El nacimiento del bolchevismo (I) - 1903-1904

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Historia del movimiento obrero

1903-1904: el nacimiento del bolchevismo

Hace 100 años que el Partido obrero socialdemócrata ruso celebró su segundo Congreso –no en Rusia, puesto que a causa de la represión bajo el régimen zarista hubiera sido prácticamente imposible- sino en Bélgica y en Gran Bretaña. Aún así, fue preciso cambiar el lugar de reunión a mitad del Congreso, debido a la estrecha vigilancia de la “democrática” policía belga. Aquel Congreso pasó a la historia como el de la escisión del partido en bolcheviques y mencheviques.

Los historiadores de la clase dominante han interpretado esta escisión de diferentes maneras. Una escuela de pensamiento –que podríamos llamar escuela de historia “Orlando Figes”, para quien la Revolución de octubre 1917 fue un completo desastre– considera que el surgimiento del bolchevismo fue por supuesto “algo malísimo” ([1]). Si Lenin y su banda de fanáticos, cuyas influencias políticas tienen más que ver con Nechaiev y el terrorismo autóctono ruso que con el socialismo internacional, no hubieran arrancado la democracia de la socialdemocracia, si en lugar del bolchevismo hubiera triunfado el menchevismo en 1917, nos hubiéramos ahorrado, no sólo la tremenda guerra civil de 1918-21, y el terror estalinista de los años 30 y 40, que fueron consecuencias inevitables de la crueldad bolchevique, sino también con toda probabilidad Hitler, la Segunda Guerra mundial, la Guerra fría, y sin duda además Sadam Husein y la guerra del Golfo.

Ese fanático antibolchevismo sólo puede encontrarse normalmente en otro sitio: en los anarquistas. Para ellos, el bolchevismo secuestró la verdadera revolución en 1917; si no hubiera sido por Lenin, y su visión autoritaria, heredada del apenas menos autoritario Marx, si no hubiera sido por el partido bolchevique, que como todos los partidos, sólo se esfuerza por tener el monopolio del poder, hoy podríamos ser libres y vivir en una federación mundial de comunas... El antibolchevismo es el único rasgo verdaderamente distintivo de todas las variedades de anarquismo, ya sea con la cruda versión algo caricaturesca descrita antes, ya sea con variantes mucho más sofisticadas que hoy se llaman comunistas antileninistas, autonomistas, etc., todos ellos están de acuerdo en que lo último que necesita la clase obrera es un partido político centralizado modelo bolchevique.

Cuando la ideología burguesa, y su sombra anarquista pequeño-burguesa, no ven las organizaciones comunistas como malvados conspiradores todopoderosos que han causado grandes daños a los intereses de la humanidad, las desprecian como lugares de cultos semirreligiosos irrisorios y tarados que ya no le interesan a nadie; como utopistas y teóricos de salón separados de la realidad, sectarios incurables dispuestos a escindirse y apuñalarse por la espalda con cualquier pretexto. Para esta línea argumental, el congreso de 1903 proporciona materia abundante, ¿No se originó el bolchevismo en un oscuro debate sobre una simple frase de los estatutos del partido sobre quién es miembro del partido y quién no? Aún peor, ¿no tomó la ruptura final entre mencheviques y bolcheviques la forma de una pelea sobre la composición del comité de redacción de Iskra? ¿No prueba esto suficientemente la futilidad, la imposibilidad de construir un partido revolucionario que no sea un campo de batalla de ambiciones egoístas y luchas entre facciones como sabemos que son los partidos burgueses?

A pesar de todos los pesares, nosotros defendemos, en continuidad con Lenin, que el Congreso de 1903 fue un momento profundamente importante en la historia de nuestra clase, y que la escisión entre bolchevismo y menchevismo fue una expresión de arraigadas tendencias sociales subyacentes en el movimiento obrero, no sólo en Rusia, sino en todo el mundo.

El movimiento obrero internacional en 1903

Como ya hemos argumentado antes (ver el artículo sobre la huelga de masas de 1905 en la Revista internacional nº 90) los primeros años del siglo XX fueron una fase de transición en la vida del capitalismo mundial. Por una parte, el modo de producción burgués había alcanzado límites sin precedentes: había unificado todo el planeta a un nivel nunca antes visto en la historia de la humanidad; había alcanzado niveles de productividad y sofisticación tecnológica con los que difícilmente se podía soñar en épocas pasadas; y con el nuevo siglo parecía estar llegando a nuevas cumbres con la generalización de la energía eléctrica, del telégrafo, la radio y la comunicación telefónica, con el desarrollo del automóvil y el aeroplano. Estos vertiginosos avances técnicos, también se acompañaban de tremendos logros a nivel intelectual –por ejemplo, Freud publicó su Interpretación de los sueños en 1900, Einstein su Teoría general de la relatividad en 1905.

Por otra parte, sin embargo, se cernían negros nubarrones cuando lo que unos llaman “Belle époque” y otros el “Edwardian summer” (el verano eduardiano) estaba de lo más soleado. El mundo se había unificado, es cierto, pero sólo en interés de la competencia de las diferentes potencias imperialistas, y cada vez estaba más claro que el mundo se quedaba demasiado pequeño para que esos imperios continuaran expandiéndose sin que finalmente tuvieran que enfrentarse entre ellos violentamente. Gran Bretaña y Alemania se habían embarcado ya en una carrera armamentística que presagiaba la guerra mundial de 1914; Estados Unidos, que hasta entonces se había contentado con expandirse hacia sus propios territorios del Oeste, ya entraba en las Olimpiadas imperialistas con la guerra de Cuba contra España en 1898; y en 1904, el imperio zarista fue a la guerra contra la potencia naciente de Japón. Entretanto, el espectro de la guerra de clases empezó a hacer sonar sus cadenas: más insatisfechos cada vez con los viejos métodos del sindicalismo y la reforma parlamentaria, sintiendo en sus propias carnes la creciente incapacidad del capitalismo para satisfacer sus reivindicaciones económicas y políticas, los trabajadores de numerosos países se lanzaban a movimientos de huelgas de masas que a menudo sorprendían y preocupaban a los ahora respetables dirigentes sindicales. Este movimiento afectó a muchos países a finales de la década de 1890 y comienzos de la de 1900, como mostró Rosa Luxemburg con su obra primordial Huelga de masas, partido y sindicatos, pero alcanzó su punto álgido en Rusia en 1905, donde dio lugar a los primeros soviets y sacudió los cimientos del régimen zarista. Total, el capitalismo podía haber alcanzado su cenit, pero los indicios de su decadencia irreversible se hacían cada vez más claros.

