Comprender la decadencia del capitalismo (III) - Ascendencia y decadencia del capitalismo

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Comprender la decadencia del capitalismo es también comprender lo específico de cada forma de la lucha proletaria en nuestra época y por lo tanto, las diferencias con otras fases históricas. Gracias a la comprensión de esas diferencias se comprende la continuidad que atraviesa a las organizaciones políticas del proletariado.

Quienes, como el Grupo Comunista Internacionalista (GCI) ignoran la decadencia del capitalismo, mandan "lógicamente" al campo de la burguesía a la IIª Internacional (1889-1914) y a los partidos que la formaron. Ignoran así la continuidad real que es un elemento fundamental de la conciencia de clase.

Defender esa continuidad no es para nosotros ponerse a hacer alabanzas de los partidos que formaron la IIª Internacional y menos todavía considerar válida su práctica para nuestra época. Y de lo que ni mucho menos se trata aquí es de reivindicar la herencia de la fracción reformista que se inclinaba hacia el "socialismo", pasándose con el estallido de la guerra al campo de la burguesía definitivamente. De lo que aquí se trata es de comprender que la IIª Internacional se construye de entrada basada en el marxismo, que aquella inscribe en su programa.

Hay dos maneras de juzgar a la IIª Internacional: una, con el método marxista, o sea crítico, que consiste en situarla en su contexto histórico. La otra, la del anarquismo, sin método coherente e histórico, que se limita sencillamente a negar su existencia dentro del movimiento obrero. La primera manera es la que siempre usaron las izquierdas comunistas y que la CCI ha retomado. La segunda es la de esos irresponsables que con fraseología "revolucionaria" tan buena como incoherente ocultan difícilmente su método semianarquista. El GCI forma parte de esos últimos.

Un nihilismo apocalíptico

"Ante de mí, el caos". Para quien cree que no hay porvenir, "no future", la historia pasada es algo inútil, absurdo, contradictorio. Tantos esfuerzos, tantas civilizaciones, tanto saber para acabar en una perspectiva de humanidad hambrienta, enferma y amenazada de destrucción por el fuego nuclear. "Después de mí, el diluvio", ... "Antes, el caos".

Esa ideología a lo "punk" que el capitalismo rezuma en esta época de decadencia avanzada, salpica en diferentes grados al conjunto de la sociedad. Incluso individuos revolucionarios, supuestamente convencidos -por definición-, de la existencia, si no es de la inminencia, de un porvenir revolucionario de la sociedad, sufren a veces, cuando están mal armados políticamente, la presión de ese "nihilismo apocalíptico", según el cual nada del pasado tiene sentido. La idea misma de una "evolución" en la historia les parece algo descabellado. La historia del movimiento obrero, el esfuerzo de siglo y medio de generaciones de revolucionarios organizados por estimular, acelerar y fecundar las luchas de su clase, todo eso lo consideran nimiedades, lo ven incluso como elementos conservadores y de "autorregulación" del orden social existente. Es ésta una moda que vuelve de vez en cuando, que propagan elementos que proceden del anarquismo o que van hacia él.

Desde hace algunos años, el GCI desempeña cada día mejor ese papel. El GCI es una escisión de la CCI (1978), pero el personal que lo formó procedía en parte, antes de estar en la CCI, del anarquismo. Tras un corto "romance" con el bordiguismo, después de la ruptura con la CCI, el GCI ha ido evolucionado hacia los amores adolescentes de algunos de sus animadores, o sea, el anarquismo, haciendo cada día más elucubraciones desesperadas y ahistóricas sobre la rebelión eterna; no se trata sin embargo de un anarquismo declarado, abierto, capaz de afirmar, por ejemplo, que Bakunin o Proudhon tenían razón en el fondo contra los marxistas de entonces; no, es un anarquismo vergonzante, que no se atreve a decir su nombre y que defiende sus tesis a golpe de cita de Marx y de Bordiga. El GCI ha inventado el "anarco-bordiguismo-punk".

Al igual que un adolescente con problemas de afirmación de identidad y en ruptura familiar, el GCI considera que antes de él, era la nada o casi. ¿Lenin?: "(su) teoría del imperialismo no es sino un intento por justificar bajo otras banderas (antiimperialistas!) el nacionalismo, la guerra, el reformismo... la desaparición del proletariado como sujeto de la historia"[1]. ¿Rosa Luxemburgo?, ¿los espartakistas alemanes?, "socialdemócratas de izquierda". ¿La socialdemocracia misma, la del siglo XIX y principios del XX, en cuya fundación habían participado Marx y Engels, en la que se formaron no sólo los bolcheviques y los espartakistas, sino también quienes iban a formar la izquierda comunista de la IIIª Internacional (izquierda italiana, alemana, holandesa, etc.)?. Para el GCI, la socialdemocracia (al igual que la IIª Internacional por ella creada) era "de naturaleza burguesa". ¿Y todos aquellos que, en el seno de la IIª Internacional y después en al IIIª defendieron, contra los reformistas, la inevitable y mas tarde real decadencia del capitalismo?. «Antiimperialista o Luxemburguista, la teoría de la decadencia no es sino una ciencia burguesa que sirve para justificar ideológicamente la debilidad del proletariado en su lucha por un mundo sin valor».

