XVIº Congreso de la CCI: Resolución sobre la situación internacional

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1.
En 1916, en el capítulo introductorio del Folleto de
Junius
, Rosa Luxemburg explicaba el significado histórico
de la Primera Guerra mundial:

Federico
Engels dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un
dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie”.
Pero ¿qué significa “regresión a la barbarie”
en la etapa actual de la civilización europea? Hasta ahora
leíamos estas palabras sin reflexionar y las repetíamos
sin darnos cuenta de su terrible gravedad. En este momento basta
mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la
regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. El triunfo
del imperialismo conduce a la liquidación de la civilización;
de manera esporádica durante una de las guerras modernas, pero
definitivamente si el período de guerras mundiales que ahora
se inicia se mantiene imparable hasta sus últimas
consecuencias. Es exactamente lo que Federico Engels pronosticó,
una generación antes que nosotros, hace cuarenta años.
Hoy nos encontramos ante esa alternativa: o triunfo del imperialismo
y con ello decadencia de toda civilización lo que, como en la
antigua Roma, conlleva la despoblación, la desolación,
la degeneración, en definitiva un enorme cementerio; o
victoria del socialismo, es decir de la lucha consciente del
proletariado contra el imperialismo y contra su método de
actuación: la guerra. Ese es el dilema en que se encuentra la
historia de la humanidad, una disyuntiva que aún debe
resolverse según actúe el proletariado consciente. El
proletariado debe inclinar decisivamente la balanza mediante su
combate revolucionario. De ello depende el porvenir de la
civilización y de la humanidad.»

La
guerra en el capitalismo decadente

2.
Casi noventa años más tarde el laboratorio de la
historia ha demostrado sobradamente la claridad y la precisión
del diagnóstico efectuado por Rosa Luxemburg, esto es, que el
conflicto que estalló en 1914 inauguró un “periodo de
guerras ilimitadas” que conducirían, si no encontraban
respuesta, a la destrucción de la civilización.

Sólo veinte años después de que la
rebelión del proletariado pusiera fin a la Primera Guerra
mundial pero no lograra acabar con el capitalismo, estallaba la
Segunda Guerra mundial imperialista que superó con creces la
profundidad y la extensión de la barbarie alcanzada durante la
primera. Esta nueva carnicería se caracterizó no sólo
por el exterminio masivo y sistemático de seres humanos en los
campos de batalla; sino, ante todo y sobre todo, por el genocidio de
pueblos enteros, por la masacre de millones de civiles en los campos
de la muerte de Auschwitz o Treblinka o machacados por los bombardeos
que arrasaron ciudades enteras desde Coventry, Hamburgo y Dresde,
hasta Hiroshima y Nagasaki.

Por si mismo, el período 1914-1945 ya habría
bastado para confirmar que el sistema capitalista se había
adentrado, de manera irreversible, en una etapa de decadencia; que se
había convertido ya en un obstáculo fundamental para
las necesidades de la humanidad.

3.
Los 60 años transcurridos desde 1945 no han puesto en absoluto
en entredicho esa conclusión, por mucho que la propaganda
burguesa se empeñe en proclamar lo contrario, como sí
el capitalismo pudiera vivir su declive histórico durante una
década, y salir milagrosamente de él en la década
siguiente. Antes incluso de que acabase la segunda carnicería
imperialista, dos nuevos bloques imperialistas empezaron ya a actuar
para hacerse con el control del planeta. Tanto es así que los
Estados Unidos llegaron incluso a retrasar la finalización de
la guerra contra Japón, no para ahorrar víctimas entre
sus propias tropas sino para poder hacer una espectacular
demostración de su terrorífico poderío militar
borrando del mapa Hiroshima y Nagasaki. El destinatario de tal
exhibición no era desde luego un Japón ya derrotado
sino el nuevo rival ruso. Pero es que, pocos años más
tarde, los dos nuevos bloques imperialistas se habían dotado
ya de suficiente armamento no ya para destruir la civilización,
sino para acabar con cualquier signo de vida en el planeta. Durante
los cincuenta años siguientes a 1945 la humanidad ha vivido
acogotada por el Equilibrio del Terror (cuyas siglas en inglés:
MAD – Mutual Assured Destruction – también pueden
traducirse por “el loco”). En las regiones subdesarrolladas de la
Tierra millones de personas sufrieron terribles hambrunas, mientras
la maquinaria de guerra de las grandes potencias imperialistas
acaparaba todos los recursos del trabajo humano y de las innovaciones
científicas que exigía su insaciable apetito. Además
otros tantos millones de seres humanos murieron en las llamadas
“guerras de liberación nacional” que eran en realidad la
expresión de las sangrientas rivalidades entre las grandes
superpotencias en Corea, Vietnam, el subcontinente indio, África
y Oriente Medio.

4.
El discurso de la burguesía dice que fue ese Equilibrio del
Terror lo que “salvó” al mundo de un tercer, y
probablemente definitivo, holocausto imperialista. Por ello debíamos
estarle agradecidos a la bomba. Pero si una tercera Guerra mundial no
acabó por estallar se debió en realidad a que:

– en un primer momento, los dos nuevos bloques imperialistas que se
habían formado necesitaban organizarse y condicionar con
nuevos lemas ideológicos a la población para poder
movilizarla contra un nuevo enemigo. Por otro lado, el boom
de la reconstrucción (financiada por el plan Mar­shall) de
las economías destruidas durante la Segunda Guerra mundial,
permitió un cierto sosiego de las tensiones imperialistas.

– posteriormente, a finales de los años 60,
cuando ya el “boom” económico de a reconstrucción
tocaba a su fin, el capitalismo no tenía ya enfrente a un
proletariado derrotado como durante la crisis de los años 30,
sino a una nueva generación de trabajadores dispuestos a
defender sus intereses de clase frente a las exigencias de sus
explotadores. En el capitalismo decadente, la guerra mundial requiere
la movilización activa y completa del proletariado. Por ello,
las oleadas internacionales de huelgas obreras que comenzaron con la
huelga general en Francia en mayo de 1968, pusieron en evidencia que,
durante los años 1970 y 80, que no existían las
condiciones de esa movilización para la guerra.

