II - «El Estado y la revolución» (Lenin) - Una brillante confirmación del marxismo

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Uno de los argumentos preferidos por los profesores burgueses en su incesante combate contra el marxismo, es la acusación de que éste sería una «pseudociencia» como la frenología u otras tonterías de ese estilo. La manifestación más sofisticada de esta acusación se encuentra en el libro de Karl Popper: «La sociedad abierta y sus enemigos» todo un clásico de la «filosofía» en la justificación del liberalismo, ¡y de la «guerra fría»!. Según Popper no puede sostenerse que el marxismo pretenda ser una ciencia social, ya que sus planteamientos no pueden ser ni verificados ni refutados a través de la experimentación práctica, condición «sine qua non» de cualquier investigación científica.

Pero es que el marxismo no pretende ser «una ciencia» del mismo tipo que las ciencias naturales, puesto que reconoce, de entrada, que las relaciones sociales humanas no pueden estar sujetas a la exactitud y el examen como los procesos físicos, químicos o biológicos. Lo que sí afirma, por el contrario, es que al tratarse del punto de vista global de una clase explotada, que no tiene ningún interés en mistificar u ocultar la realidad social, sólo el marxismo es capaz de aplicar un método científico al estudio de la sociedad y de la evolución de la historia. Es verdad que la historia no puede ser examinada en condiciones de laboratorio, que las predicciones efectuadas por una crítica social revolucionaria, no pueden ser verificadas mediante experimentos cuidadosamente controlados y repetidos..., pero no es menos cierto que sí es posible extrapolar, a partir del pasado y de los actuales procesos sociales, económicos, o históricos, y perfilar, en líneas generales, cómo será el futuro. Para demostrarlo basta ver cómo la gigantesca secuencia de acontecimientos históricos inaugurados por la Primera Guerra mundial, confirmó, en el laboratorio vivo de la acción social, las predicciones efectuadas por el marxismo.

Una premisa fundamental del materialismo histórico es que, al igual que las anteriores sociedades de clases, el capitalismo alcanzaría una fase en la que sus relaciones de producción, en vez de condiciones para el desarrollo de las fuerzas productivas pasarían a constituir una auténtica traba, llevando a la crisis al conjunto de la superestructura política y jurídica de la sociedad, abriendo así una época de revolución social. Para llegar a esta premisa, los fundadores del marxismo analizaron en profundidad  las contradicciones inherentes a la base económica del capitalismo, que le empujarían a su crisis histórica. Este análisis quedó, lógicamente, a un nivel muy general, sin poder precisar la fecha de la crisis revolucionaria. A pesar de ello, incluso los mismos Marx y Engels sufrieron, en algún momento, de impaciencia revolucionaria y se precipitaron a la hora de anunciar el declive general del capitalismo y, con él, la inminencia de la revolución proletaria. Tampoco estuvo siempre claro qué forma tomaría esta crisis histórica. ¿Se trataría simplemente de una depresión económica – como las que cíclicamente habían marcado su período ascendente –, aunque de mucha mayor amplitud y de carácter irreversible? La respuesta a esto también debió quedarse en una perspectiva general. Y, sin embargo, ya desde el Manifiesto comunista, quedaba establecido cuál era el dilema fundamental al que se enfrentaba la humanidad: socialismo o hundimiento en la barbarie; emergencia de una forma más elevada de asociación humana o desencadenamiento de todas las tendencias destructivas inherentes al capitalismo, lo que el Manifiesto llama «la ruina recíproca de las clases en conflicto».

A finales del siglo XIX, sin embargo, cuando el capitalismo entró en su fase imperialista, de militarismo desenfrenado, de concurrencia para conquistar las áreas no capitalistas que aún quedaban en el planeta, empezó a vislumbrarse que el desastre al que el capitalismo llevaría a la humanidad no sería una simple depresión económica de grandes proporciones, sino una gigantesca catástrofe militar: una guerra generalizada –continuación, por otros medios, de la concurrencia económica–, pero cuya dinámica irracional acabaría prevaleciendo, destruyendo el conjunto de la civilización bajo sus engranajes. Y he aquí esta significativa «profecía» de Engels en 1887: «Ya no es posible para Prusia-Alemania, más guerra que una guerra mundial. Una guerra mundial, por supuesto, de una extensión  y una violencia inimaginables. De ocho a diez millones de soldados serán masacrados uno tras otro, devorando así toda Europa hasta arrasarla como ninguna plaga de langostas la haya arrasado antes. Las devastaciones de la Guerra de los Treinta años pero comprimidas en tres o cuatro años y extendida al conjunto del continente: las hambrunas, las plagas, el hundimiento general en la barbarie tanto de los ejércitos como de las poblaciones, el caos sin remisión de nuestro artificial sistema comercial, industrial y financiero, lo que desembocará en una bancarrota generalizada; el colapso de todos los Estados y de sus tradicionales élites intelectuales hasta el extremo que las coronas rodaran y no habrá nadie para recogerlas. Resulta por completo imposible prever como acabará todo esto y quien saldrá vencedor de esta lucha. Únicamente un resultado es absolutamente cierto: el hundimiento generalizado y el establecimiento de las condiciones para la victoria final de la clase obrera.

No hay otra perspectiva. El sistema de sobrepuja mutua en el armamentismo, llevado a sus extremos, acaba final e inevitablemente en tales resultados. Esto, señores, príncipes y hombres de Estado, es lo que vuestra sabiduría ha traído a la vieja Europa. Y lo único que os queda por hacer es inaugurar la última danza de la guerra, lo que a la larga nos vendrá bien. Puede que la guerra nos lleve, temporalmente, a las tinieblas; puede que nos arranque posiciones ya conquistadas. Pero una vez que hayáis desencadenado fuerzas que vosotros mismos ya no sois capaces de controlar, la situación se os escapará de las manos; y al final de la tragedia os encontraréis arruinados y la victoria del proletariado estará ya alcanzada o será prácticamente inevitable» ([1]).

Las fracciones revolucionarias que, en 1914, siguieron fieles a los principios internacionalistas contra la guerra, tuvieron razones de sobra para evocar estas palabras de Engels, que Rosa Luxemburgo, en su Folleto de Junius, sólo tuvo que actualizar: «Federico Engels dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie” ¿Qué significa “regresión a la barbarie” en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el período de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta sus últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal y como profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda la cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y de la humanidad».

Luxemburgo se basaba tanto en las previsiones de Engels como en lo que ella misma vivía: si el proletariado no acababa con el capitalismo, la guerra imperialista de 1914-18 sería la primera de una serie de conflictos generalizados, cada vez más devastadores, que acabarían amenazando la supervivencia misma de la humanidad. Y ese ha sido, efectivamente, el drama que hemos vivido en el siglo XX, la prueba más contundente de que, como decía Lenin: «el capitalismo ha sobrevivido, convirtiéndose en el freno más reaccionario al progreso de la humanidad» ([2]).

