La cuestión nacional desde 1920 hasta la Segunda Guerra Mundial

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Con la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-23 y el movimiento del capitalismo hacia un nuevo reparto imperialista del mercado mundial, los revolucionarios se vieron forzados a reflexionar, con una profundidad no conocida antes, sobre las razones de la derrota, sobre las nuevas tendencias que se producían en el capitalismo. Este trabajo de reflexión fue llevado a cabo por las fracciones que sobrevivieron a la desintegración del movimiento comunista de izquierda hacia la mitad y a finales de la década de los años 20.

En los primeros años 20 de la degeneración de la III Internacional, la reacción del proletariado se expresaba políticamente a través de los grupos de la llamada “ultraizquierda”. Los comunistas de izquierda denunciaron con pasión los intentos del Comintern de usar las tácticas de la época pasada, cuando la necesidad de la conquista inmediata del poder por parte del proletariado las había vuelto caducas y reaccionarias. Con la revolución todavía a la orden del día en los países avanzados de Occidente, las disputas más importantes entre la III Internacional y su ala izquierda, que se referían al problema de la instauración de la dictadura del proletariado en esos países, o sea, la cuestión sindical, la de la relación partido clase, la del parlamentarismo, del frentismo.... fueron los temas más candentes del momento. Sobre muchas de estas cuestiones, los comunistas de izquierda demostraron una coherencia intransigente que con dificultad ha sido superada por el movimiento comunista desde entonces.

En comparación con esos problemas, las cuestiones nacional y colonial parecían tener menos importancia inmediata y, en general, los comunistas de izquierda no tuvieron respecto a éstas la claridad que sí tuvieron sobre aquellas otras cuestiones. Bordiga en particular seguía propugnando la tesis leninista de la “revuelta colonial progresista” aliada con la revolución proletaria de los países avanzados, idea ésta que ha sido defendida por la mayoría de los epígonos bordiguistas desde entonces. La Izquierda Alemana era mucho más clara que Bordiga. Muchos de los militantes del KAPD siguieron defendiendo la posición luxemburguísta de la imposibilidad de las guerras de liberación nacional. Gorter, en una serie de artículos titulados “La Revolución Mundial’, publicados en el periódico inglés de la izquierda Comunista “The Worker’s Dreadnought” (9, 16 y 23 de febrero; 1, 15 y 29 de Marzo y 10 de Mayo de 1924) atacaba la consigna bolchevique de la autodeterminación y acusaba a la Tercera Internacional de este modo: “Vosotros apoyáis a los nacientes capitalismos de Asia. Lo que estáis preconizando es la sumisión del proletariado asiático al capitalismo local”.

Pero al mismo tiempo Gorter hablaba de lo inevitable de las revoluciones democrático burguesas en los países atrasados, aunque ponía todo el énfasis en la toma del poder por el proletariado en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. Y al igual que muchas de las posiciones de clase defendidas por el KAPD, el rechazo a las guerras de liberación nacional se basaba más en el vivo instinto de clase que en un análisis teórico profundo del desarrollo del capitalismo en tanto relación social que había entrado en una época de decadencia a escala mundial. Lo cierto es que fue la turbulencia del período revolucionario lo que impidió a los comunistas captar todas las implicaciones de la nueva época; y se dio desafortunadamente el caso de que muchas de estas implicaciones sólo se entendieron claramente cuando la contrarrevolución ya se había establecido firmemente en todos los países.

Con la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-23 y el movimiento del capitalismo hacia un nuevo reparto imperialista del mercado mundial, los revolucionarios se vieron forzados a reflexionar, con una profundidad no conocida antes, sobre las razones de la derrota, sobre las nuevas tendencias que se producían en el capitalismo. Este trabajo de reflexión fue llevado a cabo por las fracciones que sobrevivieron a la desintegración del movimiento comunista de izquierda hacia la mitad y a finales de la década de los años 20.

Los que quedaban de la izquierda italiana en el exilio, agrupados en torno a la revista “BILAN”, hicieron la contribución más importante a la comprensión de la decadencia del sistema capitalista, aplicando el análisis de Rosa Luxemburgo acerca de la saturación del mercado mundial a la realidad concreta de la nueva época y reconociendo que una nueva guerra imperialista mundial era inevitable a menos que fuese detenida por la irrupción de la revolución proletaria.

