El combate de las Izquierdas en la Internacional comunista - La responsabilidad de los revolucionarios frente a la degeneración

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Si hay un combate en el movimiento obrero que los revolucionarios marxistas dignos de ese nombre siempre han librado hasta sus últimas consecuencias, aun en las condiciones más terribles, ése es el combate para salvar la organización, Partido o Internacional, de las garras del oportunismo e impedirle hundirse en la degeneración o, peor aún, traicionar.

Este principio guió a Marx y Engels en la AIT. También fue el de las «Izquierdas» de la Segunda Internacional, basta con recordar cuánto tiempo pasaron Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y los espartaquistas ([1]) antes de tomar la decisión de romper con el viejo Partido, ya fuera con la socialdemocracia alemana, ya con los Independientes. El objetivo de su lucha era derribar la dirección oportunista, ganándose a la mayoría del Partido en el mejor de los casos o, si las cosas iban mal, es decir si ya no existían esperanzas de enderezamiento, salirse de la organización llevando consigo al máximo de elementos sanos. Lucharon mientras estimaron que existía en el Partido una chispa de vida proletaria que les permitiera convencer a los mejores elementos.

Este principio siempre ha sido el de los marxistas, el único utilizado en cualquier época por los revolucionarios. Y la experiencia histórica nos muestra cómo lucharon las «izquierdas», en la mayoría de los casos, hasta tal extremo que fue el viejo Partido el que las excluyó y no ellas las que rompieron ([2]). Por ejemplo, Trotski dedicó más de seis años de su vida a luchar en el seno del Partido bolchevique antes de ser excluido.

El combate de las «izquierdas» de la Tercera internacional (IC) es particularmente elocuente por haber sido librado en el peor período que haya conocido el movimiento obrero, la profunda y terrible contrarrevolución que empezó en los años 20. Y sin embargo, es en esa situación de contrarrevolución, de retroceso dramático del movimiento obrero, en la que los militantes de la «izquierda» de la IC van a librar un combate memorable y titanesco. Muchos pensaban sin embargo que ya estaba jugada la partida, pero esta consideración no les impidió seguir luchando, sobrándoles valentía y voluntad ([3]). A pesar de los riesgos, si quedaba la más mínima posibilidad de salvar el Partido y la IC, consideraban que su deber era intentarlo todo para impedir qua cayera en las garras del estalinismo triunfante. Hoy en día se minimizan las lecciones de aquellos combates y en el peor de los casos hasta se olvidan, en particular por parte de quienes dejan las organizaciones en cuanto aparece la primera divergencia. Tal actitud es una ofensa a la tradición de lucha de la clase obrera y no puede sino expresar el desdén pequeño burgués hacia el duro y a menudo mortal combate de generaciones de obreros y de revolucionarios, combate que estos señoritos consideran poco reluciente o indigno de ellos.

La Izquierda italiana no solo defendió ese principio, sino que lo enriqueció política y teóricamente. Basándose en esa herencia, la CCI ha desarrollado a menudo este tema y, en particular, lo ha profundizado sobre el aspecto de cuándo y cómo traiciona un Partido ([4]): son las tomas de posición ante acontecimientos de primera importancia, como lo son la guerra imperialista y la revolución proletaria, lo que permite determinar, irrevocablemente, si una organización política ha traicionado a su clase. Mientras esta traición no se haya cumplido, mientras el Partido no se haya pasado con armas y equipo al campo enemigo, el papel de los revolucionarios auténticos es luchar con todas sus energías para conservarlo en el campo proletario. Esto es lo que hicieron las «izquierdas» de la IC, en las dramáticas condiciones de triunfo absoluto de la contrarrevolución.

Esta política sigue siendo válida hoy. Y es tanto más posible de realizar hoy por cuanto estamos en un curso ascendente hacia enfrentamientos de clases, en una situación mucho más favorable para el combate de la clase obrera y de los revolucionarios. En el contexto histórico actual, en que la revolución no está a la orden del día pero tampoco la guerra mundial imperialista, las condiciones objetivas son mucho menos propicias a la traición de una organización proletaria ([5]). Sigue entonces siendo el mismo principio, que cualquier revolucionario consecuente ha de defender: si considera que su organización está degenerando ha de seguir luchando en su seno para enderezarla. En ningún caso puede aceptarse la actitud pequeño burguesa de salvarse a sí mismo como ocurre con los «revolucionarios de salón», con sus tendencias individualistas y contestatarias heredadas de la típica mentalidad del 68 y que hoy están atraídos por los cantos de sirena del parasitismo. Por esto los que abandonan a su organización acusándola de todo los males, sin haber tenido el valor de haber luchado de forma consecuente en su seno, no son sino irresponsables y merecen ser combatidos como miserables pequeños burgueses sin principios, como es el caso de RV ([6]).