Pero si la guerra de 1914 confirmaba este primer aspecto de la disyuntiva histórica: la decadencia del capitalismo y su hundimiento en la recesión; la Revolución rusa y la posterior oleada revolucionaria mundial confirmó también, y no menos tajantemente, el otro término de la disyuntiva, es decir, como en 1919 señaló el Manifiesto del Primer congreso de la Internacional comunista, que la época del derrumbe interior del capitalismo es también la época de la revolución proletaria; y que la clase obrera es la única fuerza social que puede acabar con la barbarie capitalista e inaugurar una nueva sociedad. Las terribles privaciones ocasionadas por la guerra imperialista y la desintegración del régimen zarista, desencadenaron una auténtica tormenta en el seno de la sociedad rusa, pero dentro de la revuelta de una inmensa masa de campesinos de uniforme (la mayoría de los soldados) y campesinos, fue la clase obrera de los centros urbanos quien creó nuevos órganos revolucionarios de lucha –los soviets, los comités de fábrica, las guardias rojas– que sirvieron de modelo para el resto de la población; fueron los proletarios quienes más rápidamente elevaron su conciencia política –un desarrollo que se expresó en el crecimiento espectacular de la influencia del Partido bolchevique; fueron también los obreros los que tomaron la dirección del movimiento y determinaron el curso de los acontecimientos, en los momentos decisivos del proceso revolucionario: derrocando el régimen zarista en febrero, desbaratando los complots contrarrevolucionarios en septiembre, emprendiendo la insurrección en octubre. Por esa misma razón fue la clase obrera la que en Alemania, en Hungría, en Italia y en todo el planeta, la que con sus luchas y sus levantamientos, puso fin a la guerra y amenazó la existencia misma del capital mundial.

Si las masas proletarias fueron capaces de realizar tales proezas, no fue porque estuvieran «intoxicadas» por alguna visión milenarista, ni «seducidas» por una especie de maquiavélicos manipuladores, sino porque a través de la práctica de sus propias luchas, de sus debates y discusiones propias, llegaron a comprender que las consignas y el programa de los marxistas revolucionarios se correspondían plenamente con sus propios intereses y necesidades.

Tres años después de la apertura efectiva de la época de la revolución proletaria, el proletariado emprendía una revolución, tomando el poder político en un país, y desafiando al orden burgués en todo el planeta. El espectro del «bolchevismo», del poder de los soviets, de las revueltas contra la máquina de guerra imperialista, hizo caer muchas monarquías y sembraron la angustia entre las clases explotadoras en todas partes. Durante tres años, e incluso alguno más, parecía que la «profecía» de Engels (que la barbarie de la guerra aseguraría la victoria del proletariado) fuera a cumplirse punto por punto. Hoy sabemos, y por supuesto no dejan de recordárnoslo los profesores burgueses, que «se equivocó», y por supuesto, añaden, no podía ser de otra forma ya que ese ambicioso proyecto de liquidación del capitalismo y de creación de una sociedad verdaderamente humana es irrealizable puesto que es, nos aseguran, contrario a la «naturaleza del hombre». Pero lo cierto es que en aquel momento la clase dominante no se quedó de brazos cruzados, confiada en que la «naturaleza humana» acabara aplacando los ímpetus revolucionarios, sino que para exorcizar el espectro de la revolución mundial aparcaron sus divisiones y combinaron todas sus fuerzas contrarrevolucionarias: invasión militar contra la República de los soviets, provocación y matanza de los obreros revolucionarios desde Berlín hasta Shangai... Y casi sin excepción, esas fuerzas del liberalismo y la socialdemocracia (los Kerenski, Noske, Woodrow Wilson) que la mayoría de los profesores presentan como la encarnación de una alternativa mucho más racional y realizable que las utopías marxistas, fueron en realidad quienes dirigieron y organizaron esas fuerzas contrarrevolucionarias.

Los físicos cuánticos de este siglo han reconocido la necesidad de una de las premisas fundamentales de la dialéctica, a saber, que no es posible estudiar la realidad desde fuera, que la observación influye en el proceso mismo que se está observando. El marxismo nunca ha pretendido ser una «ciencia de la sociedad» neutra, puesto que toma partido, como fuerza aceleradora y transformadora desde dentro de ese mismo proceso social. Los académicos burgueses reivindican, en cambio, «imparcialidad y neutralidad», pero también se desvelan sus intereses partidistas cuando comentan la realidad social. La diferencia estriba en que mientras los marxistas forman parte de un movimiento hacia la liberación de la sociedad, los profesores que critican el marxismo acaban inexorablemente justificando las sangrientas fuerzas de la reacción política y social.

El proletariado al borde del poder

Mientras que en el siglo pasado el programa comunista permaneció como una perspectiva histórica y global, en la época de la revolución mundial, se convirtió en algo muy preciso. El tema candente en 1917 era, precisamente, la cuestión del poder político, de la dictadura del proletariado. Y le correspondió a la Revolución rusa enfrentarse a este problema tanto en la teoría como en la práctica. El texto de Lenin: El Estado y la revolución. La teoría marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución, escrito entre agosto y septiembre de 1917, ha sido ya mencionado varias veces en estos artículos, ya que hemos intentado no sólo reexaminar muchas de las cuestiones que plantea, sino sobre todo aplicar su método. Y si es verdad que repetimos algunas cosas, es porque hay cuestiones que merecen esa insistencia. Y es que El Estado y la revolución tiene una importancia tal en la evolución de la teoría marxista sobre el Estado que nos parece lógico que dediquemos este artículo específicamente a ese texto.

Como ya mostramos en nuestro anterior artículo (ver Revista internacional nº 90), la experiencia directa de la clase obrera y su análisis por parte de las minorías marxistas ya había planteado, incluso antes de la guerra y de la oleada revolucionaria, las bases esenciales para resolver el problema del Estado en la revolución proletaria. La Comuna de París en 1871 permitió ya que Marx y Engels pudieran concluir que el proletariado no podía «simplemente adueñarse» del viejo Estado burgués, sino que debía destruirlo y sustituirlo con nuevos órganos de poder. Las huelgas de masas de 1905 mostraron cómo los soviets de diputados obreros eran la forma de poder revolucionario más adecuada a la nueva época histórica que se iniciaba. Pannekoek, en su polémica con Kautsky, ya había afirmado que la revolución proletaria sólo podría ser el resultado de un movimiento de masas que paralizara y desintegrara el poder estatal de la burguesía.

Pero el peso del oportunismo en el movimiento obrero de antes de la guerra era tan grande, que ni las más aceradas polémicas pudieron disiparlo. Todo lo aprendido de experiencias como la Comuna, fue relegado al olvido por décadas de parlamentarismo y legalismo, de creciente reformismo en el partido y los sindicatos. Y tal abandono de las posiciones revolucionarias de Marx y Engels, no fue únicamente obra de revisionistas descarados como Bernstein. También el trabajo de la corriente en torno a Kautsky, consiguió convertir el fetichismo del parlamentarismo y la teorización de un camino pacífico y «democrático» a la revolución, en la última palabra del «marxismo ortodoxo». En esa situación únicamente la fusión de las posiciones de la izquierda de la IIª Internacional con amplios movimientos de masas, permitió al proletariado superar la amnesia de sus propias adquisiciones. Esto no debe llevarnos a subestimar la importancia de la intervención teórica de los revolucionarios sobre esta cuestión. Al contrario, en el momento en que la teoría revolucionaria gana a las masas y se convierte en una fuerza material, se hacen más urgentes y decisivas su clarificación y su difusión.

