XII – 1923 – La burguesía quiere infligir una derrota a la clase obrera (1)

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En los artículos anteriores de la Revista internacional vimos como tras el punto más alto de la oleada revolucionaria, en 1919, el proletariado ruso quedó aislado. Al tiempo que la Internacional comunista (IC) trata de reaccionar contra el retroceso de esa oleada de luchas con un giro oportunista que la conduce a un proceso de degeneración, el Estado ruso se hace cada vez más autónomo del movimiento obrero y trata de hacer que la IC dependa de él.

En ese periodo la burguesía comprende que, una vez acabada la guerra civil en Rusia, la ola revolucionaria comienza a retroceder y el proletariado ruso ya no representa el mismo peligro. Se da cuenta de que la IC no solo ya no combate con la misma energía a la socialdemocracia sino que trata de aliarse con ella a través de la política del frente único. El instinto de clase de la burguesía le hace percibir que el Estado ruso ya no es una fuerza al servicio de una revolución que trata de extenderse sino que se ha convertido en una fuerza que trata de asegurar su propia posición en tanto que Estado, como lo muestra claramente la conferencia de Rapallo. La burguesía siente que puede sacar provecho tanto del giro oportunista y de la degeneración de la IC como de la relación de fuerzas en el seno del Estado ruso. La burguesía internacional ve que es el momento para lanzarse a una ofensiva internacional contra la clase obrera cuyo epicentro es Alemania.

Además de Rusia, Alemania e Italia son los dos lugares donde el proletariado desarrolló luchas más radicales. En Alemania pese a las derrotas en el combate contra el golpe de Kapp en 1920 y la de marzo de 1921, la clase obrera sigue aún muy combativa aunque está relativamente aislada a escala internacional, pues los obreros en Austria, Hungría e Italia han sido ya derrotados y siguen sufriendo ataques violentos; en Polonia y Bulgaria se dejan arrastrar a acciones desesperadas, y en Francia e Inglaterra la situación es, en comparación, más estable. Para infligir una derrota decisiva a la clase obrera en Alemania y con ello debilitar a la clase obrera internacional, la burguesía cuenta con el apoyo  internacional del conjunto de la clase capitalista que al mismo tiempo ha reforzado sensiblemente sus filas integrando a la socialdemocracia y a los sindicatos en el aparato estatal.

La desastrosa política del KPD: la defensa de la democracia y el frente único

Ya vimos anteriormente cómo la expulsión de los «radicales de izquierda» (Linksradikalen), que más tarde fundarían el KAPD, debilitó al KPD y facilitó el oportunismo en sus filas. Mientras que el KAPD advierte contra el peligro del oportunismo, contra la degeneración de la IC y el desarrollo del capitalismo de Estado, el KPD reacciona de forma oportunista. Es el primer partido en hacer un llamamiento al frente único en una «Carta abierta a los partidos obreros».

«La lucha por un frente único lleva a la conquista de las viejas organizaciones de clase proletarias (sindicatos, cooperativas, etc.). Y vuelve a transformar esos órganos de la clase obrera, que a causa de las tácticas reformistas se han convertido en instrumentos de la burguesía, en órganos de la lucha de clase del proletariado». Mientras tanto los sindicatos alardean orgullosos de que «hay un hecho cierto, los sindicatos son la única línea sólida que hasta el momento protege a Alemania de la inundación bolchevique» (Hoja de correspondencia de los sindicatos, 1921).

Al Congreso de fundación del KPD no le faltaba razón cuando declaraba por boca de Rosa Luxemburgo: «los sindicatos oficiales han probado, durante la guerra y en la guerra, hasta qué punto son una organización del Estado burgués y de la dominación de clase capitalista». ¡Y resulta que ahora, ese partido está a favor de la transformación de esos órganos que se han pasado a la clase enemiga! Al mismo tiempo su dirección, bajo la autoridad de Brandler, es favorable a un frente único con la dirección del SPD. Dentro del KPD el ala en torno a Fischer y Maslow combate esta orientación y propugna la consigna de «gobierno obrero», declarando que «el apoyo de la minoría socialdemócrata al Gobierno (no significa) que el SPD esté en descomposición avanzada». Esta posición no solo mantiene las «ilusiones en las masas, como si un gabinete socialdemócrata pudiera ser un arma de la clase obrera», sino que va en el sentido de «acabar con el KPD si se considera que el SPD puede llevar a cabo una lucha revolucionaria».

Son, sobre todo, las corrientes de la izquierda comunista que acaban de surgir en Italia y Alemania las que toman posición contra la política oficial del KPD.

«Por lo que concierne al gobierno obrero preguntamos ¿por qué quieren aliarse con los socialdemócratas? ¿para hacer las únicas cosas que ellos saben, pueden y quieren hacer, o para pedirles que hagan lo que no saben, ni pueden ni quieren hacer? ¿quieren que les digamos a los socialdemócratas que estamos listos para colaborar con ellos en el Parlamento y en el Gobierno que han bautizado de “obrero”?. En ese caso, si se nos pide elaborar en nombre del Partido un proyecto de gobierno obrero en el que debieran participar comunistas y socialistas, y presentar a las masas ese gobierno como “gobierno antiburgués" respondemos, tomando enteramente la responsabilidad que ello implica, que tal actitud se opone a todos los principios fundamentales del comunismo» (Il Comunista nº 26, marzo de 1922).

