Sobre organización (I) - ¿Nos habremos vuelto leninistas?

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Desde finales de los 60, cuando se formaron los grupos políticos que iban luego a constituir la CCI en 1975, nos hemos enfrentado siempre a una doble crítica. Para unos, en general las diferentes organizaciones denominadas «Partido comunista internacional», venidas directamente de la Izquierda italiana, nosotros seríamos unos idealistas en lo que a conciencia de clase se refiere y unos anarquistas en cuanto a organización política. Para los otros, en general venidos del anarquismo o de la corriente consejista, la cual rechaza, o subestima, la necesidad de la organización política y del partido comunista, nosotros seríamos «partidistas» o «leninistas». Aquéllos basan su afirmación en nuestro rechazo de la posición «clásica» del movimiento obrero sobre la toma del poder por el partido comunista en la dictadura del proletariado y en nuestra visión no monolítica del funcionamiento de la organización política. Éstos rechazan nuestra visión rigurosa del militantismo revolucionario y nuestros esfuerzos incesantes por la construcción de una organización internacional unida y centralizada.

Hoy, otra crítica del mismo tipo que la de los consejistas, pero más virulenta, se está desarrollando: la CCI estaría en plena degeneración, se habría vuelto «leninista» ([1]) y estaría al borde de la ruptura con su plataforma política y sus posiciones de principio. Desafiamos a quien quiera a que pruebe esa mentira, que nada, ni en nuestras publicaciones, ni en nuestros textos programáticos, justifica. La exageración de la denuncia – porque eso ya no es crítica – es evidente para cualquiera que siga con seriedad y sin prejuicios la prensa de la CCI. Sin embargo cuando la crítica la hacen antiguos militantes de nuestra organización puede hacer dudar al lector menos atento y experimentado y hacerle decir aquello de que «si el río suena, agua lleva». En realidad, esos ex militantes se han unido a lo que nosotros denominamos «parasitismo político» ([2]). Este medio se opone a nuestra lucha de siempre por el agrupamiento internacional de fuerzas militantes y por la unidad del medio político proletario en la lucha contra le capitalismo. Con ese fin, el parasitismo procura minar y debilitar nuestra lucha contra todo tipo de diletantismo e informalismo en la actividad militante y por una defensa sin concesiones de una organización internacional unida y centralizada.

¿Nos habríamos vuelto leninistas como lo afirman nuestros críticos y denunciadores? Es esa una grave acusación a la que tenemos que contestar. Y para hacerlo con seriedad hay, primero, que saber de qué se está hablando. ¿Qué es el «leninismo»?, ¿Qué ha representado en el movimiento obrero?

El «leninismo» y Lenin

El «leninismo» aparece al mismo tiempo que el culto a Lenin, nada más fallecer éste. Enfermo a partir de 1922, su participación en la vida política disminuye hasta su muerte en enero de 1924. El reflujo de la oleada internacional que había hecho parar la Primera Guerra mundial y el aislamiento del proletariado en Rusia son las causas fundamentales del auge de la contrarrevolución en el país. Las principales manifestaciones de ese proceso son la aniquilación del poder de los consejos obreros y de toda vida proletaria en su seno, la burocratización y el ascenso del estalinismo en Rusia y muy especialmente en el seno del Partido bolchevique en el poder. Los errores políticos, dramáticos a veces (especialmente la identificación del partido y del proletariado con el Estado ruso, que justificó la represión de Cronstadt por ejemplo) desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo de la burocracia y del estalinismo. Lenin no está libre de culpa, aunque fue muy a menudo el más decidido para oponerse a la burocratización como así ocurrió en 1920 contra Trotski y una gran parte de los dirigentes bolcheviques que propugnaban la militarización de los sindicatos, o como en el último año de su vida cuando denuncia el poder de Stalin y propone a Trotski, a finales de 1922, formar una alianza, un bloque como lo llama él, «contra el burocratismo en general y contra el comité de organización en particular [en manos de Stalin]» ([3]). Una vez anulada su autoridad política con su desaparición, la tendencia burocrática contrarrevolucionaria desarrolla el culto a la personalidad ([4]) en torno a Lenin: cambian el nombre de Petrogrado en Leningrado, momifican su cuerpo y sobre todo crean la ideología del «leninismo» y del «marxismo leninismo». Se trata para la troica formada por Stalin, Zinoviev y Kamenev de echar mano de la «herencia» de Lenin como arma contra Trotski en el seno del partido ruso y para apoderarse por completo de la Internacional comunista (IC). La ofensiva estalinista para controlar a los diferentes partidos comunistas, va a concentrarse en torno a la «bolchevización» de esos partidos y la exclusión de militantes que no se doblegan ante la nueva política.

El «leninismo» es la traición a Lenin, es la contrarrevolución

En 1939, en su biografía de Stalin, Boris Souvarine ([5]) subraya la ruptura entre Lenin y el «leninismo»: «Entre el antiguo «bolchevismo» y el nuevo «leninismo», no hay solución de continuidad, hablando con propiedad» ([6]). Y así es como define el «leninismo»: «Stalin se autoproclamó clásico [del leninismo] con su folleto Fundamentos del leninismo, serie de conferencias leídas a los «estudiantes rojos» de la universidad comunista de Sverdlov, a principios de abril de 1924. En esa trabajosa compilación en la que las frases subrayadas alternan con las citas, uno buscará en vano el pensamiento crítico de Lenin. Todo lo vivo, relativo, condicional y dialéctico en una obra utilizada se convierte en algo pasivo, absoluto, catequista y, además, plagado de contrasentidos» ([7]).