El texto de Luxemburg era también una polémica dirigida contra los que, en el partido eran incapaces de ver los signos de una nueva época, querían que el partido pusiera todo su peso en la lucha sindical, y veían la política restringida esencialmente a la esfera parlamentaria. En la década de 1890, Rosa ya había librado un combate contra los “revisionistas” en el partido –representados por Edward Bernstein y su libro Socialismo evolucionista– que habían tomado el largo periodo de crecimiento relativamente pacífico del capitalismo como una refutación de las predicciones de Marx de una crisis catastrófica. De esta forma, “revisaban” la insistencia de Marx sobre la necesidad de que la revolución destruya el sistema. Concluían que la socialdemocracia debería reconocerse como lo que, en cualquier caso, había llegado notablemente a convertirse: un partido de la reforma social radical, que podía obtener una mejora continua de las condiciones de vida de la clase obrera, e incluso un desarrollo pacífico y armonioso hacia un régimen socialista. En ese momento, Rosa Luxemburg había sido más o menos apoyada en su combate contra ese reto patente al marxismo, por el centro del partido en torno a Karl Kautsky, que se aferraba a la visión “ortodoxa” de que el sistema capitalista estaba condenado a experimentar crisis económicas cada vez más intensas y que la clase obrera tenía que prepararse para tomar el poder. Pero este centro, que veía la “revolución” como un proceso esencialmente pacífico y legal, pronto se mostró incapaz de comprender la importancia de la huelga de masas y la insurrección en Rusia en 1905, que anunciaba la nueva época de revolución social, en que las viejas estructuras y métodos del periodo ascendente, no sólo son insuficientes, sino se convierten en obstáculos contrarios a la lucha contra el capitalismo.

Los análisis de Luxemburg mostraban que en esta nueva época, la principal tarea del partido no sería organizar a la mayoría de la clase en sus filas, o ganar una mayoría democrática en el terreno parlamentario, sino asumir la dirección política en los amplios movimientos espontáneos de huelgas de masas. Anton Pannehoek llevó aún más lejos estas posiciones, para señalar que la lógica final de la huelga de masas era la destrucción del aparato de Estado. La reacción de las burocracias del partido y el sindicato a esta nueva visión radical –una reacción basada en un profundo conservadurismo, un miedo a la lucha de clases abierta y una creciente acomodación a la sociedad burguesa– presagiaba la escisión irreversible que se produjo en el movimiento obrero durante los acontecimientos de 1914 y 1917, cuando primero la derecha, y después el centro del partido, terminaron sumándose a las fuerzas de la guerra imperialista y la contrarrevolución contra los intereses internacionalistas de la clase obrera.

El movimiento obrero ruso en 1903

En Rusia, el movimiento obrero, aunque más joven y menos desarrollado que el movimiento en occidente, también sentía las mismas presiones y contradicciones. Como los revisionistas en el SPD, Struve, Tugan-Baranowski y otros, propagaron una versión “inofensiva” del marxismo –un marxismo “legal” que vaciaba la visión del mundo del proletariado de su contenido revolucionario y lo reducía a un sistema de análisis económicos. En esencia el marxismo legal argumentaba a favor del desarrollo del capitalismo en Rusia. Esta forma de oportunismo, aceptable para el régimen zarista, no tuvo mucho impacto en los trabajadores rusos, que encaraban unas condiciones espantosas de pobreza y de represión, y difícilmente podían posponer la defensa inmediata de sus condiciones de vida cuando se les imponía una forma extremadamente brutal de industrialización capitalista. En esas condiciones, empezó a arraigar una forma más sutil de oportunismo –la tendencia que se llamó “economicismo”. Como los bernsternianos, para quienes “el movimiento es todo y el objetivo nada”, los “economicistas”, como los que se agrupaban en torno al periódico Rabochaia Mysl, también adoraban al movimiento inmediato de la clase; pero como no había ningún terreno parlamentario de que hablar, este inmediatismo se restringía mayormente a la lucha día a día en las fábricas. Para los economicistas, los trabajadores estaban principalmente interesados por el pan y nada más. La política para esta corriente se reducía principalmente a tratar de conseguir un régimen parlamentario burgués y se daba esencialmente una tarea de oposición liberal. Como planteaba el credo economicista, escrito por YD Kuskova, “para los marxistas rusos hay solamente una línea: participar, proporcionando asistencia, en la lucha económica del proletariado; y en la actividad de la oposición liberal”. En esta visión extremadamente estrecha y mecánica del movimiento proletario, la conciencia de clase, para desarrollarse a gran escala, tenía, en cualquier caso, que emerger más o menos de un incremento de las luchas económicas. Y puesto que la fábrica o la localidad eran el terreno de esas escaramuzas inmediatas, la mejor forma de organización para intervenir en ellas era el círculo local. Esto era también una forma de volcarse ante el hecho inmediato, puesto que el movimiento socialista ruso durante las primeras décadas de su existencia estuvo disperso en una plétora de círculos locales aislados, diletantes, y a menudo transitorios, que apenas estaban conectados entre sí.

Oponerse a la tendencia economicista fue el principal objetivo del libro de Lenin ¿Qué hacer?, publicado en 1902. Lenin argumentó contra la idea de que la conciencia socialista surgiera simplemente de la lucha diaria; y planteó que se requería que la clase obrera interviniera en el terreno político. La conciencia socialista no podía engendrarse meramente de la relación inmediata entre patronos y trabajadores, sino únicamente de la lucha global entre las clases-y así de la relación más general entre la globalidad de la clase obrera y la clase dominante, y también de la relación entre la clase obrera y todas las demás clases oprimidas por la autocracia ([2]).