5.
El desenlace definitivo de la larga rivalidad que sostuvieron el
bloque ruso y el norteamericano no fue pues una guerra mundial, sino
el hundimiento del bloque ruso. Incapaz de competir económicamente
con la potencia americana muchísimo más avanzada, así
como de reformar sus rígidas instituciones políticas;
cercada militarmente por su rival, y – como pusieron de manifiesto
las huelgas de masas en Polonia en 1980 – incapaz también de
alistar al proletariado para la guerra, el bloque imperialista ruso
hizo implosión en 1989. Este triunfo de Occidente fue
rápidamente presentado como el signo anunciador de un nuevo
período de paz mundial y prosperidad. Pero igualmente sin
tardanza estallaron nuevos conflictos imperialistas que tomaron una
nueva forma pues ya no existía la conocida unidad del bloque
occidental sino que entre los antaño aliados surgían
ahora feroces rivalidades imperialistas, y la Alemania recién
reunificada planteaba su candidatura para ser la principal potencia
mundial capaz de rivalizar con los Estados Unidos. No obstante, en
esta nueva etapa de los conflictos imperialistas es menos posible aún
que antes el estallido de una guerra mundial, ya que:

– la formación de nuevos bloques se ve
retrasada por la por las divisiones internas entre las potencias que,
lógicamente, deberían formar un nuevo bloque rival
frente a los Estados Unidos, en especial, las potencias europeas más
importantes: Alemania, Francia y Gran Bretaña.. La Gran
Bretaña no ha abandonado su tradicional política de
impedir que otra potencia mayor domine Europa, mientras sigue
teniendo muy buenas razones históricas para limitar en lo
posible su eventual subordinación a Alemania. Tras la ruptura
de la vieja disciplina debida a la existencia de dos bloques
imperialistas antagónicos, lo que prevalece en las relaciones
internacionales es “el cada uno a la suya”.

– la aplastante superioridad militar de los Estados
Unidos, sobre todo si se les compara con Alemania, hace imposible
cualquier enfrentamiento directo contra EE.UU. por parte de sus
rivales.

– el proletariado no está derrotado. Es verdad
que el período abierto con el hundimiento del bloque del Este
ha sumido al proletariado en una importante desorientación
(sobre todo por el impacto de las campañas ideológicas
a propósito de la “muerte del comunismo” y el “fin de la
lucha de clases”), pero la clase obrera de las principales
potencias capitalistas aún no está predispuesta para
dejarse sacrificar en una nueva carnicería mundial.

Por todo ello, los principales conflictos militares del
período post-1989 han tomado en la mayoría de las
ocasiones la forma de “guerras indirectas”,
caracterizadas por que en ellas la potencia mundial dominante
ha intentado contrarrestar al creciente desafío a su
autoridad, mediante espectaculares demostraciones de fuerza contra
potencias de cuarta categoría. Tales han sido los casos de la
primera Guerra del Golfo en 1991, del bombardeo de Serbia en 1999, o
de las “guerras contra el terrorismo” en Afganistán e Irak
tras el atentado contra las Torres gemelas en 2001. En estas guerras
se ha ido viendo cada vez más claro cuál es la
estrategia global y precisa que persiguen los Estados Unidos:
conseguir un completo dominio de Oriente Medio y Asia Central para
así cercar militarmente a sus principales rivales (Europa y
Rusia), cerrándoles las salidas, y tener en su mano poder
cortarles el acceso a las fuentes de energía.

Tras 1989, el mundo ha visto también el estallido
de multitud de conflictos regionales y locales – a veces
subordinados a la estrategia de EE.UU. y a veces, en cambio,
contrariándola – que han extendido la muerte y la
destrucción sobre continentes enteros. Tales conflictos han
ocasionado millones de muertos, de mutilados y de desplazados, en
países africanos como Congo, Sudán, Somalia, Liberia,
Sierra Leona y, ahora, amenazan con sumergir a países de
Oriente Medio y Asia Central en una situación de guerra civil
permanente. En ese proceso asistimos también al alza del
fenómeno del terrorismo, que frecuentemente es producto de la
acción de fracciones de la burguesía no controladas por
ningún estado en particular, y que constituye un elemento
suplementario de inestabilidad, llevando además estos
mortíferos conflictos al corazón mismo del mundo
capitalista (11 de Septiembre, atentados de Madrid…).

6.
Aunque la guerra mundial no sea hoy una amenaza tangible para la
humanidad como si lo ha sido durante la mayor parte del siglo xx, no
por ello la alternativa socialismo o barbarie ha perdido urgencia. En
cierta forma es aún más urgente, pues la guerra mundial
exigiría una movilización activa del proletariado,
mientras que hoy la clase obrera hace frente al peligro de verse
progresiva e insidiosamente empantanada en la barbarie:

– la proliferación de guerras locales y
regionales podría devastar regiones enteras del planeta
haciendo con ello imposible que el proletariado de esas regiones
pueda contribuir a la guerra de clases. Eso atañe muy
claramente a las muy peligrosas rivalidades que enfrentan a las dos
grandes potencias militares del subcontinente indio (India y
Pakistán). Y no le van a la zaga la espiral de aventuras
militares llevadas a cabo por Estados Unidos. Por mucho que estos
pretendan crear un nuevo orden mundial bajo sus auspicios, lo cierto
es que el resultado de tales aventuras ha sido no sólo agravar
el caos y los antagonismos ya existentes, sino incluso acentuar y
agravar la propia crisis histórica del liderazgo
norteamericano. La situación actual en Irak así lo
confirma con rotundidad. Y sin aspirar siquiera a la reconstrucción
de Irak, los Estados Unidos se ven empujados a lanzar nuevas amenazas
contra Siria e Irán. Las recientes iniciativas de la
diplomacia norteamericana para establecer un diálogo con las
potencias europeas sobre la situación de Siria, de Irán
o del mismo Irak, no debe hacernos pensar que se rebaja el nivel de
tales amenazas. Lo que demuestra la crisis que hoy se vive en Líbano
es que los Estados Unidos no tienen tiempo que perder en su afán
por lograr un completo dominio de Oriente Medio, objetivo éste
que ha de conducir a una fuerte exacerbación de las tensiones
imperialistas en general, ya que ninguna de las principales potencias
imperialistas puede permitirse dejarles el terreno libre en esta
región de una importancia estratégica vital. Esta
perspectiva también se dibuja en las intervenciones
norteamericanas cada vez más descaradas contra la influencia
rusa en países de la antigua URSS (Georgia, Ucrania,
Kirguizistán), así como en los importantes desacuerdos
que han surgido respecto a la venta de armas a China. En un momento
en que precisamente China está afirmando cada vez más
sus ambiciones imperialistas, amenazando militarmente a Taiwán
y azuzando las tensiones con Japón; resulta que Francia y
Alemania se ponen a la vanguardia del movimiento para levantar el
embargo de venta de armas a China, decretado tras la matanza de la
plaza Tian’anmen en 1989.

