Anarquismo y comunismo - Los Amigos de Durruti : lecciones de una ruptura incompleta con el anarquismo

En la serie España 1936

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La agrupación anarquista de Los Amigos de Durruti, se ha citado a menudo para ilustrar la vitalidad del anarquismo durante los acontecimientos de 1936 en España, puesto que sus miembros jugaron un papel destacado durante las luchas de Mayo 1937, oponiéndose y denunciando la colaboración de la CNT en el gobierno de la República y la Generalitat de Cataluña. Hoy la CNT se vanagloria de sus hazañas y vende sus publicaciones más conocidas(), apadrinando sus posiciones.

La agrupación anarquista de Los Amigos de Durruti, se ha citado a menudo para ilustrar la vitalidad del anarquismo durante los acontecimientos de 1936 en España, puesto que sus miembros jugaron un papel destacado durante las luchas de Mayo 1937, oponiéndose y denunciando la colaboración de la CNT en el gobierno de la República y la Generalitat de Cataluña. Hoy la CNT se vanagloria de sus hazañas y vende sus publicaciones más conocidas([1]), apadrinando sus posiciones.

Para nosotros sin embargo, la lección esencial de la experiencia de esta agrupación no es la “vitalidad” del anarquismo, sino al contrario, la imposibilidad de plantear una alternativa revolucionaria desde él([2]). Los Amigos de Durruti, aunque se opusieron a la política de “colaboración” de la CNT, no comprendieron su papel como factor activo de la derrota del proletariado, su alineamiento en el campo burgués; y por eso no la denunciaron como un arma del enemigo; al contrario, siempre reivindicaron su militancia en la CNT y la posibilidad de utilizarla para defender los intereses del proletariado.

La razón fundamental de esa dificultad es su incapacidad para romper con el anarquismo. Esto es lo que explica también que, a pesar del indiscutible esfuerzo y el coraje revolucionario de los miembros de esta agrupación, no haya surgido lamentablemente una clarificación sobre los acontecimientos de España 1936.

1936: ¿Revolución proletaria o guerra imperialista?

En los libros de historia, los sucesos de España 1936 se describen como “la guerra civil”. Para los trotskistas y los anarquistas, se trata de “la revolución española”. Para la CCI, no fue ni una “guerra civil”, ni una “revolución”, sino una guerra imperialista. Una guerra entre dos fracciones de la burguesía española: la de Franco, respaldada por el imperialismo alemán e italiano; y en el otro lado, el republicano, un gobierno del Frente popular que, particularmente en Cataluña, incluía a los estalinistas, el POUM y la CNT, respaldado por la URSS y los imperialismos democráticos. La clase obrera se movilizó en julio 1936 contra el golpe de Franco y en mayo 1937 en Barcelona contra la tentativa de la burguesía de aplastar la resistencia proletaria([3]). Pero, en ambos casos, el Frente popular, logró derrotarlo y desviarlo hacia las matanzas militares utilizando la excusa del “antifascismo”.

Este fue el análisis de Bilan, la publicación de la Izquierda comunista de Italia en el exilio. Para Bilan, era esencial ver el contexto internacional en el que ocurrían los acontecimientos en España. La oleada revolucionaria internacional que acabó con la Iª Guerra mundial y se extendió por los cinco continentes había sido derrotada, aunque todavía quedaban ecos de luchas obreras en China en 1926, en la huelga general de Gran Bretaña, y en la propia España. Sin embargo el aspecto dominante de la década de 1930 era la preparación de todas las potencias imperialistas para otro conflicto global. Este era el marco internacional de los acontecimientos en España: una clase obrera derrotada y el camino a una IIa Guerra mundial.

Otros grupos proletarios como el GIKH([4]), defendieron posiciones similares, a pesar de que también hubiera espacio en sus publicaciones para posiciones que se asimilaban al trotskismo, que veían que, partiendo de una lucha por una “revolución burguesa”, el proletariado podía intervenir revolucionariamente. Bilan debatió pacientemente con estos grupos, entre los que se incluía una minoría en su seno, que defendía que la revolución podía surgir de la guerra y que se movilizó para luchar en la columna Lenin en España([5]).

Por muy confusas que pudieran ser sus posiciones, ninguno de estos grupos se había comprometido sin embargo en el apoyo al gobierno republicano. Ninguno había participado en el sometimiento de los obreros a la República, ninguno había tomado partido por la burguesía... ¡A diferencia del POUM y la CNT!([6]).

