Derrumbe del Bloque del Este: Dificultades en aumento para el proletariado

Versión para impresiónEnviar por email

En el presente artículo que escribimos en noviembre de 1989 anunciábamos que los acontecimientos en la URSS y países satélites eran "pan bendito" para el Capital pues daban la idea de que el comunismo ha muerto, la clase obrera ha fracasado etc. Esto dijimos que iba a constituir un fuerte golpe para el proletariado que se veía sin confianza en si mismo, sin idea clara de una sociedad propia alternativa al capitalismo, en una pérdida de identidad. El peso de ello es importante y todavía hoy se sufren las consecuencias

El estalinismo ha sido la punta de lanza de la contrarrevolución más bestial que el proletariado haya sufrido a lo largo de su historia. Una contrarrevolución que hizo posible la mayor carnicería jamás conocida: la II Guerra Mundial y el hundimiento de toda la sociedad en una barbarie sin precedentes. Hoy, con el desmoronamiento económico y político de los países llamados “socialistas” y con la desaparición de hecho del bloque imperialista dominado por la URSS, el estalinismo, como forma de organización político-económica del capital y como ideología, está agonizando; está desapareciendo uno de los peores enemigos de la clase obrera. Pero esa desaparición no le facilita, ni mucho menos, la tarea a esta clase revolucionaria; al contrario, el estalinismo está haciendo, con su muerte, un último servicio al capitalismo. Todo esto es lo que quiere poner de relieve este artículo.

El estalinismo es sin duda el fenómeno más trágico y odioso que haya existido jamás en toda la historia de la humanidad; no sólo porque es responsable de la matanza directa de millones de seres, y porque ha instaurado durante décadas un terror implacable en una tercera parte de la humanidad sino porque se ha destacado como el peor enemigo de la revolución comunista (es decir, de la condición necesaria para emancipar a la especie humana de  las cadenas de la explotación y de la opresión) y eso en nombre precisamente de “la revolución comunista”.

El estalinismo ha sido pues el principal artífice de la destrucción de la conciencia de clase en el proletariado mundial durante la contrarrevolución más terrible de su historia.

El papel del estalinismo en la contrarrevolución

La burguesía, desde que estableció su dominación política sobre la sociedad, ha visto siempre en el proletariado a su peor enemigo. Ya durante la revolución burguesa de finales del siglo XVIII, cuyo bicentenario están celebrando a bombo y platillo, la clase capitalista comprendió enseguida el carácter subversivo de las ideas de alguien como Babeuf; ideas que consideró suficientes como para mandarlo al cadalso, a pesar de que en aquel entonces su movimiento (babuvismo  -comunismo agrario; ved en el: "Manifiesto de los iguales”) no representase una amenaza real para el Estado capitalista[1]. Toda la historia de la dominación burguesa está jalonada de masacres de obreros, con el objetivo principal de mantener su dominación de clase: el aplastamiento de los obreros textiles de Lyon (los Canuts) en 1831, de los tejedores de Silesia en 1844, de los obreros parisinos en junio de 1848, de los comuneros de París en 1871, de los insurgentes de 1905 en todo el imperio ruso; son ejemplos sobresalientes.

Para esas faenas la burguesía siempre pudo encontrar, entre sus grupos políticos clásicos, a los matones que necesitaba; pero cuando la revolución proletaria se puso a la orden del día de la historia, la burguesía no se contenta únicamente con llamar a esos grupos para mantener su poder  y se atrae a las organizaciones de las que el proletariado se había dotado anteriormente, para que les echen una mano a los partidos tradicionales, incluso poniéndoles al mando de sus operaciones: los partidos socialistas primero (a partir de 1914) y los partidos comunistas después (a partir de 1926).

El papel específico de estos nuevos reclutas de la burguesía, la función para la que eran indispensables e insustituibles estribaba en su capacidad, gracias a sus mismos orígenes y a su propia denominación, para ejercer un control ideológico sobre el proletariado, para minar así su toma de conciencia y encuadrarlo en el terreno de la clase enemiga. El insigne honor, la gran hazaña de armas de la Socialdemocracia, como partido burgués, no fue tanto desarrollar su papel de responsable directo de las matanzas del proletariado a partir de 1919 en Berlín (donde el socialdemócrata G. Noske, ministro de los ejércitos, asumió a la perfección su responsabilidad de “perro sanguinario” -mote que él mismo se puso) sino servir de banderín de enganche para la I Guerra Mundial y más tarde de agente mistificador de la clase obrera; agente de división y dispersión de sus fuerzas, frente a la oleada revolucionaria que puso fin, con éxito, al holocausto imperialista.

Únicamente la traición del ala oportunista que dominaba la mayoría de los partidos de la II Internacional, únicamente su paso con armas y equipo al campo de la burguesía hizo posible, en nombre de la “defensa de la civilización”, el encuadramiento del proletariado europeo tras las banderas de la “defensa nacional” y el estallido de aquella carnicería. Así mismo la política de esos partidos, que pretendían aun ser “socialistas” y habían conservado gracias a ello una influencia importante entre el proletariado, desempeñó un papel primordial en el mantenimiento dentro de éste de ilusiones reformistas y democráticas que lo dejaron desarmado, impidiéndole proseguir el ejemplo que le habían dado los obreros en Rusia, en Octubre de 1917.Durante ese periodo, las personas y las fracciones que se habían levantado contra tamaña traición, los que se habían mantenido en pie contra viento y marea, izaron el estandarte del internacionalismo y la revolución proletarios y se agruparon en los partidos comunistas, secciones de la III Internacional.

Sin embargo esos mismos partidos iban a desempeñar en el periodo siguiente un papel semejante al de los partidos socialistas. Corroídos por el oportunismo que el fracaso de la revolución mundial había hecho entrar en tromba en sus filas, fieles ejecutores de la dirección de una “internacional”, que tras haber sido la vigorosa impulsora de la Revolución se fue transformando en un simple instrumento del Estado ruso en busca de su integración en el mundo burgués, los partidos comunistas iban a seguir el mismo camino que sus antecesores: al igual que los partidos socialistas, acabaron integrándose totalmente en el aparato político del capital nacional de sus países respectivos; participando también en la derrota de las últimas sacudidas de la oleada revolucionaria de la posguerra, como fue el caso de China en 1927-28 y, sobre todo, contribuyeron de modo decisivo en la transformación de la derrota de la revolución mundial en terrible contrarrevolución.

Tras una derrota de tales proporciones, la contrarrevolución, la desmoralización y la desorientación del proletariado eran inevitables. Lo peor era que la forma que tomó la contrarrevolución en la misma URSS  -no el derrocamiento del poder surgido de la revolución de Octubre de 1917, sino la degeneración de ese poder y la del partido que lo detentaba-  le dio una amplitud y una profundidad infinitamente mayores que si la revolución hubiera sucumbido ante los embates de los ejércitos blancos. El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), vanguardia del proletariado mundial, tanto en la Revolución de 1917 como en la fundación de la Internacional Comunista de 1919, se convirtió en un auténtico verdugo de la clase obrera, tras su integración e identificación con el Estado posrevolucionario[2].

La aureola de prestigio de sus pasadas acciones le permitió seguir  forjando ilusiones en la mayoría de los demás partidos comunistas, de sus militantes y de las grandes masas del proletariado mundial. Gracias a este prestigio, del que se aprovechan los partidos comunistas de los demás países, aquellos militantes y las masas proletarias aceptan todas las traiciones que el estalinismo llevó a cabo en aquel periodo; en especial, el abandono del internacionalismo proletario, ahogado  bajo la tapadera de la “construcción del socialismo en un solo país”, la identificación del “socialismo” con el capitalismo que se ha reconstituido en la URSS en sus formas más brutales, la sumisión de las luchas del proletariado mundial a los imperativos de la defensa de la “patria socialista” y de la “defensa de la democracia contra el fascismo”.

Todas esas mentiras, esas patrañas no hubieran podido, en gran medida, hacérselas tragar a las masas obreras sino hubiese sido porque eran divulgadas por los partidos que seguían presentándose como “herederos legítimos” de la exitosa revolución de Octubre y que en realidad eran sus asesinos.

La identificación entre estalinismo y comunismo si no es la mayor patraña de la historia es al menos la más repugnante, en cuyo montaje colaboraron todos los sectores de la burguesía mundial[3], fue la que permitió que la contrarrevolución alcanzara la amplitud que tuvo, paralizando a varias generaciones obreras, echándolas, atadas de pies y manos, a la II Carnicería Imperialista (1939-45), destruyendo  a las fracciones comunistas que habían luchado contra la degeneración de la Internacional Comunista y sus partidos o dejándolas en una situación de pequeños núcleos totalmente aislados.A los partidos estalinistas, durante los años treinta, se les debe  en especial, una parte considerable de la labor de desviar hacia el terreno de la burguesía la cólera y la combatividad de los obreros duramente golpeados por la crisis económica mundial de 1929. Esta crisis, por la amplitud y la profundidad que tuvo, era el signo indiscutible de la quiebra histórica del modo de producción capitalista y como tal habría podido ser, en otras circunstancias, una recia palanca para una nueva oleada revolucionaria. Pero, la mayoría de los obreros que quería emprender ese camino quedan atrapados en las redes del estalinismo que pretendía representar la tradición de la revolución mundial. En nombre de la defensa de la “patria socialista” y en nombre del antifascismo, los partidos estalinistas vaciaron sistemáticamente de todo contenido de clase los combates proletarios de éste periodo, transformándolos en fuerzas auxiliares de la democracia burguesa y cuando no en preparativos para la guerra imperialista.

