XIII – 1923 - II. Una derrota que rubrica el fin de la oleada revolucionaria mundial

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En un artículo precedente hemos mostrado cómo el aislamiento internacional de la revolución rusa, debido al fracaso de la revolución en Europa occidental, había significado la degeneración de la IC y el auge del capitalismo de Estado en Rusia, que, a su vez, concurrieron para acelerar las derrotas obreras en Alemania.

Tras la firma del tratado secreto de Rapallo, la clase capitalista internacional se da cuenta de que el Estado ruso en degeneración está haciendo de la IC su instrumento. En Rusia se desarrolla, además, una fuerte oposición contra esta tendencia, lo que lleva a una serie de huelgas durante el verano de 1923 en la región de Moscú, pero sobre todo se expresa por una clamorosa oposición, cada vez más importante, en el partido bolchevique. En el otoño de 1923 Trotski, después de muchas vacilaciones, decide finalmente entablar una lucha más determinada contra la orientación capitalista de Estado. Aunque la IC, con su política de frente único y su apoyo al nacional-bolchevismo, se hace cada vez más oportunista y tiende a degenerar tanto más rápidamente cuanto que es estrangulada por el Estado ruso, en su seno subsiste una minoría de camaradas internacionalistas que continúa defendiendo la orientación de la revolución mundial. Tras el abandono del capital alemán de su promesa de una lucha común entre la «nación oprimida»  y Rusia, esta minoría internacionalista está desorientada, porque está persuadida de que, debido a eso, la perspectiva de un «salvamento» exterior de la revolución de Octubre, así como la de una reanudación de la oleada revolucionaria mundial, se alejan cada vez más. Por temor al desarrollo del capitalismo de Estado en Rusia, y con la esperanza de un resurgimiento revolucionario, esta minoría se lanza desesperadamente a la búsqueda de una última chispa, de la última posibilidad de un asalto revolucionario.

«Podéis ver camaradas, que se trata por fin del gran asalto revolucionario que hemos esperado desde hace tantos años y que cambiará la imagen del mundo. Estos sucesos van a tener una importancia considerable. La revolución alemana significa el hundimiento del mundo capitalista». Convencido de que aún subsiste un potencial revolucionario y que el momento de la insurrección todavía no ha pasado, Trotski presiona a la IC para que haga todo lo que pueda por apoyar un alzamiento revolucionario.

Al mismo tiempo se acelera la situación en Polonia y en Bulgaria. El 23 de septiembre, los comunistas en Bulgaria, apoyados por la IC, se lanzan a una sublevación que fracasa. En octubre y noviembre, estalla en Polonia una nueva oleada de huelgas seguida por casi dos tercios del proletariado industrial del país. El propio partido comunista polaco se ve sorprendido por la combatividad de la clase. Esos alzamientos insurreccionales son aplastados en noviembre de 1923.

En el contexto del combate político que se lleva en el seno del partido ruso, Stalin se pronuncia contra el apoyo al movimiento en Alemania en la medida en que el éxito de éste podría constituir una amenaza directa contra el aparato de Estado ruso, cuyas posiciones más importantes controla: «Mi punto de vista es que los camaradas alemanes deben retirarse y que no debemos animarlos» (Carta de Stalin a Zinoviev, 5/8/1923).

La IC se entrampa en la aventura de la insurrección

Agarrado a la última esperanza de un resurgimiento de la oleada revolucionaria, el Comité ejecutivo de la IC (CEIC) decide por su cuenta, sin consultar con anterioridad al KPD, presionar al movimiento en Alemania y prepararse para la insurrección.

Cuando llegan a Moscú el 11 de septiembre las noticias del fin de la política de «resistencia pasiva» de Alemania contra Francia y del comienzo de las negociaciones franco-alemanas, el CEIC llama a la insurrección en Bulgaria para finales de septiembre, que debería continuarse poco después en Alemania. Moscú emplaza a los representantes del KPD a preparar la insurrección con el CEIC. Estas discusiones, en las que participan también representantes de los países vecinos de Alemania, duran más de un mes, desde principios de septiembre a principios de octubre.

