Alemania 1918-2018: La revolución proletaria mundial es necesaria y sigue siendo posible

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La Conferencia de nuestra sección Wetrevolution este año 2018, se celebra durante el centenario de la revolución en Alemania y cuando es el 40 aniversario de la formación de la sección de la CCI en Alemania. Es pues un momento apropiado para ver el significado de ambos eventos para el periodo actual.

1) Si la Revolución Alemana que empezó en 1918 hubiera triunfado y así acabado con el aislamiento de la Revolución Rusa, habría podido inclinar la balanza a favor de la culminación de la revolución mundial[1]. La Humanidad hubiera podido ahorrarse un siglo de guerras imperialistas, hambrunas y genocidios. No había nada de predestinado en la derrota de la tentativa de revolución en Alemania, como no hay nada inevitable permanentemente en la situación actual de pasividad de la clase obrera.

2) La derrota no era inevitable, la revolución proletaria era objetivamente posible, y sobre todo necesaria. Con la Primera Guerra Mundial (1914-18), el capitalismo había atravesado cuatro años de autodestrucción que había dejado arruinado el continente europeo. Si 1914 anunciaba la entrada del capitalismo en su fase de decadencia, anunciaba también el inicio de un periodo en el que la revolución proletaria estaba en la agenda histórica. Eran tiempos de pesimismo justificado respecto al destino del modo de producción capitalista, y al contrario, de un gran optimismo porque otro modo de producción, el comunismo, lo reemplazara:

«Pero es la oleada revolucionaria de 1917-23 y, sobre todo, la Revolución de octubre las que revelan más claramente el carácter de las cuestiones en torno a la confianza y la solidaridad. La quintaesencia de la crisis histórica estaba contenida en la cuestión de la insurrección. Por primera vez en la historia de la humanidad, una clase social estuvo en posición de cambiar deliberada y conscientemente el curso de los acontecimientos mundiales. Los bolcheviques recuperan el concepto de Engels sobre “El arte de la insurrección”. Lenin declara que la revolución es una ciencia. Trotski habla del “álgebra de la revolución”. A través del estudio de la realidad social, a través de la construcción de un partido de clase capaz de superar las pruebas de la historia, a través de una preparación paciente y vigilante del momento en el que las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución estén reunidas, y mediante la audacia revolucionaria necesaria para aprovechar la ocasión, el proletariado y su vanguardia empezaron, en lo que es un triunfo de conciencia y de organización, a superar la alienación que condena a la sociedad a ser la víctima impotente de fuerzas ciegas. Al mismo tiempo, la decisión consciente de tomar el poder en Rusia y por tanto de asumir todas las adversidades de tal acto en interés de la revolución mundial, fue la expresión más elevada de la solidaridad de clase. Es una nueva cualidad en el camino ascendente de la sociedad, el inicio del salto desde el reino de la necesidad hasta el de la libertad. Y es la esencia de la confianza del proletariado en sí mismo y de la solidaridad entre sus filas.»[2]

El periodo de 1917-23 es, o debería ser, una inspiración permanente para los revolucionarios, particularmente en un periodo difícil de desorientación proletaria como el actual.

3) La principal arma ideológica de la burguesía para derrotar la revolución fue el Partido Social Demócrata, ayudado por los Independientes como Kautsky, que sembraron dudas en la perspectiva de la dictadura proletaria y convencieron a la mayoría de los trabajadores de que una revolución podía hacerse sin una revolución:

- de que la revolución consistía supuestamente en la creación de las nuevas instituciones democráticas y por tanto los obreros tenían la obligación de plegarse a los deseos de “la mayoría” y de proteger pacíficamente las conquistas hechas;

- de que los Bolcheviques en Rusia y aquellos como los Espartaquistas que los apoyaban, eran una minoría de salvajes sedientos de sangre, que buscaban la división y reemplazaban los valores civilizados por el caos y la violencia;

- de que la guerra imperialista era un mero interludio, atizando así las ilusiones pacifistas de que ahora había que regresar a un periodo de coexistencia pacífica con la burguesía rejuvenecida y democrática.

Los líderes del PSD combinaron esa insidiosa propaganda de duda y de cebo de la democracia con la provocación de insurrecciones prematuras y el despliegue inmediato de una violencia contra-revolucionaria despiadada que decapitó el naciente partido revolucionario (asesinando a Rosa Luxemburg, Jogiches y muchos otros) antes de que tuviera tiempo de madurar:

«¿Queréis la paz? Pues entonces cada uno debe hacer de tal modo que se acabe la tiranía de la gente de Spartakus. ¿Queréis la libertad? ¡Acabad entonces con esos haraganes armados de Liebknecht!. ¿Queréis la hambruna?. Seguid entonces a Liebknecht. ¿Queréis ser los esclavos de la Entente?. ¡Liebknecht se ocupa de ello!. ¡Abajo la dictadura de los anarquistas de Spartakus! ¡Sólo la violencia podrá oponerse a la violencia brutal de esa pandilla de criminales!» (Hoja de la Corporación municipal del Gran Berlín, 29/12/1918)[3].