El desarrollo de la conciencia revolucionaria de clase requería, en especial, la construcción de un partido unificado, centralizado y declaradamente revolucionario; un partido que tenía que ir más allá del estadio de círculos y de la estrechez de miras y el espíritu de círculo personalista que significaba. En contra de la visión economicista que reducía el partido a un mero accesorio, o “cola” de la lucha económica, apenas distinto de otras formas de organización obrera más inmediatas como los sindicatos, un partido proletario debía existir sobre todo para conducir al proletariado del terreno económico al terreno político. Para estar preparado para esta tarea, el partido tenía que ser una “organización de revolucionarios” mas que una “organización de trabajadores”. Mientras que en esta última, el único criterio para participar era ser un trabajador que busca defender intereses de clase inmediatos, la primera tenía que estar compuesta de “revolucionarios profesionales” ([3]), militantes revolucionarios que trabajaban de mutuo acuerdo sin considerar sus orígenes sociológicos.

Por supuesto el Qué hacer de Lenin es sobre todo conocido por la formulación de Lenin sobre la conciencia, especialmente por haber recogido de Kautsky la noción de que la “ideología” socialista es producto de los intelectuales de la clase media, lo que llevaba a la concepción de que la conciencia de la clase obrera es “espontáneamente” burguesa. Se ha dicho mucho sobre esos errores, que en cierto modo son la imagen refleja del economicismo y una real concesión a una visión puramente inmediatista, en la que se ve la clase obrera sólo tal como es en un momento dado, en los centros de trabajo, más que como una clase histórica, cuya lucha contiene también la elaboración de la teoría revolucionaria. Lenin corrigió pronto la mayoría de estos errores –en realidad ya había comenzado a hacerlo en el IIº Congreso. Fue ahí donde admitió por primera vez “haber torcido demasiado la dirección” en su argumento contra los economicistas, y afirmó que ciertamente los obreros podían participar en la elaboración del pensamiento socialista, señalando también que, sin la intervención de los revolucionarios, la conciencia de clase que emerge espontáneamente está constantemente tratando de ser desviada hacia la ideología burguesa por la interferencia activa de la burguesía. Lenin iba a llevar más lejos estas clarificaciones tras la experiencia de la revolución de 1905. Pero en cualquier caso, el punto central de su crítica del economicismo sigue siendo válido: la conciencia de clase sólo puede ser la comprensión del proletariado de su posición histórica y global, y no puede alcanzar madurez sin el trabajo organizado de los revolucionarios.

También es importante comprender que Lenin no escribió Qué hacer a título individual, sino como representante de la corriente alrededor del periódico Iskra, que defendía la necesidad de terminar la fase de círculos y de formar un partido centralizado con un programa político definido, organizado en particular en torno a de un periódico militante. Los iskristas fueron al IIo Congreso como una tendencia unificada, y los delegados que sostenían esta línea eran una clara mayoría, a la que se oponía principalmente un ala derecha compuesta por el grupo Rabocheie Dielo encabezado por Martinov y Akimov, que estaba fuertemente influenciado por el economicismo; y representantes de una forma de “separatismo” judío (el Bund). Es cierto, como relata por ejemplo Deutcher en el primer volumen de su biografía de Trotski, que ya habían algunas tensiones y diferencias en el grupo dirigente de Iskra, pero había, o se suponía que había, amplio acuerdo sobre la posición contenida en el libro de Lenin. Este acuerdo continuó durante gran parte del Congreso, y al final del Congreso, no sólo se escindió el grupo de Iskra, sino que todo el partido se vio sacudido por la ruptura histórica entre bolchevismo y menchevismo, que, a pesar de varios intentos durante los 10 años siguientes, no iba a cicatrizarse nunca.

En Un paso adelante, dos pasos atrás (publicado en 1904), Lenin nos ofrece un análisis muy preciso de las diferentes corrientes dentro del Congreso del partido. Comenzó con una escisión a tres bandas entre el grupo de Iskra, el ala derecha antiiskrista, y los “elementos inestables y vacilantes”, para los que Lenin usó el término de “pantano”. Al final del congreso, una parte de los iskristas que se había hundido en el pantano –de forma clásica como el centrismo ha hecho siempre en la historia del movimiento obrero– terminó proporcionando un nuevo envoltorio para los argumentos de la derecha abiertamente oportunista ([4]). Además, en el enfoque de Lenin, las características del pantano coincidían en gran medida con la excesiva influencia de los intelectuales en el periodo de los círculos –procedentes de un estrato pequeño burgués, orgánicamente predispuestos al individualismo y al “anarquismo aristocrático” que desdeñan la disciplina colectiva de la organización proletaria.

Las divergencias en el Segundo Congreso

La escisión iba a enconarse más tarde en profundas divergencias programáticas sobre la naturaleza de la próxima revolución en Rusia; en 1917 esas divergencias acabarían siendo fronteras de clase. Y sin embargo no se expresaron al comienzo sobre cuestiones programáticas generales, sino esencialmente sobre cuestiones de organización.

Los principales puntos del orden del día del Congreso eran los siguientes:
– adopción de un programa
– adopción de los estatutos
– confirmación de Iskra como el “órgano central” (literalmente esto quería decir que era la publicación dirigente del partido, aunque se aceptaba en general que el equipo editorial de Iskra fuera también el órgano central del partido en sentido político, puesto que el Comité central establecido por el congreso debía cumplir una función principalmente organizativa en el interior de Rusia).

