Polémica: hacia los orígenes de la CCI y del BIPR, I - La Fracción italiana y la Izquierda comunista de Francia

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En el número anterior de esta Revista publicamos una polémica, respuesta a la publicada en Revolutionary Perspectives nº 5, órgano de la Communist Workers Organisation (CWO), titulada ésta última «Sectas, mentiras y la perspectiva perdida de la CCI». Por falta de sitio, no pudimos tratar todos los aspectos abordados por la CWO, limitándonos a contestar únicamente a la idea de que la perspectiva propuesta por la CCI para el período histórico actual habría fracasado totalmente. Pusimos en evidencia ya que las afirmaciones de la CWO se basan especialmente en la mayor incomprensión de nuestras propias posiciones y, sobre todo, en la ausencia total de marco de análisis sobre el período actual por su parte. Una ausencia de marco que, además, la CWO y el Buró internacional por el Partido revolucionario (BIPR, al que la CWO está afiliada) reivindican con altanería, cuando consideran que es imposible para las organizaciones revolucionarias el identificar la tendencia dominante en la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado, si vamos hacia enfrentamientos de clase crecientes o, si el curso es hacia la guerra imperialista. En realidad, la negativa del BIPR a definir el curso histórico como algo posible y necesario para los revolucionarios, viene de las condiciones mismas en las que se formó, al final de la IIª Guerra mundial, la otra organización del BIPR, inspiradora de sus posiciones políticas, el Partito Comunista Internazionalista (PCInt). Precisamente en el no 15 de la revista teórica en inglés del BIPR, Internationalist Communist (IC), esta organización vuelve a la polémica con la CCI con un artículo «Las raíces políticas del malestar organizativo de la CCI» sobre la cuestión de los orígenes del PCInt y los de la CCI. Es esencialmente este tema del que trataremos aquí como repuesta a esa nueva polémica.

La polémica del BIPR trata del mismo tema que el artículo de RP nº 5: las causas de las dificultades organizativas con las que la CCI se ha enfrentado en los últimos tiempos. La gran debilidad de ambos textos es que no mencionan para nada el análisis que ha hecho la CCI sobre sus dificultades ([1]). Para el BIPR, tales dificultades sólo pueden originarse en debilidades de tipo programático o en la apreciación de la situación mundial actual. Es evidente que esos temas pueden ser fuente de dificultades para una organización comunista. Pero toda la historia del movimiento obrero nos demuestra que las cuestiones relacionadas con la estructura y el funcionamiento de la organización son cuestiones plenamente políticas. Las debilidades en ese aspecto, más incluso que en otros puntos programáticos o de análisis, tienen consecuencias de primer plano, a menudo dramáticas, sobre la vida de las formaciones revolucionarias. ¿Habrá que recordar a los camaradas del BIPR, que tanto se reivindican de las posiciones de Lenin, el ejemplo del IIº Congreso del Partido obrero socialdemócrata de Rusia en 1903, en donde fue precisamente la cuestión de la organización (y no puntos programáticos o de análisis del período) lo que provocó las divergencias entre bolcheviques y mencheviques? De hecho, si se mira de cerca, la incapacidad actual del BIPR para hacer un análisis sobre el curso histórico se explica, en gran parte, por los errores políticos sobre la cuestión de organización y, especialmente, sobre la cuestión de las relaciones entre fracción y partido. Y esto es lo que pone precisamente en evidencia el artículo de IC. Para que los compañeros del BIPR no vengan luego acusándonos de falsificar sus posiciones, reproducimos aquí un amplio extracto de su artículo:

«La CCI se formó en 1975, pero su historia remonta a la Izquierda comunista de Francia (GCF), un grupo minúsculo que se formó durante la IIª Guerra mundial por la misma persona que luego formaría la CCI en los años 70. La GCF se basaba fundamentalmente en el rechazo a la formación del Partido comunista internacionalista en Italia después de 1942 por los antepasados del BIPR.

