Las Conferencias internacionales de la Izquierda Comunista(1976-1980): Lecciones de una experiencia para el Medio Proletario

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Hace 25 años, en mayo de 1980, el ciclo de las Conferencias internacionales de la Izquierda comunista, que había arrancado a iniciativa del Partido comunista internacionalista (PCInt, Battaglia communista) unos años atrás, se terminó en el desorden y la confusión después de una moción sobre el partido propuesta por Battaglia comunista y la Comunist Workers Organisation. Esta moción tenía la clara intención de excluir a la CCI a causa de su posición supuestamente “espontaneista” sobre la cuestión de la organización.

Esas conferencias habían sido saludadas por la CCI por el avance positivo que eran para salir de la dispersión y los malentendidos entre los grupos, lo cual constituía una plaga para el medio proletario internacional. Las conferencias representan aún una experiencia válida de la cual la nueva generación de revolucionarios que hoy aparece puede sacar muchas lecciones y es importante para esta nueva generación apropiarse de los debates que han tenido lugar en las conferencias y alrededor de ellas. Sin embargo, no podemos ignorar los efectos negativos que se ocasionaron por la manera en la cual fueron interrumpidas. Un rápido vistazo al triste estado actual del medio político proletario muestra que todavía soportamos las consecuencias de ese fracaso para crear un marco organizado para un debate fraternal y una clarificación política entre los grupos de tradición de la Izquierda comunista.


Después del coqueteo del BIPR con los parásitos de la “Fracción Interna” de la CCI y con el aventurero que se esconde detrás del “Círculo de Comunistas internacionalistas” en Argentina, las relaciones entre esta organización y la CCI nunca habían sido tan malas. Los grupos de la tradición bordiguista o bien han permanecido autosatisfechos en la torre de marfil del aislamiento sectario en la cual se pusieron al abrigo de las conferencias de finales de los años 70 o –como en el caso de le Proletaire–, se han manifestado no menos propensos que el BIPR para tragarse las adulaciones de la FICCI. En todos los casos, los bordiguistas aún no se han recuperado de la crisis traumática que los golpeó en 1981 y de la cual sólo han sacado muy pocas lecciones en lo que toca a sus debilidades más importantes. Los últimos herederos de la izquierda alemana/holandesa, al mismo tiempo, han perdido ahora toda sustancia. Todo ello en el momento en el cual la nueva generación de elementos en búsqueda voltea hacia el movimiento comunista organizado para encontrar una guía y responder a sus aspiraciones, en un momento en el cual los retos de la historia nunca habían sido tan agudos.

Cuando Battaglia tomó la decisión de sabotear la participación de la CCI a las conferencias, afirmaba que había “asumido la responsabilidad que se debe suponerse en una fuerza revolucionaria seria” (Respuesta al Llamamiento que la CCI dirigió al medio proletario de 1983). Volviendo sobre la historia de esas conferencias queremos mostrar, entre otras cosas, la real responsabilidad de esa corriente en la desorganización de la Izquierda comunista.

No tratamos de hacer un informe exhaustivo de las discusiones en las conferencias y lo que de ellas se desprendió. Los lectores pueden remitirse a varias publicaciones que contienen los textos y las actas de esas conferencias, si bien son un tanto escasos ahora, de modo que ayuda para crear archivos en línea de esas publicaciones es bienvenida. Nuestro objetivo es resumir los principales temas que se abordaron en las reuniones y, sobre todo, examinar las razones centrales del fracaso de esas reuniones.

La salida de un largo periodo de dispersión: el contexto de las conferencias internacionales

La dispersión de las fuerzas de la izquierda comunista no era un fenómeno nuevo en 1976. La Izquierda comunista tiene sus orígenes en las Fracciones de izquierda de la Segunda internacional que entablaron el combate contra el oportunismo a partir de finales del siglo xix. Tambien ese combate se llevó a cabo de forma dispersa.

Así, cuando Lenin emprendió la lucha contra el oportunismo menchevique en el partido ruso, la primera reacción de Rosa Luxemburg fue la de ponerse del lado de los mencheviques. Cuando Luxemburg empezó a percibir la profundidad real de la capitulación de Kautsky, Lenin tardó en darse cuenta cuenta que ella tenía razón. Todo esto se debía a que los partidos de la Segunda Internacional estaban formados sobre una base nacional y realizaban casi toda su actividad a nivel nacional; la Internacional era más una federación de partidos nacionales que un partido mundial único. Aunque la Internacional comunista se comprometió en superar esas particularidades nacionales, siguieron tenien­do éstas un peso muy importante. No hay ninguna duda de que las fracciones comunistas de izquierda que comenzaron a reaccionar contra la degeneración de la IC a principios de los años 20 estaban también afectadas por ese peso; la izquierda, de nuevo, respondía de manera muy dispersa al desarrollo del oportunismo en la Internacional proletaria. La expresión más peligrosa y la más perjudicial de esta separación fue la zanja que casi inmediatamente dividió a la izquierda alemana de la izquierda italiana a partir de los años 20. Bordiga tendió a identificar el acento puesto por la Izquierda alemana en los consejos obreros con “el consejismo de fábrica” de Gramsci; y la Izquierda alemana no alcanzó realmente a ver en la izquierda italiana “leninista” un aliado posible contra la degeneración de la IC.

La contrarrevolución que golpeó con toda su rudeza a fines de los años 20 dispersó aún más las fuerzas de la izquierda, aún y cuando la Fracción italiana en el exilo trabajó con ahínco para combatir esa tendencia, tratando de establecer los fundamentos para una discusión y una cooperación internacionales sobre una base de principios. Así, la Fracción italiana abrió sus columnas a los debates con los internacionalistas holandeses, con los grupos disidentes de la oposición de izquierda y otros más. Esta apertura de espíritu que mostraba Bilan era –entre otros tantos avances programáticos más generales realizados por la Fracción en el exilio– una de las primeras víctimas en la formación oportunista del Partido comunista internacionalista en Italia al término de la guerra. Sucumbiendo ante una buena dosis de estrechez de espíritu nacional, la mayoría de la fracción italiana saludó las luchas obreras en Italia en 1943, sin tomar distancia para considerarlas en el contexto histórico global, y se precipitó para disolver la Fracción y proclamar la fundación de un nuevo partido (¡solamente en Italia!). Ese agrupamiento precipitado de varias fuerzas muy heterogéneas no cimentó la unidad de la Izquierda italiana sino que provocó nuevas divisiones. Primero, en 1945, con la Fracción en Francia cuya mayoría se opuso a la disolución de la Fracción italiana y criticó las bases oportunistas del nuevo partido. La Fracción francesa fue expulsada sumariamente de la organización internacional del PCI (La Izquierda comunista internacional) y formó la Izquierda comunista de Francia. En 1952 el mismo PCI sufrió una gran separación entre las dos alas principales del partido –los “damenistas” alrededor de Battaglia comunista y los “bordiguistas” en torno a Programa comunista, desarrollando este último en particular una justificación teórica del sectarismo más rígido, considerándose como el único partido proletario en todo el planeta (lo que no ha impedido otras rupturas y la coexistencia de varios “solos y únicos” Partidos comunista internacional en los años 70). Ese sectarismo es seguramente un tributo pagado a la contrarrevolución. Por un lado, era la expresión de una tentativa para mantener los principios en un ambiente hostil construyendo un muro de fórmulas incambiables sobre posiciones adquiridas a un enorme precio. Y por otro, expresaba la tendencia creciente a que los revolucionarios se quedaran aislados de su clase y a existir en un mundo de pequeños grupos, lo cual reforzaba el espíritu de círculo y un divorcio, análogo al de las sectas, con las necesidades reales del movimiento.