Apoyándose en aquellos errores del proletariado, la burguesía pretende avalar hoy la política traidora y contrarrevolucionaria de estos últimos, presentando los sucesos de 1936 en España como una “revolución proletaria” dirigida por el POUM y la CNT([7]), cuando estos fueron en realidad la última línea de la burguesía contra la lucha obrera, como ya hemos denunciado:

“Pero sobre todo el POUM y la CNT jugaron el papel decisivo en el alistamiento de los obreros para el frente. El cese de la huelga general fue ordenado por estas dos organizaciones sin que hubieran participado siquiera en su desencadenamiento. Más que Franco, la fuerza de la burguesía era disponer de una extrema izquierda que desmovilizó al proletariado español” (en nuestro libro La Izquierda comunista de Italia, pag. 84).

Las bases anarquistas de la traición de la CNT en 1936

A muchos obreros les cuesta reconocer que la CNT, que agrupaba los proletarios más combativos y decididos, y que lanzaba las propuestas más radicales, traicionara a la clase obrera, poniéndose del lado del Estado republicano burgués y alistándola en la guerra antifascista.

Por eso, confundidos por la amalgama y heterogeneidad de posiciones que caracteriza al medio anarquista, sacan como lección que el problema no fue la CNT  sino la “traición” de 4 ministros (la Montseny, García Oliver etc.) o la influencia de corrientes como los Treintistas([8]).

Es cierto que durante la oleada revolucionaria internacional que siguió a la Revolución rusa, las mejores fuerzas del proletariado en España se agrupaban en la CNT (el Partido socialista se alineaba con los socialpatriotas que habían llevado al proletariado mundial a la guerra imperialista, y el partido comunista representaba una ínfima minoría). Y esto expresaba fundamentalmente una debilidad del proletariado en España, consecuencia de las características que tomó el desarrollo del capitalismo (mala cohesión nacional, peso desmesurado de los sectores terratenientes de la burguesía y la aristocracia).

Ese terreno había sido un caldo de cultivo para la ideología anarquista, que expresa fundamentalmente el pensamiento de la pequeña burguesía radicalizada y su influencia en el proletariado. Ese peso se había visto agravado por la influencia del bakuninismo en la AIT en España, que tuvo desastrosas consecuencias, como había denunciado Engels en su libro Los bakuninistas en acción, a propósito del movimiento cantonalista de 1873 en España, cuando estos arrastraron al proletariado tras la burguesía radical aventurera. Entonces el anarquismo, cuando había tenido que elegir entre la toma del poder político por la clase obrera, o el gobierno de la burguesía, se había decantado por esta última:

«Esos que se presentan como autónomos, revolucionarios, anarquistas, acaban de lanzarse con el mayor celo en esta ocasión a hacer política, pero la peor de todas: la política burguesa. En lugar de luchar por conquistar el poder político para la clase obrera – cosa que les repugna- han ayudado a que lo tenga una fracción de la burguesía compuesta de aventureros ambiciosos que buscan ocupar puestos importantes y que se llaman a sí mismos “republicanos intransigentes”» (Informe de la federación madrileña de la AIT, en el libro de Engels)

Durante la oleada revolucionaria que siguió a la Iª Guerra mundial, la CNT sin embargo, sintió la influencia de la Revolución rusa y de la IIIª Internacional. El Congreso cenetista de 1919 se pronunció claramente sobre la naturaleza proletaria de la Revolución rusa y el carácter revolucionario de la Internacional comunista, en la que decidió participar. Pero con la derrota de la oleada revolucionaria y la apertura de un curso contrarrevolucionario, la CNT no pudo encontrar en sus débiles fundamentos anarquistas y sindicalistas la fuerza teórica y política para abordar la tarea de sacar lecciones de la sucesión de derrotas en Alemania, Rusia, etc., y para dirigir en un sentido revolucionario la enorme combatividad del proletariado en España.