La GCF afirmaba que el Partido comunista internacionalista no significaba avance alguno con relación a la vieja Fracción de la Izquierda comunista que se había exiliado en Francia durante la dictadura de Mussolini. La GCF hizo un llamamiento a los miembros de la Fracción para que no integraran el nuevo Partido, formado por revolucionarios como Onorato Damen, liberado de la cárcel tras el hundimiento del régimen mussoliniano. El argumento de la GCF era que seguía la situación de contrarrevolución que se había abatido sobre los obreros desde las derrotas de los años 20, y que por ello no había posibilidad de crear un partido revolucionario en los años 40. Después de que se hundiera el fascismo italiano y que el Estado italiano se convirtiera en campo de batalla entre los dos frentes imperialistas, la gran mayoría de la Fracción italiana en el exilio se sumó al Partido comunista internacionalista (PCInt), apostando por una combatividad obrera que no se iba a quedar limitada al norte de Italia cuando la guerra iba llegando a su fin. La oposición de la GCF no tuvo impacto alguno en aquel tiempo, pero era ya el primer ejemplo de las consecuencias de los razonamientos abstractos que son uno de los rasgos metodológicos de la CCI hoy. La CCI va a decir hoy que de la Segunda Guerra mundial no salió ninguna revolución y que eso sería la prueba de que la GCF tenía razón. Pero eso es ignorar el hecho de que el PCInt fue la creación de la clase obrera revolucionaria que había alcanzado mayor éxito desde la revolución rusa y que, a pesar del medio siglo de dominación capitalista después, sigue existiendo y hoy está aumentando.

La GCF, por otro lado, llevó las abstracciones «lógicas» a un nivel más alto. Consideraba que puesto que la contrarrevolución seguía siendo dominante, la revolución proletaria no estaba al orden del día. Y si esto era así, ¡se iba a producir una nueva guerra imperialista! El resultado fue que la dirección se fue a América del Sur y la GCF desapareció durante la guerra de Corea. La CCI siempre ha estado un tanto molesta por la revelación de las capacidades de comprensión del «curso histórico» de sus antepasados. Su respuesta ha sido siempre, sin embargo, la del desdén. Cuando la antigua GCF volvió a una Europa preservada de la guerra, a mediados de los años 60, en lugar de reconocer que el PCInt había tenido siempre razón sobre sus perspectivas y sobre su concepto de la organización, aquélla intentó denigrar al PCInt afirmando que padecía de «esclerosis» y de «oportunismo», afirmando por todas partes que era «bordiguista» (... una acusación que han tenido que retirar después). Sin embargo, después de haberse visto obligada a retractarse, no por eso acabó con su política de denigración de los posibles «rivales» (recogiendo los términos de la CCI misma) y ahora la CCI intenta demostrar que el PCInt «trabajó con los partisanos» (o sea que apoyó a las fuerzas burguesas que intentaban establecer un Estado democrático italiano). Esto era una calumnia cobarde y asquerosa. De hecho, hubo militantes del PCInt que fueron asesinados bajo las órdenes directas de Palmiro Togliatti (Secretario general del Partido comunista italiano) por haber intentado luchar contra el control de los estalinistas sobre la clase obrera y haberse granjeando audiencia entre los partisanos».

Ese pasaje, que aborda las historias respectivas de la CCI y del BIPR, merece ser contestado en su fondo, sobre todo aportan-do elementos históricos. Sin embargo, para la claridad del debate, debemos empezar rectificando algunas afirmaciones que son expresión o de la mala fe o de la ignorancia más cerril por parte del redactor del artículo.

Rectificaciones y precisiones

Empecemos por la cuestión de los partisanos, que tanta indignación provoca en los compañeros del BIPR hasta el punto de que no pueden evitar tratarnos de «calumniadores» y de «cobardes». Sí, hemos dicho que el PCInt «trabajó en los partisanos». Pero esto no es ninguna calumnia, es la más pura verdad. ¿Mandó, si o no, el PCInt a algunos de sus militantes y dirigentes a las filas de los partisanos?. Sí, es algo que no se puede negar. Es más, el PCInt se reivindica de esa política, a no ser que haya cambiado de postura desde que el camarada Damen escribía, en nombre del ejecutivo del PCInt, en el otoño de 1976, que su partido podía «presentarse con todas sus cartas en regla», al evocar «a aquellos militantes revolucionarios que hacían una labor de penetración en las filas de los partisanos para difundir en ellas los principios y la táctica del movimiento revolucionario y que, a causa de ese compromiso, llegaron incluso a pagarlo con sus vidas»([2]). Ya hemos tratado este tema en nuestra prensa en varias ocasiones ([3]) y hemos de volver sobre él en la segunda parte de este artículo. Pero debe quedar claro que si bien hemos criticado sin rodeos los errores cometidos por el PCInt en su constitución, nunca lo hemos confundido con las organizaciones trotskistas y menos todavía con las estalinistas. En lugar de ponerse a gritar escandalizados, los compañeros del BIPR hubieran hecho mejor en reproducir las citas que tanto los enfadan. En espera de que lo hagan, sería mejor que se tragaran su indignación y sus insultos.