El «leninismo» es la «teoría» del socialismo en un solo país,
totalmente opuesta al internacionalismo de Lenin

La imposición del «leninismo» significó la victoria del rumbo oportunista que había tomado la IC desde su IIIer congreso, sobre todo mediante la táctica del Frente único y la consigna de «ir a las masas» en un momento en que el aislamiento de la Rusia revolucionaria se estaba viviendo cruelmente. Los errores de los bolcheviques fueron un factor negativo que favoreció ese rumbo oportunista. Hay que recordar aquí que la posición falsa de que «el partido ejerce el poder» era en aquel entonces la de todo el movimiento revolucionario, incluida Rosa Luxemburg y la izquierda alemana. Será al iniciarse los años 20 cuando el KAPD empiece a poner de relieve la contradicción que es para el partido revolucionario estar en el poder e identificarse con el nuevo Estado surgido de la insurrección victoriosa.

Fue contra esa gangrena, oportunista primero y luego abiertamente contrarrevolucionaria, contra la que surgieron y se desarrollaron las diferentes oposiciones. Entre éstas las más consecuentes fueron las diferentes oposiciones de izquierda, rusa, italiana, alemana y holandesa, que se mantuvieron fieles al internacionalismo y a Octubre de 1917. Por ir en contra del creciente rumbo oportunista de la IC, unas tras las otras fueron siendo excluidas de ella a lo largo de los años 20. Las que lograron mantenerse en ella, se opusieron con todas sus fuerzas a las consecuencias prácticas del «leninismo», es decir, a la política de «bolchevización» de los partidos comunistas. Combatieron, especialmente, la sustitución de la organización en secciones locales, es decir con una base territorial, geográfica, por otra en células de fábrica y empresa que acabó agrupando a los militantes en bases corporativistas y contribuyendo en vaciar a los partidos de toda vida realmente comunista hecha de debates y de discusiones políticas de tipo general.

La imposición del «leninismo» agudiza el combate entre el estalinismo y las oposiciones de izquierda. Viene acompañada del desarrollo de la ideología del «socialismo en un solo país», que es una ruptura total con el internacionalismo intransigente de Lenin y la experiencia de Octubre. Marca la aceleración del rumbo oportunista hasta la victoria definitiva de la contrarrevolución. Con la adopción en su programa del «socialismo en un solo país» y el abandono del internacionalismo, la IC – como tal internacional – muere definitivamente en su VIº congreso en 1928.

El «leninismo»: una ideología para establecer una división entre Lenin y Rosa,
entre la fracción bolchevique y las demás izquierdas internacionalistas

En 1925, el Vº congreso de la IC adopta las «Tesis sobre la bolchevización», que expresan el control creciente de la burocracia estalinista sobre los PC y la IC. Producto de la contrarrevolución estaliniana, la bolchevización es, en plano organizativo, el transmisor principal de la degeneración acelerada de los partidos de la IC. El incremento de la represión y del terror de Estado en Rusia y de las exclusiones en los demás partidos son expresión de la ferocidad de la lucha. Para el estalinismo, existe todavía, en ese momento, el peligro de que se forme una fuerte oposición en torno a la figura de Trotski, único entonces capaz de agrupar a la mayor parte de las energías revolucionarias. Esa oposición contrarresta con creces la política del oportunismo y puede disputarle al estalinismo, y con posibilidades de éxito, la dirección de partidos como los ejemplos de Italia o Alemania lo demuestran.

Uno de los objetivos de la «bolchevización» es pues el de levantar una barrera entre Lenin y las demás grandes figuras del comunismo pertenecientes a las demás corrientes de izquierda, especialmente entre Lenin y Trotski evidentemente, pero también con Rosa Luxemburg: «Una verdadera bolchevización es imposible sin vencer los errores del luxemburguismo. El leninismo debe ser la única brújula de los partidos comunistas del mundo entero. Todo lo que se aleje del leninismo, se aleja del marxismo» ([8]).

Reconozcámosle al estalinismo la primicia de haber pretendido romper el vínculo y la unidad entre Lenin y Rosa Luxemburg, entre la tradición bolchevique y las demás izquierdas surgidas de la IIª Internacional. Siguiendo los pasos del estalinismo, los partidos de la socialdemocracia participaron también en levantar una barrera infranqueable entre «la bondadosa y democrática» Rosa Luxemburgo y el «malvado y dictatorial» Lenin. Esta política pertenece hoy al pasado. Hoy, lo que siempre ha representado la unidad entre esos dos grandes revolucionarios es objeto de ataques. Los saludos hipócritas a la clarividencia de Rosa Luxemburg por… sus críticas a la Revolución rusa y al partido bolchevique son a menudo lanzadas por los descendientes políticos directos de sus asesinos socialdemócratas, o sea, los partidos socialistas de hoy. Y especialmente por el partido socialista alemán, quizás porque Rosa Luxemburg era… alemana. Una vez más queda confirmada la alianza de intereses comunes entre la contrarrevolución estaliniana y las fuerzas «tradicionales» del capital. Se comprueba, en particular, la alianza entre la socialdemocracia y el estalinismo para falsificar la historia del movimiento obrero y destruir el marxismo. Se puede apostar que la burguesía celebrará a su manera el aniversario del asesinato de Rosa Luxemburg y de los espartaquistas en 1919, en Berlín.

«Qué doloroso espectáculo para los militantes revolucionarios ver a los asesinos de los artífices de la revolución de Octubre [los estalinistas], convertidos en aliados de los asesinos de los espartaquistas [los socialdemócratas] atreviéndose a conmemorar la muerte de los dirigentes proletarios. No, no tienen ningún derecho a hablar de Rosa Luxemburg, cuya vida se construyó en la intransigencia, en la lucha contra el oportunismo, en la firmeza revolucionaria, aquellos que, de una traición a otra han acabado siendo hoy la vanguardia de la contrarrevolución internacional» ([9]).

¡Dejen en paz a Rosa Luxemburg y a Lenin, pues pertenecen al campo revolucionario!