El largo combate de las «izquierdas» de la IC

La crisis del movimiento comunista no sale claramente a la luz más que en 1923. Unos hechos lo verifican: tras el tercer Congreso de la IC, en el que aparece claramente el peso creciente del oportunismo, la represión en Rusia cae sobre Kronstadt y las huelgas se desarrollan en Petrogrado y en Moscú y, paralelamente, aparece la Oposición obrera en el Partido comunista ruso (PCUS).

Trotski expresa el sentimiento general al afirmar: «La causa fundamental de la crisis de la revolución de Octubre está en el retraso de la revolución mundial» ([7]). Efectivamente, ese retraso lastra el movimiento obrero en su conjunto. Hay que añadir que éste también está desorientado por las medidas de capitalismo de Estado tomadas en Rusia con la NEP. Los últimos fracasos sufridos por el proletariado en Alemania no hacen sino retrasar la esperanza de una extensión de la revolución en Europa.

La duda empieza a socavar a los revolucionarios, incluido Lenin ([8]). En 1923, la Revolución rusa está ahogada económicamente por el capitalismo que domina el planeta. En ese aspecto, la situación de la URSS es catastrófica y el problema que se plantea en las instancias dirigentes es este: ¿debe ser mantenida la NEP íntegramente o ha de ser corregida con una ayuda a la industria?.

El combate de Trotski

Trotski comienza su combate ([9]) en el seno del Buró político (BP) del PCUS en el que la mayoría quiere conservar el statu quo. No está de acuerdo sobre la cuestión de la situación económica en Rusia y sobre la cuestión organizativa en el PCUS. Para evitar que se rompa la unidad del Partido, estos desacuerdos no salen del BP. No serán conocidos en el exterior más que a partir del otoño de 1923, y en particular con la publicación del libro de Trotski Nuevo curso ([10]).

Se van a expresar otras manifestaciones de oposición:

  • una carta del 15 de octubre de 1923 dirigida al Comité central del PCUS y firmada por 46 personalidades de izquierda y de la oposición (Piatakov, Preobrazhenski y también Osinski, Sapronov, Smirnov, etc.). Reclaman la convocatoria de una conferencia especial para tomar medidas impuestas por las circunstancias en espera del Congreso;
  • la formación del grupo Centralismo democrático con Sapronov, Smirnov, etc.;
  • la reactivación de la Oposición obrera, con Shliápnikov;
  • la creación del Grupo obrero de Miásnikov, Kusnezov, etc. ([11]).

Paralelamente a estos acontecimientos, en febrero de 1923, Bordiga desde presidio hace sus primeras críticas graves a la IC, en particular sobre la cuestión del «frente único», en su Manifiesto a todos los camaradas del PCI y, basándose en este desacuerdo de fondo, pide que se le descargue de sus funciones de dirigente del Partido comunista italiano (PCI) para no tener que defender posiciones que no comparte ([12]).

Para poder desarrollar más eficazmente su combate político, Bordiga, al igual que Trotski, adopta una actitud de prudencia. Y dos años más tarde da la clave de su método en una carta a Korsch firmada del 26 de octubre de 1926: «Zinoviev y sobre todo Trotski son dos hombres que tienen un gran sentido de la realidad; han entendido que hay que saber recibir golpes sin pasar a la ofensiva abierta». Así actúan los revolucionarios: con paciencia. Son capaces de proseguir un largo combate para lograr sus fines. Saben recibir golpes, avanzar con prudencia y sobre todo trabajar, sacar lecciones para los combates futuros de la clase obrera.

