino que fueron debidas a la

acción de los gobiernos Aliados para evitar una entrevista

oficial con semejante “aguafiestas”, pudo al fin

discutir la propuesta con Lord Moyne, responsable del gobierno

británico en Oriente Medio. La negativa tajante de éste

a la propuesta de Eichmann no fue ni personal, pues no hacía

sino aplicar las consignas del gobierno inglés, ni menos

todavía un rechazo moral a un odioso chantaje.

Ninguna duda es posible cuando se lee la reseña que de

esta discusión hizo Brand: “Le suplica (Brand) que

al menos dé un acuerdo escrito, aunque no lo cumpla al

menos se salvarán cien mil vidas. Moyne le pregunta

entonces cual sería la cantidad total. Eichmann habló

de un millón. ¿Cómo puede usted imaginarse

semejante cosa Mr. Brand? ¿Qué haría yo con

un millón de judíos? ¿Dónde los

metería? ¿Quién los acogería? Si en la

tierra ya no hay sitio para nosotros, lo único que nos

queda es dejarnos exterminar, dijo Brand desesperado”.

Como lo subraya muy justamente “Auschwitz o la gran

excusa” a propósito de ese “glorioso”

episodio de la IIª carnicería mundial,

desgraciadamente, si bien existía la oferta, no

había en cambio demanda. ¡No sólo los judíos,

incluso los mismos SS se habían dejado engañar por

la propaganda humanitaria de los Aliados! ¡Los aliados no

querían para nada ese millón de judíos! Ni

por diez mil camiones, ni por cinco mil, ni por nada”.

Cierta biografía reciente intenta demostrar que esa

negativa se debió ante todo al veto de Stalin a ese

intercambio. Esa no es sino una tentativa más por ocultar y

atenuar la responsabilidad de las “grandes democracias”

y su complicidad directa en el holocausto, lo que pone de relieve

lo ocurrido al crédulo Brand, y eso aun cuando nadie puede

poner en entredicho su veracidad. Baste con decir que durante toda

la guerra ni Roosevelt ni Churchill se dejaron dictar su conducta

por Stalin, y que en este punto preciso, como lo demuestran las

declaraciones citadas arriba, aquellos dos estaban en la misma

longitud de onda que el “padrecito de los pueblos”,

pues en la dirección de la guerra aquellos no tenían

nada que envidiarle en cinismo y en brutalidad a tal padrecito. El

superdemócrata Roosevelt opondrá, por su parte, la

misma negativa a otros intentos por parte de los nazis,

especialmente cuando a finales de 1944 intentaron venderle judíos

a la Organización de Judíos Americanos,

transfiriendo, en prueba de su buena voluntad, unos dos mil judíos

a Suiza, como lo cuenta en detalle Y. Bauer en un libro titulado

Juifs a vendre” (“Judíos en

venta”; Ediciones Liana Levi).

Todo eso no se debió ni a errores ni a unos dirigentes

que se habrían vuelto “insensibles” a causa de

los terribles sacrificios que exigía la guerra contra la

feroz dictadura fascista, explicación más

corrientemente difundida por la burguesía para justificar

la dureza de Churchill, por ejemplo, y otros episodios poco

gloriosos de 1939-45. El antifascismo no ha expresado nunca un

antagonismo real entre, de un lado, un campo que habría

defendido la democracia y sus valores y de otro, un campo

totalitario. No fue, desde el principio, sino una trampa tendida a

los proletarios para justificar la guerra que se anunciaba

ocultando su carácter clásicamente

interimperialista y el objetivo de un nuevo reparto del mundo

entre los grandes tiburones. Una guerra que anunció la

Internacional Comunista desde la misma firma del tratado de

Versalles, anuncio que el antifascismo insistió en querer

borrar de la memoria obrera, con lo que acabó alistándolo

finalmente en la carnicería más gigantesca de la

historia. Si había que guardar silencio y cerrar

cuidadosamente las fronteras a todos los que intentaban escapar

del infierno nazi para “no desorganizar el esfuerzo de

guerra”, después de la guerra todo iba a cambiar. La

inmensa publicidad hecha repentinamente a partir de 1945 sobre los

campos de la muerte iba a ser una buena oportunidad para la

burguesía. Enfocar todos los proyectores sobre la realidad

monstruosa de los campos de la muerte iba a permitir a los aliados

ocultar los innumerables crímenes que ellos también

habían cometido. La propaganda ensordecedora permitía

también encadenar sólidamente al carro de la

democracia a una clase obrera que podría oponer resistencia

ante los sacrificios y la miseria que iba a seguir sufriendo

después de la “Liberación”. Todos los

partidos burgueses, desde la derecha hasta los estalinista,

presentaban la “democracia” como un valor común

a burgueses y obreros, valor que había que defender sin

rechistar para evitar en el futuro nuevos holocaustos. Atacando a

la Izquierda comunista hoy, la burguesía, fiel defensora de

Goebbels, pone en práctica el célebre consejo de

este dirigente hitleriano de que una mentira cuanto más

gruesa mejor podría ser tragada. E intenta presentar a la

Izquierda comunista como antepasada del “negacionismo”.

La clase obrera debe rechazar semejante calumnia y recordar

quiénes fueron los que despreciaron el terrible sino de los

deportados en los campos de la muerte, quiénes utilizaron

cínicamente a aquellos pobres deportados en sus campañas

sobre la superioridad intangible de la democracia burguesa,

justificando así el sistema de explotación y de

muerte que es el capitalismo. Hoy, frente a los esfuerzos de la

clase dominante para reavivar el engaño democrático,

utilizando el antifascismo, la clase obrera debe acordarse de lo

que ocurrió durante los años 1930-1940, cuando se

dejó engañar por ese mismo antifascismo, acabando

por servir de carne de cañón en nombre de “la

defensa de la democracia”.

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