En el IVº Congreso «el PCI no acepta formar parte de los organismos comunes de diferentes organizaciones políticas... evitando con ello participar en las declaraciones comunes con los partidos políticos cuando estas declaraciones contradigan su programa y se presenten a los obreros como el producto de negociaciones que intentan encontrar una línea de acción común. Hablar de gobierno obrero... significa en la practica negar el programa político del proletariado, es decir la necesidad de preparar a las masas para la lucha por la dictadura del proletariado» (Informe del PCI al IVº Congreso de la IC, noviembre de 1922).

El KPD, desoyendo las criticas de los comunistas de izquierda, ha propuesto ya formar un gobierno de coalición con el SPD en 1922 en Sajonia, propuesta que es rechazada por la IC. El mismo KPD que en su Congreso de fundación decía «Spartakusbund se niega a trabajar junto con los lacayos de la burguesía y compartir el poder del Gobierno con Ebert-Scheideman porque tal cooperación supondría una traición a los principios del socialismo, un fortalecimiento de la contrarrevolución y una paralización de la revolución», luego defiende lo contrario.

En la misma época, el KPD se deja engañar por la cantidad de votos que obtiene, creyendo que esos votos expresan una relación de fuerzas favorable o que incluso reflejarían la influencia del partido.

Miembros de la clase media y de la pequeña burguesía ponen en marcha las primeras organizaciones fascistas y muchos grupos armados de derechas empiezan a organizar entrenamientos militares. El Estado está perfectamente al corriente de sus actividades. La mayoría de ellos salía de los cuerpos francos que el Gobierno dirigido por el SPD había puesto en marcha contra los obreros en las luchas revolucionarias de 1918-1919. Ya el 31 de agosto de 1921, Die Rote Fahne, declara: «La clase obrera tiene el derecho y el deber de proteger a la República de la reacción». Un año después, en noviembre de 1921, el KPD firma un acuerdo con los sindicatos y el SPD (el acuerdo de Berlín) cuyo objetivo es «la democratización de la república» (protección de la república, eliminación de los reaccionarios de la administración, justicia y ejército). El KPD, en cierta forma alimenta las ilusiones de los obreros sobre la democracia burguesa, y su posición está en completo desacuerdo con la de la Izquierda italiana reunida en torno a Bordiga. La Izquierda italiana, en el IVº Congreso mundial de la IC, insiste en su análisis del fascismo en el hecho de que la democracia burguesa es sólo una faceta de la dictadura de la burguesía.

En un artículo anterior ya mostramos que la IC, a través de su representante Radek, critica la política del KPD empleando métodos organizativos poco ortodoxos que empiezan a debilitar a la dirección mediante un funcionamiento paralelo. Al mismo tiempo las influencias pequeño burguesas empiezan a penetrar en el partido. En lugar de expresar la crítica, cuando es necesaria, de manera fraterna, se desarrolla una atmósfera de sospecha y recriminaciones que debilita a la organización ([1]).

La clase dominante se da cuenta de que el KPD comienza a expandir la confusión en la clase en lugar de cumplir el papel de una verdadera vanguardia basado en la claridad y la determinación. Y percibe que puede utilizar esta actitud oportunista del KPD contra la clase obrera.

Con el reflujo de la oleada revolucionaria se intensifican los conflictos imperialistas

El cambio operado en la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado tras el retroceso de la oleada revolucionaria en 1920 se percibe también en las relaciones imperialistas entre los Estados. En cuanto la amenaza inmediata que representaba la clase obrera se aleja y se debilita la llama revolucionaria de la clase obrera en Rusia, las tensiones imperialistas vuelven por sus fueros.

Alemania trata por todos los medios de modificar la debilidad de su posición resultante de la Iª Guerra mundial y la firma del Tratado de Versalles. Respecto a los «países victoriosos» del Oeste su táctica consiste en enemistar a Francia y Gran Bretaña entre sí, ya que no es posible un enfrentamiento militar abierto entre ellos. Al mismo tiempo que Alemania trata de reanudar sus relaciones tradicionales privilegiadas con su vecino del Este. En anteriores artículos ya hemos descrito cómo la burguesía alemana, en el contexto de las tensiones imperialistas con el Oeste, suministra armas y firma acuerdos secretos de cooperación militar con el nuevo Estado ruso. Altos dirigentes militares alemanes como Seeckt reconocen que «la relación entre Alemania y Rusia es el primer y único reforzamiento, hasta el momento, que hemos hecho tras la firma de la paz. Que la base de esta relación sea económica es natural vista la situación en su conjunto; pero nuestra fuerza reside en el hecho de que ese acercamiento económico prepara la posibilidad de una relación política e igualmente un compromiso militar» (Carr, la Revolución bolchevique).

Al mismo tiempo el Estado ruso declara por boca de Bujarin: «Afirmo que estamos ya ampliamente preparados para concluir una alianza con una burguesía extranjera para, por medio de ese Estado burgués, ser capaces de derrocar a otra burguesía... En caso de concluir una alianza militar con un Estado burgués, el deber de los camaradas en cada país consiste en contribuir a la victoria de esos aliados» (Carr, ídem).

