1968, Masacre de Tlatelolco: el verdadero rostro del capitalismo

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Se ha estimado que fueron entre 300 y 500 los masacrados por el ejército el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco, aunque nunca se supo con exactitud el número y menos aún la totalidad de los nombres de los victimados, la burguesía ha sabido utilizar y aprovechar sus propios crímenes. Pocos años después de la masacre, la burguesía mexicana empezó a señalar a esta fecha como punto de partida en el avance de la democracia, cómo si la sangre derramada hubiera limpiado su existencia y dejara en el pasado el autoritarismo represivo.

Actualmente, siguiendo ese discurso, se aprovechan los 50 años de la masacre para relanzar la campaña democrática y haciendo una conexión con las pasadas elecciones, pretenden demostrar que el Estado mexicano ha cambiado su rostro represivo porque la democracia ha tomado dominio, permitiendo incluso la alternancia en los gobiernos. De esa forma la burguesía lanza sus hipócritas lamentos y deja caer sus lágrimas de cocodrilo para deslindarse de los crímenes del 68 y aprovechar el recuerdo y la indignación aún presente entre los explotados.

Las movilizaciones que los estudiantes en México realizaron entre julio y octubre de 1968, son, sin duda, la expresión de una fuerza social descontenta, que aun cuando sus demandas estaban restringidas por la añoranza de las “libertades democráticas”[1] y aunque el escenario político fue ocupado por una masa socialmente heterogénea, expresó cierta continuación de la combatividad despertada por las huelgas de los ferrocarrileros de 1958 y los médicos de 1965. No logró incorporar sus reivindicaciones y encaminar sus movilizaciones dentro un terreno proletario, sin embargo, logró desplegar y despertar una gran fuerza solidaria. Por ello, a 50 años de las movilizaciones y la masacre es necesario reflexionar sobre estas, buscando ir más allá de la frivolidad desplegada por el Estado mexicano para “festejar”[2] la masacre de Tlatelolco y la mistificación creada por la burguesía a través de sus “intelectuales” y de su aparato de izquierda.

¿Qué detonó la movilización?

En 1968 el Estado mexicano explicaba las movilizaciones estudiantiles como producto de una “imitación” del mayo caliente parisino, la cual supone se extendía por la actividad instigadora de agentes extranjeros[3]. Un mes antes de que el gobierno de Díaz Ordaz llevara a cabo la masacre en contra de los estudiantes, la central sindical oficial, CTM, repitiendo esa idea declaraba: “Extranjeros y malos mexicanos, actuando como activos agentes comunistas, aprovecharon reyertas sin importancia de dos pequeños grupos de estudiantes, para desatar la más grave acometida en contra del Régimen y de las Instituciones del país, adoptando para el caso, tácticas que son un remedo de sistemas adoptados por extremistas de esas tendencias, en otros confines y, muy recientemente en los disturbios de París...” (Manifiesto a la Nación, 2-09-68). Aunque había efectivamente un ambiente agitado en el mundo por las movilizaciones parisinas, resulta falso suponer que las manifestaciones se expanden como la moda, en una imitación

Es la crisis económica que retorna al escenario mundial lo que impulsó la respuesta obrera del Mayo 68[4] y ese mismo detonante es lo que abre las respuestas obreras en Italia (1969), Polonia (1970-71), Argentina (1969) e incluso tocó a México y aunque no motivó movilizaciones de trabajadores, engendró descontentos sociales.

Es cierto también que en el marco de la “guerra fría”, las fracciones imperialistas dominantes y en pugna (EUA-URSS), usaban el espionaje y la conspiración, sin embargo, hasta ahora no se ha encontrado evidencia alguna que compruebe que el gobierno de la URSS estuviera involucrado, y menos aún el de Cuba, que tenía un acuerdo con el mexicano de no apoyar a ningún grupo opositor[5], además, el Partido “Comunista” (PCM), de filiación estalinista, aunque era un peón de la URSS, no tenía la fuerza ni la presencia suficiente para definir las movilizaciones.

En cambio los EUA si mantenían una vigilancia de su “patio trasero” y formaron parte activa en la represión[6], durante ese años y durante todo el período de la “guerra fría”.

Para explicar el origen de las movilizaciones y la fuerza que logró, habrá que ir más lejos de las acusaciones del gobierno, pero también del argumento simplista que lo refiere como una “lucha generacional” o por la falta de “libertades democráticas”.

Los estudiantes al ser una masa social en la que se involucran clases sociales diversas, pero en la que domina la ideología pequeñoburguesa, queda atrapada en la esperanza de la democracia[7]. Pero hay un elemento que empuja a la politización a aquellos estudiantes de origen proletario, es la creciente incertidumbre que tienen sobre el futuro que les esperaba. La promesa de “escalamiento social” que la industrialización (de los años 40-60) ofrecía a los universitarios, iba evidenciándose como una gran falacia, dado que, aunque las ganancias capitalistas se acrecentaban, la vida de los trabajadores no mejoraba y amenazaba con empeorar con la crisis económica que ya empezaba a manifestarse. Pero además a esa incertidumbre se agregaba el hartazgo de las respuestas represiva del Estado en contra de las manifestaciones de aquellos trabajadores que exigían mejores salarios. Las balas y la cárcel fue la respuesta que se repitió, lo mismo con los obreros de las minas de Nueva Rosita, Coahuila (1950-51), con los ferrocarrileros (1948 y 1958), con los maestros de básico (1958) o los médicos (1965). Quedaba en evidencia que ni aun incrementando los ritmos productivos, el capitalismo podía ofrecer mejoras duraderas a la nueva generación.