La discusión sobre el programa ha sido en gran parte ignorada por la historia; inmerecidamente de hecho. Ciertamente, el programa de 1903 reflejaba fuertemente la fase de transición en la vida del capitalismo –el ocaso entre la ascendencia y la decadencia, y en particular la expectativa de algún tipo de revolución burguesa en Rusia (aunque no fuera dirigida por la burguesía). Pero hay más que eso en el programa de 1903: en ese momento era el primer programa marxista que usaba el término dictadura del proletariado –un asunto significativo puesto que uno de los temas explícitos del congreso iba a ser el combate contra el “democratismo” en el partido y en el proceso revolucionario (Plejanov por ejemplo, argumentaba que, llegado el momento, un gobierno revolucionario no debería tener ninguna vacilación en dispersar una asamblea constituyente de mayoría contrarrevolucionaria, como iban a plantear los bolcheviques en 1918 –aunque, para entonces, Plejanov se había convertido en un fanático defensor de la democracia contra la dictadura del proletariado). La cuestión de la “dictadura” también estaba vinculada al debate sobre la conciencia de clase; como los consejistas en un periodo posterior, Akimov vio el peligro de una dictadura del partido sobre los obreros precisamente en una fórmula de Lenin sobre la conciencia en Qué hacer. Ya hemos tratado brevemente este debate antes; pero sobre la discusión en el Congreso –particularmente las críticas de Martinov a las posiciones de Lenin– habremos de volver en otro artículo, porque, aunque pueda parecer sorprendente, la intervención de Martinov es una de las más teóricas de todo el Congreso, y plantea muchas críticas correctas a las formulaciones de Lenin, aunque nunca llegara a abordar la cuestión central. Pero no fue este el asunto que llevó a la escisión de la corriente de Iskra. Al contrario, en ese momento, en las sesiones, los iskristas estaban unidos en defensa del programa, y también de la necesidad de un partido unido, contra las críticas del ala derecha, elementos declaradamente democratistas, que rechazaban el término mismo de “dictadura del proletariado”, y que en cuestiones organizativas favorecían la autonomía local contra las decisiones tomadas de manera centralizada.

Otro asunto importante suscitado pronto en el Congreso, también tuvo una respuesta unida de los iskristas: la posición del Bund en el partido. El Bund pedía “derechos exclusivos” en la tarea de intervenir en el proletariado judío en Rusia; mientras que todo el empuje del Congreso iba a la formación de un partido para toda Rusia, las demandas del Bund apuntaban a un proyecto de partido separado para los obreros judíos. Martov, Trotski y otros, procedentes muchos de ellos del mundo judío, rebatieron esos argumentos y mostraron plenamente los peligros de las concepciones bundistas. Si cada grupo étnico o nacional pretendiera lo mismo en Rusia, el resultado final sería un estado de dispersión peor que la fragmentación existente en círculos locales, y el proletariado se escindiría completamente en divisiones nacionales. Por supuesto, lo que se ofreció al Bund aún va más allá de lo que sería aceptable hoy (“autonomía” para el Bund en el partido). Pero la autonomía se distinguía claramente del federalismo: este último significaba “un partido dentro del partido”, el primero significaba un cuerpo integrado con una esfera particular de intervención, pero subordinado enteramente a la autoridad superior del partido. Esto ya significaba por tanto, una clara defensa de los principios organizativos.

La escisión comenzó con el debate sobre los Estatutos –cuando aún no había concluido. El punto de confrontación –la diferencia entre la definición de Lenin y la de Martov sobre quién es miembro del partido- era sobre una expresión que podrá parecer demasiado sutil (y ciertamente ni Lenin ni Martov habían previsto una escisión sobre ese punto). Pero detrás de ella había dos conceptos completamente diferentes del partido, mostrando que no había un acuerdo real sobre Qué hacer en el grupo de Iskra.

Recordemos las formulaciones: la de Martov dice:
“Se considerará como perteneciente al Partido obrero socialdemócrata de Rusia a todo el que acepte su programa, apoye al partido con recursos materiales y le preste su colaboración personal de forma regular bajo la dirección de una de sus organizaciones”.

La de Lenin:
“Se considerará miembro del partido a todo el que acepte su programa y apoye al Partido, tanto con recursos materiales, como con su participación personal en una de las organizaciones del mismo”.

El debate sobre estas formulaciones, mostraba la profundidad real de las diferencias sobre la cuestión de organización –y la unidad esencial entre el ala abiertamente oportunista y el “pantano” centrista. Se centró sobre la distinción entre “prestar la colaboración personal al Partido” y “participar personalmente en él”– la distinción entre los que simplemente simpatizan con el Partido apoyándolo, y los que son militantes implicados del Partido.

Así, siguiendo la intervención de Akimov sobre el hipotético profesor que apoya al Partido y debería tener derecho a llamarse socialdemócrata, Martov afirmó que “cuanto más abarque el título de miembro del partido, mejor. Solo podríamos alegrarnos de que cada huelguista, cada manifestante, respondiera de sus actos proclamándose miembro del Partido” (1903, Actas del Segundo Congreso del POSDR, New Park, 1978, p. 312, 22ª sesión, 2 de agosto –traducido por nosotros). Ambas posiciones revelaban el deseo de construir un “amplio” Partido, según el modelo alemán; implícitamente un Partido que pudiera llegar a ser una fuerza política, dentro más que en contra, la sociedad burguesa.

La respuesta de Lenin a Akimov , Martov, y Trotski, que ya se habían inclinado hacia el “pantano” en este punto, restablecía los argumentos principales de Qué hacer:

“¿Mi formulación, limita o amplía el concepto de miembro del Partido?... Mi formulación limita este concepto, mientras la de Martov la amplia, puesto que lo que distingue su concepto es (para usar su propia expresión correcta), su “elasticidad”. Y en el periodo de la vida del partido que estamos atravesando, es precisamente esa “elasticidad” la que con toda seguridad, abre la puerta a todos los elementos de confusión, vacilación y oportunismo... salvaguardar la firmeza de la línea del partido y la puridad de sus principios es de lo más urgente, porque con la restauración de su unidad, el Partido reclutará muchos elementos inestables, cuyo número aumentará a medida que crezca el Partido. El camarada Trotski entendió muy incorrectamente las ideas fundamentales de mi libro Qué hacer cuando habló de que el Partido no era una organización conspiradora... olvidó que en mi libro abogo por una serie de organizaciones de diferentes tipos, desde la más secreta y exclusiva, hasta otras amplias y “laxas” en comparación. Olvidó que el Partido debe ser solo la vanguardia, el dirigente de la vasta masa de la clase obrera, cuya totalidad (o casi), obra bajo el control y la dirección de las organizaciones del Partido, pero no pertenece ni tiene que pertenecer al Partido” (ídem).