«Les decimos a esos Señores de la burguesía alemana... si realmente quieren ustedes luchar contra la ocupación, si quieren luchar contra los insultos de la Entente, no les queda otro remedio que buscar una acercamiento con el primer país proletario...» (Zinoviev, XIIº Congreso del Partido, abril de 1923).

La propaganda nacionalista habla de humillación y sumisión de Alemania al capital extranjero, francés en particular. Los dirigentes militares alemanes, así como los más importantes representantes de la burguesía alemana, no cesan de hacer declaraciones públicas diciendo que la única forma posible para que la nación alemana se libre del yugo del Tratado de Versalles es aliarse militarmente con la Rusia soviética y comprometerse en una «guerra del pueblo revolucionario» contra el imperialismo francés. La nueva capa de burócratas, capitalistas de Estado, que se desarrolla en el Estado ruso acoge esta política con gran interés.

Dentro de la IC y del PC ruso, los internacionalistas proletarios que se mantienen fieles al objetivo de la extensión de la revolución mundial están, en ese momento, ciegos ante estos seductores discursos. Pese a que es realmente impensable que el capital alemán establezca una alianza real con Rusia contra sus rivales imperialistas del Oeste, los dirigentes del Estado ruso y la dirección de la IC, contribuyen así activamente a empujar a la clase obrera hacia esa misma trampa.

La burguesía alemana, con la complicidad de toda la clase capitalista, urde un complot contra la clase obrera en Alemania. Por una parte trata de sustraerse de la presión del Tratado de Versalles retrasando el pago por las reparaciones de guerra a Francia y al mismo tiempo empuja a la clase obrera alemana a la trampa nacionalista amenazando con acabar con ese pago. Para ello es indispensable la «cooperación» del Estado ruso y de la IC.

La burguesía alemana toma conscientemente la decisión de provocar al capital francés negándose a pagar las reparaciones de guerra. Este reacciona ocupando militarmente, el 11 de enero de 1923, la región del Ruhr.

La burguesía alemana completa su táctica dejando correr deliberadamente la tendencia inflacionaria que se desarrolla por la crisis. Utiliza la inflación como un arma para reducir el coste de las reparaciones y aligerar el peso de los créditos de guerra, al mismo tiempo que trata de modernizar las empresas productivas.

La burguesía también sabe que el desarrollo de la inflación empujará a la clase obrera a luchar, pero espera poder desviar esas luchas defensivas al terreno nacionalista. La ocupación del Ruhr por el ejército francés sirve de cebo para la clase obrera y es un precio que la burguesía alemana está dispuesta a pagar por ello. La cuestión clave es la capacidad de la clase obrera y sus revolucionarios para desactivar esa trampa de la defensa del capital nacional. La clase dominante está dispuesta a desafiar nuevamente al proletariado pues siente que la relación de fuerzas a escala internacional le favorece, que el aparato de Estado ruso puede quedar seducido por esta política y que, incluso, la IC puede caer en la trampa.

La provocación de las ocupaciones del Ruhr: ¿qué tareas para la clase obrera?

Al ocupar el Ruhr, Francia espera convertirse en el mayor productor europeo de acero y carbón. En efecto, el Ruhr supone el 72 % de la producción de carbón, el 50 % de la de acero y el 25 % de la producción industrial total de Alemania. Está claro que desde que Alemania se vio privada de esos recursos la caída brutal de la producción supuso una penuria de mercancías y graves convulsiones económicas. Si la burguesía alemana está dispuesta a hacer tales sacrificios es porque lo que está en juego es muy importante. El capital alemán hace la apuesta de empujar a los obreros a la huelga para llevarlos a un terreno nacionalista. Los patronos y el Gobierno deciden el cierre patronal y amenazan a los obreros que trabajen bajo control francés con ser despedidos. El presidente del SPD, Ebert, anuncia el 4 de marzo graves multas contra los obreros que continúen trabajando en las minas o en los ferrocarriles. El 24 de enero la asociación de patronos y la federación de sindicatos alemanes (ADGB) lanzan un llamamiento a «recaudar fondos» para combatir a Francia. La consecuencia es que cada vez más empresas echan a la calle a su personal. Todo ello con el telón de fondo de una inflación galopante: mientras que el dólar aún vale 1000 marcos en abril de 1922, en noviembre alcanza los 6000 marcos, y tras la ocupación del Ruhr en febrero de 1923 llega a los 20000 marcos, en junio a los 100000, a finales de julio es de 1 millón, a finales de agosto de 10 millones, a mediados de septiembre de 100 millones, a finales de noviembre alcanza su punto culminante de 4200000000000 marcos.

Esto no penaliza demasiado a los patronos del Ruhr pues ellos pagan mediante trueque. En cambio para toda la clase obrera es una ruina. Con frecuencia los parados y los que aún conservan un trabajo se manifiestan conjuntamente para hacer valer sus reivindicaciones. Se repiten los enfrentamientos con las tropas de ocupación francesas.

La IC empuja a los obreros a la trampa nacionalista

La IC al caer en la trampa de los capitalistas alemanes, que llaman a una lucha común de Rusia y la «nación alemana oprimida», comienza a expandir la idea de que Alemania necesita un Gobierno para poder enfrentarse a las tropas de ocupación francesas sin que los obreros con sus luchas de clase lo apuñalen por la espalda. La IC sacrifica el internacionalismo proletario en beneficio de los intereses del Estado ruso ([2]).