En la Revista internacional nº 89, la CCI recordaba la vital importancia de la intervención política y teórica contenida en las Tesis de abril, ya que mostraban al partido y a la clase obrera en su conjunto el camino para salir de la confusión creada por los mencheviques, los socialistas-revolucionarios y el resto de fuerzas de la componenda y la traición. La cuestión central de la posición que Lenin defendió en abril es la insistencia en que la revolución en Rusia sólo podía entenderse como parte de la revolución socialista mundial, y que, por consiguiente, el proletariado se vería obligado a seguir luchando contra esas repúblicas parlamentarias que los oportunistas y la izquierda burguesa presentaban como la más digna conquista revolucionaria; que el proletariado debía luchar no por una república parlamentaria, sino para que los soviets, la dictadura del proletariado aliado con el campesinado pobre, asumieran el poder.

Por su parte, los adversarios políticos de Lenin, especialmente los que presumían de ser los depositarios de la ortodoxia marxista, le acusaron inmediatamente de anarquismo, de aspirar a suceder a Bakunin en su trono vacante. Esta ofensiva ideológica del oportunismo exigía, por tanto, una respuesta, una reafirmación del abecé del marxismo, pero también una nueva profundización teórica a la luz de las experiencias históricas más recientes. El Estado y la revolución respondía a esta necesidad, proporcionando, al mismo tiempo, una de las más destacadas demostraciones de lo que es el método marxista, de la profunda interacción entre teoría y práctica. Lenin, que ya había escrito más de diez años antes, que «no puede haber movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria», comprendió en aquellos momentos, cuando se vio obligado a  esconderse en el campo finlandés para escapar de la represión que siguió a las jornadas de Julio (ver artículo sobre estos acontecimientos en la Revista internacional nº 90), la necesidad de investigar en profundidad en los clásicos del marxismo, en la historia del movimiento obrero, para clarificar los objetivos inmediatos de aquel inmenso movimiento práctico de las masas.

El Estado y la revolución es un desarrollo y una clarificación de la teoría marxista, aunque la burguesía (a menudo secundada por los anarquistas, como es habitual), señale, con muy diversas justificaciones, que este libro, que insiste en la toma del poder por los soviets y en la destrucción de toda burocracia, es el producto de una conversión temporal de Lenin al anarquismo.

Un «comprensivo» historiador izquierdista como Liebman (Leninism under Lenin, Londres 1975), señala, por ejemplo, que El Estado y la Revolución es la obra de un «Lenin libertario», como si fuera el resultado de un efímero entusiasmo de éste por el potencial creativo de las masas en 1917-18, en contraste con el Lenin «autoritario» de 1902-1903 que, supuestamente, desconfiaría de la espontaneidad de las masas, abogando por un partido de tipo jacobino que actuara como estado mayor. Pero la capacidad de Lenin para responder a los movimientos espontáneos, a la creatividad de las masas, corrigiendo, a la luz de estos acontecimientos, incluso sus propios errores y exageraciones, no se limita a 1917. Ya lo demostró en 1905 (ver artículo sobre 1905 en la Revista internacional nº 90). En 1917, Lenin ya estaba convencido de que lo que estaba a la orden del día era la revolución proletaria, que ya no debería quedar limitada por la teoría de la «revolución democrática» para Rusia. Esto le llevó a valorar más decisivamente aún, la lucha autónoma de la clase obrera, pero esto es, en realidad, un desarrollo de sus propias posiciones previas, y no una repentina conversión al anarquismo.

Otros, más abiertamente hostiles, ven el libro de Lenin como parte de una estratagema maquiavélica para conseguir que las masas secundaran los planes del golpe bolchevique y de la dictadura del partido. Tanto anarquistas como consejistas han utilizado profusamente argumentos de este estilo. No les contestaremos con detalle aquí. Esto forma parte de nuestra defensa global de la Revolución rusa, y de la insurrección de Octubre en particular, contra las campañas de la burguesía (ver artículo sobre la insurrección de Octubre en este mismo número). Sí debemos señalar, al menos, que la defensa intransigente que Lenin hizo de los principios marxistas sobre la cuestión del Estado, cuando volvió del exilio en abril, le puso en una postura muy minoritaria, que, en absoluto, garantizaba que la posición que defendía pudiera llegar a conquistar a las masas. Desde este punto de vista, el maquiavelismo de Lenin sería absolutamente sobrehumano, y deberíamos abandonar el mundo de la realidad social para abandonarnos a las divagaciones de la teoría conspirativa.

Otra postura –que desafortunadamente apareció publicada en Internationalism, la que hoy es publicación de la CCI en Estados Unidos, hace cerca de 20 años, cuando la ideología consejista tenía una gran ascendencia sobre los grupos revolucionarios que volvían a surgir– que criba minuciosamente El Estado y la Revolución en busca de «pruebas» que demostraran que –a diferencia de los escritos de Marx sobre la dictadura del proletariado– el libro de Lenin contendría aún los puntos de vista de un autoritario incapaz de soportar la idea de que los trabajadores podrían liberarse por sí mismos (ver Internationalism nº 3, «Dictadura proletaria: Marx contra Lenin»).

No pretendemos ignorar las debilidades que efectivamente existen en El Estado y la revolución. Pero eso no puede llevarnos a crear una falsa oposición entre Marx y Lenin, y mucho menos ver en El Estado y la revolución una conexión entre Lenin y Bakunin. El libro de Lenin esta en completa continuidad con Marx, Engels y el conjunto de la tradición marxista anterior. Y a quienes continuamos esa tradición marxista, ese trabajo indispensable nos ha proporcionado una inmensa fuerza y claridad.

El Estado, instrumento de dominación de clase

La primera tarea de El Estado y la revolución fue refutar las concepciones oportunistas sobre la esencia de la naturaleza del Estado. La tendencia oportunista en el movimiento obrero –particularmente el ala lassalleana de la socialdemocracia alemana– estaba firmemente arraigada en la convicción de que el Estado sería esencialmente un instrumento natural, que podría ser utilizado tanto en beneficio de los explotados como en defensa de los privilegios de los explotadores. Gran parte de la lucha teórica que Marx y Engels libraron en el Partido alemán se concentró, precisamente, en combatir la idea de un «Estado popular», demostrando, por el contrario, que el Estado es un producto específico de la sociedad de clases, que es esencialmente un instrumento de dominación de una clase sobre el conjunto de la sociedad y sobre la clase explotada en particular. Pero en 1917, como veíamos antes, esa ideología de un Estado como «instrumento neutral» del que podrían adueñarse los trabajadores, era presentada con un barniz «marxista» especialmente por los kautskystas. Esto explica por qué al principio y al final de El Estado y la revolución, aparece una denuncia contra la distorsión oportunista del marxismo. Al final, con una larga crítica de los principales trabajos de Kautsky sobre el Estado (y una defensa de Pannekoek en su polémica con Kautsky). Al principio del libro aparece una de sus más, y con razón, célebres citas sobre la forma en que «la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero compiten en esta castración del marxismo. Omiten, oscurecen o distorsionan el lado revolucionario de esta teoría, su espíritu revolucionario. Tratan de llevarla a los términos en los que es o parece ser aceptable para la burguesía (...). En estas circunstancias, ante esta vasta distorsión sin precedentes del marxismo, nuestra primera tarea es restablecer lo que de verdad pensaba Marx sobre la cuestión del Estado» ([3]).