Hoy, la mayoría de los del medio parásito ([10]), están contribuyendo con sus falsificaciones históricas y sobre todo porque merodean por ambientes anarquistas, especialistas también en ataques contra Lenin y lo que éste significó.

Por desgracia, la mayoría de las corrientes y grupos verdaderamente proletarios pecan por su falta de claridad política. Por sus debilidades teóricas y errores políticos, el consejismo aporta su ladrillito para intentar levantar una pared entre el partido bolchevique y las izquierdas alemana y holandesa, entre Lenin de un lado y Rosa del otro. Y lo mismo ocurre con los grupos bordiguistas, e incluso con el PCint Battaglia Comunista, los cuales, también a causa de sus debilidades teóricas (por no hablar de aberraciones como ocurre con la teoría de la «invariación» de los bordiguistas), son incapaces de percibir lo que está en juego en la defensa tanto de Lenin y Luxemburg como de todas las fracciones de izquierda surgidas (y salidas) de la IC.

Lo que importa saber de Lenin y de Luxemburg y, más allá de sus personas, del partido bolchevique y de las demás izquierdas en el seno de la Internacional, es la unidad y la continuidad de su combate. A pesar de los debates y de las divergencias, siempre estuvieron del mismo lado de la barricada frente a cuestiones esenciales cuando el proletariado se encontró en situaciones decisivas. Fueron los líderes de la izquierda revolucionaria en el congreso de Stuttgart de la Internacional socialista (1907), durante el cual presentaron juntos una enmienda a la resolución sobre la actitud de los socialistas, que los llamaba a «utilizar por todos los medios la crisis económica y política que provocaría una guerra para despertar al pueblo y acelerar así la caída de la dominación capitalista»; Lenin confió el mandato del partido ruso a Rosa Luxemburg en la discusión sobre ese tema. Fieles a su combate internacionalista en sus respectivos partidos, están en contra de la guerra imperialista: la corriente de Rosa Luxemburg, los espartaquistas, participan con los bolcheviques y Lenin en las conferencias internacionales de Zimmerwald y Kienthal (1915 y 1916). Y siguen juntos, con todas las izquierdas, entusiastas y unánimes en el apoyo a la revolución rusa:

«La revolución rusa es el acontecimiento más prodigioso de la guerra mundial (…) Al haber apostado a fondo sobre la revolución mundial del proletariado, los bolcheviques han dado la prueba patente de su inteligencia política, de la firmeza de sus principios, de la audacia de su política. (…) El partido de Lenin ha sido el único que ha comprendido las exigencias y deberes que incumben a un partido verdaderamente revolucionario para asegurar la continuidad de la revolución lanzando la consigna: todo el poder en manos del proletariado y del campesinado. [Los bolcheviques] han definido inmediatamente como objetivo a esa toma del poder el programa revolucionario más avanzado en su integridad; no se trataba de apuntalar la democracia burguesa, sino de instaurar la dictadura del proletariado para realizar el socialismo. Han adquirido así ante la historia el mérito imperecedero de haber proclamado por vez primera los objetivos últimos del socialismo como programa inmediato de política práctica» ([11]).

¿Quiere eso decir que no había divergencias entre esas dos grandes figuras del movimiento obrero? Claro que las había. ¿Significa eso que habría que ignorarlas? Ni mucho menos. Pero para abordarlas y poder sacar el máximo de lecciones, hay que saber reconocer y defender lo que los une. Y lo que los une es el combate de clase, el combate revolucionario consecuente contra el capital, la burguesía y todas sus fuerzas políticas. El texto de Rosa Luxemburg que acabamos de citar es una crítica sin concesiones a la política del partido bolchevique en Rusia. Pero pone cuidado en dibujar el marco en el que deben comprenderse esas críticas: el de la solidaridad con los bolcheviques. Ella denuncia violentamente la oposición de los mencheviques y de Kautsky a la insurrección proletaria. Y para evitar cualquier equívoco sobre su posición de clase, toda desvirtuación de su propósito, termina así: «En Rusia, sólo se podía plantear el problema. Pero no podía resolverse en Rusia. En este sentido, el porvenir pertenece al “bolchevismo”».

La defensa de esas figuras y de su unidad de clase es una tarea que la tradición de la izquierda italiana nos ha legado y que nosotros vamos a proseguir. Lenin y Rosa Luxemburg pertenecen al proletariado revolucionario. Así es cómo la Fracción italiana de la Izquierda comunista comprendía la defensa de ese patrimonio contra el «leninismo» estalinista y la socialdemocracia:

«Pero junto a la figura genial del dirigente proletario (Lenin) también se yerguen tan importantes como él las figuras de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Productos de una lucha internacional contra el revisionismo y el oportunismo, expresión de una voluntad revolucionaria del proletariado alemán, nos pertenecen a nosotros y no a quienes quieren hacer de Rosa la bandera contra Lenin y del antipartido; de Liebknecht el abanderado de un antimilitarismo que se expresa en el voto de los créditos militares en los diferentes países “democráticos”» ([12]).

Todavía no hemos contestado a la acusación de haber cambiado de posición sobre Lenin. Pero el lector podrá, concretamente, darse ya perfecta cuenta de que nosotros estamos en total oposición al «leninismo». Y que nos mantenemos fieles a la tradición de las fracciones de izquierda de las que nos reivindicamos, especialmente de la fracción italiana de los años 30.

Procuramos explicar cada vez que sea necesario el método que consiste en luchar por la defensa y la unidad de la continuidad históricas del movimiento obrero. Contra el «leninismo» y todos los intentos de dividir y oponer entre sí a las diferentes fracciones marxistas del movimiento obrero, nosotros luchamos por la defensa de su unidad. Contra la oposición abstracta y mecánica hecha basándose en unas cuantas citas sacadas de su contexto, nosotros restituimos las condiciones reales en las que se fraguaron las posiciones, siempre basándonos en los debates y polémicas en el seno del movimiento obrero. Es decir: en el mismo campo.