Empero, después de los áridos años 50 que representaron el nadir del medio revolucionario internacional, el clima social comenzó a cambiar. El proletariado volvió a la escena de la historia con las huelgas de mayo del 68, un movimiento que tuvo una dimensión política profunda ya que planteaba la cuestión de una nueva sociedad dando nacimiento a una plétora de grupos a los que su búsqueda de coherencia revolucionaria los conducía de manera natural hacia una reapropiación de las tradiciones de la Izquierda comunista. Entre los primeros en reconocer la nueva situación estaban los camaradas de la antigua ICF que ya habían retomado una actividad política con algunos jóvenes elementos que habían conocido en Venezuela y que formaron el grupo Internacionalismo en 1964. Después de los acontecimientos de mayo del 68, los camaradas de Internacionalismo se fueron a Europa para intervenir en el nuevo medio proletario que ese movimiento masivo había hecho nacer. Esos camaradas animaron, en particular, a los viejos grupos de la Izquierda italiana, los cuales tenían la ventaja de contar con una prensa y una forma organizativa estructurada, para actuar en tanto que centro del debate y de contacto entre los nuevos elementos en búsqueda, organizando una conferencia internacional. Recibieron una respuesta glacial, ya que las dos alas de la Izquierda italiana sólo veían en mayo 68 (al igual que en el otoño rampante italiano) una llamarada de agitación estudiantil. Después de varias tentativas frustradas para convencer a los grupos italianos de asumir su papel (ver la carta de la CCI a Battaglia en el folleto Tercera conferencia de los grupos de la Izquierda comunista, mayo 1980, Actas) los camaradas de Internacionalismo y del grupo Révolution internationale nuevamente formado en Francia, concentraron sus esfuerzos en el agrupamiento de los elementos nuevos producidos por el regreso del movimiento de la clase. En 1968, dos grupos en Francia –Cuadernos del comunismo de consejos y el grupo Comunistas de consejos de Clermont-Ferrand– se reunieron con el grupo Révolution internationale haciendo surgir Révolution internationale “nueva serie” que formaba entonces una tendencia internacional junto con Internacionalismo e Internationalism en los Estados Unidos. En 1972, Internationalism propuso una red internacional de correspondencia. Una vez más, los grupos italianos se pusieron al margen de este proceso aunque éste daba ya resultados positivos, en particular, una serie de conferencias en 1973-74, que reunía a la vez a RI y a algunos de los nuevos grupos de Inglaterra, entre ellos, World Revolution el cual se sumaría a la tendencia internacional que daría lugar a la CCI en 1975 (compuesta entonces por seis grupos: RI, Internationalism, WR, Internacionalismo, más Acción proletaria en España y Rivoluzione internazionale en Italia).

Primera Conferencia, Milán 1977

El ciclo de conferencias internacionales de la izquierda comunista se abrió en 1976 cuando Battaglia salió finalmente de su aislamiento en Italia y envió una propuesta de reunión internacional a un cierto número de grupos en el mundo.

La lista de los grupos era la siguiente:

– Francia: Révolution internationale, Pour une intervention communiste, Union ouvrière, Combat communiste;

– Inglaterra: Communist workers organisation, World revolution;

– España: Fomento obrero revolucionario;

– USA: Revolutionary workers group;

– Japón: Japan revolutionary communist league, Revolutionary marxist fraction (Kahuamura-Ha);

– Suecia: Forbundent arbetarmakt (Workers power league);

– Portugal: Combate.

La introducción al folleto Textos y actas de la Conferencia internacional organizada por el Partido comunista internacionalista (Battaglia comunista)”, apuntaba que

muy rápidamente, una selección “natural” se efectuó por la disolución de Union ouvrière y de RWG y por la interrupción de relaciones con Combat communiste cuyas posiciones políticas son probadamente incompatibles con los temas de la Conferencia…Por otro lado, las relaciones con el grupo portugués han sido interrumpidas después de un encuentro entre sus representantes y un enviado del PCInt a Lisboa, reencuentro en el curso del cual se constató el alejamiento de ese grupo en relación a los fundamentos del movimiento comunista. La organización japonesa no ha dado, en cambio, ninguna respuesta. Se puede suponer que no han recibido “El Llamado” del PCInt”.

El grupo sueco manifestó su interés pero no pudo participar.

Era un paso adelante importante que daba Battaglia, un reconocimiento de la importancia fundamental, no sólo de la necesidad de los ‘lazos internacionales’ (lo que cualquier grupo izquierdista puede reivindicar) sino del deber internacionalista de superar las divisiones en el movimiento revolucionario mundial y trabajar para su centralización y, en definitiva, su agrupamiento. La CCI saludó calurosamente la iniciativa de Battaglia como un golpe serio asestado al sectarismo y a la dispersión; además, su decisión para participar en la iniciativa tuvo un efecto saludable sobre su propia vida política ya que no estábamos enteramente inmunizados contra la funesta tendencia a considerarse el “solo y único” grupo revolucionario. Después de los cuestionamientos que habían sido planteados por la CCI sobre el carácter proletario de los grupos provenientes de la izquierda italiana, siguió una discusión sobre los criterios para juzgar la naturaleza de clase de las organizaciones políticas lo cual dio lugar después a una resolución sobre los grupos políticos proletarios adoptada en el congreso internacional de la CCI en 1976.

Había sin embargo numerosas debilidades importantes en la propuesta de Battaglia y en la conferencia que ésta suscitó en Milán en abril-mayo de 1977.

