El partido desfigurado: la concepción bordiguista

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La Tercera Conferencia Internacional de grupos de la Izquierda Comunista quedó varada en un banco de arena, formalmente a causa de la cuestión del Partido. No cabe duda que esa explicación fue tan solo un pre­texto. La verdad es que desde la Segunda Conferencia "Battaglia Comunista" y el "Communist Workers Organisation" estaban inquietos, y desde luego más preocupados por los intereses inmedia­tos de su grupo -lo que es característico de aquellos grupos contaminados por el sectarismo- que por la

La Tercera Conferencia Internacional de grupos de la Izquierda Comunista quedó varada en un banco de arena, formalmente a causa de la cuestión del Partido. No cabe duda que esa explicación fue tan solo un pre­texto. La verdad es que desde la Segunda Conferencia "Battaglia Comunista" y el "Communist Workers Organisation" estaban inquietos, y desde luego más preocupados por los intereses inmedia­tos de su grupo -lo que es característico de aquellos grupos contaminados por el sectarismo- que por la importancia que pue­den tener, en el actual período de auge de la lucha de la clase obrera, las Conferencias inter­nacionales de grupos comunistas; haciendo incluso todo lo posible para hacerlas fracasar.

Puede que esta situación complazca a los bordi­guistas del "P. C. Internacional" que han insistido siempre en que no se puede esperar nada bueno de las conferencias entre grupos comunis­tas, sobre todo cuando existe, desde 1943, el Partido In­ternacional Único; es decir, su pequeño grupo. En total acuerdo lógico con ellos mismos, los bordiguistas, consideran que son el único grupo comunista del mundo. Siempre "lógicos" con su postulado, según el cual el "Programa" de la revolución comunista quedó definido en 1848 por Marx y desde entonces no se le puede cambiar ni una coma y afirmando además que el partido es único (como Dios) y monolítico (como el partido de Stalin)[1], los bordi­guistas rechazan toda discusión y exigen, pura y simplemente, la adhe­sión individual a su Partido por parte de todos aquellos que quieren militar por el comunismo.

"Battaglia Comunista" (B. C.) parece más a­bierto a la discusión. Pero es más aparien­cia que realidad. Para B. C. la discusión no es una confrontación de posiciones sino la exigencia de ser reconocido como el partido VERDADERO, como el único habilitado para hablar en nombre de la Izquierda Italiana. Battaglia, como "Pro­grama Comunista", no comprende el proceso de reagrupamiento de los grupos comunistas, dispersos por la presión de 50 años de con­trarrevolución; proceso que comienza con el auge de la lucha de clase del proletariado y se desarrolla sobre la base de un nuevo examen crítico de las posiciones que fueron enunciadas, durante la última ola revo­lucionaria y la experiencia ulterior, de modo que permitieran superar tanto la inmadurez como los errores de antaño, y precisar una coherencia teórico-política capaz de dar mayor cohesión y unidad a un futuro partido comunista internacional.

Este artículo no tiene como objetivo vol­ver a hablar de las incomprensiones de los numerosos "herederos" de lo que fue la co­rriente Izquierda Comunista res­pecto al inevitable proceso del reagrupamiento de las fuerzas comunistas y del lugar que ocupan en éste las Conferencias internacionales. Ya hemos tratado ese tema en numerosos artículos de nuestra prensa y, en particular, en el último número de la Revista Internacional. Nos limitaremos aquí a una cuestión concreta, pero de gran im­portancia: la cuestión del partido: su fun­ción, el lugar que ocupa en el desarrollo de la lucha del proletariado contra la bur­guesía y el sistema capitalista,...

EL COSEJISMO Y EL PARTIDO:

DIVERGENCIAS REALES Y FALSAS DIVERGENCIAS

Para poder avanzar en la discusión sobre el partido, ante todo hay que saber y querer establecer correctamente el marco del debate. El método más improductivo de llevar a cabo un de­bate es recurrir a la deslealtad y borrar los marcos distintivos, definitorios, de lo que se denomina consejismo y de quiénes son los partidarios convenci­dos de la necesidad del partido. Agitando a tontas y a locas el espantajo del consejismo contra todos aquellos que no comparten la concepción bolchevique del partido -y sobre todo la caricatura exagerada que de él hacen los bordiguistas-, se man­tiene y desarrolla la confusión, tanto so­bre lo que es el Consejismo como sobre la misma noción de partido.

