Guerra sin fin en Oriente Medio: el verdadero responsable es el capitalismo

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Todos
los grandes burgueses de este mundo capitalista nos han invitado a
conmemorar con ellos el 60 aniversario del desembarco en Normandía
del 6 de junio de 1944. Los Bush, Schröder, Chirac, Blair,
Poutine…, en un mismo arrebato, aliados o enemigos de ayer,
en una pretendida unidad que quisiera parecer muy emotiva, nos han
invitado a no olvidar lo que, según ellos, fue una epopeya
heroica por la defensa de la libertad y de la democracia. Según
el discurso ideológico dominante, esa unidad de la que
alardeaban aliados y enemigos de ayer debería llevarnos a
pensar que si se reflexiona en los «errores» del
pasado, corrigiéndolos, será entonces posible
construir un mundo de paz, un mundo estable y controlado. Un mundo
de paz, algo así como aquel “nuevo orden mundial”
que ya nos prometieron tras el desmoronamiento del bloque de la
URSS en 1989.

Y, sin embargo, los años 90 conocieron no sólo el
incremento de la barbarie bélica, sino la creciente
inestabilidad de toda la sociedad capitalista. El hundimiento del
bloque del Este, más o menos la sexta parte de la economía
mundial, significó la entrada de lleno del capitalismo en
su fase de descomposición. Las tensiones imperialistas que
dejaron de polarizarse en el enfrentamiento entre dos bloques
imperialistas rivales que se repartían el mundo no por eso
desparecieron, ni mucho menos. Han tomado la forma de la guerra de
cada uno contra todos de tal modo que los conflictos guerreros han
alcanzado unos niveles desconocidos desde la Segunda Guerra
mundial. La perspectiva de paz y de prosperidad anunciada por el
líder mundial norteamericano acabó en agua de
borrajas, y en su lugar lo que se ha instalado es la pesadilla de
una sociedad que se desagarra a escala mundial y el riesgo de
arrastrar a la humanidad entera al abismo. La primera guerra del
Golfo de 1991 no permitió que apareciera a las claras ese
aspecto de “todos contra todos”, que ya era, sin
embargo, determinante, al haber logrado Estados Unidos unir tras
sí a las grandes potencias, sobre todo gracias a lo que le
quedaba de autoridad sobre sus antiguos aliados. En cambio, en
Ruanda, en la antigua Yugoslavia, en el ex Zaire, por solo citar
estos conflictos, la tendencia a «cada uno para sí»,
la defensa por cada uno de ellos de sus propios intereses
imperialistas en detrimento de los de los demás, quedó
más explícita. Y el inicio del nuevo milenio ha
visto cómo ha ido creciendo esa dinámica de
conflictos imperialistas. Tras los atentados del 11 de septiembre
de 2001, Estados Unidos anunció solemnemente que haría
la guerra al terrorismo, que liberaría Afganistán
del atraso de los talibanes y que luego aportaría
prosperidad y democracia a Irak. El resultado es hoy una
inestabilidad en constante aumento, una inestabilidad mortífera
que se extiende no sólo en Irak, sino por toda aquella
región. Puede comprobarse, y es un fenómeno nuevo,
que la situación tiende a írsele de las manos
incluso a la potencia principal del planeta. Los objetivos que se
dio la burguesía estadounidense se le escapan. Las imágenes
triunfales tras la entrada de las tropas americanas en Bagdad, con
el derribo de una estatua de Sadam Husein, han sido sustituidas
por las de matanzas casi diarias, lo que demuestra la incapacidad
de EE.UU. para estabilizar la situación, dejando a la
población de aquel país en unas condiciones de vida
espantosas.