– si hay una filosofía que marca el período
actual esa es la del “cada uno a la suya”, pero ésta no
afecta únicamente a las rivalidades imperialistas, sino
también al funcionamiento vital mismo de la sociedad. La
aceleración de la atomización social y de todos los
venenos ideológicos que de ello se derivan (la
gangsterización, la huida hacia el suicidio, la irracionalidad
y la desesperación) plantea el riesgo de hacer definitivamente
imposible que la clase obrera recupere su identidad de clase y, con
ello, la única perspectiva posible de un mundo diferente
basado, no en la desintegración social, sino en una verdadera
comunidad y en la solidaridad.

– la pervivencia del modo de producción
capitalista ya caduco añade al peligro de la guerra
imperialista, una nueva amenaza a la posibilidad de construir una
nueva sociedad humana. Nos referimos al imparable deterioro del medio
ambiente del planeta. Por mucho que varias conferencias científicas
hayan alertado sobre ese riesgo, lo cierto es que la burguesía
es incapaz de poner en marcha las medidas mínimas para
reducir, por ejemplo, el efecto invernadero. El “tsunami” que
asoló el sudeste asiático ha demostrado cómo la
burguesía es incapaz de mover un solo dedo para proteger a la
especie humana de la potencia devastadora e incontrolada de la
naturaleza. Y hay que pensar que los efectos del calentamiento global
de la Tierra serán aún mucho más devastadores y
extensos. Además, el hecho de que las consecuencias más
catastróficas de este deterioro puedan parecer aún muy
lejanas, hace extremadamente difícil que el proletariado pueda
ver en él hoy un motivo de lucha contra el sistema
capitalista.

7.
Por todas estas razones, los marxistas tienen razón no sólo
cuando concluyen que la alternativa socialismo o barbarie sigue
teniendo hoy la misma vigencia que en 1916, sino también al
afirmar que el avance de la barbarie puede arruinar las bases futuras
del socialismo. La historia les confirma no únicamente que el
capitalismo es desde hace mucho tiempo una formación social
históricamente superada, sino también que esa
decadencia que se inició nítidamente con la Primera
Guerra mundial, se ha adentrado ya en su fase terminal: la fase de
descomposición. Pero no se trata de la descomposición
de un organismo ya muerto sino de un pudrimiento en vida, de una
gangrena creciente del capitalismo, que se aferra a una prolongada y
dolorosa agonía cuyas convulsiones mortales amenazan con
arrastrar con él a la muerte al conjunto del género
humano.

La
crisis

8.
La clase capitalista no tiene futuro alguno que ofrecer a la
humanidad. Ha sido ya condenada por la historia. Precisamente por
ello debe recurrir a todos los medios a su alcance para tratar de
ocultar o de negar tal veredicto, para tratar de desprestigiar las
previsiones realizadas por el marxismo de que el capitalismo como,
por otra parte, todos los anteriores modos de producción está
abocado a entrar en una etapa de decadencia y a desaparecer. La clase
capitalista se esfuerza pues en segregar a modo de anticuerpos
ideológicos con objeto de refutar esta conclusión
fundamental del método del materialismo histórico:

– ya antes incluso de la definitiva entrada del
capitalismo en su etapa de decadencia, el ala revisionista de la
socialdemocracia empezó a poner en duda la visión
“catastrofista” de Marx, y a postular, en cambio, que el
capitalismo podría continuar existiendo indefinidamente, de lo
que deducía que el socialismo no podría alcanzarse a
través de la violencia revolucionaria, sino a través de
un proceso de cambios pacíficos y democráticos;

– en los años 20, las destacadas tasas de
crecimiento industrial en los Estados Unidos llevaron a un “genio”
como Calvin Coolidge a proclamar el triunfo del capitalismo, y eso en
vísperas nada más y nada menos que del gran “crac”
de 1929;

– durante el período de reconstrucción
que siguió a la Segunda Guerra mundial, afamados burgueses
como Macmillan les refregaban a los obreros eso del “nunca habéis
estado mejor”, mientras los sociólogos elucubraban teorías
sobre la “sociedad de consumo”, el “aburguesamiento de los
trabajadores”, e incluso los más radicales como Marcuse se
afanaban en buscar “nuevas vanguardias” con las que sustituir a
los apáticos proletarios;

– tras 1989 hemos asistido a una verdadera crisis de
sobreproducción de nuevas teorías, esforzándose
todas ellas en explicar que la situación presente no se
parecía en nada a lo anterior, y hasta qué punto las
teorías de Marx habían quedado anticuadas: la del
“final de la historia”, la de la “muerte del comunismo”, la
de la “desaparición de la clase obrera”, la globalización,
la revolución de los microprocesadores, la economía
Internet, la aparición en Oriente de nuevos gigantes
económicos cuyos más modernos exponentes serían
India o China, etc., etc. Estas teorías resultaban tan
persuasivas que acabaron deslumbrando a una nueva generación
que se planteaba preguntas sobre el futuro que el capitalismo podría
deparar al mundo. Y hay que decir que no sólo a ellos sino que
también, y esto es aún más preocupante, tales
teorías fueron retomadas, recubiertas con un envoltorio
marxista, incluso por elementos de la Izquierda comunista.