El movimiento consejista surge en los  tormentosos años de la oleada revolucionaria que siguió a la Primera guerra mundial. Comparte con la Izquierda Comunista (excepto la de Italia) la idea fundamental de que el movimiento sindical, tal y como e­xiste, no sólo ha dejado de ser una organización de defensa de la clase obrera, sino que la estructura misma de la organización sindical no se corresponde con las necesidades de la lucha del proletariado en el nuevo pe­ríodo histórico que se abre con la guerra y que plantea y pone al orden del día la revolu­ción comunista. Las tareas que se imponen a la clase obrera en este nuevo periodo exigen un nuevo tipo de organización que no esté basado en criterios particulares, individuales, profesionales, corporativistas y estrictamente de defensa económica sino que sea realmente unitario, abierto a la actividad dinámica de toda la clase, que no separe la defensa de sus intereses económicos inmediatos de su meta histórica: emancipación de la clase obrera y destrucción del capitalismo. Tal organización no puede ser otra que los Conse­jos de fábrica, coordinados y centralizados.

Lo que separa a los Consejistas de la Iz­quierda Comunista es que los primeros no sólo niegan toda utilidad a la existencia de un partido político, sino que consideran la existencia de todo partido como nociva para la lucha de clases. Los consejistas preconi­zaban la disolución de los partidos dentro de la organización unitaria: Los Consejos. Este punto fue lo que les separó de la Iz­quierda Comunista y les condujo a romper con el KAPD.

En sí, el Consejismo representa una ac­tualización del anarco-sindicalismo de an­tes de la guerra. Si el anarco­sindicalismo  era una reacción epidérmica contra el electoralismo y el oportunis­mo de la socialdemocracia, el Consejismo es una reacción contra las tendencias ultra-partidistas en la organización comunista; tendencias que comienzan identificando y confundiendo la dictadura del proletariado con la dictadura del par­tido y terminan sustituyendo, pura y simple­mente, la una por la otra.

Los ultra-partidistas o neo-bolcheviques ­esquivan la crítica de sus concepciones ul­tra-leninistas insistiendo firmemente en que la corriente Consejista proviene de una escisión de la Izquierda Comunista -en Ale­mania en particular-. Esta apreciación, que según ellos mancha para siempre la Izquier­da Comunista (excepto la de Italia) con el pe­cado original del consejismo, es su principal argumento.

Este argumento tiene tanto valor como el que pueda tener  re­prochar a la Izquierda revolucionaria haber militado en las filas de la Segunda Internacional antes de la guerra; y no es me­nos estúpido que  acusar a los bolchevi­ques de haber "engendrado" al estalinismo.

La Izquierda Comunista no es, por más que piensen y digan los ultra-partidistas, el seno materno del consejismo; porque de lo que se alimenta el consejismo es de concepciones erróneas,  de la imagen que dan, ciertos revolucionarios, del partido y de la relación de éste con la Clase. Las aberraciones de unos alimentan y refuerzan las abe­rraciones de los otros y viceversa.

Cuando los bor­diguistas nos acusan de consejismo, para justificar su causa, recurren a la polémica fácil y no responden coherentemente a la crítica que nosotros  hacemos  de sus aberracio­nes. En vez de hacer el esfuerzo de respon­der con argumentos les es, claro está, más fácil recurrir al método de "Si quieres matar a tu perro, di que tiene la rabia". Tal método, que consiste en inventar cualquier cosa y atribuírsela al adversario, puede ser eficaz momentáneamente pero resulta com­pletamente ineficaz y negativo a largo pla­zo. No hace más que enredar la discusión, en vez de clarificarla y aclarar las posicio­nes de unos y otros.

Cuando Battaglia Communista, por ejemplo, critica al conse­jismo en una Conferencia de grupos comunistas, parece que haya que despachar la cuestión diciendo: ¡No pasa nada, los compañeros le están buscando los tres pies al gato! Pero cuando B. C. atribuye a la CCI lo de "consejista" para justificar su sabotaje de la Conferencia, se pregunta uno ¿qué se debe pensar de un grupo como B. C. a quién le costó diez años darse cuenta de que discutía con un grupo... consejista -y eso después de haber organiza­do durante cuatro años Conferencias Inter­nacionales con él? Pues, en su poca perspicacia organizativa y en su escaso olfato po­lítico. Con el cuento del "consejismo de la CCI", B. C. en vez de convencer no hace más que desacreditarse a sí misma como grupo político serio y responsable.