Esta política se inaugura bajo el estandarte de «nacional-bolchevismo». Mientras que en otoño de 1920, la IC había reaccionado con gran determinación contra las tendencias «nacional-bolcheviques» y, en sus discusiones con los delegados del KAPD había insistido en que se expulsara del partido a los nacional-bolcheviques Laufenberg y Wolfheim, ahora resulta que preconiza la misma línea política que esas tendencias.

Ese viraje de la IC no se puede explicar sólo por las confusiones y el oportunismo de su Comité ejecutivo. Debemos ver en ello la mano invisible de esas fuerzas a las que no les interesa la revolución sino el reforzamiento del Estado ruso. El nacional-bolchevismo solo toma auge cuando la IC ha empezado a degenerar y está en las zarpas del Estado ruso, incluso ya absorbida por él. Radek lo argumenta así: «La Unión soviética está en peligro. Todas las tareas han de someterse a su defensa, con este análisis un movimiento revolucionario en Alemania sería peligroso y socavaría los intereses de la Unión soviética...

El movimiento comunista alemán no es capaz de derrocar al capitalismo alemán, y debe de servir de pilar a la política exterior rusa. Los países de Europa organizados bajo la dirección de un Partido bolchevique que utilice las capacidades militares del ejército alemán contra el Oeste, ésa es la perspectiva, ésa es la salida...».

En enero de 1923, Die Rote Fahne publica: «La nación alemana está abocada al abismo si el proletariado alemán no la salva. Si la clase obrera no lo impide, los capitalistas venderán y destruirán la nación. La nación alemana o muere de hambre y se disloca por culpa de la dictadura de las bayonetas francesas, o será salvada por el proletariado». «Hoy, sin embargo, el nacional-bolchevismo significa que todo está impregnado del sentimiento de que los únicos que pueden salvarnos son los comunistas. Hoy día somos la única salida. La gran insistencia sobre la nación, en Alemania, es un acto revolucionario como lo es la insistencia sobre la nación en las colonias» (Die Rote Fahne, 1 de abril de 1923).

Un delegado de la IC, Rakosi, elogia esta orientación del KPD: «... un partido comunista debe ponerse manos a la obra en la cuestión nacional. El partido alemán ha abordado esta cuestión de forma muy hábil y adecuada. Está en proceso de arrancar de las manos fascistas al ejercito nacional» (Schüddelkopf).

En un manifiesto a la Rusia soviética escribe el KPD: «La Conferencia del partido expresa su gratitud a la Rusia soviética por la gran lección que ha escrito para la historia, con ríos de sangre e increíbles sacrificios, que la preocupación de la nación continúa siendo la preocupación del proletariado.»

Talheimer declara, incluso, el 18 de Abril: «La tarea principal de la revolución proletaria sigue siendo no solo liberar a Alemania, sino terminar la obra de Bismarck integrando a Austria en el Reich. El proletariado tiene que cumplir esta tarea aliándose con la pequeña burguesía» (Die Internationale, volumen 8).

¡Menuda perversión de la posición comunista fundamental sobre la nación! ¡Menudo rechazo de la posición internacionalista desarrollada por los revolucionarios durante la Primera Guerra mundial, con Lenin y Rosa a su cabeza que combatieron por la destrucción de todas las naciones!.

Tras la guerra, las fuerzas separatistas de Renania y Baviera sienten que aumentan sus posibilidades de, con el apoyo de Francia, separar Renania del Ruhr. La prensa del KPD muestra, con orgullo, cómo el Partido ha ayudado al Gobierno de Cuno es su combate contra los separatistas: «Se movilizaron pequeños destacamentos en el Ruhr para marchar sobre Dusseldorf. Su tarea era impedir la proclamación de la “República de Renania”. A las 14 horas, los separatistas se reunieron en las granjas del Rin y cuando se aprestaban a comenzar su mitin, les atacaron algunos grupos de combate armados con granadas. Bastaron unas pocas granadas para que esa banda, presa del pánico, se diera a la fuga abandonando las orillas del Rhin. Las habíamos impedido que se reunieran y proclamaran la “República de Renania”» (W. Ulbricht, Memorias).

«No desvelamos ningún secreto si decimos abiertamente que los destacamentos de combate comunistas que dispersaron a los separatistas en el Palatinado, Eifel y Dusseldorf armados con granadas y fusiles, estaban bajo el mando de oficiales prusianos con mentalidad nacionalista» (Vorwärts).

Esta orientación no es sólo obra del KPD, es también resultado de la política del Estado ruso y de ciertas partes de la IC.

La dirección del KPD, tras haberse coordinado con el Comité ejecutivo de la IC, empuja a que el combate se dirija, en primera lugar, contra Francia, y únicamente después contra la burguesía alemana. Por eso la dirección del KPD proclama: «La derrota del imperialismo francés en la guerra mundial no era un objetivo comunista; en cambio la derrota del imperialismo francés en el Ruhr, sí es un objetivo comunista».

El KPD y el deseo de una «alianza nacionalista»

La dirección del KPD se alza contra las huelgas. Ya en la Conferencia de Leipzig, a finales de enero, poco tiempo después de la ocupación del Ruhr, la Dirección con el apoyo de la IC bloquea el debate sobre la orientación «nacional-bochevique» ante el riesgo de que sea rechazada, pues la mayoría del partido se opone a ella. En marzo de 1923 la Dirección del partido se pronuncia contra las orientaciones adoptadas por las secciones del Ruhr del KPD en su Conferencia regional. La Central declara: «Solo un Gobierno fuerte puede salvar a Alemania, un Gobierno conducido por las fuerzas vivas de la nación» (Die Rote Fahne, 1 de abril de 1923).