La IC toma una nueva opción desastrosa. Tras la política de frente único con las fuerzas socialdemócratas contrarrevolucionarias, cuyas consecuencias destructivas aún se hacían sentir en ese momento, tras el flirteo con el nacional-bolchevismo, ahora se hace una huida adelante desesperada, la aventura de una tentativa de alzamiento sin que estén reunidas las condiciones para un posible éxito.

Las condiciones desfavorables

A pesar de que la clase obrera en Alemania seguía siendo la parte más fuerte y más concentrada del proletariado internacional, que, con el proletariado ruso, había estado en punta del combate revolucionario, en 1923 – cuando la oleada internacional de luchas estaba ya en una fase de reflujo – estaba relativamente aislada. El CEIC tiene una falsa apreciación de la relación de fuerzas respecto a esto, y no ve cómo la reorientación táctica del gobierno dirigido por el SPD en agosto de 1923 ha decantado esta relación a favor de la burguesía. Para tener un análisis correcto, para comprender la estrategia del enemigo, un partido organizado internacionalmente y centralizado tiene que ser capaz de apoyarse en una evaluación correcta de la situación hecha por su sección local. Pero el KPD está cegado por su política nacional-bolchevique, y no comprende la dinámica real del movimiento. El movimiento en Alemania pone al desnudo numerosas debilidades:

• Hasta agosto se limita sobre todo a reivindicaciones económicas. La clase obrera no plantea sus propias reivindicaciones políticas. Aún si el movimiento desarrolla más fuerza a partir de las fábricas, a pesar de que ocupa la calle, de que cada vez se unen más obreros en asambleas generales y se forman consejos obreros, no se puede hablar de periodo de doble poder. Muchos miembros del CEIC piensan que la formación de consejos obreros se aleja de lo que ellos consideran que es la tarea prioritaria del momento: la preparación militar de la insurrección; y que los consejos van a servir de pretexto para la represión del gobierno. El nuevo gobierno ha prohibido en efecto la formación de consejos de fábrica. La mayoría del CEIC propone de hecho que no se formen soviets hasta después de la toma del poder.

  En vez de sacar lecciones de la política desastrosa que se ha apoyado esencialmente en una «alianza nacional», una política de la que la estrategia del frente único no era mas que el primer paso, el KPD basa toda la preparación de la insurrección en la formación de un «gobierno obrero» con el SPD.

• En fin, la mayor debilidad consiste en que no se cumple la condición indispensable para una insurrección victoriosa: el KPD, dividido, minado y debilitado por su evolución oportunista, no representa un papel político verdaderamente decisivo en la clase.

Los preparativos de la insurrección

En el CEIC se debaten muchas cuestiones.

Trotski insiste en la necesidad de fijar la fecha de la insurrección. Propone el 7 de noviembre, día del alzamiento victorioso de octubre en Rusia seis años antes. Al fijar una fecha, quiere descartar toda actitud «de esperar acontecimientos». El presidente del KPD, Brandler, se niega a fijar una fecha precisa. En fin, a finales de septiembre se toma la decisión de que la insurrección sea durante las 4 ó 6 semanas siguientes, es decir, los primeros días de noviembre.

Considerando la dirección del partido alemán demasiado inexperimentada, Brandler sugiere que Trotski, que tan importante papel desempeñó en la organización de la insurrección de Octubre 1917 en Rusia, vaya a Alemania para ayudar a organizar la insurrección.

Otros miembros del CEIC se oponen a esta propuesta. Zinoviev, como presidente de la IC, exige ese papel dirigente. No se puede entender esta pelea sin verla en el contexto de la lucha creciente por el poder en Rusia. Finalmente se decide que irá a Alemania un órgano colectivo, compuesto por Radek, Guralski, Skoblevski y Tomski. El CEIC decide igualmente aportar ayuda a 3 niveles:

  • La ayuda militar es el aspecto principal. Se envían en secreto a Alemania oficiales del ejército rojo que han adquirido experiencia durante la guerra civil en Rusia, para ayudar a las centurias rojas, y con objeto de formar un ejército rojo. También organizan un servicio de información en Alemania, que tiene la tarea de guardar relaciones con los oficiales de la oposición del ejército alemán. Además, está previsto que miembros experimentados del partido lleguen a la frontera para entrar en Alemania tan rápido como sea posible.
  • Está previsto transportar a la frontera occidental rusa un millón de toneladas de grano para destinarlas inmediatamente a Alemania en caso de victoria de la revolución.
  • Desde el punto de vista de la propaganda, se organizan por todas partes reuniones públicas sobre los temas: «El Octubre alemán está ante nosotros», «¿Cómo podemos ayudar a la revolución alemana?»; reuniones durante las que se comunican las noticias de lo que ocurre en Alemania. Se abren fondos y se recoge dinero. También se pide a las mujeres que entreguen sus joyas por la «causa alemana».