Las luchas encarnizadas entre “señores de la
guerra”, más o menos enfeudados a potencias
regionales o mundiales, que predominan ya en Irak y en Afganistán,
empiezan a extenderse a Arabia Saudí, con su ola de
atentados contra los extranjeros, las instalaciones petroleras y
el gobierno. La inestabilidad de este país está
poniendo en peligro la principal fuente de petróleo del
mundo (25 % de las reservas mundiales), haciendo planear un riesgo
suplementario en una situación económica ya
depresiva: el despegue de los precios del crudo que ya están
hoy por encima de los 40 $ por barril. En una dinámica así,
las propias grandes potencias pierden más y más toda
capacidad de orientar, como quisieran, la marcha de la sociedad en
su conjunto y están, evidentemente, incapacitadas para
darle la menor perspectiva.

Tampoco el corazón de Europa se libra de esa irrupción
del caos, como así lo han ilustrado los atentados del 11 de
marzo de 2004 en España. Todo eso plasma esa “entrada
del mundo en un período de inestabilidad nunca antes visto”

(Introducción a las “Tesis sobre la Descomposición”,
1990, Revista internacional n° 107) y que hoy se está
acelerando. En realidad, lo que ya la guerra del Golfo nos mostró
fue que desde principios del año 1991, “ante el
caos generalizado propio de la fase de descomposición, a la
que ha dado un acelerón considerable el desmoronamiento del
bloque del Este, no le queda otra salida al capitalismo, en sus
intentos de mantener en su sitio las diferentes partes de un
cuerpo que tiende a desmembrarse, que imponer el férreo
corsé que es la fuerza de las armas. Pero resulta que los
medios mismos que utiliza para intentar frenar un caos cada día
más bestial son un factor agravante de la barbarie guerrera
en la que está hundiéndose el capitalismo”

(“Militarismo y descomposición”, Revista
internacional n° 64.)

¿Es
el gobierno de Bush la causa profunda del desastre iraquí?

Los manifestantes antiBush, los consabidos discursos de
representantes de potencias como Francia y Alemania en la ONU,
incluso los desesperados gritos de algunas fracciones de la
burguesía de EE.UU., ven todos la posibilidad de invertir
la tendencia y volver a encontrar una estabilidad en el mundo
gracias a unos gobernantes menos aprovechados, menos cínicos,
más generosos e inteligentes.

La burguesía quisiera hacernos creer que la paz y la
estabilidad dependerían de quienes nos gobiernan.  Por
eso, el argumento preferido de las diferentes burguesías
que se opusieron a la guerra (porque no tenían en ésta
el menor interés, sino todo lo contrario) era que si Bush
hubiera respetado el “derecho internacional”, si
hubiera respetado la legalidad de la ONU, Irak no sería
ahora la ciénaga sanguinolenta que es y EE.UU. no estaría
en semejante atolladero. En el seno de la burguesía
norteamericana, la cual era globalmente favorable a la guerra,
cada vez se alzan más voces diciendo que la situación
actual es resultado de la incompetencia y de la estupidez de Bush
y de su administración, incapaces de estabilizar Irak. Esos
dos tipos de argumento son una falacia. Su único objetivo,
para la burguesía, es la necesidad de embaucar y embaucarse
a sí misma. La situación de inestabilidad anárquica
que se expande, es producto  directo de la situación
histórica en la que se encuentra metida la sociedad
capitalista de hoy. No depende de la mayor o menor capacidad de
una persona, como tampoco de la propia personalidad de ésta.
Porque:

“En lo que a la política internacional de Estados
Unidos se refiere, el alarde y el empleo de la fuerza armada no
sólo forman parte de sus métodos desde hace tiempo,
sino que es ya el principal instrumento de defensa de sus
intereses imperialistas, como así lo ha puesto de relieve
la CCI desde 1990, antes incluso de la guerra del Golfo. Frente a
un mundo dominado por la tendencia a «cada uno para sí»,
en el que los antiguos vasallos del gendarme estadounidense
aspiran a quitarse de encima la pesada tutela que hubieron de
soportar ante la amenaza del bloque enemigo, el único medio
decisivo de EE.UU. para imponer su autoridad es el de usar el
instrumento que les otorga una superioridad aplastante sobre todos
los demás Estados: la fuerza militar. Pero en esto, EE.UU.
está metido en una contradicción:

