VIII - El golpe de Kapp La extrema derecha pasa a la ofensiva, la democracia impone la derrota a la clase obrera

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En la Revista Internacional nº 83 demostrábamos que en 1919 la clase obrera, tras el fracaso del levantamiento de enero, había sufrido graves derrotas a causa de la dispersión de sus luchas. La clase dominante en Alemania desencadenó la más violenta de las represiones contra los obreros.

La ola revolucionaria mundial cono-ció su apogeo en l919. Mientras la clase obrera en Rusia quedaba aislada frente al asalto organizado por los Estados democráticos, la burguesía alemana pasa a la ofensiva contra un proletariado muy afectado por sus recientes derrotas para así acabar con él.

La clase obrera soporta el coste de la derrota del imperialismo alemán

Tras el desastre de la guerra, con una economía hecha trizas, la clase dominante lo intenta todo por explotar la situación  haciendo caer todo el peso de su derrota en las espaldas de la clase obrera. En Alemania, entre 1913 y 1920, las producciones agrícola e industrial han caído más de un 50 %. Además, un tercio de la producción restante debe ser entregado a los países vencedores. En numerosos ramos de la economía, la producción sigue hundiéndose. Los precios aumentan a un ritmo de vértigo y el coste de la vida pasa del índice 100 en 1913 al 1100 en 1920. Después de las privaciones sufridas por la clase obrera durante la guerra, es el hambre de los «tiempos de paz». La subalimentación se extiende, el caos y la anarquía de la producción capitalista, la pauperización y las hambres reinan por doquier.

La burguesía usa el Tratado de Versalles para dividir a la clase obrera

Simultáneamente, las potencias victoriosas del Oeste hacen pagar el precio más alto a la vencida burguesía alemana. Existen sin embargo grandes divergencias de intereses entre las potencias victoriosas. Mientras que Estados Unidos ve interés en que Alemania sirva de contrapeso a Inglaterra, y por lo tanto, se opone a todo despedazamiento de Alemania, Francia, en cambio, desea que Alemania se debilite territorial, militar y económicamente durante el mayor tiempo posible, e incluso que se desmiembre. El Tratado de Versalles del 28 de junio de 1919 establece que los ejércitos alemanes se reduzcan por etapas a 400000 hombres el 10 de abril de 1920, y después a 200 000 hombres el 20 de julio de 1920. El nuevo ejército republicano, el Reichswehr, solo podrá integrar en sus filas a 4000 oficiales de los 24000 existentes. El Reichswehr considera esas decisiones como una amenaza de desaparición y se opone a ellas por todos los medios. Todos los partidos burgueses, del SPD al Centro pasando por la extrema derecha, se encuentran unidos por el interés del capital nacional para rechazar el Tratado de Versalles. Sólo la presión ejercida por las potencias vencedoras hace que se dobleguen. Sin embargo, la burguesía mundial saca provecho del Tratado de Versalles para aumentar las divisiones existentes entre los obreros de las potencias vencedoras y los de las vencidas.

Además, una fracción importante del ejército, sintiéndose amenazada por el Tratado, intenta inmediatamente organizar la resistencia contra su aplicación. Esa fracción aspira a un nuevo enfrentamiento con las potencias victoriosas. Para encarar esa perspectiva, la burguesía tiene que imponer muy rápidamente una nueva derrota decisiva a la clase obrera.

Por ahora, sin embargo, para los principales poseedores del capital alemán, queda totalmente excluida la llegada del ejército al poder. A la cabeza del Estado burgués, el Partido socialdemócrata alemán, SPD, está dando las mejores pruebas de sus grandes capacidades. Desde 1914 ha logrado amordazar al proletariado. Y, durante el invierno de 1918-19, ha organizado con la mayor eficacia el sabotaje y la represión de las luchas revolucionarias. El capital alemán no necesita pues a los ejércitos para mantener su poder. Dispone de la dictadura de la república de Weimar y en ella se apoya. Y es así como las tropas de la policía, a las órdenes del SPD, disparan contra una manifestación masiva reunida ante el Reichstag el 13 de enero de 1920. Cuarenta y dos muertos quedan en el suelo. Durante la oleada de huelgas en el Rhur a finales de febrero, el «gobierno democrático» amenaza a los revolucionarios con la pena de muerte.