Para ello, Lenin se dedica a recordar los análisis de los fundadores del marxismo, particularmente de Engels, sobre los orígenes del Estado. Pero aunque Lenin describa este trabajo como una excavación en los escombros del oportunismo, su investigación dista mucho de ser un trabajo arqueológico. Engels, en Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado, nos mostró cómo surge el Estado como producto de los antagonismos de clase irreconciliables, precisamente para prevenir que estos antagonismos acaben desgarrando el tejido social. Pero para que nadie pueda concluir de esto que el Estado sería una especie de «árbitro» social, Lenin añade, siguiendo a Engels, que la cohesión social que procura el Estado es siempre en interés de la clase económicamente dominante, apareciendo pues como un órgano de represión y explotación por excelencia.

En el fragor de la Revolución rusa, esta cuestión «teórica» cobró suma importancia. Los oportunistas mencheviques y socialrevolucionarios, que actuaban cada vez más como el ala izquierda de la burguesía, presentaban el Estado surgido de la caída del zar en febrero de 1917, como una especie de «Estado popular», una expresión de «democracia revolucionaria». Según ellos, pues, los trabajadores debían anteponer la defensa de ese Estado a sus propios intereses, ya que con una discreta persuasión, ese mismo Estado podría, seguramente, satisfacer las necesidades de todos los oprimidos. Cuando Lenin desmontaba esta patraña del Estado «neutral», preparaba el terreno para el derrocamiento práctico de ese Estado. Para reforzar su argumentación contra los llamados «demócratas revolucionarios», Lenin recordó también las fuertes palabras de Engels sobre los límites del sufragio universal: «Engels es sumamente explícito al señalar que el sufragio universal es un instrumento de la dominación burguesa. El “sufragio universal”, nos dice –tomando lógicamente en cuenta la amplia experiencia de la socialdemocracia alemana–, es “lo que calibra la madurez de la clase obrera. Pero no puede ser, ni será nunca nada más en el actual Estado”. Los demócratas pequeño burgueses, tales como nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, ... esperan exactamente ese “más” del sufragio universal, e instilan en el cerebro del pueblo, la falacia de que el sufragio universal, “en el actual Estado” es verdaderamente capaz de representar la voluntad de la mayoría del pueblo trabajador, y de asegurar su realización» ([4]).

Este recordatorio sobre la naturaleza burguesa de la versión más «democrática» del «actual Estado» resultó vital en 1917, cuando Lenin planteó la necesidad de una forma de poder revolucionario que pudiera verdaderamente expresar las necesidades de las masas obreras. Pero, a lo largo de este siglo, los revolucionarios hemos debido hacer ese mismo recordatorio una y otra vez. Los herederos más directos de aquellos reformistas socialdemócratas, los actuales partidos socialistas y laboristas, han construido el conjunto de su programa (para el capital) sobre la idea de un Estado benefactor y neutral que al hacerse con el control de la mayor parte de las industrias y servicios sociales, tomaría un carácter «público» e incluso «socialista». Pero también los que se reivindican como herederos de Lenin –los estalinistas y los trotskistas–, venden esta misma mercancía fraudulenta de que las nacionalizaciones y las prestaciones del Estado del bienestar serían conquistas obreras, y por tanto pasos significativos hacia el socialismo, incluso bajo le actual Estado. Estos llamados «leninistas» son los más encarnizados oponentes de la sustancia revolucionaria de la obra de Lenin.

La evolución de la teoría marxista del Estado

Dado que el Estado es un instrumento de la clase dominante, un órgano de violencia directa contra la clase explotada, el proletariado no puede contar con él para defender sus intereses inmediatos y menos aún para construir el socialismo. Lenin muestra cómo había sido distorsionada por el oportunismo la teoría de la extinción del Estado para justificar que la tal nueva sociedad podría formarse de forma gradual, armoniosa, a través del propio Estado que se iría democratizando y tomando el control sobre los medios de producción, de tal forma que la «extinción» del Estado y las bases materiales del comunismo se impondrían por su propio peso. Una vez más volviendo a Engels, Lenin insiste en que la extinción del Estado no puede ser la del Estado burgués sino la del Estado que emerge tras la revolución proletaria, la cual necesariamente debe ser violenta, cuya tarea es destruir el viejo Estado burgués. Evidentemente, tanto Engels como Lenin, rechazan la idea anarquista de una desaparición del Estado de la noche a la mañana. Como producto de la sociedad de clases, la desaparición final del Estado solo puede realizarse tras un período más o menos largo de transición. Pero el Estado del período de transición no es el Estado burgués. Este debe ser destruido de tal forma que sobre sus ruinas emerja el nuevo Estado, el cual es una nueva forma de Estado, un semiestado que permite al proletariado ejercer su dominación sobre la sociedad pero que, al mismo tiempo, está en proceso de extinción. Para reforzar y profundizar esta posición fundamental del marxismo, Lenin examina la experiencia contemporánea sobre «el Estado y la revolución» y el desarrollo de la teoría marxista en conexión con dicha experiencia (algo que Pannekoek había subestimado dejando el flanco abierto a las acusaciones oportunistas de «anarquismo»).

El punto de partida de Lenin es el comienzo del movimiento marxista, es decir, el período justo antes de las revoluciones de 1848. Tras haber vuelto a leer el Manifiesto comunista y la Miseria de la filosofía, Lenin argumenta que en esos trabajos las cuestiones clave en lo concerniente al Estado son:

  • el proletariado necesita tomar el poder político, erigirse en la clase dominante, un acto generalmente descrito como el resultado de «una guerra civil más o menos velada « y del «derrocamiento violento de la burguesía» (Manifiesto comunista);
  • el Estado formado con la revolución debe desembocar en una sociedad sin clases donde exista la necesidad de un poder político.

En lo que se refiere a la naturaleza de este «derrocamiento violento», la relación exacta entre el proletariado y el Estado burgués no era posible precisarla demasiado dada la ausencia de experiencias concretas en ese momento. No obstante, Lenin observa: «dado que el proletariado necesita el Estado como una forma específica de dominación contra la burguesía, la conclusión cae por su propio peso: ¿cómo puede ser creada semejante organización sin abolir y destruir primero la máquina estatal burguesa? El Manifiesto comunista lleva directamente a esa conclusión y es de esa conclusión de la que habla Marx cuando sintetiza la experiencia de la revolución de 1848-51» ([5]). Después, Lenin cita el pasaje crucial de El 18 de Brumario de Luís Bonaparte donde Marx denuncia el Estado como «un espantoso cuerpo parásito» y señala lo que es novedoso de la revolución proletaria, la cual hace lo contrario de las revoluciones anteriores que «perfeccionaban dicha máquina en lugar de destruirla» ([6]).