De entrada, la propuesta de Battaglia carecía de criterios claros de participación. En su origen, la razón dada para el llamado a la Conferencia era sobre qué significaba –con la distancia, está plenamente confirmado– el fenómeno en curso de la adopción del “Eurocomunismo” por algunos de los principales Partidos comunistas de Europa. Las implicaciones de una discusión sobre eso que Battaglia llamaba la “socialdemocratización” de los PC no eran claras, más importante aún, la propuesta no alcanzaba a definir las posiciones de clase esenciales que garantizarían que toda reunión internacional era una concentración de grupos proletarios y que excluiría el ala de izquierda del capital. La ambigüedad sobre esta cuestión no era nada nuevo para Battaglia que, en el pasado, había hecho llamados a una reunión internacional con los trotskistas de Lutte ou­vrière. En esta ocasión la lista de invitados también incluía a izquierdistas radicales tales como el grupo japonés y Combate comunista. La CCI insistió pues para que la Conferencia adoptara un mínimo de principios fundamentales que excluyera a los izquierdistas pero también a aquéllos que, aún defendiendo algunas posiciones de clase, se oponían a la idea de un partido de clase. La meta de la conferencia era pues encarar el cómo hacer parte de un proceso a largo plazo que condujera a la formación de un nuevo partido mundial.

Al mismo tiempo, las conferencias se alzaban directamente contra un sectarismo que ya estaba dominando el movimiento. Para comenzar, Battaglia parecía haber decidido que ella sería el único representante de la Izquierda italiana y por lo tanto no había invitado a ningún grupo bordiguista a la Conferencia. Esta actitud se reflejaba también en el hecho de que el llamado no estaba dirigido a la CCI como tal (que ya tenía una sección en Italia) sino solamente a algunas secciones territoriales de la CCI. Después, vimos la súbita decisión del grupo “Por una intervención comunista” de no participar, mientras que al principio estaba de acuerdo. En una carta fechada el 25/04/77 escribió que esa reunión no sería otra cosa que un “diálogo de sordos”. En tercer lugar, en la misma reunión, hubo una pequeña manifestación de aquello que más tarde sería un problema fundamental: el fracaso de la Conferencia para adoptar posiciones comunes. Al término de la reunión, la CCI propuso un corto documento que resumía los acuerdos y desacuerdos que habían surgido de la discusión. Era demasiado para Battaglia. Aún cuando este grupo se había dado objetivos grandiosos para la Conferencia –“las grandes líneas de una plataforma de principios fundamentales, de manera que nos permita empezar a trabajar en común; un buró internacional de coordinación” (Tercera circular del PCInt, febrero de 1977)– mucho antes de que se establecieran las premisas para un tal paso, se desanimó con solo pensar en firmar con la CCI una propuesta tan modesta como un resumen de acuerdos y desacuerdos.

De hecho, los únicos grupos capaces de participar a la reunión de Milán eran Battaglia y la CCI. La Communist Workers Organisation estaba de acuerdo en acudir –lo que era un gran avance ya que había llegado hasta la ruptura de toda relación con la CCI, tratándola de “contrarrevolucionaria” debido a su análisis de la degeneración de la Revolución rusa– pero no pudo asistir por razones prácticas. Ídem para el grupo en torno a Munis en España y en Francia, el FOR. Sin embargo esta discusión había abordado muchos de los puntos y fijó toda una serie de cuestiones cruciales, resumidas en la propuesta de toma de posición común de la CCI que señalaba cuáles habían sido éstas:

– un acuerdo sobre el hecho de que la sociedad capitalista estaba en una época de decadencia, si bien el análisis de las causas de ésta eran diferentes: la CCI defendía la tesis de Rosa Luxemburg según la cual la contradicción fundamental que ha producido la caída del capitalismo en la decadencia es el problema de la realización de la plusvalía, mientras que para Battaglia, esto era secundario en relación al problema de la baja de la tasa de ganancia;

– un acuerdo sobre la apertura de una nueva fase de crisis económica aguda;

– un desacuerdo sobre la significación del movimiento de clase de finales de los años 60 y principios de los 70, para la CCI representaban el signo del fin de la contrarrevolución mientras que, para Battaglia, era aún la contrarrevolución la que dominaba;

– un acuerdo sobre el papel contrarrevolucionario de los PC y de los PS, si bien la CCI criticó la definición de esas organizaciones como oportunistas o reformistas dada por Battaglia, ya que tales adjetivos sólo pueden aplicarse a organizaciones proletarias afectadas por la ideología burguesa;

– un acuerdo sobre el hecho que los sindicatos eran organizaciones de la burguesía, pero un desacuerdo sobre cómo intervenir en ellos. Battaglia hablaba aún de un trabajo en los sindicatos, que se podía incluso hacerse elegir en los “comités de fábrica” del sindicalismo de base. Al mismo tiempo, Battaglia hablaba de formar sus propios “grupos de fábrica”, a los cuales llamaba “grupos comunistas de fábrica” o “comités comunistas sindicales”;

– esta cuestión de los grupos de fábrica fue un punto no menos importante de discusión, Battaglia los veía como una correa de transmisión entre el partido y la clase y la CCI argumentaba sobre el hecho de que tales correas de transmisión no podían existir en la decadencia ya que en tal etapa no podía haber órganos de masas permanentes para remplazar a los sindicatos;

– esta cuestión estaba ligada a grandes desacuerdos sobre la cuestión del partido y de la conciencia de clase, Battaglia defiende la tesis de Lenin según la cual la conciencia debe ser aportada a los obreros “desde el exterior”, por el partido. Esta cuestión sería retomada en la siguiente conferencia.

Estas cuestiones han seguido siendo puntos de desacuerdo entre la CCI y Battaglia (y el BIPR) desde las conferencias (con un giro importante efectuado por el BIPR hacia el abandono de la noción misma de decadencia –ver los artículos recientes de la Revista internacional). Sin embargo, esto no representaba de ninguna manera un diálogo de sordos. Battaglia realmente evolucionó sobre la cuestión sindical, al menos hasta retirar el término “sindical” de sus grupos de fábrica. De la misma manera, entre algunas de las respuestas de la CCI a Battaglia sobre la conciencia de clase durante la reunión de Milán revelaban un “antileninsimo” visceral que la CCI tuvo que combatir en sus propias filas en los años que siguieron, en particular, en el debate con lo que se llamaría “la Fracción externa de la CCI” después de 1984. En resumen, era una discusión que podía conducir a clarificaciones de ambos lados y que tenía un gran interés para el medio político en su conjunto. La Conferencia sacaba, en efecto, un balance positivo de su trabajo en la medida en que hubo un acuerdo para continuar ese proceso.

Segunda Conferencia: Paris, noviembre de 1978

Esa conclusión se concretó en el hecho que la Segunda conferencia iba a marcar un paso adelante respecto a la primera. Estuvo mejor organizada, con criterios políticos de participación claros y logró ­juntar a más organizaciones que la primera. Muchos documentos de discusión fueron publicados así como las actas (ver volumen I y II del folleto Segunda conferencia de los grupos de la Izquierda comunista… aún disponible en francés).