Ese es el método que el marxismo ha procurado aplicar siempre, método que es todo lo contrario del «leninismo», cuyos verdaderos discípulos contemporáneos rechazan. Porque es bastante jocoso ver que entre los continuadores del estalinismo, al menos en lo que a «método» se refiere, están precisamente quienes acusan a la CCI de haberse vuelto «leninista»...

¡Dejen en paz a la izquierda holandesa y a las figuras de Pannekoek y Gorter!

A los adeptos contemporáneos de la «metodología» del «leninismo», al menos en ese aspecto, se les identifica con facilidad en los diferentes ámbitos por los que merodean. Está de moda, en los círculos anarco-consejistas y entre los parásitos, el intentar apropiarse fraudulentamente de la Izquierda holandesa, oponiéndola a otras fracciones de izquierda, y a Lenin, evidentemente. A su vez, al igual que Stalin y su «leninismo» traicionaron a Lenin, esos elementos traicionan la tradición de la Izquierda holandesa y de sus grandes figuras como la de Anton Pannekoek, a quienes Lenin saluda con respeto y admiración en El Estado y la revolución, o la de Herman Gorter, quien traduce inmediatamente, en 1918, esa obra ya clásica del marxismo. Antes de haber desarrollado la teoría del comunismo de consejos en los años 30, Pannekoek fue uno de los militantes más eminentes del ala izquierda marxista en la IIª Internacional, junto a Rosa Luxemburg y Lenin y siguió siéndolo durante toda la guerra. Es más fácil sacar a Pannekoek del campo proletario, a causa de sus críticas consejistas contra los bolcheviques a partir de 1930, que a alguien como Bordiga, y por ello aquél sigue siendo hoy objeto de especial solicitud para acabar borrando todo de recuerdo de su adhesión a la IC, de su participación de primer plano en la constitución del Buró de Amsterdam para occidente y su entusiasmado y decidido apoyo a Octubre 1917. Tanto como las fracciones de izquierda italiana y rusa en el seno de la IC, las izquierdas holandesa y alemana pertenecen al proletariado y al comunismo. Y cuando nos reivindicamos de todas las fracciones de izquierda salidas de la IC, lo que hacemos es retomar también el método utilizado por la izquierda holandesa como por todas las izquierdas:

«La guerra mundial y la revolución que ha engendrado, han demostrado de manera evidente que sólo hay una tendencia en el movimiento obrero que lleve de verdad los trabajadores al comunismo. Sólo la extrema izquierda de los partidos socialdemócratas. Las fracciones marxistas, el partido de Lenin en Rusia, de Bela Kun en Hungría, de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht en Alemania han encontrado el único y buen camino.

La tendencia que ha tenido siempre como objetivo la destrucción del capitalismo por la violencia y que, en los tiempos de la evolución y del desarrollo pacíficos, usaba la lucha política y la acción parlamentaria para la propaganda revolucionaria y la organización del proletariado es la que ahora hace uso de la fuerza del Estado por la revolución. La misma tendencia que ha encontrado el camino de quebrar el Estado capitalista y transformarlo en Estado socialista, así como el medio mediante el cual se construye el comunismo: los consejos obreros, los cuales encierran en sí mismos todas las fuerzas políticas y económicas; es la tendencia que ha descubierto por fin lo que la clase ignoraba hasta ahora y lo ha establecido para siempre: la organización mediante la cual el proletariado puede vencer y sustituir al capitalismo» ([13]).

Incluso después de la exclusión del KAPD de la IC en 1921, intentan mantenerse fieles a sus principios y solidarios con los bolcheviques.

«Nos sentimos, a pesar de la exclusión de nuestra tendencia por el congreso de Moscú, totalmente solidarios con los bolcheviques rusos (…) permanecemos solidarios no sólo con el proletariado ruso sino también con sus jefes bolcheviques, aunque hayamos tenido que criticar de la manera más vehemente su conducta en el seno del comunismo internacional» ([14]).

Cuando la CCI se reivindica y defiende la unidad y la continuidad «de los aportes sucesivos de la Liga de los Comunistas de Marx y Engels (1847-1852), de las tres Internacionales (la Asociación internacional de los trabajadores, 1864-1852, la Internacional socialista, 1889-1914, la Internacional comunista, 1919-1928), de las fracciones de izquierda que se fueron separando en los años 1920-30 de la Tercera internacional en su proceso de degeneración, y más particularmente de las Izquierdas alemana, holandesa e italiana» ([15]), lo que la CCI hace es mantenerse fiel a la tradición marxista en el seno del movimiento obrero, inscribiéndose en la lucha unida y permanente de la «tendencia» que definía Gorter, de las fracciones de izquierda en el seno de la IIª y IIIª Internacionales. Permanecemos así fieles a Lenin, a Rosa Luxemburg y a la tradición de las fracciones de izquierda de los años 30 y, en primer término, de Bilan.

Los «leninistas» de hoy no están en la CCI

Fieles también a las fracciones de izquierda que combatieron el estalinismo en unas condiciones dramáticas, rechazamos de plano toda acusación de «leninismo». Y denunciamos a quienes nos la lanzan: son ellos quienes retoman los métodos usados por Stalin y su teoría del «leninismo» asimilándolo a Lenin. Y siguiendo los métodos estalinistas, ni siquiera se preocupan de basar sus acusaciones en elementos reales, concretos – como, por ejemplo, nuestras tomas de postura escritas u orales –, sino en «se dice que…» y otras patrañas. Afirman que nuestra organizacion se ha vuelto una secta y que está en plena degeneración para así alejar de nosotros a todos aquellos que están en busca de una perspectiva política y revolucionaria consecuente. La acusación es tanto más calumniosa porque, detrás del término «leninismo» se oculta, cuando no lo afirman claramente, la acusación de estalinismo.