Bajo esas condiciones, las movilizaciones de los estudiantes se alimentaron del coraje y la indignación de los trabajadores que en años anteriores habían sido reprimidos por el Estado.

Los anhelos democráticos esterilizan la fuerza solidaria

Desde los años 40 y hasta los 70, la burguesía mexicana se afanaba en hacer creer que la industrialización, que estaba impulsando el crecimiento de la economía y la estabilidad de los precios, lograría mejorar la vida de la población trabajadora. En ese proceso industrializador el Estado jugó un papel fundamental, tomando a su cargo una parte de la inversión directa y apoyando al capital privado a través de la venta, por debajo de su precio, de insumos energéticos, pero sobre todo, mediante una política de contención salarial combinada con subsidios a los bienes de consumo obrero, de manera que con estas medidas construye su perfil de “Estado benefactor”, al tiempo que le reduce a los empresarios el costo de la fuerza de trabajo, favoreciendo así el crecimiento de las ganancias capitalistas.

En ese proceso industrializador, había una necesidad creciente de fuerza de trabajo calificada, por lo que el Estado fomentó la ampliación de la matrícula de la universidad y el politécnico, al hacerlo provocó a que la masa estudiantil con orígenes proletarios creciera también, haciendo así de las universidades un polo de tensión social.

Pero como se expone renglones arriba, los estudiantes son una masa social no homogénea, integrada lo mismo por hijos de obreros que de burgueses, lo que la hace ser un grupo social sin perspectiva histórica clara, en ese sentido, el movimiento estudiantil de 1968 en México, organizado en el Consejo Nacional de Huelga (CNH), se expone con una fuerza importante, pero estructurada en torno a visiones contestataria que jamás rebasaron las reivindicaciones democráticas, ni pudieron soltarse de las ataduras de la ideología nacionalista, no obstante hay un minúsculo instinto de clase que brota en el calor de las movilizaciones y que impulsa a los jóvenes estudiantes a buscar el acercamiento con los trabajadores mediante la presencia continua de brigadas informativas en las zonas fabriles y los barrios obreros, logrando por ello despertar una fuerza solidaria entre los trabajadores, sin embargo esa fuerza social potencial quedo contenida y nulificada por la misma falta de perspectivas políticas del CNH.

Solo la clase obrera tiene una alternativa al capitalismo

Desde las primeras manifestaciones estudiantiles presentes a finales de julio, los granaderos y la policía actuaron con una gran ferocidad. El jefe de la policía del DF, general Luis Cueto en conferencia de prensa justificaba la represión diciendo que se trataba de “un movimiento subversivo” que “tiende a crear un ambiente de hostilidad para nuestro gobierno y nuestro país en vísperas de los Juegos de la XIX Olimpiada” (El Universal, 28-07-68).

Se abría así un período de combates callejeros continuos, en los que la policía antimotines queda rebasada, por lo que ponen en acción a las tropas del ejército, multiplicando la represión. Desde los primeros días de las movilizaciones, el ejército arremetió con gran bestialidad, al grado que la noche del 30 de julio, dispara un proyectil de bazuca sobre la preparatoria 1.

En la medida que la policía y el ejército incrementaban la bestialidad, crecía la solidaridad entre los trabajadores, sin embargo, no logró tomar forma organizativa para resaltar su presencia en el escenario social.

Esa simpatía ganada entre los trabajadores se expone por su presencia individual y en pequeños grupos en las manifestaciones callejeras. Justamente eran los trabajadores que en años anteriores habían sido reprimidos por manifestarse los que hacían notar su apoyo. Aunque también se presentaron intentos de expresión de solidaridad abierta hacia los estudiantes: el 27 de agosto los médicos del Hospital General realizaron una huelga solidaria. Un día después (28-agosto), los trabajadores del gobierno del DF, al ser obligados a participar en un acto oficial en el que se pretendía desacreditar a las manifestaciones estudiantiles, expresaron espontáneamente su repudio al gobierno, coreando “somos borregos”, para dejar claro que eran obligados a estar presentes y sabotear el acto, por lo que son reprimidos ferozmente por la policía antimotines.