Otro punto sobre el que debemos hacer una rectificación y una precisión se refiere al análisis del período histórico hecho por la GCF a principios de los años 50 y que motivó la marcha de Europa de algunos de sus miembros. El BIPR se engaña cuando pretende que la CCI se sentiría mal a gusto ante ese tema y que respondería «con desdén». Así, en un artículo dedicado a la memoria de nuestro camarada Marc (Revista internacional nº 66) escribíamos:

«Ese análisis lo encontramos en particular, en el artículo “La evolución del capitalismo y la nueva perspectiva”, publicado en Internationalisme nº 46 (...). Este texto redactado en mayo de 1952 por Marc, fue en cierto modo el testamento político de la GCF. En efecto, Marc se va en junio del 52 de Francia para Venezuela. Su partida es resultado de una decisión colectiva de la GCF, la cual, ante la guerra de Corea, estima que una tercera guerra mundial entre el bloque americano y el bloque ruso se ha vuelto inevitable a corto plazo, como así se afirma en el texto mencionado. Una guerra así, que destruiría sobre todo a Europa, podría acabar por completo con el puñado de grupos comunistas, y entre ellos la GCF, que habían sobrevivido a la precedente. La “salvaguardia” fuera de Europa de cierto número de militantes no se debió pues a una preocupación por su seguridad personal (...); de lo que se trataba era de mantener la vida misma de la organización. Sin embargo, la partida a otro continente de su elemento más experimentado y formado va a significar un golpe fatal para la GCF, cuyos militantes quedados en Francia no logran, a pesar de la correspondencia que Marc mantiene con ellos, mantener en vida la organización en aquel período de profunda contrarrevolución. Por razones que no cabe explicar ahora aquí, ya se sabe que no hubo tercera guerra mundial. Y es evidente que este error de análisis le costó la vida a la GCF; y sin duda es el error, entre los cometidos por nuestro camarada a lo largo de su vida militante, que tuvo las consecuencias más graves».

Por otra parte, cuando reprodujimos el texto evocado arriba (ya en 1974 en el nº 8 del Bulletin d’étude et de discussion de Révolution internationale, que es el antecesor de esta Revista internacional) lo precisamos con claridad: «Internationalisme tuvo razón en analizar el período que siguó a la IIª Guerra mundial como continuación del período de reacción y reflujo de la lucha de clases del proletariado (...) Tenía también razón cuando afirmaba que a pesar del final de la guerra, el capitalismo no saldría de su período de decadencia y que todas las contradicciones que llevaron al capitalismo a la guerra permanecían y llevarían inexorablemente al mundo hacia nuevas guerras. Pero Internationalisme no percibió o no insistió lo suficiente en la fase de la posible «reconstrucción» en el ciclo de la decadencia (crisis-guerra-reconstrucción-crisis). Por eso fue por lo que, en aquel contexto de la enrarecida atmósfera de la guerra fría USA-URSS, Internationalisme no veía la posibilidad de un resurgir proletario sino durante y como consecuencia de una tercera guerra.»

Como puede verse, la CCI nunca «ha tomado con desdén» ese tema y nunca se ha sentido «molesta» al evocar los errores de la GCF (incluso en una época en la que el BIPR no existía para recordárselos). Dicho esto, el BIPR nos vuelve a dar otra prueba de que es incapaz de comprender nuestro análisis del curso histórico. El error de la GCF no consiste en una evaluación incorrecta de la relación de fuerzas entre las clases, sino en una subestimación del respiro que la reconstrucción dio a la economía capitalista, permitiéndole durante dos décadas evitar la crisis abierta y por lo tanto atenuar en cierto modo las tensiones imperialistas entre los bloques. Éstas pudieron entonces quedar contenidas en las guerras locales (Corea, Oriente Medio, Vietnam, etc.). Si no hubo guerra mundial en aquel entonces no fue gracias al proletariado, paralizado y encuadrado como lo estaba por las fuerzas de izquierda del capital, sino porque no se imponía todavía al capitalismo.