A partir del Congreso de 1931, la CNT antepone su “odio a la dictadura del proletariado” a sus tomas de posición anteriores sobre la Revolución rusa, mientras que ve en las Cortes constituyentes “el producto de un hecho revolucionario” (Ponencia del congreso: posición de la CNT frente a las Cortes constituyentes), a pesar de su oposición formal al parlamento burgués. Con ello, comienza a decantarse hacia el apoyo a la burguesía, más explícitamente en fracciones como los treintistas; y a pesar de que en su seno persisten elementos que continúan adhiriendo al combate revolucionario del proletariado.

En febrero 1936, la CNT, saltándose a la torera sus principios abstencionistas, llama indirectamente a votar por el Frente popular: “Naturalmente, la clase obrera en España, que desde hacía muchos años había sido aconsejada por la CNT a que no votase, interpretó nuestra propaganda en el mismo sentido que deseábamos, eso es, que debía votar, pues que siempre resultaría más fácil hacer frente a las derechas fascistas si ellas se sublevaban después de ser derrotadas y fuera del gobierno”([9]).

Con esto muestra su decantación clara por el Estado burgués, su implicación en la política de derrota y alistamiento del proletariado para la guerra imperialista.

No es sorprendente pues lo que ocurrió después en Julio 1936, cuando, con la Generalitat a merced de los obreros en armas, entregó el gobierno a Companys, llamó a volver al trabajo y envió a los obreros a ser masacrados al frente de Aragón. Ni lo que ocurrió en mayo 1937, cuando, respondiendo a la provocación de la burguesía, los obreros levantaron espontáneamente barricadas y se hicieron con el control de la calle, y la CNT llamó de nuevo a abandonar la lucha y evitó que volvieran los obreros del frente a apoyar a sus compañeros de Barcelona([10]).

Los sucesos en España muestran que, en la era de las guerras y las revoluciones, sectores del anarquismo son ganados por la lucha revolucionaria del proletariado, pero que el anarquismo como corriente ideológica es incapaz de enfrentar la contrarrevolución y levantar una alternativa revolucionaria, siendo arrastrado al terreno de la defensa del Estado burgués. Bilan comprendió esto y lo expresó brillantemente: “... hay que decirlo abiertamente: en España no existían las condiciones para transformar los embates de los proletarios españoles en la señal del despertar mundial del proletariado, aún cuando existieran seguramente unos contrastes en las condiciones económicas, sociales y políticas, más profundos y exacerbados que en otros países... La violencia de estos acontecimientos no debe inducirnos a error en la valoración de su naturaleza. Todos provienen de la lucha a muerte entablada por el proletariado contra la burguesía, pero prueban también la imposibilidad de reemplazar sólo por la violencia – que es un instrumento de lucha y no un programa de lucha – una visión finalista de los objetivos proletarios, y puesto que no confluyen con una intervención comunista orientada en esta dirección, aquel caerá finalmente dentro de la órbita del desarrollo capitalista, arrastrando en su quiebra a las fuerzas sociales y políticas que hasta entonces representaban de una manera clásica las escaramuzas de clase de los obreros: los anarquistas”([11]).

Los Amigos de Durruti : una tentativa de reacción contra la traición de la CNT

Los Amigos de Durruti eran de esos elementos anarquistas que, a pesar de la decantación burguesa de la CNT, en la que militaron durante todo el tiempo, continuaban adhiriendo a la revolución; y en ese sentido son un testimonio de la resistencia de elementos proletarios que no comulgaban con las ruedas de molino que quería hacerles tragar la central anarquista.

Por este motivo, la CNT y la burguesía en general, intenta presentar este grupo como ejemplo de que, aún en los peores momentos de 1936-1937, en la CNT ardía una llama revolucionaria.

Sin embargo esa interpretación es completamente falsa. Lo que animaba la decantación revolucionaria de los Amigos de Durruti era precisamente su combate contra las posiciones de la CNT, apoyándose en la fuerza del proletariado, del que formaban parte y estaban en primera línea.

Los Amigos de Durruti se situaron en un terreno de clase, no en tanto que militantes de la CNT, sino en tanto que militantes obreros que sentían la fuerza de la clase el 19 de Julio y que, desde esas bases, se oponían a las propuestas de la Confederación.

Al contrario, la tentativa de compaginar ese ímpetu proletario con su militancia en la CNT y con las propuestas anarquistas, hizo del todo imposible que de ellos pudiera salir una alternativa revolucionaria, ni siquiera una capacidad para sacar lecciones claras de los acontecimientos.