Por eso, cuando en febrero de 1920, hay partes del ejército que llevan a la práctica sus aspiraciones golpistas, éstas sólo son apoyadas por pocas fracciones del capital. Los principales apoyos son las fracciones del Este agrario, interesadas como lo están por reconquistar las regiones orientales perdidas durante la guerra.

El golpe de Kapp: la extrema derecha pasa a la ofensiva...

La preparación de ese golpe es un secreto a voces en la burguesía. Pero en un primer tiempo, el gobierno SPD no hace nada contra los golpistas. El 13 de marzo de 1920, una brigada de la Armada, al mando del general Von Lüttwitz entra en Berlín, rodea la sede del gobierno de Ebert y proclama su destitución. Cuando Ebert reúne en torno suyo a los generales Von Seekt y Schleicher para replicar al golpe de la extrema derecha, el ejército vacila, pues, como lo declara entonces el Alto mando del estado mayor: «El Reichswher no puede admitir ninguna “guerra fratricida” de Reichswher contra Reichswher».

El gobierno huye entonces, primero a Dresden, luego a Stuttgart. Kapp declara dimitido de sus funciones al gobierno socialdemócrata, sin por ello llevar a cabo detención alguna. Antes de su huida a Stuttgart, el gobierno, apoyado por los sindicatos, consigue hacer un llamamiento a la huelga, mostrando así una vez más la perfidia que es capaz de usar contra la clase obrera:

«Luchad por todos los medios por el mantenimiento de la República. Abandonad vuestras diferencias. Sólo existe un medio contra la dictadura de Guillermo II:

parálisis total de toda la economía;

todos los brazos deben quedarse cruzados;

ningún proletario debe prestar su ayuda a la dictadura militar;

huelga general por doquier.

Proletarios, ¡uníos!. ¡Abajo la contrarrevolución!».

Los miembros socialdemócratas del gobierno: Ebert, Bauer, Noske.

El Comité director del SPD,
O. Wels.

Los sindicatos y el SPD intervienen así inmediatamente para proteger a la república burguesa, aun utilizando, para la ocasión, un lenguaje aparentemente favorable a los obreros ([1]).

Kapp proclama la disolución de la Asamblea nacional, anuncia elecciones y amenaza a todo obrero en huelga con la pena de muerte.

La respuesta armada de la clase obrera

La indignación entre los obreros es enorme. Se dan inmediata cuenta de que se trata de un ataque directo contra su clase. Brota por todas partes la réplica más violenta. No se trata naturalmente de defender el odiado gobierno de Scheidemann.

De la Wasserkante a Prusia oriental, pasando por la Alemania central, Berlín, Wade-Würtemberg, Baviera y el Ruhr, en todas las grandes ciudades se producen manifestaciones; en todos los centros industriales, los obreros se ponen en huelga e intentan asaltar los puestos de policía para armarse; en las fábricas se organizan asambleas generales para decidir el combate que llevar a cabo. En la mayoría de las grandes ciudades, las tropas golpistas empiezan a abrir fuego contra las obreros en sus manifestaciones. Caen decenas de obreros el 13 y 14 de marzo de 1920.

Se forman en los centros industriales comités de acción, consejos obreros y consejos ejecutivos. Las masas obreras ocupan las calles. Desde noviembre de 1918, nunca una movilización obrera había sido más importante. Por todas partes estalla la ira obrera contra los militares.

El 13 de marzo, día de la entrada de las tropas de Kapp en Berlín, la Central del KPD se queda a la expectativa. En una primera toma de posición, desaconseja la huelga general: «El proletariado no levantará un dedo por la República democrática. (...) La clase obrera, todavía ayer encadenada por los Eberts y Noske, y desarmada, (...) es en estos momentos incapaz de reaccionar. La clase obrera emprenderá la lucha contra la dictadura militar en las circunstancias y con los medios que le parecerán propicios. Esas circunstancias no está todavía reunidas».

Sin embargo, la Central se equivoca.

Los obreros mismos no quieren esperar; al contrario, en unos días son cada día más numerosos en unirse al movimiento.

Por todas partes surgen consignas: «Armas para los obreros», «Abajo los golpistas».

Mientras que en 1919, en toda Alemania, la clase obrera había luchado en la dispersión, el putsch provoca su movilización simultánea en numerosos lugares a la vez. Sin embargo, excepto en el Ruhr, casi ni hay contactos entre los diferentes focos de lucha.

En todo el país, la respuesta se hace espontáneamente pero sin la más mínima organización capaz de darle una centralización.

