Revolución y contrarrevolución en Italia (I)

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Una tesis concebida a escala nacional, estudia la situación de la Italia contemporánea “in vitro”, según la diferencia de nivel, la desigualdad de desarrollo  entre el Norte industrial y el “Mezzogiorno” que se caracteriza por una agricultura fundada sobre un sistema de pertenencias y latifundios, región en donde a principios de este siglo, el promedio de las ganancias era un 50% más bajo que el de las provincias del Norte. Es ésta la tesis del alumno de B. Croce, del intervencionista de 1914, del revisionista que decreta que Octubre no comprobó el análisis de Marx, A Gramsci, de quien hereda la  “nueva izquierda” y a quien ésta intenta presentar como el teórico más original del marxismo en el mundo no ruso.

Una tesis concebida a escala nacional, estudia la situación de la Italia contemporánea “in vitro”, según la diferencia de nivel, la desigualdad de desarrollo  entre el Norte industrial y el “Mezzogiorno” que se caracteriza por una agricultura fundada sobre un sistema de pertenencias y latifundios, región en donde a principios de este siglo, el promedio de las ganancias era un 50% más bajo que el de las provincias del Norte. Es ésta la tesis del alumno de B. Croce, del intervencionista de 1914, del revisionista que decreta que Octubre no comprobó el análisis de Marx, A Gramsci, de quien hereda la  “nueva izquierda” y a quien ésta intenta presentar como el teórico más original del marxismo en el mundo no ruso.

Sobre este tema, el marxismo no puede ser más claro: si las tierras del sur, presas de un sistema semi-feudal, constituyen uno de los principales centros de emigración, mientras que la reserva de riquezas del llano aluvial del Po es objeto de grandes cuidados por parte del capitalismo, esto se debe fundamentalmente a las condiciones del mercado mundial y a la consecuente división internacional del trabajo. Ilustrado esta visión diremos que esta emigración que despuebla las provincias meridionales correspondió a la crisis mundial y a la gran depresión agrícola del final de siglo. La adopción  del proteccionismo fue el acto de nacimiento del capital italiano, favoreciendo a los agrarios del  llano del Po y asegurándole sus rentas a los terratenientes ausentes. El descubrimiento de azufre en Lousiana representó la ruina de Sicilia que, durante  largo tiempo fue la única extractora.

El capitalismo italiano surge “post festum” en una situación en que las potencias ya se  han prácticamente compartido todo el mundo. A este capitalismo despojado de derecho de primogenitura le van a corresponder las partes del mundo que no les interesaba a las grandes potencias, no porque éstas fueran filántropos, sino que consideraron los fuertes gastos que le hubieran costado a las metrópolis colonizadoras. Pero Italia seguirá  reivindicando incansablemente nuevos dominios de expansión para elevarse al nivel de las otras potencias. En una situación  coyuntural desfavorable al imperialismo italiano se verá crecer la semilla de un nacionalismo que define a Italia como” la gran proletaria de las Naciones”, sobre ese camino, Mao tuvo predecesores en las personas de Crispi, Corradini o Mussolini, el otro piloto que con el lenguaje de Dante se llamó “Duce”.

En la época de rivalidades imperialistas crecientes, Italia puso en marcha su economía de guerra con la esperanza de utilizarla luego par su propia política de conquista territorial. Se preparaba así a conquistar una parte de las zonas en disputa donde hubiera podido encontrar las principales fuentes de materias primas que tanta falta le hacían a la economía metropolitana. Y es que los trabajadores italianos al contrario de sus hermanos de clase ingleses, belgas, franceses u holandeses no participaron de ninguna manera en los repartos de los botines imperialistas.

El desarrollo de ciertas industrias, particularmente de la siderúrgica, de la química, de la aeronáutica, de las construcciones navales, marca su progresión de éxitos que impresionaron  hasta a los más incrédulos expertos de la metrópolis capitalistas. El esfuerzo de guerra italiano, que aumenta la red ferroviaria de 8.200 Km. en 1881 a 17.038 en 1905, todos los ingenieros, financieros, escritores y políticos que visitaron la península en esta época lo saludan unánimemente. Debiéndole mucho en cuanto a su desarrollo a la afluencia de capitales franceses invertidos masivamente en la economía italiana a partir de 1902, y a la fuerte participación bancaria suiza y germánica, Italia construye en el Norte del país potentes centrales hidroeléctricas. Este esfuerzo va a permitirle suplir las insignificantes extracciones de carbón del Valle de Aosta y electrificar las vías de ferrocarril que servirán ulteriormente para transportar carne de cañón... pero verán también formidables levantamientos de soldados y de huelgas de empleados del ferrocarril, las cuales fueron declaradas ilegales.

En el curso de este breve período de enderezamiento económico, el poder político pasará de las manos de los armadores y negociantes a las de los jefes de empresas de Lombardia y del Piemonte.