No tenemos la intención de exculparnos aquí de la acusación de consejismo. Eso le toca demostrarlo a nuestros contradictores. Basta con conocer un poco la prensa de los ­grupos de la CCI, y en particular su Plataforma política, para saber que hemos rechazado y combatido siempre las aberraciones del consejismo.

¿No es cómico oír el mismo re­proche por parte de  CWO (Communist Wor­kers Organisation) -con quien mantuvimos largos meses de discusión para convencerles de que su análisis de la Revolución rusa como re­volución burguesa y del Partido bolchevique como partido burgués eran falsas; y a quien hubo que tirar de las orejas para sacarles del pantano modernista de  Solidarity? Tras su permanencia en el ultra-anti-partidismo, la CWO se convierte ahora al ultra-partidismo y combate contra las concepciones  de la CCI referentes al par­tido.

Dejemos a un lado todas e­sas tonterías sobre el consejismo de la CCI[2]  y veamos las divergencias reales que nos separan en lo referente a la manera de concebir el Partido.

LA NATURALEZA DEL PARTIDO

Bastante les costó a muchos grupos desha­cerse claramente de la tesis de Kautsky, adoptada y defendida por Lenin en "¿Qué hacer?". La tesis afirma que la lucha de clase del proletariado y la conciencia socialista emanan de dos premisas absolutamente diferen­tes. Según esa tesis: la clase obrera no puede elaborar  más que  una conciencia  "trade unionista", es decir, limitada a la lu­cha por sus reivindicaciones económicas in­mediatas en marco del capitalismo; la conciencia socialista del proletariado, la de la emancipación históri­ca de la clase, no puede ser obra sino de intelectuales que se interesan por los problemas sociales. De ahí resultaría, por deducción lógica formal, que el partido es la organización de esos intelectuales radicales que se dan como tarea: "APORTAR ESA CONCIENCIA A LA CLASE OBRERA". Tenemos así: no solamente un ser separado de su conciencia, un cuerpo separado de su espíritu; sino también un espíritu sin cu­erpo, realizado en sí mismo. En fin, un galimatías. Una visión idealista del mundo provenien­te de los neohegelianos, que Marx y Engels atacaron implacablemente en sendas obras: "La Sagrada Familia" y "La Ideología Alemana".

Con el Trotski del "Informe de la Delega­ción Siberiana"[3],  con Rosa Luxemburgo y tantos otros revolucionarios, la CCI recha­za categóricamente esa teoría que no tiene nada que ver con el marxismo; en reali­dad lo contradice. El mismo Lenin reconoció públicamente diez años después que sobre ­ese punto había exagerado demasiado y se había dejado llevar por la polémica en contra del economicismo. Todas las contorsiones del PCInt (Programa) y todas las pirue­tas "dialécticas" del PCInt (B. C.) para jus­tificar la teoría de Kautsky (y afirmar su "fidelidad" a Lenin) les conduce solamente a enredarse cada vez más en afirmaciones totalmente   contradictorias. Ningún anatema contra el espontaneísmo, ni los exor­cismos contra el "consejismo" pueden sal­varles de la obligación de pronunciarse de una vez por todas acerca de ese punto fundamen­tal. No se trata de una controversia entre leninismo y consejismo sino entre marxis­mo y kautskismo[4].

Las implicaciones políticas a las que lle­va esa teoría son mucho más graves que los aspectos filosóficos y metodológicos: convierte al proletariado en una simple categoría económica. Muy al contrario, Marx reconoce en éste a una clase histórica que lleva en sí  la solución de todas las contradicciones en que está atrapada la humanidad, con toda la sucesión de sociedades divididas en clases en la que ha estado prisionera.

¡Y es precisamente a la clase que contiene en su naturaleza la emancipación de toda la humanidad, junto con la suya propia, a quién se le niega la capaci­dad de tomar conciencia, en la lucha de clases, de sí misma y de su misión en la historia!  Sólo ven en el proletariado sus aspectos hetero­géneos y no ven que es la clase más homogénea, la más "socializada", la más concentra­da y más numerosa de la historia. Ignoran el hecho de que es la clase menos alienada por los intereses de propiedad privada y que su miseria es, más que la suya propia, la miseria acumulada por toda la humanidad. No comprenden que es la primera clase de la historia capaz de tener una conciencia verdaderamente global y no alienada.  Y es desde esa ignoran­cia y esa incomprensión de la naturaleza de la clase obrera desde donde pretenden "inyectarle la conciencia", precisamente a la clase de la conciencia... Esa teoría no es otra cosa que el pro­ducto de mentes megalómanas, de la in­telectualidad pequeño burguesa.