La agrupación de los Amigos de Durruti era un grupo de afinidad anarquista, que se constituyó formalmente en marzo de 1937, a partir de la confluencia de una corriente que se pronunciaba, desde la misma prensa de la CNT, contra de la colaboración con el gobierno, y otra corriente que volvió a Barcelona para luchar contra la militarización de las milicias.

La agrupación estaba directamente ligada al curso de las luchas obreras, en las que apoyaba su reflexión y su combate. No se trataba de un grupo de teóricos, sino de obreros en lucha, de activistas. Por eso básicamente reivindicaban la lucha de Julio 1936, y sus “conquistas”, que se concretaban en las patrullas de control que surgieron en los barrios y en el armamento de la clase obrera, aunque para ellos se trataba fundamentalmente del espíritu de las Jornadas de julio, de la fuerza espontánea de la lucha obrera, que tomó las armas para rechazar el ataque de Franco y se hizo dueña de la calle en Barcelona.

Antes de las jornadas de Mayo, algunos miembros destacados de la agrupación escribían en el periódico de la CNT La Noche, pero la actividad fundamental del grupo consistía en mítines donde se discutía sobre el curso de los acontecimientos.

En las Jornadas de mayo 37, los Amigos de Durruti combatieron en las barricadas y lanzaron la hoja que les hizo famosos, reivindicando una Junta revolucionaria, la socialización de la economía y el fusilamiento de los culpables. En la lucha, sus posiciones tendieron a confluir con las del grupo Bolchevique-leninista, de orientación trotskista, donde militaba Munis, y con el que mantuvieron discusiones que alimentaban su reflexión, pero que no consiguieron empujar al grupo a romper con el anarquismo.

Después de las Jornadas de mayo comenzó la publicación de El Amigo del Pueblo, del que se editaron al parecer 15 números, y que expresa su tentativa de clarificar las cuestiones que la lucha había planteado. El teórico más destacado del grupo, Jaime Balius, publicó en 1938 el folleto Hacia una nueva Revolución, que resume de forma más elaborada las posiciones que defendió El Amigo del Pueblo.

Sin embargo, el grupo estaba directamente ligado al oxígeno de la lucha obrera, y a medida que esta fue vencida por el Estado republicano, aquel fue desapareciendo, volviendo al redil de la CNT.

Aunque significó una respuesta obrera a la traición de la CNT su evolución se vio truncada por la imposibilidad de abordar la ruptura con el anarquismo y el sindicato mismo. Por eso el grupo se mantuvo vivo y combativo en la medida en que lo alimentaban las luchas, la fuerza de la clase, pero no pudo ir más allá.

Una ruptura incompleta con el anarquismo

En las dos cuestiones centrales para la lucha de clases que se debatían de julio a mayo: la relación entre la guerra en el frente antifascista y la guerra social, y la cuestión de la colaboración en el gobierno republicano burgués o su derrocamiento, los Amigos de Durruti se opusieron a la política de la CNT y la combatieron.

La naturaleza de la guerra en España

Contrariamente a la CNT, que se había opuesto de forma nada disimulada a la acción de los obreros el 18 de julio, los Amigos de Durruti defendieron la naturaleza revolucionaria de esas jornadas: “Se ha afirmado que las jornadas de julio fueron una respuesta a la provocación fascista, pero “los Amigos de Durruti” hemos sostenido públicamente que la esencia de los días memorables de julio radicaba en las ansias absolutas de emancipación del proletariado”([12]).

Igualmente combatieron contra la política de subordinar la revolución a las necesidades de la guerra antifascista; cuestión que en gran parte estuvo en la base de su propia formación como agrupación([13]):

“La labor contrarrevolucionaria es facilitada por la poca consistencia de muchos revolucionarios. Nos hemos dado perfecta cuenta de un gran número de individuos que consideran que para ganar la guerra se ha de renunciar a la revolución. Así se comprende este declive que desde el 19 de Julio se ha ido acentuando de una manera intensiva... No es justificable que para llevar a las masas al frente de batalla se quieran acallar los anhelos revolucionarios. Debería ser todo lo contrario. Afianzar todavía más la revolución para que los trabajadores se lanzasen con brío inusitado a la conquista del nuevo mundo, que en estos instantes de indecisión no pasa de ser una promesa”([14]).