Esta vez la Conferencia se abrió con muchos participantes: Battaglia, la CCI, la CWO, el Nucleo comunista internazionalista (Italia), Fur Kommunismen (Suecia) y FOR. Otros tres grupos que se declararon favorables a esta conferencia no pudieron estar presentes: Arbetarmakt, Il Leninista de Italia y la Organización comunista revolucionaria de Argelia.

Los temas de la reunión, de entrada, daban continuidad a la discusión de la Primera conferencia –la crisis y los fundamentos económicos de la decadencia capitalista, el papel del partido. Hubo también una discusión sobre el problema de las luchas de liberación nacional que era un escollo para la mayor parte de los grupos de tradición bordiguista. Esos debates representaron una importante contribución en un proceso más general de clarificación. Primeramente, permitieron a varios de los grupos que participaban en la conferencia ver que había muchas cosas en común para comprometerse en un proceso de agrupamiento, lo que no ponía en tela de juicio el marco general de las conferencias. Era el caso para la CCI y el grupo sueco Fur Kommunismen. En segundo lugar, esos debates aportaron un punto de referencia inestimable para el medio en su conjunto –incluyendo a los elementos que no pertenecían a un grupo en particular pero que buscaban una coherencia revolucionaria.

Sin embargo, esta vez, el problema del sectarismo iba a aparecer de manera mucho más aguda.

Los grupos bordiguistas fueron invitados a la Segunda conferencia pero su respuesta fue una expresión clásica de su rechazo a comprometerse en el movimiento real, de una actitud profundamente sectaria. El partido llamado PCI “de Florencia” (que se separó del principal grupo bordiguista Programma en 1972 y publica Il Partito comunista) respondió que no quería tener nada que ver con ningún “misionero de la unificación”. Pero, como lo subrayó nuestra respuesta en “La Segunda conferencia internacional”, Revista internacional no 16, la unificación no era ciertamente la cuestión inmediata:

la hora no ha sonado todavía para la unificación en un solo partido de diferentes grupos comunistas que existen actualmente”.

Ese mismo artículo se dirigía también a la respuesta de Programma:

un poco diferente –en cuanto al fondo de la argumentación– es el artículo de Programma, respuesta del segundo PCI. Lo que le distingue esencialmente es su tosquedad. El título del artículo “La lucha entre fottenti y fottuti” (literalmente entre el que da y el que le dan) muestra ya la “altura” donde se pone el PCI Programma, altura realmente poco accesible para los demás. ¿Habría que creer que Programma está a tal punto impregnado por costumbres estalinistas que no pueden concebir la confrontación de posiciones entre revolucionarios mas que en términos de ‘violadores’ y ‘violados’? Para Programma, ninguna discusión es posible entre grupos que se reclaman y se sitúan en el terreno del comunismo, especialmente imposible entre esos grupos. Se puede en rigor, marchar con los troskistas y otros maoístas en un comité fantasma de soldados, o aún más, firmar con estos mismos y con otros izquierdistas volantes comunes por la ‘defensa de obreros emigrados’, pero jamás encarar la discusión con otros grupos comunistas, menos aún entre los numerosos partidos bordiguistas. Aquí no puede reinar sino una relación de fuerza, si no se les puede destruir entonces ¡ignorar hasta su existencia! Violación o impotencia, tal es la única alternativa en la cual Programma quisiera encerrar el movimiento comunista y las relaciones entre los grupos. No tenien­do otra visión, la ve por todos lados y la atribuye a voluntad a los otros. Una Conferencia internacional de los grupos comunistas no puede, a sus ojos, ser otra cosa ni tener otro objetivo que el de pervertir a algunos elementos del otro grupo. Y si Programma no ha venido, no es cier­tamente porque le falten deseos de ‘violar’ sino porque teme ser impotente… Para Programma sólo se puede discutir consigo mismo. Por temor a ser impotente en una confrontación de posi­ciones con otros grupos comunistas, Programma se refugia en el ‘placer solitario’. Esta es la virilidad de una secta y el único medio de satisfacción.”

El PCI también había puesto por delante otra excusa: la CCI es “antipartido”. Otros más rechazarían la participación porque estaban contra el partido –Spartacusbund (Holanda) y el PIC que, como lo subraya el artículo, preferían mucho más la compañía del ala izquierda de los socialdemócratas que la de los “bordiguistas-leninistas”. Y en fin:

A la Conferencia aún le faltaba por presenciar el espectáculo del comportamiento del grupo FOR. Este grupo, después de haber dado su plena adhesión a la Primera conferencia de Milán y su acuerdo para la realización de la Segunda contribuyendo con textos para la discusión, se retracta en la apertura de ésta con el pretexto de no estar de acuerdo con el primer punto del orden del día, a saber, sobre la evolución de la crisis y sus perspectivas. El FOR desarrolla la tesis de que el capitalismo no está en crisis económica. La crisis actual no sería sino una crisis coyuntural como las que el capitalismo ha conocido y superado a lo largo de su historia. La crisis no abre pues ninguna perspectiva nueva, mucho menos una reanudación de las luchas del proletariado, todo lo contrario. El FOR, en cambio, profesa una tesis de ‘crisis de civilización’ totalmente independiente de la situación económica. Se encuentran en esta tesis los resabios del modernismo, herencia del situacionismo. No abriremos aquí un debate para demostrar que a los marxistas les parece absurdo hablar de decadencia y de hundimiento de una sociedad histórica, basándose únicamente en manifestaciones superestructurales y culturales sin referirse a su estructura económica, afirmando incluso que esta estructura –fundamento de toda sociedad– no conoce sino un reforzamiento y su más completo desarrollo. Es esta una actitud que se aproxima más a las divagaciones de un Marcuse que al pensamiento de Marx. Así, el FOR funda su actividad revolucionaria no sobre un determinismo económico objetivo sino sobre un voluntarismo subjetivo lo cual es atribu­to de todos los grupos contestatarios. Pero debemos preguntarnos algo: ¿son esas aberraciones la razón fundamental que ha dictado al FOR el retirase de la Conferencia? Ciertamente no. En su rechazo a participar a la Confe­rencia y, al retirarse del debate, se manifiesta ante todo su espíritu de capilla, de cada uno para sí, espíritu que impregna aún fuertemente a los grupos que se reclaman de del comunismo de izquierda” (1).