La derrota del proletariado en China fue lo que, para BILAN, demostró más claramente la necesidad de revisar las viejas tácticas coloniales. En 1927, los trabajadores llevaron a cabo en Shangai una insurrección victoriosa que les dio el control de la ciudad entera, en medio de una situación efervescente en toda China. Pero el PC chino, siguiendo fielmente la línea del Comintern de apoyo a las “revoluciones nacionales democráticas” contra el imperialismo, presionaría sobre los obreros hasta que éstos ofrecieron la ciudad en bandeja a los ejércitos de Chiang Kai-shek, aclamado después por Moscú como héroe de la liberación nacional china. Con la ayuda de los capitalistas locales y de bandas criminales (calurosamente aplaudidas por los poderes imperialistas) Chiang aplastó a los trabajadores de Shangai en una orgía de asesinatos masivos.

Para BILAN, estos acontecimientos eran la prueba concluyente de que: «La tesis de Lenin en el Segundo Congreso de la Tercera Internacional, debe ser completada cambiando radicalmente su contenido. Esta tesis admitía la posibilidad de que un proletariado diera su apoyo a los movimientos imperialistas en la medida en que creaba las condiciones para un movimiento proletario independiente. De ahora en adelante, tiene que reconocer que el proletariado nativo no debe dar ningún apoyo a estos movimientos, pues sólo puede convertirse en protagonista de una lucha antiimperialista, en el caso de que se una al proletariado mundial para dar, en las colonias, un salto análogo al que dieron los bolcheviques que fueron capaces de llevar al proletariado de un régimen feudal a la dictadura del proletariado» (“Resolución sobre la situación internacional”. BILAN nº l6, feb-marzo de 1935).

BILAN se daba cuenta así de que la contrarrevolución era a escala mundial y que en las colonias, al igual que en cualquier otra parte, el capital solamente podía avanzar gracias a la “corrupción, la violencia y la guerra para evitar la victoria del enemigo que él mismo había engendrado: el proletariado de los países occidentales”. (“Problemas de Extremo Oriente”. BILAN nº 11, septiembre de 1934)

Pero más importante incluso que esto era la comprensión general en BILAN de que, en el contexto de un mundo dominado por las rivalidades imperialistas y que va sin remedio hacia una nueva guerra mundial, las luchas de las colonias sólo podrían servir de campos de prueba para nuevos conflictos mundiales imperialistas. Por eso B1LAN negó rotundamente el apoyo a cualquiera de ambos bandos en las luchas imperialistas locales que iban sucediéndose una tras otra en los años 30: China, Etiopía, España,... Ante la preparación burguesa de una nueva guerra mundial, ellos afirmaban: «La posición del proletariado de cada país debe consistir en una lucha a muerte contra cualquier postura política que intente atarlo a la causa de uno u otro campo imperialista, de ésta o aquella nación colonial; causa que tiene la función de ocultarle al proletariado el carácter real de la nueva carnicería mundial»(BILAN nº l6).

Los “Comunistas de Consejos” de Holanda, Norteamérica y otros sitios eran casi los únicos, junto a la Izquierda Italiana, que mantenían una posi­ción contra las trampas del imperialismo. En 1935-36, Paul Mattick escribió un largo artículo titulado “Luxemburgo contra Lenin” (la primera parte apareció en “The Modern Monthly” en 1935 y la segunda en “The International Council Correspondence” en julio de 1936). Este artículo de Mattick, defendía las posiciones de Lenin contra las teorías económicas de Luxemburgo pero defendía con firmeza la posición política de Rosa Luxemburgo sobre la cuestión nacional en contra de la de Lenin.

Las críticas de Luxemburgo a la política bolchevique sobre la cuestión nacional, escribió Mattick, pudieron parecer erróneas. En el tiempo de la polémica entre Luxemburgo y Lenin, la amenaza principal contra el poder soviético parecía venir de un ataque militar de las potencias imperialistas. Luxemburgo argumentaba que la política de Lenin sobre las naciones estaba abriendo la puerta a los imperialistas para que destruyeran físicamente la revolución. De hecho, los bolcheviques habían resistido a la intervención imperialista, y la política de apoyo a los movimientos nacionales parecía incluso haber fortalecido el Estado ruso. Pero, como decía Mattick, el precio pagado por ello fue tan grande que las críticas de Rosa aparecieron como justas a la larga. «La Rusia bolchevique todavía existe, sin duda, pero no como lo que fue al principio -el punto de partida de la revolución mundial-, sino como baluarte contra ella». (Modern Monthly)

El estado ruso sobrevivió, sí, pero basando su supervivencia en un capitalismo de Estado. La contrarrevolución no sólo había venido desde fuera, sino que había surgido también desde dentro. Para el movimiento revolucionario internacional la táctica de apoyo a las guerras de liberación nacional utilizada por la Internacional Comunista, se había convertido en arma sangrienta contra la clase obrera: «Las naciones ‘liberadas’ formaron un anillo fascista alrededor de la Unión Soviética. Turquía liquidó a los comunistas con armas suministradas por Rusia. China, apoyada en su lucha de ‘liberación nacional’ por Rusia y la III Internacional ahogó en sangre el movimiento obrero de una forma que recuerda la Comuna de París. Miles y miles de cadáveres obreros dan testimonio de lo acertado de la concepción de Rosa Luxemburgo, de que el derecho a la autodeterminación nacional no es más que una farsa pequeño burguesa. Las aventuras nacionalistas de la Tercera Internacional en Alemania revelan el verdadero contenido de la frase de Lenin ‘la lucha por la liberación nacional es una lucha por la democracia’ al contribuir en parte a que se crearan las condiciones previas para la victoria del fascismo. Diez años de competencia con Hitler por el título de ‘nacionalismo auténtico’ convirtieron a los trabajadores mismos en fascistas. Livitnov celebraba en la Sociedad de Naciones la idea leninista de la ‘autodeterminación de los pueblos’ con ocasión del Referéndum de Sarre. En vista de esto, uno no puede menos que asombrarse viendo a gente como Max Schachtman afirmar que ‘a pesar de las severas críticas de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques por su política nacional después de la revolución, ésta fue sin embargo confirmada por los resultados». (Modern Monthly. La cita de Scharchtman es de “The New International”, marzo 1935).

Lo único que confirman los “resultados” es la validez de la postura de los luxemburguistas y comunistas de izquierda y no la vieja posición leninista. Como bien lo predijeron, tanto Bilan como Paul Mattick, las luchas nacionalistas de los años 30 demostraron ser el trampolín de preparación para otra guerra imperialista mundial; una guerra en la que Rusia, como también predijeron aquellos, participó en la matanza como “socio con los mismos derechos” que los demás países. Los que llamaron al proletariado a tomar partido en las diversas confrontaciones nacionales de los años 30, participaron ya sin vacilar en la II Guerra Mundial. Los trotskistas, tras haber llamado a los obreros a sostener a Chiang Kai-shek contra los japoneses y a la República española contra Franco, siguieron con su verborrea nacional-antifascista durante toda la Segunda Guerra Mundial y añadieron una nueva fórmula al concepto de Defensa Nacional: otorgando y pidiendo apoyo al que ellos denominaban “Estado obrero degenerado”, sosteniendo a la vez, aunque “críticamente”, a los imperialismos “democráticos”.

La Segunda Guerra Mundial demostró con dolorosa claridad cuán imposible es para los movimientos de “liberación nacional” luchar contra un imperialismo sin aliarse con otro. Las “heroicas” resistencias “antifascistas” de Francia, Italia, etc., los “partisanos” de Tito, los ejércitos “populares” de Ho Chi Minh, todos estos y otros muchos movimientos funcionaron siempre como meros apéndices del imperialismo norteamericano contra el imperialismo alemán. Una vez terminada la Guerra revelaron claramente su naturaleza antiobrera llamando a los obreros a matarse entre si, ayudando a aplastar huelgas y rebeliones obreras, persiguiendo a los militantes comunistas de verdad, etc. En Vietnam, Ho Chi Minh ayudó a los imperialismos “extranjeros” a aplastar la Comuna Obrera de Saigón en 1945. En 1948, Mao anduvo por las ciudades de China, decretando que el trabajo tenía que continuar normalmente y acabó prohibiendo las huelgas. En Francia, los maquis estalinistas denunciaron como “colaboradores fascistas” al puñado de comunistas internacionalistas que se mantuvieron activos durante la ocupación china y la “liberación” y llamaron a los obreros a luchar contra ambos bloques imperialistas. Inmediatamente después de la Guerra esos maquis “revolucionarios” se unieron al gobierno del general De Gaulle y atacaron las huelgas diciendo, según la famosa consigna de Thorez, secretario general a la sazón del PCF, que eran “un arma de los trust”.