Y en mayo de 1937 se opusieron a las órdenes de la CNT a los milicianos en el frente de que interrumpieran su marcha a Barcelona para defender la lucha obrera en la calle y continuaran la guerra en el frente.

Esa determinación en el combate, choca sin embargo con la pobreza de las reflexiones teóricas de los Amigos de Durruti sobre la guerra y la revolución. En realidad nunca rompieron con la posición de que la guerra iba unida a la revolución proletaria, y que se trataba por tanto de una guerra “revolucionaria” opuesta a las guerras imperialistas, lo que los convertía desde el principio en víctimas de la política de derrota y alistamiento del proletariado:

“Desde el primer instante del choque con los militares ya no es posible desglosar la guerra de la revolución... A medida que han transcurrido las semanas y los meses, de la actual lucha, se ha ido precisando que la guerra que sostenemos con los fascistas, no tiene nada en común con las guerras que se declaran los Estados... Los anarquistas no podemos hacer el juego de quienes pretenden que nuestra guerra es tan sólo una guerra de independencia con unas aspiraciones sólo democráticas. Y a esas pretensiones contestaremos nosotros, los Amigos de Durruti, que nuestra guerra es una guerra social”([15]).

Con esto, se colocaban en la órbita de la CNT, que desde la versión “radical” de las posiciones burguesas sobre la lucha entre dictadura y democracia, arrastraba a los obreros más combativos al matadero de la guerra antifascista.

De hecho las consideraciones sobre la guerra de los Amigos de Durruti se hacían desde los planteamientos nacionalistas estrechos y ahistóricos del anarquismo, teniendo que recurrir a una versión de los hechos en España, en continuidad con las tentativas de revolución de la burguesía en 1808 contra la invasión napoleónica que resultan ridículos([16]). Cuando el movimiento obrero internacional debatía sobre la derrota del proletariado mundial y la perspectiva de una segunda guerra mundial, los anarquistas en España pensaban en Fernando VII y Napoleón:

“Hoy se repite lo acaecido en la época de Fernando VII. También en Viena se celebró una reunión de los dictadores fascistas para dilucidar su intervención en España. Y el lugar que ocupaba el Empecinado es desempeñado por los trabajadores en armas. Alemania e Italia están carentes de materias primas. Necesitan hierro, cobre, plomo, mercurio. Pero estos minerales españoles están detentados por Francia e Inglaterra. No obstante intentan conquistar España, Inglaterra no protesta en forma airada. Por bajo mano intenta negociar con Franco... La clase trabajadora ha de conseguir la independencia de España. No será el capitalismo indígena quien lo logre, puesto que el capital internacional está íntimamente entrelazado de un confín a otro. Este es el drama de la España actual. A los trabajadores nos toca arrojar a los capitalistas extranjeros. No es un problema patriótico. Es un caso de intereses de clase”([17]).

Como se ve, se necesitaban filigranas para convertir una guerra imperialista entre Estados, en una guerra patriótica, una guerra “de clases”. Esto es una manifestación del desarme político al que somete el anarquismo a militantes obreros sinceros como los Amigos de Durruti. Estos compañeros que querían luchar contra la guerra y por la revolución eran incapaces de encontrar el punto de partida para una lucha efectiva: el llamamiento a los obreros y campesinos, alistados por ambos bandos – el republicano y el franquista – a desertar, a dirigir sus fusiles contra los oficiales que los oprimían, a volver a la retaguardia y luchar con huelgas, con manifestaciones, en un terreno de clase, contra el capitalismo en su conjunto.

Para el movimiento obrero internacional sin embargo, la cuestión de la naturaleza de la guerra en España era una cuestión crucial, que polarizó los debates entre la Izquierda comunista y el trotskismo y en el seno mismo de aquella:

“La guerra de España ha sido decisiva para todos: para el capitalismo fue el medio para ampliar el frente de las fuerzas que actúan a favor de la guerra, de incorporar a los trotskistas, que se denominan a sí mismos comunistas de izquierdas, al antifascismo, y para sofocar el despertar obrero que despuntaba en 1936; para las fracciones de izquierda ha constituido la prueba decisiva, la selección de hombres y de ideas... la necesidad de afrontar el problema de la guerra. Nosotros hemos resistido y aún contra la corriente siempre resistiremos” (Bilan nº‑44; citado en La Izquierda comunista de Italia, pag 93).