La dificultad de encontrar territorios extra-capitalistas no ocupados había pues conducido al desarrollo de una fuerte economía de guerra. En los primeros años del siglo, los gastos militares continúan devorando la cuarta parte de los ingresos. De mayo de 1915 a octubre del 17 la producción mensual de ametralladoras pasa de 25 a 800, la de cañones de 80 a 500, la fabricación de bombas de 10.000 a 85.000 por día. En mayo de 1915 Italia no poseía casi ningún lanza bombas mientras que justo antes de Caporetto tiene 2.400.A fines de diciembre de 1914 Italia podía disponer en llamados en filas un millón y medio de hombres.

Al mismo tiempo mientras se votaba en el parlamento la compra de material a la industria pesada y los créditos de defensa, en la mayoría de los centros industriales masas de obreros en mono azul y en uniforme se echan a la calle para reclamar pan y trabajo. No hubo una ciudad que no se viera paralizada por la huelga general, no hubo un centro industrial que no se viese invadido por la ola revolucionaria ascendente. En Napoli, el año 1914 comienza con un motín contra el aumento de los alquileres. En Marzo los trabajadores de la industria estatal de tabaco comienzan una huelga que durará dos meses, Valiente como siempre el proletariado de Italia reacciona con su violencia de clase a las matanzas de sus camaradas. El 7 de junio, la “semana roja” toma a Ancona en donde se abolieron inmediatamente los impuestos; su protesta no era platónica ni se hacía por medio de peticiones sino por la forma del poder. En Bologna en Ravena, se proclama la “República Roja”,  la huelga general se extiende a toda la península dividiendo inmediatamente a Italia en dos campos. Salandra, llamado al poder para liquidar las escuelas de la guerra colonial de libia debió utilizar 100.000 hombres de tropa para restablecer el orden.

Saludemos a los militantes  anarquistas que pagaron con su propia vida “burlándose con razón de los pedantes burgueses que les calculan el costo de esta guerra civil en muertos, heridos y sacrificios de dinero” (Marx)

LA LUCHA CONTRA LA GUERRA

La Italia monárquica y democrática había entrado en guerra para reconquistar los países africanos perdidos después del desastre militar total de Adowa frente a los ejércitos abisinios en marzo de 1896. Trataba de restablecer sus derechos sobre Libia, derechos disminuidos por una serie de tratados franco-ingleses, y, trataba de ganar algunas posiciones en el mar rojo. El desencadenamiento del primer conflicto mundial en donde se jugaba el reparto imperialista del mundo – y no la lucha por la “libertad”, tema mentiroso de la Social-democracia- le pareció a la clase dominante italiana un medio apropiado para apoderarse de las regiones sometidas a la autoridad austríaca; Trentino, el mercado de Trieste, Istria y Dalmatia o bien a la administración francesa: Córcega y Tunisia, más de un millón de residentes de habla italiana volverían a encontrar la hospitalidad de la madre patria.

Los obreros y campesinos de Italia solo pudieron abstenerse por un año de la desolación y sufrimiento de ésta conflagración, en la cual Italia tuvo que participar para no quedarse relegada para siempre a un segundo lugar, del que trataba de salirse desde su formación como nación. La entrada tardía de Italia en el conflicto mundial traducía por una parte las dificultades encontradas por la burguesía par hacerles morder el anzuelo del intervencionismo a los obreros y campesinos italianos, por otra parte su titubeo en escoger entre las ofertas austro-alemanas y las de los aliados. Por esta razón la diplomacia de Roma jugaba sobre los dos tableros, llevando a cabo dos tratados paralelos. A los austríacos les reclamaba además del Trentino, la posibilidad de adelantar sus fronteras hasta la ribera occidental del Isenzo, apoderarse de Trieste y Carso de las islas Curzola, en el centro de las costas dalmáticas, finalmente pedían la preponderancia italiana sobre Albania. La Entente fue más generosa: al participar en la guerra de su lado recibiría, al cabo de un mes, el Alto Adigio, el Trentino, los Alpes Julianos, Trieste y Albania, además de promesas sobre la zona turca de Adalia y venía confirmada su ocupación del Dodecaneso.

Inglaterra le concedió un préstamo a Italia de 50 millones de libras (125 billones de liras).

Italia se vendía pues al mejor postor: o a la Entente o a Alemania a quien estaba ligada desde 1882. Del lado alemán, el Reichstag envió a Roma al diputado socialista Sudekum, - una especie de social – chovinista sin escrúpulos, según Lenin- encargado de hacer respetar los compromisos políticos y económicos que Italia había contraído con los dignatarios de la triple Alianza. Por su parte el gobierno francés encargó al diputado socialista  Cachin comprar la asistencia militar italiana a través de Mussolini. Para demostrar el valor muy relativo que los imperios centrales le daban a Italia, a Austria le parecieron excesivas las exigencias formuladas por Roma y por consiguiente, se negó a ceder a Italia cualquier territorio perteneciente a los Habsburgo o de extenderlos más allá de la parte meridional del Trentino. Entonces el 26 de abril de 1915 Sonnino firmaba el pacto de Londres; el 4 de marzo Italia denunciaba la Triple Alianza (el bando pro-alemán).