La acusación de nuestro «leninismo» supuesto se apoya esencialmente en chismes sobre nuestro funcionamiento interno, en particular sobre la pretendida imposibilidad de discutir en nuestro seno. Ya hemos contestado a esas acusaciones ([16]) y no vamos a volver aquí sobre ellas. Nos limitaremos a devolverles el cumplido después de haber demostrado quiénes son los verdaderos continuadores del método «leninista», no marxista, falsamente revolucionario.

La CCI se ha reivindicado siempre del combate de Lenin por la construcción del partido

Una vez rechazada la acusación de «leninismo», hay que responder a preguntas más serias: ¿habríamos abandonado nuestro espíritu crítico respecto a Lenin sobre la cuestión de la organización política? ¿Ha habido un cambio de posición de la CCI sobre Lenin, especialmente en materia de organización, sobre la cuestión del partido, de su papel y de su funcionamiento? Nosotros no vemos en dónde habría una ruptura en la posición de la CCI sobre la cuestión organizativa y respecto a Lenin, entre la CCI de sus principios, en los años 70, y la de 1998.

Seguimos manteniendo que estamos de acuerdo con el método utilizado y con la crítica argumentada y desarrollada contra el economismo y los mencheviques. Y seguimos diciendo que estamos de acuerdo con una gran parte de los diferentes puntos desarrollados por Lenin.

Mantenemos nuestras críticas en algunos aspectos planteados por Lenin en temas de organización. «Algunos conceptos defendidos por Lenin (especialmente en Un paso adelante, dos pasos atrás) sobre el carácter jerarquizado y “militar” de la organización, que han sido explotados por el estalinismo para justificar sus métodos, deben ser rechazados» ([17]). Tampoco, en esas críticas, hemos cambiado de opinión. Pero la cuestión merece una respuesta más profundizada para comprender al mismo tiempo la amplitud real de los errores de Lenin y el sentido histórico de los debates que tuvieron lugar en el Partido obrero socialdemócrata ruso (POSDR).

Para poder tratar seriamente esta cuestión central para los revolucionarios, incluso los errores de Lenin, debe uno mantenerse fiel al método y las enseñanzas de las diferentes izquierdas comunistas tal como lo hemos subrayado en la primera parte de este artículo. Nos negamos a escoger entre lo que nos gustaría en la historia del movimiento obrero y lo que nos disgustaría. Una actitud así sería ahistórica y típica de quienes se permiten juzgar, cien u ochenta años más tarde, un proceso histórico hecho de tanteos, de éxitos y fracasos, de múltiples debates y contribuciones, a costa de enormes sacrificios y de duras luchas políticas. Esto es así para las cuestiones teóricas y políticas. También lo es en temas de organización. Ni el final menchevique de Plejánov y su actitud chovinista durante la Primera Guerra mundial, ni la utilización de Trotski por… el «trotskismo», ni la de Pannekoek por el anarco-consejismo, disminuyen en nada la enorme riqueza de sus contribuciones políticas y teóricas que siguen siendo actuales y de un gran interés militante. Ni las muertes vergonzosas de la IIª y IIIª Internacionales, ni el final del partido bolchevique en el estalinismo, disminuyen en nada lo que fue su papel en la historia del movimiento obrero y la validez de sus adquisiciones organizativas.

¿Hemos cambiado al respecto?. En absoluto: «Existe una adquisición organizativa, al igual que existe una adquisición teórica, condicionándose mutuamente de manera permanente» ([18]).

Así como las críticas de Rosa Luxemburg a los bolcheviques en La Revolución rusa deben situarse en el marco de la unidad de clase que la asocia a los bolcheviques, de igual modo, las críticas que podamos nosotros hacer sobre la cuestión organizativa deben situarse en el marco de la unidad que nos asocia a Lenin en su combate – antes y después de la formación de la fracción bolchevique – por la construcción del partido. Esta posición no es nueva y no debería sorprender. Hoy, una vez más, como ya lo «repetíamos» en 1991, «repetimos ([19]) que “la historia de las fracciones es la historia de Lenin” ([20]) y únicamente basándose en la labor por ellas cumplida será posible reconstruir el partido comunista mundial de mañana» ([21]).

¿Quiere decir eso que la comprensión sobre la organización revolucionaria que la CCI tenía desde su constitución ha permanecido exactamente la misma? ¿Quiere eso decir que esa comprensión no ha ido enriqueciéndose, profundizándose, a lo largo de los debates y de los combates organizativos que nuestra organización ha tenido que entablar? Si así fuera, podría acusársenos de ser una organización sin vida, ni debates, de ser una secta que se contenta con recitar las Santas Escrituras del movimiento obrero. No vamos ahora aquí a reproducir todos los combates y debates organizativos que han atravesado nuestra organización desde su fundación. Y cada vez hemos tenido que analizar las «adquisiciones organizativas» de la historia del movimiento obrero, volviendo a hacerlas nuestras, precisándolas, enriqueciéndolas. Y así tenía que ser si no queríamos correr el riesgo de debilitarnos, por no decir desaparecer.

Pero las reapropiaciones y los enriquecimientos que hemos llevado a cabo en materia de organización no significan, ni mucho menos, que hayamos cambiado de posición sobre esta cuestión en general, ni siquiera con relación a Lenin. Esa labor está en continuidad con la historia y las adquisiciones organizativas que nos ha legado la experiencia del movimiento obrero. Retamos a quien quiera a que nos demuestre que ha habido ruptura en nuestra posición. La organizativa es una cuestión plenamente política tanto como las demás. Afirmamos, incluso, que es la cuestión central, la que, en última instancia, determina la capacidad para abordar todas las demás cuestiones teóricas y políticas. Al decir esto, estamos en la misma longitud de onda que Lenin. Al afirmar eso, no estamos cambiando de posición en relación con lo que hemos afirmado siempre. Hemos defendido siempre que fue la mayor claridad sobre organización, especialmente sobre el papel de la fracción, lo que permitió a la izquierda italiana no sólo mantenerse como organización, sino también ser capaz de sacar las lecciones teóricas y políticas más claras y más coherentes, incluso recogiendo y desarrollando los aportes teóricos y políticos iniciales de la izquierda germano-holandesa: sobre los sindicatos, sobre el capitalismo de Estado, sobre el Estado en el período de transición.

