El marxismo contra la francmasonería

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Como consecuencia de la exclusión de uno de sus militantes ([1]), la CCI ha sido llevada a profundizar cuáles fueron las posiciones de los revolucionarios frente a la infiltración de la francmasonería en el movimiento obrero. En efecto, para justificar la creación de una red de iniciados” dentro de la organización, ese ex militante daba a entender que su pasión por las ideologías esotéricas y los “conocimientos secretos” permitía una mejor comprensión de la historia, “más allá” del marxismo. También afirmaba que grandes revolucionarios como Marx y Rosa Luxemburg conocían la ideología masónica, lo cual es verdad, pero dando a entender que ellos mismos serían quizás también francmasones. Frente a ese tipo de falsificaciones vergonzantes para desvirtuar el marxismo, es necesario recordar el combate sin piedad llevado a cabo desde hace más de un siglo por los revolucionarios contra la francmasonería y las sociedades secretas a las que consideraban como instrumentos al servicio de la clase burguesa.

Ese es el objeto de este artículo.

Contrariamente al indiferentismo político de los anarquistas, los marxistas siempre han insistido en que el proletariado, para cumplir su misión revolucionaria, tiene que comprender los aspectos esenciales del funcionamiento de su clase enemiga. Como clases explotadoras, esos enemigos del proletariado emplean necesariamente el secreto y la mentira, tanto en sus luchas internas como contra la clase obrera. Por eso Marx y Engels, en una serie de escritos, expusieron a la clase obrera las estructuras secretas y las actividades de las clases dominantes.

Así en sus Revelaciones sobre la historia de la diplomacia secreta del siglo XVIII, basadas en un estudio exhaustivo de manuscritos diplomáticos en el British Museum, Marx expuso la colaboración secreta de los gabinetes británico y ruso desde los tiempos de Pedro el Grande. En sus escritos contra Lord Palmerston, Marx reveló que la continuidad de esta alianza secreta se dirigía esencialmente contra los movimientos revolucionarios en Europa. De hecho, en los primeros dos tercios del siglo XIX, la diplomacia rusa, el bastión de la contrarrevolución en esa época, estaba implicada en “todas las conspiraciones y sublevaciones del momento”, incluyendo las sociedades secretas insurreccionales como los carbonarios, e intentaba manipularlas para sus propios fines ([2]).

En su folleto contra Herr Vogt, Marx descubrió cómo Bismark, Palmerston y el zar, apoyaban a los agentes del bonapartismo bajo Luis Napoleón en Francia, para que infiltraran y denigraran el movimiento obrero. Momentos destacados del combate del movimiento obrero contra esas maniobras ocultas fueron la lucha de los marxistas contra Bakunin en la Primera Internacional, y la de los de Eisenach contra la instrumentalización del lasallismo por Bismark en Alemania.

Al combatir a la burguesía y su fascinación por lo oculto y el misterio, Marx y Engels mostraron que el proletariado es enemigo de cualquier clase de política de secretos y mistificaciones. Contrariamente al conservador británico Urquhart, cuya lucha durante 50 años contra la política secreta rusa degeneró en una “doctrina secreta esotérica” de una “todopoderosa” diplomacia rusa como “el único factor activo de la historia moderna” (Engels), el trabajo de los fundadores del marxismo sobre esta cuestión, siempre se basó en un método científico, materialista histórico. Este método desenmascaró a la “orden jesuítica” oculta de la diplomacia rusa y occidental, y demostró que las sociedades secretas de las clases explotadoras, eran el producto del absolutismo y la ilustración del siglo XVIII, durante el cual la corona impuso una colaboración entre la nobleza en declive y la burguesía ascendente. Esta “Internacional aristocrático-burguesa de la ilustración”, como la llamaba Engels en los artículos sobre la política exterior zarista, también proporcionó las bases de la francmasonería, que surgió en Gran Bretaña, el país clásico del compromiso entre una aristocracia y la burguesía. Mientras que el aspecto burgués de la francmasonería atrajo a muchos revolucionarios burgueses en el siglo XVIII y a comienzos del XIX, especialmente en Francia y Estados Unidos, su carácter profundamente reaccionario pronto iba a convertirla en un arma sobre todo contra la clase obrera. Así fue sobre todo después del surgimiento del movimiento socialista de la clase obrera, incitando a la burguesía a abandonar el ateísmo materialista de los tiempos de su propia juventud revolucionaria. En la segunda mitad del siglo XIX, la francmasonería europea, que hasta entonces había sido sobre todo una diversión de la aristocracia aburrida que había perdido su función social, se convirtió cada vez más en un bastión de la nueva “religiosidad” antimaterialista de la burguesía, dirigida esencialmente contra el movimiento obrero. En el interior de este movimiento masónico, se desarrollaron toda una serie de ideologías contra el marxismo, que más tarde se convertirían en propiedad común de los movimientos contrarrevolucionarios del siglo XX. Según una de esas ideologías, el marxismo mismo era una creación de la facción “iluminada” de la francmasonería alemana, contra el que tenían que movilizarse los “verdaderos” francmasones. Bakunin, que era un activo francmasón, fue uno de los padres de otra de esas aseveraciones, según la cual, el marxismo era una “conspiración judía”: “Todo este mundo judío, que engloba a una simple secta explotadora, que es una especie de gente que chupa la sangre, una especie de colectivo parásito orgánico destructivo, que va más allá no sólo de las fronteras, sino de la opinión política, este mundo está ahora a disposición de Marx por una parte, y por otra, de Rothschild (...) Todo esto puede parecer extraño ¿Qué puede haber en común entre el socialismo y una banca dirigente? El asunto es que el socialismo autoritario, el comunismo marxista, pide una fuerte centralización del Estado. Y donde haya centralización del Estado, tiene que haber necesariamente un banco central, y donde exista tal banco, allí encontraréis a la nación judía parásita, especulando con el trabajo del pueblo” ([3]).