El Ruhr, la más importante concentración de clase obrera, es el blanco principal de los kappistas. Por eso es el centro de la réplica obrera. A partir de Münster, los kappistas intentan cercar a los obreros del Ruhr. Estos son los únicos en unir sus luchas a escala de diferentes urbes y dar una dirección centralizada a la huelga. Se forman por todas partes comités de acción.

Se forman unidades de obreros armados (unos 80 000). Fue la movilización militar de la historia del movimiento obrero más importante después de la de Rusia.

Aunque no se centralice esa resistencia en el plano militar, los obreros en armas logran frenar las tropas de Kapp. Los golpistas son derrotados una ciudad tras otra. La clase obrera no había logrado tales éxitos en 1919 en los diferentes levantamientos revolucionarios. El 20 de marzo de 1920, el ejército se ve obligado a retirarse por completo del Ruhr. El 17 de marzo, Kapp tiene que dimitir sin condiciones tras una intentona que ha durado apenas cien horas. La causa de su caída ha sido la poderosa réplica obrera.

Como durante los acontecimientos del año anterior, los principales focos de la resistencia obrera son Sajonia, Hamburgo, Francfort y Múnich ([2]). Pero la reacción más fuerte es la del Ruhr.

Mientras que en el conjunto de Alemania, el movimiento retrocede tras la dimisión de Kapp y el fracaso de la intentona, en el Ruhr, en cambio, la nueva situación no pone fin al movimiento. Muchos obreros piensan que es ésta una buena ocasión de desarrollar el combate de clase.

Los límites de la respuesta obrera

Aunque se ha desplegado con una rapidez inaudita un amplio frente en la réplica obrera contra los golpistas, es sin embargo evidente que la cuestión de derrocar a la burguesía no se plantea verdaderamente. Para la mayoría de los obreros no se trata sino de repeler una agresión armada.

Qué continuidad darle a ese éxito es algo que, en ese momento, permanece confuso. Excepto los obreros del Ruhr, los de las demás regiones pocas reivindicaciones formulan que puedan dar una mayor dimensión al movimiento de clase. Mientras la presión obrera iba contra el putsch los proletarios tenían una orientación homogénea. Pero una vez derrotadas las tropas golpistas, el movimiento se va parando al encontrarse sin objetivos claros. Repeler un ataque militar en una región no es una base suficiente para crear las condiciones de un derrocamiento del orden capitalista.

En diferentes lugares, hay, por parte de anarco-sindicalistas, intentos de instaurar medidas de socialización de la producción. Éstas plasman la idea de que la neutralización de los extremistas de derecha es suficiente para abrir las puertas al socialismo. Aquí y allá aparecen «comisiones» creadas por obreros que quieren por medio de ellas dirigir sus exigencias al Estado burgués. Todo eso es presentado como las primeras medidas en la vía del socialismo, como los primeros pasos hacia el doble poder.

En realidad, esas ideas no son sino expresiones de impaciencia que desvían la atención de los obreros de las tareas más urgentes por cumplir. Albergar ilusiones así con solo haberse asegurado una relación de fuerzas favorable a nivel local es un grave peligro para la clase obrera, pues la cuestión del poder sólo puede plantearse en un primer tiempo a escala de un país y, en realidad, sólo a escala internacional. Por eso, los signos de impaciencia típicos de la pequeña burguesía y las exigencias de «todo y ya» deben ser combatidos con firmeza.

Los obreros se han movilizado militarmente y de inmediato contra la intentona golpista. Sin embargo, el impulso y la fuerza de su movimiento no proceden de las fábricas. Y sin este impulso, es decir, sin la iniciativa de las masas que ejercen su presión en la calle y se expresa en las asambleas obreras, en la cuales se discute sobre la situación y se toman las decisiones colectivamente, el movimiento no puede ir hacia adelante. Este proceso implica la toma de control más amplia posible, la tendencia a la extensión y a la unificación del movimiento, pero también un desarrollo en profundidad de la conciencia que permita en particular desenmascarar a los enemigos del proletariado.

El armamento de los obreros y su decidida respuesta militar no bastan. La clase obrera debe poner en práctica lo que es su fuerza principal: el desarrollo de su conciencia y de su organización. Y en esta perspectiva, los consejos obreros ocupan el lugar central.

Los consejos obreros y los comités de acción que han vuelto a aparecer espontáneamente en este último movimiento están, sin embargo, todavía poco desarrollados para servir de polo de adhesión y de punta de lanza para el combate. Además, desde el principio, el SPD emprende toda una serie de maniobras con vistas al sabotaje de los consejos.