Tras haber hecho esas puntualizaciones, debemos volver a un «argumento» que parece gustarle mucho al BIPR (pues ya lo usó en un artículo de polémica de RP nº 5): es el del tamaño «minúsculo» de la GCF. En realidad, esa referencia al carácter minúsculo de la GCF es paralela a lo de «la creación de la clase obrera revolucionaria que había alcanzado mayor éxito desde la Revolución rusa», o sea, el PCInt, el cual, en aquel entonces, contaba con varios miles de miembros. ¿Nos quiere con eso demostrar el BIPR que la razón del «mayor éxito» del PCInt fue que sus posiciones eran más correctas que las de la GCF?

Si es así, flaco es ese argumento. Pero más allá de tal argumento, el método del BIPR toca temas de fondo en los que se sitúan precisamente algunas divergencias fundamentales entre nuestras dos organizaciones. Para poder abordar esas cuestiones de fondo, debemos volver a la historia de la Izquierda comunista de Italia, pues la GCF no sólo era un grupo «minúsculo», sino sobre todo el verdadero continuador político de esa corriente histórica de la que se reivindican también el PCInt y el BIPR.

Algunos elementos de historia de la Izquierda italiana

La CCI ha publicado un libro, la Izquierda comunista de Italia sobre la historia de esa corriente. Vamos aquí a esbozar algunos aspectos importantes de esa historia.

La corriente de la Izquierda italiana, que se había formado en torno a Amadeo Bordiga y la federación de Nápoles como fracción «abstencionista» en el seno del Partido Socialista Italiano (PSI), fue el origen del PC de Italia en 1921, en el Congreso de Livorno y asumió la dirección de este partido hasta 1925. Al mismo tiempo que otras corrientes de izquierda en la Internacional comunista (IC), como la Izquierda alemana o la holandesa, la italiana se irguió, mucho antes que la Oposición de izquierda de Trotski, contra el rumbo oportunista de la IC. Contrariamente al trotskismo, que se reivindicaba íntegramente de los 4 primeros congresos de la IC, la Izquierda italiana rechazaba algunas de las posiciones adoptadas en los 3º y 4º Congresos, especialmente la táctica de «Frente único». En muchos aspectos, especialmente sobre la naturaleza capitalista de la URSS o sobre la naturaleza definitivamente burguesa de los sindicatos, las posiciones de la Izquierda germano-holandesa eran al principio mucho más justas que las de la Izquierda italiana. Sin embargo, la contribución al movimiento obrero de la Izquierda comunista de Italia fue mucho más fecunda que la de las demás corrientes de la Izquierda comunista al haber sido capaz de comprender dos problemas esenciales:

  • el repliegue y la derrota de la oleada revolucionaria;
  • la naturaleza de las tareas de las organizaciones revolucionarias en una situación así.

La Izquierda italiana, aun siendo consciente de la necesidad de discutir las posiciones políticas que la experiencia histórica había invalidado, tuvo la preocupación de avanzar con la mayor prudencia, evitando así «tirar el grano con la paja», al contrario de lo que hizo la Izquierda holandesa, la cual acabó considerando Octubre de 1917 como una revolución burguesa y rechazando la necesidad de un partido revolucionario. Eso no quitó que la Izquierda italiana hiciera suyas algunas posiciones elaboradas con anterioridad por la Izquierda germano-holandesa.

La represión creciente del régimen mussoliniano, sobre todo a partir de las leyes de excepción de 1926, obligó a la mayoría de los militantes de la Izquierda comunista de Italia a exiliarse. Y fue en el extranjero, sobre todo en Bélgica y Francia, donde esa corriente mantuvo su actividad organizada. En febrero de 1928, se funda en Pantin, cerca de París, la Fracción de izquierda de Partido comunista de Italia. Intenta participar en el esfuerzo de discusión y agrupamiento de las diferentes corrientes de izquierda que habían sido excluidas de la IC en plena degeneración y cuya figura más conocida es Trotski. La Fracción se propuso, en particular, publicar una revista de discusión común a esas diferentes corrientes. Pero tras haber sido excluida de la Oposición de izquierda internacional, tomó la resolución de publicar a partir de 1933 su propia revista, Bilan (Balance), en francés, a la vez que continuaba la publicación en italiano de Prometeo.

No vamos ahora a repasar las posiciones de la Fracción ni su evolución. Nos limitaremos a recordar una de las posiciones esenciales que fundaron su existencia: las relaciones entre partido y fracción.

La Fracción fue elaborando progresivamente esa posición a finales de los años 20 y principio de los 30 cuando se trataba de definir qué política debía ser desarrollada respecto a unos partidos comunistas en vías de degeneración.