Los defensores socialdemócratas de las pacíficas ilusiones de democracia, se transformaban fácilmente en una canalla dispuesta al linchamiento.

La Revolución Alemana probó que los sermones democráticos de la burguesía sólo son la preparación de la barbarie del terror estatal.

4) Entre las fuerzas revolucionarias de la Izquierda marxista, la debilidad principal era una falta de preparación teórica y programática, incluyendo la experiencia de una confrontación sistemática de las diferencias en el seno de una fracción unificada y centralizada. La creación de un fuerte punto de referencia previo era necesaria para guiar el alzamiento de la clase obrera revolucionaria y templarla contra el oportunismo y el centrismo de la Socialdemocracia como el partido Bolchevique había hecho. Pero el Partido Comunista Alemán se formó durante la revolución misma.

5) El fracaso de la Revolución Alemana y de su vanguardia comunista no fue porque se embruteció por la experiencia revolucionaria, sino porque no aprendió suficientemente a “endurecerse” contra la sofisticación y el sentimentalismo y la hipocresía moral de la ideología democrática desplegada por la izquierda contra-revolucionaria. Su fracaso no es porque fue demasiado lejos, sino porque no fue lo bastante lejos.

Y esta es una regla general de las revoluciones que involucran las masas de los oprimidos. La revuelta Espartaquista original de los esclavos en la Antigua Roma falló en que no marchó sobre la ciudad de Roma. En la Revolución Francesa de 1794, el programa de la comuna de guerra propagandística y republicanización de Europa fue saboteado por Robespierre y el Comité de Salud Pública[4]. Marx dijo que la Comuna de París, al tomar el poder en 1871, debería haberse lanzado inmediatamente contra Versalles en vez de esperar semanas a legitimarse formalmente en las elecciones.

El gran peligro para la revolución proletaria, como mostró Alemania 1918, es la falta de confianza y de convicción en la inmensidad de sus propios objetivos; su ingenuidad y falta de preparación a largo plazo frente a la sofisticada trapacería de la contra-revolución.

6) La contra-revolución fue llevada a sus mayores y más brutales extremos en los países donde la oleada revolucionaria alcanzó sus cumbres, en Alemania y en Rusia. Todo rastro del alzamiento revolucionario de las masas tenía que erradicarse en la preparación de la 2ª carnicería imperialista mundial de 1939-45. Las masas fueron sometidas al terror diario, forzadas a humillarse frente a la clase dominante fascista o estalinista, obligadas a aceptar la liquidación de poblaciones enteras ante sus ojos y luego empujadas a punta de pistola a asesinar a sus hermanos de clase en la matanza fratricida de millones en el frente oriental.

Según la burguesía democrática sin embargo, si los obreros rusos no lograron impedir los gulags, si los obreros alemanes habían aceptado el fascismo y la ofensiva imperialista de Hitler, fue porque ellos mismos eran sus entusiastas defensores. Si cientos de miles de civiles fueron incinerados en los bombardeos de ciudades alemanas en 1945, si millones perecieron en la limpieza étnica que siguió al nuevo trazado de las fronteras de Alemania, fue por su propia culpa; se merecían el castigo impuesto por las bombas aliadas. La supuesta “culpabilidad de guerra” colectiva del pueblo alemán y la consiguiente necesidad de que los obreros supervivientes expiaran los crímenes de guerra de la burguesía fue una forma de tomar el máximo de precauciones contra el resurgimiento de un espíritu revolucionario de la clase obrera en el periodo de posguerra y de ganar su adhesión a la contra-revolución democrática y el bloque imperialista Occidental, o en el Este a las doctrinas antifascistas del bloque imperialista Ruso.

Antes, los obreros alemanes había tenido que humillarse ante Hitler, ahora tenían que adorar los dioses democráticos de Eisenhower o Churchill, o el “socialismo” del capitalismo de estado estalinista.

7) Al guiso de hacer responsable al proletariado de los horrores de la contra-revolución le pusieron salsa los sociólogos izquierdistas de la Escuela de Frankfurt que, haciendo un uso incorrecto de las ideas de Freud, achacaron la derrota del proletariado y su movilización para la guerra a sus propias deformidades psicológicas individuales, que hicieron a los obreros partícipes voluntarios de su propia represión.

En el periodo de reconstrucción de los años 1950-60, los años del “milagro económico” en Alemania Occidental, Herbert Marcuse, una luminaria de la Escuela de Frankfurt, aún adornó más esta mentira. Los obreros que habían sobrevivido a la matanza de la guerra se consideraban ahora “aburguesados”, demasiado saciados de bienes materiales para plantear una alternativa revolucionaria a la barbarie capitalista, a la que más bien supuestamente defenderían.

La implicación de esto era que, para hacer una revolución, los obreros deberían primero ser desprogramados, o simplemente hacerse a un lado y ser reemplazados por otras fuerzas supuestamente más revolucionarias –estudiantes, campesinos, intelectuales- como sujetos de la transformación socialista.