Contrariamente a la vigilancia de la Iª, IIª y IIIª Internacionales sobre estas cuestiones, una parte importante del medio revolucionario actual, se complace en ignorar este peligro y en mofarse de la supuesta visión “maquiavélica” de la historia de la CCI. Esta subestimación, junto a una obvia ignorancia de una parte importante de la historia del movimiento obrero, es resultado de 50 años de contrarrevolución, que interrumpió el traspaso de la experiencia organizativa marxista de una generación a la siguiente.

Esta debilidad es de lo más peligrosa, puesto que, en este siglo, el empleo de las sectas e ideologías místicas, ha alcanzado dimensiones que van más allá de la simple cuestión de la francmasonería que se planteaba en la fase ascendente del capitalismo. Así, la mayoría de las sociedades secretas anticomunistas que se crearon entre 1918-23 contra la revolución alemana, no se originaron todas en la francmasonería, sino que las construyó directamente el ejército, bajo el control de oficiales desmovilizados. Puesto que eran instrumentos del capitalismo de Estado contra la revolución comunista, se disolvieron cuando el proletariado fue derrotado. Igualmente, desde el final de la contrarrevolución a finales de la década de los 60 de nuestro siglo, la francmasonería clásica es sólo un aspecto de todo un aparato de sectas e ideologías religiosas, esotéricas y racistas, desarrolladas por el Estado contra el proletariado. Hoy, en el marco de la descomposición capitalista, esas sectas e ideologías antimarxistas, que declaran la guerra al materialismo y al concepto del progreso de la historia, y que tienen una influencia considerable en los países industriales, constituyen un arma adicional de la burguesía contra la clase obrera.

La Iª Internacional contra las sociedades secretas

Ya la Iª Internacional fue objeto de rabiosos ataques por parte del ocultismo. Los adeptos del misticismo católico, los carbonarios y el mazzinismo, eran enemigos declarados de la Internacional. En Nueva York, los adeptos del ocultismo de Virginia Woodhull intentaron introducir el feminismo, el “amor libre” y las “experiencias parapsicológicas” en las secciones americanas de la Iª Internacional. En Gran Bretaña y Francia, las logias masónicas del ala izquierda de la burguesía, apoya­das por agentes bonapartistas, orga­nizaron una serie de provocaciones, para intentar desprestigiar a la In­ter­nacional y permitir así la de­tención de sus miembros. Por ello el Consejo gene­ral se vio obligado a excluir a Pyatt y a sus partidarios, denunciándolos públicamente. Pero el principal peligro prove­nía de la Alianza de Bakunin, una organización secreta dentro de la Inter­nacional que, con miembros a diferentes niveles de “iniciación” en “el secreto”, y con sus técnicas de manipulación (el famoso Cate­cismo revolucionario de Bakunin), reproducía exactamente el ejemplo de la francmasonería.

Es de sobra conocido el enorme empeño que pusieron Marx y Engels para repeler esos ataques, desenmascarando a Pyatt y a sus acólitos bonapartistas, comba­tiendo a Mazzini y las tentativas de Woodhull, y, sobre todo, revelando el complot de la Alianza de Bakunin contra la Internacional (véase Revista interna­cional nos 84 y 85). La plena conciencia de la amenaza que representaba el ocultismo, se pone de manifiesto en la Resolución propuesta por Marx, y adoptada por el Consejo general, sobre la ne­cesidad de combatir las socie­dades secretas. En la Conferencia de Londres de la AIT (septiembre de 1871), Marx insistió en que “... este tipo de organización está en contradicción con el desa­rrollo del movimiento obre­ro, desde el momento en que estas sociedades en lugar de educar a los obreros, los someten a sus leyes autori­tarias y místicas que entorpecen su inde­­pendencia y llevan su toma de con­ciencia en una falsa dirección” (Marx-Engels, Obras).