En resumidas cuentas que el marxismo ha debido llevar
siempre una batalla contra quienes, al menor signo de vida del
capitalismo, se han apresurado a proclamar que este tenía ante
sí un brillante porvenir. Ante cada florecimiento de este tipo
de “teorías” el marxismo ha sabido no capitular ante las
apariencias más inmediatas sino mantener una visión
histórica y a largo plazo. Las grandes sacudidas de la
historia han terminado dándole siempre la razón en esa
batalla:

– el “optimismo” plácido de los
revisionistas se vino abajo con los acontecimientos verdaderamente
catastróficos de 1914-1918, y la respuesta revolucionaria del
proletariado que éstos provocaron;

– Calvin Coolidge y sus cofrades quedaron reducidos al
silencio por la crisis económica más profunda de la
historia del capitalismo que desembocó en el desastre absoluto
de la Segunda Guerra mundial imperialista;

– la reaparición de las crisis a finales de los
años 1960 “tapó” las bocas de quienes pocos años
antes decían que ésta era prácticamente una
reliquia del pasado. De igual modo la reanudación de las
luchas obreras en respuesta a esta crisis tampoco les permitió
mantener mucho más tiempo la patraña de que la clase
obrera estaba aburguesada.

El mismo fin ha corrido la proliferación de
teorías sobre “el nuevo capitalismo”, “la sociedad
post-industrial”, etc. Gran parte de la base sobre la que se
sustentaban ha quedado ya desenmascarada por el imparable avance de
la crisis. Así las esperanzas que se depositaron en las
economías de los Tigres o de los Dragones asiáticos
quedaron defraudadas por el repentino batacazo de estos países
en 1997; en cuanto a la revolución de las “empresas.com”,
Internet, etc. se reveló, más pronto que tarde, como un
auténtico fiasco. Otro tanto cabe decir de las “nuevas
industrias” en los sectores de informática, comunicaciones,
que se han mostrado tan vulnerables a la recesión como la
“vieja industria” siderúrgica o los astilleros. Y aunque
en multitud de ocasiones le hayan dado por muerta, lo cierto es que
la clase obrera sigue levantando la cabeza como vimos por ejemplo en
los movimientos en Austria y Francia en 2003, o en las luchas en
España, Gran Bretaña y Alemania en 2004.

9.
No obstante no podemos caer en el error de subestimar la capacidad
mistificadora de tales ideologías en el momento actual, ya
que, como todas las mistificaciones, se apoya en toda una serie de
“medias verdades”, como que:

– a causa de la crisis de sobreproducción y de
las implacables leyes de la competencia el capitalismo ha crea­do,
en las últimas décadas, y en los principales centros de
sus sistema, gigantescos desiertos industriales y ha arrojado a
millones de trabajadores al desempleo permanente o a un empleo
improductivo y mal pagado en el sector “servicios”. Por esas
mismas causas una gran cantidad de empleos industriales han sido
deslocalizados hacia regiones del “Tercer Mundo” donde se pagan
salarios más bajos. Muchos de los sectores tradicionales de la
clase obrera se han visto diezmados en ese proceso lo que, sin duda,
ha agravado las dificultades del proletariado;

– el desarrollo de nuevas tecnologías ha
permitido aumentar tanto la tasa de explotación, como también
la velocidad de circulación a escala mundial de capitales y
mercancías;

– el retroceso padecido por la lucha de clase en las
dos últimas décadas hace difícil que la nueva
generación de trabajadores pueda concebir al proletariado como
único sujeto capaz de protagonizar el cambio social;

– la clase capitalista ha demostrado una importante
capacidad para gestionar la crisis del sistema manipulando, e incluso
trampeando, sus propias leyes de funcionamiento.

Podríamos hablar de otros ejemplos, pero ninguno
podría servir de base para poner en entredicho la senilidad
fundamental del sistema capitalista.

10.
La decadencia del capitalismo, en contra de lo que pronosticaron
algunos elementos de la Izquierda comunista alemana en los años
1920, nunca ha podido interpretarse como un derrumbe repentino del
sistema. Tampoco como el bloqueo absoluto del desarrollo de las
fuerzas productivas que erróneamente planteó Trotski en
los años 30. Como ya subrayó Marx, la burguesía
se hace inteligente en tiempos de crisis y es capaz de aprender de
sus propios errores. Durante la década de 1920 fue la última
ocasión en que la burguesía creyó realmente
poder retornar al ­liberalismo, al “laissez-faire” del siglo
xix. Esto se explica porque la Primera Guerra mundial, aunque
resultado en última instancia de las contradicciones
económicas del sistema, estalló sin embargo antes de
que esas contradicciones pudieran manifestarse en términos
“puramente” económicos. La crisis de 1929 fue pues la
primera crisis económica mundial del período de la
decadencia. Tras esa experiencia la burguesía reconoció
la necesidad de un cambio fundamental. Pese a las pretensiones
ideológicas contrarias, ninguna fracción de la
burguesía pondrá jamás en entredicho la
necesidad de que el Estado ejerza su control sobre la economía
en general; la necesidad de abandonar la idea de “equilibrio
contable” y apostar por el déficit y por todo tipo de
manipulaciones ; la necesidad de contar con un enorme sector de
armamento en el centro de la actividad económica. Esa misma
razón lleva al capitalismo a emplear todos los medios a su
alcance para evitar la autarquía que dominó la economía
en los años 30. Y aunque se acentúe la tentación
de la guerra comercial y de liquidar los organismos internacionales
heredados del período de los bloques imperialistas, lo cierto
es que una gran parte de estos han sobrevivido debido a que las
principales potencias capitalistas entienden la necesidad de poner
ciertos límites a la desenfrenada concurrencia económica
entre los distintos capitales nacionales.

El capitalismo se mantiene pues en vida gracias a la
intervención consciente de la burguesía que ya no puede
permitirse verse sometida a la “invisible mano del mercado”. Pero
también es verdad, por otra parte, que las soluciones
adoptadas se convierten en sí mismas en mayores problemas:

– el recurso al endeudamiento acumula en realidad
enormes problemas para el futuro;

– la desmesurada hinchazón del aparato estatal
y del sector armamentístico genera tremendas tensiones
inflacionistas.