“– por un lado, si renuncia a aplicar o a hacer
alarde de su superioridad militar, eso no puede sino animar a los
países que discuten su autoridad a ir todavía más
lejos;

“– por otro lado, cuando utilizan la fuerza bruta,
incluso, y sobre todo, cuando ese medio consigue momentáneamente
hacer tragar sus veleidades a los adversarios, ello lo único
que hace es empujarlos a aprovechar la menor ocasión para
tomarse el desquite e intentar quitarse de encima la tutela
americana.”

(Resolución sobre la situación internacional del
XIIº Congreso de la CCI, Revista internacional n° 90,
1997).

Invocar la incompetencia de tal o cual jefe de Estado para
explicar la causa de las guerras permite a la burguesía
enmascarar la realidad, ocultar la aterradora responsabilidad del
capitalismo decadente y, con éste, la de toda la clase
burguesa mundial. Esa lógica permite, en efecto, absolver a
ese sistema de todos los crímenes encontrando excusas: la
locura de Hitler, su desequilibrio, serían la causa de la
IIª Guerra Mundial; y, de igual modo, la inhumanidad o la
incompetencia de Bush serían la causa de la guerra y de los
horrores actuales en Irak. En esos dos casos significativos, en
realidad, esos dos individuos, con sus temperamentos y sus
particularidades, corresponden a las necesidades de la clase que
los llevó al poder. En ambos casos, lo único que han
hecho es aplicar la política que su clase quería, la
de la defensa de los intereses del capital nacional. A Hitler lo
apoyó la burguesía alemana en su conjunto porque se
mostró capaz de preparar una guerra que se había
hecho inevitable por la crisis del capitalismo y la derrota de la
oleada revolucionaria que siguió a Octubre 1917. El
programa alemán de rearme en los años 30, seguido
por la guerra mundial contra la URSS y los aliados fue una empresa
a la vez inevitable, a causa de la situación de Alemania
tras el Tratado de Versalles de 1919, y destinada al fracaso. Fue,
en cierto modo, profundamente irracional. La locura de un tipo
como Hitler –o más bien, el haber puesto a semejante
insensato a la cabeza del Estado– no fue sino la expresión
misma de la irracionalidad de la guerra a la que se lanzaba la
burguesía alemana. Y lo mismo es con Bush y su
administración. Están llevando a cabo la única
política hoy posible, desde el punto de vista capitalista,
para defender los intereses imperialistas de EE.UU, su liderazgo
mundial, o sea, la guerra, la huida ciega en el militarismo. La
incompetencia del gobierno de Bush, especialmente a causa de la
influencia que en él haya podido ejercer una fracción
belicosa y ultra representada entre otros por Rumsfeld, Wolfowitz
y demás, su incapacidad para actuar basándose en una
visión a largo plazo, lo que pone de relieve es que la
política exterior de la Casa Blanca es, a la vez, la única
posible y destinada al fracaso. El que alguien como Colin Powell,
perteneciente a la misma administración y que sabe lo que
es dirigir una guerra, hiciera tantas advertencias, sin ser
escuchado, sobre la falta de preparación del conflicto en
el que se metía EE.UU, es una confirmación de esa
tendencia hacia lo irracional. Ha sido el conjunto de la burguesía
norteamericana quien ha apoyado una política militarista,
pues ésta es la única posible para la defensa de sus
intereses imperialistas. De hecho, las divergencias en su seno,
ante la catástrofe que es hoy Irak para la credibilidad de
EE.UU. y el mantenimiento de su liderazgo mundial, sólo
existen por cuestiones tácticas y, en ningún caso,
por reprobación de la guerra misma. Esto es tan cierto que
John Kerry, que se presenta como adversario demócrata de
Bush para las próximas elecciones presidenciales, no tiene
la menor alternativa que proponer sino es la de reforzar los
efectivos militares estadounidenses en Irak. Si las políticas
que deben hacerse y su éxito dependieran únicamente
de las cualidades de quienes gobiernan, por ejemplo de su
inteligencia, ¿cómo se explica entonces que la
política imperialista de un Reagan, sin duda no mucho más
dotado que Bush, obtuviera los reconocidos éxitos contra el
imperialismo ruso, en Afganistán en particular? La razón
está en las condiciones diferentes entre una y otra
situación: el estar a la cabeza de uno de los dos bloques
imperialistas rivales que dominaban el mundo, en cuyo seno había
una disciplina respecto al jefe de bloque,  confería a
Estados Unidos una autoridad mucho mayor. En cuanto a los
“defensores de la paz “ en Irak, como Schröder o
Chirac, su actitud hacia el conflicto no tiene nada que ver con no
se sabe qué mayores cualidades humanas de las que sus almas
estarían adornadas en comparación con su rival Bush,
sino porque esta guerra amenazaba directamente sus intereses
imperialistas respectivos. Para Alemania, la instalación de
Estados Unidos en Irak es un obstáculo para sus
perspectivas de avance hacia esa parte del mundo, hacia la que se
han orientado tradicionalmente sus esfuerzos de expansión.
Para Francia, le quita la influencia que le quedaba en ese país
merced a su apoyo, más o menos encubierto, a Sadam Husein.
Acabar con la guerra no se debe, en primer lugar, a las
capacidades propias de unos hombres políticos influyentes
en el aparato de Estado, ni mucho menos a su buena o mala
voluntad, sino a la lucha de clases.