La experiencia de 1905 –y sobre todo la de 1917– confirmaría ampliamente la opinión de Lenin sobre este punto. La clase obrera de Rusia creó sus propias organizaciones de lucha al calor de la revolución –los comités de fábrica, los soviets, las milicias obreras, etc.– y fueron esos órganos los que agruparon al conjunto de la clase. Pero precisamente por eso, el nivel de conciencia en esos órganos era muy heterogéneo y estaban inevitablemente influidos e infiltrados por la ideología burguesa y sus agentes de la clase dominante. De ahí la necesidad de que la minoría de revolucionarios conscientes se organizara en un Partido distinto en esos órganos de masas, un Partido que no estuviera sometido a las confusiones y vacilaciones eventuales en la clase, sino que estuviera armado con una visión coherente de los métodos y los fines históricos del proletariado. Los conceptos “elásticos” de los mencheviques, por el contrario, los hacían tan faltos de toda firmeza, que solo podían convertirse, en el mejor de los casos, en un factor de confusión, y en el peor, en un vehículo para los esquemas de la contrarrevolución.

Se ha argumentado que la concepción “limitada” del partido de Lenin, su rechazo del modelo de partido de masas favorecido por la socialdemocracia europea de la época, era producto de las condiciones y tradiciones específicas de Rusia: la herencia conspiradora del grupo terrorista Voluntad del pueblo (el hermano de Lenin vivió esa tradición y fue ahorcado por participar en una tentativa de asesinar al zar); y de las condiciones de intensa represión que hacían imposible que existiera cualquier organización legal de trabajadores. Pero es mucho más justo decir que la visión del partido de Lenin, como una vanguardia revolucionaria clara y determinada, corresponde a las condiciones que, cada vez más, se imponían a escala internacional –las condiciones de la decadencia del capitalismo, en la que el sistema va asumiendo una forma totalitaria, declarando fuera de la ley cualquier organización permanente de masas, e imponiendo con mayor intensidad el carácter minoritario de las organizaciones comunistas. En particular, la nueva época significaba que la función del partido –como Rosa Luxemburg había dejado claro– no era encuadrar y organizar directamente al conjunto de la clase, sino asumir la función de dirección política en los movimientos explosivos de clase desencadenados por la crisis del capitalismo. En otro artículo veremos que Rosa Luxemburg malinterpretó seriamente el significado de la escisión de 1903, y apoyó la línea de los mencheviques contra Lenin. Pero más allá de estas diferencias, había una profunda convergencia que iba a hacerse evidente al calor de la revolución misma.

Espíritu de Partido contra espíritu de círculo

Pero volvamos al debate de los estatutos. En ese momento del Congreso, antes de la salida del Bund y los economicistas, había una corta mayoría a favor del enunciado de Martov. La escisión que siguió se produjo en torno a una cuestión aparentemente mucho más trivial –quién tenía que estar en el comité de redacción de Iskra. La reacción casi histérica a la propuesta de Lenin de sustituir el viejo equipo de 6 (Lenin, Martov, Plejanov, Axelrod, Potresov y Zasulich) por un equipo de 3 (Lenin, Martov y Plejanov), daba la medida del peso del espíritu de círculo en el Partido, de la dificultad para comprender lo que significaba realmente el espíritu de partido, no en general, sino en lo más concreto.

En Un paso adelante, dos pasos atrás, Lenin hizo un resumen magistral de las diferencias entre el espíritu de círculo y el espíritu de partido:

“La redacción de la nueva Iskra lanza contra Alexándrov la edificante indicación de que “la confianza es una cosa delicada que no se puede meter a mazazos en los corazones ni en las cabezas” (núm. 56 suplemento). La redacción no comprende que precisamente el colocar en primer plano la confianza, la mera confianza, delata una vez más su anarquismo señorial y su seguidismo en materia de organización. Cuando yo era únicamente miembro de un círculo, ya fuera del grupo de los seis redactores o de la organización de Iskra, tenía derecho a justificar, por ejemplo, mi negativa a trabajar con X, alegando sólo la falta de confianza, sin tener que dar explicaciones ni argumentos. Una vez miembro del Partido, no tengo derecho a invocar sólo una vaga falta de confianza, porque ello equivaldría a abrir de par en par las puertas a todas las extravagancias y a todas las arbitrariedades del viejo espíritu de círculo; estoy obligado a argumentar mi “confianza” o mi “desconfianza” con un razonamiento formal, es decir, a referirme a esta o a la otra disposición formalmente fijada de nuestro Programa. De nuestra táctica, de nuestros estatutos; estoy obligado a no limitarme a un “tengo confianza” o “desconfío”, sin más ni más, sino a reconocer que debo responder de mis decisiones, como en general toda parte integrante del Partido debe responder de las suyas ante el conjunto del mismo; estoy obligado a seguir la vía formalmente prescrita parta expresar mi “desconfianza”, para sacar adelante las ideas y los deseos dimanantes de esta desconfianza. Nos hemos elevado ya de la “confianza” incontrolada, propia de los círculos, al punto de vista del Partido, que exige la observancia de procedimientos controlados y formalmente determinados para expresar y comprobar la confianza...”

Un asunto clave en la controversia sobre la composición del comité de redacción era la afinidad sentimental de Martov hacia sus amigos y camaradas en la vieja Iskra, y su creciente, aunque infundada sospecha sobre los verdaderos motivos de Lenin para argumentar que ya no deberían estar en el nuevo equipo. Globalmente, todo este episodio demostraba una chocante incapacidad de revolucionarios con experiencia, como Martov o Trotski, para superar sus sentimientos de orgullo herido y trascender sus simpatías puramente personales, y poner los intereses políticos del movimiento por encima de los lazos de simpatía. Plejanov iba a mostrar en el curso de los acontecimientos la misma dificultad más tarde; aunque en el Congreso estuvo de parte de Lenin, después le parecieron demasiado intransigentes y rudas las denuncias de Lenin de la actitud de Martov y Cia., y cambió de caballo a mitad carrera; tras haber obligado a Lenin a dimitir del comité de Iskra que había sido elegido por el Congreso, entregó el órgano del Partido a los mencheviques. Todos los antiguos iskristas que previamente habían defendido a Lenin de las acusaciones de la derecha sobre su deseo de imponer una dictadura, un “estado de sitio” –por decirlo en los términos de Martov– en el Partido, ahora no encontraban palabras suficientes para denunciar la política de Lenin: Robespierre, Bonaparte, autócrata, monarca absoluto, etc.