Tal actitud está a mil leguas de la que adoptan nuestros «revolucionarios domingueros» tan excitados y ansiosos por no se sabe cuál triunfo inmediato, cuya pasión es salvar su «yo», como es el caso de RV que huyó de sus responsabilidades y va lloriqueando sobre los sufrimientos que le ha causado la CCI durante el último debate interno en el que participó, sufrimientos peores, según él, que los que Stalin reservó a la oposición de izquierdas (sic). Sin hablar de su aspecto calumnioso, tal afirmación podría dar risa si no se tratara de una cuestión tan grave. Y nadie que conozca aunque sea un poquito de la historia de la Oposición de izquierda y de lo que fue su fin trágico podrá creerse ni por un instante semejante patraña.

La crisis de 1925-26:
sigue el combate de Trotski y el de la Izquierda italiana

El período que sigue el Vº Congreso de al IC se caracteriza por:

  • la generalización de la «bolchevización» de los PC y de lo que se ha llamado el «curso derechista» de la IC. El objetivo de Stalin y de sus lacayos era eliminar a la dirección de los partidos en Francia y Alemania, o sea la de Treint y la de Ruth Fischer, que habían alineado con Zinoviev en el Vº Congreso de la IC y que no estaban dispuestos a irse hacia la derecha;
  • la «estabilización» del capitalismo, lo cual significaba para la dirección de la IC que se debía prever una «adaptación». Dice el Informe de actividades políticas del Comité central del XIVº Congreso del PCUS (diciembre de 1925): «Lo que durante cierto tiempo pensábamos que sería una pausa corta se ha transformado en todo un período».

Al margen de los debates del Congreso, el acontecimiento más importante para el movimiento obrero fue la desintegración, a finales de 1925, de la troika Zinoviev-Kamenev-Stalin, que encabezaba la dirección del PCUS y de la IC desde que Lenin se vio obligado a renunciar a su actividad política. ¿Por qué se desintegró? Su existencia estaba ligada al combate contra Trotski. En cuanto éste y la primera Oposición fueron amordazados, Stalin ya no necesitaba para nada a los «viejos bolcheviques» en torno a Zinoviev o Kamenev para acaparar la dirección del Estado, del Partido ruso y de la IC. La situación de «estabilización» le dio la oportunidad de un cambio político.

Aunque se enfrente a Stalin en cuanto a la política interior soviética, Zinoviev comparte con él el análisis de la política mundial: «la primera dificultad está en el aplazamiento de la revolución mundial. Cuando la revolución de Octubre, estábamos convencidos de que los obreros de los demás países iban a socorrernos al cabo de unos meses o, si las cosas iban mal, unos años. Desgraciadamente, hoy, el aplazamiento de la revolución mundial es un hecho verificado, es cierto que la estabilización parcial del capitalismo va para largo y esa estabilización acarrea nuevas y mayores dificultades».

A la vez que las direcciones del partido y de la IC reconocen la «estabilización», afirman, sin embargo, que el Vº Congreso no se había equivocado y que su política era correcta. Efectúan un cambio político sin decirlo abiertamente.

Mientras que Trotski guarda silencio en aquellos momentos, la Izquierda italiana adopta una actitud más política prosiguiendo el combate abiertamente. Bordiga trata de la cuestión rusa en febrero de 1925 así como de la «cuestión Trotski» en un artículo publicado en la Unità.

Para oponerse a la «bolchevización», la izquierda del PCI crea un «Comité de entendimiento» (marzo-abril de 1925). Sin embargo, para no ser excluido del Partido por la dirección de Gramsci, Bordiga no se afilia inmediatamente a ese Comité. Será en enero cuando adopte las posiciones de Damen, Fortichiari y Repossi. Este Comité, sin embargo, no es todavía una verdadera fracción, no es más que un medio organizativo. La izquierda estará obligada finalmente a disolver ese Comité de entendimiento para no ser excluida del Partido, a pesar de seguir siendo todavía mayoritaria en su seno.