Mientras que el KPD concentra toda su intervención en la reelección en los consejos, procurando así reforzar la iniciativa obrera, el SPD consigue bloquear esos intentos.

El SPD y los sindicatos: punta de lanza de la derrota de la clase obrera

En el Ruhr muchos representantes del SPD están en los comités de acción y en el comité de huelga central. Igual que ocurrió entre 1918 y finales de 1919, ese partido sabotea el movimiento tanto desde dentro como desde fuera; una vez que los consejos obreros están debilitados de modo consecuente, podrá lanzar sobre ellos todos los medios de represión.

Tras la dimisión de Kapp el 17 de marzo, la retirada de las tropas fuera del Ruhr el 20 y el retorno «de exilio» del gobierno SPD de Ebert-Bauer, ese gobierno, junto con el ejército, se siente capaz de reorganizar las fuerzas de la burguesía.

Una vez más los sindicatos y el SPD se precipitan a salvar al capital. Apoyándose en la peor demagogia y en amenazas apenas veladas, Ebert y Scheidemann llaman a la reanudación inmediata del trabajo: «Kapp y Lüttwitz han sido neutralizados, pero la sedición de los Junkers sigue amenazando al Estado Popular alemán. Ellos son los responsables de la continuación del combate hasta que se sometan sin condiciones. Para llegar a este gran objetivo, hay que apretar aún más sólida y profundamente las filas del frente republicano. La huelga general, a más largo plazo, afecta no sólo a quienes se han hecho culpables de alta traición sino también a nuestro propio frente. Necesitamos carbón y pan para proseguir el combate contra las antiguas potencias, por eso hay que acabar con la huelga del pueblo aún estando en alerta permanente»

Al mismo tiempo, el SPD hace como si diera concesiones políticas para tocar el movimiento en su parte más combativa y más consciente. Promete «más democracia» en las fábricas, «una influencia determinante en la elaboración del nuevo reglamento de la constitución económica y social», la depuración en la administración de las fuerzas simpatizantes de los golpistas. Pero, sobre todo, los sindicatos lo hacen todo porque se firme un acuerdo. El acuerdo de Bielefeld hace promesas que permiten, en realidad, acabar con el movimiento para después organizar la represión.

Al mismo tiempo se vuelve a agitar la amenaza de una «intervención extranjera». Si se ampliaran las luchas obreras, ello favorecería un ataque de tropas extranjeras, sobre todo las de Estados Unidos, contra Alemania; asimismo quedarían interrumpidas las entregas de abastecimientos procedentes de Holanda para una población hambrienta.

Así, los sindicatos y el SPD preparan las condiciones y ponen en práctica una serie de medios de represión contra la clase obrera. Los ministros del SPD, que unos días antes, el 13 de marzo, llamaban todavía a los obreros a la huelga general contra los golpistas, cogen ahora las riendas de la represión. Mientras las negociaciones para un alto el fuego se están desarrollando y, aparentemente, el gobierno hace «concesiones» a la clase obrera, la movilización general del Reichswher está en marcha. Muchos obreros albergan la ilusión fatal de que la tropas gubernamentales enviadas por el «Estado democrático» de la República de Weimar contra los golpistas no van a emprender ninguna acción de combate contra los obreros. Y es así como el Comité de defensa de Berlín- Köpenick llama a las milicias obreras a cesar el combate. Nada más entrar en Berlín la tropas fieles al gobierno se forman consejos de guerra cuya ferocidad no tendrá nada que envidiar a la de los Cuerpos francos de un año antes. Cualquiera que esté en posesión de un arma será inmediatamente ejecutado. Se fusila y se somete a la tortura a miles de obreros, muchas mujeres son violadas. Se calcula que sólo en la región del Ruhr son asesinados 1000 obreros.

Lo que los esbirros de Kapp no han logrado hacer contra los obreros, lo van a conseguir los verdugos del Estado democrático.

Desde la Primera Guerra mundial todos los partidos burgueses
son igualmente reaccionarios y enemigos mortales de la clase obrera

Desde que el sistema capitalista entró en su período de decadencia, el proletariado ha tenido que volver a apropiarse constantemente del hecho de que no existe ninguna fracción de la clase dominante menos reaccionaria que las demás o en una disposición de menor hostilidad hacia la clase obrera. Al contrario, las fuerzas de izquierda del capital, como fue el ejemplo del SPD, han dado la prueba de que son todavía más hipócritas y peligrosas en sus ataques contra la clase obrera.