Como mencionamos en nuestro artículo de la Revista internacional nº 73, las revoluciones de 1848, en tanto que planteaban por vez primera la cuestión de la destrucción del Estado burgués, también proporcionaron a Marx algunas indicaciones de cómo forma el proletariado, en el curso de la lucha, sus propios comités independientes, nuevos órganos de la autoridad revolucionaria. Sin embargo, el contenido proletario de los movimientos de 1848 fue demasiado débil, demasiado inmaduro, como para ser capaz de responder a la cuestión de «con qué sustituir la vieja máquina estatal burguesa». Lenin, por ello, aborda la única experiencia de toma del poder por el proletariado, la Comuna de 1871. De manera considerablemente detallada, expone las lecciones principales que Marx y Engels habían sacado de la Comuna:

  • Primero y más importante, como Marx y Engels expresan en su «introducción» al Manifiesto comunista de 1872: «Una cosa fue especialmente probada por la Comuna: el proletariado no puede limitarse simplemente a apoderarse de la vieja maquinaria estatal y hacerla servir para sus propios propósitos» ([7]). El movimiento revolucionario debe destruir el Estado existente y sustituirlo por sus propios órganos de poder. En el balance de la Revolución de 1848 esta comprensión aparece como una brillante anticipación del porvenir. En sus análisis de 1872 sobre la Comuna de París, se convierte en un principio programático. Para Marx y Engels fue tan significativo que motivó el anuncio de una rectificación del Manifiesto comunista.
  • La Comuna fue una forma específica de ese semiestado revolucionario, una nueva forma de poder político que lleva ya en su seno su propia autodestrucción. Sus rasgos más importantes eran:
  1. Abolición del Ejército permanente y armamento general del pueblo. La necesidad de su supresión permanece pero debe ser concebido como un arma de la mayoría contra la vieja minoría explotadora.
  2. Para prevenir el surgimiento de una nueva burocracia, todos los funcionarios debe ser elegidos y sometidos a un control permanente; ningún funcionario del Estado debe cobrar más de la media de todos los trabajadores. Necesidad de la participación constante de las masas a través de una democracia directa y de una supervisión directa de las funciones del Estado.
  3. Superación del parlamentarismo burgués, sustituyendo la representación (los diputados son elegidos cada 4 ó 5 años por mayorías amorfas) por la delegación (los diputados de la Comuna podían ser revocables en todo momento por las asambleas permanentemente movilizadas) y por la fusión de las funciones legislativas y ejecutivas en un mismo cuerpo. Aquí, de nuevo, Lenin aplica las lecciones del pasado a las luchas del presente: la crítica del parlamentarismo burgués, la defensa de las formas más altas democracia en los consejos obreros. Lo cual constituyó igualmente una aguda polémica con los «socialistas parlamentarios» que querían desviar a los trabajadores hacia la defensa del Estado existente.
  4. La Comuna es una forma centralizada de organización. Contrariamente a la visión estrecha de los anarquistas que reivindican la Comuna como «su modelo», ésta no defendía la dispersión de la autoridad en múltiple unidades locales o federales. Mientras permitía a nivel local el desarrollo de la mayor iniciativa posible, la Comuna optó por cimentar la unidad del proletariado tanto a nivel nacional como local.

El examen histórico que hizo Lenin no fue capaz de ir más allá de la experiencia de la Comuna. Su intención original era escribir un séptimo capítulo de El Estado y la revolución: «Más lejos veremos cómo las revoluciones rusas de 1905 y 1917, en un marco diferente y en otras condiciones, continuaron la labor de la Comuna, confirmándose los brillantes análisis históricos de Marx» ([8]). Pero la aceleración de la historia le privó de la oportunidad de hacerlo. «No me fue posible escribir ni una sola línea de dicho capítulo: vino a “estorbarme” la crisis política, la víspera de la revolución de Octubre de 1917. “Estorbos” como éste no pueden producir más que alegría. pero la redacción de la segunda parte de este folleto (dedicada a la experiencia de las Revoluciones rusas de 1905 y 1917) habrá que aplazarla seguramente por mucho tiempo; es más agradable y provechoso vivir la “experiencia de la revolución” que escribir acerca de ella» ([9]).

En realidad, la segunda parte jamás se escribió. Está claro que el séptimo capítulo hubiera tenido un valor incalculable. Pero Lenin había logrado lo esencial. La reafirmación de las enseñanzas de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado proporcionó una base suficiente para el programa revolucionario hasta el punto de afirmar que la cuestión primordial es la necesidad de destruir el Estado burgués y establecer la dictadura del proletariado. Sin embargo, el trabajo de Lenin no se limitó, como ya hemos señalado, a una mera repetición. Volviendo al pasado con profundidad y tras un propósito militante, los marxistas pueden llevar su percepción teórica más lejos. Desde este punto de vista, El Estado y la revolución aportó dos clarificaciones importantes para el programa comunista. Primero, identificó a los soviets como sucesores naturales de la Comuna, aunque esos órganos sólo son mencionados de pasada. Lenin no fue capaz de analizar con profundidad por qué los soviets fueron una forma de organización revolucionaria más alta que la Comuna; quizá debería haber profundizado en las aportaciones de Trotski en sus escritos sobre 1905, particularmente el último que subraya que los soviets de diputados obreros, basados en asambleas en los lugares de trabajo, eran la forma de organización más adaptada para asegurar la autonomía de clase del proletariado (la Comuna se basó más bien en las unidades territoriales más que en los lugares de trabajo reflejando la fase todavía inmadura de la concentración proletaria). De hecho, escritos posteriores de Lenin muestran que ésa era la comprensión que había alcanzado ([10]). Aunque Lenin no fue capaz de examinar los soviets con todo detalle en El Estado y la revolución, no existe la menor duda de que los consideraba como los órganos más apropiados para destruir el Estado burgués y establecer la dictadura del proletariado; desde las Tesis de abril, la consigna de «¡Todo el poder a los soviets!» fue ante todo la de Lenin y del Partido bolchevique renaciente.

En segundo lugar, Lenin fue capaz de realizar algunas generalizaciones definitivas sobre el problema del Estado y de su destrucción revolucionaria. En el capítulo de su trabajo dedicado a las revoluciones de 1848, Lenin se planteó «¿Es justo generalizar la experiencia, las observaciones y las conclusiones de Marx, transplantándolas más allá de los límites de la historia de Francia en  los tres años que van desde 1848 a 1851?» ([11]).