Para enfrentar estos problemas, desde los años
1970, se han puesto en práctica diferentes políticas
económicas, unas veces de tipo “keynesiano” y otras
“neo-liberales”, pero como ninguna de ellas podía atacar
las verdaderas causas de la crisis, tampoco han servido para
superarla. Sí es, en cambio, muy significativo el empeño
que ha puesto la burguesía para seguir proporcionándole
el aire que le falta a la economía y frenar así,
mediante un gigantesco endeudamiento, su tendencia a la quiebra. En
este aspecto, y durante los años 90, fue la economía
norteamericana la que marcó la pauta a seguir, y hoy cuando el
“crecimiento” artificial de ésta empieza a desfallecer, le
toca a la burguesía china convertirse en el nuevo “el
Dorado”. Es verdad que en comparación con la ineptitud de la
URSS y de los estados estalinistas de la Europa del Este para
adaptarse políticamente a la necesidad de “reformas
económicas”, la burocracia china (mascarón de proa
del actual “boom”) sí ha conseguido asombrosamente la
hazaña de mantenerse con vida. Algunas de las críticas
que se hacen a la noción de decadencia del capitalismo
presentan precisamente esto como la demostración de que el
sistema capitalista tiene aún capacidad de desarrollarse y de
lograr un crecimiento real.

La verdad es que el actual “boom” chino no pone en
entredicho el declive general de la economía capitalista
mundial, puesto que a diferencia de lo que sucedía en el
período ascendente del capitalismo:

– el actual crecimiento industrial de China no forma
parte de un proceso global de expansión. Todo lo contrario ya
que tiene como corolario directo la desindustrialización y el
estancamiento de las economías más avanzadas, que
deslocalizan hacia China en busca de menores costes laborales;

– el proletariado chino no tiene ante sí la
perspectiva de una mejora significativa de sus condiciones de vida,
sino que es previsible que sufra cada vez más ataques contra
sus condiciones de vida y trabajo, y una acrecentada pauperización
de enormes masas de trabajadores y campesinos fuera de las
principales zonas de crecimiento;

– ese crecimiento frenético no contribuirá
a una expansión global del mercado internacional, sino a
profundizar la crisis mundial de sobreproducción pues dado que
la capacidad de consumo de las masas chinas es sumamente restringida,
la mayor parte de los producido allí se dirige hacia la
exportación a los países capitalistas más
desarrollados;

– la irracionalidad fundamental del “despegue”
chino aparece en toda su magnitud cuando se ven los brutales niveles
de contaminación que engendra, lo que evidencia claramente
cómo la presión imperativa que sufre cada capital
nacional para explotar a mansalva sus recursos naturales para poder
ser competitivo en el mercado mundial conduce a una terrible
degradación del medio ambiente planetario;

– a imagen y semejanza del sistema capitalista en su
conjunto, la totalidad del crecimiento de China está basado en
una montaña de deudas que jamás podrá compensar
con una verdadera expansión en el mercado mundial.

Hasta la propia burguesía reconoce la fragilidad
de este tipo de “boom”, y no esconde la alarma que le inspira la
“burbuja” de la economía china. Y no porque le disgusten
los niveles bestiales de explotación sobre los que está
fundamentada, ni mucho menos, ya que son precisamente estos lo que
hace atractivo invertir en China, sino por la excesiva dependencia
del conjunto de la economía mundial respecto al mercado chino,
y por tanto por las catastróficas consecuencia de un
hundimiento de esta economía no sólo para China (que
reviviría una situación de violenta anarquía
como la de los años 1930), sino para toda la economía
mundial.

11.
El crecimiento económico actual del capitalismo lejos de
desmentir la realidad de la decadencia, la confirma plenamente,
puesto que no tiene nada que ver con los ciclos de crecimiento del
siglo xix, basados en una verdadera expansión en los sectores
periféricos de la producción, en la conquista de los
mercados extra-capitalistas. Es cierto que el capitalismo entró
en su fase de decadencia bastante antes de que tales mercados se
agotasen, como también que el capitalismo ha tratado de
utilizar de la mejor forma posible lo que ha ido quedando de estas
áreas económicas, como salida para su producción.
Ahí están los ejemplos del crecimiento de Rusia durante
los años 1930, o la integración de lo que quedaba en el
sector agrario durante la reconstrucción que siguió a
la Segunda Guerra mundial. Pero la tendencia dominante en el
capitalismo decadente es, desde luego, el recurso a un mercado
artificial basado en el endeudamiento.

Hoy no puede negarse que el frenético “consumo”
de las dos últimas décadas se ha basado completamente
en un endeudamiento de los hogares, que alcanza ya proporciones
escalofriantes: billones de libras esterlinas en el caso de Gran
Bretaña; el 25 % del Producto interior bruto en EE.UU.,
etc. No es de extrañar, ya que los gobiernos no sólo
fomentan este descomunal endeudamiento de las familias, sino que
ellos mismos practican esa misma política a una escala aún
mayor.

12.
Por otra parte, el crecimiento económico capitalista actual es
un ejemplo de lo que Marx llamaba “el crecimiento del declive”
(Grundisse), ya que es uno de los factores más
importantes de la destrucción del medio ambiente. Los
incontrolables niveles de contaminación en China, la enorme
aportación de Estados Unidos al aumento de los gases que
provocan el “efecto invernadero”, la explotación sin freno
de lo que queda de masas forestales…, cuanto presuntamente más
“crece” el capitalismo, tanto más se pone de manifiesto
que no puede solucionar la crisis de la ecología, que sólo
podrá resolverse verdaderamente planteando unas nuevas bases
para la producción, es decir con “un plan para la vida de la
especie humana” (Bordi­ga) en armonía con su entorno
natural.

13.
Con “boom” o con “recesión”, lo cierto es que la
realidad que subyace sigue siendo la misma: el capitalismo es incapaz
de regenerarse espontáneamente. Los ciclos naturales de
acumulación han pasado a la historia. En la primera etapa de
la decadencia, entre 1914 y 1968, el ciclo
crisis-guerra-reconstrucción reemplazó al ya obsoleto
ciclo de expansión y recesión. Pero en 1945, la
Izquierda comunista francesa ya demostró tener razón al
afirmar que tras la ruina de la guerra mundial no habría una
marcha automática hacia la reconstrucción. Lo bien
cierto es que si la burguesía norteamericana se dedicó
a relanzar las economías europeas y japonesa mediante el Plan
Marshall, fue sobre todo debido a la necesidad de anexionar estos
países en su área de influencia imperialista,
impidiéndoles así la tentación de caer en brazos
del bloque rival. Así pues el “boom” económico más
importante del siglo xx fue en realidad el resultado de la pugna
interimperialista.