A grandes rasgos, puede resumirse así esta posición. La Fracción de izquierda se forma en un momento en que el partido del proletariado tiende a degenerar, víctima del oportunismo, o sea, de la penetración en su seno de la ideología burguesa. Es responsabilidad de la minoría que mantiene el programa revolucionario luchar de modo organizado para que tal programa triunfe en el partido. Una de dos: o la Fracción logra que ganen sus posiciones, salvando así al Partido, o éste sigue su curso degenerante y acaba pasando con armas y equipo al campo de la burguesía. No es fácil determinar en qué momento el partido proletario se pasa al campo enemigo. Uno de los indicadores más significativos es, sin embargo, el que sea imposible que pueda aparecer una vida política proletaria en el seno del partido. La fracción de izquierda tiene la responsabilidad de llevar a cabo un combate en el seno del partido mientras exista una mínima esperanza de que pueda ser enderezado. Por eso, en los años 1920, no son las corrientes de izquierda las que abandonan los partidos de la IC, sino que son excluidos y muy a menudo mediante sórdidas maniobras. Pero una vez que un partido del proletariado se pasa al campo de la burguesía, no hay ya retorno posible. El proletariado deberá, necesariamente, hacer surgir un nuevo partido para reanudar su camino hacia la revolución y el papel de la fracción será entonces el de servir de «puente» entre el antiguo partido pasado al enemigo y el futuro partido del que deberá elaborar las bases programáticas y servir de armazón. El hecho de que, tras el paso del partido al campo burgués no pueda existir vida proletaria en su seno significa también que es inútil y peligroso para los revolucionarios, practicar «el entrismo», una de las tácticas del trotskismo que la Fracción siempre rechazó. El único resultado que ha dado el querer mantener una vida proletaria en un partido burgués, estéril pues para las posiciones de clase, es el de acelerar la degeneración oportunista de las organizaciones que lo han intentado y ni mucho menos el de conseguir volver a enderezar tal partido. En cuanto al «reclutamiento» que esos métodos permitieron, éste era especialmente confuso, gangrenado por el oportunismo, incapaz de formar una vanguardia para la clase obrera.

De hecho una de las diferencias fundamentales entre el trotskismo y la Fracción italiana estriba en que ésta, en la política de agrupamiento de las fuerzas revolucionarias, siempre puso por delante la necesidad de la mayor claridad, el mayor rigor programático, aunque estuviera abierta a la discusión con todas las demás corrientes que habían entablado el combate contra la degeneración de la IC. En cambio, la corriente trotskista, intentó formar organizaciones de modo precipitado, sin discusiones serias, sin decantación previa de las posiciones políticas, basándolo todo en acuerdos entre «personalidades» y en la autoridad ganada por Trotski, uno de los principales dirigentes de la Revolución de Octubre y de la IC en sus orígenes.

Otra cuestión que opuso el trotskismo y la Fracción italiana fue la del momento en que debe formarse un nuevo partido. Para Trotski y sus camaradas, la cuestión de fundar un nuevo partido estaba ya al orden del día en el momento en que los antiguos partidos se habían perdido para el proletariado. Para la Fracción, la cuestión estaba clara:

«La transformación de la fracción en partido viene condicionada por dos elementos íntimamente vinculados ([4]):

1. La elaboración, por la fracción, de nuevas posiciones políticas capaces de dar un nuevo marco sólido a las luchas del proletariado por la Revolución en su nueva fase más avanzada (...).

2. El cambio en la relación de fuerzas del sistema actual (...) con el estallido de movimientos revolucionarios que permitan a la Fracción tomar la dirección de las luchas con vistas a la insurrección» («Vers l’Internationale 2 et 3/4?», Bilan nº 1, 1933).

Para que los revolucionaros sean capaces de establecer de manera correcta cuál es su responsabilidad en un momento dado, les es indispensable identificar claramente cuál es la relación de fuerzas entre las clases y el sentido de la evolución de esa relación de fuerzas. Uno de los grandes méritos de la Fracción es precisamente el haber sabido identificar la naturaleza del curso histórico de los años 30: de la crisis general del capitalismo, a causa de la contrarrevolución que había abatido sobre la clase obrera, sólo podía salir una nueva guerra mundial.