La burguesía intentó igualmente desprestigiar al proletariado, a través de la propaganda de sus me­dios de comuni­cación, que alegaban que, tanto la Inter­nacional como la Comuna de París, habrían sido organizadas por una especie de dirección secreta de tipo masó­­nico. En una entrevista al perió­dico The New York World, el cual suge­ría que los obreros habrían sido meros instrumentos de un “cón­clave” de audaces conspiradores presentes en la Comu­na de París, Marx declaró: “Estimado señor. No hay ningún secreto que des­cubrir, (...) excepto que se trate del secreto de la estupidez humana de los que se empeñan en ignorar que nuestra Aso­ciación actúa públi­camente, y que publicamos exten­sos informes de nues­tra actividad para todos aquellos que quieran leerlos”. Según la lógica del World, la Comuna de París “podría también haber sido una conspiración de francmasones pues su participación no ha sido pequeña. No me sorpren­dería que el Papa quisiera atribuirles toda la responsabilidad de la insurrección. Pero examinemos otra expli­cación: la insurrección de París ha sido la obra de los obreros parisinos”.

El combate contra el misticismo en la IIª Internacional

Tras la derrota de la Comuna de París y la muerte de la Internacional, Marx y Engels lucharon con todas sus fuerzas para sustraer de la in­fluencia de la ma­so­nería a las orga­nizaciones obreras de Italia, Es­paña, o Estados Unidos (los “Ca­balleros del trabajo”). La IIª Inter­nacional fundada en 1889 fue, inicial­mente, menos vulnerable que la prece­dente a la influencia del ocultismo ya que había excluido a los anarquistas. La apertura que existía en el programa de la Iª In­ter­­nacional permitió a “ele­mentos desclasados infiltrarse y establecer en su seno una sociedad se­cre­ta cuyos esfuerzos se dirigían, no contra la burguesía y los go­biernos existentes, sino contra la propia Inter­nacional” (Informe sobre la Alianza al Congreso de La Haya, 1872).

Y ya que la IIª Internacional era menos permeable en este terreno, los ataques del esoterismo empe­zaron mediante una ofensiva ideo­lógica contra el marxismo. A finales del siglo XIX, las masonerías alemana y austríaca se jactaban de haber conseguido liberar las uni­versidades y los círculos científicos de “la plaga del materialismo”. Con el desarrollo, a comien­zos de este siglo, de las ilusiones refor­mistas y del oportunismo en el mo­vi­miento obrero, Bernstein se apoyó en estos científicos centro­europeos para afirmar que el marxismo “habría sido superado” por las teorías místicas e idea­lista del neokantismo. En el contexto de la derrota del movimiento obrero de Rusia en 1905, los bolche­viques fueron penetrados por tendencias místicas que hablaban de la “cons­trucción de Dios” aunque fueron rápi­damente superadas.

En el seno de la Internacional, la iz­quier­­da marxista desarrolló una defensa heroica y brillante del socia­lismo cien­tífico, sin conseguir, sin embargo, lograr detener el avance del idealismo. Al con­trario, la franc­masonería comenzó a ganar adep­tos en las filas de los partidos obre­ros. Jaurés, el famoso líder obrero francés, defendía abiertamente la ideología de la masonería contra lo que él llamaba “la interpretación econo­micista, pobre y estrecha­mente mate­rialista, del pen­samiento huma­no” del revolucionario marxis­ta Franz Mehring. Al mismo tiempo, el de­sarrollo del anarco­sindi­calismo como reacción al re­for­mismo, abría un nuevo campo para el desarrollo de ideas reac­cio­­narias, y a veces místicas, basadas en los escritos de filósofos como Berg­son, Nietzsche (que se califi­caba a sí mismo de “filósofo del esoterismo”) o Sorel. Todo ello, a su vez, terminó afec­tando a ele­mentos anarquizantes en el seno de la Internacional, como Hervé en Francia, o Mussolini en Italia que, al estallar la guerra, fueron a engro­sar las organizaciones de la extrema derecha de la burguesía.

Los marxistas intentaron, en vano, imponer una lucha contra la masonería en el partido francés, o prohibir a los miembros del partido en Alemania una «segunda lealtad» hacia ese tipo de organizaciones. Pero, en el período anterior a 1914, no fueron suficientemente fuertes para imponer medidas organizativas, como las que Marx y Engels habían hecho adoptar a la AIT.

La IIIª Internacional contra la francmasonería

Decidida a superar las debilidades orga­nizativas de la IIª Internacional que favorecieron su hundimiento en 1914, la Internacional comu­nista luchó por la eliminación total de los elementos esotéricos de sus filas. En 1922, frente a la infil­tración en el PC francés de ele­mentos pertenecientes a la franc­masonería y que estaban gangre­nando el Partido desde su fundación en Tours, el IVº Congreso de la Internacional, en su «Resolución sobre la cuestión fran­cesa», hubo de reafirmar los principios de clase en los siguientes términos:

«La incompatibilidad entre la franc­maso­nería y el socialismo era conside­rada como evidente para la mayoría de los partidos de la Segunda interna­cional (...) Si el IIº Congreso de la In­ter­nacional comunista no formuló, entre las condiciones de adhesión a la Inter­nacional, ningún punto especial sobre la incompatibilidad del comu­nismo con la francmasonería, fue porque este principio figura en una resolución separada, votada por unanimidad en el Congreso.

“El hecho de que se revelara ines­pera­damente en el IVº Congreso de la Internacional comunista, la pertenen­cia de un número consi­derable de comunistas franceses a logias masó­nicas, es, a criterio de la Internacional comunista, el tes­timonio más mani­fiesto y a la vez lamentable, de que nuestro Partido francés ha conservado, no sólo la herencia psicológica de la época del reformismo, del parlamen­tarismo y del patrioterismo, sino tam­bién vinculaciones muy concre­tas y muy comprometedoras, por tratarse de la cúspide del Partido, con las ins­tituciones secretas, polí­ticas y arri­bistas de la burguesía radical (...)

”La Internacional considera que es indispensable poner fin, de una vez por todas, a esas vinculaciones, com­prometedoras y desmoralizan­tes, de la cúspide del Partido comu­nista con las organizaciones polí­ticas de la burgue­sía. El honor del proletariado de Francia exige que el Partido depure todas sus organi­zaciones de clase, de elementos que pretenden pertenecer simultá­neamente a los dos campos en lucha.

“El Congreso encomienda al Comité central del Partido comunista francés la tarea de liquidar, antes del 1º de enero de 1923, todas las vinculaciones del Partido, en la persona de algunos de sus miembros y de sus grupos, con la francmaso­nería. Todo aquel que, antes del 1º de enero, no haya declarado abier­tamente a su organización y hecho público a través de la prensa del Partido, su ruptura total con la francmasonería, queda automáti­camente excluido del Partido comu­nista sin derecho a reafi­liarse en el futuro. El ocultamiento de su condi­ción de francmasón, será conside­rado como penetración en el Par­ti­do de un agente del enemigo, y arrojará sobre el individuo en cuestión una mancha de ignominia ante todo el proletariado.”

En nombre de la Internacional, Trotski denunció la existencia de vínculos entre “la francmasonería y las institucio­nes del Partido, el Comité de redacción, el Comité cen­tral” en Francia: “La Liga de los derechos humanos y la francmasonería son instru­mentos de la burguesía para dis­traer la con­ciencia de los represen­tantes del prole­tariado francés. Declaramos una guerra sin cuartel a tales métodos pues constituyen un arma secreta e insidiosa del ar­se­nal burgués. Debe liberarse al partido de esos elementos” (Trotski, La voz de la Internacional: el mo­vimiento comunista en Francia).

Del mismo modo, el delegado del Parti­do comunista alemán (KPD) en el IIIº Congreso del Partido co­munista italia­no en Roma, al refe­rirse a las tesis sobre la táctica comunista presentadas por Bordiga y Terracini, afirmó “... el carác­ter irreconciliable evidente de la perte­nencia al Partido comunista y a otro Partido, se aplica además de la práctica política, también a aquellos movimien­tos que, a pesar de su carácter político, no tienen ni el nombre ni la organiza­ción de un partido (...) Entre estos destaca especialmente la francmaso­ne­ría” (“Las tesis italianas”, Paul Butcher, en La Internacional, 1922).

El desarrollo vertiginoso de las sociedades secretas
en la decadencia del capitalismo

Con la entrada del capitalismo en su fase de decadencia desde la Iª Guerra mundial, se produce un desarrollo gigantesco del capitalismo de Estado, en particular del aparato militar y represivo (espionaje, policía secreta, etc.). ¿Esto quiere decir que la burguesía ya no necesita sus sociedades secretas “tradicionales”? En parte es cierto. Allí donde el Estado capitalista totalitario ha adoptado una forma brutal y descubierta, como en la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, o la Rusia de Stalin, las agrupaciones secretas, tanto las de tipo masónico u otras “logias”, como otras, siempre estuvieron prohibidas.

Sin embargo, ni siquiera esas formas bestialmente claras de capitalismo de Estado pueden prescindir totalmente de un aparato secreto o ilegal, que no aparezca oficialmente. El totalitarismo del capitalismo de Estado implica el control dictatorial de la burguesía, no sólo sobre el conjunto de la economía, sino sobre cada aspecto de la vida. Así por ejemplo en los regímenes estalinistas, la “mafia” es una parte indispensable del Estado, puesto que controla la única parte del aparato de distribución que funciona realmente, pero que oficialmente se supone que no existe: el mercado negro. En los países occidentales, la criminalidad organizada es una parte no menos importante del régimen capitalista de Estado.

Pero en las así llamadas formas “democráticas” del capitalismo de Estado, el aparato, oficial y extraoficial, de represión e infiltración, ha crecido de una manera gigantesca.

En estas dictatoriales supuestas democracias, el Estado impone su política a los miembros de su propia clase, y combate las organizaciones de sus rivales imperialistas y las de su clase enemiga, el proletariado, de forma no menos totalitaria que bajo el nazismo o el estalinismo. Su aparato de espionaje y de policía política es tan omnipresente como en cualquier otro Estado. Pero como la ideología de la democracia no permite actuar a ese aparato tan abiertamente como la Gestapo o la GPU en Rusia, la burguesía occidental vuelve a desarrollar sus viejas tradiciones de la francmasonería o de la “mafia política”, pero esta vez bajo control directo del Estado. Lo que la burguesía occidental no puede hacer legal y abiertamente, puede tratarlo ilegalmente y en secreto.