La colaboración de la CNT en el gobierno

Más claramente aún que sobre la cuestión de la guerra, los Amigos de Durruti se opusieron a la política de colaboración de la CNT con el gobierno de la República.

Denunciaron la traición de la CNT en julio: “En julio la ocasión era preciosa ¿Quién podía oponerse a que la CNT y la FAI se impusieran en el terreno catalán? En lugar de estructurar aquel pensamiento confederal, hecho de carne en los pliegues de las banderas rojinegras y en los gritos de las multitudes, nuestros comités se entretuvieron en idas y venidas de los centros oficiales, pero sin fijar una posición acorde con las fuerzas que teníamos en la calle. Al cabo de unas semanas de dudas se imploró la participación en el poder. Nos acordamos perfectamente que en un pleno de regionales se propugnó por la constitución de un organismo revolucionario que se determinó llamarlo Junta Nacional de Defensa en un plan general y juntas regionales en un plan local. No se cumplieron los acuerdos tomados. Se silenció el error, por no decir la conculcación de las decisiones tomadas en el pleno susodicho. Se fue al gobierno de la Generalidad en primer lugar, y más tarde, al gobierno de Madrid”([18]).

... Y más frontalmente en su Manifiesto difundido en las barricadas en mayo:

“La Generalidad no representa nada. Su continuación fortifica la contrarrevolución. La batalla la hemos ganado los trabajadores. Es inconcebible que se haya actuado con tal timidez y que se llegara a ordenar un cese el fuego, y que, por añadidura, se impusiera la vuelta al trabajo cuando estábamos a dos dedos de la victoria total. No se tuvo en cuenta de dónde salió la provocación o la agresión, no se prestó atención al verdadero significado de aquellas jornadas. Esta conducta debe calificarse de traición a la revolución, conducta que nadie en nombre de nada puede tener ni sostener. Y no sabemos cómo calificar el trabajo nefasto realizado por la “Soli” y los militantes más destacados de la CNT”.

Este Manifiesto les valió la desautorización de la CNT y la amenaza de expulsión, que llegó a producirse aunque no se llevó finalmente a la práctica. Los Amigos de Durruti rectificaron la denuncia de traición en el nº 3 de El Amigo del Pueblo : “Los Amigos de Durruti en el pasado número rectificamos el concepto de traición, en aras de la unidad anarquista y revolucionaria” (El Amigo del Pueblo nº 4), no por falta de coraje, que habían demostrado de sobra, sino porque su horizonte no iba más allá de la CNT, a la que consideraban una expresión de la clase obrera y no un agente de la burguesía.

En ese sentido, las limitaciones teóricas de sus planteamientos eran las propias de la CNT y el anarquismo, y por eso, lo que finalmente criticaban a la CNT desde una reflexión más serena, alejada de la lucha en las barricadas, es no haber tenido un programa revolucionario:

“La inmensa mayoría de la población trabajadora estaba al lado de la CNT. La organización mayoritaria en Cataluña, era la CNT. ¿Qué ocurrió para que la CNT no hiciese su revolución que era la del pueblo, la de la mayoría del proletariado?

Sucedió lo que fatalmente tenía que ocurrir. La CNT estaba huérfana de teoría revolucionaria. No teníamos un programa correcto. No sabíamos a dónde íbamos. Mucho lirismo, pero en resumen de cuentas, no supimos qué hacer con aquellas masas enormes de trabajadores, no supimos dar plasticidad a aquel oleaje popular que se volcaba en nuestras organizaciones y por no saber qué hacer entregamos la revolución en bandeja a la burguesía y a los marxistas (léase socialistas y estalinistas), que mantuvieron la farsa de antaño, y lo que es mucho peor, se ha dado margen para que la burguesía volviera a rehacerse y actuase en plan de vencedora.

No se supo valorizar la CNT. No se quiso llevar adelante la revolución con todas sus consecuencias” (folleto de Balius: Hacia una nueva Revolución).