De nuevo en Un paso adelante, dos paso atrás (pag. 418-19, ídem), Lenin definió muy elocuentemente esa clase de reacción, hablando de :

“... la persistente nota sostenida de enojo que suena en todos los escritos de todos los oportunistas contemporáneos en general y de nuestra minoría en particular. Se ven perseguidos, oprimidos, expulsados, asediados, aperreados... Miren, en efecto, las actas del Congreso de nuestro Partido y verán que la minoría está constituida por todos los ofendidos, por todos los que han sufrido de la socialdemocracia revolucionaria alguna ofensa en algo”.

Lenin también muestra la “estrecha relación psicológica” entre esas respuestas, todas las grandiosas denuncias contra la autocracia y la dictadura en el partido, y la mentalidad oportunista en general, incluyendo su punto de vista sobre cuestiones programáticas más generales:

“... predominan inocentes y patéticas declamaciones acerca del absolutismo y la burocracia, la obediencia ciega y los tornillos y ruedecitas; declamaciones tan candorosas que resulta aún muy difícil distinguir en ellas lo que hay efectivamente de principio de lo que es en realidad cooptación. Pero quien en mucho hablar se empeña, a menudo se despeña: los intentos de analizar y definir exactamente la odiosa “burocracia” conducen inevitablemente al autonomismo; los intentos de “profundizar” y fundamentar llevan indefectiblemente a justificar el atraso, llevan al seguidismo, a la fraseología girondina. Por último, como único principio efectivamente definido y que, por lo mismo, se manifiesta con peculiar claridad en la práctica (la práctica precede siempre a la teoría), aparece el principio del anarquismo. Ridiculización de la disciplina, autonomismo y anarquismo, tal es la escalerilla por la que tan pronto baja como sube nuestro oportunismo en materia de organización, saltando de peldaño en peldaño y esquivando con habilidad toda definición precisa de sus principios. Exactamente la misma gradación presenta el oportunismo en cuanto al programa y la táctica: burla de la ortodoxia, de la estrechez y de la inflexibilidad –“crítica” revisionista y ministerialismo– democracia burguesa”.

El comportamiento de los mencheviques planteaba la cuestión de la disciplina de Partido en otro aspecto. Aunque (tras la partida de los semieconomicistas y el Bund) habían quedado en minoría (de ahí el nombre) al final del Congreso, se saltaron completamente las decisiones que había tomado sobre la composición del comité de redacción de Iskra. Martov, en solidaridad con sus amigos “expulsados”, se negó a participar en el nuevo comité, y más tarde, su facción llevó a cabo un boicot de todos los órganos centrales mientras estuviera en minoría. Los mencheviques, y todos los que los apoyaban en el plano internacional (esto incluía a Kautsky y Rosa Luxemburg) desencadenaron una campaña de desprestigio personal contra Lenin, acusándolo, entre otras cosas, de intentar sustituir por un órgano central todopoderoso la vida democrática del Partido. Pero la realidad era muy diferente: Lenin expresó claramente la defensa de la autoridad del centro real del Partido, el Congreso, que los mencheviques habían ignorado totalmente. Lenin definió así el verdadero problema que había tras los gritos de los mencheviques de “democracia contra burocracia”:

“Burocracia contra democracia es precisamente centralismo contra autonomismo; es el principio de organización de la socialdemocracia revolucionaria frente al principio de organización de los oportunistas de la socialdemocracia. Este último trata de ir de abajo arriba, y por ello defiende, siempre que puede y cuando puede, el autonomismo, la “democracia” que va (en los casos en que hay exceso de celo) hasta el anarquismo. El primero trata de empezar por arriba, preconizando la extensión de los derechos y deberes del organismo central respecto a las partes. En la época de la dispersión y del esparcimiento en círculos, la cima de donde quería la socialdemocracia revolucionaria en su organización era inevitablemente uno de los círculos, el más influyente por su actividad y consecuencia revolucionaria (en nuestro caso la organización de Iskra). En una época de restablecimiento de la unidad efectiva del Partido y de disolución de los círculos anticuados en esa unidad, esa cima es inevitablemente el congreso del Partido, órgano supremo del mismo. El congreso agrupa, en la medida de lo posible, a todos los representantes de las organizaciones activas y, designando organismos centrales (muchas veces con una composición que satisface más a los elementos de vanguardia que a los rezagados, que gusta más al ala revolucionaria que a su ala oportunista), hace de ellos la cima hasta el congreso siguiente” .

Así, detrás de diferencias “triviales” se planteaban en realidad importantes cuestiones de principio –Lenin habla de oportunismo en materia de organización, y el oportunismo sólo existe con relación a los principios. El principio es el centralismo. Como Bordiga planteó en su texto de 1922, El Principio democrático: “La democracia no puede ser para nosotros un principio. Sí lo es indiscutiblemente el centralismo, puesto que las características esenciales de la organización del Partido tienen que ser la unidad de estructura y de acción”. El centralismo expresa la unidad del proletariado, mientras que la democracia es un “simple mecanismo de organización” (ídem). Para la organización política del proletariado, el centralismo no puede significar nunca la dirección de una casta burocrática, puesto que solo puede mantenerse vivo si hay una auténtica participación consciente de todos los miembros en la defensa y la elaboración del programa y los análisis del Partido; al mismo tiempo tiene que estar basado en una confianza profunda en la capacidad de los órganos centrales elegidos por la expresión más alta de la unidad de la organización –el Congreso– para impulsar las orientaciones de la organización entre los congresos. En ese proceso se emplean por supuesto procedimientos “democráticos” y se toman decisiones por mayoría, pero son sólo medios de un fin, que es la homogeneización de la conciencia y la forja de una unidad real de acción en la organización ([5]).