En la primavera del 26 se crea en Rusia la Oposición unificada en torno a la primera oposición de Trotski, a la que se añaden Zinoviev, Kamenev, Krupskaia, para la preparación del XVº Congreso del PCUS. La represión estalinista se refuerza y golpea a los nuevos oponentes:

  • Serebriakov, Preobrazhenski ([13]) son excluidos del Partido;
  • otros son encarcelados (Miasnikov del Grupo obrero) o perseguidos, como Fishelev, el director de la Imprenta nacional;
  • protagonistas de primer plano de la guerra civil son expulsados del ejército: Grunstein (director de la Escuela de aviación) o el ukraniano Ojotnikov;
  • en Leningrado, a Moscú, en el Ural, la GPU decapita las organizaciones locales de la Oposición, haciendo excluir a sus responsables del Partido.

En octubre del 27, Trotski y Zinoviev son excluidos del Comité central del PCUS.

Prosigue el combate después de 1927

La capitulación de los zinovievistas no impide a la izquierda rusa proseguir el combate. Nada puede frenar a estos militantes que son verdaderos luchadores de la clase obrera, ni las vejaciones, ni las amenazas, ni la exclusión: «la exclusión nos quita nuestros derechos de miembros del Partido, no nos quita las obligaciones contraídas por cada uno de nosotros al entrar en el Partido comunista. Excluidos del Partido, seguimos fieles a su programa, sus tradiciones, su bandera. Seguiremos obrando por el reforzamiento del Partido comunista y su influencia en la clase obrera» ([14]).

Rakovski nos da ahí una formidable lección de política revolucionaria. Ésta es la actitud de los revolucionarios, éste es nuestro principio. Jamás los revolucionarios abandonan su organización mientras pueda ser salvada para la clase, a no ser que sean excluidos de ella, y, aún así, prosiguen el combate para intentar volver a ponerla en pie. Durante años, los opositores lo van a hacer todo para ser reintegrados en el Partido, al estar convencidos de que su exclusión es temporal.

Sin embargo, muy rápidamente, empiezan las deportaciones en enero del 28. Son condiciones particularmente difíciles porque ningún trabajo, ningún medio de sobrevivir se les garantiza a los deportados en su lugar de residencia obligatoria. La represión afecta incluso a las familias, a las que se les quita hasta el alojamiento. A Trotski se le manda a Alma Ata y, a las 48 horas, Rakovski ha de salir para Astraján. Pero no abandonan el combate y la Oposición se organiza en el exilio. A pesar de los golpes de la represión, los opositores y su representante más eminente, Rakovski, mantienen firme su postura de combate a pesar de capitulaciones sucesivas y de la expulsión de Trotski de la URSS.

Propalados solapadamente por la GPU, empiezan a correr rumores según los cuales Stalin va a aplicar finalmente la política de la Oposición. Estos rumores, debidos supuestamente al papel provocador de Radek, dan lugar a un inicio de estallido en la Oposición. Esos acontecimientos provocan una desmovilización de los más débiles, permitiendo al poder estalinista descubrir cuáles son los elementos más flojos de la Oposición y evaluar el momento más favorable para atacarlos o llevarlos a capitular.

Ante esas nuevas dificultades, Rakovski declara en agosto del 29: «Llamamos al Comité central (...) pidiéndole que nos facilite nuestra vuelta al Partido (...) reintegrando del exilio a L.D. Trotski (...) Estamos totalmente dispuestos a renunciar a los métodos fraccionales de lucha y a someternos a los estatutos y a la disciplina de Partido que garantizan a cada uno de sus miembros el derecho de defender sus opiniones comunistas».

Esta declaración no puede ser aceptada por el poder, no solo por la petición del retorno de Trotski del exilio, sino también porque está redactada de forma que aparezca la duplicidad de Stalin y su responsabilidad en los acontecimientos. Sin embargo, alcanza su meta enfriando el pánico que reinaba en las filas de los opositores. Cesa entonces la oleada de capitulaciones.

A pesar de la represión atroz, de los asesinatos, el combate de Rakovski y del centro de la Oposición va a proseguir de forma organizada en Rusia hasta febrero del 34. La mayoría sigue resistiendo hasta en los campos ([15]). El abandono de Rakovski no fue en modo alguno una capitulación vergonzosa como fue la de los zinovievistas. En un artículo de Bilan ([16]) se afirma claramente: «El camarada Trotski (...) ha publicado una nota en la que tras haber declarado que no se trata de una capitulación ideológica y política, escribe: “Hemos repetido a menudo que el restablecimiento del PC en URSS no se puede realizar más que por la vía internacional. El caso Rakovski lo confirma de forma negativa pero deslumbrante”. Nos solidarizamos con la apreciación (...) con respecto a Rakovski, su último gesto no tiene nada que ver con las vergonzantes capitulaciones de los Radek, Zinoviev, Kamenev...».