En el Ruhr, la mayoría de la Conferencia del KPD propone la siguiente orientación:

– paros en todas las zonas ocupadas por fuerzas militares;

– ocupación de las fábricas por los obreros utilizando el conflicto franco alemán y, si es posible, tomando el poder local.

Dentro del KPD se oponen dos orientaciones antagónicas. Una, la proletaria e internacionalista, toma partido por enfrentarse al Gobierno Cuno y por la radicalización del movimiento en el Ruhr ([3]).

Esta contradice la posición de la Central del KPD que, con ayuda de la IC, se opone enérgicamente a las huelgas y trata de entrampar a la clase obrera en el terreno nacionalista.

El capital puede estar contento con la política de sabotaje de las luchas obreras, de la que el Secretario de Estado, Malzahn, tras una discusión con Radek, informa el 26 de mayo en un memorándum estrictamente secreto a Ebert y a sus ministros más importantes: «Él (Radek) me ha asegurado que las simpatías rusas vienen de sus propios intereses de caminar junto al Gobierno alemán (...) Ha defendido enérgicamente y pedido expresamente, durante la semana pasada, a los dirigentes del partido comunista que tomen conciencia de la estupidez de su actitud precedente respecto al Gobierno alemán. Podemos estar seguros de que en los próximos días las tentativas de golpe de Estado por parte de los comunistas del Ruhr van a retroceder» (Archivos del Foreign Office, Bonn, Alemania 637 442 ff, en Dupeux).

Tras la posición sobre el Frente único con el SPD contrarrevolucionario y con los partidos de la Segunda internacional, se pasa a la política del silencio sobre el Gobierno capitalista alemán.

El 27 de mayo de 1923 Die Rote Fahne publica una toma de posición en la que deja claro hasta qué punto la Dirección del KPD está decidida a «no apuñalar por la espalda» al Gobierno: « El gobierno sabe que el KPD ha mantenido silencio sobre muchas cosas a causa del peligro procedente del capitalismo francés, pues de lo contrario el gobierno habría quedado con el culo al aire en cualquier negociación internacional. Hace ya tiempo que los obreros socialdemócratas no luchan con nosotros por un gobierno obrero, el Partido comunista no está interesado en sustituir este gobierno sin cabeza por otro gobierno burgués... O el gobierno abandona sus llamamientos a muerte contra el PC o rompemos el silencio» (Die Rote Fahne, 27mayo, Dupeux, pag 1818).

Los llamamientos nacionalistas para seducir a la pequeña burguesía patriota

En la medida en que la inflación también afecta a la pequeña burguesía y a las clases medias, el KPD piensa que puede proponer a estas capas una alianza. En vez de insistir en la lucha autónoma de la clase obrera como la única capaz de atraer hacia sí a las demás capas no explotadoras al desarrollar su fuerza y su impacto, les envía un mensaje zalamero y seductor diciéndoles que pueden aliarse con la clase obrera. « Debemos dirigirnos a las sufridas y confusas masas de la pequeña burguesía proletaria, y decirles que no pueden defenderse ni defender el futuro de Alemania si no se unen al proletariado en su combate contra la burguesía» (Carr, El Interregno).

«Es misión del KPD abrir los ojos a la importante pequeña burguesía y las masas de intelectuales nacionalistas, al hecho de que únicamente la clase obrera – una vez victoriosa – será capaz de defender el suelo alemán, los tesoros de la cultura alemana y el futuro de la nación alemana» (Die Rote Fahne, 13 de mayo  de 1923).

Esta política de unidad sobre una base nacionalista no es exclusiva del KPD, cuenta con el apoyo de la IC. El discurso de Radek ante el Comité ejecutivo, el 20 de junio de 1923, lo prueba. En él elogia a un miembro del ala derecha separatista, Schlageter, arrestado y muerto a manos del ejército francés durante un sabotaje a los puentes ferroviarios cerca de Dusseldorf. Es el mismo Radek quien en las filas de la IC había pedido con insistencia al KPD y al KAPD, en 1919 y 1920, la expulsión de los nacional-bolcheviques de Hamburgo.

«Creemos sin embargo que la mayoría de las masas agitadas por sentimientos nacionalistas no pertenecen al campo del capital sino al del trabajo. Queremos buscar y encontrar el camino para llegar a esas masas, y lo haremos. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que hombres como Schlagter, dispuestos a dar su vida por una causa común, no se conviertan en peregrinos de la nada sino en peregrinos de un futuro mejor para la humanidad entera...» (Radek, 20 de junio de 1923, en Broué).

«Es evidente que la clase obrera alemana jamás conquistará el poder si no es capaz de inspirar confianza a amplias masas del pueblo alemán, pues se trata de un combate llevado por las mejores fuerzas para deshacerse del yugo del capital extranjero» (Dupeux).