En resumidas cuentas, era muy evidente que el sectarismo era un problema en sí mismo. Sin embargo, la Conferencia rechazó el apoyar la propuesta de la CCI de hacer una toma de posición en común rechazando ese tipo de actitudes (si bien el Núcleo estaba a favor de tal propuesta). Las razones dadas eran que la actitud de los grupos no era el problema –el problema era las divergencias políticas. Esto era cierto para grupos como Spartacusbund y el PIC que, al rechazar el partido de clase, mostraban claramente que no podían aceptar los criterios. Pero lo que era falso es la idea según la cual la actividad política sólo reside en la defensa o el rechazo de posiciones políticas. La actitud, la trayectoria, el comportamiento y la práctica organizativa de los grupos políticos y de sus militantes tienen una gran importancia y la actitud sectaria cae justamente en esa categoría.

Hemos recibido la misma respuesta del BIPR en reacción a una de las crisis en la CCI. Según el BIPR, la tentativa de comprender las crisis internas hablando de problemas como el espíritu de círculo, el comportamiento clánico o el parasitismo es sólo una forma de evitar las cuestiones “políticas”, y más aún, una camuflaje deliberado. Con esa óptica, los problemas organizativos de la CCI se podrían explicar por nuestra visión errónea de la situación internacional o del periodo histórico; el impacto cotidiano de las costumbres y de la ideología burguesa en el seno de las organizaciones proletarias no tendría el más mínimo interés. Pero la prueba más clara de que el BIPR es deliberadamente ciego en esta materia ha sido aportada por su conducta lamentable en los últimos ataques contra la CCI perpetrados por los parásitos de la FICCI y del aventurero que se esconde detrás del “Círculo” en Argentina. Incapaz de ver la motivación real de esos grupos, que no tiene nada que ver con la clarificación de diferencias políticas, el BIPR se volvió directamente cómplice de su actividad destructiva (2). Las cuestiones de comportamiento no son falsas cuestiones para la vida política proletaria. Al contrario, son una cuestión de principio, ligada a una necesidad vital para toda forma de organización de la clase obrera: el reconocimiento de un interés común opuesto a los intereses de la burguesía. En pocas palabras, la necesidad de la solidaridad –y ninguna organización proletaria puede ignorar esta cuestión elemental sin tener que pagar un alto precio. Esto se aplica también al problema del sectarismo, que es también un medio para debilitar los lazos de solidaridad que deben unir a las organizaciones de la clase obrera. Al haberse negado a condenar el sectarismo en la Segunda conferencia, socavaron las bases mismas que las habían suscitado –la necesidad urgente de ir más allá del espíritu de cada uno para sí y trabajar por la unidad real del movimiento revolucionario. Al haber rechazado toda toma de posición en común, las Conferencias caían también en la trampa del sectarismo.

Según la definición de Marx: “la secta ve su razón de ser y su pundonor no en lo que tiene en común con el movimiento de la clase, sino en la característica que la distingue del movimiento” (Marx a Schwetzer, Correspondencia). Es una definición exacta del comportamiento de varios de los grupos que participaron en las Conferencias internacionales.

Tercera conferencia, Paris, mayo de 1980

Aún cuando permanecimos optimistas sobre el trabajo de la Segunda conferencia porque había marcado un avance significativo respecto a la Primera, los signos de peligro seguían ahí. Y se convertían en una alerta en la Tercera conferencia.

Los grupos que asistieron fueron: la CCI, Battaglia, la CWO, l’Eveil internationaliste, los Nuclei leninisti internazionalisti (salidos de un reagrupamiento entre Nuclei y Il Leninista) la Organización comunista revolucionaria de Argelia (que sin embargo no estuvo presente físicamente) y el Groupe communiste internationaliste que asistía como “observador” (3).

Las principales cuestiones en el orden del día eran de nuevo la crisis, sus perspectivas y las tareas de los revolucionarios en la actualidad. El balance sacado por la CCI de esta conferencia, “Algunas observaciones generales sobre las contribuciones para la Tercera conferencia internacional…”, publicado en el folleto la Tercera conferencia, hacía sobresalir una serie de puntos de acuerdo importantes que estaban en la base de la Conferencia:

– el capitalismo hace frente a una crisis que se profundiza y que conduce al sistema a una tercera guerra mundial;

– esta guerra será imperialista y los revolucionarios deberán denunciar ambos campos;

– los comunistas deben tener como meta el contribuir a la acción revolucionaria de su clase, única alternativa a una marcha hacia la guerra;

– la clase obrera debe liberarse de la influencia de partidos y sindicatos “obreros”, y ahí, la actividad de los revolucionarios sigue siendo vital.

Al mismo tiempo, el texto notaba que había enormes desacuerdos sobre el curso histórico, con Battaglia en particular, quien sostenía que podía haber simultáneamente un curso a la guerra y un curso a la revolución y que no era tarea de los revolucionarios decidir cuál de ellos iba a prevalecer. La CCI, por su lado, basándose en el método de la Fracción italiana en los años 30, insistía en el hecho que un curso a la guerra sólo podría establecerse sobre la base de un debilitamiento y de una derrota de la clase obrera y que, en el mismo sentido, una clase que iba a una confrontación revolucionaria con el capitalismo no podía estar encuadrada en una marcha hacia la guerra. Agregaba que era vital para los revolucionarios tener una posición tan clara como fuera posible sobre la tendencia dominante, ya que la forma y el contenido de su actividad deben ser adaptadas a las conclusiones que de ello se saquen.

La cuestión de los grupos de fábrica volvió a representar un escollo para los grupos. Presentado por Battaglia como una manera para desarrollar una influencia real y concreta en la clase, para la CCI esta concepción tenía como base una nostalgia por las épocas de las organizaciones permanentes y a gran escala tales como los sindicatos. La idea de que los pequeños grupos revolucionarios de hoy podían crear tal red de influencia, como las “correas de transmisión entre el partido y la clase”, revelaba cierta megalomanía sobre las posibilidades reales de la actividad revolucionaria en este periodo. Al mismo tiempo, sin embargo, la separación entre esta actitud y una comprensión del movimiento real podía tener como consecuencia una seria subestimación del trabajo auténtico que podían hacer los revolucionarios, una incapacidad para comprender la necesidad de intervenir en las formas reales de organización que habían empezado a aparecer en las luchas del 78-80: no solamente las asambleas generales y los comités de huelga (que harían su aparición más espectacular en Polonia pero que ya se habían antes manifestado en la huelga de los estibadores de Rótterdam), sino también los grupos y los círculos formados por las minorías combativas durante las huelgas o después de ellas. Sobre esta cuestión, la visión de la CCI era cercana a la desarrollada por los NLI en sus críticas al esquema “grupo de fábrica” de Battaglia.

Sin embargo, toda posibilidad de desarrollar la discusión sobre esta cuestión u otras se redujo a nada por la victoria definitiva del sectarismo sobre las conferencias.