8) 1968 y el resurgimiento de la lucha de clases a escala mundial y la reaparición de la crisis económica abierta asestaron un duro golpe  a todas las variaciones de ideología contra-revolucionaria hasta entonces. La clase obrera en los hechos contradijo toda la propaganda de que ya no existía como una fuerza histórica y de que se había vuelto impotente por la contra-revolución. Que la clase obrera de Alemania Occidental se uniera al resurgimiento de la lucha de clases fue una confirmación particular de que el proletariado revolucionario mundial no había desaparecido para siempre y no había quedado reducido a una suma de individuos handicapados.

Que la CCI fuera capaz de formar una sección en Alemania (Occidental) en 1978 tenía un significado histórico (aunque fuera a pequeña escala) porque políticamente y organizacionalmente se alzaba de nuevo la bandera de la revolución proletaria en un territorio que aparentemente se había echado a perder permanentemente por cincuenta años de contra-revolución. Se podía retomar el combate contra la basura ideológica acumulada que había dejado la contra-revolución, con la claridad revolucionaria de la Izquierda Comunista.

Había una conciencia particular del valor incalculable de la organización revolucionaria, a pesar de su talla  reducida y su relativa escasa influencia.

9) Después de 1989, como resultado del hundimiento de la URSS y el colapso final de la variante estalinista de la contra-revolución, la burguesía mundial había sido capaz de resucitar y reforzar muchos elementos de su ideología democrática que habían sido oscurecidos por el desarrollo de la lucha de clases en el periodo precedente desde 1968:

- El fracaso final del estalinismo se presenta como el fracaso de la clase obrera como sujeto histórico del cambio revolucionario. Ese cambio solo podría producirse por la acción de los “ciudadanos”;

- Eso significaría el fracaso de la teoría Marxista y con eso el fin de la posibilidad de ver cualesquiera leyes del desarrollo histórico. El pasado deviene efímero, irrelevante; el futuro completamente impredecible;

- El colapso de los regímenes estalinistas de Europa Oriental supondría la victoria definitiva de los regímenes de “democracia liberal” sobre cualquier posible alternativa futura. En ese contexto, las organizaciones revolucionarias políticas solo pueden ser un anacronismo.

Con el refuerzo de esta ideología democrática post -1989 hemos visto una creciente pérdida de confianza de la clase obrera en su propio pasado y en su propia perspectiva histórica y una confirmación de sus dificultades en su lucha desde 1968, para plantear las implicaciones políticas y las tradiciones de su lucha de clases. También hemos visto una progresiva pérdida de confianza en la organización revolucionaria política Marxista.

Lógicamente, a la inversa, hemos visto un mini-revival del pantano libertario (anarquistas, modernistas, comunalistas, etc.) que ve la situación actual como la reivindicación de su hostilidad al Bolchevismo, a la coherencia teórica, a los principios de clase y al comportamiento ético proletario. El medio parásito no ha perdido su tirón[5].

10) La duda más peligrosa de todas es que el trabajo de la organización revolucionaria hoy no es esencial, por su tamaño muy pequeño y su falta de influencia, incluso por su ostracismo; y que por tanto sería paranoico imaginar que los agentes de la burguesía y el medio parásito de la pequeña burguesía estén involucrados en una campaña a largo plazo para destruirla.

El fracaso de la Revolución Alemana es instructiva a este respecto. La burguesía Alemana, tras el éxito de la Revolución de Octubre de 1917 se dio cuenta rápidamente de que la amenaza de la vanguardia revolucionaria al sistema capitalista no se mide por su influencia en un momento escogido al azar. El éxito del “virus Bolchevique” en 1917 había mostrado que la influencia del programa de una curtida fracción Marxista podía crecer del tamaño de pequeñas partículas a las proporciones de una epidemia de masas en las condiciones específicas de la decadencia capitalista. Desde entonces, las partes más inteligentes de la burguesía aprendieron que, en la medida de lo posible, se debería imponer una cuarentena preventiva a la infección y destruir sus fuentes cuanto antes.

Esta es una lección que la burguesía (casi más que los revolucionarios) no ha olvidado nunca.

El asesinato de Liebnekcht , Luxemburg y otros comunistas de la Izquierda Marxista en 1919 fue un potente golpe preventivo contra la posibilidad de una maduración subsecuente de la revolución en Alemania.

La lección para la situación actual es clara. Permitir que fuera destruida la CCI, la única organización comunista que las últimas cuatro décadas ha comprendido la necesidad del trabajo de fracción para la preparación del futuro partido, sería fatal para la posibilidad de la futura revolución comunista.

La Conferencia de Weltrevolution de 2018, en continuidad con la honrosa tradición de la sección en la defensa de la organización revolucionaria, puede ser también una conmemoración apropiada de las lecciones de la Revolución Alemana. Y una ocasión para expresar la solidaridad con los camaradas caídos en 1918-23.

M. 24.02.2018

 

[2]  Texto de Orientación sobre Confianza y Solidaridad (I), Revista Internacional nº 111, http://es.internationalism.org/revista-internacional/200911/2695/texto-de-orientacion-sobre-la-confianza-y-la-solidaridad-i

[3] Citado en el tercer artículo de la Serie La Revolución Alemana (III), Revista Internacional nº 83, http://es.internationalism.org/revista-internacional/199601/1786/iii-la-insurreccion-prematura

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