En el 5º Congreso de la IC, en 1924, se defenderá abiertamente y sin la menor reserva la idea de que «el proletariado puede actuar como vanguardia y la pequeña burguesía nacionalista como retaguardia», es decir, la idea de que todo el pueblo puede estar por la revolución, de que los nacionalistas pueden seguir a la clase obrera. Aunque la oposición se pronuncia contra la «política de silencio» practicada por la dirección de la IC después de septiembre de 1923, eso no impide que la clase obrera sea llevada a callejones sin salida en un terreno nacionalista. Así, R. Fisher, propaga consignas antisemitas:

«Quien hable contra el capital judío... es ya por ello un combatiente de la clase, aunque aún no lo sepa... Combatir a los capitalistas judíos, aplastarlos... El imperialismo francés es hoy el mayor peligro del mundo, Francia es el país de la reacción... Solo estableciendo una alianza con Rusia el pueblo alemán podrá desalojar al capitalismo francés del Ruhr» (Flechtheim).

La clase obrera se defiende en su terreno de clase

Mientras que la burguesía trata de atraer a la clase obrera alemana hacia un terreno nacionalista e impedir que defienda sus intereses de clase, aunque el Comité ejecutivo de la IC y la Dirección del KPD empujan a la clase obrera hacia el terreno nacionalista, la mayoría de los obreros del Ruhr y de otras ciudades no se dejan atrapar en ese terreno. Pocas son las empresas que no van a la huelga.

Se multiplican las pequeñas olas de protestas. El 9 de marzo 40000 mineros van a la huelga en Alta Silesia, el 17 de marzo en Dortmund los mineros dejan el trabajo. Además, los parados se manifiestan junto a los activos, como el 2 de abril en Mulheim en el Ruhr.

Mientras que partes de la dirección del KPD son seducidas por las zalamerías nacionalistas, para la burguesía alemana está claro que ante las huelgas que surgen en el Ruhr es necesaria la ayuda de otros Estados capitalistas contra la clase obrera. En Mulheim los trabajadores ocupan varias fábricas. Toda la ciudad se ve afectada por la ola de huelgas, se ocupa el Ayuntamiento. Las tropas alemanas del Reichswehr no pueden intervenir por la ocupación del Ruhr por las tropas francesas; llaman entonces a la policía pero sus efectivos resultan insuficientes para reprimir a los obreros. El Alcalde de Dusseldorf pide por escrito el apoyo de las fuerzas francesas de ocupación a su general en jefe: «Debo recordarle que el Comandante supremo alemán ayudó, en todo momento, a las tropas francesas a aplastar el conjunto del movimiento en la época de la Comuna de París. Le pido su apoyo si usted quiere evitar que se reproduzca una situación similar» (D. Lutherbeck, «Carta al General De Goutte», en Broué).

En varias ocasiones se envía a la Reichswehr para aplastar las luchas obreras en diferentes ciudades como Gelsnkirchen y Bochum. Al tiempo que la burguesía alemana dirige su animosidad contra Francia, no duda lo más mínimo en mandar al ejercito contra los trabajadores que se resisten al nacionalismo.

La aceleración rápida de la crisis económica, y sobre todo de la inflación, aviva la combatividad obrera. Los salarios pierden, hora tras hora, su valor. El poder adquisitivo pasa a ser la cuarta parte del que era antes de la guerra. Cada vez más obreros pierden su trabajo. Durante el verano, el 60 % de la fuerza de trabajo se queda sin empleo. Incluso los funcionarios reciben salarios ridículos. Las empresas quieren acuñar su propia «moneda», las autoridades locales introducen una «moneda de emergencia» para pagar a los funcionarios. Los granjeros almacenan sus productos, en lugar de venderlos, ante el nulo beneficio que supone su venta. El aprovisionamiento de comida está prácticamente en punto muerto. Los trabajadores en activo y los parados se manifiestan juntos cada vez con más frecuencia. Por todas partes se informa de revueltas del hambre y saqueos de tiendas. Con frecuencia, la policía se queda pasiva ante las revueltas del hambre.

A finales de mayo, cerca de 400 000 obreros van a la huelga en el Ruhr, en junio 100000 mineros y metalúrgicos en Silesia y 150000 obreros en Berlín. En julio surge otra ola de huelgas que conduce a violentos enfrentamientos.

Estas luchas muestran una de las características que serán típicas en todas las luchas obreras en el periodo de decadencia del capitalismo: una gran cantidad de obreros abandonan los sindicatos. Los obreros, en las fábricas, se organizan en asambleas generales que cada vez más se hacen en la calle. Los obreros pasan más tiempo en la calle, discutiendo entre ellos, en manifestaciones, que en el trabajo. Los sindicatos, en la medida de sus posibilidades, se oponen al movimiento. Los trabajadores tratan espontáneamente de unirse en asambleas generales y comités de fábrica en la base. Hay una tendencia a la unificación. El movimiento gana en fuerza. Esa fuerza reside en la búsqueda de una orientación de clase, y no en un agrupamiento tras las consignas nacionalistas.

¿Dónde están las fuerzas revolucionarias?. El KAPD debilitado por el fracaso de la escisión entre las tendencias de Essen y Berlín, reducido numéricamente y debilitado organizativamente tras la fundación de la KAI (Internacional comunista obrera), no es capaz de llevar una intervención organizada pese a que expresa con brillantez su rechazo a la trampa nacional-bolchevique.

El KPD, que ha atraído cada vez más elementos (las cuatro quintas partes) ha fabricado él mismo la soga que tiene al cuello. Es incapaz de ofrecer a la clase una orientación clara. ¿Qué propone el KPD? ([4]). Rechaza intervenir para derrocar al Gobierno. De hecho, el KPD y la IC aumentan la confusión y contribuyen  a debilitar a la clase obrera.

El KPD, por su parte, le hace la competencia a los fascistas en el terreno nacionalista. El 10 de Agosto (el mismo día que en Berlín surge una ola de huelgas) dirigentes del KPD, como Talheimer en Stuttgart, mantienen aún encuentros nacionalistas con los nacionalsocialistas. Al mismo tiempo el KPD llama a luchar contra el peligro fascista. Mientras que en Berlín el Gobierno prohíbe toda manifestación, y la Dirección del KPD está de acuerdo en aceptarla, el ala izquierda del partido por su parte quiere organizar a toda costa, el 29 de junio, ¡una movilización del frente único contra los fascistas!

El KPD es incapaz de tomar una decisión clara; el día de la manifestación 250 000 obreros esperan instrucciones en vano en la calle, ante las oficinas del partido.

Agosto de 1923, el KPD contra la intensificación de las luchas

En Agosto comienza una nueva ola de luchas. Casi todos los días se manifiestan los obreros, parados y activos conjuntamente. En las fábricas bulle la formación de comités de fábrica. La influencia del KPD está en su apogeo.

El 10 se agosto se ponen en huelga los obreros de la fábrica de la moneda nacional. En una situación en que el Gobierno no tiene más remedio que imprimir billetes en todo momento ante la inflación galopante, la huelga de los acuñadores de moneda tiene un efecto particularmente paralizador sobre la economía. En pocas horas desaparecen las reservas de papel-moneda. No se pueden pagar los salarios. La huelga, que ha comenzado en Berlín, se extiende como la pólvora a otros sectores de la clase. De Berlín se extiende a la Alemania del Norte, a Renania, a Wurtemberg, a la Alta Silesia, a Turingia, llegando hasta la Prusia oriental. Cada vez más sectores de la clase obrera se suman al movimiento. El 11 y 12 de agosto se producen violentos enfrentamientos en varias ciudades; más de 35 obreros mueren a manos de la policía. Como todos los movimientos que han surgido después de 1914, se caracteriza por hacerse al margen y contra los sindicatos. Los sindicatos comprenden lo serio de la situación. Una parte de ellos simula que apoya la lucha, para poder sabotearla desde dentro. Otra parte directamente se opone a la huelga. El propio KPD, una vez que las huelgas han comenzado a extenderse, toma posición: «por una intensificación de las reivindicaciones económicas, no a las reivindicaciones políticas». En cuanto la dirección sindical anuncia que no apoya la huelga, la dirección del KPD llama a los obreros a volver al trabajo. La dirección del KPD no quiere apoyar ninguna huelga que se desarrolle fuera del marco sindical.

Mientras que Brandler insiste en parar la huelga, porque la ADGB se opone a ella, las secciones locales del partido, por su parte, quieren extender las numerosas huelgas locales y unificarlas en un gran movimiento contra el Gobierno Cuno. El resto de la clase obrera es «llamada a unirse al potente movimiento del proletariado en Berlín y a extender la huelga general por toda Alemania».

El partido llega a un bloqueo. La Dirección se pronuncia contra la continuación y extensión de la huelga, porque implica el rechazo del terreno nacionalista en que el capital quiere entrampar a los obreros, al tiempo que es una crítica al Frente único con el SPD y a los sindicatos. El 17 de agosto, Die Rote Fahne publica que «Si ellos quieren, aliaremos nuestra fuerzas incluso con el pueblo que asesinó a Liebknecht y a Rosa Luxemburgo». La orientación del Frente único, la obligación de trabajar en los sindicatos con el pretexto de llegar a más obreros desde dentro, significa en realidad el sometimiento a la estructura sindical y contribuir a evitar que los obreros tomen las luchas en sus propias manos. Todo esto representa para el KPD un enorme conflicto: o reconoce la dinámica de la lucha de clases y rechaza la orientación nacionalista y el sabotaje sindical, o se vuelve contra las luchas y se deja absorber por el aparato sindical, convirtiéndose en última instancia en un muro protector del Estado que actúa como un obstáculo ante la clase obrera. Por primera vez en su historia el KPD llega a un conflicto abierto con la clase obrera en lucha, a causa de su orientación sindical y porque la dinámica de las luchas obreras empuja a los obreros a romper con el marco sindical. El enfrentamiento con los sindicatos es inevitable. La dirección del KPD, en lugar de asumir ese enfrentamiento, ¡discute sobre los medios de tomar la dirección de los sindicatos para apoyar la huelga!

El Gobierno Cuno dimite, el 12 de agosto, bajo la presión de la ola de huelgas. El 13 de agosto, la Dirección del KPD llama a terminar la huelga. Contra ese llamamiento reaccionan los delegados de base que se han radicalizado en las fábricas de Berlín. Además, se oponen las secciones locales del partido que quieren que continúe el movimiento. Esperan instrucciones de la Central. Quieren evitar los enfrentamientos aislados con el ejército en espera de que la Central distribuya las armas que posee.

El KPD es víctima de su propia política nacional-bolchevique y de su táctica de Frente único; la clase obrera es presa de una gran confusión y perplejidad, y no sabe qué hacer; por su parte la burguesía está preparada para tomar la iniciativa.