En primer lugar, se rechazó la propuesta de la CCI de hacer una declaración común frente a la amenaza de guerra que era entonces, ciertamente, una cuestión central después de la invasión de Afganistán por Rusia:

La CCI pide que la conferencia tome posición sobre esta cuestión y propone una resolución, a discutir y enmendar si fuera necesario, para afirmar en conjunto la posición de los revolucionarios frente a la guerra. El PCInt la rechazó y, después le siguieron la CWO y l’Eveil internationaliste. La Conferencia enmudece. Tomando en cuenta los criterios de participación a la conferencia, todos los grupos presentes compartían inevitablemente la misma posición de fondo sobre la actitud que debe asumir el proletariado en caso de un conflicto mundial o frente a su amenaza. “¡Pero cuidado!” nos dicen los grupos partidarios del silencio, “¡es que nosotros no firmamos con cualquiera! ¡No somos oportunistas!” Nosotros les respondemos: oportunismo es traicionar los principios en la primera oportunidad. Lo que proponemos no es traicionar un principio sino afirmarlo con el máximo de nuestras fuerzas. El principio internacionalista es uno de los más altos y de los más importantes para la lucha proletaria. Cualesquiera que sean las divergencias que separan a los grupos internacionalistas, pocas organizaciones políticas en el mundo lo defienden de manera consecuente. La conferencia debe hablar sobre la guerra y debe hacerlo lo más fuerte posible.

El contenido de ese brillante razonamiento “no oportunista” es el siguiente: ya que las organizaciones revolucionarias no lograron ponerse de acuerdo sobre todas las cuestiones, no deben entonces hablar de aquellas cosas en las cuales están de acuerdo desde hace mucho tiempo. La especificidad de cada grupo prima por principio sobre lo que hay de común en todos. Eso es el sectarismo. El silencio de tres Conferencias es la demostración más nítida de la impotencia a que conduce el sectarismo” (Revista internacional no 22, “El sectarismo, una herencia de la contrarrevolución que debe ser superada”).

Ese problema no ha desaparecido: se ha manifestado en 1999 y en 2003 en las respuestas a las propuestas más recientes de la CCI para hacer una declaración común contra la guerra en los Balcanes y en Irak.

En segundo lugar, el debate sobre el partido se interrumpió súbitamente al término de la reunión por la propuesta de Battaglia y de la CWO de establecer un nuevo criterio, formulado de tal manera para eliminar a la CCI a causa de su posición que rechaza la idea de que el debe toma el poder en la revolución. Ese nuevo criterio era:

el partido proletario, un organismo que es indispensable para la dirección política del movimiento de la clase revolucionaria y del poder revolucionario mismo”.

Esto significaba poner fin a un debate incluso antes de que éste haya comenzado. Según Battaglia, era marca de un proceso de selección que eliminaba orgánicamente a los “espontaneistas” de las filas de la Conferencia, dejando sólo a los que estaban seriamente interesados en la construcción del partido revolucionario. De hecho, todos los grupos que asistían a la Conferencia estaban, por definición, comprometidos en la construcción del partido en tanto que perspectiva de largo plazo. Únicamente la discusión –enlazada con la práctica real de los revolucionarios– podía resolver los desacuerdos más importantes sobre la estructura y función del partido.

En realidad, el criterio de Battaglia y la CWO muestra que esos grupos no habían llegado ellos mismos a una posición clara sobre el papel del partido. En el momento de la Conferencia, elaborando frecuentemente grandes frases sobre el partido, “capitán” de la clase, Battaglia, insistiendo sobre la necesidad para el partido de permanecer diferenciado del Estado, rechazaba normalmente la visión bordiguista más “franca” que se sitúa como abogado de la dictadura del partido. En la Segunda conferencia, la CWO había elegido polemizar principalmente contra los criterios que hacía la CCI de los errores “substitucionistas” de los bolcheviques y declaraba categóricamente que el partido toma el poder, aunque “a través” de los soviets. Así, esos dos grupos difícilmente podían declarar “terminado” el debate. Pero la razón por la cual Battaglia –que comenzó las Conferencias sin ningún criterio y se volvía ahora fanática de los criterios especialmente “selectivos”– puso por delante ese criterio no era de ninguna manera una voluntad de clarificación, sino un impulso sectario para deshacerse de la CCI, vista como un rival que tenía que ser excluido, y así presentarse como el único polo internacional de agrupamiento. De hecho, esto se convertiría cada vez más en la práctica y la teoría del BIPR en los años 80 y 90, hasta el punto mismo de abandonar el concepto de campo proletario y de declarar ser la única fuerza que trabaja por el partido mundial.

Es importante comprender, además, que la otra cara del sectarismo es siempre el oportunismo y el trapicheo con los principios. Eso es lo que demostró el método con el cual ese nuevo criterio se puso en marcha –después de las negociaciones en los pasillos con la CWO y sacado de la manga sólo cuando el otro grupo que realmente se habría opuesto, el NCI, había ya dejado la Conferencia (esta maniobra es conocida con el nombre de “filibustería” en los parlamentos burgueses y evidentemente no debe haber sitio para ella en una reunión de grupos comunistas). Contra tales métodos, la carta de la CCI escrita a Battaglia después de la conferencia (publicada en la Tercera conferencia) mostraba lo que tendría que haber sido una actitud responsable:

Si, efectivamente, ustedes pensaban que era el momento para introducir un criterio suplementario, mucho más selectivo, para la convocatoria de futuras conferencias, la única actitud seria, responsable y compatible con la preocupación de la claridad y de discusión fraterna que debe animar a los grupos revolucionarios, habría sido la de pedir explícitamente que esta cuestión sea puesta en el orden del día de la conferencia y que se hayan preparado textos sobre ella. Pero, en ningún momento en el curso de la preparación de la Tercera conferencia, han planteado ustedes explícitamente tal cuestión. Solo después de las transacciones secretas con la CWO, al término de la Conferencia, ustedes lanzaron su bombita.

¿Cómo comprender su doble cara y la disimulación deliberada de sus reales intenciones? Por nuestra parte, nos es difícil no ver otra cosa que la voluntad de esquivar el debate de fondo, única cosa que hubiera permitido que la eventual introducción de un criterio suplementario sobre la función del partido hubiera tenido un sentido. Es por ello por lo que para poder llevar a cabo ese debate de fondo, aunque consideramos que una ‘selección’ sobre este punto sería muy prematura incluso después de tal discusión, hemos propuesto poner en el orden del día de la próxima conferencia la cuestión del partido, su naturaleza, su función y la relación partido-clase a partir de un texto histórico sobre la cuestión en le movimiento obrero y la verificación histórica de esas concepciones (proyecto de resolución presentado por la CCI). Es esta discusión la que ustedes han querido evitar (¿tanto les molesta?) y ello quedó claramente de manifiesto al término de la Conferencia cuando rechazaron explicar lo que ustedes entendían, en su propuesta de criterio, por la formulación de ‘el partido proletario, organismo indispensable en la dirección política del movimiento de clase revolucionario y del poder revolucionario mismo’. Para todos los participantes era claro que la única voluntad no era la de clarificar el debate sino ‘deshacerse’ en las conferencias de aquellos elementos que ustedes califican de ‘espontaneistas’ y principalmente de la CCI.