Mientras prosiguen las discusiones en Moscú, los emisarios de la IC en Alemania comienzan ya los preparativos de la insurrección. A comienzos de octubre, numerosos dirigentes del KPD comienzan a pasar a la ilegalidad. Pero mientras en Moscú la dirección del KPD y el CEIC discuten los planes de la insurrección, en Alemania no parece haber discusiones en profundidad sobre estas cuestiones y sobre las perspectivas inmediatas.

Desde principios de 1923 y particularmente desde la Conferencia de Leipzig, el KPD había comenzado a organizar las unidades de combate Centurias rojas. Inicialmente estas tropas armadas tenían que servir de fuerzas de protección de las manifestaciones y de las asambleas obreras. Todos los obreros experimentados en el combate, cualesquiera que fueran sus convicciones políticas, podían unirse a ellas. Ahora las Centurias rojas se ocupaban en completar su entrenamiento militar, hacían simulacros de alertas y seguían cursos especiales de manejo de armas.

En comparación con Marzo de 1921, se dedica mucha más atención a ese aspecto y se invierten medios considerables en los preparativos militares. Además el KPD había organizado un servicio de información militar. Había el «M-Apparat», y el «Z-Gruppe» para infiltrar el ejército del Reich y el «T-Te-rrorgruppe» en la policía. Se habían instalado arsenales secretos y se recogían efectos militares de todo tipo.

Los consejeros militares rusos disponían de medio millón de fusiles. Esperaban ser capaces de movilizar rápidamente entre 50000 y 60000 hombres. Sin embargo, el ejército del Reich y las tropas de derecha que lo sostenían, representaban, junto con la policía, una fuerza 50 veces superior a las formaciones militares dirigidas por el KPD.

Como telón de fondo de estos preparativos, la IC elabora un plan basado en un golpe militar estratégico.

Si en ciertas regiones el KPD se une al SPD para formar un «gobierno obrero» en aplicación de la táctica de Frente único, eso sólo puede prender fuego a las brasas. Se eligen Sajonia y Turingia porque el SPD ya está en los puestos gubernamentales y porque el ejército dispone de menos unidades comparado con Berlín y con el resto del país.

La idea de base es que las «fuerzas fascistas» y el ejército van a percibir la formación de un gobierno obrero SPD-KPD como una provocación. Se suponía que los fascistas dejarían Baviera y Alemania del sur para ir a Sajonia y hacia Alemania central. Al mismo tiempo se esperaba una reacción del ejército, que se suponía que movilizaría sus tropas estacionadas en Prusia. Esta ofensiva de la burguesía podría combatirse con la movilización de enormes unidades de obreros armados. Incluso estaba previsto que el ejército y las unidades fascistas fueran derrotados atrayéndolos a una emboscada cerca de Kassel. Las Centurias rojas serían la base de la constitución de un ejército rojo, cuyas unidades de Sajonia marcharían sobre Berlín y las de Turingia sobre Munich. Finalmente estaba previsto que en el gobierno que se instaurara a nivel nacional estuvieran los comunistas, los socialdemócratas de izquierda, los sindicalistas y oficiales nacional-bolcheviques.

A partir pues, del momento en que el KPD se uniera al gobierno de Sajonia, tenía que producirse una situación crucial.

¿Podía apoyarse la insurrección en una alianza gubernamental con el SPD?

En agosto, el SPD se une al gobierno nacional para calmar la situación y para cortar el paso a un movimiento insurreccional haciendo un montón de promesas.