¿Y el partido? ¿Y el programa comunista? Al contrario que para Kautsky y para Lenin, mal que les pese o no les guste a los bordiguis­tas de todo tipo, el partido y el programa comunista no son para nosotros ninguna revelación misteriosa  sino, muy simplemente, el producto de la existencia, de la vida y de la actividad de la clase; y compartimos, sin temor a parecer espontaneístas, la crítica de R. Luxemburgo, la cual contrapone a la fór­mula de Lenin: "el partido al servicio del proletariado", la de "el partido de clase". En otras palabras, un organismo segregado por la clase para responder a sus necesidades. El partido no es un Mesías delegado por la Historia al proletariado para salvarlo, sino un órgano que la clase se da en su lucha histórica contra el orden capitalista.

La discusión no va de saber si el par­tido es o no un factor de la toma de conciencia. Ese debate sólo tiene razón de ser en el enfrentamiento con los anarquistas o los consejistas, pero no entre grupos que se reclaman de la Izquierda Comunista. Seamos claros: si B. C. insiste tanto en debatir a ese nivel, es únicamente para no dar respuesta al problema de la naturaleza del partido: de qué y de quién es producto. La repetición obstinada de B. C. sobre el "partido-factor" aparece como lo que es: una escapatoria para no reconocer que, ante todo, el partido es un producto de la clase y que su existencia, al igual que su evolución están determinadas por la existencia y la evolución de la clase obrera.

Los bordiguistas "ortodoxos" de Programma no necesitan recurrir a los sofismas (lla­mados "dialécticos") de Battaglia y proclaman abiertamente que la clase no existe más que por obra y gracia del Partido. Si se les hace caso: la existencia del partido determina la existencia de la clase. Según ellos, el partido existe desde el "Manifiesto Comunista": antes de esa fecha no había partido y por consiguiente no había prole­tariado.  Podemos admitir que así sea, pero enton­ces ese partido tendría la milagrosa virtud de hacerse invisible puesto que, según e­llos, no ha dejado de existir desde 1848. Si vemos la historia, hay que reconocer que los hechos no concuerdan con sus postulados. La "Liga de los Comunistas" existió... cuatro años; La Primera Internacional... diez años; la Segunda Internacional quince y la Tercera  ocho años, y eso contando con generosi­dad. O sea, en total, 37 años de 132. ­ ¿Qué le paso al Partido durante cerca de un siglo? Esta pregunta no molesta a nues­tros bordiguistas que se han inventado una teoría: la del "Partido real"/"Par­tido formal". Según esa "teoría", el parti­do "formal" es el hábito exterior, material visible, que puede desaparecer; pero el partido "real", espíritu puro, sigue existiendo, no se sabe bien dónde, invisible.

Aventura semejante le habría ocurrido al propio partido bordiguista, el cual (contando ge­nerosamente también) habría desaparecido desde 1927 hasta 1945 (¡justo el tiempo en que Bordiga estuvo durmiendo!) ¡Y son esos disparates vergonzosos lo que nos presen­tan como si fuera la quintaesencia del mar­xismo restaurado! En cuanto al "programa acabado e invariante" y el "partido histó­rico real"  están hoy encarnados en  cuatro partidos (!) todos P. C. Int. y que se proclaman todos monolíticos; todos gran­des y meritorios espadachines que combaten... ¡el consejismo! Es difícil, muy difícil discutir seriamente con partidos de ese es­tilo.

Los bordiguistas creen poder apoyar su concepción del partido en citas de Marx y Engels que extraen arbitrariamente de su contexto. Al hacerlo, cometen tremendos abusos contra el fondo y el espíritu que animan la obra de esos grandes pensadores y fundadores del socialismo científico[5].

Es lo que sucede con la tan traída y lleva­da frase del Manifiesto Comunista: "La organización del proletariado en clase y por lo tanto en partido político". Sin querer hacer una exégesis sobre la validez lite­raria de la traducción[6], basta con leer todo el capítulo de donde se entresaca esa frase para convencerse de que no tiene nada que ver con la interpretación que le dan los bordiguistas al transformar la locución "por lo tanto" en una condición previa para la existencia de la clase; cuando para Marx significa: un resultado del proceso de la lucha de la clase obrera.