Por otro lado, esta manera insolente de actuar que expresa el más grande desprecio con respecto al conjunto de grupos participantes, de los que estaban presentes físicamente, pero igualmente y sobre todo, de aquéllos que por razones materiales no pudieron venir y, más allá de esos grupos, del conjunto del medio revolucionario para el cual las conferencias eran un punto de referencia, tal manera de actuar parece indicar que Battaglia comunista consideraría las Conferencias como algo suyo, que puede hacer y deshacer a su antojo, según su humor del momento. ¡No camaradas! Las Conferencias no son propiedad de Battaglia, ni siquiera del conjunto de los grupos organizadores. Las Conferencias pertenecen al proletariado porque constituyen un momento en el difícil y tortuoso camino de su toma de conciencia y de su marcha hacia la revolución. Y ningún grupo puede atribuirse sobre ellas un derecho de vida o muerte a través de una simple actitud poco pensada o de un rechazo temeroso de debatir a fondo los problemas que enfrenta la clase obrera”.

El oportunismo que se manifestó en la actitud de Battaglia y de la CWO se confirmó plenamente en la Cuarta Conferencia realizada en Londres en 1982. No solamente fue un fiasco desde el punto de vista de la organización, con mucho menos participantes que las conferencias precedentes, sin publicación de textos ni de actas, sin seguimiento, sino que representó también una alteración peligrosa de los principios, ya que el único nuevo grupo presente era el grupo “Por la unidad de los militantes comunistas” (Scum, en siglas inglesas)” –un grupo estalinista radical en relación directa con el nacionalismo kurdo, lo que es ahora el Partido comunista de trabajadores de Irán (conocido también bajo el nombre de “Hejmatistes”). Ese “rigor” sectario hacia la CCI y el medio proletario iba de la mano con una actitud muy complaciente con respecto a la contrarrevolución. El BIPR iba a reproducir de manera repetida esta actitud oportunista escandalosa para el agrupamiento, como lo pusimos en evidencia en el artículo: “Una polémica con el BIPR: una política oportunista de agrupamiento que no lleva mas que a abortos” (Revista internacional no 121).

Los años de la verdad para los revolucionarios

Los años 70 han sido años de crecimiento para el movimiento revolucionario que recogía todavía los frutos del primer asalto de las luchas obreras a finales de los 60. Pero desde principios de los 80, el ambiente político era considerablemente sombrío. La invasión por Rusia de Afganistán, la respuesta agresiva de Estados Unidos, marcaban de manera clara una exacerbación de los conflictos interimperialistas en los cuales empezaba a tomar terriblemente forma la amenaza de una guerra mundial. La burguesía hablaba cada vez menos de un futuro brillante que nos reservaría y comenzaba a hablar cada vez más el lenguaje del realismo, cuyo símbolo claro era el estilo de la “Dama de hierro” en Gran Bretaña.

Al principio de esa década, la CCI decía que los años de ilusión habían terminado y que comenzaban los años de la verdad. Confrontados al profundizamiento dramático de la crisis y a la aceleración de los preparativos de guerra, nosotros defendíamos el hecho de que la clase obrera iba a ser obligada a llevar sus luchas a un nivel más elevado y que el decenio siguiente iba a ser decisivo en lo que concernía a la determinación del destino final del capitalismo. El proletariado, bajo el apremio de la brutal necesidad, puso en efecto a un nivel mucho más elevado los retos de la lucha de clases. En Polonia, en agosto de 1980, presenciamos el regreso de la huelga de masas clásica que demostraba la capacidad de la clase obrera para organizarse a escala de un país entero. Aunque ese movimiento quedó aislado y finalmente aplastado por la represión brutal, la ola de luchas que comenzó en Bélgica en 1983 mostraba que los obreros de los países clave en Europa occidental estaban listos para responder a los nuevos ataques contra sus condiciones de vida impuestos por la crisis. Los revolucionarios tenían numerosas e importantes ocasiones para intervenir en el movimiento y, sin embargo, no era un periodo “fácil” para el militantismo comunista. La gravedad de la situación demandaba demasiado para aquéllos que no estaban listos para un compromiso de largo plazo por la causa del comunismo que necesariamente exigía, o bien se quedarían en el movimiento con toda clase de ilusiones pequeño burguesas heredadas de los días felices de los años 60. Al mismo tiempo, a pesar de la importancia de las luchas obreras de esa época, esas luchan no lograron izarse a un nivel suficiente de politización. Las luchas de los mineros ingleses, de los trabajadores de la educación en Italia, de los ferroviarios en Francia, la huelga general en Dinamarca…Todos esos movimientos y muchos otros expresaron claramente la desconfianza abierta de una clase que no estaba derrotada y que continuaba siendo un obstáculo para la marcha de la burguesía hacia la guerra mundial, pero esos movimientos no plantearon la perspectiva de una nueva sociedad, no ponían claramente por delante la identidad de la clase obrera como fuerza revolucionaria del porvenir. No producirían, en consecuencia, una nueva generación de grupos proletarios y de militantes.

El resultado global de esa relación de fuerzas entre las clases iba a constituir eso que llamamos la fase de descomposición del capitalismo, en la cual, ninguna de las dos clases históricas es capaz de plantear claramente la alternativa guerra o revolución. Para el medio revolucionario, los “años de la verdad” iban a revelar sin piedad toda su debilidad. El PCI (Programma) sufre una crisis devastadora a principios de los años 80, resultado de una carencia vital en su armamento programático –principalmente, sobre la cuestión de las luchas de liberación nacional que condujo a la penetración en sus filas de elementos abiertamente nacionalistas e izquierdistas. La crisis de la CCI en 1981 (que culminaba con la separación causada por la tendencia “Chenier”) era en gran medida el precio que tuvo que pagar por su debilidad para asimilar las cuestiones organizativas, mientras que la ruptura con la “Fracción externa de la CCI” mostraba que la Corriente tenía aún cuentas por saldar con los restos del consejismo de sus primeros años. El 1985, el BIPR se formaba sobre la base de un matrimonio entre Battaglia y la CWO. La CCI caracterizó esto como un “bluff opor­tunista”; el fracaso del BIPR, como consecuencia, para construir una organización internacional realmente centralizada, probaba que esa definición era más que justa.