¿Es válida para todos los países la fórmula «concentración de todas las fuerzas» de la revolución proletaria en la destrucción de la máquina estatal?. La cuestión tenía todavía importancia en 1917 porque, pese a las lecciones que habían sacado Marx y Engels de la Comuna de París, incluso ellos mismos había dejado un considerable margen de ambigüedad sobre la posibilidad de que el proletariado pudiera tomar el poder de forma pacífica a través de un proceso electoral en un cierto número de países, aquellos con las instituciones parlamentarias más desarrolladas y los aparatos militares menos hinchados. Como lo dice Lenin, Marx citaba a Gran Bretaña en ese contexto, aunque también a países como Estados Unidos y Holanda. Pero aquí Lenin no tuvo ningún miedo en corregir a Marx y completar su pensamiento. Lo hizo utilizando el método de Marx, poniendo el problema en su más adecuado contexto histórico: «El imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la época de la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario fortalecimiento de la máquina estatal y un desarrollo inaudito de su aparato burocrático y militar, en relación con el aumento de la represión contra el proletariado, así en los países monárquicos como en los países republicanos más libres» ([12]).

Por consiguiente: «Hoy, en 1917, en la época de la primera gran guerra imperialista, esa limitación hecha por Marx ya no tiene razón de ser. Inglaterra y Norteamérica, los más grandes y últimos representantes –en el mundo entero– de la “libertad” anglosajona, en el sentido de ausencia de militarismo y de burocratismo, han ido rodando hasta caer al inmundo y sangriento pantano, común a toda Europa, de las instituciones burocrático-militares, que todo lo someten y lo aplastan. Hoy también en Inglaterra y en Norteamérica, la “condición previa de toda verdadera revolución popular” es romper, es destruir la “máquina estatal existente”« ([13]). Por lo tanto, no podían seguir existiendo excepciones.

La refutación del anarquismo

El blanco principal de El Estado y la Revolución era el oportunismo, el cual, como hemos visto, no vacilaba en acusar a Lenin de anarquismo cuando empezó a insistir en la necesidad de destruir la máquina estatal. Pero como Lenin replicó: «la crítica corriente del anarquismo en los socialdemócratas de nuestros días ha degenerado en la más pura vulgaridad pequeño burguesa: “¡nosotros reconocemos el Estado, los anarquistas, no!”...»([14]). Pero a la vez que demolía estas estupideces, Lenin reiteró la verdadera crítica marxista al anarquismo, basada en particular en lo que Engels desarrolló en réplica a las absurdeces de los «antiautoritarios»: una revolución es la cosa más autoritaria que pueda existir. Rechazar la autoridad, rechazar el uso del poder político, es renunciar a la revolución. Lenin distingue cuidadosamente la posición marxista que ofrece una solución histórica, realizable, a los problemas de la subordinación y de la división entre dirigentes y dirigidos, Estado y sociedad, de la posición anarquista, la cual ofrece solo los sueños apocalípticos de todo ese género de problemas, unos sueños que tienen el resultado más conservador: «No somos utopistas, no soñamos con librarnos de golpe de toda subordinación, de toda administración. Esos sueños anarquistas, basados en la incomprensión de las tareas de la dictadura proletaria, son totalmente ajenos al marxismo. Y, como resultado concreto, solo sirven para posponer la revolución socialista hasta que la gente sea diferente. Nosotros queremos la revolución socialista con la gente tal y como es hoy, con gente que no puede librarse de la subordinación, el control, los capataces y los contables. La subordinación, sin embargo, debe ser hacia la vanguardia armada de todos los explotados y todos los trabajadores, el proletariado» ([15]).

Las bases económicas de la extinción del Estado

A diferencia de los anarquistas que quieren eliminar el Estado como resultado de un acto de voluntad revolucionaria, el marxismo reconoce que una sociedad sin Estado solo puede emerger cuando las raíces económicas y sociales de las divisiones de clases han sido erradicadas, dando pie al florecimiento de una sociedad de abundancia material. Subrayando las bases económicas para la extinción del Estado, Lenin, una vez más, vuelve a los clásicos, en particular a la Crítica del Programa de Gotha realizada por Marx, de la cual extrae los puntos siguientes:

  • la necesidad de un período de transición en el cual el proletariado ejerce su dictadura a la vez que conduce a la gran mayoría de la población al control político y económico de la sociedad;
  • en términos económicos, este período de transición puede ser descrito como «el estadio inferior del comunismo». Se trata de la sociedad comunista tal y como emerge del capitalismo, todavía marcada por muchos de los defectos del viejo orden. Las fuerzas productivas se han convertido en propiedad común pero no existen todavía las condiciones para la abundancia material. Por consiguiente, todavía existe desigualdad en la distribución. El sistema de bonos de trabajo defendido por Marx va contra la acumulación de capital, pero refleja una situación de desigualdad, donde unos pueden obtener más trabajo que otros, unos pueden tener ciertas capacidades que les faltan a otros, unos tienen hijos mientras que otros no, etc. En suma, existe todavía lo que Marx llama el «derecho burgués» en materia de distribución y para proteger el derecho burgués todavía existen vestigios de las leyes burguesas;
  • el desarrollo de las fuerzas productivas hace posible la superación de la división del trabajo e instituye un sistema de libre distribución: de cada uno según su capacidad, a cada cual según su necesidad. Esta es la fase más alta del comunismo, una sociedad de libertad real. El Estado no tiene cimientos materiales y se extingue, la extensión radical de la democracia lleva a la extinción de la democracia, dado que la democracia es una forma de Estado. La administración del pueblo es sustituida por la administración de las cosas. No se trata de una utopía: incluso en tal fase, por todo un período, puede haber excesos individuales y tienen que ser prevenidos: «Pero, en primer lugar, para ello no hace falta máquina especial, un aparato especial de represión; esto lo hará el propio pueblo armado, con la misma sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de personas civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa a los que se están peleando o impide que se maltrate a una mujer» ([16]). En resumen, «la necesidad de observar las reglas simples, fundamentales, del comunismo, acaba convirtiéndose rápidamente en un hábito» ([17]).

Cuando Lenin estaba escribiendo El Estado y la revolución, el mundo entero estaba entrando en el umbral de una revolución comunista. La defensa de la posición marxista sobre la transformación económica no era una abstracción. Era una necesidad programática, vista como inminente. La clase obrera se veía impulsada al enfrentamiento revolucionario por necesidades inmediatas y candentes, la necesidad del pan, la de poner fin a la carnicería imperialista. La vanguardia comunista no tenía duda sobre el hecho de que la revolución no podría detenerse demasiado tiempo para solucionar esas cuestiones inmediatas. Se podía avanzar hasta su conclusión última e histórica: la inauguración de una nueva fase en la historia de la humanidad.

Los límites de la visión de Lenin

Hemos puesto de relieve que El Estado y la revolución es una obra incompleta. En particular, Lenin no pudo tratar el papel de los soviets como «la forma al fin descubierta de la dictadura del proletariado». Sin embargo, aunque la obra se vio «interrumpida» por la revolución de Octubre es el punto más alto de claridad antes de la experiencia de la revolución. Con posterioridad, la propia Revolución rusa –y, sobre todo, su derrota– nos proporciona muchas lecciones sobre los problemas del período de transición y no podemos reprochar a Lenin el no haber dado respuesta a unas cuestiones antes de que se plantearan en la experiencia real del proletariado. En próximos artículos volveremos sobre esas lecciones desde diversos enfoques pero será útil resumir en tres ámbitos principales aquello en lo que la experiencia de la revolución plasmó las debilidades y lagunas de El Estado y la revolución.