El carácter político de las cuestiones de organización y el peligro de ignorarlo

Contrariamente a lo que piensan otros grupos y elementos del Medio proletario actual, la cuestión del funcionamiento centralizado de la organización no es, en absoluto, una cuestión secundaria, una cobertura para cuestiones programáticas más profundas; es en sí mismo una cuestión programática. El BIPR por ejemplo insiste en que las recientes escisiones en la CCI no lo han sido en absoluto por cuestiones de organización. Se niegan categóricamente a considerar la cuestión del funcionamiento, de los clanes, de la centralización, y buscan “las verdaderas debilidades programáticas de la CCI” que han llevado a las escisiones (por ejemplo nuestra supuesta mala interpretación de la lucha de clases, o nuestra teoría de la descomposición capitalista). Es ése un error de método, ajeno a la posición de Lenin. A decir verdad, nos recuerda los comentarios de Axelrod tras el IIº Congreso del POSDR:

“Con mi pobre inteligencia, soy incapaz de entender lo que se quiere decir con “oportunismo en materia de organización” planteado como algo autónomo, desprovisto de cualquier relación orgánica con ideas programáticas o tácticas” (“Sobre los orígenes y significado de nuestras divergencias actuales, carta a Kautsky”, 1904, traducido por nosotros).

En realidad, la lucha contra el oportunismo en materia de organización ya había sido ampliamente demostrada por la práctica de Marx en la Iª Internacional, en particular en el combate contra los intentos de Bakunin de subvertir la centralización construyendo una red de organizaciones secretas que no rendían cuentas mas que a él mismo. En el Congreso de 1872 de La Haya, Marx y Engels consideraron más importante poner este asunto en el orden del día, que las lecciones de la Comuna de París –que ciertamente se cuentan entre las más vitales de toda la historia del movimiento revolucionario proletario.

Igualmente, la escisión entre bolcheviques y mencheviques nos ha dejado lecciones vitales sobre el problema de la construcción de una organización de revolucionarios. A pesar de todas las diferencias entre las condiciones que confrontaron los revolucionarios en Rusia a principios del siglo XX y las que han confrontado los grupos del campo proletario desde el resurgir histórico de la lucha de clases a finales de los 60, hay, sin embargo, muchos puntos en común. En particular los nuevos grupos que surgieron en la última parte del siglo XX han tenido que cargar con el peso del espíritu de círculo. La ruptura entre ellos y las generaciones anteriores de revolucionarios, que tenían amplia experiencia en lo que era trabajar en un verdadero Partido proletario, los efectos traumáticos de la contrarrevolución estalinista, que han instilado en la clase obrera una profunda desconfianza en la noción misma de un partido político centralizado, las importantes influencias de la pequeña burguesía y las capas intelectuales después de 1968, comparables al peso desproporcionado de la intelligentsia en los orígenes del movimiento revolucionario en Rusia, las campañas incesantes de la clase dominante contra la idea misma del comunismo y a favor de una aceptación incuestionable de la ideología democrática –todos esos factores han hecho la tarea de construcción de la organización más dura que nunca hoy.

La CCI ha escrito muchas veces sobre estos problemas –el ejemplo más reciente es el artículo en el número 114 de esta Revista sobre el XVº Congreso de la CCI, que mostraba también cómo esas dificultades se ven agudizadas por la atmósfera pútrida de la descomposición capitalista. En particular, las presiones de la descomposición, que tienden a gangsterizar toda la sociedad, tienden constantemente a convertir los vestigios del espíritu de círculo en un fenómeno más pernicioso y destructivo –en clanes, agrupamientos informales paralelos tremendamente destructivos, con sus propias lealtades personales por afinidad y sus hostilidades basadas en lo mismo.

También hemos hecho notar el sorprendente paralelismo entre las escisiones en nuestras propias filas, expresiones de esas dificultades que acabamos de mencionar, y la escisión entre bolcheviques y mencheviques en 1903. Cuando los elementos que formaron la “Fracción Externa de la CCI” desertaron de nuestras filas en 1985, publicamos un artículo en la Revista internacional 45 que trazaba las similitudes históricas entre la FECCI y los mencheviques. En particular el artículo mostraba que la tendencia que después formaría la FECCI, había sido un agrupamiento basado más en lealtades personales, orgullo herido y absurdos sentimientos de persecución, que en verdaderas diferencias políticas ([6]).

Igualmente, la autodenominada Fracción interna de la CCI, formada en 2001, también presentaba muchas de las características del menchevismo de 1903. La FICCI tuvo sus orígenes en un clan, que se encontraba a gusto con los avances de la CCI mientras estuvo bien instalado en nuestro órgano central internacional. En realidad respondió con una campaña de calumnias y denigración a una minoría de camaradas que habían empezado a profundizar en la verdadera situación de la organización. Y en cuanto este clan perdió lo que él mismo consideraba como una “posición de poder”, inmediatamente empezó a postularse como defensor de la democracia, herido y perseguido por la burocracia usurpadora. Habiendo reivindicado previamente ser el defensor más vigoroso de los estatutos, empezó a partir de ese momento a saltarse sin vergüenza todas las normas que se había dado la organización; quizás lo más notable en ese sentido fue su mofa de la decisión del XIVo Congreso de la CCI, que había elaborado un método coherente para abordar las divergencias y las tensiones que habían aparecido en el órgano central. Esto significaba un comportamiento similar al de los mencheviques hacia el Congreso de 1903.