Estos problemas no se habrían manifestado ciertamente si las Conferencias no hubiesen sido saboteadas a principios de esa década. Pero la ausencia de conferencias significaba que, una vez más, el medio proletario tenía que enfrentarlos de manera dispersa. Es casi un símbolo que las conferencias fracasaran en la víspera misma de la huelga de masas en Polonia, subrayando la dificultad del medio internacional para ser capaz de hablar con una sola voz, no solamente sobre la cuestión de la guerra sino también sobre una expresión tan abierta y estimulante como la alternativa proletaria.

De la misma manera, las dificultades a las cuales hace frente el medio político proletario hoy en día, no son del todo el producto del fracaso de las conferencias internacionales: tal como acabamos de verlo, las dificultades tienen raíces mucho más profundas y mucho más extendidas. Pero no hay ninguna duda de que la ausencia de un marco organizado de debate político y de cooperación ha contribuido a acentuarlas.

No obstante, dada la aparición de una nueva generación de grupos y de elementos proletarios, la necesidad de un marco organizado se presentará ciertamente en el futuro. Una de las primeras iniciativas del NCI en Argentina había sido la de hacer una propuesta en ese sentido, pero sólo tuvo el vacío como respuesta de casi todos los grupos del medio proletario. Propuestas como esas serán sin embargo realizadas en el futuro, aún si la mayoría de grupos “establecidos” son cada vez manos capaces de hacer una contribución, aunque sólo sea un poco positiva, al desarrollo del movimiento. Cuando esas propuestas empiecen a dar sus frutos, deberán seguramente reapropiarse de las lecciones de las conferencias de 1976-80.

En su carta a Battaglia en su folleto “la Tercera conferencia”, la CCI despejaba las lecciones más importantes:

“– Importancia de esas conferencias para el medio revolucionario y para el conjunto de la clase,

“– necesidad de tener criterios,

“– necesidad de pronunciarse,

“– rechazo a toda precipitación,

“– necesidad de la discusión más profunda sobre las cuestiones cruciales enfrentadas por el proletariado”.

Si estas lecciones son asimiladas por la nueva generación, entonces el primer ciclo de conferencias no habrá fracasado completamente en su tarea.

Amos

Apéndice: notas breves
sobre los grupos mencionados

Algunos de los grupos mencionados en este artículo desaparecieron poco después.

Spartacusbond

Este grupo era uno de los últimos representantes que quedaban de la Izquierda holandesa, pero en los años 70, era ya sólo una sombra del comunismo de consejos de 1930 y de Spartacus Bond de la posguerra que reconocía la necesidad de un partido proletario.

Forbundet Arbetarmkt

Un grupo sueco que representaba una curiosa mezcla de consejismo e izquierdismo. Definía a la URSS como “el modo burocrático de Estado de producción” y apoyaba las luchas de liberación nacional y el trabajo en los sindicatos. Sin embargo, había divergencias considerables en su seno y algunos miembros lo abandonaron a finales de los 70 para sumarse a la CCI.

Pour une Intervention communiste

Salido de la CCI en Francia en 1973, diciendo que la CCI no intervenía demasiado (para el PIC, esto quería decir el producir sin fin cantidades de volantes). El grupo evolucionó rápidamente hacia las posiciones semiconsejistas y acabo disolviéndose.

Nuclei comunista internazionalista

Este grupo salió del PCI (Programa) en Italia a finales de los 70 y tenía al principio una actitud mucho más abierta frente a la tradición de Bilan y del medio proletario existente, una actitud que puede verse en muchas de sus intervenciones en las conferencias. En la época de la Tercera conferencia, se agrupó con Il Leninista para formar los Nuclei leninisti internazionalisti. Poco después, constituirá la Organizzazione comunista internazionalista que acabaría cayen­do en el izquierdismo. La debilidad inicial del NCI sobre la cuestión nacional había encontrado el terreno para echar raíces ya que la OCI intervino para apoyar abiertamente a Serbia en la guerra en 1999 y a Irak en las dos guerras del Golfo.

Fomento obrero revolucionario

Corriente fundada por Grandizo Munis en los años 50. Munis había roto con el trotskismo sobre la cuestión de la defensa de la URSS y había evolucionado hacia posiciones de la Izquierda comunista. Las confusiones del grupo sobre la crisis y la muerte de Munis, que era muy carismático, dieron un golpe mortal a esa corriente que desaparecería en los años 90.

L’Eveil internationaliste (el Despertar internacionalista)

Este grupo apareció en Francia a finales de los años 70 después de una ruptura con el maoísmo. En la Tercera Conferencia, pretendió dar lecciones a los demás grupos sobre sus insuficiencias en materia de teoría y de intervención y desapareció sin dejar huellas poco tiempo después.

Organización comunista revolucionaria de Argelia

Conocida alguna vez con el nombre de TIL, nombre de su periódico, Travailleurs immigrés en lutte. Apoyaba las conferencias pero afirmaba que no podía participar físicamente por razones de seguridad. Esto formaba parte de un problema mucho más amplio –evitar la confrontación con el medio revolucionario. No logró sobrevivir mucho tiempo durante los años 80.

1 Es interesante notar que el FOR parece haberse anotado una victoria póstuma en esa conferencia. Hay toda una similitud impactante entre su idea que la sociedad capitalista es decadente, pero no la economía capitalista, y el nuevo descubrimiento del BIPR de una distinción entre el modo capitalista de producción (no decadente) y la formación social capitalista (decadente). Ver en particular el texto de Battaglia: “Decadencia y descomposición, productos de la confusión” y nuestra respuesta en nuestro sitio Web en francés.

2 Ver en particular: “Carta abierta a los militantes del BIPR” en nuestro sitio Web.

3 La actitud del GCI en la Conferencia mostraba, como lo habíamos observado en la Revista internacional no 22, que no tenía un lugar en una reunión de revolucionarios. Aún cuando la CCI no había desarrollado todavía su comprensión del fenómeno del parasitismo político en la época de las conferencias, el GCI mostraba ya todas las características distintivas: fue a la conferencia sólo para denunciarla como una “mistificación”, insistía en el hecho de que estaba presente en tanto que observador y que se le debía permitir hablar sobre todas las cuestiones, y en un momento dado, provocó casi una pelea a puñetazos. En resumen, es un grupo que existe para sabotear el movimiento proletario. En la conferencia hizo grandes declaraciones a favor del “derrotismo revolucionario” y del “internacionalismo de acción y no sólo de palabra”. El valor de esas frases puede medirse en la sarta de apologías a las bandas nacionalistas en Perú y en El Salvador que hace el GCI en su sitio, y de su visión actual según la cual hay un núcleo proletario para la “Resistencia” en Irak.