Pero cuando, el 26 de septiembre, el gobierno anuncia oficialmente el fin de la «resistencia pasiva» contra el ocupante francés y promete el pago de los atrasos salariales, el 27 de septiembre estalla una huelga en el Ruhr. El 28 de septiembre el KPD llama a una huelga general en todo el país y al armamento de los obreros para instaurar «un gobierno obrero y campesino». El 29 de septiembre se declara el estado de emergencia, mientras que el KPD llama a los obreros a detener su movimiento para el 1º de octubre. Como en el pasado, su objetivo no es buscar que se refuerce progresivamente la clase obrera a través de la lucha en las fábricas, sino centrarlo todo en un momento decisivo que se preveía para más tarde. Así, en lugar de hacer que aumentara la presión desde las fábricas, como señalaría después críticamente la IC, para desvelar el verdadero rostro del nuevo gobierno SPD, tendió al contrario a bloquear la iniciativa de los obreros en las fábricas. De esta forma, la combatividad de los obreros, su determinación para contrarrestar los ataques del nuevo gobierno, no sólo se ven socavadas por las promesas del SPD, sino también por la política del KPD. La IC concluirá en su 5º Congreso: «Tras la huelga de Cuno, se cometió el error de querer retrasar los movimientos elementales hasta las luchas decisivas. Uno de los mayores errores ha sido que la rebelión instintiva de las masas no se ha transformado en una voluntad revolucionaria consciente de combate basándose sistemáticamente en fines políticos... El partido ha fracasado en la misión de proseguir una agitación enérgica y viva por la constitución de consejos políticos. Las reivindicaciones transitorias y las luchas parciales tenían que ligarse lo mejor posible al objetivo final de la dictadura del proletariado. La negligencia del movimiento de los consejos de fábrica ha hecho imposible que los consejos de fábrica jueguen temporalmente el papel de consejos obreros, y así, durante los días decisivos no ha habido un centro de autoridad en torno al que las masas vacilantes de obreros puedan unirse y oponerse a la influencia del SPD.

Puesto que los otros órganos unitarios (comités de acción, comités de control, comités de lucha) no se utilizaban sistemáticamente para preparar la lucha políticamente, la lucha se ha visto principalmente como una cuestión de partido y no como una lucha unitaria del proletariado».

Al impedir que la clase obrera desarrolle sus luchas defensivas con el pretexto de que «tiene que esperar al día de la insurrección», el KPD le impedía de hecho desarrollar su propia fuerza frente al capital y ganar a los obreros todavía vacilantes debido a la propaganda del SPD. Así, la IC hará más tarde la crítica siguiente: «Sobrestimar los preparativos técnicos durante las semanas decisivas, polarizarse en acciones como una lucha de partido y esperar el “golpe decisivo” sin un movimiento de luchas parciales y movimientos de masa que las preparen, ha impedido la estimación de la verdadera relación de fuerzas y ha hecho imposible fijar una fecha real. (...) En realidad sólo era posible constatar que el partido estaba en un proceso de ganar la mayoría sin, por ello, tener la dirección de la clase» (Las lecciones de los acontecimientos de Alemania y las tácticas del frente único).

En esos momentos, los miembros de una «división negra del ejército del Reich» (una unidad simpatizante de los fascistas) organizan una revuelta el 1º de octubre en Küstrin. Pero su revuelta es aplastada por la policía prusiana. El Estado democrático manifiestamente no necesita todavía a los fascistas.

El 9 de octubre, Brandler vuelve de Moscú con la nueva orientación de una insurrección iniciada por la entrada del KPD en el gobierno. El 10 de octubre se decide la formación de un gobierno con el SPD en Sajonia y Turingia. Tres comunistas entran en el de Sajonia (Brandler, Heckert, Böttcher), dos en el de Turingia (K. Korsch y A. Tenner).

Mientras, en enero de 1923, la conferencia del partido afirmaba: «La participación del KPD en un gobierno de un land (región), sin poner condiciones al SPD, sin un fuerte movimiento de masas y sin un apoyo extraparlamentario suficiente, sólo puede tener un efecto negativo sobre la idea de un gobierno obrero y tener un efecto destructivo en el seno del partido»; unos meses más tarde, la dirección del KPD está dispuesta a seguir las instrucciones de la IC y a entrar en un gobierno SPD, prácticamente sin poner condiciones. El KPD cree así encontrar un punto de apoyo para la insurrección pues espera poder armar a los trabajadores desde el gobierno.