El viaje de Cachin y de Jouhaux para hacer entrar a Italia en la pelea se reveló beneficioso para  el imperialismo francés. El dinero francés se sumaba a los subsidios de los industriales interesados por la intervención, Fíat, Ansaldo, Edison para caer en las cajas del “Popolo d’Italia”. En sus columnas, Mussolini exaltaba la guerra liberadora que tiene antes  que todo que “borrar las leyendas innoble de que los italianos no pelean, tiene que anular la vergüenza de Lissa y de Custozza, debe mostrarle al mundo que Italia es capaz de hacer una guerra, una gran guerra. Hay que repetirlo una gran guerra” (“Popolo d’Italia”, 1915).

Miente por los intereses de la burguesía el que describe escenas de entusiasmo de los "“gloriosos días de mayo"”por parte de los trabajadores italianos. Al mismo tiempo borra el papel que jugó la social-democracia en una guerra que se hacía por el dominio económico y políticos donde podía instalarse el capital financiero. De hecho no hubo ninguna clase obrera marchando alegremente hacia la masacre con la flor en el fusil y el himno nacional en los labios.  Ni los proletarios ni los campesinos, a quien se les había sin embargo, presentado la guerra como un asunto inalienable, creyeron  en los discursos patrioteros que les hacían las oficinas del Estado, ni tampoco creyeron en las promesas de un porvenir mejor una vez que se hubiera ganado la victoria sobre el enemigo.

A los primeros contactos con la realidad poco gloriosa de la guerra, el sentimiento derrotista se reanimó, pues además, los jóvenes socialistas y anarquistas se entregaban  por entero a la acción de transformar la guerra imperialista en guerra civil. La única  diferencia que existía entre los dos, era que los socialistas sabían perfectamente que una transformación tal estaba condicionada por el hecho que  el capitalismo había llegado hasta lo último de sus contradicciones como sistema de producción, y los anarquistas creían poder llevarla a cabo por la pura  voluntad de su partido. Pero los dos cumplieron con el deber elemental del socialismo en la guerra: hacer propaganda por la lucha de clases.

Los años de guerra se caracterizaron por una  ola gigantesca de huelgas contra las consecuencias catastróficas de la economía de guerra, por manifestaciones de soldados en las ciudades de guarnición, y de levantamientos de obreros agrícolas. Durante todo el tiempo que duró el conflicto imperialista estallaron sin cesar graves disturbios sociales. Los obreros exigían la paz inmediata  y la desmovilización general para regresar a sus casas. El ejército titubeaba, y por cierto los soldados fueron desertando. Hacia el final de octubre de 1917 se vio el principio de guerra civil en la matanza de Isonzo: el frente se desintegró, en una zona de batalla de primera importancia. La conclusión de la falta de ardor guerrero en los soldados italianos, a quienes seguramente se les habían olvidado las lecciones de Mussolini, fue el desmoronamiento del frente de Caporetto. En olas sucesivas 350.000 hombres fueron abandonando sus armas en el campo de batalla frente al avance de los austro-alemanes cuyas primeras filas utilizaban gases mortales, los reservistas italianos enviados para frenar la ofensiva y detener a los desertores rehusaron a su vez ir al frente.

Para los progresos ulteriores de la revolución esta derrota, que era la de la burguesía reaccionaria italiana, abría grandes perspectivas. La debacle de Caporetto golpeó el mecanismo gubernamental italiano: la vía revolucionaria estaba definitivamente abierta.

Gritado por los pechos doloridos de centenares de miles de soldados,  desde los páramos de Galicia regados de sangre hasta las trincheras de Isonzo, el grito de derrotismo revolucionario era finalmente victorioso. A miles de kilómetros más lejos, obreros, soldados y marineros revolucionarios tomaban el palacio de Invierno en Petrogrado.

El desmoronamiento del ejército italiano, el desorden que inundó los órganos del Estado, abrieron una crisis política profunda, de las que nadie se recupera. La dependencia italiana con respecto a la entente se acentuó puesto que el generalísimo Foch y el general en jefe inglés Robertson impusieron una reorganización profunda del alto mando italiano.

Después de la desbandada del  II° Ejército que puso al enemigo a un día de marcha desde Venecia, la burguesía asocia la exaltación del celo patriótico a los solemnes llamados del rey a todos los hombres de orden. A toda costa había que oponerle a la “subversión bolchevique” un frente unido pues ésta había comprendido que si la máquina de la guerra se detenía “la multitud de los obreros de las fábricas de armamentos se quedarían sin trabajo: el hambre y el frío los harán unirse a la masa de fugitivos. Será la revuelta, luego la revolución“

En nombre de la central sindical, la Confederación General Italiana del trabajo, Rigola declaró: “cuando el enemigo pisotea nuestro suelo, tenemos un solo deber: resistir”. Tréves y Turati[1] dirán algo idéntico aunque más pernicioso: “la defensa de la patria no es renegar al socialismo”. Eran de verdad los aliados de todo el bloque burgués, los contadores del imperialismo.

En toda la península de Italia, los propagandistas gubernamentales dan discursos vengadores para excitar la venganza contra el “veneno corporatista”, para levantar la moral de la población y estimular  la conciencia seccional de los trabajadores. El slogan patriotero “resistir, resistir, resistir,” costó a las cajas del Estado más de 6 millones de liras constantes y sonantes. ¿cómo  reanimar la moral de una tropa que manifestaba su rechazo a la masacre?, era muy simple: el ejército fue reorganizado con una pizca de democratización, otorgando permisos regulares y mejorando el jornal del soldado. Nitti, que era entonces ministro de las finanzas creó “la Sociedad Nacional de los Combatientes” para facilitar la adquisición de tierras para los campesinos después de la desmovilización.