Pero para entonces la CNT sí tenía una teoría bien definida: la defensa del Estado burgués. La afirmación de Balius sirve para el conjunto del proletariado (en el sentido que la realizó igualmente Bilan – la falta de una orientación y una vanguardia revolucionaria), pero no para la CNT. Al menos desde febrero de 1936, La CNT está inequívocamente comprometida con el gobierno burgués del Frente popular:

“Cuando llega el momento de febrero de 1936, todas las fuerzas actuantes en el seno del proletariado se encontraban en un solo frente: la necesidad de alcanzar la victoria del Frente Popular para desembarazarse del dominio de las derechas y obtener la amnistía. Desde la socialdemocracia al centrismo, hasta la CNT y el POUM, sin olvidar todos los partidos de la izquierda republicana , por todas partes se estaba de acuerdo en que el estallido de las oposiciones de clase se dirimiera en el ruedo parlamentario. Y aquí se encontraba inscrita con letras flamantes la incapacidad de los anarquistas y del POUM, así como la función real de todas las fuerzas democráticas del capitalismo (Bilan, “La lección de los acontecimientos de España”).

Después, en julio, contrariamente a lo que pensaban los Amigos de Durruti sobre que la CNT no sabía qué hacer con la revolución, en realidad lo tenía muy claro:

“Por nuestra parte, y así lo estimaba la CNT-FAI, entendimos que debía seguir Companys al frente de la Generalitat, precisamente porque no habíamos salido a la calle a luchar concretamente por la revolución social, sino a defendernos de la militarada fascista” (García Oliver, en respuesta a un cuestionario de Bolloten, citado en Agustín Guillamón: La Agrupación de los Amigos de Durruti, pag. 11).

Si durante las jornadas de mayo 37, los de Durruti, enfrentándose a la CNT, reivindicaron una “Junta revolucionaria” contra el gobierno de la Generalitat, y el “fusilamiento de los culpables”, no era el producto de su ruptura con el anarquismo, ni tampoco de una evolución desde el anarquismo hacia una alternativa revolucionaria (como pretende Guillamón), sino la expresión de la resistencia del proletariado a dejarse batir. No era una orientación de marcha para tomar el poder, cuestión que no podía plantearse en esos momentos en que la iniciativa estaba en manos de la burguesía que lanzó una provocación para acabar con la resistencia obrera, sino un testimonio. Por eso no podía ir más allá, como planteó Munis:

“Munis, en el número 2 de La Voz leninista (del 23 de agosto de 1937) realizó una crítica al concepto de “junta revolucionaria” desarrollado en el número 6 de El Amigo del Pueblo (del 12 de agosto de 1937). Para Munis, los Amigos de Durruti sufrían un progresivo deterioro teórico, e incapacidad práctica para influir en la CNT, que les conducía al abandono de algunas posiciones teóricas que la experiencia de mayo les había permitido adquirir. Munis constataba que en mayo de 1937 los Amigos de Durruti habían lanzado la consigna de “Junta revolucionaria”, al mismo tiempo que la de “todo el poder al proletariado”; mientras en el número 6, del 12 de agosto, de El Amigo del Pueblo la consigna de “Junta revolucionaria” se proponía como alternativa al “fracaso de todas las formas estatales”. Según Munis esto suponía un retroceso teórico en la asimilación por parte de los Amigos de Durruti de las experiencias de mayo, que les alejaba del concepto marxista de dictadura del proletariado, y les arrastraba de nuevo a la ambigüedad de la teoría estatal anarquista”([19]).

Pasada la agitación de la lucha obrera, y consumada la derrota, las reflexiones y las propuestas de los Amigos de Durruti volvieron sin traumas a la CNT, y la “Junta revolucionaria” acabó convirtiéndose en el Comité de milicias antifascistas, al que antes habían denunciado como órgano de la burguesía:

“La Agrupación criticó duramente la disolución de los comités de Defensa, de las patrullas de control, del Comité de milicias, y criticó el decreto de militarización, por entender que estos organismos surgidos a raíz de las jornadas de Julio tenían que ser la base – junto con los sindicatos y los municipios – de una nueva estructuración, es decir, que debían ser la pauta de un nuevo orden de cosas, aceptando naturalmente las modificaciones que hubiese aconsejado la marcha de los acontecimientos y de la experiencia revolucionaria([20]).

Compárese lo anterior con esta otra cita, del mismo autor, en su folleto de 1938 Hacia una nueva Revolución:

“En julio se constituyó un comité de milicias antifascistas. No era un organismo de clase. En su seno se encontraban representadas las fracciones burguesas y contrarrevolucionarias”.

Conclusiones

Los Amigos de Durruti no son una expresión de la vitalidad revolucionaria de la CNT ni del anarquismo, sino de un esfuerzo de militantes obreros, a pesar del lastre del peso del anarquismo, que no ha sido nunca ni puede ser el programa revolucionario de la clase obrera.

El anarquismo puede atrapar en sus filas a sectores de la clase obrera, debilitados por su falta de experiencia o su trayectoria, como pueden ser hoy los proletarios jóvenes, pero de sus propuestas no puede salir una alternativa revolucionaria. En el mejor de los casos, como en los de Durruti, puede dar muestras de coraje y combatividad obrera, pero como la historia en España ha mostrado en dos ocasiones, en los momentos decisivos sus especulaciones ideológicas se ponen al servicio del Estado burgués.

Elementos obreros pueden adherirse a la revolución desde el anarquismo, pero para adherirse a un programa revolucionario hay que romper con el anarquismo.

R


[1] Como por ejemplo el folleto de Balius: Hacia una nueva revolución.

[2] En este punto central nuestra posición es opuesta a la de Agustín Guillamón, que ha publicado un folleto sobre este grupo: La Agrupación de los Amigos de Durruti, 1937-1939; este trabajo significa un esfuerzo importante y serio de documentación sobre la experiencia y las publicaciones de este grupo como no se había hecho hasta ahora. Por eso en este artículo aparecen varias referencias de esta fuente. Sin embargo el autor defiende que, aunque los sucesos de España 1936 son la tumba del anarquismo, del seno del anarquismo y de sus posiciones puede salir una opción revolucionaria.

[3] Para un análisis más detallado de Julio 1936 y Mayo 1937, ver el libro España 1936 publicado por la sección de la CCI en España, del que se ha extraído este artículo.

[4] Grupo de Comunistas internacionales, principalmente radicado en Holanda, representante del Comunismo de los consejos. Un trabajo de este grupo “Revolución y Contrarrevolución en España” se publica en este libro.

[5] Sobre la posición de estas corrientes, ver los Capítulos III y IV del libro mencionado.

[6] Y a diferencia de lo que después haría el trotskismo, comprometiéndose en la defensa de la URSS en la IIª Guerra mundial.

[7] Podemos ver la variante cinematográfica de esta tesis en películas como Libertarias o Tierra y Libertad que han tenido una fuerte promoción comercial.

[8] Corriente en la CNT dirigida por Angel Pestaña, quien quería fundar un “partido sindicalista”.

[9] Fragmento de respuesta de García Oliver, destacado dirigente de la CNT en 1936, realizada al investigador americano Bolloten en 1950, citado en el libro de Guillamón.

[10] En el colmo del cinismo una de las dirigentes de la CNT de entonces, Federica Montseny, pedía a los obreros “besos para los guardias” que los estaban masacrando.

[11] Bilan: “La lección de los acontecimientos de España”, ver libro citado.

[12] “El actual movimiento”, en El Amigo del Pueblo nº 5 pag. 3, tomado del libro de Frank Mintz y Miguel Peciña: Los Amigos de Durruti, los trotskistas y los sucesos de Mayo.

[13] Guillamón explica en su libro la vinculación de la Agrupación con las ideas expresadas por Buenaventura Durruti, particularmente en uno de sus últimos discursos el 5 de noviembre de 1936.

[14] Jaime Balius en La Noche: “Atención trabajadores ¡Ni un paso atrás!”, 02.03.1937; citado en F. Mintz y M. Peciña: Los Amigos..., op. cit., pag 14-15.

[15] El Amigo del Pueblo nº 1 pag. 4, citado por F. Mintz, op cit., pag 68-69.

[16] Y esa es la razón por la que Guillamón se ve obligado a prescindir de ellos (como de paso, de toda la cuestión sobre la guerra y la revolución) cuando pretende demostrar que los Amigos de Durruti expresaron una alternativa revolucionaria al anarquismo.

[17] Jaime Balius, Hacia una nueva Revolución, 1997, Centro de documentación histórico-social, Etcétera, pag 32-33.

[18] El Amigo del Pueblo nº 1, citado en F. Mintz, op cit., pag 63.

[19] Agustín Guillamón, La Agrupación Los Amigos de Durruti 1937-1939, op cit., pag. 70.

[20] Carta de Balius a Bolloten, 1946, citado en Guillamón, op cit., pag 89, subrayados en el original.