El movimiento estudiantil logró despertar simpatía y solidaridad y aunque muchos grupos gritaban en las calles y pintaban en las paredes: “¡no queremos olimpiadas, queremos revolución!”, la verdad es que las movilizaciones avanzaron sin perspectivas reales. Esto no es por un “error estratégico”, sino por la ausencia de la clase obrera en el escenario social. No bastaba con que estuvieran obreros individualmente, o se expresara de forma aislada su solidaridad, cubriendo el espacio social solo formalmente, pero dejando fuera sus perspectivas políticas. En 1968 aunque una gran masa de estudiantes tenía un origen proletario y los mismos trabajadores mostraron su simpatía con los jóvenes, el proletariado no se encontró como una fuerza organizada y armada con su conciencia, para enfrentar al capitalismo.

Masacre de Tlatelolco, producto del capitalismo

En el mes de septiembre las respuestas del Estado eran cada vez más agresivas, el 18 de septiembre el ejército toma las instalaciones de la UNAM, llevándose el grueso de la actividad política al IPN[8] y los barrios que lo circundan, por ello, cuatro días después se asaltan las instalaciones del Politécnico, no sin que se desarrollaran los más feroces combates, en los que la solidaridad toma una presencia destacable, incorporándose incluso estudiantes adolescentes de secundaria, y creciendo el apoyo de los habitantes de los barrios… Se iba preparando la masacre.

El 2 de octubre cuando terminaba una manifestación en la plaza de Tlatelolco, escuadras militares y paramilitares arremeten contra los estudiantes, mostrando en su forma más cruda lo que significa el capitalismo.

Suele explicarse tan brutal respuesta como una locura del entonces secretario de gobernación Luis Echeverría que alimentaba la paranoia del presidente Díaz Ordaz, pero la brutalidad represiva no es accidental o producto de la patología de un individuo, forma parte de la esencia del capitalismo. Uno de los soportes principales del Estado son los aparatos represivos. Por eso no basta con gritar que el “¡2 de octubre no se olvida!”, es necesario reflexionar y no olvidar que mientras el capitalismo exista, se repetirán las masacres como la ocurrida hace 50 años.

La violencia del Estado no es un problema del pasado es parte de la esencia del capitalismo, como lo explica Rosa Luxemburgo: “Cubierta de vergüenza, deshonrada, chapoteando en sangre, nadando en cieno: así se encuentra la sociedad burguesa, así es ella. No como cuando, delicada y recatada, simula cultura, filosofía, y ética, orden, paz y estado de derecho, sino como bestia predadora, como cazadora de brujas de la anarquía, como peste para la cultura y para la humanidad: así se muestra en su verdadera figura al desnudo.” (La crisis de la socialdemocracia”, 1916[9])

Aunque la burguesía mistifica su existencia y presenta a su sistema como la expresión democrática perfeccionada, lo cierto es que basa su existencia en la explotación, que implica la mayor violencia y la cual es repetida cotidianamente, pero también la represión sangrienta es parte de su existencia y la masacre de Tlatelolco solo es una muestra de eso.

Tatlin / septiembre 2018

 

[1] Los inocuos e ingenuos 6 puntos del pliego de peticiones del Consejo Nacional de Huelga (CNH) eran:

1. Libertad a los presos políticos.

2. Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiola.

3. Extinción del cuerpo de granaderos.

4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal (delito de disolución social).

5. Indemnización a las familias de los muertos y a los heridos víctimas de las agresiones en los actos represivos.

6. Deslinde de responsabilidades de los actos de represión realizado por la policía, los granaderos y el ejército

[2] En una forma presuntuosa las autoridades de la Universidad (UNAM) anunciaron que han planeado una diversidad de eventos conmemorativos del 2 de octubre, en los que gastarán 37 millones de pesos (aproximadamente 2 millones de dólares).

[4] Ver en este mismo número “Mayo de 1968. El retorno de la crisis económica…” y nuestro folleto “Hace 50 años, mayo 68”, colocado en nuestro sitio web

[5] José Luis Alonso, guerrillero mexicano exiliado en Cuba en los años 70 declaró en una entrevista: “Tres días después de que llegamos [a Cuba] Manuel Piñeiro jefe de la inteligencia nos leyó la cartilla (…) La primera condición [es que] no habrá entrenamiento guerrillero, porque primero están las relaciones México-Cuba…” (El Universal, 22-mayo-2002). En el mismo tenor está el testimonio de Alfredo Campa, que refiere le dijeron: “Aquí son bienvenidos los que vengan, pero nosotros priorizamos la relación que tenemos con el gobierno mexicano…” (Proceso, 4-mayo-1996)

[6] El ex agente de la CIA, Philip Agee, en su libro, “Inside the Company: CIA Diary”, expone como colaboradores directos con la CIA a presidentes mexicanos: López Mateos, Díaz Ordaz y Luis Echeverría, pero también a miembros de la policía política como Gutiérrez Barrios y Nazar Haro

[7] Por esa razón suele utilizarse como referente del movimiento estudiantil el discurso del 30 de julio de Barros Sierra, rector de la UNAM, en que llama a defender la constitución, la autonomía, la libertad de expresión e inyecta los ánimos nacionalistas al izar la bandera a media asta y cantar el himno nacional

[8] La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN) son los principales centros de estudios superiores públicos

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