De la impresión, en vista de la cantidad de citas hechas, que antes del GCI sólo ha existido un revolucionario, Marx, y puede que Bordiga... aunque, cabe preguntarse con todo derecho y siguiendo los conceptos del GCI, qué tenían de revolucionarios un individuo como Marx, fundador de organizaciones "de naturaleza esencialmente burguesa" o un individuo como Bordiga, quien no rompió con la socialdemocracia italiana hasta 1921.

Lo que en realidad no tiene sentido para el GCI es la problemática misma de saber cuáles han sido las organizaciones proletarias del pasado y cuáles han sido sus sucesivos aportes al movimiento comunista internacional. Para el GCI, reivindicarse de una continuidad política histórica con las organizaciones del proletariado, como lo han hecho siempre las organizaciones comunistas y nosotros también, es tener "espíritu de familia". Eso no es más que una de las facetas de su visión caótica de la historia, una de las genialidades de ese cocido teórico que por lo visto le sirve al GCI de marco de intervención. En los dos artículos anteriores[2], dedicados al análisis de la decadencia del capitalismo y a la crítica que hace de ese análisis el GCI, hemos expuesto, primero, la vacuidad anarquista que está tapada por la verborrea marxistizante del GCI y su rechazo del análisis de la decadencia del capitalismo y de la idea misma de evolución histórica y, segundo, las aberraciones políticas y las posiciones claramente burguesas (apoyo a los guerrilleros estalinistas del Sendero Luminoso en Perú) a que lleva ese método o más bien la ausencia total de método. Se trata ahora, en este artículo, de combatir el otro aspecto de esos conceptos ahistóricos que niegan la necesidad para cualquier organización revolucionaria de comprender y situarse en el marco de la continuidad histórica de las organizaciones comunistas del pasado.

La importancia de la continuidad histórica en el movimiento comunista

En todas nuestras publicaciones está escrito: "La GCI se reivindica de las aportaciones sucesivas de la Liga de los Comunistas, de la Iª, IIª y IIIª Internacionales, de las fracciones de izquierda que surgieron de esta última, en particular de las izquierdas alemana, holandesa e italiana". Esto, al GCI, le da náuseas.

"Los comunistas -escribe el GCI- no tienen problemas de ‘paternidad', el apego a la ‘familia' revolucionaria es una manera de negar la impersonalidad del programa. El hilo histórico por el que circula la corriente comunista no es ni una cuestión de ‘persona' ni de organización formal; es una cuestión de práctica, práctica que puede ser asumida a veces por tal individuo, otras por tal organización. Dejemos pues a los decadentistas seniles cacarear en sus árboles genealógicos, en busca de sus papás y ocupémonos de la revolución!".

Obsesionado por sus problemas de "rebelión contra el padre", el GCI sólo habla de "hilo histórico" para transformarlo en una abstracción etérea, sin carne ni realidad tangible, que planea por encima de las "personas" y de las "organizaciones formales". Volver a hacer suya la experiencia histórica del proletariado y, por consiguiente, volver a apropiarse las lecciones sacadas por sus organizaciones políticas, a eso el GCI lo llama "buscar sus papás", oponiéndole el "ocupémonos más bien de la revolución"; palabras éstas huecas e inconsecuentes cuando uno sabe los esfuerzos y la continuidad de los esfuerzos de las organizaciones que desde hace más de siglo y medio se "ocupan de la revolución".

No es a partir del pasado como se interesa uno por el presente, sino que es a partir de las necesidades del presente y del futuro por lo que uno se interesa por el pasado. Y sin la comprensión de la historia, se está totalmente desarmado ante el porvenir. La lucha por la revolución comunista no empezó con el GCI. Esa lucha tiene una larga historia. Y aunque jalonada por derrotas del proletariado, ha dado, a quienes hoy quieren contribuir de verdad en el combate revolucionario, lecciones, experiencias adquiridas, que son armas de combate valiosísimas e indispensables. Y son precisamente las organizaciones política del proletariado las que, a todo lo largo de esa historia se han esforzado por sacar y hacer explícitas esas lecciones. Eso de hacer llamamientos a "ocuparse de la revolución" sin ocuparse de las organizaciones políticas proletarias del pasado y de la continuidad de su esfuerzo, eso son fantasmas de rebelde de colegio de pago. El proletariado es una clase histórica, es decir, portadora de porvenir a escala de la historia. Es una clase que, contrariamente a las demás clases oprimidas que se han ido descomponiendo a medida que evolucionaba el capitalismo, se refuerza, se desarrolla, se concentra a la vez que a va adquiriendo a través de las generaciones, a través de mil combates de resistencia cotidiana y gracias a algunos grandes intentos revolucionarios, la conciencia de lo que quiere hacer. La actividad de las organizaciones revolucionarias, sus debates, reagrupamiento y escisiones, todo forma parte íntegra del combate histórico, ininterrumpido desde Babeuf hasta el triunfo definitivo. No entender la continuidad que las relaciona políticamente a través de la historia significa no ver en el proletariado más que una clase sin historia ni conciencia, todo lo más una clase... rebelde. El GCI ve problemas psicológicos de "paternidad" y "apego a la familia" en algo que es lo mínimo de conciencia que hay que exigir a una organización que pretende ponerse a la altura de su papel de vanguardia del proletariado.

¿De qué continuidad nos reivindicamos nosotros?