Ese análisis demostró toda su importancia con la guerra de España. Mientras que la mayoría de las organizaciones que se reivindicaban de la izquierda de los partidos comunistas vieron en los acontecimientos de España una reanudación revolucionaria del proletariado mundial, la Fracción entendió que, a pesar de su combatividad y valor, el proletariado de España estaba encerrado en la ideología antifascista promocionada por todas las organizaciones influyentes en su seno (la CNT anarquista, la UGT socialista así como los partidos comunista, socialista y el POUM, que también participó en el gobierno burgués de la Generalitat), un proletariado destinado a servir de carne de cañón en un enfrentamiento entre sectores de la burguesía (la «democrática» contra la «fascista»), preludio de una guerra mundial que inevitablemente se iba a declarar. Se formó entonces, en la Fracción, una minoría que pensaba que en España la situación seguía siendo «objetivamente revolucionaria» y, haciendo caso omiso de toda disciplina organizativa y rehusando el debate que la mayoría le proponía, se enroló en las brigadas del POUM([5]) e incluso se expresó en el periódico de este partido. La Fracción se vio obligada a tomar nota de la escisión de la minoría, la cual, a su vuelta de España a finales de 1936([6]), va a integrarse en las filas de la Unión comunista, un grupo que, a principios de los años 30, había roto, por la izquierda, con el trotskismo, pero que volvió a unirse a esta corriente para calificar de «revolucionarios» los acontecimientos de España y promover un «antifascismo crítico».

Así, junto con cierta cantidad de comunistas de izquierda holandeses, la Fracción italiana fue la única organización que mantuvo una postura de clase ante la guerra imperialista que se estaba desarrollando en España ([7]). Por desgracia, a finales de 1937, Vercesi, principal teórico y animador de la Fracción, empieza a elaborar una teoría según la cual los diferentes enfrentamientos militares que se produjeron en la segunda mitad de los años 30 no eran los preparativos hacia una nueva carnicería imperialista generalizada, sino «guerras locales» destinadas a precaverse, mediante matanzas de obreros, de la amenaza proletaria que estaba surgiendo. Según esta «teoría», el mundo se encontraba entonces en vísperas de una nueva oleada revolucionaria y la guerra ya no estaba al orden del día, pues la economía de guerra debía servir por sí misma para superar la crisis capitalista. Sólo una minoría de la Fracción, y en ella nuestro camarada Marc, fue entonces capaz de no dejarse arrastrar hacia esa desviación, que venía a ser una especie de desquite póstumo de la minoría de 1936. La mayoría decide interrumpir la publicación de Bilan y sustituirla por Octobre (nombre en conformidad con la «nueva perspectiva»), órgano del Buró internacional de las Fracciones de izquierda (italiana y belga), que se quiere publicar en tres lenguas. De hecho, en lugar de «hacer más» como la supuesta «nueva perspectiva» exigía, la Fracción es incapaz de mantener el trabajo de antes: Octobre, contrariamente a Bilan, aparecerá con irregularidad y sólo en francés; muchos militantes, desorientados por ese cuestionamiento de las posturas de la Fracción se desmoralizan o dimiten.

La Izquierda italiana durante la IIª Guerra mundial y la formación de la GCF

Cuando estalla la guerra mundial, la Fracción está desarticulada. Más todavía que la represión policiaca por parte, primero, de la policía «democrática» y después de la Gestapo (varios militantes, Mitchell entre ellos, principal animador de la Fracción belga, mueren en deportación), fueron la desorientación y la falta de preparación políticas ante una guerra mundial que, por lo visto, no debía ocurrir, las responsables de la desbandada. Por su parte, Vercesi proclama que con la guerra, el proletariado se ha vuelto «socialmente inexistente», que todo trabajo de fracción se ha vuelto inútil y que deben disolverse las fracciones (decisión tomada por el Buró internacional de las fracciones), lo cual acentúa más la parálisis de la Fracción. Sin embargo, el núcleo de Marsella, formado por militantes que se habían opuesto a las ideas revisionistas de Vercesi antes de la guerra, prosigue la labor paciente de reconstrucción de la Fracción, labor muy difícil a causa de la represión y por falta de medios materiales. Se reconstruyen secciones en Lyón, Tolón y París. Se establecen vínculos con Bélgica. A partir de 1942, la Fracción «reconstituida» mantiene conferencias anuales, nombra una Comisión ejecutiva y publica un Boletín internacional de discusión. Paralelamente se forma en 1942, basándose en las posiciones de la Fracción italiana, el Nucleo francés de la Izquierda comunista en el que Marc participa, miembro de la CE de la FI, con la perspectiva de formar la Fracción francesa.