En el capitalismo decadente no existe ninguna fracción de la clase dominante que sea progresista, de una u otra manera, y a la que la clase obrera deba apoyar.

El proletariado pagó muy caras sus ilusiones sobre la Socialdemocracia. Con el aplastamiento de la respuesta obrera al putsch de Kapp, el SPD demostró una vez más su hipocresía y dio la prueba de que actuaba al servicio del Capital.

Primero se presentó como «representante más radical de los obreros». No sólo consiguió engañar a los obreros, sino incluso a sus partidos políticos. Aunque, en general, el KPD puso en guardia a la clase obrera contra el SPD, denunciando sin restricción el carácter burgués de su política, es también aquél victima, a nivel local, de las trapacerías de éste. Por ejemplo, en diferentes ciudades, el KPD firma llamamientos a la huelga general junto con el SPD. En Francfort, el SPD, el USPD y el KPD declaran conjuntamente: «Hay que entrar en lucha ahora, no para proteger la república burguesa sino para establecer el poder del proletariado. ¡Abandonad inmediatamente las fábricas y las oficinas!». En Wuppertal las direcciones de los distritos de los tres partidos publican este llamamiento:

«La lucha unitaria debe llevarse a cabo con estos objetivos:

1º La conquista del poder político por la dictadura del proletariado hasta la consolidación del socialismo basándose en el puro sistema de los consejos.

2º La socialización inmediata de las empresas económicas suficientemente maduras para ese fin.

Para alcanzar esos objetivos, los partidos firmantes (USPD, KPD, SPD) llaman a ponerse con determinación en huelga general el lunes 15 de marzo».

El que el KPD y el USPD no denuncien el verdadero papel del SPD sino que presten su concurso a la ilusión de hacer un frente único con ese partido traidor a la clase obrera y con las manos manchadas de sangre obrera, va a tener consecuencias asoladoras.

Una vez más, el SPD maneja todos los hilos y prepara la represión contra la clase obrera. Tras la derrota de los golpistas, Ebert, a la cabeza del gobierno, nombra un nuevo jefe para el Reichswher, Von Seekt, veterano militar con ya una sólida fama de verdugo de la clase obrera. De entrada, el ejército excita los odios contra la clase obrera: «Ahora que el golpismo de derechas, derrotado, debe dejar el escenario, resulta que el golpismo de izquierdas vuelve a levantar cabeza. (...) Nosotros alzamos las armas contra todas las variedades de intentonas golpistas». Y es así como los obreros que han luchado contra los golpistas son denunciados como los verdaderos golpistas. «No os dejéis engañar por las mentiras bolchevistas y espartaquistas. Manteneos unidos y fuertes. Haced frente contra el bolchevismo que lo quiere destruir todo» (en nombre del gobierno del Reich, Von Seekt y Schiffer).

Y el Reichswher va a ejecutar un auténtico baño de sangre bajo el mando del SPD. El ejército «democrático» avanza contra la clase obrera mientras los «kappistas» ya han podido huir sin el menor contratiempo.

Las debilidades de los revolucionarios son fatales a toda la clase obrera

Mientras que la clase obrera se opone con heroico valor a los ataques del ejército e intenta dar una orientación a sus luchas, los revolucionarios se quedan atrás con relación al movimiento. La ausencia de un partido comunista fuerte es una de las causas decisivas de este nuevo revés que sufre la revolución proletaria en Alemania.

Como lo demostramos en la Revista internacional nº 88, el KPD se encontró muy debilitado con la exclusión de la oposición en el Congreso de Heidelberg; en marzo de 1920, el KPD sólo cuenta con unos cientos de militantes en Berlín, al haber sido excluida la mayoría de sus miembros.

Además, pesa sobre el partido el traumatismo de su terrible debilidad durante la semana sangrienta de enero de 1919 cuando no consiguió denunciar unitariamente la trampa tendida por la burguesía a la clase obrera e impedir que ésta cayera en ella.