Pero si el partido se esperaba una violenta reacción por parte de fascistas y militares, fue Ebert, presidente del SPD quien, de verdad, destituyó los gobiernos de Sajonia y Turingia el 14 de octubre, ordenando al ejército que ese mismo día ocupase las dos regiones, sin importarle que esos gobiernos hubieran sido «elegidos democráticamente» y demostrando, una vez más, que era el mismo SPD el que, por cuenta del capital, preparaba y asumía la represión de los trabajadores, a través de toda una serie de trampas y maniobras. Fue entonces cuando las tropas fascistas se desplazaron de Baviera a Turingia.

El KPD respondió llamando a los trabajadores a tomar las armas, distribuyendo, la noche del 19 al 20 de octubre, 150 mil ejemplares de una hoja en la que pedía a los miembros del partido que se procurasen el máximo de armas posibles, y proclamando, al mismo tiempo, la huelga general que debía desencadenar la insurrección.

Crónica de una derrota anunciada

Para evitar que fuera el partido el que tomara directamente la proclamación de la insurrección y que, en cambio, fuera una asamblea obrera la que adoptara tal decisión, Brandler trató de convencer a la conferencia de obreros de Chemnitz para que votara la huelga. En esa conferencia se hallaban presentes cerca de 450 delegados, de los que 60 eran representantes oficiales del KPD, 7 del SPD, y 102 eran delegados sindicales.

Para tratar de «sondear el ambiente» Brandler sugirió votar la huelga general. En cuanto oyeron esta propuesta, los representantes sindicales especialmente pero también los delegados del SPD protestaron con todas sus fuerzas, amenazando con abandonar la conferencia. La cuestión de la insurrección ni siquiera se planteó. El ministro socialdemócrata que se hallaba presente en esta reunión se pronunció rotundamente contra la huelga general. La conferencia acabó sometiéndose a los dictados del SPD y los delegados sindicales, y hasta los propios representantes del KPD lo acataron sin rechistar. Así pues esa conferencia, que según los planes del KPD debía ser la chispa que encendiera un movimiento insurreccional al proclamar la huelga general decidió, por el contrario, posponerla.

Sin embargo, Brandler y la dirección del KPD seguían estando plenamente convencidos de que los delegados de esta asamblea reconsiderarían su decisión cuando supieran que el ejército se dirigía hacia Sajonia. Confiaban también en que renaciera el ardor revolucionario tras el cambio que «previsiblemente» habría de producirse en el gobierno de Berlín. Tras equivocarse, en agosto, en el análisis de la relación de fuerzas entre las clases, el KPD volvía a errar en la evaluación de esa relación, así como del estado de ánimo de los trabajadores.

En la asamblea de Chemnitz, que para el KPD debía ser un momento clave de la insurrección, la mayoría de los delegados se encontraban bajo la influencia del SPD. Ni en los comités de fábrica ni en las asambleas obreras, tenía el KPD una mayoría clara. A diferencia de los bolcheviques en 1917, el KPD ni supo valorar correctamente la situación, ni fue capaz de influir decisivamente en el curso de los acontecimientos. Para los bolcheviques la insurrección podía plantearse, únicamente, tras conquistar una mayoría de los delegados en los consejos obreros. Sólo así el partido podría desempeñar, efectivamente, un papel dirigente y determinante.

La conferencia de Chemnitz se disolvió sin decidir la huelga y, menos aún, la insurrección. Tras el fiasco de esta asamblea, la dirección del Partido, y no solamente Brandler sino también los miembros del «ala izquierda» de la Central así como los camaradas extranjeros que estaban entonces presentes en Alemania, votó unánimemente emprender la retirada, provocando una enorme decepción en las diferentes secciones del partido que, en todos los rincones del país, se encontraban preparadas con los fusiles en la mano.

Aunque existen múltiples versiones sobre lo que sucedió en Hamburgo, la más creíble es la que afirma que el mensaje de la anulación de la insurrección no llegó a tiempo. Convencidos de que el plan de la insurrección seguía su curso tal y como estaba previsto, los miembros del partido se pusieron en marcha sin esperar la confirmación por parte de la dirección. La noche del 22 al 23 de octubre los comunistas y las Centurias rojas empezaron a aplicar el plan insurreccional en Hamburgo, enfrentándose a la policía según los planes previstos con anterioridad.