Los militantes internacionalistas, acusados de alta traición fueron sometidos a represalias furiosas, arrastrados ante cortes marciales, enviados a primera fila en el campo de batalla. No habían  solamente deseado la derrota de su gobierno sino que se habían preparado para las nuevas  tareas: reconstruir una Internacional. En aquel entonces los anarquistas encabezados por Malatesta sabían que la guerra se encuentra en gestación permanentemente en el organismo social capitalista, que ella es la consecuencia de un régimen que tiene como base la explotación de la fuerza del trabajo, que ya no existen más que guerras imperialistas.  Todos ellos tanto los socialistas como los libertarios, tuvieron que sufrir los castigos de la democracia. Apenas los habían perseguido y martirizado cuando ya algunos diputados del partido socialista empezaban a participar en el trabajo de ciertas comisiones parlamentarias  y marchaban alegremente hacia una fusión completa con el reino, que tenían esperanzas de ver convertido en una de las primeras potencias imperialistas.

Muy justamente, Gorter expresó la idea de que la burguesía, gracias a su propia descomposición, sabiendo olfatear otra pudredumbre moral, adivinó inmediatamente la profunda corrupción de la social-democracia. Desde el principio de las hostilidades, el P.S.I. (Partido Socialista Italiano) había antes que todo tratado de evitar todo lo que hubiese podido contribuir a desviar a Italia de la neutralidad, llegando a utilizar si era necesario...la huelga general. El amor de los socialistas por la neutralidad, les hizo reunirse con la delegación socialista suiza en Lugano en octubre de 1914. De la montaña  no salió más que un ratón: lanzó al mundo un mensaje de paz y de concordia; dirigió una  advertencia a los camaradas de los países en guerra par luchar a favor del armisticio; tomó la decisión de presionar a los gobernantes para imponerles una acción pacifica. Allí estaba todo el maximalismo italiano que tenía en sus manos el destino del P.S.I.

La táctica del P.S.I. se centró en frenar la lucha de clases durante todo el tiempo que duró la guerra, bajo el hipócrita pretexto: “ni sabotear, ni participar”, lo que, de hecho no era más que un pisoteo de los principios mas elementales de la lucha de clases internacional. Hay que señalar que ésta posición, de lo más ambigua la compartían también  el medio de los negociantes y el Vaticano, protector del imperio católico austríaco. Igual que los socialistas de la neutralidad, el papa Benedicto XV lanza su famosa circular invitando a las  potencias a negociar por una paz honorable, sin anexiones ni indemnizaciones. En pocas palabras, temiendo que de la guerra pudiera surgir la revolución proletaria, el P.S.I. en su lucha ambigua contra la guerra, simplemente, lucha contra la revolución.

A pesar de sus esfuerzos por construir la Unión Sagrada, la burguesía italiana no había logrado ahogar la lucha de clases. Durante el verano de 1917, Torino se había cubierto de barricadas, en este segundo año de guerra total. El 21 de agosto, como el pan y los víveres corrientes habían faltado, a pesar  de que el prefecto hubiera dado la orden, muy a pesar suyo, de que los panaderos distribuyeran la harina, los obreros de varias fábricas pararon el trabajo y se fueron a la Cámara del Trabajo; pero se tropezaron con las fuerzas del orden. A partir de ese momento, empujada por su propia dinámica, la huelga  demuestra que ella no consiste en un simple paro por las mejoras de las condiciones de vida. Se transforma rápidamente en lucha frontal, puesto que después de haber fraternizado con los soldados del regimiento Alpino, los trabajadores mal armados, pelean durante cinco días contra tropas que utilizaban ametralladoras y tanques. Así fue como los grandes  levantamientos de Torino no vuelven a la calma- y todavía de lo más precaria- sino después de una represión que dejó cincuenta muertos y 200 heridos.

Fue a finales de 1916 cuando,  para prevenir estallidos de huelgas salvajes en un momento que la producción de armamentos tenía que funcionar a pleno rendimiento, la burguesía instituyó los Comités de movilización Industriales. Sin ningún titubeo los sindicatos habían aceptado colaborar con la construcción de este baluarte del capitalismo de estado. Municipalidades con reputación de “rojas” como Bologna, Reggio, D’Emilia, Milano, se las arreglan para “humanizar” la guerra, y, en una expresión de caridad vienen a vendar las  heridas: comida, ayuda para los  familiares de los militares, etc. Las Comisiones Internas, compuestas únicamente por obreros sindicalizados recibieron como misión  socavar la tensión en los talleres. Se convertían en instituciones permanentes a quienes  se les confiaba entre otras cosas, el derecho de preocuparse de un problema tan importante como el cálculo del  trabajo a destajo o bien, el despido de los obreros. Son esas estructuras de colaboración abierta, presentes en toda fábrica desde febrero de 1919, las que los  Ordinovistas tomarán como soporte de la “práxis revolucionaria”, el “gérmen soviético” de la dictadura proletaria, el medio por excelencia de organización autónoma de la clase en los sitios de trabajo. Y la clase tuvo que pelear, otra vez, contra éstos órganos auto-reguladores del capital.