La política de la burguesía en cada país
está determinada, de forma única e implacable, por
la defensa del capital nacional. Para ello pone en el poder a los
hombres que se muestran más capaces de responder a esas
necesidades. Si Kerry acaba sustituyendo a Bush en la presidencia
estadounidense, sería para intentar dar un nuevo impulso a
una política que seguiría siendo básicamente
la misma. Para que haya un mundo sin guerras no hay que cambiar de
gobiernos, sino destruir el capitalismo.

Ni la prevista transferencia de soberanía en manos de un
gobierno autóctono en Irak, ni la votación unánime
de la resolución de la ONU a favor de las modalidades de
esa transferencia, van a desembocar en una mayor estabilidad. Ni
tampoco el proyecto de Gran Oriente Medio. Menos todavía la
celebración con gran boato del desembarco de Normandía
del 6 de junio de 1944 y las declaraciones de las mejores
intenciones que la han acompañado.

Europa :
¿antídoto contra el desorden mundial?

¿Podría ser Europa un antídoto contra ese
desorden y esa anarquía o al menos limitar su extensión?
Francia y Alemania, como se pudo ver con ocasión de la
ampliación de la Unión, el 1º de mayo de 2004,
y también con las últimas elecciones europeas, han
alardeado presentando la construcción de Europa como un
factor de paz y de estabilidad en el mundo. Nos cuentan que si
lograra alcanzar la unidad política, sería una
garantía de paz. Mentira. Suponiendo que los estados de
Europa se entiendan para andar al mismo paso, un bloque europeo
sería también un factor de conflictos mundiales, al
ser un rival de Estados Unidos. El proyecto de constitución
europea no expresa otra cosa, en términos sibilinos, sino
la voluntad de algunos Estados de desempeñar, gracias a
Europa, un papel en el ruedo imperialista mundial:

“Los Estados miembros
apoyan activamente y sin reservas la política exterior y de
seguridad común de la Unión, con un espíritu
de lealtad y de solidaridad mutua, absteniéndose de toda
acción contraria a los intereses de la Unión o que
pudiera menoscabar su eficacia…”
(Capítulo
I-15).