El Estado y la economía

Aunque Lenin defendió claramente la noción de una transformación comunista de la economía –una noción que Marx desarrolló en oposición a las tendencias al «socialismo de Estado» existentes dentro del movimiento obrero ([18])– su trabajo sufre todavía de ciertas ambigüedades sobre el papel del Estado en la economía de transición. Hemos visto que esas ambigüedades existían ya en los trabajos de Marx y Engels y que en el período de la IIª Internacional se desarrolló cada vez más la idea según la cual el primer paso en el camino hacia el comunismo era la estatalización de la economía nacional y que una economía enteramente nacionalizada ya no era capitalista. En algunos de sus escritos de la época, mientras denunciaba que los «trusts capitalistas de Estado» se habían convertido en la forma de organización capitalista en la guerra imperialista, Lenin tenía la tendencia a ver esos trusts como un instrumento neutral, una especie de primer paso hacia el socialismo, una forma de centralización económica que el proletariado victorioso podía tomar tal cual. En el trabajo escrito en septiembre de 1917, «Se sostendrán los bolcheviques en el poder», Lenin es más explícito: «El capitalismo creó aparatos de cálculo en forma de bancos, consorcios, el correo, las cooperativas de consumo y los sindicatos de funcionarios. Sin los grandes bancos el socialismo sería irrealizable. Los grandes bancos constituyen «el aparato de Estado» que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya formado del capitalismo» ([19]).

En El Estado y la revolución expresa una idea similar cuando dice «Todos los ciudadanos pasan a ser empleados y obreros de un solo “consorcio” de todo el pueblo, del Estado» ([20]).

Es verdad que la transformación comunista de la sociedad no empieza desde cero – su punto de partida inevitable son las fuerzas productivas existentes, las redes de transporte, de distribución, etc. existentes. Pero la historia nos ha enseñado a ser muy prudentes con los organismos e instituciones económicas creados por el capital para sus propias necesidades, sobre todo cuando son tan arquetípicas instituciones capitalistas como los grandes bancos. Aún más importante, la Revolución rusa y en particular la contrarrevolución estalinista han mostrado que la simple transformación del aparato productivo en propiedad estatal no acaba con la explotación del hombre por el hombre – un error claramente presente en El Estado y la revolución cuando Lenin escribe que en la primera fase del comunismo «la explotación del hombre por el hombre será imposible porque será imposible hacerse con los medios de producción -las factorías, las máquinas, las tierras etc.- y transformarlos en propiedad privada» ([21]). Esta debilidad está agravada por la insistencia de Lenin de que habría una «distinción científica» que hacer entre socialismo y comunismo (la anteriormente definida como estadio inferior del comunismo). De hecho, Marx y Engels nunca teorizaron tal distinción y no es accidental que Marx en la Crítica del programa de Gotha hablara de fase inferior y fase superior del comunismo ya que quería poner el énfasis en la idea de un movimiento dinámico entre capitalismo y comunismo, en oposición a la visión de un modo de producción fijo, en cierto modo una «tercera vía», caracterizado por la «propiedad pública». Finalmente, y aún más significativo, la discusión de Lenin sobre la economía del período de transición en El Estado y la revolución no hace explícito el hecho de que la dinámica hacia el comunismo sólo puede desarrollarse a escala internacional; eso deja la puerta abierta a la idea de que, al menos en sus primeras etapas, la «construcción del socialismo» podría realizarse en solo país.

La tragedia de la Revolución rusa es un testimonio patente de que, incluso si la economía está enteramente estatalizada, incluso si se tiene el monopolio del comercio exterior, las leyes del capital global seguirán imponiéndose sobre el bastión proletario aislado. En ausencia de extensión de la revolución mundial, esas leyes desafiarán todo intento de crear los fundamentos de una construcción socialista, incluso aunque se transforme el bastión proletario en un gigantesco «trutst capitalista de Estado» compitiendo en el mercado mundial. Además, semejante mutación vendrá necesariamente acompañada de una contrarrevolución política que borrará toda huella de la dictadura del proletariado.

Partido y poder

Hemos hecho notar que Lenin no dice demasiado sobre el papel del partido en El Estado y la revolución. ¿Sería esto una nueva prueba de la conversión temporal de Lenin al anarquismo durante 1917?. Es una cuestión estúpida. La clarificación teórica contenida en El Estado y la revolución es por sí misma una preparación para el papel directo y dirigente del Partido bolchevique en la revolución de Octubre. En su polémica despiadada contra todos aquellos que tratan de inyectar la ideología burguesa en las filas proletarias, es ante todo un documento político «de Partido», con el que se trata de ganar a los trabajadores hacia las posiciones del partido revolucionario y contra esas influencias.

Sin embargo, la cuestión se vuelve a plantear en el umbral de la oleada revolucionaria mundial: ¿cómo deben entender los revolucionarios (y no solo los bolcheviques) la relación entre el partido y la dictadura del proletariado? La ausencia de referencias al partido en El Estado y la revolución no nos da una clara respuesta a ello, excepto la respuesta ambivalente siguiente: «Educando al partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, vanguardia capaz de tomar el poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, el dirigente, el jefe de todos los trabajadores y explotados en la obra de organizar su propia vida social sin la burguesía  y contra la burguesía» ([22]). Es ambivalente porque no está claro si es el partido quien asume el poder o es el proletariado, al cual Lenin a menudo define como la vanguardia del pueblo oprimido. Una mejor guía sobre el nivel de comprensión real de esta cuestión la ofrece el folleto ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?. La mayor confusión aparece ya en el propio título: los revolucionarios del momento, pese a su completa dedicación al sistema de los soviets que había hecho obsoleto el sistema de delegación propio del parlamentarismo, vuelven sin embargo a la ideología parlamentaria al preconizar que el partido que tenga la mayoría en los soviets forme gobierno y administre el Estado. En próximos artículos analizaremos con más detalle cómo llevó esta concepción a un entrelazamiento fatal entre el partido y el Estado, creando una situación insoportable que ayudó a vaciar a los soviets de toda vida proletaria y acabó organizando al partido contra la clase. Y sobre todo, transformó el partido de la fracción más radical de la clase revolucionaria en un instrumento de conservación social.