Un combate a nivel internacional

Tras la expulsión de Trotski de la URSS en 1929, el combate se va a desarrollar a nivel mundial con la creación de la Oposición de izquierdas internacional.

Bordiga participa por última vez en una reunión de la Internacional en febrero-marzo de 1926, cuando el VIº Pleno de la IC. Dice en su discurso: «Es deseable que se forme una resistencia de izquierdas; no hablo de una fracción, sino de una resistencia de izquierdas a nivel internacional en contra de semejantes peligros derechistas; y he de decir abiertamente que esta reacción sana, útil y necesaria no puede ni debe hacerse con maniobras o intrigas, con rumores propagados por los pasillos y entre bastidores».

Y a partir de 1927 prosigue el combate de la Izquierda italiana en la emigración en Francia y Bélgica. Aquellos militantes que no han podido huir de Italia están encarcelados o, como Bordiga, sometidos a residencia vigilada en una isla. La Izquierda italiana sigue luchando en los partidos comunistas y en la IC, a pesar de la exclusión de muchos de sus miembros. Su meta esencial es intervenir en esas organizaciones para rectificar su curso degenerante que no consideran como inevitable. «Los partidos comunistas (...) son órganos en los que se ha de obrar para combatir el oportunismo. Estamos convencidos de que la situación obligará a los dirigentes a reintegrarnos como fracción organizada (subrayado por nosotros), a no ser que la situación haga desaparecer totalmente a los partidos comunistas. También en este caso, que nos parece muy improbable, seguiremos cumpliendo con nuestro deber comunista» ([17]).

En esta visión aparece claramente toda la diferencia entre Trotski y la Izquierda italiana. Ésta se constituye en fracción en abril de 1928, en respuesta a la decisión del IXº Pleno ampliado de la IC (9-25 de abril de 1928) que afirma que no se puede seguir siendo miembro de la IC y defender las posiciones políticas de Trotski. Al no poder seguir siendo miembros de la IC, los miembros de la Izquierda italiana se ven obligados a constituirse en fracción.

En la resolución de fundación de la fracción, se proponen las tareas siguientes:

«1. Reintegración de todos los expulsados de la Internacional que se reivindican del Manifiesto comunista y aceptan las Tesis del IIº Congreso mundial.

2. Convocatoria del VIº Congreso mundial bajo la presidencia de León Trotski.

3. Puesta al orden del día en el VIº Congreso mundial de la expulsión de la Internacional de todos aquellos que se declaren solidarios con las resoluciones del XVº Congreso ruso». ([18])

Así, cuando la Oposición rusa pide su reintegración en el partido, la Izquierda italiana desea mantenerse como fracción en el seno de la IC y de los PC, pues piensa que la regeneración exige ahora una labor de fracción. «Por fracción, entendíamos nosotros el organismo que forme a los dirigentes que deberán asegurar la continuidad de la lucha revolucionaria y que están llamados a convertirse en protagonistas de la victoria proletaria. Contra nosotros, (...) [la Oposición] afirmaba que no había que proclamar la necesidad de la formación de dirigentes: la clave de los acontecimientos se encontraba en manos del centrismo y no en manos de las fracciones» (subrayado por nosotros) ([19]).

Hoy, al no haber logrado atajar la degeneración de los partidos comunistas y de la IC, podrá parecer errónea esa política que consistía en renovar las demandas de reintegración en la Internacional y que la Izquierda comunista sólo dejaría después de 1928. Pero, sin esa política, la oposición se habría encontrado fuera de la IC, desembocando en una situación de aislamiento peor todavía. Los opositores se habrían encontrado alejados de la masa de militantes comunistas y no habrían podido ir en contra su retroceso ([20]). Fue ese método, teorizado más tarde por la Izquierda italiana, el que permitió mantener los vínculos con el movimiento obrero y trasmitir sus experiencias a la izquierda comunista actual de la que la CCI forma parte.