14.
En su etapa de decadencia, las contradicciones económicas del
capitalismo le empujan a la guerra, pero ésta no resuelve
tales contradicciones, sino que más bien las agudiza. En todo
caso hoy no cabe ya hablar de un ciclo crisis-guerra-reconstrucción
y sí, en cambio, de cómo la crisis actual, dada la
incapacidad del capitalismo para darle salida a través de una
Guerra mundial, constituye el factor primordial de la descomposición
del sistema, es decir de su marcha hacia la autodestrucción.

15.
Muchas de las críticas que se hacen a la afirmación de
que el capitalismo es hoy un sistema decadente, parten de que este
análisis supondría una visión fatalista, ya que
tanto un hundimiento automático del sistema como su
destrucción espontánea por parte del proletariado,
haría innece­saria la intervención de un partido
revolucionario. Por supuesto que la burguesía ha demostrado ya
sobradamente que no va a permitir que su economía se hunda sin
más. Sin embargo, abandonado a su propia suerte, el
capitalismo sí se encamina a una devastación completa a
través de guerras y otros tantos desastres. En ese sentido
puede afirmarse que está “condenado” a desaparecer. No
existe, en cambio, certeza alguna de que la respuesta del
proletariado esté a la altura de ese reto. No hay “fatalidad”
alguna predestinada en el libro de la historia. Como Rosa Luxemburg
escribió en el capítulo introductorio del Folleto de
Junius
:

El
socialismo es el primer movimiento popular en la historia que se
impone como objetivo y que tiene como mandato histórico dar a
la acción social de los hombres un sentido consciente,
introducir en la historia un pensamiento metódico y,
consecuentemente una voluntad libre. He aquí por que Federico
Engels decía que la victoria definitiva del proletariado
socialista supone un salto para la humanidad del reino animal al
reino de la libertad. Pero este “salto” se inscribe igualmente en
las leyes inalterables de la historia, sucediendo a los miles de
escalones precedentes de una evolución lenta y tortuosa. Pero
jamás se logrará si, del conjunto de premisas
materiales acumuladas por la evolución, no surge la chispa de
la voluntad consciente de la gran masa popular. La victoria del
socialismo no caerá del cielo como una bendición del
destino. Sólo se ganará a través de una larga
serie de enfrentamientos entre las viejas y las nuevas fuerzas, y en
el transcurso de esos enfrentamientos el proletariado internacional
realizará su aprendizaje bajo la dirección de la
socialdemocracia, intentará tener en sus manos su propio
destino y adueñarse del timón de la vida de la
sociedad, para dejar de ser el juguete pasivo de la historia e
intentar convertirse en su guía consciente.”

El comunismo es pues la primera sociedad en la que la
humanidad tendrá el dominio consciente de su capacidad
productiva. Y dado que en la lucha proletaria los objetivos y los
medios no pueden estar en contradicción, el movimiento hacia
el comunismo ha de ser “el movimiento consciente de la inmensa
mayoría” (Manifiesto comunista), es decir que la
profundización y la extensión de la conciencia de clase
representan la medida indispensable del progreso hacia la revolución
y la superación definitiva del capitalismo. Ese proceso es,
necesariamente, difícil, desigual y heterogéneo porque
emana de una clase explotada que carece de todo poder económico
en la vieja sociedad, y que se ve sometida constantemente a la
dominación y a las manipulaciones ideológicas de la
clase dominante. Carece por tanto de cualquier tipo de garantía
a priori. Todo lo contrario, pues es perfectamente posible que el
proletariado, ante la inmensidad sin precedentes de su tarea
histórica, no logre estar a la altura de su responsabilidad
histórica, con las terribles consecuencias que eso supondría
para la humanidad.

La
lucha de clases

16.
El nivel más alto hasta ahora alcanzado por la conciencia de
clase ha sido la insurrección de Octubre de 1917. Aunque la
historiografía burguesa así como sus pálidos
reflejos anarquistas y otras ideologías de la misma ralea, han
tratado de negarlo diciendo que Octubre de 1917 fue en realidad un
golpe de Estado perpetrado por unos bolcheviques ávidos de
poder, lo cierto es que Octubre significó que el proletariado
se daba cuenta de que la humanidad no tenía más
alternativa que hacer la revolución en todos los países.
Pero esta comprensión no arraigó con la necesaria
profundidad ni se extendió lo suficiente en el conjunto de la
clase obrera. Por ello fracasó la oleada revolucionaria, ya
que el resto de los trabajadores del mundo, y sobre todo los de
Europa, fueron incapaces de desarrollar una comprensión
política global que les habría permitido responder
conforme a lo que requería el nuevo período de guerras
y revoluciones abierto en 1914. Este fracaso trajo como consecuencia,
a partir de finales de los años 20, el advenimiento del
retroceso más largo y más profundo que el proletariado
haya conocido jamás. Este retroceso no se plasmó tanto
en la combatividad de los trabajadores –de hecho durante las
décadas de 1930 y 1940 aparecieron puntualmente explosiones de
combatividad de clase–, sino sobre todo en lo tocante a la
conciencia, ya que, políticamente, la clase obrera se adhirió
activamente a los programas antifascistas de la burguesía,
como fue el caso en España en 1936-39 y en Francia en 1936, o
a los de defensa de la democracia y de la “patria” estalinista
durante la Segunda Guerra mundial. Este profundo retroceso en su
conciencia también pudo apreciarse en la práctica
desaparición de las minorías revolucionarias en los
años 1950.

17.
Pero de nuevo el resurgimiento histórico de las luchas en 1968
volvió a plantear la perspectiva, a largo plazo, de la
revolución proletaria, aunque esto no fue algo explícito
y consciente más que para una minoría de la clase que
originó un renacimiento del movimiento revolucionario a escala
internacional. Las oleadas de luchas obreras entre 1968 y 1989
mostraron avances importantes en el terreno de la conciencia, pero
tendían a situarse en el terreno de las luchas inmediatas
sobre aspectos tales como la extensión y la organización
de las luchas, etc. Su punto más débil fue, sin duda,
la falta de profundización política, lo que
frecuentemente se reflejaba en un rechazo a la política,
consecuencia sobre todo de la contrarrevolución estalinista.
Pero es que, en el terreno político, la burguesía
demostró una sobrada capacidad para maniobrar y confundir a
los trabajadores. En un primer momento a través de las
ilusiones en el “cambio” encarnado por la llegada al poder de los
gobiernos de izquierda en los años 70. Posteriormente, en los
años 1980, jugando la baza de que esos mismos partidos de
izquierda sabotearan desde dentro las propias luchas. Si bien puede
decirse que esas oleadas de luchas consiguieron impedir la marcha a
una nueva guerra mundial, también es verdad que su incapacidad
para lograr una dimensión histórica y política
ha supuesto la entrada de la sociedad en la fase de su
descomposición.