Los socialistas mayoritarios no fueron los únicos que siguieron la política nacionalista de su burguesía. También lo hicieron los partidarios de Sorel y los anarco-sindicalistas  (por lo menos una parte importante). Los militantes que se aliaron a su burguesía – que antes habían combatido – fueron innumerables. El veterano A. Cipriani llegó a declarar que si sus 75 años se lo permitieran, él estaría en las trincheras “de la democracia”, combatiendo la “reacción militarista germánica”. El mismo escenario de capitulación de la social – democracia ante la prueba histórica de la guerra se  repetía casi punto por punto del otro lado de los Alpes. Semejante colapso generalizado de la Internacional  le hacía decir a Rosa Luxemburgo que la social-democracia se había puesto al servicio de la burguesía porque, a partir del 4 de agosto de 1014  y hasta que la paz fuera firmada. “la lucha  de clase no beneficiaba sino al enemigo”.  También  en Italia las organizaciones le pedían a los trabajadores que renunciaran a hacer huelgas, que pospusieran su lucha de clases para  no debilitar las fuerzas del Estado democrático, para no comprometer la eventualidad de una paz rápida. Mientras decían esas mentiras, los beneficios de la industria pesada italiana crecían como hongos después de la lluvia, y los cadáveres llegaban a formar montañas.

Grupos de anarquistas y sorelianos lanzaban los “fasci” por la revolución europea contra la barbarie, el militarismo alemán y la traicionera Austria católica-romana.

Ejemplo tras ejemplo, la alianza de fracciones enteras de la social-democracia con la burguesía en guerra, la actividad ultra-chovinista de las organizaciones, fue un fenómeno mundial cuyas raíces estuvieron en el cambio definitivo de período del capitalismo y no en la explicación personalista que pretende que se debió a la traición de los jefes. Las decenas de años de desarrollo del P.S.I. tuvieron una influencia negativa en el programa. Se había vuelto todopoderoso a un nivel material con 223 de las 280 comunas de Emilia que tenia en sus manos, centenares de sindicatos, ligas campesinas, cooperativas y bolsas de trabajo. Pero esta potencia “terrestre” era un peso muerto para el proletariado.

Evidentemente, el paso de la social-democracia italiana al terreno burgués no se hizo en un día. Ya desde los años de 1912, en una época, aunque, como contra-partida por el abandono de sus proyectos de conquista de Marruecos y de Egipto, el imperialismo italiano había sido autorizado por los ingleses y los franceses a poner su atención en Trípoli y a preparar la conquista de Dodecaneso y de Rodas, el partido que tenía entonces 22 años, había tenido problemas con la cuestión del colonialismo. Considerando que el establecimiento de 2 millones de italianos del continente en los lugares desérticos de Trípoli ofrecería una ocasión excepcional para ocupar una masa  importante de desempleados y de ocuparse de nuevo de esta vieja colonia romana, diputados socialistas, Bissolati, Proceda y Bonowi se declararon partidarios convencidos del expansionismo italiano. En el  Oriente Medio, los Balkanes, Italia tenía que tomar el relevo de “el hombre enfermo”: el imperio turco. Todo ese bonito mundo de hombres políticos clamaba desde lo alto de las tribunas parlamentarias y de las estradas de los mítines, que los socialistas no podían decentemente dejarles a los adversarios de derecha, el monopolio del patriotismo. Y, ironía de historia, es el futuro “Duce” quien hará expulsar del partido a los elementos  belicistas, los masones libres como “enemigos de clase” por su apegamiento inmoderado a la causa de la democracia reformista y las simpatías que aportaron a la colaboración con la burguesía.

Había sido pues, necesario, amputar los miembros gangrenados y poner un nuevo centro dirigente capaz de defender la posición de clase sobre la cuestión del colonialismo. Contra los partidarios de la conquista, la izquierda declaraba: “Ni un hombre, ni un centavo para las aventuras africanas”. Desgraciadamente, las tendencias expansionistas que se habían afirmado al interior del movimiento obrero, tenían en realidad, causas  más profundas de los que creían los que habían tratado de curar el mal con un hierro candente.  Cuando en Monza, en julio de 1900, surge armado el obrero anarquista Bresci  para vengar a los combatientes proletarios de Milano de 1898, los periódicos socialistas salen con los signos de duelo habituales. Los socialistas estaban llorando a Humberto I. El rey-carnicero. Así pues, se puede decir que durante la primera guerra mundial, el partido italiano firmó una nueva tregua con la casa de Savoya y, por un acuerdo tácito, alió su causa a la del Estado. En vez de llamar a la lucha de clases contra el militarismo y a la solidaridad internacional, sostenía  que después de los necesarios sacrificios impuestos por la causa nacional, se abriría un largo camino de prosperidad capitalista que  traería una serie de reformas sociales  positivas. El Estado subvencionaría mucho mejor que antes la caja de seguros contra los accidentes de trabajo, haría leyes sobre las condiciones  de empleo de las mujeres y de los niños, extendería el descanso semanal a nuevas capas de trabajadores, facilitaría la participación de los asalariados en los beneficios de la empresa. Así pues, las medidas de legislación social tomadas en los años 1903-1906 durante el  breve período de estabilidad económica italiana se verían ampliadas y fortificadas. El jefe de la burguesía industrial y comercial, Giliotti sostuvo los discursos adormecedores de los socialistas de la Cámara, diciendo que había que ir “a  la izquierda, siempre más a la izquierda”. Al terminar la guerra, no era ese cuadro de idilio social que deseaba la burguesía y su ayudante, la social-democracia, el que podía representar la situación real italiana.