En cambio, la política de aislamiento del grupo Réveil communiste ([21]), por ejemplo, fue catastrófica. Ese grupo no sobrevivió, siendo incapaz de originar una corriente organizada. Confirmó sobre todo el método y la tesis clásica del movimiento obrero: no se rompe así como así con una organización del proletariado; no se rompe sin haber agotado previamente todas las soluciones, sin haber usado todos los medios para alcanzar, por un lado, la clarificación política de las divergencias y, por otro, convencer al máximo posible de elementos sanos.

Las lecciones sacadas por la Izquierda italiana

No hemos hecho este amplio panorama histórico por el gusto de dárnoslas de historiadores, sino para sacar las enseñanzas necesarias para el movimiento obrero y nuestra clase de hoy. Lo expuesto nos enseña que «la historia del movimiento obrero es la historia de sus organizaciones», como lo afirmaba Lenin. Hoy podrá parecer normal separarse, sin ningún principio, de una organización política del proletariado. Aún teniendo las mismas bases programáticas se crea una nueva organización o, sin haber hecho una crítica del programa y de la práctica de una organización, se decreta su degeneración. Recordar la historia de la IIIª Internacional nos muestra cuál debe ser la actitud de los revolucionarios. A no ser que se piense que no se necesitan las organizaciones revolucionarias o que puede uno por su cuenta pretender descubrir todo lo que nos han legado las organizaciones del pasado. Sin el trabajo teórico y político de la Izquierda italiana, ni la CCI ni los demás grupos de la Izquierda comunista (el BIPR y los diferentes PCInt) existirían hoy.

Es evidente que si nos reivindicamos de la actitud de la Oposición y de la Izquierda italiana, no podemos, en cambio, reivindicarnos plenamente de las concepciones de la oposición y de Trotski.

Sí estamos de acuerdo, en cambio, con las propuestas en Bilan a principios de los años 30: «Es muy cierto que el papel de las fracciones es sobre todo un papel de educación de mandos mediante las experiencias vividas, gracias a la confrontación rigurosa de lo que los acontecimientos significan (...) Sin la labor de las fracciones, la Revolución rusa habría sido imposible. Sin las fracciones, Lenin mismo habría sido un ratón de biblioteca y no el jefe revolucionario que fue.

Las fracciones son, pues, los únicos espacios históricos en los que el proletariado continúa su labor por su organización de clase. Desde 1928 hasta hoy, el camarada Trotski ha desdeñado totalmente esa labor de construcción de fracciones y, por lo tanto, no ha contribuido en la construcción de las condiciones necesarias para el movimiento de masas» ([22]).

Del igual modo, nos reivindicamos nosotros de lo que la Izquierda italiana puso de relieve sobre la pérdida de las organizaciones políticas en un período de retroceso histórico del proletariado, en un curso hacia la guerra, en su caso, (el de los años 30), aunque hoy no sea lo mismo:

«La muerte de la Internacional comunista es el resultado de la extinción de su función: la IC ha muerto por la victoria del fascismo en Alemania; este acontecimiento ha agotado históricamente su función y ha expresado el primer resultado definitivo de la política centrista.

El fascismo, victorioso en Alemania, ha significado que los acontecimientos han tomado un derrotero opuesto al de la revolución mundial, van por el camino que lleva a la guerra.

El partido no deja de existir, incluso después de la muerte de la Internacional. EL PARTIDO NO MUERE, PERO SÍ TRAICIONA» ([23]).

Todos aquellos que, hoy, dicen estar de acuerdo con las posiciones y los principios de la Izquierda italiana y que acusan a una organización de estar degenerando, tienen el deber y la responsabilidad de hacerlo todo por impedir que esa dinámica prosiga y acabe en traición, del mismo modo que, antes que ellos, lo hicieron los camaradas de Bilan.

Pero la Izquierda italiana, al criticar a Trotski, también criticaba a todos esos individuos sin principios (o que no quieren saber en qué curso histórico se sitúan), que sólo piensan en construir nuevas organizaciones fuera de las ya existentes o que, como se ve hoy con el desarrollo del parasitismo, sólo piensan en destruir las que acaban de dejar:

«De una forma parecida, en lo que se refiere a la creación de nuevos partidos, [aquí la Izquierda italiana habla de Trotski, quien en 1933 proponía la construcción de nuevos partidos], a los deportistas del “más difícil todavía”, en lugar de construir el organismo para la acción política (...) lo único que hacen es mucho ruido sobre la necesidad de no perder un solo instante para ponerse a trabajar (...).