Lo que preocupa a Marx y a Engels en El Manifiesto es la necesidad ineludible de que la clase obrera se organice, y no la organización del partido en particular. El manifies­to trata de manera muy vaga el problema de la organización de un partido preciso. Tanto es así que hasta llegan a proclamar que "los comunistas no forman un partido distinto, opuesto a los demás partidos obreros" y a terminar el Manifiesto no con el llamamiento a la formación de un partido comunista, sino con: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".

Se pueden citar centenares de páginas en donde Marx y Engels enfocan la organización bajo el ángulo de la organización general de la clase a quien atribuyen no sólo la función de defensa de los intereses inmedia­tos, económicos, sino igualmente el cumplimiento de la finalidad histórica del prole­tariado: la destrucción del capitalismo y la instauración de una sociedad sin clases.

Citemos solamente el siguiente extracto de una carta de Marx a Bolte del 23 de Noviembre de 1871:

"El movimiento político de la clase obrera tiene como objetivo, desde luego, la conquista del poder político por la clase obrera, y para eso es necesario, naturalmente, una organización de la clase obrera que tenga cierto grado de desarrollo previo, formada y hecha crecer en las luchas económicas de la misma clase.

Pero, por otra parte, cada movimiento en el cual la clase obrera se oponga como clase a las cla­ses dominantes y trate de doblegarlas ejer­ciendo una presión desde el exterior, es un movimiento político. Por ejemplo, tratar de arrancar a capitalistas individuales, en una sola fábrica o un solo ramo industrial, por medio de huelgas etc., una reducción del tiempo de trabajo, es un movimiento puramente económico; en cambio, el movimiento que trata de obtener la ley de la jornada de 8 horas, etc., es un movimiento político. Y es de esa manera cómo de todos los movimien­tos económicos aislados de los obreros sur­ge, en todas partes, un movimiento de la clase para hacer triunfar sus intereses de manera general, de forma que tenga fuerza de presión social general".

Marx añade:

"Si esos movimientos suponen cierta organi­zación previa, son también, por su lado, "medios de desarrollar esa organización".

Todo ese movimiento se desarrolla sin la varita mágica del Partido. Hablando de la organización, Marx trata aquí de la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional) en la cual los partidos pro­piamente políticos, como el de Bebel y Liebknecht en Alemania, son una parte más, entre otras. Es esa Internacional,  la organización general de todos los obreros,  a la que Marx considera: "constitución del proletariado en partido político, indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su meta final, la abolición de las clases"

Es tan evidente, que el texto continúa con las siguientes palabras: " (...) que es ne­cesario que la unión de las fuerzas de la clase obrera que se ha realizado por las luchas económicas, sirva igualmente de pa­lanca para la gran masa de la clase en su lucha contra el poder de sus explotadores".

Resolución de la Conferencia de Londres de la A.I.T. de Septiembre de 1871 "que recuerda a los miembros de la Internacional que, en el estado actual de luchas de la clase obrera, su actividad económica y su actividad política están inseparablemente ligadas".

Comparemos estos textos de Marx con algunas afirmaciones de los bordiguistas y compañía: "Mientras existan clases, será imposible, tanto a las clases como a los individuos, obtener conscientemente algún resultado. Sola­mente el partido lo puede" (Trabajo de grupo, nº 3. Pág. 38. Marzo-Abril de 1957). ¿De dónde le viene esa virtud "sola­mente al partido"? y  ¿por qué exclusiva­mente a él?

"Ahora bien, el proletariado no es clase sino en la medida en que se agrupa tras un programa, es decir, un conjunto de reglas de acción determinadas por una explicación general y definitiva del problema propio de la clase y de la meta que debe alcanzar para resolverlo. Sin ese programa su ex­periencia no supera el aspecto más estrecho de la miseria que le impone su condición". (Trabajo de grupo, nº 4. Pág. 10. Mayo-Junio de 1957)[7]

¿De dónde le vienen esas "reglas de acción" que constituyen "el programa"? Según los bordiguistas ese programa no puede en absoluto provenir de la experiencia de la lucha de la clase obrera, por la sencilla razón de que esa "experiencia no supera el aspecto más estrecho de la miseria que le impone su condición". Entonces ¿de dónde le llega o puede llegarle al proleta­riado la conciencia de su ser? Los neobolcheviques contestan: "a través de una explicación general y definitiva del pro­blema propio de la clase". Los bordiguistas no sólo afirman que por "su condición" la  clase es absolutamente incapaz de "superar el aspecto más estrecho de la miseria"; aún más categóricamente pretenden que el ser mismo, el proletariado, no es clase y no puede tener existencia como tal, sin la primera condición: que exista previamente  un Programma...: "una explicación general y definitiva" alrededor de la cual pueda agruparse para convertirse en clase.