UNA SITUACION CATASTROFICA

El fin  de las hostilidades, que llegó el 4 de noviembre de 1918, no permitió al imperialismo italiano beneficiarse con grandes conquistas. Una vez terminada la guerra, los países de la Entente se mostraron muy avaros con las compensaciones prometidas. Aprovecharon a fondo  la imprecisión del artículo 13 del pacto de Londres, Francia rehusa ceder Dalmacia a Italia, prefiriendo que, como Dantzing, Fiume sea declarada “ciudad libre” bajo la tutela de la Liga de Naciones. Además, Inglaterra y Francia autorizan la ocupación de Smyrna por las tropas griegas de Venizelos, en vez de las italianas,, y, queda descartado que Roma obtendrá su mandato sobre el Togo ex-alemán,. La adquisición de nuevas fronteras al norte y al este,  la conquista de la parte adriática de Istria, del puesto de Zadar, más algunas islas pequeñas, su protectorado sobre Albania, la soberanía italiana sobre el Dodécaneso, no llegan a resolver el problema de la necesidad de mercados para la economía italiana.

La desaparición del potente rival austríaco, que debe cederle casi la totalidad de su flota mercante, reemplazado por una cantidad de pequeños estados, no le evita a Italia su más grave crisis histórica desde la constitución de su unidad nacional en 1870.

Para el gran capital, la industria pesada había constituido un campo de acumulación cada vez mayor: no solo Italia pudo garantizar su producción  de armas y de sus proyectiles sino que también exportó para sus aliados vehículos y aviones. En su camino, se tropezará con la hostilidad “pacifista” de las industrias tradicionales que la habían precedido en la formación del capital italiano. Este tuvo que reconvertir la producción a tiempos de paz cuando suena la hora de la reconciliación, cuando la guerra brutal viene a ser reemplazada por la competencia comercial. Entonces  los magnates de los trusts Ansaldo, Breda, Montecatini, despiden obreros pues se hace cada vez más difícil valorizar los enormes  capitales invertidos hasta hipertrofiarse en las industrias de “defensa nacional”.La producción de hierro colado cae de 471.188 toneladas en 1917 a 61.391 en 1921 y,  al mismo tiempo, la del acero cae de 1.333.641 toneladas a 700.433. La Fíat, que había ensamblado 14.835 vehículos en 1920, no construye más que 10.321  un año más tarde. El déficit de la balanza comercial se encontró multiplicado por casi 5% con relación a 1914; América redujo las inmigraciones de 800.000 en 1913 a  menos de 300.000 en 1921-22; Inglaterra disminuyó en un tercio sus exportaciones de carbón.

Mientras el anillo de la crisis se iba estrechando, nacía el nuevo gobierno encabezado por Nitti, principalmente par levantar las ruinas de la guerra. Todo el comercio exterior italiano tenia que ser reconstituido, lo cual representaba un trabajo que estaba por encima de las fuerzas reales del país, puesto que, en ese momento, la deuda pública era de unos 63 billones de los cuales, 2/3 se habían debido a los gastos de guerra.

El estado había hecho soportar a las clases laboriosas la política guerrera por la presión fiscal, la creación de impuestos suplementarios y, sobre todo, por el aplastamiento de los salarios; el régimen fiscal italiano se había vuelto uno de los más pesados del mundo. El gabinete Nitti que va a seguir ese mismo camino, toma, el 24 de noviembre de 1919, las disposiciones fiscales siguientes:

  • impuestos de 18% sobre las rentas del capital
  • impuestos de 15% sobre las rentas mixtas de capital y de trabajo
  • impuestos de 9 a 12% sobre los salarios.

Al mismo tiempo, introducían nuevas tasas sobre el consumo. Lo que acababa de ensombrecer la situación era la falta de materias primas, de combustible. El ritmo de la producción se estaba derrumbando, las masas de desempleados aumentaban; las posibilidades de emigración que había absorbido 900.000 obreros y campesinos en 1913, se estaba agotando. La burguesía italiana no puede readaptar su economía a las nuevas necesidades del mercado mundial, puesto que sus competidores, mejor equipados, son los que dominan ese mercado. La deuda pública que aumentaba un 1 billón por mes, como lo escribía Nitti en una carta de octubre de 1919 a sus electores, era una de las siete plagas del país: debe 14.5 billones de liras a sus aliados.