Cuando en 1942-43 se producen en el Norte de Italia grandes huelgas obreras que conducen a la caída de Mussolini y a su sustitución por el almirante proaliado Badoglio (huelgas que repercuten en Alemania entre los obreros italianos, apoyadas por huelgas de obreros alemanes), la Fracción estima que, de acuerdo con su postura de siempre, «se ha abierto en Italia la vía de la transformación de la Fracción en partido». Su Conferencia de agosto de 1943 decide reanudar el contacto con Italia y pide a los militantes que se preparen para volver en cuanto sea posible. Sin embargo ese retorno no fue posible, en parte por razones materiales y en parte por razones políticas, pues Vercesi y parte de la Fracción belga estaban en contra, al considerar que los acontecimientos de Italia no ponían en entredicho «la inexistencia social del proletariado». En su Conferencia de mayo de 1944, la Fracción condena las teorías de Vercesi ([8]). Éste, sin embargo, no ha llegado todavía al término de su deriva. En septiembre de 1944, participa en nombre de la Fracción (y con otro miembro de ésta, Pieri) en la formación de la Coalizione antifascista de Bruselas junto a los partidos democristiano, «comunista», republicano, socialista y liberal, que publica el periódico L’Italia di Domani en cuyas columnas se encuentran llamamientos a ayuda financiera en apoyo al esfuerzo de guerra aliado. Al enterarse de esos hechos, la CE de la Fracción excluye a Vercesi el 20 de enero de 1945. Eso no le impidió proseguir su actividad todavía unos meses más en la Coalizione y como presidente de la Croce Rossa ([9]).

Por su parte, la Fracción mantenida prosiguió su labor difícil de propaganda contra la histeria antifascista y de denuncia de la guerra imperialista. Tenía ahora a su lado al Núcleo francés de la Izquierda comunista que se constituyó en Fracción francesa de la Izquierda comunista (FFGC), organizando su primer congreso en diciembre de 1944. Ambas fracciones repartían octavillas y pegaban carteles llamando a la confraternización entre los proletarios en uniforme de los dos campos imperialistas. Sin embargo, en la conferencia de mayo de 1945, tras haberse enterado de la constitución en Italia del Partito comunista internazionalista con figuras de tanto prestigio como Onorato Damen y Amadeo Bordiga, la mayoría de la Fracción decide disolverla y que sus miembros entren individualmente en el PCInt. Era ésta una puesta en entredicho radical de todo el método de la Fracción desde que se formó en 1928. Marc, miembro de la CE de la Fracción, principal animador de la labor de ésta durante la guerra, se opone a esa decisión. No se trata de una acción formalista, sino política: Marc opina que la Fracción debe mantenerse hasta no estar segura de las posiciones del nuevo partido, mal conocidas, y comprobar si estaban en conformidad con las de la Fracción ([10]). Para no ser cómplice del suicidio de la Fracción, dimite de la CE y abandona la Conferencia tras haber hecho una declaración explicativa de su actitud. La Fracción, aunque teóricamente ya habría dejado de existir, excluye a Marc, sin embargo, por «indignidad política» y se niega a reconocer la FFGC de la que él era principal animador. Unos meses después, dos miembros de la FFGC que se habían entrevistado con Vercesi, quien se había pronunciado a favor de la constitución del PCInt, escisionan y forman una FFGC-bis con el apoyo de aquél. Para evitar confusiones, la FFGC adopta el nombre de Izquierda comunista de Francia (GCF), reivindicándose evidentemente de continuidad política con la Fracción. Por su parte, la FFGC-bis ve «reforzadas» sus filas con la entrada de miembros de la minoría excluida de la Fracción en 1936 y del principal animador de Union communiste, Chazé. Esto no impide que el PCInt y la Fracción belga la reconozcan como «único representante en Francia de la Izquierda comunista».

La «minúscula» GCF cesó en 1946 la publicación de su periódico de agitación, l’Etincelle (la Chispa), estimando que la perspectiva de una reanudación histórica de los combates de clase, tal como se había anunciado en 1943, no se había verificado. En cambio, sí publicó, entre 1945 y 1952, 46 números de su revista teórica Internationalisme, en donde se abordan todas las cuestiones que se planteaban al movimiento obrero en la inmediata posguerra y se precisan las bases programáticas en las que se iba a formar Internacionalismo en 1964, en Venezuela, Révolution internationale en 1968 en Francia y la Corriente comunista internacional en 1975.