Pero esa evolución no ocurrió de forma autónoma, sino que estuvo determinada sobre todo por el aislamiento de la revolución y el desarrollo material de una contrarrevolución interior. En 1917, el énfasis de los escritos de Lenin, tanto en el folleto antes mencionado como en El Estado y la Revolución, no gira en torno al ejercicio de la dictadura por el partido, sino por el conjunto del proletariado y, de manera creciente, por la gran mayoría de la población, que toma en sus manos los asuntos económicos gracias a su propia experiencia práctica, a sus propios debates, a su propia organización de masas. Cuando Lenin responde afirmativamente que los bolcheviques podrán guardar el poder de Estado, es solo porque se basa en la idea de que los bolcheviques, apenas doscientas mil personas, son sólo una parte del vasto esfuerzo de millones de trabajadores y campesinos pobres que, día tras día, aprenden a hacer funcionar el Estado en su propio beneficio. El poder real no está en las manos del partido sino en las manos de las masas. Si las esperanzas iniciales de la revolución se hubieran realizado, si Rusia no se hubiera visto envuelta en la guerra civil, el hambre, el bloqueo internacional, las evidentes contradicciones en esta posición podrían haber sido resueltas en la buena dirección, demostrando que en un genuino sistema de delegaciones elegidas y revocables no tiene sentido hablar de que un partido toma el poder.

Clase y Estado

En la Crítica del Programa de Gotha, Marx describió el Estado de transición como «nada menos que la dictadura revolucionaria del proletariado». La identificación entre Estado de transición y dictadura del proletariado se continúa en El Estado y la revolución de Lenin cuando habla de «Estado proletario» o de «Estado de los trabajadores armados» y cuando subraya teóricamente esas fórmulas definiendo al Estado como «esencialmente compuesto de cuerpos armados». En definitiva, el Estado del período de transición no sería otra cosa sino los trabajadores en armas, tras haber suprimido a la burguesía.

Como veremos en los próximos artículos, esa formulación se vio rápidamente desmentida por inadecuada. El mismo Lenin tuvo que afirmar que el proletariado no sólo necesitaba el Estado para suprimir la resistencia de los explotadores sino para dirigir al resto de la población no explotadora hacia el socialismo. Y esta última función, la necesidad de integrar a la más amplia población del campo en el proceso revolucionario, dio nacimiento a un Estado que no solo se componía de los soviets de trabajadores sino también de los soviets de campesinos y soldados. Con el inicio de la guerra civil las milicias armadas de trabajadores, la Guardia roja, se mostraron como claramente inadecuadas para hacer frente a la fuerza de la contrarrevolución militar. A partir de ese momento, la principal fuerza armada del Estado soviético fue el Ejército rojo, de nuevo compuesto en su mayoría por campesinos. Al mismo tiempo, la necesidad de combatir la subversión y el sabotaje internos dio lugar a la Cheka, una fuerza policial especial que escapó rápidamente al control de los soviets. Pocas semanas después de la insurrección de octubre, el Estado-comuna se había convertido en algo más que «un cuerpo de trabajadores armados». Sobre todo, con el aislamiento creciente de la revolución, el nuevo Estado se vio cada vez más infestado por la gangrena de la burocracia, cada vez menos responsable frente a los órganos elegidos del proletariado y los campesinos pobres. En lugar de ir hacia su extinción, el nuevo Estado estaba empezando a tragarse a la sociedad entera. En lugar de expresar la voluntad de la clase revolucionaria, se convirtió en el punto focal de la degeneración y la contrarrevolución internas a un nivel jamás visto antes.

En su balance de la contrarrevolución, la Izquierda italiana prestó una especial atención al problema del Estado del período de transición y una de las principales conclusiones alcanzadas por Bilan e Internationalisme fue que, siguiendo la experiencia de la Revolución rusa, no era posible identificar la dictadura del proletariado con el Estado del período de transición. Volveremos sobre esta cuestión en futuros artículos. Pero, desde ahora, sin embargo, es importante subrayar que, incluso si en los planteamientos iniciales de la Revolución rusa, el movimiento marxista sufrió importantes debilidades, la misma idea de no identificar proletariado con Estado de transición no aparece de la nada. Lenin fue plenamente consciente de la definición de Engels del Estado de transición como «un mal necesario» y a lo largo de su libro hay un poderoso énfasis en la necesidad de que los trabajadores sometan a los funcionarios estatales a una constante supervisión y control, especialmente, aquellos elementos del Estado más tendentes a mantener una cierta continuidad con el viejo régimen, como los «expertos militares» y los técnicos, a los cuales los soviets se vieron forzados a recurrir.

Lenin desarrolló también un fundamento teórico a la actitud proletaria de mantener una sana distancia respecto al nuevo Estado. En la parte sobre la transformación económica explica que, teniendo en cuenta que su papel será el de salvaguardar el «derecho burgués», se podría definir el nuevo Estado como «un Estado burgués sin burguesía». Aunque esta definición sea más útil para provocar reflexión que para dar una clara definición de la naturaleza de clase del Estado de transición, Lenin había captado lo esencial: puesto que la tarea del Estado es salvaguardar un estado de cosas que todavía no es comunista, el Estado-comuna revela su naturaleza básicamente conservadora y se muestra particularmente vulnerable a la dinámica de la contrarrevolución. Esta percepción teórica de la naturaleza del Estado permitió a Lenin desarrollar algunos aspectos importantes sobre la naturaleza del proceso de degeneración, incluso estando él mismo parcialmente atrapado en ese proceso. Por ejemplo, su posición sobre la cuestión sindical en 1921, cuando reconoció la necesidad para los trabajadores de mantener órganos propios de defensa incluso contra el Estado de transición o también cuando advirtió contra el crecimiento de la burocracia estatal al final de su vida.

Sin embargo, el Partido bolchevique sucumbió a un proceso insidioso de muerte y la antorcha de la clarificación pasó a las manos de las fracciones comunistas de izquierda. Sin embargo, no cabe duda de que los aspectos teóricos más importantes desarrollados por aquéllas se alcanzaron gracias al punto de partida de la gran contribución de Lenin en El Estado y la revolución.

CDW

[1] 15 de diciembre de 1887, en Obras escogidas de Marx y Engels, Volumen 26. Traducido del inglés por nosotros.

[2] Lenin, Respuesta a las preguntas de un corresponsal americano, 20/7/1920.

[3] Lenin, Respuesta a las preguntas de un corresponsal americano, 20/7/1920.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] «Palabras finales a la primera edición», Idem.

[10] Ver, en particular, Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado, redactadas por Lenin y adoptadas por la Internacional comunista en su Congreso fundador de 1919. Entre otros puntos que serán examinados en un próximo artículo, este texto afirma que: «El poder soviético, es decir, la dictadura del proletariado, está organizado, por el contrario, de modo que acerca a las masas trabajadoras al aparato de gobernación. El mismo fin persigue la unión del poder legislativo y el poder ejecutivo en la organización soviética del Estado y la sustitución de las circunscripciones electorales territoriales por entidades de producción, como son las fábricas» (Tesis 16), Lenin, Obras escogidas, tomo 3.

[11] Lenin, El Estado y la revolución.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] Ídem.

[15] Ídem.

[16] Ídem.

[17] Ídem.

[18] Ver en la Revista internacional nº 79 «Comunismo contra socialismo de Estado».

[19] «¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?», Obras escogidas, tomo 2.

[20] Lenin, El Estado y la revolución.

[21] Ídem.

[22] Ídem.