La “victoria a medias” que había obtenido el capital italiano no le daba margen de maniobra para implantar una política de “concordia nacional” como la que el social patriota había impulsado en Francia desarrollando una política de subsidios. Las huelgas estallan, en 1920 la represión gubernamental de las mismas costará 320 muertos.

LAS LUCHAS QUE PRECEDEN LAS OCUPACIONES

No se pueden comprender realmente las huelgas masivas que sumergen a Italia si no se incluyen en la curva de la crisis general del capitalismo, que empezó en 1914, y de la erupción proletaria que surgió como repuesta a la crisis en casi toda Europa. Igual que en Rusia, el surgimiento proletario en Italia no fue sino un momento de la revolución mundial nacida de la miseria y de los horrores indescriptibles engendrados por el militarismo. Fue pidiendo pan y el retorno a sus hogares que, como un volcán, se levantaron los trabajadores italianos hambrientos y ensangrentados. Desde 1913, su salario real había bajado 27% y la guerra le costó el proletariado 651.000  muertos y 500.000 mutilados.

Primero en Roma, luego en Liguria, en Toscana hasta la punta de la bota italiana, las masas, muriéndose de hambre, asaltan los almacenes de alimentos. Frente a ello las Cámaras del Trabajo[1] juegan a fondo su papel de perros guardianes. Llenos de pánico, los  comerciales que, acaparando las mercancías, esperaban poder alzar los precios, depositan las llaves de sus sacrosantas tiendas entre las manos de los jefes sindicales. Esto les asegura en cambio una protección que el estado es incapaz de dar, pues en ese momento, no dispone de fuerzas suficientes par intervenir en todos los lugares en donde hay que salvaguardar la propiedad privada. Las huelgas se volvieron tan fuertes que el estado se vio obligado a importar trigo y a aplicar un “precio restringido de pan” con subvenciones que le costaban 6 billones de liras por año. Cuando en junio de 1920, el tercer ministerio de Nitti decide revocar el precio restringido de pan, provoca inmediatamente disturbios tales que se ve obligado a retroceder. El temor de un levantamiento revolucionario era tan justificado que la cámara rechazó varias veces las proposiciones de aumento de precio del pan. Tendrá que esperar el reflujo del movimiento, en 1921, para pasar a la ofensiva, y es el neutralista, el hombre de “izquierda” Giolotti quien logrará echar atrás por fin el precio restringido del pan.

En los campos, comienzan las ocupaciones de latifundios. Son esencialmente movimientos de los desmovilizados que perdieron definitivamente toda confianza en las antiguas promesas del estado sobre un eventual reparto de las tierras. En Italia, todas las proposiciones hechas sobre la cuestión agraria por los reformadores de la era liberal o ciertos elementos esclarecidos de la iglesia católica, no hicieron,  evidentemente, más que crear ilusiones falsas. La idea de crear asociaciones agrícolas, agrupando en un solo dominio comunitario, las pequeñas parcelas, germinó en la mente de algunos filántropos de los años posteriores al “risorgimento”. Causó gran entusiasmo esta posición que hacía depender el futuro de los campesinos del cultivo en común de la tierra y de compartir las cosechas proporcionalmente al aporte de cada uno en tierra, ganado, material. Los campesinos más desfavorecidos por el régimen de la propiedad de bienes raíces depositaron muchas esperanzas en la asociación libre, propuesta también por la social-democrácia.

Así fue como las asociaciones cooperativas nacieron en medio de un entusiasmo general; por parte de los campesinos porque veían en ellas  un remedio para su miseria material; por parte  de los socialistas porque les parecían evidentes las posibilidades que éstas contenían para crear una forma de producción transitoria, tendiendo progresivamente a la realización del socialismo.

Hubieran debido comprender muchas cosas al ver  al Estado mismo impulsar las comunas rurales, el clero católico organizar las cooperativas agrícolas en sus diócesis. Pero  ya el programa mínimo de reformas a obtener dentro del capitalismo había cumplido su papel. Por su práctica limitada a las condiciones particulares y nacionales de Italia, hasta por sus costumbres, la democracia socialista se volvía cada vez más el representante del capitalismo. El capitalismo aportaba una “solución” a la vieja cuestión agraria consistente en agrupar a los cultivadores en cooperativas, base de una generalización de las relaciones de producción mercantiles en el campo. Quedaba fuera de juego la vieja consigna “la tierra al no pertenecerle a nadie, los frutos sean de todos” (Babeuf). Podía entonces “resolverse” en el terreno capitalista, sin que el proletariado triunfe en su lucha histórica y organice la satisfacción de la especie humana sobre bases exentas de todo criterio mercantil.

En el llano del Po, donde se practica un cultivo intensivo, el partido socialista había organizado a braceros sobre la base de la cooperativa agrícola. Lo más importante para los empresarios era aumentar la productividad para competir con las cooperativas del Partido Popular-Católico. En Bologna, en Ravena, en Reggio Emilia, de donde partió el movimiento cooperativo, las cámaras de trabajo controlan toda la vida económica de sus provincias y,  “victoria obrera suprema” deciden el precio de los víveres que distribuyen por el canal de las cooperativas. Así la clase obrera italiana iba a poder expropiar pacíficamente a la burguesía, persuadiéndola de la inutilidad de su poder. Ese era al menos el estado de ánimo de los dirigentes socialistas, orgullosos de haber podido demostrar concretamente que sus programas no eran puras abstracciones.