El acontecimiento histórico con el que se inaugura esta nueva
etapa, o sea el hundimiento del bloque del Este, constituyó
tanto una consecuencia como un factor agravante de la propia
descomposición. Las convulsiones que se vivieron a finales de
los años 1980 fueron por un lado consecuencia de las
dificultades políticas del proletariado pero también –
puesto que dieron lugar a una incesante matraca propagandística
sobre la muerte del comunismo y de la lucha de clases–
han sido claves para ocasionar el severo retroceso experimentado por
la conciencia en la clase, hasta el extremo de hacer que los
trabajadores pierdan de vista su fundamental identidad de clase. Eso
ha permitido que la burguesía pueda pues alardear de haber
vencido a la clase obrera, sin que ésta, hasta el momento
presente, haya sido capaz de evidenciar la fuerza suficiente con la
que desmentir esta afirmación.

18.
Pero a pesar de todas estas dificultades, este período de
retroceso no ha significado, ni mucho menos, el “fin de la lucha de
clases”. Incluso en los años 1990 hemos visto algunos
movimientos (como los de 1992 y de 1997) que ponían de
manifiesto que la clase obrera conservaba aún intactas
reservas de combatividad. Ninguno de esos movimientos supuso, no
obstante, un verdadero cambio en cuanto a la conciencia en la clase.
De ahí la importancia de los movimientos que han aparecido más
recientemente, que aún careciendo de la espectacularidad y
notoriedad de los ocurridos por ejemplo en Francia en Mayo de 1968,
sí representan, en cambio, un giro en la relación de
fuerzas entre las clases. Las luchas de 2003-2005 se han
caracterizado por que:

– implican a sectores muy significativos de la clase
obrera de los países del centro del capitalismo (por ejemplo
en Francia en 2003);

– manifiestan una mayor preocupación por
problemas más explícitamente políticos. En
particular los ataques a las pensiones de jubilación plantean
la cuestión del futuro que la sociedad capitalista puede
depararnos a todos;

– Alemania reaparece como foco central de las luchas
obreras, lo que no sucedía desde la oleada revolucionaria de
1917-23;

– la cuestión de la solidaridad de clase se
plantea de una forma mucho más amplia y más explícita
de lo que se planteó en los años 1980, como hemos
visto, sobre todo, en los movimientos más recientes en
Alemania;

– se ven acompañadas del surgimiento de una
nueva generación de elementos que tratan de encontrar claridad
política. Esta nueva generación se expresa tanto en una
nueva afluencia de elementos netamente politizados, como en nuevas
capas de trabajadores que, por vez primera, se incorporan a las
luchas. Como se ha podido comprobar en algunas de las manifestaciones
más importantes, se están forjando las bases de una
unidad entre esta nueva generación y la llamada “generación
de 1968” en la que se incluyen tanto la minoría política
que reconstruyó el movimiento comunista en los años
1960 y 1970, como sectores más amplios de trabajadores que
vivieron la rica experiencia de luchas de la clase obrera entre 1968
y 1989.

19.
Contradiciendo la percepción característica del
empirismo que no ve más allá del aspecto superficial y
que permanece ciega ante las tendencias subyacentes más
profundas, lo cierto es que la maduración subterránea
de la conciencia no quedó eliminada por el retroceso general
de la conciencia en la clase tras 1989. Una de las características
de ese proceso subterráneo es que, en sus inicios, se
manifiesta sólo a través de una minoría, pero la
ampliación de esa minoría expresa el avance y el
desarrollo de un fenómeno más amplio en el seno de la
clase obrera. Después de 1989 ya apareció una pequeña
minoría de elementos politizados que se planteaban cuestiones
respecto a las campañas de la burguesía sobre la
“muerte del comunismo”. Esta pequeña minoría se ha
visto hoy reforzada por una nueva generación que manifiesta
abiertamente su inquietud ante la orientación global que va
tomando la sociedad burguesa. El significado de este hecho es, en un
plano más general, que el proletariado no está
derrotado y que sigue estando vigente el curso histórico hacia
masivos enfrentamientos de clase que se abrió en 1968. Pero,
más concretamente, el “giro” del que antes hablábamos,
conjugado con el surgimiento de una nueva generación de
elementos que tratan de buscar clarificarse; evidencia que hoy la
clase obrera se encuentra en los primeros momentos de un nuevo
intento de asalto contra el capitalismo, tras el fracaso de la
tentativa de 1968-89.

En el día a día, la clase obrera debe
hacer frente a la tarea, aparentemente elemental, de reafirmar su
identidad de clase. Pero no olvidemos que, tras esta cuestión,
lo que se juega es la perspectiva de una imbricación mucho más
estrecha entre la lucha inmediata y la lucha política. Lo que
se plantean las luchas en el período de la descomposición
puede parecer quizás más “abstracto”, cuando en
realidad se trata de cuestiones más globales como son la
necesidad de la solidaridad de clase frente a la atomización
que reina en el ambiente, el desmantelamiento del Estado del
bienestar, la omnipresencia de la guerra, la amenaza que se cierne
sobre el medio ambiente del planeta. En definitiva la cuestión
del porvenir que puede depararnos esta sociedad y, por tanto, la de
una sociedad diferente.

20.
En ese proceso de politización hay dos aspectos que hasta
ahora han tendido más a inhibir la lucha de clase, pero que
están llamados a jugar un papel cada vez más
estimulante de los movimientos del futuro. Nos referimos al desempleo
masivo y a la cuestión de la guerra.