Como los mencheviques, ambas escisiones de la CCI se sintieron obligadas a “profundizar su posición y reafirmarla”, descubriendo rápidamente que habían desarrollado importantes diferencias programáticas con la CCI –incluso aunque originalmente se hubieran presentado como los verdaderos guardianes de la plataforma y de los análisis de la CCI. Así la FECCI se desembarazó de la pesada carga de nuestro marco de análisis de la decadencia; y la FICCI por su parte, se deshizo de nuestro concepto de descomposición, concepto, digamos, poco “popular” en el medio proletario, que esa banda trata de infiltrar. En este contexto, la dificultad del medio proletario para tratar la cuestión de la organización como una cuestión política per se, lo hace notablemente incapaz de responder adecuadamente a los problemas organizativos que enfrenta la CCI (por no mencionar sus propios problemas) y plenamente vulnerable a las campañas de seducción de un grupo como la FICI, que tiene una función puramente parásita en el Medio.

Si mencionamos estas experiencias no es porque queramos ponerlas al mismo nivel que los acontecimientos del Congreso de 1903, pues no nos vamos a engañar a nosotros mismos pensando que ya somos el partido de clase. Lo que sí es cierto es que quien no comprende las lecciones de las experiencias del pasado, está condenado a repetirlas. Si no se ha asimilado todo el significado de la escisión entre bolcheviques y mencheviques, será imposible progresar hacia la formación del partido proletario de la próxima revolución. Ninguna organización proletaria hoy o mañana puede evitar crisis organizativas y escisiones, como tampoco pudieron los bolcheviques –sea en 1903, 1914, 1917 u otros momentos históricos clave. Pero si estamos armados con las lecciones del pasado, esos momentos de crisis permitirán que las organizaciones políticas proletarias, como ocurrió una y otra vez en la historia de los bolcheviques, salgan políticamente reforzadas y vigorizadas y sean así más capaces de responder a las imperiosas demandas de la historia.

En un segundo artículo profundizaremos en el debate sobre la conciencia de clase del IIo Congreso y en la controversia entre Lenin, Trotski y Luxemburg sobre la escisión en la socialdemocracia rusa.

Amos


[1] Referencia humorística a un libro inglés (1066 and all that) que describía cómo presentaban los manuales escolares algunos acontecimientos históricos como “algo malísimo”.

[2] Parte de lo que Lenin dice en Qué hacer sobre los revolucionarios como “tribunos del pueblo” hay que verlo a la luz de cómo los socialdemócratas rusos comprendían la revolución que se avecinaba; no creían que se trataba de una lucha directa por el socialismo, sino dirigida inicialmente a acabar con la autocracia e inaugurar una fase de “democracia”. Los bolcheviques, a diferencia de los economicistas y más tarde los mencheviques, estaban convencidos de que esa tarea iba más allá de las fuerzas de la burguesía en Rusia y tendría que llevarse a cabo por la clase obrera. En cualquier caso, el punto más importante sigue siendo válido: la conciencia socialista no puede surgir sin que la clase obrera sea consciente de su posición general en la sociedad capitalista, y esto necesariamente implica ver más allá de los confines de la fábrica la totalidad de las relaciones de clase en la sociedad.

[3] Lenin dejó claro en el Congreso que con el empleo del término “revolucionarios profesionales”, no se refería a agentes del Partido pagados y que trabajaban para él a tiempo completo; en esencia el término “profesional” se usaba en contraste con la actitud “amateur” de la fase de círculos donde los grupos no tenían una forma clara, ni un plan de actividades firme, y sólo duraban como media unos pocos meses antes de que la policía los disolviera.

[4] Este análisis de las tres principales corrientes en las organizaciones políticas obreras –derecha abiertamente oportunista, izquierda revolucionaria y centro vacilante– conserva hoy toda su validez, igual que el término de “pantano” que Lenin aplica a la tendencia centrista. Vale la pena transcribir la nota a pie de página del propio texto de Lenin sobre este término, porque recuerda lo que ocurre hoy cuando la CCI usa el término “pantano” para caracterizar la zona cambiante de transición entre la política del proletariado y la de la burguesía: “Tenemos ahora en el Partido gentes que, al oír esta palabra, se horrorizan y se lamentan a gritos de una polémica impropia de camaradas. ¡Extraña deformación del instinto bajo la influencia de lo oficial... cuando se aplica indebidamente! Casi no hay partido político con lucha interna que prescinda de este término, el cual sirve siempre para designar a los elementos inconstantes que vacilan entre los que luchan. Tampoco los alemanes, que saben mantener la lucha interna en un marco de exquisita corrección, se ofenden por la palabra “versumpft” [“metido en la charca”] y no se horrorizan ni manifiestan ridícula “pruderie” [mojigatería, gazmoñería] oficial” (Un paso adelante, dos pasos atrás).
Por supuesto cuando nosotros usamos este término hoy, nos referimos a un área intermedia entre las organizaciones proletarias y burguesas, mientras que Lenin se refiere al pantano dentro del partido proletario. Estas diferencias reflejan cambios históricos reales en los que no podemos entrar ahora, pero eso no debe ocultar lo que tienen de común las dos aplicaciones del término.

[5] Más tarde, Lenin empleó el término “centralismo democrático” para describir el método de organización por el que abogaba, como después usaría el término “democracia obrera” para describir el modo de funcionamiento de los soviets. Desde nuestro punto de vista, ninguno de esos dos términos son muy útiles, sobre todo porque el término “democracia” (gobierno del pueblo) implica un punto de vista aclasista. Tendremos que volver sobre esto en otro momento. Lo que es interesante sin embargo, es que Lenin no usó este término en 1903, y que en realidad, su principal blanco fue precisamente la ideología del “democratismo” en el movimiento obrero.

[6] Nuestro texto de orientación de 1993 sobre el funcionamiento organizativo publicado en la Revista internacional no 109 (un texto que también desarrolla un importante análisis del Congreso de 1903) explica que la FECCI fue realmente un clan, más que una verdadera tendencia o fracción, mientras que nuestras “Tesis sobre el parasitismo” (Revista internacional nº 94) muestran el lazo orgánico entre los clanes y el parasitismo: los clanes o bandas que se han visto implicados en escisiones de la CCI, invariablemente evolucionan hacia grupos parásitos, que sólo pueden desempeñar un papel negativo y destructivo en el conjunto del medio proletario. Esto se ha confirmado de sobra por la trayectoria de la FICCI.