Refiriéndose a Owen y a los pioneros del Rochdale, Lenin decía con respecto a la concepción cooperativa: “soñaron con realizar la democracia socialista del mundo sin tener en cuenta un punto tan importante como, la  conquista del poder político por la clase obrera, la destrucción de la dominación de los explotadores”. Ese era exactamente el caso de los dirigentes italianos que se proponían ir hacia nuevas relaciones sociales, volviéndolas posibles inmediatamente.

La cooperación no resuelve nada puesto que el socialismo no puede nacer en el seno de las relaciones de producción de la vieja sociedad capitalista y volverse, a su vez, una fuerza económica. En todo el territorio italiano donde se siente fuertemente la  competencia, principalmente con el trigo y el maíz, la lucha agraria se volvió muy intensa. Y como esta lucha desesperada no lograba ponerle un freno al declive de los pequeños productores campesinos y como, evidentemente la represión era muy violenta por parte del Estado, la única salida que se ofrecía era la escapatoria de la emigración hacia la metrópolis americanas y las regiones cafeteras del Brasil.

PREPARATIVOS BURGUESES PARA LA GUERRA CIVIL

Apenas tres meses después  de su formación (16 de noviembre de 1919), el ministro Nitti, que había lanzado el slogan “producir más, consumir menos”.  Decide equipar un cuerpo de policía auxiliar, la Guardia Real. Ese nuevo cuerpo armado, que cuenta con millares de hombres, estuvo equipado de pies a cabeza para hacer reinar el orden burgués que se veía cada vez más desafiado. Aún antes de que el fascismo hiciera pesar el terror, centenares de trabajadores cayeron bajo las bajas de dicha guardia. De más esta decir que ese esfuerzo democrático del aparato de Estado le dará plena satisfacción a la burguesía. En abril de 1920, la tropa le dispara a los huelguistas en Décima y deja nueve obreros muertos en las calles; la conmemoración del 1° de mayo  deja 15 muertos; el 26 de junio hubo 5 muertos en el levantamiento de Ancona contra la expedición de tropas italianas para ir a ocupar Albania. Bajo la dirección de los anarquistas, la revuelta se extiende a Romagna. En Mantua trabajadores y soldados invaden la estación, arrancan los rieles para detener los trenes de la Guardía Real, los que estaban destinados a la guerra contra los Soviets cargados de armas y de municiones, golpean a todos los oficiales, asaltan la prisión que incendian después de haber liberado a los presos. En un año, de abril del 19 a abril del 1920, la metralla democrática mató a 145 trabajadores e hirió a 444, en todas las regiones de Italia. Pero cada vez que hay muertos en las calles, los trabajadores continúan la lucha proclamando huelga general:  la de los empleados del correo, la de los empleados de los ferrocarriles, la de Milano doblemente repudiada por el P.S. y la C.G.T. cuyos representantes, elegidos por sufragio universal, prefieren salir de la sesión inaugural de la cámara, gritando “viva la república”. En Puglia los jornaleros pelean para obtener el pago de sus días de trabajo; habrá 6 muertos del lado de los braceros y 3 entre los terratenientes.

La caída de los Hohenzollern[1], la explosión consecutiva del imperio austro-alemán, la revolución mundial, que conmovió primero a Europa Oriental y Central, fueron fermentos de una Italia cada vez más febril. El proletariado italiano será el único que concretizará  su solidaridad con los Soviets rusos y húngaros con la huelga general, será el único que saboteará en su país la intervención armada de las potencias aliadas a favor de Koltchak[2].

A medida que se desarrollaba el movimiento de lucha del proletariado, la clase dirigente sentía la necesidad de armarse. En mayo de 1920 los industriales, agrupados en una Confederación General de la Industria, firman en Milano un acuerdo según el cual cada parte contratante se compromete a liquidar el “bolchevismo italiano y, prioritariamente a los militantes que habían defendido la única posición de clase durante la guerra imperialista:  el derrotismo revolucionario”. No sin razón los defensores del orden veían en ellos el núcleo del partido revolucionario que llamaba al proletariado a la lucha contra el gobierno de su Majestad, a reagruparse bajo la bandera de la guerra civil por el derrocamiento de la dictadura democrático-burguesa. El 18 de agosto, se constituye, sobre un modelo idéntico, la Confederación General de la Agricultura que reúne alrededor de su programa  a todas las formas de las grandes, medianas y pequeña explotación agrícola, interesadas todas en ponerle fin a las ocupaciones de las tierras. Todos quieren la cabeza de los “caporetistas” de los “rojos”, considerados como agentes del enemigo. Utilizan todos los medios posibles par impedir la propaganda comunista. Más adelante veremos el papel que jugaron cuando el fascismo vino al poder.

[1] Dinastía reinante en Alemania derrocada por la revolución obrera de noviembre 1918

[2] Uno de los jefes de las fuerzas militares anti bolcheviques en la guerra civil que asola Rusia entre 1918-1921

[1] Locales de los sindicatos

[1] Miembros del Partido Socialista Italiano

 

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