Que hay de común entre esta visión y la de Marx, para quien:

"Las condiciones económicas primero transformaron a las masas del país en trabajadores. La dominación del capital le dio a esa masa una situación común, unos intereses comunes.  Así pues, esa masa es ya una clase ante el capital pero no todavía para sí misma. En la lucha de la que hemos señalado sólo algu­nas de las fases, ésta masa  se reúne y se constituye en clase para sí misma. Los intereses que defiende se transforman en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política". Esto, después de haber afirmado unos renglones más arriba: "En esa lucha, verdadera guerra civil, se reúnen y se desarrollan todos los elementos necesarios para una batalla venidera. Cuan­do alcanza ese punto, la asociación adquie­re un carácter político". ("Miseria de la Filosofía. Capítulo II, punto 5: ‘Huelgas y coaliciones'")

Allí donde los bordiguistas, con Proudhon, sólo ven "la miseria" en la condición de la clase, nosotros vemos, con Marx, una clase en movimiento, que pasa de la resis­tencia a la coalición, de la coalición a la asociación, y de la lucha en un princi­pio económica, a la lucha política por la abolición de la sociedad de clases. De igual modo, podemos firmar y hacer nuestro  este otro pensamiento de Marx: "Se han hecho muchas investigaciones para describir las diferentes fases históricas que la burguesía ha recorrido... Pero cuando se trata de informar exactamente sobre las huelgas, de las coaliciones y las demás formas con las que los proletarios efectúan ante nuestros ojos su organización como clase, un temor real se apodera de unos, y otros exhiben un desprecio trascendental".

Lo que caracteriza a "neos" y "ultras" que se dicen "leninistas" es su profundo desprecio de la clase, de su movi­miento real y de sus potencialidades. Es su profunda falta de confianza en la cla­se y en sus capacidades lo que les lleva a adoptar una postura que les dé seguridad: un nue­vo Mesías; lo que son ellos mismos. Así trans­forman su pro­pio sentimiento de inseguridad  en un complejo de superioridad que ra­ya en megalomanía.

PAPEL Y FUNCION DEL PARTIDO EN LA CLASE

     Si el partido es un órgano producido por el cuerpo de la clase obrera, es necesariamente también un factor activo en la vida de la clase. Si es la manifestación del proceso de toma de conciencia de la lucha de la clase, tie­ne como principal función la de contribuir en ese proceso de toma de conciencia y ser  el crisol indispensable de la elaboración teórica y programática, función para lo cual lo ha engendrado la clase. En la medida en que la clase proletaria en la sociedad capitalista en la que vive, no puede eludir ni la presión ni las trabas que impiden su homogeneización, el partido es el instrumento de su homogeneización; en la medida en que la ideología burguesa dominante obstaculiza y pesa como una losa en la toma de conciencia de la clase, el partido es el órgano encargado de destruir esas trabas, el antídoto contra las ideologías y mistificaciones de la clase enemiga que envenenan sin cesar el cerebro del proletariado.  El alcance de su función evoluciona necesaria­mente con los cambios que ocurren en la sociedad y con la relación de fuerzas cambiantes entre proletariado y burguesía. Por ejemplo, si al principio de la existen­cia de la clase es un factor decisivo y directo de la organización del proletariado, esa tarea disminuye para el partido a medida que la clase se desarrolla, adquiere una ­larga experiencia y alcanza una madurez mayor. Si los partidos jugaron un papel preponderante en el nacimiento y el desarrollo de las organizaciones sindicales, no fue igual en la organización de los Consejos, que se hizo antes de que el partido comprendiese ese fenómeno, y, en parte, en contra de la voluntad explícita del partido.

Así pues, el partido no vive independientemente de la clase; crece y se desa­rrolla con el desarrollo de la misma;  sufre la presión y la penetración en su seno de influencias de la clase enemiga. En el caso de una derrota grave de la clase, puede degenerar, pasarse al enemigo o desaparecer momentáneamente. Lo que es una constante es la necesidad que tiene el proletariado de ese órgano que le es  indispensable. Como a una araña a la que se le destruye su tela, la clase sigue se­gregando los elementos para volver a constituir ese órgano que le sigue siendo necesario. Ese es el proceso de formación continua del partido.