El SPD va a representar un papel decisivo en el descabezamiento del movimiento, como ya hizo en situaciones precedentes de desarrollo de la combatividad obrera. El Gobierno Cuno, próximo a los partidos de Centro, es sustituido por una «gran coalición» a cuya cabeza está el dirigente de Centro Gustav Streseman, apoyado por 4 ministros del SPD (Hilferding, se convierte en ministro de Finanzas). Que el SPD participe en el Gobierno no expresa ninguna incapacidad del capital para reaccionar, como equivocadamente cree el KPD. Se trata de una táctica consciente de la burguesía para contener el movimiento. El SPD no está, en manera alguna, dispuesto a ceder, como más tarde proclamará el KPD, ni tampoco la burguesía está dividida, ni es incapaz de nombrar un nuevo Gobierno.

El 14 de agosto, Stresseman, anuncia la introducción de una nueva moneda y la estabilización de los salarios. La burguesía consigue tomar el control de la situación y decide, conscientemente, terminar con la espiral de la inflación, de la misma manera que un año antes dejó conscientemente desarrollarse la inflación.

Al mismo tiempo, el Gobierno llama a los obreros del Ruhr a terminar la «resistencia pasiva»contra Francia y, después de haber «coqueteado»con Rusia, declara la «guerra al bolchevismo», uno de los principales objetivos de la política alemana.

Con el compromiso de dominar la inflación, la burguesía consigue invertir la relación de fuerzas. Aunque tras el final del movimiento en Berlín habrá una serie de huelgas en Renania y en el Ruhr, el 20 de agosto, el movimiento en su conjunto está acabado.

La clase obrera no ha podido ser arrastrada al terreno nacionalista, pero se muestra incapaz de llevar adelante su movimiento. Una de las razones reside en que el propio KPD es víctima de su propia política nacional-bolchevique, con lo que permite a la burguesía dar un paso hacia su objetivo de infligir una derrota decisiva a la clase obrera. La clase obrera sale desorientada de estas luchas y con una sensación de impotencia frente a la crisis.

Las fracciones de Izquierda de la IC, que se sienten aún más aisladas tras el abandono del proyecto de alianza entre la «Alemania oprimida»y Rusia, tras el fiasco del nacional-bolchevismo, se ven empujadas a intentar cambiar las cosas en una tentativa desesperada de insurrección. Esto es lo que analizaremos en la segunda parte de este artículo.

DV


[1] En su correspondencia privada, el Presidente del Partido en 1922, E. Mailler, insulta a la Central y a los dirigentes del Partido. Meller envía, por ejemplo, notas personales con la descripción de la personalidad de los dirigentes del Partido en su comportamiento con su mujer. Pide a su mujer que le haga llegar informaciones sobre la atmósfera que se vive en el partido durante su estancia en Moscú. Hay mucha correspondencia privada entre los miembros de la Central y de la IC. Diversas tendencias de la IC tienen relaciones particulares con las diferentes tendencias del KPD. La red de «canales de comunicación informales y paralelos» se extiende. Además la atmósfera en el Partido ya está muy envenenada. En el 5º Congreso de la IC, Ruth Fischer, que contribuyó considerablemente a ello informa que: «en la Conferencia del Partido de Leipzig (enero de 1923) se llegó a que a veces trabajadores de diferentes barrios se sentaran en la misma mesa, al final preguntaban ¿de dónde sois? y algún obrero decía ingenuamente: soy de Berlín. Los demás se levantaban de la mesa y evitaban al delegado de Berlín. Es una prueba del ambiente en el Partido».

[2] Hubo voces en el Partido Checo que se opusieron a esta orientación. Por ejemplo Neurath criticó las posiciones de Talheimer como expresión de la corrupción por sentimientos patrióticos. Sommer, otro comunista checo, escribió en Die Rote Fahne para pedir el rechazo a esta orientación: «no puede haber ninguna comprensión hacia el enemigo del interior» (Citado en Carr, El Interregno).

[3] Al mismo tiempo querían poner en marcha unidades económicas autónomas, una orientación que pone de manifiesto el fuerte peso del sindicalismo. La oposición del KPD quería una república obrera que se establecería en Renania-Ruhr para enviar un ejército a Alemania central que contribuyera a la toma del poder. Esta moción, propuesta por R. Fischer fue rechazada por 68 votos contra 25.

[4] Muchos obreros que carecían de una gran formación teórico política se sentían atraídos por el Partido. El partido abrió sus puertas a la adhesión en masa. Todos eran bienvenidos. En abril de 1922 el KPD anuncia: «en la situación política actual, el KPD tiene el deber de integrar a todo obrero que se quiera unir a nuestras filas». En el verano de 1923, muchas secciones provinciales cayeron en manos de elementos radicales jóvenes. Así elementos cada vez más impacientes e inexpertos se unieron al Partido que vio crecer sus efectivos de 225 000 a 295 000 entre septiembre de 1922 y septiembre de 1923, así como el número de grupos locales del Partido que pasaron de 2481 a 3321. En ese momento el KPD tenía su propia prensa y publicaba 35 diarios y un gran número de revistas. Al mismo tiempo numerosos elementos infiltrados se unieron al Partido para intentar sabotearlo desde dentro.