En las luchas de los años 80, cuando ya el
desempleo masivo se hacía cada vez más evidente, ni la
lucha de los trabajadores en activo contra los despidos, ni la
resistencia de los parados en la calle, alcanzaron niveles
significativos. No vimos, desde luego un movimiento de los parados
comparable al de los años 1930 en Estados Unidos aún
cuando entonces la clase obrera vivía un período de
profunda derrota. Durante las recesiones de los 80, los desempleados
se vieron confrontados a una terrible atomización, sobre todo
la joven generación de proletarios que carecía por
completo de experiencia en el trabajo y en el combate colectivos.
Pero es que cuando los trabajadores en activo llevaron a cabo grandes
luchas contra los despidos (como en el caso de los mineros en Gran
Bretaña), el fracaso de tales movilizaciones fue además
utilizado por la clase dominante para acentuar los sentimientos de
pasividad y de desesperanza. Aún hace poco hemos visto este
tipo de reacciones, por ejemplo ante la quiebra de la empresa
automovilística Rover en Gran Bretaña, donde la única
“alternativa” que se presentaba a los trabajadores era la
elección de los nuevos patrones que debían hacerse
cargo de la empresa. Sin embargo, teniendo en cuenta la reducción
del margen de maniobra de la burguesía, y su creciente
dificultad para dar subsidios a los parados, la cuestión del
desempleo está destinada a convertirse en un potente factor
subversivo, favoreciendo la solidaridad de activos y parados, e
impulsando en el conjunto de la clase obrera una reflexión más
profunda y más activa sobre la quiebra del sistema.

Otro tanto puede decirse en lo concerniente a la guerra.
A comienzos de los años 1990, las primeras guerras de la etapa
de la descomposición capitalista (la guerra del Golfo, las
guerras balcánicas) tendieron sobre todo a reforzar los
sentimientos de impotencia inspirados por las campañas sobre
el hundimiento del bloque del Este, en un momento en que las
coartadas de la “intervención humanitaria” en África
o en los Balcanes gozaban aún de una cierta credibilidad. Pero
después de 2001, y la “guerra contra el terrorismo”, la
naturaleza engañosa e hipócrita de las justificaciones
de la burguesía para la guerra se han hecho, en cambio, cada
vez más evidentes, por mucho que el despliegue de enormes
movilizaciones pacifistas haya contribuido en gran medida a diluir el
cuestionamiento político que tales guerras habían
suscitado. Las guerras de hoy tienen además un impacto cada
vez más directo sobre la clase obrera, aunque éste se
limite especialmente a los países que se ven directamente
implicados en tales conflictos. En Estados Unidos, por ejemplo, esto
puede apreciarse en que cada vez son más las familias que
cuentan entre sus miembros, a proletarios de uniforme muertos o
heridos; pero, sobre todo, en el coste económico exorbitante
de las aventuras militares que crece proporcionalmente a la
disminución del salario social. Y puesto que las tendencias
militaristas del capitalismo tienden a desarrollarse en una espiral
en continuo aumento, que cada vez escapa más al control de la
propia clase dominante, puede deducirse que los problemas de la
guerra y su relación con la crisis van a conducir también
a una reflexión, mucho más profunda y más
amplia, sobre lo que está en juego hoy en la historia.

21.
Paradójicamente, sin embar­go, la inmensidad de estas
cuestiones es una de las principales causas de que la reanudación
de las luchas a la que hoy asistimos, parezca mucho más
limitada y menos espectacular, en comparación con los
movimientos que marcaron la reaparición del proletariado a
finales de los años 1960. Frente a problemas tan vastos como
son la crisis económica mundial, la destrucción del
medio ambiente o la espiral del militarismo, las luchas defensivas
cotidianas pueden parecer ineficaces e impotentes. Hasta cierto punto
este sentimiento refleja una verdadera comprensión de que no
existe solución posible a las contradicciones que acosan al
capitalismo. También hemos de ver que, mientras en los años
1970 la burguesía disponía aún de un arsenal de
mistificaciones que supuestamente iban a mejorar nuestra existencia,
los esfuerzos que la burguesía hace hoy por convencernos de
que vivimos en una época de crecimiento y de prosperidad nunca
antes vista, recuerdan más bien el empeño del hombre
agonizante que se niega a admitir la cercanía de su defunción.
Si la decadencia del capitalismo es la época de las
revoluciones sociales es, precisamente, porque las luchas de los
explotados no pueden conducirles ya a mejora alguna de sus
condiciones de vida. Que las luchas pasen del nivel defensivo al
ofensivo será desde luego una tarea muy difícil, pero
la clase obrera no tendrá más opción que
franquear este paso tan sumamente arduo, que la intimida. Como todos
los saltos cualitativos habrá de estar precedido por multitud
de pequeños pasos, desde huelgas por el pan, hasta la
formación de pequeños grupos de discusión en el
mundo entero.

22.
Ante la perspectiva de la politización de la lucha, las
organizaciones revolucionarias tienen un papel único e
irremplazable. Sin embargo, la conjunción de los efectos cada
vez mayores de la descompo­sición, con debilidades
teóricas y organizativas que vienen de lejos y el oportunismo
en la mayoría de las organizaciones políticas
proletarias, hacen ver la incapacidad de la mayor parte de esos
grupos para poder responder a las exigencias de la historia. El
exponente más claro de esto es la dinámica negativa en
la que, desde hace algún tiempo, se ve atrapado el BIPR (Buró
internacional por el partido revolucionario); no sólo por su
total incapacidad para comprender la nueva fase de la descomposición,
conjugada además con su abandono de un concepto teórico
clave como es el de la decadencia del capitalismo; sino, y esto es
aún más desastroso, por su desprecio de los más
elementales principios de solidaridad y de comportamiento
proletarios, que pone de manifiesto con sus flirteos con el
parasitismo y el aventurerismo. Esta regresión resulta más
grave si se tiene en cuenta que hoy existen las premisas de la
construcción del partido comunista mundial. Al mismo tiempo,
el hecho de que los grupos del medio político proletario se
descalifiquen ellos mismos en el proceso que lleva a la formación
del partido de clase acentúa aún más el papel
crucial que la CCI debe ocupar en ese proceso. Cada vez se ve más
claro que el futuro partido no será el resultado de una suma
“democrática” de los diferentes grupos del medio, sino que
la CCI constituye ya el esqueleto del futuro partido. Pero para que
el partido tome cuerpo la CCI debe demostrar que está a la
altura de la tarea que el desarrollo de la lucha de clases y la
emergencia de la nueva generación de elementos en búsqueda
le impone.

Vida de la CCI: