¿Quién podrá cambiar el mundo? II - El proletariado sigue siendo la clase revolucionaria

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En la primera parte de este artículo despejábamos las razones por las cuales el proletariado es la clase revolucionaria en la sociedad capitalista. Vimos por qué es la única fuerza capaz, al instaurar una nueva sociedad liberada de la explotación y capaz de satisfacer plenamente las necesidades humanas, de resolver las contradicciones insolubles que están socavando el mundo actual. Esta capacidad del proletariado, ya puesta en evidencia desde el siglo pasado, especialmente por la teoría marxista, no es el simple resultado del grado de miseria y opresión que sufre cotidianamente. Tampoco se basa, ni mucho menos, en no se sabe qué «inspiración divina» que convertiría al proletariado en el «Mesías de los tiempos modernos», como así pretenden que sería el «mensaje marxista» algunos ideólogos burgueses. Esa capacidad se basa en condiciones muy concretas y materiales: el lugar específico que ocupa la clase obrera en las relaciones de producción capitalistas, su estatuto de productor colectivo de lo esencial de la riqueza social y de clase explotada por esas mismas relaciones de producción. Ese lugar ocupado en el capitalismo no permite a la clase obrera, contrariamente a otras clases y capas explotadas que subsisten en la sociedad (como el pequeño campesinado por ejemplo), aspirar a una vuelta atrás. La obliga a mirar hacia el porvenir, hacia la abolición del salariado y la edificación de la sociedad comunista.

Todos esos elementos no son nuevos. Forman parte del patrimonio clásico del marxismo. Sin embargo, uno de los medios más pérfidos con los que la ideología burguesa intenta desviar al proletariado de su proyecto comunista, es la de convencerlo que estaría en vías de extinción, cuando no que ya ha desparecido. La perspectiva revolucionaria a lo mejor tenía sentido cuando los obreros industriales eran la inmensa mayoría de los asalariados, pero con la reducción actual de esa categoría, tal perspectiva ha caducado. Hay que reconocer que semejantes discursos no sólo hacen mella en los obreros menos conscientes, sino también en algunos grupos que se reivindican del comunismo. Razón de más para luchar con firmeza contra tales cuentos.

La pretendida desaparición de la clase obrera

Las «teorías» burguesas sobre la «desaparición del proletariado» ya vienen de lejos. Durante algunas décadas, se basaban en que el nivel de vida de los obreros conocía ciertas mejoras. La posibilidad para éstos de adquirir bienes de consumo antes reservados a la burguesía grande o pequeña significaría la desaparición de la condición obrera. Ya en aquellos años, esas «teorías» eran puro humo: cuando el automóvil, el televisor o la nevera, gracias al incremento de la productividad del trabajo humano, se volvieron mercancías relativamente baratas, cuando además, se hicieron indispensables debido a la evolución del contexto vital de los obreros([1]), el hecho de poseer esos artículos no significa en absoluto librarse de la condición obrera, ni siquiera estar menos explotado. En realidad, el grado de explotación de la clase obrera nunca ha estado determinado por la cantidad o la naturaleza de los bienes de consumo de que puede disponer en un momento dado. Ya desde hace tiempo, Marx y el marxismo han aportado una respuesta a esa cuestión: a grandes rasgos el poder de consumo de los asalariados corresponde al precio de su fuerza de trabajo, es decir a la cantidad de bienes necesarios para la reconstitución de dicha fuerza de trabajo. Lo que busca el capitalista cuando paga un salario al obrero es procurar que éste siga participando en el proceso productivo en las mejores condiciones de rentabilidad para el capital. Esto supone que el trabajador logre no sólo alimentarse, vestirse y alojarse, sino también descansar y adquirir la calificación necesaria para hacer funcionar unos medios de producción en evolución constante.

La instauración de las vacaciones pagadas y su incremento en días que se ha ido produciendo a lo largo de este siglo en los países desarrollados no se deben ni mucho menos a no se sabe qué «filantropía» de la burguesía. Se han hecho necesarias por el impresionante aumento de la productividad del trabajo y, por lo tanto, de los ritmos de dicho trabajo y de la vida urbana en su conjunto, característico de nuestros tiempos. De igual modo, lo que gustan presentarnos como otra manifestación de lo bondadosa que es la clase dominante, la desaparición (relativa) del trabajo de los niños y la escolaridad alargada, se deben esencialmente, y eso antes de haberse convertido en un tapadera del desempleo, a la necesidad para el capital de disponer de una mano de obra adaptada a las exigencias de una producción de tecnología cada vez más compleja. Además, en el «aumento» del salario del que tanto alardea la burguesía, especialmente desde la Segunda guerra mundial, ha de tenerse en cuenta que los obreros deben mantener a sus hijos durante bastantes más años que antes. Cuando los niños iban a trabajar a los doce años o menos, aportaban durante unos cuantos años un sueldo de apoyo en la familia obrera antes de fundar un nuevo hogar. Con una escolaridad hasta los 18 años, ese apoyo ha desaparecido prácticamente. Dicho en otras palabras, los «aumentos» salariales también han sido, y en gran parte, uno de los medios mediante los cuales el capitalismo prepara el relevo de la fuerza de trabajo para las nuevas condiciones de la tecnología.

Durante cierto tiempo el capitalismo de los países desarrollados ha podido dar la ilusión de haber reducido los niveles de explotación de sus asalariados. En los hechos, la tasa de explotación, o sea la relación entre la plusvalía producida por el obrero y el salario que recibe([2]), se ha incrementado continuamente. Eso es lo que Marx llamaba pauperización «relativa» de la clase obrera como tendencia permanente en el capitalismo. Durante los años que la burguesía de algunos países europeos ha bautizado «los treinta gloriosos» (los años de relativa prosperidad del capitalismo correspondientes a la reconstrucción de la segunda posguerra), la explotación del obrero se ha incrementado continuamente, por mucho que eso no se haya plasmado en una baja del nivel de vida. Pero ya no se trata hoy de una pauperización simplemente relativa. Se acabaron las «mejoras» de sueldo para los obreros en los tiempos que corren y la pauperización absoluta, cuya desaparición definitiva habían anunciado todos los tenores de la economía burguesa, ha hecho una brusca reaparición en los países más «ricos». Ahora que la política de todos los sectores nacionales de la burguesía ante la crisis es la de asestar golpes y más golpes al nivel de vida de los proletarios, con el desempleo, la reducción drástica de las prestaciones «sociales» e incluso las bajas del salario nominal, todas aquellos estúpidos análisis sociológicos sobre la «sociedad de consumo» y «el emburguesamiento» de la clase obrera se han derrumbado por sí mismos. Por eso, ahora, el discurso sobre la «extinción del proletariado» ha cambiado de argumentos y, cada vez más, se apoya sobre todo en las modificaciones que han ido afectando a las diferentes partes de la clase obrera y, especialmente, la reducción de los efectivos industriales, de la proporción de obreros «manuales» en la masa total de los trabajadores asalariados.

Semejantes discursos se basan en una grosera falsificación del marxismo. El marxismo nunca ha limitado el proletariado al proletariado industrial o «manual». Es cierto que en tiempos de Marx la mayoría de la clase obrera estaba formada por obreros llamados «manuales». Pero en todas las épocas ha habido en el proletariado sectores que exigían una tecnología sofisticada o conocimientos intelectuales importantes. Algunos oficios tradicionales, como los practicados por algunos gremios, exigían un largo aprendizaje. De igual modo, oficios como el de los correctores de imprenta, exigían una preparación importante que los asimilaban a los «trabajadores intelectuales». Y esto no impidió, ni mucho menos, que estos trabajadores se encontraran muy a menudo en la vanguardia de las luchas obreras. De hecho, esa oposición entre «cuellos azules» y «cuellos blancos» o «mono azul» y «bata blanca» es uno de esos cortes que tanto gustan a los sociólogos y a los burgueses que los emplean y que sirven para dividir a los obreros. Esa oposición no es nueva ni mucho menos, al haber comprendido la clase dominante el partido que podía sacar de hacer creer a muchos empleados que no pertenecerían a la clase obrera. En realidad, la pertenencia o no a la clase obrera no depende de criterios sociológicos, y menos todavía ideológicos, o sea, de la idea que de su condición se hace tal o cual proletario e incluso toda una categoría de proletarios. Son fundamentalmente criterios económicos los que determinan tal pertenencia.

Los criterios de pertenencia a la clase obrera

Fundamentalmente, el proletariado es la clase explotada específica de las relaciones de producción capitalista. Se deducen de ello, como ya vimos en la primera parte de este artículo, los criterios siguientes: «A grandes rasgos... el estar privado de medios de producción y estar obligado, para vivir, a vender su fuerza de trabajo a quienes los poseen y aprovechan ese intercambio para apropiarse de una plusvalía, determina la pertenencia a la clase obrera». Sin embargo, frente a todas las falsificaciones que, de manera interesada, se han infiltrado en esa cuestión, hay que precisar esos criterios.

Cabe decir, en primer lugar, que si bien es necesario ser asalariado para pertenecer a la clase obrera, no es, sin embargo, suficiente. De lo contrario los policías, los curas, algunos directores generales de grandes empresas (especialmente de las públicas) y hasta los ministros serían gente explotada y, potencialmente, compañeros de lucha de aquellos a quienes reprimen, embrutecen y hacen trabajar y que cobran sueldos diez o cien veces más bajos([3]). Por eso es indispensable señalar que una de las características del proletariado es la de producir plusvalía. Y esto significa dos cosas:

  • el sueldo de un proletario no supera cierto nivel([4]) por encima del cual tal sueldo no podría sino proceder de la plusvalía extraída a otros trabajadores;
  • un proletario es un productor real de plusvalía y no un agente asalariado del capital cuya función es hacer reinar el orden capitalista entre los productores.

Entre el personal de una empresa, por ejemplo, ciertos ejecutivos técnicos (e incluso ingenieros de proyectos) cuyo salario no supera demasiado el de un obrero cualificado, pertenecen a la misma clase que éste, mientras que aquellos cuyo sueldo se acerca más bien al del patrono, aunque no tengan una función de encuadramiento de la mano de obra, no forman parte de la clase obrera. De igual modo, en tal o cual empresa, este o aquel «jefezuelo» o «agente de seguridad» cuyo sueldo es a lo mejor más bajo que el de un técnico e incluso de un obrero cualificado pero cuya función es la de un «capo» de presidio industrial, no podrá considerarse como perteneciente al proletariado.

Por otro lado, formar parte de la clase obrera no implica necesariamente participar directa e inmediatamente en la producción de plusvalía. El personal docente que educa al futuro productor, la enfermera, e incluso en médico asalariado (cuyo sueldo es a veces menor que el del obrero cualificado), que «repara» la fuerza de trabajo de los obreros (por mucho que también cure a policías, curas, responsables sindicales, o hasta ministros) pertenecen sin lugar a dudas a la clase obrera tanto como el cocinero de un comedor de empresa. Eso no quiere decir, claro está, que también sea así con un cacique de la universidad o la enfermera que se ha instalado por su cuenta. Hay que precisar sin embargo que el hecho que los miembros del personal docente, incluidos los maestros cuya situación económica no es precisamente de lo más boyante en general, sean consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, unos de los transmisores de los valores ideológicos de la burguesía, no los excluye de la clase explotada y revolucionaria como tampoco, por ejemplo, los obreros metalúrgicos que fabrican las armas([5]). Puede además comprobarse que, a lo largo de toda la historia del movimiento obrero, los enseñantes (especialmente los maestros de escuela) han proporcionado cantidades importantes de militantes revolucionarios. De igual modo, los obreros de los arsenales de Kronstadt formaban parte de la vanguardia de la clase obrera durante la revolución de octubre de 1917.

Hay que reafirmar también que la gran mayoría de los empleados también pertenecen a la clase obrera. Si tomamos el ejemplo de una administración como la de Correos, a nadie se le ocurrirá decir que los mecánicos que hacen el mantenimiento de los camiones postales o quienes los conducen, de igual modo que quienes transportan las sacas de correos, no pertenezcan al proletariado. No es difícil comprender, a partir de ahí, que sus compañeros que reparten el correo o despachan en las ventanillas para franquear los paquetes o pagar los giros postales están en la misma situación. Del mismo modo, los empleados de banca, los agentes de las compañías de seguros, los pequeños funcionarios de la seguridad social o de los impuestos, cuyo estatuto viene a ser equivalente al de aquéllos, también pertenecen a la clase obrera. Ni siquiera puede argüirse que éstos tendrían mejores condiciones de trabajo que los obreros de la industria, que un ajustador o un fresador por ejemplo. Trabajar un día entero detrás de una ventanilla o ante una pantalla de ordenador no es menos penoso, por muy limpias que queden las manos, que hacer funcionar una máquina-herramienta. Además, el carácter asociado de su trabajo, que es uno de los factores objetivos de la capacidad del proletariado tanto para llevar a cabo su lucha de clase como la de derrocar al capitalismo, no es en absoluto puesto en entredicho por las condiciones modernas de la producción. Al contrario, no cesa de acentuarse.

Y también, debido a la elevación del nivel tecnológico de la producción, ésta exige una cantidad en incremento de lo que la sociología y las estadísticas llaman «cuadros» (técnicos e incluso ingenieros), de modo que la mayoría de ellos comprueban, como hemos dicho antes, que su estatuto social, cuando no sus sueldos, se acercan al de los obreros cualificados. En este caso, no se trata en absoluto de un fenómeno de desaparición de la clase obrera en beneficio de las «capas medias», sino más bien de un fenómeno de proletarización de éstas([6]). Por eso, los discursos sobre la «desaparición del proletariado» debida al incremento constante de empleados o de «cuadros» con relación a los obreros «manuales» de la industria no tienen otro objetivo sino el de embaucar y desmoralizar a unos y a los otros. Nada cambia el hecho de que los autores de esos discursos se los crean o no, pues siempre servirán eficazmente a la burguesía aún siendo unos imbéciles incapaces de preguntarse quién habrá fabricado el bolígrafo con el que están escribiendo sus sandeces.

La pretendida crisis de la clase obrera

Para desmoralizar a los obreros, la burguesía no juega una única carta. Para quienes no se crean lo de la «desaparición de la clase obrera» tiene a sus especialistas en el tema «la clase obrera está en crisis». Uno de los argumentos definitivos de esta crisis sería la pérdida de audiencia que los sindicatos han sufrido en las últimas décadas. No vamos a desarrollar en este artículo nuestro análisis sobre la naturaleza burguesa del sindicalismo bajo todas sus formas. De hecho, es la propia experiencia cotidiana de la clase obrera del sabotaje sistemático y permanente de sus luchas por parte de organizaciones que pretenden defenderla, la que se encarga, día tras día, de demostrarlo([7]). Es precisamente esa experiencia de los obreros la primera responsable de ese rechazo. Y por eso mismo ese rechazo no es ni mucho menos una «prueba» de no se sabe qué crisis de la clase obrera, sino, al contrario y ante todo, una demostración de cierta toma de conciencia en su seno. Un ejemplo, entre miles, de lo que afirmamos es la actitud de los obreros en dos grandes movimientos ocurridos en el mismo país, Francia, en un intervalo de 32 años. Al final de las huelgas de mayo-junio de 1936, en plena época de la contrarrevolución que siguió a la oleada revolucionaria de la primera posguerra mundial, los sindicatos se beneficiaron de un movimiento de adhesiones sin precedentes. En cambio, al final de la huelga generalizada de mayo de 1968, que fue la señal de la reanudación histórica de los combates de clase y del final del período contrarrevolucionario, lo relevante fue la cantidad de dimisiones de los sindicatos y el montón de carnés hechos trizas.

El argumento de la desindicalización como prueba de las dificultades que tendría el proletariado es uno de los indicios más seguros de que quien utiliza semejante argumento pertenece al campo burgués. Tal argumento es parecido al de la pretendida naturaleza «socialista» de los regímenes estalinistas. La historia ha demostrado, sobre todo tras la Segunda guerra mundial, la amplitud de los estragos en las conciencias obreras de esa mentira propalada por todos los sectores de la burguesía, de derechas, de izquierdas y de extrema izquierda (estalinistas y trotskistas). En estos últimos años, hemos podido comprobar de qué modo ha sido utilizado el estalinismo como «prueba fehaciente» de la quiebra definitiva de cualquier perspectiva comunista. El modo de uso de la mentira de la «naturaleza obrera de los sindicatos» es, en parte, similar: en un primer tiempo, sirve para alistar a los obreros tras el Estado capitalista; en un segundo tiempo, se hace de ellos un instrumento para desmoralizarlos y desorientarlos. Existe, sin embargo, una diferencia de impacto entre esas dos mentiras. Al no haber sido el resultado de las luchas obreras, el desmoronamiento de los regímenes estalinistas ha podido ser utilizado con eficacia contra el proletariado; en cambio, el desprestigio de los sindicatos es esencialmente resultado de esas mismas luchas obreras, lo cual limita su impacto como factor de desmoralización. Por esta razón es por la que la burguesía ha hecho además surgir un sindicalismo «de base» encargado de tomar el relevo del sindicalismo tradicional. Y por esa razón también ha hecho la promoción de ideólogos de aires más «radicales» encargados de propagar el mismo estilo de mensaje.

Y es así como hemos podido ver florecer, promocionados por la prensa([8]), análisis como los del francés Don Alain Bihr, doctor en sociología y autor, entre otras producciones, de un libro titulado Du Grand soir à l'alternative: la crise du mouvement ouvrier européen (Del Gran día a la alternativa: la crisis del movimiento obrero europeo). En sí, las tesis del citado doctor tienen muy poco interés. El hecho, sin embargo, de que dicho doctor ande merodeando desde hace algún tiempo por los ámbitos que se reivindican de la izquierda comunista, de entre los cuales algunos no tienen el menor reparo en tomar a cuenta propia (de manera «crítica», eso sí) los «análisis» de aquél([9]), nos incita a poner de relieve el peligro que tales análisis representan.

El Señor Bihr se presenta como un genuino defensor de los intereses obreros. De ahí que no pretenda que la clase obrera estaría en vías de desaparición. Empieza afirmando, al contrario, que: «... las fronteras del proletariado se extienden hoy en día mucho más lejos que el tradicional “mundo obrero”». Esto sirve, sin embargo, para hecer pasar el mensaje central: «Ahora bien, a lo largo de los quince años de crisis, en Francia como en la mayoría de los países occidentales, se asiste a una fragmentación creciente del proletariado, la cual, al poner en entredicho su unidad, ha tendido a paralizarlo como fuerza social»([10]).

La intención principal del doctor en sociología es, pues, demostrar que el proletariado «está en crisis» y que el responsable de esta situación es la crisis del capitalismo mismo, causa a la cual hay que añadir, evidentemente, las modificaciones sociológicas que han afectado a la composición de la clase obrera: «De hecho, las transformaciones en curso de la relación salarial, con sus efectos globales de fragmentación y de “desmasificación” del proletariado, (...) tienden a disolver las dos figuras proletarias que han proporcionado sus grandes batallones durante el período fordista: por un lado, la del obrero profesional, al que las transformaciones actuales están cambiando en profundidad, tendiendo a desaparecer las antiguas categorías de O.P. vinculadas al fordismo mientras que las nuevas categorías de «profesionales» aparecen vinculadas a los nuevos procesos de trabajo automatizados; por otro lado, la del obrero especializado, punta de lanza de la ofensiva proletaria de los años 60 y 70, siendo ahora progresivamente eliminados y sustituidos por trabajadores precarios en el interior de esos mismos procesos de trabajo automatizados»([11]). Dejando aparte ese lenguaje pedante que tanto llena de gozo a los pequeños burgueses que se las dan de «marxistas», lo único que hace Bihr es sacarnos una vez más los mismos tópicos con que nos han castigado generaciones de sociólogos: la automatización de la producción sería responsable del debilitamiento del proletariado, ya que, como se las da de marxista, no dice «desaparición», etc. Y lo mismo cuando pretende que la desindicalización también sería un signo de la «crisis de la clase obrera» puesto que «todos los estudios efectuados sobre el desarrollo del desempleo y de la precaridad muestran que éstos tienden a reactivar y reforzar las antiguas divisiones y desigualdades en el proletariado (...). Ese estallido en estatutos tan heterogéneos ha tenido efectos desastrosos en las condiciones de organización y de lucha. De ello es testimonio el fracaso de los diferentes intentos del movimiento sindical para organizar a precarios y desempleados...»([12]). Así, detrás de sus frases más radicales, tras su pretendido «marxismo», Bihr nos quiere vender el mismo aceite adulterado que todos los sectores de la burguesía venden: los sindicatos serían todavía hoy «organizaciones del movimiento obrero»(12).

Así es el «especialista» de quien se inspira gente como GS o publicaciones como Perspective internacionaliste, la cual acoge con simpatía sus escritos. Cierto es que Bihr, que es algo listillo, para pasar de contrabando su mercancía, pone cuidado en decir que el proletariado será capaz de superar, a pesar de todo, sus dificultades actuales y logrará «recomponerse». Pero la manera como lo dice tendería más bien a convencer de lo contrario: «Las transformaciones de la relación salarial lanzan así un doble reto al movimiento obrero: le obligan simultáneamente a adaptarse a una nueva base social (a una nueva composición “técnica” y “política” de la clase) y a hacer la síntesis entre categorías tan heterogéneas a priori como los “nuevos profesionales” y los «precarios», síntesis mucho más difícil de realizar que entre OS y OP del período fordista»([13]). «El debilitamiento práctico del proletariado y del sentimiento de pertenecer a una clase puede así abrir la vía a la recomposición de una identidad colectiva imaginaria sobre otras bases»([14]).

Es así como, con toneladas de argumentos, la mayoría de ellos erróneos, destinados a convencer al lector de que todo anda mal para la clase obrera, tras haber «demostrado» que las causas de esta «crisis» deben buscarse en la automatización del trabajo y el hundimiento de la economía capitalista y la subida del desempleo, fenómenos todos ellos que seguirán agravándose, se acaba afirmando al modo lapidario y sin argumento alguno que: «Todo irá mejor... ¡quizás!. ¡Pero es un reto muy difícil de encarar!». Si después de haberse tragado las historietas de Bihr sigue uno pensando que el proletariado y su lucha de clase tienen futuro es porque es un optimista crédulo e impenitente. El docteur Bihr puede estar contento: con sus redes groseras ha cogido a los necios que publican PI y que se presentan como los auténticos defensores de los principios comunistas que la CCI habría tirado a la cuneta.

Es cierto que la clase obrera ha tenido que encarar en los últimos años una serie de dificultades para desarrollar sus luchas y su conciencia. Nosotros, por nuestra parte, nunca hemos vacilado en señalar esas dificultades, contrariamente a las acusaciones de los escépticos del momento (ya sea la FECCI, lo cual está en coherencia con su función de sembradores de confusión, pero también Battaglia comunista, lo cual es menos lógico pues Battaglia pertenece al medio político del proletariado). Pero a la vez que señalábamos esas dificultades y basándonos en un análisis del origen de ellas, también hemos puesto de relieve las condiciones que permitirán su superación. Es lo mínimo que pueda esperarse de los revolucionarios. Basta con examinar con un poco de seriedad la evolución de las luchas obreras durante la última década para darse cuenta que su actual debilidad no se debe en absoluto a la disminución de las plantillas de obreros «tradicionales», de los de «mono azul». En la mayoría de los países, los trabajadores de correos y telecomunicaciones cuentan entre los más combativos. Y lo mismo ocurre con los trabajadores de la salud. En 1987, en Italia, fueron los trabajadores de las escuelas quienes llevaron a cabo las luchas más importantes. Podríamos multiplicar los ejemplos que ilustran que no sólo el proletariado no se limita a los «de mono azul», a los obreros «tradicionales» de la industria; la combatividad obrera tampoco. Nuestros análisis no están enfocados por consideraciones sociológicas, buenas para profesores de universidad o pequeñoburgueses con dificultades para interpretar no ya el «malestar» de la clase obrera, sino el suyo propio.

Las dificultades reales de la clase obrera
y las condiciones de su superación

No podemos volver a tratar aquí, en el marco de este artículo, sobre los análisis de la situación internacional que hemos hecho en los últimos años. El lector podrá remitirse a prácticamente todos los números de nuestra Revista durante todo este período y especialmente en las tesis y resoluciones adoptadas por nuestra organización desde 1989([15]). La CCI se ha dado perfecta cuenta de las dificultades por las que atraviesa hoy el proletariado, el retroceso de su combatividad y de la conciencia en su seno, dificultades en las que algunos se apoyan para diagnosticar una «crisis» de la clase obrera. Hemos puesto especialmente en evidencia que, durante los años 80, la clase obrera se ha visto enfrentada al peso creciente de la descomposición generalizada de la sociedad capitalista, la cual, al favorecer la desesperanza, el sentimiento de «cada cual a lo suyo», la atomización, ha asestado golpes fuertes a la perspectiva general de la lucha proletaria y a la solidaridad de clase. Esto ha facilitado muy especialmente las maniobras sindicales para encerrar las luchas obreras en el corporativismo. Sin embargo, el peso permanente de la descomposición no logró hasta 1989 acabar con la oleada de combates obreros que se había iniciado en 1983 con las huelgas del sector público en Bélgica. Todo ello fue una expresión de la vitalidad de la lucha de la clase. Durante todo eso período pudimos presenciar un desbordamiento creciente de los sindicatos, los cuales tuvieron que dejar cada vez más a menudo el sitio a un sindicalismo «de base», más radical para la labor de sabotaje de las luchas([16]).

Aquella oleada de luchas proletarias acabaría siendo enterrada por los trastornos planetarios que se han venido sucediendo desde la segunda mitad de 1989. El hundimiento de los regímenes estalinistas de Europa en 1989 ha sido, hasta hoy, la expresión más importante de la descomposición del sistema capitalista. Mientras que algunos, en general los mismos que no habían visto ninguna lucha obrera a mediados de los años 80, estimaban que ese acontecimiento iba a favorecer la toma de conciencia de la clase obrera, nosotros no estuvimos esperando para anunciar lo contrario([17]). Más tarde, especialmente en 1990-91, durante la crisis y la guerra del Golfo, y, después, con el golpe de Moscú y el desmoronamiento de la URSS, pusimos de relieve que esos acontecimientos también iban a repercutir en la lucha de clase, en la capacidad del proletariado para hacer frente a los ataques cada día más fuertes que el capitalismo en crisis iba a dirigir contra él.

Nuestra organización ha tomado clara conciencia de las dificultades que ha atravesado la clase durante el período último. No nos sorprendieron, pero, además, mediante el análisis de las verdaderas causas, que nada tienen que ver con no se sabe qué necesidad de «recomposición de la clase obrera», hemos podido, a la vez, poner de relieve las razones por las cuales la clase obrera está hoy en posesión de los medios para superar esas dificultades.

Es importante, a ese respecto reconsiderar uno de los argumentos de Bihr que le sirven para dar crédito a la idea de la crisis de la clase obrera: la crisis y el desempleo han «fragmentado al proletariado», «al haber fortalecido las antiguas divisiones y desigualdades» en su seno. Para ilustrar su tesis, Bihr no duda en cargar las tintas haciéndonos un catálogo de todos esos «fragmentos»: «los trabajadores estables y con garantías», «los excluidos del trabajo y hasta del mercado de trabajo», «la masa flotante de trabajadores precarios». En esta última categoría, el sociólogo divide y subdivide con fruición: «los trabajadores de empresas que trabajan en subcontrata», «los trabajadores de tiempo parcial», «los trabajadores temporeros», «los cursillistas», «los de la economía subterránea»([18]). De hecho lo que el doctor Bihr nos da como argumento no es más que una constatación fotográfica, lo cual corresponde perfectamente a su visión reformista([19]). Es cierto que, en un primer tiempo, la burguesía ha asestado sus ataques contra la clase obrera de modo selectivo para así limitar la amplitud de sus reacciones. También es cierto que el desempleo, especialmente el de los jóvenes, ha sido un factor de chantaje sobre ciertos sectores del proletariado y, por lo tanto, de pasividad a la vez que ha ido acentuando la acción deletérea del ambiente de descomposición social y de «cada uno a lo suyo». Sin embargo, la crisis misma y su agravación inexorable se encargarán cada vez más de igualar por el mismo bajo rasero la condición de los diferentes sectores de la clase obrera. Especialmente los sectores «punta» (informática, telecomunicaciones, etc.) que parecían haber evitado la crisis, están siendo hoy golpeados de lleno por ella tirando a sus trabajadores a la misma situación que los de la siderurgia y el automóvil. Y son ahora las mayores empresas, como IBM, las que despiden en masa. Al mismo tiempo, y contrariamente a la tendencia de la década pasada, el desempleo de los trabajadores de edad madura, los que ya han vivido una experiencia colectiva de trabajo y de lucha, aumenta hoy con más rapidez que el de los jóvenes, lo cual va a tender a limitar el factor de atomización que ha sido en el pasado.

Aunque la descomposición es una desventaja para el desarrollo de las luchas y de la conciencia en la clase, la quiebra cada vez más evidente y brutal de la economía capitalista, con su séquito de ataques que implica contra las condiciones de existencia del proletariado, es un factor determinante de la situación actual para la reanudación de las luchas y de la toma de conciencia. Pero eso no puede comprenderse si se piensa, como lo afirma la ideología reformista que se niega a ver la menor perspectiva revolucionaria, que la crisis capitalista provoca una «crisis de la clase obrera».

Una vez más, los hechos se han encargado por sí mismos de subrayar la validez del marxismo y la vacuidad de las elucubraciones de los sociólogos. Las luchas del proletariado en Italia, en el otoño de 1992, frente a unos ataques económicos de una violencia sin precedentes, han vuelto a demostrar, una vez más, que el proletariado no ha muerto, que no había desparecido, que no ha renunciado a la lucha por mucho que, y era de esperar, todavía no hubiera digerido los golpes recibidos en los años anteriores. Esas luchas no van a ser humo de pajas. No hacen sino anunciar, como así ocurrió con las luchas obreras de mayo de 1968 en Francia hace ahora un cuarto de siglo, un renacimiento general de la combatividad obrera, una reanudación de la marcha adelante del proletariado hacia la toma de conciencia de las condiciones y de los fines de su combate histórico por la abolición del capitalismo. Y eso, les guste o no les guste a todas las plañideras que se lamentan, sincera o hipócritamente, de la «crisis de la clase obrera» y de su «necesaria recomposición».

FM

[1] El automóvil es indispensable para ir al trabajo y hacer las compras cuando son insuficientes los transportes públicos. Además las distancias no han hecho sino aumentar. No puede uno vivir sin nevera cuando el único medio de adquirir alimentos baratos es comprándolos en un hipermercado y eso no puede hacerse todos los días. En cuanto a la televisión, presentada en sus tiempos como símbolo máximo del acceso a la «sociedad de consumo», además del interés que representa como instrumento de propaganda y de embrutecimiento en manos de la burguesía (como «opio del pueblo» ha sustituido con mucha ventaja a la religión), puede hoy encontrarse en muchas viviendas de todas las villamiserias del Tercer mundo, lo cual dice ya bastante de lo desvalorizado que está tal artículo.

[2] Marx llamaba cuota (o tasa) de plusvalía o de explotación a la relación Pl/V en donde Pl representa la plusvalía en valor-trabajo (la cantidad de horas de la jornada de trabajo que el capitalista se apropia) y V el capital variable, o sea el salario (la cantidad de horas durante las cuales el obrero produce lo equivalente en valor a lo que recibe). Es un índice que permite determinar en términos económicos objetivos, y no subjetivos, la intensidad real de la explotación.

[3] Evidentemente, esta afirmación desmiente todas esas patrañas que nos cuentan todos los «defensores de la clase obrera» como los socialdemócratas o los estalinistas, que tienen una tan larga experiencia en reprimir y engañar a los obreros como de los despachos ministeriales. Cuando un obrero «venido de abajo» accede a un cargo de mando sindical, de concejal o alcalde y hasta de diputado o ministro, nada tiene que ver ya con su clase de origen.

[4] Es evidentemente muy difícil determinar ese nivel, pues puede variar en el tiempo y de un país a otro. Lo que importa es saber que en cada país o conjunto de países similares desde el punto de vista del desarrollo económico y de la productividad del trabajo, existe tal límite, que se sitúa entre el obrero cualificado y el técnico superior.

[5] Para un análisis más desarrollado sobre el trabajo productivo y el improductivo, puede leerse nuestro folleto La Decadencia del capitalismo.

[6] Hay que señalar sin embargo que al mismo tiempo cierta proporción de ejecutivos conocen un aumento de sus rentas lo cual los integra en la clase dominante.

[7] Para un análisis detallado de la naturaleza burguesa de los sindicatos, véase nuestro folleto Los Sindicatos contra la clase obrera.

[8] Por ejemplo, Le Monde diplomatique, mensual humanista francés publicado también en otras lenguas, especializado en la promoción de un capitalismo «de rostro humano», publica frecuentemente artículos de Alain Bihr. En su número de marzo de 1991 puede uno encontrar, por ejemplo, un texto de ese autor titulado «Régression des droits sociaux, affaiblissement des syndicats, le prolétariat dans tous ses éclats».

[9] Por ejemplo en el nº 22 de Perspective internationaliste, órgano de la Fracción externa (!) de la CCI, puede leerse una contribución de GS titulada «La necesaria recomposición del proletariado», que cita largamente el libro de Bihr para reforzar sus afirmaciones.

[10] Le Monde diplomatique, marzo de 1991.

[11] Du Grand soir...

[12] Le Monde diplomatique, marzo de 1991.

[13] Du Grand soir...

[14] Le Monde diplomatique, marzo de 1991.

[15] Ver Revista internacional nº 60, 63, 67, 70 y este número.

[16] Evidentemente, si se considera, como Bihr, que los sindicatos son órganos de la clase obrera y no de la burguesía, los progresos logrados por la lucha de clases se convierten en retrocesos. Es, sin embargo, curioso que personas como los miembros de la FECCI, que oficialmente reconocen la naturaleza burguesa de los sindicatos, le sigan los pasos en esa apreciación.

[17] Véase el artículo «Dificultades en aumento para el proletariado» en la Revista internacional nº 60.

[18] Le Monde diplomatique, marzo de 1991.

[19] Una de las frases preferidas de A. Bihr es que «el reformismo es algo muy serio para dejarlo en manos de los reformistas». Si por casualidad él se creyera un revolucionario, queremos aquí desengañarlo.