En la segunda parte de este artículo, volveremos sobre la fundación del Partito comunista internazionalista, inspirador del BIPR y «creación de la clase obrera revolucionaria que alcanzó mayor éxito desde la revolución rusa» según él.

Fabienne

[1] Véase artículo sobre el XIIº Congreso de la CCI en este número.

[2] Carta publicada en la Revista internacional nº 8 con nuestra respuesta: «Las ambigüedades sobre los «partisanos» en la constitución del Partido comunista internacionalista en Italia».

[3] Véase artículo de la Revista internacional nº 8.

[4] Hemos tratado a menudo en nuestra prensa sobre lo que, según la concepción elaborada por la Izquierda italiana, distingue la forma partido de la forma fracción (ver en especial nuestro estudio «La relación Fracción-Partido en la tradición marxista» en la Revista internacional nº 59, 61, 64 y 65). Para mayor claridad de este tema, recordemos aquí los elementos siguientes. La minoría comunista existe en permanencia como expresión del devenir revolucionario del proletariado. Sin embargo, el impacto que pueda tener en las luchas inmediatas de la clase está estrechamente condicionado por el nivel de esas luchas y el de la conciencia de las masas obreras. Sólo en períodos de luchas abiertas y cada vez más conscientes del proletariado podrá esperar la minoría tener influencia en ellas. Sólo en esas circunstancias podrá hablarse de esa minoría como partido. En cambio, en períodos de retroceso histórico del proletariado, de triunfo de la contrarrevolución, es vano esperar que las posiciones revolucionarias tengan un impacto significativo y determinante en el conjunto de la clase. En esos períodos, la única labor posible, e indispensable, es la de fracción: preparar las condiciones políticas para la formación del futuro partido cuando la relación de fuerzas entre las clases vuelva a permitir que tengan influencia en el conjunto del proletariado.

[5] Un miembro de la minoría, Candiani, tomó incluso el mando de la columna poumista «Lenin» en el frente aragonés.

[6] La mayoría de la Fracción, contrariamente a una leyenda propagada por la minoría y otros grupos, no se limitó a mirar de lejos lo que ocurría en España. Sus representantes permanecieron en España hasta mayo de 1937, no desde luego para alistarse en el frente antifascista, sino para proseguir, en la clandestinidad y frente a los matones estalinistas que casi los asesinan, una labor de propaganda para intentar extraer a algunos militantes de la espiral de la guerra imperialista.

[7] Cabe señalar que los acontecimientos de España provocaron escisiones en otras organizaciones (Union communiste en Francia, Ligue des communistes en Bélgica, Revolutionary Workers’ League en Estados Unidos, Liga comunista en México) que tenían las mismas posiciones que la Fracción y uniéndose a sus filas o formando, como en Bélgica, una nueva fracción de la Izquierda comunista internacionalista. Fue entonces cuando el camarada Marc dejó la Union communiste y se unió a la Fracción con la que estaba en contacto desde hacía varios años.

[8] Durante ese período, la Fracción publicó múltiples números de su boletín de discusión lo que le permitió desarrollar toda una serie de análisis, en especial sobre la naturaleza de la URSS, sobre la degeneración de la Revolución rusa y la cuestión del Estado en el período de transición, sobre la teoría de la economía de guerra desarrollada por Vercesi y sobre las causas económicas de la guerra imperialista.

[9] En ese cargo, llegó incluso a agradecerle «a su excelencia el nuncio apostólico» por «su apoyo a esta obra de solidaridad y de humanidad», a la vez que se declaraba seguro de que «ningún italiano se cubrirá de vergüenza quedándose sordo a nuestro urgente llamamiento» (L’Italia de Domani nº 11, marzo de 1945).

[10] En este sentido, la razón por la cual Marc se opuso a la decisión de la Fracción, en mayo de 1945, no es la que da IC de que «la contrarrevolución que se había abatido sobre los obreros desde las derrotas de los años 20, y que por ello no había posibilidad de crear un partido revolucionario en los años 40», puesto que en ese momento, aún subrayando las dificultades crecientes que encontraba el proletariado a causa de la política sistemática de los Aliados para desviar hacia un terreno burgués su combatividad, Marc no había puesto explícitamente en tela de juicio la postura adoptada en 1943 sobre la posibilidad de formar el partido.