Estos combates duraron varios días. Pero la mayoría de los trabajadores permanece pasiva, mientras un gran número de militantes del SPD se presenta voluntariamente en los cuarteles de la policía, para alistarse en el combate contra los insurrectos.

Aún cuando el 24 de octubre llega a Hamburgo la orden de detener los combates, ya no es posible una retirada ordenada. La derrota es inevitable.

El 23 de octubre las tropas del ejército marcharon sobre Sajonia. Una vez más, la represión se cebó con el KPD. Poco más tarde, el 13 de noviembre, Turingia es igualmente ocupada por el ejército. En el resto del país no hubo reacciones significativas de los trabajadores. En el propio Berlín, donde el «ala izquierda» del KPD tiene una influencia mayoritaria, apenas unos centenares de trabajadores se manifestaron en solidaridad con sus hermanos de Sajonia y Turingia. El partido sufre la deserción de numerosos militantes decepcionados.

Las lecciones de la derrota

El intento por parte de la Internacional Comunista de relanzar la oleada revolucionaria, y dar una salida a la situación en Rusia a través de una insurrección aventurera en Alemania fracasó. En 1923 la clase obrera alemana se encuentra aún más aislada que al comienzo de la oleada revolucionaria, en 1918-19. Además, la burguesía está mucho más preparada y ha cerrado filas, a escala internacional, contra el proletariado. Evidentemente no había condiciones para un levantamiento victorioso en Alemania. La combatividad que, sin embargo, aún manifestaban los trabajadores había sido ya contrarrestada por la burguesía en agosto. La presión que provenía de las fábricas, los esfuerzos por unirse en asambleas generales... todo eso había sufrido un importante retroceso. «Desde nuestro punto de vista, el criterio de nuestra influencia revolucionaria residía en los sóviets (…) Los sóviets ofrecían el marco político a nuestras actividades conspirativas; y también eran los órganos de gobierno tras la verdadera toma del poder» (Trotski: ¿Pueden determinarse para una fecha fija una contrarrevolución o una revolución?, 1924). En 1923, en Alemania, la clase obrera no consiguió constituir esos consejos obreros que son una de las primeras condiciones de la conquista del poder.

A la inmadurez de las condiciones políticas de la clase obrera en su conjunto, había que añadir la incapacidad del KPD para hacer su papel político dirigente. Sus políticas («nacional-bolchevismo» hasta agosto, frente único, defensa de la democracia burguesa) contribuyeron a sembrar una gran confusión en la clase obrera, y a desarmarla ideológicamente frente al enemigo. Una insurrección solo puede vencer si la clase trabajadora tiene una clara visión de sus objetivos políticos y si, en su seno, actúa un partido capaz de mostrarle claramente la dirección a seguir y de determinar, con precisión, el momento exacto de la acción. Sin un partido fuerte y sólido no puede triunfar la insurrección, ya que es el partido quien posee una visión de conjunto, quien puede establecer una correcta estimación de la relación de fuerzas entre las clases, extrayendo las consecuencias de todo ello. Comprender la estrategia de la clase enemiga, medir la temperatura entre los trabajadores y particularmente la de sus sectores más importantes, ejercer plenamente su papel en los momentos decisivos de la batalla, todas estas cualidades son las que, cuando se ponen en práctica, hacen del partido un instrumento indispensable.

La Internacional comunista se preocupó fundamentalmente de los preparativos militares. El camarada que en el KPD se encargaba de estas cuestiones – K. Retzlaw –, cuenta en sus memorias cómo los consejeros militares rusos discutían esencialmente de pura estrategia militar, sin jamás tomar en consideración la situación de las masas obreras. Por mucho que la insurrección exija una minuciosa planificación militar, es mucho más que una simple acción militar. Los preparativos militares no pueden abordarse más que cuando se ha consolidado el proceso de maduración y movilización políticas de la clase obrera, y no es posible pasar por alto ese proceso.

Eso implica que, al contrario de lo que proponía el KPD en 1923, la presión de los trabajadores en las fábricas no puede atenuarse ni diluirse. Mientras los bolcheviques sí supieron aplicar «el arte de la insurrección» en Octubre de 1917, el plan insurreccional de octubre de 1923 no fue más que una farsa que acabó en una tragedia. Los internacionalistas de la IC no sólo se equivocaron al evaluar la situación sino que se aferraron a una esperanza vana. En septiembre, el propio Trotski, manifiestamente mal informado sobre la situación, era el más convencido de que el movimiento aún estaba en auge y seguía defendiendo a capa y espada la posibilidad de la insurrección.

La crítica que, con posterioridad, hizo al KPD es, en gran parte, inexacta, pues le reprochó que en 1921 se hubiera lanzado a un «putsch» aventurero e impaciente, mientras que en 1923 habría caído en el extremo contrario, en una especie de espera, renunciando a hacer su papel: «La maduración de la situación revolucionaria en Alemania se ha comprendido muy tarde, (…) también se ha demorado la adopción de las medidas necesarias para el combate. El Partido comunista no puede adoptar, ante un movimiento revolucionario en alza, una actitud de espera. Esa es la actitud de los mencheviques: actuar como una traba a la revolución a lo largo de todo su desarrollo, cantar victoria ante el triunfo más pírrico y hacer todo lo posible por oponerse a ella» (Trotski, ídem).

Es verdad que Trotski acierta al insistir en la importancia de los factores subjetivos, y en que la insurrección requiere una intervención clara decidida y enérgica del partido, a pesar de todas las dudas y las indecisiones que puede haber en la clase. Es muy justa igualmente su denuncia del papel destructivo jugado por los estalinistas: «La dirección estalinista, (…) ha entorpecido y frenado a los obreros cuando la situación exigía un decidido asalto revolucionario; ha proclamado situaciones revolucionarias cuando su momento ya estaba superado; ha formado alianzas con los charlatanes de la pequeña burguesía; ha marchado sin reposo tras la socialdemocracia con la coartada de la política del frente único» (La tragedia del proletariado alemán, mayo de 1933).

Pero no es menos cierto que Trotski analiza estos hechos más aferrado a la vana esperanza de una reanudación de la oleada revolucionaria que guiado por un análisis correcto de la relación de fuerzas entre las clases.

La derrota de octubre de 1923 no supuso sólo un aplastamiento de los trabajadores alemanes, sino que, más allá de eso, implicó una profunda desorientación política para el proletariado internacional. La oleada de luchas revolucionarias que tuvo su punto culminante en 1918-19 muere, en efecto, en 1923. La burguesía ha conseguido infligir en Alemania una derrota decisiva a la clase obrera.

Las derrotas de las luchas en Alemania, en Bulgaria y Polonia, dejan al proletariado ruso aún más aislado. Aún cuando más tarde estallarán algunas luchas importantes, las de China en 1927 por ejemplo, la clase obrera irá retrocediendo cada vez más hasta adentrarse en un largo y terrible período de contrarrevolución, que no acabara hasta la reanudación de la lucha de clase en 1968.

La Internacional Comunista se mostrará, igualmente, incapaz de sacar las verdaderas lecciones de los acontecimientos en Alemania.

La incapacidad de la IC y del KPD de extraer las verdaderas enseñanzas

En su Vº Congreso mundial, en 1924, la IC (y en su seno, el KPD) concentró sus críticas en la mala aplicación por parte del KPD de las tácticas del «Frente único» y del «Gobierno obrero».

Esta última no se cuestionó en absoluto. El KPD afirmaba incluso, quitando así importancia a la responsabilidad del SPD en la derrota del proletariado, que: «puede decirse, sin exageración, que la socialdemocracia alemana es hoy, en realidad, una amalgama laxa de organizaciones con débiles vínculos entre ellas y con actitudes políticas muy diferentes». Y fía y porfía en una política oportunista y nefasta frente a la socialdemocracia traidora: «la presión comunista permanente sobre el gobierno de Zeigner (en Sajonia), y sobre la fracción de izquierdas que se ha formado en el SPD, van a llevar a éste a la dislocación. El punto (fundamental) es que bajo la dirección del KPD, la presión de las masas sobre el gobierno socialdemócrata debe acrecentarse y agudizarse, y que el grupo dirigente socialdemócrata de izquierdas que emerge bajo la presión de un gran movimiento debe enfrentarse a la siguiente alternativa: o entra en lucha junto a los comunistas y contra la burguesía, o se desenmascara a sí mismo, destruyendo así las últimas ilusiones de las masas socialdemócratas obreras» (IXº Congreso del Partido, abril de 1924).

Tras la Iª Guerra mundial, el SPD estaba totalmente integrado en el Estado burgués. Este partido, cuyas manos estaban manchadas de la sangre de los obreros enviados a la primera carnicería imperialista y del aplastamiento de las luchas obreras de la oleada revolucionaria, no se encontraba, en absoluto, a punto de dislocarse. Al contrario, integrado en el aparato de Estado continuaba ejerciendo una nefasta influencia sobre los trabajadores. El mismo Zinoviev debía admitir, en nombre de la IC que «un gran número de trabajadores confía aún en los socialdemócratas “de izquierdas”, (…) que en realidad sirven de coartada a la criminal política contrarrevolucionaria del ala derecha de la socialdemocracia».

La historia ha demostrado una y mil veces que la clase obrera no puede reconquistar un partido que le ha traicionado y que ha cambiado su carácter de clase. La política consistente en tratar de dirigir a la clase obrera con la ayuda del SPD expresaba ya la degeneración oportunista de la Internacional comunista. Mientras Lenin, en sus famosas Tesis de Abril de 1917, rechazó cualquier apoyo al gobierno Kerenski, y reivindicó la más completa separación de él, el KPD, en 1923, rechazó distanciarse del gobierno del SPD. Al contrario, entró, atado de pies y manos, en él. En lugar de favorecer una radicalización de la lucha, la participación del KPD en el gobierno tendía a desmovilizar a los trabajadores. La frontera de clase que separaba al KPD del SPD se diluyó. La clase obrera, cada vez más desarmada políticamente, fue cada vez más objetivo fácil para la represión del ejército. Una insurrección obrera sólo puede desarrollarse cuando los trabajadores consiguen desembarazarse de todas las ilusiones en la democracia burguesa. Y una revolución sólo puede triunfar si vence a las fuerzas políticas que defienden esta democracia, que acaban siendo el principal obstáculo. En 1923, el KPD no sólo no combatió la democracia burguesa, sino que incluso llamó a los trabajadores a movilizarse en su defensa.

La postura del KPD respecto al SPD se hallaba en completa contradicción con la que defendiera la IC en su congreso de fundación, denunciando al SPD como verdugo de la revolución alemana de 1919.

Además, el KPD, no contento en insistir en sus errores, se convirtió en el campeón del oportunismo, elevándose al rango del más fiel lacayo del estalinismo entre todos los partidos de la IC. No sólo fue el motor de las tácticas del «frente único» y del «gobierno obrero», sino que fue el primer partido en aplicar la política de células de fábrica y la «bolchevización» propuestas por Stalin. La derrota de la clase obrera en Alemania contribuyó igualmente a reforzar la posición del estalinismo. Tanto en Rusia, como a escala internacional, la burguesía pudo entonces intensificar su ofensiva e imponer a la clase obrera la peor contrarrevolución que jamás haya sufrido. Además, después de 1923, el Estado ruso fue reconocido por los demás países capitalistas y por la Sociedad de naciones.

En 1917, la conquista del poder en Rusia constituyó el acto inaugural de la primera oleada revolucionaria mundial. Sin embargo, el capital consiguió impedir el triunfo de la revolución, sobre todo en países clave como Alemania. Las lecciones de la toma del poder por el proletariado ruso en 1917, así como las enseñanzas de la derrota de la revolución en Alemania, y especialmente la comprensión de cómo la burguesía consiguió impedir la victoria de la revolución en ese país central y las consecuencias que de ello se derivaron para la dinámica internacional de las luchas, sobre la degeneración de la revolución en Rusia… todos estos elementos forman parte de una única oleada revolucionaria internacional, de una misma experiencia histórica de la clase obrera.

Para que la próxima oleada revolucionaria sea posible, para que la próxima revolución pueda triunfar, la clase obrera está obligada a hacer suya esa experiencia inestimable.

DV