La CCI se reivindica de Lenin en su combate contra el economicismo y los mencheviques

La CCI siempre se ha reivindicado de Lenin en materia de organización. De su ejemplo nos inspiramos cuando escribíamos que «la idea de que una organización revolucionaria se construye voluntaria, consciente y premeditadamente, lejos de ser una idea voluntarista, es, por el contrario, una de las consecuencias concretas de toda praxis marxista» ([22]).

Hemos afirmado siempre nuestro apoyo al combate de Lenin contra el economismo. De igual modo, siempre nos hemos reivindicado de su combate contra quienes iban a ser los mencheviques, en el IIº congreso del POSDR. Esto no es nada nuevo. Como tampoco lo es que consideráramos ¿Qué hacer? (1902) como una obra esencial en el combate contra el economicismo y Un paso adelante, dos pasos atrás (1903) como herramienta indispensable para comprender lo se estaba jugando y las líneas de ruptura en el seno del partido. Tomar esos dos libros como clásicos del marxismo en materia de organización, afirmar que las principales lecciones que sacaba Lenin en ellos, siguen de actualidad, todo eso no es nada nuevo para nosotros. Decir que estamos de acuerdo con el combate, con el método utilizado, y buena cantidad de argumentos de ambos textos, no relativiza nuestra crítica a los errores de Lenin.

¿Qué es lo esencial en ¿Qué hacer?, en la realidad del momento, es decir en 1902 en Rusia? ¿Qué es lo que permitía al movimiento obrero dar un paso adelante? ¿De qué lado había que ponerse? ¿Del lado de los economicistas porque Lenin recoge la idea falsa de Kautsky sobre la conciencia de clase? ¿O del lado de Lenin contra el obstáculo que representaban los economicistas para la constitución de una organización consecuente de revolucionarios?.

¿Qué es lo esencial en Un paso adelante, dos pasos atrás? Estar con los mencheviques porque Lenin, llevado por la polémica, defiende en algunos puntos conceptos falsos? ¿O estar al lado de Lenin en la adopción de criterios rigurosos de adhesión de los militantes, por un partido unido y centralizado y contra la pervivencia de círculos autónomos?

Aquí, plantear la pregunta es darle respuesta. Los errores sobre la conciencia y sobre la visión del partido «militarizado» fueron corregidos por el propio Lenin, en particular con la experiencia de la huelga de masas de 1905 en Rusia. La existencia de una fracción y de una organización rigurosa dio los medios a los bolcheviques para estar entre los primeros que mejor lograron sacar las lecciones políticas de 1905, y eso que, al principio, no eran los más claros, sobre todo comparados con Trotski o Rosa Luxemburg, Plejánov incluso, sobre la dinámica de la huelga de masas. Eso les permitió superar los errores anteriores.

¿Cuáles eran los errores de Lenin? De dos tipos: unos se deben a la polémica, otros a problemas teóricos, especialmente sobre la conciencia de clase.

Los «torcimientos de bastón» de Lenin en las polémicas

Lenin tenía los defectos de sus cualidades. El defecto de una de sus cualidades: gran polemista, tuerce el timón tomando a cuenta propia los argumentos de sus oponentes para volverlos contra ellos. «Todos nosotros, sabemos ahora que los economistas curvaron el bastón hacia un lado. Para enderezarlo era preciso curvarlo del lado opuesto, y yo lo he hecho» ([23]). Pero este método, muy eficaz en la polémica y en la polarización clara – indispensable en todo debate – tiene sus límites y puede acarrear fallos en otros aspectos. Al torcer el bastón, cae en exageraciones, deformando sus verdaderas posiciones. ¿Qué hacer? es un buen ejemplo de ello, como el propio Lenin lo reconoció en varias ocasiones:

«Tampoco en el 2º Congreso, pensé erigir en algo “programático”, en principios especiales, mis formulaciones hechas en ¿Qué hacer? Por el contrario, empleé la expresión de enderezar todo lo torcido que más tarde se citaría tan a menudo. En ¿Qué hacer?, dije que hay que enderezar todo lo que ha sido torcido por los “economicistas” (…) El significado de estas palabras es claro: ¿Qué hacer? rectifica en forma polémica el economismo, y sería erróneo juzgar el folleto desde cualquier otro punto de vista» ([24]).

Por desgracia, son muchos los que juzgan ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos pasos atrás con otro enfoque que se preocupa más por la letra que por el significado del texto. Muchos son los que toman las exageraciones al pie de la letra; y para empezar, sus críticos y oponentes de entonces, entre los cuales están Trotski y Rosa Luxemburg, la cual contesta en Cuestión de organización en la Socialdemocracia rusa (1904) al segundo texto. Después, 20 años más tarde y con consecuencias mucho más graves, sus aduladores estalinistas quienes, para justificar el «leninismo» y la dictadura estalinista, se apoyan en las torpes fórmulas empleadas en el fuego de la polémica. Cuando se le acusa de dictador, jacobino, burócrata, de preconizar la disciplina militar y una visión conspiradora, Lenin retoma y desarrolla los términos de sus oponentes, «torciendo el bastón» a su vez. Si se le acusa de tener una visión conspiradora de la organización cuando defiende unos criterios estrictos de adhesión de los militantes y la disciplina en condiciones de ilegalidad y de represión, así contesta el polemista:

«Por su forma, una organización revolucionaria de esa fuerza en un país autocrático puede llamarse también organización de “conjuradores” (…) y el carácter conspirativo es imprescindible en el grado máximo para semejante organización. Hasta tal punto es el carácter conspirativo condición imprescindible de tal organización, que todas las demás condiciones (número de miembros, su selección, sus funciones, etc.) tienen que coordinarse con ella. Sería, por tanto, extrema candidez temer que nos acusaran a los socialdemócratas de querer crear una organización de conjuradores. Todo enemigo del “economismo” debe enorgullecerse de esa acusación como la acusación de seguir a La Voluntad del Pueblo ([25]) » ([26]).