Ocurrió así, entre otros ejemplos, con los “Frentes populares” en España y Francia, donde la gran combatividad obrera fue servida en bandeja al antifascismo y destruida por él; un antifascismo que se las daba de “obrero” y cuyos principales propagandistas eran los estalinistas. En ambos casos los partidos estalinistas dieron buena prueba de que incluso fuera de la URSS, donde ya desde años atrás venían ejecutando el oficio de verdugos, eran tan valiosos como sus maestros los socialdemócratas para cumplir la insigne tarea de carniceros de la clase obrera, incluso los superaban. Recuérdese en especial el papel de aquellos en la represión del levantamiento del proletariado en Barcelona en Mayo de 1937 (puede leerse al respecto nuestro libro, con artículos de Bilan, “España 1936”)[4].

Por la cantidad de sus víctimas, de la que es directamente responsable a escala mundial, el estalinismo no tiene nada que envidiarle al fascismo, es otra expresión de la contrarrevolución. En cambio, su papel antiobrero fue mucho más importante al haber asumido esos crímenes en nombre de la revolución comunista y del proletariado, provocando en esta clase un retroceso de su conciencia sin comparación en la historia.De hecho, mientras que al final de la I Guerra Imperialista y al final de la Posguerra, un periodo en que la oleada revolucionaria estaba en aumento, el impacto de los partidos comunistas estaba en correlación directa con la combatividad y sobre todo con la conciencia en el proletariado, a partir de los años 1930, en cambio, la evolución de su influencia es inversamente proporcional a la conciencia en la clase obrera. En el momento de su fundación, la fuerza de los partidos comunistas era como una especie de baremo de la fuerza de la revolución; tras su venta a la burguesía por el estalinismo, la fuerza de los partidos que continuaban llamándose “comunistas” daba la medida de la profundidad de la contrarrevolución. El estalinismo nunca ha sido tan poderoso como al término de la II Guerra Mundial. Este periodo fue la cota más alta de la contrarrevolución. Gracias, en especial, a la labor de los partidos estalinistas a quienes la burguesía les debía el haber podido desencadenar una vez más la carnicería imperialista y el que ejercieran como los mejores banderines de enganche, gracias a los “movimientos de resistencia”. Esta carnicería no provocó el resurgir revolucionario del proletariado. La ocupación de una buena parte de Europa por el “Ejército Rojo”[5] y la participación de  los partidos estalinistas en los gobiernos de “liberación” lograron abortar  toda pretensión que pudiese existir en el proletariado de combatir en su terreno de clase, utilizando el terror y la mistificación; lo que lo hundió en un desánimo todavía más profundo que el de antes de la Guerra. Aquella victoria, presentada  como la “Victoria de la “Democracia” y de la “Civilización” sobre la barbarie fascista”, permitió a la burguesía hacer más atractivas las ilusiones democráticas y la creencia en un Capitalismo “humano” y “civilizado.” Fue así como consiguió que la sombría noche de la contrarrevolución se prolongara durante décadas.

No fue casualidad que el final de la contrarrevolución, con la reanudación de los combates de clase a partir de 1968, coincida con un importante debilitamiento del control estalinista sobre el conjunto del proletariado mundial, del peso de las ilusiones en la naturaleza de la URSS y de las mistificaciones antifascistas. Esto es muy patente en los dos países occidentales en los que existían los partidos “comunistas” más poderosos; países donde tuvieron lugar las expresiones más significativas de esta vuelta al combate por parte del proletariado: Francia en 1968 e Italia en 1969.

¿Cómo utiliza la burguesía el hundimiento del estalinismo?

El debilitamiento del imperio ideológico del estalinismo sobre la clase obrera es resultado, en gran parte, de que los obreros han descubierto la realidad de los regímenes autodenominados “socialistas”. En los países dominados por esos regímenes los obreros no tardaron en comprender que el estalinismo era uno de sus peores enemigos. 1953 en Alemania del Este, 1956 en Polonia y Hungría[6]: las masivas revueltas obreras y su sangrienta represión fueron la prueba de que en estos países los obreros no se hacían ninguna ilusión sobre el estalinismo. Esos acontecimientos, así como la intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en 1968, ayudaron a abrir los ojos a bastantes obreros de Occidente sobre la naturaleza del estalinismo[7]; más decisivas fueron aun las luchas de 1970, 76 y 80 en Polonia; éstas, al encontrarse mucho más directamente en el terreno de clase y al inscribirse en un momento de reanudación mundial de luchas obreras, lograron poner mucho más al desnudo, ante los proletarios occidentales, el carácter antiobrero de los regímenes estalinistas[8]. Esta es la razón de que, cuando estas luchas se desarrollan, los partidos estalinistas de Occidente se distanciaran respecto a la represión que sufrieron por parte de los Estados “socialistas”.Otro factor que ha contribuido al desgaste de las patrañas estalinistas es que estas luchas pusieron en evidencia la bancarrota de la economía “socialista”. Sin embargo, tal y como se iba afianzando esta quiebra e iban retrocediendo las mentiras estalinistas, la burguesía occidental aprovechaba la situación para llevar a cabo estridentes campañas publicitarias acerca de “la superioridad del capitalismo sobre el socialismo”. De igual manera, las ilusiones democráticas y sindicalistas de los obreros de Polonia han sido explotadas a fondo, sobre todo desde 1980, con la formación del sindicato Solidarnosc. El refuerzo de esas ilusiones acentuado por la represión de diciembre de 1981 y la ilegalización de Solidarnosc es lo que nos permite comprender el desánimo y el retroceso de la clase obrera en los inicios de 1980.

El desarrollo de una nueva oleada masiva de luchas en el otoño de 1983 en la mayoría de los países de Europa occidental y la simultaneidad de esos combates a escala internacional fue la prueba de que la clase obrera dejaba atrás el lastre de las ilusiones y mistificaciones  que la habían paralizado en la etapa precedente. El debilitamiento de la mistificación sindicalista quedó muy patente en el desbordamiento de los sindicatos e incluso su rechazo durante la huelga de los ferroviarios de Francia a finales de1986 y en la huelga de la enseñanza en Italia en 1987, que obligó a los izquierdistas a montar estructuras de encuadramiento, las “coordinadoras”, que se presentaban como organismos “no- sindicales”, en su propio país y en algunos otros. El debilitamiento de las mentiras electoralistas es frecuente en este periodo, lo que se hace evidente en el aumento de los porcentajes de abstención en las elecciones, especialmente en las zonas obreras.

Hoy, con la caída de los regímenes estalinistas y las campañas mediáticas que provoca, la burguesía  ha  logrado quebrar la tendencia manifestada desde mediados de los años 1980.Las trampas, sindicalista y democrática, que desplegó la burguesía durante los acontecimientos del 1980 al 81 en Polonia, añadido a la represión facilitada por esas trampas que habían abierto el camino, logró paralizar las luchas; esto permite a la burguesía provocar una sensible desorientación en el proletariado de los países más avanzados. El hundimiento total e histórico del estalinismo, al que hoy estamos asistiendo, acabará produciendo en el proletariado un desconcierto aun mayor. La situación ha cambiado desde entonces, los acontecimientos actuales son de mayor importancia que los de Polonia en 1980. No es un país solo el escenario, hoy están afectados todos los países de un bloque imperialista, empezando por el más importante: la URSS. 

La propaganda estalinista pudo justificar las dificultades del régimen polaco diciendo que eran resultado de los errores de E. Gierek. Hoy a nadie se le ocurre, empezando por los nuevos dirigentes de esos países, responsabilizar de las dificultades de sus regímenes a las políticas llevadas a cabo en los últimos años por los dirigentes derrocados. Lo que se pone en entredicho según las mismas afirmaciones de muchos de sus dirigentes, en especial los de Hungría, es la totalidad de la estructura económica y de la práctica política aberrante que ha marcado a los regímenes estalinistas desde sus orígenes. Reconocer así la quiebra de estos países por quienes los dirigen es pan bendito para las campañas mediáticas de la burguesía occidental.

La segunda razón por la que la burguesía puede usar a fondo y eficazmente el desmoronamiento del estalinismo y del bloque que domina, estriba en que tal hundimiento no es resultado de la acción de la lucha de la clase obrera, sino de la bancarrota total de la economía en esos países. En los sucesos que hoy se están produciendo en los países del Este, el proletariado como clase, en tanto que portador de una política antagónica al capitalismo, está dolorosamente ausente. Las huelgas obreras de esta último verano en las minas de la URSS son más bien una excepción y además ponen de relieve la debilidad política del proletariado de esos países a causa del peso de los engaños que las han lastrado. Han sido fundamentalmente una consecuencia del hundimiento del estalinismo y no un factor activo en ese hundimiento. Es más, la mayoría de las huelgas habidas en los últimos tiempos en la URSS no tienen, al contrario de la de los mineros, el objetivo de defender intereses obreros, sino que están empantanadas de lleno en un terreno nacionalista y por tanto burgués (Países Bálticos, Armenia, Azerbaiyán, etc.).

Por otra parte, en las numerosas manifestaciones que estos días están agitando los países de Europa del Este, en especial la RDA, Checoslovaquia y Bulgaria y que han obligado a los gobiernos a una limpieza urgente de su imagen, no se vislumbra el mínimo asomo de reivindicación obrera. Estas manifestaciones están totalmente dominadas por reivindicaciones exclusivamente democrático-burguesas: “elecciones libres”, “libertad”, “dimisión de los PCs en el poder”, etc.

Si bien el impacto de las campañas democráticas desarrolladas tras los acontecimientos de Polonia en 1980-81 fue limitado por el hecho de que se basaban en combates de la clase obrera, la ausencia de una lucha de clases significativa en los países del Este, hoy, no puede sino reforzar los efectos devastadores de las campañas actuales de la burguesía.

El hundimiento de un bloque imperialista entero, cuyas repercusiones serán enormes, y el hecho que tal acontecimiento histórico haya tenido lugar sin la participación activa de la clase obrera, engendrará en ésta un fuerte sentimiento de impotencia, por mucho que lo ocurrido haya sido posible, como lo demuestran las Tesis publicadas en esta misma Revista, por la incapacidad de la burguesía para alistar, hasta ahora y a nivel mundial, a la clase obrera en un tercer holocausto imperialista.Fue la lucha de la clase lo que, tras derrocar al zarismo y después a la burguesía en Rusia, puso fin a la I Guerra Mundial provocando el hundimiento de la Alemania imperial. En gran medida esta fue razón por la que pudo desarrollarse a escala mundial la primera oleada revolucionaria.

En cambio, el hecho de que la lucha de la clase obrera fuera un factor de segundo orden en el hundimiento de los países del eje y en el final de la II Guerra Mundial, tuvo mucha importancia en la parálisis y la desorientación del proletariado en la Posguerra. Hoy, el que el bloque del Este se haya hundido bajo los envites de la crisis económica y no ante los de la clase obrera, no deja de ser de suma importancia.  Si esto último hubiera sido la realidad: la confianza en sí mismo del proletariado hubiera salido fortalecida y no debilitada, como está ocurriendo hoy.

Al producirse el hundimiento del Bloque del Este tras un periodo de Guerra Fría con el Bloque del Oeste, “Guerra” en la que este último aparece como “Vencedor” sin haber librado batalla, va a acrecentar entre las poblaciones de occidente y entre ellas en los obreros, un sentimiento de euforia y de confianza en sus gobernantes, algo similar, salvando las distancias, al que desorientó a la clase obrera de los países “vencedores” tras las dos guerras mundiales y que fue incluso una de las causas del fracaso de la oleada revolucionaria que se produjo tras la I Guerra Mundial.Tal euforia, catastrófica para la conciencia del proletariado, estará evidentemente más limitada por el hecho mismo de que el mundo no sale hoy de una matanza imperialista mundial; sin embargo, las consecuencias nefastas de la situación actual se verán reforzadas por la euforia de las poblaciones de algunos países del Este, que no dejarán de impactar en el Oeste.

Cuando la apertura del Muro de Berlín, símbolo por excelencia del terror que el estalinismo ha impuesto a las poblaciones sobre las que gobernaba, la prensa y algunos políticos compararon el ambiente que inundaba esta ciudad con el de la “Liberación”. No es por casualidad: los sentimientos de las poblaciones de Alemania del Este durante la destrucción de este símbolo  eran comparables al de las poblaciones que habían sufrido durante años y años la ocupación y el terror de la Alemania nazi. Como la historia nos enseña, no hay peores obstáculos para la toma de conciencia del proletariado que esos sentimientos, esas emociones. La satisfacción que sienten los habitantes del Este ante la caída del estalinismo y, sobre todo, el refuerzo de las ilusiones democráticas que esos sentimientos permiten, va a repercutir fuertemente, entre los proletarios de los países occidentales, y muy especialmente entre los de Alemania, cuya importancia es muy grande en el proletariado mundial en la perspectiva de la revolución. Además, la clase obrera de ese país va a tener que soportar en el periodo venidero el peso de las mistificaciones nacionalistas reforzadas por la posible reunificación de Alemania, prácticamente a la orden del día.Ya hoy los engaños nacionalistas son muy fuertes entre los obreros de la mayoría de los países del Este. No sólo existen en las diferentes repúblicas que forman la URSS; también tienen un peso enorme entre los obreros de las democracias populares a causa, entre otras cosas, de la manera tan bestial con la que “el Hermano Mayor” soviético ha ejercido sobre ellas su dominación imperialista. Las sangrientas intervenciones de los tanque rusos en la RDA en 1953, en Hungría en 1956, en Checoslovaquia en 1968, así como el saqueo sistemático de las economías de los países “satélites” han tenido que soportar durante años, no pueden sino acrecentar esas mistificaciones nacionalistas.

Junto a las mentiras democráticas y sindicales, las nacionalistas contribuyeron sobremanera, durante el periodo1980-81, en la desorientación de los obreros en Polonia, dejando vía libre al aplastamiento de diciembre de 1981. Con la dislocación del Bloque del Este, a la que estamos asistiendo, los mitos nacionalistas tendrán un nuevo impulso que hará todavía más difícil la toma de conciencia de los obreros de estos países y serán también un lastre para los obreros de Occidente; no necesariamente (excepto en el caso de Alemania) porque se vaya a fortalecer un nacionalismo directo en sus filas, sino por el desprestigio y la alteración que en sus conciencia va sufrir la idea misma de internacionalismo proletario.

No olvidemos que esta noción ha sido totalmente desnaturalizada por el estalinismo y, siguiendo sus pasos, por la totalidad de las fuerzas burguesas, identificándola con la dominación imperialista de la URSS sobre su bloque. En 1968 la intervención de los tanques del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia se hizo en nombre del “Internacionalismo proletario”. El hundimiento y el rechazo de las poblaciones de los países del Este hacia el “internacionalismo” de tipo estalinista no dejará de pesar negativamente en la conciencia de los obreros del Oeste y eso tanto más porque la burguesía occidental no dejará pasar la mínima ocasión para contraponer al verdadero internacionalismo proletario su propia “solidaridad internacional”, entendida como apoyo a las desbaratadas economías del Este (y eso cuando no sea un llamamiento directo a la caridad) o a las “reivindicaciones democráticas” de sus poblaciones cuando estas tengan que enfrentarse a represiones brutales (recordamos la campaña a propósito de Polonia en 1981 o en China recientemente).

De hecho, (con esto entramos en lo que es meollo de las campañas que la burguesía está articulando en estos tiempos), su objetivo último y fundamental es la perspectiva misma de la revolución comunista mundial (el internacionalismo es uno de los factores de esa perspectiva) que hoy se ve afectada por el hundimiento del estalinismo. La insoportable tabarra que vomitan día y noche los medios de comunicación, con una campaña en la que repiten hasta el hartazgo que: “el comunismo ha muerto, se ha declarado en quiebra”, resume el mensaje fundamental que todos los burgueses del mundo quisieran meter en la mente de los obreros a quienes explotan. Y la mentira en la que coincidieron unánimemente todas las fuerzas burguesas en el pasado, en los peores momentos de la contrarrevolución,”la identificación entre comunismo y estalinismo”, vuelve a servírnosla con la misma unanimidad. Esa identificación le permitió a la burguesía, en los años 1930, alistar a la clase obrera tras el estalinismo para así rematar la derrota. Ahora que el estalinismo está totalmente desprestigiado entre los obreros, la misma mentira le sirve para desviarlos de la perspectiva del comunismo.

Hace ya tiempo que la clase obrera vive en el desconcierto en los países del Este;  así que cuando términos como “dictadura” del proletariado lo utilizan para ocultar el terror policiaco, cuando con “poder de la clase obrera” se refieren al poder cínico de los burócratas, cuando “socialismo” es explotación bestial, miseria, penuria y fraudes, cuando en la escuela hay que aprenderse de memoria citas de Marx o de Lenin, no puede uno sino apartarse de esas nociones; o sea, rechazar lo que han sido siempre las bases mismas de la perspectiva histórica del proletariado, negarse categóricamente a estudiar los textos de base del movimiento obrero, pues los términos mismos de “movimiento obrero”, “clase obrera” acaban por parecer obscenidades.

En tal contexto, la misma idea de una Revolución del proletariado está totalmente desprestigiada. “¿De qué nos sirve volver a empezar como en Octubre de 1917 si acabaremos en la barbarie estalinista?”. Ese es actualmente el sentir predominante entre los obreros de los países del Este. De tal manera, manejando el hundimiento y la agonía del estalinismo, la burguesía de los países occidentales empuja  a que se desarrollen sentimientos similares entre los obreros occidentales. La quiebra de ese sistema es tan evidente y espectacular que en gran parte lo consigue. Es previsible que todos los acontecimientos que están sacudiendo los países del Este y que repercuten en el mundo entero, influyan negativamente durante todo un periodo en la toma de conciencia de la clase obrera. En un principio, la caída del “Telón de acero”, que separaba en dos al proletariado mundial, no va a permitir a los obreros occidentales compartir con sus hermanos de clase del Este las experiencias adquiridas en sus luchas contra las trampas y engaños desplegados por la burguesía más fuerte del mundo; al contrario, serán sus ilusiones en el mito de la “superioridad del capitalismo sobre el socialismo” lo que va a caer en tromba sobre el Oeste debilitando, en el periodo inmediato y durante cierto tiempo, lo que los proletarios habían ganado en experiencia en esta parte del mundo. Por todo ello, la agonía del estalinismo, instrumento por antonomasia de la contrarrevolución, es reutilizada por la burguesía contra la clase obrera.

Las perspectivas para la lucha de clases

La caída de los regímenes estalinistas, esencialmente resultado de la quiebra completa de su economía, no podrá, en un contexto mundial de agudización de la crisis capitalista, sino agravar dicha quiebra. Eso significa, para la clase obrera de esos países, ataques y miseria sin precedentes, incluso hambre. Una situación así provocará necesariamente explosiones de cólera. Pero, el contexto político e ideológico es tal, en los países del Este, que la combatividad obrera no podrá, durante un largo tiempo, desembocar en un verdadero desarrollo de la conciencia (Véase el Editorial de esta Revista Internacional). El caos y las convulsiones que se desarrollan en estos países en el plano económico y político; la barbarie y la putrefacción, desde su misma raíz, del conjunto de la sociedad capitalista, que en ellos se expresan de manera concentrada y caricaturesca,  no podrán llevarlos a comprender la necesidad de echar abajo el sistema mientras los batallones decisivos del proletariado, los de las grandes concentraciones obreras de Occidente y en especial de Europa, no hayan hecho suya esa comprensión[9].

Como hemos visto, también esos sectores del proletariado están hoy soportando de lleno el empleo de violentas campañas burguesas y viven un retroceso en la conciencia; lo que no quiere decir que estén incapacitados para entablar combates contra los ataques económicos de un capitalismo cuya crisis mundial es irreversible. Eso significa, sobre todo, que durante cierto tiempo esas luchas van a quedar prisioneras, mucho más que en los años precedentes, de los órganos del Estado para el encuadramiento de la clase obrera, y en primera línea de los sindicatos, como puede comprobarse ya en los combates más recientes; estos instrumentos van a ser los beneficiarios de las ganancias debidas al reforzamiento general de las ilusiones democráticas, van a encontrar también el terreno más favorable para sus maniobras, gracias al desarrollo de la ideología reformista resultante del aumento de las ilusiones en la “superioridad del capitalismo” respecto a cualquier otra forma de sociedad.

Sin embargo, el proletariado de hoy no es el de los años treinta; no acaba de salir de una derrota como la que tuvo que soportar tras la oleada revolucionaria de la primera Posguerra. La crisis mundial del capitalismo es insoluble y va a agravarse cada día más (Véase el artículo sobre la crisis económica en este mismo número). Tras el  hundimiento del “Tercer mundo” a finales de los setenta, tras la implosión actual de las economías llamadas “socialistas”, le toca el turno al sector del capital mundial formado por los países más desarrollados que, desplazando hacia la periferia del sistema sus peores convulsiones, han podido hasta ahora ir sorteando los obstáculos y escamoteando los fracasos con mayor o menor éxito. La inevitable bancarrota, no de un sector particular del capitalismo sino del conjunto de este modo de producción, acabará minando las bases mismas de las campañas de la burguesía occidental sobre la “superioridad del capitalismo”. 

El desarrollo de la  combatividad proletaria deberá conducir a un nuevo desarrollo de su conciencia de clase, actualmente interrumpido y contrarrestado por el hundimiento del estalinismo. Les incumbe a las organizaciones revolucionarias contribuir con decisión en ese desarrollo. No se trata de consolar a los obreros sino de poner en evidencia que, a pesar de las dificultades del camino, al proletariado no le queda otro que el que lleva a la revolución comunista. F. M. 25/11/89


[1] Es significativo que la burguesía francesa, “revolucionaria” y “democrática”, no dudara en vejar la “Declaración de los derechos del Hombre” que hacía poco que había adoptado (Declaración por la que hoy muestra un gran fervor) prohibiendo toda asociación obrera (Ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791). Esta prohibición no fue derogada hasta 1884, un siglo después
[2] La degeneración y la traición del PCUS no ocurrió sin resistencia, de la clase obrera y del mismo de partido bolchevique. Una gran proporción de militantes y casi todos los dirigentes del partido de Octubre de 1917 fueron exterminados por el estalinismo. Sobre este tema pueden leerse los artículos: “La degeneración de la revolución rusa” y “La izquierda comunista en Rusia”, en la Revista Internacional, nº 3, 8, y 9, http://es.internationalism.org/rint/1975/3_degrevorusa y http://es.internationalism.org/rint/1975/3_Kronstandt . También puede consultarse La Izquierda Comunista en Rusia: manifiesto del Grupo Obrero, http://es.internationalism.org/Rint142-Miasnikov
[3] En la segunda mitad de los años veinte  y durante los años treinta, la burguesía democrática de Occidente no manifestó la misma repugnancia respecto al estalinismo “bárbaro y totalitario” que mostró a partir de la “Guerra fría”  y que hoy sigue cacareando en sus campañas. A Stalin le aportó un apoyo sin reservas en las persecuciones que desencadenó contra la Oposición de Izquierdas y su principal dirigente, Trotsky; para quien el mundo se convirtió en un “planeta sin visado” tras su expulsión de la URSS. Todos los “demócratas” del mundo y en primera línea los socialdemócratas que gobernaban en Alemania, Gran Bretaña, Noruega, Suecia, Bélgica o Francia dieron, una vez más, pruebas de su repugnante hipocresía, “pasándose por el forro” sus más virtuosos principios, como el Derecho de Asilo, por ejemplo. Toda esa gentuza no emitió la menor crítica durante los Juicios de Moscú en los que Stalin liquidó a los veteranos del Partido Bolchevique acusados de “Hitlero-trotskismo”.  Todas esas “almas cándidas” llevaron su infamia hasta el punto de decir que “Si el río suena agua lleva”.
[5] Esta ocupación constituye una prueba suplementaria de que los regímenes que se instalaron en los países de Europa del Este tras la II Guerra Mundial (igual que el existente en la URSS) no tienen nada que ver con el instaurado en Rusia en 1917, cuyos orígenes están marcados por la guerra imperialista. El carácter obrero de la Revolución de octubre queda demostrado por el hecho de que surgió CONTRA la guerra imperialista. El carácter antiobrero y capitalista de las democracias populares se confirma por el hecho de que se instauraron GRACIAS a la guerra imperialista.

[6] Ver Lucha de clases en los países del Este (Revista Internacional nº 27): http://es.internationalism.org/node/2321

[7] Ese no es el único factor que permite explicar el desgaste del impacto del estalinismo en la clase obrera o el conjunto de mistificaciones burguesas, entre el final de la Guerra y el resurgir histórico del proletariado a finales de los años sesenta. Por otro lado, en muchos países, especialmente en el Norte de Europa, el estalinismo no desempeña, desde la II Guerra Mundial, más que un papel muy secundario, en comparación al de la socialdemocracia, en el encuadramiento de los obreros. El debilitamiento de las mistificaciones antifascistas, por la falta, en muchos países, del espantajo “fascista” y el desgaste de la influencia de los sindicatos (sean estalinistas o socialdemócratas), muy utilizados ya durante los años sesenta en el sabotaje de las luchas, permite también explicar la reducción del impacto del estalinismo y la socialdemocracia en el proletariado, lo que facilita a éste volver a entrar en la rueda de la historia desde que comenzaron  los primeros ataques de la crisis.
[8] Ver Un año de luchas obreras en Polonia (Revista Internacional nº 27): http://es.internationalism.org/node/2318
[9] Ved nuestro análisis sobre el tema en el artículo: “El proletariado de Europa Occidental en el centro de la generalización de la lucha de clases”, en nuestra Revista internacional, nº 31, http://es.internationalism.org/rint/1982/31_eslabon