El partido no es la única sede de la conciencia de la clase, como pretenden exageradamente que lo sea los epígonos que se autoproclaman leninistas. Tampoco es infali­ble ni invulnerable. Toda la historia del movimiento obrero lo atestigua, como también demuestra que la clase en su conjunto acumula experiencias y las asimi­la directamente.  El reciente y formidable movimiento de la clase obrera en Polonia atestigua su capacidad admirable de acumu­lar y asimilar sus experiencias de 1970 y 1976, de superarlas y eso a pesar de la cruel ausencia de un partido. La Co­muna de París es otro ejemplo de las capa­cidades inmensas de la conciencia de la clase. Esto no le resta nada al papel del partido cuya actividad eficaz es una de las principales condiciones de la victoria final del proletariado. Una condición principal pero no única. El partido es el lugar principal para la  elaboración de la teoría (no el único); eso no quiere decir que haya que considerarlo como un cuerpo independiente exterior a la clase.  Es un órgano, la parte del todo que es la clase.

Cómo todo órgano encargado de una función específica dentro de un todo, el partido puede cumplir esa función bien o mal. Por ser parte de un cuerpo total vivo que es la clase y por ser él mismo un órgano vivo, está sujeto a flaquezas debidas a cau­sas externas o a un mal funcionamiento pro­pio. No es un cuerpo inmóvil, sentado enci­ma de un programa acabado de una vez por todas e invariante; necesita estar constantemente atento y trabajar sobre sí mismo, tra­tar de darse los mejores medios de mantenimiento y desarrollo.  En vez de exaltar en él al restaurador y conservador de museos, como lo hacen los neo-bolcheviques, tenemos que estar atentos ante una enfermedad particular que le acecha (y contra la cual R. ­Luxemburgo, en su lucha contra el "marxis­mo ortodoxo" de antes de 1914; Lenin, en lucha contra "los viejos bolcheviques"  cuando regresó a Rusia en 1917 y Trotski en "Las elecciones de Octubre" pusieron en guardia a los revolucionarios): su tendencia al conservadurismo. El que no exista ninguna garantía ni receta previa es una razón de más para estar atento. El síntoma de esa enfermedad se manifiesta en la fide­lidad estricta a la letra en vez de al méto­do vivo del marxismo.

El partido acusa flaquezas, no sólo por el peso del pasado y su tendencia al con­servadurismo, sino también porque se en­cuentra frente a situaciones nuevas, a pro­blemas nuevos. Nada permite afirmar que, ante situaciones nunca vistas en el pasado, pueda dar siempre y enseguida una respuesta justa. La historia lo demuestra ampliamente: el partido puede equivocar­se. Es más, las consecuencias de sus errores pueden ser muy graves y alterar mu­cho la relación existente entre la clase y él. El Partido bolchevique en el poder cometió bastantes errores y la Internacional Comunista lo mismo. Por eso el partido no puede pre­tender estar siempre en posesión de la verdad ni tratar de imponer a la clase su dirección y sus decisiones, utilizando todos los medios a su alcance, incluida la violencia. No es un "dirigente por derecho divino".

El partido no es un espíritu puro, una conciencia absoluta e infalible ante la cual la clase sólo puede y debe inclinar­se. Es un cuerpo político, una fuerza material que actúa en la clase, que es res­ponsable ante ella y a quien tiene siempre que rendir cuentas.

La CWO ironiza sobre el "miedo" que tendría la CCI del "mito" (sic) del  "el peligro de sus­titucionismo", en estos términos: «Al ser el partido la parte más consciente de la clase, ésta debe confiar en él, de manera que sea el partido quien tome con toda naturalidad y automáticamente el poder y lo ejerza». ¡Todo es muy sencillo para la CWO! ¡No hay razón para complicarse la vida con "mitos" sobre "sustitucionismos"!

Ante esto se pregunta uno ¿por qué Marx es­cribió "La guerra civil en Francia" -en donde insistía acerca de las medidas que tomó la Comuna de París para poder tener siempre controlados a quienes había delegado para realizar funciones públicas; y entre aquellas la más importante: "la posibilidad de ser revo­cado en cualquier momento"? ¿Será que Marx y Engels fueron consejistas antes de tiempo?

La CWO no se da cuenta de la di­ferencia que existe entre un delegado elegido y revocable y la delegación de todo el poder a un partido; que no es ni más ni menos que la diferencia que separa el funcionamiento del proletariado del de las estructuras burguesas. En el primer ca­so se trata de que una persona, encargada de la ejecución de una tarea, es responsable en todo momento ante aquellos que la delegaron y, por lo tanto, revocable; en el segundo ca­so se trata de delegar el poder, todo el poder, a un cuerpo político sobre el que no se tiene ningún control: sus miembros son responsables ante su partido, únicamen­te ante él. La CWO ve en nuestra preocupación por el peligro de sustitucionismo un simple formalismo; en realidad, el peor formalismo, es decir, el peor engaño: hacer creer que se ha cambiado algo al cambiar simplemente el nombre; por ejemplo, el de Comi­té central del partido por el de Comité ejecutivo de los consejos.  Es,   la clase quien controla directamente cada uno de sus delegados y no abandona ese control en otro, aunque sea su partido de clase.

El partido proletario no es, como los partidos burgueses, candidato al poder del Estado, un partido estatal. Su función no puede ser administrar el Estado, lo cual puede alterar su relación con la clase -relación que consiste en orientarla políticamente- convirtiéndola en una relación de fuerza. Al convertirse en un administrador del Estado, el parti­do cambiará imperceptiblemente su papel para convertirse en un partido de funcionarios; con todo lo que eso implica como tendencia a la burocratización. El caso Bolchevi­que es ejemplar al respecto.

Pero ese punto corresponde a otra inves­tigación: la de la relación entre partido y Estado en el período de transición. Aquí hemos querido limitarnos a demostrar cómo, so pretexto de acabar con el consejismo, se llega al error de sobrevalorar exageradamen­te el papel y la función del partido. Se llega simplemente a una caricatura en la que se hace del partido una élite de derecho divino.

M. C.


[1] La historia del movimiento obrero no conoce ningún ejemplo de tal partido mono­lítico

[2] Recordemos, para terminar de una vez por todas con esas "críticas" inventadas de todo tipo, que en la exigencia de  criterios políticos para participar en las Conferencias -que propusimos desde el prin­cipio-, figura el reconocimiento de la necesidad del partido. En la carta que enviamos al PCInt. (Battaglia Comunista), como preparación de la Primera Conferencia, el 15/7/76 escribíamos: "Los criterios políticos de participación a tal encuentro tienen que ser estrictamente delimitados por: .../...  6.- afirmación de que la "emancipación de la cla­se obrera será obra de la clase obrera misma y que eso implica la necesidad de que haya una organización de los revolucionarios de la clase." Igualmente, en el "Proyecto de Resolución sobre las tareas de los comunistas" que presentamos en la  Confe­rencia el 11/11/78, escribíamos: "La organización de los revolucionarios es un órgano esencial de la lucha del proletariado, tanto antes como después de la insurrección y de la toma del poder; sin ella, sin el partido proletario, porque sería una expresión de  inmadurez de su toma de conciencia, la clase obrera no puede realizar su tarea his­tórica: destruir el sistema capitalista y edificar el comunismo."

Y si la Segunda Conferencia demostró que existían divergencias sobre el papel y la función del partido, también aceptó unánimemente el "reconocimiento de la necesidad histórica del partido" como criterio de adhesión y participación a las futuras conferencias

[3] "Informe de la delegación siberiana", redactado por Trotski en 1904, y en donde cri­tica a Lenin por su concepto sustitucionista del partido

[4]Ya va siendo hora de que borremos de nuestro vocabulario esta terminología de "leninismo" y "antileninismo", tras la que se oculta cualquier cosa y que no quiere decir nada. Lenin fue una gran figura del movimiento obrero y su aporte es enorme. No por eso fue infalible, y sus errores pesaron muy fuertemente en el proletariado. No se puede aceptar al Lenin de Kronstadt porque existió el Lenin de Octubre y viceversa

[5] Es decir, de un método científico y no, según la fórmula de Battaglia, de una ciencia marxista que no existe

[6] En la edición francesa de "La  Pleiade", M. Rubel traduce ese pasaje de la manera si­guiente: "esa organización de proletarios en clase y, consecuentemente, en partido po­lítico", traducción seguramente más fiel al pensamiento real de Marx que aparece en todo ese capítulo de "El Manifiesto"

[7] Revista teórica del  PCInt. (Programa Comunista). Traducido por nosotros