En su respuesta a Rosa Luxemburg (septiembre de 1904), cuya publicación rechazan Kautsky y la dirección del partido SD alemán, niega ser responsable de las fórmulas sobre las que él vuelve a tratar:

«La camarada Luxemburg declara que según yo, el “Comité central es el único núcleo activo del partido”. Eso no es exacto. Yo nunca he defendido esa opinión (…) La camarada Luxemburg escribe que yo preconizo el valor educativo de la fábrica. Eso es inexacto: no soy yo, sino mi adversario quien ha pretendido que yo asimilo el partido a una fábrica. Ridiculicé a ese contradictor como debe hacerse utilizando sus propios términos para demostrar que confunde dos aspectos de la disciplina de fábrica, lo cual, por desgracia, ocurre también con la camarada Luxemburg» ([27]).

El error de ¿Qué hacer? sobre la conciencia de clase

Es, en cambio, mucho más importante y serio poner de relieve y criticar un error teórico de Lenin en ¿Qué hacer?. ¿Cuál? Según él: «Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera» ([28]).

No vamos a repetir aquí nuestra crítica y nuestra posición sobre la cuestión de la conciencia ([29]). Evidentemente esta posición que Lenin retoma de Kautsky no sólo es falsa sino que es además muy peligrosa. Servirá de justificación para el ejercicio del poder por el partido después de 1917 en el lugar de la clase obrera. Servirá de arma letal al estalinismo después, especialmente para justificar las intentonas golpistas en Alemania en los años 20, y sobre todo para justificar la represión sangrienta de la clase obrera en Rusia.

¿Hará falta precisar que nosotros no hemos cambiado de postura sobre esa cuestión?

Las debilidades de la crítica de Rosa Luxemburg

Tras el IIª congreso del POSDR y la escisión entre bolcheviques y mencheviques, Lenin debe afrontar muchas críticas. Entre ellas, únicamente Plejánov y Trotski rechazan explícitamente la posición sobre la conciencia de clase «que debe ser introducida desde el exterior de la clase obrera». Es sobre todo conocida la crítica de Rosa Luxemburg, Cuestión de organización en la socialdemocracia rusa en la que se apoyan los anti-Lenin de hoy para…oponer a los dos eminentes militantes y probar que el gusano estaliniano estaba ya en la fruta «leniniana», lo cual viene a ser la misma mentira estalinista pero dándole la vuelta. En realidad, Rosa se fija sobre todo en los «torcimientos de bastón» y plantea conceptos justos en sí, pero que son abstractos, fuera del combate real práctico que se entabló en el mencionado congreso.

«La camarada Luxemburg ignora soberanamente nuestras luchas de Partido y se extiende generosamente sobre temas que no es posible tratar con seriedad (…) Esta camarada no quiere saber qué controversias he mantenido en el Congreso y contra quién iban dirigidas mis tesis. Prefiere gratificarme con un cursillo sobre el oportunismo… en los países parlamentarios!» ([30]).

Un paso adelante, dos pasos atrás pone bien de relieve lo crucial del congreso y la lucha que hubo en él, o sea la lucha contra el mantenimiento de los círculos en el partido y una delimitación clara y rigurosa entre la organización política y la clase obrera. A falta de haber comprendido bien tal como se plantearon las cosas en la lucha concreta, Rosa Luxemburg es, en cambio, muy clara en lo que a objetivos generales se refiere:

«El objetivo detrás del cual la socialdemocracia rusa se afana desde hace varios años consiste en el paso del tipo de organización de la fase preparatoria (cuando al ser la propaganda la forma principal de actividad los grupos locales y ciertos cenáculos pequeños se mantenían sin establecer ningún vínculo entre sí) a la unidad de una organización más vasta tal como lo requiere una acción política concertada sobre todo el territorio del Estado» ([31]).

Leyendo este pasaje, se da uno cuenta de que Rosa se encuentra en el mismo terreno que Lenin y con la misma finalidad. Conociendo la idea «centralista», y hasta «autoritaria» de Rosa Luxemburg y de Leo Jogisches en el seno del partido socialdemócrata polaco – el SDKPiL –, su postura no habría sido la misma si hubiera estado presente en el POSDR, en la lucha concreta contra los círculos y los mencheviques. A lo mejor Lenin se hubiera visto obligado a refrenar sus energías e incluso sus excesos.

Nuestra posición, hoy, casi un siglo más tarde, sobre la distinción precisa entre organización política y organización unitaria de la clase obrera nos viene de los aportes de la Internacional socialista, gracias especialmente a los avances de Lenin. En efecto, fue el primero en plantear – en la situación particular de la Rusia zarista – las condiciones del desarrollo de una organización minoritaria y reducida, contrariamente a las respuestas de Trotski y Rosa Luxemburg, quienes tenían todavía entonces la visión de los partidos de masas. De igual modo, fue en el combate de Lenin contra los mencheviques sobre el punto 1 de los Estatutos, en el 2º congreso del POSDR, de donde sacamos nosotros nuestra visión de la adhesión y pertenencia militante a una organización comunista: rigurosa, precisa y claramente definida. En fin, a nuestro parecer ese congreso y la lucha de Lenin fueron un momento importante de profundización política sobre la cuestión de la organización, especialmente sobre la centralización contra las ideas federalistas, individualistas y pequeño burguesas. Fue un momento en el que, aun reconociendo el papel histórico positivo de los círculos de agrupamiento de las fuerzas revolucionarias en una primera etapa, quedó patente la necesidad de ir más allá de ese estadio para formar verdaderas organizaciones unidas y desarrollar relaciones políticas fraternas y de confianza entre todos los militantes.