Es evidente que la demagogia y el éxito efímero le convienen más al deporte que a la labor revolucionaria» ([24]).

A todos esos señoritos, esos nuevos «deportistas», a esos fundadores irresponsables de nuevas capillitas, enderezadores de entuertos y de partidos que se ponen a denunciar a troche y moche a las organizaciones proletarias existentes, queremos recordarles muy especialmente la labor paciente y revolucionaria de la Oposición y sobre todo la de la Izquierda italiana en los años 20 y 30 para salvar a sus organizaciones y preparar a los dirigentes del futuro partido, en lugar de abandonar su organización para «salvar su alma».

Or

[1] Ver los números de esta Revista internacional dedicados a la revolución alemana.

[2] Los revolucionarios que fundaron el KAPD habían sido excluidos del Partido comunista alemán (KPD); no rompieron con éste.

[3] Pierre Naville, que estuvo con Rakovski en Moscú en 1927, dice que éste no se hacía la menor ilusión entonces. Sólo preveía años de sufrimiento y de represión, lo que, evidentemente, no lo arredró en su determinación de verdadero combatiente de la clase obrera. Ver, p. 274, Rakovsky ou la révolution dans tous les pays, de Pierre Broué (Ed. Fayard, París) y Trotski vivant de Pierre Naville.

[4] Ver nuestros textos sobre la Izquierda italiana y nuestro libro La Izquierda comunista de Italia.

[5] No hay que excluir una traición así, por ejemplo, cuando una organización proletaria, a causa de su falta de claridad sobre la cuestión de las luchas de «liberación nacional» se deja arrastrar al terreno del izquierdismo, o sea al de la burguesía, apoyando a un campo imperialista contra otro, en conflictos entre grandes potencias, con el pretexto de «luchas de liberación nacional». Esto es lo que les ocurrió a algunas secciones del Partido comunista internacional (bordiguista) a principios de los años 80.

[6] Ver nuestro folleto (en francés) La pretendida paranoia de la CCI.

[7] L. Trotski, La Internacional comunista después de Lenin.

[8] Philippe Robrieux, Histoire intérieure du Parti communiste français, t. 1.

[9] Al principio, ese combate, sobre la cuestión del régimen interno del Partido y la burocracia, debía llevarlo a cabo Trotski junto con Lenin. Pero Lenin tuvo un segundo ataque que le impediría volver al trabajo; ver la introducción de A. Rosmer en De la révolution, colección de artículos y textos de Trotski, Ed. de Minuit, París.

[10] Se publicó en diciembre de 1923.

[11] Cf. «Manifiesto del Grupo obrero del PCUS», febrero de 1923, Invariance nº 6, 1975.

[12] La «izquierda» del PCI era todavía mayoritaria en el Partido.

[13] Antiguos secretarios del partido antes de Stalin.

[14] Rakovsky, ou la révolution dans tous les pays, de Pierre Broué.

[15] Ante Ciliga, Diez años en el país de la mentira desconcertante.

[16] Bilan nº 5, marzo de 1934.

[17] «Respuesta del 8/7/1928 de la Izquierda Italiana a la Oposición comunista de Paz», ver Contre le courant nº 13.

[18] Se trata sobre todo de la resolución de exclusión de todos los que se solidarizaron con Trotski. Cita de Prometeo nº 1, mayo de 1928.

[19] Bilan nº 1, noviembre de 1933.

[20] Por ejemplo, H. Chazé permaneció en el PCF hasta 1931-32, siendo secretario de una sección de las afueras de París. Ver su Chronique de la révolution espagnole, Ed. Spartacus.

[21] Ver nuestro libro La izquierda comunista de Italia.

[22] Bilan nº 1, «Vers l’Internationale deux et trois quarts...?», 1933. Los trotskistas acabarían por caer, después de haberse lanzado durante los años 30 en toda clase de aventuras, en agrupamientos sin principios como con el PSOP (Socialdemocracia francesa de izquierdas) después de haber hecho «entrismo» en la SFIO (Partido socialista francés).

[23] Idem.

[24] Idem.