Por eso es por lo que el 13 de marzo de 1920, el KPD desarrolla un análisis falso sobre la relación de fuerzas entre las clases, pensando que es demasiado pronto para devolver los golpes. Es evidente que la clase obrera está enfrentada a una ofensiva de la burguesía sin posibilidad de escoger el momento del combate. Además su determinación en la respuesta es importante. Frente a esta situación, el partido tiene toda la razón en dar la siguiente orientación: «Reunión inmediata en todas las fábricas para elegir consejos obreros. Reunión inmediata de los consejos en asambleas generales que deben encargarse de la dirección de la lucha y tomar las siguientes medidas necesarias. Reunión inmediata de los consejos en un Congreso central de consejos. En el seno de los consejos obreros, los comunistas luchan por la dictadura del proletariado, por la República de consejos...» (15 de marzo de 1920).

Pero después de que el SPD coge en sus manos las riendas de los asuntos gubernamentales, la Central del KPD declara el 21 de marzo de 1920: «Para la conquista futura de las masas proletarias a la causa del comunismo, un estado de cosas en el cual la libertad política podría ser aprovechada sin límites y en el que la democracia burguesa no aparecería como la dictadura del capital, es de la mayor importancia para el movimiento hacia la dictadura del proletariado.

El KPD ve en la formación de un gobierno socialista que excluya a todo partido burgués capitalista, las condiciones favorables para la acción de las masas proletarias y para su proceso de maduración necesaria para el ejercicio de la dictadura del proletariado.

Adoptará hacia el gobierno una actitud de oposición leal mientras éste no atente contra las garantías que aseguran a la clase obrera su libertad de acción política y mientras luche contra la contrarrevolución burguesa por todos los medios a su disposición y no impida el reforzamiento social y organizativo de la clase obrera».

¿Qué esperará el KPD prometiendo su «oposición leal» al SPD?. ¿No es el mismo SPD el que, durante la guerra y al inicio de la oleada revolucionaria, lo hizo todo por engañar a la clase obrera, atarla al carro del Estado y que organizó la represión?

Al adoptar esa actitud, la Central del KPD se deja embaucar por las maniobras del SPD. Cuando la propia vanguardia de los revolucionarios se deja engañar de tal manera, no es de extrañar que las ilusiones respecto al SPD se refuercen en las masas. La política catastrófica del frente único «en la base» aplicada en marzo de 1920 por el KPD va a ser recogida inmediatamente por la Internacional comunista. Va a ser pues el KPD el que dé ese trágico primer paso.

Para los militantes excluidos del KPD en octubre de 1919, ese nuevo error de la Central va a ser el motivo que los anime a fundar el KAPD en Berlín algún tiempo después, a principios de abril de 1920.

Una vez más la clase obrera de Alemania había luchado heroicamente contra el capital. Y ello cuando ya la oleada de luchas estaba en reflujo en el plano internacional. Una vez más, sin embargo, tuvo que actuar sin la acción determinante del partido. Las vacilaciones y los errores políticos de los revolucionarios en Alemania pusieron claramente en evidencia el gran peso que tiene en la balanza la confusión de la organización política del proletariado.

El enfrentamiento provocado por la burguesía a partir del putsch de Kapp se concluyó desgraciadamente por una nueva y grave derrota del proletariado en Alemania. A pesar del impresionante valor y la determinación con los que se lanzaron al combate, los obreros volvieron a pagar, una vez más y al más alto precio, sus persistentes ilusiones respecto al SPD y la democracia burguesa. Disminuidos por la debilidad crónica de sus organizaciones revolucionarias, embaucados por la política y los discursos hipócritas de la Socialdemocracia, acabaron derrotados y entregados no a las balas de los golpistas de extrema derecha sino a las del tan «democrático» Reichswher a las órdenes del gobierno SPD.

Pero esa nueva derrota del proletariado en Alemania significó sobre todo el parón de la oleada revolucionaria mundial y el cada día mayor aislamiento de la Rusia de los soviets.

DV

[1] Hoy todavía saber si se trataba o no de una provocación con un objetivo preciso, con el acuerdo entre los ejércitos y el gobierno, no está esclarecido. Pero no debe excluirse en modo alguno la hipótesis según la cual la clase dominante tenía un plan para utilizar a los golpistas como factor de provocación según la maniobra universal siguiente: los extremistas de derecha arrastran a los obreros a la trampa que les han tendido para que después la dictadura democrática golpee con todas sus fuerzas.

[2] En la Alemania central, aparece por vez primera Max Hölz. Organiza grupos de combate de obreros armados, y entabla numerosos combates contra la policía y el ejército. En acciones contra almacenes, se apodera de mercancías que luego distribuye entre los desempleados. En un próximo artículo volveremos a hablar de él.