No hemos cambiado de posición respecto a Lenin. Y nuestros principios organizativos de base, especialmente nuestros estatutos, que se apoyan y sintetizan la experiencia del movimiento obrero sobre el tema, se inspiran en muchos aspectos en el Lenin de sus combates por la organización. Sin la experiencia de los bolcheviques en materia de organización, faltaría una parte importante y fundamental de las adquisiciones organizativas en que se fundó y se ha basado la CCI y en las que deberá erigirse el partido comunista de mañana.

En la segunda parte de este artículo, volveremos sobre lo que dice ¿Qué hacer? y sobre lo que no dice, pues su finalidad y su contenido han sido y siguen siendo o muy ignorados, o desvirtuados a propósito. Precisaremos en qué medida la obra de Lenin es un clásico del marxismo y un aporte histórico al movimiento obrero, tanto en el plano de la conciencia como en el organizativo. En resumen, en qué medida, la CCI se reivindica también de ¿Qué hacer?.

RL

[1] Ver, por ejemplo, el texto de uno de nuestros antiguos militantes, RV, «Prise de position sur l’évolution récente du CCI», publicado por nosotros en nuestro folleto La prétendue paranoïa du CCI, tome I.

[2] Ver nuestras «Tesis sobre el parasitismo político» en Revista internacional nº 94.

[3] Citado por Pierre Broué. Trotski: Mi vida.

[4] Recordemos una vez más lo que decía el propio Lenin de las tentativas de recuperación de las grandes figuras revolucionarias: «Tras su muerte, se intenta hacer de ellas iconos inofensivos, canonizándolas por decirlo así, rodeando su nombre de cierta gloria, para “consolar” y embaucar a las clases oprimidas: y así se vacía de contenido su doctrina revolucionaria, envileciéndola (…) Y los sabios burgueses de Alemania, ayer todavía especialistas en la destrucción del marxismo, hablan cada día más de un Marx “nacional alemán”». Y podría añadirse que los estalinistas hablan de un Lenin «nacional gran ruso»…

[5] Boris Souvarine, Stalin, Editions Gérard Lévovici, París, 1985.

[6] Souvarine, idem.

[7] Idem.

[8] Tesis 8, Vº Congreso de la IC, segunda parte. Cuadernos del pasado y del presente.

[9] Bilan nº 39, boletín teórico de la fracción italiana de la Izquierda comunista, enero de 1937.

[10] Ver «Tesis sobre el parasitismo político», Revista internacional nº 94.

[11] Rosa Luxemburg, La Revolución rusa.

[12] Bilan nº 39, 1937.

[13] Herman Gorter, «La victoria del marxismo», publicado en 1920 en Il Soviet, recogido en Invariance nº 7, 1969.

[14] Artículo de Pannekoek en Die Aktion nº 11-12, 19 de marzo de 1921, citado en nuestro folleto La Izquierda holandesa.

[15] Del resumen de las posiciones de la CCI que aparece en cada una de nuestras publicaciones.

[16] Ver «El reforzamiento político de la CCI» (XIIº congreso de la CCI), Revista internacional nº 90.

[17] «Informe sobre la estructura y el funcionamiento de la organización de los revolucionarios», Conferencia internacional de la CCI, enero de 1982, Revista internacional nº 33.

[18] «Informe sobre la cuestión de la organización de nuestra corriente internacional», Revista internacional nº 1, abril de 1975.

[19] No podemos resistir a la tentación de citar a uno de nuestros antiguos militantes que hoy nos acusa de ser leninistas: «Debemos, en cambio, saludar la lucidez de Rosa Luxemburg (…) así como la capacidad de los bolcheviques para organizarse en fracción independiente con sus propios medios de intervención en el seno del Partido obrero socialdemócrata de Rusia. Por eso pudieron llegar a ser la vanguardia del proletariado en la oleada revolucionaria del final de la Iª Guerra mundial» (RV, «La continuidad de las organizaciones políticas del proletariado», Revista internacional nº 50, 1987).

[20] Intervención de Bordiga en el VIº comité ejecutivo ampliado de la Internacional comunista en 1926.

[21] Introducción a nuestro artículo sobre «La relación fracción-partido en la tradición marxista», 3ª parte, Revista internacional nº 65.

[22] «Informe sobre la cuestión de la organización de nuestra corriente», Revista internacional nº 1, abril de 1975.

[23] Lenin en Actas del IIº congreso del POSDR, Ediciones Era, 1977.

[24] Lenin, Prólogo a la recopilación En doce años, septiembre de 1907, ediciones Era, 1977.

[25] En ruso Norodnaia Volia, organización secreta y terrorista procedente del movimiento «populista» ruso de mediados del siglo XIX.

[26] «La organización de «conjuradores» y la «democracia»» en ¿Qué hacer?; el subrayado es de Lenin.

[27] Un paso adelante, dos pasos atrás, respuesta a Rosa Luxemburg, publicada en Nos tâches politiques de Trotski, ed. Pierre Belfond, París, 1970.

[28] Lenin, ¿Qué hacer?, «II. La espontaneidad de las masas y la conciencia de la socialdemocracia, a) Comienzo de la marcha ascensional espontánea» (Ed. Progreso).

[29] Ver nuestro folleto Organizaciones comunistas y conciencia de clase.

[30] Lenin, Respuesta a Rosa Luxemburg.

[31] Rosa Luxemburg, Cuestión de organización…, cap. 1.