El GCI afirma que reivindicarse de una continuidad con las organizaciones comunistas del pasado es "negar la impersonalidad del programa". Es evidente que el programa comunista no es ni la obra ni la propiedad de una persona o de no se sabe qué genio. Si el marxismo se llama así es en reconocimiento de que fue Marx quien puso los cimientos de un concepto proletario verdaderamente coherente del mundo. Sin embargo, ese concepto no ha cesado de elaborarse a través de la lucha de la clase y mediante sus organizaciones desde sus primeras expresiones hasta hoy. Marx mismo se reivindica de la obra de los Iguales de Babeuf de los socialistas utópicos, de los Cartistas ingleses, etc., y consideraba sus ideas como del proletariado. Pero por muy "impersonal" que sea, el programa comunista no deja de ser la obra de seres humanos de carne y hueso, de militantes agrupados en organizaciones políticas cuya labor tiene una continuidad. La verdadera cuestión no es de saber si hay o no continuidad., sino cómo es esa continuidad.

El GCI, demostrando así que no entiende lo que pretende criticar, da a entender que el reivindicarse de una continuidad de las organizaciones políticas proletarias sería como reivindicarse de todo lo que cualquiera dijo en cualquier momento en el movimiento obrero. Uno de los principales reproches que hace el GCI a quienes defienden la idea de que existe una decadencia del capitalismo es que "asumen así, de manera acrítica, la historia pasada y en especial el reformismo socialdemócrata justificado por arte de magia, ya que tuvo lugar durante ‘la fase ascendente del capitalismo'". En la mente obtusa del GCI, asumir una continuidad histórica sólo puede significar "asumir de manera acrítica". En la realidad ha sido la historia misma quien se ha encargado de hacer una crítica sin concesiones, zanjando la cuestión en los hechos. No fueron cualesquiera tendencias las que fueron capaces de asumir la continuidad entre la antigua organización y la nueva. Ha sido siempre la izquierda, en las tres principales organizaciones políticas internacionales del proletariado, la que ha asumido esa continuidad.

Fue la izquierda la que aseguró la continuidad entre la Iª y la IIª Internacionales, gracias a la corriente marxista, en oposición a las corrientes proudhonianas, bakuninistas, blanquistas y otras corporativistas. Fue también la izquierda la que, entre la IIª y la IIIª Internacionales, llevó a cabo el combate primero contra los "socialpatriotas", y aseguró la continuidad durante la primera guerra mundial formado la Internacional Comunista. Y fue una vez más la izquierda, la "izquierda Comunista", y en particular la italiana y la alemana, las que recogieron y desarrollaron las adquisiciones revolucionarias pisoteadas por la contrarrevolución socialdemócrata y estalinista. Eso se explica por la dificultad de existencia de las organizaciones políticas del proletariado. La existencia misma de una auténtica organización política proletaria es una lucha permanente contra la presión de la clase dominante, presión material y física para empezar (falta de medios financieros, represión policíaca, etc.), pero sobre todo ideológica. La ideología dominante siempre tiende a ser la de la clase económicamente dominante. Los comunistas son personas humanas y sus organizaciones no están impermeabilizadas por arte de magia contra la penetración de la ideología que resuma por todos los poros de la vida social. Las organizaciones políticas del proletariado mueren a menudo vencidas, traicionando, yéndose al campo enemigo. Únicamente las fracciones de la organización que tuvieron fuerzas para no entregar las armas ante la presión de la clase dominante, o sea las izquierdas, pudieron asumir las continuidad de lo que esas organizaciones tenían de proletario.

Por todo eso, reivindicarse de la continuidad que atraviesa a las organizaciones políticas proletarias es reivindicar la acción de las diferentes fracciones de izquierda, las únicas que fueron capaces de asegurar esa continuidad. Reivindicarse "de los aportes sucesivas de la Liga de los Comunistas, de la Iª, IIª y IIIª Internacionales" no es "asumir de manera acrítica" a los Willich y Schapper de la Liga de los Comunistas, ni a los anarquistas de la AIT, ni a los reformistas de la IIª, ni a los bolcheviques degenerantes de la IC. Es, al contrario, reivindicarse del combate político llevado a cabo por las izquierdas, generalmente minoritarias, contra esas tendencias. Ese combate no tenía, sin embargo, lugar en cualquier sitio, sino que se desarrollaba en el seno de las organizaciones que agrupaban a los elementos más avanzados de la clase obrera, organizaciones proletarias que, a pesar de sus debilidades, siempre han sido un reto lanzado al orden establecido. No eran la encarnación de no se sabe qué verdad invariable, eterna y definida de una vez por todas, como lo pretende la teoría de la invariación del programa comunista que el GCI ha recogido de los bordiguistas. Han sido la "vanguardia" concreta del proletariado como clase revolucionaria en un momento dado de la historia y en un nivel determinado del desarrollo de la conciencia de clase.

En los debates entre la tendencia Willich y la de Marx, en la Liga de los Comunistas, en la confrontación entre anarquistas y marxistas en la AIT, entre reformistas e izquierda internacionalista en la IIª, entre bolcheviques degenerantes e izquierdas comunistas en la IC, se concretan los esfuerzos permanentes de la clase obrera para darse las armas políticas de su combate. Reivindicarse de la continuidad política de las organizaciones del proletariado es, situarse en al continuidad de las tendencias que en su día supieron asumir esa continuidad, es situarse también en el esfuerzo mismo que se plasma en esas organizaciones.

La naturaleza de clase de la socialdemocracia
de finales del siglo xix y principios del xx

Para el GCI, lo que impide que se hable de continuidad de las organizaciones políticas proletarias es que se pueda considerar a los partidos socialistas del siglo XIX y a la IIª Internacional como organizaciones obreras.

Para él, la socialdemocracia era de naturaleza "esencialmente burguesa".

Como ya vimos en artículos precedentes, el GCI recoge la idea anarquista de que la revolución comunista siempre estuvo al orden del día desde los inicios del capitalismo; no hay períodos diferentes en el capitalismo. El programa del proletariado se reduce a una consigna eterna: revolución comunista ya. El sindicalismo, el parlamentarismo, la lucha por reformas, nada de todo eso fue nunca obrero. Por consiguiente, los partidos socialistas y la IIª Internacional después, que hicieron de esas formas de lucha el eje esencial de su actividad, no podían ser sino instrumentos de la burguesía. La IIª Internacional de Engels vendría a ser lo mismo que las componendas entre Mitterrand y Felipe González por ejemplo. Como ya las hemos abordado a fondo en dos artículos anteriores, no vamos a volver aquí sobre cuestiones como la existencia de dos fases históricas fundamentales en la vida del capitalismo y el lugar central que el análisis de la decadencia ocupa en la coherencia marxista. Tampoco vamos a volver a tratar aquí sobre las diferencias que acarrea el cambio de período en al práctica y en las formas de lucha del movimiento obrero.

Situándonos ahora desde el enfoque que da la cuestión de la continuidad histórica de las organizaciones revolucionarias, queremos poner de relieve, más allá de las debilidades debidas a las formas de lucha de la época, y de su degeneración, lo que fue proletario en la socialdemocracia y cuáles fueron los aportes de que se reivindicaron después los revolucionarios marxistas.

¿Cuáles son los criterios para juzgar la naturaleza de clase de una organización?. Pueden definirse tres importantes:

  • el programa, o sea la definición del conjunto de medios y fines de su acción;
  • la práctica de la organización en la lucha de clase;
  • y, en fin, su origen y su dinámica histórica.

Sin embargo, esos criterios solo tienen sentido si se sabe primero situar a tal o cual organización en las condiciones históricas de su existencia. Y eso, no sólo porque es indispensable tener en cuenta las condiciones históricas objetivas para definir cuales son y pueden ser los objetivos inmediatos y las formas de la lucha proletaria; tan indispensable es tener en la mente cuál era el nivel de conciencia alcanzado históricamente por la clase proletaria en un momento dado para juzgar el nivel de conciencia de una organización específica.

La conciencia tiene un desarrollo histórico. No basta con comprender que el proletariado existe como clase autónoma políticamente como mínimo desde mediados del siglo XIX. También hace falta entender que durante todo el tiempo que ha pasado, no ha sido ni una momia ni un dinosaurio disecado. Su conciencia de clase, su programa histórico, han evolucionado, enriqueciéndose con la experiencia, evolucionando con las condiciones históricas en maduración. Cuando se juzga el nivel de conciencia que se plasma en un programa proletario del siglo XIX, sería absurdo exigirle una comprensión de algo que sólo unas cuantas décadas de experiencia y de evolución de la situación pudieron hacer comprender más tarde.

Recordemos pues brevemente algunos aspectos de las condiciones históricas en que se formaron y vivieron los partidos socialdemócratas durante el último cuarto del siglo XIX y hasta la primera guerra mundial, época en que muere la IIª Internacional y los partidos se disgregan uno tras otro, bajo el peso de la traición de sus direcciones oportunistas.

 

Las condiciones de lucha del proletariado en la época de la socialdemocracia

En el concepto estático del GCI según el cual el capitalismo sería "invariable" desde sus principios, el final del siglo XIX aparece idéntico a los tiempos actuales. De ahí que su opinión sobre la socialdemocracia de aquel entonces se limite a una simple identificación con los actuales partidos socialistas o estalinistas. En realidad, ese tipo de proyecciones infantiles según el cual lo que uno conoce es lo único que ha existido desde que el mundo es mundo, no es más que la más lamentable negación del análisis histórico. Las generaciones actuales conocen un mundo que desde hace más de tres cuartos de siglo ha vivido al ritmo de las mayores expresiones de barbarie de la historia de la humanidad: las guerras mundiales. Cuando no ha sido la guerra mundial declarada, es la crisis económica lo que se abate sobre la humanidad, con las excepciones de dos períodos de "prosperidad" basados en la "reconstrucción" tras la primera y la segunda guerra mundial. Ha de añadirse a todo eso, desde el final de la segunda guerra mundial, la existencia de guerras locales permanentes en las áreas menos desarrolladas del planeta y una orientación de la economía, a nivel mundial, dirigida esencialmente hacia objetivos militares y de destrucción.

El aparato encargado del mantenimiento de ese orden decadente no ha cesado de desarrollar su imperio sobre la sociedad, de modo que la tendencia al capitalismo de Estado, en todas sus formas, se ha ido concretando en todos los países con cada día más poderío y omnipresencia en todos los sectores de la vida social y, en primer término, en las relaciones entre las clases. En todos los países, el aparato de Estado se ha ido dotando de todo un tablero de instrumentos de control para encuadrar y atomizar a la clase obrera. Los sindicatos, los partidos de masa se han convertido en rodamientos de la máquina estatal. El proletariado, sólo esporádicamente, puede afirmar su existencia como clase. Fuera de esos momentos de efervescencia social, el proletariado, cuerpo colectivo, está atomizado, como si lo hubieran expulsado de la sociedad civil.

Muy otro es el capitalismo del último cuarto del siglo XIX. En lo económico, la burguesía conoce el más largo y fuerte período de prosperidad de su historia. Tras las crisis cíclicas de crecimiento que, cada casi 10 años, vapuleaban al sistema capitalista entre 1825 y 1873, el capitalismo conoció hasta 1900 casi 30 años de prosperidad casi interrumpida. En lo militar también fue un período excepcional: el capitalismo no conoció guerras de importancia. En aquellos años de prosperidad relativamente pacíficos, difícilmente imaginables para la gente de nuestro tiempo, la lucha del proletariado se desarrolla en un marco político que, aún siendo evidentemente el de la explotación y la opresión capitalistas, no deja de tener características muy diferentes de la del siglo XX.

Las relaciones entre proletarios y capitalistas son, en aquel entones, directas, y tan dispersas como lo están la mayoría de las fábricas, todavía pequeñas. El Estado no interfiere en esas relaciones más que cuando hay conflictos abiertos que pueden "perturbar el orden público". Las negociaciones salariales, el establecimiento de las condiciones de trabajo, son, en la gran mayoría de los casos, dependientes de las relaciones de fuerzas locales entre patronos (a menudo de empresas de carácter familiar) y obreros que en su gran mayoría, proceden directamente del artesanado y la agricultura. El Estado está al margen de esas negociaciones.

El capital conquista el mercado mundial, llevando sus formas de organización social a todos los rincones del planeta. La burguesía hace estallar el desarrollo de las fuerzas productivas. Es cada día más rica, encontrando incluso beneficio en la mejora de las condiciones de existencia de los proletarios. Las luchas obreras se ven a menudo coronadas con el éxito. Las huelgas largas, duras, aisladas incluso, logran que ceda una patronal que además de que puede pagar, enfrenta al obrero en orden disperso. Los obreros aprenden a unirse, a organizarse de modo permanente; y los patronos también, por cierto. Las luchas obreras imponen a la burguesía el derecho de existir para las organizaciones obreras: sindicatos, partidos políticos, sociedades cooperativas. El proletariado se va afirmando como fuerza social en la sociedad, incuso fuera de los momentos de lucha abierta. Hay toda una vida obrera en la sociedad: están los sindicatos, que son "escuelas de comunismo", pero también sociedades obreras en donde se habla de política; hay lo que se llama "universidades obreras" en donde se aprende tanto el marxismo como a leer y a escribir (Rosa Luxemburgo y Antón Pannekoek fueron profesores en la socialdemocracia alemana), hay canciones obreras, fiestas obreras donde se canta, se baila y se habla de comunismo.

El proletariado impone el sufragio universal y consigue estar representando en el parlamento burgués por sus organizaciones políticas; los parlamentos no son todavía esos lugares en los que ha triunfado la vacuidad más teatral; el poder real no está todavía totalmente en manos del poder ejecutivo gubernamental; en resumen, las diferentes fracciones de las clases dominantes se enfrentan de verdad, y el proletariado lograr a menudo utilizar las divergencias entre partidos burgueses para imponer sus intereses. Las condiciones de vida en la clase obrera en Europa conocen mejoras reales: reducción de la jornada laboral de 14 ó 12 horas a 10 horas; prohibición del trabajo infantil y de los trabajos duros para las mujeres; ascenso general en el nivel de vida, del nivel cultural. La inflación es un fenómeno desconocido. Los precios de los bienes de consumo van bajando a media que las nuevas técnicas se integran en la producción. El desempleo se limita al mínimo, es una especie de ejército de reserva de donde el capital saca la nueva fuerza de trabajo que necesita constantemente. Esto puede ser difícil de imaginar, pero debería ser algo evidente para una organización que se reivindica del marxismo.

 

Socialdemocracia no es equivalente a reformismo

Los partidos obreros socialistas y "sus" sindicatos fueron el producto y el instrumento de los combates de aquél entonces. Contrariamente a lo que da a entender el GCI, no fue la socialdemocracia quien "inventó" la lucha sindical y la lucha política parlamentaria a principios de la década de 1870. Desde las primeras apariciones del proletariado como clase, ya en la primera mitad del siglo XIX, la lucha por la existencia de sindicatos o por el sufragio universal (cartistas en Inglaterra en especial) se fue desarrollando en la clase obrera. La socialdemocracia no hace sino ampliar y organizar un movimiento real que ya existía mucho antes que ella y que se desarrollaba independientemente de ella. Para el proletariado de lo que entonces se trataba -como hoy se trata- era de lo mismo de siempre: cómo luchar contra la situación de explotación que se le impone. Ahora bien, la lucha sindical y la política parlamentaria eran en aquella época medios de resistencia verdaderamente eficaces. Negarlos en nombre de la "revolución", era ignorar o negar el movimiento real y el único camino posible que entonces llevaba hacia la revolución. La clase obrera debía usarlo no solo para limitar la explotación, sino también para tomar conciencia de sí, de su existencia como fuerza autónoma, unida.
"La gran importancia de la lucha sindical y de la lucha política está en que socializan el conocimiento, la conciencia del proletariado, organizándolo como clase", como escribe Rosa Luxemburgo en Reforma o Revolución.

Era el "programa mínimo". Pero éste venía acompañado de un "programa máximo", realizable por una clase obrera que se había hecho capaz de luchar contra la explotación hasta su remate: la revolución. Rosa Luxemburgo formuló la relación entre ambos programas: "Según la idea corriente en el Partido, el proletariado llega, con la experiencia de la lucha sindical y política, a la convicción de la imposibilidad de transformar a fondo su situación mediante esa lucha y de la ineluctabilidad de la conquista del poder." Ese era el programa de la socialdemocracia.

El reformismo se definió, en cambio, por la negación de la idea de revolución, considerando que únicamente la lucha por reformas dentro del sistema podía tener sentido. Ahora bien, la socialdemocracia se constituye en oposición directa tanto de los anarquistas, que creían que la revolución estaba al orden de cualquier hora de cualquier día, como de los posibilistas y su reformismo que veían el capitalismo como algo eterno. Así presentaba, por ejemplo, su programa electoral el partido socialista obrero francés, en 1880, redactado por Marx:
"... Considerando, que esa apropiación colectiva no puede venir más que de la acción revolucionaria de la clase productiva -o proletariado- organizada en partido político separado;
que una organización así debe alcanzarse por todos los medios de que dispone el proletariado, incluido el sufragio universal, el cual, de instrumento de engaño que ha sido hasta ahora, pasará a ser instrumento de emancipación;
Los trabajadores socialistas francesas, al darse como finalidad de sus esfuerzos, en lo económico, la del retorno a la colectividad de todos los medios de producción, han decidido, como medios de organización y de lucha, entrar en las elecciones con el programa mínimo siguiente..."

Fuera cual fuese el peso del oportunismo para con el reformismo en las filas de los partidos socialistas, su programa rechazaba explícitamente el reformismo. Los partidos socialdemócratas tenían el programa máximo de la revolución; la lucha sindical y electoral era fundamentalmente el medio práctico, adoptado a las posibilidades y necesidades de entonces, para alcanzar aquel fin.

Qué adquisiciones legó al movimiento obrero la Segunda Internacional

I. La adopción del marxismo

El GCI no reconoce naturalmente la más mínima aportación al movimiento obrero de todas esas organizaciones de naturaleza "esencialmente burguesa". "Entre socialdemocracia y comunismo hay la misma frontera que entre burguesía y proletariado", dice el GCI. El rechazo de la socialdemocracia y de la IIª Internacional del siglo XIX no es nuevo. Siempre fue típico en los anarquistas. Lo que sí es relativamente nuevo es pretender hacerlo reivindicándose de Marx y Engels... ¿por la preocupación de darle una autoridad de tipo paterno, quizás?.

El caso es que la adopción de los conceptos marxistas y el rechazo explícito de los conceptos anarquistas por las organizaciones de masas fue, sin lugar a dudas, la principal ganancia para el movimiento obrero por parte de la segunda Internacional con relación a la primera.

La Primera Internacional (AIT), fundada en 1864, agrupaba, sobre todo en sus inicios, a todo tipo de tendencias políticas: mazzinistas, proudhonianos, bakuninistas, blanquistas, tradeunionistas ingleses, etc. Los marxistas eran una ínfima minoría, a pesar de la importancia de la personalidad de Marx en el Consejo General de la AIT. Durante la Comuna de París, sólo había un marxista, Frankel, y era húngaro. La Segunda Internacional, en cambio, se funda, con Engels desde el principio, basada en el marxismo. El Congreso de Erfurt, en 1891, lo reconoce explícitamente.

En Alemania, ya en 1869, Wilhem Lieknecht y August Bebel, allegados de Marx fundan en Eisenach, tras haberse escindido de la organización de Lassalle (Asociación General de Obreros Alemanes) el Partido Obrero Socialdemócrata, arraigado en el marxismo. Cuando en 1875 se realiza la reunificación, los marxistas son mayoría, aunque el programa adoptado está tan plagado de concesiones a las ideas lassallianas que Marx escribía en una carta adjunta a su conocida crítica al Programa de Gotha:
"... Tras el Congreso de coalición, hemos de publicar, Engels y yo, una breve declaración en la que diremos lo alejados que estamos del mencionado programa de principios, y que nos desentendemos de él." Pero, a continuación, añade: "Un solo paso en el movimiento real es más importante que una docena de programas".

Quince años más tarde, su confianza en el movimiento real quedaba confirmada por la adopción de las ideas marxistas por el conjunto de la Segunda Internacional, desde sus primeros momentos de existencia. Esa fue una aportación de primer orden al fortalecimiento del movimiento obrero.

El GCI recuerda el rechazo de Marx y Engels hacia el término de "socialdemócrata", término que en realidad reflejaba las debilidades lasalianas del partido aleman: "En todos esos escritos, yo nunca me califico de socialdemócrata, sino de comunista. Tanto para Marx como para mí no es posible usar una expresión tan elástica para designar nuestra propia concepción" (Engels, en el folleto Internacionales aus dem Volktaat).

El GCI se "olvida" sin embargo de recordar que los marxistas no deducían de eso que había que romper con el Partido, sino que se debía llevar a cabo la lucha desde dentro sobre los problemas de fondo. Así, Engels precisaba: "Hoy las cosas son muy diferentes, y esa palabra puede aceptarse en última instancia, aunque siga sin corresponder en nada a un Parido cuyo programa económico no sólo es socialista en general sino directamente -comunista, o sea un Partido cuyo objetivo final es la supresión de todo Estado y, por consiguiente, de la democracia".

La adopción de los conceptos básicos del marxismo por parte de la Internacional no fue un regalo de no se sabe qué providencia, sino una conquista alcanzada gracias a la lucha de los elementos más avanzados.

II. La distinción entre organizaciones unitarias
y organizaciones políticas del proletariado

Otra aportación importante de la Segunda Internacional respecto a la Primera, fue la distinción entre dos formas de organización. Por un lado, las organizaciones unitarias que agrupan a los proletarios por su pertenencia de clase (los sindicatos y, más tarde, los soviets o Consejos Obreros); por otro lado, las organizaciones políticas que agrupan a los militantes en base a una Plataforma política precisa.

La AIT, sobre todo en sus principios, agrupaba tanto a individuos como a cooperativas, asociaciones de solidaridad, sindicatos o clubes políticos. Lo cual la transformó en órgano que no logró jamás cumplir verdaderamente ni con sus tareas de orientación política, ni con sus tareas de unificación de proletarios.

Es pues de lo más lógico que los anarquistas, que rechazan el marxismo y niegan la necesidad de organizaciones políticas, luchen en contra de la Segunda Internacional desde sus principios. Muchas corrientes anarquistas, por lo demás, siguen hoy reivindicándose de la AIT. Así pues, en eso tampoco innova el GCI, permaneciendo invariablemente... anarquista.

¿Por qué y cómo se desarrolló el combate de los revolucionarios
en los partidos de la Segunda Internacional?

Todo lo dicho ¿quiere decir que la socialdemocracia y la Segunda Internacional fueron las encarnaciones perfectas de lo que debe ser la organización política de vanguardia el proletariado?. Ni mucho menos, evidentemente.

El Congreso de Gotha tuvo lugar 4 años después de que fuera aplastada la Comuna de París; la Segunda Internacional se funda tras casi 20 años de prosperidad capitalista interrumpida, con el empuje que dio una oleada de huelgas provocada no por la agravación de la explotación debida a una crisis económica, sino a la prosperidad misma que pone el proletariado en relativa posición de fuerza. El alejamiento de las crisis cíclicas del capitalismo, los progresos en la condición obrera, gracias a la lucha sindical y parlamentaria, fomentaban inevitablemente ilusiones entre los obreros, incluso en su vanguardia.

En el enfoque marxista, la revolución no puede ser provocada más que por una crisis económica violenta del capitalismo. La posibilidad de tal crisis parecía alejarse a medida que la prosperidad se prolongaba. El éxito mismo de la lucha por reformas daba crédito a la idea de los reformistas de lo inútil e imposible que era la revolución. El hecho mismo de que los resultados de la lucha por reformas dependiesen esencialmente de la relación de fuerzas en cada Estado nacional y no de la relación de fuerzas internacionales, como así es en lo referente a la lucha revolucionaria, encerraba cada día más a la organización de combate en el marco nacional, de modo que las tareas y las ideas internacionalistas quedaban relegadas a un segundo plano o se dejaban "para más tarde".

En 1898, 7 años después del Congreso de Erfurt, Bernstein formula en la Internacional el cuestionamiento de la teoría marxista de las crisis y del hundimiento económico inevitable del capitalismo (lo cual también niega el GCI): únicamente la lucha por reformas es viable, "los fines no son nada, el movimiento lo es todo".

Los grupos parlamentarios del Partido se dejaron caer a menudo y fácilmente en las redes de la lógica del juego democrático burgués, y los responsables sindicales tenían, por su parte, tendencia a ponerse demasiado "comprensivos" hacia los imperativos de la economía capitalista nacional. La importancia de la lucha que entablaron Marx y Engels contra las tendencias conciliadoras con el reformismo en la socialdemocracia en ciernes, y la que entablaron Luxemburgo, Pannekoek, Goter, Lenin o Trotsky en la socialdemocracia degenerante son la prueba fehaciente de la importancia de la presión de esa forma de ideología burguesa en las organizaciones proletarias...; sin embargo, el peso del reformismo en la Segunda Internacional no la transforma en órgano burgués como tampoco el reformismo proudhoniano había transformado a la AIT en instrumento del capital.

Las organizaciones políticas del proletariado no han sido jamás un bloque monolítico de conceptos idénticos. Es más, las partes más avanzadas de ellas se han encontrado muy a menudo en minoría, como lo demuestran los ejemplos citados. Y lo que sí sabían esas minorías desde Marx y Engels hasta las izquierdas comunistas de los años 30, es que la vida de las organizaciones políticas del proletariado depende de la lucha no sólo contra el enemigo en la calle y en el trabajo, sino también de la lucha constante contra las influencias burguesas, siempre presentes, en el seno mismo de las organizaciones.

Para el GCI, ese tipo de lucha era un contrasentido, una ayuda a la contrarrevolución. Así escribe el GCI: "La presencia de revolucionarios marxistas (Pannekoek, Gorter, Lenin...) en la Segunda Internacional no significaba que ésta defendiera los intereses del proletariado (tanto ‘inmediatos' como históricos) sino que daba garantías, al no haber ruptura, a toda la práctica contrarrevolucionaria de la socialdemocracia".

Hagamos notar de paso que, mira tú por donde, Pannekoek, Gorter y Lenin, esa izquierda separada del comunismo "por una frontera de clase", son ascendidos por el GCI así como así a la categoría de "revolucionarios marxistas"; dejando de lado las condecoraciones, el GCI nos da a entender que organizaciones "de naturaleza esencialmente burguesa" pueden tener una izquierda formada por auténticos "revolucionarios marxistas"... Y eso durante décadas; es sin duda la misma "dialéctica" la que lleva al GCI a considerar al ala izquierda del estalinismo latinoamericano (los maoístas de Sendero Luminoso del Perú) "como la única estructura capaz de dar una coherencia a la cantidad cada día mayor de acciones directas del proletariado" en ese país.

Por mucho que se empeñen esos dialécticos punkis, el estalinismo maoísta peruano no es "una estructura capaz de dar una coherencia a las acciones del proletariado" como tampoco los "revolucionarios marxistas" de la Segunda Internacional fueron "los fiadores de una práctica contrarrevolucionaria".

Marx y Engels, Rosa y Lenin, Pannekoek y Gorter no eran unos imbéciles incoherentes que creían poder luchar por la revolución militando y animando organizaciones burguesas. Eran revolucionarios que, contrariamente a los anarquistas y ... al GCI, comprendían lo que eran las condiciones concretas de la lucha obrera según las épocas históricas del sistema.

Puede criticarse el retraso con que alguien como Lenin tomó conciencia de la gravedad de la enfermedad oportunista que estaba comiendo a la Segunda Internacional; se puede criticar la incapacidad de Rosa Luxemburgo para llevar a cabo una auténtica labor organizativa de fracción en la socialdemocracia, desde principios de siglo; lo que no se puede negar, es la naturaleza del combate que todos ellos entablaron.

Se debe, en cambio, saludar la lucidez de Rosa Luxemburgo, quien ya desde finales del siglo pasado se puso a hacer la crítica sin concesiones de la corriente revisionista que se estaba fortaleciendo en la Segunda Internacional, al igual que la capacidad de los bolcheviques para organizarse en fracción independiente, con sus propios medios de intervención en el seno del parido obrero socialdemócrata de Rusia. Por eso fueron capaces de ser la vanguardia del proletariado en la oleada revolucionaria del final de la primera guerra mundial.

¿Se cree que el GCI que es por casualidad si los "marxistas revolucionarios" como él mismo los llama a veces procedían de la socialdemocracia y no del anarquismo u otra corriente?. Es imposible contestar a una pregunta tan elemental si no se entiende la importancia que tiene la continuidad de las organizaciones políticas del proletariado. Y eso no puede entenderse si no se entiende el análisis de la decadencia del capitalismo.

La historia entera de la Segunda Internacional no puede aparecer más que como un caos sin sentido si se olvida que existió durante el período axial entre la fase histórica de ascendencia del capitalismo y la de su decadencia.

Conclusión

El proletariado se está preparando hoy para entablar los combates decisivos contra el sistema capitalista, el cual ya no logrará recuperarse de la crisis abierta que lo azota desde hace ahora casi 20 años, después de que terminara la reconstrucción a finales de los años 60. Y va hacia esos combates relativamente liberado de las mentiras con las que la contrarrevolución estalinista lo ha emponzoñado desde hace casi 40 años; liberado de sus ilusiones sobre la lucha sindical y parlamentaria en los países de vieja tradición de democracia burguesa, de las ilusiones sobre el nacionalismo antiimperialista en los países menos desarrollados.

Sin embargo, no por quitarse de encima esas mistificaciones, los proletarios han logrado ya volver a hacer suyas todas las lecciones de las luchas obreras del pasado. La tarea de los comunistas no es organizar a la clase obrera, como lo hacía la socialdemocracia en el siglo pasado. La aportación de los comunistas a la lucha obrera se sitúa esencialmente en la práctica consciente, en la praxis de la lucha. Y en ese nivel, su contribución no se sitúa tanto en las respuestas que dan, sino en la manera de plantear los problemas, con una visión del mundo y una actitud práctica que insista en las dimensiones mundial e histórica de cada problema que tiene que encarar la lucha.

Quienes, como el GCI, ignoran la dimensión histórica de la lucha obrera, negando las diferentes fases de la realidad del capitalismo, negando la continuidad real de las organizaciones políticas del proletariado, están desarmando a la clase obrera, ahora que ésta necesita como nunca volver a hacer suya su propia visión del mundo.

No basta, ni mucho menos, con estar "a favor de la violencia", "en contra de la democracia burguesa" para ser capaces de situarse y dar las perspectivas de cada momento de la lucha de la clase.

El creerse eso, el mantener ilusiones al respecto, es peligroso cuando no criminal.

"Lejos de nosotros las medias tintas, las mentiras y la pereza de los partidos socialistas oficiales caducos; nosotros, comunistas, unidos en la Tercera Internacional, nos reconocemos como los continuadores directos de los esfuerzos y del martirio heroico aceptados por una larga serie de generaciones revolucionarias, desde Babeuf hasta Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo."
"Si la Primera Internacional previó el desarrollo que se iba a producir y preparó el camino, si la Segunda Internacional reunió y organizó a millones de proletarios, la Tercera Internacional es la Internacional de la acción de las manos, la Internacional de la realización revolucionaria".
Manifiesto del Congreso de fundación de la Internacional Comunista:
A los proletarios del mundo entero ¡"
Marzo de 1919

[1] Ver "Comprendre la décadence du capitalisme", en Revue Internacionale nº 48, 1977, y "Comprendre les conséquences politiques de la décadence du capitalisme", idem, nº 49, 1987.

[2] Todas las citas del GCI, si no se hace otra mención, están sacadas de los artículos "Théorie de la décadence, décadence de la théorie", publicado en los números 23 y 25 de Le Comuniste, 1985 et 1986