Así, cuando el ejército USA invadió la Italia de Mussolini en 1943, tenían de su parte no sólo a la mafia...: “Como consecuencia del avance hacia el norte de las divisiones acorazadas americanas, las logias francmasónicas surgieron a la superficie como caracoles tras la lluvia. Esto no era sólo resultado del hecho de que Mussolini las había prohibido y había perseguido a sus miembros. Las poderosas agrupaciones masónicas americanas tenían su parte de responsabilidad en esto, e inmediatamente alistaron a su bando a sus hermanos italianos” ([4]).

Ése es el origen de una de las más famosas entre las innumerables organizaciones paralelas del bloque occidental, la logia “Propaganda 2” en Italia. Esas estructuras extraoficiales coordinaban la lucha de las diferentes burguesías nacionales del blo­que americano contra la influencia del bloque soviético rival. Entre los miembros de esas logias se incluían dirigentes de la izquierda del Estado capitalista: estalinistas, partidos izquierdistas y sindicatos. Debido a una serie de escándalos y revelaciones (vinculados al estallido del bloque del Este después de 1989), sabemos bastante más sobre las obras de estos grupos contra el enemigo imperialista y en provecho del Estado. Pero la burguesía guarda mucho más celosamente el secreto de que, en la decadencia, sus viejas tradiciones de infiltración masónica del movimiento obrero, se han convertido en parte del repertorio del aparato de Estado totalitario democrático. Esto ha sido así cada vez que el proletariado ha amenazado seriamente a la burguesía: sobre todo durante la oleada revolucionaria de 1917-23, pero también desde 1968, con el resurgir de las luchas obreras.

Un aparato contrarrevolucionario paralelo

Como señaló Lenin, la revolución proletaria en Europa occidental al final de la Iª Guerra mundial se enfrentaba a una clase dirigente mucho más poderosa e inteligente que en Rusia. Como en Rusia, frente a la revolución, la burguesía jugó inmediatamente la baza democrática, poniendo a la “izquierda” (los antiguos partidos obreros que tras su degeneración habían pasado al campo burgués) en el poder, anunciando elecciones y planes para la “democracia industrial” y para “integrar” los consejos obreros en la constitución y el Estado.

Pero la burguesía occidental fue más lejos de lo que hizo el Estado ruso después de febrero de 1917. Empezó inmediatamente a construir un gigantesco aparato contrarrevolucionario paralelo a sus estructuras oficiales.

Con este fin hicieron uso de la experiencia política y organizativa de las logias masónicas y de las órdenes de la derecha popular que se habían especializado en combatir el movimiento obrero antes de la guerra mundial, completando su integración en el Estado. Algunas de esas organizaciones eran la “Orden germánica” y la “Liga Hammer”, fundadas en 1912 en respuesta a la amenaza de guerra y a la victoria electoral del Partido socialista, que declaraban en su periódico sus objetivos de “organizar la contrarrevolución”: “la sagra­da vendetta liquidará a los dirigentes re­volucionarios al comienzo mismo de la in­surrección, no dudando en golpear a las ma­sas criminales con sus propias armas” ([5]).

Victor Serge se refiere a los servicios de inteligencia de Action Française y de los Cahiers de l’Anti-France, que ya espiaban a los movimientos de vanguardia en Francia durante la guerra, los servicios de espionaje y provocación del partido fascista en Italia, y las agencias privadas de detectives en USA, que “proporcionaban a los capitalistas informadores discretos, expertos provocadores, tiradores, guardias, capataces, y también militantes sindicales totalmente corruptos”. Se supone que la compañía Pinkerton empleaba a 135.000 personas.

“En Alemania, desde el desarme oficial del país, las fuerzas esenciales de la reacción se han concentrado en organizaciones extremadamente secretas. La reacción ha comprendido que, incluso en los partidos apoyados por el Estado, la clandestinidad es un preciado valor. Naturalmente, todas estas organizaciones toman a su cargo todas las funciones de virtuales fuerzas de policía oculta contra el proletariado” ([6]).

Para preservar el mito de la democracia, las organizaciones contrarrevolucionarias en Alemania y otros países, no formaban oficialmente parte del Estado, se financiaban privadamente, a menudo se declaraban ilegales, y se presentaban como enemigos de la democracia. Con sus asesinatos con­tra dirigentes burgueses “democráticos” como Rathenau y Ezberger, y sus golpes de extrema derecha (golpe de Kapp 1920, golpe de Hitler 1923), desempeñaron un papel vital, precipitando al proletariado hacia el terreno de la defensa de la “democracia” contrarrevolucionaria de Weimar.

La trama contra la revolución proletaria

En Alemania, centro principal de la oleada revolucionaria de 1917-23 además de Rusia, es donde mejor se puede valorar la vasta escala de las operaciones contrarrevolucionarias cuando la burguesía siente amenazada su dominación de clase. Se puso en marcha una gigantesca trama en defensa del Estado burgués. Esta trama empleaba la provocación, la infiltración y el asesinato político para complementar la política contrarrevolucionaria del SPD y los sindicatos, así como la del Reichwerhr (el ejército) y los cuerpos francos extraoficiales del “ejército blanco”, que se financiaban privadamente.

Más famoso aún por supuesto es el NSDAP (Partido nazi), que se fundó en Munich en 1919 como “Partido obrero ale­mán”. Hitler, Göring, Röhm y otros dirigentes nazis, empezaron sus carreras políticas como informadores y agentes contra los consejos obreros de Baviera.

Estos centros ilegales de coordinación de la contrarrevolución, en realidad eran parte del Estado. Dondequiera que se sometía a juicio a sus especialistas en asesinatos, como los asesinos de Liebknecht, Luxemburg y cientos de otros dirigentes comunistas, no se les encontraba culpables, se les aplicaban sentencias simbólicas o se les dejaba escapar. Dondequiera que la policía descubría sus depósitos secretos de armas, el ejército intervenía para reclamar ese armamento que supuestamente le había sido robado.

La organización Escherich (“Or­gesch”), la mayor y más peligrosa organización ilegal antiproletaria después del llamado putsch de Kapp, que proclamaba su objetivo de “liquidar el bolchevismo”, “tenía cerca de un millón de miembros armados, que poseían incontables depósitos secretos de armamento, y trabajaban con métodos de los servicios secretos. Con este objeto la Orgesch mantenía una agencia de espionaje” ([7]).

El “Teno”, que supuestamente era un servicio técnico para casos de catástrofes públicas, en realidad era una tropa armada de 170.000 miembros que se empleaban principalmente como rompehuelgas.

La Liga antibolchevique, fundada el primero de diciembre de 1918 por industriales, dirigía su propaganda fundamentalmente hacia los obreros. “Seguía muy atentamente el desarrollo del KPD (Partido comunista de Alemania), e intentaba infiltrarlo con sus informadores. Sobre todo con este fin montó un servicio de inteligencia y espionaje camuflado tras el nombre de Cuarto departamento. Mantenía lazos con la policía política y con unidades del ejército” ([8]).

En Munich, la sociedad oculta de Thule, vinculada a la ya mencionada Orden germánica de antes de la guerra, organizó el ejército blanco de la burguesía bávara, el “Freikorps Oberland” y coordinó la lucha contra la república de consejos de 1919, incluyendo el asesinato de Eisner, líder del USPD, destinado a provocar una insurrección prematura. “Su segundo departamento era su servicio de inteligencia, que organizaba una extensa actividad de infiltración, espionaje y sabotaje. Según Sebottendorf, cada miembro de la Liga de combate, pronto contaba con un carnet del Grupo Spartakus con nombre falso. Los espías de la liga de combate también se sentaban en el gobierno de consejos y en el ejército rojo, e informaban cada noche al centro de la sociedad de Thule sobre los planes del enemigo” ([9]).

El arma principal de la burguesía contra la revolución proletaria no es la represión contra la subversión, sino la presencia de la ideología y la influencia organizativa de los órganos de “izquierda” de la burguesía en las filas del proletariado. Este fue fundamentalmente el trabajo de la socialdemocracia y los sindicatos. Pero la ayuda que la infiltración y la provocación puede prestar a los esfuerzos de la izquierda del capital contra los obreros es muy importante, como pone de manifiesto el ejemplo del “nacional bolchevismo” durante la revolución en Alemania. Bajo la influencia del seudo anticapitalismo, el nacionalismo extremo, el antisemitismo y el antiliberalismo propios de las organizaciones paralelas de la burguesía, con las que mantenían reuniones secretas, la así llamada “iz­quierda” de Hamburgo, en torno a Laufenberg y Wollfheim, desarrolló una versión contrarrevolucionaria del “comunismo de izquierdas”, que contribuyó decisivamente a escindir el joven KPD en 1919 y a desprestigiarlo en 1920.

El partido empezó a descubrir el trabajo de infiltración burguesa en la sección de Hamburgo del KPD ya en 1919, desenmascarando a cerca de 20 agentes de policía conectados directamente al GKSD –un regimiento contrarrevolucionario de Ber­lín. “A partir de entonces, se intentó varias veces que los obreros de Hamburgo se lanzaran a asaltos armados contra las prisiones y otras acciones aventureras” ([10]).

El organizador de este socavamiento de los comunistas en Hamburgo, Von Killinger, era un dirigente de la “Organización Cónsul”, una organización secreta terrorista y asesina destinada a infiltrar y unir la lucha de todas las facciones de derecha contra el comunismo.

La defensa de la organización revolucionaria

Al principio de este artículo ya hemos visto cómo la Internacional comunista sacó las lecciones de la incapacidad de la IIª Internacional a nivel organizativo para llevar a cabo una lucha mucho más rigurosa contra la francmasonería y las sociedades secretas.

Como ya hemos visto, el IIº Congreso mundial adoptó una moción del partido ­italiano contra los francmasones que, aunque oficialmente no formaba parte de las “21 condiciones” para ser miembro de la Internacional, extraoficialmente se conocía como la “condición 22”. De hecho, las famosas 21 condiciones de agosto de 1920 obligaban a todas las secciones de la Internacional a organizar estructuras clandestinas para proteger a la organización contra la infiltración, a investigar las actividades del aparato ilegal contrarrevolucionario de la burguesía, y a sostener el trabajo centralizado internacionalmente contra las acciones políticas y represivas del capital.

El tercer Congreso mundial, en junio de 1921, adoptó principios destinados a proteger mejor a la Internacional de los espías y agentes provocadores, y a observar sistemáticamente las actividades del aparato paramilitar y de policía antiproletario, oficial y secreto, los francmasones, etc. Se creó un comité internacional –OMS– para coordinar estas actividades.

El KPD por ejemplo publicaba regularmente listas de agentes provocadores y espías de la policía excluidos de sus filas, junto con sus fotos y una descripción de sus métodos. “De agosto de 1921 a agosto de 1922, el departamento de Información descubrió 124 informadores, agentes provocadores y timadores. La policía o las organizaciones de derecha los enviaban al KPD con la esperanza de que lo explotaran financieramente en su propio beneficio”.

El KPD publicó folletos sobre esta cuestión, y también descubrió quiénes habían asesinado a Liebknecht y Luxemburg, publicó sus fotos y pidió ayuda de la población para encontrarlos. Se estableció una organización especial para defender al partido contra las sociedades secretas y las organizaciones paramilitares de la burguesía. Este trabajo incluyó acciones espectaculares. Así en 1921, miembros del KPD disfrazados de policías, registraron la sede y confiscaron documentos de la sucursal del Ejército blanco ruso en Berlín. También se llevaron a cabo acciones contra las sedes de la criminal “Organización Consul”.

Pero sobre todo el Comintern suministraba regularmente a todas las organizaciones obreras avisos e informaciones sobre las tentativas de la trama oculta de la burguesía por destruirlas.

Después de 1968 resurge la manipulación oculta contra el proletariado

Tras la derrota de la revolución comunista después de 1923, la trama secreta antiproletaria de la burguesía, o se disolvió, o se atribuyó otras tareas que el Estado le encargaba. En Alemania, por ejemplo, muchos de esos elementos se integraron más tarde en el movimiento nazi.

Pero cuando las luchas obreras masivas en 1968 en Francia pusieron fin a la contrarrevolución y abrieron un período de ascenso de la lucha de clases, la burguesía empezó a resucitar su aparato antiproletario oculto. En Mayo del 68 en Francia, “el “Gran Oriente” masónico, saludaba con entusiasmo el magnífico movimiento de los estudiantes y los obreros y enviaba alimentos y medicinas a la Sorbona ocupada” ([11]).

Ese “saludo” no era más que un brindis hipócrita. En Francia, después de 1968, la burguesía ha puesto en marcha a sus sectas “neotemplarias”, “rosacruces” y “martinistas” para infiltrar a los izquierdistas y a otros grupos, en colaboración con las estructuras del SAC (Servicio de acción cívica, creado por agentes de De Gaulle). Por ejemplo, Luc Jouret, el gurú del “Templo solar”, empezó su carrera de agente de oficinas paralelas semilegales infiltrando a grupos maoístas ([12]), antes de encontrarse en 1978 de médico entre los paracaidistas belgas y franceses que saltaron sobre Kolwesi en Zaire.

De hecho, los años siguientes han presenciado la aparición de organizaciones del tipo de las que se usaron contra la revolución proletaria en los años 20. En la extrema derecha, el “Front européen de libération” ha revivido la tradición “nacionalbolchevique”. En Alemania, el “Sozialrevolutionäre Arbeiterfront” (Frente social revolucionario obrero), siguiendo su consigna: “la frontera no está entre derecha e izquierda, sino entre arriba y abajo”, se ha especializado en infiltrar diferentes movimientos “de izquierda”. La sociedad de Thule también se ha refundado como una sociedad secreta contrarrevolucionaria ([13]).

La “World anticommunist League” (Liga anticomunista mundial), la “National Caucus of Labour” (la Junta nacional del trabajo) y el “European Labour Party” (Partido laborista europeo), son servicios privados actuales de información política de la derecha moderna. Del dirigente de la última de estas organizaciones, Larouche, ha dicho un miembro del Consejo de seguridad nacional de Estados Unidos que “posee una de las mejores organizaciones privadas de inteligencia del mundo” ([14]). En Europa, algunas sectas de los rosa cruz son de obediencia norteamericana, otras de obediencia europea como la Asociación sinárquica del Imperio dirigida por la familia de los Habsburgo que reinó en Europa en el imperio austro-húngaro.

Las versiones “de izquierda” de esas organizaciones contrarrevolucionarias no son menos activas. En Francia por ejemplo se han establecido nuevas sectas en la tradición “martinista”, una variante de la francmasonería especializada históricamente en las misiones secretas de agentes de influencia que completaban la labor de los servicios secretos oficiales o en la infiltración y destrucción de las organizaciones obreras. Esos grupos propagan que el comunismo o no lo explica todo y debe ser enriquecido ([15]), o que sólo puede conseguirse por las manipulaciones de una minoría ilustrada. Como otras sectas, esos grupos están especializados en el arte de la manipulación de las personas, no solo de su comportamiento individual, sino sobre todo de su acción política.

De manera general, el desarrollo de sectas ocultas y grupos esotéricos los pasados años, no es sólo una expresión de la desesperación y la histeria de la pequeña burguesía frente a la situación histórica, sino que está animado y organizado por el Estado. Se sabe el papel que juegan esas sectas en las rivalidades imperialistas (por ejemplo, el empleo que hace la burguesía USA de la cienciología contra Alemania). Pero todo este movimiento “esotérico” también es parte del ataque furibundo ideológico de la burguesía contra el marxismo, particularmente después de 1989 con la pretendida “muerte del comunismo”. Históricamente, la burguesía europea empezó a identificarse con la ideología mística de la francmasonería frente al auge del movimiento socialista sobre todo a ­partir de las revoluciones de 1848. Hoy, el odio desenfrenado del esoterismo contra el materialismo y el marxismo, así como contra las masas proletarias, consideradas “materialistas” y “estúpidas”, no es más que el odio concentrado de la burguesía y parte de la pequeña burguesía contra un proletariado que no está derrotado. Incapaz por sí misma de ofrecer ninguna alternativa histórica, la burguesía opone al marxismo la mentira de que el estalinismo era ­comunista, pero también la visión mística de que el mundo sólo puede “salvarse” si se sustituye la conciencia y la racionalidad por el ritual, la intuición y la superchería.

Hoy, frente al desarrollo del misti­cismo y la proliferación de sectas ocultas en la sociedad capitalista en descomposición, los revolucio­narios deben sacar las lecciones de la experiencia del movimiento obrero contra lo que Lenin llamaba “el misticismo, esa cloaca para modas contra­rrevolucionarias”. Deben reapropiarse esta lucha implacable de los marxistas contra la ideología de la masonería. Deben denunciar esta ideología reaccionaria.

Como la religión, calificada por Marx el siglo pasado de “opio del pueblo”, los temas ideológicos de la francmasone­ría moderna son un veneno inoculado por el Estado bur­gués, para destruir la conciencia de clase del proletariado.

El combate, que el movimiento obre­ro del pasado hubo de de­sarrollar perma­nentemente contra el ocultismo, es es­ca­samente cono­cido en nuestros días. En realidad, la ideología y los métodos de infil­tración de la francmasonería, han sido siempre una de las puntas de lanza de las tentativas de la bur­guesía para destruir, desde dentro, las organi­zaciones comunistas. Si la CCI, como muchas otras orga­nizaciones comunis­tas del pasado, ha sufrido la penetración en su seno de este tipo de ideología, es su deber y su responsabilidad el comu­nicar al conjunto del medio político proletario las lecciones del comba­te que ha llevado a cabo en defensa del marxismo, contribuir a la reapropiación de la vigilancia del movimiento obrero del pasado frente a la política de infiltración y de manipulación del aparato oculto de la burguesía.

Kr

[1] 1) Ver nuestra advertencia publicada a ese respecto en toda la prensa territorial de la CCI.

[2] 2) Engels, la Política exterior de la Rusia zarista.

[3] 3) Bakunin, citado por R. Huch en Bakunin und die Anarquie (Bakunin y la anarquía).

[4] 4) Terror, Drahzieher und Attentäter (Terror, manipuladores y asesinos), de Kowaljow-Mayschew. La versión alemana (del Este) del libro soviético fue publicada por los editores militares de la RDA.

[5] 5) Die Thule-Gesellschaft (Historia de la Logia de Thule), Rose.

[6] 6) Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, V. Serge.

[7] 7) Der Nachrichdienst der KPD (los servicios de información del KPD), publicado en 1993 por antiguos historiadores de la policía secreta de Alemania del Este, la STASI.

[8] 8) Ídem.

[9] 9) Die Thule-Gesellschaft.

[10] Der Nachrichdienst der KPD.

[11] Frankfurter Allgemeine Zeitung, suplemento, 18 de mayo de 1996.

[12] 12) La Orden del Templo solar.

[13] Drahtzieher im braunem Netz (los que manejan los hilos de la red parda), Konkret.

[14] Citado en Geschäfte und Verbrechen der Politmafia (los negocios y los crímenes de la mafia política), Roth-Ender.

[15] La única finalidad de esas ideas es la de desprestigiar el comunismo y el marxismo, debilitar la conciencia de clase y enturbiar un arma esencial del proletariado, su claridad teórica.

 

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