Esta orientación es una amenaza para el liderazgo de
EE.UU., y por esto es por lo que este país no ha cesado de
poner zancadillas a la construcción de toda unidad europea,
por ejemplo, últimamente, apoyando la candidatura de
Turquía a su ingreso en la Unión. Sin embargo, la
unidad europea sólo existe en la propaganda. Para darse
cuenta de lo absurda que es la noción “bloque
europeo”, basta con observar a fondo lo que es hoy la
realidad de la Unión europea: el presupuesto europeo
alcanza un mísero 4% del PNB de la UE, cuya mayor parte
está destinada no a lo militar sino a la Política
agrícola común; no existe una fuerza militar bajo
mando europeo capaz de competir con la OTAN o el ejército
americano. Tampoco existe una superpotencia militar en la UE capaz
de imponer su voluntad a las demás (esto quedó muy
patente con la cacofonía que acompañó la
adopción de la Constitución europea) (1). Además,
la política de una de las principales potencias miembro de
la UE, el Reino Unido, consiste en mantener su objetivo (el mismo
desde hace 400 años) de dividir a las demás
potencias europeas, sus “socios” de la UE. En esas
condiciones, cualquier alianza europea no será más
que un acuerdo temporal y forzosamente inestable. Las guerras en
Yugoslavia e Irak sacaron a la luz hasta qué punto se
revienta la unidad política de Europa en cuanto los
intereses imperialistas de las diferentes burguesías que la
componen entran en danza. Aunque actualmente, países como
España e incluso Polonia y otros países
centroeuropeos, se están inclinando hacia Alemania, es esa
una tendencia limitada en el tiempo como así fue antes y
después de 1990 en otros casos como el de los altibajos en
la pareja franco-alemana. Sin embargo, ya sea con la tendencia
hacia la unidad política o ya sea con la desunión
patente, no podrán reducirse nunca las tensiones entre
países europeos. En el contexto actual de quiebra del
capitalismo y de descomposición de la sociedad burguesa, la
realidad nos muestra que la única política posible
de cada gran potencia es la de meter a las demás en
dificultades para poder imponerse ella. Esa es la ley del
capitalismo.

La inestabilidad, la creciente anarquía y el caos que se
están propagando no es algo específico de una u otra
región exótica y atrasada, sino que es el producto
del capitalismo en su fase actual, irreversible, de
descomposición. Y como el capitalismo domina el planeta, es
el planeta entero lo que está cada día más
dominado por el caos.

¿Qué
perspectiva para el porvenir de la humanidad?

Sólo el proletariado lleva en sí una perspectiva,
pues no sólo es la clase explotada sino y sobre todo la
clase revolucionaria de esta sociedad, o sea la clase portadora de
otras relaciones sociales libradas de la explotación, de la
guerra, de la miseria. Al concentrar en sí mismo todas las
miserias, todas las injusticias y toda la explotación,
posee potencialmente la fuerza de echar abajo el capitalismo e
instaurar el verdadero comunismo. Pero para ponerse a la altura de
ese reto histórico, deberá comprender que la guerra
es un producto del capitalismo en quiebra, que la burguesía
es una clase cínica de explotadores y de mentirosos. Una
clase que lo que más teme es que el proletariado acabe
percibiendo la realidad como es y no como quieren que se la crea
sus explotadores. Sólo el desarrollo de la lucha de clases,
por la defensa de sus condiciones de vida, hasta el derrocamiento
del capitalismo, podrá permitirle al proletariado paralizar
el brazo asesino de la burguesía. Recordemos que fue
gracias a la lucha de clases si la generación proletaria de
principios del siglo XX pudo poner término a la Primera
Guerra mundial. El proletariado tiene ante sí una gran
responsabilidad histórica. El progreso de la conciencia de
los retos que ante sí tiene, así como su unidad de
clase, serán factores determinantes. De ello depende el
porvenir de la humanidad entera.

G 15/06/04

1)
La propia constitución es un fracaso para los
“federalistas” que esperaban que se plasmara una
mayor unidad europea, pues está ausente de aquélla
cualquier idea de verdadero “gobierno europeo”,
manteniéndose en vigor la jaula de grillos
intergubernamental de siempre.

Geografía: